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miércoles, 16 de enero de 2013

CRISTINA DE SUECIA. EL DESENLACE (y 4)


Palacio de Fontainebleau

Cristina de Suecia interpretaba sus deseos como razones de Estado y consideraba inalienable su derecho a ejecutarlos sin dar cuentas a nadie más que a Dios, a quien dedicó unas Memorias que no llegó a terminar y en las que se refiere a sí misma en términos que no pueden ser más halagüeños. 

Soy, por vuestra gracia, de todas vuestras criaturas, la que más habéis favorecido. Habéis vertido sobre mí, a manos llenas, todo lo que puede hacer a una criatura feliz y gloriosa en este mundo.

El canciller Oxenstierna dedicaba todos los días tres o cuatro horas a instruirme en mi deber y, si me atrevo a decirlo sin faltar a la modestia, aquel gran hombre se vio obligado más de una vez a admirar a la niña a la que habíais dotado de semejantes talentos.

También tenía defectos que no disimularé; era desconfiada, sospechaba de todos, ambiciosa hasta el exceso, colérica, soberbia, impaciente, despectiva y maliciosa. No daba cuartel a nadie y estos defectos, en lugar de disminuir con la edad y la fortuna, han aumentado enormemente.

Es evidente que, aún dispuesta a reconocer algo que no fuera digno de alabanza en su alta consideración, Cristina olvidó decir que en su admirable hechura también entraban, el rencor, la venganza, el despotismo, la traición y el homicidio –término, este último que, a causa de la indefinición legal sobre unas prerrogativas que ya entonces se discutían, incluso en relación con los monarcas en activo–, algunos autores emplean en lugar de asesinato por medio de sicarios, en este caso, ejecutado además con una crueldad extrema. Y todo ello a pesar de que ella misma –hablando con Dios, claro está–, confesó que sentía una cruel compasión cada vez que mataba una animal, aunque, en ocasiones dedicaba hasta diez horas al día a ese ejercicio y se envanecía de su gran habilidad como cazadora, actividad en la que, como siempre y en todo, era mejor que cualquier otro.

Después de asegurar que, siendo un bebé la tiraban al suelo con el fin de estropearla o matarla, añade que había alguna irregularidad en su anatomía, que ella misma habría podido corregir, si se hubiera tomado la molestia de hacerlo.

Mi madre no podía soportarme porque decía que era niña y fea y no se equivocaba mucho porque tenía la piel muy oscura, pero mi padre me amaba muchísimo y ordenó que se me diera una educación completamente viril y se me enseñara todo lo que un joven príncipe debe saber. Así  tomé una aversión, una antipatía invencible, hacia todo lo que hacen y dicen las mujeres, y desarrollé una falta de habilidad insuperable para las labores femeninas, pero en cambio, aprendí con maravillosa facilidad todas las lenguas, las ciencias y los ejercicios que quisieron enseñarme antes de los catorce años, aunque después aprendí muchas cosas más sin ayuda de ningún maestro, pues no lo necesité para aprender alemán, francés, italiano y español. (Memorias de Cristina de Suecia, escritas por ella misma y dedicadas a Dios. 1681).

Su prestancia, sus maneras, eran las de un hombre y de un hombre mal educado. Se tumbaba en el asiento y estiraba las piernas, las cruzaba, o las abría a derecha e izquierda, cuidándose muy poco de que su postura pareciera perezosa e incluso, indecente, –escribió Alfred Franklin, Administrateur Honoraire de la Bibliotèque Mazarine- a principios del siglo XX, añadiendo que, en efecto: A los diez años Cristina escribía con extrema facilidad en sueco, francés y latín, y buen latín, por cierto, como lo prueban algunas cartas que se han conservado. A los dieciocho hablaba ya ocho idiomas, comprendía once y había empezado a estudiar hebreo y árabe.

Su conversión le aportó un crédito ilimitado en el mundo católico del que ella se sirvió para rehacer su vida en Roma, al principio, rodeada de una corte española, después francesa y finalmente italiana, pero por encima de todo, con la protección del pontífice. -He explicado al mundo entero que por obedecer a Vuestra Santidad, ho lasciato con somma allegrezza mi reino, donde la veneración por V. S. se cuenta entre los pecados imperdonables, y he hecho saber que todo cristiano debe preferir la gloria de obedecer a Vuestra Santidad antes que el trono más hermoso-.

Abracé el catolicismo sin devoción -escribirá más adelante-; abjuré de los dogmas de la reforma y entré en la iglesia católica porque no creía en nada.[…] Me persuadí de que si un día me expatriaba en Italia, estaría loca si no me unía radicalmente a alguna creencia o no me inclinaba por las suyas.

En fin, ya no escucho sermones, desprecio a todos los oradores; después de lo que dijo Salomón, todo lo demás son tonterías, pues cada cual debe vivir contento, comiendo, bebiendo y cantando.

Sin embargo, la última de las célebres acciones de esta soberana que renunció al trono, pero no a sus prerrogativas, vino a dañar notablemente su credibilidad ante cuantos le habían dado protección y apoyo, aunque no afectó en absoluto a su indestructible autoestima.

LOS HECHOS

Era la segunda vez que Cristina viajaba a Francia y, en esta ocasión se hizo acompañar por dos favoritos, que, al parecer mantenían entre sí una sorda y enconada lucha por el favor de aquella señora que, de un modo u otro, sabía concitar grandes rivalidades entre sus servidores por la proximidad a su persona. Se trataba, en este caso, del Conde Sentinelli y el Marqués de Monaldeschi, que se alojaron con ella en el palacio de Fontainebleau.

Cristina llevaba algún tiempo tratando con Mazarino ciertos asuntos de los que, al parecer, sólo había informado a aquellos dos íntimos aristócratas italianos. Mazarino, muy semejante a la sueca en algunos aspectos, era, sin embargo, superior a ella en astucia y avaricia, cualidades que le ayudaron a alcanzar gran poder y extraordinario patrimonio. De hecho era él quien gobernaba en Francia a través del absoluto dominio que ejercía sobre la Regente Ana de Austria. Cristina necesitaba su apoyo militar y financiero para llevar a cabo sus proyectos, pero Mazarino le daba largas, reduciéndose a mandarle algún dinero –inmerso como estaba, en una tratado con la Inglaterra de Cromwell, a quien prometió la cesión de ciertos territorios en los Países Bajos, una vez que se los hubiera arrebatado a España–. Pero nada satisfizo a la impaciente Cristina que, en un intento de forzar la aparente indecisión del Cardenal, decidió acudir personalmente a su encuentro.

Ana de Austria y Luis XIV. Versalles

El Cardenal Mazarino. Musée Condé. Chantilly

Si su anterior visita a Francia había constituido una sucesión de fastos y homenajes, esta resultó, por el contrario, intempestiva y poco acertada, más aún, porque nadie comprendía la necesidad de su presencia. Se le asignó una zona del palacio de Fontainebleau como residencia –La Conciergerie– y allí se instaló con su pequeña corte decidida a acelerar las negociaciones que debían hacer realidad sus sueños. Perfectamente comprensible por otra parte, el silencio que envolvía su actividad, al tratarse de algo que, por utilizar el lenguaje de la época, constituía una auténtica bellaquería.

Un día empezó a sospechar Cristina que sus comunicaciones no parecían funcionar correctamente, por lo que decidió redoblar su atención y vigilar el correo que entraba y salía del palacio. Y así fue como dio con unas cartas que nunca hubiera esperado encontrar. En ellas se desvelaban sus planes, precisamente, ante aquel contra el que iban dirigidos; Felipe IV.

Ante la escasez de ingresos para cubrir sus enormes gastos y, movida, sobre todo, por el deseo de seguir siendo reina, que, por más que dijera lo contrario, nunca se borró de su mente, había decidido arrebatar Nápoles a su antiguo protector, el rey de España, y coronarse en aquel reino, del que a partir de ese preciso momento, percibiría las rentas. Pero como no disponía de ejército, ni de dinero para contratar uno, necesitaba que Mazarino le proporcionara ambas cosas. 

Al principio tuvo dudas sobre quien fuera el autor de las cartas, pero pronto supo que se trataba de Monaldeschi, al parecer, movido exclusivamente por celos de Sentinelli, que empezaba a ocupar su sitio al lado de la ex reina, que serenamente se dispuso a preparar una justicia que, igual podríamos llamar venganza, tratándose de un traidor que quiere castigar a otro. No sería así, si Cristina fuera aún soberana de un reino en guerra con España, tanto declarada como latente, pero no era el caso, en primer lugar en el plano legal, porque ella ya no era nadie para declarar guerras –de ahí la ineludible necesidad de la firma de Mazarino– y, en segundo lugar, en el aspecto moral, porque se trataba de defraudar gravemente a alguien que no sólo nunca le había hecho daño alguno, sino que la había apoyado y protegido sin otro interés que favorecer su acercamiento al catolicismo.

Con razón, su ira no tuvo límites, porque además de ver frustradas sus aspiraciones –Felipe IV envió inmediatamente tropas de refuerzo a Nápoles–, sino que quedó en evidencia y arrastró a sus amigos, que resultaban así sospechosos de apoyar un turbio plan de guerra, de carácter unilateral, sin justificación política, histórica, o de cualquier otra clase, aparte de la caprichosa voluntad de aquella dama en el exilio que decía no desear otra cosa que agradar a Dios y al Papa. Como diría el Canciller Oxenstierna, se oían los truenos desde lejos.

El día 6 de noviembre de 1657 por la mañana, Cristina mandó llamar al Padre Le Bel, Trinitario del convento de Fontainebleau. Cuando este llegó, fue conducido a la Galería de los Ciervos, donde Cristina le aseguró que podrían hablar con entera libertad. Dicha Galería comunicaba su residencia con el palacio propiamente dicho.


Fontainebleau. La Galerie des Cerfs. 74 metros desde y hacia Diana.

–Lleváis un hábito –le dijo–, que me obliga a confiar en vos, pero debéis prometerme que guardaréis secreto sobre lo que os voy a confiar.
–En cuestión de secretos –afirmó Le Bel–, soy por naturaleza ciego y mudo, tanto más si se trata de secretos reales–. Cristina le entregó entonces un paquete de papeles con tres sellos y sin ninguna indicación escrita, añadiendo finalmente, –me lo devolveréis en persona cuando yo os lo pida.

El sábado siguiente, Cristina envió de nuevo un criado al convento y, llevando consigo el paquete, Le Bel fue conducido a la misma galería que la primera vez. Cuando Cristina entró, cerró la puerta tras de sí con tal energía que el fraile dice que se sorprendió; ella se dirigió hacia el centro de la galería donde habló con el marqués de Monaldeschi cerca del cual había tres hombres. Cristina se volvió después hacia el fraile y, con un tono de voz bastante alto, le pidió el paquete que le había confiado. Lo abrió, sacó algunas cartas y se las enseñó al marqués.
–¿Conocéis estas cartas? –preguntó al noble con voz grave y segura–.
–No –respondió él, al advertir que eran copias.
Cristina dejó pasar unos instantes; sacó de entre su ropa los originales firmados por él y se los puso ante la cara. Monaldeschi cayó de rodillas al mismo tiempo que los tres hombres que esperaban a cuatro pasos de ellos, desenvainaban sus espadas.
–Padre –dijo Cristina a Le Bel, –sois testigo de que doy a este traidor, a este pérfido, todo el tiempo que quiera y más del que podría esperar de una persona ofendida, para que se justifique, si puede.
Después se volvió de nuevo hacia el marqués, y el fraile vio que aquel vaciaba sus bolsillos, dejando caer al suelo, unas llaves y algunas monedas, tras lo cual, Cristina volvió a hablar.
–Padre, me retiro y os dejo a este hombre; disponedlo para la muerte y ocupaos de su alma.

Al oír aquello, no pude aterrorizarme más –escribió Le Bel–; el marqués cayó a sus pies, como lo hice yo mismo, solicitando el perdón.

Christina de Suecia negándose a perdonar la vida a su Caballerizo Monaldeschi. 
Félicie de Fauveau (1799-1886) Musée de Louviers

–Eso no es posible –respondió Cristina–; este traidor es más culpable y criminal que cualquier otro, porque habiéndole comunicado, como a un súbdito fiel, mis asuntos más importantes y mis más secretos pensamientos, los ha traicionado, y eso sin contar los muchos  beneficios que le he otorgado, más, incluso, de lo que hubiera hecho con un hermano, que es como siempre le he tratado. 

Acto seguido, abandonó la galería dejando allí al fraile, al marqués y a los tres espadachines, que instigaban al noble a que procediera a hacer su confesión, empujándole en los costados con la punta de la espada. 

Monaldeschi era la imagen de la desesperación. El que parecía ser jefe de los tres hombres –Le Bel no sabía entonces que se trataba de Sentinelli-, salió a su vez de la galería, en opinión del fraile, para pedir clemencia a Cristina. Pero volvió entristecido y, entre lágrimas, se acercó a Monaldeschi.
–Marqués, pensad en Dios y en vuestra alma; debéis morir.
Monaldeschi se arrojó a los pies de Le Bel, rogándole desesperado que fuera hablar con Cristina una vez más.

Encontré sola a Su Majestad en la cámara –continúa Le Bel-; su rostro estaba sereno y no reflejaba emoción alguna. De rodillas, le supliqué, por las llagas de Cristo que tuviera misericordia del marqués, pero me dijo que sentía no poder acceder a mi demanda.

–Después de la perfidia y la crueldad que ese desgraciado ha usado contra mí –recalcó-, no debe esperar jamás remisión ni gracia; más de uno ha sido enviado a la muerte mereciéndolo menos que ese traidor.
–Pero –titubeó Le Bel en un extremo intento–, os halláis en casa del Rey de Francia; acaso debierais meditar si a él le parecerá bien lo que vais a hacer.
–¡No soy ninguna refugiada, ni prisionera del rey de Francia y sí enteramente dueña de mi voluntad para administrar justicia a los servidores de mi casa en cualquier lugar y tiempo, y sólo debo responder de ello ante Dios!
–Señora –intentó por último el fraile–: por el honor y la estima que habéis adquirido en Francia y por la esperanza que todos los buenos franceses tienen en el éxito de vuestros asuntos; os suplico muy humildemente, Majestad, que evitéis esta acción, que aunque en vuestra opinión sea justa, puede parecer violenta y precipitada. Haced un acto de generosidad y misericordia hacia el marqués, o al menos, ponedlo en manos de la justicia del rey; haciéndole seguir un proceso en forma obtendréis satisfacción y conservaréis el título de admirable que por todos vuestros actos tenéis ante los hombres.
–¿Pero qué decís, Padre? ¿Yo, en quien debe residir la justicia absoluta y soberana ante mis súbditos, verme reducida a solicitarla contra un traidor doméstico, cuando tengo las pruebas de su crimen escritas y firmadas por su propia mano?
–Cierto, Señora, pero Vuestra Majestad es parte interesada…
–¡No, no, Padre! –Interrumpió Cristina-; yo se lo haré saber al Rey. Volved con él y atended a su alma; no puedo, en conciencia, conceder lo que me pedís.

En tal situación, yo ya no sabía que hacer; no podía irme y aun cuando pudiera –dice Le Bel–, me sentía ligado por un deber de caridad y de conciencia, a socorrer al marqués para disponerlo a bien morir. Volví, pues, a la Galería y abrazando al pobre desgraciado sumido en lágrimas, le exhorté en los mejores términos que Dios me inspiró, para que se resignara a morir y que atendiera a su conciencia. Gritó unas palabras, se arrodilló y empezó su confesión, en latín, en francés y en italiano, según se lo permitía la angustia en que se encontraba.

En aquel momento llegó el Limosnero de la reina y, Monaldeschi, sin esperar la absolución se dirigió a él. Hablaron durante bastante tiempo en un rincón, en voz baja con las manos enlazadas y, cuando terminaron, el Limosnero salió seguido por el jefe de los tres encargados de la ejecución. Poco después, el hombre uniformado volvió sólo.
-Marqués –dijo-, pedid perdón a Dios, porque tenéis que morir sin más dilación-. Acto seguido empujó a Monaldeschi hacia la pared del otro extremo de la Galería y le tuteó: -¿Te has confesado?

Pude ver que le daba un golpe en el estómago –continúa Le Bel-. El Marqués, queriendo pararlo, inconscientemente aferró la espada con la mano derecha, perdiendo tres dedos cuando el otro la retiró y vio que estaba un poco forzada.  -¡Lleva una cota de malla! –gritó a los que iban con él- y le hirió en la cara.

-¡Padre, Padre!- gritó entonces Monaldeschi.
Le Bel se acercó y le dio la absolución, pidiéndole que perdonara a los que le iban a matar. Monaldeschi cayó al suelo; otro de los tres se acercó y le dio un golpe en la cabeza, que le hizo saltar los huesos. El herido hacía señales para indicar que le cortaran el cuello y uno de ellos lo intentó, pero sin gran resultado, porque lo estorbó la cota de malla. El que daba las órdenes preguntó al fraile si no convendría acabar de una vez.
-¡No tengo consejos que darle sobre eso; yo deseo su vida, no su muerte!

A todo esto, el marqués, que ya sólo esperaba el último golpe, vio entrar al Limosnero. A duras penas se arrastró hacia él; le habló en voz baja y el religioso volvió a darle la absolución.
Monaldeschi (Magasin Pittoresque, 1907)

-Permaneced a su lado –dijo el clérigo a Le Bel-, y en ese momento, el hombre que había herido al marqués en el cuello, le atravesó la garganta con una espada larga y estrecha. Monaldeschi cayó boca abajo y no volvió a hablar, pero aún se le oyó respirar dificultosamente durante más de un cuarto de hora. 

Murió a las tres y cuarto. Mientras Le Bel estaba rezando el De Profundis, el jefe de los tres, sacudió un brazo y una pierna al cuerpo ensangrentado, y, tras asegurarse de que estaba muerto, buscó entre su ropa encontrando un Libro de Horas de la Virgen y un cuchillo pequeño. Después de que los tres sicarios abandonaran la Galería, salió Le Bel a su vez para recibir las órdenes de Su Majestad, quien le encargó que se ocupara del entierro de la víctima y de hacerle decir unas misas. A las seis menos cuarto ya estaba todo hecho.

Cota de malla y espada de Monaldeschi expuestas, desde 1830, en el Castillo de Fontainebleau. (Le magasin Pittoresque, 1907). La espada auténtica tenía protección o cazoleta y la cota, según Le Bel, no pudo ser atravesada.


Aunque logró eludir las consecuencias inmediatas de su decisión, la vida de Cristina de Suecia inició una línea descendente que nunca más pudo remontar a pesar de su rotunda negativa a aceptar que se había equivocado gravemente. Monaldeschi había cometido un delito de traición que, según los criterios de la época, merecía la pena de muerte, pero Cristina ya no era reina y, por tanto no tenía derechos jurisdiccionales y no podía aplicar la pena capital, mucho menos, hallándose en territorio extranjero. 

La noticia recorrió París aumentando su tamaño por el camino. Cristina ya no sólo era una asesina, sino que también era una sádica que charlaba alegremente y reía durante la atroz ejecución de su antiguo amigo. El rey expresó su condena inmediatamente, mientras que Mazarino, apenas pudo salir de su asombro, se propuso tramar una explicación que pareciera coherente para evitar males mayores. Si salían a la luz sus promesas de colaboración, podría ver su imagen arrastrada con el escándalo, y él, al contrario que Cristina, sí tenía responsabilidades políticas y diplomáticas; la guerra en Nápoles, no entraba en los planes de la Corona de Francia en aquel momento. Pidió pues, a Cristina que hiciera correr la noticia de que la muerte de Monaldeschi se debía exclusivamente a Sentinelli –era fácil hacer creer a todos en una vulgar vendetta, porque los italianos, ya desde los tiempos de Catalina de Médicis, habían adquirido en Francia una grande, aunque no siempre justificada reputación en esos menesteres–, pero está claro que el Cardenal no conocía a Cristina como creía, porque cuando esta oyó la propuesta, su cólera, siempre a punto, se disparó sin freno. Ella nunca renunciaría al derecho de impartir justicia en su casa, ni toleraría la menor duda al respecto, y si el Cardenal insistía, ya encontraría ella otros amigos que no fueran tan estúpidos como él.

Se propuso entonces Mazarino enviarle intermediarios que debían intimidarla sobre las posibles nefastas consecuencias de sus actos. No ha conseguido asustarme –escribió ella, valerosa, como de costumbre–; los del norte somos algo fieros y tenemos una disposición natural a no conocer el miedo; yo encuentro más sencillo estrangular a la gente que tener miedo de ella. Lo que yo le he hecho a Monaldeschi, si aún no hubiera ocurrido, lo haría ahora, antes de que anocheciera, después de oír vuestras amenazas.

La carta reflejaba una soberbia sin límites, pero Cristina podía superarse. Por ejemplo, cuando más tarde supo que Mazarino había ordenada en secreto una investigación sobre lo sucedido.

Los que os han hecho saber los detalles de la muerte de Monaldeschi, mi Gran Escudero, estaban muy mal informados y encuentro muy extraño que emplearais a tanta gente en el esclarecimiento de la verdad de los hechos. 

Vuestro proceder, a pesar de su locura, no debería sorprenderme, pero jamás hubiera creído que ni vos ni vuestro joven amo os atreveríais a testimoniarme el menor resentimiento.

Sabed todos, ya seáis amos o criados, pequeños o grandes, que ha sido mi voluntad actuar así; que no debo ni quiero rendir cuentas de mis acciones a nadie, y sobre todo, a vos.

Habéis representado un papel muy singular para un hombre de vuestro rango. Cualesquiera que sean las razones que os han determinado a escribirme, les hago muy poco caso como para que me ocupen un solo instante. Quiero que sepáis y que digáis a quien quiera oírlo, que a Cristina le importa muy poco vuestra corte y vos todavía menos, y que para vengarme no necesito recurrir a vuestro formidable poder.
 Mi suerte lo ha querido así; mi voluntad es una ley que debéis respetar y vuestro deber es callaros y muchas personas a las que no estimo más que a vos, harían bien en aprender lo que deben a sus iguales, antes de hacer más ruido del que les conviene. (Atribuirse más autoridad de la que les corresponde).

Sabed, Señor Cardenal, que Cristina es reina dondequiera que esté y en cualquier lugar donde le plazca vivir, los hombres, por muy falsos que sean, la preferirán antes que a vos y a vuestros secuaces.

El príncipe de Condé tenía mucha razón para quejarse, cuando le tuvisteis detenido de forma tan inhumana en Vincennes: -Ese viejo zorro que hasta ahora ha engañado a Dios y al diablo, no se cansará nunca de ultrajar a los buenos servidores del Estado, si el Parlamento no destituye o castiga a este ilustrísimo canalla de Pescina-.(Abruzos, Italia; el lugar donde nació Mazarino).

Creedme, Jules, comportaos de manera que merezcáis mi benevolencia; o no sabréis ni cómo actuar.

Dios os guarde de aventurar jamás el menor comentario sobre mi persona. Aunque sea el fin del mundo, conoceré vuestro comportamiento. Tengo amigos y cortesanos a mi servicio que son tan hábiles y vigilantes como los vuestros, aunque estén mucho peor pagados.
                                                                           Cristina
Fontainebleau, el 19 de Noviembre de 1657

Aun así, Mazarino hizo circular su propia versión sobre el crimen, –sin mencionar el plan de Nápoles, al que Cristina se refería en sus cartas, como la causa común–, mientras que el Cardenal Azzolino, el más íntimo conocedor de todo lo que pasaba por la cabeza de su amiga, perfectamente informado de sus planes, se hartó de repetir ante la Corte española que todo aquel asunto no era más que una farsa.

El grandioso concepto que Cristina tenía de sí misma, aumentaba al tiempo que su prestigio disminuía en todas partes; su proyecto de arrebatar Nápoles a la Corona de España, sólo se sostuvo a causa de la ingenuidad de un Felipe IV, incapaz de aceptar semejante traición de una mujer a la que admiraba y había apoyado, no sólo en el terreno material, sino en el espiritual, convencido de que ella jamás actuaría en aquel sentido después de su grandiosa conversión. Dos meses después de la muerte de Monaldeschi llegaban noticias a España; parte de las cuales, procedía sin duda del terreno abonado de las habladurías: Dícese que en Tolón hay 20 navíos ingleses y se aprestan otro 24 para ir a dar calor a los malcontentos de Nápoles que ofrecen aquel reino a la reina de Suecia y que se case con el hijo segundo de Francia, la cual ha ido y venido a aquella corte para el ajuste dos veces, haciendo matar a puñaladas en presencia suya a un caballerizo, unos dicen por haber descubierto este trato, otros por imputarle que se echaba con aquel rey.

Pero otras, como la del embajador español en Roma, respondían a un claro conocimiento de los hechos y expresaban un profundo reproche al monarca: Que Vuestra Majestad sabía que Cristina estaba en Francia y que se decía que había de venir a Roma por Generalísima de las armas de aquel rey de Francia para invasión del reino de Nápoles, pero que VM no daba crédito a aquellas voces, ni por ellas se apartaría de desear a la reina sus mayores conveniencias y lo mismo le había dicho don Luis de Haro.

De hecho, Cristina, no sólo llevaba tiempo intrigando con el duque de Módena y otros nobles del norte de Italia, así como con algunos napolitanos rebeldes al dominio español, sino que había encargado a toda prisa docenas de uniformes de color violeta, para la que debía ser su guardia napolitana; todos los que acudieron a visitarla en Fontainebleau pudieron verlos allí almacenados, esperando el inminente golpe que la colocaría sobre el trono de Nápoles en dos minutos. Incluso el sueco Courtin había informado a Carlos Gustavo, que, cuando supo la muerte de Monaldeschi, intentó evitar por todos los medios, que alguien pudiera relacionarlo con la historia.

Cristina, por su parte, escribió a Alejandro VII para darle el chivatazo de que al fin y al cabo, Monaldeschi merecía la muerte porque también le había traicionado a él, escribiéndole libelos. En ocasiones, esta mujer podía parecer tan noble por su sinceridad, como en otras, vil por sus recursos.

Finalmente, toda la documentación relativa a la invasión o conjura de Nápoles, fue destruida, pero no así la relacionada con Monaldeschi, que, en todo caso, puso al límite la credibilidad de la antigua reina. Sus amigos temieron verse arrastrados como cómplices de una acción inexcusable. Por mucho que todos ellos estuvieran tramando operaciones similares contra la Corona de España, como enemigos más o menos declarados, representaban a un Estado, mientras que Cristina, a pesar de su endiosamiento, no era más que una particular que necesitaba dinero.

Luis XIV le hizo saber de la forma más diplomática posible, que estaba invitada a abandonar su reino; a Roma no podía volver, al menos hasta que a Alejandro VII se le pasara el disgusto expresado públicamente; a los Países Bajos españoles que antaño se habían puesto a su servicio, ya, ni en sueños; en Suecia, el Parlamento había aprobado tal lista de restricciones para el caso de que decidiera visitarlos, que Cristina perdió completamente las ganas de hacerlo, e Inglaterra ya tampoco la recibiría en tanto que católica.

¿Qué hacer? Tenía que calmarme, obedecer a aquel canalla tonsurado que guiaba a Francia, y roer mi freno en el exilio de Fontainebleau.

Lo cierto es que Cristina jamás cambió de actitud, pero sí el Cardenal, ya que, en un momento en que ella ya no sabía a donde dirigir sus pasos, puso a su disposición el palacio Rospigliosi, en Roma, que era de su propiedad, y que Cristina aceptó, pues de hecho, se convirtió en su única alternativa.

Los españoles, ya prevenidos, le hicieron saber que para ellos se había convertido en una simple emisaria de los intereses de una Francia más que nunca, hostil a ellos. 

Según Cristina, sólo había hecho matar a Monaldeschi por una traición producto de los celos, pero los españoles se inventaron aquella ficción sobre Nápoles, que tuvo tanto éxito en Roma, que ni aún el Papa le ahorró las sospechas. Así, un día que se propuso visitarlo en Sant’Angelo con algunos franceses, le quitaron la idea a fuerza de evasivas. –Quizás sospechaba el Papa -dijo Cristina con furiosa ironía-, que también me proponía  conquistar Roma, o tal vez hacerme Papisa; lo único que me faltaba para alcanzar la cumbre de mis locuras-. Para colmo, en aquel momento Suecia ya no le enviaba fondos, por lo que se vio obligada a vender sus pedrerías.

Cuando pensaba en mi abdicación, soñaba con la inmortalidad que me aportaría un sacrificio tan extraordinario, pero ¿se me ocurrió acaso pensar en los usureros a los que ahora tendría que recurrir? ¡Qué cosa más prosaica, tener que poner mi real firma para cubrir mis necesidades! A esto me habían reducido mis ideas de grandeza y mis sueños de una inmortalidad insólita.

El Cardenal Azzolino entró en acción en aquel momento y consiguió que el Papa otorgara a Cristina un nueva pensión que le permitió montar una casa magnífica y tomar a su servicio gentilhombres y pajes de primera calidad. A pesar de todo, ella, educada para reina, no prestaba atención a las cuentas, como lo haría un ama de casa del Trastévere, así que gastaba con tanta largueza, que el dinero del Papa no le llegaba para nada. Reclamó entonces su pensión a Suecia –en aquel momento, en guerra contra Polonia, Dinamarca y Brandeburgo-. El Senado le contestó que los dominios hipotecados para su pensión, se hallaban en Pomerania y que habiendo sido devastada aquella por las tropas imperiales, no aportaba nada al tesoro en aquellos momentos.

Cristina pareció comprenderlo, lamentando los difíciles tiempos que atravesaba su antigua patria: Ahí tenéis a los suecos, los que me ofrecían su vida y sus bienes, los que nunca dejaban de proclamar su devoción por mí, los que juraban que el recuerdo de la hija de Gustavo Adolfo jamás abandonaría su corazón. Ahí estaban, añadiendo ironía, frialdad y sarcasmo a la adversidad que ya me perseguía.

La negativa a enviarle fondos, le hizo concebir una brillante idea: pidió veinte mil hombres al Emperador,  con los que recuperaría Pomerania, que, al fin y al cabo era de su propiedad, y como compensación, dicho territorio pasaría al poder de Austria tras su fallecimiento. Pero justo entonces, Azzolino consiguió una nueva e importante entrega de fondos por parte del pontífice. Cristina recibió la noticia al mismo tiempo que llegaba el emisario del Emperador; -¡menos mal que no había firmado nada!-, exclamó, y encargó a Sentinelli que se encargara de anular sus planes sobre Pomerania.

Fue en esta época cuando aumentó considerablemente su colección de estatuas y pinturas, si bien, para acabar con la desconfianza del Papa sobre sus tendencias filo francesas, abandonó el palacio de Mazarino, se trasladó a un convento, asistió a las procesiones y mostró un semblante tan alegre, que acabó con las sospechas. Pero no hay que creer que hiciera vida monacal, que no era lo suyo; el convento era un verdadero palacio en el que se instaló con, al menos veinte servidores y reanudó su vida rodeada de arte y amigos. Al decir de las gentes, yo tenía la vivacidad que caracteriza a los franceses, la agudeza de espíritu de los italianos, la valentía de una verdadera sueca y la cortesía de los romanos, lo que hacía de mi un conjunto bastante satisfactorio.

Con todo -dice Cristina-, los españoles no dejaban de molestarla, especialmente, el cardenal Farnesio, gobernador de Roma, que había hecho promesa de fastidiarla y que arrestaba a aquellos que salían de su casa a altas horas de la noche, debiendo ella, después de soltar toda clase de improperios, acudir continuamente al Papa, para que los pusiera en libertad.

Entonces recibió la noticia de la muerte de Carlos Gustavo y decidió viajar a Suecia para ver en qué estado se encontraban sus asuntos, y, tal vez, para tantear la sucesión. En esta ocasión Suecia le pareció maravillosa a lo lejos, pero antes de llegar, en Hamburgo recibió una respetuosa invitación para que no siguiera adelante. El 21 de agosto de 1660 escribía una carta  al Parlamento asegurando que iba a seguir adelante. Se dieron órdenes de cortarle el paso. ¡Aquellos que tanto lloraban cuando los abandonó! Cristina no podía salir de su colérico asombro.

-Estoy en la desgraciada necesidad de impediros seguir adelante.
-¡Infames! –gritó ella–: ¡Mariscal, respetaréis mi sagrada persona, o pasaré al precio de mi sangre! Y se lanzó al galope hacia Estocolmo.

A las puertas de la capital, el pequeño rey y su tío el regente, vinieron a recibirme y el niño dijo un discurso aprendido. Todo habría estado bien, si no hubiera sido por el suceso anterior, así que entré en Estocolmo de muy mal humor. ¡Estuve a punto de ser detenida en mis Estados hereditarios! Era extranjera entre los suecos; al menos así fui tratada. Pero apenas entré en mis antiguos apartamentos, me vengué de todos aquellos malos procederes, con una buena misa. Debieron reventar de rabia; hice improvisar un altar y una capilla y me entregué al catolicismo con alegre corazón.

El clero sintió el golpe con todo su peso, aquel clero sueco, tan fanatizado de luteranismo y desconfiado de todo rito extraño que parece que le va a quitar su sitio en el cielo y su dinero en la tierra. Asistí de golpe a más misas que las que había asistido durante toda mi estancia en Roma y en Bruselas. Así, yo que pasaba por poco devota ante España y Roma, ahora lo era demasiado para mis protestantes; había hallado el modo de fastidiarlos a todos. La venganza es el placer de los dioses. En dos meses los saqué de quicio, primero murmuraron y luego lanzaron invectivas contra mí, hasta que sus furibundos sermones trabajaron muy bien el espíritu del pueblo. Cuando me invitó el embajador de Francia, también puse como condición que primero se celebrara una misa.

Cristina reclamó que se ratificaran los fondos para su mantenimiento aprobados en Uppsala en 1654, pero le recordaron el testamento de Gustavo: El que abandone nuestra doctrina y abrace el papismo, perderá sus propiedades, derechos y ventajas en todo el reino de Suecia, añadiendo: SM abjuró de la religión de sus antepasados en Inspruck y bajo juramento se unió a la de la iglesia católica, cuya máxima es no aceptar a los herejes. Y SM ni siquiera ha conservado el nombre de Augusta que por transposición formaba el venerado nombre de su padre, pasando a llamarse ¿cómo? como su nuevo padre, el Papa, ¡Alexandra! Y profesa la devoción al papa incluso en la palacio real.

Cristina observó que el discurso era bien recibido, y contestó:

-Los suecos dicen: Si sirves al estado, el Estado no te abandonará. Yo os he gobernado con justicia, etc. y hoy me veo obligada a venir a reclamar por mi subsistencia. ¿Qué se me reprocha? Para hacerlo, recurrís a anagramas, pero Augusta es un sobrenombre honorífico al que tuve que renunciar cuando entré en la clase plebeya, seguramente preferís que como Augusta Cristina  tenga que ir a inclinarme ante un usurero romano.

-Supongamos que muriera el hijo de Carlos Gustavo, ella podría querer volver, imaginad qué invasión de católicos y jesuitas. Exijamos que ratifique su renuncia a la corona de 1654 y después veremos sus peticiones.

Me retiré a Nikoping a esperar días mejores. Me mandaron enviados para que firmara la ratificación de la renuncia que, al principio mandé al diablo, pero que luego firmé porque me acometió un súbito desprecio por todo lo que fuera sueco. 

Encontrándome al presente y en todo tiempo por venir, desligada y separada de la corona, del cetro y de la regencia de Suecia, así como de todo derecho en este sentido, sin ninguna excepción, reconozco además, que cualquier cambio que pudiera producirse en el reino de Suecia y su gobierno, no tengo nada que pretender bajo ningún pretexto; en virtud de lo cual declaro que renuncio totalmente y por toda la vida, sin admitir ninguna interpretación distinta de la que se refiere a la seguridad del rey Carlos XI, al fortalecimiento del reino y al bien de todos los habitantes, no queriendo de ninguna manera contravenir, sea por fuerza, sea por escrito, protestación o reserva, directa o indirectamente, y sin que ninguna potencia eclesiástica o temporal me pueda dispensar de esta obligación.

¡Ah si alguno de los príncipes que antaño solicitaron mi mano se hubiera presentado; si tuviera un ejército a mi disposición, cómo me habría vengado de ese Estocolmo digno del fuego del cielo y de los hombres!

Por fin, el 20 de marzo de 1661 Cristina abandonaba Suecia y, navegando por el Báltico reflexionaba sobre el hecho de que en aquel momento no tenía donde enterrarse; de que los tiempos habían cambiado y de que en Suecia era como si ya no existiera.

En Hamburgo la esperaba Sentinelli; allí podría asistir a todas las misas que quisiera, pero eso ya no le interesaba, además, tenía otra cosa en la cabeza; solucionar sus finanzas. El Conde había tratado sus asuntos con un portugués; Manuel Teixeira le adelantaría los fondos aprobados por el Parlamento sueco, hasta que estos se hicieran efectivos. Era el mes de Julio de 1661. -Voilà tout ce que j’avais sauvé du naufrage. Puis, sacrifiez des couronnes!- Fue todo lo que salvé del naufragio. ¡Sacrificad coronas para éso! 

A falta de Suecia le quedaban Bremen y Verden donde las costumbres eran suecas y le cuadraban bien, a falta de un destino mejor, pero, más que nada, se establecería en aquellos territorios de su antigua corona, para fastidiar a los regentes y senadores. 

Estaba Cristina descansando en el césped tras una cabalgada en Bremen cuando recibió carta de Jean–François Borri, un famoso alquimista del que había oído hablar. Cierto –pensó-, que la Piedra Filosofal empieza a caer en el ridículo, pero algunos siguen en la tarea. Cristina recordó las humillaciones sufridas por Colón o por Galileo, cuyas hipótesis se cumplieron a pesar de haber sido igualmente tachadas de ridículas. Por otra parte, se preguntaba: ¿por qué la naturaleza será inimitable en la fabricación del oro, cuando se puede copiar todo lo demás? ¿Y si fuera posible? Al menos, su investigación serviría para sacarla de las penosas reflexiones que le obsesionaban a todas horas, aunque su objetivo real era la posibilidad, por lejana que fuera, de enriquecerse rápidamente, en cuyo caso podría levantar poderosos ejércitos y vengarse de aquellos suecos que tantos ultrajes le habían infligido.

Alejandro VII. Pierre Francesco Mola

Cuando murió Alejandro VII, Cristina escribió que aquel pontífice no era amigo de genealogías; acaso –añadió con su acostumbrado toque de malignidad-, porque algunos impertinentes escrutadores de blasones sostenían que Su Santidad era pariente en quinto grado de Mahomet, emperador de los turcos. Pero lo peor, en su perspectiva sobre el fallecimiento del pontífice, era la probabilidad de que el aborrecido cardenal Farnesio fuera su sucesor.

Tuve que renunciar  a vivir en Roma, con pena, porque hay un dolce vivere que me va de maravilla; una vez prohibida para mí, ya le añadía millones de encantos. Desterrada o casi, de Suecia, exiliada o prácticamente, de Roma, ¡pobre Cristina! ¿valía la pena haber pisoteado cetros y coronas para no saber ya a dónde ir? A Francia, no; demasiadas suspicacias y, además cuánta palabrería por la tragedia de Fontainebleau. ¡A Venecia! Sí, iré a Venecia. Pero dudaba entre Venecia y Holanda cuando recibí la buena nueva de la elección del mejor de mis amigos; el cardenal Jules Rospigliosi, que se llamó Clemente IX. Hice lanzar fuegos artificiales e invité regiamente a mis amigos.

Finalmente, en octubre volvió a Italia, donde, a partir de entonces, dedicó casi todo su tiempo al arte y la literatura, fundando la Academia Real, a la que invitó a todas las figuras de la época.

En 1686 empezó a sufrir ataques que se repetían cada año por el mes de febrero, pero, en 1688 la enfermedad pareció retroceder, aunque sólo fue un respiro, pues volvió con más fuerza el año siguiente. Aun así, el 21 de febrero pareció inesperadamente curada. Se celebraron misas de acción de gracias y todo volvía a su cauce, cuando, el 14 de abril sufrió un nuevo ataque, en esta ocasión, definitivo. Murió el día 19.

Cardinal Dezio Azzolino. 
Pinaccoteca Comunale di Fermo, Palazzo dei Priori.

El Cardenal Azzolino la veló día y noche. Cristina quería que la inhumaran sin pompa en la iglesia de la Rotonda o en cualquier otra, pero el pontífice ordenó que las exequias se celebraran ante el sacro colegio y que su cuerpo fuera depositado en la basílica de San Pedro con toda la pompa posible. Finalmente la llevaron a la basílica del Vaticano.

Designó al Cardenal Azzolino como heredero, quien, además de ocuparse de sus cuantiosos bienes, debía encargarse de que se celebraran 20.000 misas por su alma.

miércoles, 9 de enero de 2013

EL BALLET DE LA REINA CRISTINA DE SUECIA (3)



La Naissance de la Paix - El nacimiento de la Paz

El 18 de diciembre de 1649 asistió Descartes al Te Deum rezado por el 23 cumpleaños de la Reina Cristina, al que siguió la representación de El Nacimiento de la Paz en cuya redacción había intervenido. Como sabemos, obedecía un deseo/orden, pero no se sentía bien en el papel de guionista, aunque es posible, que el proyecto de divinizar mitológicamente a Cristina como Atenea, le sirviera de desahogo en la inactividad a que estuvo sometido desde que llegó a la corte sueca.

Carta de Descartes a Isabel de Baviera.
Estocolmo, 9 de octubre de 1649

Madame,

Habiendo llegado a Estocolmo hace cuatro o cinco días, […]
Ella [Cristina] está profundamente entregado al estudio de las Letras, pero por lo que yo sé, aún no ha visto nada de Filosofía; no puedo juzgar si llegará a gustarle, ni aún si podrá dedicarle tiempo, ni, por lo tanto, si yo seré capaz de procurarle alguna satisfacción y serle útil en algo.

La gran pasión que siente por el conocimiento de las Letras, le incita ahora, sobre todo, a cultivar la lengua griega y a reunir muchos libros antiguos; pero quizá esto cambie. Y si no cambia, la virtud que aprecio en esta princesa, me obligará siempre a preferir la utilidad de su servicio, al deseo de complacerla; de modo que eso no me impedirá hablarle francamente de mis sentimientos y, si no le resultan agradables –lo que no creo–, obtendré al menos la ventaja de haber cumplido con mi deber y a la vez, me dará la ocasión de poder volver cuanto antes a mi soledad, lejos de la cual es difícil que pueda avanzar en la búsqueda de la verdad, y es en esto en lo que consiste mi principal bien en esta vida.

M. Freinshemius ha convencido a S.M. de que yo no estaré obligado a permanecer en el castillo sino a las horas que ella quiera concederme para tener el honor de hablarle; así pues, no tendré muchas dificultades para hacer mi trabajo y esto se acomoda muy bien a mi carácter.

Con todo, y a pesar de que tengo gran veneración por S.M., no creo que nada sea capaz de retenerme en este país más allá del verano próximo; pero no puedo en absoluto responder del porvenir.

Sólo puedo aseguraros que seré toda mi vida…

Es evidente que el filósofo-profeta soñaba con recibir permiso para abandonar el país, si bien, el hecho de solicitarlo él mismo, era impensable tratándose de Cristina.

A pesar de su desinterés, Descartes escribió aquella comedia y los versos para el ballet alegórico que sirvió también para celebrar la Paz de Münster que supuso el final de la terrible Guerra de Treinta Años y que se representó al día siguiente del solemne Te Deum. 

Con la colaboración de Francia, Suecia y la Liga Protestante, habían vencido al Sacro Imperio Romano; Ana de Francia y Cristina de Suecia representaban a las dos potencias en ascenso; la primera católica y, la segunda, ya dudosa. Ana, la española-francesa, se apoyaba en el Cardenal Mazarino y, Cristina, aunque con frecuentes desentendimientos, en su Canciller Oxenstierna. 

Cristina actuó en la pantomima disfrazada de Palas Atenea, como representante de su propia imagen de paz y sabiduría. Al parecer, quiso que Descartes también actuara, algo que a él le debió parecer poco digno. De hecho, anteriormente, la reina, instigada por el favorito del momento, había obligado a hacer de cómicos a otros de sus maestros.

En la farsa, además de los dioses olímpicos, que representaban a la alta nobleza, aparecían también las Tres Gracias, en alusión a Isabel de Bohemia y su pequeña corte, que allí vivía en el exilio y de la que hablaremos más adelante, porque ahora hemos de entrar, siquiera de forma sucinta, en el contenido de los Acuerdos de Paz celebrados en el ballet y acordados en Münster.


P. [Guillaume Hyacinthe] Bougeant, S. J.: Historia del Tratado de Westfalia, o de las negociaciones que se hicieron en Münster y Osnaburg [Osnabrück], para restablecer la paz entre todas las potencias de Europa… Paris, Mariette, 1744
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Un breve relato de la Guerra de los Treinta Años y sus diversas fases, en:
135797531 KARLUV MOST – EL PUENTE CARLOS DE PRAGA
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Antes pues, de afrontar la crisis de la deslumbrante carrera de Cristina de Suecia, parece interesante dedicar algún espacio a este Tratado de Westfalia, ya que representa la conclusión de una guerra que por su acerba crueldad y efectos destructivos, constituye uno de los peores recuerdos de la Historia europea.
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La voluntad de acordar unas reglas políticas para poner límites a aquella guerra, partieron de un nuevo concepto, El Derecho de Gentes, destinado a acabar con los excesos bélicos y el derecho de conquista. Durante todo el siglo XVI teóricos políticos y utópicos, idearon planes de paz, proponiendo un modelo ideal que asegurara también el bienestar en una sociedad, hasta entonces brutal, desorganizada, e inmersa en una guerra que redujo casi a la mitad la población al centro de Europa, quedando gran parte de los supervivientes –todos aquellos que tenían treinta años o más–, sin haber conocido otra escuela que el campo de batalla.

En 1623, el holandés Hugo Grotius había publicado en París, De Jure Belli ac Pacis, -Sobre el derecho de guerra y de paz-, que proponía la aceptación de ciertas bases sobre las que asentar un sistema internacional de colaboración mutua, que se considería como un Código de Derecho Público Internacional. 

Por el Tratado de Westfalia, Europa se convirtió en ese conjunto de Estados con fronteras fijas, mutuamente aceptadas y reconocidas, sobre los cuales un monarca o príncipe ejercería plena soberanía. Se crearon ejércitos permanentes y nacionales, que debían sustituir el vigente sistema de mercenarios; la lengua se convirtió en un elemento unificador y el sistema de equilibrio de fuerzas fue sustituyendo a la antigua idea de la llamada monarquía universal.

Al desvanecerse los lazos que unían al Imperio Germánico con Roma, el carácter jerárquico y supranacional del primero, desapareció. El modelo germánico de la Paz de Augsburgo de 1555 que había llevado la paz a Alemania, otorgando a los príncipes y a las ciudades libres el derecho de elegir su religión, de acuerdo con el principio: Cuius Regio, eius Religio, se completaba ahora con la inclusión del Calvinismo. Se reforzaba así el derecho a ejercer libremente la religión deseada, en una época hasta entonces dominada por la exaltación religiosa y el fanatismo ideológico consiguiente.

Además, la creación artística y literaria encontró en la guerra y en la paz, excelentes motivos de inspiración y la libre circulación de hombres e ideas originó una especie de república de sabios y letrados. La naciente necesidad de conocimientos incrementó los intercambios entre países, tanto de correspondencia como de objetos artísticos y científicos, todo lo cual contribuyó a la aparición de una cierta Diplomacia del Espíritu. (Marc Fumaroli).

La Conferencia de Paz de Münster se completó con la Paz de Westfalia. En enero de 1647, España y Holanda firmaron el acuerdo preliminar, a pesar de la presión en contra del cardenal Mazarino, quien se fundaba en una cláusula anterior, según la cual, un aliado –Holanda, en este caso–, no podía firmar la paz por separado, si bien Holanda había dado dicha cláusula por anulada desde que, un año antes, Mazarino había tanteado a su vez, un acuerdo unilateral, también con España, en perjuicio de Holanda.

Finalmente, el Tratado entre las Provincias Unidas y España se concluyó el 30 de enero de 1648 en Münster, siendo ratificado en mayo siguiente. Holanda obtenía la independencia y el reconocimiento de su soberanía, conservando los espacios ocupados durante la guerra, principalmente la desembocadura del Escalda, que le daba el dominio sobre el puerto de Amberes, más otros territorios, entre ellos, Maastricht.

Ter Borch, 1648. Rijksmuseum, Amsterdam 

El juramento del Tratado, el 15 de mayo de 1648, en interpretación del flamenco Ter Borch. Del centro a la izquierda –con dos dedos levantados–, los seis delegados de la Provincias. A la derecha, los españoles y a la izquierda, apoyado en un sillón, el pintor.

   

Ayuntamiento y Salón de la Paz de Münster, Alemania, donde se realizó la ceremonia.

En el mismo salón se ratificó el acuerdo, y el mismo pintor fijó la escena para la posteridad, retratándose de nuevo, pero en este caso, en compañía de su perrito. La obra constituye un homenaje a la aportación intelectual de Hugo Grotius, representado en el centro del lienzo, tallado en piedra sobre su propio túmulo, en el cual aparece el texto del acuerdo.

Hugo Grotius o Huigh de Groot, de Michiel Jansz van Mierevelt, nacido en 1583, y fallecido en 1645, por lo que, obviamente, solo pudo asistir a la ceremonia en efigie.


Al parecer, Borch pasó tres años en Münster con el exclusivo objeto de familiarizarse con los compromisarios, tanto españoles como holandeses.


El Tratado de Münster firmado por Luis XIV de Francia, el Emperador y los Príncipes Alemanes, el 24 de octubre de 1648. El texto original redactado en latín, se extiende en 22 folios y lleva 27 sellos de cera unidos por cintas de seda azules y rojas. Col. Tratados Multilaterales. París

Treinta años de guerra habían dejado media Alemania convertida en un cementerio. Los acuerdos de Westfalia restablecieron la paz entre Francia, Suecia y el Emperador, que a su vez se reconcilió con los Príncipes alemanes. Podríamos llamar al acuerdo, una paz europea, a pesar de la no participación de Rusia, Turquía e Inglaterra, que de todos modos, enviaron representantes. Los Tratados contienen aspectos territoriales, constitucionales y religiosos.

Se otorgaban compensaciones territoriales a Francia y Suecia, que en adelante tendría participación en las Dietas Imperiales en función de sus posesiones alemanas de Brandebourg y Mecklembourg. El Elector Palatino recuperó la práctica totalidad de sus dominios, excepto el Alto Palatinado, cedido a Baviera, junto con la dignidad electoral, que ostentó Carlos Ludovico, hijo de Federico V, el Rey de Invierno. Las Provincias Unidas y Suiza recuperaron su independencia, de España y del Imperio respectivamente.
Francia retuvo los obispados de Metz, Toul y Verdún, además de Alta y Baja Alsacia, Sundgau y las fortalezas de Breisach y Pinerolo, además de otros beneficios menores.
Suecia, retuvo las islas Usedon, Rügen y Wollin, además de Pomerania Occidental con la desembocadura del Oder, más los obispados de Bremen y Verden.

Hechas las paces entre Provincias Unidas y España, Francia siguió en pie de guerra, ahora muy reforzada para proceder contra esta última; la Corona Cristianísima se había propuesto terminar con la Católica. Aunque pasó todavía por la revolución de La Fronda, poco después, Mazarino también alcanzó un acuerdo con la Inglaterra de Cromwell, quedando España efectivamente, aislada, como se lamentaba Felipe IV, con todos los enemigos a cuestas, ya que la paz firmada con las Provincias, significó, en realidad, que perdía la soberanía sobre aquellos Estados conocidos genéricamente, como Flandes. Para llegar aquí, había sido necesaria la Guerra de los Ochenta Años.

A todo esto, Cristina seguía adelante con sus planes de abandonar religión y reino, de los cuales no había informado, ni al Riksdal, ni al propio heredero, Carlos Gustavo, al que envió a Praga poco antes de terminar la guerra, con el objetivo de forzar la entrada en la Ciudad Vieja de Praga en sustitución del General Königsmark, objetivo que abandonó al recibir la noticia del cese de las hostilidades. Acto seguido recibió la orden de licenciar un ejército de cien mil hombres, casi todos alemanes al servicio de Suecia.

A última hora, las tropas imperiales sufrieron una nueva derrota en Lens frente al duque de Enghien, conocido como el Gran Condé, uno de los mejores amigos de la Reina Cristina. 

El Riksdag, pues, seguía creyendo en la quasi promesa de Cristina, de casarse con su primo Carlos Gustavo, al que de otro modo no hubieran aceptado como rey. Así pues, terminada la guerra, volvieron a insistir en el asunto de la boda y sólo entonces, les informó Cristina de que debían declararle heredero, sin tonterías de bodas, por si a ella le ocurriera algo. Aun así, se negaron a aceptarlo hasta el punto que la reina se vio obligada a hacer una declaración que no deseaba: 

-Quiero que sepan que es imposible que yo me case; esta es la situación real y no voy a dar más explicaciones.

Finalmente, el Parlamento accedió, como lo hizo el Canciller Oxenstierna, pero sólo porque creía que aquella solución sería menos arriesgada que el hecho de encontrarse sin monarca, pero dejó muy claro que preferiría haber muerto, porque había jurado al padre de Cristina que la sostendría hasta la muerte.
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