miércoles, 3 de marzo de 2021

Eugenias en la historia, segunda parte: Isabel Clara Eugenia ● EUGENIA DE MONTIJO ● Victoria Eugenia

 


Eugenia de Montijo

Marie Pauline Adrienne Coeffier (1814-1900), pintora francesa, discípula de Léon Cogniet. Pastel sobre soporte de papel, con refuerzo textil. Fragmento. (Col. Priv.)

Emperatriz Eugenia, por Winterhalter, 1853. Orsay.

Napoleón III en 1863. Taller de Winterhalter

María Eugenia Ignacia Agustina de Palafox y Kirkpatrick, XIX Condesa de Teba, conocida como Eugenia de Montijo, nació el 5 de mayo de 1826 en Granada y falleció el 11 de julio de 1920, en Madrid. 

Fue esposa de Napoleón III, al que conoció siendo Presidente de la República, como Luis Napoleón Bonaparte. Se casaron en 1853, y fue emperatriz hasta el 4 de septiembre de 1870.

Napoleón III era hijo de Luis Bonaparte y de Hortensia de Beauharnais, hija, a su vez, de la emperatriz Josefina; había nacido en París, el 20 de abril de 1808 y murió en Londres, el 9 de enero de 1873.

Hortense de Beauharnais retratada con sus hijos: Napoleón-Louis (izquierda) y, en brazos, el pequeño, Charles-Louis-Napoleón, futuro Napoleón III. De François Gérard.

Fue el único presidente de la Segunda República Francesa entre 1848 y1852, para convertirse, finalmente, en emperador de los franceses, desde 1852 hasta 1870.

Batalla de Tchernaya -agosto, 1855-, en la Guerra de Crimea.

Napoleón III participó en varias batallas; unas, con éxito, como la de Tchernaya, durante la guerra de Crimea, en alianza con Gran Bretaña, pero, finalmente, fue derrotado y hecho prisionero en Sedán, frente a Prusia.

Napoleón III tras la batalla de Sedan, del pintor alemán Wilhelm Camphausen.

Napoleón III, prisionero de Bismark, a la derecha. Pintura de Wilhelm Camphausen (1818–1885). 

Napoleón III, derrotado en la guerra de las Siete Semanas, en el contexto de la batalla de Sedán, el 2 de septiembre de 1870, frente a un contingente militar infinitamente superior, fue depuesto en París dos días después.

El ex emperador murió en el exilio, en Inglaterra y fue enterrado en la Cripta Imperial de la Abadía de Saint Michael -St. Michael's Abbey Farnborough-, fundada en 1880, por la ex emperatriz Eugenia de Montijo, como “un lugar de oración”, donde su marido y su hijo pudieran descansar en paz y donde, más tarde, serían trasladados sus propios restos mortales.

Abadía de Saint Michael -St Michael's Abbey, Farnborough

Después de vivir sucesivos fracasos, Victoria Eugenia, había logrado tener un único hijo, en 1856; sería Luis Napoleón.

Con Luis Napoleón, 1862

Napoleón III con su hijo, sentados en el bote, con la emperatriz Eugenia y sus asistentes.

Carte-de-visite de Napoléon Eugène Louis Bonaparte, Príncipe Imperial (1856-1879).

La década de 1870 muy fue trágica para Eugenia; tras la caída del Imperio (1870-71), fallecía su esposo, en 1873, y como la peor de sus desventuras, en 1879, moría también su hijo, en terribles circunstancias, con sólo 23 años.

Victoria Eugenia con su hijo. James Tissot (1878)

A pesar de que vivía exiliada en el Reino Unido, murió cuando se encontraba en el Palacio de Liria, durante una visita a Madrid. Tenía 94 años. También fue sepultada en la cripta imperial de la Abadía de Saint-Michel de Farnborough, como hemos dicho, junto a los restos de su esposo y su hijo.

Al haber ejercido la regencia durante la guerra de 1870, el hecho es, que Victoria Eugenia se convirtió en la última mujer que gobernó Francia con todas las prerrogativas de un Jefe de Estado.

María Manuela KirkPatrick (1794 - 1879), y sus dos hijas: Francisca Portocarrero Palafox (1825 - 1860), Duquesa de Alba, y Eugenia (1826 – 1920).

Eugenia fue la hija menor de Cipriano de Palafox y Portocarrero (1784-1839) que, era, a su vez, el hijo menor del conde de Montijo; título que heredaría. Se adhirió a la Francia del Primer Imperio como oficial de artillería, a la cabeza de los alumnos de la Escuela Politécnica, participando en la Batalla de París, en 1814. Más tarde, en 1834, fue hecho Grande de España, al principio del reinado de Isabel II.

Cipriano de Palafox, de Vicente López y Portaña y su esposa María Manuela Kirkpatrick de Closeburn y Grevigné, de Federico Madrazo y Kuntz. Palacio de Dueñas, Sevilla.

Fue pues, Palafox, un afrancesado bonapartista, que en 1812 acompañó al destierro en Francia a José Bonaparte, y después siguió sirviendo a Napoleón en sus campañas. Finalmente, obtuvo el indulto de Fernando VII, que le permitió volver a España y, fue entonces, cuando se casó con María Manuela Kirkpatrick de Closeburn y de Grévignée, el 15 de diciembre de 1817, en Málaga. 

La hermana mayor de Eugenia, María Francisca de Sales (1825-1860), conocida como “Paca”, fue la que heredó el título de Montijo. Se casó con el duque de Alba, propietario, entre otros bienes, del Palacio de Liria, en Madrid, donde moriría la emperatriz, sesenta años después que su hermana. Ambas habían sido educadas en el culto al “napoleonismo”

Huyendo del riesgo de las Guerras Carlistas -la primera, entre 1833 y 1840-, María Manuela llevó a sus hijas a Francia, en 1834; primero a la estación balnearia de Biarritz, cerca de la frontera, donde, más adelante, en 1854, Napoleón III construiría un palacio para ella. 

Eugenia fue educada en París, en el convento del Sacré-Cœur, donde recibió la formación propia de la nobleza de la época, pero, al enviudar su madre, en 1839, confió la formación de sus hijas al gran novelista Stendhal, que les enseñó Historia; esencialmente, anécdotas relacionadas con Napoleón, a quien había conocido, y al gran amigo de este, el historiador, arqueólogo y escritor, Prosper Mérimée, que se encargó de su aprendizaje de la lengua francesa, y siguió siendo un buen amigo de Eugenia, durante toda su vida. Se dice que fue ella quien le contó la historia que él convertiría en su celebérrima “Carmen”, de cuyo paso a la ópera, se ocuparía Georges Bizet.

Stendhal –Henry Beyle-, 1783-1842 y Prosper Mérimée, 1803-1870

El 14 de febrero de 1848, su hermana Paca, es decir, María Francisca de Sales Portocarrero, nacida en Granada, el 29.1.1825 y fallecida en París, el 16.9.1860, que, como primogénita, había heredado los títulos de su padre, se casó con el duque de Alba; Jacobo Fitz-James Stuart y Ventimiglia. Palermo, Sicilia, 3.6.1821 - Madrid, 10.7. 1881

En 1849, Eugenia conoció a Louis-Napoleón Bonaparte, cuando era presidente de la República Francesa, en el hotel de Mathilde Bonaparte, y después se vieron en sucesivas recepciones en el Elíseo. Desde su encuentro, el que por entonces no era sino el “prince-président” quedó seducido. A lo largo de dos años la cortejó asiduamente durante sus estancias en el Château de Compiègne donde nació la famosa historia del "Trèfle de Compiègne", el Trébol de Compiègne, que vamos a relatar.

Château de Compiègne, Galería de baile

En el otoño de 1852, cuando Eugenia pasaba unos días con su madre en el Château de Compiègne, se quedó admirada ante un trébol cubierto de rocío, durante un paseo por el parque, en compañía de Napoleón. Unos días después, él compró un broche de esmeraldas y diamantes que imitaba al trébol, y se lo regaló.

Un año después, tras diversos intentos de negociaciones matrimoniales con familias principescas, en 1853, Napoleón III decidió casarse con aquella joven de la nobleza española: Eugenia de Montijo. Los paseos en Compiègne, parece que determinaron la voluntad del Emperador y, desde entonces, ella conservó Compiègne en la memoria para siempre y lució el broche muchas veces, como centro de sus adornos personales. Aunque después tuvo otro de esmalte y diamantes, el broche Trèfle de Compiègne forma parte hoy, de una colección privada. (Vogue. Fr.)

Retrato de la Emperatriz llevando el Trèfle, 1853. De Édouard-Louis Dubufe. Musée national du palais du château de Compiègne

Detalle del Trébol

La emperatriz en 1854. Édouard Louis Dubufe, retrato completo. Musée du Château de Versailles

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La familia del entonces Presidente, pero que pronto sería Emperador, se mostró, en principio, muy dividida con respecto a la aristócrata española. Algunos deseaban que Louis-Napoleón eligiera entre familias reinantes, como antaño Napoleón y María Luisa, pero los soberanos europeos, incluso los que estaban emparentados con los Bonaparte, como los padres de la reina de Saxe, Carolina Vasa, no se mostraron muy inclinados a entregar a una de sus hijas a un emperador con un trono tan inseguro y al que veían como un advenedizo, cuando no, un aventurero.

El 12 de enero de 1853, un incidente en un baile de las Tullerías, en el que la joven española, fue tratada de “aventurera” por la esposa del ministro de Educación, precipitó la decisión de Napoleón de pedir a Eugenia en matrimonio y así, el 22 de enero de 1853, en las Tullerías, ante el Senado, el Cuerpo Legislativo y el Consejo de Estado, el Emperador hizo la siguiente declaración:

“La que se ha convertido en objeto de mi preferencia es de alto nacimiento. Francesa de corazón por la educación, por el recuerdo de la sangre que virtió su padre por la causa del Imperio; tiene, como española, la ventaja de no tener en Francia familia a la cual haya que rendir honores y dignidades. Dotada de todas las cualidades del alma, será ornamento del trono, del mismo modo que, el día del peligro, será uno de sus valerosos apoyos. Católica y piadosa, dirigirá al cielo las mismas plegarias que yo por la felicidad de Francia; graciosa y buena, hará revivir en la misma posición, tengo en ello la más firme esperanza, las mismas virtudes que la emperatriz Josefina. [...] Vengo, pues, Señores, a decir a Francia: Prefiero una mujer a la que amo y respeto, que a una desconocida, cuya alianza ofrecería tanto ventajas como sacrificios. Sin que ello signifique desdeñar a nadie, cedo a mi inclinación, tras haber consultado a mi razón y a mis convicciones.”

La ceremonia civil se celebró en el Palacio de las Tullerías, en la Salle des Maréchaux, el 29 de enero de 1853 a las ocho de la tarde. La religiosa, en Notre-Dame de Paris, el día siguiente, 30 de enero de 1853.

La boda de Napoleón III y Eugenia, en Notre Dame. (Diario de Sevilla)

Con ocasión de la boda, el emperador firmó 3.000 órdenes de gracia, e hizo saber que todos los gastos de la boda se cargarían al presupuesto de su lista civil. En cuanto a Eugenia, rechazó un adorno de diamantes que le ofreció la ciudad de París, y pidió que su importe se destinara a la creación de un orfelinato, que, efectivamente, fue construido en el emplazamiento del antiguo mercado de forraje del Faubourg Saint-Antoine, en el distrito XII de París. El arquitecto Jacques Hittorff se encargó lo diseñó, dando a los edificios forma de collar-. Fue inaugurado el 28 de diciembre de 1856, con el nombre de Maison Eugène Napoléon.

La “Luna de miel” transcurrió en el Parque de Villeneuve-l’Étang-la-Coquette, en el centro del dominio nacional de Saint-Cloud, adquirido por el futuro emperador y pocas semanas después, la emperatriz quedaba encinta, aunque, en aquella ocasión. perdió el niño a causa de una caída del caballo. No volvió a quedar embarazada hasta dos años después, a principios del verano de 1855. Louis Napoleón, el único hijo que tuvieron Napoleón III y Eugenia, nació el 16 de marzo de 1856. Para celebrarlo, el 2 de diciembre, Napoleón III, anunció una nueva amnistía. Al mismo tiempo, 600.000 habitantes de París –la mitad de la población-, se ofrecieron para hacer un regalo a la emperatriz.

El día 17 por la mañana, una salva de cien cañonazos anunció el gran acontecimiento al país. El emperador decidió que él y su esposa apadrinarían a todos los niños legítimos nacidos en Francia el 16 de marzo; 3.000 niños recibieron una pensión.

Retrato de la Emperatriz, por Winterhalter. Orsay

La Emperatriz aparece tocada con una diadema de perlas, con brazaletes y collares, también de perlas. Entre 1855 y 1870, el Estado encargó 400 versiones de este retrato a diversos artistas, para adornar los edificios oficiales. El original fue presentado en la Exposition Universelle de 1855, y después se colgó en el palacio de las Tuileries, de donde desapareció durante el saqueo de aquellos edificios durante la Comuna de París, en 1871.

Napoleón III, Eugenia y el príncipe imperial, en los años 1860. Autor desconocido.

Eugenia en Biarritz, de E. Defonds, 1860. Château de Compiègne

Eugenia con Louis Napoleón, por Winterhalter (1857).

”La Emperatriz acababa de cumplir su principal misión. Había dado a su esposo un hijo, y al Imperio, un heredero. El niño había nacido en un día triunfal, el domingo de Ramos… Algo que entusiasmaba, sobre todo, a la feliz madre, fue que aquel niño tan deseado, no solamente era un hijo de Francia, sino que era un hijo de la Iglesia, ahijado del Papa; la bendición de San Pedro planeaba sobre su cuna.”

Arthur-Léon Imbert de Saint-Amand, Diplomático e Historiador: 

La Cour du Second Empire (1856-1858), Paris, Édouard Dentu, 1898.

El 17 de julio siguiente, el Emperador redactó en Plombières-les-Bains, las disposiciones relativas a la regencia, que confió a la Emperatriz:

“Artículo 2 : Si el Emperador menor llega al trono, sin que el emperador, su padre, haya tomado otras disposiciones, mediante acto público antes de su fallecimiento, la Emperatriz madre será Regente y guarda de su hijo menor.“

Eugenia fue apodada Badinguette por los opositores al Imperio, en referencia al al sobrenombre dado al futuro emperador, tras su célebre evasión del fuerte de Ham, con la ayuda de Henri Conneau, disfrazado con la ropa de trabajo de un albañil que se llamaba Badinguet. Los mismos opositores, pretextaban su avanzada edad -veintisiete años- y su reconocida belleza, para crearle una mala reputación. Víctor Hugo, incluso, llegó a escribir: ”l'Aigle épouse une cocotte” -El Águila se casa con una cocotte = antigua forma para referirse a lo que llamarían “ligera de costumbres”-, pero en realidad era solo un insulto, que no respondía a la realidad, como tampoco correspondía el apodo de “Águila” a su esposo. 

Por otra parte, sonó un malévolo epigrama, valerosamente anónimo, que no fue sino una evidente muestra de prejuicio, ya no contra la extranjera, ni contra la gobernante, sino, sencillamente, contra la mujer:

«Montijo, plus belle que sage,

De l'Empereur comble les vœux:

Ce soir s'il trouve un pucelage,

C'est que la belle en avait deux…»


"Montijo, más hermosa que buena,

Cumple los deseos del Emperador:

Si esta noche encuentra una virginidad

Es porque la bella tenía dos... "

Además de poseer una belleza que no podía pasar desapercibida, Eugenia estaba acostumbrada a actuar con gran libertad y era muy apasionada y seductora, incluso provocadora, según parece, pero siempre con la moderación marcada por sus creencias religiosas y por los cánones de la época.

Su admiración hacia Marie-Antoinette, aparece ilustrada en el retrato de Franz Xaver Winterhalter, su pintor favorito, en el que Eugenia, viste al estilo de aquella reina; se encuentra en el MET.

Maxime Du Camp, la retrató literariamente en sus recuerdos, evidentemente, más sujetos al prejuicio que a la realidad:

“Era, diría, como una amazona. tenía alrededor, como una nube de cremas y pachuli; era supersticiosa, superficial, no le disgustaban las bromas, siempre preocupada por la impresión que producía, ensayando efectos de hombros y de pecho, el pelo teñido, la cara maquillada, los ojos bordeados de negro y los labios pintados de rojo; sólo le faltaba, para estar en su verdadero ambiente, música de circo olímpico, el galope del caballo, el aro por el que se salta y el beso enviado a los espectadores con el puño del látigo.”

Por el contrario, el joven Julien Viaud –que no es otro que el escritor Pierre Loti-, la vio pasar un día, por París, en un coche descubierto, y guardó de ella una imagen deslumbradora que, después evocaría en sus recuerdos.

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5 de mayo de 1826

Eugenia nació un día en que Granada sufría un importante terremoto, que provocó el alumbramiento unos quince días antes de lo previsto, a causa del terror. La madre fue alojada en una tienda de campaña habilitada para el caso en el exterior del palacio en el que vivía, por temor a un derrumbe fatal, Como Eugenia diría más adelante: nació bajo un árbol en un bosquecillo de laureles y cipreses.

Se dice que, cuando contaba con 12 años, una gitana del Albaicín se acercó a ella para leerle las líneas de la mano, y predijo que llegaría a ser reina, algo que, cuando se encontraba en París, a los 22, corroboró y completó el Abad Brudinet, que, al parecer, le dijo que veía en su mano una Corona Imperial. Vale.

Antes de ir a estudiar a Francia, conoció en su casa a los más conocidos intelectuales de la época; viajeros ilustrados que llevaban noticias de los acontecimientos de la Europa más rancia y refinada, y vio sucederse grandes fiestas a las que acudían diplomáticos, escritores, músicos, etc., entre ellos, el novelista Juan Valera, que, en 1847, sin convertirla en un paradigma de virtud y beatitud, parece ajustarse más a la realidad que el citado anónimo francés, sin necesidad de recurrir a manidos tópicos de carácter sexual.

Es una diabólica muchacha que, con una coquetería infantil, chilla, alborota y hace todas las travesuras de un chiquillo de seis años, siendo al mismo tiempo la más fashionable señorita de esta villa y corte y tan poco corta de genio y tan mandoncita, tan aficionada a los ejercicios gimnásticos y al incienso de los caballeros buenos mozos y, finalmente, tan adorablemente mal educada, que casi-casi se puede asegurar que su futuro esposo será mártir de esta criatura celestial, nobiliaria y sobre todo riquísima.

Ya en Francia, Merimée, que, además de maestro, se había convertido en asiduo de la casa de Eugenia, donde ella le hablaba de las costumbres e historias populares de España. En este sentido, se dice que, un día le contó el romance protagonizado por una cigarrera, un torero y un soldado; historia, que Mérimée trasladaría a su novela Carmen, seguramente, la más célebre que escribió, y que más tarde, se convertiría en el argumento de la archifamosa ópera del mismo título, compuesta por Georges Bizet.

Juan Valera y Georges Bizet

Siendo huérfana de padre desde 1839, vivió entre Granada y Madrid, y viajó, con su madre y su hermana, por Italia, Francia, Inglaterra y Alemania, hasta que, en 1850, las tres se instalaron en París, donde frecuentaron, lo mejor de la nobleza, no sin provocar malévolos cotilleos con la más burda finalidad, rumores, burlas desmedidas por su crueldad, que iban precedidas por historias de las que su madre había sido protagonista en Inglaterra, donde había conseguido acceder al cargo de camarera de la propia reina, e incluso acusando a la joven de amoríos con los amantes de su propia madre y haciéndola partícipe de una inexistente vida libertina, apodándola con fines burlescos, “la señorita de Montijo” en las reuniones y bailes de la alta sociedad.

Hasta que, en una de las muchas reuniones de la alta sociedad francesa, el 12 de abril de 1849, en una recepción en el Palacio del Elíseo, la princesa Matilde Bonaparte, prima de Luis Napoleón, la presentó al que sería el futuro emperador, el entonces enigmático y flamante Napoleón III, que quedó hechizado ante la elegante exuberancia e inteligencia de Eugenia, de una belleza difícil de ignorar, y empezó a cortejarla, aunque ella, al principio, se resistió a aceptarlo.

Desde Madrid, Eugenia siguió las vicisitudes de su pretendiente que, una vez coronado emperador, siguió pidiendo que las Montijo acudiesen a París. 

Finalmente, tras muchos intentos, rechazos, y críticas, en las Tullerías, en un discurso pronunciado el día 22 de enero de 1853, ante el Senado, el Cuerpo Legislativo y el Consejo de Estado, el emperador declaró:

"Aquella que se ha convertido en objeto de mi preferencia es de un alto nacimiento. Francesa de corazón, por educación, y por el recuerdo de la sangre que derramó su padre por la causa del Imperio, tiene, como española, la ventaja de no tener familia en Francia a la que hay que rendir honores y dignidades. Dotada de todas las cualidades del alma, ella será el adorno del trono, ya que, en el día del peligro, se convertirá en una de sus valientes defensoras. Católica y piadosa, rezará al cielo las mismas oraciones que yo hago por la felicidad de Francia; Grácil y buena, ella hará revivir en la misma posición, tengo la firme esperanza, las virtudes de la emperatriz Josefina. (...) Vengo, señores, a decir a Francia: prefería una mujer a la que amo y respeto, a una mujer desconocida cuya alianza habría tenido ventajas mezcladas con sacrificios. Sin mostrar desdén por nadie, cedo a mi inclinación, pero después de haber consultado a mi razón y a mis creencias."

El domingo 29 de enero de 1853 Eugenia, vestida de satén rosa y con el pelo adornado con jazmines, acudió a la ceremonia civil en el Palacio de las Tullerías. 

A la mañana siguiente; 30 de enero, a los 26 años, Eugenia de Montijo se convertía en la Emperatriz de los Franceses al casarse con Luis Napoleón, de 45 años, en el Altar Mayor de la Catedral de Notre-Dame, en ceremonia celebrada por el Arzobispo de París.


Ya desde el primer momento y, haciendo gala de su decidido carácter, dio la primera muestra de inteligencia para conquistar a un pueblo que no la quería. Desde el mismo atrio de la Catedral de Nôtre-Dame, soltando el brazo de Napoleón III, vestida, como iba, de satén blanco y llevando la misma diadema de brillantes y zafiros que habían llevado Josefina y María Luisa, se volvió hacia la multitud, y se inclinó, en una elegante reverencia. En un instante, todos los franceses allí amontonados, pasaron de la indiferencia al entusiasmo y Eugenia fue calurosamente aclamada.

Los recién casados pasaron la luna de miel en el Castillo de Villeneuve-l'Étang, en Marnes-la-Coquette, en el centro de Saint-Cloud, donde la emperatriz quiso ocupar las habitaciones que había ocupado la reina María Antonieta. 

Sin embargo, no todo fue maravilloso para la ya emperatriz, porque las continuas aventuras amorosas del emperador le disgustaban profundamente; no tanto por celos, como por el hecho de que la infidelidad era radicalmente opuesta a su concepto del matrimonio católico.

Napoleón III recibe una embajada de Siam en el palacio de Fontainebleau en 1861.

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Eugenia instigó la invasión francesa de México, en apoyo del emperador Maximiliano I de México, la cual, como es sabido, resultó catastrófica. no solo por los miles de soldados franceses que perdieron la vida, sino también por el sonado fusilamiento del propio emperador, reflejado por diversos artistas, pues parece que, en general, causó una profunda sensación.

Franz Joseph, Emperador de Austria, Rey de Bohemia y Hungría, con sus hermanos; el Archiduque Karl Ludwig, el Emperador Franz Joseph (sentado), el Archiduque Ferdinand Maximilian (después Emperador de México) y el Archiduque Ludwig Viktor

Fusilamiento de Maximiliano. Francisco de Paula Mendoza, México. ca 1890.

La emperatriz deseaba instaurar una potencia católica en Norteamérica, para enfrentarla a los Estados Unidos protestantes, intentando promocionar otras monarquías conservadoras y católicas, regidas por príncipes europeos en Centro y Sudamérica, razón por la que finalmente, fue responsabilizada por el trágico desenlace de la aventura de Maximiliano.

Aquel fracaso pudo verse compensado, en cierto modo, por la victoria francesa en la Guerra de Crimea en 1856, pero el desastre volvió después de que Eugenia lanzara osadamente a Napoleón III contra la entonces poderosa Prusia, desoyendo la prudencia aconsejada por el primer ministro Émile Ollivier.

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En 1869, Eugenia viajó oficialmente a Estambul. Había sido una gran impulsora de la apertura del Canal de Suez, y tuvo un excepcional protagonismo político y social al asistir, como la más alta representación de Francia, a la inauguración del mismo, el 17 de noviembre de 1869 a bordo del barco L'Aiglon. Como es sabido, entre las celebraciones de la inauguración, se estrenó Aída, la famosa ópera de Verdi. a orillas del Nilo.

La apertura del Canal de Suez, el 18 de noviembre de 1869

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Poco después del nacimiento de su hijo, los emperadores sobrevivieron a un atentado perpetrado por el revolucionario italiano Felice Orsini, hijo de un antiguo oficial de Napoleón Bonaparte en la campaña de Rusia, que se había unido a una sociedad secreta llamada Carbonería; más concretamente a un grupo denominado Conjura Italiana de los Hijos de la Muerte, cuya finalidad era la independencia italiana frente a Austria con el ideal del liberalismo.

Orsini se convenció de que Napoleón III era el principal obstáculo para la independencia italiana por lo que planeó su asesinato, considerando que, con su muerte, en Francia se produciría una revuelta y los italianos podrían intentar su propia revolución. 

La tarde del 14 de enero, de 1858, cuando el emperador y la emperatriz se dirigían al teatro Rue Le Peletier, el que después se convertiría en la Ópera Garnier, donde se representaba la ópera Guillermo Tell, de Rossini, Felice Orsini y sus cómplices, Antonio Gómez y Charles DeRudio lanzaron sendas bombas sobre ellos y su escolta. 

Ocho personas murieron y 142 resultaron heridas, pero Napoleón y Eugenia salieron indemnes y continuaron hacia el teatro sin perder la compostura. Al parecer, se les ocultó el alcance del atentado con respecto a las víctimas y así, finalmente, el frustrado intento no hizo sino incrementar la popularidad de aquellos que iban a ser sus víctimas.

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Napoléon III et Eugénie. 1861. André Adolphe Eugène Disderi (1819-1889)

Eugenia protegió a escritores y artistas de la época, aumentando de forma considerable el esplendor de una Corte decadente y que, en buena parte, seguía siendo hostil hacia su persona. Renovando estilos del pasado, triunfaron con ella, Winterhalter, Waldteufel, Offenbach, y su ya viejo amigo Mérimée, que sería nombrado senador de Francia, comandante y gran oficial de la Legión de Honor.

Eugenia fundó asilos, orfanatos, hospitales, y sin ningún temor, visitó y ayudó personalmente a los enfermos contagiosos de los barrios en los que se concentraba la miseria. Asimismo, destaca el hecho de que apoyó las investigaciones de Louis Pasteur, que desembocarían en la creación de la vacuna contra la rabia.

Promovió también la causa de las mujeres en pro de la igualdad de derechos y deberes, interviniendo, por ejemplo. en favor de Julie-Victoire Daubié para obtener la firma de su diploma de bachillerato; consiguió que Madeleine Brès se matriculara en la escuela de medicina, así como procuró la concesión de la Legión de Honor a la pintora Rosa Bonheur, que se convirtió así en la primera mujer condecorada como Caballero de la misma.

En septiembre de 1870, la derrota y prisión del emperador en Sedán, provocó su caída del trono. Eugenia comprobó de inmediato que sus supuestos amigos, aquellos en los que había confiado, la abandonaban a su suerte, a ella y a su familia, camino del exilio. 

Bajo un terrible temporal, llegó a Inglaterra y se estableció con su hijo en la finca de Camden House, en Chislehurst, Kent, donde el emperador se reunió con ella tras su destitución por la Asamblea, y allí empezó a decaer su salud de forma irreversible. Fallecía el 9 de enero de 1873, sin que su hijo, alumno de la Real Academia Militar de Woolwich, llegara a tiempo para verlo por última vez con vida. 

Eugenia se retiró entonces a una villa en Biarritz, donde vivió alejada de los asuntos de la política francesa.

Su hijo, del que se dice que tenía considerable talento, y que siempre se caracterizó por una vida privada intachable y por su agradable carácter, decidido a hacer carrera en el ejército, se unió, como oficial de artillería voluntario, a las tropas británicas que marchaban a Sudáfrica.

Eugène-Louis-Napoleón, Prince Imperial de France (1856-79). Royal Collection

Pero encontrándose allí, el día 1 de junio de 1879, cayó del caballo cuando se retiraba con su destacamento, y murió abatido a lanzazos tras un breve enfrentamiento con sus perseguidores.

La terrible muerte de su Eugenio-Luis, a la que había precedido la de la hermana de la ex-emperatriz, Francisca de Alba, en 1860, y la del emperador en 1873, hicieron, sin duda, que la vida perdiera sentido para Eugenia.

Cuando en 1880 regresó a Inglaterra después de visitar el lugar donde había muerto su hijo, todavía le quedaban cuarenta años por vivir, durante los cuales, siempre vistió de luto riguroso. 

Como estaba relacionada con la Casa de Alba, en sus viajes, a veces se alojaba en el Palacio de Liria de Madrid, aunque también solía hacerlo en su Quinta de Carabanchel o en el Palacio de Dueñas, en Sevilla. 

Algunas de sus pertenencias, como pinturas y muebles, pasarían a manos de los Alba, como el espléndido retrato de Goya; La marquesa de Lazán. 

Goya, Marquesa de Lazán 1800-1804, Fundación Casa de Alba, Palacio de Liria, Madrid.

Durante sus estancias en España, eran frecuentes sus visitas a la entonces reina consorte, Victoria Eugenia de Battenberg, de quien fue madrina de bautismo, después, muy amiga y, quizás, el único, el mejor apoyo y consuelo de su trágica soledad.

Victoria Eugenia de Battenberg con Eugenia de Montijo. 1920-22

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En el plano político, católica “ultramontana” -como decían los franceses-, quería que Francia apoyara al papa Pío IX con las armas, -por la creación del cuerpo de zuavos pontificios-, mientras que Napoleón III era favorable a la liberación de otros Estados italianos. 

Se dice que el emperador bromeó con ella tratándola de “legitimista”, a lo que ella contestaría: “¿Legitimista yo? No soy tan tonta. Sin duda he sentido respeto por los Borbones y no me gustan los Orleans. No representan ningún principio. Yo creo que no se puede reinar sino por tradición secular o por el deseo absoluto del país”. De hecho, es evidente que compartía esencialmente la doctrina bonapartista. 

La realidad es que Eugenia tenía, por línea materna, un primo que era ferviente legitimista: su madre, María Manuela Kirkpatrick, era prima hermana de Harris W. Kirkpatrick, el padre del general Edward Kirkpatrick de Closeburn (1841-1925), que formaba parte del estado mayor del pretendiente carlista, Carlos de Borbón, llamado Carlos VII, que publicó, en 1907, un ensayo histórico político de más de trescientas páginas, para defender el derecho de los Borbón al trono de Francia, contra las pretensiones de los Orleans; Las renuncias de los Borbón y la sucesión de España. 

Eugenia, sin duda, cometió errores, no cabe duda, pero también protagonizó diversos aciertos; todo ello, sin contar con el hecho, de que, como tantas otras y, en ocasiones, otros, no había sido educada para gobernar.

Ella financió y sostuvo, como hemos visto, contra los ingleses, el proyecto francés de abertura del Canal de Suez, y en 1869, viajó a Estambul en una visita oficial, que marcó las relaciones franco-turcas durante muchos años; así, ella misma inauguró el Canal, junto a los principales monarcas europeos, entre los que se encontraba también, el emperador Francisco José, que, al parecer, quedó profundamente impresionado por su belleza. El palacio de Beylerbeyi, en la orilla del Bósforo, la acogió durante su estancia, durante la cual, también visitó, entre otros lugares, el patriarcado armenio católico y el Liceo Saint-Benoît.

Destaca, y mucho, el hecho de que apoyara las investigaciones de Louis Pasteur, que, como es sabido, culminaron con el descubrimiento de la vacuna contra la rabia.

Estudio de microbiología de Pasteur, de Albert Edelfelt, 1885. Louvre

Por otra parte, también impulsó Eugenia, la invasión de México, esperando el advenimiento de una nueva monarquía católica, capaz de enfrentarse a la república protestante de los Estados Unidos, soñando, además, que, gradualmente, crearía nuevos tronos para príncipes europeos. En este caso, tras el rechazo de Henri d’Orléans, duque de Aumale, candidato del emperador para el futuro trono mexicano, la emperatriz propuso a Jean de Bourbon, conde de Montizon, pero este demostró, el 16 de septiembre de 1861, que no podría reinar allí, si no era “apoyado por las bayonetas extranjeras”, y renunció decididamente. Al final, fue Fernando Maximiliano de Austria, hermano del emperador Francisco José I, quien acepto la corona el 3 de octubre de 1863 y la aventura, como es sabido, terminó en un trágico desastre.

Tomó partido por Austria en el conflicto entre aquel país y Prusia, actitud que favoreció al ministro presidente de Prusia, el Conde de Bismarck.

Fue, en fin, tres veces regente del imperio durante la campaña de Italia del emperador, en 1859; durante el viaje de este a Argelia, en 1865, y en julio de 1870, tras la declaración de guerra y su captura por los prusianos, tratando, lo mejor que pudo, de gestionar la catástrofe subsiguiente.

Los archivos del ministerio de la Casa del Emperador, que evocan ampliamente las intervenciones de la emperatriz Eugenia, sobre todo, en los terrenos social y artístico, se conservan en los Archivos Nacionales de Francia.

En 1858, hallándose enfermo su hijo, envió a una de sus damas de honor, la almiranta Bruat, a pedir un poco de agua considerada milagrosa, a Lourdes. El príncipe se curó, y ella convenció a Napoleón III para que ordenara la reapertura de la gruta, hasta entonces, cerrada a los peregrinos.

Durante el período del Imperio autoritario y, en menor medida durante la década de 1860, las artes y las letras estuvieron sometidas a la censura, a causa de la vuelta al orden moral predicado por la iglesia, que Eugenia apoyaba fervientemente y que constituyó una de las preocupaciones del régimen.

"Hacia 1865, la terminación por Lefuel de los salones de la Emperatriz en las Tullerías, al estilo Louis XVI, creó una marcada corriente favorable al estilo Trianon […] El "Louis XVI-Emperatriz" se integró en todos los interiores elegantes. Por primera vez, desde la Duquesa de Berry, una voluntad femenina impuso sus preferencias mobiliarias […] Eugénie tenía verdadera pasión por todo lo relacionado con Marie-Antoinette. No sólo despojó para su uso personal el Guarda-Muebles e incluso el Museo del Louvre de sus más bellos muebles Louis XVI, sino que hizo comprar otros. Amuebló sus apartamentos privados en la Tullerías, en Saint- Cloud, en Compiègne, donde las obras maestras de Oeben, de Beneman, de Riesener, se reunieron sin problemas, con confortables pufs, capitonés […] encargó a sus ebanistas imitaciones que solo se pueden calificar de admirables, puesto que podían pasar por originales. Georges Grohé le procuró las mejores."

"Confundiendo" a veces, el mobiliario nacional con el personal, lo reclamó tras el paso del Imperio a la República.

El hecho, es que "tras la creación del II Imperio, las colecciones del mobiliario fueron unidas a la lista civil y de ello resultó la ficción de que pertenecían al Emperador […]. Fue por esta razón por la que la Emperatriz pudo reivindicar los siete tapices de Don Quijote, que decoraban la villa de Biarritz y que fueron abandonadas mediante una indemnización ridícula de cien francos cada una; hoy se venderían a cien mil francos cada una.»

"Cuando se suprimió el museo des Souverains en 1873, los objetos donados por Napoleón III fueron reclamados por la familia […], —siendo objeto de un litigio que no se resolvió hasta 1924 —, momento en que se restituyeron a la ex-emperatriz, cuadros y esculturas, de los que una parte fue vendida a Drouot desde 1881, y muchos otros fueron enviados a Inglaterra y enajenados tras el fallecimiento de Eugenia, entre 1921 y 22, los cuadros, y en 1927 las obras conservadas en Farnborough hill)".

Anecdóticamente, se recuerda un intercambio verbal, en 1869 entre Eugenia y el arquitecto Charles Garnier, cuando este mostró al matrimonio la maqueta de la nueva Ópera parisina:


"Mais cela ne ressemble à rien, Monsieur Garnier, cela n'a pas de style!

C'est du… Napoléon III, Madame"

-"Pero esto no se parece a nada, Señor Garnier; esto no es un estilo. -Dijo la emperatriz.

-Es estilo... Napoleón III, Señora, -respondería el arquitecto.

La Ópera de París en 1875. Grabado de Charles Nuitter, París, 1875.

Precisamente, la tarde del 14 de enero, de 1858, la pareja imperial se dirigía al teatro Rue Le Peletier, el precursor de la Ópera Garnier, donde iban a presenciar la ópera Guillermo Tell, de Rossini, cuando Felice Orsini y otros dos cómplices: Antonio Gómez y Charles DeRudio lanzaron sendas bombas, de las cuales, la primera explotó donde se encontraba el cochero, al lado del carruaje; la segunda hirió a los caballos y rompió los cristales de la carroza imperial y la tercera cayó bajo el propio carruaje, hiriendo de gravedad a un policía que acudió a prestar auxilio.

Murieron ocho personas y 142 resultaron heridas, pero los emperadores salieron ilesos y continuaron hacia el teatro sin perder la compostura. Al parecer, se les ocultó el alcance del atentado en cuanto a las víctimas se refiere y, una vez en el teatro -conocido el acto-, fueron recibidos con entusiasmo y adhesión.

El mismo Orsini resultó herido en la sien derecha, quedando aturdido. Después de que curaran sus heridas, volvió a su posada, donde la policía lo detuvo al día siguiente.

El atentado, frustrado en su objetivo, contribuyó, por el contrario, a incrementar enormemente la popularidad de Napoleón III y de Eugenia, a los que casi convirtió en héroes.

El Emperador aprueba los planos del Louvre, presentados por Monsieur Visconti. Obra de J. B. Ange Tissier. Museo del Louvre

Eugenia utilizó frecuentemente el apellido de Guzmán, en lugar de los de Palafox Portocarrero y Kirkpatrick, por ser titular del mayorazgo fundado en 1463 por doña Inés de Guzmán sobre el señorío de Teba, elevado a condado en 1522 por Carlos V. Sus sobrinos, los hijos de su hermana Francisca y del duque de Alba, utilizaron como segundo apellido el de Portocarrero.

Finalmente, aunque suele asociarse su nombre a la localidad que ostentaba la cabeza del condado de Montijo, Eugenia nunca recibió el título de condesa de Montijo.

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