sábado, 14 de diciembre de 2013

AJEDREZ en la Corte de Felipe II

                   Sfida scacchistica alla corte del Re di Spagna –Luigi Mussini-.
Desafío ajedrecístico en la Corte del Rey de España.

A mediados de agosto de 1575, Felipe II aceptó –seguramente a propuesta de don Juan de Austria–, que se organizara un torneo de ajedrez en su residencia de El Escorial, al que fueron invitados los cuatro mejores jugadores de Europa; dos españoles: Ruy López, de Zafra, Extremadura, con Alfonso Cerón, de Granada, y dos italianos: Leonardo da Cutri y Paolo Boi, conocidos como Il Puttino –de corta estatura–, y el Siracusano. En esta final se enfrentan Ruy López y Da Cutri.

En la escena recreada por Mussini en 1886, da Cutri –junto al tablero y vestido de naranja–, se levanta, separando la silla enérgicamente con la mano izquierda, mientras con la derecha muestra al rey el tablero. Al otro lado de la mesa, con ropas talares, Ruy López, sigue estudiando la partida. 

Las reglas establecían que el campeón sería aquel que obtuviera tres victorias seguidas; Ruy López había ganado dos anteriormente al italiano, que, en esta ocasión, sin embargo alcanzó las tres consecutivas requeridas, que le convirtieron en campeón indiscutible. El premio fue tan notable como la ocasión: 1000 ducados; una capa de armiño y la exención de impuestos durante veinte años para la ciudad de Cutri, en Calabria.

A pesar de algunos pequeños aportes imaginativos, la pintura es relativamente fiel a la ocasión y, exceptuando a Fray Diego de Chaves, y a don Juan de Austria, que se encontraban en Italia por diferentes motivos, es muy probable que el resto de los personajes que aparecen retratados, estuvieran presentes efectivamente y, de ellos vamos a ocuparnos, aprovechando, precisamente, esta especialísima y rara ocasión, tan poco conocida excepto en el mundo del Ajedrez.


Así pues, tenemos ante nosotros, en primer lugar, al campeón español; subcampeón, en este caso, Ruy López. A su lado, de pie, el Duque de Lorena –con armadura, igual que don Juan de Austria, a la derecha, lo que constituye una de esas incoherencias a las que nos hemos referido–. Fray Diego de Chaves, Confesor y, a la vez, Consejero y colaborador del rey. A da Cutri, el campeón; le sigue Cristóbal de Moura, que parece hablar o escuchar al monarca, a cuya derecha, y, apoyando la mano en el brazo de su sillón, se encuentra su hija Isabel Clara Eugenia, a quien una doncella habla disimuladamente al oído. Catalina de La Cerda, Duquesa de Lerma, es la dama que aparece detrás del sillón en el que está sentada la reina, Anna de Austria. Finalmente, dos mayordomos, uno de los cuales habla con don Juan de Austria, quien, como hemos dicho, no podía estar presente y cuya armadura está asimismo, completamente fuera de lugar, máxime, sabiendo que era cuidadosísimo con su atuendo y una especie de árbitro de la elegancia.
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Rodrigo López de Segura -35 años a la fecha del campeonato, a pesar del aspecto que presenta en esta ocasión-.


(1540-1580) De su imagen sólo disponemos, curiosamente, por recreaciones en sellos de correos: Guinea Bissau, Kampuchea, Laos y Cuba.

Clérigo y gramático -Grammaticae institutiones, publicado en Lisboa, en 1563-, además de ajedrecista, es también confesor y consejero de Felipe II. A los veinte años viajó a Roma donde se celebraba el cónclave en el que se eligió a Pío IV y ya entonces derrotó a todos los italianos que quisieron medir sus fuerzas con él. Sólo un año después publicó en Alcalá de Henares su Libro de la invención liberal y arte del juego del Ajedrez, muy útil y provechosa para los que de nuevo quisieren deprender a jugarlo, como para los que ya lo saben jugar, en cuya primera parte hace un paralelismo entre el ajedrez y la guerra y ofrece múltiples consejos para distraer la atención del oponente/enemigo. En la segunda, expone, entre otras, la famosa técnica conocida como la apertura española, que también se llama apertura Ruy López y que aún se emplea. López llama trebejos a las piezas del juego.

A los 33 años había derrotado a todos los mejores, como Esquivel, Alfonso Cerón, Pedrosa, etc. Por esa época vuelve a Roma para visitar a Gregorio XIII y se enfrenta a da Cutri, ganándole en dos ocasiones, hasta que, en este torneo en El Escorial, en 1575, él mismo resulta derrotado por da Cutri.


El resto de su vida, hasta los 40 años vivió en la corte de Felipe II como maestro de ajedrez y consejero. Se dice que solía llevar una cadena de oro de la que colgaba una torre de ajedrez, regalo del monarca.

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Carlos III, Duque de Lorena –Charles, Duc de Lorraine -32 años a la fecha del campeonato-.

Nacido el 15.2.1543. Sobrino de Felipe II. Es hijo de Francisco I duque de Lorena y de Cristina de Dinamarca, hija, a su vez, de Isabel de Austria, hermana -menos conocida- de Carlos V, casada con Christian II de Dinamarca; un matrimonio frustrado desde el principio, pues el danés siempre antepuso a su amante Diveke Sigbritsdatter. Cristina, y el I Duque de Lorena, son los padres del tercer Duque, el de la partida de ajedrez.

Isabel de Austria, (de Jan Gossaert) hija de Juana I de Castilla y Felipe El Hermoso y Cristina de Dinamarca, su hija, (de Michiel van Coxcie).

Charles de Lorraine y Claude de Valois, su esposa, –hija de Henri II y Catalina de Médicis– que falleció de parto el mismo año de la partida de ajedrez (a los 27). Biblioteca Nal. de Francia.

Charles sucede a su padre en 1545, con regencias hasta 1552, cuando el rey de Francia, Henri II, retira la regencia a su madre, lógicamente partidaria de la Casa de Austria –se había criado en Malinas, con Carlos V y sus hermanas–, así como la custodia de su hijo, de 9 años, a quien lleva a educar a la Corte y a quien casa, a los 16 con su hija menor, Claude, permitiéndole entonces, volver a sus estados. Poco después muere el monarca en un torneo con el que se celebraba la boda de su hija Isabel de Valois, hermana mayor de Claude, con Felipe II.

Charles siempre intentó mantenerse neutral frente al Imperio, porque sus territorios eran paso obligado de  tropas, tanto las de apoyo a los hugonotes alemanes, como las españolas que se dirigían a los Países Bajos.

Su afinidad con Felipe II se estrechó, especialmente, a la hora de tomar partido, en medio de las terribles Guerras de Religión en Francia. Católico convencido, cuando el nuevo rey de Francia Henri III, casado con una prima de Charles –Louise de Lorraine Vaudemont–, firmó la Paix de Beaulieu con los Hugonotes –unos meses después de la partida de ajedrez–, aunque Charles aún no formaba parte de la Liga Santa, encabezada por sus primos los Guise, acogió a sus representantes en sus territorios.

En 1589, Henri III era asesinado después de designar a Henri IV de Navarra como sucesor, a condición de que se hiciera católico, algo que nuestro Duque Charles no quiso aceptar, por lo que aprobó la promoción de su propia candidatura como católico descendiente de los Carolingios.  En realidad, el ordinal que le correspondía era, Charles II, pero los genealogistas de la familia intercalaron a Charles, Duque de Baja Lotaringia entre sus ancestros del siglo X, a fin de justificar un origen carolingio, que lo situaba en la línea de sucesión real. Finalmente, se unió a la Liga Santa.

Declarada la guerra, la paz no vuelve hasta que el nuevo rey se convierte y es coronado en Chartres en 1594 y tras la boda de Catherine, hija del nuevo rey, con Henri de Bar, hijo mayor y heredero de Charles de Lorraine.

Murió el 14 de mayo de 1608, a los 65 años y sus funerales fueron una de las ceremonias más fastuosas y sonadas de su tiempo, similar en grandeza a las de la coronación del Emperador.

Funeral del Duque de Lorena en Nancy

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Fray Diego de Chaves -68 años en la fecha de la partida, el de más edad de los presentes-.

Fray Diego de Chaves, nacido en Trujillo el 6 de julio de 1507, era dominico desde los 18 años. Estudió Artes y Teología en Salamanca. Como Doctor en Teología intervino en la segunda etapa del Concilio de Trento (1551-1552) colaborando con Melchor Cano en los debates sobre la confesión, tras lo cual, reanudó sus clases en Salamanca.

En 1555 obtuvo una Cátedra en la Universidad de Santiago de Compostela y fue prior del convento de Dominicos de la misma ciudad. En 1559, ya como Prior en Toledo, fue cuando entró en contacto con la Corte y con Felipe II, que en 1563 lo nombró Confesor de su heredero, el Príncipe Carlos.

En 1572 viajó de nuevo a Italia, en esta ocasión, para participar en el proceso del  Cardenal Carranza, siendo él uno de los firmantes de las descalificaciones a los Comentarios sobre el catecismo cristiano, así como de la censura de la traducción del Catecismo Romano, llevada a cabo por el Arzobispo. 

Parece algo complicado que se encontrara presente en la transcendental partida de El Escorial, pues el proceso contra Carranza, no terminó hasta el año siguiente; parece que el dominico permaneció en Italia hasta el verano de 1577 y que, sólo unos meses después  fue nombrado confesor real.

No obstante, hacía años que Chaves colaboraba íntimamente con el monarca; de hecho, participó de forma muy activa en la especie de proceso secreto que se llevó a cabo contra el Príncipe Carlos y que lo condujo a su encierro definitivo y a la muerte. Chaves custodiaba los papeles relativos al caso, ya que hubo órdenes escritas de Felipe II, por las que, tras su muerte, mandaba que todos los papeles que se encontraran en su celda, fueran quemados ante testigos, sin leerlos. Más tarde, también participó en el proceso, asimismo, quasi secreto, contra Antonio Pérez, de modo que, tras la quema de los documentos, que parece se hizo efectiva al pie de la letra, él fue el penúltimo conocedor de lo ocurrido, tanto en el caso del Príncipe como en el del Secretario.

Dada su intimidad con el monarca, su presencia en la velada de ajedrez, hubiera sido perfectamente lógica, si no fuera por la coincidencia de fechas con el proceso de Carranza.
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Giovanni Leonardo Da Cutri, 1552 – 1597 -23 años cuando ganó el Torneo de El Escorial-.

Apellidado Di Bona, nacido en Cutri, y también conocido como  Il Puttino, tiene una biografía muy novelesca, si son ciertas las aventuras que se le adjudican, pero, sobre su maestría y dominio del arte del ajedrez, no cabe la menor duda; aunque no se sabe nada más con seguridad.  


Al parecer, algún tiempo antes del campeonato que nos ocupa, un hermano suyo fue hecho cautivo por piratas sarracenos; da Cutri propondría a su secuestrador que se jugara la libertad del cautivo al ajedrez. Da Cutri, no sólo lograría así la liberación del hermano, sino también, una buena recompensa, debida a la admiración que provocó en su adversario.

Cuando volvió a Italia después de su célebre partida en El Escorial, supo que su esposa había muerto, lo que le animaría a presentarse en la corte de Portugal, entonces bajo el cetro del joven rey Sebastián, del cual, también obtuvo grandes recompensas gracias a su extraordinaria habilidad.

Después de sus productivas aventuras, cuando finalmente decide volver a su país, se dice que murió a los 45 años, asesinado por un mal perdedor.

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Cristóvão de Moura e Távora, 1538. –37 años en la fecha de la partida.


Moura era un fidalgo portugués, que de niño sirvió como menino a la princesa doña Juana –hermana de Felipe II-, entonces casada con el heredero de la Corona de Portugal, Juan III. En 1554 volvía la princesa a Castilla, ya viuda, dejando en la corte a su hijo Sebastián, a quien nunca volvió a ver. Con ella llegó Moura a la Corte, donde continuo su servicio junto a la princesa y fue nombrado Gentilhombre del príncipe Carlos, el hijo de Felipe II. La corte portuguesa propuso la boda de Sebastián con Isabel Clara Eugenia, pero corrían rumores sobre la salud de aquel heredero, que indujeron a Felipe II a enviar a Moura a indagar sobre el asunto; sea como fuere, aquella boda ni siquiera llegó a plantearse oficialmente.

Cuando Sebastián se propuso emular las hazañas de su antepasado Alfonso el Africano, pidió ayuda a Felipe II, quien le envió a Moura para que se informara de los detalles de su proyecto de invasión en el norte de África.

Como sabemos, aquel intento resultó desastroso; don Sebastián, desapareció/murió en Alcázarquivir, junto a sus principales caballeros y los que salvaron la vida, volvieron arruinados por el pago del rescate. Se abría así el problema de la sucesión en aquel reino, para la que Felipe II se consideraba con mejor derecho que cualquier otro pretendiente. Al efecto, envió de nuevo Moura para que con unos sobornos aquí y unas amenazas allá, pusiera a la corte obediente a los deseos de su señor; algo que logró, pero sólo entre la nobleza y el clero. El duque de Alba se encargaría de doblegar al pueblo: cosa difícil, según Moura, por el odio general que tienen á Castilla.

Sus secretas tareas, en fin, le hicieron ganarse la confianza de Felipe II, a quien sirvió con una lealtad ciega, llegando a formar parte de sus famosas Juntas de Noche, por lo que el rey, poco antes de morir, recomendó encarecidamente a su hijo que contara con él. Pero Felipe III, que llegó al trono de la mano de su propio confidente, el duque de Lerma, no valoraba mucho a Moura, puesto que formó parte del íntimo grupo que había asegurado a Felipe II que su heredero no servía para reinar. Por respeto a la voluntad de su padre, Felipe III lo nombró Virrey de Portugal, alejándolo así de su Corte, sin causarle excesivos perjuicios.

Tras una vida al servicio de Felipe II, siempre manteniéndose en un discreto segundo plano y manteniendo buenas relaciones con todos, aún cuando estos fueran enemigos entre sí, murió don Cristóbal en 1613.

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Isabel Clara Eugenia, 1566-1633 -9 años en el momento de la partida.


La hija mayor de Isabel de Valois –tercera esposa de Felipe II, fallecida siete años antes de la partida de ajedrez-, aparece con vestido y tocado similar al del retrato de Sánchez Coello de 1579, que se conserva en el Museo del Prado. 

Como descendiente Valois, Felipe II pretendió para ella el trono de Francia, al agotarse en 1589 aquella dinastía, tras la muerte, ya citada, de todos los hermanos de su madre. Pero la Ley Sálica impidió que se plantearan siquiera sus reclamaciones, y además, Isabel de Valois, había renunciado a todos sus derechos a aquella corona en los acuerdos previos a la boda con Felipe II.

Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela. Alfonso Sánchez. 1568-1569.
Monasterio de las Descalzas Reales

Ella y su hermana Catalina Micaela eran muy pequeñas cuando murió su madre, y siempre estuvieron juntas y muy unidas, por lo que sorprende que no aparezca Catalina en la velada del campeonato, ya que eran las dos de edad muy similar y nunca se separaron hasta la boda de esta última.

Isabel Clara Eugenia permaneció al lado de su padre hasta el día en que este falleció, dejando dispuesta su boda con el Archiduque Alberto de Austria, su primo, previa renuncia de este al Cardenalato, y nombrando a ambos Gobernadores de los Países Bajos.

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La Duquesa de Lerma, Catalina de la Cerda. 1551–1603. -24 años en 1575.


Fragmentos de un retrato realizado por Pantoja de la Cruz en 1602. 
Col. Medinaceli. Casa Pilatos. Sevilla.

Lo cierto, es que doña Catalina aún no era Duquesa de Lerma, pues no se casó con el Duque hasta el año siguiente, el cual, en aquel momento tampoco era sino Marqués de Denia, ya que el ducado lo recibió en 1599, de mano de Felipe III. Catalina se encontraba en la Corte en condición de dama de la reina Anna de Austria.

Llama la atención el colorido de su vestimenta durante la partida, que al igual que la de la reina, rompe con la austera norma implantada en la Corte de Madrid, tras la muerte del Príncipe Carlos y de Isabel de Valois, por lo que encajaría mucho más la ropa de la pintura de Pantoja de la Cruz, realizado veinticinco años después del evento ajedrecístico.

Al igual que el señor Moura, doña Catalina permaneció siempre en un discreto segundo plano, sin la menor semejanza con la descomunal y enfermiza vanidad de su marido, el imprescindible favorito de Felipe III, quien llegó a utilizar el cadáver de su esposa como una elemento más para satisfacer su estúpida necesidad de vanagloria y su incontrolable ansia de ostentación.

El duque había encargado a Pompeo Leoni que modelara para su propio monumento funerario, dos esculturas doradas similares a las que en El Escorial representaban a Carlos I y Felipe II con sus respectivas esposas, haciendo que fueran colocadas en la capilla mayor de San Pablo de Valladolid. Cuando murió doña Catalina, el Duque organizó un entierro a la altura de la realeza, al que debía asistir toda la corte, que, como sabemos, en aquel momento, tenía su sede, precisamente, en Valladolid. Pero, he aquí que su esposa falleció en Buitrago de Lozoya, a 170 kilómetros de la Corte, camino que emprendió el cortejo, en el mes de julio, para no defraudar los planes de Lerma. En consecuencia, mucho antes de llegar a la ciudad, parece ser que los restos de la duquesa, ya despedían un olor insoportable, lo que Lerma sintió como una amenaza para sus planes de gloria y lucimiento personal, aunque en ningún momento se planteó renunciar a ellos.


Así pues, en cuanto el cortejo fúnebre llegó a la ciudad, Lerma hizo que los restos descompuestos de la duquesa se llevaran en secreto a San Pablo, donde fueron enterrados en secreto aquella misma noche.

El día siguiente, sin la menor dificultad, se llevó a cabo la ceremonia del entierro oficial, previo su recorrido por la ciudad, con objeto de que todo el pueblo expresara su duelo; formaban el cortejo, la Grandeza de España; la más alta jerarquía eclesiástica y la nobleza presente en Valladolid, todos los cuales ignoraban que acompañaban un féretro cargados de piedras. Pero el fatuo Duque de Lerma tuvo su imprescindible hora de gloria. A todo esto, doña Catalina había expresado claramente su voluntad de ser enterrada en Medinaceli.
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La reina Anna de Austria -26 años en la pintura de Mussini.

                           Sánchez Coello

La cuarta esposa de Felipe II era la hija mayor de su hermana María. Nacida en Cigales, Valladolid en 1549, cuando sus padres –María y Maximiliano-, regentaban el reino en nombre de Felipe II, que la debió conocer a su regreso de Inglaterra, tras la muerte de María Tudor. Felipe se casó con Anna a finales de 1570 dos años después del fallecimiento de Isabel de Valois. 

Se diría que está llorando y no sorprendería, porque su hijo Carlos Lorenzo había fallecido unos días antes, sin llegar a cumplir tres años.

Una vez en su vida contradijo la voluntad de su esposo. Cuando Felipe II esperaba en Badajoz noticias sobre la actividad del duque de Alba en Lisboa, tras las muerte del rey Sebastián, sufrió una gripe, que, al parecer, lo puso a las puertas de la muerte. Anna logró que el Secretario le revelara el contenido de su testamento, temiendo que no sería nombrada regente por su hijo, Felipe III, como así fue. Pero, he aquí que el rey se recuperó y, aunque no sabemos cómo reaccionó con respecto a su esposa, cesó fulminantemente al Secretario. Poco después, la gripe alcanzó a su vez a la reina, que moría por esta causa.
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Al igual que ocurre con Felipe II, la biografía de don Juan de Austria –alrededor de 30 años en aquel momento-, es suficientemente conocida, por lo que tampoco le prestaremos atención en este momento, sabiendo asimismo, que era prácticamente imposible su presencia en el torneo. El rey le hizo enviar una carta, fechada el 22 de agosto, en la que le informaba del resultado del campeonato y le felicitaba por ello, lo que nos lleva a corroborar, primero, que no se halló presente en el mismo y, segundo, que es posible que la idea de celebrarlo hubiera sido suya, pues llevaba ya algún tiempo en Italia, sin conseguir más encargo por parte del rey, que dejar pasar el tiempo, por lo que, seguramente fue él quien primero tuvo noticia de da Cutri y tal vez él mismo quien se encargó de invitarlo a viajar a España.

Lo más probable es que aquellos días estuviera ocupado armando una flotilla que, desde Nápoles, debía venir a España el mes siguiente, para recoger los fondos que finalmente se le habían concedido después de reclamarlos mil veces. El dato es importante, porque en aquella flotilla viajaba Cervantes, que volvía a España cuatro años después de la hazaña de Lepanto. 

El 26 de septiembre, un mes después de la partida de ajedrez, la galera Sol, en la que viajaba el escritor, fue apresada, ya a la vista de la costa catalana; Cervantes fue hecho prisionero, o cautivo, y llevado a Argel.

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César Mussini. Berlín, 1804 - Florencia, 1879.



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