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jueves, 10 de agosto de 2017

Cervantes en Inglaterra • José de Armas


Esta conferencia fue leída en el Ateneo –de Madrid– por mi querido amigo el eminente escritor y poeta D. Alberto Valero Martín, a quien doy público testimonio de mi agradecimiento.
José de Armas. 1916


José de Armas y Cárdenas

La Habana, 27.3.1866 – 28.12.1919 
Fue miembro de la Academia de la Historia de Cuba, de la Real Academia Española y de The Hispanic Society of America, de Nueva York.

Cervantes en la literatura inglesa

Inglaterra es la nación que más ha hecho en el mundo por la gloria de Cervantes, la mayor gloria de España, y reconocer y explicar la colaboración admirable de los ingleses en el universal tributo al autor del Quijote, y la influencia de este libro en su rica y grandiosa literatura, es, sobre todo, un acto de justicia. 

En el memorable mes de mayo de 1588; la «Invencible Armada» salió de Lisboa a someter a los ingleses al dominio de Felipe II. ¿Quién puede dudar que Shakespeare, mozo entonces de veinticuatro años, sentiría el patriótico fervor de todo su país, unido para defender su independencia bajo los estandartes de la reina Isabel? 

Cervantes, pasada ya la segunda mitad de la vida, inválido glorioso, y más después de su dura esclavitud, contribuyó como agente modesto a proveer los barcos españoles (1). El fracaso de la Armada no concluyó la guerra, ni abatió la rivalidad entre ambos pueblos, que se mantuvo aún después de concertadas las paces entre los sucesores de Isabel y de Felipe II. Las plumas no permanecieron ociosas mientras las espadas combatían o los gobiernos se engañaban. Una de las causas de la ira de Felipe, y según graves historiadores la que hubo de resolverlo al envío de la expedición formidable, fueron las burlas a su persona en una comedia inglesa. Peores agravios lo aguardaban aún. Para sólo citar un caso, Spenser lo retrató en un tipo odioso y pequeño de The Faery Queen. (2)
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(1) Desde el 18 de septiembre de 1587 y hasta mayo de 1588 Cervantes estuvo en Andalucía como comisario de abastecimiento de grano y aceite para la Armada.

(2) En octubre de 1589, Spenser viajó a Inglaterra y conoció a la reina. Después de la publicación de los tres primeros libros de la Faerie Queene, en 1590, Spenser estaba ya muy decepcionado con la monarquía; entre otras cosas, porque la pensión anual que le concedió la Reina, era menor de lo que le hubiera gustado, pero también porque su percepción humanista de la corte de Elizabeth "quedó destrozada por lo que vio allí". Sin embargo, a pesar de estas frustraciones, Spenser "mantuvo sus prejuicios aristocráticos”, según los cuales, por ejemplo, aseguraba que sólo pueden ser virtuosas las personas nacidas dentro de la aristocracia.
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El poema épico The Faerie Queene, impreso por William Ponsonby en 1590.

Briton Rivière -Una and the Lion-, de La Reina Hada

Isabel, por acá, no salió mejor librada. Lope de Vega, uno de los expedicionarios de la “Invencible” (3), escribió La Dragontea, y si admitimos la interpretación de Ticknor sobre una frase del propio poema, tan lleno de resonantes insultos contra los ingleses, Lope comparó a Isabel con la prostituta de Babilonia, que pinta el Apocalipsis vestida de rojo. 

Góngora la llamó también “mujer de muchos» y “loba libidinosa y fiera”, y a sus supuestos amores con los condes de Leicester y de Essex aludieron otros autores castellanos. Preciso es tener en cuenta que la discordia de los reyes y el rigor de las luchas políticas, se unía con la pasión religiosa. Para la católica España, la protestante Inglaterra era un monstruo entre las naciones; para la liberal Inglaterra, España era el país de la Inquisición y la tiranía.
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(3). Al parecer, Lope se hallaba a bordo en una primera salida, tras la cual, parte de las naves tuvieron que volver a La Coruña a causa de una tempestad. Efectuadas las necesarias reparaciones, no hay noticia de que el escritor volviera a embarcar en la segunda salida.
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Pues bien; a pesar de estos odios sangrientos, de esta irreducible enemistad entre ingleses y españoles, el historiador y el crítico observan, admirados, que en todas las obras de Shakespeare, escritas para satisfacer el gusto público, no hay una línea, una frase que ofenda a España. Ello explica que, según ha dicho Sir Sidney Lee, el ejemplar primero de esas obras, publicadas en el famoso Folio de 1623, que salió de Inglaterra, lo trajo a España Gondomar, embajador de Su Majestad Católica en Londres, y defensor celosísimo de la honra de su patria y de su rey.

Portada de la edición First Folio con un retrato de William Shakespeare grabado por Martin Droeshout. A causa de su escaso parecido con el famoso Retrato Chandos, se ha cuestionado su autenticidad, aunque, en realidad, la falta de documentación sobre el aspecto real del dramaturgo, no permite concluir nada con seguridad.

Y en las obras de Cervantes hay más de una alusión a esa enemiga Inglaterra, a ese conde de Essex, que saqueó a Cádiz y atacó a Lisboa; a esa reina tan contraria al poder español, y siempre con respeto y cortesía. Porque Shakespeare y Cervantes fueron “superhombres”, en el sentido más exacto de la palabra, no por la crueldad que nos empuja hacia el bajo nivel de los brutos, sino por la tolerancia, la justicia y el amor, que nos elevan hasta los ángeles. 

La española inglesa no ocupa, desde luego, el primer lugar entre las Novelas ejemplares; pero es una de las que contiene mayores rasgos del genio de su autor; sobre todo, su rara inventiva, su constante amenidad y su arte maravilloso en la pintura de los sentimientos. 

Imprenta Juan de la Cuesta, 1613

Los personajes ingleses son casi todos simpáticos. Hasta la dama de la reina, que intenta envenenar a la protagonista, lo hace llevada del amor de madre. El traidor, que procura asesinar al héroe, obra a impulsos avasalladores: el despecho y los celos. El joven y valiente marino, novio y finalmente esposo de la bella heroína, es un perfecto hidalgo, y sus padres, aunque católicos, modelos, al propio tiempo, de lealtad a su patria. La misma reina Isabel, si pudiera elegir ahora entre las descripciones de su carácter legadas a la posteridad por sus amigos y enemigos, designaría la que aparece en las inmortales páginas de la «novela ejemplar» de Cervantes. 

John Harrington, el traductor inglés de Ariosto, ahijado de la reina y gran favorito suyo, la presenta en las memorias donde reconoce sus favores y le tributa los elogios más cultos, interesada, tacaña y envidiosa de los encantos de otras mujeres. Según Harrington, la solterona Isabel, a quien no faltaron numerosos pretendientes, entre ellos el mismo Felipe II, era opuesta a matrimonios. 

Según Cervantes, era liberal, entusiasta por la belleza femenina y protectora de los enamorados. No oculta éste tampoco las prendas de su intelecto, principalmente su habilidad lingüística, observando, y sin duda era verdad, que entendía la lengua castellana. Por último, no la creía, en privado, enemiga de los españoles, y es muy probable que tuviera razón. «Hasta el nombre me contenta» (le hace decir cuando sabe que Isabela es también la protagonista); «no le faltaba más que llamarse Isabela la española, para que no me quedase nada de perfección que desear en ella». 

Aunque Cervantes no estuvo en Inglaterra, ni hablaba el inglés, es innegable que adquirió un conocimiento muy preciso de aquel país y una gran estimación por sus méritos. Sabía que Londres no era sólo una ciudad populosa, sino una corte esplendente. Fue, con efecto, la primera en este sentido en tiempo de Enrique VIII, y conservó su prestigio en el de Isabel. Por esta razón, «la señora Oriana», deseando la campesina comodidad y el reposo, desconocidos en la existencia agitada y deslumbrante de los palacios, manifiesta a Dulcinea, en el célebre soneto del Quijote, que desearía “a Miraflores puesto en el Toboso”, y le añade que «trocara su Londres por tu aldea». También en la pintura de la misma corte londinense, trazada con tanto arte en La española inglesa, se adivinan la majestad de la soberana y el lujo de sus damas, como si leyéramos el relato minucioso que de su visita a los propios lugares, en 1598, escribió el alemán Paxil Hentzer. Con muchas palabras comunica Hentzer a sus lectores una impresión exactísima de la dignidad de la reina y del respeto que inspiraba a sus súbditos. Con poco esfuerzo, y casi indirectamente, logra Cervantes el mismo resultado. La relación del viajero será, pues, de más importancia para la historia, pero el cuadro del novelista lo es para el arte. 

¿No referiría a Cervantes el escritor inglés John/James? Mabbe (4) las peculiares grandezas de Londres? ¿No le hablaría, mejor que ningún libro, del prestigio y autoridad de Isabel? Mabbe estuvo en Madrid de 1611 a 1613, en calidad de agregado a la misión especial enviada por Jacobo I para las negociaciones matrimoniales entre el príncipe Enrique de Inglaterra y la infanta doña Ana. 
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(4) James Mabbe/Mab (1572-1642), poeta, hispanista y traductor. Se graduó en el Magdalen College, de la Universidad de Oxford y tradujo al inglés una parte de la obra de Miguel de Cervantes; Guzmán de Alfarache (1623) de Mateo Alemán y La Celestina, en 1631.
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Henry Prince of Wales , c. 1610 (1594-1612), de Robert Peake el Viejo (NPG)
Ana de Austria, 1614 (1691-1686) de J. Pantoja de la Cruz, (Fundación Yannick y Ben Jakober)

Cervantes, según es bien sabido, era visitado con curiosidad por diplomáticos extranjeros. (Mabbe, admirador, igualmente, de Mateo Alemán, y traductor de la historia de su pícaro, como lo fue de la Celestina, hizo una versión de las Novelas Ejemplares, que, aun cuando incompleta, no cede, según es fama, a los originales españoles. […] Como quiera que sea, la consideración de Cervantes por Inglaterra era extraordinaria, no sólo por el espíritu y sabiduría de sus hijos, sino hasta por las ventajas naturales de su territorio. “En aquella isla templada y fertilísima» — dice en el Persiles, y nada más cierto que estas calificaciones — , “no sólo no se crían lobos, pero ningún otro animal nocivo»...; «que si algún animal ponzoñoso traen de otras partes a Inglaterra» — añade con evidente exageración — , “en llegando a ella muere».

Nada improbable es que Cervantes se enterara de la popularidad de su gran libro entre los ingleses. La traducción de Shelton se publicó en 1612, y tres años después — en 1615 — , es verdad que no la menciona el capítulo tercero de la segunda parte del Quijote, al hablar del éxito de la primera parte. Pero este capítulo se escribió, con seguridad, ocho años antes de 1615, pues en él se lee que la edición de Amberes (Cervantes se equivocó y dijo Amberes por Bruselas) se está imprimiendo, y esa edición es de 1607. 

Traducción de Shelton. Ed. 1615

El hecho es que apenas llegó a Londres un ejemplar del Quijote de Bruselas, púsose a traducirlo Thomas Shelton, quien terminó febrilmente su trabajo en cuarenta días, y lo dejó luego en manuscrito cinco años. Pero no fue necesaria su publicación para que Don Quijote y su historia adquirieran allí muy pronto universal renombre.

Fitzmaurice-Kelly, que agota el asunto en su edición de Shelton de 1896, y en su admirable disertación de 1905 ante la Academia Británica, trabajo al que he de referirme más de una vez en el curso de esta conferencia, dice que ya en 1607 George Wilkins alude en una de sus comedias a la aventura de los molinos de viento, y que en 1608 lo mismo hizo Middleton. 

En 1610, un personaje de Ben Jonson habla en The Epicene de “encerrarse un mes en su habitación leyendo a Amadís o Don Quijote», Al año siguiente, en The Alchemist, Jonson vuelve a referirse, según el propio crítico, a los dos andantes caballeros. No es extraño, ciertamente, porque más tarde, en 1623, cuando un incendio consumió su biblioteca, reunida con tantos sacrificios, escribió la “Execración a Vulcano”, donde alude, entre triste e irónico, a “la sabia librería de Don Quijote», y “a toda la suma de la caballería andante, con sus damas y enanos, sus bajeles y muelles encantados, los Tristanes, Lanzarotes, Turpines y los Pares, los locos Rolandos y los dulces Oliveros». Ben Jonson, para la crítica de nuestros días, es el segundo de los autores dramáticos ingleses en su época; mas para sus contemporáneos fue el más eminente en todos los géneros, el escritor por excelencia, como en España lo era Lope por encima de Cervantes. 

A 1611 pertenecen, también, según Fitzmaurice-Kelly, una comedia de Fletcher, otra de Nataniel Field y otra de Massinger, las tres inspiradas en la historia del Curioso impertinente. No es posible negar que estos autores leyeron a Cervantes en español, porque la primera traducción francesa del Quijote es de 1614. 

Aunque publicada en 1613, es de 1611 o de antes, la curiosa imitación escénica de las aventuras de Alonso Quijano por Beaumont y Fletcher (The Knight of the burning pestle). La segunda parte del «Ingenioso hidalgo» fue recibida con igual o mayor entusiasmo, si es posible, que la primera, y se leyó en español en la edición de Bruselas de 1616, antes de publicarse en inglés por el propio Shelton en 1620.

Mucha fue la popularidad del insigne libro en España durante la vida de su autor; pero no más grande que en Inglaterra. Mientras aquí la estimaba el pueblo y la desconocían o desdeñaban la aristocracia y los literatos, allí todas las clases sociales la leían y admiraban. En la historia literaria no hay otro caso, en verdad, de un libro que haya adquirido, casi al publicarse, reputación tan enorme en un país extranjero. 

De nacer Cervantes en Inglaterra, puede afirmarse que el Quijote no habría tenido más admiradores entre los ingleses. Tal vez entonces no lo habría hecho; tal vez, en virtud de su gran afición al teatro, siguiera la senda de Shakespeare. De todos modos, no es infundado suponer que personalmente hubiera sido más feliz. Nadie ignora que Cervantes pereció en la pobreza, mientras Shakespeare murió en su hogar apacible, rodeado del respeto de sus convecinos, y legando a su familia y a sus amigos y compañeros de profesión, una sólida y bien ganada fortuna.

A pesar de la boga del Quijote, las Novelas ejemplares lo aventajaron en proporcionar asuntos e ideas a los autores ingleses en la segunda mitad del siglo XVII. Según observa el profesor F. A. Schelling, Cervantes fue más explotado en sus argumentos por los dramaturgos británicos en aquel siglo que otros españoles superiores a él en la literatura dramática. Lope de Vega, con ser tan fecundo, no inspiró a ningún autor, en el reinado de Jacobo I, que fue cuando el teatro de España más se puso a contribución por los compatriotas de Shakespeare. Ni John Fletcher, que escribió catorce comedias inspiradas en fuentes españolas — sobre todo en Cervantes — , se acordó de Lope. 

¿A qué causa atribuir un hecho en apariencia tan extraño? Lope es el primer poeta dramático y, tal vez, el primero lírico en nuestra lengua, además del genuino representante de la mentalidad española en sus días. Pero Cervantes, como dijo de Shakespeare Ben Jonson, no es de un país ni de una época, sino de todos los hombres y de todos los tiempos. 

Hablar minuciosamente de cuantos autores dramáticos se inspiraron en Cervantes en Inglaterra desde el siglo XVII, o demostraron su admiración por él, citando en sus obras ideas y frases suyas, sería materia para un volumen, y repetir lo que mejor se ha dicho por ilustres historiadores. Fitzmaurice-Kelly, en su mencionado discurso de la Academia Británica; los autores de la monumental Historia de la literatura inglesa, de la Universidad de Cambridge; Adolphus William Ward, en su no menos celebrada Historia de la literatura dramática en Inglaterra hasta la muerte de la Reina Ana; Jusserand en su grandiosa Historia literaria del pueblo inglés, Schelling, de Pennsylvania, en su sabio libro sobre el Drama Isabeliano, en el cual aprovechó los apuntes inéditos sobre literatura española de su amigo el hispanista George Buchanan, y el alemán Emil Koeppel, han señalado, una por una, todas las deudas del teatro inglés a la rica imaginación del manco de Lepanto. 


Massinger, Middleton, Rowe, Fletcher, Davenant, Glapthorne, Shirley, Aphra Behn, d'Urfey y otros, podrían llenar una rica biblioteca de admiradores e imitadores de Cervantes. La influencia de éste ha sido, sin embargo, tan universal, que difícil sería no descubrir en otros países ejemplos igualmente numerosos de la impresión hecha por sus obras sobre ingenios preclaros, y con especialidad por el Quijote. Mas el papel de Inglaterra es de mayor importancia aún en la literatura cervantina, y en este aspecto superior hemos de considerarlo; porque no sólo a los ingleses se debe la atención del mundo sobre la novela sublime, sino que Cervantes ha tenido la fortuna de inspirar en aquel país a escritores que son, como él, encanto de las musas y orgullo del género humano. 

Sírvanos esta verdad de compensación por la pérdida dolorosa de la comedia que el más grande de los ingleses escribió inspirándose en las desventuras de Cardenio, y fue destruida por las llamas con el célebre teatro el Globo, en 1613. Pero no importa: Inglaterra no merece menos el nombre y la gloria de segunda patria de Cervantes. 

El más conocido y citado de los imitadores ingleses del Quijote no es, sin embargo, el que merece mayores elogios. Samuel Butler publicó su poema satírico Hudibrás en tres partes, los años de 1663, 1664 y 1668, y su libro es un clásico de la lengua inglesa, en la que ha dejado frases y versos, repetidos hoy en la conversación familiar, sin que la mayoría conozca su verdadero origen. Hudibrás es un ejemplo muy notable de facilidad e ironía. Mantiene constantemente la sonrisa en los labios, y raras veces cansa; mérito grande si reparamos en su longitud, en sus muchas alusiones a puntos de controversia teológica, y en que sus versos son pareados. Pero en el fondo es, por desgracia, no una imitación, ni siquiera una parodia, sino una antítesis grotesca del Quijote. Cuanto hay en Cervantes de elevación, generosidad y humana indulgencia, muestra Butler de intolerancia, pequeñez y malicia. Quiso reír del puritanismo, justamente cuando acababa de caer, y se afirmaba la restauración de los Estuardos con Carlos II; pero no comprendió, y ese fue su primer tropiezo, el gran espíritu altruista del hidalgo de la Mancha. Un loco que sale a combatir en favor de los débiles podrá ser ridículo por los resultados materiales de sus acciones, pero nunca por su idea. ¿En qué se parece el falso entusiasmo religioso de Hudibrás al quijotismo, todo sinceridad y nobleza?

Samuel Butler, 1612-1680

Tal vez influyó en Butler la lectura de las Divertidas Notas sobre Don Quijote (Pleasant notes upon Don Quixote), que en 1654 dio a la estampa en Londres Edmund Gayton. 

Divertida, en realidad, es esta obra, esbozo de un comentario y llena de alusiones políticas; pero la novela de Cervantes sólo aparece en sus páginas juzgada en su aspecto superficial y burlón. Butler fue más allá de estos límites, y lógico es el éxito que en el vulgo alcanzó inmediatamente su poema: halagaba a los vencedores, y cubría de oprobio a los vencidos.


Por el célebre diarista Samuel Pepys se sabe que “todo el mundo” vio en Hudibrás un gran alarde de ingenio, aunque él —de cuyos sentimientos monárquicos y amor a la Restauración no cabe sospechar— opinaba lo contrario. Algo de repugnante había en la sátira, cuando su autor no fue premiado por el gobierno y murió en estrechez y olvido. 

La risa de Swift es amarga, pero se dirige contra el orgullo de los poderosos y la maldad de nuestros corazones. La risa de Butler es cruel y rufianesca, es la burla contra el caído, la burla sin compasión y sin justicia. 

Tiene el puritanismo inglés aspectos censurables, que en política han conducido a la intolerancia y en religión a la hipocresía. En el libro encantador sobre la vida del coronel Hutchinson, escrito por su viuda (Hutchinson fue uno de los que firmaron la sentencia de muerte de Carlos I), esos aspectos sombríos se exponen con más elocuencia y exactitud que en la obra de Butler, pero haciendo, a la vez, resaltar, que no fue poco, cuanto en los puritanos hubo de sublime. Como éstos combatieron el teatro, y hasta lo suprimieron completamente, después de larga y encarnizada lucha ante la opinión, las comedias de la época de Isabel y Jacobo I están llenas, también, de ataques al puritanismo. 

Ben Jonson lo fustigó con saña, y hasta el dulce Shakespeare le lanzó envenenadas saetas. Pero, en rigor, lo que ellos censuraron no fue el puritanismo, sino su máscara, la mentira, el disimulo, no de los puritanos, sino de los fingidos puritanos. Cuando la exaltación religiosa, cuando el culto ardiente por la verdad, la caridad, la castidad y el respeto a los lazos matrimoniales, se ejercía por hombres como ese mismo coronel Hutchinson, o más tarde, cuando pasaban de labio a labio las crueles aleluyas de Hudibrás, por un William Penn, ¿quién puede negarles su admiración? Los grandes y memorables servicios que los puritanos y sus continuadores hicieron a la libertad y al derecho los reconoce la historia, y su benéfica influencia sobre el carácter inglés nadie puede discutirla. ¿Qué es, en realidad, un caballero puritano del tipo de Hutchinson sino un caballero andante del tipo de Don Quijote?

La fidelidad a la dama, la protección al desvalido, la indignación y la arrogancia contra los abusos de la fuerza, la fe profunda en Dios y el firme, el inquebrantable convencimiento en el triunfo final del bien y de la justicia, son los rasgos comunes de los puritanos ingleses y del manchego hidalgo de Cervantes. Nada más lógico que en un mundo dominado por la malicia y el egoísmo, esos nobles sentimientos sólo produzcan el escarnio y el infortunio. 

La superioridad moral de Cervantes consiste en haber hecho al honor y la caballerosidad brillar en medio de las sombras de la locura, y a pesar de la ignominia lanzada contra ellos por la estupidez de las almas viles. Es evidente que existen entre el puritanismo de buena fe y el quijotismo de buena fe notables semejanzas, y es posible que por esto, la simpatía por el Quijote haya sido siempre tan grande en Inglaterra. De todos modos, ningún imitador del ingenioso libro merece un puesto cerca de su autor, si no sabe templar con la compasión la burla y mantener el entusiasmo por la virtud aun en medio de sus tristes derrotas. 

Fielding supo hacerlo, y es el hermano menor de Cervantes. Si la Historia de las Aventuras de Joseph Andrews y su amigo Mr. Abraham Adams, publicada en 1743, figura en primer término entre las imitaciones del Quijote, como novela original y cuadro de la sociedad inglesa en su tiempo, es una de las obras más geniales que ha creado la imaginación humana. Dice Walter Scott que Fielding es el más inglés de todos los novelistas ingleses, y esta observación es muy cierta. Pero añade que sus novelas no sólo son intraducibles, sino que no pueden comprenderse por quienes no conozcan de modo íntimo y constante los hombres y las costumbres de la vieja Inglaterra.

Henry Fielding

En apoyo de su opinión, la más autorizada posible, cita Scott a los personajes de Joseph Andrews. Scott, sin embargo, se equivoca. Joseph Andrews, la novela más inglesa imaginable, es una imitación del Quijote, el más español de todos los libros, y los personajes de Fielding, ingleses hasta la medula, como españoles son los de Cervantes, se comprenden y admiran en el mundo entero, porque son también seres humanos de realismo sorprendente. ¿Quién puede, con efecto, dudar de la realidad de unos; y otros? («Aunque sea muy propio asunto para la investigación de los críticos» — dice Fielding — «saber si el pastor Grisóstomo, quien según Cervantes nos informa, murió de amor por la hermosa Marcela, que lo odiaba, estuvo en España nunca, “¿dudará nadie que semejante tonto hubo de existir? ¿Hay alguien tan escéptico que no crea en la locura de Cardenio, en la perfidia de Fernando, en la curiosidad impertinente de Anselmo, en la debilidad de Camila, en la irresoluta amistad de Lotario?” De esta manera se adelantó el insigne novelista inglés a contestar en Joseph Andrews la observación de que sus caracteres, por demasiado nacionales y hasta locales, sólo podrán tener un escenario reducido, y su respuesta se halla en una de las varias alusiones que hizo a Cervantes, de quien se vanaglorió en ser discípulo y de quien habla siempre con la más entusiasta de las admiraciones. Además de Don Quijote, tipo ideal, sirvió a Fielding de tipo real para hacer el retrato del cura de aldea Mr. Abraham Adams, su amigo el reverendo Mr. William Young, gran helenista y admirador de Esquilo, como Adams, y si no hubo de exagerar el pintor, también un santo sobre la tierra. Ni en este rasgo el original y la copia ingleses dejan de parecerse al modelo español, porque la santidad no faltaba a Don Quijote, según ya lo observó Sancho el bueno, testigo y partícipe de su vida ejemplar y cristiana. 

Sabemos que Joseph Andrews fue una sátira contra la Pamela, de Richardson. Este autor, que comenzó a escribir para el público después de los cincuenta años, y tuvo un éxito fulminante con sus tres voluminosas producciones (Pamela, Clarissa Harlow y Sir Charles Grandison) , fue un reformador, en un sentido, y un gran corruptor en otro. 

La reforma consistió en tomar sus asuntos y personajes de todas las clases de la sociedad, creando así la novela de carácter y análisis psicológico. Pamela es la historia de una criada que resiste heroicamente los atentados contra su honra, del hijo de sus señores, y llega a casarse con él y ser una gran dama. Pero aunque Richardson, según él decía, se inspiró en la naturaleza, introdujo a la vez en sus obras un falso sentimentalismo, que, pretendiendo llegar a lo sublime, cae en la afectación y el tedio. «Bueno es imitar la naturaleza, pero no hasta el aburrimiento», cuéntase que dijo D'Alembert después de haber intentado la lectura de Richardson, y a pesar de que, probablemente, fue en la traducción francesa del ameno abate Prévost. 

Contra tal afectación, contra el amaneramiento y los pujos de fingida moralidad de Richardson, dirigió Fielding el acero de su sátira, como Cervantes contra los libros de caballería. 

Coleridge, uno de los grandes críticos ingleses que más ha penetrado en el alma de Cervantes, sostuvo, precisamente cuando predominaba en Europa la idea de que el Quijote era un ataque a los sentimientos caballerescos, que el inmortal escritor español no combatió la caballería andante, sino las malas novelas que la pusieron en ridículo. 

Fielding, también, aun cuando fue acusado por Richardson y su grupo de bachilleras de haber querido escarnecer la virtud, sólo combatió la hipocresía. ¿Hay personajes más virtuosos y amables que los suyos? ¿Hay pintura más completa que Joseph Andrews de los vicios y carcomas de la sociedad inglesa en aquel ominoso tiempo del gobierno de Walpole, cuando la administración de justicia no existía y la iglesia anglicana daba ejemplos increíbles de corrupción y estupidez? 

Robert Walpole, Primer Ministro, objeto de las críticas de Fielding, y acérrimo enemigo del autor, a quien logró vetar como dramaturgo.

Los mismos propósitos dé Cervantes animaron a Fielding: destruir una mala literatura y trazar un cuadro de su país y de su época. El autor inglés, no obstante su realismo, ajustó su libro al del autor castellano, e hizo viajar a sus personajes por las ventas que en Inglaterra entonces recordaban bastante las de España. Pintó a Joseph Andrews resistiendo la seducción de una Maritornes rubia, de ojos derechos y menos maloliente, pero tan aficionada a los hombres como la otra, y al buen Adams, luchando con jayanes y malandrines, defendiendo la doncellez de una campesina virtuosa, remedo feliz de Dulcinea, y dando y recibiendo de continuo palos y puñadas. Hasta para haber más parecido entre los novelistas y sus obras, Fielding fue autor dramático de escasa fortuna (Don Quijote en Inglaterra es, por cierto, una de sus intentonas en el teatro), y en Joseph Andrews refiere el diálogo que tuvieron un poeta y un autor, continuación admirable del muy famoso sobre las comedias de España entre el cura y el canónigo, cuando el pobre Don Quijote volvía encantado a su aldea. 

Henry Fielding, 1707-54

Si el propósito de Fielding fue igual al de Cervantes, el efecto también lo fue. Cervantes enterró los libros de caballería; Fielding hizo reír a expensas de los de Richardson, y hoy que Richardson es sólo un nombre, Fielding tiene lectores entusiastas. Su reputación se funda, antes que en Joseph Andrews, en Tom Jones — la más famosa de sus creaciones, donde es muy perceptible aún el influjo de Cervantes — y en Amelia, novela extraordinaria de sentimiento, que cautiva por el interés y la emoción honda y constante. Sabemos que él prefería a Joseph Andrews, y aunque los autores no suelen ser sus críticos más acertados, es posible que no se equivocara. Fielding no es un vulgar imitador. Es, al contrario, uno de los talentos más originales que ha existido. 

Pero supo admirar y sorprender los secretos de un maestro, a la vez que, como el maestro, copiaba la verdad y la vida. Admirar es sentir y sentir la primera condición para crear. Todos los genios originales en el arte, han sido como él grandes admiradores. 

Diez y ocho años después de la publicación de Joseph Andrews —en 1760— salieron a luz en Londres los dos primeros volúmenes de la Vida y aventuras de Tristram Shandy, y su autor, Laurence Sterne, entró de lleno en la popularidad y la gloria. 

Laurence Sterne, 1713–1768, de Sir Joshua Reynolds

Si su libro no lo indicara claramente sabríamos por el propio Sterne que Cervantes fue uno de los autores que lo influenciaron. Su imitación es menos aparente que la de Fielding, y alternada con la de otros escritores, sobre todo franceses, y Rabelais en primera línea. Marivaux también influyó más sobre Sterne que sobre Fielding. 

La manera especialísima de Sterne, que le confiere un puesto único en la literatura, esa manera insinuante, entre dulce e irónica, que nadie ha podido imitar en ninguna lengua, y ha inmortalizado Tristram Shandy, a pesar de su falta de acción, y las páginas breves y deleitosas del Viaje sentimental, tiene de Rabelais y de Montaigne los cortes abruptos e inesperados, de Marivaux el arte de la sugestión indirecta y delicada, y de Cervantes la robusta alegría. 

Una de las páginas inmortales de Sterne en el Viaje sentimental es la dolorosa lamentación del campesino sobre su asno muerto. La escena, según afirma un testigo, fue copiada de la realidad; pero la realidad se repite, y Sterne, al pintarla, recordaría los ayes desconsolados de Sancho por la pérdida del rucio. 

Es un ejemplo extraordinario este de la influencia de Cervantes sobre Fielding y Sterne. Con excepción, tal vez, de Homero y Virgilio, ningún genio literario ha cautivado con tanta fuerza a otros de lengua distinta, y si no de su altura, muy dignos de colocarse cerca de él, como cautivó Cervantes a aquellos dos admirables novelistas. La influencia del Quijote en Francia fue notable en los siglos XVII y XVIII, pero nada produjo igual a Joseph Andrews o Tristram Shandy. Y es que así como existen entre el puritanismo inglés y el quijotismo español grandes analogías, hay entre el humorismo inglés, representado por Sterne y por Fielding, y la sátira castellana de Cervantes, un parecido enorme de fondo y forma.

«Un escritor de inclinaciones humorísticas» — dice Thackeray — “casi seguramente es de natural filantrópico, de gran sensibilidad, fácil de impresionarse por el dolor o el placer, agudo conocedor de los temperamentos de la gente que lo rodea y simpatizador de sus alegrías, de sus amores, de sus juegos y de sus lágrimas.» “El humor” —añade—, «es ingenio y amor al propio tiempo, y seguramente el mejor humor es el que contiene más humanidad, el que está sazonado con más bondad y ternura.» 

En estas palabras de uno de los insignes escritores y humoristas ingleses está la verdadera esencia del humorismo, tanto el de Sterne y Fielding en el siglo XVIIl como el del propio Thackeray y Dickens en el XIX. Ni siquiera puede exceptuarse, por lo sombrío e iracundo, el de Swift, aquel gran aborrecedor de los hombres, porque su odio surge del espectáculo de la maldad humana, y es, por consiguiente, una expresión de filantropía, no por anormal menos sincera. 

Risa y filantropía, ingenio y amor, ¿no brillan acaso, como resplandores del alma de Cervantes, en las páginas profundas y amenas, elocuentes y divertidas, llenas de ironía sutil y, a la vez, de honda compasión, de ese libro generoso que se llama el Quijote? 

Como si fuera poco presentar Inglaterra a un Fielding y a un Sterne en la lista de los discípulos de Cervantes, hay todavía otro nombre de un gran autor inglés, Tobías George Smollet, que vivió de 1721 a 1771, y que merece en este aspecto honores muy altos. Un sentimiento disculpable, por lo humano, de vanidad nacional —Smollet era escocés— ha hecho a Walter Scott ponerlo junto a Fielding y a Sterne, y aun reconocerle a veces cualidades superiores a ellos. Mas aunque Smollet haya sido bastante olvidado del público, no cabe prescindir de su nombre en el estudio histórico de la novela inglesa, ni de su reputación, tan considerable en su época, que el propio Scott creía sus obras “el imperecedero monumento levantado por su genio a su fama». 

Las Aventuras de Sir Lancelot Greaves, por Smollet, aparecieron en partes entre 1 760 y 1761, y la obra completa en 1762. El protagonista es un exaltado que, sin sufrir, como Don Quijote, alucinaciones, pero inspirándose en su amor a la justicia, se viste de armadura y sale con lanza sobre brioso corcel a arreglar el mundo. Sir Lancelot es joven y hermoso, no como el buen hidalgo de la Mancha, viejo, seco y avellanado. Otro personaje de la novela, el capitán Crowe, capitán de un buque mercante, se contagia con el héroe y adopta su misma resolución.

Smollet se adelanta a contestar a los críticos sobre la inverosimilitud y extravagancia de que en la segunda mitad del siglo XVIII se le ocurra a un hombre, que no aparece loco de remate, lanzarse en busca de aventuras con las armas antiguas de sus abuelos. “¡Cómo!» — dice en la novela un escéptico llamado Ferret, al entusiasta Sir Lancelot — “¿sale usted ahora hecho un moderno Don Quijote? La idea es harto vieja y extravagante. Lo que fue una humorística y oportuna sátira en España hace cerca de doscientos años, será una triste burla, llevada a la práctica por mera afectación, en nuestros días en Inglaterra.» 

Sir Lancelot responde con un largo discurso sobre la maldad humana. Esquiva la verdadera fuerza del argumento de Ferret y termina diciendo que «lleva las armas de sus antepasados para remediar los males que están fuera del alcance de la ley; para descubrir el fraude y la traición; abatir la insolencia; herir al orgullo; atemorizar la calumnia; deshonrar la inmodestia y estigmatizar la ingratitud.» Pero tan buenas intenciones no salvan el libro, a pesar de que hay en él excelentes pinturas de personajes y escenas reales.

Tobías George Smollett, 1721–1771. NPG

Diez años más tarde — en 1771 — publicó Smollet La expedición de Humphry Clinker, la única de sus obras que tiene lectores hoy, y en la cual se nota mucho también la influencia del Quijote. Humphry Clinker es, según Thackeray, el cuento más provocante a risa que se ha escrito en el mundo desde que se conoció el arte de la novela. 

Smollet, hombre de carácter violento y agresivo, aunque noble y caballeroso, fue rival de Fielding, y Sir Lancelot Greaves un competidor de Joseph Andrews. Pero la posteridad ha dado con justicia la palma al autor de Amelia. Los cervantistas, sin embargo, debemos a Smollet honda gratitud por su entusiasmo por nuestro ídolo.

La idea de escribir las aventuras de Sir Lancelot le ocurrió cuando hacía su traducción del Quijote, obra que dedicó a don Ricardo Wall, primer secretario de estado de Su Majestad Católica, y gran amigo suyo. Otras traducciones al inglés de la gran novela existían ya después de la de Shelton, que revisada por el capitán John Stevens, hubo de reimprimirse en 1700 y 1706. 

Peter Motteux, hugonote francés, refugiado en Inglaterra, publicó una traducción también en el primer año del siglo XVIII que, además de contener el primer boceto biográfico de Cervantes, aventaja en fidelidad a la anterior, y a la que en 1687 había dado a luz John Philips. Por último, en 1742 el pintor Charles Jarves tradujo el Quijote otra vez, superando a sus predecesores. 

El interés de los ingleses creció con tantas traducciones rivales y contribuyó a aumentarlo la admirable edición del original español hecha en Londres en 1738 por el librero Tonson, bajo los auspicios de lord Carteret y de la reina Carolina. 

Lord Carteret, como sabemos, encargó al ilustre valenciano don Gregorio Mayans y Siscar la primera biografía extensa de Cervantes, que figura al frente de la obra. 

Lord Carteret, de William Hoare. NPG 

Caroline of Brunswick. Princesa de Gales. Victoria and Albert Museum

Gregorio Mayans y Siscar

Todo esto animó a Smollet a emprender su traducción, en la seguridad (que no fue defraudada) de obtener el favor público. Así como Motteaux buscó las faltas de Shelton, Smollet fue implacable para las de Motteaux. Su tarea era relativamente fácil, porque la versión, muy exacta, de Jarves le fue indicando los errores de aquél. Smollet, en suma, puso en inglés más elegante a Jarves, aunque, según observa muy justamente Lord Woodhouselee, la traducción de Motteaux sigue siendo superior a la suya. 

El siglo XVIII fue fecundo en imitaciones inglesas de Cervantes. En 1719, Arbuthnot, el famoso médico y satírico, amigo de Swift y de Pope, publicó su Vida y Aventuras de Don Bilioso de l'Estomac, que no honran mucho ni al autor ni al modelo. Charlotte Lennox, norteamericana, hija del coronel Ramsay, gobernador de New York, y de quien dijo, por su carácter extraño, Mrs. Thrale, la amiga de Samuel Johnson, “que todo el mundo la admiraba y nadie la quería», publicó en 1752 El Quijote Femenino (The female Quixote), que mereció los elogios del propio Johnson y los más entusiastas de Fielding, alcanzando también en el público boga tan grande como inmerecida. No más digno de elogios es El Quijote espiritual (The spiritual Quixote), por Richard Graves, de 1773.

¡Lástima que Coleridge se equivocara al decir que Robinson Crusoe se inspiró en Los trabajos de Persiles y Sigismunda, ya traducidos al inglés cien años antes de la aparición de la novela de Defoe, por Mathew Lownes, en 1619! Pero si no podemos colocar el gran nombre de Daniel Defoe en esta larga lista cervantina, otra gloria, más humilde, sin duda, pero más útil para los admiradores de Cervantes, corresponde a los ingleses en la última década de aquel siglo. 

Fue, efectivamente, en 1781 cuando apareció en Londres el primer comentario del Quijote, escrito en lengua castellana por el reverendo John Bowle. En este libro curioso y admirable, que inaugura un género representado gloriosamente en España por don Diego Clemencín, en el siglo XIX, y en nuestros días por el sabio director de la Biblioteca Nacional y maestro de cervantistas don Francisco Rodríguez Marín, Bowle demostró haber leído todos los libros de caballería que menciona Cervantes y otros que olvidó o no hubo de conocer. El profundo comentador señaló al propio tiempo los prosistas y poetas del siglo XVI, españoles e italianos, que influyeron en Cervantes, y con maestría asombrosa en un extranjero, las bellezas literarias del Quijote, y hasta muchas de sus peculiaridades lingüísticas. 
Historia del Famoso Cavallero Don Quixote de la Mancha
Edition by Rev. John Bowle. London 1781

Lo asombroso es que Bowle aprendió el español en Inglaterra, sin haber venido nunca a España ni haber estado en país alguno donde se hablara nuestro idioma. El castellano tiene, como el francés, dificultades casi insuperables para un extranjero, y el comentario de Bowle se resiente, como es natural, de no pocos barbarismos y frases extrañas. Pero es, con todo, un trabajo notable por la erudición y la crítica, una mina que explotaron después otros comentadores, Pellicer y Bastús principalmente, y que ha sobrevivido a las censuras apasionadas de algunos contemporáneos. La lista de los suscriptores al libro de Bowle (éste era un modesto vicario en Idmiston, y tuvo que hacerse de la protección de los aficionados a las buenas letras para realizar su magno empeño) comprende los nombres más ilustres de Inglaterra y prueba la general admiración del país por la novela sublime. 

Mi objeto no es enumerar los estudios y opiniones sobre Cervantes de los críticos y grandes escritores ingleses: sólo he querido señalar la influencia extraordinaria del autor español en una de las más ricas y originales, si no la más original y rica de las literaturas europeas. Pero séame permitido observar que en Inglaterra se han escrito tantas o más biografías de Cervantes como en España, y que la mejor y más completa hasta hoy es la que con el modesto título de “Memoria” publicó Fitzmaurice-Kelly en 1914, y espera todavía traductor castellano. 

Con muy justificada satisfacción ha dicho este eminente hispanista que su patria fue la primera en traducir el Quijote, la primera en publicarlo en español lujosamente, la primera en publicar una biografía de Cervantes, la primera en hacer el comentario de su libro y la primera en publicar una edición crítica de su texto, la de 1899. 

Memoria. J. Fitzmaurice Kelly

El Quijote, cabe añadir, ha inspirado la mayor admiración a los ingleses más ilustres por la inteligencia, desde Byron, para quien leerlo en castellano era un placer ante el cual todos los demás se desvanecen, hasta Macaulay, que sintetizó en una frase el juicio de la humanidad, diciendo que «fuera de toda comparación, es la mejor novela que se ha hecho en el mundo». 

Mucha honra ha ganado España como patria de Cervantes, y muy legítimo es nuestro orgullo — el de españoles y descendientes de españoles — en pertenecer a su misma raza y hablar el idioma, rico y sonoro, en que él eternizó sus pensamientos. Inglaterra, aunque Shakespeare bastaba para su gloria, ha querido también tener la nuestra. Nosotros debemos agradecer su deseo, y confesar que merece el lauro, ganado por tantos ilustres ingleses admiradores y discípulos del autor del Quijote. Es muy frecuente en nuestros días oír hablar de pueblos envidiosos y de pueblos envidiados; pero si a la emulación podemos llamar envidia, ésta, que ha sido tan fecunda para el arte, eleva a ambas naciones. Como el propio Cervantes dijo, es, de las dos envidias que hay, «la santa, la noble y la bien intencionada» . 
* * *

lunes, 30 de marzo de 2015

Lepanto en el recuerdo de Cervantes


Retrato atribuido a Juan de Jáuregui, cuyo modelo se ha identificado con Cervantes

Han pasado más de cuarenta años desde que se produjo la batalla de Lepanto. En 1613 Miguel de Cervantes publica las Novelas Ejemplares y su Segunda parte de Don Quijote está casi terminada, cuando, alguien que lo sabe, se adelanta a la impaciencia de los lectores y al trabajo de diez años, haciendo publicar, en 1614, el que llamaremos Quijote de Avellaneda. 

Quienquiera que lo escribió, sabía que sólo el nombre del popular personaje era suficiente para que el libro obtuviera un éxito absoluto. Mucha gente no vio más que el título, sin percatarse de que el autor no era el mismo de la ya celebérrima Primera Parte y eso era exactamente lo que pretendía aquel desconocido que no osa parecer a campo abierto y al cielo claro, encubriendo su nombre, fingiendo su patria, como si hubiera hecho alguna traición de lesa majestad.

¿Qué había pasado? ¿Qué había hecho Cervantes para merecer semejante venganza? –porque, al Quijote de Avellaneda no se le puede calificar de otra manera–.

Pues bien, parece que todo venía ya desde 1605, cuando apareció la Primera Parte del Ingenioso Hidalgo, con un prólogo, cuyas consecuencias, asegura Cervantes, le quitaron las ganas de hacer otro para sus Novelas.

Quisiera yo, excusarme de escribir este prólogo, porque no me fue tan bien con el que puse en mi Don Quijote, que quedase con gana de segundar con éste. Desto tiene la culpa algún amigo, el cual bien pudiera, como es uso y costumbre, grabarme y esculpirme en la primera hoja deste libro, pues le diera mi retrato el famoso don Juan de Jáuregui, y con esto quedara mi ambición satisfecha, y el deseo de algunos que querrían saber qué rostro y talle tiene quien se atreve a salir con tantas invenciones en la plaza del mundo, a los ojos de las gentes, poniendo debajo del retrato:

Éste que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo, ni grande, ni pequeño. Este digo que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha, y del que hizo el Viaje del Parnaso, y otras obras que andan por ahí descarriadas y, quizá, sin el nombre de su dueño. Llámase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra. Fue soldado muchos años, y cinco y medio cautivo, donde aprendió a tener paciencia en las adversidades.


Perdió en la batalla naval de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo, herida que, aunque parece fea, él la tiene por hermosa, por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros, militando debajo de las vencedoras banderas del hijo del rayo de la guerra, Carlo Quinto, de felice memoria.

En fin, pues ya esta ocasión se pasó, y yo he quedado en blanco y sin figura, será forzoso valerme por mi pico, que, aunque tartamudo, no lo será para decir verdades.

Mi edad no está ya para burlarse con la otra vida, que al cincuenta y cinco de los años gano por nueve más y por la mano.

Madrid, a catorce de julio de mil y seiscientos y trece.
Prólogo de las Novelas Ejemplares

Estamos en 1615; 44 años ya desde Lepanto. Acaba de publicarse la II Parte del Ingenioso Caballero Don Quijote de la Mancha, por Miguel de Cervantes.

En 1615 Don Quijote ya no es Hidalgo, sino Caballero

Durante el tiempo transcurrido entre la publicación de la primera parte –la correspondiente al Hidalgo, en 1605– y la presente, de 1615, un autor o varios, nunca bien identificados: –se ha hablado de Pedro Liñán de Riaza, con la colaboración de Baltasar Elisio de Medinilla y Lope de Vega; de los hermanos Argensola; de Jerónimo de Pasamonte o de Cristóbal Suárez de Figueroa, firmando como Alonso Fernández de Avellaneda–, y aprovechando el renombre de la obra y su personaje –mucho más populares que el propio autor, es decir, Cervantes– escribieron e hicieron publicar una segunda parte fraudulenta del Quijote, con el exclusivo objeto de adelantarse a la verdadera segunda parte, de mano de Cervantes, que estaba a punto de aparecer, y frustrar en lo posible su éxito, su venta y, quizás, el trabajo de diez años –nada fáciles, por cierto–, del genial creador del personaje en cuestión.

En el prólogo del falso Quijote, el falso Alonso Fernández de Avellaneda, lanzaba toda su artillería contra Cervantes:

–Que es Agresor de sus lectores 
-Que sus Novelas [Ejemplares, son] más satíricas que ejemplares. 
-[Que Cervantes escribió] con la copia de fieles relaciones que a su mano llegaron; y digo mano, pues confiesa de sí que tiene sola una.
-Que, como soldado tan viejo en años cuanto mozo en bríos, tiene más lengua que manos. 
-Quéjese de mi trabajo por la ganancia que le quito de su segunda parte, 
-Que, tenemos ambos un fin, que es desterrar la perniciosa lición de los vanos libros de caballerías, si bien en los medios diferenciamos, pues él tomó por tales el ofender a mí, y particularmente a quien tan justamente celebran las naciones más extranjeras y la nuestra debe tanto, por haber entretenido honestísima y fecundamente tantos años los teatros de España con estupendas e innumerables comedias, con el rigor del arte que pide el mundo y con la seguridad y limpieza que de un ministro del Santo Oficio se debe esperar.
-Que Miguel de Cervantes es ya de viejo como el castillo de San Cervantes, y por los años tan mal contentadizo, que todo y todos le enfadan, y por ello está tan falto de amigos.
-[Que se contente] con su Galatea y comedias en prosa, que eso son las más de sus novelas: no nos canse.
-Que disculpan los hierros de su primera parte, el haberse escrito entre los de una cárcel.
-Que tengo opuesto humor al suyo; y en materia de opiniones en cosas de historia.

Cervantes contestó a todo en el Prólogo de la II Parte de su Don Quijote, subrayando, sobre todo, el valor de su participación en la Batalla de Lepanto.

…Debes de estar esperando ahora, lector, este prólogo, creyendo hallar en él venganzas, riñas y vituperios del autor del segundo Don Quijote. Pues en verdad que no te he de dar este contento. Castíguele su pecado.

Lo que no he podido dejar de sentir es que me note de viejo y de manco, como si hubiera sido en mi mano haber detenido el tiempo, o si mi manquedad hubiera nacido en alguna taberna, sino en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros. Si mis heridas no resplandecen en los ojos de quien las mira, son estimadas a lo menos en la estimación de los que saben dónde se cobraron. Si ahora me propusieran y facilitaran un imposible, quisiera antes haberme hallado en aquella facción prodigiosa que sano ahora de mis heridas sin haberme hallado en ella. 

Y hase de advertir que no se escribe con las canas, sino con el entendimiento, el cual suele mejorarse con los años.

He sentido también que me llame envidioso.

No tengo yo de perseguir a ningún sacerdote, y más si tiene por añadidura ser familiar del Santo Oficio; y si él lo dijo por quien parece que lo dijo, engañóse de todo en todo, que del tal adoro el ingenio, admiro las obras y la ocupación continua y virtuosa. 

Pero en efecto le agradezco a este señor autor el decir que mis novelas son más satíricas que ejemplares, pero que son buenas.

Se pueden añadir al texto de Cervantes dos aclaraciones que parecen pertinentes. La primera se refiere a su comentario: No tengo yo de perseguir a ningún sacerdote, y más si tiene por añadidura ser familiar del Santo Oficio; y si él lo dijo por quien parece que lo dijo, engañóse de todo en todo, que del tal adoro el ingenio, admiro las obras y la ocupación continua y virtuosa. 

Buena parte de la crítica se decanta por la conclusión de que la persona a la que se refiere, es Lope de Vega, en quien se cumplen las alusiones: -Sacerdote, que lo fue desde 1614 y Familiar del Santo Oficio, que lo fue, al parecer, a partir de 1608. 

En cuanto a la frase –admiro sus obras-, Cervantes lo había dicho públicamente más de una vez, y respecto a la referencia a una ocupación continua y virtuosa, no parece haber duda con respecto a la posibilidad de que se refiera –irónicamente, claro está–, a la vida amorosa del aludido, que fue públicamente todo lo contrario de virtuosa, relacionándose preferentemente con mujeres casadas, y manteniendo aquellas relaciones después de ser ordenado.

La realidad es que se trataba de personajes con muy diferentes características, tanto, que más bien podría decirse, opuestas, y que tenían concepciones de la vida y de la sociedad, tan diferentes, que se situaban en los antípodas. Por algo escribiría Avellaneda: -Tengo opuesto humor al suyo; y en materia de opiniones en cosas de historia. Recordemos que el concepto de opinión, en la época, más bien debe entenderse como ideología, que en este caso, distanciaba a ambos autores en su concepción o su forma de entender la Historia.

Pues bien, lo que había dicho Cervantes en el Prólogo de la Primera Parte del Quijote, que tanto ofendió al denominado Avellaneda, llevándole a escribir un libro sólo para vengarse, fue lo que sigue:

Había dado a entender claramente, –nada más y nada menos- que los sonetos laudatorios que Lope de Vega –sin citarlo por su nombre–, incluyó en su obra, asegurando que procedían de famosos personajes, los había escrito él mismo; un ataque a su reconocida soberbia que Lope nunca perdonó.

Mi historia -dijo Cervantes-: quisiera dártela monda y desnuda, sin el ornato de prólogo, ni de la innumerabilidad y catálogo de los acostumbrados sonetos, epigramas y elogios que al principio de los libros suelen ponerse… sin acotaciones en las márgenes y sin anotaciones en el fin del libro, como veo que están otros libros, tan llenos de sentencias de Aristóteles, de Platón y de toda la caterva de filósofos, que admiran a los leyentes.

Al oír esto, un amigo al que Cervantes plantea sus dudas, le dice:

—Lo primero en que reparáis de los sonetos, epigramas o elogios que os faltan para el principio, y que sean de personajes graves y de título, se puede remediar en que vos mismo toméis algún trabajo en hacerlos, y después los podéis bautizar y poner el nombre que quisiéredes.

Sin embargo, aunque la lucha entre ambos escritores es del mayor interés, lo que nos importa en este caso, es, que Cervantes destaque en su defensa, sobre cualquier otra característica o cualidad, el hecho de haber participado en la batalla de Lepanto– en la que efectivamente, recibió heridas de arcabuz, que terminaron con la movilidad de su brazo o mano izquierda.

***
Del Interrogatorio presentado por Rodrigo, padre de Cervantes, en Madrid a 17 de Marzo de 1578, ante el alcalde de casa y corte.

Mateo de Santisteban, alférez de la compañía del capitán Alonso de Carlos, en este año de setenta e ocho, responde en 20 de Marzo de aquel año, a la cuarta pregunta del interrogatorio: 

–Sabe y es verdad, que cuando se reconoció el armada del turco, en la dicha batalla naval, el dicho Miguel de Cervantes estaba malo y con calentura, y el dicho su capitán y este testigo e otros muchos amigos suyos le dijeron que pues estaba enfermo y con calentura, que se estuviese quedo, abajo en la cámara de la galera, y el dicho Miguel de Cervantes respondió, que qué dirían dél, y que no hacia lo que debía, y que más quería morir peleando por Dios e por su Rey, que no meterse bajo cubierta… e así vio este testigo que peleó como valiente soldado, con los dichos turcos en la dicha batalla en el lugar del esquife, como su capitán lo mandó y le dio orden con otros soldados...

En su día se publicaron diferentes Relaciones del gran Suceso de Lepanto –sin faltar hinchazón, falsedad, ripio ni cascote –como reza la crítica de Astrana Marín–, pero en ninguna de ellas quedó reflejada la participación de Cervantes, como quedarían anónimas otras tantas hazañas individuales, durante el transcurso de la trascendente batalla naval.


Incluso –sigue reclamando Astrana–, un envidioso, se alegraba criminal y estólidamente de que Cervantes hubieses mancado en Corfú..; mas Lope de Vega -y tiene el gran valor de provenir de él-, entre los desdenes y frialdades de que le hizo blanco, al fin; con ánimo generoso, inmortalizó la gloria y las heridas de Cervantes en estos versos de su Laurel de Apolo:

            …la fortuna envidiosa
            hirió la mano de Miguel Cervantes;
            pero su ingenio, en versos de diamantes,
            los del plomo volvió con tanta gloria,
            que por dulces, sonoros y elegantes,
            dieron eternidad a su memoria,
            porque se diga que una mano herida
            pudo dar a su dueña eterna vida.
***

En primer lugar, conviene resaltar el hecho de que la batalla se produjo en un espacio muy pequeño, en el que se enfrentaron tan enorme número de naves, que al final, el enfrentamiento, se convirtió casi en una lucha cuerpo a cuerpo.

Murallas del puerto de Lepanto

Jamás se vio batalla más confusa; trabadas de galeras una por una y dos o tres, como les tocaba... El aspecto era terrible por los gritos de los turcos, por los tiros, fuego, humo; por los lamentos de los que morían. Espantosa era la confusión, el temor, la esperanza, el furor, la porfía, tesón, coraje, rabia, furia; el lastimoso morir de los amigos, animar, herir, prender, quemar, echar al agua las cabezas, brazos, piernas, cuerpos, hombres miserables, parte sin ánima, parte que exhalaban el espíritu, parte gravemente heridos, rematándolos con tiros los cristianos. A otros que nadando se arrimaban a las galeras para salvar la vida a costa de su libertad, y aferrando los remos, timones, cabos, con lastimosas voces pedían misericordia, de la furia de la victoria arrebatados les cortaban las manos sin piedad, sino pocos en quien tuvo fuerza la codicia, que salvó algunos turcos.
Luis Cabrera de Córdoba

Digamos, como resumen, que la victoria de la Liga Santa contra la flota turca, resultó con las siguientes cifras:

La Liga perdió 14 galeras/galeones, frente a 180 naves turcas.
Perdió 7.000 hombres, frente a unos 25 ó 30.000 turcos.
Fueron liberados 14.000 galeotes cristianos, y tomados 10.000 prisioneros.

Cervantes, por su parte, recuerda y valora la hazaña que dio un giro radical a su existencia, en palabras de don Quijote. 

Veamos si le iguala o hace ventaja el de embestirse dos galeras por las proas en mitad del mar espacioso, las cuales, enclavijadas y trabadas, no le queda al soldado más espacio del que concede dos pies de tabla del espolón; y con todo esto, viendo que tiene delante de sí tantos ministros de la muerte, que le amenazan, cuantos cañones de artillería se asestan de la parte contraria, que no distan de su cuerpo una lanza, y viendo que al primer descuido de los pies iría a visitar los profundos senos de Neptuno, y, con todo esto, con intrépido corazón, llevado de la honra que le incita, se pone a ser blanco de tanta arcabucería, y procura pasar por tan estrecho paso al bajel contrario; y lo que más es de admirar: que apenas uno ha caído donde no se podrá levantar hasta la fin del mundo, cuando otro ocupa su mismo lugar; y si éste también cae en el mar, que como a enemigo le aguarda, otro y otro le sucede, sin dar tiempo, al tiempo de sus muertes valentía y atrevimiento el mayor que se puede hallar en todos los trances de la guerra.


La victoria fue absoluta, y, aunque a largo plazo no constituyó una gran ventaja estratégica, sí supuso un enorme victoria moral, ya que, como declaró nuestro escritor: se desengañó el mundo, y todas las naciones, del error en que estaban, creyendo que los turcos eran invencibles por la mar; en aquel día, digo, donde quedó el orgullo y soberbia otomana quebrantada. 

Su declaración constituye un recordatorio del hecho, cuyo conocimiento, él mismo inmortalizó en su obra, de forma más imborrable, quizás, que un tratado de historia naval.

De esta batalla procede, sin duda, la gran admiración que Cervantes profesó a don Juan de Austria, quien, al parecer, acudió a visitarlo en el hospital, donde tardó tres meses en curar aquellas heridas de las que se mostraba tan justificadamente orgulloso.

No puede sorprender entonces, que se sintiera ofendido por el intento de menosprecio de Lope de Vega, quien, entre otras cosas, refiriéndose a esta Batalla, a la que Cervantes siempre se refiere como La Naval, escribió que se había producido en Corfú; una confusión –voluntaria o no-, que no puede sino causar asombro en el lector.
***

Don Juan de Austria. Pantoja de la Cruz. Museo del Prado

Nota manuscrita de Don Juan de Austria anunciando la Victoria en Lepanto a Felipe II. Petela, 10 de Octubre de 1571

            Viaje del Parnaso:

            tuve, aunque humilde, parte en la vitoria.
            … … …
            Que, en fin, has respondido a ser soldado
            antiguo y valeroso, cual lo muestra
            la mano de que estás estropeado.
            Bien sé que en la naval dura palestra
            perdiste el movimiento de la mano
            izquierda, para gloria de la diestra.

Por supuesto, el hecho de haber participado en la Batalla Naval, constituía un importante apartado en su Hoja de Servicios, como lo reflejaba el Memorial dirigido a Felipe II en 1590, solicitando un empleo en Indias; particularmente en la Batalla Naval, donde le dieron muchas heridas, de las cuales perdió una mano de un arcabuzazo. Heridas, recordemos, que no merecieron más respuesta que la de: Busque por acá en que se le haga merced.

Álvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz.

***
   
Esa noche -afirma el cronista Cabrera de Córdoba-, lloraba el venerable viejo Sebastián Veniero por el alegría y triunfo de todos. Curaron los heridos, descansaron los trabajados, gozaron libertad los esclavos cristianos, quedaron en cadena los turcos: que la fortuna en la guerra tanto puede.

Al día siguiente, 8 de Octubre, don Juan, visitó los heridos, a los que se dirigió personalmente, uno tras otro. Dice Cervantes que, emocionado ante su presencia, no echó de ver si estaba herido. Don Juan mandó que se le mejorase la paga.

Por otra parte, tras la batalla, no hubo más que desacuerdos entre los aliados, que borraron del horizonte la posibilidad de mantener un frente común.

Ninguna vitoria mayor –escribió en este sentido, Cabrera de Córdoba-, más ilustre y clara, abriéndoles camino para una gran fortuna; ninguna más infructuosa, por el mal uso della: así lo entendieron los más expertos de valor y consejo y práctica en los Estados del Turco. Veniero, por repararse y entrar con triunfo en Venecia; el Colona, en Roma; don Juan, por obediente a su hermano y gozar de la gloria en Nápoles, donde deseaba y procuraba aficionadamente pagar bien a las damas su amor, inutilizaron su trabajo. 

Tras las celebraciones, se procedió a trasladar a los heridos a tierra; a Mesina, en concreto, donde se había preparado un hospital, al que llegó Cervantes, cuya recuperación, parece que fue larga. Allí acudió don Juan a visitar a los heridos con relativa frecuencia, encargando su cuidado al médico personal de la Corte de Felipe II. Después recibió órdenes de permanecer en Sicilia, procediendo a alojar a sus tropas entre aquella ciudad y Nápoles.

La pérdida de la movilidad de la mano izquierda por parte del escritor, supuso, sin duda, el final de su posible carrera militar, lo que, con el tiempo, le obligó a encontrar una salida en otros puestos de la Administración del Reino.

Hacia mediados de Abril de 1572, Cervantes abandonaba el hospital de Mesina, aunque posiblemente, no curado del todo, en opinión de Astrana Marín, quien considera que dos años después, cuando se hallaba en la toma de Túnez, aún no estaba completamente sano. Fue entonces destinado al Tercio de Lope de Figueroa, Compañía de Manuel Ponce de León, donde continuaba a principios de 1573.

Don Luis de Requeséns, comendador mayor de Castilla.

Escribía don Juan al Rey en 11 de Noviembre: A mi parescer fuera muy necesario reformar un buen número de capitanes que tienen poca gente y enviarlos a esos reinos a levantar la que de nuevo se ha de hacer; pero el quitarles las compañías tras haber vencido una batalla tan importante, sería darles justa causa de se desdeñar, y a enviarlos a España sin licencia y orden de V. M. no me atrevo, porque no sé cómo se tomará.

El duque de Sessa –que después sería protector de Cervantes-, fue nombrado lugarteniente de don Juan, que proponía una y otra vez, organizar una nueva campaña, a lo que Felipe II se negaba con la misma frecuencia, ordenándole que permaneciera en Mesina, donde asimismo se quedó Cervantes durante los meses de Mayo y Junio... Al año siguiente -de Lepanto- fue a Navarino, y después a Túnez y a la Goleta. 

Halléme el segundo año, que fue el de setenta y dos, en Navarino. Vi y noté la ocasión que allí se perdió de no coger en el puerto toda el armada turquesca; porque todos los leventes y genízaros que en ella venían tuvieron por cierto que les habían de embestir dentro del mismo puerto, y tenían a punto su ropa y pasamaques, que son sus zapatos, para huirse luego por tierra, sin esperar ser combatidos: tanto era el miedo que habían cobrado a nuestra armada. Pero el cielo lo ordenó de otra manera, no por culpa ni descuido del general que a los nuestros regía, sino por los pecados de la cristiandad, y porque quiere y permite Dios que tengamos siempre verdugos que nos castiguen. 
El Cautivo de El Quijote.

Pío V. El Greco

Estas palabras de Cervantes concuerdan con las del Cronista Cabrera de Córdoba, en su tan citada Historia de Felipe II: Si cuando se presentaron a la boca del puerto ejecutaran esto, fuera fácil el efecto; porque los turcos, medrosos, estaban ahorrados aun de zapatos para saltar en tierra. 
   
Don Juan partió para Zante el 7 de Octubre de 1572, aniversario de la victoria de Lepanto y a esta acción parece haber asistido personalmente Cervantes: En este viaje se tomó la galera que se llamaba La Presa, de quien era capitán un hijo de aquel famoso cosario Barbarroja. Tomóla la capitana de Nápoles, llamada La Loba, regida por aquel rayo de la guerra, por el padre de los soldados, por aquel venturoso y jamás vencido capitán don Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz. Y no quiero dejar de decir lo que sucedió en la presa de La Presa. Era tan cruel el hijo de Barbarroja y trataba tan mal a sus cautivos, que así como los que venían al remo vieron que la galera Loba les iba entrando, y que los alcanzaba, soltaron todos a un tiempo los remos y asieron de su capitán, que estaba sobre el estanterol gritando que bogasen aprisa; y pasándole de banco en banco, de popa a proa, le dieron bocados, que, a poco más que pasó del árbol, ya había pasado su ánima al infierno: tal era, como he dicho, la crueldad con que los trataba y el odio que ellos le tenían.

Marco Antonio Colonna. Pulzone. Gal. Colonna, Roma

En 29 de Octubre se separaban las escuadras de la Liga para siempre. Los venecianos invernaron en Corfú, Colonna en Civitavecchia y don Juan volvió a Mesina, a principios de Noviembre, desde donde se embarcó a Nápoles, cumpliendo órdenes de Felipe II. 

Cervantes y su hermano Rodrigo, pasaron desde Mesina a Nápoles; el 11 de Febrero de 1573, se ordenó a los oficiales de la armada que libren a Miguel de Cervantes, soldado de la compañía de don Manuel Ponce de León, diez escudos a buena cuenta de lo que se le debe. 

Don Juan reclamaba fondos con insistencia, especialmente para pagar a las tropas, pero no recibía nada y tampoco contaba con el apoyo del cardenal Granvela, que no parecía compartir la necesidad y urgencia de tales necesidades. A pesar de que se suele insistir en el hecho de que ambos se habían entregado a trabajos amorosos, don Juan, de acuerdo con su correspondencia, nunca ignoró las necesidades de sus tropas, pero el hecho es que el tiempo fue pasando y, entre tanto, Venecia, en pro de la solución de sus propios intereses, firmó un acuerdo con el Turco el día 7 de marzo. Inmediatamente, don Juan mandó arriar el estandarte de la Liga en su nave. La Liga se daba por terminada y Cervantes quedaba sin obligaciones dentro de su guarnición.

Felipe II, con Antonio Pérez, aprobó, finalmente, la idea de don Juan de conquistar Túnez; si bien negándose, en caso de éxito, a entregarlo como reino a don Juan, tal como había solicitado el pontífice, sino para devolverlo a Muley Hamet, destronado por su hermano Muley Hamida, en opinión de Cervantes, el moro más cruel y más valiente que tuvo el mundo, ya que se había sublevado contra su padre, Muley Haascén, a quien sacó los ojos.

En todo caso, Felipe II mandó a don Juan marchar contra Túnez; en caso de victoria, debía entregar el trono a Muley Hamet y, por último, le ordenó que destruyera las fortalezas de la plaza y desmantelara La Goleta.

Por la misma época, y por razones que desconocemos –aunque posiblemente Antonio Pérez tuvo que ver en ello-, Felipe II ordenó, inesperadamente, la retirada del secretario de don Juan, Juan de Soto -al que consideraba inductor de las reclamaciones de su hermano-, poniendo en su lugar a don Juan de Escobedo. Transcurría así el verano de 1572.

En la expedición iba el tercio de Lope de Figueroa; y en la compañía de Manuel Ponce de León, iba Cervantes, aún no del todo restablecido:

            Y al reino tan antiguo y celebrado,
            a do la hermosa Dido fue rendida
            al querer del troyana desterrado,
            también, vertiendo sangre aún la herida
            mayor, con otras dos, quise hallarme,
            por ver ir la morisma de vencida. 
            ¡Dios sabe si quisiera allí quedarme
            con los que allí quedaron esforzados,
            y perderme con ellos o ganarme!
            Pero mis cortos, implacables hados,
            en tan honrosa empresa no quisieron
            que acabase la vida y los cuidados. 

De la Epístola a Mateo Vázquez

El 7 de Octubre, 1583 dos años después de la Naval, la flota salía de Mazzara rumbo al Sudoeste, camino de África. Al anochecer del día 8 avistaban La Goleta – La Goulette. El duque de Sessa llegó el día siguiente.


Sin saber que Túnez se había rendido ante la noticia de su llegada, don Juan desembarcó a la tropa, artillería y municiones, y dispuso el asalto. Había sacado de La Goleta dos mil quinientos veteranos de Alonso Pimentel –que hacían temblar la tierra con sus mosquetes-, según Cabrera de Córdoba, los cuales, puestos en la vanguardia al mando del marqués de Santa Cruz, emprendieron la marcha al amanecer el día 10 hacia Túnez, avanzando por la costa, mientras don Juan se desplegaba en los campos de olivos. Cuando Santa Cruz llegó a la Alcazaba, le estaban esperando, con el alcaide al frente, para ofrecerle las llaves. 

Don Juan, que ya había ordenado la artillería y tomado posiciones, al conocer la rendición, salió a caballo con algunos oficiales y el grueso de las fuerzas para reunirse con Santa Cruz y tomar posesión de la Alcazaba. Una vez que le fueron entregadas las llaves, se las regaló a Santa Cruz, cuyos sucesores las conservaron siempre.

Pero lo que hallaron fue una imagen penosa: allí sólo había ancianos, mujeres y niños. Entró Don Juan, recibió la obediencia, y los soldados entraron a saquear, según costumbre entonces, durante algunas horas; pero con orden expresa, bajo pena de muerte, de no atentar contra las vidas. Encontraron mucha pólvora, cañones, trigo, cebada, aceite, miel y manteca. 

Don Juan, ignorando la orden del rey de desmantelar aquellos fuertes, decisión que compartían el duque de Sessa y Marcelo Doria; decidió construir un fuerte junto al Estaño o Estanque, el célebre puerto de Cartago. Parece que el recuerdo o la idea de emular a su padre, pesó más en su decisión que las órdenes recibidas.

Tras entregar el reino a Muley Hamet, quiso don Juan ocupar Bizerta, para asegurar Túnez. Después dejó el castillo en manos de don Juan de Ávila, con trescientos soldados españoles. Parece que Cervantes tenía intención de permanecer en Túnez, pero su Compañía no fue designada, una decisión que, sin duda, salvó su vida. El tercio de Lope de Figueroa fue llevado a invernar en la isla de Cerdeña, y allí tuvo Cervantes una estancia de seis meses de recreo.

A primeros de Mayo Cervantes estaba en Génova: 

Dice Cervantes, por medio de Tomás Rodaja, en El Licenciado Vidriera, refiriéndose a la ciudad de Génova: 

Allí conocieron la suavidad del Treviano, el valor del Montefrascón, la fuerza del Asperino, la generosidad de los dos griegos Candia y Soma; la grandeza del de las Cinco Viñas, la dulzura y apacibilidad de la señora Guarnacha, la rusticidad de la Chéntola, sin que entre todos estos señores osase parecer la bajeza del Romanesco. Y habiendo hecho el huésped la reseña de tantos y tan diferente vinos, se ofreció de hacer parecer allí, sin usar de tropelía, ni como pintados en mapa, sino real y verdaderamente, a Madrigal, Coca, Alaejos, y a la Imperial más que Real Ciudad, recámara del dios de la Risa; ofreció a Esquivias, a Alanís, a Cazalla, Guadalcanal y la Membrilla, sin que se le olvidase de Ribadavia y de Descargamaría. Finalmente, más vinos nombró el huésped, y más les dio que pudo tener en sus bodegas el mismo Baco. Admiráronle también al buen Tomás los rubios cabellos de las genovesas y la gentileza y gallarda disposición de los hombres, la admirable belleza de la ciudad, que en aquellas peñas parece que tiene las casas engastadas, como diamantes en oro. 

Vista de la ciudad de Génova.

(Por su enorme curiosidad e interés, alterno imágenes actuales, u obras maestras de la pintura, con las ilustraciones en blanco y negro de la obra de Astrana Marín).


El tiempo parecía haberse detenido a juzgar por la falta de directrices procedentes de la Corte de Madrid. En Génova, por ejemplo, no pasaba nada. 

Escribiendo a don García de Toledo, el 16 de Mayo, le decía don Juan: Yo llegué a este lugar a los 8 del presente. He hallado las cosas de por acá quietas, y de Francia no hay más de lo que vuestra merced verá por los traslados que van con ésta. Yo, señor, soy tan aficionado a las cosas de mi cargo, que holgara harto más andar trabajando en la mar que no estar aquí, no teniendo que hacer más de lo que agora, y creo que no fuera tiempo malgastado, según veo que se va muy flojamente en la preparación de la armada, y lo que convendría que se pusiese en muy buena orden para poner freno a los enemigos: no ha quedado por acordar con tiempo; y aunque yo he cumplido con esto, no basta para dejar de darme infinita pena los inconvenientes que de no haberse hecho podrían suceder. El parecer de vuestra merced sobre lo de Túnez espero con mucho deseo. 

Al mismo tiempo, llegaron noticias de que los otomanos preparaban una gran flota para atacar La Goleta y Túnez. Ante la falta de eco a sus peticiones de socorros, don Juan ordenó a Juan de Cardona que saliese para Túnez y auxiliase a La Goleta. Llegó Cardona a Túnez junto con Bernardino de Velasco, procedente de Nápoles, y hallaron las murallas sin altura, sin parapetos y sin baluartes.

A primero de Julio el cardenal Granvela notificaba a Cerbellón que la armada turca se dirigía desde Constantinopla a aquellas plazas y que defendiese La Goleta.

El puerto de Génova.


Pedro Portocarrero, encerrado en La Goleta, avisó inmediatamente a don Juan de la llegada de los turcos, pidiéndole auxilio urgente. 

Escribió don Juan al duque de Sessa para que pidiese al Cardenal el inmediato envío de gente de socorro, pero este le contestó que eran muchas sus obligaciones en Nápoles y que no podía dividir sus fuerzas; la causa principal, dice Cabrera de Córdoba, era el poco gusto que tenía en acudir a don Juan, envidioso de sus favores de Marte y Venus, y como extranjero, y que sus hermanos conjuraron en la rebelión de Flandes, y termina: No gobiernan bien los eclesiásticos donde hay gente de guerra, de cuyo conocimiento los hace ignorantes el estado.

El 3 de agosto, de nuevo escribía don Juan desde Génova al cardenal Granvela: Por poco soldado tuve siempre a don Pedro Puertocarrero, y así lo he escrito a su Md. más de una vez; pero no pensé jamás que llegara a tal punto esta tacha, para un Alcaide de fuerza tan importante, que dejara tan presto y tan fácilmente avecinar así al enemigo, encerrándose entre sus murallas, y de quien empieza tan encogidamente no sé qué debamos prometernos.

Y el día 7 de Agosto, aún sin fondos, se embarcaba don Juan en La Spezia, con la infantería de García de Mendoza y el Tercio de Lope de Figueroa, del que formaba parte Cervantes.

Giovanni Andrea Doria con il cane Roldano

Inmediatamente se presentó en Nápoles y Palermo para reunir las galeras del Rey y acudir a La Goleta. Cuando llegaron el marqués de Santa Cruz y Marcelo Doria, se pusieron en marcha, pero un furioso temporal los devolvió a Palermo. Otras tormentas les cerraron el paso una segunda vez. Salieron otras cuatro galeras con el intento de introducir en La Goleta algún socorro, pero las borrascas las devolvieron igualmente a Cerdeña, desapareciendo durante dieciocho días.

Finalmente, todo esfuerzo resultó inútil, cuando el 23 de Agosto caía La Goleta, después de una resistencia heroica, en que murió mucha gente. 

Don Juan de Austria, que se aproximaba, también tuvo que refugiarse en Trápani a causa del temporal. Cuando por fin se puso de nuevo en marcha, el 29 de Septiembre, recibía de una nave francesa medio destruida, la terrible noticia del desastre, del que sólo salieron cincuenta hombres vivos: Túnez había caído el 13 de Septiembre de 1574.

El supuesto responsable, Pedro Portocarrero, aquel poco soldado, según Cabrera de Córdoba: Ignoraba que en la expugnación de las plazas fuertes se ha de defender más la campaña que las murallas, pues con ella está todo defendido, y que no sólo una estrada encubierta, mas una estacada, un trincherón, un diamante o galerías suele hacer detener un cerco tiempo muy largo.

Cervantes, que acompañó a don Juan desde Génova a Trápani en aquel inútil intento de socorrer a La Goleta, opinaba de modo distinto que don Juan y que el propio Cabrera de Córdoba. 

Alejandro Farnesio de Sofonisba Anguissola

Perdióse, en fin, La Goleta, perdióse el Fuerte, sobre las cuales plazas hubo de soldados turcos pagados setenta y cinco mil, y de moros y alárabes de toda la África, más de cuatrocientos mil, acompañado este tan gran número de gente con tantas municiones y pertrechos de guerra, y con tantos gastadores, que con las manos y a puñados de tierra pudieran cubrir La Goleta y el Fuerte. Perdióse primero La Goleta, tenida hasta entonces por inexpugnable, y no se perdió por culpa de sus defensores (los cuales hicieron en su defensa todo aquello que debían y podían), sino porque la experiencia mostró la facilidad con que se podían levantar trincheas en aquella desierta arena, porque a dos palmos se hallaba agua, y los turcos no la hallaron a dos varas; y así, con muchos sacos de arena levantaron las trincheas tan altas, que sobrepujaban las murallas de la fuerza; y tirándoles a caballero, ninguno podía parar ni asistir a la defensa.
Fue común opinión que no se habían de encerrar los nuestros en La Goleta, sino esperar en campaña al desembarcadero, y los que esto dicen hablan de lejos y con poca experiencia de casos semejantes; porque si en La Goleta y en el Fuerte apenas había siete mil soldados, ¿cómo podía tan poco número (aunque más esforzados fuesen) salir a la campaña y quedar en las fuerzas, contra tanto como era el de los enemigos? Y ¿cómo es posible dejar de perderse fuerza que no es socorrida, y más cuando la cercan enemigos muchos y porfiados y en su mesma tierra? 

Pero a muchos les pareció, y así me pareció a mí, que fue particular gracia y merced que el cielo hizo a España en permitir que se asolase aquella oficina y capa de maldades, y aquella gomia o esponja y polilla de la infinidad de dineros que allí sin provecho se gastaban, sin servir de otra cosa que de conservar la memoria de haberla ganado la felicísima del invictísimo Carlos Quinto, como si fuera menester para hacerla eterna -como lo es y será- que aquellas piedras la sustentaran.

Desembarco de las tropas de Carlos V en Cartago, cerca de la Goleta. Tapiz de la serie sobre la conquista de Túnez.

Perdióse también el Fuerte –continúa-; pero, fuéronle ganando los turcos palmo a palmo, porque los soldados que lo defendían pelearon tan valerosa y fuertemente, que pasaron de veinte y cinco mil enemigos los que mataron en veinte y dos asaltos generales que les dieron. Ninguno cautivaron sano, de trescientos que quedaron vivos, señal cierta y clara de su esfuerzo y valor, y de lo bien que se habían defendido, y guardado sus plazas. Rindióse a partido un pequeño fuerte o torre que estaba en mitad del Estaño, a cargo de don Juan Zanoguera, caballero valenciano y famoso soldado. Cautivaron a don Pedro Puertocarrero, general de La Goleta, el cual hizo cuanto fue posible por defender su fuerza, y sintió tanto el haberla perdido, que de pesar murió en el camino de Constantinopla, donde le llevaban cautivo. Cautivaron ansimesmo al general del Fuerte, que se llamaba Gabrio Cervellón, caballero milanés, grande ingeniero y valentísimo soldado. Murieron en estas dos fuerzas muchas personas de cuenta, de las cuales fué una Pagán de Oria, caballero del hábito de San Juan, de condición generoso, como lo mostró la summa liberalidad que usó con su hermano el famoso Juan Andrea de Orla; y lo que más hizo lastimosa su muerte fué haber muerto a manos de unos alárabes de quien se fió, viendo ya perdido el Fuerte, que se ofrecieron de llevarle en hábito de moro a Tabarca, que es un portezuelo o casa que en aquellas riberas tienen los ginoveses que se ejercitan en la pesquería del coral; los cuales alárabes le cortaron la cabeza y se la trujeron al general de la armada turquesca, el cual cumplió con ellos nuestro refrán castellano: que aunque la traición aplace, el traidor se aborrece; y así, se dice que mandó el general ahorcar a los que le trujeron el presente. porque no le habían traído vivo.

Don Juan salió de Trápani, profundamente entristecido, hacia Nápoles, el 29 de Septiembre, dejando en Palermo el Tercio de Lope de Figueroa, y los asuntos de la armada en manos del Duque de Sessa. Desde Nápoles volvió a Génova el 29 de Noviembre, lo que significa que Cervantes llegaría también a Palermo, más o menos el día 30 de septiembre. De las adversidades vividas, escribiría dos sonetos - epitafio, el uno a La Goleta y el otro al Fuerte, que aparecen en en el Quijote (I, XL).

Alvise Mocenigo. Tintoretto

Como Soldado Aventajado, Cervantes seguía cobrando sus pagas con insoportables retrasos; don Juan repetía que no disponía de fondos. El contador Sancho Sorroza, en una relación fechada en Palermo el 10 de Septiembre, hacía un cálculo de los caudales, poco más o menos, que se necesitaban para concluir la jornada de aquel año, presuponiendo su duración hasta fin de Noviembre, y en ella se decía: A las catorce compañías de infantería española del tercio del maestre de campo D. Lope de Figueroa, que fueron a invernar a Cerdeña y al presente sirven en esta armada, con las cuatro viejas que se sacaron de La Goleta, se les deberán para el fin del mes de Noviembre que viene cincuenta mil escudos, poco más o menos, quitadas las raciones y lo demás que han rescibido.

La jornada, efectivamente, concluía a finales de Noviembre. Los soldados de Figueroa se acuartelaron entre Sicilia y Nápoles y, así, en Diciembre de 1574, aproximadamente, volvía Cervantes, a Nápoles. Mandaba el tercio de Figueroa, en su ausencia, don Martín de Argote. 

Para entonces, la posible carrera militar de Cervantes, de hecho, había terminado y seguramente empezó a plantearse la posibilidad de volver a España, pero le gustaba Nápoles, ciudad a su parecer y al de todos cuantos la han visto, la mejor de Europa y aun de todo el mundo y allí permaneció hasta el 20 de septiembre de 1575.

***
Don Juan de Austria viajó –sin licencia– a la corte de España en enero de 1575 para informar a Felipe II del estado de los asuntos en Italia, y reclamar sobre la actitud del cardenal Granvela. Solicitó, para moverse con más libertad, el nombramiento de Lugarteniente del Rey en Italia e insistió en el título de Infante de Castilla. Su hermano le concedió lo primero y aplazó sine die lo segundo, reiterándole, como ya le dijera por carta, que no le diese cuidado su persona, pues miraba él por ella y su acrecentamiento, como a quien tanto le tocaba. 

Trataron entonces de los negocios de Génova y de la necesidad de hacer aprestos contra los turcos, que crecidos por la victoria pasada, no dejarían de inquietar aquel verano. 

Trataron del proyecto pontificio de actuar contra la reina Isabel de Inglaterra y colocar en el trono a María Estuardo, casándola con el duque de Norfolk.

Más detalles sobre este proyecto en: María Estuardo.

La empresa, aunque, en principio podía tener aspectos positivos, fue, sin embargo rechazada. En Abril, don Juan volvió a Italia.

***
Casa del Tasso en Sorrento.


Llegó a Génova el 9 de Junio y envió a Cerdeña la gente y las provisiones que el Rey había mandado reunir, y el 18 de Junio entraba de nuevo en Nápoles. Después partió para Sicilia con la intención de preparar una campaña que nunca tuvo lugar. 

Cervantes decidió volver a España. 



Venecia.

Cuando don Juan volvió a Nápoles, el escritor le pidió licencia para volver a España con su hermano Rodrigo. El duque de Sessa, en una certificación firmada en Madrid el 25 de Julio de 1578, a petición de la familia de Cervantes, decía: sabe y le consta haberse hallado Cervantes en la rota de la armada del Turco y que le vio servir en las demás jornadas que hubo en Levante, hasta tanto que por hallarse estropeado en servicio de Su Magestad, pidió licencia al Señor don Juan para venirse en Spaña a pedir se le hiziese merced; y yo entonces le di carta de recomendación para Su Magestad y Ministros. 

Parecería que la circunstancia de hallarse estropeado, significa que se le recomienda para un empleo no militar, sin embargo, el alférez Gabriel de Castañeda, en el interrogatorio de la información de 1578, dice que a Miguel le tienen en mucho rescate en Argel, por haberle hallado cartas de su Alteça el señor don Juan, para su magestad, en que le suplicaba le diese una compañía de las que se hiciesen en España para Italia, pues era hombre de méritos y servicios, porque este testigo las leyó en argel al tiempo que le cautivaron. 

Es probable que Castañeda hubiera oído hablar del ascenso de su amigo, pero parece difícil, si no imposible, que leyera aquellas cartas en Argel, ya que Cervantes asegura le fueron arrebatadas cuando le hicieron prisionero, antes de ser llevado a Argel.

Decidió, en cualquier caso, pedir audiencia a don Juan. Dice Juan de Valcázar, compañero de cautiverio en 1580: queste testigo vido en Italia quel señor don Juan de Austria, que está en gloria, y el duque de Sesar (sic), y los demás cavalleros capitanes, le thenían –a Cervantes– en mucha reputación y por muy buen soldado y principal. 

Sebastián Veniero. Tintoretto

Con la licencia obtenida y su carta para el rey, Cervantes se propuso ir a Palermo o Nápoles para ser recibido por Gonzalo Fernández de Córdoba –nieto del Gran Capitán–, que le conocía de algunos años antes del servicio del rey, aunque no se sabe con qué objeto.

Las galeras de Sancho de Leiva ya estaban preparadas en el puerto. Cervantes volvía después de seis años de ausencia, convertido en un buen conocedor de lo más relevante en Italia, relacionado con arquitectura, paisajes y literatura. Había recorrido buena parte de la península y conocía bastante bien Roma, Nápoles, Génova, Florencia, Palermo, Mesina, Venecia, Milán, Plasencia, Ferrara, Ancona, Bolonia, Luca, Parma y otras ciudades, de algunas de las cuales dejó precisas y bellas descripciones, además de recorrer los mares Mediterráneo, Adriático, Jónico, Tirreno y Ligur, con las costas de Grecia, Albania y África. 

Garisenda y Asinelli, las dos torres de Bolonia.


Iba rico de observaciones y ahíto de experiencias, que –como escribió– las luengas peregrinaciones hacen a los hombres discretos. En sus experiencias de soldado, había aprendido expresiones como el Aconcha, patrón; pasa acá, marigoldo; venga la macatela, li polastri, e li macarroni. Sonábale bien aquel Ecco li buoni pollastri, picioni, presuto e salcicie, con otros nombres de quien los soldados se acuerdan cuando de aquellas partes vienen a éstas y pasan por la estrecheza e incomodidades de las ventas y mesones de España. No desconocía los francolines de Milán, los faisanes de Roma ni la ternera de Sorrento.

Resaltaba, como puede leerse, la belleza de la ciudad de Nápoles, las holguras de Palermo, la abundancia de Milán, los festines de Lombardía, las espléndidas comidas de las hosterías. Florencia ciudad rica y famosa de Italia en la provincia que llaman Toscana, y le contentó en extremo, así por su agradable asiento como por su limpieza, sumptuosos edificios, fresco río y apacibles calles. 

Luca era pequeña, pero muy bien hecha, y en la que, mejor que en otras partes de Italia, son bien vistos y agasajados los españoles. De Palermo le parecía bien el asiento y belleza; y de Micina, el puerto, y de toda la isla, la abundancia, por quien propiamente y con verdad es llamada granero de Italia.

 
Plaza e iglesia de San Marcos en Venecia.
Canaletto

Hacia el 20 de Septiembre de 1575, él y su hermano Rodrigo se dirigieron al puerto de Nápoles. Allí se encontró Miguel con su compañero Mateo de Santisteban, que le preguntó en qué galera harían el viaje. Cervantes le dijo que, en la galera del Sol, con Carrillo de Quesada. 

La Sol formaba parte de una flotilla de cuatro galeras de Sancho de Leiva, que venían a España a recoger los fondos que, tan repetidamente había reclamado don Juan, y cuyo envío a Nápoles se había aprobado finalmente. Los Cervantes aprovechaban el transporte para volver a casa.

Nápoles.


Y todo parecía ir conformándose con sus proyectos inmediatos.

***