viernes, 2 de mayo de 2014

Los Mignons en la Corte Valois


Catalina de Médicis y sus hijos: Taller de Clouet. Col. Privada
Izq. : El Duque de Alençon, Catherine, Charles IX, Margot y Henri III.
(Todos ellos eran, todavía, muy mignons).

La persona o cosa que, con un apariencia más bien pequeña, muestra gracia y gentileza, sería alguien o algo Mignon/Mignonne. En el siglo XVI se llamaba mon Mignon, al hijo preferido.

Pero un Mignon era, ya en el siglo XIV, sencillamente, un favorito del príncipe o monarca, que, como tal, puede –y debe– dormir en la misma habitación y, en ocasiones en la misma cama que él, naturalmente, sin ocultarlo, más bien todo lo contrario, pues es una gran distinción, de la que se habla con libertad, franqueza y orgullo; lo que, en opinión de J. Huizinga Le Déclin du Moyen Âge–, excluye aquella connotación sexual, que se le atribuyó al Mignon a partir del reinado de Enrique III, entre 1551 y 1589.

Durante el reinado de Charles VII, –el gran deudor de Juana de Arco–, que reinó desde 1429 hasta 1461, se llamaba Mignons de Dieu o Mignons du Pape, a los jesuitas.

La existencia de la figura del Mignon, en todo caso, no es anecdótica, puesto que hablamos del entorno del poder real en Francia, por lo que se impone despojar el tema de todo rastro de frivolidad, y centrarse en sus aspectos más transcendentes; es decir, por qué aparece el Mignon junto al monarca, cuál era su cometido y qué influjo pudo ejercer en la toma de decisiones por parte de la Corona, en la inestable Francia de aquel momento.

Ante la imposibilidad de hallar una acepción suficientemente precisa para este término, tan francés, lo emplearemos en su forma original, no sin aclarar un detalle más; que podría parecerse en cierto sentido, al castellano, de origen portugués, menino, y, quizás, al lindo, tal como lo empleó en la España del siglo XVII, Agustín Moreto, en cuyo caso, equivalía a vanidoso o presumido.

El ingenioso cronista francés Brantôme, gran amante del austero estilo de vida de la corte de Felipe II–, utilizó la expresión Mignons de couchette o Mignon de cama, para referirse a los servidores más próximos de Charles VIII; 1483–98, –pero el término aparecía como amante favorito, en los diccionarios de mediados del siglo pasado–. El favorito, cuando se hallaba en la cima del favor y el afecto real, adquiría el honor de dormir en la sacra habitación de su señor, honor que le otorgaba este en recompensa por su fidelidad a toda prueba. Por cierto, que tal distinción llegó a emplearse de forma similar, aunque muy restringida, en la corte española; tanto el duque de Lerma, como el conde duque de Olivares, dormían frecuentemente en la habitación de sus respectivos monarcas, Felipe III y Felipe IV, declarando Olivares en cierta ocasión –a pesar de su inconmensurable arrogancia–, que descansaba al pie de la cama del rey, como si de un fiel perro de tratara.

Enrique III como Rey de Polonia. M. Bacciarelli. Cast. Real. Varsovia.

Cuando los cortesanos de Enrique III empezaron a adoptar aquellas actitudes tan excesivamente refinadas en modales, vestido y aderezo personal, se convirtieron en objeto de la burla del pueblo, previamente caldeado por la nobleza rival, de forma que, aun en los siglos XIX y XX, cuando se hablaba de un Mignon, ya solo se pensaba en un favorito de Henri III, que también se arreglaba mucho.

Enrique II, padre del anterior, no era muy dado a otorgar esta distinción, pero, de hecho, compartió alcoba, al menos, con el general Anne de Montmorency. En un principio, semejante familiaridad sorprendía a los embajadores, pero pronto se habituaban, vista la naturalidad del hecho, que, sin embargo, cambió a la llegada de Enrique III, porque el acceso a la cámara real adquirió una importancia excesiva y, al mismo tiempo, se amplió el círculo de preferidos, de modo que aquellos que podían acceder a tamaña distinción, despertaron furibundas envidias, incluso entre ellos mismos, de donde procedió la mala fama, los rumores de celos  o envidias, relacionados con la mayor o menor posibilidad de influir en las decisiones reales y, en fin, el colmo de los ya vulgarmente denominados indistintamente Mignons de couchette, de matarse unos a otros.

Henri III Óleo sobre tabla. Château de Versailles, post. 1578

Lo cierto es, que bajo el reinado de Enrique III, los gentilhombres que frecuentaban la corte se vestían con un refinamiento desmesurado; siguiendo el ejemplo del rey, se ponían maquillaje, se rizaban el pelo y llevaban pendientes y encajes almidonados. Aquello se aceptaba relativamente mal en una corte acostumbrada a admirar la apariencia varonil, y que consideraba semejantes detalles como una muestra de la debilidad del rey y su entorno, tan interesados todos por las fiestas y tan preocupados por la apariencia, que daban una imagen que quizás no se correspondía con la realidad, ya que, en general, todos eran valerosos y buenos soldados, cualquiera que fuera el bando en el que militaban, en una Francia radical y mortalmente dividida.

Quizá el origen del problema residiera, en parte, en el hecho de que Enrique III decidió dar entrada de hombres nuevos en la corte y su acceso a las altas distinciones; en torno a él aparecieron los nuevos favoritos que llegaron a hacer fulgurantes carreras. Pronto se convirtieron en objeto de envidias y burlas, basadas en referencias a la ropa o los pendientes. Los calvinistas, sin embargo, dada su repugnancia hacia todo aquello que fuera o pareciera frívolo, empezaron a asociar públicamente, el término Mignon con la homosexualidad. Expandieron una imagen de la pecaminosa fatuidad de los cortesanos del Valois, que fue pronto asumida como arma política también en el entorno de la Liga Católica, que a partir de 1585, inició una campaña de difamación contra Enrique III y su corte, que prosiguió, incluso después del asesinato de este rey en 1589, y que mantuvieron algunos historiadores posteriores.

Variantes de caricatura del Mignon aparecidas en 1605 en L’Isle des Hermaphrodites de Thomas Artus.

                     No soy macho ni hembra
                     y si lo miro bien
                     cualquiera de los dos puedo elegir
                     ¿Pues qué importa a cual se parezca uno?
                     Mejor los dos juntos
                     Y habrá doble placer.

Francamente, todo ello no parece sino la consecuencia de una propaganda política, disfrazada de religiosidad, basada en el burdo descrédito del monarca y de aquellos a los que favorecía. Siendo la cuestión sexual tan difícil de demostrar como de negar, pudo ser empleada eficazmente, con la ayuda de las extravagantes vestimentas y arreglo personal de algunos de los Mignons

Visto desde la actualidad –aunque la visión no sea históricamente válida-, mucho más grave sería, por ejemplo, su eventual fanatismo o el erróneo concepto del honor de aquellos caballeros, que los llevó a matarse entre sí, sin piedad y sin cordura, por verdaderas insignificancias, algo que en aquel momento no parecía tener importancia, comparado con el uso de maquillaje.

Conoceremos, pues a algunos de los Mignons más célebres, para pasar después a intentar hallar una explicación al absurdo de sus luchas que, evidentemente, no sólo se produjeron por celos ante el afecto expresado por el monarca hacia uno u otro, sino por diferencias mucho más profundas, existentes en una sociedad en la que no se sabía, no se quería, o no se podía coexistir. No hay que olvidar que Francia se hallaba por entonces, no sólo dividida a muerte entre católicos y protestantes, sino también entre católicos, y más católicos todavía.

Entre los más conocidos favoritos de Enrique III figuran históricamente, personajes como: Louis Du Gast, François d’O, Henri de Saint-Sulpice, Jacques de Caylus, Louis de Maugiron, François d’Espinay de Saint-Luc, Georges de Schomberg –hermano de Gaspard de Schomberg-, a los cuales hay que añadir dos archiMignons: Anne de Joyeuse, baron d’Arques, y Jean Louis de Nogaret de La Valette, duque de Epernon, llamado el medio rey.
El Mignon François d’O, Marqués d’O (1551-15949).

François d’O era, sobre todo, un hombre de finanzas que supervisó la economía de Enrique III. Durante la guerra entre este monarca contra Enrique IV de Borbón –católicos vs. protestantes–, llevó a cabo un doble juego, por el que en público apoyaba al rey, y, en secreto, al Borbón, ayudándole, por ejemplo, a tomar Meulan en 1590, a pesar de lo cual, este último no le profesaba gran aprecio.

Participó en el asedio de La Rochelle, la ciudadela protestante, en 1573, en el que resultó herido y también formó parte de la corte que acompañó a Enrique durante su breve reinado en Polonia. Poco después abandonó la carrera militar por la financiera, asegurando que una pluma puede golpear más que una espada y una bolsa de dinero, es mejor botín que una compañía de hombres de armas.

Después de casarse con la única hija de René de Villequier, gobernador de Normandía y favorito del rey, fue presentado en la corte por su suegro y pronto se hizo con la amistad del monarca, llegando a Secretario de Estado y Primer Guardarropa, hasta que cayó en desgracia en 1581.

Tras sustituir a Pomponne de Bellièvre en 1578 como encargado de las finanzas, mantuvo el mismo y escandaloso sistema de malversaciones y gastos excesivos que su predecesor, siendo muy pródigo con los caprichos del rey y las exigencias de su propia avaricia. En su opinión, los pobres eran tan necesarios al Estado, como las sombras a una pintura. Aumentó, pues, los impuestos, de forma que los ingresos del Tesoro que, con Carlos IX sumaban 20 millones, con Enrique se elevaron a 32, sembrando el descontento público más o menos en la misma medida.

En su opinión, el rey era el dueño absoluto de la vida y los bienes de sus súbditos y nadie podía pedirle cuentas de nada. Esto, lógicamente, le gustaba a Enrique III, que le otorgó diversos cargos y distinciones, hasta nombrarlo gobernador de París y de Île de France, cargos de los que posteriormente le despojó, antes de deshacerse de él por imposición de la Liga. Abandonó París al mismo tiempo que el rey, a quien siguió a Chartres y a Blois. En 1588 declaró ante los Estados Generales, que los gastos del Tesoro no podían sostenerse con menos de 27 millones anuales. Las reclamaciones públicas contra el intendente, eran tan justificadas, que a Enrique III le pareció más prudente retirarlo de aquel empleo, aunque volvió rápidamente, gracias a las promesas de sumisión hechas al duque de Guise.

Algunos de los Mignons más célebres, acompañando al rey, a Catalina de Médicis y a la reina Louise de Lorraine 

Después del atentado de Saint-Cloud, d’O se encontraba hablando con su hermano y otros señores, en la misma cámara en la que el monarca acababa de morir; Enrique de Borbón les oyó decir, sin disimulo, que se rendirían a cualquier enemigo, antes que sufrir un monarca hugonote. D’O fue el encargado de decir al de Borbón que nunca sería reconocido como rey de Francia, si no abjuraba de la Reforma. Aun así, personalmente intentó convencer a Enrique IV, para que se alejara de los hugonotes y se hiciera católico El navarro, por su parte, aceptó su colaboración, considerando que su conocimiento de los negocios y sus relaciones en el mundo de las finanzas podía resultarle útil.

Cuando en abril de 1593 Enrique IV decidió aceptar al catolicismo, encargó a D’O que reuniera a los prelados y, cuando ya rey, efectuó su entrada en París, le devolvió su puesto, pero el Mignon murió antes de acabar el año, según se dice, sin causar pena a nadie. A pesar de sus grandes ingresos dejó muchas deudas, por lo que entre acreedores y criados saquearon su casa -incluso los muebles de su habitación, antes de que muriera-. Dejó una hija natural y su desaparición fue acogida con gran alegría: ¡No pagaremos más tasas!, algo que nunca pasó de ser una quimera.
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El Mignon Henri de Saint-Sulpice era primo de otro Mignon, Jacques de Caylus. También participó en el asedio de La Rochelle, capitaneado por Enrique III, entonces Duque de Anjou. Fue nombrado por este, Baron de Saint Sulpice en 1575, y después, Capitán de la Caballería Ligera. Casado en febrero de 1576, con Catherine de Carmaing de Nègrepelisse, fue asesinado, el 20 de diciembre del mismo año por el sicario de un caballero con el que había tenido una discusión.
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Retrato contemporáneo de Jacques de Lévis. François Quesnel

Jacques de Lévis, conde de Caylus, 1554-1578, era otro de los Mignons de Henri III, primo del anterior, conoció al futuro rey a los 18 años. También participó en el asedio de La Rochelle en 1573 con Henri III, y también lo acompañó durante su estancia en Polonia. Participó en la batalla de Dormans y fue hecho prisionero por los hugonotes en el verano de 1577, si bien fue liberado a los tres meses, después de pagar un rescate y firmar la paz.

Participó el famoso Duelo de Mignons, del que después trataremos, recibiendo numerosas heridas, de las que murió. Henri III hizo construir un mausoleo para él cuyo epitafio decía: Non injuriam, sed mortem, patienter tulit.
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Louis de Maugiron

Louis de Maugiron, llamado Le Beau Borgne –algo así como el Guapo Tuerto-, hijo de Laurent de Maugiron, Capitán del ejército francés en las guerras contra España, fue otro de los más conocidos Mignons de Henri III, que también perdió la vida en el tristemente célebre Duelo de 1578.

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François d'Espinay de Saint-Luc

Hombre de guerra y titular de varias Baronías y Señoríos, nació en 1554 y fue educado en la corte de los Valois y se convirtió en uno de los favoritos de Henri III. Siendo Mignon, fue nombrado gobernador de algunas ciudades, aunque cayó en desgracia en 1579.

Hizo retroceder a Condé cuando asediaba Brouage en 1585 y en 1586 recuperó l'île d'Oléron en poder de Agrippa d'Aubigné, al que hizo prisionero. Más tarde, fue hecho prisionero él mismo, en la batalla de Coutras, pero logró salvar la vida al rendirse, precisamente, ante el propio Condé en 1587.

Posteriormente tuvo la Lugartenencia de Bretaña por Henri IV de Borbón y negoció en su nombre la rendición de París, después de la derrota de la Liga y los ejércitos españoles, en 1594. Se dice que rechazó la dignidad de Mariscal que le ofreció el monarca.

Murió en 1597 de un disparo de arcabuz en la cabeza durante el asedio de Amiens.
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Anne de Joyeuse

Militar, Barón, Vizconde, Duque, Almirante de Francia y Mignon de Henri III, conocido sencillamente, como Joyeuse. Procedía de una familia de la aristocracia católica, uno de sus hermanos era Arzobispo, y otro, Cardenal.

A los 17 años acompañó a su padre en la guerra contra los hugonotes en Languedoc y Auvernia, recibiendo, ya a los 19 el mando de una compañía, para ser posteriormente nombrado gobernador del Mont Saint-Michel. A los 20 -1580-, participio en el asedio de La Fère. Caballero de la Orden del Saint-Esprit y gobernador de Normandía y El Havre, en 1584 recibió también el gobierno del Ducado de Alençon. Casado con Margarite de Lorraine –medio hermana de la reina-, recibió una dote de 300000 escudos de oro. 

En 1587 mandó una expedición contra los protestantes de Poitou, tras la cual mandó masacrar a 800 hugonotes en La Mothe-Saint-Héray; hecho conocido como la Massacre de Saint- Éloi, un acto cuya crueldad le hizo perder la confianza del rey. Cuando Henri III le recibió fríamente, intentó evitar la caída en desgracia, combatiendo a Enrique de Navarra; se puso a la cabeza de 1000 hombres y atacó plazas fuertes y ciudades, que entregó al saqueo.

El 20 de octubre de 1587, persiguiendo al rey de Navarra, atacó al ejército protestante de Coutras, Gironde, pero sus tropas estaban muy diezmadas y se vio obligado a rendirse, a pesar de lo cual, fue reconocido y murió de un disparo anónimo. Entre los 2000 católicos muertos en la acción, se encontraba también su hermano Claude. Anne de Joyeuse tenía entonces 27 años.

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Jean Louis de Nogaret, (1554-1642).

Señor de La Valette y de Caumont, duque de Épernon, militar y Mignon de Henri III, apodado el medio rey. Durante el reinado de este y el de sus sucesores, Henri IV y Louis XIII, fue uno de los hombres de Estado más destacados de la nobleza. Altivo hasta el menosprecio, se ganó grandes enemistades entre los poderosos. El hecho de ser profundamente católico y muy respetuoso con los principios religiosos, no le impidió anteponer sus intereses, tanto personales como los del clan al que pertenecía.

Su papel histórico resulta más bien incoherente, ya que, en un principio fue el principal sostenedor de Henri III en su lucha contra la Liga pro-española, colaborando, sin embargo, más tarde, en la toma del poder por los católicos más próximos a España y esto de forma esencial, puesto que su actividad retrasó en más de veinte años, el siempre latente enfrentamiento entre las Casas de Francia y de Austria.

De mentalidad aristocrática muy tradicional, fue, sin embargo, uno de los inspiradores de la idea de Richelieu, acerca de la posibilidad de un Estado imparcial frente a las diferencias individuales o de grupos políticos.

Siendo Cadete de Gascuña, participó desde muy joven en las Guerras de Religión acompañando a su padre, al que salvó la vida en 1570. Intervino asimismo en el frustrado asedio de La Rochelle, donde conoció al futuro Henri III. Más tarde se unió al rey de Navarra y huyó con él de la Corte en 1576, permaneciendo a su lado hasta que, dos años después decidió pasarse al lado de Henri III, convirtiéndose en uno de sus más estrechos colaboradores. Se dice que el incondicional afecto que le profesaba el rey, le ayudó a crecer hasta convertirse en su mano derecha. Cuando recuperó La Fère de manos de Condé, Henri III le nombró gobernador de aquella plaza, en la que había recibido una herida de arcabuz en la cara.

Duque de Épernon, Par de Francia, Consejero de Estado, Gentihombre de la Cámara, Caballero del Saint-Esprit, Gobernador de varias ciudades y, tras la muerte del Duque de Joyeuse, su único rival en la amistad real, también Almirante de Francia.

Ligado por su matrimonio, al entorno Montmorency, para contrarrestar a la Liga, intentó unir a católicos y protestantes moderados, en torno al rey, y cuando el creciente poder de la Liga empezó a aparecer como una amenaza, sirvió de enlace entre Henri III y Henri de Navarre, del mismo modo que, al morir el hermano menor del rey, intentó, aunque en vano, convencer al de Navarra para que aceptara el catolicismo con el fin de evitar la guerra. su actitud despertó las iras de la Liga, que lanzó una campaña de propaganda contra él, hasta el punto de que sufrió un intento de asesinato. En 1588, finalmente tuvo que abandonar la corte, por exigencia de la Liga; un acuerdo firmado entre Catherine de Médicis, el Cardenal de Borbón y el Duque de Guise, preveía su expulsión y la retirada de todos sus cargos gubernamentales, lo que Henri III también aceptó. 

A petición del propio Henri III en su lecho de muerte, unió sus fuerzas con las de Henri de Navarre, pero creyéndole después responsable de la muerte del rey, retiró sus tropas del asedio de París, aunque volvió a su servicio una vez que el de Navarra aceptó el catolicismo.

Católico convencido, intervino en la autorización para el retorno de los Jesuitas y cuando Henri IV se enfrentó a las tropas españolas, Épernon fue desligado de sus responsabilidades militares.

Cuando Henri IV fue asesinado por Ravaillac -14 de mayo de 1610-, la coronación de Marie de Médicis franqueó el paso de los católicos pro españoles al poder; Épernon, que acompañaba al rey navarro aquel día, asumió el control de París para asegurar la transmisión de poderes a la reina, a pesar de que las disposiciones de Henri IV, preveían la creación de un Consejo de Regencia.

Se dijo que Épernon conocía al asesino, que anteriormente había trabajado para él, y que se alojaba en la casa de unos amigos suyos, pero que no hizo el menor esfuerzo para detenerlo. En 1611 fue acusado oficialmente de complicidad en el regicidio, pero el proceso terminó con una condena a cadena perpetua por calumnia, para la persona que lo acusó.

A pesar de que casó a un hijo suyo con una hija ilegítima de Henri IV, todavía en 1622, Épernon seguía luchando contra los hugonotes al servicio de Louis XIII, hasta 1638, cuando Richelieu lo alejó del poder. Finalmente,  condenado al exilio por golpear en público a un noble, murió en desgracia, en 1642, a los 88 años. 
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Louis d'Amboise, señor de Bussy, 1549-1579.

Fue el prototipo de gentilhombre de la época de Henri III. Valiente, presuntuoso, soberbio, violento y provocador. Durante la masacre de Saint-Barthélemy -1572- asesinó a un pariente suyo, Antoine de Clermont, con el que tenía un proceso abierto. Después se hizo fuerte en su castillo.

Fue uno de los que acompañaron a Henri III a Polonia, pero después se puso al servicio del hermano menor y rival de aquel, el duque de Alençon, al que ayudó a huir de la corte cuando Henri III, le había ordenado permanecer a su lado; así se convirtió en su favorito. También cobró mucha celebridad por su relación amorosa con Marguerite, la hermana de Henri y Alençon.

En 1576 François d’Alençon, conocido como Monsieur, después duque de Anjou, le colmó de honores y nombramientos, pero dado su desprecio y su actitud provocadora hacia los partidarios del rey, contribuyó a alentar las tensiones entre los reales hermanos, burlándose abiertamente  de los Mignons del rey, con los que a menudo se batía en duelo.

Murió en 1579, a los treinta años, víctima de su temeridad y arrogancia, cuando, ostentosamente, intentó seducir a la esposa del conde de Montsoreau, quien le tendió una trampa.

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Guy d'Arces baron de Livarot, hijo de Jean d'Arces y de Jeanne de Maugiron (1555-1581) fue oro Mignon de Henri III. Su padre era Lugarteniente de la compañía de su cuñado Laurent de Maugiron y después Gentilhombre ordinario de la Cámara y caballero de  la Orden. Su abuelo Antoine, conocido como el Chevalier blanc, se casó con Françoise de Ferrières que le aportó la Baronía de Livarot en Normandie, donde se instalaron los d'Arces.

Empezó la carrera militar en 1573 a los 18 años como estandarte de la compañía de gendarmes de su tío Laurent de Maugiron. Desde 1574 entra en el segundo grupo de favorecidos por Henri III, al mismo nivel que Entraguet, Caylus, Saint-Mégrin, Maugiron, Saint-Sulpice o d'O. En 1578 fue también estandarte de una compañía de cien hombres y capitán de la caballería ligera.

Fue uno de los seis duelistas de 1578, al lado de Caylus y de Maugiron; a pesar de haber sido herido en la cabeza, pudo huir.

En 1580, sirvió en la región de Valence y de Vienne como adjunto de su tío Laurent de Maugiron, a quien el rey nombró lugarteniente-general para federar a las autoridades católicas locales. Obtuvo el mando de diez compañías de 200 hombres de infantería con el título de Maestre de Campo, que conservó hasta su muerte. Reunió el ejército del duque de Mayenne en 1580 para poner sitio a La Mure.

Murió tres años después, 1581, en un duelo en Blois, por mano del hijo del marqués de Pienne, Antoine de Hallwin-Maignelay.

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Petru II Cercel (Boucle d'Oreille) el del Pendiente

Añadimos la figura de este Príncipe de Valaquia, como muestra de que el fenómeno de la moda ha sido y es un hecho muy común y antiguo. Exiliado, primero en Rodas, y después en Trebisonda, siendo muy joven recorrió Viena, Génova, Roma -donde fue recibido por el Papa- y, finalmente, París. Su carácter y formación cosmopolita le permitieron crearse buenas relaciones entre griegos, turcos y franceses. En esta última corte, en 1580, se ganó la confianza de la regente, Catalina de Médicis y de Henri III. Su rival, Minhea, pagó una gran suma por su cabeza y Petru fue ahogado cuando navegaba desde Constantinopla a Rodas. Su apodo surgió del pendiente que solía llevar, de acuerdo con la costumbre de los Mignons de Henri III.

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El Duelo de Mignons se produjo el domingo 27 de abril de 1578.

Jacques de Lévis, el Conde de Caylus, Louis de Maugiron y  Guy d’Arces, se enfrentaron con François de Ribérac, Georges de Schomberg –hermano de Gaspard de Schomberg, Conde de Nanteuil- y Charles de Balzac, Baron d’Entragues, conocido como Le Bel Entraguet.

Fue un encuentro terriblemente violento en el que perdieron la vida varios favoritos de Henri III y se produjo en uno de los breves períodos de paz entre dos Guerras de Religión. Durante años se creyó que el duelo se había producido porque algunos de los participantes eran afines al rey y otros, al duque de Guise, pero más tarde se dijo que en el origen de todo estaban unas palabras insultantes de Caylus a Entraguet acerca de una mujer relacionada con este último.

Cualquiera que fuera la causa, aquel día, sobre las cinco de la mañana, los duelistas, cuyas edades oscilaban entre los dieciocho y los treinta años-, se encontraron en el mercado de caballos, cerca de la Bastille. Por una parte, Entraguet con sus dos testigos, Ribérac y Schomberg; por la otra, Caylus, con Maugiron y su primo hermano, Livarot; al final, todos lucharon, en contra de las normas que impedían a los testigos participar en los duelos. 

En una secuencia llamativamente breve, Ribérac hirió a Maugiron de una estocada en el pecho que lo mató instantáneamente, pero arrastrado por su furioso impulso, el mismo se atravesó con la espada del herido.

Schomberg lanzó un violento golpe a Livarot, hiriéndole gravemente en la cabeza, pero antes de caer, este último tuvo tiempo de atravesar el corazón de su adversario.

Caylus, que había olvidado la daga, se hallaba en inferioridad de condiciones frente a Entraguet y llegó a recibir diecinueve heridas por todo el cuerpo, que le obligaron a abandonar el campo, mientras que Entraguet sólo sufrió un corte en un brazo, si bien, temiendo ser castigado, abandonó la corte y se acogió a la protección del duque de Guise, hasta que obtuvo el perdón del monarca. 

Además de las muertes inmediatas de Maugiron y Schomberg, Ribérac falleció al día siguiente; Caylus agonizó durante treinta y tres días en el hospital de Boissy y su muerte causó un gran dolor a Henri III, que acudió a visitarlo en varias ocasiones. Livarot se repuso después de seis semanas en el hospital, pero quedó mutilado. 

Montaigne: Essays
Pierre de Bourdeille, seigneur de Brantôme. Escuela Francesa del siglo  XVI.

Montaigne y Brantôme, condenaron con energía el duelo, expresando públicamente su rechazo por lo irracional de aquella absurda y brutal costumbre de dirimir pequeñas diferencias de forma tan violenta e irremediable, considerada como vil en los Essays del primero. 

Al mismo tiempo, el hecho de que se produjera entre hombres del entorno del rey, provocó un verdadero escándalo internacional, a causa, fundamentalmente, de la reconocida simpleza de la causa del enfrentamiento, confirmada por distintos embajadores, pues los participantes no tenían fama de esgrimistas, sino que eran simplemente hombres armados que se dejaron matar y mataron impulsados por una ira ciega y absurda.

Diez años antes, Christophe CheffontaineDe libero arbitrio et meritis bonorum operum assertio catholica... / authore... P. F. C. de Capite Fontium, totius ordinis Minorum generali Ministro...- había escrito: Cuando un hombre mata a otro sin confesión, sacrifica su cuerpo y su alma al diablo, y cuando dos gentilhombres se matan entre sí movidos por el furor, la ira y la cólera, se sacrifican igualmente al mal.

Los testigos declararon que los que siguieron a Caylus y Entraguet, no tenían diferencias entre sí y que actuaron movidos por un apasionamiento desmedido, que se entendió como una especia de locura que hizo que se olvidaran de Dios.

Otros teóricos de la época, los presentaron también como hombres poseídos por una locura alienante que los empujó a actuar irracional y gratuitamente motivados por una fuerza superior, a la cual no pudieron sustraerse y que los llevó a actuar según el modelo de la HYBRIS – ὕβρις– de los antiguos; es decir, la desmesura y el exceso en que el ser humano puede incurrir cuando, a causa de un acto que considera injusto e insufrible, cae en un estado de desequilibrio psicológico, o en una especie de ceguera mental, que lo lleva, inexorablemente a cometer, a su vez, actos injustos e irreparables, dictados, generalmente por la soberbia herida: Aquel a quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco -decían los griegos-.

Todos los contemporáneos fueron unánimes en denunciar, por una parte, el recurso a las armas para resolver querellas en las que no estaba implicado el honor y, por otra, la implicación, absolutamente innecesaria de los duelistas secundarios.

El balance, excepcionalmente sangriento del duelo, fue también interpretado por algunos como una señal del abandono divino en el cual erraban aquellos caballeros… que habían optado por servir a aquella imagen del diablo que era el rey. Ciertamente, a partir de entonces los enemigos de Henri III lo tuvieron fácil para demonizar su imagen; entre otras cosas, los de la Liga destacaron el hecho de que Caylus había preferido consagrar su muerte al rey antes que a Dios. Se habló de un Nuevo Alcorán, e incluso del Evangelio de Maquiavelo, cuya doctrina estaría en la base del comportamiento de los Mignons, fieles al soberano antes que a los preceptos religiosos.

Si se me preguntara de qué lado estoy, no quiero declarame católico ni hugonote; respondería que del lado del rey. Y bien ¿qué lenguaje es este, sino el de un hombre desesperado? ¿Qué significa esto, sino renegar de Dios? Y ¿quién es el autor de esta blasfemia? Henri de Valois; ahí tenéis al Rey Cristianísimo.

Finalmente –escribe Nicolas Le Roux, de l’Université du Maine-; La muerte de aquellos Mignons no fue celebrada como un éxito político por ninguna de las facciones, y exceptuando a L’Estoile, que destacó el hecho de que Caylus era uno de los grandes Mignons del rey y que Entraguet era favorito de la Casa de Guise, ningún contemporáneo presentó la lucha como una oposición armada entre dos fuerzas maniqueas antagonistas. Entraguet era un hombre muy próximo al rey a quien había servido desde los catorce años en campañas militares y a quien incluso había acompañado a Polonia, del mismo modo que Caylus, quien nunca abandonó su servicio. Los demás participantes se habían unido directamente al monarca, sin haber servido previamente a Monsieur, su hermano y rival, lo mismo que Maugiron y Livarot. Sólo Schomber y Ribérac habían servido a otros protectores.

La Noue

Para el hugonote François de La Noue, llamado Brazo de Hierro –había perdido el izquierdo, y un mecánico de La Rochelle, le fabricó uno de hierro, con el que, al menos, podía sostener las riendas–, el acontecimiento fue, sobre todo, motivo de perplejidad, porque no alcanzaba a descifrar su objetivo. Una soberana locura era lo único que podía explicar que seis gentilhombres eligieran matarse cuando estaban en la flor de la edad, eran colmados de favores y, con el tiempo, habrían podido alcanzar altas dignidades. No obstante, calificó la acción de deplorable y, de locura, al hecho de que los testigos también se hubieran batido, sin ningún motivo de odio.


Por su parte, el sacerdote Jean de La Fosse, contemporáneo de los hechos –Journal d’un curé Ligueur de Paris sous les Trois Derniers Valois–, añade un detalle muy significativo, al asegurar que Caylus se negó a declarar el nombre del autor de sus heridas, con lo cual renunciaba a trasladar el duelo al terreno político, expresando asimismo su voluntad de asumir la responsabilidad de su propia muerte.

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viernes, 25 de abril de 2014

Henri III. El último Valois.


Henri, duc d'Anjou. Jean Decourt (c. 1570).

Alexandre Édouard, duque de Angulema, fue el cuarto hijo de Henri II de Francia y de Catherine de Médicis. Nacido en Fontainebleau, el 19 de septiembre de 1551, heredó un reino dividido en el que se sucedían las llamadas guerras de religión, cuyas consecuencias obligarían al rey a enfrentarse, no sólo, ni precisamente, al enemigo hugonote, sino también a poderosos rebeldes católicos.

Malcontents: La vieja nobleza desplazada.
Hugonotes: Muy numerosos en el Reino de un monarca católico.
Liga Católica; la que, finalmente, acabará con Henri III.

En 1560, a la llegada al trono de su Hermano Charles IX, Henri se convirtió en Duque d’Orléans, y se añadió el nombre de su padre, Henri. En 1566 fue también Duque d’Anjou.

Hasta la muerte de su padre, Henri vivió con sus hermanos en los castillos de Blois y Amboise, donde, ya en la adolescencia se le asignaron preceptores humanistas -como Jacques Amyot, traductor de las Vidas de Plutarco-, con los que aprendió a amar las letras y a mantener discusiones de carácter intelectual.

A los nueve años dentro de su papel de príncipe real, y ya como Duque de Orleans, asistió a su hermano, el rey Charles IX en los Estados Generales de 1560, y lo escoltó en su gran recorrido por Francia, con el que el monarca quiso darse a conocer a sus súbditos.

En 1565, cuando Henri tenía 14 años, se produjo la Entrevista de Bayona, en la que debían encontrarse Catalina de Médicis y Felipe II, quien después de largas dudas, decidió no acudir personalmente, si bien, atendiendo a los vehementes ruegos de Catalina, accedió a enviar a su esposa Isabel de Valois, acompañada por el duque de Alba que debía representarle. Henri III fue encargado de proteger a la reina de España, a quien, esencialmente, debía evitar todo contacto con franceses sospechosos –en aquel momento, lo eran casi todos, incluido el rey y su madre; unos por hugonotes y otros por no suficientemente católicos–.

Con el tiempo Henri se fue convirtiendo en el preferido de Catherine de Médicis, que deseaba que su figura reforzara la debilitada imagen de la realeza. Así, a los 16 años fue nombrado Lugarteniente General del Reino; un alto cargo militar que lo situaba en el rango más inmediato al rey. Este ascenso frustró las ambiciones políticas del Príncipe de Condé, jefe del partido protestante, que esperaba el cargo, y que le indujo a asumir una posición hostil a la Corona y a abandonar la corte.

Henri participó en las Guerras de Religión, Segunda; 1567–1568; en Saint-Denis y Tercera; 1568-1570, en Jarnac, Montcontour, etc. asesorado por Gaspard de Saulx–Tavannes, en cuyas tierras nacieron las primeras asociaciones relacionadas con la Liga, con vistas a la erradicación del protestantismo. Henri se significó en el transcurso de la batalla de Jarnac, durante la cual, Louis de Condé fue asesinado por el capitán de la guardia del duque de Anjou, tras la derrota de aquel en la batalla de Moncontour, en la que las tropas hugonotes de Coligny sufrieron una gran derrota. Henri permitió que el cuerpo de Condé se expusiera sobre un asno durante dos días, para provocar una burla denigrante, atrayéndose así, justamente, el rencor de Henri I de Bourbon–Condé, hijo y sucesor del muerto.

Moncontour, 1569

Los hechos de armas de Henri de Anjou le crearon tan buena reputación en toda Europa, que su popularidad despertó los celos de su hermano el rey, poco mayor que él y ambos empezaron a distanciarse de forma cada vez más evidente.

En el terreno político, en principio, se hallaba Henri más próximo a los Guisa que a los Montmorency, defendiendo en el Consejo Real una política muy rigurosa contra los protestantes. Catalina, su madre, entre tanto se propuso casarlo con una princesa real, como hubiera sido, por ejemplo, Isabel I de Inglaterra, pero Henri estaba enamorado de Marie de Clèves, precisamente, la esposa de Henri I de Bourbon–Condé, calvinista y primo de Enrique IV de Navarra.

Durante los episodios de la Saint–Barthélemy, naturalmente, Henri se alineó con los católicos. Aunque no se ha probado su actividad en la calle en el momento de la masacre, se sabe que sus hombres sí participaron muy activamente en el asesinato de militares protestantes.

En enero de 1573 el rey le confía el mando del ejército que debía tomar La Rochelle, capital del protestantismo francés, pero a pesar de los grandes medios empleados, el asedio resultó un fracaso y las pérdidas del lado católico fueron importantes, además de que el propio Henri resultó herido. 

Cuando finalmente se acordó una tregua, su madre, Catherine de Médicis, le comunicó que había sido elegido rey de Polonia. La reina había enviado al obispo de Valence, Jean de Monluc, como embajador extraordinario a Polonia, con el encargo de sostener ante la Dieta la candidatura de su hijo en las elecciones libres de 1573. El 11 de Mayo de aquel año, Henri resultó elegido rey de la Rzaczpospolita de Polonia–Lituania como Henryk Walezy

El 19 de marzo, una delegación de 10 embajadores polacos acompañada por 250 gentilhombres llegaba a Francia para hacerse cargo de su escolta de Henri durante el viaje a su nuevo reino. El de Anjou, que no deseaba en absoluto abandonar Francia, se vio obligado a hacerlo por orden de su hermano el rey, del que se despidió finalmente, en diciembre de 1573, llegando a Cracovia en febrero de 1574 tras una complicada travesía por tierras alemanas, acompañado de una numerosa corte de gentilhombres.

El 21 de febrero, a los 23 años fue coronado, aunque se negó a casarse con Anna Jagellon, hermana de Segismundo II Augusto, una mujer de más de 50 años, que además, a él, le parecía falta de atractivo.

El Palacio de Wawel. Polonia.

Además del desinterés que siempre mostró por aquella Corona, pronto surgieron las primeras contrariedades en el desempeño de sus funciones. En primer lugar, estaba obligado a firmar el Pacta Conventa y los llamados Artículos del Rey HenryArtykuly Henrykowskie–, que todo soberano polaco–lituano debía guardar, y por los que se comprometía a detener la persecución de Protestantes e implantar la tolerancia religiosa en Polonia, conforme a la Confederación de Varsovia –Konfederacja Warszawska, de 1573. 

Inesperadamente, una carta del 14 de junio de 1574 le informa de la muerte de su hermano Charles IX. De inmediato se propone abandonar Polonia, y volver a Francia, cuya corte echaba de menos. Así pues, sin informar siquiera a la Dieta, decide, sencillamente, escapar a escondidas durante la noche del 18 de junio, del palacio de Wawel, donde residía. La Dieta eligió como rey al de Transilvania, Esteban Bathory, en 1575, quien sí optó por casarse con Anna Jagellon.
Henri III huyendo de Polonia. Artur Grottger,1860. Museo Nacional de Varsovia.

Henri llegó a Viena cinco días después y allí se entrevistó con el emperador Maximiliano II, que le acogió con enorme fausto, gastando 150000 escudos en su honor. Después se dirigió a Italia.

Venecia lo recibió con tal magnificencia, que el propio Henri quedó maravillado. Pasó después por Padua, Ferrara y Mantua, para llegar, en agosto a Monza, donde conoció a Carlos Borromeo, quien al parecer, le impresionó enormemente. En Turín visitó a su tía Marguerite de France y el Duque de Saboya acudió a su lado para acompañarlo hasta Chambery. 

Henri de Anjou atravesó los Alpes en una litera acristalada y se dice que durante ese viaje introdujo públicamente el uso del tenedor. Ya en Chambery en septiembre de 1574, se reunió con su hermano, François d’Alençon y con su primo Henri de Navarre, con los que llegó, por fin a Lyon, donde fue recibido por su madre. 

Su primera actividad fue pedir la anulación del matrimonio de Marie de Clèves, y el príncipe de Condé, para poder casarse con ella, pero cuando volvía de Avignon, el 30 de octubre, recibió la noticia de que Marie había fallecido. La noticia le dejó tan abatido, que se negó a tomar alimentos durante diez días. 

Henri d Bourbon, prince de Condé. Crayon de l'école de Clouet. 
Marie de Clèves. de Clouet.

El 13 de febrero de 1575, en el transcurso de la ceremonia de la coronación celebrada en Reims, por el Cardenal de Guise, ocurrieron varios accidentes que pudieran considerarse nefastos; en un momento dado, la corona casi se le cae de la cabeza al protagonista y después, los celebrantes olvidaron cantar el Te Deum. Dos días después Henri se casó –parece que enamorado, con Louise de Vaudémont-Nomény, Princesa de Lorraine –en la corte se murmuraba que tenía gran parecido con Marie de Cléves–, a quien Henri eligió sin el acuerdo de su madre, Catherine de Médicis, que no veía sino desventajas políticas en una boda que solo favorecía a los Guise. No obstante Louise llegó a hacerse apreciar por toda la corte, Catalina de Médicis se vio obligada a aceptarlo y el matrimonio fue duradero, pero no tuvieron hijos. 

Henri, Catherine y Louise

Desde su llegada al trono tuvo Henri que hacer frente a tres grandes enemigos. En primer lugar, la guerra iniciada por Henri de Montmorency, Conde de Damville, a quien llamaban popularmente el Rey del Languedoc.

En la propia corte, su hermano, François d’Alençon, cabeza de los Malcontents, no dejaba de conspirar contra él, aliado con el partido protestante. Por último, el entonces rey de Navarra, futuro Henri IV de Francia, aunque calvinista, no dudó en aliarse con los anteriores aunque sólo fuera circunstancialmente y, junto con ellos, abandonó la ciudad de París con el objetivo de organizar sus fuerzas y alzarse en armas contra el nuevo rey, en una campaña que resultaría desastrosa para este.

Henri I Duque de Montmorency. Mariscal y Par de Francia. Kunsthistorisches, Viena.
François d’Alençon. Nicholas Hilliard. Victoria and Albert Museum. London
Henri IV de Bourbon

El príncipe de Condé pidió ayuda al hijo de conde palatino del Rin, Jean Casimir, que llegó con sus mercenarios a amenazar París. A pesar de la victoria del duque de Guisa en Dormans sobre la vanguardia, Henri III tuvo que ceder y el 6 de mayo de 1576, firmaba el Edicto de Beaulieu, también llamado la Paix de Monsieur del que su hermano François resultó especialmente favorecido, ya que recibió el ducado de Anjou. Los protestantes obtuvieron notables ventajas, lo que aumentó la aversión de los católicos y alentó a la formación de las primeras ligas.

Humillado, Henri III, sólo deseaba tomarse la revancha, pero antes tenía que darse tiempo hasta finales de año para convocar a los Estados Generales en Blois e intentar cubrir el enorme déficit presupuestario originado por la guerra, si bien, debido la presión de los diputados católicos, decidió reanudarla. Previamente tomó la decisión de reconciliarse con su hermano. Henri de Montmorency también se adhirió a la causa real y así empezó la Sexta Guerra de Religión, cuyo desarrollo tendría lugar principalmente en el Languedoc. La ciudad de Montpellier, ocupada por los protestantes, fue arrasada por las tropas católicas, hasta que el 17 de septiembre de 1577, se firmó la Paz de Bergerac junto con el Edicto de Poitiers, que anuló buena parte de las libertades concedidas a los protestantes por el edicto anterior.

Entre tanto, Catherine de Médicis, con el objetivo de asegurar la paz, viajó a Nérac para reconciliarse con los reyes de Navarra, firmando, el 28 de febrero de 1579, otro Edicto por el que concedía a los protestantes tres plazas de seguridad en Guyenne y once en Languedoc, durante seis meses. Acto seguido, inició un gran viaje por toda Francia. Todos sus esfuerzos no impidieron que la guerra volviera a encenderse rápidamente.

En 1580, estallaba la Séptima Guerra de Religión, llamada Guerra de los Enamorados. Sería de corta duración. El hermano del rey, François, duque d'Alençon y d'Anjou, negoció la Paz de Fleix el 26 de noviembre de 1580, asentando una tregua por seis años.

Siguiendo los consejos de su madre, Henri III apoyó las ambiciones del Duque de Alençon en los Países Bajos, aunque negándolo ante el embajador español; consciente de la debilidad de su país, no quería arriesgarse a un conflicto abierto con España, cuando, además, sus relaciones con Felipe II atravesaban momentos muy críticos. 

En 1582, Francia apoyó a Antonio, Prior de Crato, pretendiente al trono de Portugal, cuando Felipe II ya había tomado posesión de aquel reino. Comandada por Philippo Strozzi, la flota francesa sufrió una derrota en la Batalla de Azores, por mano de Álvaro de Bazán, dejando vía libre a la anexión del Imperio Portugués a España, y convirtiendo a Felipe II, justo en lo que Francia había querido evitar; tal vez, el monarca más poderoso de la historia moderna. Los prisioneros franceses, acusados de piratería, puesto que no había mediado declaración de guerrra, terminaron siendo condenados a muerte; 80 señores y caballeros fueron degollados sin piedad, y ahorcados todos los soldados y marineros mayores de 18 años. Strozzi murió en el enfrentamiento.

Desembarco de los Tercios en la Isla Terceira.
Fresco de Niccolò Granello en la Sala de las batallas del Monasterio de El Escorial

Aquel mismo año, los franceses fueron igualmente derrotados en los Países Bajos, provocando la desastrosa retirada de François d'Anjou. Tras la furia de Amberes, el príncipe francés tuvo que retirarse por falta de medios, lo que permitió a los españoles recuperar el control de Flandes. Ante el poderoso ascenso de España, Henri III reafirmó la alianza con la reina de Inglaterra, por lo que recibió la Orden de la Jarretera

Henri III era un jefe de Estado a quien gustaba conocer bien los asuntos del reino y estar al corriente de todo cuanto ocurría. Eligió para su Consejo juristas reconocidos, como el Conde de Cheverny, quien a pesar de pertenecer a la Liga, sirvió posteriormente a Henri IV, o Pomponne de Bellièvre, también recuperado después por el de Borbón. 

Promovió a hombres de la nobleza media, a los que confiaba altas responsabilidades, y así la corte vio aparecer a aquellos favoritos que conocerían, gracias al rey, una fortuna fulgurante y que serían denominados mignons, a los que Henri exigía absoluta fidelidad. Para completar sus planes, creó en 1578, la Orden del Espíritu Santo, una orden de caballería que alcanzó gran prestigio y reunió en torno a su persona, a los gentilhombres más distinguidos de su época.

También le gustaba impresionar a sus súbditos organizando ostentosas fiestas, como las celebradas en honor de la boda del duque de Joyeuse en 1581. En aquella ocasión se ofreció a la corte el costosísimo Ballet Comique de la Reine. Otorgaba asimismo, importantes sumas de dinero, como recompensa, a los servidores más atentos, que además tenían el exclusivo privilegio de asistir a sus grandiosas fiestas, bailes o representaciones teatrales y musicales. 

Todo esto generaba extraordinarios gastos que fueron muy criticados, porque, evidentemente sólo contribuían a aumentar la deuda del reino, si bien al monarca, no parecían pesarle excesivamente, empeñado, como estaba, en restaurar la imagen de la realeza, a cuyo efecto gastó cuantiosas sumas que pedía prestadas al Grand Prévôt Richelieu –padre del famoso Cardenal-, o al financiero Scipion Sardini. También introdujo algunas reformas importantes, especialmente, monetarias, aunque nunca llegó a solucionar los problemas económicos del reino. Sí logró, en cambio, hacer mucho más estricta la etiqueta de la corte por medio de normas que, que en definitiva solo buscaban crear distancia entre la Mejestad y los súbditos e impedir que los cortesanos creyeran que podían aproximarse a las reales personas, basados solo en su nobleza de sangre.

Henri III. De Pierre Castan

Más tarde, las sucesivas desgracias, llevarían al rey a adoptar una vida austera, dedicando mucho tiempo a la oración. Él y su capilla asistían diariamente al rezo de Horas, según el Breviario Romano, desde las cinco de la mañana.

La relativa paz asentada durante algunos años en el reino, se minó cuando François, el hermano del rey, murió de tuberculosis en 1584, sin hijos. El mismo Henri III tampoco había logrado tenerlos, por lo que la saga Valois, quedaba abocada a la extinción. 

De acuerdo con la Ley Sálica, la Corona debía volver a la Casa de Borbón, cuyo líder era el protestante Henri de Navarre. Para los católicos, solo hablar de reconciliación entre los reyes de Francia y Navarra, ya era inaceptable, de modo que quedaba muy lejos de su imaginación y de su voluntad, permitir su acceso al trono.

El Duque de Guisa temiendo el inevitable ascenso del Borbón, firmó con España un tratado secreto, por el que, mediando 50000 escudos mensuales, juró encargarse de que Henri de Navarre llegara a ser rey de Francia.

Bajo la presión de la Liga y de su líder, el popular Duque de Guise, Henri III se vio obligado a firmar el Tratado de Nemours el 7 de julio de 1585 por el que se comprometía a echar a los herejes del reino y a hacer la guerra a Henri de Navarre, su legítimo heredero. La Octava y última Guerra de Religión empezaba y sería conocida como la Guerra de los tres Enriques, por el de Guise, el propio rey, y el de Navarra.

El 20 de octubre de 1587, en la Batalla de Coutras, las tropas católicas del rey dirigidas por el duque de Joyeuse, se encontraron frente a las de Henri de Navarre, desplazándose desde La Rochelle, para reunir un ejército de 35000 hugonotes con el que se proponía marchar sobre París. Para el ejército católico, la confrontación fue una catástrofe, resultando 2000 soldados muertos, mientras que Henri de Navarre solo perdió 40 hombres. El duque de Joyeuse murió, lo mismo que su hermano Claude de Saint-Sauveur.

La evidente ambición de los jefes de la Liga y su notable crecimiento, empezaron a molestar al rey que, en poco tiempo, pasó al odio explícito hacia sus componentes, quienes en su opinión, no buscaban el restablecimiento de la Corona, sino su propio acceso al poder, algo que Henri se propuso evitar a toda costa.

Los católicos le reprochaban su falta de energía contra los protestantes, pero al no poder atacarlo directamente por medio de las armas –católicos contra católicos–, pusieron en marcha una feroz campaña de desprestigio por medio de panfletos y sermones en las iglesias.

El 8 de mayo de 1588, a pesar de que lo tenía prohibido, el duque de Guise, entró en París, por lo que, temiendo un golpe por su parte, Henri III llamó a a su lado a las guardias Suiza y Francesa, cuya vista, ante los ánimos previamente dispuestos en su contra, provocó una insurrección el 12 de mayo, la que conocemos como la Journée des Barricades, tras la cual Henri de Guise se hizo el amo de París. 

Al día siguiente, el rey abandonaba la ciudad para dirigirse a Chartres, a donde le siguió a principios de agosto, Catherine de Médicis, acompañada por el propio Guise, con el proyecto de hacerle volver a París, a lo que Henri se negó rotundamente.

Para entonces ya se había convencido Henri de que la Liga era un enemigo tan difícil y peligroso como los protestantes, del que tendría que deshacerse de inmediato si quería conservar el poder, pero de momento, ocultó sus intenciones, aprovechando la tregua para firmar en Rouen el Édit d'Union, por el que simuló aceptar los presupuestos de la Liga, a la que, no obstante, ya estaba decidido a combatir. Para ello, convocó a los Estados Generales en Blois, en cuyo transcurso, además de solicitar créditos para seguir la guerra, destituyó a sus antiguos consejeros, empezando por los de la Liga y, más concretamente, por el archimignon, Duc d'Épernon.


Henri de Guise. Llamado Le Balafré, a causa de una cicatriz en la cara, que solía ocultar con un parche. 1585–90. Museo Carnavalet. París 
y su hermano, Luis II, Cardenal de Guise.

El 23 de diciembre de 1588, por la mañana, Henri ordenó la muerte del duque de Guise. –Se dice, aunque sin base real, que al ver el cuerpo del duque, que medía casi dos metros, a sus pies, Henri III exclamaría: ¡Es más grande muerto, que vivo!-.


Una visión del asesinato del duque de Guisa, propia del romanticismo del siglo XIX, cuya perfección artísitica, no está acorde con las exigencias históricas. El pintor Duprat reunió aquí algunos elementos legendarios populares sobre Henri III: A la derecha aparecen dos mignons en actitud rídiculamente frívola y antinatural; además, la posibilidad de que Henri III mostrara su desprecio rozando el cadáver del duque con el pie, está lejos de la veracidad histórica. Tampoco existe documentación sobre el asesinato propiamente dicho.

Al día siguiente, el cardenal de Guise, al que el rey juzgaba igual de peligroso que su hermano el duque, moría a golpes de alabarda. –Algunos historiadores consideran que el duque no había sido asesinado, sino ejecutado, en el castillo de Blois, por el llamado Cuarenta y Cinco de la guardia personal del rey, tras ser acusado de crimen de lesa majestad, aunque esta opción, sería igualmente ilegal, por habérsele negado el derecho a un proceso–. En Blois, Henri hizo detener a los de la Liga y a los demás miembros de la familia de los Guisa. 

La noche del 5 de enero de 1589 fallecía Catherine de Médicis. 

Catalina de Médici, de François Clouet, c. 1580.
(Enlace)

El asesinato del duque de Guise provocó el inmediato levantamiento de la Liga en toda Francia. En París, la Sorbonne desligó del juramento de fidelidad al pueblo, a la vez que los predicadores llamaron a la venganza. Todas las ciudades y provincias la siguieron, excepto Tours, Blois y Beaugency, fieles al rey, y Bordeaux, Angers y el Dauphiné, defendidas por sus generales.

Aislado, y retenido cerca de Amboise por el duque de Mayenne, Henri III no encontró más salida que reconciliarse con el rey de Navarra el 3 de abril de 1589, del cual sabía que defendería el poder real frente a la ambición de la Liga. Los dos hombres –Enrique III y Enrique de Navarra-, se citaron en Plessis-les-Tours el 30 de abril, y unieron sus tropas para enfrentarse a las de la Liga; junto con los realistas, que se fueron uniendo gradualmente, prepararon el asedio de París, caldeado en aquel momento por un pesado hálito de fanatismo. Los dos reyes habían reunido un ejército de más de 30000 soldados que se dispusieron a asediar la capital que defendían 45000 hombres de la milicia burguesa, armada por el rey de España, Felipe II.

El primer día de agosto de 1589, Henri III, que esperaba en Saint-Cloud noticias del asedio, fue asesinado por Jacques Clément, un fraile dominico de la Liga y, tras una lenta y dolorosa agonía, falleció la mañana del día siguiente.

Jacques Clément, apuñala al rey de Francia.

Henri III fue el último soberano Valois-Angulema, dinastía que reinó en Francia entre 1328 y 1589. Su primo Henri de Navarre le sucedía inmediatamente, con el nombre de Henri IV.

-Hubiera sido un buen príncipe, si hubiera vivido en un siglo mejor-, escribió el cronista Pierre de L'Estoile para recordar que, a pesar de su compleja personalidad y del odio que pudo suscitar entre sus enemigos, Henri III, también tenía cualidades, aunque hoy todavía es objeto de discusiones, sobre todo, en lo relativo a su sexualidad, a pesar de que su imagen ha sido rehabilitada en muchos aspectos por una investigación histórica desapasionada.

Era, en realidad, un hombre arrogante, de maneras distinguidas y solemnes, a la vez que muy extravagante y amante de los placeres, con un espíritu inflexible oculto bajo su correcta apariencia. Enemigo de la violencia, evitaba las confrontaciones bélicas y descuidaba el ejercicio físico, a pesar de ser una de las mejores espadas del reino. Le desagradaba la caza y las actividades guerreras propias de la nobleza. Apreciaba la moda, como el uso de pendientes y estrafalarias golas, y amaba la limpieza y la higiene personal, algo que también le atrajo acerbas críticas de otros hombres que consideraban afeminado semejante proceder.

Educado en un ambiente humanista, estimuló el mundo de las letras y financió a algunos escritores, como Desportes, Montaigne o Du Perron. Amaba las discusiones filosóficas y, a pesar de su hostilidad hacia los protestantes, invitó a París al impresor Estienne, humanista, filólogo y helenista, que había expresado públicamente sus simpatías hacia la Reforma.

Era tan apto para el despacho de los asuntos públicos como para el campo de batalla; muy inteligente y, en general, indulgente con los adversarios de las ciudades rebeldes cuando las recuperaba, buscando siempre soluciones diplomáticas, aunque en ocasiones le causaron dificultades.

Era también muy piadoso y de un catolicismo profundo que fue reforzando con los años. El cúmulo de contrariedades que se sucedieron en su reinado, parece que desarrolló en él un interés, casi ostentoso, por las demostraciones de dolor en las procesiones penitenciales. De naturaleza nerviosa, siempre tuvo la convicción de que sus desgracias y las de su reino, se debían a sus pecados, lo que le llevó a pasar bastante tiempo mortificándose en los monasterios en los que se recogía de vez en cuando. 

Sus contemporaneos lo describen como amante de diversas mujeres, aunque estas no llegaron a ser muy conocidas, porque él jamás hizo públicas sus relaciones, aunque ya desde su juventud las cortejaba asiduamente: –El rey también ha tenido algunas enfermedades por haber frecuentado demasiado familiarmente a las mujeres en su juventud-, escribió el embajador italiano en 1582. Aún así, algunos nombres femeninos de su intimidad han pasado a la historia, como Louise de La Béraudière; Mme. d’Estrées; Verónica Franco, etc.

Más notoria, como ya dijimos, fue su pasión, que no pasó de platónica, por Marie de Clèves, la esposa de Condé, cuya temprana muerte provocó al rey un sentimiento de duelo que sorprendió a la corte.

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Durante siglos, la imagen de Henri III ha aparecido asociada a la de sus favoritos o mignons, a los que se representa siempre a su alrededor como moscas y vestidos de forma ridícula, con el objetivo de crear dudas acerca de su sexualidad y emplearla como arma política.

La Corte española de la época, como es bien sabido, no era precisamente de tono liberal y, es un hecho que sus embajadores en Francia, hablaron de la incorruptibilidad de Charles IX y de las abominables costumbres de François d’Alençon, pero jamás informaron negativamente sobre Henri III, excepto en lo concerniente a sus numerosas aventuras femeninas. 

Lo más curioso de todo esto, es que no fueron los enemigos hugonotes los creadores del mito, sino los católicos de la Liga, que vieron retroceder sus ambiciones políticas, en favor de los emperifollados mignons, lo que les llevó a lanzar una violenta campaña de descrédito contra el monarca.

El hecho es, que dadas las inestables circunstancias del momento, ni Enrique IV de Borbón, a quien favorecía la desaparición del rey, ni la Iglesia, a la que pertenecía el dominico Clément, mostraron el menor interés por investigar el regicidio, ni mucho menos, por intentar rehabilitar la imagen del muerto, a pesar de las reclamaciones de su viuda, Luisa de Lorena y de Diana, duquesa de Angulema, su hermana.