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domingo, 14 de mayo de 2023

Carlos III, actual monarca del Reino Unido. Historia de sus dos homónimos precedentes. (I de III)

Carlos III, coronado en 2023. Imagen de 1957

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Carlos I de Inglaterra y de Escocia / Charles I of England and Scotland.

Dunfermline, Escocia, 19 de noviembre de 1600 - Palacio de Whitehall, Londres, 30 de enero de 1649. Rey de Inglaterra, Escocia e Irlanda, desde el 27 de marzo de 1625 hasta su ejecución en 1649.

Carlos I de Inglaterra. Van Dyck. 1640. Col. Privada.

Carlos Estuardo nació en el palacio de Dunfermline, el 19-XI-1600, como segundo hijo varón de los nueve que tuvieron, Jacobo VI de Escocia y I de Inglaterra y Ana de Dinamarca. Fue un niño poco desarrollado que a los tres años no podía hablar ni andar. 

Cuando su abuela, la reina “Virgen” Isabel I murió sin hijos, en 1603, y su sobrino nieto segundo, Jacobo VI, fue proclamado rey de Inglaterra como Jacobo I, dejó a Carlos en Escocia al cuidado de enfermeras y criados, temiendo que el viaje afectara su frágil salud del hijo que, finalmente, fue llevado a Inglaterra en julio de 1604 y después estuvo a cargo de Lady Carey, que le enseñó a andar y a hablar. Carlos alcanzó la estatura de 1 m. 62 cm.

Retrato de James VI con el "Mirror of Great Britain" en el sombrero. John de Kritz. Y Ana de Dinamarca, por John de Critz, c. 1605. Los padres de Carlos I.

El “Mirror” fue empeñado en 1625 y después, desapareció.

Carlos no estaba tan bien considerado como su hermano mayor, Enrique Federico, Príncipe de Gales, a quien él mismo adoraba e intentaba emular. En 1605, como era entonces acostumbrado en el caso del segundo hijo del soberano inglés, Carlos fue nombrado duque de York en Inglaterra. Dos años antes, en 1603, había sido ya nombrado duque de Albany en Escocia.

Pero Enrique murió de tifus en 1612, y Carlos se convirtió en el heredero del trono, como duque de Cornualles, pues no fue príncipe de Gales ni conde de Chester, los títulos habituales del heredero al trono inglés, hasta noviembre de 1616. 

Su hermana Isabel se casó en 1613 con Federico V, elector palatino, por lo que Carlos quedaba, virtualmente, como hijo único.

Federico V - Isabel Estuardo

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El nuevo Príncipe de Gales se vio notablemente influido por el favorito de su padre, George Villiers, I duque de Buckingham, el cual lo llevó a una expedición a España en 1623, para buscar una alianza con este país mediante un eventual matrimonio de Carlos con la hija menor del rey español Felipe III; la infanta María Ana.

George Villiers, I Duque de Buckingham, valido de Carlos I, retratado por Peter Paul Rubens en 1625.

Felipe III, de Pedro Antº. Vidal. MNP – Mariana de Austria. Velázquez

El enlace nunca se celebró debido a que la corona española exigía la conversión del príncipe de Gales al catolicismo. Cuando volvieron a Inglaterra, tanto Carlos como el duque de Buckingham exigieron al rey Jacobo que declarara la guerra a España. 

Aquel viaje a Madrid es considerado por los historiadores como determinante en el posterior interés de Carlos por el arte, afición a la que destinaría cuantiosas sumas de dinero y que en parte le acarreó su creciente impopularidad. En Madrid, el rey Felipe IV obsequió al príncipe inglés con cuadros y también con ejemplares de caballos de raza española, lo que más adelante contribuyó a que en Inglaterra surgiesen los “pura sangre”.

Con el estímulo de sus consejeros protestantes, Jacobo convocó al Parlamento para solicitar subsidios de guerra y para sancionar la unión entre el príncipe de Gales y la princesa Enriqueta María de Francia, a la que Carlos había conocido en París, en su camino de vuelta a Inglaterra.

Princess Henrietta Maria de France, Reina Consorte de Inglaterra. Primer retrato, pintado por Antoon van Dyck in 1632. Royal Collection.

Era una buena unión, puesto que ella era la hija del anterior rey francés Enrique IV y la hermana del rey actual Luis XIII. El Parlamento aceptó la unión, pero mostró una actitud muy crítica debido a la tentativa anterior de arreglar una alianza matrimonial con España. Jacobo estaba senil y en consecuencia era cada vez más difícil controlar al Parlamento -el mismo problema que tendría más adelante Carlos en su reinado-. Durante el último año del reinado de Jacobo I, el poder real quedó en manos de su hijo y del duque de Buckingham.

Enriqueta María de Francia, esposa de Carlos I, retratada por Anthony van Dyck (1636-1638).

El rey Jacobo I muere el 27 de marzo de 1625, subiendo entonces Carlos al trono como Carlos I.

El 1 de mayo se casó por poderes con Enriqueta María de Francia, que aún estaba en París. Su primer Parlamento, inaugurado por él en mayo, se opuso a su matrimonio con la princesa francesa, una católica, porque temían que Carlos levantara las restricciones a los católicos y minara el establecimiento oficial del protestantismo. Se sabe que, aunque acordó con el Parlamento que no relajaría las restricciones referentes a los católicos, había prometido hacer exactamente lo contrario, en un tratado secreto con su cuñado, el rey Luis XIII de Francia. 

La ceremonia formal, con ambos presentes, se llevó a cabo en la iglesia de Santa Agustina, en Canterbury, el 13 de junio de 1625. 

El 2 de febrero de 1626, Carlos fue coronado en la abadía de Westminster, pero sin su esposa a su lado, para evitar controversias.

Del matrimonio nacieron nueve hijos:

• Carlos Jacobo (n. y m. Palacio de Greenwich, 13 de mayo de 1629), nombrado al nacer duque de Cornualles y Rothesay.

• Carlos (Palacio de St. James, Londres, 29 de mayo de 1630 - Palacio de Whitehall, 6 de febrero de 1685), sucesor de Carlos I y rey de Inglaterra y Escocia tras la restauración de la monarquía en 1660.

• María (Palacio de St. James, 4 de noviembre de 1631-Palacio de Whitehall, 24 de diciembre de 1660), casada con Guillermo II de Orange-Nassau, conde de Nassau, Estatúder de los Países Bajos.

• Jacobo (Palacio de St. James, 14 de octubre de 1633-Saint-Germain-en-Laye, Francia, 6 de septiembre de 1701), duque de York (1644) y de Albany (1660); sucede a su hermano como rey Jacobo II de Inglaterra y VII de Escocia.

• Isabel (Palacio de St. James, 29 de diciembre de 1635 - Castillo de Carisbrooke, 8 de septiembre de 1650).

• Ana (Palacio de St. James, 17 de marzo de 1637-Palacio de Richmond, 5 de noviembre de 1640).

• Catalina (n. y m. Palacio de Whitehall, 29 de junio de 1639).

• Enrique (Oatlands, Surrey, 8 de julio de 1640-Palacio de Whitehall, 13 de septiembre de 1660), nombrado conde de Richmond (1644) y duque de Gloucester (1659).

• Enriqueta Ana (Bedford House, Exeter, 16 de junio de 1644-Palacio de Saint Cloud, París, 30 de junio de 1670), casada con Felipe I de Orleans, duque de Orleans, hermano del rey Luis XIV de Francia.

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Política exterior: Guerra contra España y Francia

La preocupación principal de Carlos durante el inicio de su reinado fue la política exterior. Federico V, Elector Palatino, marido de su hermana Isabel, había perdido sus tierras hereditarias en el Palatinado a manos del emperador Fernando II de Habsburgo, al principio de la Guerra de los Treinta Años, la cual originalmente sería sólo una guerra para mantener la hegemonía de los Habsburgo católicos como reyes electos de Bohemia, terminó convirtiéndose en una espiral sin control que acabaría en una guerra civil y confesional entre los protestantes y los católicos en Europa. Carlos se vio obligado a apoyar a su cuñado para que recuperara el Palatinado, emprendiendo una guerra con el rey Felipe IV de España, al cual esperaba poder forzar para que intercediera con el emperador en su favor.

Felipe IV. Gaspar de Crayer. Palacio Marqueses Viana, Córdoba

El Parlamento se mostraba a favor de un ataque naval barato contra los territorios españoles en el Nuevo Mundo, esperando que la captura de las flotas españolas que llevaban los tesoros americanos podría financiar la guerra. Carlos, sin embargo, prefirió una acción más agresiva -y más costosa-, en el continente. El Parlamento votó solamente para conceder un subsidio de £140.000; una suma escasa para el rey. Por otra parte, la Cámara de los Comunes acordó permitir que el rey recaudara el tonelaje y el peso; dos variedades de derechos de aduanas, pero solamente por un año, aunque a soberanos anteriores desde 1414 les habían sido concedidos estos derechos de por vida. De este modo, la Cámara de los Comunes esperaba tener una forma de menoscabar el poder del rey, forzándolo a buscar la renovación de la concesión cada año.

Los aliados de Carlos en la Cámara de los Lores, dirigida por el duque de Buckingham, rechazaron aprobar el decreto. Aunque no se pudo obtener ninguna autoridad parlamentaria para la recaudación del tonelaje y del peso, Carlos continuó percibiendo los derechos aduaneros de todos modos.

El primer parlamento de Carlos fue disuelto en agosto de 1625. El rey había presionado para la guerra con España, pero el ataque naval contra Cádiz terminó en una estrepitosa derrota para él, que le causó un gran descrédito ante sus súbditos. 

De nuevo acuciado por la necesidad de acopiar fondos, Carlos convocó su segundo Parlamento en febrero de 1626 y para mantener a sus enemigos alejados, los nombró oficiales de la Corona, por lo que quedaban inmediatamente descalificados para el servicio en la Cámara de los Comunes. En cuanto a la Cámara Alta, rechazó conceder una escritura de emplazamiento -sin la cual nadie podía ser admitido en la Cámara de los Lores- a John Digby, I conde de Bristol y encarceló a Enrique Howard, XXV conde de Arundel, acusado de un delito menor. No sirvió de nada que la Cámara de los Lores, ante las dificultades de estos dos condes, declarase que no había precedente para negar a un par su petición o para encarcelarlo por un mero delito menor.

Como se puede imaginar, las tentativas de Carlos de privar a miembros del Parlamento de sus oficios y libertades sin el debido proceso, enfurecieron a muchos miembros de ese cuerpo, igual que los sucesivos impuestos que fue creando sin su consentimiento. 

Culparon al duque de Buckingham, mientras tanto, del desastre en Cádiz. La Cámara de los Comunes intentó acusarlo de alta traición, y amenazó con retrasar todos los votos en el asunto de los impuestos hasta que la Cámara de los Lores lo encontrara culpable. Las protestas de esta Cámara habían forzado a Carlos I a liberar a los condes de Bristol y Arundel, y con estos dos pares en el centro de la atención, parecía más que probable que se diera una mayoría parlamentaria contra el duque de Buckingham. 

Pero no fue así, como nunca podía serlo con un monarca tan absoluto, que, en venganza, y como desafío contra el Parlamento, en junio de 1626, ordenó su disolución.

Carlos I de Inglaterra, retratado por Anthony van Dyck. Louvre

Al año siguiente, el duque de Buckingham condujo una expedición para ayudar a los protestantes franceses, hugonotes, perseguidos por el rey de Francia, en la localidad de La Rochelle, pero fracasó estrepitosamente, aumentando su impopularidad. 

Por otra parte, Inglaterra empezó una guerra contra Francia, mientras continuaba su guerra anterior contra España y las arcas del tesoro, seguían disminuyendo. Para reducir gastos militares, Carlos ordenó a varios ingleses recibir y alimentar, a sus expensas, a los soldados y exigió que sus súbditos le concedieran "préstamos", que no tenía ninguna intención de pagar después.

Cuando las ordenanzas de Carlos fueron declaradas ilegales en las cortes en 1627; él respondió deponiendo y encarcelando al Lord Jefe de Justicia, sir Ranulph Crewe, y designó a sir Nicolás Hyde en su lugar. Este animó al clero anglicano, que estaba en su nómina de pago, a que en sus sermones apoyara los préstamos y aconsejara la obediencia a todos los decretos reales. 

Cuando George Abbot, arzobispo de Canterbury, rehusó sancionar oficialmente un sermón pro-real, fue privado de sus poderes, aunque no fue depuesto formalmente de su cargo. Las funciones del arzobispo fueron transferidas a una comisión de obispos, encabezada por William Laud, el obispo de Bath y de Wells, luego obispo de Londres.

Todo aquel que rechazara apoyar al Tesoro con los préstamos era encarcelado sin titubear por orden del rey, de acuerdo con sus prerrogativas reales, ordenanzas totalmente en desacuerdo con las cortes de leyes comunes y descalificadas por la mayoría de los juristas de ese tiempo, aunque no estuvieron explícitamente -pero si de hecho- bajo el cargo de crimen. El caso más notorio fue el conocido como el caso de los "Cinco caballeros "o" caso de la cizaña", cuando el nuevo Lord Jefe de Justicia, sir Nicolás Hyde, sostuvo que estaba permitido que el rey pidiera la detención de individuos sin ningún tipo de acusación y sin ofrecerles la posibilidad de fijar una fianza.

Las guerras de Carlos contra Francia habían estado menoscabando considerablemente sus arcas. Encontrándose en la necesidad acuciante de fondos para continuar la guerra. Convocó al tercer Parlamento de su reinado en marzo de 1628. Inmediatamente, en vez de tratar los problemas financieros, la Cámara de los Comunes procedió a considerar el abuso de poder del rey durante los años precedentes. Aprobó la Petición de Derechos, en la cual intentó que se pagaran los préstamos forzados; acabar con las detenciones arbitrarias, el encarcelamiento sin proceso, y la creación de impuestos sin consentimiento parlamentario. 

Aunque se oponía inicialmente a la petición, Carlos le concedió su asentimiento en junio, después de asegurarse de que sus jueces no lo interpretarían en un sentido contrario a sus deseos. Finalmente, el Parlamento acordó conceder a Carlos los subsidios que deseaba, y poco después el monarca ordenó un receso temporal en sus funciones.

El duque de Buckingham, entretanto, planeó otro ataque contra La Rochelle, en Francia, pero un oficial naval, John Felton, lo asesinó el 23 de agosto. Carlos y sus cortesanos intentaron que Felton fuese torturado en la rueda antes de ser ejecutado, pero esto fue descartado unánimemente por los jueces. En su lugar, Felton fue colgado por el delito.

Once años de tiranía.

Carlos I a principios del período absolutista de su reinado, conocido como los Once años de Tiranía. Obra de Daniël Mijtens. NPG Londres

En enero de 1629, Carlos abrió la segunda sesión del Parlamento que había ordenado temporalmente clausurar en junio de 1628. Esperaba que, tras el asesinato del duque de Buckingham, el Parlamento finalmente cooperaría con él y le concedería otros subsidios. En vez de eso, los miembros de la Cámara de los Comunes comenzaron a expresar su oposición al impuesto del tonelaje y del peso sin consentimiento parlamentario. Aunque Carlos solicitó un aplazamiento parlamentario en marzo, los miembros lo ignoraron y leyeron tres resoluciones contrarias al rey. La última de estas resoluciones declaró que cualquier persona que pagara el tonelaje o el peso no autorizado por el Parlamento "sería declarado un traidor de las libertades de Inglaterra, y enemigo de las mismas", y aunque la resolución no fue aprobada formalmente, muchos miembros declararon su aprobación. Más tarde, cuando los Comunes aprobaron otras medidas desagradables para el rey, Carlos ordenó, sin más, la disolución del Parlamento. Las controversias con el Parlamento inglés se recrudecían para el rey.

Carlos resolvió no ser forzado a confiar en el Parlamento para la ayuda monetaria adicional. Inmediatamente, firmó paces con Francia -Tratado de Suza- y España -Tratado de Madrid-. Los once años siguientes, durante los cuales Carlos gobernó sin un Parlamento, son conocidos como los Once años de Tiranía o Ley personal. 

La tentativa de Carlos de gobernar sin el Parlamento no era ilegal bajo precedentes en aquella época: constituyó un ejercicio válido de la prerrogativa real, aunque lo que se consideraba legal en épocas anteriores puede también ser tiránico ante los ojos contemporáneos. Tal era el caso de la tiranía de Carlos: sin embargo, en épocas anteriores su gobierno de hecho sería considerado justo y con todo derecho por la mayoría de los ingleses a mediados del siglo XVII, y que fue considerado por la mayoría de sus súbditos como un ejercicio de poder absoluto en su calidad de soberano. De hecho, los colonialistas americanos repetirían los mismos cargos de tiranía -impuestos sin la representación; privación del derecho de ley común; uso de varias torturas, etc.-contra la corona británica un siglo después en la Revolución americana.

Entretanto, Carlos I todavía tuvo que reunir fondos para mantener sus arcas y solucionar el déficit monetario. Recurrió entonces a un olvidado estatuto feudal decretado en 1278, requiriendo a cualquier persona que ganara el 40% o más cada año al presente desde la coronación del rey, para formar parte del ejército real como caballero. Carlos multó, y con ello obtuvo los ansiados fondos, a todos los individuos que no pudieron ni cumplieron con el estatuto desde su coronación en 1626. 

Para mayor impopularidad, reintrodujo el impuesto feudal obsoleto conocido como Impuesto de los buques (shipmoney) aconsejado por su hábil político y ministro Thomas Wentworth, conde de Strafford. En una ordenanza publicada en 1634 pidió la recaudación del impuesto de buque en tiempos de paz, a pesar de que los estatutos de Eduardo I y de Eduardo III habían prohibido tal impuesto excepto durante la guerra. Esta primera ordenanza de 1634, sin embargo, no animó mucha oposición en argumentos legales, como la causó una segunda ordenanza en el año 1635. El impuesto de buque exigido en la tercera ordenanza de Carlos I, publicada en 1636, fue duramente debatida por la antigua prohibición de recogerlo durante tiempo de paz. Muchos de los jueces procuraron oponerse al pago, pero Carlos I, que tenía en sus manos sus arrendamientos, dependió de su "buen parecer" y declararon que el impuesto estaba dentro de la prerrogativa del rey. Este impuesto había sido aplicado durante las invasiones danesas y por él obligaba a los pueblos costeros a entregar barcos para defender el territorio. Carlos I decidió aplicar nuevamente el antiguo gravamen, pero esta vez extensivo a todo el territorio. Un noble llamado John Hampden, se negó a pagarlo, y fue sometido a proceso y condenado a la confiscación de sus bienes (1637). El pueblo siguió atentamente el juicio y la sentencia final despertó nuevos odios contra la Corona, que violaba sin miramientos la Carta Magna y la Declaración de Derechos.

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La desconfianza ante la política religiosa de Carlos se vio aumentada por la controversia que rodeaba al eclesiástico Richard Montagu. En un panfleto, Montagu discutió en contra de las enseñanzas de Juan Calvino, atrayéndose inmediatamente el desprestigio entre los puritanos. Un miembro puritano de la Cámara de los Comunes, John Pym, atacó el panfleto de Montagu durante una discusión en el Parlamento, lo que motivó que Montagu solicitara la ayuda de Carlos I en un folleto titulado "Appello Caesarem" -"Apelo al César", una referencia a la súplica contra la persecución judía hecha por el Apóstol San Pablo-. Carlos I ofreció al clérigo su protección, provocando que muchos puritanos se volvieran hostiles hacia él.

Al mismo tiempo, la reforma religiosa fue conducida por William Laud, elevado al rango de arzobispo de Canterbury en 1633. Laud procuró asegurar uniformidad religiosa despidiendo al clero no conformista y clausurando organizaciones puritanas, de tal modo que estaba violando la libertad de conciencia. 

Para castigar a los que rechazaron conformarse con las normas religiosas establecidas por la iglesia de Inglaterra utilizó las más temidas y arbitrarias cortes del reino, la Corte de la Comisión Suprema y la Corte de la Cámara Estrellada. La primera podía obligar a individuos a que proveyeran testimonio contra sí mismos, mientras que en la segunda podía infligir cualquier castigo –incluyendo tortura-, con la excepción única de la muerte.

Es destacable que la anarquía de la Corte de la Silla de Estrella durante el gobierno personal de Carlos excedió ampliamente a cualesquiera de sus precursores. Bajo el reinado de Carlos, los demandados fueron llevados ante dicha corte sin acusación, como lo marcaba el proceso debido en la ley, así como el derecho de enfrentarse a los testigos, y sus testimonios fueron extraídos rutinariamente por los miembros de dicho tribunal con largas torturas.

Los primeros años de la Tiranía de los Once Años fueron marcados por la paz -garantizada por lo que esencialmente era un estado-policía-, en Inglaterra. Muchos se opusieron a los varios impuestos de Carlos y la política religiosa de Laud, pero permanecieron bajo el control del régimen. 

Cuando, sin embargo, Carlos procuró imponer sus políticas religiosas en Escocia, tuvo que enfrentarse a numerosas dificultades. El rey pidió el uso de un libro nuevo de oraciones bajo el modelo del inglés Libro de Oración Común, que, aunque fue apoyado por los obispos escoceses, fue rechazado por muchos escoceses presbiterianos, que vieron el libro nuevo como un vehículo para introducir el Anglicanismo en Escocia. Cuando la Asamblea General de la Iglesia de Escocia suprimió el gobierno episcopalista -gobierno de la iglesia por los obispos-, en 1638, sustituyéndola por el gobierno presbiteriano -gobierno de los ancianos y de los diáconos-, Carlos trató de desbaratar lo que vio como rebelión contra su autoridad.

En 1639, cuando estalló la Primera Guerra de los Obispos, intentó recaudar impuestos de sus súbditos, pero ellos se negaron a dar más dinero. La guerra de Carlos terminó en una tregua humillante en junio del mismo año. En la Paz de Berwick, Carlos acordó conceder a sus súbditos escoceses libertades civiles y eclesiásticas.

Retrato ecuestre de Carlos I con el señor de Saint Antoine, por Anthony van Dyck; representación del poder absoluto a que aspiraba el rey inglés.

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Las disputas con respecto a la interpretación del tratado de la paz entre Carlos y la iglesia de Escocia condujeron nuevamente a otro conflicto. Para someter a los escoceses, Carlos necesitó más dinero; por lo tanto, tomó la peligrosa medida de reunir al Parlamento en abril de 1640. Aunque Carlos ofreció derogar el impuesto de buque, la Cámara de los Comunes se mostró inamovible. Exigió la discusión de varios abusos de poder durante su gobierno personal. Pero cundo el Parlamento estaba tomando fuerza rápidamente, fue disuelto en mayo de 1640, menos de un mes después de que fuera convocado; así, este parlamento fue conocido como el "Parlamento corto".

Entretanto, Carlos intentó derrotar a los escoceses, pero falló estrepitosamente. El humillante tratado de Ripon, firmado después de la Segunda Guerra de los Obispos en octubre de 1640, requirió al rey pagar los costos del ejército escocés contra el que acababa de luchar. Carlos tomó la inusual medida de convocar el Magnum concilium, el antiguo consejo de todos los pares del reino, que eran considerados los consejeros hereditarios del rey. El Magnum concilium no había sido convocado en siglos, y no se había convocado durante el reinado de Carlos. En este consejo de los pares, Carlos convocó al Parlamento de nuevo, que, en contraste con la anterior vez, se denominó "Parlamento largo".

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John Pym (1584-1643)

Miembro de la Cámara de los Comunes y líder del Partido Puritano durante la Primera guerra civil inglesa, luchó contra el absolutismo personificado en la dinastía Estuardo y el catolicismo, en favor de la difusión de la Reforma y los valores de la Constitución parlamentarista inglesa

El “Parlamento largo" se reunió en noviembre de 1640 bajo la dirección de JOHN PYM, y se mostró tan difícil de negociar como el "Parlamento corto". El Parlamento emprendió medidas que amenazaron la posición política de Carlos. Los miembros conservadores de la Cámara de los Comunes defendían al rey, la Iglesia y el gobierno parlamentario contra determinadas innovaciones en la religión y la tiranía de los cortesanos de Carlos. Sin embargo, sus actitudes hicieron que Carlos viera a muchos de ellos como rebeldes peligrosos que intentaban minar el gobierno tradicional. Por ejemplo, Carlos no pudo oponerse a las demandas para la ejecución de su consejero Thomas Wentworth, conde de Strafford, el 12 de mayo de 1641.

Para evitar que el rey lo volviera a disolver a su entera voluntad, el Parlamento aprobó el Acto Trienal, al que le fue concedido el asentimiento real en febrero de 1641. El Acto requería que el Parlamento debiera ser convocado por lo menos una vez cada tres años, y que cuando el rey no pudiera publicar el emplazamiento apropiado, los miembros podrían reunirse por sí mismos. En mayo, Carlos I consintió un Acto de mayor envergadura, que era la condición de que el Parlamento no podría ser disuelto sin su propio consentimiento. 

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Carlos fue forzado a una concesión tras otra. Accedió así a autorizar las ejecuciones de THOMAS WENTWORTH y luego la de WILLIAM LAUD, el 10 de enero de 1645.

Thomas Wentworth, en torno a 1639, retrato de van Dyck.

Thomas Wentworth, I conde de Strafford. 1593 – 1641. Estadista y figura destacada de la época previa a la Guerra Civil Inglesa. Formó parte del Parlamento y apoyó en todo, al rey Carlos I de Inglaterra. Entre 1632 y 1639 ocupó el cargo de Lord Diputado de Irlanda, que desempeñó con dureza. Llamado nuevamente a Inglaterra, se convirtió en el principal consejero del rey, tratando de fortalecer la posición real frente al parlamento. Cuando fue condenado a muerte, Carlos firmó su sentencia.

William Laud

William Laud. Reading, 1573 - Londres, 1645. Ordenado sacerdote en 1601, fue obispo de St Davids (1621), de Bath and Wells (1626), de Londres (1628), y canciller de Oxford (1630) antes de ser consagrado arzobispo de Canterbury en 1633. Fue encarcelado en la Torre de Londres y posteriormente decapitado, dentro de la Guerra Civil Inglesa por su incondicional apoyo al rey Carlos I de Inglaterra.

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Además, Carlos fue forzado a declarar que el dinero de buque y otros impuestos eran ilegales, y las odiadas Cortes de la Silla de Estrella y de la Alta Comisión fueron suprimidas. Aunque hizo varias concesiones importantes, el monarca mejoró su propia posición militar asegurando el favor de los escoceses. Finalmente convino en el establecimiento oficial del presbiterianismo en Escocia; en contrapartida, podía alistar una considerable ayuda antiparlamentaria.

La reina Enriqueta María viajó al extranjero en 1642 en busca de financiación para su marido cuando la oposición parlamentaria a Carlos I se recrudeció. No volvería nunca más a Inglaterra.

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Louis XIV – Fernando VII – Nicolás II. Modelos históricos de Absolutismo

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En noviembre de 1641, la Cámara de los Comunes aprobó la Grand Remonstrance, que era nada menos que una lista de denuncias contra todos los abusos de poder en los que Carlos había incurrido desde el principio de su reinado. La tensión se vio aumentada cuando los irlandeses se rebelaron contra el dominio inglés protestante y los rumores de la complicidad de Carlos llegaron al Parlamento. Se armó un ejército para aplastar la rebelión, pero muchos miembros de la Cámara de los Comunes temieron que Carlos pudiera utilizarlo más adelante contra el mismo Parlamento. La Cuenta de la Milicia fue pensada para poder controlar de esta forma el ejército del rey, pero Carlos rechazó dar su consentimiento pues consideraba que era una disminución de una parte importante de su prerrogativa real.

La Cámara de los Comunes entonces amenazó con acusar a la reina de católica, Enriqueta María de Francia, lo que finalmente obligó al rey a tomar una acción desesperada. Su esposa lo persuadió para que arrestara a cinco miembros de la Cámara de los Comunes que eran los líderes de la facción de anti-Estuardo bajo el cargo de alta traición, pero, cuando el rey ya había tomado su decisión, ella incurrió en el error de informar a un amigo que a su vez alertó al Parlamento. Carlos entró en la Cámara de los Comunes con una fuerza armada el 4 de enero de 1642, pero encontró que sus opositores ya se habían escapado. Violando al Parlamento con una fuerza armada, Carlos creó una brecha permanente entre ambos poderes. Muchos en el Parlamento pensaron que las acciones de Carlos eran indignantes, pero otros tenían sentimientos similares sobre las acciones del mismísimo Parlamento. Varios miembros de la Cámara de los Comunes se fueron para unirse al partido realista, dejando a los opositores del rey con una mayoría. Ya no era seguro que Carlos permaneciera en Londres, y decide marchar al norte a levantar un ejército contra el Parlamento; la reina, entretanto, parte al extranjero a recaudar dinero para poder pagar al ejército. Los reyes no volverían a verse nunca más.

La Revolución inglesa todavía no había empezado, pero ambas partes ya se armaban. Después de vanas negociaciones, Carlos levantó el estandarte real -un gesto medieval anacrónico- en Nottingham el 22 de agosto de 1642. Entonces instaló su corte en Oxford, desde donde tenía el control sobre el norte y el oeste de Inglaterra, mientras que el parlamento tenía el control de Londres y del sur y este del país. 

Carlos levantó al ejército usando el método arcaico de la Comisión del Arsenal. La Guerra Civil Inglesa comenzó el 25 de octubre de 1642 con la batalla de Edgehill -que quedó inconclusa- y continuó indecisa entre 1643 y 1644, hasta que la batalla de Naseby inclinó el equilibrio militar de manera decisiva en favor del Parlamento. Siguieron una gran cantidad de derrotas para los realistas, que terminaron con el sitio de Oxford, de donde Carlos logra escapar en abril de 1646. Entonces se entregó al ejército presbiteriano escocés en Newark, y fue llevado al cercano poblado de Southwell, mientras que sus "anfitriones" decidían qué hacer con él. Los presbiterianos finalmente llegaron a un acuerdo con el Parlamento y le entregaron a Carlos en 1647. Lo encarcelaron en Holdenby House en Northamptonshire, hasta que el corneta George Joyce lo llevó por la fuerza a Newmarket en nombre del Nuevo Ejército Modelo. En aquel momento, la suspicacia mutua se había desatado entre el Nuevo Ejército Modelo y el Parlamento, y Carlos estaba impaciente por explotarla a su favor.

Pintura de Eugène Lami que representa el traslado del rey al castillo de Carisbrooke, su última morada antes de ser procesado.

Carlos fue entonces trasladado a Oatlands y luego a Hampton Court, en donde se vio envuelto en nuevas negociaciones a título personal pero igualmente infructuosas. Le persuadieron de que sería mejor para él escapar -quizás al extranjero, a Francia donde se encontraba su mujer, o quizás bajo la custodia de Robert Hammond, gobernador parlamentario de la isla de Wight-. Carlos se decidió por la última opción, creyendo que Hammond era un realista, y huyó el 11 de noviembre. Hammond, sin embargo, traicionó al rey, y lo confinó en el castillo de Carisbrooke.

Desde Carisbrooke, continuó intentando pactar con los diferentes partidos para evitar un fin trágico, y finalmente entró en negociaciones con los presbiterianos escoceses, aceptando el establecimiento del presbiterianismo tanto en Inglaterra como en Escocia por un período de prueba. 

Los realistas se levantaron en armas en julio de 1648, y los escoceses invadieron el país, comenzando la llamada Segunda Guerra Civil. Derrotaron a los ejércitos escoceses unos meses más tarde, pero la derrota final para Carlos se produjo en la batalla de Preston, del 17-19 de agosto de 1648.

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Carlos fue trasladado al castillo de Hurst a finales de 1648, y después al castillo de Windsor. En enero de 1649, la Cámara de los Comunes —sin el asentimiento del soberano o de la Cámara de los Lores— convocó un acto parlamentario que creaba una corte para el juicio de Carlos. 

El juicio del rey, bajo los cargos de alta traición y de “otros altos crímenes”, comenzó el 2 de enero, pues Carlos había rechazado elevar una súplica, alegando que ninguna corte tenía jurisdicción sobre un monarca. Creía que su propia autoridad para gobernar le había sido dada por Dios cuando lo coronaron y fue ungido. La corte se proponía declarar que No hay hombre sobre la Ley. Durante una semana, pidieron tres veces a Carlos que solicitara la súplica, pero él lo rechazó en todas las ocasiones.

Carlos fue decapitado el 30 de enero de 1649. Era práctica común que el verdugo levantara la cabeza del ajusticiado y la mostrara a la muchedumbre con las palabras “¡La cabeza de un traidor!”; aunque la cabeza de Carlos fue exhibida, no se usaron estas palabras. En un gesto sin precedentes, uno de los líderes revolucionarios, Oliver Cromwell, permitió que la cabeza del rey fuera cosida a su cuerpo para que de esta forma su familia pudiera rendirle sus respetos. 

Enterraron a Carlos en privado la noche del 7 de febrero de 1649, en la cámara acorazada de Enrique VIII en la capilla de St. George, en el castillo de Windsor. El hijo del rey, el futuro Carlos II, planeó más adelante un mausoleo real, pero este nunca llegó a realizarse.

Una conocida anécdota de su decapitación cuenta que cuando fue llevado a ejecutar, por tradición se le concedió un último deseo, a lo que él pidió llevar dos camisas. Iba a ser decapitado una mañana de enero fría, lo que justificó su petición: “Es que allí fuera estarán todos mis enemigos y no quiero que me vean temblando ni siquiera de frío”.

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Triple retrato de Carlos I de Inglaterra. Anthony van Dyck, 1635.

El reinado de Carlos I fue tumultuoso debido a la lucha de poderes que sostuvo con el Parlamento. Carlos era un abogado acérrimo del derecho divino de los reyes a mandar. De buena presencia, impresionaba como un verdadero caballero. Hablaba con propiedad, gustaba de la música y de la pintura. Sin embargo, era pedante, desconfiado y muy mentiroso. Muchos en Inglaterra, por lo tanto, temieron que procurara obtener el poder absoluto. Hubo una amplia oposición a muchas de sus acciones, especialmente la creación de impuestos sin el consentimiento del Parlamento. Esta fue una de las muchas manifestaciones del descontento popular contra una monarquía absoluta que pretendió llevar Carlos I.

En su política religiosa, Carlos creyó en una versión sacramental de la Iglesia de Inglaterra, llamada Iglesia alta, con una teología basada en el Arminianismo, una creencia compartida por su consejero político principal, el arzobispo de Canterbury, William Laud. Laud fue designado arzobispo por Carlos en 1633 y comenzó una serie de reformas en la Iglesia para hacerla más ceremonial, comenzando con el reemplazo de las tablas de madera de la comunión por los altares de piedra. Esto era abiertamente hostil a las tendencias reformistas de muchos de sus súbditos ingleses y escoceses. Su política era contraria a la teología calvinista, e insistió en que la liturgia de la Iglesia de Inglaterra fuera celebrada con todas las ceremonias y vestiduras nombradas por el llamado Libro de Oración Común. Muchos de sus súbditos pensaron que con estos cambios el Anglicanismo se acercaba demasiado al catolicismo. Sin embargo, Carlos I es la única persona que ha sido canonizada por la Iglesia de Inglaterra, desde la Restauración inglesa.

Los últimos años del reinado de Carlos I estuvieron marcados por la Guerra Civil Inglesa; se vio enfrentado a las fuerzas del Parlamento -que se le opuso tenazmente en sus tentativas de aumentar su poder- y a los puritanos -quienes eran contrarios a su política religiosa-. La guerra terminó con la derrota de Carlos, que fue enjuiciado, condenado y ejecutado posteriormente bajo el cargo de alta traición. La monarquía fue abolida, y se estableció la República. Con el tiempo, este régimen devino cada vez más dependiente del ejército y se convirtió en una dictadura militar, dirigida por Oliver Cromwell. Varios factores tanto políticos como socioeconómicos condujeron a su colapso final, una vez fallecido Cromwell. 

Su hijo, Carlos II, restauró la monarquía en 1660.

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En el terreno de las artes, Carlos I ostenta un papel clave como uno de los mayores coleccionistas de pintura en Europa, con quien apenas podía rivalizar Felipe IV de España.

En 1627 compró en bloque por una cifra irrisoria, con la mediación de un marchante radicado en Venecia, la mejor parte de la fabulosa pinacoteca de los Gonzaga, duques de Mantua, quienes sufrían problemas económicos; este lote incluyó los nueve célebres lienzos de Los triunfos del César de Andrea Mantegna -ahora en Hampton Court-. 

El Palacio Ducal de Mantua, ubicación originaria de la serie, posee en la actualidad una copia. Se trata de un ciclo de pinturas murales, del siglo XVI, que se descubrió en una casa de la urbe en 1926. Estos frescos fueron transferidos a lienzo y se exhiben en el palacio, reutilizado como museo de la ciudad.

Primer cuadro: Los portadores de pinturas.

Segundo cuadro: Carros triunfales, trofeos y máquinas bélicas.

Tercer cuadro: Carro con trofeos y portadores del botín.

Cuarto cuadro: Portadores de jarrones, toro y trompeteros.

Quinto cuadro: Trompeteros, toros y elefantes.

Sexto cuadro: Portadores de cascos, trofeos y armaduras.

Séptimo cuadro: Los prisioneros.

Octavo cuadro: Músicos y portadores de estandartes.

Noveno cuadro: Julio César en el carruaje.

Décimo cuadro. De otro autor; perdido: Los senadores (copia invertida; grabado).


También figuran obras capitales de Rafael, Andrea del Sarto, Correggio, Tiziano y un largo etcétera. Aunque la operación supuso un quebranto para el patrimonio artístico italiano, fue indirectamente positiva para las propias pinturas, pues se libraron del saqueo que sufrió la colección de los Gonzaga en 1630.

Carlos I enriqueció su colección con más incorporaciones: recibió como obsequio del ayuntamiento de Núremberg el famoso Autorretrato de Durero, del Museo del Prado. 

Y añadió los Cartones de Rafael, modelos para una mítica serie de tapices de la Capilla Sixtina.

A la muerte del rey en 1649 sus bienes se dispersaron; algunos cuadros de gran valor pasaron a manos de acreedores de la casa real, quienes los malvendieron en muchos casos para conseguir dinero en metálico. Varias cortes europeas, como las de Madrid y París, mantuvieron a embajadores y emisarios en Londres al tanto de los bienes reales que iban saliendo al mercado y pugnaron entre sí para conseguir los mejores. Ello explica que el Museo del Prado posea actualmente varios de ellos. Quedaron fuera de la dispersión las citadas series pintadas de Mantegna y Rafael, que el nuevo régimen de Oliver Cromwell decidió retener y siguen perteneciendo a la Royal Collection.

Entre enero y abril de 2018, la Royal Academy of Arts de Londres reunió parte de la antigua colección del rey en una exposición -Carlos I: rey y coleccionista- calificada de irrepetible, con préstamos de museos como el Louvre de París, el Prado, el Mauritshuis de La Haya, entre otros.

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El convulso reinado de Carlos I provocó una guerra civil, conocida como Revolución inglesa, que terminó con la destitución y posterior ejecución del monarca, seguida por la proclamación de la Mancomunidad de Inglaterra, que convirtió al país en una república administrada por el Parlamento. 

En 1653, Oliver Cromwell dio un golpe de Estado e instauró el Protectorado bajo el título de Lord Protector. El cargo se hizo hereditario de facto cuando pasó a Richard Cromwell tras la muerte de su padre en 1658. No obstante, el “Comité de Salvaguarda” lo destituyó.

Oliver Cromwell by Samuel Cooper – Richard Cromwell by Gerard Soest

La monarquía fue restaurada formalmente después de un año de anarquía, cuando Carlos II volvió de Francia aceptando la Corona. Tres años después de ascender al trono su hermano católico Jacobo II, el Parlamento lo destituyó y ofreció la Corona a la hija del destronado, María II, y al esposo de ésta, Guillermo de Orange, lo que se conoció como la Revolución Gloriosa. 

Todos los católicos fueron apartados de cualquier sucesión futura por el Acta de Establecimiento de 1701. Ana Estuardo fue la última reina de Inglaterra y de Escocia, ya que esos títulos dejaron de existir junto con los reinos independientes de Inglaterra y de Escocia, que en 1707 -Acta de Unión- se fusionaron en el nuevo Reino de Gran Bretaña.

Godfrey Kneller (1646-1723) (after) - Queen Anne (1665–1714). National Trust

Ana Estuardo. Londres, 1665 – 1714. Reina de Inglaterra, Escocia e Irlanda, desde el 8 de marzo de 1702 y de Gran Bretaña e Irlanda desde el 1 de mayo de 1707, fecha en la cual Inglaterra y Escocia se unen en un solo reino, hasta su muerte. Ana se convirtió en la primera soberana de Gran Bretaña y la última soberana británica de la casa de los Estuardo. La sucedió en el trono su primo segundo, Jorge I, de la Casa de Hannover.

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jueves, 26 de enero de 2017

III/III Borbón-Vallabriga • “Contra vosotros naciendo” • Calderón de la Barca


Carlos III y su hermano, el infante don Luis de Borbón

El infante don Luis de Borbón, hermano menor de Carlos III fue hecho cardenal desde la infancia. No conforme con aquella condición, presentó su renuncia a los 27 años, solicitando posteriormente, permiso para contraer matrimonio, algo que le fue concedido, con condiciones: No permitiendo las circunstancias actuales –decretó Carlos III-, el proporcionar matrimonio al Infante don Luis mi hermano con persona igual a su alta esfera… Vengo a concederle permiso para que pueda contraer matrimonio de conciencia, esto es, con persona desigual, según él me lo ha pedido. 

Bajo tales premisas, a los 49 años, se casaba por fin don Luis, pero a costa de perder su nombre familiar y sus derechos sucesorios, además de contraer la obligación de vivir en el destierro, sin acceso a la corte, condiciones que igual que a él, afectaron a sus esposa y a sus hijos. 

Su delito, pues, fue nacer hermano de un monarca que temía por su herencia, y renunciar al celibato cuando este ya tenía un heredero, para el cual, según se supone, don Luis podría convertirse en una amenaza, algo que, casi con toda seguridad, él nunca se propuso.
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Un buen número de historiadores, sostiene que durante el reinado de Carlos III, no había ninguna ley vigente que permitiera reclamar la Corona a un hermano en detrimento de un hijo, porque este último fuera nacido y criado en un reino extranjero. De hecho, ya había ocurrido que un hermano reclamara la corona por las armas, sin que se diera esa circunstancia en los hijos, y no pasará demasiado tiempo para que el infante Carlos María Isidro emprenda la guerra para acceder a la corona que Fernando VII legará a su hija Isabel II, en este caso, sin alegar su condición de extranjera, sino su condición femenina. Se deduce, pues, que ante situaciones como la presente, las actitudes se imponen a la legislación, existente o no, pero que, en todo caso, parece siempre incompleta y susceptible de interpretaciones opuestas.

Ahora bien, si esa norma no existía, ¿a qué obedeció la obstinación de Carlos III por neutralizar a su hermano, el Infante don Luis, por todos los medios a su alcance, incluido el destierro, que este sufrió, de hecho, hasta su muerte; más la obligación de casarse con una mujer que no fuera de sangre real –esto sí estaba legislado–, y la pérdida, por ello, del nombre familiar, los derechos sucesorios, etc?

Recordemos que, si bien don Luis acompañaba al rey, en sus habituales jornadas de caza, su esposa y sus hijos tenían prohibido acercarse a menos de 40 kilómetros de la residencia real, por lo que jamás pusieron un pie, no sólo en palacio, sino en la Corte, en el sentido territorial del término.

¿Había dado el infante alguna muestra de rebeldía, o expresado la más lejana intención de reclamar para sí el trono? Parece que no; al menos no hay constancia de ello. Se muestra en sus misivas de una sumisión total… Parece su lacayo. Pero el destino, tan frecuentemente tildado de irónico, por la misma voluntad real que alejó al padre de la Corte, introdujo en ella a los hijos, si bien, a la larga, resultó una decisión tan desafortunada como la primera.

El vuelco del destino se produjo cuando Carlos IV y María Luisa, casaron a María Teresa Vallabriga, la hija mayor del infante exiliado, ya fallecido, con el gran favorito, Manuel Godoy, pasando, sólo desde aquel momento a llamarse como le correspondía, María Teresa de Borbón Vallabriga, nombre que también se devolvió a sus hermanos.

Es evidente que, después de que abandonara el cardenalato,  Carlos III, obligó a su hermano a contraer matrimonio morganático con María Teresa Vallabriga, de sangre noble, pero no real, a la que el infante no conocía y después de haber pedido, en vano, la mano de su sobrina la Infanta María Josefa, hija mayor de Carlos III. Hizo todo lo que pudo este monarca para convertir a su hermano en un enemigo, y sólo el aislamiento de este y, probablemente su falta de energía, evitaron, quizá, una guerra –caso nada raro–, en pro de los derechos de uno u otro, por más que estos siempre fueran disfrazados de causas nobles y beneficiosas para los súbditos.

María Teresa Vallabriga. Goya, 1783. Museo del Prado

La diferencia entre la intransigente actitud de Carlos III, frente a otros monarcas que actuaron de modo más contundente, radica en el hecho de que, en casos anteriores, los hermanos se habían rebelado con armas contra el derecho de los hijos –recordemos al hijo de Alfonso X El Sabio –Sancho IV– y a sus nietos, los Infantes de La Cerda–; en la presente ocasión hay que insistir en el hecho de que no consta que el Infante don Luis se hubiera propuesto jamás hacer nada parecido, pero también consta que aun siendo así, Carlos III le cerró, sin piedad, todas las puertas que pudo, sin que hasta la fecha se conozcan con exactitud las verdaderas razones de su actitud, que quizás no respondiera más que a la vieja expresión castellana de por si las moscas…

En el resumen que sigue, aparecerán numerosos textos en cursiva, los cuales proceden en su mayor parte, del completísimo trabajo de J. M. López Marinas: El infante don Luis de Borbón su familia y Goya.

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Don Luis había venido al mundo con todos los requerimientos legales, en el segundo matrimonio de su padre, Felipe V, con Isabel de Farnesio. El evento fue debidamente hecho público por medio de la Gaceta de Madrid del martes 29 de Julio de 1727:

El viernes 25, de este mes, día del Apóstol Santiago, Patrón de España à las seis de la mañana, dio à luz breve, y felizmente la Reyna nuestra Señora un hermoso, y robusto Infante, que luego al punto recibió el agua del Santo Bautismo, con los nombres de Luis Antonio Jaime; aviendo sido testigos de este grande y dichoso sucesso el Nuncio de S. Santidad, y los Embaxadores de Coronas, los Gefes de la Casa Real, y otras Grandes y Señores, aunque algunos de los convocados para esta ceremonia no pudieron llegar a tiempo, por la brevedad del parto. El Rey nuestro señor le dexó ver en la Antecámara de Palacio, en donde los Señores le besaron la mano y fue cumplimentado por los Ministros Estrangeros: quedando unos y otros muy regocijados de vér á S.M. tan convalecido de su passada indisposición. La Reyna queda buena, y sin el menor accidente de los que suela sobrevivir en casos semejantes; y el recien nacido Principe se empieza á criar con claras muestras de una perfecta constitución.

No podemos olvidar, sin embargo, que se trata del séptimo hijo varón del monarca, y que ya no quedaban posesiones que él pudiera heredar.


Jean Ranc (1731) Retrato del infante Don Luis Antonio de Borbón. 
Museo del Prado.

Se optó, pues, por la carrera religiosa, acompañada de importantes fuentes de ingresos, a cuyo efecto, teniendo el infante seis años, su padre hizo pedir para él varias encomiendas de cuatro órdenes militares, más el hábito de Santiago, todo lo cual le fue concedido a pesar de su edad, asegurándole, en conjunto, una cifra cuya equivalencia se calcula alrededor de ciento sesenta millones de Euros, de cuya administración se encargaría Aníbal Scotti, un hombre sabio, pero poco práctico, que probablemente instruyó a don Luis con sus amplios conocimientos de arte y de quien el embajador de Luis XIV en Madrid dijo que, si bien, era, de carácter indefinible, loco, visionario en exceso,[…] También era: poeta, historiador, orador, arquitecto, geógrafo, matemático, político, tocaba todas las artes y oficios.., sin duda influiría en la formación de don Luis y su interés por el arte, biología y botánica, tan propio de su tiempo, rico en descubrimientos y clasificaciones de carácter científico.

El año siguiente, el rey solicitó también para él el Arzobispado de Toledo, que se le concedió después de muchas dudas, el 15 de diciembre de 1735, a pesar de ser menor de edad, considerando que la corona de España era, quizás el más firme apoyo del Vaticano.

En todo caso, nadie discute a Carlos III, quien desde un principio, decidió dejar muy clara su autoridad, como lo hiciera asimismo su medio hermano, Fernando VI, de acuerdo con la siguiente anécdota. Tras la muerte de Felipe V, en 1747 el nuevo rey ordenó a su madrastra, Isabel de Farnesio –la madre de Carlos III–, que se trasladara al Real Sitio de La Granja, cuya propiedad ella había recibido en herencia de su marido. Isabel, que no se mostró muy conforme con semejante decisión, escribió a Fernando VI que antes del traslado debía consultar a sus hijos y al rey de Francia. El nuevo rey, respondió ásperamente y sin paliativos: –lo que yo determino en mis Reinos, no admite consulta de nadie antes de ser ejecutado y obedecido.

Francesco Battaglioli. Palacio de Aranjuez.  1756. Museo del Prado

Volviendo a don Luis. Es sabido que tanto la profesión religiosa –aunque don Luis nunca fue ordenado–, como el matrimonio, son susceptibles de anulación, si habían sido forzados, como era el caso, siendo él menor de edad cuando se decidió su futuro. 

Como muy bien sabemos a estas alturas, don Luis no sentía la menor atracción por la vida religiosa y sí mucha por las mujeres. Aunque, parece que jamás se pensó en considerar su opinión, su malestar debió ser evidente, aunque él no se atrevió nunca a decírselo a su hermano, lo que no puede ni debe entenderse como una aceptación, sino simple, pero evidentemente, como miedo, porque temía la reacción del monarca y sus probables consecuencias: …no se atrevió jamás á exponer al Rey sus necesidades. Arrastráronle estas á algunos deslices, que le hicieron perder su salud, y habiendo procurado á los principios sostenerla con paliativos a fin de ocultar su estado y no faltar á la compañía de su hermano, le fue preciso no acompañarle por más de qüarenta días para restablecerse radicalmente, como lo logró.
 Fernán-Núñez, Compendio. 

[Título completo: Fernán-Núñez, Conde de (1791), Compendio histórico de la vida de Carlos III Rey de España y de las Indias. La escribió para sí y para sus hijos á quienes la dedica Carlos Joseph Gutiérrez de los Ríos y Rohan XXII Señor y VI Conde de Fernán-Núñez siendo Embaxador extraordinº y Plenipotº de S.M. en la Corte de París año de…. Tomo II.]

Pido respetuosamente a Vra Santidad –escribía finalmente el infante al papa, Benedicto XIV, en 1754–, me conceda las dispensas que son necesarias, teniendo a bien que le debuelva el Capelo con que quiso condecorarme.

E. Rúspoli, descendiente actual de don Luis, escribe al respecto: La ausencia de vocación religiosa y la atracción hacia los placeres terrenos, especialmente los carnales, fueron determinantes en su decisión, que muestra una finura ética muy superior a lo habitual en su época, en la que era moneda corriente el príncipe de la Iglesia hedonista rodeado de una corte sensual y brillante.

Por su parte, Tortella, al abordar el mismo asunto, dice: Simplemente, el infante confesaba que nunca había sentido inclinación por la carrera eclesiástica y deseaba seguir un camino distinto al elegido por sus padres para él. Luis añoraba irrefutablemente ser como los demás, amar, expresar sus sentimientos y gozar de las naturales expansiones sexuales. 

Ambos autores parecen comprender claramente la actitud del desgraciado infante, sobre el cual pesaron los temores de Carlos III de manera tan cruel e injusta.

El Infante D. Luis tiene una afición a las mujeres, y, enterado de ello el Rey, tomo medidas para acabar con este desorden. 

Curóse el Infante de una enfermedad muy común en España, y todo pasó sin escándalo. Pero habiendo descubierto el cura de Palacio que el Infante, arrastrado por su temperamento, tenía a su disposición tres mujerzuelas, con quienes se solazaba sin que el Rey lo supiera, cuando con él iba de caza, se lo participó al confesor de Su Majestad, que se lo dijo al Monarca, añadiendo que, en conciencia debía poner a esto pronto y eficaz remedio. 

El Rey dio al confesor plenos poderes para que así lo hiciera, y el buen fraile empezó por detener a varios criados de D. Luis; descubrió a los que le servían de terceros en sus amores; condenó a unos a presidio en Puerto Rico; desterró a otros por tres y seis años a sesenta leguas de la Corte; alejó también y castigó con más o menos severidad a las mujeres, y a sus padres como cómplices, y se permitió echar un sermón al Infante en los términos más duros, obligándole a pedir perdón al Rey, su hermano. 

De aquí resultó que no quedó en España nadie que no supiera una aventura que debió quedar de todos ignorada. Álvarez de Linera.

Antonio González Ruiz (1750-1760). Retrato del Infante D. Luis. Col. Part.

Ya liberado de sus responsabilidades cardenalicias, el infante siguió viviendo muy de cerca los avatares de la familia real, asistiendo, parece que a su pesar, al final de la enfermedad de la que moría Bárbara de Braganza, así como a los gravísimos accesos de locura de su viudo, Fernando VI, agudizados tras la muerte de esta, a la que, siguió en muy poco tiempo. De todo ello informaba muy puntualmente a su madre.

Dios la aiga perdonado –escribió refiriéndose, precisamente, al fallecimiento de Bárbara de Braganza, el 27 de agosto de 1758–, pero creo que seguramente que es ella la que nos acía todo el mal, pues bien se ve en su testamento que no se ha acordado de nosotros si no de la chica de mi hermano Phelipe esto es todo lo que ai. 

Poco después, el 29 de mayo escribía sobre Fernando VI: tiene enteramente perdida la cabeza y que si en algun momento esta en razon es un relámpago. 

Fernando VI murió el 10 de agosto de 1759. Probablemente sí tuvo relámpagos de lucidez, pues en ocasiones, parece que la consciencia de su estado le llevó a realizar más de un intento de suicidio.

Gaceta de Madrid; 14 de mayo de 1759:

El Viernes diez de este mes a las quatro y quarto de la mañana, tuvieron su indispensable término los males de nuestro amado Rey Don Fernando el sexto, y lograron eterno premio sus notorias virtudes. Después de haver aprovechado un feliz intervalo de sosiego, que le concedió la Divina Clemencia. Confesándose muy a satisfacción del Cura de Palacio Don Joseph de Rada, que le administro el Sacramento, y ya en mayor riesgo el de la Extrema-Unción.

Apenas falleció el Rey nuestro Señor Don Fernando el Sexto se despacharon Correos con esta noticia, no menos importante, que funesta, al Rey nuestro Señor Don Carlo Tercero, Rey de las Dos Sicilias, y á la Reyna Madre nuestra Señora, Governadora de estos reynos hasta el arribo del Rey su Hijo.

Carlos III fue proclamado el 11 de septiembre de 1759.

Las ocupaciones de la corte son casi todos los días las mismas. Mientras está en Aranjuez, el rey se divierte ordinariamente pescando hasta la mitad del día, regresa entonces para comer en público, como todos los otros miembros de la familia real.


Carlos III comiendo ante la Corte. Paret y Alcázar

Después de haber comido tiene una corta conversación con los ministros extranjeros; estos se tiran a continuación al jardín, y él, a eso de las tres o las cuatro de la tarde, acompañado del príncipe, a veinte o treinta millas a cazar, y procura esa diversión, todo el tiempo, mientras hay luz para ver. J. Towsend, Viajero inglés.

El príncipe don Luis, hermano del rey, es de un carácter suave y complaciente. Tan apasionado por la caza como su hermano, pasa con él su vida en los bosques y en la habitación de su madre. 

Ha nacido sin ambición, porque pudo ser rey de España a la muerte de su hermano Fernando: los votos de la nación le llevaban a ello; los españoles temían a un rey educado en medio de los italianos. 

Don Luis tuvo entonces la probidad y la dulzura de carácter de no dejarse persuadir; su recompensa es interior: goza de la amistad de su hermano, al cual está muy unido. Por otra parte, no se mezcla en ningún asunto, y no solicita jamás nada. En fin, tiene todas las cualidades requeridas en el hermano de un rey para que la paz no se vea turbada. 
Documento sin firma
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El 11 de julio de 1766, hallándose la corte en Aranjuez, fallecía Isabel de Farnesio, a los setenta y tres años, ocho meses, y diez y seis días de su edad rodeada y llorada de sus amados Hijos y tiernos Nietos. Nombró heredero universal a su hijo mayor Carlos, quien debía disponer de la herencia de sus hermanos. 

En cuanto a don Luis: …por si su ausencia de la Corte del Señor Rey Fernando VI pudo obstar a su mejor establecimiento o medro, es mi voluntad indemnizarle en la forma que puedo mejorándole en tercio y quinto, comprendidos en ellos el bosque, fábricas y jurisdicciones de Rio frio, la casa, accesorias y territorio que compré al Marqués de la Ensenada en el barrio o arrabal que llaman del Barquillo en Madrid y fábricas que allí se construyeron a mi orden.

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Luis Paret. La Puerta del Sol (Madrid) 1773

Diez años después, don Luis se casaría, finalmente, el 27 de junio de 1776 en Olías del Rey, con la mayor discreción, escaso cortejo y la presencia del Arzobispo de Toledo. El infante tenía 49 años y su mujer 17. 

Su alejamiento de la Corte provocó que vagara sucesivamente entre Velada y Cadalso de los Vidrios, hasta fijar su residencia en Arenas de San Pedro, donde se hizo construir un palacio en el que se instalaron y donde, si bien el infante podía entretener sus jornadas con la caza, su mujer no encontraba nada interesante que hacer.

Gregorio Ferro. Retrato de Luis María Borbón Vallabriga

El 22 de mayo de 1777, en Cadalso de los Vidrios, tras un parto seco y algo travajoso, nació el primogénito, Luis María Vallabriga. Un segundo hijo varón nacía en Arenas el 6 de marzo de 1779 que murió el día 15 de diciembre siguiente.

La tercera hija fue María Teresa Josefa, que ya nació en Velada el 26 de noviembre de 1780 a la que seguiría María Luisa Fernanda Norberta, nacida el 6 de junio de 1783.

Aquel año, Goya se instaló temporalmente en Arenas: 

Querido Hijo mío acabo de llegar de Arenas y muy cansado. Su Alteza me a hecho mil onores, he hecho su retrato, el de su señora y niño y niña con un aplauso inesperado por aber hido ya otros pintores y no aber acertado a esto: He salido dos bezes a caza con su Alteza y tira muy bien y la ultima tarde me dijo sobre tirar a un conejo este pintamonas es aun mas aficionado que yo. He estado un mes continuamente con estos Señores y son unos angeles, me an regalado mil duros y una bata para mi mujer toda de plata y oro que bale treinta mil reales, según me dijeron alli los guarda ropas. Y an sentido tanto que me aya ido que no se podian despedir del sentimiento y con las condiciones que abia de volver lo menos todos los años. 

Al final, añade: Esto resérvatelo porque no está aun despachado y es que he merecido de su Alteza le dé una capellania de Chinchón a Camilo –hermano de Goya–, conque no falta entender la gracia para tomar posesion a Dios hijo mio no puedo mas.
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El infante, apenas pudo disfrutar de la existencia de sus hijos, pues habiéndose casado ya de buena edad, murió muy pronto, el 7 de agosto de 1785. 

Su fallecimiento fue seguido del alejamiento de los hijos, que sin duda, todavía seguían constituyendo una amenaza como su padre. Ocho días después de su muerte, Carlos III separaba al hijo mayor –8 años apenas–, de la madre y lo confiaba a la tutela del cardenal Lorenzana, arzobispo de Toledo, en cuyo palacio residiría y sería educado. 

Las niñas –seis y dos años  respectivamente–, pasaron a residir en Toledo, también bajo custodia del cardenal, en el convento de San Clemente. La madre, por decisión real, tuvo que quedarse en Arenas, hasta que el año siguiente, Carlos IV le dio licencia para irse a vivir a Zaragoza.

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El mismo día del fallecimiento del infante, 7 de agosto de 1785 escribía María Teresa al rey:

Señor: Abrumada en lo más profundos sentimientos de aflicción y amargura por la gran pérdida de mi amado esposo el Infante Don Luis a quien Dios ha servido llevar para sí a las seis y cuarto desta mañana, me postro humilde y rendidamente a los reales pies de V.M. suplicándole respetuosa y encarecidamente que por todos los motivos que han alimentado el fraternal amor en el piadoso corazón de S. M. se digne a mandar y disponer quanto le haya pertenecido por todos términos, como sobre esta pobre afligida viuda y sus tiernos hijos que se acogen muy confiadamente baxo el amparo y real protección de V.M. Arenas, 7 de agosto de 1785.

También se dirigió a Floridablanca:

Mui Sor. Mio. Por el adjunto memorial se servirá V.E. ver el justisimo motivo de aflición y desconsuelo en que me hallo por haver perdido a mi amado esposo el Infante Don Luis; suplico a V.E. postrándome con mis hijos a sus reales pies y esperando el buen corazón de V.E. que nos tomara a todos baxo el apoyo de su poderosa intercesión y me advertirá cualquier obligación que yo deba cumplir. Arenas, 7 de agosto de 1785

Se le dijo que debía permanecer en Arenas hasta nueva orden.

Quedo enterada de ser voluntad del Rey que yo permanezca en este pueblo hasta nueva resolución; y buelvo a pedir a V.E. me haga la honra de presentarme a los Pies de S.M. como la más rendida y humilde para obedecer esta real orden. 
Arenas, 11 de agosto de 1785.

Comunicaba Carlos III cardenal Lorenzana: 

Por lo mucho que debe interesarme la educación de D. Luis de Ballabriga y de sus hermanas, he resuelto que la dirixa el muy Reverendo en Christo Padre Arzobispo de Toledo, Primado de las Españas, en quien, sobre las altas prerrogativas de su Dignidad, concurren todas las prendas y qualidades personales correspondientes a esta y mayores confianzas. …que estén siempre a disposición del Arzobispo dicho D. Luis y sus hermanas, y estos se conduzcan, coloquen y eduquen donde, como y por quien el mismo Arzobispo dispusiere, y a su vista, sin contradicción y reparo.

La decisión le fue comunicada a la madre por Floridablanca y por el propio Lorenzana en carta fechada el 17 de agosto. De hecho, no sólo era separada de sus hijos sino que no se le permitía tomar ni discutir decisiones sobre ellos.

Ella sufrió con especial angustia la separación de Luis María, pero no parece que sintiera la misma contrariedad con respecto a la niñas. Al parecer, fue tal su disgusto que -tuvo que sangrarse, irritada no por la ausencia de los hijos, como ella dijo, sino por otras cosas, esto es, por no tener al lado del Señorito un espía que la participase quanto ocurriese. La Señora es de un genio sumamente fuerte y propio de su país y Dios quiera no precipite-. Informó el enviado, pariente del cardenal.

Finalmente el día 18 de septiembre salieron tres carruajes de Arenas hacia Toledo. María Teresa no acompañó a sus hijos. De nada servía su enfado, cualquiera que fuera el motivo, frente a una decisión real inamovible, estuviera justificada, o no. Las niñas permanecerían en el convento de San Clemente doce largos años. Luis María, con su ayo y su maestro, se dirigió al Palacio Arzobispal. Prescindiendo de cuanto pudiera suponer un elemento de lujo, propio de la familia a la que en realidad pertenecían, Carlos III exigió que sus sobrinos sólo tuvieran a su disposición, lo decente y preciso. 

Luis aprendió latín, geografía, dibujo, matemáticas, música; interpretación de violonchelo, francés, italiano, derecho, filosofía y teología, física, lógica y moral. Sus hermanas piano, francés leído, algo de latín, gramática y doctrina cristiana.

El 14 de diciembre de 1788 moría Carlos III. Las hijas del infante salieron con motivo de la coronación de Carlos IV y estuvieron con los reyes solas con mucho cariño y contento de verlas y les gusto lo bueno y hermosas que estaban. 

Curiosamente, para entonces se supo que algunos objetos del gabinete de historia natural, y algunos de los libros de la biblioteca de don Luis se estaban vendiendo. De ello fue informado el cardenal.

He sabido con mucho dolor que se están vendiendo separadamente y a nuevo las cosas del Gabinete de historia natural que era de S.A. El Sr. Vallejo ha traido por una friolera algunas. Como hai en él varias máquinas y curiosidades que pudieran en tiempo servir a este Sr. –el hijo del Infante-, veo con lástima que se extravíen de este modo y que después aia de comprar por un precio excesivo. A mi me parece que harán lo mismo con la biblioteca y Monetario y no sería menester más que S.E. el Cardenal, lo pidiese al juez de la Testamentaría para don Luis María, pues no hai que esperar nada favorable del que llaman Curador ad Litem.

A pesar de las medidas tomadas, parece ser que desaparecieron algunas piezas importantes antes de llegar a manos de Luis María.

El 30 de julio de 1794 llegaron al palacio arzobispal de Toledo cinco carros que transportaban treinta y siete cajones de libros procedentes de Boadilla. Poco después llegaba también la primera remesa de objetos del gabinete de historia natural. Traxeron como sesenta cajas de cristal con diferentes aves.

Finalmente, el conjunto de desmembró y dispersó. La Biblioteca Provincial, el Instituto de Enseñanza Media –Palacio Lorenzana-, la biblioteca pública de San Ildefonso y la Casa de Cultura de Toledo, en un primer momento, y después, la Biblioteca de Castilla-La Mancha, han contenido sucesivamente parte de aquellos fondos, hasta hace relativamente muy poco tiempo. 

Luis María progresaba en los estudios. Su paje, García Aguado, dice que llegó a leer con velocidad y buen sentido, a escribir con expedición y linda forma y ortografía y a poseer el idioma latino con más que regular perfección. Igualmente avanzaba con el cello, geografía, dibujo, matemáticas, francés e italiano, a pesar de que su natural apatía y timidez, comparable a la de la dama más melindrosa, le hacía mirar con poco apego cualquier ocupación que no fuese sedentaria y que hubiese de violentar su carácter.

En 1788, cuando Carlos IV llegó al trono, María Teresa Vallabriga, pensando que su situación podría mejorar, escribió al nuevo rey ofreciéndole varios elementos de las residencias de Boadilla y Chinchón, incluyendo algunos terrenos y el Gabinete de Historia Natural. Pero al no recibir contestación en ningún sentido, insistió en otros aspectos:

Mis hijos, la privación de mis hijos, Señor Exmo., su memoria es un grito interior a que ya no alcanzo a resistir. Mi confinación en una soledad sin los auxilios precisos para las necesidades de la vida, en un entredicho civil perpetuo, a que es consiguiente el quebranto de la salud, agrava aquella primera pena como se dexa comprender.

En esta ocasión, le fue concedido el traslado al lugar donde ella quisiera residir, a la vez que se le duplicó la pensión que percibía. Optó entonces por instalarse en Zaragoza.

En agosto de 1793 Luis María era nombrado Arcediano de Talavera y el 17 de marzo de 1794 Godoy comunicaba a Lorenzana que por Real Decreto Luis María había sido nombrado Conde de Chinchón, título que le correspondía por herencia paterna.

En marzo de 1797 Lorenzana fue enviado a Roma, de donde ya no volvió. Godoy escribió en sus Memorias refiriéndose a él: comprometía la paz del Gobierno y dañaba en gran manera al objeto que me propuse de cerrar en los lindes del Evangelio la autoridad del Santo Oficio.

Se nombró como gobernador de la diócesis a un sobrino de Lorenzana, quien cuidó del Señorito, según convenía a la solicitud del fallecido.

Para entonces, Godoy ya tenía mucho peso en la corte de Carlos IV, hasta el punto que el monarca, sin duda inducido por la reina María Luisa, organizó su boda con María Teresa, la hija mayor del infante don Luis. 

Escribe Godoy en sus Memorias, no sin cierto cinismo, dando a entender que estaba sometido a la voluntad de los reyes, cuando la realidad era todo lo contrario: 

Carlos IV lejos de ceder a mis ruegos, me enlazó a su familia. Su designio fue hacer desesperar a mis contrarios de apearme de su gracia, y elevarme a tal altura donde sus tiros no alcanzasen. Este enlace fue obra de su voluntad absoluta, no de otro modo que lo había sido mi entrada al Ministerio. Carlos IV ordenó de tal modo la celebración de este matrimonio, que entre imponérmela y comunicar al Consejo el decreto relativo a ella, no medió tiempo. Yo le obedecí en este asunto con igual lealtad y sumisión que en los demás actos de mi vida. Y comunicó su aceptación por medio de una carta con fecha 15 de agosto de 1797.

Mi Exm Amo y dueño. 
Llegó el tiempo de decidirme, y ps no he de dejar el Ministerio porque el Rey no quiere condescender a mis ruegos, paso a conformarme con el estado santo del matrimonio. S. M. quiere darme una de sus primas, hijas del Infte D.n Luis. Vm. vé las ventajas que me produce este enlace: vamos pues a efectuarle; pero como el Arzobispo, a cuya direccion estaban encargadas se halla ausente tendremos que apelar al Gobernador del Obispado, etc..  

Y, una vez sellado el acuerdo en el mayor secreto, Godoy, escribió a María Teresa el 26 de agosto de 1797:

Muy Sra mia

... la voluntad de V. de consentir en un estado q. no puedo mirar sino como el mas feliz. 

V. Sra. ignora las qualidades morales q. me adornan, ya que las físicas no quiera hacer un análisis, persuadiéndome justamente de q. cosa hecha por el Rey no puede menos de combenirla y corresponderla; la opinión que me han dado mis obras ¿pudiera suplir al trato de que nos a privado nuestra situación?, ¿ha llegado la noticia de V. alguna especie de las q. realzan mi nombre?. Deseo Señora q. antes de convenir V. en admitirme por su Marido mire, piense bien si en mí se reunen todas las prendas que deben confrontar a sus ideas y pues q. mi destino no permite me separe un instante de los pies de SS.MM. tómese V. la pena de examinar ese Retrato algo parecido al original y decidirá sin rubor si la figura no la agrada.

En aquel momento, era ya Godoy el hombre más poderoso del reino y, sin duda, uno de los más ricos, pero el matrimonio con María Teresa le serviría para entrar a formar parte de la familia real, a la vez que serviría a la reina, para retener a su favorito lo más cerca posible –sin que esto signifique insinuar nada más que lo que estrictamente dice–.

Retrato de Manuel Godoy, Príncipe de la Paz, como generalísimo,
en la Guerra de las Naranjas. Goya. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

El matrimonio se celebró por poderes el 11 de septiembre de 1797 en la capilla del Palacio Arzobispal de Toledo, asistiendo Luis María con poderes de Godoy, quien por alguna razón incomprensible, no estuvo presente. Se ratificaría el 2 de octubre siguiente en El Escorial; Godoy tenía 30 años y, María Teresa 18 en aquel momento, a partir del cual, compartiría la vida del super ministro, con Pepita Tudó, el verdadero amor del Valido.

Vicente López. Retrato de Josefa Tudó. Fundación Lázaro Galdiano

Los primeros años del matrimonio parece que transcurrieron sin problemas, a pesar de la presencia permanente de Pepita. Por una carta de la reina a Godoy, con fecha 25 de septiembre de 1799, sabemos que María Teresa está embarazada.

…quanto nos alegramos el Rey y yo amigo Manuel con la confirmación que nos das de ir a cumplir tu muger los tres meses, nadie como tu cumpliras las obligaciones de un buen Padre, mira q. el Rey y yo seremos Padrinos de lo que diese a Luz, ay! Manuel por todos motivos lo celebramos mucho.

El nacimiento se produjo el 7 de octubre de 1800 y Godoy comunicó la buena nueva a los reyes inmediatamente.

La sorpresa y el placer embotan los sentidos, y las palabras son muy pequeñas para corresponder a las Grandes obras de mi Soberano; los Padres de esta inocente destinada pr. V.M. a ser Aijada como lo han sido los qe. le han dado el ser; sabran Señor acostumbrarla a qe. solo reconozca sus deveres y que su vida será suficiente para corresponder a los bienes qe. la han dispensado Vs.Ms. 

El nacimiento de su hija Carlota parece haber constituido una verdadera satisfacción para Godoy, que con mucha frecuencia mostraría gran interés por su salud y crecimiento, y a la que cariñosamente, llamaba la Mona.

Retrato de Carlota Godoy Borbón. Colección Palacio de Velada


Carlota Luisa de Godoy, de Luis de la Cruz y Ríos. Col. Part.

Pero no parece haber ocurrido lo mismo con la madre, si bien es necesario considerar que no hay demasiada documentación al respecto, a pesar de lo cual, María Teresa habría dicho alguna vez, que sólo la vista de aquella niña, le recordaba a su padre, al que para entonces, ya no podía ni quería soportar.

Tras el fallido intento de invasión por parte de Napoleón, Godoy se convirtió en enemigo oficial del emperador, aunque trató de mantener en el mejor estado sus relaciones con él, confiando en que si las cosas cambiaban, aún podría pretender la corona de Portugal, que para entonces se había convertido en el eje de sus sueños. Como Napoleón raramente declaraba sus intenciones, creyendo que podría medirse con él, Godoy mantuvo una actitud poco clara hasta que se produjo el golpe de Aranjuez. Entre tanto, contaba con la amistad de Luis María, que, como sabemos, se lo debía todo al impulso dado a la familia tras el matrimonio de su hermana. Consta que el Capelo de Luis María no fue solicitado en tanto que primo del rey, sino en cuanto cuñado de Godoy, y que por el mismo camino, llegaron las pensiones, títulos y derechos de sus hermanas.

Madrid y octubre 4 de 1802. 

Mi amadisimo hermano: Ningunos más afortunados que nosotros porque experimentamos de lleno tu amor y beneficencia. Luisita, que era la única que no tenía medios de qué subsistir con el decoro correspondiente, se halla ya con una pensión suficiente para ello. Tú se la has conseguido, querido hermano, a ti la debe; nosotros somos los que percibimos el fruto de tus desvelos y fatigas. Recibe, pues, mi corazón agradecido, y vive certísimo de que será eterno el amor y gratitud que yo te conservo, y de que sin intermisión rogará a Dios por tu vida y salud, tu amantísimo hermano. Luis

Michel Ange Housse (1720-1725). Vista del Monasterio de San Lorenzo de El
Escorial. Museo del Prado

Efectivamente, a raíz de la boda, Carlos IV autorizó a don Luis como a sus hermanas a llevar el apellido de su padre, a la vez que los hacía Grandes de España de primera clase, con carácter hereditario. Godoy fue también el artífice del traslado de los restos de don Luis al Escorial y de la dotación a la hermana menor, María Luisa, de una renta anual de diez mil pesos fuertes. Sorprendentemente, la madre de los tres, María Teresa Vallabriga, parece quedar al margen de todo estos eventos.

Más adelante, Luis María donaría a María Teresa el Estado de Chinchón y el Señorío de Boadilla: …ha reconocido que el peso, y, gravedad de las Sagradas obligaciones de su ministerio, y encargos, exijen se consagre enteramente á su desempeño sin embarazarse en la administración, y gobierno de Estado y Mayorazgos […] animado de estos Sentimientos, no menos que del tierno cariño que profesa a su muy amada Hermana la Excma. Señora Doña María Teresa de Borbón, Princesa de la Paz, que es sin disputa la inmediata sucesora del Mayorazgo, resolvió renunciarle con todas las obligaciones con que se halla, y pertenencias a su fabor. 

María Teresa se convertía así en la decimoquinta condesa de Chinchón.

Dadas las circunstancias, Godoy empezó a considerar que, a pesar de las múltiples ventajas que había supuesto su matrimonio, había llegado un momento, en que ya no le compensaba mantener ni aun la sensación de que tenía una familia feliz, aunque continuamente culpaba a María Teresa, no sólo de falta de amor, sino también de no mostrar el menor interés ni respeto hacia su persona. Curiosamente, no parece que Pepita Tudó saliera a la luz como causa del distanciamiento de ambos.

En 1804, María Teresa decidió marcharse a Toledo, para vivir con su hermano, dejando a su hija al cuidado de la reina; una decisión a la que esta se opuso rotundamente, aunque con los mejores términos que fue capaz de emplear.

Querida María Theresa de mi corazón –escribió-, el rey ni yo reprobamos tu ida a Toledo, pero no parece bien te vayas sin tu marido (aunque sea con tu hermano) no es decoroso, no digo a ti; pero a ninguna muger decente, irse así sola con tu familia, dejándonos aquí, y a tu marido y chiquita, nuestra aijadita, pero tampoco está en edad para irla llevando de un lado a otro. 

Así se lo puedes decir a tu marido y a tu hermano, y cree te queremos, por lo mismo no permitiremos más que lo que te convenga, y a tu decoro y el de tu marido, a quien saveis le deveis tú y tus hermanos y parientes, vuestra felicidad, pues a sus ruegos e instancias os véis como os véis; tenedlo siempre presente si quereis os continuemos siempre en proteger y querer. Adios querida Maria Theresa asta que nos veamos otro día. Luisa.

Godoy, entre tanto, no pierde oportunidad de quejarse a la reina de todo lo que hace y lo que no hace su esposa, a la que no duda en tachar de patética e indiferente: …la chica está muy buena, aunque no ha paseado por el mal día, pero su madre se desquita por las dos: pocas almas habrá tan patéticas e indiferentes, Dios la dé gloria y conserve su preciosa salud.

He encontrado a la chica de muy buen color, gruesa y alta de que se infiere que la ausencia de su madre es utilísima. 

–Mucho siento –le consuela la reina María Luisa-, que tu mujer guarde tanto silencio y sea tan callada con tus males y no se franquee contigo. 

Sorprende en gran manera el hecho de que la reina parezca compartir sin discusión el distanciamiento matrimonial de su prima, y lo critique, aunque sea discretamente, pero no aluda jamás a la existencia de Pepita Tudó, que aunque no esté documentado, pudo muy bien haber sido el motivo del desapego de María Teresa hacia su esposo.

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Para el otoño de1807, la reina pensó en casar a su hijo, el que sería Fernando VII, con la hija menor del infante don Luis, María Luisa, en tanto que cuñada de Godoy, pero sólo el rumor de tal proyecto, puso a casi toda la nobleza frente al Valido. 

Fue entonces cuando se produjo la fracasada conspiración de El Escorial, por la que Fernando VII pidió perdón a su padre, cuando, de hecho, se trataba de defenestrar al monarca y a su Valido. El tiempo hizo evidente, si ya no lo era en aquel momento, que el arrepentimiento del sucesor, no fue más que una mala farsa.

En 1808 se rumoreaba que Zaragoza iba a ser sitiada por tropas francesas, razón por la cual, la viuda, María Teresa Vallabriga decidió trasladarse a Mallorca, junto con su hija pequeña, María Luisa. Allí vivieron hasta 1814. Por la misma época, don Luis y su hermana María Teresa permanecieron en Toledo, colaborando con la resistencia anti francesa.

El 25 de noviembre de 1808, las diversas Juntas ya constituidas, incluida la de Toledo, crearon la llamada Junta Central, en la que estaban todas representadas, y cuyo presidente  fue el conde de Floridablanca, que sin embargo, sólo sobrevivió cinco días a su elección.

Goya. José Moñino y Redondo, Conde de Floridablanca.
A su derecha, el pintor y a la izquierda, los Planos del Canal de Aragón

Ante la llegada de las tropas francesas, la Junta Central se desplazó a Sevilla, y hacia el sur se dirigieron asimismo, María Teresa y don Luis. Llegaron a mediados de diciembre de 1808, pasando a instalarse en el Puerto de Santa María. 

La Junta inició sus funciones tras la primera semana de enero de 1809, firmando con Inglaterra un acuerdo de defensa contra Francia. No tuvo sin embargo este estamento mayor trascendencia, ya que las Juntas Provinciales seguían actuando de forma independiente y, además era duramente combatida por los absolutistas, que la consideraban demasiado liberal. 

Cuando las tropas francesas llegaron a Sevilla, la Junta hubo de desplazarse también a Cádiz, donde muy pronto se disolvería, dando paso, el 30 de enero de 1809, a la formación del llamado Supremo Consejo de Regencia.

La carencia de recursos de los hermanos Vallabriga, les obligó a solicitar una pensión de ayuda al Consejo, que este aprobó en la primavera de 1810. En el otoño del mismo año, las Cortes, ubicadas en la isla de León, asumieron la regencia y el cardenal de Borbón prestó juramento ante las mismas, acatando sus decisiones.

Más adelante, María Teresa optó por acompañar a su madre en Mallorca, ya que su hermana menor no soportaba bien el clima de la isla. Don Luis solicitó también permiso para reunirse con su madre, pero las Cortes no se lo concedieron, por lo que finalmente, decidió abandonar el reino, marchando al sur de Portugal. 

Al parecer, llevaba consigo las joyas de la catedral de Toledo, algo que le fue reprochado, por no entregarlas a la Junta, a pesar de que, antes de abandonar Toledo, había sido llamativamente generoso con esta, lo que a su vez le había costado reproches por parte del clero.

Don Luis permaneció en Portugal, con su hermana Luisa hasta mayo de 1812, cuando fue nombrado Consejero de Estado y volvió a Cádiz, donde juró la Constitución, ordenando que hicieran lo mismo todos los clérigos de la región. A pesar de las exigencias de buena parte del clero, aprobó la suspensión de la Inquisición, declarando que aquellos que defendían su existencia, serían responsables de hacer desaparecer la religión. 

Así, redactó una carta pastoral que hizo pública en enero de 1813, por la que pedía acatamiento al gobierno, porque: ¿Qué decretos ha dado nuestro legítimo Gobierno que puedan excitar dudas sobre su observancia? … por el contrario ha corroborado en el modo mas solemne, y con la mayor firmeza la existencia y lustre de la religión católica en las Españas.

Entre tanto, después de la batalla de Bailén, el ejército español vivió un período muy desfavorable, hasta la llegada de los ingleses. El 19 de enero de 1812 Wellington atacó desde Portugal, Ciudad Rodrigo, alcanzando un éxito destacado que le valió el título de duque de esa población. 

En diciembre de 1812 las Cortes abolieron la Inquisición por amplia mayoría, sustituyéndola por los Tribunales Protectores de la Religión, que actuarían en cuestiones puramente dogmáticas. El decreto se publicó el 22 de febrero de 1813 y el 31 de marzo Luis María emitió un edicto en el que se declaraba vigente el Índice de libros prohibidos, publicado en 1790, e incluso invitaba a delatar la posesión de libros de tal índole ante la Secretaría de Cámara. Esto chocaba frontalmente con la libertad de prensa que implicaba la desaparición de la Inquisición y ponía de relieve la ambigua actitud del cardenal. 

El 8 de marzo de 1813 las Cortes elegían a los tres miembros de la cuarta Regencia, entre ellos,don Luis, sobre el cual opina Príncipe [1]: …por lo que hace al cardenal, tenía á no dudar recto juicio y nada escasa instrucción, aunque no la firmeza necesaria en ciertas circunstancias difíciles, como lo prueba su momentáneo afrancesamiento en 1808. E insiste después: Sus virtudes como prelado, y su conducta como liberal mientras fue Regente del Reino le hicieron altamente notable, quedando así justificado el puesto á que le elevaron las Cortes, confiriéndole la presidencia ….
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[1] Cita López Marina dos obras de esta autor, cuyos títulos son muy reveladores: Príncipe, M. A. (1842-1847), Guerra de la Independencia: narración histórica de los acontecimientos de aquella época por D.…; obra pintoresca, adornada con más de mil grabados en madera y láminas litografiadas. Madrid. Imprenta del Siglo, a cargo de Ivo Biosca. 3 vols. Y en 1845, Tirios y Troyanos: historia tragicómica-política de la España del siglo XIX: con observaciones tremendas sobre la vida, hechos y milagros de nuestros hombres y animales políticos. Madrid. Imprenta de Pedro Mora y Soler. 2 vols.

Miguel Agustín Príncipe y Vidaud, Caspe, 11.10.1811-Madrid, 18.5.1863. Poeta satírico, dramaturgo y periodista. Licenciado en Derecho Civil y abogado en ejercicio, fue además. catedrático de historia y literatura en la Universidad de Zaragoza. Secretario de la Junta de Teatros del Reino y socio fundador del Instituto de España, del Liceo Artístico y Literario, del Ateneo de Madrid, de la Sociedad Económica de Amigos del País, de la Arqueológica Matritense y de la Sociedad Musical.
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El primer objetivo del cardenal fue conseguir que el clero obedeciera las órdenes emitidas por las Cortes y obtuvo un éxito relativo al lograr que el decreto de supresión de la Inquisición se leyese en las iglesias, aunque la realidad es que no todas las diócesis acataron lo mandado.

Tuvo que afrontar también la devolución a las órdenes religiosas de los conventos abandonados por las tropas francesas en su retirada. A pesar de que las Cortes establecieron ciertas condiciones mínimas para que se efectuara la misma, como, que la comunidad tuviese un mínimo de doce componentes; que el edificio fuese habitable; que no hubiese más de un convento en cada pueblo y que un escribano público autorizase la entrega. Los frailes, haciendo caso omiso de esas condiciones, ocuparon los conventos y monasterios.


Zacarías González Velázquez. Retrato del Cardenal de Borbón
Sala Capitular de la Catedral de Toledo

Los hechos en los que el cardenal no tomó la postura de la mayoría de los clérigos y del Vaticano, supusieron un desgaste notable para él, lo que aprovecharon los conservadores para emprender una campaña en su contra, aduciendo que no era competente en asuntos públicos y era incapaz de tomar decisiones al estar dominado por sus consejeros. 

Los liberales y la prensa de tal índole apoyaron a la Regencia, lo que le permitió mantenerse hasta la llegada de Fernando VII. Mientras, el hijo del infante don Luis intentaba conciliar el marco constitucional con el mantenimiento de ciertos privilegios del clero. (Rodríguez López-Brea: Don Luis de Borbón, el cardenal de los liberales (1777-1823).

La vuelta de Fernando VII dejó sin efecto todas las reformas efectuadas por los gobiernos liberales; se restauraron la Inquisición y la Compañía de Jesús, y se anularon todas las secularizaciones. El cardenal de Borbón tuvo que abandonar la diócesis de Sevilla y otros cargos, religiosos y civiles y, a partir de aquel momento, decidió, al menos, aparentemente, servir con fidelidad al rey su sobrino, el que, por cierto, no quiso invitarlo a su boda con Isabel de Bragança, su segunda esposa y sobrina, si bien don Luis le regaló más de un millón y medio de Euros. 

Desde el otoño de 1816, Luis María se instaló en su palacio de Puerta Cerrada con sus hermanas, donde residió hasta su fallecimiento, aunque pasaba largas temporadas en Toledo, visitando también, en ocasiones, Aranjuez y Boadilla.

Palacio de Puerta Cerrada, Madrid

El 29 de mayo de 1817 Luis María casó a su hermana María Luisa con Joaquín Melgarejo y Saurín, un fiel partidario de Fernando VII, del que era gentilhombre honorario. Melgarejo había participado activamente en el motín de Aranjuez, y fue uno de los que llevaron a María Teresa desde la casa de Godoy al Palacio Real. Fernando VII le otorgó el título de duque de San Fernando y Quiroga desde 1814.

Rosario Weiss. Los Duques de San Fernando de Quiroga. Museo del Prado

Para 1817, las cosas habían cambiado notablemente; en agosto la reina dio a luz a una niña y el cardenal fue invitado a las celebraciones correspondientes, aunque la niña vivió poco y Luis María supo de su pérdida por carta del rey, en la que le trataba de caro y muy amado amigo, al que tampoco dudó ya en invitar a su tercera boda, a la que don Luis asistió en calidad de testigo.

Entre tanto, seguía viviendo con su hermana María Teresa, mientras que su sobrina Carlota había sido enviada a Roma, donde vivía con su padre, Manuel Godoy.

El día 26 de febrero de 1820 murió finalmente, en Zaragoza, la triste y solitaria viuda María Teresa Vallabriga, dejando a sus tres hijos como herederos. 
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Sorprendentemente, leemos que Fernando VII realizó algunas consultas sobre la conveniencia de otorgar un indulto a los numerosos represaliados de sus primeros tiempos, pero con no menor sorpresa, resultó una oposición radical por parte de los obispos, de los que 23 no quisieron ni contemplar semejante posibilidad. Otros 15, sin embargo, abogaron por un perdón más amplio, con devolución de bienes, etc., y cinco recomendaron amnistía general sin cortapisas; entre estos últimos se hallaba don Luis María de Borbón Vallabriga.

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Cuando a primeros de Enero de 1820 se produjo el levantamiento del Teniente Coronel Riego, se proclamó de nuevo la Constitución de 1812, que Fernando VII juró el 9 de marzo:

…me habéis hecho entender vuestro anhelo de que se estableciese aquella Constitución que entre el estruendo de armas hostiles fue promulgada en Cádiz el año 1812 … He jurado esa Constitución por la cual suspirábais, y seré siempre su más fiel apoyo. Marcharemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional…

Dos días después, se creaba la Junta Consultiva Provisional, a cuyo frente se puso al cardenal de Borbón, que el 14 de julio juraba a su vez en presencia del Rey, y en compañía de los infantes Carlos y Francisco de Paula. De nuevo fue abolida la Inquisición y se paraliaron los trámites para el restablecimiento de la Compañía de Jesús. 

A pesar de sus aparentes opiniones en sentido contrario, don Luis consideraba que la Iglesia era la que debía decidir sobre los libros que debían o no leer los súbditos, por lo que se mostró partidario del Índice, aunque no intentó imponer su criterio, porque al mismo tiempo sostenía que  un obispo puede ceder ante el Gobierno si así lo recomiendan la paz y la armonía del Reino. 

El 26 de junio de 1820, el cardenal se reintegraba al Consejo de Estado, pero para entonces, su actitud se había vuelto tan ambigua, que nadie conocía exactamente su pensamiento, ni si persistía su ánimo liberal al cabo de los años. Cuando allí se debatió la petición de Godoy de volver a España, le fue denegada, si bien, se aprobó el retorno de su hija, siempre que fuera reclamada por la madre. En consecuencia, para enero del año siguiente, María Teresa y su hija Carlota volvían a encontrarse. 

Unos meses después, la hija se casaba con Camilo Rúspoli, un noble italiano al que conoció en Roma y que había combatido contra Napoleón en el ejército austríaco. Sorprendentemente, la boda se celebró en Madrid.

En cuanto a Luis María, parece que finalmente se completó su evolución hacia posiciones más conservadoras. Si en 1812 pedía obediencia ciega a la Constitución y en 1820, comprometiéndose más, proclamaba entusiasmado la total unidad de acción entre Iglesia y Estado constitucional, a finales de 1822, sin abandonar su habitual lenguaje de concordia, parecía poner mayor hincapié en la independencia de la Iglesia frente al intervencionismo del Estado. 

Los historiadores encuentran, cuando menos, difícil, definir el carácter de aquel hombre al que, todavía hoy, a pesar de algunos de sus actos más llamativos, es difícil clasificar en el aspecto político.

Contradictorio, dúctil, temeroso y pusilánime, pero siempre con un gran sentido de la oportunidad, el Cardenal bajo el peso de su capa, de su báculo y de su capelo no dejaba de ser un hombre como cualquier otro, hijo de su época y esclavo de los prejuicios de los hombres que le rodeaban.

Don Luis demostró lo que realmente era: un hombre lleno de dobleces, de prejuicios y de medias palabras, el perfecto fruto de la educación de un Palacio Arzobispal de Toledo en el que la hipocresía, el disimulo y el «prudente» silencio resultaba la mejor garantía para un rápido ascenso.

Rodríguez López-Brea
Don Luis de Borbón, el cardenal de los liberales (1777-1823)

El conde de Toreno, por su parte, escribió de él: …acendrada virtud, juicio muy recto e instrucción no escasa; mas criado en la soledad y retiro de un palacio arzobispal de España, era su cortedad tanta, que obscurecíanse casi del todo aquellas dotes, apareciendo a veces pobreza de entendimiento lo que tan sólo era falta de uso y embarazo en el trato de gentes.

Y añade R. López Brea: desprendido en lo material, generoso y algo austero, manirroto con los demás pero no consigo mismo, pulcro y limpio hasta la obsesión, y amante de la etiqueta; no mostraba resentimiento de palabra sino por el ceño; serio de rostro, como puede apreciarse en los retratos, lo que ha inducido a errores sobre su carácter; sólo tenía como diversiones el paseo y el juego del truco, siendo poco amante de las tertulias y las visitas; muy disciplinado y no gran lector, según se desprende de su biblioteca personal, aunque hay que tener en cuenta que contaba, en el palacio arzobispal, con una magnífica, en parte heredada de su padre y en parte debida a Lorenzana; padecía de gota lo que le hacía guardar cama durante periodos de distinta duración que le impedían asistir a los actos a los que su puesto le obligaba.

Don Luis pasó casi todo el año 1822 enfermo y a principios del año siguiente pareció mejorar, pero se trató de una breve etapa ilusoria, ya que falleció el 14 de marzo. Se encontraban a su lado, sus hermanas, su sobrina Carlota con su marido y su fiel colaborador Tomás Linacero. 

Se esperaba ya la llegada de los Cien Mil Hijos de San Luis, por lo que su entierro –a pesar de todo, conservaba fama de liberal-, fue muy discreto y sin la presencia de su familia, que intentaba así, evitar significarse en horas tan inestables. 

A pesar de ello, cuando sus restos mortales, llegaban a Toledo el día 23 de marzo, la gente salió a recibirlo y masivamente acompañaron el féretro hasta el Palacio arzobispal, donde quedó expuesto hasta su entierro definitivo en la Catedral. Su túmulo reza:

Luis de Borbón, infante real, nieto de Felipe V por su hijo
Luis, cardenal presbítero de Santa Iglesia Romana.
Antes arzobispo de Sevilla y, finalmente, de Toledo.
Piadoso, pacífico, afable, obrador del bien.
Guardián diligentísimo y muy venerado defensor del ceremonial sacro.
Murió en Madrid.

El reparto de sus bienes originó algunas diferencias entre su familia y el obispado; resultó complicado separar sus bienes personales del resto de sus posesiones. 

Al parecer, la única explicación válida, para su ambigua actitud, resultaría en una equivalencia entre su personalidad, condicionada por una existencia no bien definida, y el propio ser o no ser del reino de España en aquel momento. En opinión de S. G. Payne: El drama del gobierno liberal en la España del siglo XIX radica de manera especial en el hecho de que ningún otro país del mundo realizó semejantes y persistentes esfuerzos por introducir tan avanzadas formas políticas en similares condiciones de subdesarrollo social y económico. Fueron ante todo las guerras y la invasión extranjera las que desestabilizaron el Antiguo Régimen en España, otorgando al liberalismo su oportunidad inicial, pese a que el país no se encontraba preparado para ello.
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La muerte evitó a Luis María, las posibles represalias del monarca restaurado, pero no se libraron sus hermanas y su cuñado, que llegaban a Bayona el 21 de marzo de 1824. El 13 de julio del mismo año se instalaban en París. Un curioso informe policial fechado al día siguiente de su llegada, ofrece un retrato de María Teresa:

Su educación se resiente del exilio de su infancia. No le falta, sin embargo, ingenio ni disposición para la intriga y su fisonomía muy animada tiene tanta dulzura como expresión. Nacida en el exilio, aunque hija de un Infante, casada con un hombre proscrito y expulsado para siempre de su país, la Condesa de Chinchón tuvo la perspectiva de la más considerable fortuna de convertirse en Princesa de los Algarves. Hermana del cardenal Borbón, que fue Regente del Reino durante la Guerra de Invasión, se ve hoy día reducida a compartir el exilio pronunciado contra su cuñado. La parte activa que los constitucionales han hecho tomar al Cardenal Borbón ha influido en toda la familia. Así es de pública notoriedad que la condesa de Chinchón está imbuida de los principios más liberales.

María Teresa de Borbón Vallabriga, fallecía en París, el 24 de noviembre de 1828, dos días antes de cumplir 48 años.

Su testamento muestra que aparte de sus familiares más íntimos, sólo tenía empleados y sirvientes, pues no menciona a otros parientes o amigos, lo que demuestra la soledad en la que transcurrió su existencia y que tras su infantil aislamiento en el convento de San Clemente, tuvo pocas oportunidades de adaptarse a la vida cortesana, ni el exilio le permitió hacer amistades duraderas.

Su hija Carlota se ocupó de que recibiera sepultura en el palacio de Boadilla. La lápida muestra la siguiente inscripción: 

A María Teresa de Borbón Condesa de Chinchón, 
hija de Luis, Infante de las Españas.
A los 48 años murió en Paris, a ocho días de las calendas de Diciembre de 1828.
Carolina Luisa, esposa del Príncipe Camilo Rúspoli,
llena de tristeza la puso para su piadosísima madre.
¡Te saludo Alma Santa!

El 29 de septiembre de 1833 moría Fernando VII. Daba fin con su desaparición a la Década Ominosa, por lo que se produjo la vuelta del exilio de muchos a los que tuvo por enemigos. No se sabe exactamente cuándo regresaron los duques de San Fernando, aunque pudo ser poco antes del fallecimiento del monarca. 

El 9 de abril de 1835 fallecía también el duque de San Fernando, marido de María Luisa, tras una larga enfermedad. Fue enterrado en la capilla del palacio de Boadilla.

…Murió a cinco días de los idus de Abril del año 1835. 
María Luisa de Borbón, hija de Luis, Infante de las Españas, 
su esposa afligida por la defunción de su dulce esposo, 
en su memoria mandó hacer este monumento para guardar sus cenizas 
y que del mismo modo se una a las almas de aquellos que yacen en la tierra.



 Al ser la única heredera de su madre, y el hecho de que sus tíos no tuvieran hijos, Carlota Godoy Borbón se convirtió en dueña de la casi totalidad de las pinturas que Goya había realizado para su familia en tiempos del infante don Luis.
Goya. Autorretrato, 1815. Museo de la Real Academia de San Fernando, Madrid
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