Mostrando entradas con la etiqueta Felipe II. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Felipe II. Mostrar todas las entradas

jueves, 2 de octubre de 2014

Las Poesías de Tiziano para Felipe II


Tiziano, Autorretrato, 1565-70. Óleo lienzo, 86 x 65 cm. Museo del Prado

Se desconoce su fecha de nacimiento, que pudo ser hacia 1488, aunque en una carta enviada a Felipe II en 1571, afirmaba tener 95 años, dato que fijaría su nacimiento en 1476 o 77. Falleció en Venecia, el 27 de agosto de 1576, siendo centenario si aceptamos sus palabras. Por otra parte, su registro de defunción, que se conserva en la parroquia veneciana de San Canciano, dice: Edad de ciento tres años, lo que adelantaría la fecha a 1473. Hoy se acepta más generalmente, basándose en el cómputo de la firma de sus primeras obras –que, no obstante, son muy tempranas-, el año 1485. La exageración de la edad en su carta, pudo obedecer al objetivo de exagerar un poco sobre su vejez, para conmover al rey, que no terminaba de decidirse a pagarle sus deudas.

El presente retrato, quizá el mejor de los que se hizo, era propiedad de su gran admirador Rubens, a cuya muerte fue adquirido en almoneda por orden de Felipe IV. Figurando en el inventario del Alcázar de Madrid, desde 1666, pasó al Museo del Prado en 1821.

En 1523 Tiziano fue presentado al duque de Mantua, Federico Gonzaga, quien lo llevó a presencia del Emperador Carlos V. 

Federico Gonzaga, Duque de Mantua. 1529. Óleo Panel 1,25 x 94. Museo del Prado.

Por la misma época, el pintor conoció a la que había de ser su esposa, Cecilia, con la que tuvo tres hijos, Pomponio, Orazio y Lavinia, de cuyo parto murió la madre en 1530. Don Carlos le pagó un Ducado por su primer retrato, si bien, el segundo gustó más al emperador, que nombró al artista Conde Palatino e hizo que fuera admitido en la Orden de la Espuela de Oro.

  
Charles V con su perro, 1533. Óleo lienzo, 192 x 111 cm. Museo del Prado, Madrid
Carlos V en Mühlberg. 1548. Óleo lienzo, 332 x 279 cm. Museo del Prado, Madrid
***

Tiziano tituló Poesías a una serie de pinturas de tema mitológico que realizó entre 1553 y 1562 para Felipe II, destinadas a la contemplación privada del entonces Príncipe, que parece que le hizo el encargo cuando se encontraba en Augsburgo, con su padre, en 1550. 

Felipe II con armadura. Tiziano, 1550-51. Oleo lienzo 1,93 x 1,11. Museo del Prado.
Se dice que María Tudor se enamoró de él al ver este retrato.

En principio se acordó que la serie constaría de cuatro temas extraídos de las Metamorfosis de Ovidio y después se añadieron tres más, pero, finalmente se pintaron seis en total, en parejas, quedando fuera de la selección la historia de Jasón y Medea. Los temas seleccionados, fueron:

Dánae recibiendo la lluvia de oro. 1553-54. Óleo lienzo: 129,8 x 181,2 cm. Museo del Prado
Venus y Adonis. 1554. Óleo lienzo 186 x 207. Museo del Prado

Diana y Acteón. 1556-59. Óleo lienzo 1,88 x 2,06. National Gallery de Edimburgo
Diana y Calixto, 1556-1559, Óleo lienzo, 187×205 cm. National Gallery de Edimburgo

El rapto de Europa, 1559-1562, Óleo lienzo, 185×205 cm, Isabella Stewart Gardner Museum. Boston
Perseo y Andrómeda, 1562-1563, Óleo lienzo, 185×199 cm, Londra, Collezione Wallace

Se cree que fueron colgados en una sala privada del Alcázar de Madrid, o del palacio de Aranjuez, aunque de dicha sala y su dedicación a las Poesías, no se sabe absolutamente nada, ni antes, ni después del incendio del Alcázar.

Ya en el reinado de Felipe IV, Vicente Carducho dijo que había visto Las Poesías embaladas para ser enviadas a Inglaterra como regalo para el heredero, entonces, príncipe Charles Stuart, tras su visita a la Corte española. En todo caso, al final no salieron de Madrid, probablemente a causa del malestar con que el príncipe inglés abandonó el reino. Sería Felipe V, el primer Borbón, quien regalaría las obras al mariscal francés Gramont, en agradecimiento por su ayuda en la Guerra de Sucesión.

Las dos primeras obras enviadas al príncipe Felipe fueron, Dánae recibiendo la lluvia de oro y Venus y Adonis. Más tarde, Tiziano escribió en una carta al heredero: Y porque la Dánae, que ya mandé a Vuestra Majestad se veía toda por la parte de delante, he querido en esta otra poesía -Venus y Adonis- variar, y hacerle mostrar la contraria parte, para que resulte el camarín donde habrán de estar, más agradable a la vista.

Dánae recibiendo la lluvia de oro. 1553-54. Óleo lienzo: 129,8 x 181,2 cm. 
Museo del Prado


Una belleza delicada y lánguida. De acuerdo con el mito, Acrisio, rey de Argos y padre de Dánae, consultó al oráculo y este le dijo que moriría a manos de su nieto. Como remedio, Acrisio recluyó a Dánae en una torre, aunque no lo bastante aislada, como para que Zeus, apasionado por su belleza, no pudiera envolverla en forma de lluvia de oro. De aquel encuentro nacería Perseo, que más tarde convirtió a Acrisio en una gran piedra.


Tiziano ya había tratado el mismo tema en tres ocasiones; la versión ejecutada para Alejandro Farnesio; -Nápoles, Museo Capodimonte- es muy similar a esta, excepto por el hecho de que desaparece el perrito y, en lugar de la mujer que intenta recoger el oro que cae del cielo, hay un Cupido. En su conjunto, la pintura realizada para Felipe II es más etérea y sensual a la vez.

A pesar de que -de acuerdo con la Web del Museo del Prado-, Tiziano informaba a Felipe II, en carta fechada el 23 de marzo de 1553, que había empezado a trabajar en la serie, la Dánae aparece ya inventariada entre las pertenencias de don Felipe, el mismo año, por lo que habría quizás que adelantar su ejecución a 1551 ó 52.
***

Venus y Adonis. 1554. Óleo lienzo 186 x 207. Museo del Prado

Adonis sale a la caza del jabalí, sin imaginar que su hado es morir en el intento. Venus, que sabe lo que va a pasar, intenta retenerlo en vano. Cuando ve a su amado muerto, la diosa hace surgir una flor de la sangre de Adonis; la anémona, hermosa y efímera, como él.

La obra, realizada entre 1553-34, fue enviada a Inglaterra, cuando Felipe vivía allí, ya casado con la reina María Tudor. Esta Venus, con la citada Dánae, ambas hoy en el Museo del Prado, fueron concebidas para ser colocadas juntas en una especie de juego de contrapuntos -lo que el argot pictórico se denomina pendants- pues, como Tiziano explicaba en su carta, se trataba de visiones complementarias del desnudo femenino; uno de frente y otro de espaldas.

Hablaba también Tiziano al Felipe, entonces rey de Inglaterra, de la necesidad de crear una especie de cámara privada para colgar estas obras, pero, ni los cuadros aparecen en los inventarios realizados tras la muerte del monarca, ni, mucho menos, se cita la cámara o sala privada que recomendaba Tiziano, si bien podemos imaginar que las pinturas nunca estuvieron a la vista de todo el mundo, es decir, de toda la Corte. 

Se ha hablado mucho de fines moralizantes como objetivo de la serie; tal vez los hubo, pero tampoco parece necesario intentar demostrar continuamente que don Felipe, a pesar de sus austeridades posteriores, no fuera capaz de extraer un placer estético y/o erótico, de su contemplación.

***

Diana y Acteón. 1556-59. Óleo lienzo 1,88 x 2,06. 
National Gallery de Edimburgo

De mismo modo que emparejó las pinturas de Dánae y Venus, Tiziano concibió Diana y Acteón y Diana y Calisto, también para ser contempladas juntas, por lo que también dotó a estas dos últimas de algunas similitudes formales muy evidentes.

Acteón, hijo de Autonoe y nieto de Cadmo, el fundador de Tebas, sintió sed tras una cacería, por lo que se acercó a una fuente que manaba dentro de una gruta. Para su desgracia, aquel era el lugar preferido por Diana para su baño, y allí la descubrió el cazador, poniendo involuntariamente sus ojos sobre el cuerpo desnudo de la divinidad, quien terriblemente ofendida, le lanzó agua con una especie de maldición, e inmediatamente, el cazador se convirtió en presa de caza en forma de ciervo. Acteón abandonó la cueva a toda prisa, pero sus propios perros ya no lo reconocieron y se lanzaron sobre él, acabando con su vida.

Tiziano sustituye la cueva por una especie de arcada que rodea la fuente, junto al río donde se bañan Diana y sus Ninfas, protegidas por un cortinaje que Acteón ha retirado para su sorpresa y desgracia. El perrito faldero de Diana ladra, atrevido, a los sabuesos de Acteón, capaces de devorar a un hombre. Diana, evidentemente enfurecida, intenta cubrirse con un velo; una ninfa se oculta tras una columna, mientras otra intenta retener la cortina.

Cuando Rubens contempló las Poesías, ya en Madrid, se declaró discípulo del gran maestro de Venecia.

Es posible que la entrega de esta obra coincidiera con el año de la coronación de Felipe II. La pintura es hoy propiedad conjunta de las Galerías Nacionales de Escocia y Londres, que la adquirieron en 2009 por 50 millones de Libras, reunidas por aportaciones a ambos Museos, tanto públicas como privadas.

***

Diana y Calisto.1556–59. Óleo lienzo, 1,88 x 2,06 cm-. Nat. Gallery Edimburgo.

Calisto era la ninfa preferida de Diana, pero Zeus la sedujo como a tantas otras, resultando la Ninfa, también como las demás, embarazada. Aunque ella se esforzó por ocultarlo, con ocasión de un baño campestre, Diana sospechó de Calisto, porque no quiso participar en la diversión, y ordenó a las demás Ninfas que le quitaran la ropa. Descubierto el embarazo, Diana, sin considerar que no era posible negarse al imperioso deseo de Zeus, expulsó a la Ninfa de su compañía, mientras Hera, que en ese momento conocía la nueva infidelidad de su esposo, decidía castigarlo, convirtiendo a su amada Ninfa en una osa.

Cuando Zeus la vio abandonada a su suerte con el hijo de ambos, los convirtió a los dos en astros; Calisto sería la Osa Mayor y su hijo, la Osa Menor, lo que explica con gran sencillez el origen de estas constelaciones.

Tiziano eligió el dramático momento en que las Ninfas desnudan violentamente a la asustada Calisto, a la que Diana señala con gesto acusador.

Aparecen asimismo en el lienzo, varias telas, realizadas en los colores clásicos por excelencia, azul, rojo y dorado, con gran calidad de textura en todos los casos. 

Esta pintura también fue adquirida por las Galerías Nacionales de Escocia y Londres en 2012, en este caso por 45 millones de Libras, después de un largo recorrido.

Parece que antes de hablar de la serie de Poesías a Felipe II, Tiziano, se las había sugerido a Maximiliano, pero no consiguió el encargo. En opinión del especialista Wethey, las Poesías sólo se colgaron juntas años después de su recepción, en el Palacio de Aranjuez, donde quizá estuvieron hasta 1704, cuando Felipe V de Borbón se las ofreció al embajador francés. Poco después serían adquiridas por el regente francés, Felipe II de Orleans, quien, después de la Revolución se las vendió en 1791 a un banquero belga, que a su vez, las vendió, dos años después, a un grupo de aristócratas británicos a los que representaba Francis Egerton, Duque de Bridgewater, magnate de la industria del carbón, que retuvo para sí, los dos cuadros de Diana.

Al fallecer este, su fortuna y sus bienes fueron heredados por su sobrino George Leveson–Gower, I Duque de Sutherland, quien poco después, expuso la colección al público en su mansión de Bridgewater House, en Westminster, donde la misma permaneció hasta el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, momento en que las obras fueron llevadas a Edimburgo, donde permanecieron hasta el final de la Guerra, en 1945, año en que pasaron a ser exhibidas públicamente, en calidad de préstamo, hasta que Francis Egerton, VII Duque de Sutherland, dio a conocer su intención de venderlas en 2008. Egerton ofreció dar preferencia a los Museos Nacionales Británicos, de los que ya hemos hablado, siempre y cuando estos aceptaran pagar un mínimo de cien millones de Libras. Parece ser que en la compra de Diana y Calisto, en 2012, las instituciones británicas lograron una rebaja: El Duque de Sutherland y su familia –decía una nota de prensa-, accedieron a reducir el precio hasta los 45 millones.

***

El rapto de Europa, 1559-1562, Óleo lienzo, 185×205 cm. 
Isabella Stewart Gardner Museum. Boston

Completaban el grupo de Poesías, los mitos de Perseo y Andrómeda, de 1562, y El rapto de Europa, 1559-1562, también concebidos como pendants y que hoy se custodian en Boston y Londres respectivamente.

Europa, hija de Agenor y Telefasa, reyes de Tiro, paseaba por la playa con sus amigas, cuando Zeus la vio y se enamoró de ella. Sabía el padre de los dioses que el toro era el animal favorito de Europa, así que se trasformó en toro y se acercó mansamente al grupo. Europa empezó a acariciarlo y fue tomando confianza hasta subirse a su lomo, momento en que el animal se lanzó al mar, y no paró hasta llegar a la isla de Creta. Allí, en Gortina permaneció Europa hasta el nacimiento de tres hijos: Minos, Sarpedón y Radamante. Más tarde, Europa se casaría con Asterion, el rey de Creta. 

Tiziano narra el temor de la muchacha que se mantiene difícilmente sobre el lomo del animal, cuya velocidad queda más que sugerida por el vuelo del paño que ella lleva en la mano.

En la playa, ya lejos, sus amigas claman desesperadas de forma muy expresiva, a pesar de estar levemente esbozadas; –pinta a través de toques -escribió Vasari-aparentemente largos brochazos, siguiendo un estilo de manchas que si bien no puede ser contemplado de cerca, es necesario alejarse para ver la obra en su perfección-. El toro enamorado y su presa son escoltados por una corte de cupiditos. 
***

Perseo y Andrómeda, 1562-1563, Óleo lienzo, 185×199 cm, Londra, Collezione Wallace

Perseo y Andrómeda sustituyó, por razones que se desconocen, a Jasón y Medea que era el tema previsto. 

Andrómeda, hija del rey de Etiopía, Cefeo, y de Casiopea, presumía de ser más hermosa que las Nereidas, que, muy ofendidas, rogaron a Poseidón que vengara semejante ofensa. Un oráculo dijo que, para evitar un castigo peor, Andrómeda debía purgar su falta siendo encadenada a una roca, expuesta a los peligros del mar. Allí la vio Perseo, e inmediatamente se enamoró, proponiendo a Cefeo liberarla de su penoso destino si se la entregaba como esposa. 

Obtenida la promesa, Perseo venció a un monstruo marino que Poseidón había enviado para atacar a Andrómeda y, finalmente, se casó con ella.

En la pintura, Perseo aparece boca abajo en un llamativo escorzo, tan arriesgado como los que El Greco empleaba frecuentemente para representar a los ángeles, y lucha con el dragón a la vista de la amada, que a su vez, ofrece un escorzo no menos singular que el de su pretendiente, como si estuviera en plena carrera, a pesar de las cadenas, mostrando, no obstante una imagen de belleza impecable.
***

Ya en el siglo XVII, se sabe que las pinturas se encontraban en el llamado Cuarto bajo de Verano del Alcázar de Madrid, al que Felipe IV se retiraba privadamente después de comer.
***

Se podría pensar –si ello fuera posible, tratándose de Felipe II–, que llegó a tener un cierto entendimiento con el autor de las pinturas destinadas a ser alojadas en el secreto de su intimidad, pero nos equivocaríamos cabalmente; Tiziano era un servidor más, con el que quizás la distancia tendería más bien a agrandarse, precisamente por ser proveedor de los placeres estéticos privados del monarca.

Las Cartas que Tiziano, Il Cadorino, escribe a Felipe II, podrían proceder de un redactor que conocía las formalidades e incluso el lenguaje necesario para dirigirse a un monarca, a quien se halaga directa e indirectamente, y a quien se somete el artista como el más humilde servidor, -un arte que Tiziano no podía dominar–, contienen bastantes datos acerca de la génesis y tratamiento de las famosas Poesías y de otras obras.

La familia Vecellio, la de Tiziano, de acuerdo con Vasari, era una de las más nobles de la zona, en el sentido de acomodadas, ya que poseían importantes bosques productores de madera con la que comerciaban con Venecia, transportando los troncos desde la montaña por los ríos que confluyen en el Piave y que llegaban a Venecia guiados por balseadores.

Ya a los diez años, un Tiziano que apenas había empezado la escuela, a la que no volvió más, abandonaba la luminosa montaña –cuyo imborrable paisaje empleó en el retrato de Isabel de Portugal en 1537, en el de Venus y Adonis, de 1553 y en algunos más– para viajar a la melancólica Venecia donde iniciaría su formación, empezando en el taller de Giambellino, donde se aprendía a copiar del natural sin dibujo previo y donde él mismo debió recrear aquella luz que permanecía en su recuerdo y que evolucionó a lo largo de su vida en consonancia con sus personales y no siempre felices vivencias.

El 11 de octubre de 1552, Tiziano envía una carta con una obra –Santa Margherita, que Felipe recibe en 1552 mandándola colgar en El Escorial en 1574–. Decía Tiziano: la he juzgado digna de comparar con la presencia de Vuestra Alteza.
Santa Margarita y el Dragón. Óleo lienzo, 210 x 170. Monasterio de San Lorenzo. El Escorial. Salió indemne del interior de un monstruo al que mató con una crucecita que llevaba cuando el animal la devoró.

Se conservan 201 cartas del pintor, la mayor parte de las cuales van dirigidas a Felipe II y contienen, como hemos apuntado, siempre en términos muy obsequiosos, exageradamente humildes, como procedentes de un artista en permanentes problemas económicos hacia alguien que puede solucionarlos. En la citada carta de 11 de octubre de 1552, el pintor se despide de aquel cuya entidad solo es superada por Dios, constituyendo dos tercios del texto un sinfín de cortesías, halagos hiperbólicos y adulación, que el rey contestaría un año después de forma brevísima; hablaba de una cantidad pagada, o por pagar, de 500 ducados y añadía que, en adelante, si el pintor tuviera algo que comunicar, lo hiciera a través de don Juan de Benavides.

Venecia, 23 de marzo de 1553. Se va alejando el invierno veneciano; Tiziano es ya un anciano para la época; tiene 73 años y se lo recuerda al rey delicadamente: Tuve la carta de V. A. el 12 de diciembre, tan cariñosa y tanto favorable, que siendo viejo me he vuelto joven, de modo que V. A. ha obrado el milagro en mí. Pero no es maravilla cuando no es otra cosa el gran ser de V. A. y de todas sus acciones a quien deseo tanto atender, que sólo por eso apreciaré la vida ya dedicada y consagrada a V. A. Y así no me puede salir por la boca ni por el corazón si no el gran Rey Felipe mi Soberano… beso los pies de V. A. a quien Dios guarde por infinitos años y me conceda de ver antes de que me muera.

Primavera–Verano de 1554: Del Embajador Cesáreo obtuve un don más conforme a la grandeza vuestra que a los méritos míos. Todo esto me fue por muchos aspecto caro, pero mucho más porque para un pobre devoto es gran riqueza el ser muy estimado por su señor. Yo, encontrándolo, querría poder retratar la imagen de mi corazón, desde hace tiempo consagrado a Vuestra alteza, porque V.M. viera en más perfecta parte esculpida la imagen de su valor.

En septiembre del mismo año, Tiziano envía una larga carta a Carlos V, recordándole que sus ministros aún no le han pagado lo prometido por el emperador en Nápoles, Génova y Milán. Lo mismo escribe a Felipe II, acompañando el envío de la Poesía de Venus y Adonis. Este le contesta en mayo de 1556, agradeciendo su obra, pero sobre todo insistiendo y dando consejos sobre la forma en que las pinturas deben ser embaladas y enviadas a través del embajador Francisco Vargas; don Felipe siempre dio mucha importancia a los detalles secundarios. Al final pregunta a Tiziano cuánto se le debe todavía. Firmando sencillamente, con el habitual Yo el Rey, este no solo no muestra, ni lejanamente el menor tinte de confianza, sino que ni siquiera se advierte algún respeto hacia el gran artista, quien en todo caso, cobraba su trabajo solo después de mucho tiempo y salvando enormes dificultades.

De hecho, habiendo emprendido su hijo Oracio viaje a Milán, para recibir un pago pendiente, fue atacado y gravemente herido por el escultor Leoni Leone Aretino -que también trabajaba para Carlos V-, sorprendentemente, se dice, para robarle, algo muy extraño, dado que había amistad entre ambas familias, e incluso Oracio había sido huésped de los Leone, lo que hace pensar en rivalidades artísticas u otros oscuros motivos desconocidos.

El 22 de diciembre de 1559, Tiziano escribe el rey hablándole del ataque a su hijo y solicitando la condena del supuesto ladrón, una condena, que no se produjo por parte de la Corona, aunque al parecer, Leone sí fue juzgado en Italia, recibiendo una pena mínima. Acto seguido el pintor pregunta si se han recibido las últimas pinturas que envió.

Dos de abril de 1561. Tiziano es informado, al fin, de que las obras que envió, han sido del agrado de don Felipe. De lo cual he tornado a esa alegría que deriva del deseo que yo tengo de servirle, estimando grandísima felicidad que mis cosas le gusten a tan gran Rey. Dicho esto, el artista recuerda dos mil ducados que tres años antes el rey había mandado pegarle y que nunca recibió, por lo que se ha visto obligado a vender una casa que había pensado pagar con aquel dinero. Anuncia asimismo el envío de El llanto de Magdalena.

26 de abril de 1562, junto con el envío de Cristo en el Huerto y Europa llevada por el Toro –con el que da por terminada la serie de las Poesías, escribe Tiziano: Cuando yo sabré, como espero, que estas mis fatigas sean merecedoras de su mejor juicio y gracia, similarmente consagraré lo que queda de mi vida, que avanza, a obsequiar enseguida a V.C.M. con algunas de mis nuevas pinturas, y que la fatiga de mi pincel le proporcione esa satisfacción que yo deseo y que merece la grandeza de tan gran Rey. Conviene destacar que, a pesar de que se ignora la fecha exacta de su nacimiento, Tiziano contaba, sin duda más de 80 años cuando escribió esta carta.

Orazione nell'orto, 1562. Óleo lienzo, 76 x 136. Museo del Prado desde 1837, procedente de El Escorial.

28 de julio de 1563. Conocida la victoria sobre los turcos y la de Orán, Tiziano escribe una nueva y devota carta de felicitación, ofreciendo además un tema histórico de devoción, que ha pintado y que enviará cuanto antes. Se trata de La Última Cena; un gran lienzo de 208,5 x 463 cm. que complació a S.M., que, en 1574 mandó trasladarla al Escorial donde fue recortada por los cuatro lados para su colocación, pero más especialmente por la parte superior, lo que restó gran efecto a la perspectiva arquitectónica.

Tiziano. La Última Cena. Monasterio de San Lorenzo. El Escorial. 
Tiziano aparece a la derecha de Cristo.

El artista intenta aprovechar las buenas noticias y el nuevo envío para rogar a su protector que se le paguen las rentas del trigo de Nápoles que le había concedido el Emperador en 1536, que necesita para sustentar esta mi última vejez, mientras me esfuerzo por vivir felizmente y prolongar los términos de la muerte sólo para servir a mi Señor.

23 de diciembre de 1563: Tiziano dice que no sabe nada de los cuadros enviados y que necesita ayuda para sobrevivir. En marzo del año siguiente recibe por fin una respuesta, en la que el rey acusa recibo de La Última Cena y promete enviarle dinero.

5 de agosto de 1564: Estoy seguro, Clementísima Majestad, que si V.M. supiera mi pena, su infinita piedad se movería a compasión y me mostraría su singular benevolencia enviándome lo que se me adeuda, que nunca me pagáis cosa alguna.

28 de julio de 1565: En Milán le han liquidado algo, reteniendo, sin embargo, gran parte del total, además de hacerle perder cien ducados en un negocio de arroz, por lo que solicita una indemnización, pues de lo contrario, no podrá servir a S.M. Ha terminado un Martirio de San Lorenzo y se ofrece a pintar una serie sobre la vida del Santo. 

Martirio de San Lorenzo. Óleo lienzo, 493 x 277. Iglesia de los Jesuitas. Venecia. –Asombrosa versión de 1558; la obra enviada al Escorial es de 1567–. 

Aunque quizás ya se le considera demasiado viejo, el artista añade que él sólo desea satisfacer a S.M., así que también le va a enviar la Venus del Espejo.

Venus del Espejo. Óleo sobre lienzo 124,5 x 104,1 cm. 
National Gallery of Art. Washington

26 de octubre de 1568, envía El Tributo; la pintura de Nuestro Señor con el fariseo que le enseña la moneda, y añade la grandísima necesidad en la que actualmente me encuentro… dedicado a su servicio. El artista cuenta ya 88 años.

1º de agosto de 1571. Tiziano pregunta si el rey ha recibido su Lucrecia violada por Tarquinio, pues no tiene noticias de ello. Cuenta 95 años y sigue solicitando humildemente lo que se le adeuda.

22 de diciembre de 1574, a Antonio Pérez, secretario de Felipe II. Le adjunta una relación de las obras que ha enviado a la corte desde 1561; son tantas, que no las recuerda todas. Entre ellas:

Venus con Adonis, de 1566; Calisto grávida por Júpiter, 1561; Ateon llega inesperadamente al baño, 1561; Andrómeda atada a una piedra, 1556; Europa conducida por el toro, 1562; Cristo en el Huerto y la Tentación a Cristo con la moneda, de 1568; Cristo en el sepulcro, 1561; Santa María Magdalena, 1561; Los Magos de Oriente, 1561; Venus con Amor y el Espejo, 1567; La desnuda con el poeta y el sátiro, 1567; La cena de Nuestro Señor, 1564; El martirio de San Lorenzo, y otros tantos que no me acuerdo. 

Tres días después, el 25, envía a Antonio Pérez una nueva lista, que este recibió el 14 de febrero del año siguiente y en la que aparece una anotación de mano del rey: Esto me acordaréis.

27 de febrero de 1576. 99 años. Un Muy Humilde y Devotísimo servidor, Tiziano Vezelio, recuerda todos sus servicios, los cuales –no por causa del Rey-, no le han sido remunerados. 

Y, en tales circunstancias, Tiziano fallecía el 27 de agosto de 1576. Murió di vecchiezza en su casa de Biri Grande, en la que vivía desde 1531. 

Al día siguiente se celebraron solemnes funerales en San Marcos y el artista fue enterrado en la iglesia de su parroquia; Santa María Gloriosa dei Frari. 

De la búsqueda en el Archivo de Simancas, se deduce que su última carta nunca fue contestada. El geniose iba sin haber sido escuchado ni, aparentemente, recompensado. Es evidente que Felipe II valoró su arte así como las obras –objeto de este trabajo–, que reservó para su intimidad, pero probablemente nunca pensó que la dignidad del artista fuera una entidad de consideración, algo que el propio Tiziano –cuestión de época y, tal vez, no sólo de su época-, alimentó a base de servilismo, temor tal vez, y sacralización de la persona real, sin la cual, no obstante, es posible que no existiera buena parte de su obra, ya que siempre insistía dramáticamente en la falta de medios para desarrollar un arte, considerado entonces oficio vil –puesto que se pagaba con dinero, cuando se pagaba, como podemos deducir-, pero cuyo objeto es hoy patrimonio de la humanidad –si no en su aspecto material, sí en el intelectual-. 

Es posible que el pueblo pensara, con acierto, que el pintor guardaba grandes riquezas a tenor de su fama, puesto que, lo fuera, o no, su casa fue saqueada al día siguiente de su entierro.

Su hijo Orazio, Il Tizianello, nacido en 1528, quien además de pintor, al parecer era aficionado a la alquimia, murió pocos días después que su padre, a causa de la peste. 

La última obra de Tiziano –inacabada- fue una Piedad, concebida para su propio enterramiento. Su discípulo Palma il Giovane, se encargó de terminarla: -Lo que Tiziano dejó inacabado, Palma lo ha terminado respetuosamente y lo ha dedicado a Dios-, reza la pintura.

QUOD TITIANUS INCHOATUM RELIQUIT
PALMA REVERENTER ABSOLVIT
DEOQ. DICAVIT OPUS

Pietà, 1576. Óleo lienzo, 352 x 349 cm. Gallerie dell'Accademia, Venecia




sábado, 14 de diciembre de 2013

AJEDREZ en la Corte de Felipe II

                   Sfida scacchistica alla corte del Re di Spagna –Luigi Mussini-.
Desafío ajedrecístico en la Corte del Rey de España.

A mediados de agosto de 1575, Felipe II aceptó –seguramente a propuesta de don Juan de Austria–, que se organizara un torneo de ajedrez en su residencia de El Escorial, al que fueron invitados los cuatro mejores jugadores de Europa; dos españoles: Ruy López, de Zafra, Extremadura, con Alfonso Cerón, de Granada, y dos italianos: Leonardo da Cutri y Paolo Boi, conocidos como Il Puttino –de corta estatura–, y el Siracusano. En esta final se enfrentan Ruy López y Da Cutri.

En la escena recreada por Mussini en 1886, da Cutri –junto al tablero y vestido de naranja–, se levanta, separando la silla enérgicamente con la mano izquierda, mientras con la derecha muestra al rey el tablero. Al otro lado de la mesa, con ropas talares, Ruy López, sigue estudiando la partida. 

Las reglas establecían que el campeón sería aquel que obtuviera tres victorias seguidas; Ruy López había ganado dos anteriormente al italiano, que, en esta ocasión, sin embargo alcanzó las tres consecutivas requeridas, que le convirtieron en campeón indiscutible. El premio fue tan notable como la ocasión: 1000 ducados; una capa de armiño y la exención de impuestos durante veinte años para la ciudad de Cutri, en Calabria.

A pesar de algunos pequeños aportes imaginativos, la pintura es relativamente fiel a la ocasión y, exceptuando a Fray Diego de Chaves, y a don Juan de Austria, que se encontraban en Italia por diferentes motivos, es muy probable que el resto de los personajes que aparecen retratados, estuvieran presentes efectivamente y, de ellos vamos a ocuparnos, aprovechando, precisamente, esta especialísima y rara ocasión, tan poco conocida excepto en el mundo del Ajedrez.


Así pues, tenemos ante nosotros, en primer lugar, al campeón español; subcampeón, en este caso, Ruy López. A su lado, de pie, el Duque de Lorena –con armadura, igual que don Juan de Austria, a la derecha, lo que constituye una de esas incoherencias a las que nos hemos referido–. Fray Diego de Chaves, Confesor y, a la vez, Consejero y colaborador del rey. A da Cutri, el campeón; le sigue Cristóbal de Moura, que parece hablar o escuchar al monarca, a cuya derecha, y, apoyando la mano en el brazo de su sillón, se encuentra su hija Isabel Clara Eugenia, a quien una doncella habla disimuladamente al oído. Catalina de La Cerda, Duquesa de Lerma, es la dama que aparece detrás del sillón en el que está sentada la reina, Anna de Austria. Finalmente, dos mayordomos, uno de los cuales habla con don Juan de Austria, quien, como hemos dicho, no podía estar presente y cuya armadura está asimismo, completamente fuera de lugar, máxime, sabiendo que era cuidadosísimo con su atuendo y una especie de árbitro de la elegancia.
***

Rodrigo López de Segura -35 años a la fecha del campeonato, a pesar del aspecto que presenta en esta ocasión-.


(1540-1580) De su imagen sólo disponemos, curiosamente, por recreaciones en sellos de correos: Guinea Bissau, Kampuchea, Laos y Cuba.

Clérigo y gramático -Grammaticae institutiones, publicado en Lisboa, en 1563-, además de ajedrecista, es también confesor y consejero de Felipe II. A los veinte años viajó a Roma donde se celebraba el cónclave en el que se eligió a Pío IV y ya entonces derrotó a todos los italianos que quisieron medir sus fuerzas con él. Sólo un año después publicó en Alcalá de Henares su Libro de la invención liberal y arte del juego del Ajedrez, muy útil y provechosa para los que de nuevo quisieren deprender a jugarlo, como para los que ya lo saben jugar, en cuya primera parte hace un paralelismo entre el ajedrez y la guerra y ofrece múltiples consejos para distraer la atención del oponente/enemigo. En la segunda, expone, entre otras, la famosa técnica conocida como la apertura española, que también se llama apertura Ruy López y que aún se emplea. López llama trebejos a las piezas del juego.

A los 33 años había derrotado a todos los mejores, como Esquivel, Alfonso Cerón, Pedrosa, etc. Por esa época vuelve a Roma para visitar a Gregorio XIII y se enfrenta a da Cutri, ganándole en dos ocasiones, hasta que, en este torneo en El Escorial, en 1575, él mismo resulta derrotado por da Cutri.


El resto de su vida, hasta los 40 años vivió en la corte de Felipe II como maestro de ajedrez y consejero. Se dice que solía llevar una cadena de oro de la que colgaba una torre de ajedrez, regalo del monarca.

***

Carlos III, Duque de Lorena –Charles, Duc de Lorraine -32 años a la fecha del campeonato-.

Nacido el 15.2.1543. Sobrino de Felipe II. Es hijo de Francisco I duque de Lorena y de Cristina de Dinamarca, hija, a su vez, de Isabel de Austria, hermana -menos conocida- de Carlos V, casada con Christian II de Dinamarca; un matrimonio frustrado desde el principio, pues el danés siempre antepuso a su amante Diveke Sigbritsdatter. Cristina, y el I Duque de Lorena, son los padres del tercer Duque, el de la partida de ajedrez.

Isabel de Austria, (de Jan Gossaert) hija de Juana I de Castilla y Felipe El Hermoso y Cristina de Dinamarca, su hija, (de Michiel van Coxcie).

Charles de Lorraine y Claude de Valois, su esposa, –hija de Henri II y Catalina de Médicis– que falleció de parto el mismo año de la partida de ajedrez (a los 27). Biblioteca Nal. de Francia.

Charles sucede a su padre en 1545, con regencias hasta 1552, cuando el rey de Francia, Henri II, retira la regencia a su madre, lógicamente partidaria de la Casa de Austria –se había criado en Malinas, con Carlos V y sus hermanas–, así como la custodia de su hijo, de 9 años, a quien lleva a educar a la Corte y a quien casa, a los 16 con su hija menor, Claude, permitiéndole entonces, volver a sus estados. Poco después muere el monarca en un torneo con el que se celebraba la boda de su hija Isabel de Valois, hermana mayor de Claude, con Felipe II.

Charles siempre intentó mantenerse neutral frente al Imperio, porque sus territorios eran paso obligado de  tropas, tanto las de apoyo a los hugonotes alemanes, como las españolas que se dirigían a los Países Bajos.

Su afinidad con Felipe II se estrechó, especialmente, a la hora de tomar partido, en medio de las terribles Guerras de Religión en Francia. Católico convencido, cuando el nuevo rey de Francia Henri III, casado con una prima de Charles –Louise de Lorraine Vaudemont–, firmó la Paix de Beaulieu con los Hugonotes –unos meses después de la partida de ajedrez–, aunque Charles aún no formaba parte de la Liga Santa, encabezada por sus primos los Guise, acogió a sus representantes en sus territorios.

En 1589, Henri III era asesinado después de designar a Henri IV de Navarra como sucesor, a condición de que se hiciera católico, algo que nuestro Duque Charles no quiso aceptar, por lo que aprobó la promoción de su propia candidatura como católico descendiente de los Carolingios.  En realidad, el ordinal que le correspondía era, Charles II, pero los genealogistas de la familia intercalaron a Charles, Duque de Baja Lotaringia entre sus ancestros del siglo X, a fin de justificar un origen carolingio, que lo situaba en la línea de sucesión real. Finalmente, se unió a la Liga Santa.

Declarada la guerra, la paz no vuelve hasta que el nuevo rey se convierte y es coronado en Chartres en 1594 y tras la boda de Catherine, hija del nuevo rey, con Henri de Bar, hijo mayor y heredero de Charles de Lorraine.

Murió el 14 de mayo de 1608, a los 65 años y sus funerales fueron una de las ceremonias más fastuosas y sonadas de su tiempo, similar en grandeza a las de la coronación del Emperador.

Funeral del Duque de Lorena en Nancy

***

Fray Diego de Chaves -68 años en la fecha de la partida, el de más edad de los presentes-.

Fray Diego de Chaves, nacido en Trujillo el 6 de julio de 1507, era dominico desde los 18 años. Estudió Artes y Teología en Salamanca. Como Doctor en Teología intervino en la segunda etapa del Concilio de Trento (1551-1552) colaborando con Melchor Cano en los debates sobre la confesión, tras lo cual, reanudó sus clases en Salamanca.

En 1555 obtuvo una Cátedra en la Universidad de Santiago de Compostela y fue prior del convento de Dominicos de la misma ciudad. En 1559, ya como Prior en Toledo, fue cuando entró en contacto con la Corte y con Felipe II, que en 1563 lo nombró Confesor de su heredero, el Príncipe Carlos.

En 1572 viajó de nuevo a Italia, en esta ocasión, para participar en el proceso del  Cardenal Carranza, siendo él uno de los firmantes de las descalificaciones a los Comentarios sobre el catecismo cristiano, así como de la censura de la traducción del Catecismo Romano, llevada a cabo por el Arzobispo. 

Parece algo complicado que se encontrara presente en la transcendental partida de El Escorial, pues el proceso contra Carranza, no terminó hasta el año siguiente; parece que el dominico permaneció en Italia hasta el verano de 1577 y que, sólo unos meses después  fue nombrado confesor real.

No obstante, hacía años que Chaves colaboraba íntimamente con el monarca; de hecho, participó de forma muy activa en la especie de proceso secreto que se llevó a cabo contra el Príncipe Carlos y que lo condujo a su encierro definitivo y a la muerte. Chaves custodiaba los papeles relativos al caso, ya que hubo órdenes escritas de Felipe II, por las que, tras su muerte, mandaba que todos los papeles que se encontraran en su celda, fueran quemados ante testigos, sin leerlos. Más tarde, también participó en el proceso, asimismo, quasi secreto, contra Antonio Pérez, de modo que, tras la quema de los documentos, que parece se hizo efectiva al pie de la letra, él fue el penúltimo conocedor de lo ocurrido, tanto en el caso del Príncipe como en el del Secretario.

Dada su intimidad con el monarca, su presencia en la velada de ajedrez, hubiera sido perfectamente lógica, si no fuera por la coincidencia de fechas con el proceso de Carranza.
***

Giovanni Leonardo Da Cutri, 1552 – 1597 -23 años cuando ganó el Torneo de El Escorial-.

Apellidado Di Bona, nacido en Cutri, y también conocido como  Il Puttino, tiene una biografía muy novelesca, si son ciertas las aventuras que se le adjudican, pero, sobre su maestría y dominio del arte del ajedrez, no cabe la menor duda; aunque no se sabe nada más con seguridad.  


Al parecer, algún tiempo antes del campeonato que nos ocupa, un hermano suyo fue hecho cautivo por piratas sarracenos; da Cutri propondría a su secuestrador que se jugara la libertad del cautivo al ajedrez. Da Cutri, no sólo lograría así la liberación del hermano, sino también, una buena recompensa, debida a la admiración que provocó en su adversario.

Cuando volvió a Italia después de su célebre partida en El Escorial, supo que su esposa había muerto, lo que le animaría a presentarse en la corte de Portugal, entonces bajo el cetro del joven rey Sebastián, del cual, también obtuvo grandes recompensas gracias a su extraordinaria habilidad.

Después de sus productivas aventuras, cuando finalmente decide volver a su país, se dice que murió a los 45 años, asesinado por un mal perdedor.

***

Cristóvão de Moura e Távora, 1538. –37 años en la fecha de la partida.


Moura era un fidalgo portugués, que de niño sirvió como menino a la princesa doña Juana –hermana de Felipe II-, entonces casada con el heredero de la Corona de Portugal, Juan III. En 1554 volvía la princesa a Castilla, ya viuda, dejando en la corte a su hijo Sebastián, a quien nunca volvió a ver. Con ella llegó Moura a la Corte, donde continuo su servicio junto a la princesa y fue nombrado Gentilhombre del príncipe Carlos, el hijo de Felipe II. La corte portuguesa propuso la boda de Sebastián con Isabel Clara Eugenia, pero corrían rumores sobre la salud de aquel heredero, que indujeron a Felipe II a enviar a Moura a indagar sobre el asunto; sea como fuere, aquella boda ni siquiera llegó a plantearse oficialmente.

Cuando Sebastián se propuso emular las hazañas de su antepasado Alfonso el Africano, pidió ayuda a Felipe II, quien le envió a Moura para que se informara de los detalles de su proyecto de invasión en el norte de África.

Como sabemos, aquel intento resultó desastroso; don Sebastián, desapareció/murió en Alcázarquivir, junto a sus principales caballeros y los que salvaron la vida, volvieron arruinados por el pago del rescate. Se abría así el problema de la sucesión en aquel reino, para la que Felipe II se consideraba con mejor derecho que cualquier otro pretendiente. Al efecto, envió de nuevo Moura para que con unos sobornos aquí y unas amenazas allá, pusiera a la corte obediente a los deseos de su señor; algo que logró, pero sólo entre la nobleza y el clero. El duque de Alba se encargaría de doblegar al pueblo: cosa difícil, según Moura, por el odio general que tienen á Castilla.

Sus secretas tareas, en fin, le hicieron ganarse la confianza de Felipe II, a quien sirvió con una lealtad ciega, llegando a formar parte de sus famosas Juntas de Noche, por lo que el rey, poco antes de morir, recomendó encarecidamente a su hijo que contara con él. Pero Felipe III, que llegó al trono de la mano de su propio confidente, el duque de Lerma, no valoraba mucho a Moura, puesto que formó parte del íntimo grupo que había asegurado a Felipe II que su heredero no servía para reinar. Por respeto a la voluntad de su padre, Felipe III lo nombró Virrey de Portugal, alejándolo así de su Corte, sin causarle excesivos perjuicios.

Tras una vida al servicio de Felipe II, siempre manteniéndose en un discreto segundo plano y manteniendo buenas relaciones con todos, aún cuando estos fueran enemigos entre sí, murió don Cristóbal en 1613.

***

Isabel Clara Eugenia, 1566-1633 -9 años en el momento de la partida.


La hija mayor de Isabel de Valois –tercera esposa de Felipe II, fallecida siete años antes de la partida de ajedrez-, aparece con vestido y tocado similar al del retrato de Sánchez Coello de 1579, que se conserva en el Museo del Prado. 

Como descendiente Valois, Felipe II pretendió para ella el trono de Francia, al agotarse en 1589 aquella dinastía, tras la muerte, ya citada, de todos los hermanos de su madre. Pero la Ley Sálica impidió que se plantearan siquiera sus reclamaciones, y además, Isabel de Valois, había renunciado a todos sus derechos a aquella corona en los acuerdos previos a la boda con Felipe II.

Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela. Alfonso Sánchez. 1568-1569.
Monasterio de las Descalzas Reales

Ella y su hermana Catalina Micaela eran muy pequeñas cuando murió su madre, y siempre estuvieron juntas y muy unidas, por lo que sorprende que no aparezca Catalina en la velada del campeonato, ya que eran las dos de edad muy similar y nunca se separaron hasta la boda de esta última.

Isabel Clara Eugenia permaneció al lado de su padre hasta el día en que este falleció, dejando dispuesta su boda con el Archiduque Alberto de Austria, su primo, previa renuncia de este al Cardenalato, y nombrando a ambos Gobernadores de los Países Bajos.

***

La Duquesa de Lerma, Catalina de la Cerda. 1551–1603. -24 años en 1575.


Fragmentos de un retrato realizado por Pantoja de la Cruz en 1602. 
Col. Medinaceli. Casa Pilatos. Sevilla.

Lo cierto, es que doña Catalina aún no era Duquesa de Lerma, pues no se casó con el Duque hasta el año siguiente, el cual, en aquel momento tampoco era sino Marqués de Denia, ya que el ducado lo recibió en 1599, de mano de Felipe III. Catalina se encontraba en la Corte en condición de dama de la reina Anna de Austria.

Llama la atención el colorido de su vestimenta durante la partida, que al igual que la de la reina, rompe con la austera norma implantada en la Corte de Madrid, tras la muerte del Príncipe Carlos y de Isabel de Valois, por lo que encajaría mucho más la ropa de la pintura de Pantoja de la Cruz, realizado veinticinco años después del evento ajedrecístico.

Al igual que el señor Moura, doña Catalina permaneció siempre en un discreto segundo plano, sin la menor semejanza con la descomunal y enfermiza vanidad de su marido, el imprescindible favorito de Felipe III, quien llegó a utilizar el cadáver de su esposa como una elemento más para satisfacer su estúpida necesidad de vanagloria y su incontrolable ansia de ostentación.

El duque había encargado a Pompeo Leoni que modelara para su propio monumento funerario, dos esculturas doradas similares a las que en El Escorial representaban a Carlos I y Felipe II con sus respectivas esposas, haciendo que fueran colocadas en la capilla mayor de San Pablo de Valladolid. Cuando murió doña Catalina, el Duque organizó un entierro a la altura de la realeza, al que debía asistir toda la corte, que, como sabemos, en aquel momento, tenía su sede, precisamente, en Valladolid. Pero, he aquí que su esposa falleció en Buitrago de Lozoya, a 170 kilómetros de la Corte, camino que emprendió el cortejo, en el mes de julio, para no defraudar los planes de Lerma. En consecuencia, mucho antes de llegar a la ciudad, parece ser que los restos de la duquesa, ya despedían un olor insoportable, lo que Lerma sintió como una amenaza para sus planes de gloria y lucimiento personal, aunque en ningún momento se planteó renunciar a ellos.


Así pues, en cuanto el cortejo fúnebre llegó a la ciudad, Lerma hizo que los restos descompuestos de la duquesa se llevaran en secreto a San Pablo, donde fueron enterrados en secreto aquella misma noche.

El día siguiente, sin la menor dificultad, se llevó a cabo la ceremonia del entierro oficial, previo su recorrido por la ciudad, con objeto de que todo el pueblo expresara su duelo; formaban el cortejo, la Grandeza de España; la más alta jerarquía eclesiástica y la nobleza presente en Valladolid, todos los cuales ignoraban que acompañaban un féretro cargados de piedras. Pero el fatuo Duque de Lerma tuvo su imprescindible hora de gloria. A todo esto, doña Catalina había expresado claramente su voluntad de ser enterrada en Medinaceli.
***

La reina Anna de Austria -26 años en la pintura de Mussini.

                           Sánchez Coello

La cuarta esposa de Felipe II era la hija mayor de su hermana María. Nacida en Cigales, Valladolid en 1549, cuando sus padres –María y Maximiliano-, regentaban el reino en nombre de Felipe II, que la debió conocer a su regreso de Inglaterra, tras la muerte de María Tudor. Felipe se casó con Anna a finales de 1570 dos años después del fallecimiento de Isabel de Valois. 

Se diría que está llorando y no sorprendería, porque su hijo Carlos Lorenzo había fallecido unos días antes, sin llegar a cumplir tres años.

Una vez en su vida contradijo la voluntad de su esposo. Cuando Felipe II esperaba en Badajoz noticias sobre la actividad del duque de Alba en Lisboa, tras las muerte del rey Sebastián, sufrió una gripe, que, al parecer, lo puso a las puertas de la muerte. Anna logró que el Secretario le revelara el contenido de su testamento, temiendo que no sería nombrada regente por su hijo, Felipe III, como así fue. Pero, he aquí que el rey se recuperó y, aunque no sabemos cómo reaccionó con respecto a su esposa, cesó fulminantemente al Secretario. Poco después, la gripe alcanzó a su vez a la reina, que moría por esta causa.
***


Al igual que ocurre con Felipe II, la biografía de don Juan de Austria –alrededor de 30 años en aquel momento-, es suficientemente conocida, por lo que tampoco le prestaremos atención en este momento, sabiendo asimismo, que era prácticamente imposible su presencia en el torneo. El rey le hizo enviar una carta, fechada el 22 de agosto, en la que le informaba del resultado del campeonato y le felicitaba por ello, lo que nos lleva a corroborar, primero, que no se halló presente en el mismo y, segundo, que es posible que la idea de celebrarlo hubiera sido suya, pues llevaba ya algún tiempo en Italia, sin conseguir más encargo por parte del rey, que dejar pasar el tiempo, por lo que, seguramente fue él quien primero tuvo noticia de da Cutri y tal vez él mismo quien se encargó de invitarlo a viajar a España.

Lo más probable es que aquellos días estuviera ocupado armando una flotilla que, desde Nápoles, debía venir a España el mes siguiente, para recoger los fondos que finalmente se le habían concedido después de reclamarlos mil veces. El dato es importante, porque en aquella flotilla viajaba Cervantes, que volvía a España cuatro años después de la hazaña de Lepanto. 

El 26 de septiembre, un mes después de la partida de ajedrez, la galera Sol, en la que viajaba el escritor, fue apresada, ya a la vista de la costa catalana; Cervantes fue hecho prisionero, o cautivo, y llevado a Argel.

***

Luigi Mussini. 1813-1888. Autorretrato

* * *