sábado, 2 de noviembre de 2013

Carlos I Estuardo – Charles I Stuart. Amor o Guerra - Londres - Madrid

Charles Stuart (1600-1649), de Antonis van Dyck.

La romántica historia de la visita de Charles Stuart a Madrid, atravesando media Europa a caballo y de incógnito, platónicamente enamorado de Ana, hermana de Felipe IV, es suficientemente conocida, pero su memoria se adapta mucho más a la fantasía de lo que tal vez pudo haber sido, que a la compleja realidad histórica que fue.

El 19 de junio de 1566 María Estuardo – Mary Stuart, traía al mundo a su hijo James – Jacobo, en contra de los deseos y los proyectos de su segundo esposo Lord Darnley; Henri I Stuart, rey consorte de Escocia, que falleció poco después, a causa de una terrible explosión en la residencia donde convalecía. 
El día 26 de abril de 1567, la reina viajó para visitar a su hijo; fue la última vez que lo vio. 

Mary Stuart -Atribuido a Rowland Lockey, Nat. Portrait Gallery- y su hijo James. 
Arnold Bronckorst

En el camino de vuelta a Edimburgo -declaró-, fue secuestrada y posteriormente, violada por el Conde Bothwell, quedando, al parecer, embarazada, circunstancia que la llevó –siempre de acuerdo con sus declaraciones–, a casarse con el secuestrador, sobre el que, además, pesaba ya la sospecha del asesinato del anterior monarca y segundo marido de la reina. María deseaba legalizar con el matrimonio el nacimiento de aquel niño y, Bothwell aceptó, pero impuso que la ceremonia de la boda se celebrara dentro del rito y el credo protestante. Mary también aceptó.

El hecho encendió la cólera de los nobles que declararon la guerra a los reyes. En el curso de los enfrentamientos, el día 15 de junio de 1567, las tropas de la reina fueron derrotadas, pero ella misma, sorprendentemente, se ofreció como rehén, a condición de que su esposo quedara en libertad. Dicha condición fue aceptada, aunque nunca se respetó.

María fue recluida en al castillo de Loch Leven donde sufrió un aborto de gemelos a finales de julio de 1567 y donde, el día 24 del mismo mes, abdicó en su hijo James, que ya tenía una año. El resto de la azarosa y triste vida de Mary Stuart es suficientemente conocida, pero nos interesa ahora, en tanto en cuanto afecta al nuevo rey de Escocia, quien, tras el fallecimiento de Isabel Tudor, recibió también la Corona de Inglaterra el 25 de julio de 1603. Tenía para entonces, 36 años.

Su concepción absolutista y divina del derecho real le atrajo pocas simpatías en Inglaterra y, sobre todo, en el Parlamento, al que solía convocar para solicitar fondos, declarando siempre con absoluta convicción, que las tareas de legislar, juzgar y ejecutar las leyes, eran exclusivas del monarca y que el Parlamento no tenía derecho a intervenir en sus decisiones.

No obstante, y, en términos relativos, se podría decir que su reinado fue estable, además de caberle la gloria de que en su transcurso surgieran algunas de las figuras más brillantes de las letras universales, como John Donne y, naturalmente, William Shakespeare. El mismo monarca era dado a las letras; escribió sendos tratados contra demonios y tabacos, pero fundamentalmente, su reino le debe la traducción de la Biblia que sigue en vigor, conocida como la King James.

James Stuart. Anónimo
Ana de Dinamarca, John de Kritz (the Elder) National Maritime Museum, London

James se casó con Ana de Dinamarca y tuvo nueve hijos de los que sólo tres llegaron a edad adulta, siendo el quinto, Charles (1600–1649), el que ahora nos ocupa, a causa de la historia de su frustrado proyecto de matrimonio con la Infanta española.

Desde 1611, su padre, Jacobo, en el contexto de la paz con España, pensó en el matrimonio de Carlos, con María Ana de Austria, hija de Felipe III y Margarita de Austria; hermana menor, por tanto, de Felipe IV.

En la primavera de 1623, ya fallecido Felipe III y, en vista de la lentitud de las conversaciones, Carlos, ya Príncipe de Gales, tras una rapidísima galopada, se presentó en Madrid, obviando todo protocolo y con la única compañía de su gran amigo George Villiers, al que más tarde conoceremos como Duque de Buckingham.

A pesar de sus reticencias, Jacobo, que no estaba del todo conforme con la boda, se sentía cómodo, porque mientras aparentemente se mantuvieran activas las conversaciones de paz y matrimonio, eludía cualquier dificultad con la Corona de España, Carlos logró que enviara una carta a Madrid, en la que informaba de su visita, sin escolta y, prácticamente, de incógnito: Ahí os mando ese enamorado…

Curiosamente, al principio de las conversaciones se había tratado de aquella boda, pero no con Charles, sino con su hermano mayor, Henry, de quien el Conde de Gondomar, embajador español en Londres, aseguraba que era católico en secreto, pero que mudó la casaca y se hizo contumaz hereje, a causa de la negativa española a aquel enlace. Fallecido ya el hermano mayor, se trataba ahora del pequeño, que en opinión de Gondomar, era una perla.

Fallecido, pues, Felipe III y defenestrado el Duque de Lerma, aparentemente, era como si todo volviera a empezar, pero con nuevos actores principales: Felipe IV, ahora, aconsejado por Olivares, frente a Charles I Stuart , aconsejado por Buckingham.


Seis meses permanecieron el pretendiente y su compañero en Madrid haciéndose llamar John y Thomas Smith, aunque todo el mundo sabía quiénes eran y cuales sus pretensiones, que ya corrían en versos populares:

                     El Gran Rey de Inglaterra,
                     Señor de la Gran Bretaña,
                     por ti, ¡oh Infanta de España!,
                     de sus reynos se destierra
                     y le hace amor tal guerra,
                     que siendo mancebo y tierno
                     con gran peligro en invierno,
                     solo por la posta marcha
                     sin temer hielo ni escarcha,
                     porque tiene fuego interno.

A pesar de cualquier aspecto romántico –aunque quizás no habría que descartarlo completamente–, de acuerdo con los documentos de la Colección Fernán Núñez, de la Biblioteca Bancroft de la Universidad de California (Berkeley), existe una versión, según la cual, tanto la idea del matrimonio anglo-español, como el viaje de Charles a Madrid, no fueron iniciativa de Charles, ni de su padre el rey James: 

El Conde de Gondomar, Diego Sarmiento de Acuña, (1567-1626) que llegaría a ser una relevante figura en la corte de James I, se propuso dos objetivos fundamentales en su misión diplomática en Inglaterra: entre 1613-18, el primero consistiría en persuadir al monarca inglés para abandonar su alianza con Francia -recordemos que Ana de Austria, la primogénita del Felipe III, había contraído nupcias con Luis XIII de Francia en 1615-, y con los países protestantes de Europa y formar una alianza con España. Entre otras cosas llevó a Jaime I la oferta de la mano de la hija de Felipe III para el heredero del trono inglés. Como consecuencia de ello, Jaime I viajó a Madrid a finales de 1622, acompañado de su hijo Carlos -futuro Carlos I- para negociar el matrimonio con la infanta María Éste no llegaría a realizarse y se acabaría concertando el matrimonio del heredero inglés con Enriqueta, hermana de Luis XIII de Francia. Don Diego Sarmiento concitó durante sus años en Londres la enemistad del pueblo inglés e incluso llegó a ser la figura del antihéroe en varios dramas de la época, entre los que destaca A Game at Chaess (1625), de Thomas Middleton. (Adelaida Cortijo, University of California, Berkeley y Antonio Cortijo Ocaña, University of California, Santa Barbara.)

En aquel momento, en Inglaterra crecían las diferencias religiosas; en toda Europa se fraguaba la terrible Guerra de los Treinta Años y la balanza podía inclinarse en función de las diferentes alianzas. La Corte de Madrid, a pesar de la buena acogida brindada al heredero inglés, se empleó a fondo en darle largas, entretenerlo con fiestas y enredarlo en falsas excusas, para rechazar el matrimonio sin hacerse responsables de las consecuencias que podían derivarse de una negativa directa, dando lugar a que, desde el instante en que Carlos Estuardo volvió a poner el pie en suelo inglés, sintiéndose más engañado que defraudado en sus supuestas expectativas amorosas, declarase la guerra a España. 

A partir de entonces, como veremos, la familia real española se encerró en su habitual endogamia de forma cada vez más pertinaz y antinatural, hasta el agotamiento.

De acuerdo con el relato de Matías de Novoa, Jacobo I no deseaba romper la paz con España, lo que le llevaría a cimentarla por el casamiento de su hijo Carlos, con la Infanta María. 

Habiendo significado al Rey por sus Embajadores y por D. Diego Sarmiento, Conde de Gondomar, Embajador del Rey en Inglaterra, que deseaba este casamiento más que ninguna otra cosa del mundo; que se apartaría de la confederación de holandeses y concedería la libertad de conciencia á sus vasallos, y haría por esto todas las diligencias humanas que se le pidiesen.

Finalmente, el deseo de aquel Rey por dar á su hijo esposa tal y tan admirablemente hermosa, que fuese envidiada su Casa de todas las de los otros Príncipes del orbe, persuadía con tales extremos al Embajador de España, que llamándole un día á su Palacio, le rogó encarecidamente partiese á España y suplicase al Rey, de su parte, resolviese este negocio y alentase y diese calor á él cuanto le fuese posible.

Escribió el Conde á S. M. lo que el Rey tan porfiadamente le pedía, y que así suplicaba á S. M. le diese licencia para partir á España á darle cuenta de las partes de este negocio, y que también era forzoso por no quebrar en la correspondencia que con él se tenía, tomar algún color o salida en este caso. El Rey le respondió diese largas dilaciones á su venida.

 
Diego Sarmiento de Acuña. Conde de Gondomar

Gondomar insistió: 

–No puedo ya defenderme de las continuas importunaciones del Rey, advierta S. M. se aventura ya reputación en esto– escribió.  Y el Rey, que ya temía á este Embajador como al diablo, viendo había llegado el negocio á los lances más apretados y estrechos que podía ser, le mandó que viniese; con lo cual, contentó al Rey de Inglaterra, porque le pareció cobraba ya algunas esperanzas su pretensión.

Finalmente, Gondomar viajó a Madrid con grandes esperanzas en la realización de su proyecto, ignorando que se iba a encontrar frente a un muro infranqueable y una red de simulaciones en la que él mismo se vería enredado. Para empezar, el rey dejó pasar unos días antes de recibirle y, cuando se decidió le envió un aviso para que se presentara en Palacio, casi en secreto; y en lo más retirado de su Cámara le oyó. 

Comenzó el Conde, como tan entendido y cortesano, á discurrir largamente en el negocio, descogiendo y despuntando todas las conveniencias y razones de Estado que había para que se efectuase este casamiento, y después de larga y prolija arenga, habiéndole oído atentamente S. M., elevando el rostro y serenando el semblante, le dijo el Rey: 

–¿Traéis algunas razones de fe que nos obliguen? porque las de Estado, en este caso, no se sirve a Dios con ellas, que es lo que más principalmente debemos observar.

El Embajador con esta respuesta, cuando esperaba de su narración otros efectos, se quedó admirado, y poniendo las rodillas en el suelo y el Rey volviéndole las espaldas, suspendió la audiencia. No quería el rey permitir que se mezclase su sangre con la de los enemigos de la Iglesia.

Decía el Conde de Gondomar -muy preciado de estadista, añade Novoa irónicamente-,  que se trataba de la reducción de las provincias rebeldes, confusión y ruina de sus confederados, desahogo de esta monarquía; y que con la unión de esta isla habíamos de hacer frente y arrastrar todo el resto de nuestros enemigos, para lo cual asentó con pactos y juramentos de inviolable secreto, que el Príncipe viniese a la corte de España á dejarse ver; porque agradándose la Infanta, podía que fuese acertado el matrimonio, dándose a creer que podrían reducir al gremio de nuestra religión al pretendiente y a toda la isla, siendo todas las señales que yo vi en él, del más pertinaz y consumado hereje que ha tenido contra sí la iglesia de Dios. 

Estaba el pueblo sumamente contento y alborozado con tanto ruido de novedades, alimento en que más se ceba; en todas partes no se oía otra cosa. ¡A quién no había de causar horror y lástima, que la hez de la plebe se alegrase! 

Por este tiempo, y contra el parecer de un Rey prudente, ya el Príncipe de Gales había salido de Londres, y con secreto inviolable, navegando á Francia con el Marqués de Boquingam, y a largas jornadas se entró por España.

Habiendo llegado a la corte á 17 de Marzo del año de 1623, se apeó en casa del Conde de Bristol, Embajador extraordinario de su padre en España, envió a llamar con toda brevedad al Conde de Gondomar, y dándole cuenta de su venida, pasó volando a darla al Conde de Olivares, los cuales á un mismo tiempo se la dieron al Rey; este ruido y esta novedad se comenzó a extender luego por la corte, viéronse ambos, Príncipe y Rey, aquella noche de secreto y retirados.

Charles, Príncipe de Gales, llega discretamente al Alcázar de Madrid. 1623

Hiciéronsele muchas y muy reales fiestas; jugó el Rey las cañas, entreteniéndose después de esto muchos días en correr lanzas, en que el inglés no parecía mal ejercitado; vínose al punto de tratar el casamiento, y lo primero que se pretendió examinar, fue si el Rey podía dar esta señora á este hereje o no. Quería nuestro Rey librar este ángel –a la Infanta– de las garras de este basilisco de la Iglesia.

El factor primordial del posible contrato, y en el que se aparentó depositar la decisión final, era la dispensa del Pontífice, que en la Corte de Madrid, nunca se creyó que sería concedida.

Ya por estos días estaba resuelta la Junta y determinado entre los Teólogos y jurisprudentes, que se le podía dar la Infanta al Príncipe: habíase enviado por dispensación á Roma al Papa Urbano VIII, para efectuar en la corte el casamiento, que tardó mucho; hay quien dice que el Papa no gustaba dello. De aquí se dio a sospechar que el Papa, por simpatía hacia Francia, no quiso despachar la dispensación tan presto.

Pero Boquingam –continua Novoa-, lo urdió de manera que dio paso al Rey de Inglaterra, para que diese orden en la salida del Príncipe; el Rey lo hizo ansí, si bien el mozo lo sentía, porque ya se hallaba tiernamente enamorado de la Infanta, mas el padre proveyó tan aprisa sobre esto, que escribió á Boquingam, que si el Príncipe no quería salir de la corte de España le dejase y se viniese él: esto pasó en secreto y por el consiguiente escribió al Rey católico quedase hecho el tratado del casamiento y diese licencia a su hijo para volverse, que sus años eran muchos y para cualquier accidente, más que necesaria su venida.

Capitulóse, finalmente, que dentro de un año se había de llevar la Infanta á uno de los puntos de Inglaterra, que se harían los desposorios con todas las solemnidades de la Iglesia, que se confirmaría la paz para en lo de adelante y otros artículos tocantes á la religión: jurólos el Rey y el Príncipe con ninguna intención de cumplirlos. 

Boquingan -que a pesar de las aseveraciones de Novoa, era consciente de que no existía la menor intención de cumplir lo acordado-, andaba retirado, sin querer aparecer, dando por causa que se hallaba con alguna falta de salud, ardiendo en su corazón el rencor y la venganza.

Hiciéronse de una parte á otra ricos y lucidos presentes de joyas y preciosas piedras, perlas y otras cosas de mucho valor y curiosidad; dejaron muchas para la Infanta, que no se tocaron á ellas hasta ver el fin en lo que esto paraba, que no dejaba de traslucirse y se desconfiaba de su ejecución. Y partió de Madrid acompañándole el Rey hasta San Lorenzo el Real.

A la espalda del heredero inglés se cerraban  las puertas de la misteriosa Casa de las Siete Chimeneas, donde había sido alojado; tétrico escenario de lúgubres connotaciones que aún tardarían en salir a la luz, aunque la memoria colectiva siempre auguró funestas consecuencias a sus moradores...

Convencido de que todas sus propuestas eran sometidas a Juntas y Consultas, en las que nunca se concluía nada, el príncipe comprendió que día tras día se habían ido burlando sus proyectos; y en uno de los días que se caminó, yendo el coche cerradas las cortinas por el demasiado polvo y calor, diciendo el Cardenal Zapata al Príncipe, si se podría abrir una; 
Yo lo había querido decir –respondió–, mas no me he atrevido, pareciéndome si acaso no se podía hacer sin la Junta

Tan falsos iban y de tan mala intención en el uso de nuestras acciones –concluye Novoa–.

Esperábanle en el puerto –prosigue el autor-,  doce galeones poderosos y bien artillados, y dice quien lo vio: que en uno de ellos le enseñaron un oratorio donde habían de ir los criados y criadas si se hiciera la boda de la Infanta, donde habían de oír misa, empero –termina-, yo lo juzgo todo por aparente y falso, y que querían usar de esto en tanto que duraba el engaño.

Salióle el Rey, su padre, á recibir algunas jornadas antes de llegar a Londres; el cual en breves días, cargado de años, falleció; con que se declaró Boquingam y el nuevo Rey por enemigos capitales de nuestras Coronas, sucediendo en la privanza del hijo con la misma firmeza que en la del padre. 

Después del fracaso del proyecto español, Charles Stuart finalmente contraería matrimonio con la católica Enriqueta María de Francia, hija de Enrique IV –asesinado en 1617, y de María de Médicis, desterrada el mismo año–, a la que conoció en París en su viaje de vuelta a Inglaterra y tras la aceptación de la propuesta por parte de la Corona francesa sin tantas averiguaciones y escrutinios de herejía.

Henriette Marie de France. Anthony van Dyck. Royal Collection

Los cinco hijos mayores de Charles en 1637: Mary, James, Charles, Elizabeth y Anne
Sir Anthony Van Dyck, Royal Collection

No paró aquí el odio del privado; tras la capitulación del casamiento, capituló con el Rey de Francia una liga ofensiva y defensiva contra el Rey católico, que se llevó tras sí al Duque de Saboya y venecianos y otros Potentados enemigos nuestros; pasó a Holanda y capituló otra, incluyendo en ella al Rey de Dinamarca; este rayo que se prevenía, concitado por el coraje deste infiel, para asolarnos, ya se había dejado sentir en España, si bien con tanto silencio que nunca se creyó; acá, aunque se hacían algunas prevenciones, no las que convenían de hombre de tan gran cabeza como la del Conde de Olivares, y de tan incansable trabajo me admira que se le pasase aquella ocasión por alto y sin prevenirle opósito, pues para tales ocasiones es el talento y el blasonar de gran Ministro; viendo salir a un hombre irritado a revolver la Europa, deshecho este casamiento y efectuado en Francia movimientos de armas y bajeles en todas partes, que todo amenazaba ruina. 

Es evidente que Novoa tenía acerbas críticas para repartir a todos, excepto al monarca, a quien atribuía las inspiraciones de su consejero-valido, Olivares, al que sin embargo, juzga severamente. 

Hablábamos de endogamia; pues bien, Ana de Austria, al final se casó con su primo Fernando III de Austria.

Ana de Austria y Fernando III

Su hija, Mariana (1634–1696) se casó en 1647 (13 años) 
con su tío Felipe IV (1605–1665):

Y su hijo Leopoldo (1640–1705) se casó con Margarita, hija de Felipe IV y Mariana (1651–1673), Velázquez, Kunsthistorisches Viena).

Como es sabido, a pesar de que Felipe IV tuvo numerosa descendencia fuera del matrimonio, con grandes dificultades logró tener un heredero legítimo, Carlos II -con el cual se extinguió la rama española de la dinastía iniciada dos siglos antes por el matrimonio de Juana, la hija de los Reyes Católicos, con Felipe de Hasbsburgo, el Hermoso-, dando lugar a la Guerra de Sucesión en cuyo transcurso, media Europa se batió por la herencia española.

El Conde de Gondomar, Diego Sarmiento de Acuña, llegó a crear una relación de auténtica amistad con Jacobo I quien le admiraba por su extensa cultura; de hecho, ambos bromeaban llamándose a sí mismos los Dos Diegos, jugando con la correspondencia de sus nombres: Diego, Yago Santiago o Jacobo-James. Reunió una gran biblioteca sobre la que escribió Pascual Gayangos: ¿Qué fue de esta rica colección de libros, con tantas fatigas y dispendios reunida? Por los años de 1785, el marqués de Malpica, heredero á la sazón del título y mayorazgos de Gondomar, obedeciendo a una insinuación o casi mandato del rey Carlos IV, la cedió para ser incorporada a la que con los manuscritos de los Colegios Mayores suprimidos en las universidades de Alcalá y Salamanca, y con otras colecciones más o menos importantes, vino con el tiempo á constituir en el Real Palacio la llamada Particular de Su Majestad; biblioteca, como es sabido, rica en joyas literarias, y que desde entonces acá ha sido guardada con más recato y sigilo del que parece convenía al decoro de la monarquía, al interés de la ciencia y al adelantamiento de los estudios históricos.

Ana de Austria vivió hasta 1646, por lo que no conoció la suerte corrida por su pretendiente, Carlos Estuardo, decapitado tres años después, por decisión del Parlamento Inglés, ante su incapacidad para aceptar que la Corona hubiera de someterse a la Ley.

Condenado a muerte bajo la acusación de tyrant, traitor, murderer, and public enemy to the good people of this nation –Tirano, traidor, y enemigo público de las buenas gentes de esta nación–, como es sabido, su ejecución no complació a la mayoría. Sin embargo, parece que el jurado le ofreció insistentemente la posibilidad de pedir clemencia, en la convicción de que lo haría y sería inmediatamente indultado, pero Carlos, fiel a sus inmutables principios, se negó a pedirla a aquellos a quienes consideraba usurpadores de la justicia.

Carlos I recibe una rosa de una muchacha, cuando es llevado a la prisión en la que esperará su ejecución. Eugene Lamy. Louvre.

Tras la restauración de la monarquía, con Carlos II, casi todos aquellos a quienes se consideró responsables de la sentencia y ejecución de Charles I Stuart, fueron perseguidos y ajusticiados. En enero de 1661, los cadáveres de Oliver Cromwell, Henry Ireton y John Bradshaw, fueron exhumados, ahorcados y sus cráneos empalados en Westminster Hall.

Oliver Cromwell, Henry Ireton y John Bradshaw


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