jueves, 10 de agosto de 2017

Cervantes en Inglaterra • José de Armas


Esta conferencia fue leída en el Ateneo –de Madrid– por mi querido amigo el eminente escritor y poeta D. Alberto Valero Martín, a quien doy público testimonio de mi agradecimiento.
José de Armas. 1916


José de Armas y Cárdenas

La Habana, 27.3.1866 – 28.12.1919 
Fue miembro de la Academia de la Historia de Cuba, de la Real Academia Española y de The Hispanic Society of America, de Nueva York.

Cervantes en la literatura inglesa

Inglaterra es la nación que más ha hecho en el mundo por la gloria de Cervantes, la mayor gloria de España, y reconocer y explicar la colaboración admirable de los ingleses en el universal tributo al autor del Quijote, y la influencia de este libro en su rica y grandiosa literatura, es, sobre todo, un acto de justicia. 

En el memorable mes de mayo de 1588; la «Invencible Armada» salió de Lisboa a someter a los ingleses al dominio de Felipe II. ¿Quién puede dudar que Shakespeare, mozo entonces de veinticuatro años, sentiría el patriótico fervor de todo su país, unido para defender su independencia bajo los estandartes de la reina Isabel? 

Cervantes, pasada ya la segunda mitad de la vida, inválido glorioso, y más después de su dura esclavitud, contribuyó como agente modesto a proveer los barcos españoles (1). El fracaso de la Armada no concluyó la guerra, ni abatió la rivalidad entre ambos pueblos, que se mantuvo aún después de concertadas las paces entre los sucesores de Isabel y de Felipe II. Las plumas no permanecieron ociosas mientras las espadas combatían o los gobiernos se engañaban. Una de las causas de la ira de Felipe, y según graves historiadores la que hubo de resolverlo al envío de la expedición formidable, fueron las burlas a su persona en una comedia inglesa. Peores agravios lo aguardaban aún. Para sólo citar un caso, Spenser lo retrató en un tipo odioso y pequeño de The Faery Queen. (2)
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(1) Desde el 18 de septiembre de 1587 y hasta mayo de 1588 Cervantes estuvo en Andalucía como comisario de abastecimiento de grano y aceite para la Armada.

(2) En octubre de 1589, Spenser viajó a Inglaterra y conoció a la reina. Después de la publicación de los tres primeros libros de la Faerie Queene, en 1590, Spenser estaba ya muy decepcionado con la monarquía; entre otras cosas, porque la pensión anual que le concedió la Reina, era menor de lo que le hubiera gustado, pero también porque su percepción humanista de la corte de Elizabeth "quedó destrozada por lo que vio allí". Sin embargo, a pesar de estas frustraciones, Spenser "mantuvo sus prejuicios aristocráticos”, según los cuales, por ejemplo, aseguraba que sólo pueden ser virtuosas las personas nacidas dentro de la aristocracia.
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El poema épico The Faerie Queene, impreso por William Ponsonby en 1590.

Briton Rivière -Una and the Lion-, de La Reina Hada

Isabel, por acá, no salió mejor librada. Lope de Vega, uno de los expedicionarios de la “Invencible(3), escribió La Dragontea, y si admitimos la interpretación de Ticknor sobre una frase del propio poema, tan lleno de resonantes insultos contra los ingleses, Lope comparó a Isabel con la prostituta de Babilonia, que pinta el Apocalipsis vestida de rojo. 

Góngora la llamó también “mujer de muchos» y “loba libidinosa y fiera”, y a sus supuestos amores con los condes de Leicester y de Essex aludieron otros autores castellanos. Preciso es tener en cuenta que la discordia de los reyes y el rigor de las luchas políticas, se unía con la pasión religiosa. Para la católica España, la protestante Inglaterra era un monstruo entre las naciones; para la liberal Inglaterra, España era el país de la Inquisición y la tiranía.
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(3). Al parecer, Lope se hallaba a bordo en una primera salida, tras la cual, parte de las naves tuvieron que volver a La Coruña a causa de una tempestad. Efectuadas las necesarias reparaciones, no hay noticia de que el escritor volviera a embarcar en la segunda salida.
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Pues bien; a pesar de estos odios sangrientos, de esta irreducible enemistad entre ingleses y españoles, el historiador y el crítico observan, admirados, que en todas las obras de Shakespeare, escritas para satisfacer el gusto público, no hay una línea, una frase que ofenda a España. Ello explica que, según ha dicho Sir Sidney Lee, el ejemplar primero de esas obras, publicadas en el famoso Folio de 1623, que salió de Inglaterra, lo trajo a España Gondomar, embajador de Su Majestad Católica en Londres, y defensor celosísimo de la honra de su patria y de su rey.

Portada de la edición First Folio con un retrato de William Shakespeare grabado por Martin Droeshout. A causa de su escaso parecido con el famoso Retrato Chandos, se ha cuestionado su autenticidad, aunque, en realidad, la falta de documentación sobre el aspecto real del dramaturgo, no permite concluir nada con seguridad.

Y en las obras de Cervantes hay más de una alusión a esa enemiga Inglaterra, a ese conde de Essex, que saqueó a Cádiz y atacó a Lisboa; a esa reina tan contraria al poder español, y siempre con respeto y cortesía. Porque Shakespeare y Cervantes fueron “superhombres”, en el sentido más exacto de la palabra, no por la crueldad que nos empuja hacia el bajo nivel de los brutos, sino por la tolerancia, la justicia y el amor, que nos elevan hasta los ángeles. 

La española inglesa no ocupa, desde luego, el primer lugar entre las Novelas ejemplares; pero es una de las que contiene mayores rasgos del genio de su autor; sobre todo, su rara inventiva, su constante amenidad y su arte maravilloso en la pintura de los sentimientos. 

Imprenta Juan de la Cuesta, 1613

Los personajes ingleses son casi todos simpáticos. Hasta la dama de la reina, que intenta envenenar a la protagonista, lo hace llevada del amor de madre. El traidor, que procura asesinar al héroe, obra a impulsos avasalladores: el despecho y los celos. El joven y valiente marino, novio y finalmente esposo de la bella heroína, es un perfecto hidalgo, y sus padres, aunque católicos, modelos, al propio tiempo, de lealtad a su patria. La misma reina Isabel, si pudiera elegir ahora entre las descripciones de su carácter legadas a la posteridad por sus amigos y enemigos, designaría la que aparece en las inmortales páginas de la «novela ejemplar» de Cervantes. 

John Harrington, el traductor inglés de Ariosto, ahijado de la reina y gran favorito suyo, la presenta en las memorias donde reconoce sus favores y le tributa los elogios más cultos, interesada, tacaña y envidiosa de los encantos de otras mujeres. Según Harrington, la solterona Isabel, a quien no faltaron numerosos pretendientes, entre ellos el mismo Felipe II, era opuesta a matrimonios

Según Cervantes, era liberal, entusiasta por la belleza femenina y protectora de los enamorados. No oculta éste tampoco las prendas de su intelecto, principalmente su habilidad lingüística, observando, y sin duda era verdad, que entendía la lengua castellana. Por último, no la creía, en privado, enemiga de los españoles, y es muy probable que tuviera razón. «Hasta el nombre me contenta» (le hace decir cuando sabe que Isabela es también la protagonista); «no le faltaba más que llamarse Isabela la española, para que no me quedase nada de perfección que desear en ella». 

Aunque Cervantes no estuvo en Inglaterra, ni hablaba el inglés, es innegable que adquirió un conocimiento muy preciso de aquel país y una gran estimación por sus méritos. Sabía que Londres no era sólo una ciudad populosa, sino una corte esplendente. Fue, con efecto, la primera en este sentido en tiempo de Enrique VIII, y conservó su prestigio en el de Isabel. Por esta razón, «la señora Oriana», deseando la campesina comodidad y el reposo, desconocidos en la existencia agitada y deslumbrante de los palacios, manifiesta a Dulcinea, en el célebre soneto del Quijote, que desearía “a Miraflores puesto en el Toboso”, y le añade que «trocara su Londres por tu aldea». También en la pintura de la misma corte londinense, trazada con tanto arte en La española inglesa, se adivinan la majestad de la soberana y el lujo de sus damas, como si leyéramos el relato minucioso que de su visita a los propios lugares, en 1598, escribió el alemán Paxil Hentzer. Con muchas palabras comunica Hentzer a sus lectores una impresión exactísima de la dignidad de la reina y del respeto que inspiraba a sus súbditos. Con poco esfuerzo, y casi indirectamente, logra Cervantes el mismo resultado. La relación del viajero será, pues, de más importancia para la historia, pero el cuadro del novelista lo es para el arte. 

¿No referiría a Cervantes el escritor inglés John/James? Mabbe (4) las peculiares grandezas de Londres? ¿No le hablaría, mejor que ningún libro, del prestigio y autoridad de Isabel? Mabbe estuvo en Madrid de 1611 a 1613, en calidad de agregado a la misión especial enviada por Jacobo I para las negociaciones matrimoniales entre el príncipe Enrique de Inglaterra y la infanta doña Ana
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(4) James Mabbe/Mab (1572-1642), poeta, hispanista y traductor. Se graduó en el Magdalen College, de la Universidad de Oxford y tradujo al inglés una parte de la obra de Miguel de Cervantes; Guzmán de Alfarache (1623) de Mateo Alemán y La Celestina, en 1631.
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Henry Prince of Wales , c. 1610 (1594-1612), de Robert Peake el Viejo (NPG)
Ana de Austria, 1614 (1691-1686) de J. Pantoja de la Cruz, (Fundación Yannick y Ben Jakober)

Cervantes, según es bien sabido, era visitado con curiosidad por diplomáticos extranjeros. (Mabbe, admirador, igualmente, de Mateo Alemán, y traductor de la historia de su pícaro, como lo fue de la Celestina, hizo una versión de las Novelas Ejemplares, que, aun cuando incompleta, no cede, según es fama, a los originales españoles. […] Como quiera que sea, la consideración de Cervantes por Inglaterra era extraordinaria, no sólo por el espíritu y sabiduría de sus hijos, sino hasta por las ventajas naturales de su territorio. “En aquella isla templada y fertilísima» — dice en el Persiles, y nada más cierto que estas calificaciones — , “no sólo no se crían lobos, pero ningún otro animal nocivo»...; «que si algún animal ponzoñoso traen de otras partes a Inglaterra» — añade con evidente exageración — , “en llegando a ella muere».

Nada improbable es que Cervantes se enterara de la popularidad de su gran libro entre los ingleses. La traducción de Shelton se publicó en 1612, y tres años después — en 1615 — , es verdad que no la menciona el capítulo tercero de la segunda parte del Quijote, al hablar del éxito de la primera parte. Pero este capítulo se escribió, con seguridad, ocho años antes de 1615, pues en él se lee que la edición de Amberes (Cervantes se equivocó y dijo Amberes por Bruselas) se está imprimiendo, y esa edición es de 1607. 

Traducción de Shelton. Ed. 1615

El hecho es que apenas llegó a Londres un ejemplar del Quijote de Bruselas, púsose a traducirlo Thomas Shelton, quien terminó febrilmente su trabajo en cuarenta días, y lo dejó luego en manuscrito cinco años. Pero no fue necesaria su publicación para que Don Quijote y su historia adquirieran allí muy pronto universal renombre.

Fitzmaurice-Kelly, que agota el asunto en su edición de Shelton de 1896, y en su admirable disertación de 1905 ante la Academia Británica, trabajo al que he de referirme más de una vez en el curso de esta conferencia, dice que ya en 1607 George Wilkins alude en una de sus comedias a la aventura de los molinos de viento, y que en 1608 lo mismo hizo Middleton

En 1610, un personaje de Ben Jonson habla en The Epicene de “encerrarse un mes en su habitación leyendo a Amadís o Don Quijote», Al año siguiente, en The Alchemist, Jonson vuelve a referirse, según el propio crítico, a los dos andantes caballeros. No es extraño, ciertamente, porque más tarde, en 1623, cuando un incendio consumió su biblioteca, reunida con tantos sacrificios, escribió la “Execración a Vulcano”, donde alude, entre triste e irónico, a “la sabia librería de Don Quijote», y “a toda la suma de la caballería andante, con sus damas y enanos, sus bajeles y muelles encantados, los Tristanes, Lanzarotes, Turpines y los Pares, los locos Rolandos y los dulces Oliveros». Ben Jonson, para la crítica de nuestros días, es el segundo de los autores dramáticos ingleses en su época; mas para sus contemporáneos fue el más eminente en todos los géneros, el escritor por excelencia, como en España lo era Lope por encima de Cervantes. 

A 1611 pertenecen, también, según Fitzmaurice-Kelly, una comedia de Fletcher, otra de Nataniel Field y otra de Massinger, las tres inspiradas en la historia del Curioso impertinente. No es posible negar que estos autores leyeron a Cervantes en español, porque la primera traducción francesa del Quijote es de 1614

Aunque publicada en 1613, es de 1611 o de antes, la curiosa imitación escénica de las aventuras de Alonso Quijano por Beaumont y Fletcher (The Knight of the burning pestle). La segunda parte del «Ingenioso hidalgo» fue recibida con igual o mayor entusiasmo, si es posible, que la primera, y se leyó en español en la edición de Bruselas de 1616, antes de publicarse en inglés por el propio Shelton en 1620.

Mucha fue la popularidad del insigne libro en España durante la vida de su autor; pero no más grande que en Inglaterra. Mientras aquí la estimaba el pueblo y la desconocían o desdeñaban la aristocracia y los literatos, allí todas las clases sociales la leían y admiraban. En la historia literaria no hay otro caso, en verdad, de un libro que haya adquirido, casi al publicarse, reputación tan enorme en un país extranjero. 

De nacer Cervantes en Inglaterra, puede afirmarse que el Quijote no habría tenido más admiradores entre los ingleses. Tal vez entonces no lo habría hecho; tal vez, en virtud de su gran afición al teatro, siguiera la senda de Shakespeare. De todos modos, no es infundado suponer que personalmente hubiera sido más feliz. Nadie ignora que Cervantes pereció en la pobreza, mientras Shakespeare murió en su hogar apacible, rodeado del respeto de sus convecinos, y legando a su familia y a sus amigos y compañeros de profesión, una sólida y bien ganada fortuna.

A pesar de la boga del Quijote, las Novelas ejemplares lo aventajaron en proporcionar asuntos e ideas a los autores ingleses en la segunda mitad del siglo XVII. Según observa el profesor F. A. Schelling, Cervantes fue más explotado en sus argumentos por los dramaturgos británicos en aquel siglo que otros españoles superiores a él en la literatura dramática. Lope de Vega, con ser tan fecundo, no inspiró a ningún autor, en el reinado de Jacobo I, que fue cuando el teatro de España más se puso a contribución por los compatriotas de Shakespeare. Ni John Fletcher, que escribió catorce comedias inspiradas en fuentes españolas — sobre todo en Cervantes — , se acordó de Lope. 

¿A qué causa atribuir un hecho en apariencia tan extraño? Lope es el primer poeta dramático y, tal vez, el primero lírico en nuestra lengua, además del genuino representante de la mentalidad española en sus días. Pero Cervantes, como dijo de Shakespeare Ben Jonson, no es de un país ni de una época, sino de todos los hombres y de todos los tiempos. 

Hablar minuciosamente de cuantos autores dramáticos se inspiraron en Cervantes en Inglaterra desde el siglo XVII, o demostraron su admiración por él, citando en sus obras ideas y frases suyas, sería materia para un volumen, y repetir lo que mejor se ha dicho por ilustres historiadores. Fitzmaurice-Kelly, en su mencionado discurso de la Academia Británica; los autores de la monumental Historia de la literatura inglesa, de la Universidad de Cambridge; Adolphus William Ward, en su no menos celebrada Historia de la literatura dramática en Inglaterra hasta la muerte de la Reina Ana; Jusserand en su grandiosa Historia literaria del pueblo inglés, Schelling, de Pennsylvania, en su sabio libro sobre el Drama Isabeliano, en el cual aprovechó los apuntes inéditos sobre literatura española de su amigo el hispanista George Buchanan, y el alemán Emil Koeppel, han señalado, una por una, todas las deudas del teatro inglés a la rica imaginación del manco de Lepanto


Massinger, Middleton, Rowe, Fletcher, Davenant, Glapthorne, Shirley, Aphra Behn, d'Urfey y otros, podrían llenar una rica biblioteca de admiradores e imitadores de Cervantes. La influencia de éste ha sido, sin embargo, tan universal, que difícil sería no descubrir en otros países ejemplos igualmente numerosos de la impresión hecha por sus obras sobre ingenios preclaros, y con especialidad por el Quijote. Mas el papel de Inglaterra es de mayor importancia aún en la literatura cervantina, y en este aspecto superior hemos de considerarlo; porque no sólo a los ingleses se debe la atención del mundo sobre la novela sublime, sino que Cervantes ha tenido la fortuna de inspirar en aquel país a escritores que son, como él, encanto de las musas y orgullo del género humano. 

Sírvanos esta verdad de compensación por la pérdida dolorosa de la comedia que el más grande de los ingleses escribió inspirándose en las desventuras de Cardenio, y fue destruida por las llamas con el célebre teatro el Globo, en 1613. Pero no importa: Inglaterra no merece menos el nombre y la gloria de segunda patria de Cervantes. 

El más conocido y citado de los imitadores ingleses del Quijote no es, sin embargo, el que merece mayores elogios. Samuel Butler publicó su poema satírico Hudibrás en tres partes, los años de 1663, 1664 y 1668, y su libro es un clásico de la lengua inglesa, en la que ha dejado frases y versos, repetidos hoy en la conversación familiar, sin que la mayoría conozca su verdadero origen. Hudibrás es un ejemplo muy notable de facilidad e ironía. Mantiene constantemente la sonrisa en los labios, y raras veces cansa; mérito grande si reparamos en su longitud, en sus muchas alusiones a puntos de controversia teológica, y en que sus versos son pareados. Pero en el fondo es, por desgracia, no una imitación, ni siquiera una parodia, sino una antítesis grotesca del Quijote. Cuanto hay en Cervantes de elevación, generosidad y humana indulgencia, muestra Butler de intolerancia, pequeñez y malicia. Quiso reír del puritanismo, justamente cuando acababa de caer, y se afirmaba la restauración de los Estuardos con Carlos II; pero no comprendió, y ese fue su primer tropiezo, el gran espíritu altruista del hidalgo de la Mancha. Un loco que sale a combatir en favor de los débiles podrá ser ridículo por los resultados materiales de sus acciones, pero nunca por su idea. ¿En qué se parece el falso entusiasmo religioso de Hudibrás al quijotismo, todo sinceridad y nobleza?

Samuel Butler, 1612-1680

Tal vez influyó en Butler la lectura de las Divertidas Notas sobre Don Quijote (Pleasant notes upon Don Quixote), que en 1654 dio a la estampa en Londres Edmund Gayton

Divertida, en realidad, es esta obra, esbozo de un comentario y llena de alusiones políticas; pero la novela de Cervantes sólo aparece en sus páginas juzgada en su aspecto superficial y burlón. Butler fue más allá de estos límites, y lógico es el éxito que en el vulgo alcanzó inmediatamente su poema: halagaba a los vencedores, y cubría de oprobio a los vencidos.


Por el célebre diarista Samuel Pepys se sabe que “todo el mundo” vio en Hudibrás un gran alarde de ingenio, aunque él —de cuyos sentimientos monárquicos y amor a la Restauración no cabe sospechar— opinaba lo contrario. Algo de repugnante había en la sátira, cuando su autor no fue premiado por el gobierno y murió en estrechez y olvido. 

La risa de Swift es amarga, pero se dirige contra el orgullo de los poderosos y la maldad de nuestros corazones. La risa de Butler es cruel y rufianesca, es la burla contra el caído, la burla sin compasión y sin justicia. 

Tiene el puritanismo inglés aspectos censurables, que en política han conducido a la intolerancia y en religión a la hipocresía. En el libro encantador sobre la vida del coronel Hutchinson, escrito por su viuda (Hutchinson fue uno de los que firmaron la sentencia de muerte de Carlos I), esos aspectos sombríos se exponen con más elocuencia y exactitud que en la obra de Butler, pero haciendo, a la vez, resaltar, que no fue poco, cuanto en los puritanos hubo de sublime. Como éstos combatieron el teatro, y hasta lo suprimieron completamente, después de larga y encarnizada lucha ante la opinión, las comedias de la época de Isabel y Jacobo I están llenas, también, de ataques al puritanismo. 

Ben Jonson lo fustigó con saña, y hasta el dulce Shakespeare le lanzó envenenadas saetas. Pero, en rigor, lo que ellos censuraron no fue el puritanismo, sino su máscara, la mentira, el disimulo, no de los puritanos, sino de los fingidos puritanos. Cuando la exaltación religiosa, cuando el culto ardiente por la verdad, la caridad, la castidad y el respeto a los lazos matrimoniales, se ejercía por hombres como ese mismo coronel Hutchinson, o más tarde, cuando pasaban de labio a labio las crueles aleluyas de Hudibrás, por un William Penn, ¿quién puede negarles su admiración? Los grandes y memorables servicios que los puritanos y sus continuadores hicieron a la libertad y al derecho los reconoce la historia, y su benéfica influencia sobre el carácter inglés nadie puede discutirla. ¿Qué es, en realidad, un caballero puritano del tipo de Hutchinson sino un caballero andante del tipo de Don Quijote?

La fidelidad a la dama, la protección al desvalido, la indignación y la arrogancia contra los abusos de la fuerza, la fe profunda en Dios y el firme, el inquebrantable convencimiento en el triunfo final del bien y de la justicia, son los rasgos comunes de los puritanos ingleses y del manchego hidalgo de Cervantes. Nada más lógico que en un mundo dominado por la malicia y el egoísmo, esos nobles sentimientos sólo produzcan el escarnio y el infortunio. 

La superioridad moral de Cervantes consiste en haber hecho al honor y la caballerosidad brillar en medio de las sombras de la locura, y a pesar de la ignominia lanzada contra ellos por la estupidez de las almas viles. Es evidente que existen entre el puritanismo de buena fe y el quijotismo de buena fe notables semejanzas, y es posible que por esto, la simpatía por el Quijote haya sido siempre tan grande en Inglaterra. De todos modos, ningún imitador del ingenioso libro merece un puesto cerca de su autor, si no sabe templar con la compasión la burla y mantener el entusiasmo por la virtud aun en medio de sus tristes derrotas. 

Fielding supo hacerlo, y es el hermano menor de Cervantes. Si la Historia de las Aventuras de Joseph Andrews y su amigo Mr. Abraham Adams, publicada en 1743, figura en primer término entre las imitaciones del Quijote, como novela original y cuadro de la sociedad inglesa en su tiempo, es una de las obras más geniales que ha creado la imaginación humana. Dice Walter Scott que Fielding es el más inglés de todos los novelistas ingleses, y esta observación es muy cierta. Pero añade que sus novelas no sólo son intraducibles, sino que no pueden comprenderse por quienes no conozcan de modo íntimo y constante los hombres y las costumbres de la vieja Inglaterra.

Henry Fielding

En apoyo de su opinión, la más autorizada posible, cita Scott a los personajes de Joseph Andrews. Scott, sin embargo, se equivoca. Joseph Andrews, la novela más inglesa imaginable, es una imitación del Quijote, el más español de todos los libros, y los personajes de Fielding, ingleses hasta la medula, como españoles son los de Cervantes, se comprenden y admiran en el mundo entero, porque son también seres humanos de realismo sorprendente. ¿Quién puede, con efecto, dudar de la realidad de unos; y otros? («Aunque sea muy propio asunto para la investigación de los críticos» — dice Fielding — «saber si el pastor Grisóstomo, quien según Cervantes nos informa, murió de amor por la hermosa Marcela, que lo odiaba, estuvo en España nunca, “¿dudará nadie que semejante tonto hubo de existir? ¿Hay alguien tan escéptico que no crea en la locura de Cardenio, en la perfidia de Fernando, en la curiosidad impertinente de Anselmo, en la debilidad de Camila, en la irresoluta amistad de Lotario?” De esta manera se adelantó el insigne novelista inglés a contestar en Joseph Andrews la observación de que sus caracteres, por demasiado nacionales y hasta locales, sólo podrán tener un escenario reducido, y su respuesta se halla en una de las varias alusiones que hizo a Cervantes, de quien se vanaglorió en ser discípulo y de quien habla siempre con la más entusiasta de las admiraciones. Además de Don Quijote, tipo ideal, sirvió a Fielding de tipo real para hacer el retrato del cura de aldea Mr. Abraham Adams, su amigo el reverendo Mr. William Young, gran helenista y admirador de Esquilo, como Adams, y si no hubo de exagerar el pintor, también un santo sobre la tierra. Ni en este rasgo el original y la copia ingleses dejan de parecerse al modelo español, porque la santidad no faltaba a Don Quijote, según ya lo observó Sancho el bueno, testigo y partícipe de su vida ejemplar y cristiana. 

Sabemos que Joseph Andrews fue una sátira contra la Pamela, de Richardson. Este autor, que comenzó a escribir para el público después de los cincuenta años, y tuvo un éxito fulminante con sus tres voluminosas producciones (Pamela, Clarissa Harlow y Sir Charles Grandison) , fue un reformador, en un sentido, y un gran corruptor en otro. 

La reforma consistió en tomar sus asuntos y personajes de todas las clases de la sociedad, creando así la novela de carácter y análisis psicológico. Pamela es la historia de una criada que resiste heroicamente los atentados contra su honra, del hijo de sus señores, y llega a casarse con él y ser una gran dama. Pero aunque Richardson, según él decía, se inspiró en la naturaleza, introdujo a la vez en sus obras un falso sentimentalismo, que, pretendiendo llegar a lo sublime, cae en la afectación y el tedio. «Bueno es imitar la naturaleza, pero no hasta el aburrimiento», cuéntase que dijo D'Alembert después de haber intentado la lectura de Richardson, y a pesar de que, probablemente, fue en la traducción francesa del ameno abate Prévost. 

Contra tal afectación, contra el amaneramiento y los pujos de fingida moralidad de Richardson, dirigió Fielding el acero de su sátira, como Cervantes contra los libros de caballería. 

Coleridge, uno de los grandes críticos ingleses que más ha penetrado en el alma de Cervantes, sostuvo, precisamente cuando predominaba en Europa la idea de que el Quijote era un ataque a los sentimientos caballerescos, que el inmortal escritor español no combatió la caballería andante, sino las malas novelas que la pusieron en ridículo

Fielding, también, aun cuando fue acusado por Richardson y su grupo de bachilleras de haber querido escarnecer la virtud, sólo combatió la hipocresía. ¿Hay personajes más virtuosos y amables que los suyos? ¿Hay pintura más completa que Joseph Andrews de los vicios y carcomas de la sociedad inglesa en aquel ominoso tiempo del gobierno de Walpole, cuando la administración de justicia no existía y la iglesia anglicana daba ejemplos increíbles de corrupción y estupidez? 

Robert Walpole, Primer Ministro, objeto de las críticas de Fielding, y acérrimo enemigo del autor, a quien logró vetar como dramaturgo.

Los mismos propósitos dé Cervantes animaron a Fielding: destruir una mala literatura y trazar un cuadro de su país y de su época. El autor inglés, no obstante su realismo, ajustó su libro al del autor castellano, e hizo viajar a sus personajes por las ventas que en Inglaterra entonces recordaban bastante las de España. Pintó a Joseph Andrews resistiendo la seducción de una Maritornes rubia, de ojos derechos y menos maloliente, pero tan aficionada a los hombres como la otra, y al buen Adams, luchando con jayanes y malandrines, defendiendo la doncellez de una campesina virtuosa, remedo feliz de Dulcinea, y dando y recibiendo de continuo palos y puñadas. Hasta para haber más parecido entre los novelistas y sus obras, Fielding fue autor dramático de escasa fortuna (Don Quijote en Inglaterra es, por cierto, una de sus intentonas en el teatro), y en Joseph Andrews refiere el diálogo que tuvieron un poeta y un autor, continuación admirable del muy famoso sobre las comedias de España entre el cura y el canónigo, cuando el pobre Don Quijote volvía encantado a su aldea. 

Henry Fielding, 1707-54

Si el propósito de Fielding fue igual al de Cervantes, el efecto también lo fue. Cervantes enterró los libros de caballería; Fielding hizo reír a expensas de los de Richardson, y hoy que Richardson es sólo un nombre, Fielding tiene lectores entusiastas. Su reputación se funda, antes que en Joseph Andrews, en Tom Jones — la más famosa de sus creaciones, donde es muy perceptible aún el influjo de Cervantes — y en Amelia, novela extraordinaria de sentimiento, que cautiva por el interés y la emoción honda y constante. Sabemos que él prefería a Joseph Andrews, y aunque los autores no suelen ser sus críticos más acertados, es posible que no se equivocara. Fielding no es un vulgar imitador. Es, al contrario, uno de los talentos más originales que ha existido. 

Pero supo admirar y sorprender los secretos de un maestro, a la vez que, como el maestro, copiaba la verdad y la vida. Admirar es sentir y sentir la primera condición para crear. Todos los genios originales en el arte, han sido como él grandes admiradores. 

Diez y ocho años después de la publicación de Joseph Andrews —en 1760— salieron a luz en Londres los dos primeros volúmenes de la Vida y aventuras de Tristram Shandy, y su autor, Laurence Sterne, entró de lleno en la popularidad y la gloria. 

Laurence Sterne, 1713–1768, de Sir Joshua Reynolds

Si su libro no lo indicara claramente sabríamos por el propio Sterne que Cervantes fue uno de los autores que lo influenciaron. Su imitación es menos aparente que la de Fielding, y alternada con la de otros escritores, sobre todo franceses, y Rabelais en primera línea. Marivaux también influyó más sobre Sterne que sobre Fielding. 

La manera especialísima de Sterne, que le confiere un puesto único en la literatura, esa manera insinuante, entre dulce e irónica, que nadie ha podido imitar en ninguna lengua, y ha inmortalizado Tristram Shandy, a pesar de su falta de acción, y las páginas breves y deleitosas del Viaje sentimental, tiene de Rabelais y de Montaigne los cortes abruptos e inesperados, de Marivaux el arte de la sugestión indirecta y delicada, y de Cervantes la robusta alegría. 

Una de las páginas inmortales de Sterne en el Viaje sentimental es la dolorosa lamentación del campesino sobre su asno muerto. La escena, según afirma un testigo, fue copiada de la realidad; pero la realidad se repite, y Sterne, al pintarla, recordaría los ayes desconsolados de Sancho por la pérdida del rucio. 

Es un ejemplo extraordinario este de la influencia de Cervantes sobre Fielding y Sterne. Con excepción, tal vez, de Homero y Virgilio, ningún genio literario ha cautivado con tanta fuerza a otros de lengua distinta, y si no de su altura, muy dignos de colocarse cerca de él, como cautivó Cervantes a aquellos dos admirables novelistas. La influencia del Quijote en Francia fue notable en los siglos XVII y XVIII, pero nada produjo igual a Joseph Andrews o Tristram Shandy. Y es que así como existen entre el puritanismo inglés y el quijotismo español grandes analogías, hay entre el humorismo inglés, representado por Sterne y por Fielding, y la sátira castellana de Cervantes, un parecido enorme de fondo y forma.

«Un escritor de inclinaciones humorísticas» — dice Thackeray — “casi seguramente es de natural filantrópico, de gran sensibilidad, fácil de impresionarse por el dolor o el placer, agudo conocedor de los temperamentos de la gente que lo rodea y simpatizador de sus alegrías, de sus amores, de sus juegos y de sus lágrimas.» “El humor” —añade—, «es ingenio y amor al propio tiempo, y seguramente el mejor humor es el que contiene más humanidad, el que está sazonado con más bondad y ternura.» 

En estas palabras de uno de los insignes escritores y humoristas ingleses está la verdadera esencia del humorismo, tanto el de Sterne y Fielding en el siglo XVIIl como el del propio Thackeray y Dickens en el XIX. Ni siquiera puede exceptuarse, por lo sombrío e iracundo, el de Swift, aquel gran aborrecedor de los hombres, porque su odio surge del espectáculo de la maldad humana, y es, por consiguiente, una expresión de filantropía, no por anormal menos sincera. 

Risa y filantropía, ingenio y amor, ¿no brillan acaso, como resplandores del alma de Cervantes, en las páginas profundas y amenas, elocuentes y divertidas, llenas de ironía sutil y, a la vez, de honda compasión, de ese libro generoso que se llama el Quijote? 

Como si fuera poco presentar Inglaterra a un Fielding y a un Sterne en la lista de los discípulos de Cervantes, hay todavía otro nombre de un gran autor inglés, Tobías George Smollet, que vivió de 1721 a 1771, y que merece en este aspecto honores muy altos. Un sentimiento disculpable, por lo humano, de vanidad nacional —Smollet era escocés— ha hecho a Walter Scott ponerlo junto a Fielding y a Sterne, y aun reconocerle a veces cualidades superiores a ellos. Mas aunque Smollet haya sido bastante olvidado del público, no cabe prescindir de su nombre en el estudio histórico de la novela inglesa, ni de su reputación, tan considerable en su época, que el propio Scott creía sus obras “el imperecedero monumento levantado por su genio a su fama». 

Las Aventuras de Sir Lancelot Greaves, por Smollet, aparecieron en partes entre 1 760 y 1761, y la obra completa en 1762. El protagonista es un exaltado que, sin sufrir, como Don Quijote, alucinaciones, pero inspirándose en su amor a la justicia, se viste de armadura y sale con lanza sobre brioso corcel a arreglar el mundo. Sir Lancelot es joven y hermoso, no como el buen hidalgo de la Mancha, viejo, seco y avellanado. Otro personaje de la novela, el capitán Crowe, capitán de un buque mercante, se contagia con el héroe y adopta su misma resolución.

Smollet se adelanta a contestar a los críticos sobre la inverosimilitud y extravagancia de que en la segunda mitad del siglo XVIII se le ocurra a un hombre, que no aparece loco de remate, lanzarse en busca de aventuras con las armas antiguas de sus abuelos. “¡Cómo!» — dice en la novela un escéptico llamado Ferret, al entusiasta Sir Lancelot — “¿sale usted ahora hecho un moderno Don Quijote? La idea es harto vieja y extravagante. Lo que fue una humorística y oportuna sátira en España hace cerca de doscientos años, será una triste burla, llevada a la práctica por mera afectación, en nuestros días en Inglaterra.» 

Sir Lancelot responde con un largo discurso sobre la maldad humana. Esquiva la verdadera fuerza del argumento de Ferret y termina diciendo que «lleva las armas de sus antepasados para remediar los males que están fuera del alcance de la ley; para descubrir el fraude y la traición; abatir la insolencia; herir al orgullo; atemorizar la calumnia; deshonrar la inmodestia y estigmatizar la ingratitud.» Pero tan buenas intenciones no salvan el libro, a pesar de que hay en él excelentes pinturas de personajes y escenas reales.

Tobías George Smollett, 1721–1771. NPG

Diez años más tarde — en 1771 — publicó Smollet La expedición de Humphry Clinker, la única de sus obras que tiene lectores hoy, y en la cual se nota mucho también la influencia del Quijote. Humphry Clinker es, según Thackeray, el cuento más provocante a risa que se ha escrito en el mundo desde que se conoció el arte de la novela. 

Smollet, hombre de carácter violento y agresivo, aunque noble y caballeroso, fue rival de Fielding, y Sir Lancelot Greaves un competidor de Joseph Andrews. Pero la posteridad ha dado con justicia la palma al autor de Amelia. Los cervantistas, sin embargo, debemos a Smollet honda gratitud por su entusiasmo por nuestro ídolo.

La idea de escribir las aventuras de Sir Lancelot le ocurrió cuando hacía su traducción del Quijote, obra que dedicó a don Ricardo Wall, primer secretario de estado de Su Majestad Católica, y gran amigo suyo. Otras traducciones al inglés de la gran novela existían ya después de la de Shelton, que revisada por el capitán John Stevens, hubo de reimprimirse en 1700 y 1706. 

Peter Motteux, hugonote francés, refugiado en Inglaterra, publicó una traducción también en el primer año del siglo XVIII que, además de contener el primer boceto biográfico de Cervantes, aventaja en fidelidad a la anterior, y a la que en 1687 había dado a luz John Philips. Por último, en 1742 el pintor Charles Jarves tradujo el Quijote otra vez, superando a sus predecesores

El interés de los ingleses creció con tantas traducciones rivales y contribuyó a aumentarlo la admirable edición del original español hecha en Londres en 1738 por el librero Tonson, bajo los auspicios de lord Carteret y de la reina Carolina. 

Lord Carteret, como sabemos, encargó al ilustre valenciano don Gregorio Mayans y Siscar la primera biografía extensa de Cervantes, que figura al frente de la obra. 

Lord Carteret, de William Hoare. NPG 

Caroline of Brunswick. Princesa de Gales. Victoria and Albert Museum

Gregorio Mayans y Siscar

Todo esto animó a Smollet a emprender su traducción, en la seguridad (que no fue defraudada) de obtener el favor público. Así como Motteaux buscó las faltas de Shelton, Smollet fue implacable para las de Motteaux. Su tarea era relativamente fácil, porque la versión, muy exacta, de Jarves le fue indicando los errores de aquél. Smollet, en suma, puso en inglés más elegante a Jarves, aunque, según observa muy justamente Lord Woodhouselee, la traducción de Motteaux sigue siendo superior a la suya. 

El siglo XVIII fue fecundo en imitaciones inglesas de Cervantes. En 1719, Arbuthnot, el famoso médico y satírico, amigo de Swift y de Pope, publicó su Vida y Aventuras de Don Bilioso de l'Estomac, que no honran mucho ni al autor ni al modelo. Charlotte Lennox, norteamericana, hija del coronel Ramsay, gobernador de New York, y de quien dijo, por su carácter extraño, Mrs. Thrale, la amiga de Samuel Johnson, “que todo el mundo la admiraba y nadie la quería», publicó en 1752 El Quijote Femenino (The female Quixote), que mereció los elogios del propio Johnson y los más entusiastas de Fielding, alcanzando también en el público boga tan grande como inmerecida. No más digno de elogios es El Quijote espiritual (The spiritual Quixote), por Richard Graves, de 1773.

¡Lástima que Coleridge se equivocara al decir que Robinson Crusoe se inspiró en Los trabajos de Persiles y Sigismunda, ya traducidos al inglés cien años antes de la aparición de la novela de Defoe, por Mathew Lownes, en 1619! Pero si no podemos colocar el gran nombre de Daniel Defoe en esta larga lista cervantina, otra gloria, más humilde, sin duda, pero más útil para los admiradores de Cervantes, corresponde a los ingleses en la última década de aquel siglo. 

Fue, efectivamente, en 1781 cuando apareció en Londres el primer comentario del Quijote, escrito en lengua castellana por el reverendo John Bowle. En este libro curioso y admirable, que inaugura un género representado gloriosamente en España por don Diego Clemencín, en el siglo XIX, y en nuestros días por el sabio director de la Biblioteca Nacional y maestro de cervantistas don Francisco Rodríguez Marín, Bowle demostró haber leído todos los libros de caballería que menciona Cervantes y otros que olvidó o no hubo de conocer. El profundo comentador señaló al propio tiempo los prosistas y poetas del siglo XVI, españoles e italianos, que influyeron en Cervantes, y con maestría asombrosa en un extranjero, las bellezas literarias del Quijote, y hasta muchas de sus peculiaridades lingüísticas. 
Historia del Famoso Cavallero Don Quixote de la Mancha
Edition by Rev. John Bowle. London 1781

Lo asombroso es que Bowle aprendió el español en Inglaterra, sin haber venido nunca a España ni haber estado en país alguno donde se hablara nuestro idioma. El castellano tiene, como el francés, dificultades casi insuperables para un extranjero, y el comentario de Bowle se resiente, como es natural, de no pocos barbarismos y frases extrañas. Pero es, con todo, un trabajo notable por la erudición y la crítica, una mina que explotaron después otros comentadores, Pellicer y Bastús principalmente, y que ha sobrevivido a las censuras apasionadas de algunos contemporáneos. La lista de los suscriptores al libro de Bowle (éste era un modesto vicario en Idmiston, y tuvo que hacerse de la protección de los aficionados a las buenas letras para realizar su magno empeño) comprende los nombres más ilustres de Inglaterra y prueba la general admiración del país por la novela sublime. 

Mi objeto no es enumerar los estudios y opiniones sobre Cervantes de los críticos y grandes escritores ingleses: sólo he querido señalar la influencia extraordinaria del autor español en una de las más ricas y originales, si no la más original y rica de las literaturas europeas. Pero séame permitido observar que en Inglaterra se han escrito tantas o más biografías de Cervantes como en España, y que la mejor y más completa hasta hoy es la que con el modesto título deMemoria” publicó Fitzmaurice-Kelly en 1914, y espera todavía traductor castellano. 

Con muy justificada satisfacción ha dicho este eminente hispanista que su patria fue la primera en traducir el Quijote, la primera en publicarlo en español lujosamente, la primera en publicar una biografía de Cervantes, la primera en hacer el comentario de su libro y la primera en publicar una edición crítica de su texto, la de 1899. 

Memoria. J. Fitzmaurice Kelly

El Quijote, cabe añadir, ha inspirado la mayor admiración a los ingleses más ilustres por la inteligencia, desde Byron, para quien leerlo en castellano era un placer ante el cual todos los demás se desvanecen, hasta Macaulay, que sintetizó en una frase el juicio de la humanidad, diciendo que «fuera de toda comparación, es la mejor novela que se ha hecho en el mundo». 

Mucha honra ha ganado España como patria de Cervantes, y muy legítimo es nuestro orgullo — el de españoles y descendientes de españoles — en pertenecer a su misma raza y hablar el idioma, rico y sonoro, en que él eternizó sus pensamientos. Inglaterra, aunque Shakespeare bastaba para su gloria, ha querido también tener la nuestra. Nosotros debemos agradecer su deseo, y confesar que merece el lauro, ganado por tantos ilustres ingleses admiradores y discípulos del autor del Quijote. Es muy frecuente en nuestros días oír hablar de pueblos envidiosos y de pueblos envidiados; pero si a la emulación podemos llamar envidia, ésta, que ha sido tan fecunda para el arte, eleva a ambas naciones. Como el propio Cervantes dijo, es, de las dos envidias que hay, «la santa, la noble y la bien intencionada» . 
* * *

domingo, 6 de agosto de 2017

QUEVEDO Y LAS MUSAS IV • Talía



Estamos ante un verdadero maremágnum de más de 190 composiciones que, en realidad, nada tienen que ver con la Talía verdadera.

175–150 aC. Talía, procedente de Villa Adriana, en Tívoli, hoy en el Museo del Prado, Madrid. Obra original.

Talía es una de las dos musas del teatro, la inspiradora de la Comedia, –Melpómene lo es de la Tragedia–, por lo que suele ser representada con una máscara. También sugiere la poesía bucólica, en cuyo caso, llevará un cayado de pastor. Su corona de hiedra, simboliza la inmortalidad.

BNE

Se trata de la última de las Musas publicadas por González de Salas, que falleció en 1654, dejando incompleta la recopilación, que no se publicaría hasta 1670 con la publicación de la Segunda Cumbre, por Pedro de Alderete Quevedo y Villegas.


INSULTOS JOCOSOS CVC

Aquí, más de cincuenta poemas específicos sobre las mujeres, repiten tópicos hasta la saciedad, desde el Soneto I. Sorprende que un genio tan activo como el de Quevedo, empleara así su tiempo y su creatividad. En ocasiones, también dedica algunos sarcasmos a los hombres; especialmente, a los calvos, a los teñidos y a los que usan peluca, aunque los más repetidos son los que se refieren a aquellos que son engañados, burlados, o robados por sus propias mujeres o por otras.

Pedro Alderete, vendió el original heredado, al editor Pedro Coello, y en la escritura de venta –descubierta por Crosby (1)–, aparece una cláusula en virtud de la cual se autoriza a Coello, para que "haga las diligencias que bien visto le fueren para recoger los cuadernos del dicho libro que así le vendo, para que no salga su impresión diminuta, y tenga el lustre que se pretende con esta diligencia".
*
(1) Contrato para la publicación de El Parnaso español, Archivo Histórico de Protocolos de Madrid. James O. Crosby, En torno a la poesía de Quevedo.
*
En todo caso aquí prescindiremos de los referidos poemas, con lo que la cifra total se reduce a unas 140 composiciones –un poco más diminuta–, aunque igualmente difícil de clasificar, a pesar de la rebaja. 

En todo caso, no hay aquí donaires morales como dice el título –a no ser que moral, se refiera a su significado latino de costumbre-. Tampoco hay Donaires, propiamente dichos. Las Censuras, al fin, son más fáciles de hallar. No cabe duda de que Quevedo –si todo lo contenido en El Parnaso procede de su pluma–, se sentía donairoso, moralista y censor.

Caben varias explicaciones al respecto; la fácil; que la gente le pedía los poemas y él era capaz de componer una rima de este tipo en poco tiempo, aunque posiblemente, no pensara en su publicación. La otra, ya apuntada: ¿y si no todos los textos incluidos en estas Musas, fueran suyos? No olvidemos que él no estaba allí para certificar su autenticidad. Quizás por entonces fuera relativamente fácil decir: “de Quevedo”, igual que se decía “de Lope” en otros aspectos, y ello mejoraba las ventas. 

Al contrario de lo que ocurre con Cervantes, cuyo nombre parece haberse eclipsado tras el de su héroe literario, aquí el nombre del autor era un marchamo que, cierto o falso, podía otorgar a algunas composiciones un valor del que tal vez carecían. En realidad, hay muchas cuestiones que no han podido ser resueltas en torno a esta publicación, como hemos dicho, de carácter póstumo.

Conviene quizás, empezar por nuestra lectura por el Romance XVI en el que el autor asume la inteligente actitud de ironizar sobre sí mismo y sobre su mala fortuna, al que seguirán otros, de carácter aparentemente autobiográfico, aunque lo sean sólo por el hecho de estar expresados en primera persona. La realidad es que la actitud y la forma de pensar de Quevedo, traslucen por todas partes, aunque su obra poética no es, necesariamente, un reflejo de su fuero interno.
• • •

Romance XVI. Refiere su nacimiento y las propiedades que le comunicó.

Parióme adrede mi madre,/¡ojalá no me pariera!,
aunque estaba cuando me hizo, /de gorja naturaleza.
… … …
Nací tarde, porque el sol/tuvo de verme vergüenza,
en una noche templada/entre clara y entre yema.
Un miércoles con un martes/tuvieron grande revuelta,
sobre que ninguno quiso/que en sus términos naciera.
… … …
Murieron luego mis padres,/Dios en el cielo los tenga,
porque no vuelvan acá,/y a engendrar más hijos vuelvan.
Tal ventura desde entonces/me dejaron los planetas,
que puede servir de tinta,/según ha sido de negra.
Porque es tan feliz mi suerte,/que no hay cosa mala o buena,
que aunque la piense de tajo,/al revés no me suceda.
De estériles soy remedio,/pues con mandarme su hacienda,
les dará el cielo mil hijos,/por quitarme las herencias.
… … …
Como a imagen de milagros/me sacan por las aldeas,
si quieren sol, abrigado,/y desnudo, porque llueva.
… … …
De noche soy parecido/a todos cuantos esperan,
para molerlos a palos,/y así inocente me pegan.
Aguarda hasta que yo pase/si ha de caerse una teja;
… … …
No hay necio que no me hable,/ni vieja que no me quiera,
ni pobre que no me pida,/ni rico que no me ofenda.
No hay camino que no yerre,/ni juego donde no pierda,
ni amigo que no me engañe,/ni enemigo que no tenga.
Agua me falta en el mar,/y la hallo en las tabernas,
que mis contentos y el vino/son aguados donde quiera.
Dejo de tomar oficio,/porque sé por cosa cierta,
que siendo yo el calcetero/andarán todos en piernas.
Si estudiara medicina,/aunque es socorrida ciencia,
porque no curara yo,/no hubiera persona enferma.
Quise casarme estotro año,/por sosegar mi conciencia,
y dábanme un dote al diablo,/con una mujer muy fea.
Si intentara ser cornudo,/por comer de mi cabeza,
según soy de desgraciado,/diera mi mujer en buena.
… … …
Si alguno quiere morirse/sin ponzoña o pestilencia,
proponga hacerme algún bien,/y no vivirá hora y media.
Y a tanto vino a llegar/la adversidad de mi estrella,
que me inclinó que adorase/con mi humildad tu soberbia.
Y viendo que mi desgracia/no dio lugar a que fuera
como otros tu pretendiente,/vine a ser tu pretenmuela.
Bien sé que apenas soy algo,/mas tú de puro discreta,
viéndome con tantas faltas,/que estoy preñado sospechas.
… … …

El cuadro se completa con el siguiente 

ROMANCE, XCVIII. La Vida Poltrona.

Tardóse en parirme /Mi madre, pues vengo, 
Cuando ya está el mundo /Muy cascado y viejo.
Y agora los malos/ Andan ellos mesmos,
Por falta de diablos, /Yéndose al infierno.
Yo que he conocido /De este siglo el juego; 
Para mí me vivo, /Para mí me bebo.
Dicen, que me case; /Digo, que no quiero;
Y que por lamerme. /He de ser buey suelto. 
Yo no quiero hijos, /Ni aumentar el pueblo, 
Que harta gente sobra /Cansada en el suelo.
Hago yo mi olla /Con sus pies de puerco, 
Y el lloron judío /Haga sus pucheros. 
Dénme á las mañanas /Un gentil torrezno,
Que friendo llame /Los cristianos viejos. 

Todo cabría, pues, en una probable descripción de Quevedo, como él parece admitir, aunque –como siempre ocurre–, sólo lo parece:

ROMANCE C. Refiere el mismo sus defectos en bocas de otros. 

Muchos dicen mal de mí,
y yo digo mal de muchos;
mi decir es más valiente,
por ser tantos y ser uno.

Que todos digan verdad,
por imposible lo juzgo;
que yo la diga de todos,
con mi licencia lo dudo.

Por eso no los condeno,
por eso no me disculpo;
no faltará quien nos crea
a los otros y a los unos...

Convento de San Marcos, León. Sirivió de prisión a Quevedo

Muy pronto encontramos el famoso soneto A una nariz, cargado de ingenio y sarcasmo, cuya perfección es innegable desde el punto de vista literario. ¿Se refería el autor a Góngora? Parece que sí; especialmente, por el rasgo físico al que se refiere, pero también es posible que el poeta cultista no fuera su objetivo.

SONETO III. A una nariz. 

Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una nariz sayón y escriba,
érase un peje espada muy barbado.

Era un reloj de sol mal encarado,
érase una alquitara pensativa,
érase un elefante boca arriba,
era Ovidio Nasón más narizado.

Érase el espolón de una galera,
érase una pirámide de Egipto,
las doce Tribus de narices era.

Érase un naricísimo infinito,
muchísimo nariz, nariz tan fiera
que en la cara de Anás fuera delito.

Góngora. Velázquez, 1622. Museum of Fine Arts, Boston

Pero sigamos con la serie autobiográfica.

SONETO VI. Prefiere la hartura y sosiego mendigo, a la inquietud magnífica de los Poderosos. 

Mejor me sabe en un cantón la sopa,
y el tinto con la mosca y la zurrapa,
que al rico, que se engulle todo el mapa,
muchos años de vino en ancha copa.

Bendita fue de Dios la poca ropa,
que no carga los hombros y los tapa;
más quiero menos sastre que más capa:
que hay ladrones de seda, no de estopa.

Llenar, no enriquecer, quiero la tripa;
lo caro trueco a lo que bien me sepa:
somos Píramo y Tisbe yo y mi pipa.

Más descansa quien mira que quien trepa;
regüeldo yo cuando el dichoso hipa,
él asido a Fortuna, yo a la cepa.

SONETO XIII. Al Tabaco en polvo, Doctor a pie. 
(Cuando se usaba con fines terapéuticos).

¡Oh doctor hierba, docto sin Galeno,
barato sin barbero y sin botica,
en donde el bote suele ser de pica
para el que malo está, y aun para el bueno!

Tú, que sin mula vas, de virtud lleno,
a la nariz de el pobre que te aplica,
que no orinal ni pulso te platica,
ni el que con barba y guantes es veneno,

como el oro por Indias graduado,
sin el martirologio de la vida,
de solo un papelillo acompañado,

hoy medicina a la otra preferida:
¿cuánto va, si se mira con cuidado
de la [medicina] que es moledora a la molida?

SONETO XXIV. Pronuncia con sus nombres los trastos y miserias de la vida. 

La vida empieza en lágrimas y caca,
luego viene la mu, con mama y coco,
síguense las viruelas, baba y moco,
y luego llega el trompo y la matraca.

En creciendo, la amiga y la sonsaca:
con ella embiste el apetito loco;
en subiendo a mancebo, todo es poco,
y después la intención peca en bellaca.

Llega a ser hombre, y todo lo trabuca;
soltero sigue toda perendeca;
casado se convierte en mala cuca.

Viejo encanece, arrúgase y se seca;
llega la muerte y todo lo bazuca,
y lo que deja paga, y lo que peca.

ASTROLOGÍA

SONETO XIV. Desacredita la presunción vana de los Cometas.

A venir el cometa por coronas,
ni clérigo ni fraile nos dejara,
y el tal cometa irregular quedara
en el ovillo de las cinco zonas.

Tiénenle, sin por qué, las más personas
por malquisto del cetro y la tiara,
y he visto gran cometa de luz clara
no hartarse de lacayos y fregonas.

Yo he visto diez cometas veniales,
a quien, desesperados, los doctores
maldijeron, porque eran cordiales.

Tres cometas he visto de aguadores,
uno de ricos, siete de oficiales,
y ninguno de suegras y habladores.

SONETO XIX. Búrlase de la Astrología de los Eclipses.

¿Porqué el sol se arreboza con la luna
en la cabeza horrible del severo
dragón, pretendes, pérfido agorero,
amenazar de túmulo a la cuna?

El metal de sus rayos importuna
tu ciencia, con examen de platero,
cuando eclipsarse el sol en el Carnero
influye calidad sólo ovejuna.

Hoy se eclipsa en Carnero, y otro día
se eclipsará de viernes en los Peces,
signo Corvillo en buena astrología.

Eclipses hay picaños y soeces,
amigos de canalla y picardía:
que no son linajudos todas veces.

Los MÉDICOS constituyen otro de los asuntos más recurrentes en las simpatías de Quevedo. Sus apreciaciones al respecto, son casi paradigmas.

SONETO XX. Un enfermo, a quien los médicos fatigan con la dieta, se burla de su regimiento. 

Si vivas estas carnes y estas pieles
son bodegón del comedor rascado,
que, al pescuezo y al hombro convidado,
hace de mi camisa sus manteles;

si emboscada en jergón y en arambeles
no hay chinche que no alcance algún bocado,
refitorio de sarna dedicado
a boticario y médicos crueles,

hijo de puta, dame acá esa bota:
bebereme los ojos con las manos,
y túllanse mis pies de bien de gota.

Fríeme retacillos de marranos;
venga la puta y tárdese la flota:
y sorba yo, y ayunen los gusanos.

SONETO XXXII. Mató un médico su candil estudiando, por despabilarle y reconoce el candil justa aquella pena por su culpa.

Si alumbro yo porque a matar aprenda,
¿de qué me espanto yo de que me apague?
Pues en mí «Quien tal hace que tal pague»
justifica el doctor se comprenda.

Despabila al que cura y a su hacienda;
cura al que despabila, aunque le halague;
basta para matar que sólo amague:
de calaveras es su estudio tienda.

Por ser matar la hambre comer, come;
hasta a su mula mata de repente;
ninguno escapa que a su cargo tome.

Es matalos hablando eternamente;
será el mundo al revés siempre que asome,
pues el amanecer vuelve Occidente.

SONETO XXXIII. Médico, que para un mal, que no quita, receta muchos. 

La losa en sortijón pronosticada
y por boca una sala de vïuda,
la habla entre ventosas y entre ayuda,
con el "Denle a cenar poquito o nada".

La mula, en el zaguán, tumba enfrenada;
y por julio un "Arrópenle si suda;
no beba vino; menos agua cruda;
la hembra, ni por sueños, ni pintada".

Haz la cuenta conmigo, doctorcillo:
¿para quitarme un mal, me das mil males?
¿Estudias medicina o Peralvillo?

¿De esta cura me pides ocho reales?
Yo quiero hembra y vino y tabardillo,
y gasten tu salud los hospitales.

SONETO LXII. Sacamuelas, que quería concluir con los cerramientos de una boca. 

¡Oh! tu que comes con ajenas muelas 
Mascando con los dientas que no mascas 
Y con los dedos gomias y tarascas 
Las encías pellizcas y repelas; 

Tu que los mordiscones desconsuelas 
Pues en las mismas sopas los atascas 
Cuando en el mijagon corren borrascas 
Las quijadas que dejas bisabuelas, 

Por ti reta las bocas la corteza, 
Revienta la avellana del valiente: 
¡Y su cáscara ostenta fortaleza! 

Quitarnos el dolor, quitando el diente 
Es quitar el dolor de la cabeza,
¡Quitando la cabeza que lo siente!

SONETO LXXVII. Que la pobreza es medicina barata y descuido seguro de peligros.

Mi pobreza me sirve de Galeno,
menos bestial por falta de la mula;
presérvame de ahítos y de gula,
y el barro de acechanzas de veneno.

Cenas matan los hombres; yo no ceno;
ni ladrón ni heredero me atribula;
güevos me dan sufragio de la bula,
mas no la bula sin sufragio ajeno.

Nunca maté la sed en la taberna,
que aun de sed no es matante mi dinero,
y abstinencia forzosa me gobierna.

Mi hambre es sazonado cocinero,
pues del carnero me convierte en pierna
hasta los mismos güesos del carnero.

• • •

ROMANCE XLIII. Descubre Manzanares secretos e los que en él se bañan. 
Dibujo de 1562, en el que se ve desde la primera ermita de San Isidro en Carabanchel la ribera del río Manzanares y la Villa de Madrid

«Manzanares, Manzanares, /arroyo aprendiz de río
platicante de Jarama, /buena pesca de maridos; 
»tú que gozas, tú que ves, /en verano y en estío, 
las viejas en cueros muertos, /las mozas en cueros vivos;

«Tiéneme del sol la llama /tan chupado y tan sorbido, 
que se me mueren de sed /las ranas y los mosquitos. 
»Yo soy el río avariento /que, en estos infiernos frito, 
una gota de agua sola /para remojarme pido. 

»Enjuagaduras de culpas /y caspa de los delitos 
son mis corrientes y arenas: /yo lo sé, aunque no lo digo. 
»Para muchas soy colada, /y para muchos, rastillo; 
vienen cornejas vestidas, /y nadan después erizos. 

»Mujeres que cada día /ponen con sumo artificio
su cara, como su olla, /con su grasa y su tocino. 
»Río de las perlas soy, /si con sus dientes me río, 
y Guadalquivir y Tajo, /por lo fértil y lo rico. 

»Soy el Mar de las Sirenas, /si canta dulces hechizos, 
y cuando se ve en mis aguas, /soy la fuente de Narciso. 
»A méritos y esperanzas /soy el Lete, y las olvido; 
y en peligros y milagros, /hace que parezca Nilo. 

»A rayos, con su mirar, /al sol mesmo desafío, 
y a las esferas y cielos, /a planetas y zafiros. 
»Flor a flor y rosa a rosa, /si abril se precia de lindo, 
de sus mejillas le espera /cuerpo a cuerpo el Paraíso.

»Las desventuras que paso/ son estas que he referido,
y éste el hartazgo de gloria /con que sólo me desquito.»

• • •


ROMANCE XCV. Describe el Río Manzanares, cuando concurren en el verano a bañarse en él. 

Llorando está Manzanares / Al instante que lo digo,
Por los ojos de su puente, / Pocas hebras hilo á hilo.

Cuando por ojos de agujas /Pudiera enhebrar lo mismo,
Como arroyo vergonzante. /Vocablo sin ejercicio.

Más agua trae en un jarro /Cualquier cuartillo de vino
De la taberna, que lleva /Con todo su argamandijo.

Pide á la fuente del Ángel,/Como en el infierno el Rico,
Que con una gota de agua/A su rescoldo dé alivio.

No llueve Dios sobre cosa/Suya, á lo que yo colijo.
Pues que de calientes queman/Las migas de su molino.

En verano es un guiñapo,/Hecho pedazos y añicos,
Y, con remiendo de arena,/Arroyuelo capuchino.

Florida toda la margen/De jamugas y borricos,
De damas que, con carpetas,/Hacen estrado el pollino.

Al revés de los gotosos,/Ya no se mueve, estantío,
Pues de no gota es el mal /De que le vemos tullido.

No alcanza á la sed el agua./En su madre, á los estíos;
Que, facistol de chicharras./Es la solfa de lo frito.

Pues no aprende lo aguanoso/De tan húmedos resquicios,
No saldrá, de puro rudo./En su vida de charquillos...


• • •

ROMANCE LXXI. Suceso de un religioso, proveido aviesamente, aunque electo ya obispo. 


Monseñor sea para bien/el haberos proveído
A la Cámara se debe/Y ayudaros los amigos.

El envidioso que dice/que ya no estáis de servicio
ni sabe vuestro suceso/ni huele vuestro designio.

Vanidad, y no caida/tanto cardenal ha sido
pues os halláis consistorio/y fuisteis quidam obispo.

Hacer sus necesidades/debe todo buen ministro
que los grandes sacerdotes/nunca hicieron edificios.

Entre culebra y pastor/equivocaste los silvos
que si llamaron ovejas/os juntaron palominos.

Vigilante enfermedad/de puro antistes os vino
pues por no cerrar el ojo/tuviste tanto peligro.

El Ama, cuando lo vio/llorando a cántaros dijo:
como buen obispo vela/y aun campar puede de cirio.

Vuestros servicios os valen/sois propio pastor de apriscos
bien mostrais que los pecados/os tiene, señor, ahíto.

Asco da, no devoción,/(estimad aqueste aviso)
Quien en su servicio muere/y no en el de Jesucristo.

Pues sois hombre de correa/deste parabien prolijo
no os corran las advertencias/ aunque de correncia han sido.

• • •


Romance LVII Testamento de don Quijote

Muerte de don quijote. Francisco Muntaner

De un molimiento de güesos/a puros palos y piedras,
don Quijote de la Mancha/yace doliente y sin fuerzas.

Tendido sobre un pavés,/cubierto con su rodela,
sacando como tortuga/de entre conchas la cabeza;
con voz roída y chillando,/viendo el escribano cerca,
ansí, por falta de dientes,/habló con él entre muelas:
«Escribid, buen caballero,/que Dios en quietud mantenga,
el testamento que fago/por voluntad postrimera.

en lo de “su entero juicio”/que ponéis a usanza vuesa,
basta poner “decentado”,/cuando entero no le tenga.
A la tierra mando el cuerpo;/coma mi cuerpo la tierra,
que según está de flaco,/hay para un bocado apenas.
En la vaina de mi espada/mando que llevado sea
mi cuerpo, que es ataúd/capaz para su flaqueza.

Que embalsamado me lleven/a reposar a la iglesia
y que sobre mi sepulcro/escriban esto en la piedra:
“Aquí yace don Quijote,/el que en provincias diversas
los tuertos vengó, y los bizcos,/a puro vivir a ciegas”.
A Sancho mando las islas/que gané con tanta guerra
con que si no queda rico/aislado a lo menos queda.

Ítem, al buen Rocinante/dejo los prados y selvas
que crió el Señor del cielo/para alimentar las bestias;
mándole mala ventura/y mala vejez con ella,
y duelos en qué pensar,/en vez de piensos y hierba.

Mando que al moro encantado/que me maltrató en la venta
los puñetes que me dio/al momento se le vuelvan.
Mando a los mozos de mulas/volver las coces soberbias
que me dieron por descargo/de espaldas y de conciencia.
De los palos que me han dado,/a mi linda Dulcinea,
para que gaste el invierno,/mando cien cargas de leña.

Mi espada mando a una escarpia,/pero desnuda la tenga,
sin que a vestirla otro alguno,/si no es el orín, se atreva.
Mi lanza mando a una escoba,/para que puedan con ella
echar arañas del techo,/cual si de San Jorge fuera.

Peto, gola y espaldar,/manopla y media visera,
lo vinculo en Quijotico,/mayorazgo de mi hacienda.
Y lo demás de los bienes/que en este mundo se quedan
lo dejo para obras pías/de rescate de princesas.

Mando que en lugar de misas,/justas, batallas y guerras
me digan, pues saben todos/que son mis misas aquestas.
Dejo por testamentarios/a don Belianís de Grecia,
al Caballero del Febo,/a Esplandián el de las Jergas.»

Allí fabló Sancho Panza,/bien oiréis lo que dijera,
con tono duro y de espacio/y la voz de cuatro suelas:
«No es razón, buen señor mío,/que cuando vais a dar cuenta
al Señor que vos crió/digáis sandeces tan fieras.

Sancho es, señor, quien vos fabla,/que está a vuesa cabecera,
llorando a cántaros triste/un turbión de lluvia y piedra.
Dejad por testamentarios/al cura que vos confiesa,
al regidor Per Antón/y al cabrero Gil Panzueca,
y dejaos de Esplandiones,/pues tanta inquietud nos cuestan,
y llamad a un religioso/que os ayude en esta brega.»

«Bien dices —le respondió/don Quijote con voz tierna—:
ve a la Peña Pobre y dile/a Beltenebros que venga.»

En esto la Extremaunción/asomó ya por la puerta;
pero él, que vio al sacerdote/con sobrepelliz y vela,
dijo que era el sabio proprio/del encanto de Niquea,
y levantó el buen hidalgo/por hablarle la cabeza,
mas viendo que ya le faltan/juicio, vida, vista y lengua,
el escribano se fue/y el cura se salió afuera.
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