domingo, 23 de diciembre de 2012

La Reina Cristina -Drottning Kristina- de Suecia (1) Ebba Brahe y Magnus De la Gardie

Cristina de Suecia. Sebastien Bourdon, Nationalmuseum, Stockholm

La Reina Cristina nació en el Castillo de las Tres Coronas –Tre Kronor– en Estocolmo el 8 de diciembre de 1626, y fue la única hija del rey Gustavo II Adolfo y su esposa María Leonor de Brandenburgo


Castillo de lasTres Coronas, Estocolmo


Parece que tenía mucho pelo al nacer, por lo que, tras un vistazo apresurado, alguien creyó que era un varón, creando durante un breve espacio de tiempo, la falsa ilusión de que ya había heredero, pero inmediatamente, ese alguien tuvo que aclarar su error. Gustavo Adolfo aceptó la noticia con alegría; era hombre optimista y en Suecia no había ley Sálica.
Pero Gustavo Adolfo murió el 16 de noviembre de 1632, en la batalla de Lützen –Guerra de los Treinta Años-, en la que sus tropas, no obstante, resultaron victoriosas. Cristina estaba a punto de cumplir seis años cuando la corona sueca recayó sobre su cabeza.

Una reina de seis años

 La más reconocida característica de la niña-reina fue su insaciable interés por aprender y una gran capacidad para hacerlo. Prontó dominó varios idiomas, incluido el latín. Más tarde se interesó por artes como pintura, escultura, música, teatro y ballet, pero también por la Filosofía, Literatura, Historia, Geometría, etc., además de alcanzar una notable destreza en deportes como la caza, equitación o esgrima.

1634, 8 años. Jakob Henrik Elfbas

 A los 23 años, el 20 de octubre de 1650, fue coronada, aun habiendo expresado abiertamente su decisión de no contraer matrimonio, lo que creaba un serio problema en la Corte a causa de la previsible y siempre amenazadora falta de un heredero directo e indiscutible. Tras ciertas negociaciones Cristina consiguió que se aceptara la sucesión de su primo hermano, Carlos Gustavo, en quién, efectivamente, abdicó, el 5 de junio de 1654.


Carlos X Gustavo. Sebastien Bourdon, 1653. Nationalmuseum Stockholm.

Aún hoy resulta difícil comprender aquella juvenil decisión de abdicar, puesto que además de que Cristina nunca se sintió obligada a dar explicaciones sobre sus actos, más adelante intentaría, no sólo recuperar el trono que había abandonado, sino que se propuso luchar por la posibilidad de alcanzar otros, como el de Polonia o el de Nápoles, empleando para ello medios bastante inverosímiles e, incluso poco o nada ortodoxos.

Es posible que la renuncia se debiera a su intención de abandonar la fe luterana, en cuya defensa, su padre había empeñado el reino y perdido la vida, algo que, con toda evidencia, no aceptarían sus súbditos, pero algunas de las actitudes que asumió posteriormente no parecen dejar claro que la necesidad de unirse a la fe católica fuera el motor exclusivo de su existencia, hasta el extremo de llevarla a abandonar para siempre su trono y su nación, dando un giro tan radical a su porvenir. Cristina mostró en distintas ocasiones que deseaba fervientemente seguir siendo reina y optó, aún en contra de todo argumento de carácter legal, por mantener las prerrogativas asociadas a la corona que ya no poseía, incluido el ya entonces discutidísimo derecho sobre la vida de unos súbditos a los que voluntariamente había renunciado, al menos, en apariencia. Por otra parte, en el aspecto religioso, Cristina Vasa, llamada María Cristina Alexandra tras su bautismo católico, siempre defendió abiertamente la tolerancia religiosa, una postura muy poco compartida en la época.

En todo caso, bajo la protección del pontífice, la ex reina estableció su residencia en Roma donde fue recibida con los más altos honores por nobles y cardenales, ante los cuales apareció  el 19 de diciembre de 1655 cabalgando un extraordinario caballo blanco.
Iniciaba una nueva vida que sólo se vio interrumpida por alguna escapada a Francia, donde tenía negocios que resolver. En todo caso, Cristina permaneció en Roma, con algunos cambios de residencia, hasta su muerte, el 19 de abril de 1689, siendo enterrada –caso verdaderamente extraordinario-, en la basílica de San Pedro.

Y, hasta aquí, el sencillo telón de fondo ante el que transcurrió la existencia de la Reina Cristina de Suecia. En cuanto a su personalidad, extremadamente compleja, sólo se puede intentar discernir en el marco de sus relaciones, amistosas o políticas, con ciertos personajes muy singulares, algunos de los cuales fueron asimismo esenciales en el inquieto devenir histórico de la época que les correspondió vivir y que, en diversas circunstancias, tuvieron la fortuna o, quizás el infortunio de cruzarse con una de las mujeres más enigmáticas del siglo XVII, entre ellos, René Descartes; los Cardenales Mazarino y Azzolino; Ebba Sparre; el Marqués de Monaldeschi y los monarcas, Felipe IV y Luis XIV.

Un primer personaje que por razones cronológicas podemos relacionar con Cristina fue la Condesa Ebba Brahe (1596-1674), eterna amante de Gustavo Adolfo, el padre de Cristina, con quien el rey no pudo casarse a causa de la radical oposición de su madre, la reina viuda Cristina de Holstein-Gottorp, a quien Ebba sirvió como dama de honor desde 1611, cuando tenía 15 años. A los 16 se convirtió en amante del rey quien, a pesar de amarla y desear fervientemente casarse con ella, nunca pudo superar la oposición de su madre, que además, era regente y, por la autoridad que le otorgaba su cargo, decidió que el heredero debía casarse con una Hohenzollern, María Leonor de Brandeburgo.

Gustavo Adolfo de Suecia. Atribuído a. Jacob Hoefnagel
y Leonor -Drottning Maria Eleonora-. 1619. Artista Desconocido.Nationalmuseum, Stockholm.

Ebba aceptó la situación y en junio de 1618 se casó a su vez con Jacob De la Gardie, manteniendo, no obstante, su relación con Gustavo Adolfo hasta la muerte de este en Lützen en 1632.




Jakob De la Gardie. 1606? Tabla de autor desconocido. Nationalmuseum. Stockholm
Ebba Brahe, ya viuda. Autor desconocido

Tras la muerte de la Gardie, Ebba se convirtió en una poderosa terrateniente mediante la adquisición de inmesos territorios abandonados por la nobleza danesa al convertirse su reino en provincia de Suecia. Entre tanto llegó a jugar un importante papel en la casa real, y se cree que pudo ser responsable, en parte, de la chocante mentalidad de Cristina; de hecho, el historiador Messenius acusó a Ebba de haber practicado brujería para imbuirle su rechazo al matrimonio, pero la causa no se admitió y el historiador fue decapitado por traición.

Ebba tuvo 14 hijos –no se sabe cómo, pero se asegura que todos eran de su marido–, de los que siete llegaron a la madurez. De ellos nos interesa especialmente, el cuarto: Magnus Gabriel De la Gardie.

Nacido en 1622, gracias a la influencia de su madre en la corte, sus excelentes modales y su gran atractivo físico, se convirtió en favorito de Cristina durante la década 1644-54 en que esta ocupó el trono. Era además muy culto, sabía organizar fiestas y se mostraba siempre magníficamente rodeado de lujo. Su carrera política y militar no tuvo parangón. Siendo ya Coronel de la Guardia de Corps (Livgardet), en 1646 fue enviado a Francia con el encargo de contratar músicos para la corte sueca, misión que cumplió a total satisfacción de la reina, quien le premió de todos los modos posibles, pero especialmente, arreglando su matrimonio con Maria Eufrosyne de Zweibrücken, prima de Cristina y hermana de su sucesor. Después fue hecho Consejero Privado y, en 1648, General, en cuya condición sirvió al futuro rey Carlos Gustavo –su cuñado-, en la conquista de Praga hacia el final de la Guerra de los Treinta Años. Tal servicio, aunque muy poco destacado, le supuso una enorme recompensa económica y el título de Conde de Arensburg-Kuressaare.


En 1649 recibió el primero de sus dos cargos como Gobernador General de los dominios suecos en Livonia. En 1650 fue designado para llevar el estandarte real en la coronación de Cristina y al año siguiente se le nombró Mariscal del Reino –Riksmarskalk- y en 1652, Lord Tesorero Mayor –Riksskattmästare-, uno de los cinco Grandes Oficiales del Reino. Ese mismo año, tras la muerte de su padre, heredó el castillo y el Condado de Läckö.


En 1653 perdió su favor con Cristina, de quien se decía que había sido amante; al parecer, su desprestigio se debió a la difamación. El hecho es que De la Gardie se vio obligado a abandonar la corte con su familia para exiliarse en alguno de sus numerosos feudos, aunque solo durante un año, pues cuando se produjo la abdicación, el favorito volvió al servicio del nuevo rey, su cuñado Carlos Gustavo, recibiendo, entre otros, el nombramiento de Rector de la Universidad de Uppsala, donde él mismo había estudiado. Más tarde se le encargó, como Teniente General, el mando de las tropas suecas que debían luchar contra Polonia y Rusia. Parece que De la Gardie no estaba dotado para aquel menester, recibiendo graves recriminaciones del monarca a causa de su deficiente actuación, lo que no le impidió representar a su cuñado en las subsiguientes conversaciones de paz, e incluso en 1660, cuando Carlos X Gustavo murió, dejó firmado el nombramiento de la Gardie como Gran Canciller y por tanto, miembro de la Regencia del sucesor, Carlos XI.


Fue entonces cuando Cristina tanteó las posibilidades de recuperar la Corona, pero la existencia de un heredero le hizo imposible encontrar apoyos, si bien, logró asegurar el pago de sus pensiones.


Las relaciones de la Gardie, más que su aptitud, le convirtieron en un miembro destacado de la regencia. En cierto modo vivía del pasado y del recuerdo de la Guerra de los Treinta Años, lo que le llevaba a inclinarse por las soluciones bélicas, frente a una parte de la corte, más decidida a vivir en paz y recuperar la economía. Pero se impuso el partido de la Gardie y toda la regencia transcurrió en guerra contra Rusia y Polonia.

A principios de 1661 Suecia y Francia firmaron un tratado en el que una cláusula secreta aseguraba que Suecia apoyaría al candidato de la Corona de Francia cuando quedara vacante el trono de Polonia, a cambio de una gran cantidad de dinero. Al año siguiente se estipuló un nuevo acuerdo, por el que Suecia  mantendría 16.000 hombres en sus dominios alemanes para que estos no interfirieran en una posible guerra entre Francia y los Países Bajos y España, por lo que Suecia recibiría grandes sumas económicas en tiempo de paz, que aumentarían el cincuenta por ciento si estallaba la guerra. Tal fue el medio que la Gardie concibió para recuperar la economía sueca, evitando con ello que la Corona pensara en reclamar las extensas propiedades de la nobleza. De la Gardie se concedió a sí mismo diversas donaciones financieras y empleó los recursos públicos en beneficio de su casa, en un momento en que, por ejemplo, la marina sueca se deterioraba por abandono y los soldados morían o desertaban por falta de pagas.

En diciembre de 1672, Carlos XI alcanzaba la mayoría de edad y De la Gardie, en su mejor momento, le aconsejaba aumentar sus prerrogativas, en unión de la alta aristocracia a la que él pertenecía. Tres años después, su influencia empezó a decaer. Obligada por su Tratado, Suecia tuvo que entrar en guerra al lado de Francia contra Holanda, por la invasión de Brandenburgo y los suecos fueron derrotados en Fehrbellin, lo que animó a Dinamarca a atacar Suecia; fue la Guerra de Escania, en cuyo trancurso, la Gardie sufriría una rotunda derrota en 1677. Carlos XI era coronado ese año y la Gardie fue acusado de alta traición, aunque la causa se ebandonó sin efecto alguno.

Desde 1670 la economía había iniciado un grave declive que se atribuyó al Tratado con Francia promovido por la Gardie. En 1680 Carlos XI se decidió a aplicar el Riksdag de los Estados, por el que toda propiedad que la Corona hubiera regalado o prestado, debía ser restituida. El rey inició la vía de retroceso hacia la asunción del poder absoluto que la Gardie había promovido, pero que entonces se volvía en su contra. Fue juzgado por las magnas cantidades de dinero e innumerables propiedades obtenidas de la Corona, que fueron consideradas tan excesivas como en realidad eran. Magnus y unos pocos aristócratas como él, fueron considerados responsables de la ruina del país y condenados a devolver cuatro millones de riksdaler, una suma inmensa.

Algunas de las propiedades de la Gardie.

El Inigualable (Se quemó en 1825,durante un representación teatral) y Venngarns Slot. 
  
El Castillo de Läckö y Mariedal.

 
El Palacio Ulriksdal alberga la carroza en que viajó Cristina el dia de su coronación.
 

El Palacio Kuressaare.

De la Gardie, fue tratado con indulgencia y se le permitió retirarse a su finca de Venngarn para el resto de su vida, aunque nunca asimiló las expropiaciones, ya que él no entendía sus posesiones como dádivas, sino como deudas satisfechas por la Corona, a él y a sus antepasados. Y en Venngarn murió el 26 de abril de 1686.

Se considera que su aptitud como mecenas de científicos y artistas, superó ampliamente una capacidad militar que, no obstante, fue la que le hizo acceder a sus múltiples honores y monumentales propiedades.




Magnus Gabriel De la Gardie y Maria Eufrosyne.
Hendrik Munnichhoven, 1653

Magnus pisa un escalón más bajo que su esposa, por ser esta hermana del rey. La vaina que Eufrosine muestra en la mano derecha, significa que está embarazada.


El 7 de marzo de 1647, en la capilla del Palacio Real de las Tres Coronas, De la Gardie se había casado con Maria Eufrosyne de Zweibrücken, como sabemos, hermana de Carlos X Gustavo y prima, por tanto, de la reina Cristina, que fue quien organizó la boda. Resultó una pareja feliz y bien avenida que trajo al mundo once hijos de los que sobrevivieron tres. De ellos recordaremos ahora a Charlotta Catharina (1655-1697).


María Eufrosyne tenía una gran amiga, Anna Åkerhjelm (1647–1693), hija del clérigo Jonae Agriconius de Nyköping. Erudita y científica, Anna se convirtió en la primera mujer nombrada Caballero, es decir, ennoblecida por méritos propios. Eufrosyne le encargó la educación de su hija Charlotta De la Gardie, que en 1682 se casó con el Mariscal de Campo Wilhelm Otto Königsmarck.


Entre 1686 y 88 el Mariscal entró en campaña a sueldo de Venecia en la guerra contra Turquía en Grecia y obtuvo el privilegio de hacerse acompañar por su familia en las sucesivas operaciones militares en que participó.


Charlotte y Anna Åkerhjelm –más conocida como Agriconia–, estuvieron en Atenas durante el asedio de la Acrópolis y entraron en el Partenón después de la hecatombe provocada por los cañones de Morosini en 1687. Allí encontró Agriconia un manuscrito árabe que, posteriormente donó a la Universidad de Uppsala. 


Tras la muerte de Königsmark en 1688, Charlotte y Anna, también viuda, se instalaron en Bremen; ambas compartieron su admiración por todo lo visto y aprendido sobre la antigua Grecia y Anna trasladó sus recuerdos a un libro casi único, no sólo por su valor intrínseco, sino por su excepcional testimonio directo de la tragedia del Partenón.


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Más sobre Cristina de Suecia: 2ª parte.




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