lunes, 29 de enero de 2018

Wolfgang Amadeus Mozart • 262 Aniversario


Wolfgang Amadeus Mozart

Salzburgo, 27 de enero de 1756 - Viena, 5 de diciembre de 1791

262 Aniversario de su nacimiento
Un pequeño homenaje a través de la pintura

Heinrich Lossow (1843–1897), óleo realizado en 1864
Mozart toca el órgano en 1762 (a los 6 años) en la iglesia de los Franciscanos en Ybbs, Baja Austria
Schlossmuseum de Linz. (Fotografía: Bernhard Böhler)

Retrato de Wolfgang Amadeus Mozart pintado por encargo de Leopold Mozart en 1763 (7 años). El autor es desconocido, aunque posiblemente fuera Pietro Antonio Lorenzoni

Mozart retratado por Greuze 1763-64. Yale University Art Gallery

Detalle del retrato de Mozart por Jean-Baptiste Greuze (Paris, 1725–1805), realizado en1763/64.
Museo de Arte de la Universidad de Yale, New Haven, USA

La familia Mozart: Leopold, violín; Wolfgang Amadeus, clavecín y Nannerl, que canta. 
Acuarela de Louis Carrogis Carmontelle hacia 1763.

De autor esconocido, sin fecha…

 y frecuentemente, con variante mano izquierda

Wolfgang toca el clavicordio y Thomas Linley (de su edad) el violín, durante una estancia en Florencia en 1770

En la Abadía de Melk 1771

Retrato de la familia Mozart hacia 1780, de Johann Nepomuk della Croce. Nannerl, Wolfgang y Leopold. En la pared el retrato de Anna María, la madre de Mozart, fallecida en 1778.

Retrato de Mozart llevando la insignia de la Orden de la Espuela de Oro, recibida en 1770 de manos del Papa Clemente XIV en Roma. La pintura es copia de 1777, de una obra perdida.

El llamado Mozart de Bolonia fue también copiado en 1777 en Salzburgo (Austria) por un autor desconocido, a partir de un retrato original, encargado para la galería de compositores de Giovanni Battista Martini en Bolonia, Italia. (copia, muy distinta de la anterior, como retrato.)

Retrato de Constanze Weber, esposa de Mozart, realizado por su cuñado Joseph Lange en 1782

Retrato inacabado de Mozart a la edad de 26 años, realizado por su cuñado Joseph Lange en 1782. Este retrato es considerado por los historiadores como el más fiel a la imagen de Mozart.

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Presentation of the Young Mozart to Mme de Pompadour at-Versailles by Vicente de Parades

Presentación en Viena

El té a la inglesa en el Salón de los Cuatro Espejos, con toda la corte del príncipe y la Princesa de Conti, 1766. Michel Barthélémy Ollivier Détail

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Kinuko Craft. Ante la Emperatriz María Teresa

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Mozarts letzte Tage -Últimos días de Mozart, 
de Hermann von Kaulbach, 1873


Fragmento de una página de la partitura del Réquiem de Mozart, KV 626. (1791), con el encabezamiento manuscrito de Mozart en el primer movimiento. Austrian National Library, Codex 17561a, folio 1,r. 


Retrato por Barbara Krafft en 1819. A pesar de haber sido pintado casi treinta años después de la muerte del compositor, se considera una de sus representaciones más fieles, acorde con los originales que la hermana de Wolfgang puso a disposición de la pintora. La obra fue encargada por Joseph Sonnleithner, para incluirlo en su galería de compositores.

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El Catálogo cronológico y temático completo de la obra de Wolfgang A. Mozart, realizado por Ludwig von Köchel, entre 1761-1785/91, registra 733 piezas, algunas de las cuales son sólo atribuidas o poco seguras. Casi todas aparecen con un título o descripción, su fecha de composición y la tonalidad correspondiente. 

Mozart sólo vivió 35 años; la mayor parte de sus retratos, fueron ejecutados durante su prodigiosa infancia.

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viernes, 26 de enero de 2018

Pompeya ● El tesoro arqueológico de una tragedia ● De Plinio a Carlos III de Borbón


Joseph Wright of Derby: Erupción del Vesubio, y vista de las Islas y la Bahía de Nápoles.Tate Britain

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Nonum kal. Septembres hora fere septima mater mea indicat ei adparere nubem inusitata et magnitudine et specie.

El día 24 de agosto alrededor de las 13 horas, mi madre le avisa que ha aparecido una nube de tamaño y forma inusitadas.
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Cuantos perecieron el año 79 en Pompeya a causa de los gases y, o sepultados en ceniza y lava, nunca supieron que aquella montaña que inesperadamente arrojó sobre ellos, azufre, oscuridad, fuego y muerte, era, en realidad, un volcán.

Plinio el Viejo, que murió a causa de la erupción, se hallaba en Misena, a 35 km. del volcán, al otro lado de la bahía de Nápoles, cuando se produjeron las primeras y extrañas señales. Asombrado por lo que estaba pasando, y dado su interés por el estudio y la observación científica, decidió embarcarse para poder observar el fenómeno más de cerca, pero en aquel momento, recibió una petición de auxilio de una amiga llamada Rectina, y cambiando de planes, acudió en su socorro, adentrándose en el centro y origen del desastre, al pie de la montaña, cuando todos intentaban escapar en dirección contraria.

Su sobrino, Plinio el Joven, contaría más tarde el suceso en dos cartas dirigidas a su amigo, el historiador Tácito, que se conservan y que, si bien durante algún tiempo fueron consideradas casi como una invención, finalmente, ha sido reconocido su valor biográfico, documental, y, sobre todo, humano.

Tras siglos de absoluto desconocimiento y silencio, se concluyó que aquella montaña era un volcán y se hallaron explicaciones lógicas para la tragedia, oculta, ya no sólo por la lava, sino también por el paso del tiempo. El mismo Plinio el Viejo, finalmente, víctima de la catástrofe, había descrito las laderas del monte Vesubio, simplemente como una tierra productora de ásperos vinos.

De hecho, puesto que se ignoraba la existencia de los volcanes, evidentemente, no existía en latín ni la palabra que los denomina. Cicerón describió las Islas Eolias, al norte de Sicilia, como Vulcanaiae Insulae, pero se refería a la tierra del mitológico Vulcano, conocido en Grecia como Hefesto, cuya fragua se suponía ubicada en el interior del Etna, entre Mesina y Catania

Cuando los navegantes portugueses supieron de los volcanes tropicales, los asociaron con el Etna y el Vesubio, pero seguían creyendo que se trataba de un inesperado alarde de furia divina, siempre dispuesta a sancionar a los humanos, fueran estos conscientes y responsables, o no, de las culpas que habrían generado tan desmesurados castigos.

El joven Plinio, su madre, y su tío, Plinio el Viejo, entonces comandante de la flota en la zona, residían en Miseno, a unos 30 kilómetros del volcán, ubicado en una elegante zona veraniega -donde habitaba Rectina-, y en la que, hasta entonces, la vida transcurría plácidamente. Pero todo quedó reducido a nada, a partir de la hora séptima del día 24 de agosto del año 79.

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Las Cartas de Plinio el Joven a Tácito
Plinio el Joven Epístola. VI, 16 
C. PLINIVS, TACITO SVO S. 

Pides que te escriba la muerte de mi tío para poder transmitirla a la posteridad con más veracidad. Te doy las gracias, pues veo que, a su muerte, si es celebrada por ti, se le ha planteado una gloria inmortal.

En efecto, aunque murió en la destrucción de unas hermosísimas tierras, destinado en cierto modo a vivir siempre, como corresponde a los pueblos y ciudades de memorable suerte, aunque él mismo redactó obras numerosas y duraderas, sin embargo, la inmortalidad de tus escritos acrecentará mucho su recuerdo.

Verdaderamente, considero dichosos a quienes les ha sido dado por obsequio de los dioses, hacer cosas dignas de ser escritas, o escribir cosas dignas de ser leídas, pero considero los más dichosos a quienes se les ha dado ambas cosas. En el número de éstos estará mi tío, tanto por sus libros como por los tuyos. Por eso con mucho gusto asumo, incluso reivindico, lo que propones.

Se encontraba en Miseno y tenía el mando de la flota, cuando el día 24 de agosto en torno a las 13 horas mi madre le indica que se divisa una nube de un tamaño y una forma inusual.

Él, tras haber disfrutado del sol, y luego de un baño frío, había tomado un bocado tumbado y ahora trabajaba. Pide las sandalias y sube a un lugar desde el que podía contemplar mejor aquel fenómeno. Una nube (no estaba claro de qué monte venía según se la veía de lejos; sólo luego se supo que había sido del Vesubio) estaba ascendiendo. No se parecía por su forma a ningún otro árbol que no fuera un pino.

Erupción del Vesubio de Nápoles, en octubre de 1822, dibujo de George Julius Poulett Scrope, y un Pino Romano

Pues extendiéndose de abajo arriba en forma de tronco, por decirlo así, de forma muy alargada, se dispersaba en algunas ramas, según creo, porque reavivada por un soplo reciente, al disminuir éste luego, se disipaba a lo ancho, abandonada o más bien vencida por su peso; unas veces tenía un color blanco brillante, otras sucio y con manchas, como si hubiera llevado hasta el cielo tierra o ceniza.

Le pareció que debía ser examinado con más detalle y más cerca, como corresponde a un hombre muy erudito. Ordena que se prepare una libúrnica; me da la posibilidad de acompañarle, si quería; le respondí que yo prefería estudiar, y casualmente él mismo me había puesto algo para escribir.

Cuando salía de casa; recibe un mensaje de Rectina, la esposa de Tasco, asustada por el amenazante peligro (pues su villa estaba bajo el Vesubio, y no había salida alguna excepto por barco): rogaba que la salvara de tan gran apuro.

Cambia entonces sus planes, y lo que había empezado con ánimo científico lo afronta con el mayor empeño. Hizo salir unas barcas cuatrirremes y embarcó dispuesto a ayudar no sólo a Rectina, sino también a otros muchos (pues lo agradable de la costa la había llenado de veraneantes).

Se apresura hacia la parte de donde los demás huyen y mantiene el rumbo fijo y el timón hacia el peligro, estando sólo él libre de temor, de forma que fue dictando a su secretario y tomando notas de todas las características de aquel acontecimiento y todas sus formas según las observaba por sus propios ojos.

Ya caía ceniza en las naves, cuanto más se acercaban, más caliente y más densa; ya hasta piedras pómez y negras, quemadas y rotas por el fuego; ya un repentino bajo fondo y la playa inaccesible por el desplome del monte. Habiendo vacilado un poco sobre si debía volver atrás, luego al piloto, que advertía que se hiciera así, le dice: «La fortuna ayuda a los valerosos: dirígete a casa de Pomponiani».

Se encontraba en Estabias, apartado del centro del golfo (pues poco a poco el mar se adentraba en la costa curvada y redondeada) Allí, aunque el peligro no era próximo, pero sí evidente, al arreciar la erupción muy cercana, había llevado equipajes a las naves, seguro de escapar si se aplacaba el viento que venía de frente y por el que era llevado de forma favorable mi tío. Él abraza, consuela y anima al asustado Pomponio. y para mitigar con su seguridad el temor de aquél, le ordena proporcionarle un baño; después del aseo, se reclina junto a la mesa, cena realmente alegre o (lo que es igualmente grande) simulando estar alegre.

Entre tanto desde el monte Vesubio por muchos lugares resplandecían llamaradas anchísimas y elevadas combustiones, cuyo resplandor y luminosidad se acentuaba en las tinieblas de la noche. Mi tío, para remedio del miedo, insistía en decir que, debido a la agitación de los campesinos, se habían dejado los hogares encendidos y las villas desiertas ardían sin vigilancia. Después se echó a descansar y descansó, en verdad con un profundísimo sueño, pues su respiración, que era bastante pesada y ruidosa debido a su corpulencia, era oída por los que se encontraban ante su puerta.

Pero el patio desde el que se accedía a la estancia, estaba ya colmado de una mezcla de ceniza y piedra pómez, que había elevado el suelo de tal modo que, si se permanecía más tiempo en la habitación, impediría la salida. Una vez despierto, sale y se reúne con Pomponiano y los demás que habían permanecido alerta.

Deliberan entre sí, si se quedan en la casa o se van a donde sea al campo. Pues los aposentos oscilaban con frecuentes y grandes temblores y parecía que sacados de sus cimientos iban y volvían unas veces a un lado y otras a otro. 

Fuera de la casa, se temía la caída de piedra pómez a pesar de ser ligera y hueca, pero se escogió esta opción comparando peligros; y en el caso de mi tío, una reflexión se impuso a otra reflexión, en el de los demás, un temor a otro temor. Ataron con bandas almohadas sobre sus cabezas: Esto fue la protección contra la caída de las piedras.

Ya era de día en otros sitios y allí había una noche más negra y más espesa que todas las noches. Sin embargo, muchas teas y varias hogueras la aclaraban. Decidieron dirigirse hacia la playa y examinar desde cerca qué posibilidades ofrecería el mar; pero éste permanecía aún inaccesible y adverso.

Allí, echado sobre una sábana extendida pidió una y otra vez agua fría y la apuró. Luego las llamas y el olor a azufre, indicio de las llamas, ponen en fuga a los demás. A él lo alertan.

Apoyándose en dos esclavos se levantó e inmediatamente se desplomó, según yo supongo, al quedar obstruida su respiración por la gran densidad del humo, y al cerrársele el esófago, que por naturaleza tenía débil y estrecho y frecuentemente le producía ardores.

Representación de la muerte de Plinio el Viejo. Le Monde illustré, 1888

Cuando volvió la luz (era el tercer día, contando desde el que había visto por última vez) se halló su cuerpo intacto, sin heridas y cubierto tal y como se había vestido. El aspecto era más parecido a una persona dormida que a un cadáver. 

Entre tanto en Miseno mi madre y yo ...

Pero esto no importa a la historia, ni tú quisiste saber otra cosa que su final. Por tanto, termino.

Únicamente añadiré que he narrado todo aquello en lo que yo estuve presente y lo que oí inmediatamente, cuando se recuerda la verdad en mayor medida. Tú seleccionarás lo más importante; de hecho, una cosa es escribir una carta y otra escribir historia, una cosa es escribir a un amigo y otra a todos.
Vale. 
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Epístola VI, 20
G. Plinio a Tácito, Salud.

Me dices que inducido por mi carta que, a petición tuya, te escribí sobre la muerte de mi tío, deseabas saber los miedos e incluso los peligros que soporté cuando me quedé en Miseno —aquí se interrumpía en efecto mi narración—. Aunque mi pensamiento se conmueve al recordarlo comenzaré...

Después de que mi tío se hubo marchado, empleé el tiempo restante en el estudio, pues precisamente me había quedado para eso. Después vino el baño, la cena y un sueño agitado y breve. 

Por espacio de muchos días se habían producido temblores de tierra, no muy alarmantes, porque es un fenómeno habitual en la Campania. Pero aquella noche, fue tanto y tan fuerte, que se habría creído que, más que temblar todas las cosas se desplazaban. 

Mi madre entró bruscamente en mi aposento. Yo, a mi vez, salía para despertarla si estaba dormida. Nos sentamos en el patio de la casa, que ocupaba un pequeño espacio entre las edificaciones y el mar. No sé si calificarlo de firmeza o imprudencia —porque todavía no tenía los dieciocho años— lo cierto es que me llevé un volumen de Tito Livio y, como quien busca distraerse, me pongo a leerlo e incluso haciendo extractos, tal y como había empezado a hacer. 

He aquí que se acerca un amigo de mi tío, que había venido no hacía mucho de la Hispania a visitarlo, y al vernos sentados, a mí y a mi madre, y a mí todavía leyendo, nos reprobó a ella por su mansedumbre, y a mí por su confianza. Yo seguí, con idéntica aplicación, inmerso en el libro.

Pliny the Younger and his Mother at Misenum, 79 A.D., by Angelica Kauffmann, 1785
Princeton University Art Museum

Era ya la primera hora del día y sin embargo la luz era todavía dudosa y como lánguida. Los edificios próximos estaban tan resquebrajados, que, en aquel espacio descubierto, pero estrecho, el miedo a un derrumbe, era creciente y vivo. Al fin entonces, nos pareció oportuno abandonar la villa. 

La muchedumbre nos seguía atónita, y como todo el mundo con miedo, tiene por prudente seguir el consejo ajeno al consejo propio, una gran masa humana acosó y obligó a partir a los que huían. Cuando estuvimos en despoblado nos detuvimos. Muchas cosas dignas de admiración, muchas cosas aterradoras nos sacudían. Pues los carros que por mandato nuestro nos precedían, a pesar de que el campo era muy llano, tomaban las direcciones más opuestas y ni calzándolos con piedras podían mantenerse quietos.

Además, veíamos el mar replegarse sobre sí mismo, como si lo rechazara el temblor de la tierra. Lo cierto es que la playa se había agrandado, y que muchos animales marinos yacían secos sobre la arena. 

En el lado opuesto, una nube negra y horrible, hecha de remolinos de fuego retorcidos y vibrantes, se abría en grietas de llamas; eran, por su aspecto, parecidas a los relámpagos, pero más grandes.

Entonces en un tono más seco y más insistente, aquel mismo amigo de la Hispania nos dijo a mi madre y a mí:

-Si tu hermano, si tu tío, vive, querrá que también os salvéis vosotros. Si ya ha muerto, querrá que sobreviváis. ¿Qué esperáis pues para huir? -Respondimos que no lo haríamos, que sin saber nada de su salvación no pensaríamos en salvarnos nosotros. Él, sin esperar más, se fue, y, apretando el paso, se alejó del peligro. 

La nube tardó muy poco en bajar a la tierra y cubrir el mar; ya había crecido y tocaba Capri, y habiéndose deslizado por el promontorio de Miseno, lo escondía de la vista. 

Entonces mi madre me rogó, me suplicó, me exhortó, me mandó que huyera, como pudiera; porque yo era joven y podía hacerlo, que ella moriría tranquila, siempre que no fuese la causa de mi muerte. Yo, en cambio, no me quería salvar si no junto a ella.

Luego, la tomo de la mano y la obligo a forzar el paso. Me obedece de mal grado, haciéndose reproches de ser una carga para mí. Ya comenzaba a caer ceniza, aunque poca. Me doy la vuelta, por la espalda se acercaba una calina espesa, y extendiéndose por la tierra, a modo de torrente, nos acosaba.

-Echémonos a un lado —dije— mientras aún veamos, para que, en el camino empedrado, la turba de los acompañantes no nos aplaste en las tinieblas.

Apenas nos hubimos parado, se hizo de noche, una noche sin luna ni nubes, sino como la que se hace en los recintos cerrados cuando se apaga la luz. Sólo se escuchaban gemidos de mujeres, de niños, clamor de hombres: unos buscaban a gritos a sus padres, a los hijos, a los cónyuges; otros, a gritos, les respondían. Unos lamentaban su suerte, otros la de los parientes. 

Algunos por miedo a morir imprecaban a la muerte. Muchos alzaban las manos hacia los dioses; la mayoría tenía la convicción que nunca hubo dioses y que aquella era la eterna y última noche del mundo.

Tampoco faltó quien con terrores fingidos y falsos aumentara los auténticos peligros. Algunos anunciaban a los crédulos la falsa nueva del derrumbamiento y el incendio de Miseno. 

De pronto, apareció una débil claridad que, más que el principio del día, parecía la señal de que el fuego se aproximaba. Y, sin embargo, el fuego se detuvo a lo lejos; después, otra vez las tinieblas, otra vez ceniza, espesa y densa. 

Nosotros de vez en cuando nos levantábamos para sacudirnos la ceniza; si no, nos habría cubierto e incluso ahogado con su peso. 

Podría, en verdad, vanagloriarme de no haber dejado escapar ningún lamento, ni un grito demasiado fuerte, en medio de tanto peligros, si no me hubiera sostenido, como compensación, lamentable, pero confortadora, por su moralidad, la idea que todos y todas las cosas acababan conmigo.

Al fin se despejó un poco la oscuridad y se desvaneció en una especie de humo y de niebla. Y vino un verdadero día; incluso brilló el sol, sombrío como suele ocurrir cuando hay eclipse. A nuestros ojos, aún parpadeantes, todo parecía cambiado y cubierto como de una ceniza espesa. 

De regreso en Miseno, cuando hubieron comido, como pudieron, nuestros cuerpos, divididos entre la esperanza y el miedo, pasaron una noche de esperanzas y de dudas. El miedo prevalecía, pues el temblor de tierra continuaba, y muchos, desatinados, se entretenían exagerando con terribles predicciones las desdichas propias y las ajenas. 

Pero, ni entonces que ya conocíamos y esperábamos el peligro, nos resolvimos a marcharnos, hasta que tuviéramos nuevas de mi tío. 

No has de leer esto, en absoluto digno de una historia, para aprovecharlo en tus escritos. A ti, que lo pediste, te corresponde hacerte cargo, si ni apropiado te parece para una epístola. Adiós.
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Plinio el Joven y su madre, nunca volvieron a ver a Plinio el Viejo.


Gaius Plinius Secundus –El Viejo-, Plinio el Joven y Tácito, (Parlamento de Viena)

Cuando la extraña nube de aspecto amenazador y enorme extensión, se fue elevando, causó una gran sorpresa que gradualmente se convirtió en terror, entre los residentes de las zonas más próximas al Vesubio. Después se produjo la lluvia de piedras volcánicas y ceniza, acompañada de gases tóxicos, que precedió al flujo piroclástico que fundió todo lo que encontró a su paso.

El flujo piroclástico, también llamado colada piroclástica, nube ardiente o corriente de densidad piroclástica, es una mezcla de gases volcánicos calientes, materiales sólidos, también calientes y aire concentrado, que resulta de ciertos tipos de erupciones volcánicas y que se mueve al nivel del suelo. Su velocidad puede oscilar entre 10 y 30 kilómetros por hora, o alcanzar los 200. Su desplazamiento es letal.
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Marcial. Autor de los Epigramas

El poeta hispano Marcial (40-104 aC) describió la devastación de lo que antes había sido un lugar lleno de vida, donde podía hallarse un acogedor descanso veraniego, en su Libro IV de Epigramas, XLIV:

Éste es el Vesubio, verde hasta hace poco bajo la sombra de sus pámpanos; aquí su famosa uva hacía rebosar las efervescentes prensas. Éstas son las cumbres que Baco prefirió a las colinas de Nisa. Por este monte desplegaban hasta ahora sus danzas los sátiros. Esta es la morada de Venus, más grata para ella que Lacedemonia. Aquí había un sitio famoso por el nombre de Hércules. 

Todo está asolado por las llamas y sumergido en lúgubre ceniza. Ni los dioses querrían que esto se les hubiera permitido.
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La terrible erupción volcánica que arrasó las ciudades de Pompeya, Herculano, y otras menos conocidas, dejó tras de sí una especie de museo por el que hoy se conocen importantísimos detalles de la vida cotidiana de los romanos en la época, pero tuvieron que pasar muchos siglos antes de que se produjera el descubrimiento y la identificación de aquellos restos que la tragedia paralizó en el tiempo.

El Vesubio visto desde Portici. Joseph Wright of Derby

La Arqueología ha puesto de relieve, junto a una rica arquitectura y una artística y variada decoración, el sobrecogedor testimonio de la imagen de aquellos que no hallaron más posibilidad que la de abrazar a sus seres queridos o acurrucarse, incluso, junto a su perro, en espera de que la muerte inevitable llegara, si fuera posible, en medio del sueño. Por ello, estos yacimientos constituyen un objeto históricamente muy atractivo y, en cierto modo, contradictorio, pues si, por un lado nos ofrecen la mejor y más precisa crónica de una época lejanísima, por otro, no deja de ponernos ante la mirada, el terrible espectáculo, que con excesiva frecuencia arrasa y destruye, causando terribles sufrimientos al ser humano; unas veces, a causa de los llamados desastres naturales y otras, por los llamados… ¿cómo denominar las incontables guerras de conquista, muerte, destrucción y saqueo, mucho más numerosas que las erupciones volcánicas?

Se estima que en aquel momento habitaban Pompeya unas 25000 personas, pero se ignora del número de víctimas.

El yacimiento de Pompeya fue descubierto en el siglo XVI por el arquitecto Fontana, aunque los primeros trabajos no se llevaron a cabo hasta el siglo XVIII, y al parecer, fue el objetivo de hallar tesoros artísticos lo que motivó las primeras intervenciones, con el beneplácito real, pero pronto se fue imponiendo el valor estrictamente científico de los sucesivos hallazgos.
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Pompeya fue fundada en el siglo VII aC. y era una ciudad próspera, conocida como lugar de vacaciones para hacendados. Se cree que Nerón también tenía una casa allí, donde, además había nacido su segunda esposa.

Es probable que la erupción durase apenas un día, pero los restos de cenizas y roca siguieron cayendo dos días más, hasta cubrir la ciudad con una capa de seis metros, aunque esta cifra podría variar.

Asimismo, es posible que, en cierto momento, la difusión de la lava alcanzara una velocidad que anuló toda posibilidad de huida. Finalmente arrasó una superficie de 500 kilómetros cuadrados, llegando a enterrar, no solo Pompeya, sino algunas otras villas del entorno.

La ciudad y sus muertos permanecieron enterrados durante 1500 años hasta que, en 1599, excavando un túnel, el citado arquitecto Domenico Fontana descubrió los primeros frescos de Pompeya. Al parecer, se trataba, precisamente de aquellos que representan escenas eróticas, por lo que se decidió cubrirlas de nuevo. Las primeras excavaciones propiamente dichas, empezaron en 1748.

Los objetos cubiertos de ceniza se preservaron de la destrucción ambiental, pero la ceniza y la lava ardiente fundieron inmediatamente los cuerpos humanos, formando una especie de moldes, que, una vez rellenados con yeso, o resina, proporcionaron una testimonial serie de esculturas sobrecogedoras.

Últimos días de Pompeya, de Karl Briulov entre 1830 y 1833. 
Óleo sobre tela, 456.5 x 651 cm. Museo Estatal de San Petersburgo

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La protección que Carlos III dispensó á las bellas artes en España, provenía de una afición que acrecentaron los grandes descubrimientos realizados en Pompeya Herculano y Stabia, mientras él y su hijo Fernando IV gobernaron el reino de las dos Sicilias.

Las Memorias publicadas por el Gobierno de Italia en 1873 y 1881, y redactadas por Giuseppe Fiorilli, Superintendente general del Museo y de las excavaciones de Nápoles, y por Michele Ruggiero, arquitecto director de las excavaciones de las antigüedades del reino de Italia, han dado a conocer importantes documentos que hacen honor a sus hombres de ciencia 

Aquel 23 de Noviembre del año 79 de la Era Cristiana, el Vesubio de Nápoles abrió sus abismos, formando espantosas y profundas grietas por todas partes, vomitando torrentes de fuego, lanzando enormes trozos de piedra sobre los campos vecinos y sepultando bajo una espesa lluvia de cenizas y lava derretida á Stabia, Pompeya, Oplonte, Resina, Herculano, Tegiano, Taurania, Viliejo, Cosa ó Tora y Veseris, y cuantos caseríos existían hasta la vecina costa.

En los siglos posteriores, la codicia, realizó algunas excavaciones para rescatar las grandes riquezas sepultadas, pero la empresa resultó imposible para los particulares. 

El conde de Sarno Mucio Tutta-Villa, al construir en 1592 un acueducto para transportar aguas á una posesión suya, penetró en Pompeya, y descubrió algunos templos, casas, calles, pórticos y otros monumentos. 

José Maorini, un siglo después, reconoció casas enteras, ruinas de grandes murallas y algunos pórticos, en parte soterrados. 

En 1713, un trabajador de Portici, excavando un pozo, encontró bajo su pico, fragmentos de mármol y descubrió un pequeño templo y algunas estatuas; pero estaba reservado al hijo de Felipe V reconquistar el reino de Nápoles, adquirir terreno para construir el palacio de Portici y devolver a la luz la ciudad de Pompeya, después de dormir diez y ocho. siglos las densas tinieblas del olvido.

R. J. Alcubierre

Consideradas las excavaciones como una empresa nacional, se confió su dirección a D. Roque Joaquín de Alcubierre, ingeniero español, el cual tenía a sus órdenes a D. Carlos Weber, de nación suizo, que falleció en 1764, y fue sustituido por el ingeniero español D. Francisco la Vega

En 3 de Agosto de 1738 y en los sucesivos años, los partes dando cuenta del resultado de las excavaciones, aparecen redactados en español y suscritos por Alcubierre, quien, habiendo enfermado por las humedades y aires nocivos de las grutas subterráneas, pidió permiso para retirarse á Nápoles, sustituyéndole el ingeniero D. Pedro Bardet en 3 de Junio de 1741.

Los trabajos, dirigidos por españoles, continuaron desde 1743 a 1749, con las interrupciones que producía la guerra que D. Carlos de Borbón hubo de sostener contra los austriacos; y las excavaciones no pudieron comenzar en Gragnano hasta el 7 de Junio, en que se emplearon seis hombres y un oficial, vecinos del Puente de San Marco. 

Fueron tantas y tan valiosas las riquezas artísticas que se encontraron, que en 1750 se formó relación de las halladas en Gragnano ó Varano de Castelamar, llamada la antigua Stabia, y en la Torre de la Anunciata, que en tiempo de los antiguos romanos era la ciudad Pompeyana. El ingeniero don Roque Joaquín de Alcubierre redactó en el mismo año 1750 las instrucciones para la continuación de los trabajos, y Weber acusó recibo desde Resina el 25 de Julio. 

Desde el mismo Resina, desde Portici y desde Gragnano se daba semanalmente cuenta de lo que se iba encontrando, pero en 22 de Febrero de 1753 Alcubierre se quejaba de las faltas de Weber, y pidió su relevo. 

Al reunir tanta riqueza, ordenó el rey de las Dos Sicilias que se formase en Portici un museo, y designó para organizarlo, y custodiarlo á D. Camilo Paderni, bajo cuya inteligente dirección se publicó en Nápoles en la imprenta Real, en 1755, el Catalogo dégli antichi monumenti dissotterrati dalla discoperta cíttà di Ercolano, ettc., ettc., composto esteso da Moimignor Ottavio Antonio Bagardi. 

El monarca napolitano, según el testimonio de Unofri, cuando residía en el palacio de Portici, visitaba los talleres de restauración, contemplaba el trabajo de los artífices, y reiteradamente decía: “Yo estoy grandemente obligado al Vesubio, porque me ha conservado por espacio de tantos años este gran tesoro». 

Cuando el museo de Portici resultó pequeño para guardar todo lo que resultaba de las excavaciones, D. Carlos de Borbón ordenó su traslación á Nápoles, dirigiendo las obras el arquitecto D. Pompeyo Schiantarella, en el local donde antes estuvieron los Reales Estudios, y al propio tiempo encargó al marqués de Tanucci, secretario de Estado, que reuniese los más eruditos anticuarios y publicasen la descripción de todos los objetos encontrados

Reuniéronse, con efecto, los hombres más eminentes en las ciencias históricas y sus auxiliares, y en 1757, es decir, dos años antes de venir D. Carlos á ocupar el trono español, se publicó en Nápoles el tomo I de la edición regia, intitulada: Le pitture antiche d' Ercolano é contorni incise con qualche spiegazione, y que tan provechosos resultados dio para el estudio de las bellas artes en la edad antigua. 

No faltaron rozamientos entre el ingeniero Alcubierre y el artista Padierni, conservador del museo; pero Tanucci les puso término escribiendo desde Persano al ingeniero español en 10 de Diciembre de 1757, que el rey había resuelto que lo mismo él que Weber no se ingiriesen más que en la dirección del método de hacer las excavaciones de antigüedades y delinear las plantas de las fábricas que se encontrasen, sin ingerirse en nada más, tocante á D. Camilo Padierni, director del Real Museo.

La documentación publicada por Ruggiero demuestra, que hasta Octubre de 1759, en que D. Carlos de Borbón vino de Nápoles á ocupar el trono español, las excavaciones en Pompeya, Herculano y Stabia continuaron activamente, bajo la inteligente dirección del ingeniero Alcubierre, que las continuó hasta 1780, en que ocurrió su fallecimiento. 

En 1760 y 1779 se publicaron los tomos II al VII –V de las Pinturas-, en los que se incluía la descripción de todos los hallazgos.

Esta obra ha servido de base á muchos trabajos literarios y artísticos, en que se han tributado justísimos elogios al amor que Carlos III sintió por las bellas artes, y sin el cual no hubiese podido aprovechar la humanidad la serie de conocimientos que han proporcionado los descubrimientos de Pompeya, Herculano y Stabia.

El cartulario de Tanucci comprueba, que el interés por el adelanto de dichas excavaciones no abandonó al monarca español mientras fue rey de España, pues en las cartas que semanalmente le escribía acerca de todos los graves asuntos de Estado, dedicaba su último párrafo á enumerar los objetos encontrados, detallando hasta sus dimensiones, sosteniendo con el rey respetuosa discusión respecto de su valor artístico, y diciéndole en carta de 16 de Diciembre de 1760: «Bendigo la misericordia de Dios, que entre el cúmulo de los importantísimos negocios de esa gran monarquía, concede á V. NI. fuerzas y gusto para enterarse de estas pequeñeces nuestras».

D. Carlos de Borbón, destinó en su palacio una gran sala abovedada y llena de armarios, para guardar y conservar todas las antigüedades que se descubrían en Herculanum.

Madrid 20 de Marzo de 1896. Manuel Danvila. 
Académico de la Historia

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El éxito obtenido había animado a Alcubierre a intentarlo en Pompeya, donde empezó a excavar en 1748. Allí, el hallazgo de importantes edificios, así como la aparición de los primeros moldes que un día contuvieron seres humanos, hizo cambiar sus objetivos, ya que, hasta el momento, se había centrado más en la búsqueda de esculturas y otras piezas valiosas, como muebles y adornos metálicos. A partir de entonces decidió seguir buscando detalles, valiosos o no intrínsecamente, que mostraran exactamente. cómo era la vida corriente, en el momento de la erupción, como el más real y valioso de los documentos históricos.

Dos años después comenzaron a producirse diferencias entre él y su ayudante Karl Jakob Weber; al parecer y, por ejemplo, Alcubierre se mostraba poco cuidadoso con los edificios y, en ocasiones derribaba muros cubiertos de frescos para entrar en una sala concreta

Retrato de Winckelmann, de Angelica Kauffmann (1764)

Por la misma razón recibió críticas de Winckelmann, conocido como el fundador de la Historia del Arte y la Arqueología, que quizás contribuyeron al cese del ingeniero aragonés, y casi al olvido de la labor pionera.

Johann Joachim Winckelmann (1717-1768) de Anton von Maron 

Francisco de La Vega, que sucedió a Alcubierre en 1780, hizo devolver a su ubicación original los elementos que se habían llevado al Museo de Portici, además de techar los edificios que contenían frescos para preservar su conservación.

En 1808 llegaba al trono de Nápoles el Mariscal de Napoleón Joachim Murat, cuya esposa, Caroline, se puso al mando de las excavaciones, con Pietro La Vega, hermano del anterior y de su trabajo resultaron varios importantes hallazgos.

Tras la caída de los Borbón y la incorporación de Nápoles a Italia, (1861) Giuseppe Fiorelli llevó a cabo un trabajo muy riguroso; creando un mapa de IX regiones divididas en “ínsulas” o manzanas, cuyas referencias resultaron valiosísimas para facilitar la localización de piezas y edificios.

Un sereno Vesubio tras las ruinas de Pompeya

La vieja montaña tiene una altura de 1281 metros, pero varía con cada erupción, produciéndose la última en 1944.

Vista aérea de una de las regiones excavadas a principios del siglo XIX.
En el centro, el Foro.

El Foro


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domingo, 21 de enero de 2018

QUEVEDO publica la poesía de FRAY LUIS DE LEÓN



Fray Luis de León, grabado hacia 1599 por Francisco Pacheco (1564-1644) en su Libro de descripción de verdaderos retratos, ilustres y memorables varones,
Museo Lázaro Galdiano. (Wp)


Fray Luis define su obra poética

Obras Poéticas divididas en tres libros. A don Pedro Portocarrero, Fray Luis de León. (Extracto).

Entre las ocupaciones de mis estudios en mi mocedad, y casi en mi niñez, se me cayeron como de entre las manos estas obrecillas, a las cuales me apliqué más por inclinación de mi estrella que por juicio o voluntad. No porque la poesía no sea digna de cualquier persona y de cualquier nombre, sino porque conocía los juicios errados de nuestras gentes, y su poca inclinación a lo que tiene alguna luz de ingenio o valor, y entendía las artes y mañas de la ambición y del estudio, del interés propio y de la presunción ignorante, que son plantas que nacen siempre y crecen juntas y se enseñorean ahora de nuestros tiempos. Y así, tenía por vanidad excusada, a costa de mi trabajo, ponerme por blanco a los golpes y mil juicios desvariados, y dar materia de hablar a los que no viven de otra cosa.

Señaladamente, siendo yo de mi natural, tan aficionado al vivir encubierto, son tan pocos los que me conocen, que se pueden contar por los dedos.

Son tres partes la de este libro:
En la una van las que yo compuse mías.
En las dos postreras las que yo traduje de otras lenguas, de autores, así profanos, como sagrados. Lo profano va en la segunda parte, y lo sagrado, que son algunos salmos y capítulos de Job, van en la tercera.

De los que yo compuse, juzgará cada uno a su voluntad; de lo que es traducido, el que quisiere ser juez pruebe primero qué cosa es traducir poesías elegantes de una lengua extraña a la suya, sin añadir ni quitar sentencia, y con guardar cuanto es posible las figuras del original y su donaire, y hacer que hablen en castellano, como nacidas en él y naturales. 

No digo que lo he hecho yo, ni soy tan arrogante; más he pretendido hacerlo, y así lo confieso. Me incliné a ello sólo por mostrar que nuestra lengua recibe bien todo lo que se le encomienda, y que no es dura ni pobre, como algunos dicen, sino de cera y abundante para los que la saben tratar. 

Mas esto, caiga como cayere, que yo no me curo mucho de ello, sólo deseo agradar a Vuestra Merced, a quien siempre pretendo servir; y el que no me conociere por mi nombre, conózcame por esto, que es solamente de lo que me precio y lo que, si en mi hay cosa buena, tiene algún lugar.
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Vaya por delante mi agradecimiento permanente a la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes que, desde hace muchos años, facilita enormemente la tarea de todo aficionado a la Literatura.

En este caso, me he servido también del trabajo publicado en 2017 por Lía Schwartz y Samuel Fasquel -Université París-Sorbonne-, sobre la edición de la poesía de Fray Luis encargada por Quevedo, según los cuales, si bien, él mismo no parece haber participado apenas en su preparación, tuvo la brillante idea de hacerla publicar; no sabemos todavía, si por verdadera admiración hacia el viejo poeta –fallecido en 1598-, o por otras causas, puesto que eso es lo que intentamos deducir, ya que, a decir verdad, Quevedo, el genial, se mueve en un mundo de contradicciones, cuyas causas, hasta el presente no me ha sido posible descifrar, a pesar de considerar muy atentamente, todas las opiniones posibles.

Por ejemplo, expresa su más viva adoración hacia una expresión poética que ya estaba superada en general, y en particular, por él mismo. Por otra parte, dedica la edición al Conde-Duque de Olivares, al que también dirigiría aquellos versos geniales, insultantes y casi amenazadores, que empiezan diciendo: 

         No he de callar por más que con el dedo, 
         ya tocando la boca o ya la frente, 
         silencio avises o amenaces miedo.

         ¿No ha de haber un espíritu valiente? 
         ¿Siempre se ha de sentir lo que se dice? 
         ¿Nunca se ha de decir lo que se siente?

Empleando el lenguaje llano que don Francisco dice admirar, pero que no practica, al menos por escrito, cabría aplicarle aquello de: “genio y figura”, porque ambas condiciones las cumple sobradamente, en el arte literario y en sus actitudes personales.

En realidad, creo que sabemos tan poco de Quevedo, como de Cervantes, por ejemplo, -aunque este desconocimiento sea lo único que ambos tendrían en común-.

Ya habíamos apuntado que Quevedo “execraba” de los conversos y sabemos que esa era la procedencia de Fray Luis, del mismo modo que sabemos que maldecía de Olivares, al que sin embargo proclama como buen entendedor, escritor y excelente crítico, cuando no de extraordinario hombre de gobierno… hasta que contrae una deuda con la banca judía, lo que, en opinión de Quevedo, llevaría a la ruina a un reino completamente arruinado.

He tratado, en fin, de aclarar el embrollo y comprender a este genio, del que admiro la obra, pero cuyo verdadero pensamiento creo desconocer casi absolutamente. Puedo adelantar que no lo he logrado. Tal vez algún lector con más ingenio o suerte lo consiga.

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Quevedo prologa la obra poética de Fray Luis

Aunque no se publicó hasta 1631, Parece que Quevedo había redactado su erudito y pesado prólogo-dedicatoria, muy probablemente, en 1625. Teniendo en cuenta que Góngora murió en 1627; vivía cuando Quevedo escribió, pero no cuando su comentario apareció impreso. Así pues, cuando los ataques de este, arrecian contra lo que había dado en ser llamado “culteranismo”, es posible que, en un principio pensara en Góngora, aunque su nombre no aparezca, pero el resultado –que debía ser la presentación de la poética de Fray Luis-, es más bien un ataque general a los seguidores y admiradores del poeta cordobés, que los tenía y siempre los tuvo.

Es sabido asimismo que la denominación “culterano”, que se contrapone a la de “conceptista”, como se llamó al estilo defendido y teóricamente practicado por Quevedo, debería ser lógicamente, “cultista”, pero, pensemos en su tiempo y deduciremos que “culterano” suena muy parecido a “luterano”, y quizás es algo que interesaba resaltar, ante la posibilidad de poner en duda la ortodoxia de los seguidores del nuevo e innovador “culto literario”, en una época en que la Inquisición actúa con las manos libres ante la menor sospecha.

Es un hecho, como veremos; Quevedo utiliza su prólogo para ofrecer una prolija explicación de sus principios literarios, no para hablar de la poesía de Fray Luis, como ya hemos apuntado, pues aquel viejo estilo estaba ya muy lejos de lo que tanto él, como Góngora, escribían.
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Obras propias y traducciones latinas, griegas e italianas... Avtor el doctissimo, y Reuerendissimo Padre Fray Luis de Leon, de la gloriosa Orden del grande Doctor, y Patriarca san Agustin. Sacadas de la librería de don Manuel Sarmiento de Mendoça…

Dalas a la Impression don Francisco de Quebedo Villegas, Cauallero de la Orden de Santiago.

Ilústralas con el nombre y la proteccion del Conde Duque gran Canciller, etc. Olivares.

En la Imprenta del Reyno, año M.DC. XXXI. 
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Dedicatoria de Quevedo al Conde Duque de Olivares.

Quevedo había sufrido sordas represalias, a causa, se dice, de “sus estrechos vínculos” con el duque de Osuna, -quizás sería más exacto decir, complicidades-; sordas, porque nunca hubo una acusación firme que justificara su destierro, la fulminante caída del duque y la prisión de ambos, y complicidades, porque, parece evidente, que en el asunto de Venecia, Quevedo fue parte muy activa en la trama, jamás aclarada o declarada, aunque todo parece indicar, que el delito de ambos, fue el fracaso de sus planes, acaso no muy mal vistos, aunque con disimulo, en la Corte madrileña, convenientemente sobornada por mano del propio Quevedo en calidad de embajador, como demuestra la correspondencia del genial espadachín con Osuna, en tiempos del ínclito Lerma. 

El hecho es que, para entonces, Quevedo, muy acostumbrado a codearse con la Corte, abrigaba la intención de aproximarse ahora a Olivares y, al efecto escribió -como apunta Elliot-, su poema titulado Epístola satírica y censoria contra las costumbres presentes de los castellanos, escrita a Don Gaspar de Guzmán, conde de Olivares, en su valimiento, « alrededor de 1625.

Sin embargo, tres años después (1628) escribe el Memorial en defensa de Santiago, al que seguiría: Su espada por Santiago, obras en las que se oponía radicalmente a la posibilidad de que Santa Teresa compartiera el patronato de España, con Santiago, actitud con la que se enfrentaba al proyecto deseado y patrocinado, tanto por Olivares, como por el rey. 

Acto seguido, fue condenado durante unos meses al destierro, por causas que tampoco son conocidas, en su propiedad de La Torre de Juan Abad, pero en 1629, el vate se hallaba de nuevo en la Corte cimentando su amistad con el Valido. De acuerdo, de nuevo con Elliot, por entonces dedicó al Conde-Duque varias obras, como fueron:

-Fiesta de toros literal y alegórica; romance,
-Cómo ha de ser el privado; comedia, y 
-El chitón de las tarabillas.

Esta última obra, aparentemente escrita en alabanza del Valido, presentaba, en el tono habitual de Quevedo, ciertas críticas, debidas, quizás, al hecho de que su actitud no era sincera, sino que pretendía –y esto no era nuevo en él-, aproximarse al centro del poder, que ahora ostentaba Olivares. Lo cierto es que la supuesta amistad entre el poeta y el mandatario se deterioró paulatina, pero gravemente. La dedicatoria es de 1629, y en 1639, Quevedo estaba preso en San Marcos de León. No olvidemos que, si bien la dedicatoria fue escrita en 1629, no se publicó hasta 1631.

Al parecer, si Quevedo hubiera podido establecer una amistad verdadera con el Valido, la figura y el poder de este, habrían servido para avalar su furibunda postura literaria, contra los seguidores o imitadores de Góngora, a la vez que el Valido tendría lo que podríamos llamar, el apoyo social de aquellos que pensaban igual que Quevedo.

Se suele decir que las diferencias entre ambos poetas, sólo eran de carácter literario y que se proyectaban socialmente de forma muy llamativa y teatral, pero la distancia entre ambos es tal, y tan insuperable, que quizás habría que pensar en notables tendencias de planteamiento, que hoy llamaríamos político. No es posible creer que, en este campo, el sentimiento general del reino en aquel siglo fuera uniforme. 

Si Quevedo hubiera logrado sus proyectos, Olivares se habría convertido en un enemigo del Culteranismo y los Gongoristas, y Quevedo habría alcanzado incluso la posibilidad de anular el discurso de aquellos, que, insistamos, no sólo podía ser de carácter poético literario.

Quevedo también atacaba la nueva tendencia en sus obras:

Discurso de todos los diablos, de 1628, 
La Culta latiniparla, de 1629, y
Aguja de navegar cultos de 1631.

Es posible que se hiciera con el manuscrito de fray Luis, posiblemente, en su viaje a Andalucía en 1624, pero pasaron cinco años antes de que firmara la dedicatoria al Conde-Duque. Probablemente lo pensó mucho, porque no lo necesitaba para producir un fácil alegato contra Góngora y sus seguidores, a los que no menciona ni cita directamente. Aun así, sorprende semejante ataque, cuando la idea era hablar de fray Luis, pero quizá se comprenda mejor si consideramos que no podía atacar una forma de escribir que él mismo empleaba en ocasiones, en tanto que, lo que llamaremos estilo fray Luis, resultaba ya pasado de moda, a pesar de la calidad que garantiza su permanencia. Así pues, si no ataca propiamente el estilo culto, pero tampoco admira sinceramente, el más llano, es que había otra u otras razones y que estas eran de carácter ideológico y, fallecido Góngora, se referían a una manera concreta de pensar. 

En cierto modo, Góngora, se libró en aquella ocasión de la vejatoria lengua de Quevedo, pero sus seguidores, aquellos a los que podríamos denominar su escuela, tan amigos de novedades, y tan firmes defensores del estilo del maestro, no serían sino aquellos que se llaman hoy cultos, siendo temerarios y monstruosos.

Es un hecho que alrededor de 1629 Góngora era un poeta muy admirado; se le imitaba, se hablaba de él y era citado como un clásico. De hecho, ante la antología titulada Homero Español, publicado por López de Vicuña, en 1627, Quevedo no tuvo más remedio que admitir que el indiscutible renombre del poeta griego, convertido en adjetivo laudatorio, era adjudicado a Góngora, y no sólo eso, sino que, probablemente, cierta parte del reconocimiento de aquel, podía deberse, precisamente, a sus continuos ataques. Uno de los poemas de Góngora incluidos en la Antología en cuestión, era, ni más ni menos que el famoso:

         Anacreonte español, no hay quien os tope,
         Que no diga con mucha cortesía,
         Que ya que vuestros pies son de elegía,
         Que vuestras suavidades son de arrope.

         ¿No imitaréis al terenciano Lope,
         Que al de Belerofonte cada día
         Sobre zuecos de cómica poesía
         Se calza espuelas, y le da un galope?

         Con cuidado especial vuestros antojos
         Dicen que quieren traducir al griego,
         No habiéndolo mirado vuestros ojos.

         Prestádselos un rato a mi ojo ciego,
         Porque a luz saque ciertos versos flojos,
         Y entenderéis cualquier gregüesco luego.

Góngora emplea el término “gregüesco” o calzón, que tiene cierta similitud con “griego”, cuando acaba de referirse a su “ojo ciego”.


Además del propio López de Vicuña, Chacón, Salcedo Coronel o Pellicer, también se situaron al lado de Góngora, y alababan y explicaban su obra como ejemplo de calidad, al tiempo que, por las mismas fechas, se preparaba la reimpresión del Polifemo.

Fue en estas circunstancias cuando Quevedo pensó en la poesía de Fray Luis como un antídoto, y se la dedicó a Olivares, con una carga que, de nuevo sólo podemos calificar de política, porque en aquel momento, la supuesta claridad expresiva del lenguaje “llano”, era entendida como sinónimo de patriotismo, frente a aquellos, cuya afición a los extranjerismos y otras “novedades”, nunca fue bien visto desde el conservadurismo reinante, defendido por Quevedo, más como postura social que literaria. 

Es el caso pues que, en Quevedo, sobre el deseo de alabar a fray Luis, primaba la necesidad de criticar a sus adversarios, ya fueran literarios, políticos, o ambas cosas: estas obras grandes en estas palabras doctas y estudiadas, para que sirviesen de antídoto en público a tanta inmensidad de escándalos que se imprimen, donde la ociosidad estudia desenvolturas, cuanto más sabrosas, de más peligro.

«…de buena gana lloro la satisfacción con que se llaman hoy algunos cultos»... «por no decir lo que sin asco ni escrúpulo es lícito, hay algunos que dicen lo que es torpe y abominable» 

A pesar de todo, Quevedo y otros que como él atacaban el proceder de los autores cultos, no hacía sino repetir ideas, que se habían convertido en tópicos. Aunque Quevedo era, y en cierto modo, sigue siendo, más popular que Góngora, sus violentos ataques, no hacen sino demostrar que el nombre de su rival –más que enemigo-, era enormemente respetado y había hecho escuela.

Consecuentemente, y tras aducir docenas de citas, latinas, griegas, y de otros autores renacentistas, a través de los cuales deja bien sentada su postura, más patriótica que literaria, Quevedo procede a la alabanza del estilo de fray Luis, como “antídoto” contra los excesos gongorinos, como castigo autorizado y eficaz que en los que hallare vergüenza dejará enmienda.

Su objetivo primordial no parece haber sido alcanzado. Sin embargo, es importante destacar, que la idea de ordenar e imprimir la poesía de fray Luis, alcanzó otro que seguramente no se había propuesto; que la obra de fray Luis, medio abandonada y mal conservada, haya llegado hasta hoy en buen estado y prácticamente completa, lo que sí constituye un logro que todos hemos de agradecerle. 

Los versos de fray Luis por sí hablan; son el mejor blasón de la habla castellana y además, no tienen «comparación”, constituyéndose en un modelo, una autoridad literaria que oponer a quienes imitan a Góngora.

Insistamos, pues, en el hecho de que, Quevedo, veinte años más joven que Góngora, también lo había imitado; es fácil advertir en su obra la utilización de recursos similares a los de aquel; muy probablemente, aprendidos de su poesía, sin olvidar, además, la influencia ejercida sobre su formación, por aquel estilo expresivo que triunfaba en su juventud. 

Tenemos, pues, que admitir que existen muchos puntos de contacto entre Góngora y Quevedo y admitir en ellos diversas formas de oscuridad que juegan de hecho una indiscutible función estética. (Cristóbal Cuevas García).

En definitiva, es muy probable que cuando comenzaron las críticas al cultismo, Quevedo se hallara aún envuelto en sus avatares políticos italianos, que respondían a una especie de toma de partido dentro de las posibilidades de la época, y que la tensión y el rechazo que le provocaban aquellos culteranos en el momento de la publicación de la obra de fray Luis, tal vez se hubiera agudizado, porque dentro de la lógica poética, o literaria, no es posible que rechazara la obra de Góngora en favor de la de fray Luis, aunque sólo fuera por la época en que le tocó vivir. No sé si sería excesivo pensar que, en realidad, Quevedo admiraba al Góngora poeta, pero una vez alineado en el terreno de juego contrario, no tenía la posibilidad de reconocerlo.

Y considerando esta posible incoherencia, cabría decir que, casi por las mismas razones, lo que tampoco queda claro en absoluto, es la sinceridad de la adhesión de Quevedo al Conde Duque, ni su admiración por Fray Luis

Con respecto al primero, que condenó al escritor a prisión en 1639, por causas aún desconocidas –aunque imaginables-, Quevedo escribió, cuando fue informado de su fallecimiento: Bien memorable día debe ser el de la Magdalena, en que acabaron con la vida del conde de Olivares tantas amenazas y venganzas y odios que se prometían eternidad. Señor don Francisco, ¡secretos de Dios grandes son! Yo que estuve muerto día de San Marcos, viví para ver el fin de un hombre que decía había de ver el mío en cadenas.

En cuanto a Fray Luis de León, cuya obra era, en nuestro idioma el singular ornamento y el mejor blasón de la habla castellana, resulta terriblemente difícil compatibilizar su admiración hacia un descendiente de conversos, con el odio que destiló, dos años después hacia todos ellos, en su virulenta Execración
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Veamos, pues, aunque sea fragmentariamente, algunas de las lindezas expresadas por Quevedo, de cuyo conjunto, sólo cabe una deducción, del todo incoherente con la actitud expresada hacia el fraile agustino, de origen converso, delito que, como sabemos, fue el único probado por la Inquisición contra él. Y no cabe, por cierto, aducir que se trataba de una postura generalizada, que lo era, porque así se predicaba, sin duda, pero, especialmente entre los hombres de letras, había muchos que no pensaban del mismo modo.

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Son los causantes de Todas nuestras calamidades… por la multitud de las fornicaciones de la ramera hermosa y favorecida, y que tiene hechizos, que vende las gentes en sus fornicaciones y las familias en sus hechicerías"… yo reconozco ser esta ramera la nación hebrea.

V.M. es él solamente todo católico monarca, grande por las virtudes, piedad y religión, sumo por el poderío y fuerzas. Amparáis el Santo Tribunal de la Inquisición, mano derecha y sagrada de Vuestra justicia, más precioso rayo de Vuestra corona, fortaleza inexpugnable de Vuestros reinos, tutela soberana de Vuestros vasallos.

Los gloriosos antecesores de V.M. expelieron de todos sus reinos la nación pérfida hebrea.

Las causas que obligaron a los progenitores de V.M. a limpiar de tan mala generación estos reinos se leen en todos los libros que doctísimamente escribieron varones grandes en defensa de los estatutos, iglesias y colegios y órdenes militares. No las callan las historias propias y extranjeras. Vulgar es, y de pocos ignorado, el papel que declara la causa de la postrera expulsión.

… cuenta el doctor Ignacio del Villar Maldonado de otro médico judío que se le averiguó haber muerto más de trescientas personas con medicinas adulteradas y venenosas, y que, todas las veces que entraba en su casa cuando volvió de asesinar los enfermos, le decía su mujer, que era como él judía: "Bien venga el vengador"; a que el judío médico respondía, alzando la mano cerrada del brazo derecho: "Venga y vengará."

Y hoy, Señor, en Madrid son muchos los médicos y oficiales de botica los que hay portugueses de esta maldita y nefanda nación; y son infinitos lo que andan peleando, con achaque de curar, por todos los reinos, y cada día el Santo Oficio los lleva de las mulas al brasero.

Todo esto debieron de reconocer y prevenir los señores reyes de feliz recordación, las leyes, los establecimientos y los sagrados cánones que, para todas estas cosas (fuera de la mercancía), mandaron precediese información de limpieza.

Por todo lo dicho, reconocieron el peligro y el contagio en pequeña participación de sus venas. El vaho de su vecindad inficiona, su sombra atosiga. Una gota de sangre que de los judíos se deriva seduce a motines contra la de Jesucristo

Yendo Colón primero a rogar con el nuevo mundo al rey de Portugal, no se le concedió, y le llevó al rey don Fernando porque le gozase quien desterraba a los judíos y le perdiese quien les acogió.

Ésta, Señor, es gente que produce plagas si los tienen y si no los arrojan.

¿Qué se puede esperar de los que crucificaron al que esperan y de los que, crucificado, le queman y de los que, quemado, condenan a muerte Su Sacra Santa Ley con edictos abominables?

Arrojen de todos Sus reinos esta cizaña descomulgada… detestable, pérfida, endurecida y maldita nación.

Y como yo conozco la grande religión de Vuestro ánimo y la benignidad esclarecida de Vuestro corazón, quiero informar a V.M. de la naturaleza precipitada, del natural dañado e injurioso de esta abatida y vilísima nación hebrea.

Enemigos de la luz, amigos de las tinieblas, inmundos, hediondos, asquerosos, subterráneos.

Sierpes son, Señor, que caminan sin pies, que vuelan sin alas, resbaladizos, que disimulan su estatura anudándola, que se vibran flecha y arco con su lengua en los círculos sinuosos de su cuerpo, que se encogen para alargarse, que pagan en veneno el abrigo que se les da. Fuego son que paga la vecindad en incendios y la acogida en ceniza,

Generación de hierro adúltera y viperina.

Señor, abominemos a los que abominó Dios y, en ellos y en sus hijos

Los judíos hoy son los puros ateístas.

Señor, los judíos es evidente que no creen nada.

Pues, Señor, quien buscare o se persuadiere que entre estos malditos ha de haber uno siquiera que haga bien no perderá sólo el tiempo, sin duda se perderá, pues pierde el respeto al propio Dios.

En tiempo del rey don Juan el Segundo, todos los cristianos viejos, acaudillados del dicho teniente y asistente, quemaron vivos todos los judíos de dicha ciudad y les saquearon sus bienes.

La primera cosa que aprenden es despreciar los dioses y dejar la patria… contra todos los demás tienen odio enemigo… me persuado que sólo permite Dios que dure esta infernal ralea para que, en su perfidia execrable, tenga vientre donde ser concebido el Antecristo.

Sobre los créditos contraídos por la Corona:

Vos con ellos tenéis asientos, ellos dan el oro, Vuestros ojos leen sus blasfemias y sacrilegios, Vuestros oídos están atormentados con sus abominaciones. Romped, Señor, los asientos, que menos es que romper la Ley. No reparéis en que los firmasteis con Vuestra mano.

Quemar y justiciar los judíos solamente será castigo. Quemar y hacer polvo su caudal, romper los asientos, será remedio. 

Señor, se ha de empezar el castigo desde una puerta a otra puerta: esto es decir que en todas las puertas de Vuestros reinos han de hallar muerte y cuchillo.

Lo primero, Señor, como no se llaman vasallos de V.M. las enfermedades de Sus vasallos, así no se pueden llamar vasallos ni pueblo de V.M. los judíos, por ser plagas de Vuestros reinos y enfermedades de Vuestros vasallos. Son esponjas que el turco y todos los herejes empapan en el tesoro de España para exprimirlas en sus Sinagogas contra ella.

Y esta maldita nación, que, en justo castigo de haber crucificado a Jesucristo, en todas las partes del mundo es esclava, vil y abatida, sola en España manda con exaltación y dominio.

Sobre los conversos:

Si dijera que esta ley habla contra los judíos que lo son y no contra los conversos, al que lo dijere le desmienten estos propios conversos, con sus maldades y carteles, tanto peores que los otros cuanto lo prueba no haberse convertido sino para poder hacer lo que hacen.

No ignoro que han de ser admitidos en la Iglesia por la conversión y solicitados para ella, mas no olvido las palabras del obispo don Pablo, arriba citadas, en que aconsejó a don Enrique el Tercero no admitiese en su servicio, ni en su consejo, ni en las cosas de su patrimonio judío converso ninguno.

Se conviertan con la boca sola, guardando su error en el corazón firmemente.

Yo espero de la soberana grandeza, clemencia y justicia de V.M. que, borrando esta mala generación de Vuestros reinos y asolándolos, libraréis Vuestros vasallos.

Estas palabras encaminadas a sólo el servicio de V.M. y gloria de Jesucristo en la total expulsión y desolación de los judíos, siempre malos y cada día peores, ingratos a su Dios y traidores a su rey.

En Villanueva de los Infantes, 20 de Julio de 1633.
Besa los reales pies y mano de V.M.
Don Francisco de Quevedo Villegas
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No queda, ni de lejos agotado el tema, pues sería preciso, por ejemplo, acompañar lo escrito de una revisión histórica de la época de la España Contrarreformista, que tan brillantes figuras literarias produjo, incluyendo a los que se refirieron a Fray Luis en el Prólogo de la edición de Quevedo, que además, coincidió cronológicamente con Felipe II, Felipe III y Felipe IV, pero ello alargaría mucho el presente artículo, además de que, de la etapa histórica referida, nos hemos ocupado aquí, ya en otras ocasiones, a causa de su gran interés, y seguiremos haciéndolo, sin duda.

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Ejemplos de la poética de Fray Luis de León

Poesías. Fray Luis de León; editor literario Javier San José Lera (BVMC).

Tras los citados Preliminares:

-Censura de José de Valdivielso
-Aprobación de Lorenzo Vander Hammen y León
-Dedicatoria de Quevedo a don Manuel Sarmiento de Mendoza, Canónigo Magistral de la Santa Iglesia de Sevilla
-Al Excelentísimo señor Conde Duque, Gran Canciller, mi señor, y la
-Dedicatoria de fray Luis de León a don Pedro Portocarrero,

Aparece el Libro Primero, que contiene las tituladas, Obras Propias, -de Fray Luis de León-, de las que proceden los ejemplos que siguen.

Biblioteca Digital Hispánica, Biblioteca Nacional. BNE

Vida retirada

    ¡Qué descansada vida
la del que huye el mundanal rüido,
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido!

    Que no le enturbia el pecho
de los soberbios grandes el estado,
ni del dorado techo
se admira, fabricado
del sabio moro, en jaspes sustentado.

    No cura si la Fama
canta con voz su nombre pregonera,
ni cura si encarama
la lengua lisonjera
lo que condena la verdad sincera.

    ¿Qué presta a mi contento,
si soy del vano dedo señalado;
si en busca deste viento
ando desalentado
con ansias vivas, con mortal cuidado?
… … …

A Francisco de Salinas

Salinas en los Retratos de Españoles Ilustres (1)


    El aire se serena
y viste de hermosura y luz no usada,
Salinas, cuando suena
la música extremada
por vuestra sabia mano gobernada.

    A cuyo son divino
el alma, que en olvido está sumida,
torna a cobrar el tino
y memoria perdida
de su origen primera esclarecida.

    Y como se conoce,
en suerte y pensamiento se mejora;
el oro desconoce
que el vulgo vil adora,
la belleza caduca engañadora.

    Traspasa el aire todo
hasta llegar a la más alta esfera
y oye allí otro modo
de no perecedera
música, que es la fuente y la primera.

    Ve cómo el gran Maestro,
a aquesta inmensa cítara aplicado,
con movimiento diestro
produce el son sagrado,
con que este eterno templo es sustentado.



    Y como está compuesta
de números concordes, luego envía
consonante respuesta;
y entre ambos a porfía
se mezcla una dulcísima armonía.

    Aquí el alma navega
por un mar de dulzura, y finalmente,
en él ansí se anega,
que ningún accidente
extraño y peregrino oye o siente.

    ¡Oh desmayo dichoso!
¡Oh muerte que das vida! ¡Oh dulce olvido!
¡Durase en tu reposo,
sin ser restituido
jamás a aqueste bajo y vil sentido!

    A este bien os llamo,
gloria del apolíneo sacro coro,
amigos, a quien amo
sobre todo tesoro,
que todo lo visible es triste lloro.

    ¡Oh, suene de contino,
Salinas, vuestro son en mis oídos,
por quien al bien divino
despiertan los sentidos,
quedando a lo demás adormecidos!

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(1) De acuerdo con los “Retratos de Españoles Ilustres” de 1791, Salinas, que perdió la vista a los 10 u 11 años, buscó en el estudio un consuelo á la falta del sentido que había perdido, y dedicándose á las letras griegas y latinas, á las matemáticas y á la música, fue tan excelente en ellas, que hubo pocos en aquella época que le aventajasen en las primeras, y ninguno arribó al grado que él en el conocimiento teórico y práctico de la última. 

El historiador y Cronista Ambrosio de Morales -añade la Semblanza-, dice haber visto á Salinas dominar de tal modo á sus oyentes ya con los instrumentos, ya con la voz, que los violentaba al llanto, á la alegría y al terror; al modo que se cuenta de los primeros inventores de la armonía.

Murió hacia 1590 y se conserva su Tratado de Música, en latín, pero ninguna composición musical.
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Contra un juez avaro



    Aunque en ricos montones
levantes el cautivo, inútil oro,
y aunque tus posesiones
mejores con ajeno daño y lloro;

    y aunque, cruel tirano,
oprimas la verdad y tu avaricia,
vestida en nombre vano,
convierta en compra y venta la justicia;

    y aunque engañes los ojos
del mundo, a quien adoras, no por tanto
no nacerán abrojos
agudos en tu alma; ni el espanto

    no velará en tu lecho,
ni huirás la cuita, la agonía
el último despecho,
ni la esperanza buena en compañía

    del gozo, tus umbrales
penetrará jamás; ni la Meguera
con llamas infernales,
con serpentino azote la alta y fiera
y diestra mano armada,

   saldrá de tu aposento sola un hora;
y ni tendrás clavada
la rueda, aunque más puedas, voladora


    del tiempo, hambriento y crudo,
que viene, con la muerte conjurado,
a dejarte desnudo
del oro y cuanto tienes más amado;

    y quedarás sumido
en males no finibles y en olvido.


Al salir de la cárcel


                       Aquí la envidia y mentira
                    me tuvieron encerrado.
                    Dichoso el humilde estado
                    del sabio que se retira
                    de aqueste mundo malvado,
                    y con pobre mesa y casa
                    en el campo deleitoso,
                    con sólo Dios se compasa,
                    y a solas su vida pasa
                    ni envidiado ni envidioso.

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