sábado, 24 de junio de 2017

Cinco Emperadores Buenos II • ADRIANO




Adriano. Museo de Israel, Jerusalén

Era a la vez severo y complaciente; afable y altanero; impetuoso y contenido en sus pasiones; avaro y liberal; gran simulador y, acto seguido, tan cruel como clemente; en fin, todo en él eran contrastes.

Se escribió poco, y se conserva menos, sobre su mandato, pero afortunadamente, su inmensa obra arquitectónica, urbanística, de ingeniería y artística, viene a ser el libro abierto de una biografía, cuyas fuentes escritas, como decimos, son muy escasas. 

Teníamos las Vidas de los Césares, del Senador Marius Maximus (160-230), y la titulada Historia de Roma, de Dion Casius (155-235). La obra de Maximus se proponía, al parecer, continuar la celebérrima Vida de los Doce Césares, de Suetonio, pero ha desaparecido, aunque fue citada y resumida en la Historia Augusta de Spartiano, que se inicia, precisamente, con la Vida de Adriano y en la que, además, dice haber consultado las también desaparecidas Memorias de este emperador. Es la que seguiremos aquí, partiendo de la versión francesa de mediados del siglo XIX. 


En cuanto a la obra de Dion Casius, de la que la Vida de Adriano constituía el tomo 69, sólo disponemos de algunos fragmentos y de un resumen del período bizantino.

Adriano mismo habría dicho que sus antepasados procedían de Adria y que se establecieron en Itálica en tiempos de Escipión. Su padre fue Aelius Adriano, conocido como Afer, y era primo de Trajano. Su madre, se llamaba Domitia Paulina, y era de Gades. A pesar de su ascendencia hispana, él nació en Roma, el 24 de enero del año 75, durante el mandato de los cónsules Tito y Vespasiano.

A los diez años perdió a su padre, y fue educado por dos tutores que le enseñaron literatura griega, a la que, al parecer, se aficionó tanto, que le apodaban el Niño griego.

A los quince empezó el servicio militar y de esa etapa se dice que se entregaba con exceso a la caza, tanto que parecía no importarle demasiado ninguna otra cosa. En tales circunstancias, Trajano lo llamó a Italia, allí lo trató como a un hijo, siendo pronto admitido entre los decenviros encargados de los procesos judiciales y nombrado Tribuno de la II Legión, acampada en Hungría.

Todavía vivía Domiciano cuando le auguraron que llegaría a ser Emperador; una predicción que ya le había adelantado su tío abuelo, Aelius Adriano, que al igual que él mismo, era considerado como muy hábil en la ciencia astrológica.

Cuando Trajano fue adoptado por Nerva, Adriano fue el encargado de llevarle la noticia y las felicitaciones, a cuyo efecto se dispuso a viajar a la Germania Superior, pero su cuñado Servio, que estaba indispuesto contra él, intentó retrasar su partida, recurriendo incluso a destrozar su carro. Aun así, Adriano hizo el viaje a pie y llegó a su destino antes que un correo que había despachado Servio, ganándose el agradecimiento del Emperador, aunque tuvo que seguir luchando con los gobernantes de los pajes cortesanos, que tenían mucha influencia sobre Trajano y, sobre todo, con Gallo, que continuamente suscitaba envidiosas intrigas contra él.

Inquieto ante lo que pudiera pasar por la mente del Emperador, consultó las Suertes Virgilianas –consistentes en extraer al azar un fragmento de la obra de Virgilio y tomar como un oráculo el texto así elegido–, salieron los siguientes versos del Libro VI de la Eneida.

¿Quién es ese noble anciano que se ve a lo lejos
con el olivo en la frente y el incienso en la mano,
Con la barba y el cabello blancos?
Reconozco a un fundador de leyes,
que de una humilde morada pasa al palacio de los reyes…

Su siguiente paso en el camino del imperio también le fue anunciado por un oráculo llegado del templo de Júpiter en Edesa, y que consigna Apolonio de Siria, un filósofo platónico. El hecho es que, finalmente, apoyado por los buenos oficios de Sura –un amigo de Trajano–, Adriano entró plenamente en la gracia del Emperador, que le concedió casarse con su sobrina. 

Ciertamente, algo así parece que pudo ocurrir, pues, según dice Marius Maximus, en la Historia Augusta, Trajano no siempre estuvo bien predispuesto hacia Adriano.

El Arco de Adriano, en Atenas. Marcaba el límite entre “la ciudad de Teseo” y “la ciudad de Adriano”.

Inscripción de los límites

Al cumplir los 25 años, Adriano alcanzó la Questura y tuvo que pronunciar un discurso en el Senado, en nombre de emperador, pero al parecer, lo hizo tan mal, que provocó risas, lo que le decidió a estudiar letras latinas, en las que con el tiempo alcanzó el más alto grado de habilidad y elocuencia. 

Después fue encargado de redactar las actas del senado, hasta que acompañó a Trajano en la guerra contra los dacios. Durante aquella campaña desarrollaron una gran familiaridad entre sí; él mismo Adriano dijo que, “para complacer a Trajano se entregó, como él, a los excesos de vino, lo que le valió numerosos regalos”. En este sentido, se dice que el propio Trajano llegó a ordenar que no se le sirviera vino, si lo pedía después de las comidas.

Después fue Tribuno del Pueblo, y cuando ejercía esta magistratura, tuvo otra revelación: perdió el manto, que los tribunos solían llevar siempre, pero nunca los emperadores, Adriano entendió que aquella pérdida le aproximaba definitivamente al poder.

En la segunda expedición contra los dacios, Trajano lo llevó consigo y le dio el mando de la I Legión Minerva. Parece que Adriano se distinguió brillantemente, por lo que Trajano decidió regalarle el diamante que él había recibido de Nerva, lo que se interpretó como promesa de su futura adopción. Después fue Pretor y Trajano le entregó cuatro millones de sestercios para ofrecer juegos al pueblo. 

Tras su estancia en Panonia, restablecida la tranquilidad entre los sármatas, ganó el consulado y en esta disposición fue informado de que el emperador se proponía adoptarlo. Así, poco a poco, había ido mejorando en la consideración de Trajano, que fundamentalmente valoraba los discursos que le escribía.

Fue nombrado senador una segunda vez, con el apoyo de Plotina –la esposa de Trajano- y, con tal seguridad, ya no dudó más sobre su futuro. Para entonces ya vivía familiarmente en la corte.

Se encontraba en Siria cuando al fin recibió las cartas que le anunciaban su adopción y decidió que aquel día, nueve de agosto, sería en adelante celebrado como el aniversario de su entrada en la familia imperial. 

El día once murió Trajano y también fue celebrado anualmente como el de su advenimiento al Imperio.

Hubo muchos rumores acerca de aquella designación de última hora, pero se impuso el que se refería al peso de la preferencia de la facción de Plotina, la viuda de Trajano, de la que se dijo, incluso, que había hecho que un hombre ocupara el lecho de su esposo, ya fallecido, y que declarara la decisión de adoptar a Adriano, con el rostro cubierto. En la Roma imperial, los rumores, a veces, cobraban peso de ley, pero no en esta ocasión.

Adriano asumió rápidamente su nuevo cometido y lo haría –aseguró–, ateniéndose a los usos antiguos. En primer lugar se propuso reinstaurar la paz en un momento en que muchas de las naciones subyugadas, empezaban a sacudirse el yugo romano. El norte de África se levantaba; los Sármatas llevaban a cabo peligrosas incursiones; Britania parecía incontenible y Palestina era una amenaza permanente.

Adriano empezó por abandonar toda tierra más allá del Tigris y el Éufrates –siguiendo en esto, según dijo, el ejemplo de Catón, que declaró libres a los Macedonios, cuando supo que no podría contenerlos. 

Trajano había nombrado a Psamatossiris rey de los partos, pero Adriano, viendo que este no tenía autoridad sobre ellos, lo envió a gobernar en otro sitio.

En cuanto a su propio reino, optó, o al menos, aparentó optar por la clemencia, evitando condenar a traidores o enemigos, supuestos o reales. Bien es cierto que alguno de ellos, sería asesinado más tarde, pero se dijo que Adriano no había dado orden alguna en aquel sentido.

En evitación de cualquier incidente, dio a los soldados una doble gratificación: –“los emperadores romanos tenían un obstáculo más que superar; es, a saber, la crueldad y avaricia de los soldados.”-escribió también Maquiavelo.

A Lucius Quietus, que se le hizo sospechoso, lo desarmó y lo separó de gobierno de Mauritania, encargando de aquietar a aquel pueblo a Marcio Turbo, que acababa de someter a la Judea rebelde.

Finalmente, Adriano abandonó Antioquía para poder acompañar los restos de Trajano, antes de enviarlos a Roma; después volvió allí para nombrar un gobernador en Siria y, hecho esto, decidió tomar las medidas necesarias para pacificar aquellas fronteras en lo posible, antes de emprender definitivamente el camino de Roma.

Dirigió al senado diversas cartas cuidadosamente escritas, en las que pedía que fueran decretados honores divinos a Trajano. Su demanda fue inmediatamente atendida de forma unánime, e incluso el senado decidió por sí mismo, añadir otros homenajes en los que Adriano no había pensado.

En aquellas cartas se excusaba y justificaba por no haber esperado la decisión del senado antes de asumir el título de emperador, atendiendo, dijo, a la impaciencia de los soldados, que no comprendían que la república pudiera sobrevivir sin cabeza.

Templo de Zeus Olímpico. Atenas

Zeus Olímpico. Capiteles

También le ofrecieron celebrar los triunfos que habían merecido sus hazañas, pero él se negó a aceptar aquel honor y colocó sobre el carro triunfal una imagen de Trajano. Del mismo modo rechazó el título de Padre de la Patria e inmediatamente emprendió la tarea de pacificar a las naciones rebeldes.

Nigrinus, que teóricamente había estado esperando suceder a Trajano, decidió tenderle una trampa: de acuerdo con otros tres hombres, atacarían al nuevo emperador, mientras celebraba un sacrificio. Adriano logró evitarlo, y los cuatro conjurados fueron ejecutados. Este es uno de los casos en que Adriano negó, a través de sus Memorias, haber dado la orden, que habría procedido del Senado, en contra de su voluntad.

En todo caso, para quitarse de encima la tacha que suponían aquellas ejecuciones contrarias a la palabra empeñada, encargó a Turbo el gobierno de Dacia y apresuró su vuelta a Roma, donde, deseoso de hacer olvidar aquellos reproches, dio al pueblo un doble congiario o donativo, aunque ya antes de volver, había hecho entregar tres piezas de oro por cabeza, equivalentes a 25 denarios o 100 sestercios.

-Ante el senado juró que jamás ordenaría pena alguna contra un senador, si no era con el acuerdo de todo el senado.

-Estableció que el correo público sería sufragado a costa del fisco.

-Para no omitir nada que le pudiera conciliar el apoyo del pueblo, perdonó a los ciudadanos de Roma y de Italia en general, considerables sumas que debían a fisco.

-También perdonó las deudas de las provincias, y para evitar arrepentimientos futuros, hizo quemar todos los documentos relativos a las respectivas obligaciones.

-En adelante, los bienes de los condenados ya no pasarían a formar parte del peculio del emperador, sino al tesoro público.

-Aumentó con la distribución de víveres para niños y niñas, otras dádivas que ya les entregaba Trajano.

-A los senadores que habían perdido su fortuna, sin que tal pérdida les pudiera ser imputada, les completó la aportación necesaria para mantener la dignidad senatorial.

-Con su liberalidad, acordada a los necesitados, amigos, o no, aseguró a muchas mujeres un medio de subsistencia.

Poco después de su llegada ofreció seis días seguidos de matanzas entre gladiadores, y para el día de su cumpleaños, hizo soltar en el circo mil animales salvajes, para lo mismo, aunque tuvo a bien anular otros actos similares que se celebraban antes de su advenimiento, con cualwuier excusa, dejando sólo los que constituían un homenaje a su persona.

Con gran frecuencia repitió, tanto ante la Asamblea del Pueblo, como ante el Senado, que haría uso del tesoro público de forma que demostraría que lo entendía como perteneciente al pueblo y no como algo personal.

Biblioteca de Adriano. Atenas

Fue cónsul tres veces, aunque la tercera vez, sólo la ejerció durante cuatro meses, pero siempre se esforzó en impartir justicia, sin faltar nunca a las sesiones, igual que lo exigió a los senadores, exigiéndoles que fueran justos y se emplearan en su cometido, que a menudo se quedaba en la ostentación de tal dignidad.

Como ya hemos adelantado, abandonó algunas de las conquistas de Trajano, y destruyó, para disgusto general, el Campo de Marte, pero siempre, cuando sabía que sus medidas iban a causar disgusto a algunos, decía que en todo seguía la voluntad de Trajano.

Como ya no estaba dispuesto a soportar el poder asumido por Attianus, su antiguo tutor, pensó, en principio, en deshacerse de él, pero renunció a hacerlo, para no resultar tan odioso, como cuando le achacaron la muerte de los cuatro cónsules, cuya responsabilidad, por otra parte, atribuía específicamente al propio Attianus. Al final le obligó a renunciar, nombrando a Turbo en su lugar.

Después de haber alejado de su persona a algunos de los hombres a los que debía el imperio, se dirigió a Campania y la liberó, con todas sus ciudades.

Se atrajo la amistad de todos aquellos a los que consideraba más distinguidos. En Roma, jamás faltó a una cortesía hacia los pretores o cónsules; asistía a sus comidas; visitaba a los enfermos dos o tres veces al día y les prestaba ayuda moral y económica, además de que todos estaban siempre invitados a su mesa y, en general, se comportaba con ellos como uno más.

Organizó todos los honores que pudo para su protectora, Plotina, incluyendo combates de gladiadores, a la vez que le testimoniaba habitual y públicamente, todas clase de muestras de afecto y respeto.

Después fue a la Galia, donde también se empleó en socorrer a los necesitados. De allí a Germania y, aunque amaba más la paz que la guerra, entrenó a los soldados como si la guerra fuera inminente, enseñándoles a soportar las fatigas y las privaciones; él mismo les daba ejemplo, viviendo como un soldado entre ellos, comiendo al aire libre al uso de los campamentos, en lo que seguía el ejemplo de Escipión Emiliano, Metellus y Trajano, su padre adoptivo. 

A unos les daba recompensas, y a otros, distinciones honoríficas; para animarlos a soportar lo más penoso que se exigiría de ellos, se propuso recuperar la disciplina militar que desde Augusto, la negligencia de los mandatarios había dejado caer poco a poco. 

También restableció el orden en el ejercicio de los cargos y sus gastos. Prohibió que nadie se ausentara sin motivos justificados, y a partir de entonces, fue el mérito y no el favor de los soldados, lo que decidió la elección de los tribunos. Animaba a todos con su ejemplo y siempre hacía a pie los 30 km que constituían la marcha ordinaria de un soldado, cargado con sus armas y siempre se dejaba ver sencillamente vestido, sin adornos de oro en el cinturón, ni broches de pedrería, sino, exclusivamente, llevaba la empuñadura de su espada adornada con marfil.

Visitaba a los soldados enfermos en sus cuarteles; elegía él mismo los lugares para acampar; sólo permitía el juramento de centurión a hombres fuertes y de buena reputación, y de tribuno a hombres maduros, o al menos con la edad necesaria para unir la prudencia y la energía. No permitía que un tribuno aceptara nada de un soldado y alejó de ellos todo lo que invitara a la indolencia. Hizo reformar incluso el equipamiento y los utensilios de los que se servían. 

Él mismo comprobaba la edad de los soldados, temiendo que, en contra de los antiguos usos, hubiera en los campamentos demasiados jóvenes, no preparados para afrontar los trabajos y peligros de la guerra, o tan viejos, que retenerlos fuera inhumano. También se esforzaba en conocerlos personalmente y aprender sus nombres.

Tenía un conocimiento preciso de estado de las provisiones para suplir lo que pudiera faltar, pero ante todo, para no comprar ni mantener nada que fuera inútil.

Cuando consideró que los soldados estaban sometidos a la disciplina que él mismo asumía, pasó a Britania, donde hizo numerosas reformas, levantando una muralla que se extendía a lo largo de 80 millas (128 km.), para separar a los bárbaros y a los romanos. 

Septicius Clarus, prefecto del pretorio; Suetonius Tranquilus, su secretario y algunos más, que sin sus órdenes, habían faltado al respeto en la persona de Sabina, su esposa, a la casa del emperador, fueron despojados de sus cargos, y como él mismo dijo, la habría repudiado a ella también, por su humor difícil y amargo, si hubiera sido un simple particular.

No sólo se ocupaba de lo que pasaba en palacio, sino que su curiosidad intentaba penetrar en el interior de sus amigos y entre los que se ocupaban de los víveres; descubría sus acciones más secretas sin que ellos se percataran hasta que él mismo se lo hacía saber. 

No parecerá fuera de propósito citar aquí una anécdota que demuestra hasta qué punto estaba al corriente de las actividades de sus amigos. Una mujer, en una carta a su marido le había reprochado que, completamente ocupado en placeres y baños, ya nunca estaba con ella. Adriano lo supo por sus espías, y cuando el marido fue a pedirle unos días libres, Adriano le reprochó sus baños y fiestas, por lo que el hombre exclamó sorprendido: -¿Es que mi mujer te ha escrito las mismas cosas que me escribe a mi?

Además de esta curiosidad, que se le criticó mucho, también se le reprochaba su libertinaje y amores adúlteros para satisfacer sus vergonzosas pasiones por las que no ahorraba ni el honor de sus amigos.

Después de solucionar los asuntos de Britania, pasó a la Galia y allí supo con preocupación de los problemas surgidos en Egipto a cuenta del buey Apis, que después de muchos años había aparecido y varias ciudades se disputaban violentamente el derecho de albergarlo.

Restos del muro de Britannia de Adriano cerca de Housesteads

Kastell Housesteads Latrine

Por aquella época hizo construir en Nimes una admirable basílica en honor de su protectora Plotina. Después viajó a Hispania y pasó el invierno en Tarraco, donde reedificó el templo de Augusto a su costa y convocó una asamblea general de la provincia. 

Tuvo allí grandes dificultades con respecto al reclutamiento militar, el cual, según escribió de Marius Máximus, causaba risa y provocaba las burlas de los habitantes del país, que se negaban a aceptarlo. Adriano se empleó enérgicamente con los que procedían de Italia, pero a los demás, los trató con franqueza y prudencia.

Allí se condujo de manera valerosa ante un grave peligro. Paseaba por un parque cerca de Tarraco, cuando un esclavo de su anfitrión se lanzó furiosamente sobre él con la espada en la mano. Adriano lo detuvo y lo puso en manos de los oficiales que acudieron en su ayuda, pero cuando supo que aquel hombre estaba loco, le procuró cuidados médicos. En el momento del peligro, no dio muestras de la menor inquietud.

Adriano hizo entonces en Hispania algo que había practicado en otros tiempos en muchos otros lugares en los que los romanos no estaban separados de los bárbaros, sino por simples límites, no por ríos; él estableció a lo largo de las fronteras una especie de muro, formado de pilares enormes bajo tierra y fuertemente ligados entre sí. 

Dio un rey a los germanos; redujo movimientos sediciosos en Mauritania, y el senado, con ocasión de aquel éxito, ordenó que se celebraran acciones de gracias a los dioses. A mismo tiempo hubo entre los Partos un amago de agitación, pero fue suficiente una sola conferencia para ahogar las chispas de la guerra.

Después de atravesar Asia y las islas, volvió por mar a Acaya, donde a ejemplo de Hércules y de Filipo, se inició en los Misterios de Eleusis, aunque raramente se admitía a extranjeros. 

Colmó de beneficios a los atenienses y presidió sus juegos. Se observó que cuando asistió a las ceremonias religiosas de Acaya, aunque había mucha gente armada con cuchillos, ninguno de los que acompañaban a Adriano llevaba armas.

Pasó después a Sicilia y quiso ascender a la cima de Etna, para ver desde allí la salida de sol con los variados colores de arco iris.

Después volvió a Roma y pasó a África, donde dispensó gran número de beneficios.

Es posible que jamás ningún príncipe haya recorrido tantas regiones y tan deprisa.

Finamente, apenas volvió de África a Roma, volvió a Oriente y pasó por Atenas, donde consagró los monumentos que había empezado a construir allí, entre otros, un Templo que dedicó a Júpiter Olímpico y un altar al que dio su propio nombre. Después se consagró a sí mismo varios templos más mientras viajaba por Asia.

En Capadocia tomó esclavos para labrar las tierras. Ofreció su amistad a los príncipes y a los reyes de aquellas tierras. Hizo lo mismo con Cosroes, rey de los partos, a quien devolvió a su hija a la que Trajano había hecho prisionera, y prometió devolverle el trono de oro que también le había arrebatado su antecesor.

Algunos reyes acudieron a visitarle y él los acogió intentando forzar el arrepentimiento de aquellos que no habían aceptado sus ofertas, en particular, Farasmane, que las había rechazado orgullosamente. 

En la visita que hizo a las provincias, castigó tan severamente a los gobernadores e intendentes culpables de delitos, que parecía que él mismo les hubiera suscitado las acusaciones.

Concibió entonces un odio tan violento contra los habitantes de Antioquía que quiso separar Siria de Fenicia, para que aquella ciudad dejara de ser llamada la metrópolis de tanta otras.

Los judíos, en aquella misma época, volvieron a tomar las armas porque se propuso abolir la circuncisión. 

Había subido por la noche al monte Cassius para ver amanecer y sobrevino una tempestad, y un rayo cayó sobre la víctima y el victimario mientras sacrificaba.

Después de recorrer Arabia, fue a Pelusio, en el bajo Egipto, y reconstruyó con a mayor magnificencia la tumba de Pompeyo, en el monte Cassius. 

Cuando navegaba por el Nilo perdió a “su” Antinoo, al que lloró con toda la debilidad de una mujer. Se explica de distintas maneras la conducta de Adriano; unos aseguran que Antinoo se sacrificó para prolongar su vida – era una superstición muy extendida entre los antiguos, que se podía, mediante el sacrificio voluntario de la propia vida, prolongar la de otro, del mismo modo que Alcestes lo hizo por su marido–. Otros encontraban en la gran belleza del joven, y en la infame pasión de Adriano, la única causa de aquel dolor excesivo.

Los griegos, con el consentimiento de Adriano, consagraron a Antinoo, y pretendieron incluso que hacía predicciones, pero se asegura que aquellas eran un invento de Adriano. 

Este príncipe amaba mucho los versos, como todas las demás ramas de la literatura, y era hábil en aritmética, geometría y pintura. Tenía también ciertas pretensiones sobre arte y música; cantaba, tocaba la lira, y llevaba al exceso su amor por el placer haciendo versos para sus protegidos y componiendo poemas eróticos. 

Manejaba las armas con destreza y conocía a fondo el arte militar; practicó también el ejercicio de los gladiadores. Era a la vez severo y complaciente; afable y altanero; impetuoso y contenido en sus pasiones; avaro y liberal; gran simulador y acto seguido, tanto cruel como clemente; en fin, todo en él eran contrastes.

Enriqueció a sus amigos sin esperar a que le pidieran nada, pero a los que confiaban en su liberalidad, nunca les negó nada. Sin embargo, prestaba oído demasiado fácilmente a sospechas sugeridas; a aquellos a los que más amó, los colmó de beneficios, pero casi ninguno de ellos se libro de ser considerado por él finalmente, como un enemigo, como lo fueron Attianus, Nepos, o Septicius Clarus. Redujo a la miseria a Eudemón, con el que antaño había compartido los trabajos del Imperio; forzó a Polyenus y Marcellus a darse muerte y difamó a Heliodoro por medio de atroces libelos.

Persiguió con encarnizamiento a Numidius Quadratus, Catilius Severus y Turbo. Servianus, el marido de su hermana, tenía 90 años, pero Adriano temió que le sobreviviera y le obligó a darse muerte. Finalmente, persiguió a franquiciados y soldados.

Se expresaba con facilidad, tanto en verso como en prosa, y sabía mucho de todas las artes, pero se creía más hábil que aquellos que ejercían estas artes como profesión, a los que continuamente condenaba y rebajaba, hasta acabar con ellos. A menudo combatía, en versos o en prosa con sabios y filósofos. Un día, Favorinus, a quien Adriano había corregido una expresión avalada por excelentes autoridades, se apresuró a aceptar su crítica, y cuando sus amigos se lo reprocharon, les contestó sonriendo: –Os equivocáis, amigos, al no querer reconocer como el más sabio del universo, a un hombre que tiene treinta legiones a su servicio.

Tenía un deseo tan inmoderado de gloria, que escribió su propia historia, y ordenó a los que eran letrados entre sus favorecidos, que la publicaran bajo su nombre, de modo que la obra de Phlegon sobre Adriano, fue, según se asegura, obra del emperador.

Escribió, a imitación de Antímaco, libros muy oscuros, llamados catacrinos. El poeta Florus le dirigió unos versos en los que decía:

No quiero ser César / para correr a través de Britania / y afrontar los hielos de Escitia.

Adriano le contestó, también en verso:

No quiero ser Florus / para recorrer las tabernas / enterrarme en los burdeles/ y afrontar los mosquitos y sus picaduras.

Amaba también el lenguaje de los autores antiguos y se ejercitaba en la declamación. Prefería Catón a Cicerón; Ennius a Virgilio y Celius a Salustio

Juzgaba con la misma ligereza y la misma impertinencia, a Homero y Platón. Se creía tan hábil en Astrología, que desde el primer día de enero, ponía por escrito todo lo que podría suceder a lo largo del año, de suerte que el mismo año que murió, había escrito todo lo que haría, hasta la hora en que, efectivamente, murió.

Aunque se complacía en criticar a los músicos, poetas trágicos y cómicos. a los gramáticos y a los retóricos, y no dejaba de perseguirlos con observaciones malévolas, honró y enriqueció a todos los que profesaban aquellas artes. 

Muy a menudo forzaba a los que iban a visitarlo, a arrancar la tristeza de su corazón, porque decía que no podía soportar ver a alguien descontento.

Admitía en su intimidad a los filósofos Epícteto y Heliodoro, y (por no decir los nombres de todos), a gramáticos, músicos, geómetras, pintores, astrólogos, etc. pero según se asegura, prefería a Favorinus antes que a ningún otro.

Cuando los maestros ya no parecían apropiados para la enseñanza, que era su profesión, los destituía de forma honorable, después de haber asegurado su fortuna.

Una vez emperador, muy lejos de perseguir a sus antiguos enemigos, dijo a alguien que se había mostrado como su enemigo más implacable: -Soy emperador, estás a salvo.

Siempre dio, a aquellos a los que llamaba personalmente a sus ejércitos, caballos, mulas y vestimenta, y proveía a todos sus gastos y a todo el equipamiento militar. Enviaba a menudo a sus amigos, sin que ellos lo esperasen, pequeños regalos, como los que se hacían en las Saturnales y él mismo los recibía con gusto.

Cuando ofrecía grandes comidas, para descubrir los fraudes de sus oficiales, se hacía servir la misma comida de otras mesas. 

Venció a todos los reyes a fuerza de beneficios. Con frecuencia se bañaba en público y con todo el mundo, lo que daba lugar a un trato amistoso, y a veces dio que hablar. 

Viendo un día en los baños a un veterano al que había conocido en el ejército, que se restregaba la espalda en una piedra de la muralla, le preguntó que por qué sobrecargaba a la muralla con semejante trabajo. -Es que no tengo esclavos –respondió el veterano-, y Adriano le concedió esclavos y fondos. Poco después, otros ancianos, para excitar a liberalidad del príncipe, se frotaban igualmente en la muralla, los llamó y les dijo que se frotaran unos a otros.

En toda circunstancia mostraba gran amor hacia el pueblo. Su pasión por los viajes era tal, que todo lo que había leído sobre las diversas regiones del universo, quería verlo por sí mismo. Soportaba bien el frío y la intemperie de las distintas estaciones y jamás se cubría la cabeza. 

Trató a muchos reyes con toda case de atenciones y cuidados; compró incluso la paz a la mayor parte de ellos, aunque algunos, no obstante, desdeñaron sus intentos, les hizo a algunos muchos grandes regalos, pero ninguno tan considerable como el que hizo a rey de los Iberos, pues además de otros dones magníficos, le dio un elefante y una cohorte de cincuenta hombres. 

Él mismo, también recibió dones de Pharasmane – que parece ser el rey de los Iberos del que se acaba de hablar, y al que Dion menciona en su libro de las Embajadas-, el cual, entre otras cosas preciosas, le ofreció clámides bordadas en oro, pero Adriano, para burlarse, vistió con aquellas clámides resplandecientes a trescientos criminales, y así los hizo presentarse en el circo.

Cuando administraba justicia, tenía como asesores, no sólo a los consejeros ordinarios y oficiales de su casa, sino también jurisconsultos, tales como Julius Celsus –aunque es posible que el cronista se equivoque, y se trate de Juventius Celsus, jurisconsulto distinguido de su tiempo, porque el otro, amigo de Trajano, había sido condenado a muerte-.

Villa Adriana. Tívoli

Entre otras ordenanzas, estableció que en ninguna ciudad se permitiría demoler una casa para utilizar los materiales en otro ciudad. Concedió a los hijos de los proscritos, la duodécima parte de los bienes de sus padres; rechazó las acusaciones de lesa majestad y las herencias de desconocidos, porque ya antes tampoco aceptaba los de los conocidos, si tenían hijos. 

Ordenó que aquel que encontrara un tesoro, lo compartiera con el propietario del lugar en que se hallara, y que el fisco recibiera la mitad si el lugar fuera público. 

Privó a los dueños del poder arbitrario sobre la vida y a muerte de sus esclavos, y si estos merecían la pena capital, debían ser condenados sólo por sentencia judicial. También prohibió venderlos, de uno otro sexo; a un dueño de gladiadores o a una casa de prostitución, sin la autoridad de un juez.

Condenó a los que ya siendo mayores, habían disipado sus bienes, a ser expuestos al insulto y a la burla en el anfiteatro y después entregados a la vergüenza. 

Suprimió las prisiones privadas en las que los dueños obligaban a realizar penosos trabajos a esclavos y libertos. 

Quiso que los baños de hombres estuvieran separados de los de las mujeres. 

Cuando un amo era asesinado en su casa, se prohibió aplicar tortura a todos los esclavos, sino sólo a aquellos que se encontraran suficientemente cerca de él, como para tener conocimiento del crimen.

Siendo ya emperador, asumió la pretura en Etruria. Fue dictador, edil, duunviro en ciudades latinas, dimarjo de Nápoles y magistrado quinquenal en su patria; igual que en Adria, su otra patria, y en Atenas fue Arconte.

Apenas hubo ciudad en la que no construyera algún edificio y celebrado juegos. En Atenas, también ofreció una matanza de mi animales salvajes. 

Nunca desterró de la ciudad a ninguno de los esclavos empleados en las cazas o en los espectáculos púbicos. Después de las innumerables fiestas que dio en Roma en honor de su suegra, hizo distribuir al pueblo hierbas aromáticas. Para honrar la memoria de Trajano, hizo aromatizar las gradas de teatro con esencias y azafrán; fueron representadas obras de todo género, según los antiguos usos, e hizo actuar ante el pueblo a los actores de su teatro particular.

En el Circo, hizo aparecer gran número de animales, y a veces cien leones morían a golpes. En ocasiones también ofreció al pueblo danzas militares, llamadas pírricas y combates de gladiadores, a los cuales asistía a veces, él mismo.

Aunque construyó un número infinito de monumentos, no levantó ninguno a su nombre, si no fue el templo de Trajano, su padre adoptivo. En Roma restauró el Panteón, el Parque Julio, la Basílica de Neptuno, un gran número de edificios religiosos, la Plaza de Augusto, los Baños de Agripa, y consagró todos a sus antiguos nombres. También construyó un puente y un Monumento Funerario en Tívoli, ambos a su nombre, y trasladó a un nuevo templo la estatua de la Buena Diosa. 

Hizo también levantar un Coloso en el lugar que se encuentra ahora el templo de la ciudad, por el arquitecto Decrianus, que lo transportó de pie y suspendido en equilibrio, aunque se masa era tan pesada de manejar, que fue preciso, además de hombres, emplear veinticuatro elefantes. La estatua, que representaba a Nerón, fue después consagrada por Trajano al Sol, y por consejo de Apolodoro, quiso levantar otro igual en honor de la Luna.

Adriano era muy afable con los particulares, incluso con los más oscuros, y se indignaba contra los que, bajo el pretexto de conservar la majestad del trono, querían prohibirle el placer de la la vida social. 

Estando en Alejandría, propuso cuestiones a los sabios de esta academia, y él mismo resolvió a su vez las que le plantearon. 

Marius Máximus dijo que era naturalmente dispuesto a la crueldad, y que si realizó algunos actos de bondad y piedad, era por temor a sufrir la misma suerte que Domiciano.

No quería en absoluto inscribir su nombre en los monumentos; pero llamó Adrianópolis a algunas ciudades, entre otras, Cartago y hasta una parte de Atenas. Dio también su nombre a infinidad de acueductos. 

Fue el primero que estableció un abogado del fisco. 

Tenía una notable memoria y gran facilidad de comprensión, pues hacía él mismo todos sus discursos y todas sus respuestas. Le gustaba burlarse y se conservan de él gran número de bromas, entre otras, la que sigue:

Un hombre de edad, ya con el pelo banco, le pidió una gracia y fue rechazado. Poco después volvió a la carga tras teñirse los cabellos: -Ya le dije que no a tu padre-, le dijo Adriano.

Saludaba por su nombre a muchos ciudadanos, sin que su memoria necesitara ayuda de nadie; era suficiente que lo hubiera oído una vez, y aunque fueran muchos, los recordaba todos y reprendía a los que los confundían. Podía nombrar a todos los veteranos que había pensionado, aunque hiciera mucho tiempo. 

Después de leer un libro, era capaz de repetirlo de memoria, entero. A mismo tiempo escribía, dictaba, escuchaba y conversaba con sus amigos y estaba tan al tanto de las cuentas públicas, que no tenía nada de particular que conociera igual de bien, las domésticas. 

Tenía tal pasión por los caballos y los perros, que les construía tumbas. Porque un día cazando, mató a una osa, levantó una ciudad en el mismo lugar donde la había matado y la llamó Adrianótera. –Según Dion, fue en Misia-.

Vigilaba asiduamente a los jueces en sus menores acciones, y no dejaba sus investigaciones hasta que estaba seguro de la verdad. No quería que sus servidores se prevalieran de él y hacía recaer sobre sus antecesores la responsabilidad de los vicios y crímenes de aquellos. Si alguno se atrevía a presumir de su confianza, no tardaba en castigarlo. Era pues, de trato severo, ciertamente, pero no carecía de un punto complaciente. Un día que vio de lejos a uno de sus esclavos paseando entre dos senadores, envió a alguien a abofetearlo y decirle: No te atrevas a pasear entre dos hombres de los que podrías ser esclavo.

Ocurrieron en su tiempo, algunas calamidades públicas; hambres, enfermedades epidémicas y temblores de tierra. Adriano aportó a aquellos males, todos los remedios que dependían de él, y acudió al socorro de muchas ciudades que habían sufrido penalidades. Hubo incuso un desbordamiento del Tíber. 

Concedio a muchas ciudades el derecho de ciudadanía latina, y a muchas otras les perdonó los tributos. 

No emprendió bajo su reinado ninguna expedición importante; incluso las guerras que tuvo, apenas despertaron su atención. El cuidado excesivo que dio al ejército y su liberalidad, lo unió a él fuertemente. 

Vivió siempre en buen acuerdo con los Partos, a los que retiró el rey que les había impuesto Trajano. Consintió que los armenios fueran gobernados por un rey propio, aunque su predecesor, les había puesto al frente a un lugarteniente del emperador.

Cariátides de Villa Adriana. Tívoli

Liberó a Mesopotamia del tributo impuesto por Trajano. Los Albanos y los Iberos, fueron para él aliados y amigos muy fieles, porque colmó a sus reyes con largueza, aunque desdeñara visitarlos. Los reyes de Bactriana le enviaron embajadores para solicitar su amistad.

Mantuvo una disciplina tan severa en el orden civil como en el ejército, exigiendo que los senadores y caballeros romanos nunca aparecieran en público, si no era revestidos con la toga, exceptuando sólo cuando volvieran de comer. Él mismo daba ejemplo, tanto, que estando en Italia recibía a los senadores de pie cuando los invitaba a su mesa, y en las comidas, estaba siempre revestido del palium o con la toga recogida sobre el hombro derecho. 

Fijó los gastos de los magistrados y los repuso en sus antiguos límites. Prohibió entrar en Roma con coches cargados de fardos pesados, e incluso cabalgar por las calles de las ciudades.

No quiso que nadie fuera a los baños púbicos antes de la octava hora del día, excepto los enfermos. Fue el primero que se sirvió de caballeros romanos para ejercer el oficio de secretarios y de maestros. 

Acudía él mismo en socorro de los que veía pobres, pero le horrorizaban los que se habían enriquecido por malos medios. 

Tuvo mucho cuidado con todo lo que concernía a la religión de los romanos, sin ocuparse de los cultos extranjeros, por los cuales sólo sentía desprecio, y así, cumplió las funciones que le imponía el cargo de gran pontífice. 

Impartió frecuentemente justicia, ya fuera en Roma, o en las provincias, admitiendo en su consejo a los cónsules, pretores y senadores más distinguidos. Hizo limpiar las aguas de lago Fucino, limpiando y despejando también su acceso. Compartió con cuatro cónsules la administración de Italia.

Cuando fue a África, hacía cinco años que no llovía, pero a su llegada llovió, y tal circunstancia le atrajo el amor de los africanos.

Había recorrido todas las partes del universo, siempre con la cabeza descubierta, y a menudo, incluso, en medio de las más grandes lluvias y los fríos más rigurosos: de ello, quizás le vino la grave enfermedad, que finalmente lo llevaría a la tumba. 

Pensó entonces en buscar un sucesor, y sus ideas se centraron primero en Serviano, al que más tarde, como hemos dicho, obligó a darse muerte. Fuscus esperaba el imperio que le habían anunciado presagios y prodigios, pero Adriano le tomó aversión. Sospechó igualmente y persiguió con su odio a Pletorius Nepos, al que había querido tanto, que habiendo ido a visitarlo cuando estaba enfermo, sufrió pacientemente que su visita no fuera aceptada.

Hacia Terencio Gentianus, su odio fue muy violento, y empeoraba cuando veía que el senado le testimoniaba gran  estima y afecto. En una palabra, a todos aquellos en los cuales había pensado que eran dignos de sucederle, los detestó  en cuanto emperadores futuros. Sin embargo, reprimió la violencia de su crueldad natural, hasta el momento en que cayó enfermo en su casa de campo de Tibur o Tívoli. 

Desde entonces dejó de contradecirse: Serviano había enviado a los esclavos de palacio con platos para su mesa, y él se sentó cerca de su cama; aquel anciano de 90 años, se presentaba con la cabeza derecha y firme, lo que hizo que Adriano concibiera sospechas acerca de que aspiraba al imperio, por lo que le ordenó suicidarse.

Inmoló a algunos más a causa de simples sospechas, ya fuera abiertamente, ya fuera mediante trampas. Se dijo incluso, que Sabina, su esposa, que murió por entonces, había sido envenenada por él. 

Se determinó finalmente a adoptar a Cejonius Commodus Verus, hijo del Nigrino que antaño había conspirado contra él. Era un hombre cuya belleza constituía todo su mérito y lo adoptó a pesar de todo el mundo, dándole el nombre de Ælius Verus César. Para la ocasión, Adriano ofreció juegos en el circo, y fue muy espléndido con el pueblo y los soldados. Hizo Pretor al nuevo César, e inmediatamente le dio el gobierno de Panonia y un nuevo consulado del que él mismo pagó los gastos, dejándole designado para una segunda vez. Pero viendo la gran debilidad de su salud, dijo más de una vez: -Nos hemos apoyado en un muro que amenaza ruina y hemos perdido los cuatrocientos millones de sestercios que hemos dado al pueblo y a los soldados por la adopción de Commodus.

Efectivamente, la salud del elegido, no le permitió ni siquiera agradecer su adopción a Adriano ante el senado. Finalmente, tras haber tomado una dosis demasiado fuerte de un remedio, su enfermedad empeoró, y expiró mientras dormía, el día de las calendas de enero. Adriano prohibió que fuera llorado para no malograr los votos que se renovaban entonces por la prosperidad del príncipe y del imperio.

Muerto Ælius Verus César, Adriano, cuya enfermedad también empeoraba, adoptó a Arrius Antoninus, después apodado el Piadoso, pero a condición de que él mismo adoptara a Annius Verus y Marco Antoninus; los dos que más tarde fueron los primeros en gobernar, los dos a la vez, la república, en calidad de augustos.

Antonino fue, se dijo, llamado el Piadoso, o Pío, porque aliviaba la vejez de su padre, y le prestaba su brazo para caminar, aunque otros, ciertamente, pretenden que el sobrenombre procedía del hecho de que había librado a algunos senadores de los furores de Adriano, y algunos, incluso, porque ofreció a este último grandes honores tras su muerte. 

La adopción de Antonino fue vista con malos ojos por mucha gente, y, en particular, por Catiius Severus, prefecto de la ciudad, que también pretendía el imperio para sí, pero descubiertos sus ambiciosos proyectos, fue despojado de su dignidad y se le designó un sucesor.

* * *

Adriano, cansado ya de una vida de sufrimientos, ordenó a uno de sus esclavos que le atravesara con la espada. Este acto de desesperación fue conocido; Antonino mismo lo supo, e inmediatamente fue a visitar al emperador con los prefectos, y todos juntos, le conjuraron a soportar con paciencia los dolores inevitables de su enfermedad. Adriano arremetió contra ellos y ordenó dar muerte al que le había traicionado, pero después lo perdonó; este buen príncipe pensó que se vería como un parricidio, si después de haberlo adoptado, le quitaba la vida.

Adriano hizo entonces su testamento, pero a pesar de ello siguió ocupándose de los asuntos de la república. Poco después quiso darse muerte de nuevo, pero le quitaron el puñal de las manos, lo que redobló su furor. Exigió a un médico que le diera veneno, pero aquel, para sustraerse a la necesidad de obedecer, se mató él mismo.

Por entonces, llegó a palacio una mujer que decía haber sido avisada en sueños de que debía convencer al emperador para que no se quitara la vida, porque iba a recuperar la salud; añadió que había ignorado aquel aviso y que por éso, ella misma estaba perdiendo la vida, pero que recibió por segunda vez la misma orden y que si se arrodillaba ante el príncipe y le suplicaba que se conservara vivo, recuperaría el uso de la vista. La mujer, después de cumplir su misión y de lavarse los ojos con el agua del templo, quedó curada.

Llegó también de Panonia un hombre ciego de nacimiento, que se acercó a Adriano en un momento en que tenía fiebre; le tocó, e inmediatamente recuperó la vista, a la vez que al emperador le bajaba la fiebre. 

Marius Maximus cuenta todo esto como si fuera un puro artificio. 

Adriano se retiró entonces a Baïes, dejando a Antonino en Roma para gobernar el imperio, pero al no encontrarse mejor, mandó llamarle y expiró en su presencia, el diez de julio. 

Convertido en objeto de odio para todo el mundo, fue enterrado en Pouzzoles, en la casa de campo de Cicerón. Casi en el momento de su último suspiro, temiendo que Serviano, de noventa años, como hemos dicho, le sobreviviera y llegara a ser emperador, le hizo morir. Condenó también a muerte, por faltas menores, a un gran número de personas, a las que Antonino salvó. 

Se dice que ya moribundo, redactó estos versos.

          Animula vagula blandula,             
          Hospes comesque corporis,         
          Quæ nunc abibis in loca,              
          Pallidula, rigida, nudula,                
          Nec, ut soles, dabis jocos.            

                                         Pequeña alma vagabunda y tierna
                                                   Huésped y compañera del cuerpo
                                                   Ahora irás a lugares
                                                   pálidos, rígidos, desnudos,
                                                   donde no disfrutarás como acostumbras.

Vivió setenta y dos años, cinco meses y diecisiete días. Fue emperador veintiún años y once meses.

Vibia Sabina. Esposa de Adriano. Museo del Prado

Era alto. equilibrado y robusto: el pelo artísticamente rizado y con una barba que escondía cicatrices. Hacía mucho ejercicio, a caballo y a pié. Le gustaba manejar armas, y se ejercitaba frecuentemente con la jabalina. Cazando, mató a un león con sus manos. Se rompió una clavícula y una pierna. siempre cazaba acompañado de amigos. Completaba sus festines con tragedias, comedias, música y lecturas en prosa o poéticas. Decoró sus tierras en Tívoli con construcciones admirables, que reproducían los lugares más admirables del universo, como el Liceo, la Academia, el Pritaneo, el Pœcile, Canope, Tempé, e incluso, para que no faltara nada, el Hades, todo ello representado, no en pinturas, sino en valles naturales, cursos de agua, etc.

Cuando murió, empezaron a hablar mal de él y el senado se propuso anular todas sus actas. Nunca habría sido divinizado sin el empeño de Antonino, que le hizo levantar un templo en Pouzzoles en lugar de una tumba, para el cual nombró sacerdotes, y ordenó juegos que se repetirían cada cinco años, además de muchas otras cosas con las que se honraba a los divinizados.

Y fue por todo esto, entre otras cosas, por lo que Antonino se hizo acreedor de su sobrenombre, el Piadoso.

Adriano. Palazzo dei Conservatori. Museos Capitolinos

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