jueves, 15 de marzo de 2012

LA SOLEDAD DEL REY ENRIQUE. PLANTAGENET II


Despues de cumplir aquella penitencia, consistente en acudir descalzo a Canterbury y ser azotado públicamente ante la tumba de Thomas Becket, Enrique Plantagenet consiguió alejar de su pueblo la amenaza de excomunión, pero no pudo evitar otra igualmente peligrosa que procedía de su esposa y sus hijos.

Ocho hijos nacieron de aquel matrimonio que presumiblemente empezó por amor y así se mantuvo hasta el nacimiento del hijo menor. Los hijos que sobrevivieron, dieron lugar a una larga saga familiar, que conservó el poder en manos Plantagenet casi hasta el siglo XV. (1399)

                 William –Guillermo–, sólo vivió tres año.

            Henry The Young King  –El Joven Rey–, casado con Margarita, hija del monarca francés.

          Matilda de Inglaterra, casó con Henry The Lion, Duque de Sajonia y tuvieron cinco hijos, entre los cuales, uno fue Emperador; Otto el Grande.

         Richard I, The Lionheart, casado con Berengaria –Berenguela– de Navarra. No tuvieron hijos y pronto veremos por qué.

        Geoffrey, Duque de Bretaña por su matrimonio con Constanza de Bretaña. Tres hijos.

        Eleanor de Inglaterra, casada con Alfonso VIII de Castilla. De este matrimonio nacieron once hijos que ciñeron varias coronas, por ejemplo, Berenguela, reina de Castilla; Urraca, que casó con Alfonso II de Portugal; Blanca de Castilla, casada con Luis VIII de Francia; Leonor, esposa de Jaime I de Aragón y, por último, Enrique I, rey de Castilla.

           Juana de Inglaterra, casada, primero con Guillermo II de Sicilia y después con Raimundo VI de Toulouse. Dos hijos en el segundo matrimonio.

          Juan Sin Tierra; John Lackland, casado en primera nupcias con Isabel de Gloucester y después, con Isabelle de Angouléme que tuvo cinco hijos, entre ellos, el heredero, Enrique III; Juana, que casó con Alejandro II de Escocia e Isabel, casada con otro Emperador, Federico II.

Fue durante la gestación de Juan Sin Tierra cuando Enrique y Alienor se distanciaron definitivamente. Enrique había empezado una relación con  Rosemunde Clifford, que Alienor no estaba dispuesta a consentir.

Para empezar, el mayor, o mejor, el Joven Rey –de quien su padre había hecho una especie de correinante en aquella ceremonia que le costó la insubordinación definitiva de Thomas Becket-, reclamó porque su título no comportaba poder efectivo.

Más tarde, para facilitar el matrimonio del hijo menor, John, Enrique le otorgó la propiedad de tres castillos en Anjou, lo que provocó una nueva exigencia por parte de Henry el Joven, la de gobernar personalmente, bien en Inglaterra, bien en Normandía o Anjou. Ante la negativa del rey Henry huyó a la corte francesa y con la ayuda de su suegro, el monarca francés, se rebeló contra su padre. Pronto se le unieron sus hermanos, Richard, duque de Aquitania y Geoffrey, ya duque de Bretaña, por su matrimonio.

La reina Alienor, tomó partido por los hijos; se supone que para entonces, Enrique ya mantenía aquella relación con Rosemunde Clifford, con la cual se dijo que tuvo el rey dos hijos, a los que amó tiernamente.

Eleanor intentó reunirse con Richard y Geoffrey en Francia, a cuyo fin emprendió viaje disfrazada de hombre, pero fue capturada y encarcelada por su marido en el castillo de Chinón de donde no salió hasta la muerte de este.

Cuando el monarca francés fracasó en su ataque a Normandía, Enrique tuvo la oportunidad de hacer las paces con sus hijos, aunque no por mucho tiempo. El Joven Henry se enfrentó de nuevo a Richard, y este pidió ayuda a su padre, lo que no impidió que el Joven Henry –siguiendo a su mala estrella–, se dedicara a devastar Aquitania. Durante esta acción, asaltó y saqueó el célebre santuario de Rocamadour. Después de lo cual cayó mortalmente enfermo.

Rocamadour es el prestigioso templo de la Virgen Negra, construido sobre las rocas, en las que tradicionalmente también se encuentra Durendal –Durandarte, la celebérrima espada de Roland.

Cuando el Joven Rey supo que la muerte estaba próxima, pidió que pusieran su cuerpo en tierra sobre un lecho de ceniza, en señal de penitencia. Después imploró a su padre que acudiera a su lado para otorgarle el perdón. Enrique II, desconfió porque ya antes había caído en una emboscada cuando, habiendo acudido a parlamentar con su hijo, recibió una lluvia de flechas. Se negó, pues, a verlo, pero le hizo llegar un anillo de zafiro, que había pertenecido a su abuelo Enrique I, como símbolo de perdón.

Pocos días después, moría el Henry el Joven. Tanto su padre como Eleanor, lloraron sinceramente la pérdida de aquel hijo de tan inestables afectos.

Enrique se vio obligado entonces a volver a repartir el Imperio. Ofreció Anjou, Maine, Normandía e Inglaterra a Richard, con la condición de que renunciara a Aquitania en favor del pequeño Juan, aunque de nada sirvió, porque, siguiendo la acostumbrada, diabólica y mejor tradición Plantagenet, Richard, indignado, se negó a ceder nada. John y Geoffrey fueron enviados a Aquitania para arrebatarle la provincia por la fuerza, pero ni los dos juntos reunieron la suficiente energía para derrotar a Richard.

Tras esto, Enrique ordenó a los dos que volvieran a Inglaterra, pero Geoffey, definido por la crónica como un verdadero traidor indigno de toda confianza,  encontró la muerte en París en el curso de un torneo, en 1186.

Felipe Augusto, el monarca francés, estaba loco por intervenir en las luchas familiares de los Plantagenet con el fin de arrancarles los territorios que anteriormente habían pertenecido a su familia, así que sembró la suspicacia entre padre e hijo, sugiriendo a Richard que aquel se proponía desheredarlo en favor del pequeño Juan, al que todo el mundo sabía que el rey prefería. Richard reclamó entonces el reconocimiento efectivo y pleno de su condición de heredero de todo el imperio angevino, algo a lo que Enrique se negó radicalmente, sin permitir siquiera que se le hablara de ello.

Richard en consecuencia, le declaró la guerra. Pero para entonces, el rey a quien empezaban a pesar la edad y las decepciones, cayó enfermo y no pudo acudir al campo de batalla. Richard interpretó que todo eran disculpas urdidas para evitar el encuentro, por lo que impetuosamente, y con la colaboración de su aliado francés Louis Phillip, decidió atacar la ciudad de Le Mans, donde se encontraba su padre.

Ante la seguridad de que se iba a producir una entrada peligrosa, Enrique ordenó quemar los suburbios del sur de la ciudad, lo que cortaría el paso a las tropas asaltantes, pero –siempre aquella negra estrella-, el viento cambió y el fuego se volvió contra él, destruyendo ante sus ojos y su impotencia la ciudad donde había nacido y donde estaba enterrado su padre.

Obligado a abandonarla, enfermo y abatido, fue perseguido por su hijo, que como se ve, no albergaba el menor sentimiento de piedad hacia su progenitor.

Más tarde, desde la distancia, Enrique volvió la vista sobre las cenizas de Le Mans y, con el corazón lleno de amargura, maldijo al cielo por lo que consideraba como un terrible destino.

Cerca de Tours se organizó una reunión entre las partes en conflicto. Felipe de Francia, impresionado por el aspecto demacrado del Rey, le ofreció su capa para que pudiera sentarse sobre ella en el suelo, pero con un destello de su antiguo espíritu, orgullosamente, Henry rechazó la ayuda. Con sus energías agotadas y el corazón destruido, el monarca se vio obligado a aceptar todas las condiciones impuestas por Richard.

Terminada la conferencia, los contendientes debían darse un beso en señal de paz; parece que ello dio ocasión a Enrique para susurrar al oido de su hijo:

¡Quiera Dios que no muera hasta que me haya vengado de ti!.
(God grant that I die not until I have avenged myself on thee).

Después, expresó un único deseo, que se le entregara una lista con los nombres de todos los señores que se habían levantado contra él.

El Viejo León, profundamente herido y cruelmente decepcionado, se retiró a Chinón. Cuando le entregaron la lista de los rebeldes, su dolor se tornó insoportable; el primer nombre, era el de su hijo menor, John, por el que tanto había luchado y tal vez al que más amó.

–¡Ya has dicho bastante! –exclamó al oírlo y, a partir de aquel momento no quiso saber nada más.

Sólo dos hombres permanecieron leales a su lado, William Marshall y su hijo ilegítimo Geoffrey, quien no le abandonó en ningún momento. Este Geoffrey, más tarde Arzobispo de York, era entonces considerado  como uno de los hijos de Rosemunde Clifford.

-Tú eres mi verdadero hijo –le dijo el rey con amargura-; los otros; esos son los bastardos. (You are my true son, the others, they are the bastards).

Fue el día 6 de julio de 1189. A punto de perder la conciencia aún se le oyó decir:
-Ahora, que las cosas vayan como quieran; ya no me preocupo, ni por mi mismo, ni por ninguna otra cosa más en este mundo. (Now let everything go as it will, I care no longer for myself or anything else in this world.).

Sus últimas palabras fueron: ¡Humillación sobre un rey vencido!.

Su cuerpo fue depositado en la capilla del castillo de Chinon, donde quedó miserablemente despojado por la servidumbre, hasta el punto que se dice que William Marshall y Geoffrey, para poder colocarle los acostumbrados símbolos reales; corona, cetro y anillo, tuvieron que quitárselos a una estatua del castillo.

William Marshall convocó al nuevo rey Richard I, quien se quedó mirando el cadáver de su padre sin la menor señal de emoción. Todavía no era conocido como Corazón de León.
Finalmente, y de acuerdo con sus deseos, el cadaver de Henry fue llevado a Fontevrault o Fontevraud, en Anjou, donde recibió sepultura. A partir de su enterramiento,  la abadía se convirtió en mausoleo de los monarcas angevinos.

Varias mujeres participaron significativamente en la vida de Enrique II, pero habría que destacar a dos entre ellas, de las cuales ya hemos hablado. La primera, sin duda, sería su esposa Leonor de Aquitania, cuya talla histórica requiere más espacio. Sobre la otra, Rosemund Clifford, añadiremos algo ahora.
Rosemund sería, sin duda la cara opuesta de la medalla de Alienor, aunque es muy poco lo que se sabe de ella, se acepta generalmente que su historia de amor con Enrique II fue breve y desinteresada, y aunque se extendió a lo largo de once años. Lo más verosímil es que ambos se reunieran en muy contadas ocasiones.

Como ya hemos recordado, se dice que podrían haberse conocido cuando Alienor estaba embarazada de su último hijo, John Lackland, cuyo nacimiento, de acuerdo con una tradición muy popularizada, se produjo en el castillo de Beaumont y no en el de Woodstok, que era el apropiado, pero en el cual vivía entonces Rosemunde.

Se creyó durante mucho tiempo, que Rosemunde había tenido dos hijos con Enrique –uno de los cuales, Geoffrey, fue el que acompañó a su padre en ocasión de su derrota y muerte–, pero en ambos casos, la maternidad fue posteriormente adjudicada a otras amantes del monarca Plantagenet.


Sea como fuere, la Belle Rosemonde o Fair Rosamund, tras ser públicamente insultada por Gerald of Wales quien latinizó su nombre como Rosa Inmundi –una ingeniosidad que causó mucha risa–, decidió retirarse, en 1176 al Priorato de Godstow, cerca de Oxford, donde falleció tras una existencia de piedad y oración.

Godstow Priory
Y allí permanecieron sus restos, curiosamente convertidos en objeto de veneración popular hasta que –después de la muerte de Enrique II– el obispo de Lincoln ordenó que fueran retirados de la capilla y trasladados al cementerio exterior, bajo un humillante epitafio, indigno, como venganza sobre un muerto, y deplorable por su vulgaridad.

Rosamunda se convirtió en una heroína romántica que constituyó la base de algunas recreaciones imaginativas de carácter artístico y literario. Así, Gaetano Donizetti estrenó, en 1834 la ópera Rosmonda d'Inghilterra con libreto de Felice Romani.

Óleo firmado en 1917 por  John William Waterhouse, titulado Fair Rosamund.


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