lunes, 16 de abril de 2018

ANA BOLENA • EL TRONO Y EL PATÍBULO


Retrato póstumo de la reina Ana Bolena (Supuesto) NPG. Londres

El 18 de mayo de 1536, Anne Boleyn esperaba impaciente en la Torre de Londres, que su condena a muerte se resolviera en un indulto. Pero conocía muy bien a su exmarido, que ya antes la había repudiado y después presentó contra ella veintidós cargos de adulterio, con varios hombres, y lo que era peor, con su propio hermano. Cuando Enrique VIII tomaba una decisión, jamás volvía sobre sus pasos, como lo había demostrado cuando expulsó de la corte a Catalina de Aragón, su primera esposa, contra la cual no tomó medidas más drásticas, por temor, primero a la reacción de la corte española y después, la de su sobrino, Don Carlos, que imperaba en Europa bajo la potencia de su corona romano germánica.

No hacía tanto tiempo, que un enamoradísimo Enrique había afrontado toda clase de riesgos y hasta la ruptura con la iglesia de Roma, sólo para casarse con ella; incluso había anulado aquel primer matrimonio, resultando de ello la ilegitimidad declarada de su hija, la que después reinaría como María Tudor; la hija de Catalina de Aragón.

María Tudor. Antonio Moro. MNP. Madrid

Al principio, el pueblo, considerando la injusticia llevada a cabo contra Catalina, desaprobó la llegada de Ana, pero después cambiaron las cosas, para finalmente, sentirse confundido ante la humilde aceptación de su terrible destino. Tímidamente empezaron a pensar que, si nada había detenido a Enrique ante su decisión de deshacerse de Catalina, inventando toda clase de argucias para lograrlo, nada le impedía ahora recurrir a engaños semejantes en el caso de Ana. 

Por razones que no conocemos, Ana pasó del estado de histeria cuando entró en prisión, a una actitud sumisa y resignada cuando fue informada de su condena a muerte por decapitación, momento en el que, además, redactó un comunicado en el que ensalzaba la figura del rey, que no era sino una bendición para su pueblo.

Cuando Ana Bolena salió de la Torre por última vez, el día 19 de mayo, cuantos la vieron, quedaron impresionados por su serenidad y aplomo.

La gente esperaba inquieta el inusitado espectáculo.

Antes de la ejecución mostró tal valentía y habló tan convincentemente, ya en el patíbulo, que la multitud empezó a murmurar que era inocente.

El rey había ordenado que, en lugar del hacha del verdugo, Ana fuera ejecutada con una espada, a cuyo efecto se contrató a un francés, que tenía que cortarle el cuello de un solo golpe, sin ayuda del habitual tronco, es decir, que Ana esperaría arrodillada, y con la cabeza erguida.

Ana Bolena parecía distraída o aturdida; pero una vez empezó a subir las escaleras, asistida por Sir William Kingston, algunos dicen que estaba casi alegre, sonriendo y que, al dirigirse al patíbulo, volvía la cabeza una y otra vez hacía atrás, con inquietud. Quizás esperaba una piadosa conmutación de la pena o el indulto.

Sus damas recogieron el cuerpo y lo llevaron a la capilla, donde fue sepultada tres horas después de la ejecución, en una tumba sin nombre, junto a su hermano, que había sufrido la misma suerte que ella, dos días antes.

¿Había producido el terrible evento alguna emoción en su ejecutor titular? No, sin duda. Porque para entonces ya tenía la mente ocupada en el cortejo de la que sería su siguiente esposa, Jane Seymour. La trágica y desmedida condena sufrida por Ana, no parece que dejara ninguna huella en el recuerdo de su antaño enamorado esposo. De hecho, el embajador imperial, declaró que nunca había visto a un rey inglés tan feliz como Enrique, cuando Ana Bolena fue arrestada. Además, ella no iba a ser la última que corriera semejante suerte. 

Va a cenar continuamente con otras señoras -añadía-, y, a veces, vuelve a medianoche paseando por la orilla del río acompañado del sonido de los instrumentos y voces de sus cantantes de cámara, que hacen todo lo que pueden para acompañar su contento por haberse quitado de encima a esa flaca y vieja mujer. Ana podría tener alrededor de 30 años.

La historiadora Alison Weir, añade que, cuando tras la ejecución de Ana, se efectuó un disparo con el cañón del ayuntamiento, para informar de que todo había terminado en la Torre, el rey lo oyó, en Greenwich, e inmediatamente navegó hasta Chelsea, para encontrarse con Jane Seymour, y se quedó el resto del día con ella.

Al día siguiente, anunció oficialmente su compromiso con ella. Desgraciadamente, el matrimonio sólo duraría una año y medio, ya que Ana moriría a causa del alumbramiento de su hijo, Eduardo; el varón tan ansiado por el rey, cuyo deseo, teóricamente, había motivado todos sus matrimonios.

Pero Eduardo murió pronto, y azares del destino, propiciaron que Isabel, la hija de Ana Bolena, llegara a ocupar el trono, convirtiéndose en una de las reinas más célebres de la historia de Inglaterra, como Isabel I.

Isabel I. Darnley Portrait. NPG Londres

La carencia de datos que hay sobre Ana Bolena; las dudas sobre su fecha de nacimiento y el conocimiento de otras actividades que pudo llevar a cabo, se debe a la orden dada por Enrique VIII después de su muerte, de que fueran destruidos todos sus retratos y cualquier documento relacionado con ella.

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Ana Bolena había entrado en la corte inglesa en 1522, precisamente, como dama de la reina Catalina de Aragón. En 1525, Enrique se fijó en ella, y aunque estaba acostumbrado a cumplir sus deseos de forma inmediata, en este caso, tardó algún tiempo en ser aceptado por ella tras escribirle unas cuantas cartas.

Hace un año que fui herido por el dardo de vuestro cariño y sin la menor seguridad de si hallaré o no, un lugar en vuestro corazón y afecto. Esta incertidumbre me ha privado últimamente del placer de llamaros dueña mía, ya que no me profesáis más que un cariño común y corriente; pero si estáis dispuesta a cumplir los deberes de una amante fiel, entregándoos en cuerpo y alma a este leal servidor vuestro, si vuestro rigor no me lo prohíbe, yo os prometo que recibiréis no sólo el nombre de dueña mía, sino que apartaré de mi lado a cuantas hasta ahora han compartido con vos mis pensamientos y mi afecto y me dedicaré a serviros a vos sola.

Una de las cartas que Enrique VIII mandó a Ana Bolena. British Library

Se conservan diecisiete cartas que Enrique hizo llegar a Ana, y parece que fue una, fechada en 1527, la que provocó una respuesta positiva. En ella, Enrique VIII se comprometía definitivamente con Ana. Las pruebas de vuestro afecto son tales... que me obligan para siempre a honraros, amaros y serviros.

Poco después, Enrique solicitaba a Roma la anulación de su matrimonio con Catalina, argumentando que una norma bíblica prohibía el matrimonio con la viuda de un hermano, y Catalina lo era de Arturo.

La reclamación, aparte de los intereses políticos, resultaba absurda, tras haber obtenido antaño la necesaria dispensa por todos los medios a su alcance, fueran aquellos legales, o no.

La petición resultó en una crisis que acarreó la ruptura de Inglaterra con la iglesia de Roma, tanto en el aspecto religioso, como en el político. El proceso subsiguiente, desembocó en la llamada Reforma anglicana

El 25 de enero de 1533, Enrique se casó en secreto con Ana en la capilla privada que el rey tenía en el Palacio de Whitehall, en Londres, y Ana sería coronada el día de Pentecostés del mismo año. En el mes de abril, Thomas Cranmer, arzobispo de Canterbury, declaró la nulidad de pleno derecho del matrimonio con Catalina de Aragón

Y en septiembre la reina dio a luz a su hija Isabel, la futura Isabel I de Inglaterra. Pero ello no causó ningún regocijo a Enrique VIII, que una vez más, veía frustrados sus deseos de tener un hijo varón. Después, tras la sucesión de embarazos o alumbramientos fallidos, se fue alejando de su antaño imprescindible esposa, de la que después se dijo que empezó por entonces a tener aventuras con ciertos miembros de la corte. Ambas circunstancias, al parecer, desembocaron en la tragedia que dio comienzo, para Ana, el día dos de mayo de 1536. 

Aquel día, la reina fue arrestada y conducida a la Torre de Londres, donde pasaría 17 eternos días con sus largas noches, sin ser informada de nada de lo que se tramaba contra ella. El día 19, como sabemos, varios soldados la condujeron al patíbulo, donde ella aseguró que el rey, para mí fue siempre bueno, y un señor gentil y soberano. 

En realidad, Ana sería la víctima de una especie de conspiración fabricada por su propio marido, que le procuró un proceso más que dudoso, y probablemente sostenido por enemigos personales de la reina, que ni siquiera tuvo el beneficio de un funeral, antes de ser depositados sus restos en la capilla de San Pedro Ad Víncula, precisamente la misma a la que irían a parar también los de otra de sus sucesoras, Catalina Howard.

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Retrato de Anne Boleyn pintado algunos años después de su muerte. Sus biógrafos piensan que es probablemente el más verídico -a pesar de toda clase de dudas-. Hever Castle, Kent. ca. 1534
ANNA.BOLINA ANG.REGINA

Anne Boleyn nació hacia el 1500 y murió en el cadalso, el 19 de mayo de 1536. Fue la segunda esposa de Enrique VIII de Inglaterra y reina consorte desde 1533 hasta su fallecimiento.

Su matrimonio con Enrique VIII está en el origen del complejo cambio político y religioso, y a menudo trágico, que fue la reforma anglicana. Acusada de adulterio, incesto y alta traición, fue ejecutada por decapitación. Hoy es generalmente admitido que era inocente de aquellas acusaciones y ha sido celebrada como mártir en la cultura protestante, específicamente, en la obra de John Foxe, quien escribió el famoso Libro de los mártires, un relato sobre los mártires cristianos a lo largo de la historia, con énfasis en el sufrido por los protestantes ingleses, desde el siglo XIV hasta el reinado de María I de Inglaterra, Tudor.

La falta de registros sobre Ana Bolena, causada por la orden de Enrique VIII, de destruir todo documento o imagen relacionada con ella, no permite establecer su fecha de nacimiento con exactitud y hace que casi todo lo que se ha dicho sobre ella, apenas tenga más base que la conjetura; algo que conviene tener siempre en cuenta acerca de casi todo lo que se refiere a ella.

A principios del siglo XVII, un historiador italiano sugirió que podría haber nacido en 1499, mientras que el hijo de Thomas More, William Roper, propuso la fecha muy posterior de 1512. En la actualidad, los círculos académicos, tienden a coincidir en un margen viable, entre 1501 y 1507.

Uno de las principales evidencias sobre este dato, es una carta que Anne habría enviado a su padre hacia 1514; escrita en francés, su segunda lengua, puesto que completó su formación en los Países Bajos, junto a Margarita de Austria. Parece que el estilo de la carta y la madurez de lo escrito, prueban que Anne debía tener alrededor de trece años cuando la escribió, ya que es, además, la edad mínima requerida para ser dama de compañía. La tesis es corroborada por un cronista de finales del siglo XVI, que escribió que Anne tenía veinte años cuando volvió de Francia.

Sin embargo, Jane Dormer (1538-1612), duquesa de Feria, que, a su vez, fue dama de honor de la reina María I, afirma en sus Memorias, que Anne aún no tenía 29 años cuando murió, y William Camdem (1551-1625), biógrafo de la reina Isabel I, propone 1507 como su año de nacimiento.

Anne era hija de Sir Thomas Boleyn y de su esposa Elisabeth Howard. La tradición apunta que su lugar de nacimiento fue el Castillo de Hever, en Kent, pero Eric Ives, apoyándose en testimonios próximos, afirma que Anne nació probablemente en la casa familiar de Blicking Hall, 25 km. al norte de Norwich, en Norfolk.

Un rumor muy posterior dice que sufría polidactilia –seis dedos en la mano izquierda- y que, además, tenía una mancha de nacimiento en el cuello, que siempre ocultaba con una joya, pero lo cierto es que todo esto suena a invento, ya que ningún testigo ocular menciona la menor deformidad y en absoluto habla de un sexto dedo en la misma mano. En todo caso, dado que las malformaciones físicas solían ser asociadas con el diablo, bien pudieron ser inventadas para ensombrecer la figura de la reina. En todo caso, es difícil imaginar que Anne Boleyn se hubiera atraído el amor de aquel rey -que anteponía sus deseos amorosos, incluso a la sensatez política-, si hubiera padecido alguna malformación.

Se cree que su hermana Mary, era la mayor, y, de hecho, la hija de Anne, la reina Isabel I, estaba convencida de ello. Su hermano, George Boleyn, debió nacer hacia 1504.

Cuando Anne nació, la familia Boleyn era considerada como una de las más respetables de la aristocracia inglesa, a pesar de que sólo detentaban un título de nobleza desde hacía cuatro generaciones. Más tarde, sus miembros fueron tachados de arrivismo y oportunismo, pero, evidentemente, se trataba de un ataque político. Entre los bisabuelos de Anne, había un lord alcalde de Londres; un duque, un conde, dos damas aristócratas y un caballero.

En definitiva, Anne, fue, sin duda, de más noble cuna que Catherine Howard, Jeanne Seymour y Catherine Parr, las otras tres esposas inglesas de su marido. En todo caso, Margarita de Austria, la hija de Maximiliano I, regente de los Países Bajos, valoraba a Thomas Boleyn muy positivamente, cuando aceptó a su hija como dama. Recordemos que la etiqueta borgoñona era más que estricta. Margarita solía llamarla la Petite Boleyn; no se sabe si se refería a la edad, o a la estatura. Ana vivió en los Países Bajos desde la primavera de 1513, hasta que su padre la envió a París, para proseguir sus estudios, en el invierno de 1514.

Una vez en Francia, también fue dama de compañía de la reina Claude de France, a la que servía, además, como intérprete, siempre que un visitante inglés se presentaba ante la corte francesa. Asumió con naturalidad la cultura y la etiqueta de aquel reino, mostró gran interés por la moda y prestó gran atención a la filosofía de la religión, que proponía una reforma en la iglesia. Su educación terminó en el invierno de 1521, cuando volvió a Inglaterra con su padre. Anne salió de un Calais, todavía en posesión de Inglaterra, en enero de 1522.

Un historiador que reunió toda la información disponible, dedujo:

Nunca fue descrita como de una gran belleza, pero incluso los que no la admiraban, admitían que tenía una notable apariencia. Su piel oscura y su pelo negro le daban un aura exótica en un contexto cultural en el que se apreciaba el tono claro. Sus ojos eran particularmente notables; negros y magníficos -según escribió un contemporáneo-, mientras que otro los describía como siempre atrayentes- añadiendo que sabía servirse de ellos con eficacia.

William Forest, autor de un poema contemporáneo dedicado a Catalina de Aragón, escribió:

El encanto de Anne no residía tanto en su apariencia física como en su viva personalidad, su gracia, su verbo y otras cualidades. Era de pequeña estatura y su fragilidad era atractiva… brillaba al cantar, tocando un instrumento, bailando, y en el arte de la conversación… No era sorprendente ver a los jóvenes cortesanos apresurarse a su alrededor.

Era -conviene resaltarlo-, una católica devota, pero dentro de la nueva tradición renacentista, por lo que, se dice, calificarla de protestante sería exagerado. Se mostraba inconstante; piadosa pero agresiva, calculadora, pero emotiva, con ciertos rasgos, más de cortesana que de política… Son los términos que empleó Thomas Cromwell para describirla.

Enrique VIII y Catalina de Aragón, su primera esposa

Cuando Ana Bolena llegó a la corte, Catalina de Aragón era muy popular, aunque hacía mucho tiempo que no participaba en actividades públicas. Sus posibles hijos habían muerto y Enrique VIII deseaba un varón que asegurara la continuidad de la monarquía, y sobre todo, para preservar al reino de una guerra civil a causa de la sucesión.

Ana se presentó en un baile de máscaras en la corte, en 1522. Por entonces fue cortejada por Henry Percy, hijo del conde de Northumberland, aunque no se sabe hasta qué punto llegaron tales cortejos, si bien es cierto que, incluso sus enemigos declararon que nunca fueron amantes. De cualquier modo, si acaso hubo un idilio, habría terminado ante la negativa rotunda del padre de Percy a aceptarlo, aunque también se dice que el cardenal Wolsey acabó con la relación, o con el simple rumor de que la hubiera, cuando supo que el rey Enrique se había enamorado de Ana, algo que otros niegan, considerando que, para entonces, Enrique mantendría una relación conocida con Mary Boleyn, la hermana de Ana.

Mary Boleyn. Retrato de autor desconocido

El poeta Sir Thomas Wyatt escribió que Ana era invulnerable y fuerte, además de sabía y silenciosa.

Thomas Wyatt. De Hans Holbein el Joven.

Aunque Wyatt era muy querido por Enrique VIII, cayó en desgracia cuando Ana Bolena fue acusada de adulterio, y Wyatt de ser uno de sus supuestos amantes, por lo que también fue encerrado en la Torre de Londres, si bien, fue el único que se libró de ser ejecutado, porque las pruebas al respecto no eran bastante convincentes, a pesar de, por las fechas, parece que él se habría enamorado de Ana antes que Enrique VIII la eligiera. Finalmente, Wyatt se casaría con Elizabet Brooke, en 1520 y recuperó el favor del rey, quien, tras reconocer su inocencia, le nombró embajador en España. Wyatt murió cuando iba a embarcarse para tomar posesión de su nuevo destino.

Mary, la hermana de Ana, habría sido durante un tiempo amante del rey, estando ya casada con Sir William Carey, del Consejo Privado del monarca.

Se dice que al principio Ana se negó a convertirse en amante real y rechazó los primeros intentos de Enrique: Imploro sinceramente a vuestra majestad que se detenga, y esta es mi respuesta, de buena fe: Preferiría perder la vida antes que mi honestidad. Pero parece ser que su rechazo no hizo sino acrecentar el deseo del rey que la persiguió sin cuartel, incluso cuando ella abandonó la corte para dirigirse a Kent. 

Hay historiadores que consideran que el rechazo de Ana fue sincero, pero otros creen que se trataba de una inteligente medida de seducción, originada en la ambición. El hecho es, que finalmente, Enrique le pidió matrimonio y que ella aceptó, aunque, en principio evitó las relaciones íntimas, sabiendo que si tenía un hijo antes de casarse, sería ilegítimo, lo que hace pensar que ello fue causa del empeño reforzado de Enrique, para divorciarse de Catalina de Aragón, aunque hay pruebas de que ya había planeado la anulación mucho tiempo antes. Lo cierto es, que fue en 1527 cuando la solicitó a Roma.

Al principio, Ana se mantuvo en un plano discreto, pero en 1528 se supo públicamente que Enrique quería casarse con ella y, en este sentido, Ana tuvo el apoyo de la familia y de la corte. En todo caso, ya desde el principio, Enrique VIII le procuró un altísimo tren vida, a base de vestidos, pieles, joyas, servidores, damas de honor y suntuosos alojamientos.

El Pontífice Clemente VII

En 1529, se tuvo la seguridad de que Clemente VII no tenía la menor intención de conceder a Enrique la anulación de su primer matrimonio. Una parte del problema era que Carlos V, sobrino de Catalina, tenía al papa prisionero. Cuando Enrique lo supo, comprendió que era poco probable que en aquellas circunstancias, lograra llevar a cabo su nuevo proyecto de matrimonio. Además, la iglesia estaba afrontando la reforma protestante y no podía permitirse la contradicción de anular un matrimonio para el cual se había concedido una licencia especial, sin dar a sus detractores razones evidentes para rechazar su autoridad. 

Entre tanto se iniciaron tratos secretos entre la reina Catalina y el papa Clemente VII, con el objetivo de enviar a Ana al exilio, pero cuando fueron descubiertos, Enrique VIII ordenó el arresto del cardenal Wolsey, que murió durante su traslado a la Torre, donde iba a ser ejecutado por traición, en 1530. Un año después, Catalina fue desterrada de la corte y sus residencias, entregadas a Ana.

Con la desaparición de Wolsey, Ana Bolena se convirtió en la persona más poderosa de la corte. su exasperación ante la negativa del Vaticano a reconocerla como reina, la incitó a proponer otra política a Enrique. Le sugirió que siguiera los consejos de los radicales religiosos, tales como William Tyndale, que negaba la autoridad del papa y creía que el monarca debía dirigir la iglesia. Y cuando murió William Warham, arzobispo de Cantorbery, Ana Bolena hizo nombrar limosnero a Thomas Cranmer, como nuevo consejero favorito del rey.

Durante aquel período, ella tuvo un gran papel en la posición internacional de Inglaterra, consolidando los acuerdos con Francia, a cuyo efecto, estableció excelentes relaciones con el embajador Gilles de Pommeraie, con cuya ayuda, organizó una conferencia internacional en Calais, en el invierno de 1532, conferencia en la que el rey esperaba obtener la colaboración de Francisco I en favor de su matrimonio.

Antes de marchar a Calais, el rey concedió a Ana el título del marquesado de Pembroke, y Ana fue la primera mujer inglesa que lo recibió; de hecho, el título era el de “marqués”. su padre, fue hecho conde de Wiltshire y de Ormonde, mientras que su hermana recibió una pensión de 100 libras, además de la oportunidad de enviar a su hijo para ser educado en un monasterio cisterciense de gran reputación.

La conferencia de Calais fue un brillante triunfo político, pues el rey de Francia –Francisco I-, aprobó la nueva boda de Enrique. Inmediatamente después de su vuelta de Douvres, Enrique y Ana se casaron en secreto. Poco después, cuando Ana descubrió que estaba embarazada, tal como preveía la costumbre inglesa, se celebró una segunda ceremonia en Londres, el 25 de enero de 1533.

Los acontecimientos se precipitaron. Ya el 23 de mayo de 1533, Thomas Cranmer, el arzobispo de Canterbury, a raíz de una audiencia particular del tribunal especial en la iglesia del priorato de Dunstable, declaró que el matrimonio de Enrique VIII y Catalina de Aragón, era nulo y sin validez.

El día 28, Cranmer declaró que la boda de Enrique y Ana era válida. Tras siete años de relación, Ana se convertía en esposa legítima y reina de Inglaterra. Catalina fue despojada de su título, justo a tiempo para la coronación de Ana, el 1º de junio de 1533.

Como muestra de desafío al papa, Cranmer declaró que la Iglesia de Inglaterra quedaba bajo la autoridad de su soberano y no de la de Roma. Tal acontecimiento fue más tarde conocido como el Acta de Supremacía y marcó el fin de Inglaterra como país católico romano. Muy pocos en la época, pudieron alcanzar el profundo significado de este hecho, pero muchos menos estaban dispuestos a defender la autoridad el papa.

La reina Ana estaba encantada con la marcha de los acontecimientos, aunque no lo demostrara públicamente. Ella desaprobaba abiertamente el rechazo de la liturgia católica –el rey no le dejó elección-, aunque creía que Roma corrompía el cristianismo, pero el reflejo de su antiguo catolicismo seguía siendo evidente, por ejemplo, en su demostrada devoción a la Virgen María durante su coronación.

Una breve aventura del rey con una dama de la corte, provocó la primera disputa seria entre ellos. Ana tuvo una niña, el 7 de septiembre de 1533, en el palacio de Greenwich, a la que bautizó como Elisabeth, en honor de la madre de Enrique, Elisabeth de York. 

A pesar de su decepción, el rey le ofreció un magnífico bautizo e inmediatamente, le otorgó el señorío de Hatfield House, con su propio servicio. Allí, el aire del campo podía ayudar a un mejor desarrollo de la niña a la que Ana visitaba con mucha frecuencia. 

Había 250 personas a su servicio, desde clérigos, hasta mozos de cuadra, además de unas sesenta damas de honor, para servirla y acompañarla; varios sacerdotes como confesores y consejeros, entre ellos, el moderado Mathew Parker, que se convertiría en uno de los futuros soportes de la nueva iglesia anglicana bajo el reinado de Elisabeth I.

Ana salvó la vida de Nicolás Bourbon, condenado a muerte en un proceso de la Inquisición francesa, y este, agradecido, la denominó Reina amada por Dios. Asumió una posición favorable a una reforma religiosa, apoyando la traducción de la Biblia al inglés, pero no rechazó la doctrina católica de la transubstanciación. Además, sabiendo que su marido se oponía a la mayor parte de las reformas doctrinales propuestas por los luteranos, debía mostrarse prudente para conducir a Inglaterra hacia lo que comúnmente fue llamado el nuevo aprendizaje. Por otra parte, era generosa con los más necesitados, y a menudo proveía fondos para obras educativas.

Un grupo de jóvenes siguió frecuentando los apartamentos de la reina, donde seducían a las damas de compañía, y con su permiso, bailaban con ella misma, que nunca sobrepasaba los límites, ni permitía que nadie lo hiciera. Lo cierto es que aquella práctica no era una novedad, ya que un grupo de jóvenes similar había acompañado a Catalina de Aragón, en la década de 1510. Sin embargo, se utilizaría de manera nefasta contra ella, más tarde.

La vida conyugal de Ana se había vuelto tormentosa y el matrimonio real tuvo períodos de afecto y de calma, pero las repetidas infidelidades de Enrique ofendían a Ana, que reaccionaba llorando o con crisis de cólera ante cada nueva amante. Por su parte, a Enrique le irritaban las opiniones de Ana sobre política y religión. 

Su segundo embarazo terminó en un aborto involuntario en el verano de 1534 y el rey terminó por creer, o simuló creer, que su falta de aptitud para darle un heredero varón, era una auténtica traición.

El embajador de Francia notó la tensión existente entre los esposos en un banquete en 1535, y cuando se entrevistó con Ana en una velada posterior; ella le confesó que se sentía muy sola y era expiada por personas de la corte. Tal presión hizo estallar su cólera que se extendió a su tío, del que sospechaba que le era desleal. 

Por entonces, su hermana se casó con un plebeyo, y Ana la hizo desterrar de la corte sin contemplaciones. Después se volvió atrás en cierto modo y envió un magnífico jarro de oro y plata a los recién casados, pero no los invitó a volver a la corte.

Por otra parte, Ana se sentía afectada por el tiránico gobierno de su esposo, del que ella misma se hizo sospechosa, cuando supuestamente, convenció a Enrique para que firmara la sentencia de muerte de su antiguo consejero Sir Thomas Moro, cuando este se negó a romper su juramento de lealtad hacia el papa Pablo III. No hay pruebas y además parece poco lógico, porque él había reconocido a Ana como reina en el lugar de Catalina, y ella no tenía razones para desear su muerte.

Dadas las circunstancias de su matrimonio y el deseo casi desesperado de Enrique de tener un hijo, la sucesión de embarazos frustrados de Ana suscitó el mayor interés en la corte. Algunos estiman que pudo tener tres, todos terminados en aborto, de tan poco tiempo, que el sexo de los fetos sigue siendo desconocido.
Thomas Cromwell, en principio, amigo de Ana, participó después en el complot que causó su muerte

En enero de 1536, murió Catalina de Aragón. Al conocer la noticia, Ana y Enrique se pusieron ropa de color amarillo claro. Algunos historiadores opinan que tal elección fue una demostración pública de alegría, pero otros hacen notar que el amarillo era el color nacional del duelo en aquella época y que constituía una señal de respeto hacia el difunto. Es, además, muy dudoso que el matrimonio real decidiera celebrar públicamente la muerte de Catalina, pues Enrique la consideraba, a pesar de todo, como una noble princesa, viuda, además, de su hermano Arturo.

A raíz del embalsamamiento de Catalina, se observó que tenía el corazón ennegrecido, y aparecieron rumores de que había sido envenenada y Enrique y Ana eran los principales sospechosos. Por otra parte, tras el fallecimiento de Catalina, Ana trató, sin éxito, de acercarse a su hija, María.

El día de los funerales de Catalina, el 29 de enero de 1536, Ana abortó un niño. Para algunos observadores, esta dolorosa pérdida marcó el principio del fin de la pareja real. Lo que siguió, fue el período más controvertido y lleno de falsedades e inventos, de la historia de Inglaterra, en el que se mezclan, la tragedia personal, con la alta política de los Tudor. 

Por entonces, a George Boleyn, el hermano de Ana, se le denegó el título de Caballero de la Jarretera, que fue, sin embargo, otorgado a Edward Seymour, casualmente, hermano de Jeanne Seymour, la que se convertiría en tercera esposa de Enrique VIII. 

Mientras Ana aún se reponía de aborto, Enrique declaró que su matrimonio estaba maldito por Dios y Ana expresó en varias ocasiones, el sentimiento de que pronto sería repudiada.

Tras la muerte de Catalina de Aragón, la situación de Ana se volvió más precaria; durante su ascenso al poder y su breve reinado, se había hecho muchos enemigos en la corte y entre el pueblo inglés, que, en buena parte, seguía fiel a Catalina, a la que consideraba una víctima, no viendo en Ana más que una intrigante y una usurpadora.

Thomas Cromwell, ministro y consejero muy próximo al rey, empezó a buscar un medio para desembarazarse de Ana, parece que, en parte, por iniciativa propia, en parte esperando agradar al rey. Apenas tuvo dificultad para encontrar personas dispuestas a testificar en contra de ella y sus supuestos cómplices; así, su músico, Mark Smeaton, los cortesanos Sir Henry Norris, Sir Francis Weston y William Brereton; su propio hermano, George Boleyn y lord Rochford, fueron acusados de haber sido sus amantes y detenidos. Smeaton confesó bajo tortura, pero los demás negaron firmemente las acusaciones.

El 2 de mayo de 1536, Ana era detenida al medio día y llevada a la Torre de Londres, acusada de adulterio, incesto y alta traición. Enloquecida en un principio, pidió detalles sobre las acusaciones. Los cuatro hombres fueron juzgados en Westminster, el 12 de mayo de 1536 y declarados culpables, condenados a muerte. El hermano de Ana también fue condenado a la misma pena, tres días después.

Ana fue también juzgada en la Torre, el 15 de mayo. Durante el proceso, negó con vehemencia todas las acusaciones y se defendió con elocuencia, pero en vano. También fue declarada culpable y condenada a muerte, que podía ser por decapitación o en la hoguera, a elección del rey, que, a modo de clemencia, optó por la decapitación e hizo buscar un experto en el manejo de la espada, que vino expresamente de Calais, pues la espada se consideraba más noble y más eficaz que el hacha que generalmente se usaba en las ejecuciones en Inglaterra.

Los supuestos amantes de la reina fueron ejecutados el día 17 y el mismo día, el arzobispo Thomas Cranmer declaró la ilegitimidad del matrimonio de Ana con el rey, y por tanto, la de su hija Elisabeth.

Todos ellos podían haber sido culpables, o no; nadie puede asegurarlo, pero lo que resulta fuera de toda duda, es que el proceso fue completamente amañado para condenar a la reina a cualquier precio. 

Si hubiera estado penado el hecho de saber hablar francés en Inglaterra, tal vez Ana habría sido condenada por ello, pero había recursos más escandalosos y eficaces, aunque muchos se preguntaron cómo podía habérselas arreglado para cometer tantos adulterios, frente a un marido vigilante, acostumbrado a hacer ley de su voluntad, aunque fuera de la forma más arbitraria y escandalosa.

Ana fue ejecutada el viernes 19 de mayo de 1536. Todo el proceso, desde su encierro en la Torre, apenas había durado 17 días. El gobernador de la Torre describió así la escena de la ejecución:

Aquella mañana me mandó llamar, porque quería que la acompañara en la comunión, para que la gente comprendiera su inocencia, y me dijo:

-Mr. Kingston, he oído que no moriré antes del mediodía. Estoy decepcionada, porque pensaba estar muerta a esa hora, y haber olvidado ya mi sufrimiento.

Yo le dije que no sufriría, y me contesto:

-He oído que el verdugo es muy hábil y yo tengo el cuello pequeño-; rodeó su cuello con las manos y empezó a reír. 

He visto a muchas mujeres que iban a ser ejecutadas, y estaban terriblemente apenadas, pero a mí me parece que esta mujer estaba feliz a la espera de la muerte. Su limosnero se quedó a su lado hasta después de medianoche.

Finalmente fue llevada al cadalso –en la Tower Green-, dentro de la fortificación de la Torre de Londres. Ana llevaba una pequeña capa roja forrada de piel, sobre un vestido de seda gris. Llevaba los cabellos recogidos y su tocado francés habitual. Hizo una breve declaración.

Buen pueblo cristiano, he venido aquí para morir, porque según la ley y por la ley debo morir, así que no hablaré contra esto. Si he sido traída hasta aquí ha sido por la voluntad de Dios, pero no por haber acusado a nadie, ni por hablar de aquello de lo que he sido acusada y condenada a muerte, pero ruego a Dios que salve al rey y le conceda un largo reinado, pues nunca ha habido príncipe más dulce y clemente, y, para mí, ha sido siempre un buen y dulce soberano. Y si alguien se interesa por mi causa, le ruego que juzgue mejor. Con esto me despido del mundo y de todos vosotros y os pido, desde el fondo del corazón, que roguéis por mí.

Según la costumbre, perdonó al verdugo cuando este se lo pidió y solicitó a los asistentes que rezaran por el rey que es tan bueno. Y se arrodilló. 

No había tronco para apoyar la cabeza. Sus damas de honor le quitaron el tocado y le vendaron los ojos. Sus plegarias finales consistieron en repetir: A Jesucristo encomiendo mi alma; Jesús, recibe mi alma.

La ejecución fue breve; un solo golpe de espada. Según una leyenda, el verdugo dijo: ¿Dónde está mi espada? y la decapitó al instante.

A la otra orilla del Támesis, el teólogo reformador Alexander de Hales, acompañado por el arzobispo Thomas Cranmer paseaban por los jardines de Lambeth. Cuando oyeron los cañones que anunciaban el fin de la ejecución, el arzobispo levantó los ojos al cielo y declaró: Era una reina inglesa en la tierra y ahora es una reina del paraíso. Después se sentó en un banco y lloró.
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El gobernador tampoco había previsto un ataúd para Ana y su cuerpo y la cabeza fueron colocados en un baúl de flechas y enterrados sin ceremonia en la capilla de St. Peter ad Vincula, en el recinto de la Torre

Capilla de San Pedro ad Vincula, vista desde la plaza de ejecuciones situada en el prado de la Torre; Tower Green

Sus restos fueron identificados durante la restauración de la capilla, en el reinado de Victoria y hoy están identificados con una placa de mármol en el suelo.

El embajador del Imperio, Chapuys, uno de los principales actores de su caída, escribió después al rey a modo de condolencia: Más de un hombre bueno y grande, incluso entre los emperadores y los reyes, ha sufrido a causa de la astucia de malas mujeres. Y a fin de demostrar que no lamentaba lo ocurrido, el rey le dijo que Ana había tenido al menos, cien amantes. 

Más tarde, Chapuys escribió al emperador Carlos V: Jamás veréis a un príncipe, ni a cualquier otro hombre, hacer más ostentación de sus cuernos y llevarlos con tanta serenidad.

Los historiadores siguen debatiendo para hallar la verdadera razón de la caída de Ana Bolena y se han formulado algunas teorías al respecto. 

La más tradicional, sostiene que fue víctima de la crueldad de su marido, y que el hecho de que fuera incapaz de darle un heredero varón, ya indicaba que Enrique no ahorraría los medios para desembarazarse de ella.

El historiador del siglo XX, Geoffrey Elton, sostenía que Ana y cinco hombres fueron muertos legalmente sólo porque el rey deseaba volver a casarse, y que Enrique VIII tenía tal falta de escrúpulos, que prefería parecer un marido engañado, o la víctima de un embrujo, con tal de lograr sus fines.

La teoría más extendida sostiene que Ana fue destronada por un complot orquestado por sus enemigos. Una alianza con España se hacía entonces deseable por ciertas razones y Ana era tan mal vista por la familia real española, que su presencia se hizo molesta. Thomas Cromwell, antaño su amigo, decidió que debía desaparecer y estaba dispuesto a sacrificar cinco hombres inocentes para lograr sus fines.

Otro historiador británico, George W. Bernard, es el único que sostiene la tesis de la traición y el adulterio, En 1991 escribió: La posición más segura para un historiador moderno, es afirmar que Ana cometió adulterio verdaderamente, con Norris, y brevemente, con Smeaton y que había suficientes pruebas de hecho, para dudar de la negativa de los demás.

Anna Bolena, descendía, por su madre, de Thomas de Brotherton, conde de Norfolk, hijo de Eduardo I de Inglaterra y de Margarita de Francia, nieta de San Luis, siendo, por lo tanto, Capeto y, además, prima lejana del propio Enrique VIII.


Anne thye quene; The Queen




viernes, 6 de abril de 2018

Petrarca y Laura • Toscana y Avignon • La gran creación poética medieval



El lunes, 22 de julio de 1304, al amanecer, en un arrabal de Arezzo llamado L’Horto, nací, en el exilio, de padres honestos, florentinos de nacimiento y poseedores de una fortuna que rozaba la pobreza.

Epistola ad Posteros

Su padre, ser Pietro, o Petrarco, di Ser Parenzo, había sido desterrado de Florencia por los Güelfos Negros en 1302, a causa de sus simpatías públicas hacia el también desterrado, Dante. Después de pasar por otras ciudades, en 1312, la familia se instaló en el Condado Venesino, cerca de Avignon.

Poco después pasaron a Carpentras, donde Petrarca estudió Humanidades con el toscano Convenole de la Prata. En una carta a su amigo de la infancia, Guido Settimo, por entonces, arzobispo de Génova, escribió: Estuve cuatro años en Carpentras, pequeña villa cercana a Avignon, del lado de levante, y allí aprendí un poco de Gramática, de Dialéctica y de Retórica, tanto como se podía aprender a aquella edad y como se podía enseñar en la escuela.

Durante su estancia en Carpentras, en mayo de 1314, tuvo la oportunidad de asistir a la entrada de los 23 cardenales reunidos para elegir un nuevo pontífice; 15 del lado francés de los Alpes y ocho del lado italiano, que poco después hubieron de dispersarse, ante un ataque de gascones familiares del difunto pontífice, Clemente V.

Me fui a Montpellier -1316-, donde consagré cuatro años al estudio de las leyes, después a Bolonia, donde, durante tres años oí explicar todo el cuerpo del Derecho Civil.

Allí también, ¡qué tranquilidad teníamos, qué paz, qué abundancia, qué afluencia de estudiantes, y qué maestros!

Petrarca: Cartas Familiares a Amigos

En 1318 o 19, fallecía su madre, Eletta, a los 38 años; parece que esta pérdida provocó la inspiración de sus primeros versos, una elegía formada por 38 hexámetros, en recuerdo de ella. El año siguiente, 1920, él y su hermano pequeño se fueron a estudiar a Bolonia, junto con su amigo Guido Settimo. Allí conocieron a los tres hermanos Colonna: Agapito, Giordano y Giacomo, haciendo amistad especialmente, con este último.

A finales de aquel año, Petrarca concibió la idea de escribir utilizando la lengua vulgar, en este caso, la toscana, lo que suponía, no sólo una gran novedad, sino también una importante ruptura con el clásico latín, hasta entonces, único vehículo de expresión literaria.

Los dos hermanos no volvieron a Avignon hasta la muerte de su padre, en 1326. Petrarca, con 22 años, decidió entonces abandonar Bolonia y los estudios de Derecho, para instalarse en la corte romana, en la primavera de aquel año. Allí vivieron los dos hermanos durante unos meses, con la reducida herencia paterna, en compañía de su amigo Giacomo Colonna.

Francesco Petrarca y Lombardo della Seta, obra de Altichiero, Padua, c. 1376. 
Oratorio de San Giorgio, Padova

Allí empecé a ser conocido y mi amistad fue buscada por grandes personajes. ¿Por qué? Confieso ahora que lo ignoro y que me sorprende, pero es cierto que entonces no me sorprendía, pues, según la costumbre de la juventud, yo me creía muy digno de todos los honores.
Epístola a la posteridad

Cuando se agotaron los fondos, Francesco y Gerardo, optaron por recibir las órdenes menores, más bien, como un medio de resolver su futuro.

En 1330, Francesco visitó a su amigo Giacomo, obispo de Lombez, junto al cual, su hermano Gerardo ya era canónigo. Al parecer aquella visita constituyó un feliz paréntesis.

Fue un verano casi divino gracias a la franca alegría del maestro dueño de casa y de sus compañeros.
Epístola a la posteridad

De vuelta en Avignon, Petrarca entró al servicio del ya cardenal Giovanni Colonna. La sede pontificia le parecía la Nueva Babilonia sobre la que lanzó, sin medida alguna, los peores insultos, adjudicándole sucias historias, que no eran sino fruto de su indignación partidista: Oh, Avignon, es así como veneras a Roma, tu soberana? ¡Desgraciada tú, si la infortunada empieza a despertarse!

El Palacio de los Papas en Aviñón, residencia de los pontífices desde 1309 hasta 1377. La ciudad provenzal se convirtió, en aquellos años, en un centro cultural y comercial de primer orden, lo que permitió a Petrarca –y no a su pesar-, conocer a los protagonistas de la vida política y cultural de su época.

• • •

Sin embargo, una mañana, la horrenda ciudad se transformó radicalmente ante sus ojos, convirtiéndose en el cofre de su mayor tesoro.

Laura

Laura. Simone Martini

Laura, célebre por su virtud y largamente cantada en mis poemas, apareció a mis ojos por primera vez en el tiempo de mi juventud más florida, el año del Señor, de 1327, el 6 de abril, en la iglesia de Santa Clara de Avignon, por la mañana.

Santa Clara de Avignon

Laura de Noves, la esposa del marqués Hugo de Sade, acababa de cumplir 17 años y Petrarca se enamoró de ella inmediatamente, aunque en silencio y a distancia. Laura se convertiría así en la musa de una de las obras más valiosas de la literatura occidental en lengua vulgar: Il Canzoniere.

Su forma de andar no tenía nada de mortal; tenía la forma de un ángel y sus palabras tenían un sonido distinto de la voz humana. Yo, que no tenía en el corazón la chispa amorosa, sorprendentemente me inflamé de golpe.

Si Laura existió, o no, es más bien un arcano; aunque una parte de la crítica ha negado su existencia real, hay otra que no parece tener la menor duda al respecto. Es muy posible, con todo, que el poeta viera un rostro real, al que después dotó de todas las mejores cualidades imaginables, convirtiéndolo en un objeto literario, necesario para dotar de contenido su composición poética. 

No parece lógico, en cambio, aquella especie de amor irremediable, que se ha dado en llamar platónico, mantenido y soportado en silencio y a distancia, durante tantos años, hacia una mujer que no sólo estaba casada, sino que era madre de familia numerosa. Tan perfecta creación, que no necesitaba un soporte físico para sostenerse, parece que no podría proceder, sino de la imaginación del poeta, quien así alcanzaba la posibilidad de tratar de un tema amoroso, dentro de la virtud, con el que, efectivamente, acertó frente a sus contemporáneos y a la posteridad. Hoy quizás podría calificarse, más que de virtuoso, de virtual. 

La obra de Petrarca en lengua vulgar es comparativamente, insignificante frente a la latina, sin embargo, la historia de aquel amor no correspondido por Laura es la que se ha mantenido en toda su lozanía a través de los siglos, en el imaginario común dentro de la literatura occidental.

Encontrándose en Vaucluse, a mediados del año 1338, Petrarca escribiría a Giacomo Colonna, una carta que, aparentemente debía solventar todas las dudas al respecto, pero sólo resuelve una pequeñísima parte de su extraña, larga y más bien, dolorosa vivencia amorosa. Según aquella misiva, Laura había existido realmente y, por tanto, había hecho penar al poeta.

Hay en mi pasado una mujer de alma notable, conocida entre los suyos por su virtud y su antiguo origen, cuyo resplandor fue subrayado, y el nombre llevado muy lejos por mis versos. Su seducción natural desprovista de artificio y el encanto de su rara belleza, antaño le habían ganado mi alma. Durante diez años soporté el peso acosador de sus cadenas en mi nuca, encontrando indigno que un juez femenino haya podido imponerme tanto tiempo, tanta presión.

Epistolæ metricæ, I, 6

Al parecer, incluso existió un retrato de ambos, realizado por el gran artista Simone Martini, que llegó a Avignon en 1336, para decorar el palacio de los papas. Petrarca habría tenido la oportunidad de conocerlo y encargarle dos medallones, con su efigie y la de Laura.

Por otra parte, resulta curioso saber que, a pesar de que se supone que el poeta tenía ocupada la mente y el corazón por su gran amor imposible, en 1337, tuvo un hijo, nacido en Avignon, al que llamó Giovanni.

En la capilla napolitana de Sancta Maria dell’Incoronata de Nápoles, construido entre 1360 y 1373, los frescos de las bóvedas representan los Sacramentos y el Triunfo de la Iglesia. En la Boda, se han creído reconocer los retratos de los reyes, Robert d’Anjou y su esposa, la reina Jeanne y parece posible que, en el Bautismo fueron retratados Petrarca y Laura. De ser así, significaría que la platónica historia de amor no era del todo secreta.

Napoli, chiesa di Santa Maria Incoronata - Affresco di Roberto d'Oderisio 
que representa el bautismo de Carlo Duca di Calabria en los brazos de la reina Jeanne d’ Anjou.

Napoli, chiesa di Santa Maria Incoronata - Affresco di Roberto d'Oderisio que representa el matrimonio de la reina Joannna I de Anjou con Louis de Taranto.

Desde 1330 a 1333 Petrarca se dedicó a viajar, visitando París, Lieja, Aix-la Chapelle, Flandes y Renania. 

El Ventoux

Su hermano Gerardo se reunió con él en el Condado Venaissin en 1336 y allí, el 26 de abril, ambos emprendieron una de las aventuras que mayor eco han encontrado, tras su relato por parte del poeta; el ascenso al monte Ventoux.

El poeta describió la experiencia en una carta a su confesor François Denis de Borgo San Sepolcro, pero a pesar de que el relato constituye un hito existencial y literario, algunos críticos dudan de que se llevara a cabo en el momento en que lo sitúa el poeta, es decir, en 1336, ya que, por entonces, debido a una oleada de accidentes climáticos muy adversos, no era posible efectuar la escalada. Ello lleva a pensar que, conocida la montaña en cuestión, el poeta describió un ascenso de carácter más místico que deportivo, aunque quizás reunió ambas características, pero en una fecha posterior a la indicada por él.

El Ventoux

Hoy se cree, que si bien el relato que conocemos del ascenso al Ventoux, no corresponde a la fecha citada, ni tampoco coincide con el contenido de la carta a del Borgo, sino que sería más bien una reelaboración posterior, ello no implica necesariamente, que el evento no se hubiera producido. El hecho es que, a pesar de las escasísimas indicaciones geográficas aportadas por el poeta, hay una que parece sostener la veracidad del relato; Petrarca dice que se detuvo a descansar al pie del Filiole, lugar que veremos castellanizado como “Hijuelo” en una antigua traducción castellana, y que constituye una referencia prácticamente desconocida para los no versados en aquella escalada.

El Filiole, pues, es un pico que domina la cumbre más importante del Ventoux, y va desde el Col des Tempêtes, hasta el Jas de la Couinche. La referencia al lugar, hoy llamado Combe Fiole, demostraría, al parecer, la veracidad de la experiencia; Petrarca debió alcanzar, al menos, aquel punto en concreto, situado a menos de mil metros de la cumbre del Ventoux.

Aviñón. Al fondo, el monte Ventoux

Además de la visión de Laura y el ascenso del Ventoux, Avignon también proporcionó a Petrarca la posibilidad de recuperar a los autores clásicos, con el objetivo de proseguir su personal aventura vital, compartiendo las búsquedas que aquellos autores habían emprendido siglos atrás. La ciudad de los puentes y los “pontifex”, contribuyó, a pesar de sus críticas, a despertar en el poeta la voluntad de reemprender su búsqueda existencial, ofreciéndole asimismo, los medios para proseguirla.

Así, su ya reconocida fama como poeta se complemetaría pronto con la de hombre de letras. Sus relaciones con la Curia y especialmente con la familia Colonna, le dieron la oportunidad única, de conocer a los numerosos eruditos, sabios y letrados que visitaban la entonces sede papal de Avignon. También tuvo entonces la oportunidad de aprender los principios de la lengua helénica, con el griego calabrés, Marlaam, obispo de Saint-Sauveur, que viajó a Avignon como embajador de Andrónico III Paleólogo, con el fin de intentar zanjar el cisma entre las Iglesias ortodoxa y católica. 

Asimismo, con la ayuda de sus relaciones y amigos, pudo efectuar una búsqueda organizada de antiguos manuscritos latinos que permanecían olvidados en las bibliotecas de abadías, ciudades, o particulares, recuperando así reconocidos textos de Cicerón, Propercio y Quintiliano, a los que aplicó un profundo y concienzudo análisis filológico, logrando asimismo, recomponer las Décadas IV y I de la Historia Romana de Tito Livio, haciéndolos accesibles hasta el día de hoy a partir de fragmentos que restauró cuidadosamente, comparándolos con otra copias existentes.

Vaucluse

La Fontaine de Vaucluse

Decidido a iniciar una vida solitaria, entregada a la poesía y la reflexión trascendente, a partir de 1338, Petrarca halló un refugio apropiado en las fuentes de Vaucluse, a las orillas del Sorgue, y allí hizo llevar su biblioteca.

Encontré un valle muy estrecho pero solitario y agradable, llamado Vaucluse, a pocas millas de Avignon, donde la reina de todas las fuentes, la Sorgue, tiene su manantial. Seducido por el agrado del lugar, llevé allí mis libros y mi persona. 
Epístola a la posteridad 

Lleno de entusiasmo por tal descubrimiento, Petrarca vivió allí en distintas ocasiones, hasta 1353; un total de quince años.

He hecho de este lugar, mi Roma, mi Atenas, mi patria. Exiliado de Italia por los furores civiles, vine aquí, medio libre, medio forzado. Que otros amen la riqueza, yo aspiro a una vida tranquila, me basta con ser poeta. Que la fortuna me conserve, si puede, mi campito, mi humilde techo y mis queridos libros, y que ella se quede con lo demás. Las Musas, vueltas del exilio, viven conmigo en este amado asilo.

En las Familiarum rerum, añadía: Ningún lugar conviene mejor a mis estudios. De niño visité Vaucluse; de joven volví allí y aquel valle encantador me calentó el corazón en su seno expuesto al sol; siendo un hombre hecho, pasé dulcemente en Vaucluse mis mejores años y los instantes más felices de mi vida. Ya anciano, es en Vaucluse donde quiero morir.

Allí, durante su primera estancia, escribió la célebre, De Viris Illustribus y el gran poema latino África, sobre Escipión el Africano. La segunda estancia, a lo largo del año 1342, siguió al nacimiento de su hija natural, Tullia Francesca. De acuerdo con el historiador de Vaucluse, Jules Courtet, Petrarca sólo amó a Laura, pero ello no le impidió tener alguna distracción.

Durante la tercera estancia; en 1346, escribió De Vita Solitaria y Psalmi Penintentiales.

En resumen, casi todos los opúsculos que salieron de mi pluma (y el número es tan grande que aún me ocupan y me fatigan) fueron hechos, empezados y concebidos aquí.

Escribió a Francisco Nelli, prior de la iglesia de los Santos Apóstoles en Florencia: He adquirido en Vaucluse dos jardines que no pueden convenir mejor a mis gustos y a mi plan de vida. Normalmente, llamo a uno de estos jardines, mi Helicón transalpino, muy sombreado, porque es muy propio para el estudio y está consagrado a nuestro Apolo. El otro jardín, más cerca de la casa, está cultivado y es querido por Baco.

En consecuencia, se dice que Petrarca, ya receptor de toda clase de honores, cultivaba conjuntamente, su musa y sus viñas, a pesar de que, según su confesión, la Sorgue habría sido un lugar perfecto de residencia, si Italia hubiera estado más cerca y Aviñón más lejos.


La Fontaine del Sorgue, dibujo de Petrarca

Croquis de la Fontaine realizado por Petrarca, en el margen de su ejemplar de la Historia Natural de Plinio, es el más antiguo que existe. El Sorgue mana de la roca, que remata una capilla. En la base, un ave zancuda precede a la leyenda: Transalpina solitudo mea jocundissimo.


El laurel de Apolo

En 1340, su maestro y confesor, el monje agustino Francesco de Borgo San Sepolcro, le propuso recibir la corona de laurel de los poetas en la Sorbonne. Los doctores de París le ofrecían esta distinción para agradecerle su trabajo por el renacimiento de las letras y el hallazgo de los textos antiguos, que abrieron el camino a los humanistas.

El Senado romano también se lo propuso y Petrarca optó por este último, dado su interés en hacerse coronar por Robert d’Anjou, rey de Nápoles y conde de Provenza, alegando que el rey de Sicilia es el único al que aceptaré de buena gana entre los mortales, como juez de mis talentos.

* * * 

La Corona de Laurel

En el camino de Padua, Petrarca recibió una carta del Senado de Florencia por medio de su amigo Boccaccio, en la que se le llenaba de alabanzas, se le proponía ir a enseñar en la universidad florentina que acababa de inaugurarse, y se le aseguraba que se le devolverían los bienes paternos:

Ilustre retoño de nuestra patria, hace tiempo que vuestro renombre ha llegado a nuestros oídos y conmovido nuestras almas. El éxito de vuestros estudios y el arte admirable en el que sois excelente, han ganado el laurel que ciñe vuestra frente y os hace digno de servir de modelo y de impulso a la posteridad. 

Hallaréis en los corazones de vuestros compatriotas todos los sentimientos de respeto a los cuales tenéis tanto derecho. Pero, a fin de que no haya nada en vuestra patria que en adelante pueda heriros, os acordamos, por nuestra propia liberalidad y por un impulso de ternura paterna, los campos antaño disfrutados por vuestros antepasados, que acaban de ser recuperados por los dominios públicos. 

Este don es poca cosa en sí mismo, sin duda, y poco proporcionado a los que merecéis, pero lo apreciaréis más si observáis nuestras leyes, nuestros usos, y si recordáis a todos los que no han podido obtener semejante favor. Podéis, pues, en adelante, vivir en esta ciudad que es vuestra patria. 

Nos alabamos de que no tendréis que ir a ninguna parte a buscar los aplausos que el mundo os da, ni la tranquilidad que amáis. No encontraréis entre nosotros Césares o Mecenas; estos títulos nos resultan desconocidos. Pero encontraréis compatriotas celosos de vuestra gloria, decididos a publicar vuestras alabanzas y a extender vuestro renombre, sensibles al honor de tener por conciudadano a uno que no tiene igual en el mundo. Hemos resuelto, tras madura deliberación, ensalzar nuestra ciudad haciendo florecer en ella las ciencias y las artes; fue así como Roma, nuestra madre, adquirió el imperio de toda Italia. 

Así pues, sólo vos podéis satisfacer nuestros deseos. Vuestra patria os conjura, por todo lo que hay de más santo, por todos los derechos que tiene sobre vos, a consagrarle vuestro tiempo, presidir sus estudios y concurrir a darle así un resplandor que envidiará el resto de Italia.

Los magistrados, el pueblo y los grandes os llaman, vuestros penates y vuestros campos recuperados os esperan. Si hay en nuestro estilo algo que os moleste, debe ser un motivo más para llevaros a cumplir nuestros deseos: vuestras lecciones nos son necesarias. Hacéis la gloria de vuestra patria y por ello le sois tan querido; con este título os apreciará más si cedéis a sus instancias.

Respuesta de Petrarca

He vivido bastante, mis queridos compatriotas, siguiendo el axioma del sabio: hay que morir cuando ya no se desea nada. Hombres ilustres y generosos, si hubiera estado con vosotros, no habría podido pedir más de lo que me ofrecéis en mi ausencia, y sin haberlo solicitado. Cubierto por vuestros favores, me atrevería a apropiarme la respuesta que San Agustín dio al Senado, derramando lágrimas. Alcanzada la cumbre de mis deseos, ¿qué podría pedir a los dioses, si no que vuestra buena voluntad dure tanto como mi vida? 

Giovanni Boccaccio, intérprete de vuestra voluntad y portador de vuestras órdenes, os dirá cuánto deseo obedeceros y cuales son mis proyectos para la vuelta, pues se los he confiado. Cuando os entregue esta carta, os informará de mis sentimientos y os ruego que creáis sus palabras como si hablara yo mismo. Quiera el cielo que vuestra república florezca para siempre. 

* * *

Así, el 8 de abril de 1341, día de Pascua, en una ceremonia celebrada en el Capitolio, con solemnidad extraordinaria, Petrarca recibió de manos del senador Orso dell’Anguillara, la Corona de Laurel de Apolo. A partir de entonces fue elogiado por todo aquel que en Occidente tenía algo que ver con el mundo de las letras.

Sin embargo, aquellos laureles tan deseados le decepcionaron muy pronto: La Corona sólo sirvió para hacerme conocido y perseguido –escribió a uno de sus amigos. Y confió a otro: El laurel no me aportó ninguna luz, pero me atrajo muchas envidias.

Roma se convirtió para el poeta, en una obsesión. Idolatraba esta ciudad más que ninguna otra en el mundo, y escribió: Roma, la capital del mundo, la reina de todas las ciudades, la sede del imperio, la roca de la fe católica, manantial de todo ejemplo memorable.

Cola di Rienzo

Aquella gloriosa ciudad en ruinas, le brindó la oportunidad de conocer a Nicola Gabrino, conocido como Cola di Rienzo, en quien el poeta depositó sus esperanzas, a pesar de que, para que Roma volviera a ser lo que fue, entendía que el papado debía volver de Avignon.

Cola di Rienzo, estatua en Campidoglio, Roma. 

En 1343, Cola di Rienzo llegó a Avignon como embajador. Se proponía pedir al Pontífice que abandonara aquella ciudad para volver a Roma, lo cual no podía menos que agradar al poeta. El papa le escuchó, pero no efectuó el menor movimiento y el poeta sufrió una decepción, que se convirtió en ácidas críticas al pontífice, que, no obstante, le encomendó una embajada a Nápoles en septiembre de aquel año. Llegado allí, Petrarca describió el reino como un navío cuyos pilotos la llevaban al naufragio; un edificio arruinado y sostenido sólo por el obispo de Cavaillon. 

El año siguiente, el poeta reanudó sus estudios y empezó a escribir lo cuatro libros de Rerum Memorandum

Cuando, en 1347, Rienzo fue elegido Tribuno, Petrarca Petrarca recuperó la fe en el porvenir de Roma. Abandonó a su amigo el cardenal Giovanni Colonna y volvió a Roma para reunirse con Rienzo y apoyar su causa públicamente. 

Sin embargo, sus esperanzas fueron pronto decepcionadas. 

Tras lanzar su consigna de “¡Muerte al tirano!”, Rienzi fue expulsado de Roma el 15 de diciembre de 1347 y tuvo que refugiarse en un convento franciscano, mientras preparaba un viaje a Praga para reunirse con el emperador Carlos IV de Luxemburgo, quien, sin embargo, lo hizo prisionero y lo envió a Avignon, donde permaneció preso durante un año en la Tour du Trouillas, en el Palacio de los Papas.

Federico Faruffini, Cola di Rienzo contempla le rovine di Roma, 1855, col. privada, Pavia.

Petrarca empezó a cuestionarse su admiración por aquel hombre al que había creído providencial y capaz de hacer renacer el esplendor de la antigua Roma. Escribió a su amigo Francesco Nelli:

Nicola Rienzi ha venido últimamente a la Curia, o, más bien, no ha venido; ha sido traído como prisionero; el tribuno, antaño temido en la ciudad de Roma, es ahora el más desgraciado de los hombres. Y para colmo de infortunio, no sé si es tan poco digno de piedad como desgraciado, él, que habiendo podido morir con tanta gloria en el Capitolio, se ve obligado a soportar para su gran vergüenza y la de la República Romana, un encierro, primero, en la prisión de un Bohemio y después, en la de un Limusino.

Un año después, envió una durísima carta al propio Rienzo: Me harás decir lo que Cicerón decía a Brutus: me avergüenzo de ti.

Rienzo estuvo encarcelado hasta el 3 de agosto de 1353. Llamado a Roma por el cardenal Gil Álvarez Carrillo d Albornoz, murió en una nueva insurrección del pueblo romano.

La muerte de Laura y el Cancionero

Laura. Biblioteca Laurenciana. Florencia

El día 6 de abril de 1348, veintiún años, día tras día, después de su descubrimiento por Petrarca, Laura, el parangón de todas las virtudes, murió, sin duda, atacada por la peste negra. Petrarca se encontraba entonces en una embajada ante el rey Luis de Hungría. Fue su amigo Louis Sanctus de Beeringen, quien el 27 de abril le envió un correo desde Avignon para comunicarle la fatal noticia. Petrarca lo recibió el 19 de mayo. Además de la muerte de su amada, le informaba que los más notables se habían marchado de Avignon para refugiarse en los campos vecinos y que siete mil casas estaban cerradas.

El 3 de julio, su amigo y protector, el cardenal Giovanni Colonna, también moría de la contagiosa y fatal enfermedad. Había sido a Colonna a quien por primera vez habló de su amor por Laura, aquella dama de elevado rango, cuya imagen le perseguía en sus peregrinaciones y en su soledad de Vaucluse.

Profundamente abatido, sólo pudo escribir: ¿Podrá la posteridad creer en tantas desgracias? Sin embargo, recuperando el control propio de su naturaleza, compuso un soneto en el que decía que la muerte parecía bella en su hermoso rostro, que constituyó la cumbre de su poesía, con una de las imágenes más perfectas del concepto del ideal encarnado en Laura.

Ya no le quedaba sino compilar sus sonetos para formar el Cancionero al que todavía llamaba Rime Sparse o Rerum Vulgarum Fragmenta.

En su primera parte, In Vita Madonna Laura, el poeta aparece atormentado por su pasión amorosa, y el humanista, enamorado de la vida y de la gloria, se encuentra con el cristiano que trata de negar todas sus debilidades. 

En la segunda, In Morte di Madonna Laura, los tormentos del poeta se han calmado y Laura, transfigurada por la muerte, se vuelve más tierna y accesible, transformando la amargura en suave melancolía. Por aquellos poemas, que recorrerían Europa durante siglos, Laura y Petrarca entraron en el imaginario amoroso con el mismo título que Tristán e Isolda o Romeo y Julieta. El imposible amor de Messer Francesco por Madonna Laura, había encontrado, para la eternidad, un marco, en las orillas del Sorgue. 

Había sido suficiente la magia de un encuentro fortuito, para que el genio de uno de los más grandes poetas pudiera magnificarlo. Vaucluse es el sitio donde concibió las Epístolas, pero es también, y, sobre todo, el valle en el cual el amante platónico de Laura vagabundeó de pensamiento en pensamiento y de monte en monte.

Viaje a Italia

Aunque las relaciones de Petrarca con Clemente VI habían sido a veces tensas, una estima recíproca unía a aquellos dos hombres, y previendo el fin de este pontífice, el 16 de noviembre de 1352, el poeta quiso abandonar definitivamente su retiro de Vaucluse. 

Pero sorprendido por una lluvia torrencial, tuvo que detenerse en Cavaillon. Cuando supo que los caminos hacia Italia estaban cortados, bien por la nieve, bien por soldados desertores, decidió volverse atrás.

Sus relaciones con el nuevo papa, Inocente VI no fueron muy amistosas. Hay que decir que el poeta había tomado aversión, no sólo hacia la Curia, sino también a los médicos de la Corte pontificia, y entre ellos a Guy de Chaulhac, y que su conocido apoyo a Rienzo y sus partidarios, contra los cuales luchaba el cardenal Albornoz en Italia, le habían atraído la hostilidad el nuevo pontífice. No obstante, prefirió abandonar Vaucluse y el Condado Venaissin, para ir a hacerse olvidar en Italia. Antes de su partida se detuvo en la Cartuja de Montrieux para ver a su hermano Gérard. 

Pasó la frontera por Montgenèvre en mayo de 1353 y la vista de su tierra de origen desde la cima del col, elevó su emoción literaria y escribió: Saludos, tierra santísima, tierra amada por Dios, tierra suave para los buenos y temida por los soberbios.
Epistolæ metricæ, III, XXIV

Había abandonado Vaucluse en el mejor momento, porque el día de Navidad de aquel mismo año, una banda de hombres armados entró en el Vallis Clausa y quemaron la casa del poeta.

Petrarca jamás volvió a Florencia.

Por invitación del arzobispo Giovanni Visconti, Petrarca se quedó, primero, en Milán, en una casita cerca de San Ambrosio, y después en el monasterio de San Simplicio Extramuros. Durante los nueve años de su estancia en Lombardía, ejercitó de nuevo su verbo maligno contra Guy de Chaulhac, publicando Invectiva contra un médico.

Petrarca diplomático

En 1356, Barnabo y Galeazzo Visconti, potentados de Milán que acababan de suceder a su tío Giovanni, le encargaron que volviera a Praga como embajador ante el emperador Carlos IV de Luxemburgo. Inocencio VI también utilizó sus talentos diplomáticos ante el Dogo Giovanni Dolfin, en 1357. 

El 13 de enero de 1361, llegó a Villeneuve-lès-Avignon el embajador de Galeazzo Visconti; era Petrarca. Tras un elocuente discurso, entregó al rey de Francia, de parte del Milanés, una sortija con un diamante, perdida por Juan II en Maupertuis. Después ofreció al Delfin Charles otra con un rubí. Encantado, el rey quiso retener al poeta en su Corte, pero Petrarca prefirió volver a Milán.

A su vuelta, su hijo Giovanni acababa de morir de la peste. Huyendo de la epidemia que atacaba la llanura del Po, Petrarca abandonó a los Visconti y se refugió en Padua por invitación de Francesco da Carrara. Pronto volvió a Venecia, en 1632, donde fue acogido por el Dogo Lorenzo Celsi. El poeta proclamó entonces, con elevado acento ditirámbico:

Augusta ciudad, único receptáculo en nuestra época, de libertad, de paz y de justicia, último refugio de los buenos y único puerto donde encuentran acogida las naves de los que aspiran a la tranquilidad.

Seniles, IV, III

Permaneció allí cinco años y allí acudieron su hija y su yerno, que acababan de tener una niña, a la que llamaron Eletta. En el transcurso de aquella estancia terminó De Remediis y Familiari, así como su compendio Senili. Para responder a los ataques de los jóvenes venecianos averroístas, compuso De sui ipsius et multorum ignorantia, disgustado al haber sido tratado de ignorante por aquel grupo.

Arquà

La casa del poeta en Arquà, litografía de 1831

En 1367, Petrarca abandonó la Serenísima República con su hija Francesca y su nieto Francescuolo da Brossano, aceptando la invitación de Francesco de Carrare, señor de Padua. El poeta compró entonces una casa en las Colinas Euganeas. 

Allí supo de la entrada triunfal de Urbano V en Roma, el 16 de octubre de 1367. Petrarca mostró una alegría sin límites y comunicó a su amigo Francisco Bruni: Jamás mis palabras podrán igualar lo que pienso de este pontífice. Le he hecho reproches que creía justos, pero no le he alabado como deseaba; mi estilo ha sido vencido por sus méritos. No es al hombre a quien celebro, es a la virtud que amo y admiro con verdadera admiración.

El 31 de mayo de 1368, Urbano VI declaró a Barnabò Visconti culpable de rebeldía contra la iglesia y predicó la cruzada contra él. El papa deseaba que Carlos de Luxemburgo se pusiera a la cabeza. Petrarca abandonó Arquà para viajar a Udine junto al emperador y participar en la guerra contra los Visconti.

Dos años después, cuando volvía a Roma, junto a Urbano V, sufrió un síncope y el día 4 de abril de 1370 redactó su testamento.

Cuando en 1373, Gregorio XI anunció a su vez su deseo de volver a Roma, Petrarca se sintió colmado de alegría. Un año antes, desesperado, había redactado una Apologia contra Gallum, en la que refutaba la tesis favorable al mantenimiento del papado en Avignon.

Aquel año, el poeta, a pesar de la edad y el cansancio, aceptó volver a vestir la toga de embajador para ayudar a su amigo Francesco di Carrara. Batido por los venecianos, este último debía, además, pagar un oneroso rescate para liberar a su hijo que había sido tomado como rehén. Petrarca le acompañó a Venecia con el fin de recomendarlo al Dogo Andrea Contarini.

Petrarca moría en Arquà, el 19 de julio de 1374, en una crisis de apoplejía. Su hija Francesca, que lo encontró con la cabeza apoyada en el libro que estaba leyendo, le hizo levantar un mausoleo y su nieto fue el encargado de ejecutarlo.

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Laura y la poesía

Laura y Petrarca, miniatura del Cancionero.

          Amor me halló del todo desarmado
          y abierto el camino de los ojos al corazón,
          que de lágrimas se hizo nave y salida.
          Pero, a mi parecer, no le honró
          herirme con flecha en tal estado
          y a vos, armada, no mostrar ni el arco.

Desde el 6 de abril, un viernes santo, ante la visión de Laura a la salida de la iglesia de Santa Clara de Avignon, Petrarca desarrolló una larga pasión celebrada en el Canzoniere y después en I Trionfi.

Laura pudo ser la esposa de Hugues de Sade, pudo ser un personaje anónimo idealizado, o tal vez, una ficticia herramienta poética. De hecho, la realista imagen del Cancionero; una mujer casada y madre de familia numerosa, no responde a los clichés trovadorescos del amor cortés. Su supuesta presencia causaba a Petrarca una alegría inexplicable, a la vez que alimentaba un deseo imposible, cuya descripción hace del poeta el personaje central de poemario.

Detalle del retrato de Laura Battiferri presentando el Cancionero
Angelo Bronzino, 1550-55. Palazzo Vecchio de Florencia

Dividido entre el amor profano –confesaba su vil inclinación por las mujeres- y la concepción medieval del amor –Laura, como Beatriz, tenían que mostrarle la vía que conduce a la salvación-, Petrarca se refugió en el ensueño y magnificó en sus versos lo que no podía ser una realidad.

Marc Maynègre resume así la filosofía del poeta: Esta puesta en escena de la contemplación de sí mismo, va a transformarse en una contemplación estética; una obra de arte en la que la belleza se convierte en el ideal del poeta.

Y María Cecilia Bertolami constata: Desde el primer soneto, el Cancionero se presenta como la historia ejemplar de un fracaso. El amor por Laura, tal como es descrito en el primer soneto de la colección, es un juvenil error que ha conducido al poeta a oscilar constantemente fra le vane speranze e il van dolore.

Para la época de la muerte de Laura, en 1348, el poeta llegó a considerar el dolor de su pérdida, tan difícil de vivir como lo había sido su anterior desesperación. Sus palabras parecen contradecir la creación de un mito de carácter literario:

En mi juventud luché constantemente contra una pasión amorosa desbordante pero pura –mi único amor-, y habría seguido luchando, si la muerte prematura, amarga pero salutífera para mí, no hubiera extinguido las llamas de la pasión. Ciertamente me gustaría poder decir que he estado completamente libre de los deseos de la carne, pero mentiría si lo dijera.
Cartas a la Posteridad. Petrarca

Es una observación importante, porque revela que el clima espiritual de Petrarca no evolucionó, a pesar de que la disposición de los poemas del Cancionero querría demostrar un ascenso progresivo desde lo humano a lo divino, hecho confirmado por los Triunfos, que manifiestan igualmente la intención de considerar como alcanzado el tranquilo puerto, siempre codiciado por el poeta.

Triunfos

Si en el Cancionero, Laura no existe más que a través de los efectos que provoca en el alma del poeta, no ocurre lo mismo con los Trionfi. Empezado en 1354, este poema alegórico es un testamento espiritual o triunfante, a veces, siempre en pugna entre el Deseo de la Castidad, la Muerte y la Gloria, el Tiempo y la Eternidad. 

En esta epopeya amorosa, el poeta dirige a su musa provenzal esta pregunta que había dejado sin respuesta en el Cancionero: ¿El amor hizo alguna vez nacer en vuestro espíritu la idea de apiadaros de mi largo tormento?

Abandonando su frialdad habitual, Laura confiesa a Francesco:

Nunca estuvo mi corazón lejos de ti y nunca lo estará.

Y el poeta precisa:

El fuego amoroso era igual en nosotros, mi corazón estaba contigo, pero no me atreví a poner mis ojos sobre ti.

El Cancionero se cierra con una invocación del nombre de la Virgen María, mientras los Triunfos terminan con el de Laura.

Para Pierre Dubronquez, Petrarca, que siempre estuvo dudoso entre la atracción y el rechazo del mundo, desarrolla en su obra una sensibilidad tan nueva que no sabe todavía lo que percibe, y una consciencia que busca en su patrimonio espiritual una regla de conducta para seguirla.

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Los Sonetos

El soneto de Petrarca, llamado soneto, genéricamente, italiano, consta de una octava -dos cuartetos-, seguida de un sexteto -dos tercetos-. 

Los Sonetos y Canciones del poeta Francesco Petrarcchi, que traduzia Henrique Garces de lengua Thoscana en Castellana. Madrid, 1594

Con su primera gran obra, África, una epopeya en latín -que trata de la Segunda Guerra Púnica-, Petrarca se convirtió en una celebridad europea y fue esta la obra que le hizo ganar la corona de laurel de los petas y el reconocimiento de sus pares.

Paradójicamente, si sus obras latinas le proporcionaron enorme celebridad en vida, fue, sobre todo, el Cancionero toscano, el que pasó a la posteridad. Desde el siglo XVI al XVIII, fueron tan numerosos los imitadores de su estilo, que dieron lugar al nacimiento del término petrarquismo.

Su muerte, en 1374, impidió al poeta terminar su tercera obra mayor, Los Triunfos.

Entre la ingente obra latina de Petrarca, cabe destacar: De Viris Ilustribus; el diálogo Secretum; un relato de su lucha interior, que no estaba destinado a la publicación que desarrolla un debate con San Agustín; Rerum Memorandum Libri, un tratado incompleto sobre las virtudes cardinales, De Remediis Utriusque Fortunae, su obra en prosa latina más popular; Itinerarium, una guía de la Tierra Prometida; De Sui Ipsius y Multorum Ignorantia, contra los aristotélicos. 

Escribió las obras culturales y su epopeya poética en latín, pero los sonetos y cantos. en toscano, idioma que iba, desde entonces, a fijar la lengua literaria italiana.
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Somos deudores del gran Petrarca, en primer lugar, por haber sacado de la caverna de los godos, las Cartas que llevaban tanto tiempo enterradas.
Pico de la Mirándola, 1463-1494

Petrarca, después de todo, no tiene, quizás, más mérito que haber escrito bagatelas sin genio, en un tiempo en que esas distracciones eran muy estimadas, porque eran raras.

Voltaire, Carta a los autores de la Gazette Littéraire
6 de junio de 1674

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Dante y Petrarca. Giovanni da Ponte. Fogg Art Museum. Cambridge, Massachusetts.

Índice de Viris Illustribus, 1379, BnF MS Latin 6069F, con un retrato del autor

Francesco Petrarca, Studiolo di Federico da Montefeltro

El encuentro entre Laura y Petrarca en Aviñón, en 1327. Josef Manes, Fragmento. 
Narodni Galerie. Czech

Encuentro entre Petrarca y Laura en la Iglesia de Santa Clara en Aviñón. Marie Spartali Stillman (1844-1927)

Petrarca y Laura en un fresco. Casa de Petrarca

P. Saltini, Simon Memmi retratando a Laura por encargo de Petrarca, 1863, 
Firenze, Galleria Palatina di Palazzo Pitti

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