viernes, 13 de enero de 2017

II/III El escenario histórico de los hijos del Infante Luis de Borbón Farnesio • Fernando VII, Napoleón y Godoy


Don Luis, de A. R. Mengs, 1769. Museo Arte San Diego 
y M. Teresa Vallabriga. Goya.1793 Thyssen-Bornemisza

La Mosquera. Arenas de San Pedro, Ávila. 
La morada del exilio de la familia Borbón Vallabriga

Familia de don Luis de Borbón. Goya, 1784. 
Fondazione Magnani Roca. Parma. Italia

Don Luis y doña Teresa Vallabriga. Fragmentos, Goya

Luis de Borbón y Farnesio y María Teresa de Vallabriga y Rozas tuvieron tres hijos:


Luis María de Borbón y Vallabriga
Nacido en Cadalso de los Vidrios, el 22 de mayo de 1777, fue el XIV Conde de Chinchón, Arzobispo de Toledo y Presidente de la Regencia instaurada por las Cortes de Cádiz en 1808, hasta la llegada de su tío Fernando VII. +Madrid, 18 de marzo de 1823 [46 años]

María Teresa de Borbón y Vallabriga 
Nacida en Velada, Toledo, el 26 de noviembre de 1780, XV condesa de Chinchón y I marquesa de Boadilla del Monte. Al casarse con Godoy recuperó para ella y sus hermanos, el apellido Borbón y el tratamiento de Alteza. Tuvo una hija; Carlota Luisa de Godoy y Borbón. + París, 24 de noviembre de 1828 [48 años]

María Luisa de Borbón y Vallabriga
Nacida en Velada, el 6 de junio de 1783. Se casó con Joaquín José de Melgarejo y Saurín, duque de San Fernando de Quiroga, y no tuvo hijos. + París, 1 de diciembre de 1846 [63 años].

Aunque los tres hijos de don Luis eran tíos de Fernando VII (14.10.1784-29.9.1833), sus vidas coinciden cronológicamente con la suya; Luis era 7 años mayor que él, mientras que la hermana menor, Luisa, le sobrevivió 13 años.

EL PANORAMA HISTÓRICO

Napoleón había acusado a Godoy de ser amigo de los ingleses, y amenazó con tomar medidas contra él, si el rey de España no lo hacía. Como resultado, se impuso un nuevo Tratado entre Francia y España, que avocó a esta última a la guerra contra Inglaterra, culminada con la victoria británica en Trafalgar. También se culpó a Godoy de aquella catástrofe, circunstancia que el heredero decidió aprovechar para acabar con el Valido, al que, sin temor a exagerar, podemos decir, que odiaba –aunque es muy probable que tal sentimiento fuera mutuo-. Fernando VII tenía entonces 23 años

… prepara el «partido fernandino» su actuación en 1807, que se resuelve en los siguientes planos: creación de una opinión pública contraria a Godoy mediante la mencionada campaña propagandística, denuncia ante Carlos IV de los crímenes y errores del generalísimo, obtención del apoyo del embajador de Francia y boda de Fernando con una dama de la familia de Napoleón. En la parte contraria, Carlos IV y Godoy aceptan las exigencias del emperador, entre ellas la formalización de un tratado, el de Fontainebleau, mediante el cual España se compromete a permitir la entrada de tropas francesas en su territorio para hacer conjuntamente la guerra a Portugal. Este tratado se firmó el 27 de octubre de 1807. El mismo día, por la tarde, en el palacio de El Escorial, se descubrió la operación orquestada por el príncipe de Asturias y sus allegados.

En vísperas de la guerra. (El triunfo de Fernando VII en El Escorial y Aranjuez. 
E. La Parra López. Universidad de Alicante).
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Conspiración en El Escorial

El 28 de octubre de 1807, la Familia Real, incluido el heredero, Fernando, se encontraba en El Escorial, cuando la reina, María Luisa, avisó a su esposo, Carlos IV, que en las habitaciones de su hijo, supuestamente enfermo en aquel momento, se estaba celebrando una reunión de conspiradores. El rey, a la cabeza de su Guardia de Corps, se presentó en la cámara del Príncipe y, una vez confirmadas sus sospechas, Carlos IV ordenó que Fernando quedara retenido en sus habitaciones y puso a los miembros de la camarilla bajo custodia. Después, convencido de que su hallazgo se debía a una intervención divina, ordenó la celebración de misas de acción de gracias y el día 30, hizo una declaración pública, a través de la Gazeta de Madrid, asegurando que una mano desconocida le había revelado el más ignominioso e inaudito plan urdido contra Godoy, que también pretendía forzar su abdicación en favor de su hijo, al que, no obstante, perdonaba.

El día 5 de noviembre, se publicaba asimismo el reconocimiento de la culpabilidad de Fernando, quien se declaraba muy arrepentido del gravísimo delito que he cometido contra mis padres y Reyes. Después delató a algunos de sus cómplices, como el duque del Infantado; el marqués de Ayerbe; el conde de Orgaz; varios militares, y, sin duda, el omnipresente Escoiquiz, todos los cuales resultaron absueltos por el Consejo de Castilla, que consideró que no quedaba probado su delito, aunque, a pesar de su no culpabilidad, los acusados recibieron la orden de alejarse a 40 leguas de la corte.

Al parecer, a pesar de la publicación en la Gazeta del perdón real, no se explicaba cuál era el delito cometido por el heredero, ni, por tanto, el verdadero motivo de su arrepentimiento, de modo que tal publicación fue considerada como una nueva añagaza de Godoy, cuya campaña de descrédito mostraba ya los frutos: el Valido intentaría así, se dijo, desacreditar al heredero, con la intención para promoverse a sí mismo como sucesor. Nadie, por tanto, tuvo conocimiento del inicuo proceder del príncipe de Asturias.
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Aranjuez, 17 a 19 de marzo de 1808

Palacio de Aranjuez-Battglioli

Motín de Aranjuez

La guerra contra el Reino Unido (1796-1802) había dejado tras de sí graves secuelas: los ataques a las flotas de Indias provocaron la falta de materias primas provenientes de América y el bloqueo de Cádiz permitió a las colonias americanas comerciar libremente, además el resto de las costas españolas quedaron indefensas.

Factores desencadenantes
* Derrota de Trafalgar
* Descontento de la nobleza
* Impaciencia del Príncipe de Asturias, futuro Fernando VII, por reinar
* Agentes de Napoleón
* Intrigas de la Corte —aristócratas envidiosos del poder de Godoy, que se dicen escandalizados por las supuestas relaciones entre este y la reina María Luisa de Parma
* Temor del clero a medidas desamortizadoras.

La presencia de tropas francesas en España, en virtud del Tratado de Fontainebleau, había aumentado considerablemente. 

Por el Tratado de Fontainebleau, firmado el 27 de octubre de 1807 -un día antes de que se descubriera la Conspiración de El Escorial-, entre los representantes de Manuel Godoy y de Napoleón, se había acordado la invasión militar conjunta de Portugal —entonces aliada de Inglaterra—. Al efecto, se permitió el paso de tropas francesas por territorio español, tropas que en lugar de pasar, se fueron acuartelando sobre el territorio peninsular, hasta constituir una ocupación de hecho, que, a la larga, provocaría la guerra conocida como de la Independencia.

Las tropas, pues, no se limitaron a atravesar la península, sino que permanecían acampadas en gran parte del territorio, hasta sumar un total de 65 000 efectivos, que controlaban, además, las fronteras portuguesa y francesa, sorprendentemente, sin conocimiento de la Corte. Godoy pareció caer en la cuenta de lo que estaba pasando, al mismo tiempo que el pueblo llano y, para marzo de 1808 la familia real también debió sospechar algo, por lo que decidieron abandonar Madrid, dirigiéndose a Aranjuez, por si se hacía necesario salir del reino, en cuyo caso, tendrían más accesible el camino de Sevilla, desde donde, si las cosas empeoraban, podrían embarcarse a América, como había hecho ya el monarca portugués, Juan VI.

Llegados a Aranjuez, los reyes se hospedaron en un palacio y el Valido en otro de su propiedad, junto con su amada Pepita Tudó, su esposa, María Teresa de Borbón Vallabriga y la hija de ambos, Carlota

Poco después de su llegada, supo Godoy que la camarilla de don Fernando preparaba un motín. El día 16 por la tarde, fue a visitar a los reyes, y les habló de sus sospechas, a las que Carlos IV, realmente convencido de que el anterior descubrimiento de El Escorial se debía a un favor divino, que no tenía por qué interrumpirse, se propuso alejar todo temor del Valido, diciéndole:

-Duerme en paz por esta noche, Manuel mío, yo soy tu escudo, y lo seré toda la vida.

La inocencia del rey dejaba así paso franco a los amotinados.

El 17 de marzo de 1808, extendido el rumor de que los reyes se iban a marchar, un grupo de hombres del servicio de la nobleza allí reunida; todos ellos miembros del partido fernandino, se concentraron frente al Palacio Real y desde allí procedieron al asalto del palacio de Godoy, donde empezaron por prender fuego a los muebles que no podían saquear.

Motín de Aranjuez

Su intención: forzar la destitución de Godoy y exigir la abdicación de Carlos IV en favor de su hijo Fernando, que para entonces tenía 24 años. 

La noche del día 17, los agitadores, capitaneados por el conde de Montijo, o el de Teba —alias, Tío Pedro–,  tras asaltar el palacio de Godoy, no encontraron al Valido, pero sí a su esposa, a su hija, y a Pepita Tudó, a las que llevaron al Palacio del Rey, gritando ¡Viva la inocente! y ¡Viva la cándida Paloma! referidos a María Teresa y su hija, a las que consideraban también víctimas del Valido. 

Al llegar a palacio, las entregaron sin haber recibido el menor daño, como muestra de que su único objetivo era el Valido, que finalmente, a parecía el día 19 a primera hora, oculto entre unas alfombras. Fue sacado a golpes y a golpes, conducido al cuartel de Guardias de Corps, donde se hizo evidente el riesgo de linchamiento; un suceso frenado por el heredero, que aquel mismo día, ante la tensa situación creada, obtenía la abdicación de su padre, Carlos IV, cuya única condición fue exigir que se preservara la vida de Godoy.

El pueblo, convenientemente manipulado, consiguió la caída de un rey y la de su favorito; encendió la mecha de la Guerra de la Independencia, frente a unos invasores que habían sido previamente invitados, y puso la alfombra de la gloria real a los pies de otro rey, probablemente peor que su antecesor, y, con seguridad, más felón

Godoy, destituido de todos sus cargos, desapareció para siempre de la escena política española y Carlos IV dejó el trono, asimismo de forma definitiva. (Ídem).

Frecuente e incompresiblemente, se han asociado los sucesos de El Escorial y Aranjuez, con la reacción popular anti francesa, cuando, en realidad, aquel nunca fue su objetivo. El pueblo no pensaba en los franceses cuando se supo que los reyes se dirigían a Andalucía, sino que creyeron que se trataba –como se había dado a entender-, de una trama de Godoy para alejarlo del trono, a la vez que dificultaba su acceso al heredero, que, en definitiva, se apuntó un tanto a causa de la inesperada explicación dada a sus proyectos conspirativos contra su padre y el valido. En todo caso, de haber pensado en los franceses, el error habría sido doble, ante la evidencia histórica de que el embajador francés, Beauharnais, estaba al tanto de todo y había prometido al entorno del heredero, el apoyo del emperador. 

Por otra parte, el motín tampoco fue un movimiento popular espotáneo, ni del todo inocente: Al menos desde tres días antes de estallar el motín se registró una actividad febril en Aranjuez y alrededores. Está documentado que miembros de la familia real (sobre todo el infante don Antonio, hermano de Carlos IV) entregaron dinero a sus servidores para repartir entre la población de Aranjuez. (Ídem)

Fernando VII, además de comandar un largo y ominoso período de represión, destinado exclusivamente a recuperar el poder absoluto para sí y sus fieles, dejaría tras de sí el diluvio; una interminable y cruel guerra civil, en la que ya no sólo se dirimía el derecho de su hija frente al de su hermano –un asunto que nunca se reguló taxativamente desde la lucha de los hijos de Witiza contra don Rodrigo a principios del siglo VIII–, sino el choque de dos concepciones que podemos llamar políticas: absolutismo y liberalismo.

Carlos IV, por su parte, no dudó en pedir ayuda a Napoleón, al que él también consideraba como un aliado, -mientras que Napoleón le consideraba a él como algo más parecido a una marioneta–, contra la usurpación llevada a cabo por su hijo; actitud que hizo ver al emperador, que las piezas estaban perfectamente dispuestas, para que él mismo, protagonizara un jaque, al rey –o a los reyes-. No dudó entonces de que tenía el camino expedito para invadir aquella España sin cabeza, que, de hecho, ya tenía medio ocupada.

Así pues, tenemos en escena, por un lado, a los reyes con Godoy, y por otro, al heredero, Fernando, rodeado por la camarilla –ya de vuelta de su irrisorio exilio-, y moralmente aconsejado, como siempre, por su confesor y, podríamos decir que cabeza pensante en sustitución de la propia, Escoiquiz, hombre de reconocida altura intelectual, que dominaba varios idiomas, pero que era más amante de la cosa política que de la religiosa, además de amante, propiamente dicho, circunstancia que le abocó a un proceso eclesiástico por amancebamiento, del que salió indemne gracias a sus estrechas relaciones en las altas esferas. 

Escoiquiz sería, en la práctica, el equivalente de Godoy en el bando contrario, por lo que los dos representarían las tendencias políticas en aquel momento, dejando a un lado, por obvio, el deseo de ambos de acceder o permanecer en el poder.

Conviene recordar que, a pesar de buscar el apoyo de Napoleón –Escoiquiz llegó a proponer el matrimonio del heredero, Fernando, con alguna mujer de la familia Bonaparte–, con el coro de la camarilla intentó, por todos los medios a su alcance, hacer creer al pueblo que el eje de su preocupación y el objetivo de su existencia, era preservar la independencia del reino frente a los franceses; por lo mismo, haría responsables a los reyes y a Godoy, de la ocupación napoleónica.

Algunos personajes afines a Godoy, también sufrieron el asalto y saqueo de sus casas, mientras que otros, afines a los asaltantes, fueron rehabilitados, siendo uno de ellos, el Conde de Pinar, encargado de procesar a Godoy, por, más o menos, un millón de cargos.

A Fernando VII, para ocupar el trono sin mayores contrariedades, sólo le faltaba el reconocimiento de Napoleón, a quien decidió mostrar su adhesión, cediéndole la custodia de sus padres, en la persona de Murat, acampado con sus tropas, muy cerca de Madrid, al que, al efecto, autorizó a entrar libremente en la capital, algo que hasta entonces se había impedido, por temor a provocar nuevos disturbios por parte de una población ya muy caldeada. Así, cuando el día 23 de marzo los franceses entraban en la capital, autorizados por el nuevo rey, el pueblo de Madrid los recibió como amigos, no como ocupantes. Murat se encargaría de llevar a Carlos IV y a María Luisa a Francia.

Todo ello no impidió que empezaran a hacerse públicas ciertas dudas sobre la legitimidad de la renuncia de Carlos IV, evidentemente producida bajo amenazas. Ello unido a la ya más que notoria presencia de tropas francesas en todo el territorio, hicieron pensar a algunos que algo no estaba sucediendo como debía, a pesar de la artificial sensación de victoria. Cada vez era más evidente que Fernando no tenía la menor intención de enfrentarse al emperador. Fernando, consciente de todo ello, no podía menos que comprender que su situación era muy inestable. Temía, por otra parte, que sus padres convencieran a Napoleón de la ilegitimidad de sus actos, y siendo el emperador quien detentaba el poder y la fuerza en Europa, podría destronarlo cuando quisiera. Por el momento, entrado ya el mes de abril, Napoleón permanecía en silencio con respecto a su reconocimiento oficial como rey de España.

Ante semejantes temores, el heredero se planteó la necesidad de hacer una visita a Napoleón, ya que, al parecer, incluso el propio general Murat, al menos públicamente, decía dudar de su derecho, teniendo en cuenta que la abdicación de don Carlos había sido evidentemente forzada bajo amenazas durante el Motín de Aranjuez. 

El día 5 de abril, Fernando decidió enviar a su hermano Carlos –el que más tarde se convertiría en enemigo implacable de los derechos de su hija Isabel–, a entrevistarse con Napoleón, quien decidió enviar a Madrid el general Savary, con la propuesta de celebrar una reunión en Burgos, en la que se decidiría sobre la cuestión de la Corona.

Viaje a Bayona
René Savary, Duque de Rovigo. Robert Lefèvre, 1814

El duque de Rovigo, René Savary, tenía fama de ser el cruel ejecutor de las tareas más turbias del emperador a quien servía con una fidelidad ciega, combinada con un también ciego deseo de enriquecerse. Especializado en el descubrimiento de complots contra la vida de Napoleón, participó en el arresto y la ejecución de Luis Antonio Enrique de Borbón-Condé, duque de Enghien, falsamente acusado de querer asesinar al emperador, y mandó el pelotón de ejecución. 

La esposa del general Henri Bertrand, aseguró al comisionado británico que acompañó a Napoleón a la isla de Elba, que Savary había ordenado atar una linterna al pecho del duque de Enghien, porque tenía gran interés en que los soldados no erraran el tiro. Aunque después culpó del error al jefe de policía Fouchet –al que más tarde, él mismo sustituiría-, el hecho arrojó más sombras sobre su oscuro proceder.

El emperador sabía que Savary nunca se negaría a llevar acabo cualquier tarea que él le encomendara, pero también decía: Es un hombre al que uno debe corromper continuamente, y ese fue el medio por el que Savary reunió una cuantiosa fortuna. Savary, por su parte, amaba al emperador con todo su corazón, y con tal afecto, que no lo puedo comparar sino con la fidelidad que un perro profesa a su amo.

Así pues, en 1808, este era el hombre al que Bonaparte enviaba a España, para que le ayudara, con su helada falta de escrúpulos, a expulsar a los Borbones del reino, el mismo que en 1823 se ofrecería para intervenir de nuevo, con los llamados Cien mil Hijos de San Luis, alegando su conocimiento del país, aunque su ayuda no fue aceptada, y a finales de aquel año fue retirado del ejército.

Para aquel que durante su reinado cultivó tan cuidadosamente entre todos los hombres las pasiones más vergonzosas, fue particularmente beneficioso.

Fernando nombró a toda prisa una Junta Suprema de Gobierno para que le sustituyera durante su ausencia, y el 10 de abril se puso en camino con un séquito formado por el cura Escoiquiz y otros miembros de la camarilla. Llegaron a Burgos dos días después, pero allí se supo que Napoleón ni siquiera había cruzado la frontera. Savary le convenció para que continuara su viaje, adelantando camino y ganando tiempo para el esperado encuentro.

Así, el 13 de abril llegaba a Vitoria, donde se encontró con algunos notables que intentaron disuadirle de emprender aquel viaje, aconsejándole que se preparase para oponerse a una presencia militar que, evidentemente, pasaba de aliada a ocupante.

Asimismo, alarmado por la insistencia del rey en segur su camino, Mariano Luís de Urquijo —que había sido ministro de Carlos IV— viajó a Vitoria para intentar convencerle de que no cruzara la frontera sin haber sido reconocido previamente por Napoleón como rey de España. Fernando VII contestó a Urquijo que era inútil la resistencia frente a los 100.000 hombres que ya tenían los franceses en España. En realidad, es que Fernando estaba convencido de que, para contentar al Emperador bastaría con hacerle algunas concesiones territoriales y comerciales.

Mariano Luis de Urquijo, de Guillermo Ducke, 1800. Museo del Prado

Mariano Luis de Urquijo y Muga (Bilbao, 1769 - París, 1817) Fue Secretario de Estado y del Despacho de Carlos IV entre 1798 y 1800 y de José I Bonaparte entre 1808 y 1813. Fue promotor de uno de los viajes de Alexander von Humboldt a América.

Siendo alcalde de Vitoria, tras advertir –sin éxito- a Fernando VII en 1808 de los peligros que suponía un encuentro con Napoleón, cuando aún no había reconocido su soberanía, supo del levantamiento del 2 de mayo y de las abdicaciones de Bayona del día 5, episodios que le hicieron temer una guerra con Francia, que, dadas las circunstancias, podría convertirse en un auténtico acto de exterminio.

Nunca mintió acerca de su hostilidad hacia los Borbones, las órdenes religiosas y los Grandes de España. En 1813 atravesó los Pirineos acompañando a las tropas francesas y a José I Bonaparte que abandonaban el reino, y un año después dirigió una petición a Fernando VII solicitando el perdón para todos los afrancesados que se habían visto obligados a emprender el camino del exilio, aun sabiendo que no iba a ser escuchado.

–En el silencio de la noche, -se lee en un escrito suyo publicado póstumamente-, cuando el sueño no viene, repaso mi vida; y nada encuentro de que deba avergonzarme, ni como hombre público, ni como ciudadano español. Esta tranquilidad de conciencia me hace superior a las injusticias y a las proscripciones. 

(Didier OZANAM, Les diplomates espagnols du XVIIIe siècle. Introduction et répertoire biographique (1700-1808), Madrid, Casa de Velázquez, 1998, p. 454).

Urquijo murió en París en 1817. 
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El cura Escoiquiz y la camarilla, estaban de acuerdo con el rey acerca de la inutilidad de resistir a Bonaparte, mostrándose partidarios de ir a su encuentro para contentarle cuanto antes y conseguir que confirmase a Fernando VII en el trono. Pero, ante el exhaustivo control al que era sometido el monarca por parte de la escolta de la caballería francesa de Savary, y también motivado por su desconfianza hacia Escoiquiz, Urquijo, y el Diputado general de Álava llegaran a concebir un plan para sacar al rey disfrazado de la ciudad, de acuerdo con el cual, el general Arteaga y el duque de Mahón-Crillón tenían que llevar al monarca a Bilbao y, desde allí, trasladarlo a un territorio libre de franceses, desde el que pudiera organizar la resistencia.

El día 15 de abril Napoleón llegaba a Bayona, pero pasaron varios días sin que Fernando VII tomara una decisión sobre su encuentro, porque para entonces, no sabía a quién hacer caso. Entre tanto, por la ciudad corrió el rumor de que Napoleón pretendía reinstaurar a Carlos IV; por lo que grupos de obreros y menestrales — rudimentariamente armados— decidieron hacer guardia día y noche con el fin de impedir la partida del rey, pero Savary logró convencerle de que si viajaba a Bayona, Napoleón sabría apreciar el gesto y le reconocería como rey. Escoiquiz y la camarilla estuvieron de acuerdo y Fernando terminó por aceptar su consejo.

Al amanecer del día 19, empezaron los preparativos para la partida. Para mayor discreción, se dispuso que el rey saliera por la puerta trasera del edificio en el que se alojaba. Sin embargo, avisados por sus paisanos que hacían guardia, empezaron a acudir cientos de hombres que, al ver que los servidores empezaban a enganchar las mulas, gritaron al rey que no saliera, pero Fernando, haciendo caso omiso de los gritos, decidió subir a la carroza. En pocos segundos, era tal la multitud que se lanzó sobre ella. que la guardia, desbordada, no pudo impedir que dos hombres, Ruico y Susaeta, cortaran las correas desenganchando a las mulas; acto al que siguió una ensordecedora ovación.

Fernando, claro está, tuvo que bajarse del coche y volver al Ayuntamiento, donde exigió a Escoiquiz que redactara inmediatamente una orden que detuviera la acción de aquellos hombres. Así lo hizo el sacerdote, que acto seguido leyó el comunicado a los reunidos.

El Rey está agradecidísimo al extraordinario afecto de su leal pueblo… pero siente que pase de los límites debidos y pueda degenerar en falta de respeto.

Argumentaba después, que el rey emprendía aquel viaje porque confiaba en la cordialidad y sincera amistad de su aliado el emperador, terminaba con una orden: Tranquilícense y esperen, porque antes de cuatro o seis días darán gracias a Dios y a la prudencia de S.M. por la ausencia que ahora les inquieta. Los hombres se apaciguaron, pero permanecieron a la espera.

El decreto, se publicó días después en la Gaceta de Madrid

A mediodía Fernando VII volvió a salir del edificio, esta vez, escoltado por un escuadrón de caballería francesa y por 22 miembros de la guardia de honor de la caballería alavesa, comandados personalmente por el Diputado General de Álava. Al día siguiente llegó a Bayona, donde Napoleón no salió a recibirle. Gran conocedor de la naturaleza humana, especialmente en sus peores aspectos, sabía que el autoproclamado rey de España pasaría por todo lo que él se propusiera que pasara, sin rechistar. Por su parte, como ajeno a cualquier evidencia en contrario, Fernando declaró sentirse orgullosísimo de ser el primer miembro de la familia real que iba a conocer al emperador.

Al mismo tiempo, Godoy, que había sido liberado de prisión y entregado a Murat, llegó escoltado a Bayona el día 26. 

Carlos IV, habiendo salido con la reina de El Escorial, llegaba, por su parte al mismo punto de encuentro, el día 30 de abril siendo ambos recibidos y agasajados por Napoleón como los verdaderos reyes.

Carlos IV a Napoleón

Señor mi hermano: VM. sabrá sin duda con pena los sucesos de Aranjuez y sus resultas y no verá con indiferencia a un rey que, forzado a renunciar a la corona, acude a ponerse en los brazos de un grande monarca, aliado suyo, subordinándose totalmente a la disposición del único que puede darle su felicidad, la de toda su familia y la de sus fieles vasallos.

Yo no he renunciado a favor de mi hijo sino por la fuerza de las circunstancias, cuando el estruendo de las armas y los clamores de una guardia sublevada me hacían conocer bastante la necesidad de escoger la vida o la muerte...

Yo fui forzado a renunciar; pero he tomado la resolución de conformarme con todo lo que quiera disponer de nosotros y de mi suerte, la de la Reina y la del Príncipe de la Paz. 

Con sus tres principales representantes allí voluntariamente reunidos e indefensos, el destino del reino de España ya dependía absolutamente de Napoleón, aún antes de tomar cualquier decisión al respecto.

Fernando VII tardó seis años en volver, no seis días, como había prometido Escoiquiz, seis años que pasó en un dorado exilio, durante el cual cazaba, celebraba fiestas, e incluso organizó una misa solemne de Te Deum por la boda de Napoleón con María Teresa de Austria. Cuando volvió a España, ya había terminado la guerra.
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Las Abdicaciones de Bayona
L’ Acte Constitutionnel de l’Espagne, de 7 de Julio de 1808


El Château de Marracq, en Bayona, como era entre el 18 de abril a 30 de Julio de 1808, durante la estancia de Napoleón, y sus ruinas en la actualidad

27 de abril de 1808, Napoleón ordena a Murat que envíe a Bayona al resto de la familia; María Luisa y Francisco de Paula, que todavía están en Madrid. Escribe a Murat: Puedes declarar verbalmente, que conservaré la integridad del país y todos los privilegios existentes y que los Grandes, a los que Carlos y María Luisa habían alejado, recuperarán su posición anterior.

–5 de mayo de 1808. Carlos IV renuncia a la Corona, en favor de Napoleón
–5 de mayo de 1808 (Un rato después), Fernando VII devuelve la Corona a su padre, al parecer, sin saber que este ya ha renunciado a la misma.

–6 de Junio de 1808: Por deseo de Napoleón, ni Carlos, ni Fernando, sino su propio hermano, José I, será el rey de España.

–15 a 30 de Junio de 1808, se elabora el Acte – Constitución de Bayona

–8 de Julio de 1808, se promulga la nueva Constitución, ya otorgada y firmada por José I.

Napoleón I, Jacques-Louis David (1748–1825) National Gallery of Art

Todo parece haberse desarrollado y resulto en un ambiente extraordinariamente amable y convencional, como le gusta a Napoleón y como los reyes de España tienen por costumbre. Pero entre tanto en Madrid, la cronología simultánea muestra un escenario diferente.

–30 de abril de 1808. Murat entrega a la Junta una carta en la que Carlos IV pide que traigan a sus hijos pequeños de Madrid. 

–2 de mayo de 1808: Aprobado su traslado por la Junta, Murat procede a sacar del palacio real a los infantes María Luisa y Francisco de Paula.

–¡Que nos lo llevan!-, grita José Blas Molina ante una multitud nerviosa y expectante, cuando ve que van a llevarse a los niños. Se produce el asalto al Palacio Real.

Murat, que dispone de un contingente de 30 000 hombres, ordena que la artillería abra fuego contra los asaltantes, que se defienden con navajas, piedras y tiestos que caen de los balcones.

Se produce la Carga de los Mamelucos.

Carga de los Mamelucos. Goya 1814. Museo del Prado

Los regimientos españoles, en principio, obedecieron las órdenes del francés. Hasta que algunos de ellos, comprendiendo la situación, empezaron a rebelarse; así, Daoíz y Velarde.

El mismo día, por la tarde, Murat, ayudado por el General Grouchy, condenan a ser arcabuceados, a todos aquellos que han sido hallados con armas en la mano. Se producen las primeras ejecuciones.

Goya. El 3 de mayo. 1813–14. Museo del Prado

El mismo día 2, Móstoles se levanta en armas; empezaba la Guerra de la Independencia.

Contenido el levantamiento, prosiguió la salida del resto de la familia real; el día 3 la del infante Francisco y el 4 la del presidente de la Junta, el infante Antonio.

El 4 de mayo llegaba a Bayona un comisionado de la Junta al que Fernando entregó dos decretos, uno autorizando a la Junta, dado que él se decía sin libertad, a ejercer la plena soberanía en su nombre, y otro, autorizando la convocatoria de Cortes.

El mismo día llegaron allí las noticias de la tragedia del día 2 de mayo en Madrid. Napoleón y Carlos IV culparon a Fernando de los sucedido conminándole a que abdicara, lo que efectuó el día 6.

Los familiares que seguían en el orden de sucesión, renunciaron a su vez, ante Duroc y Escóiquiz, el 12 de mayo en Burdeos, así, Carlos María isidro y don Antonio Pascual.

Una vez cumplidos estos fundamentales trámites, se establecieron las pensiones que recibiría cada miembro de la familia real española tras ser debidamente alojada en Francia.

He tenido a bien dar a mis amados vasallos la última prueba de mi paternal amor. Su felicidad, la tranquilidad, prosperidad, conservación e integridad de los dominios que la divina providencia tenía puestos bajo mi Gobierno, han sido durante mi reinado los únicos objetos de mis constantes desvelos. Cuantas providencias y medidas se han tomado desde mi exaltación al trono de mis augustos mayores, todas se han dirigido a tan justo fin, y no han podido dirigirse a otro. Hoy, en las extraordinarias circunstancias en que se me ha puesto y me veo, mi conciencia, mi honor y el buen nombre que debo dejar a la posteridad, exigen imperiosamente de mí que el último acto de mi Soberanía únicamente se encamine al expresado fin, a saber, a la tranquilidad, prosperidad, seguridad e integridad de la monarquía de cuyo trono me separo, a la mayor felicidad de mis vasallos de ambos hemisferios.


Así pues, por un tratado firmado y ratificado, he cedido a mi aliado y caro amigo el Emperador de los franceses todos mis derechos sobre España e Indias; habiendo pactado que la corona de las Españas e Indias ha de ser siempre independiente e íntegra, cual ha sido y estado bajo mi soberanía, y también que nuestra sagrada religión ha de ser no solamente la dominante en España, sino también la única que ha de observarse en todos los dominios de esta monarquía. Tendréislo entendido y así lo comunicaréis a los demás consejos, a los tribunales del reino, jefes de las provincias tanto militares como civiles y eclesiásticas, y a todas las justicias de mis pueblos, a fin de que este último acto de mi soberanía sea notorio a todos en mis dominios de España e Indias, y de que conmováis y concurran a que se lleven a debido efecto las disposiciones de mi caro amigo el emperador Napoleón, dirigidas a conservar la paz, amistad y unión entre Francia y España, evitando desórdenes y movimientos populares, cuyos efectos son siempre el estrago, la desolación de las familias, y la ruina de todos.

Dado en Bayona en el palacio imperial llamado del Gobierno a 8 de mayo de 1808. Yo el Rey. Al Gobernador interino de mi consejo de Castilla.

Gazeta de Madrid, viernes 20 de mayo de 1808
José I

El 25 de mayo Napoleón lanzó una proclama asegurando que sólo le movía el amor, pero que no iba a reinar personalmente, y que iba a convocar una asamblea en Bayona, para conocer la voluntad de los españoles respecto a su forma de ser gobernados.


Tres días después, decretó el nombramiento de su hermano José –otro Yo mismo-, como rey de España, elección que este aceptó oficialmente el 10 de junio. Murat seguiría como Lugarteniente del reino.

José I. François Gérard. Musée national du Château de Fontainebleau‎

Acto seguido, la asamblea formada por 75 representantes, debatió el proyecto constitucional redactado por Napoleón y el día 30 de junio de 1808 quedó aprobada la Constitución, que pasaría a llamarse Estatuto de Bayona, que el nuevo rey juró antes de entrar en España el 9 de julio. 

Entre mayo y junio, el pueblo había asumido gradualmente la soberanía, por medio de las Juntas Provinciales, que empezaron a organizar la resistencia contra Napoleón. Prácticamente todo el territorio estaba ya organizado en torno a estas, que habían empezado a crearse quince días después de los sucesos del 2 de mayo.

El 11 de agosto, el Consejo de Castilla anuló las Abdicaciones de Bayona, y el 24 proclamó rey in absentia a Fernando VII, que como tal, fue reconocido a mediados de enero de 1809 por Gran Bretaña.

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El 25 de septiembre de 1808, los delegados de las Juntas se reunieron en Aranjuez, asumiendo el poder la Junta Central Suprema, presidida por el conde de Floridablanca.

El Conde de Floridablanca. Goya

A finales de Noviembre de 1808, las tropas francesas ocupaban ya toda la península excepto Cádiz.

Luis el cardenal y su hermana María Teresa abandonaron la ciudad de Toledo dirigiéndose a Andalucía junto con la comitiva de la Junta Central.

A principios de 1810, la Junta Central convocaba elecciones de diputados a unas nuevas cortes, dejando la gobernación a cargo de un Consejo de Regencia presidido por el obispo de Orense.

El 24 de septiembre de 1810 se constituyeron en Cádiz las nuevas Cortes. Luis María de Borbón celebró una misa del Espíritu Santo, tras la cual las Cortes asumieron el gobierno. Entre las primeras leyes aprobadas, consta el histórico decreto de abolición del Tribunal de la Inquisición, que fue firmado por él mismo cardenal de Borbón.

El 19 de marzo la 1812 aquellas cortes aprobaron la nueva Constitución, que el obispo de Orense se negó a  acatar. Luis María, el único Borbón que seguía en España, fue reconocido regente mientras se esperaba la vuelta de Fernando VII.

Casado del Alisal. Juramento de las Cortes de Cádiz, 1810. 
Palacio del Congreso. Madrid


La Constitución, promulgada el 19 de marzo de 1812
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El 22 de marzo de 1814 Fernando VII volvió a España pasando a Valencia donde el 14 de abril recibió El Manifiesto de los Persas, firmado por 70 diputados realistas, que propugnaban la abolición de aquella Constitución.

En el mismo Manifiesto aparece el motivo por el que generalmente recibió el nombre por el que ha pasado a la Historia:

Señor: Era costumbre de los antiguos persas pasar cinco días de anarquía después del fallecimiento de su rey, a fin de que la experiencia de los asesinatos, robos y otras desgracias, les obligase a ser más fieles a su sucesor ..."

También acudió a Valencia en su calidad de regente, el cardenal don Luis, quien, por decisión de la Junta de Gobierno, debía negar acatamiento al rey hasta que jurase la Constitución. Fernando le exigió públicamente que se inclinara para besarle la mano, Don Luis lo hizo y su gesto supuso una aceptación sin condiciones. 

Las dos obras realizadas por Goya, sobre las revueltas del 2 de mayo, gracias a una subvención otorgada, precisamente, por don Luis, quien se proponía perpetuar, por medio del pincel, las más notables y heroicas hazañas... contra el tirano de Europa, decoraban la puerta de Alcalá, en Madrid, cuando por allí pasó Fernando VII, a su vuelta, el 13 de mayo de 1814.

La Puerta de Alcalá en 1857

Los lienzos de Goya

La mañana del 13 de mayo llega Fernando a Madrid. Entra por la puerta de Atocha y se detiene en la de Alcalá, de los arcos cubiertos de rosas penden dos grandes cuadros de Goya, encargados por el regente Luis María: El 2 de mayo en Madrid y Los fusilamientos en la montaña del Príncipe Pio, el 3 de mayo de 1808. Se detiene el monarca a admirar las pinturas por un momento, luego continua el paseo triunfante, en su tétrica carroza negra.

El 4 de mayo de 1814 se produjo, como un juego de manos, la especie de golpe de estado por el que Fernando VII recuperaba el poder absoluto. De inmediato, procedió a ordenar el arresto de los componentes de la regencia y a alguno diputados de los que, muy pronto supo que eran liberales, entre los que se encontraba don Luis el cardenal, que no fue arrstado, pero sí obligado a retirarse a Toledo y a renunciar al arzobispado de Sevilla, con las rentas correspondientes. Tras reinstaurar el tribunal de la Inquisición, comenzó una procesión de exiliados, cuyo número aumentó dramáticamente durante los seis años siguientes. 
Rafael de Riego

En 1820, Rafael del Riego capitaneó un pronunciamiento que obligó al rey a acatar la Constitución y a reconocer un gobierno moderado.

¡ESPAÑOLES! –declaró solemnemente Fernando VII, con la evidente falsedad, que no tardó en salir a la luz:

Cuando vuestros heroicos esfuerzos lograron poner término al cautiverio en que me retuvo la más inaudita perfidia, todo cuanto ví y escuché, apenas pisé el suelo patrio, se reunió para persuadirme que la Nación deseaba ver resucitada su anterior forma de Gobierno; y esta persuasión me debió decidir á conformarme con lo que parecía ser el voto casi general de un pueblo magnánimo que, triunfador del enemigo extrangero, temía los males aún más horribles de la intestina discordia.

…mientras Yo meditaba maduramente con la solicitud propia de mi paternal corazón las variaciones de nuestro régimen fundamental, que parecían más adaptables al carácter nacional y al estado presente de las diversas porciones de la Monarquía española, así como más análogas á la organización de los pueblos ilustrados, me habéis hecho entender vuestro anhelo de que se restableciese aquella Constitución que entre el estruendo de armas hostiles fue promulgada en Cádiz el año de 1812, al propio tiempo que con asombro del mundo combatíais por la libertad de la patria. He oído vuestros votos, y cual tierno Padre he condescendido á lo que mis hijos reputan conducente á su felicidad. 

He jurado esa Constitución, por la cual suspirabais, y seré siempre su más firme apoyo. Ya he tomado las medidas oportunas para la pronta convocación de las Cortes. En ellas, reunido á vuestros Representantes, me gozaré de concurrir á la grande obra de la prosperidad nacional.

…vuestra gloria es la única que mi corazón ambiciona. Mi alma no apetece sino veros en torno de mi Trono unidos, pacíficos y dichosos. Confiad, pues, en vuestro REY, que os habla con la efusión sincera que le inspiran las circunstancias en que os halláis, y el sentimiento íntimo de los altos deberes que le impuso la Providencia. 

MARCHEMOS FRANCAMENTE, Y YO EL PRIMERO, POR LA SENDA CONSTITUCIONAL; y mostrando á la Europa un modelo de sabiduría, orden y perfecta moderación en una crisis que en otras naciones ha sido acompañada de lágrimas y desgracias, hagamos admirar y reverenciar el nombre Español, al mismo tiempo que labramos para siglos nuestra felicidad y nuestra gloria. 

Palacio de Madrid 10 de Marzo de 1820. Fernando

Durante el período siguiente, conocido como Trienio Liberal, Luis María de Borbón formó parte del gobierno y fue entonces, el 9 de julio de 1820, cuando entró a formar parte de la exclusiva Orden del Toisón de Oro
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Sólo tres años después, una vez que el rey se vio seguro y protegido, lo olvidó todo, incluyendo su juramento. Tal como solía culpó a otros de sus declaraciones y actos más contradictorios.

El 18 de marzo de 1823 fallecía don Luis de Borbón y Vallabriga. Para entonces, ya estaba en marcha la Década Ominosa, iniciada bajo la cobertura de un nuevo ejército francés, que llevaba a cabo una tarea similar a la que ejerciera pocos años antes, pero al que ahora se designaba con el nombre de los Cien mil hijos de San Luis y cuyo objetivo era apoyar la reinstauración del absolutismo por medio de la represión armada. 

Probablemente, el cardenal de Borbón Vallabriga, no llegó a imaginar la suerte que correrían algunos de sus colegas de gobierno, entre otros. El día 11 de diciembre de 1831, a las once y media de la mañana, y sin juicio previo, el General Torrijos y 48 de sus compañeros eran fusilados en las playas de Málaga.



Antonio Gisbert Pérez inmortalizó el fusilamiento del general Torrijos y sus más allegados e incondicionales seguidores, que fueron protagonistas destacados del régimen constitucional durante el Trienio Liberal, al que pondría fin Fernando VII en 1823. (Museo del Prado).

La Década Ominosa sólo terminó con la muerte de Fernando VII, y fue seguida, como sabemos, por el estallido de las Guerras Carlistas, así llamadas por las reclamaciones sobre el trono, de su hermano y antaño colaborador, Carlos María Isidro de Borbón, contra el derecho de Isabel II.

La suerte que corrieron los hijos del Infante don Luis durante el período 1807-1833, se inscribiría sobre el complejo e inquieto escenario que queda descrito.

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viernes, 6 de enero de 2017

I/III Don Luis de Borbón Farnesio y Luigi Boccherini



Boccherini tocando el violoncello, Pompeo Batoni?, c. 1764–1767
National Gallery of Victoria, Melbourne, Australia.

Luigi Boccherini. Nacido en Lucca, Toscana, el 19 de febrero de 1743, a los 25 años -1768- viajó a la Corte de Madrid, presumiblemente, siguiendo a la Compañía de Ópera de Luigi Marescalchio, de la que formaba parte la soprano Clementina Pelliccia, de la que Luigi se habría enamorado y con la que pronto se casaría.

Programa de 1769; actuación en el Real Sitio de San Ildefonso.

Ya en Madrid entró al servicio del Infante don Luis, que sería su patrón y mecenas.

Al fallecer los dos hijos del matrimonio de Felipe V y María Luisa de Saboya, tras de haber ocupado ambos el trono sucesiva y brevemente, era coronado a su vez, Carlos III, hijo mayor del segundo matrimonio del monarca -con Isabel de Farnesio-. Don Luis Antonio de Borbón, fue el quinto hijo de este segundo matrimonio.


En 1769, al año de su llegada a Madrid, Boccherini fue nombrado Violonchelista y Compositor de la Capilla del Infante don Luis Antonio de Borbón y hacia 1770 empezó a componer música de cámara, cuartetos y quintetos para cuerda que escribía e interpretaba con técnicas completamente originales.

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La familia real española

Familia de Felipe V. Van Loo, 1743. Museo del Prado


Carlos III, anteriormente rey de Nápoles y Sicilia, como se sabe, se había casado en 1738 con María Amalia de Sajonia y tuvieron trece hijos entre 1740 y 1757, de los que sobrevivieron ocho, si bien, ninguno de ellos había nacido en España, un detalle que pesaría siempre sobre la vida del Infante don Luis a partir de 1759, año en que  Carlos III se convirtió en rey de España.


Siete años después, en 1776, el Infante Luis Antonio de Borbón, fue obligado a contraer matrimonio morganático con María Teresa de Vallabriga, lo que conllevaría su salida de la Corte, así como la renuncia explícita a cualquier reclamación sobre la Corona. Con ello trataba Carlos III de evitar la posibilidad de que se reprodujera, una vez más, la lucha entre hermanos, por la herencia real, en perjuicio de su propia descendencia. El Infante, pues, abandonó el Palacio Real de Madrid, para instalarse definitivamente en Arenas de San Pedro; Ávila, donde transcurriría aquella especie de destierro encubierto de la capital y donde se trasladó asimismo su Capilla y, naturalmente, Boccherini.

El Infante don Luis entre sus padres. Van Loo. Prado. Fragmento

En 1785 fallecía Clementina Pelliccia en aquel dorado retiro, seguida unos meses después, por el propio Infante y Mecenas, don Luis. Bocherini, viudo y habiendo perdido su medio de subsistencia, volvió a Madrid, con sus seis hijos: Joaquina, Luis Marcos, José Mariano, María Teresa, Mariana e Isabel. 

Su fortuna pareció tomar un rumbo mejor cuando recibió el nombramiento de Compositor de la Corte de Federico Guillermo II de Prusia, cargo que no le obligaba a residir en Berlín –ciudad que jamás visitó–, puesto que sólo debía enviar regularmente sus composiciones a aquella corte.

Recibió asimismo la protección de María Josefa Pimentel, Duquesa de Osuna y Condesa de Benavente (1752–1834), única hija superviviente y, por tanto, heredera de la inmensa fortuna familiar, casada con su primo Pedro Alcántara Téllez-Girón y Pachecho, en 1771.

Los Duques de Osuna y sus hijos. Goya, 1788. Museo del Prado

En 1783 la duquesa decidió construir en las afueras de Madrid –en la zona hoy conocida como Alameda de Osuna–, un sencillo palacio que sería decorado por pintores a los que, como a Goya, siempre brindó su protección. El palacete, al que llamó Mi Capricho, debía albergar su gran biblioteca –era muy aficionada a la lectura–, y que finalmente también se convertiría en depósito de numerosas e importantes pinturas del genial pintor. Años después, los herederos de la Casa pretendieron abrir la biblioteca al público, pero no se les permitió, porque había libros que aparecían en el Índice

El Capricho

En 1798 el ya rey, Carlos IV nombró a Pedro de Alcántara, marido de la duquesa, embajador en Austria. Dos años después, volviendo de Viena, el matrimonio tuvo que detenerse en un París inmerso en la Revolución, durante más tiempo del esperado, hasta que el duque contrajo una grave enfermedad que los obligó a acelerar su retorno a España, donde, finalmente, fallecería en 1807.

Pero entre tanto, la obligada estancia en París había permitido a la duquesa familiarizarse con los más recientes autores, como Walter Scott o Fenimore Cooper, a los que ella mismo dio a conocer en España. También protegió a inventores y científicos, así como a escritores, como Tomás de Iriarte, don Ramón de la Cruz y Leandro Fernández de Moratín, con algunos de los cuales mantuvo correspondencia, que hoy se conserva.

La Condesa sobrevivió a su marido 27 años, durante los cuales, educó y preparó el futuro de sus hijos, el mayor de los cuales, Francisco de Borja, falleció muy pronto. Doña Josefa mantuvo su actividad de mecenazgo hasta el día de su fallecimiento, el 5 de octubre de 1835, en su casa de la Cuesta de la Vega, en Madrid, pasando su herencia a manos de su nieto Pedro Alcántara Téllez Girón.

La Duquesa de Osuna y Condesa de Benavente. María Josefa Pimentel. Mecenas de Boccherini. Goya, 1785. Fundación Bartolomé March, Palma de Mallorca

Por lo que respecta a Boccherini, perdió la protección de la duquesa, coincidiendo con el fallecimiento de Federico Guillermo II de Prusia, en 1797. Quedaba el compositor, no sólo sin medios para sostener su arte, sino, su propia vida, así como la de sus hijos y su segunda esposa, a quienes perdería sucesivamente. Durante aquel período pudo contar con la ayuda del Embajador francés, Luciano Bonaparte, lo que le permitió salir de las dificultades en que se encontraba, aunque siguió sumido en una terrible soledad y tristeza, como veremos, que no pudo superar. Falleció el 28 de mayo de 1805, a los 62 años.

Boccherini, c. 1768. Propiedad del Dr. Gerhard Christmann, Budenheim, Alemania
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EL MECENAS • El Infante don Luis


Jean Ranc, 1731: Retrato del infante-cardenal Luis Antonio de Borbón y Farnesio. Museo del Prado

Luis Antonio Jaime de Borbón y Farnesio nació en el palacio del Retiro de Madrid.

El 27 de enero de 1729 la familia real se trasladaba a Sevilla en un intento de mejorar la salud mental del monarca, Felipe V, algo que parece que se logró, aunque sólo momentáneamente. Desde allí, en 1731 salió su hijo Carlos hacia Italia donde debía reinar sobre los ducados de Parma, Plasencia y Toscana. Don Luis tenía entonces 4 años, y sólo volvió a ver a su hermano cuando este regresó a España, 28 años después, ya como Carlos III.

En 1733 vuelven a Madrid y se instalan en el real Sitio de Aranjuez, donde transcurrió la infancia de don Luis. A los 7 años pasaba del cuidado de las mujeres a la tutoría del marqués Aníbal Scotti que se encargó de su formación, humanística esencialmente.

Más o menos incorporados  los hermanos mayores a diversas tareas de gobierno, y casadas las hermanas, parece que a don Luis no le quedaba sino la carrera eclesiástica, de modo que, cuando en 1734 falleció el arzobispo de Toledo, Isabel de Farnesio pensó en aquel obispado para su pequeño don Luis.

El 10 de noviembre de 1735, Luis era nombrado administrador perpetuo de la diócesis toledana y el 9 de diciembre siguiente obtenía el capelo cardenalicio.

Louis Michael van Loo: Infante Don Luis, Arzobispo de Toledo, Primado de España. Museo del Prado

En 1737 Felipe V recaía en sus angustias y pérdidas mentales, por lo que la reina contrató al gran Farinelli, que logró serenar el ánimo del monarca en sus horas más difíciles, obteniendo una recuperación llamativa en el verano de aquel año. El cantante se convirtió en la sombra del rey. 

En 1740 don Luis fue hecho arzobispo de Sevilla.

Isabel Farnesio se ocupaba de todo, como siempre había hecho, y don Luis, nada inclinado por la carrera religiosa –nunca fue ordenado–, se dedicaba a la caza, su entretenimiento favorito.

Felipe V falleció en 1746 y la viuda Farnesio hubo de retirarse de la corte, donde, de pronto, ya nadie quería que siguiera imponiendo sus personales criterios en todo cuanto sucedía. Se trasladó al Real Sitio de La Granja con don Luis, que tenía 29 años; María Antonia e Isabel de Francia, la esposa de su hijo Felipe. En 1749 María Antonia se casó con Víctor Amadeo de Saboya, heredero de Cerdeña y don Luis se quedó sólo con su madre.

En 1754 comunicó su deseo de casarse a su hermano, Fernando VI, entonces rey, asegurándole que aspiraba a una mayor tranquilidad de su espíritu y seguridad de su conciencia.

El rey accedió a la propuesta y el Papa aceptó su renuncia, por la cual se le permitió ese año abandonar la carrera eclesiástica. Años después escribía a su hermano Carlos III: Debo confesaros que el único motivo que tuve, en otros días para renunciar al gobierno de las mitras, fue la íntima convicción en que estaba de que no tenía vocación para el estado eclesiástico, y antes bien, de sentirme con inclinaciones incompatibles de aquel santo estado.

Infante Don Luis de Borbon. Anton Raphael Mengs, c. 1776.
Cleveland Museum of Art. Ohio

En 1756 moría Bárbara de Bragança, la esposa de Fernando VI, quien, igual que su padre, cayó en una profunda e inactiva melancolía que fue degenerando y que llegó a mezclarse con intentos de suicidio. Por aquel tiempo, ya sólo hablaba con don Luis.

Murió el 10 de agosto de 1759 habiendo declarado heredero a su hermano Carlos VII, rey de Nápoles y Sicilia, que reinaría en España como Carlos III. De momento la viuda Farnesio volvió a ocuparse de la regencia.

En cumplimiento del Tratado de Aquisgrán, Carlos debía abdicar en Italia para acceder al trono de España, y debía hacerlo en la persona de su hermano, Felipe I duque de Parma, pero él prefería siempre anteponer a sus hijos; aunque en este caso el correspondiente, era Felipe de Calabria, que sufría un retraso intelectual notorio. Pensó entonces en Fernando, aún menor. Entre Felipe y Fernando, Carlos IV ya estaba destinado a heredar la Corona de España.

Para el 19 de julio de 1579, Carlos III era ya rey de España y Carlos (IV) el heredero. Carlos III sabía que se podía alegar sus hijos no podían sucederle en base a la ley dictada por Felipe V, según la cual, para acceder al trono de España, era imprescindible ser nacido y criado en España, por lo tanto, habiendo nacido sus hijos en Italia, la Corona correspondería precisamente, a su hermano, el infante don Luis, él sí, nacido y criado en España.

Muerta María Amalia de Sajonia -en palabras de Carlos III, aquel fue el único disgusto que le causó en su vida-, el monarca viudo y don Luis volvieron a compartir cacerías y otros entretenimientos, pero el hermano, pronto observó que se le cerraban todas las puertas de un modo u otro, temiendo que reclamara sus derechos. Aunque era Maestre de las Órdenes Militares, entre otras cosas, no disponía de patrimonio, pero sí de fondos y empezó a reorganiar sus inversiones.

En 1761 compró el Señorío de Boadilla y otras tierras de Boadilla y Pozuelo de Alarcón. En 1761 compró el Condado de Chinchón a su hermano Felipe, que se había convertido en duque de Parma. El condado comprendía, además del castillo de Chinchón, diversas propiedades en Morata de Tajuña, San Martín de la Vega, Colmenar de Oreja, Villaconejos, Villaviciosa de Odón y Boadilla del Monte, donde encargó al arquitecto Ventura Rodríguez el famoso palacio de su nombre. Esta residencia le permitió mantener sus aficiones: caza, ornitología y el cultivo de las artes, las letras y las ciencias, patrocinando a músicos como Boccherini y pintores como Francisco de Goya, Luis Paret y Alcázar o Charles Joseph Flipart. 

Don Luis. A.R. Mengs, 1769. Museo de Arte de San Diego

Así pues, contrató a Ventura Rodríguez, que le construyó el Palacio de Boadilla en 1765 y allí empezó su gran colección de pinturas, libros, muebles, etc. e hizo del lugar una pequeña corte ilustrada a la que acudían los artistas más famosos del momento.

Tras el famoso Motín de Esquilache -una anécdota que debía afirmar la negativa popular a cualquier tipo de reforma-, Carlos III se instaló en Aranjuez y allí fue donde falleció Isabel de Farnesio, la viuda de Felipe V, legando a don Luis muchos objetos valiosos además de su propia colección de pinturas, que aquel llevó a Boadilla. 

Para entonces, don Luis, que tenía prohibido casarse, empezó a dar muestras de intensa actividad sexual, teniendo hijos con algunas mujeres del pueblo, a las que después alejaba sin contemplaciones.

Desde 1757 el pintor genovés Francesco Sasso que había sido maestro de don Luis en la Granja, se convirtió en su pintor de cámara.

A partir de 1774 Paret y Alcázar, consiguió también el mecenazgo y hasta la amistad de don Luis, a quien acompañaba y ayudaba en sus salidas amorosas, pero sólo hasta que lo supo Carlos III que, aconsejado por su confesor, llamado Eleta, pero apodado Alpargatilla, desterró al pintor a Puerto Rico en 1775

Paret y Alcázar 1780 autorretrato. Prado

El infante don Luis tiene una predilección muy violenta por las mujeres. Hace tres o cuatro años que el rey, su hermano, informado de estas citas secretas, trató d poner fin a ello sin escándalos; el infante se hizo de una cierta enfermedad muy común en España y todo pasó bien; pero este príncipe, impulsado por su temperamento, se había buscado los medios para disponer de tres muchachas a las que veía alternativamente durante los días de caza en el bosque, en los momentos en que estaba alejado del rey, a quien acompañaba siempre… en cuanto a las muchachas y sus parientes, han sido echados y perseguidos. (Carta del Embajador de Francia en Madrid).

Don Luis se disculpó apenas e insistió en que deseaba casarse.

En todo caso, Carlos III se vio obligado a pensar en que tal vez debía hacerlo, de modo que le propuso a su propia hija, la mayor, pero el proyecto fracasó y, ante la falta de alternativa, decretó que don Luis se casaría con una mujer que no fuera de sangre real y que su hermano renunciara a todos sus posibles derechos, precisamente por esa causa.

No permitiendo las circunstancias actuales proporcionar matrimonio al Infante don Luis mi hermano con persona igual a su alta esfera… Vengo a concederle permiso para que pueda contraer matrimonio de conciencia, esto es, con persona desigual, según él me lo ha pedido…

Las familias nobles corrieron a ofrecer a sus hijas, y la suerte recayó en una sobrina del Marqués de San Leonardo, quien la definió como de buena cara, buena índole, sino recogimiento, mucho entendimiento, mucha inocencia y gran educación.

La elegida, María Teresa de Vallabriga y Rozas, era aragonesa y huérfana, y había nacido el 6 de noviembre de 1659  -32 años más joven que don Luis-. Para sellar el compromiso, don Luis le regaló un collar de 1.114 diamantes.

Don Luis debió asimismo, abandonar la corte y aceptar que sus hijos fueran privados de cualquier honor o distinción, renunciando, incluso al apellido de su padre.

Se casaron en Olías del Rey –villa próxima a Toledo- el 27 de junio de 1776 con aquella María Teresa de Vallabriga y Rozas (1758–1820), hija de Luis de Vallabriga, mayordomo de Carlos III, y de María Josefa de Rozas y Melfort, III Condesa de Castelblanco. 

Iniciaron así una vida itinerante fuera de la corte, residiendo en diversos lugares en torno a la capital del reino y, por último, en Arenas de San Pedro, donde se hizo construir un palacio, el mismo en el que Boccherini compondría su celebérrima Música nocturna de las calles de Madrid, inspirado, al parecer, por la similitud entre aquella tierra y la de su Toscana natal.

Goya, 1783. Don Luis y María Teresa. Museo del Prado

Ya instalados en el palacio de Villena, en Cadalso de los Vidrios, nació su primer hijo, Luis María, el 22 de mayo de 1777. El año siguiente fijaron su residencia en Arenas de San Pedro, donde el infante podía disfrutar de la caza -que era su segunda afición-, y allí nació un segundo hijo, Antonio, el 6 de marzo de 1779, pero falleció muy pronto.

En 1780 empezaron las obras del palacio de La Mosquera. El 26 de noviembre de 1780, nacía su hija María Teresa Josefa, y el 6dejunio de 1783, María Luisa Fernanda.

En 1783 se fueron a vivir al nuevo palacio de Boadilla del Monte. Don Luis iba frecuentemente a Madrid, y se veía con Carlos III, pero su mujer y sus hijos no eran recibidos en palacio.

Palacio de don Luis en Boadilla del Monte

No se sabe si fue Ventura Rodríguez o Floridablanca quien llevó a Goya a su casa, pero el pintor hizo amistad con el infante y a lo largo del año 1783 realizó varios retratos familiares, más 7 cuadros que el año siguiente pasaron a engrosar la colección de don Luis. A través de él, Goya empezó a recibir encargos en la corte.

Con el tiempo se deterioraron las relaciones entre el matrimonio, al parecer a causa de la amargura de ella por el rechazo del rey.

…es muy regular que a S. A. le haya precisado a hacer las vajezas que acostumbra, como pedir perdón de rodillas, con los demás, que con harto dolor mío, he presenciado otras veces. –Escribió a Floridablanca el confesor de don Luis, Fr. Urbano de Arcos.

La familia del Infante don Luis. Goya, 1784.
Fondazione Magnani-Rocca. Mamiano di Traversetolo, Parma

Tuvieron tres hijos. 

Luis María de Borbón y Vallabriga (1777–1823), XIV conde de Chinchón, arzobispo de Toledo y cardenal. Fue el único miembro de la familia que se quedó en España durante la Guerra de la Independencia, siendo presidente de la Regencia instaurada por las Cortes de Cádiz en 1808, hasta la llegada de su primo Fernando VII. Fue enterrado en la catedral de Toledo.

Cardenal Vallabriga. Museo de Arte de Sao Paulo

María Teresa de Borbón y Vallabriga (1780–1828) XV Condesa de Chinchón, por renuncia de su hermano y I Marquesa de Boadilla del Monte. Andando el tiempo, esta hija recuperó para la familia el apellido Borbón y el tratamiento de Altezas Reales, al casarse con Manuel de Godoy, llamándose pues, su hija, Carlota Luisa de Godoy y Borbón. 

María Teresa de Borbón y Vallabriga. Goya

María Teresa de Borbón y Vallabriga. Goya. Museo del Prado

María Luisa de Borbón y Vallabriga (1783–1846), que casó con Joaquín José de Melgarejo y Saurín, duque de San Fernando de Quiroga, pero no tuvieron hijos.

María Luisa de Borbón y Vallabriga.Goya. Uffizi

Don Luis vivió y murió en la infelicidad, a causa del permanente disgusto que causaba a su esposa el exilio de la Corte. Además, tal como él temía, a su muerte, el rey se apresuró a dispersar a su familia, recluyendo a la viuda en Zaragoza, a las hijas en un convento de Toledo y dejando al hijo varón a disposición del cardenal Lorenzana.

Aspecto del Palacio de La Mosquera, en Arenas de San Pedro

Falleció el Infante don Luis en Arenas de San Pedro el 7 de agosto de 1785 y no se cumplió su deseo explícito de ser enterrado en Boadilla, sino que, con el tiempo, sus restos mortales fueron depositados en el Panteón de Infantes del monasterio de El Escorial

El destino de sus hijos cambiaría de orientación cuando Carlos IV y María Luisa de Parma, ascendieron al trono de España; de ellos nos ocuparemos en la entrada siguiente.
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EL COMPOSITOR • Al servicio de DON LUIS • 1770 - 1785

En 1770, durante la jornada real en Aranjuez, el infante don Luis había contratado a Boccherini como violonchelista de su orquesta privada y, más tarde, como su compositor de cámara, permaneciendo el compositor en esos puestos hasta la muerte del infante, en 1785, pero esos 15 años al servicio de este miembro singular de la familia real, no supusieron una rutina, dependiendo de la fortuna del Infante, antes y el después de su boda en 1776.

Desde 1770 hasta su matrimonio en 1776, don Luis llevó una vida dependiente de la Corte, acompañando a su hermano en las jornadas anuales por los Reales Sitios, seguido siempre por por su numerosa servidumbre, entre la que se contaba grupo de cámara. 

Por entonces cuando Boccherini conoció y entabló amistad con la familia Font, intérpretes de cuerda procedentes de Barcelona que servían también al infante. De esta amistad y colaboración profesional saldría una gran composición, el Quinteto de cuerda con dos violoncelos, y todo parece indicar que fue el cuarteto formado por Francisco Font, violista y padre de Antonio, Pablo y Juan, que tañían diversos instrumentos de cuerda indistintamente, lo que sirvió de base a Boccherini, que solía unirse a ellos con su violoncello.

Por entonces, don Luis había encargado al arquitecto Ventura Rodríguez la restauración del palacio de Boadilla del Monte, construido años antes por Antonio Machuca, que se convertiría en la residencia habitual del infante y en la que llevó a cabo su mecenazgo en favor de pintores, escultores, músicos, bibliotecarios, etc., que pondrían su nombre en la Historia del Arte.

Se cree que el hombre que observa la partida de cartas del Infante don Luis, en la pintura de Goya, podría ser Boccherini

Aquel palacio fue testigo de una gran actividad musical, aunque también se dedicaba a la caza. Allí creó Boccherini, en 1771 uno de los quintetos con dos violoncellos, en el que se oyen trinos de pájaros y trompas de caza, en homenaje a los gustos de su mecenas; es el Quinteto en Re Mayor, Op. 11, nº 6, G. 276, que lleva el subtítulo de, La Pajarera -L'uccelleria.

Pero la dolce vita en Boadilla se acabó cuando el infante se vio forzado a buscar una esposa plebeya, y a alejarse de la Corte, todo ello como consecuencia de un injustificable recelo de Carlos III sobre la sucesión, al que don Luis, al parecer, nunca había dado pábulo.

Así pues, tras la boda de don Luis con María Teresa Vallabriga, en junio de 1776, empezó el destierro, y el matrimonio se instaló sucesivamente en Cadalso de los Vidrios, Talavera o Velada, asentándose finalmente en la villa de Arenas de San Pedro, en Ávila.

Para la celebración de la boda, Boccherini, que había decidido acompañar a su patrón al destierro, le obsequió con la Serenata en Re Mayor, G.501, como suite para orquesta.

Page de titre de l'édition La Chevardière des Quintettes avec flûte de L. Boccherini

En los 9 años que pasó lejos de la Corte, Boccherini compuso la mayoría de su personalísima colección de quintetos de cuerda con dos violoncelos, así como numerosos cuartetos, sinfonías, tríos, etc., y una primera versión de su Stabat Mater.

La placidez, la monotonía y, posiblemente, el tedioso ritmo de vida en Arenas habría de proporcionarle al compositor algunas compensaciones. Por un lado, su familia fue creciendo en un ambiente seguro, llegando a tener siete hijos, si bien uno de ellos murió siendo muy pequeño. 

Esa seguridad, con un buen salario, y, quizá, las escasas oportunidades para gastarlo, permitieron al músico ahorrar lo suficiente, para invertir en acciones del Banco de San Carlos, recién creado en 1782, que proporcionaron al compositor notables ganancias, que le permitirían, más adelante, afrontar el cúmulo de desgracias que trastocaron toda su vida, a partir de la primavera de 1785.

Ese año, a primeros de abril se produjo la inesperada muerte de su esposa, Clementina, y en agosto, la del propio don Luis. Boccherini quedaba viudo, con seis hijos de corta edad y sin mecenas.

De vuelta en Madrid, sus rentas financieras, le permitieron vivir holgadamente con sus hijos durante más de dos años. A partir de entonces, la Casa Real le concedió una pensión que percibió hasta el final de su vida. Acto seguido, entró al servicio de los Condes-Duques de Benavente-Osuna, también con un notable sueldo, que, sin embargo, sólo percibió a lo largo de los dos años siguientes. 

Pero fue entonces cuando el rey de Prusia, Federico Guillermo II, le nombró compositor de cámara en 1786, cargo que el músico mantuvo hasta el fallecimiento de aquel, en 1797.

En aquellas circunstancias, Boccherini decidió volver casarse, esta vez, con María Pilar Joaquina Porreti, hija de un famoso violonchelista. Con ella volvió la Musa; Boccherini pasó los siguientes diez años componiendo sin pausa, y convirtiendo aquella etapa, quizás, en la más productiva de su vida, que a la vez discurría por cauces serenos, sin sobresaltos ni dificultades. Su estilo se diversificó y compuso una notabilísima serie de doce Arie Accademiche para soprano y orquesta.

Entre tanto, seguía componiendo para Federico Guillermo II, pero vio afectada su creación y el envío de su obra, a causa de la Revolución desencadenada en 1789. Sin embargo, pronto se restablecieron las relaciones entre Francia y España, durante el ministerio del Conde de Aranda y la vida y la creación musical, volvieron a fluir.

En mayo de 1796, fallecía su hija mayor, Joaquina, y el año siguiente, el sucesor de Federico Guillermo II, suspendía los pagos que hasta entonces percibía el compositor, lo que supuso para él un importante trastorno. 

Vino a salvar sus dificultades el Marqués de Benavent, un noble catalán, aficionado a la guitarra, que le encargó composicones originales, y las pagaba con rumbo, hasta que, al parecer, perdió una gran fortuna en relativamente poco tiempo, lo que, naturalmente, le obligó a suspender sus encargos.

Para Benavent compuso Boccherini la serie de Quintetos de cuerda con guitarra -G. 445 a 453-, y la Sinfonía Concertante -G.523-, que era transcripción del Quinteto Op.10, nº 4 -G.268-, de 1771, inspirado, a su vez, en el Concerto Grande, Op.7 (G.491), de 1768. 

En el verano de 1796, recibió una carta del editor, compositor y fabricante de pianos, Ignaz Pleyel, quien, también le encargó nuevas partituras, que Boccherini creó para él durante tres años. Se conserva una carta fechada el 20 de junio de 1799, de acuerdo con la cual, además de la ruptura de sus acuerdos, se deja ver que las relaciones entre ambos personajes, eran muy tensas.

Lucien Bonaparte, fue nombrado por entonces embajador plenipotenciario en España, y aunque, no permaneció ni un año completo, el de 1801, en aquel cargo, encargó a Boccherini la organización y dirección de sus veladas musicales, tarea que le fue muy bien recompensada económicamente, además de que Bonaparte le facilitó el acceso a personas que podían encargarse de la publicación de sus obras, lo que explica que algunas de las creaciones de aquella época, lleven la dedicatoria À la Nation Française.

Tras la marcha de Bonaparte a finales de 1801, Boccherini, enfermo, vio cómo las dificultades se multiplicaban a su alrededor. 

En julio de 1802, moría su hija Mariana. Puesto que, la mayor, Joaquina había muerto en 1796, y que los hijos varones ya no vivían en casa –Luis Marcos era sacerdote y Joseph Mariano, archivero en la casa de la condesa de la Oliva-, los Boccherini, con sus hijas María Teresa e Isabel, se mudaron a una casa en la calle del Prado, donde, antes de acabar el año, fallecía también la hija menor, Isabel. Sólo quedaba en casa María Teresa.

A principios de 1803, Boccherini recibió la visita de la pianista francesa Sophie Gail, a la que regaló una copia manuscrita de la partitura de la primera versión del Stabat Mater, G. 532, para soprano y orquesta. Sophie explicaría más tarde, que había encontrado a un Bocherini muy envejecido, y que parecía triste y enfermo.

Lo cierto es, que si bien los fragmentos del último Cuarteto, inacabado, que registró como Op. 64, nº 2, están llenos de vitalidad, Boccherini estaba en realidad muy cansado, y profundamente abatido por el fallecimiento, en julio de 1804, de María Teresa, la única hija que le quedaba. María Pilar Joaquina,su segunda esposa, falleció asimismo, en enero del año siguiente, quedando Boccherini completa y dolorosamente solo. 

En tales circunstancias y, habiendo trasladado de nuevo su residencia a lo que hoy es el barrio de Lavapiés, en la calle Jesús y María, de Madrid, fallecía Luigi Boccherini, el 29 de mayo de 1805, a los 62 años.

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