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miércoles, 22 de octubre de 2014

La “Conjura” de Andalucía contra Felipe IV


Andalucía, 1641. Una crisis de todo, ya evidenciada el año anterior, constituye el momento más crítico del crítico reinado de Felipe IV durante el cual, este caso se produce junto a otros movimientos similares, al menos en su origen, en Aragón, Cataluña y Portugal. Protagonistas: el IX Duque de Medina Sidonia y el VI marqués de Ayamonte.

¿Conjura nobiliaria? ¿Tentativa secesionista o independentista? ¿hasta qué punto participó el pueblo en el supuesto intento de sublevar Andalucía contra el rey para instaurar en ella una monarquía en la persona del citado Duque? -Esto no es creíble-. Los planes de ambos nobles quedaron al descubierto por delación, y fueron abortados. Sin embargo, todo el asunto está envuelto en sombras de duda. 

Gaspar Pérez de Guzmán y Sandoval, IX Duque de Medina Sidonia toma posesión de una ciudad del Algarbe. Anónimo. 
Palacio de Medina Sidonia, Sanlúcar de Barrameda.

Gaspar Pérez de Guzmán y Gómez de Sandoval y Rojas, IX Duque de Medina Sidonia, era entonces el jefe de la casa de Medina-Sidonia, depositaria de uno de los Ducados más antiguos de la Corona de Castilla, con enormes señoríos en Sevilla y parte de Granada, y poseedor, además, de la mayor fortuna de Andalucía y una de las mayores del Reino, que eran pocas, pero inmensas; en esto enraizaba buena parte del gravísimo problema de la Hacienda Real.

A la muerte de su padre en 1636, don Gaspar, que tenía 33 años y estaba casado con su tía doña Ana de Guzmán, heredó el Ducado de Medina Sidonia y el título y funciones de Capitán General de la Mar Océana y Costas de Andalucía, –que procedía, como se sabe, de haber mandado el VII Duque la armada que iba a invadir Inglaterra, con su conocido fracaso –en el que estuvieron implicados, además, Felipe II y su sobrino Alejandro Farnesio–, pero del que más tarde fueron responsabilizados los elementos atmosféricos– y, en parte, el propio Duque, aunque, hasta el mismo momento de embarcarse, no había tenido nada que ver con los reales proyectos sobre Inglaterra.

El nuevo Duque, que hasta entonces había vivido en Madrid, envuelto en lujo, derroche y poder de casta, heredaba el mando sobre un territorio que se extendía desde la desembocadura del Guadiana hasta el estrecho de Gibraltar, así como una fortuna ya mermada, en parte, por él mismo; en parte por el millonario agasajo con el que se empeñó su padre –obligatoriamente– para festejar a Felipe IV, cuando este quiso hacer patria visitando Andalucía en 1624 y se detuvo en el famoso Coto de Doñana, y, en fin, por muchos más, grandes y numerosos préstamos pendientes de devolución y avalados por hipotecas igualmente onerosas.

Por otra parte, en virtud de su alta consideración social –si es que se puede emplear este término en la época–, doña Luisa de Guzmán, la hermana del nuevo Duque, había contraído matrimonio con el portugués Duque de Bragança, después, Juan IV de Portugal –protagonista colateral del drama–, en 1632.

Rainha D. Luísa, de José de Avelar Rebelo. Museo Nacional de Carruajes. Lisboa.
El Duque de Bragança, Juan IV de Portugal.

En cuanto al VI Marqués de Ayamonte, Francisco Manuel Silvestre de Guzmán y Zúñiga, procedía de una rama menor de la propia Casa de Medina–Sidonia. Sabemos que su fortuna, algo menor que la de la casa principal, se hallaba igualmente hipotecada a causa de los grandes gastos personales del Marqués, hasta el punto de que en 1636, el propio Consejo de Castilla, hubo de hacerse cargo de su administración.

El Marqués de Ayamonte. ¿Antonio Pacheco? Col. Familiar del Marquesado.

Tanto el de Medina como el de Ayamonte; cosas de territorio, nobleza, proximidad y bodas calculadas; eran Guzmanes y estaban, por tanto, emparentados con don Gaspar de Guzmán, el Conde–Duque de Olivares.

La aventura de Andalucía, está igualmente emparentada con la de Portugal, que se produjo en 1640, siendo descubierta y evitada la primera, en el verano del año siguiente. Al parecer –habida cuenta de que esta cuestión acumula un número de ilimitado de sospechas y medias verdades–, el Duque de Ayamonte avisó a Juan IV de Bragança, de que Felipe IV, o más bien Olivares, se disponía a recuperar el reino vecino, a lo que el portugués respondería, enviando ayuda, muy menguada, dada su propia situación, a los rebeldes andaluces.

La Corona, representada por Olivares necesitaba encontrar traidores a quienes achacar la absoluta decadencia, del reino, no menos que para incautarse de sus bienes e intentar contener la ruina moral y económica, al menos, temporalmente.

Por otra parte, cuando en Portugal empezó la rebelión, en agosto de 1637, su pacificación fue encomendada precisamente a Medina Sidonia y Ayamonte, bajo las órdenes de Margarita de Saboya, Virreina de Portugal desde 1635 –hija de Carlos Manuel de Saboya y de Catalina Micaela, la hija de Felipe II, casada con Francisco IV Gonzaga–.

Margarita de Saboya. Duquesa de Mantua y Monferrato. Frans Pourbus El Joven, 1608. Hermitage.

El cargo de Margarita ya había nacido forzado por la intervención de Diego Soares, del Consejo de Portugal en la Corte de Madrid, amigo de Olivares y pariente del secretario de Estado Miguel de Vasconcelos, que murió asesinado al principio de la rebelión. Impotente ante el pueblo amotinado en Lisboa, a la Virreina, despojada de toda autoridad, se le facilitaron los medios para abandonar el reino. Acto seguido fue coronado en Évora, como Juan IV, el Duque de Bragança, con su esposa, doña Luisa de Guzmán.

Juan IV fue compositor y un gran mecenas. Reunió una de las bibliotecas más completas del mundo, que, desgraciadamente, se perdió en el terremoto de Lisboa de 1755. Murió el 6 de noviembre de 1656 en Lisboa. Durante su reinado, el imperio portugués alcanzó su máxima extensión.

En diciembre del mismo año, Olivares y el rey se proponían recuperar el reino vecino, a cuyo efecto, ordenaron a Medina Sidonia que reuniera un ejército de 10.000 hombres, tarea que aquel emprendió con poco interés y muchas carencias y reclamaciones: …en este ejército faltan diversas cosas para formarse que se han de proveer de Madrid -escribió-, lo que hizo deducir en la Corte, que un traidor estaba tratando de proteger a otro, que además era su cuñado, y que seguramente estaba pensando en hacer en Andalucía lo mismo que el de Bragança en Portugal, a cuyo efecto, contaban con el apoyo de Francia y Holanda.

En tales circunstancias –verano de 1641–, Antonio de Isasi, enviado desde la Corte, descubrió una carta escrita por el de Ayamonte al de Medina en la que se describía la conspiración con tal exactitud que no dejaba lugar a dudas, aunque de haber existido estas, hubieran sido anuladas por las declaraciones de fray Nicolás de Velasco, fray Luis de las Llagas y Francisco Sánchez Márquez, Contador Mayor, que estando preso en Portugal, oyó una conversación entre fray Nicolás –espía–, y un albañil, según la cual, el de Bragança se aprestaba a invadir Cádiz.

Con aquellas pruebas, Medina–Sidonia y Ayamonte, fueron llamados a la Corte, a la vez que don Luis de Haro era enviado a Andalucía para investigar in situ y arrestar al de Medina que, al parecer se hacía el enfermo, pero que, al saber que Haro iba a arrestarlo, decidió no esperar más y salió hacia Madrid, adelantándose a la acción del ministro. 

En el Archivo Histórico Nacional se conserva una carta anónima, de la que también se desconoce el destinatario, según la cual, los tres delatores recibieron grandes recompensas en dinero, cargos de cierta importancia y Hábitos de Órdenes Militares.

Una vez en la corte, decidió el de Medina confiarse a Olivares, contándoselo todo, aunque hizo recaer toda la responsabilidad sobre el de Ayamonte, ratificándolo posteriormente ante el Notario Mayor. En consecuencia, el Marqués de Ayamonte fue arrestado en los reales Alcázares de Sevilla, para ser conducido posteriormente a Illescas, Santorcaz y Pinto, donde fue sucesivamente interrogado, siendo encerrado, finalmente, en el Alcázar de Segovia, más fuerte y seguro. Admitió su parte de responsabilidad, pero culpó al Duque, a quien según su declaración, él mismo frenó en sus aspiraciones. 

El proceso se prolongó mucho tiempo y, durante su prisión, el Duque mandaba dinero al Marqués para su mantenimiento. 

Había oído al Duque –declaró el Marqués de Ayamonte-, y a Luis del Castillo que si le quitaban al Duque Gibraltar metería otra vez a los moros en Castilla y que su ánimo fue de que Andalucía se conservase sin dueño para restituirla a Su Majestad o al Príncipe nuestro Señor cuando cesasen los tributos o hubiese oportunidad para ello... y que el motivo que tuvo este declarante fue el ver que estaban perjudicadas las provincias y que amenazaban riesgo de perderse las demás y acabarse esta Monarquía.

…entiende que toda su confianza la hacía en el descontento universal con que todos se hayan y en parecerle que tenía muchas personas y en particular capitanes y soldados obligados, y que todos le acudirían deseando la libertad y verse libre de tributos...y que la aclamación que se había de usar era: Viva el Rey y muera el mal gobierno, porque su ánimo no era maquinar contra la persona ni corona de Su Majestad, sino procurar el descanso de la Andalucía y que la causa de no haberse ejecutado lo que estaba tratado fue la porfía de los cabos de la armada insistiendo en que habían de tener el puerto de Sanlúcar o por lo menos intentar a Cádiz...y este declarante lo resistía por no tener la guerra en Casa, y que porque al tiempo que se pretendía el alivio de la Andalucía, no parecía conveniente exponerla a los trabajos y miserias de la guerra… y por parecer que si los franceses y portugueses metieran el pie en tierra podrían apoderar de todo y que no estaría en su mano deshacerse de ellos cuando quisiese, que también querrían correr y saquear la tierra lo cual era contrario a su designio y podrían intentar a Sevilla y hacer otros daños.

Pero el Fiscal debió oír otra declaración que no coincide con la que reflejó el escribiente, y escribió:

El intento de dicho Marques era que las armadas de Francia, Holanda y de Portugal viniesen como en efecto vinieron a tratar de quemar la de España que estaba en la Bahía de Cádiz, y que luego se apoderasen de dicha ciudad, de la de Sevilla, y de toda la Andalucía reduciéndola a República Libre… quitar los tributos… restituir el brazo de la nobleza…

Cometió delito de Lesa majestad en su intento de hacer República libre de Andalucía para sublevarla de los muchos tributos y cargas que tenía y otras cosas semejantes.

Por tanto a Vuestra Alteza pido y suplico mande condenar y condene a dicho Marques de Ayamonte en las mayores y más graves penas corporales y pecuniarias en que conforme a derecho y a las leyes del Reino ha incurrido ejecutándole en su persona y bienes, para que a él sea castigo y a otros ejemplo.

Manuscrito Nº.722 de la Biblioteca Nacional.

El de Ayamonte, a pesar de que el fiscal no había podido probar el cuerpo del delito fue condenado a pena de muerte y confiscación. 

Durante cierto tiempo, escuchado el dictamen de uno de los jueces de la causa, se consideró la conmutación de la pena de muerte por prisión perpetua y, parece que el rey estaba dispuesto a concederla, pero cuando don Luis de Haro, descubrió una nueva conspiración, esta vez, por parte del Duque de Híjar, en Aragón, se decidió aplicar la pena de inmediato, para no sentar un precedente de inoportuna clemencia. 

El Duque de Ayamonte fue ejecutado en el Alcázar de Segovia el 12 de diciembre de 1648. Aunque, en última instancia solicitó ser absuelto, como lo había sido el Duque, acusado de los mismos delitos, no fue escuchado. Tenía 42 años.

Siendo, al parecer, muy religioso, aceptó su negra suerte y declaró: Acepto y olvido que en nombre del Rey me fue prometida la vida a cambio de mi confesión. Esta la ofrezco a mi Dios y Creador.

Ruinas del Palacio del Marqués de Ayamonte

El de Medina–Sidonia, tras humillarse pidiendo clemencia mientras besaba los zapatos del monarca, para mejor probar su inocencia, tuvo la brillante idea de intentar demostrar su animadversión hacia el de Bragança, su cuñado, retándolo a un duelo singular, a cuyo efecto le citó cerca de Valencia de Alcántara, a donde se desplazó y donde le esperó, durante más de dos meses y medio, lógicamente, sin que el nuevo monarca tuviera la más lejana idea de comparecer.

El Duque arrepentido de lo que había intentado se postró ante S.M. el día 21 de septiembre de 1641 con sollozos demostraciones de gran sentimiento, y besándole sus reales manos le pidió perdón y entregó confesando su adhesión de la Casa de Braganza y el proyecto de sublevar las Andalucías no por titularse Rey de ellas sino por libertarlas de sus muchos y tributos, apartar a S.M. del Conde Duque de Olivares y restablecer las Cortes y fueros de la Nobleza. –Archivo Medina-Sidonia-.

Se le perdonó la vida mediante el pago de 200.000 ducados de donativo, que tanto necesitaba el rey, pero fue desterrado de sus dominios y despojado de todos los cargos, que pasaron al Duque de Medinaceli, prohibiéndosele asimismo, la entrada en la corte, orden de la que hizo caso omiso, por lo que se ganó la prisión en el Castillo de Coca.

Dado que la supuesta conspiración, revuelta, o traición contra el Rey, fue descubierta antes de que se pudiera poner en ejecución, no se conocen con exactitud y seguridad los planes de los inculpados, ni si estaban solos u otros los apoyaban, ni hasta qué punto, el pueblo conocía o no, y apoyaba o no la acción, que, en todo caso, puede considerarse como una frustrada revuelta o proyecto frustrado de revuelta nobiliaria. 

En medio de la decadencia general, con las derrotas acumuladas entre la Península y los Países Bajos, junto con la ruina de la Hacienda, más un Conde–Duque que dirigía la voluntad de un rey que se dejaba hacer, pero que intentaba instaurar una orden más equitativo en las aportaciones de la nobleza a la Corona, el que más y el que menos, se sintió atacado en sus derechos y privilegios; entre la nobleza, claro está, no entre el pueblo, que no tenía nada de lo que ser despojado, excepto de la vida.

Podría ser cierto asimismo, que Olivares, convirtió un grano de arena en una pirámide; él no era excesivamente codicioso, pero sí era déspota y vengativo con todo aquel que no estuviera de su parte. Parece que algunas de las medidas que intentó para regenerar el reino, podían haber funcionado, pero no dice mucho sobre la grandeza de su espíritu, el hecho de que se dedicara a espiar a sus posibles enemigos, por agujeros practicados en las paredes.

En todo caso, lo que sorprende más en todo este asunto, es el hecho de que nadie responsabilizó nunca al rey de nada, cuando en realidad, debería ser al contrario, empezando por el hecho de permitir el desmedido poder de Olivares, a quien entregó todo el mando, las obligaciones y las responsabilidades. Finalmente, el Duque pagaría por haber hecho el trabajo limpio y sucio del rey, mientras este se entretenía en otras cosas, por ejemplo, en tener decenas de hijos naturales.

En realidad, en el archivo de la Casa de Medina Sidonia, donde se conservan numerosas cartas de Felipe IV y sus secretarios, durante 1640 y 41, no aparece la menor mención al suceso o su sospecha. La historia presenta otros casos en los que las conjuras son montadas por el que las va a reprimir, a base de delaciones y confesiones forzadas mediante premios o amenazas. La realidad, en este caso, es que en Andalucía no pasó nada, excepto un proyecto de rebelión contra el exceso de impuestos, cuya suma se esfumaba tan rápidamente, que no se veían los frutos, pero como hemos dicho al principio, hacían falta traidores y dinero para explicar la situación que nadie había sido capaz de sanear, y esto podía ser relativamente fácil de fabricar con un rey como Felipe IV y un reino que se debatía en el caos de guerras interminables, que unidas a la desastrosa administración, ya muy anterior a su reinado, habían devorado la mayor parte de los recursos del reino.

El encadenamiento de guerras: de los Treinta Años, de los Países Bajos –Ochenta Años–, Inglaterra y Francia en el exterior, junto con las rebeliones de Cataluña, Aragón, Portugal y Andalucía, ya no dejaban margen de acción a Felipe IV, que a los cuarenta años decía sentirse viejo y de poco provecho.

Todas sus acciones y ocupaciones son siempre las mismas y marcha con paso tan igual que, día por día, sabe lo que hará toda su vida. Así, las semanas, los meses y los años y todas las partes del día no traen cambio alguno a su régimen de vida, ni le hacen ver nada nuevo; pues al levantarse, según el día que es, sabe qué asuntos tratar y qué placeres gustar. Tiene sus horas para la audiencia extranjera y del país, y para firmar cuanto concierne al despacho de sus asuntos y al empleo de su dinero, para oír misa y para tomar sus comidas, y me han asegurado que, ocurra lo que ocurra, permanece fijo en este modo de obrar. Usa de tanta gravedad, que anda y se conduce con el aire de una estatua animada. Los que se le acercan aseguran que, cuando le han hablado, no le han visto jamás cambiar de asiento o de postura; que los recibía, los escuchaba y les respondía con el mismo semblante, no habiendo en su cuerpo nada movible salvo los labios y la lengua.
Antoine de Brunel. Viajero francés, en 1655.

Felipe IV a los 52 años. Velázquez, 1657. 69 x 56. Museo del Prado

Era Felipe IV amante del arte y a él debemos las creaciones de Velázquez –quien precisamente le fue presentado por Olivares–, además de una inmensa colección de pintura, de la que gran parte constituye la base de los fondos del Museo del Prado. Sin embargo, de la mayor parte de la información que se conserva sobre él, se deduce que, sobre toda ocupación, prefería la caza, los toros y las mujeres. 

Reinó durante cuarenta y cuatro años y medio, pero con su hijo y heredero Carlos II, único legítimo que le sobrevivió, se agotó la dinastía Habsburgo, o Casa de Austria, en España.

Olivares, que era un gran teórico de la necesaria regeneración, quizás no reflexionó sobre el hecho de que las cabezas cortadas no regeneran nada, sino más bien al contrario. Sin que pasara mucho tiempo, fue la suya la que cayó, aunque en sentido figurado, pero de forma terriblemente dramática, ya que el cambio producido en la actitud del monarca con respecto a él, fue radical y, hasta diríamos que carente de las buenas formas que solía mostrar el Rey Planeta. El Valido quedó de tal forma consternado ante aquella transformación, que, al principio, no tuvo capacidad para reaccionar, y después ya no pudo.

Todo el malestar provocado por la ignorancia del rey, que él mismo había mantenido día a día con grandes esfuerzos, cayó sobre su cabeza. Su vano proyecto de racionalizar y unificar la legislación y repartir las cargas fiscales de forma más equitativa, llevó a Olivares al desastre. Después de sufrir graves e inesperados desaires por parte del rey, el día 23 de enero de 1643 recibió la orden de destierro.

El Conde Duque se refugió en Loeches, un lugar que a sus detractores les pareció todavía demasiado próximo a la Corte, por lo que tuvo de retirarse a Toro, en Zamora, sumido en una profunda depresión, mientras la Inquisición iniciaba una proceso contra él en 1644, que no llegó a sustanciarse porque murió antes de ser preso.

El Conde Duque de Olivares. Velázquez. Hermitage.

Tuvo Olivares enemigos implacables en los que encendió un odio mortal a causa de aquella actitud despótica que desligaba sus determinaciones de la razón, aunque, en ocasiones la tuviera.

  …Como siempre el Conde-Duque, y yo –escribió Quevedo–, anduvimos en acecho cada uno de las acciones del otro, él para dar castigo a las mías, y yo para repetir reprensiones á las suyas; no dejé de anticipar los renglones á su caída, esperándola siempre.

No puedo, ni quiero negar lo mucho que he escrito contra este Señor; pero tampoco se me podrá contradecir lo mas que se ha vengando de mi persona. Yo declamaba porque obrase bien; y el me encerraba porque no lo predicase. Aquello era digno de agradecimiento en otro ánimo, y esto capaz, de acobardar a otro espíritu.

Siempre triunfé, porque nunca me rendí. Hoy salía de una prisión, y mañana reprendía en mis escritos una acción de quien por igual causa me había enviado a ella, y podía remitirme a otra más rigurosa por esta osadía nueva, que en realidad era caridad; porque guiar a un ciego, o advertirle el peligro para que no dé en él, jamás dejó de ser acción muy cristiana.

La privanza del Conde-Duque de Olivares, que se había continuado por veinte y dos años; tenía sus raíces tan profundas y firmes en el corazón del Rey Don Felipe IV, que la juzgaron todos como un fuerte y antiguo Roble.

Fomentaba este concepto el natural amor (o fuese inclinación forzada) que desde su mocedad tuvo el Rey al Conde-Duque, y el exquisito modo con que este se manejó, para sosegar en su altura sin sospecha desconfiada, y permanecer en aquel lugar sin sustos anticipados y no sabiendo discernir con propiedad si esta inclinación del Rey era amor o reverencia, afecto o veneración; porque el efecto que mostraba en todos los accidentes, inducía un amor singular, y un cierto temor de no hacer cosa alguna, que no fuese totalmente ajustada al gusto del Conde-Duque.

Los primeros y generales motivos de esta caída han sido los infelices sucesos de esta Monarquía debajo de su gobierno; de los cuales se atribuía la ocasión no al entendimiento del Conde-Duque, que parecía destinado a la dirección del Imperio de todo el mundo; sino a su malicia y ambición; tan grande, que tenía eficacia para perder no uno, sino mil mundos, si estuvieran sujetos a su desdichada autoridad, dolor sin duda notable.

Fue la ambición del Conde-Duque causa principal de que el Rey perdiese en Oriente los reinos de Ormuz, Hora, y Fernambuco, y todos los que están en aquella amplísima costa , además del Brasil, las Islas Terceras, el reino de Portugal, el Principado de Rosellón; todo el Ducado de Borgoña, fuera de Dolo, Tiranizan, y Estil, Arras de Flandes; muchas plazas en el Ducado de Lucemburg, y Brusvik en la Alsacia; y poco menos de haber extraído los reinos de Nápoles y Sicilia, y el Ducado de Milán, con la pérdida del de Mantua. 

El de haber perdido más de doscientos y ochenta navíos en el mar Océano, y en el Mediterráneo. El haber sacado de las entrañas de la tierra, y del corazón de los vasallos con nuevos derechos y donativos por él impuestos, como son la media anata; el papel sellado, alcabalas, y otras cosas innumerables: ciento y diez y seis millones de doblones de oro; parte de los cuales se gastaron inútilmente en ejércitos deshechos, y en armadas perdidas y parte se distribuyó entre Virreyes, Gobernadores, Capitanes Generales, y otros Ministros, todos hechuras suyas, ya por sangre, o ya por servil dependencia, y parte que entró en el tesoro del Conde-Duque, y bolsillos de sus criados para fines incontinentes.

Todas estas cosas juntas, han hecho desear á todos ver de una vez redificarse con su ruina el resarcimiento de tantos años; con su caída el levantamiento de la Monarquía; y con su descrédito la estimación del Rey.

Quevedo. Probable copia de un original de Velázquez, realizada por Van der Hamen. Instituto Valencia de Don Juan. Madrid.

La primera entre las causas segundas –añadía Quevedo-, fue la Reyna Doña Isabel de Borbon la qual desde el principio ha sido tan desestimada del Conde-Duque, y de la Condesa, su muger, Camarera mayor suya, y tenida en tanta sujecion, que solo en la presencia era Reyna, experimentando en todo lo demas las desdichas de una miserable esclava.

Inspiró esta heroína de fama inmortal en la mente del Rey su marido la tiranía del Conde-Duque; haciendole presente al mismo tiempo la maldad que encerraba la proposicion que la habia hecho muchas veces, y era: Que las Monjas se habían de estimar solo para rezar, y las mugeres propias únicamente, para parir.

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sábado, 2 de noviembre de 2013

Carlos I Estuardo – Charles I Stuart. Amor o Guerra - Londres - Madrid

Charles Stuart (1600-1649), de Antonis van Dyck.

La romántica historia de la visita de Charles Stuart a Madrid, atravesando media Europa a caballo y de incógnito, platónicamente enamorado de Ana, hermana de Felipe IV, es suficientemente conocida, pero su memoria se adapta mucho más a la fantasía de lo que tal vez pudo haber sido, que a la compleja realidad histórica que fue.

El 19 de junio de 1566 María Estuardo – Mary Stuart, traía al mundo a su hijo James – Jacobo, en contra de los deseos y los proyectos de su segundo esposo Lord Darnley; Henri I Stuart, rey consorte de Escocia, que falleció poco después, a causa de una terrible explosión en la residencia donde convalecía. 
El día 26 de abril de 1567, la reina viajó para visitar a su hijo; fue la última vez que lo vio. 

Mary Stuart -Atribuido a Rowland Lockey, Nat. Portrait Gallery- y su hijo James. 
Arnold Bronckorst

En el camino de vuelta a Edimburgo -declaró-, fue secuestrada y posteriormente, violada por el Conde Bothwell, quedando, al parecer, embarazada, circunstancia que la llevó –siempre de acuerdo con sus declaraciones–, a casarse con el secuestrador, sobre el que, además, pesaba ya la sospecha del asesinato del anterior monarca y segundo marido de la reina. María deseaba legalizar con el matrimonio el nacimiento de aquel niño y, Bothwell aceptó, pero impuso que la ceremonia de la boda se celebrara dentro del rito y el credo protestante. Mary también aceptó.

El hecho encendió la cólera de los nobles que declararon la guerra a los reyes. En el curso de los enfrentamientos, el día 15 de junio de 1567, las tropas de la reina fueron derrotadas, pero ella misma, sorprendentemente, se ofreció como rehén, a condición de que su esposo quedara en libertad. Dicha condición fue aceptada, aunque nunca se respetó.

María fue recluida en al castillo de Loch Leven donde sufrió un aborto de gemelos a finales de julio de 1567 y donde, el día 24 del mismo mes, abdicó en su hijo James, que ya tenía una año. El resto de la azarosa y triste vida de Mary Stuart es suficientemente conocida, pero nos interesa ahora, en tanto en cuanto afecta al nuevo rey de Escocia, quien, tras el fallecimiento de Isabel Tudor, recibió también la Corona de Inglaterra el 25 de julio de 1603. Tenía para entonces, 36 años.

Su concepción absolutista y divina del derecho real le atrajo pocas simpatías en Inglaterra y, sobre todo, en el Parlamento, al que solía convocar para solicitar fondos, declarando siempre con absoluta convicción, que las tareas de legislar, juzgar y ejecutar las leyes, eran exclusivas del monarca y que el Parlamento no tenía derecho a intervenir en sus decisiones.

No obstante, y, en términos relativos, se podría decir que su reinado fue estable, además de caberle la gloria de que en su transcurso surgieran algunas de las figuras más brillantes de las letras universales, como John Donne y, naturalmente, William Shakespeare. El mismo monarca era dado a las letras; escribió sendos tratados contra demonios y tabacos, pero fundamentalmente, su reino le debe la traducción de la Biblia que sigue en vigor, conocida como la King James.

James Stuart. Anónimo
Ana de Dinamarca, John de Kritz (the Elder) National Maritime Museum, London

James se casó con Ana de Dinamarca y tuvo nueve hijos de los que sólo tres llegaron a edad adulta, siendo el quinto, Charles (1600–1649), el que ahora nos ocupa, a causa de la historia de su frustrado proyecto de matrimonio con la Infanta española.

Desde 1611, su padre, Jacobo, en el contexto de la paz con España, pensó en el matrimonio de Carlos, con María Ana de Austria, hija de Felipe III y Margarita de Austria; hermana menor, por tanto, de Felipe IV.

En la primavera de 1623, ya fallecido Felipe III y, en vista de la lentitud de las conversaciones, Carlos, ya Príncipe de Gales, tras una rapidísima galopada, se presentó en Madrid, obviando todo protocolo y con la única compañía de su gran amigo George Villiers, al que más tarde conoceremos como Duque de Buckingham.

A pesar de sus reticencias, Jacobo, que no estaba del todo conforme con la boda, se sentía cómodo, porque mientras aparentemente se mantuvieran activas las conversaciones de paz y matrimonio, eludía cualquier dificultad con la Corona de España, Carlos logró que enviara una carta a Madrid, en la que informaba de su visita, sin escolta y, prácticamente, de incógnito: Ahí os mando ese enamorado…

Curiosamente, al principio de las conversaciones se había tratado de aquella boda, pero no con Charles, sino con su hermano mayor, Henry, de quien el Conde de Gondomar, embajador español en Londres, aseguraba que era católico en secreto, pero que mudó la casaca y se hizo contumaz hereje, a causa de la negativa española a aquel enlace. Fallecido ya el hermano mayor, se trataba ahora del pequeño, que en opinión de Gondomar, era una perla.

Fallecido, pues, Felipe III y defenestrado el Duque de Lerma, aparentemente, era como si todo volviera a empezar, pero con nuevos actores principales: Felipe IV, ahora, aconsejado por Olivares, frente a Charles I Stuart , aconsejado por Buckingham.


Seis meses permanecieron el pretendiente y su compañero en Madrid haciéndose llamar John y Thomas Smith, aunque todo el mundo sabía quiénes eran y cuales sus pretensiones, que ya corrían en versos populares:

                     El Gran Rey de Inglaterra,
                     Señor de la Gran Bretaña,
                     por ti, ¡oh Infanta de España!,
                     de sus reynos se destierra
                     y le hace amor tal guerra,
                     que siendo mancebo y tierno
                     con gran peligro en invierno,
                     solo por la posta marcha
                     sin temer hielo ni escarcha,
                     porque tiene fuego interno.

A pesar de cualquier aspecto romántico –aunque quizás no habría que descartarlo completamente–, de acuerdo con los documentos de la Colección Fernán Núñez, de la Biblioteca Bancroft de la Universidad de California (Berkeley), existe una versión, según la cual, tanto la idea del matrimonio anglo-español, como el viaje de Charles a Madrid, no fueron iniciativa de Charles, ni de su padre el rey James: 

El Conde de Gondomar, Diego Sarmiento de Acuña, (1567-1626) que llegaría a ser una relevante figura en la corte de James I, se propuso dos objetivos fundamentales en su misión diplomática en Inglaterra: entre 1613-18, el primero consistiría en persuadir al monarca inglés para abandonar su alianza con Francia -recordemos que Ana de Austria, la primogénita del Felipe III, había contraído nupcias con Luis XIII de Francia en 1615-, y con los países protestantes de Europa y formar una alianza con España. Entre otras cosas llevó a Jaime I la oferta de la mano de la hija de Felipe III para el heredero del trono inglés. Como consecuencia de ello, Jaime I viajó a Madrid a finales de 1622, acompañado de su hijo Carlos -futuro Carlos I- para negociar el matrimonio con la infanta María Éste no llegaría a realizarse y se acabaría concertando el matrimonio del heredero inglés con Enriqueta, hermana de Luis XIII de Francia. Don Diego Sarmiento concitó durante sus años en Londres la enemistad del pueblo inglés e incluso llegó a ser la figura del antihéroe en varios dramas de la época, entre los que destaca A Game at Chaess (1625), de Thomas Middleton. (Adelaida Cortijo, University of California, Berkeley y Antonio Cortijo Ocaña, University of California, Santa Barbara.)

En aquel momento, en Inglaterra crecían las diferencias religiosas; en toda Europa se fraguaba la terrible Guerra de los Treinta Años y la balanza podía inclinarse en función de las diferentes alianzas. La Corte de Madrid, a pesar de la buena acogida brindada al heredero inglés, se empleó a fondo en darle largas, entretenerlo con fiestas y enredarlo en falsas excusas, para rechazar el matrimonio sin hacerse responsables de las consecuencias que podían derivarse de una negativa directa, dando lugar a que, desde el instante en que Carlos Estuardo volvió a poner el pie en suelo inglés, sintiéndose más engañado que defraudado en sus supuestas expectativas amorosas, declarase la guerra a España. 

A partir de entonces, como veremos, la familia real española se encerró en su habitual endogamia de forma cada vez más pertinaz y antinatural, hasta el agotamiento.

De acuerdo con el relato de Matías de Novoa, Jacobo I no deseaba romper la paz con España, lo que le llevaría a cimentarla por el casamiento de su hijo Carlos, con la Infanta María. 

Habiendo significado al Rey por sus Embajadores y por D. Diego Sarmiento, Conde de Gondomar, Embajador del Rey en Inglaterra, que deseaba este casamiento más que ninguna otra cosa del mundo; que se apartaría de la confederación de holandeses y concedería la libertad de conciencia á sus vasallos, y haría por esto todas las diligencias humanas que se le pidiesen.

Finalmente, el deseo de aquel Rey por dar á su hijo esposa tal y tan admirablemente hermosa, que fuese envidiada su Casa de todas las de los otros Príncipes del orbe, persuadía con tales extremos al Embajador de España, que llamándole un día á su Palacio, le rogó encarecidamente partiese á España y suplicase al Rey, de su parte, resolviese este negocio y alentase y diese calor á él cuanto le fuese posible.

Escribió el Conde á S. M. lo que el Rey tan porfiadamente le pedía, y que así suplicaba á S. M. le diese licencia para partir á España á darle cuenta de las partes de este negocio, y que también era forzoso por no quebrar en la correspondencia que con él se tenía, tomar algún color o salida en este caso. El Rey le respondió diese largas dilaciones á su venida.

 
Diego Sarmiento de Acuña. Conde de Gondomar

Gondomar insistió: 

–No puedo ya defenderme de las continuas importunaciones del Rey, advierta S. M. se aventura ya reputación en esto– escribió.  Y el Rey, que ya temía á este Embajador como al diablo, viendo había llegado el negocio á los lances más apretados y estrechos que podía ser, le mandó que viniese; con lo cual, contentó al Rey de Inglaterra, porque le pareció cobraba ya algunas esperanzas su pretensión.

Finalmente, Gondomar viajó a Madrid con grandes esperanzas en la realización de su proyecto, ignorando que se iba a encontrar frente a un muro infranqueable y una red de simulaciones en la que él mismo se vería enredado. Para empezar, el rey dejó pasar unos días antes de recibirle y, cuando se decidió le envió un aviso para que se presentara en Palacio, casi en secreto; y en lo más retirado de su Cámara le oyó. 

Comenzó el Conde, como tan entendido y cortesano, á discurrir largamente en el negocio, descogiendo y despuntando todas las conveniencias y razones de Estado que había para que se efectuase este casamiento, y después de larga y prolija arenga, habiéndole oído atentamente S. M., elevando el rostro y serenando el semblante, le dijo el Rey: 

–¿Traéis algunas razones de fe que nos obliguen? porque las de Estado, en este caso, no se sirve a Dios con ellas, que es lo que más principalmente debemos observar.

El Embajador con esta respuesta, cuando esperaba de su narración otros efectos, se quedó admirado, y poniendo las rodillas en el suelo y el Rey volviéndole las espaldas, suspendió la audiencia. No quería el rey permitir que se mezclase su sangre con la de los enemigos de la Iglesia.

Decía el Conde de Gondomar -muy preciado de estadista, añade Novoa irónicamente-,  que se trataba de la reducción de las provincias rebeldes, confusión y ruina de sus confederados, desahogo de esta monarquía; y que con la unión de esta isla habíamos de hacer frente y arrastrar todo el resto de nuestros enemigos, para lo cual asentó con pactos y juramentos de inviolable secreto, que el Príncipe viniese a la corte de España á dejarse ver; porque agradándose la Infanta, podía que fuese acertado el matrimonio, dándose a creer que podrían reducir al gremio de nuestra religión al pretendiente y a toda la isla, siendo todas las señales que yo vi en él, del más pertinaz y consumado hereje que ha tenido contra sí la iglesia de Dios. 

Estaba el pueblo sumamente contento y alborozado con tanto ruido de novedades, alimento en que más se ceba; en todas partes no se oía otra cosa. ¡A quién no había de causar horror y lástima, que la hez de la plebe se alegrase! 

Por este tiempo, y contra el parecer de un Rey prudente, ya el Príncipe de Gales había salido de Londres, y con secreto inviolable, navegando á Francia con el Marqués de Boquingam, y a largas jornadas se entró por España.

Habiendo llegado a la corte á 17 de Marzo del año de 1623, se apeó en casa del Conde de Bristol, Embajador extraordinario de su padre en España, envió a llamar con toda brevedad al Conde de Gondomar, y dándole cuenta de su venida, pasó volando a darla al Conde de Olivares, los cuales á un mismo tiempo se la dieron al Rey; este ruido y esta novedad se comenzó a extender luego por la corte, viéronse ambos, Príncipe y Rey, aquella noche de secreto y retirados.

Charles, Príncipe de Gales, llega discretamente al Alcázar de Madrid. 1623

Hiciéronsele muchas y muy reales fiestas; jugó el Rey las cañas, entreteniéndose después de esto muchos días en correr lanzas, en que el inglés no parecía mal ejercitado; vínose al punto de tratar el casamiento, y lo primero que se pretendió examinar, fue si el Rey podía dar esta señora á este hereje o no. Quería nuestro Rey librar este ángel –a la Infanta– de las garras de este basilisco de la Iglesia.

El factor primordial del posible contrato, y en el que se aparentó depositar la decisión final, era la dispensa del Pontífice, que en la Corte de Madrid, nunca se creyó que sería concedida.

Ya por estos días estaba resuelta la Junta y determinado entre los Teólogos y jurisprudentes, que se le podía dar la Infanta al Príncipe: habíase enviado por dispensación á Roma al Papa Urbano VIII, para efectuar en la corte el casamiento, que tardó mucho; hay quien dice que el Papa no gustaba dello. De aquí se dio a sospechar que el Papa, por simpatía hacia Francia, no quiso despachar la dispensación tan presto.

Pero Boquingam –continua Novoa-, lo urdió de manera que dio paso al Rey de Inglaterra, para que diese orden en la salida del Príncipe; el Rey lo hizo ansí, si bien el mozo lo sentía, porque ya se hallaba tiernamente enamorado de la Infanta, mas el padre proveyó tan aprisa sobre esto, que escribió á Boquingam, que si el Príncipe no quería salir de la corte de España le dejase y se viniese él: esto pasó en secreto y por el consiguiente escribió al Rey católico quedase hecho el tratado del casamiento y diese licencia a su hijo para volverse, que sus años eran muchos y para cualquier accidente, más que necesaria su venida.

Capitulóse, finalmente, que dentro de un año se había de llevar la Infanta á uno de los puntos de Inglaterra, que se harían los desposorios con todas las solemnidades de la Iglesia, que se confirmaría la paz para en lo de adelante y otros artículos tocantes á la religión: jurólos el Rey y el Príncipe con ninguna intención de cumplirlos. 

Boquingan -que a pesar de las aseveraciones de Novoa, era consciente de que no existía la menor intención de cumplir lo acordado-, andaba retirado, sin querer aparecer, dando por causa que se hallaba con alguna falta de salud, ardiendo en su corazón el rencor y la venganza.

Hiciéronse de una parte á otra ricos y lucidos presentes de joyas y preciosas piedras, perlas y otras cosas de mucho valor y curiosidad; dejaron muchas para la Infanta, que no se tocaron á ellas hasta ver el fin en lo que esto paraba, que no dejaba de traslucirse y se desconfiaba de su ejecución. Y partió de Madrid acompañándole el Rey hasta San Lorenzo el Real.

A la espalda del heredero inglés se cerraban  las puertas de la misteriosa Casa de las Siete Chimeneas, donde había sido alojado; tétrico escenario de lúgubres connotaciones que aún tardarían en salir a la luz, aunque la memoria colectiva siempre auguró funestas consecuencias a sus moradores...

Convencido de que todas sus propuestas eran sometidas a Juntas y Consultas, en las que nunca se concluía nada, el príncipe comprendió que día tras día se habían ido burlando sus proyectos; y en uno de los días que se caminó, yendo el coche cerradas las cortinas por el demasiado polvo y calor, diciendo el Cardenal Zapata al Príncipe, si se podría abrir una; 
–Yo lo había querido decir –respondió–, mas no me he atrevido, pareciéndome si acaso no se podía hacer sin la Junta. 

Tan falsos iban y de tan mala intención en el uso de nuestras acciones –concluye Novoa–.

Esperábanle en el puerto –prosigue el autor-,  doce galeones poderosos y bien artillados, y dice quien lo vio: que en uno de ellos le enseñaron un oratorio donde habían de ir los criados y criadas si se hiciera la boda de la Infanta, donde habían de oír misa, empero –termina-, yo lo juzgo todo por aparente y falso, y que querían usar de esto en tanto que duraba el engaño.

Salióle el Rey, su padre, á recibir algunas jornadas antes de llegar a Londres; el cual en breves días, cargado de años, falleció; con que se declaró Boquingam y el nuevo Rey por enemigos capitales de nuestras Coronas, sucediendo en la privanza del hijo con la misma firmeza que en la del padre. 

Después del fracaso del proyecto español, Charles Stuart finalmente contraería matrimonio con la católica Enriqueta María de Francia, hija de Enrique IV –asesinado en 1617, y de María de Médicis, desterrada el mismo año–, a la que conoció en París en su viaje de vuelta a Inglaterra y tras la aceptación de la propuesta por parte de la Corona francesa sin tantas averiguaciones y escrutinios de herejía.

Henriette Marie de France. Anthony van Dyck. Royal Collection

Los cinco hijos mayores de Charles en 1637: Mary, James, Charles, Elizabeth y Anne
Sir Anthony Van Dyck, Royal Collection

No paró aquí el odio del privado; tras la capitulación del casamiento, capituló con el Rey de Francia una liga ofensiva y defensiva contra el Rey católico, que se llevó tras sí al Duque de Saboya y venecianos y otros Potentados enemigos nuestros; pasó a Holanda y capituló otra, incluyendo en ella al Rey de Dinamarca; este rayo que se prevenía, concitado por el coraje deste infiel, para asolarnos, ya se había dejado sentir en España, si bien con tanto silencio que nunca se creyó; acá, aunque se hacían algunas prevenciones, no las que convenían de hombre de tan gran cabeza como la del Conde de Olivares, y de tan incansable trabajo me admira que se le pasase aquella ocasión por alto y sin prevenirle opósito, pues para tales ocasiones es el talento y el blasonar de gran Ministro; viendo salir a un hombre irritado a revolver la Europa, deshecho este casamiento y efectuado en Francia movimientos de armas y bajeles en todas partes, que todo amenazaba ruina. 

Es evidente que Novoa tenía acerbas críticas para repartir a todos, excepto al monarca, a quien atribuía las inspiraciones de su consejero-valido, Olivares, al que sin embargo, juzga severamente. 

Hablábamos de endogamia; pues bien, Ana de Austria, al final se casó con su primo Fernando III de Austria.

Ana de Austria y Fernando III

Su hija, Mariana (1634–1696) se casó en 1647 (13 años) 
con su tío Felipe IV (1605–1665):

Y su hijo Leopoldo (1640–1705) se casó con Margarita, hija de Felipe IV y Mariana (1651–1673), Velázquez, Kunsthistorisches Viena).

Como es sabido, a pesar de que Felipe IV tuvo numerosa descendencia fuera del matrimonio, con grandes dificultades logró tener un heredero legítimo, Carlos II -con el cual se extinguió la rama española de la dinastía iniciada dos siglos antes por el matrimonio de Juana, la hija de los Reyes Católicos, con Felipe de Hasbsburgo, el Hermoso-, dando lugar a la Guerra de Sucesión en cuyo transcurso, media Europa se batió por la herencia española.

El Conde de Gondomar, Diego Sarmiento de Acuña, llegó a crear una relación de auténtica amistad con Jacobo I quien le admiraba por su extensa cultura; de hecho, ambos bromeaban llamándose a sí mismos los Dos Diegos, jugando con la correspondencia de sus nombres: Diego, Yago Santiago o Jacobo-James. Reunió una gran biblioteca sobre la que escribió Pascual Gayangos: ¿Qué fue de esta rica colección de libros, con tantas fatigas y dispendios reunida? Por los años de 1785, el marqués de Malpica, heredero á la sazón del título y mayorazgos de Gondomar, obedeciendo a una insinuación o casi mandato del rey Carlos IV, la cedió para ser incorporada a la que con los manuscritos de los Colegios Mayores suprimidos en las universidades de Alcalá y Salamanca, y con otras colecciones más o menos importantes, vino con el tiempo á constituir en el Real Palacio la llamada Particular de Su Majestad; biblioteca, como es sabido, rica en joyas literarias, y que desde entonces acá ha sido guardada con más recato y sigilo del que parece convenía al decoro de la monarquía, al interés de la ciencia y al adelantamiento de los estudios históricos.

Ana de Austria vivió hasta 1646, por lo que no conoció la suerte corrida por su pretendiente, Carlos Estuardo, decapitado tres años después, por decisión del Parlamento Inglés, ante su incapacidad para aceptar que la Corona hubiera de someterse a la Ley.

Condenado a muerte bajo la acusación de tyrant, traitor, murderer, and public enemy to the good people of this nation –Tirano, traidor, y enemigo público de las buenas gentes de esta nación–, como es sabido, su ejecución no complació a la mayoría. Sin embargo, parece que el jurado le ofreció insistentemente la posibilidad de pedir clemencia, en la convicción de que lo haría y sería inmediatamente indultado, pero Carlos, fiel a sus inmutables principios, se negó a pedirla a aquellos a quienes consideraba usurpadores de la justicia.

Carlos I recibe una rosa de una muchacha, cuando es llevado a la prisión en la que esperará su ejecución. Eugene Lamy. Louvre.

Tras la restauración de la monarquía, con Carlos II, casi todos aquellos a quienes se consideró responsables de la sentencia y ejecución de Charles I Stuart, fueron perseguidos y ajusticiados. En enero de 1661, los cadáveres de Oliver Cromwell, Henry Ireton y John Bradshaw, fueron exhumados, ahorcados y sus cráneos empalados en Westminster Hall.

Oliver Cromwell, Henry Ireton y John Bradshaw