sábado, 12 de abril de 2014

Thomas Mann (I)


1929

Lübek, 6 de junio de 1875–Zúrich, 12 de agosto de 1955

Un modesto joven –Hans Kastorp–, se dirigía, en pleno verano, desde Hamburgo, su ciudad natal, a Davos Platz, en el cantón de los Grisones. Iba allí a hacer una visita de tres semanas. –La Montaña Mágica, J. Janés, ed. Abril, 1947–.

La visita al sanatorio donde su primo Joachin Ziemssen era tratado de tuberculosis, se convertirá en una estancia de siete años, en cuyo transcurso, los dos jóvenes, a través de largas conversaciones –tanto entre ellos, como con otros personajes, que caracterizan diferentes tendencias ideológicas, propias de un tiempo decadente y evolutivo a la vez–, muestran, como un fiel espejo, el agonizante estado de una Europa, en la que no tardaría en desencadenarse la Gran Guerra, por cuya causa, Kastorp será movilizado y abandona el sanatorio en aquel fatídico año 1914.

La panorámica de la evolución de la conciencia humana ante las transformaciones sociales e históricas, en aquel momento, dolorosamente abrumadoras, que ofrece La Montaña Mágica, de forma tan intensa y sensible, es la que convierte en genio al autor y dota a su obra de valor imperecedero y universal. Como declaró el profesor J. E. Johansson en la entrega del premio Nobel en 1929: Sus investigaciones se refieren a la naturaleza humana, tal como hemos aprendido a conocerla a la luz de la conciencia; un campo que tiene muchos siglos de antigüedad, pero en el que Thomas Mann ha demostrado que la actualidad no deja de ofrecer gran número de problemas nuevos del mayor interés.

La posteridad –explicó él mismo en una Conferencia pronunciada en la Universidad de Princeton, USA, el 10 de mayo de 1939–, deberá decidir si habrá de contarse La Montaña Mágica entre las "obras maestras" en el sentido en que se define el resto de los objetos clásicos de sus estudios. De cualquier modo, tal posteridad sí podrá ver en ella un documento del ambiente y de cierta problemática espiritual europea del primer tercio del siglo veinte.

Aunque nos referimos ahora a la novela titulada La Montaña Mágica, es importante destacar que tales características, no se refieren sólo a esta obra; como Thomas Mann también dijo en la citada conferencia: Hay autores cuyo nombre va ligado al de una única gran obra, y cuya esencia llega a expresarse cabalmente en esta única obra. Dante con la Divina Comedia. Cervantes con Don Quijote. Pero hay otros -entre los que me cuento- para los que la obra aislada no posee de ningún modo una representatividad perfecta, no pasa de ser el fragmento de un todo mayor, de la obra de sus vidas, e incluso de su vida y su persona. Pero precisamente por este motivo no haremos justicia al fragmento si lo consideramos aisladamente, sin atender a sus vínculos con la obra global y al sistema de relaciones en que se encuentra. Resulta, por ejemplo, muy difícil y casi impracticable hablar de La Montaña Mágica sin referirse a las relaciones que -en un sentido retrospectivo- guarda con mi novela de juventud Los Buddenbrook, con el tratado crítico-polemizante, Reflexiones de un apolítico y con La Muerte en Venecia, así como con -en sentido prospectivo- las novelas del ciclo de José.

Es, pues, necesario afrontar una aproximación a la biografía de Thomas Mann desde estos presupuestos ofrecidos por él mismo, y a la vez, tan evidentemente destacados en su variada obra, para obtener una semblanza verosímil del devenir de su vida; una existencia en la que el éxito y la concesión del Nobel, muy enlazados con su evolución ideológica, relegaron a un segundo plano la considerable sucesión de tragedias personales que la enmarcaron.

En el Relato de mi vida –Th. Mann, habla de un período que comprende, desde su infancia, hasta la concesión del Nobel en 1929–, mientras que, el Último año de la Vida de mi Padre, de Erika Mann describe en detalle el comprendido entre agosto de 1954 y la fecha del fallecimiento del autor, en el mismo mes del año siguiente. 

Hay entre ambos escritos un lapso de 24 años intensísimos en el aspecto histórico, y cruciales en la vida de Thomas Mann, que, gradualmente, se fue integrando en una actitud filosófica o ideológica de enorme repercusión, precisamente, por tratarse de alguien tan conocido, y que compatibilizó la creación literaria con innumerables viajes de carácter cultural, siendo reclamada su presencia una y otra vez en las más prestigiosas Universidades de Europa y América.

Habiendo partido de una posición conformista y acorde con los planteamientos que desencadenaron la Primera Guerra Mundial, Thomas Mann vivió durante esos 24 años, un creciente enfrentamiento con el Nacional Socialismo Alemán y su principal representante; brindó su apoyo moral a la República de Weimar; vivió el exilio en Europa y en Estados Unidos; la Segunda Guerra y, por fin, el desencanto final ante el giro dado a la política americana por el Macartismo, que le achacó simpatías pro comunistas –nada más lejos de su mentalidad-, del mismo modo que la Alemania nazi le había tachado de traidor a la patria –nada más opuesto a sus sentimientos-. 

Esto le acarreó situaciones a veces muy comprometidas y, a veces, realmente peligrosas, a pesar del incontestable reconocimiento general hacia su persona en el aspecto literario. A ello se añadió el propio devenir de la vida y de la muerte, ya que Thomas Mann sufrió algunas pérdidas familiares, a las que nos referiremos en su momento, terriblemente trágicas y dolorosas, que vienen a ratificar su declaración acerca del hecho de que su vida y su obra convergen continuamente, hasta el punto de que, probablemente su obra no sería del todo comprensible sin el conocimiento previo de los eventos existenciales por los que atravesó.

1881 (c. 6 años)

Nacido en una familia de acaudalados comerciantes, en Lübeck, la ciudad de su padre –Thomas Johann Heinrich Mann–, que además de dedicarse a los negocios, fue Cónsul y Senador, el domingo 6 de junio de 1875, a las doce del día. Los astros me eran propicios, según me aseguraron luego –escribiría más tarde.

El padre: Thomas Johann Heinrich Mann - Die Mutter: Julia Mann

A pesar de que el padre falleció cuando Thomas Mann apenas tenía 16 años, este aseguraba que había sido siempre el modelo de su vida. En cuanto a la madre, Julia da Silva-Bruhns, once años más joven que su marido, a quien sobrevivió muchos años, era –extraordinariamente hermosa; tenía unos rasgos indudablemente españoles–. Nacida en Brasil, de padre alemán y madre criolla, vivió en Lübeck desde los siete años, donde a pesar de su catolicismo natal, fue educada en el protestantismo. Ella fue la que inculcó a sus hijos el conocimiento y el gusto por la música, que también heredaron algunos de los nietos; les cantaba, acompañándose al piano, canciones de Schubert, Schumann o Brahms, e interpretaba piezas de Chopin. Durante horas, sentado en un sofá, yo escuchaba cómo ella tocaba en el piano de cola.

1884 (c. 9 años)

Thomas fue el segundo de cinco hijos, de los cuales, el mayor, Heinrich, 1871–1950, ejerció un notable influjo en la evolución del pensamiento del escritor y en su forma de afrontar la vida, la sociedad y la historia. Julia, la tercera hija, nacida en 1877, falleció trágicamente en 1927, del mismo modo que Carla, la cuarta, nacida en 1881 y fallecida en 1910. Por último, Viktor, el menor, 1890–1949 dejó para la posteridad un libro de memorias titulado precisamente, Éramos Cinco.

De su infancia recordaría especialmente sus baños veraniegos en una playa del Báltico, que definió como un mar compartido, en su discurso de aceptación del premio sueco. La primera fase de su formación la recibió en casa, a la vez que aprendía a tocar el violín, hasta que en 1889, a los 14 ó 15 años, ingresó en el Katharineum de Lübeck, aunque con resultados prácticamente nulos, ya que, para entonces, su interés se centraba únicamente en la lectura y en el deseo de centrarse en las Humanidades, cuando en aquel centro, los estudios se orientaban al comercio.

Cuando fallece su padre, cumpliendo el testamento, la madre liquida el negocio familiar y se traslada a vivir a Múnich con los tres hijos pequeños, pero Thomas permanece dos años más en Lübeck hasta completar el ciclo académico, y empieza a desenvolverse socialmente, llevando una vida relativamente bohemia; no estudia nada en absoluto, pero asiste al teatro y a conciertos, familiarizándose, sobre todo, con la obra de Wagner: Concibo la forma artística de la novela como una especie de sinfonía, y, de mis libros, es sin duda La Montaña Mágica el que más tiene el carácter de una partitura.

Terminado aquel período escolar, a los 18 años, se reúne con su madre y sus hermanos en Múnich y publica una primera novela corta titulada La Caída, cuyo éxito le confirma en su proyecto de ser escritor, por lo que decide matricularse en la Escuela Técnica Superior, aunque sólo en las asignaturas relacionadas con la Historia y la Literatura. Poco después colabora en la revista Siglo XX, que dirige su hermano Heinrich, en la que publica varios artículos acordes con el pensamiento del momento, no ya conservador, sino muy reaccionario y fuertemente teñido de antisemitismo, de los que jamás volvió a hablar.

De julio a octubre de aquel año -1895-, viajó a Roma y a Palestrina con su hermano Heinrich. Por entonces no le encontró gran atractivo a Italia, pero sí le impresionó Viena, cuando la conoció un año después: Viena ha sido siempre para mí uno de los dos o tres lugares —y acaso el primero— en el que tuve el sentimiento de poseer un sitio especial, un suelo especial, un público especialmente favorable a mi obra. No obstante, en diciembre volvió a Italia y se instaló con Heinrich en Roma, donde ambos llevaban una vida sin agobios gracias a los fondos de la herencia que administraba la madre. Allí permaneció hasta finales de abril del 98 y allí concibió y, prácticamente, escribió su obra estelar, Los Buddenbrook, sobre la decadencia de una poderosa familia industrial, para cuya concepción se basó en la historia de la suya propia, interrogando a su madre y a otros familiares acerca de miles de aspectos que después quedaron cuidadosamente reflejados en la obra. Mi procedencia familiar está minuciosamente descrita en Los Buddenbrook.

De vuelta en Múnich, donde debía hacer el servicio militar –del que sólo cumple tres meses-, decide no volver a casa de su madre, alojándose en pisos alquilados en los que vivirá hasta su boda, y donde continúa centrado en la redacción de Los Buddenbrook, que terminó en mayo de 1900 y que fue publicado en febrero del año siguiente, obteniendo un éxito rotundo en toda Alemania. 
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Los Buddenbrook, despliega ante el lector, con increíble riqueza de detalles, la historia de una familia de la alta burguesía de Lübeck y su progresiva y dolorosa decadencia a lo largo de cuatro generaciones. Durante la primera, la empresa creada y gestionada por Johann Buddenbrook, funciona muy bien y produce grandes beneficios que otorgan a él y a su familia una enorme consideración social y les permite organizar numerosas fiestas en su palaciega residencia. 

Johann Buddenbrook hijo, representante de la segunda generación, hereda la empresa, que empieza a tener pérdidas, aunque, de momento, esto no le impide continuar con el mismo estilo de vida social de sus padres, con sus conocidas fiestas y cenas seguidas de música y baile.

Durante la tercera generación, se produce un breve resurgimiento, al que, sin embargo, sigue una rápida decadencia que conlleva los primeros choques entre hermanos, separaciones matrimoniales y hasta alguna condena a prisión. Thomas Buddenbrook, sufre graves depresiones y, cuando intenta encontrar una razón espiritual a su vida, fallece. La empresa se cierra y Hanno, el último representante de la familia, muere apenas llegado a la adolescencia. Otro descendiente, Christian es internado en un sanatorio, mientras que el resto de la agotada familia se hunde en la decadencia y desaparece por completo de la vida social.

Thomas Mann presenta el declive personal como consecuencia del social y económico y resalta el abismo abierto entre el hombre de temperamento artístico y la pragmática mentalidad de la burguesía de la época. 

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A los 26 años, Thomas Mann era un autor al que todo el mundo había leído y del que todo el mundo hablaba. Efectivamente, el hecho de contener la obra una amplia base biográfica, unida a una visión sintetizadora de la historia en plena evolución y, todo ello llevado magistralmente a la literatura, constituyó años después, en la apreciación de Jurado sueco, la razón que básicamente dotó de argumentos su posibilidad de obtener el galardón.

Las razones, por las que se entendió que esta obra era la mejor candidata al Nobel en 1929 –27 años después de su aparición–, fueron muy bien descritas en el discurso pronunciado por Friedrik Böök, del Comité de Literatura de la Academia sueca, en el transcurso de la ceremonia de entrega de los premios, el 10 de diciembre de 1929, que transcribo a continuación. 

A pesar de que hablamos de una novela que, como tal, puede y debe ser leída y comprendida, sus valiosas aportaciones psico–sociológicas e históricas, le otorgan, en cierto sentido, el valor de un ensayo.

Si uno se pregunta qué innovación ha aportado el siglo XIX en el campo de la literatura, qué forma nueva ha añadido a las antiguas como la épica, el drama y la lírica, cuyo techo alcanzó Grecia, la respuesta debe ser: la novela realista. Porque expone las experiencias más íntimas y secretas del alma humana en el contexto de las condiciones sociales contemporáneas, y, profundizando en la interdependencia entre lo general y lo particular, ha sido capaz de retratar la realidad con una precisión fiel y una plenitud que no tienen paralelo en la antigua literatura.

La novela realista – lo que podríamos denominar moderna prosa épica, influida por el historicismo y la ciencia- ha sido en gran parte creación de las literaturas, inglesa, francesa y rusa, y está asociada a los nombres de Dickens y Thackeray, Balzac y Flaubert, Gogol y Tolstoi. No ha habido una aportación comparable con dichas obras en Alemania, desde hace mucho tiempo; ya que la creación poética eligió otros puntos de vista. El siglo XIX había llegado a su fin cuando un joven escritor, el veintisiete años, hijo de un comerciante de la vieja ciudad Hanseática de Lübeck, publicó su novela Los Buddenbrooks (1901).y otros veintisiete han pasado desde entonces, durante los cuales se ha hecho evidente para todos que Buddenbrooks es la obra maestra que ha venido a llenar ese vacío. Tenemos aquí la primera y hasta ahora no superada novela realista alemana en el gran estilo, que accede a un lugar indiscutible y análogo a las anteriores, en el concierto europeo. 

Buddenbrooks es una novela burguesa, porque el siglo que retrata es, sobre todo, una época burguesa. Representa a una sociedad no tan grande como para desconcertar al observador, ni tan pequeña y estrecha que le ahogue. Este nivel medio favorece un análisis inteligente, reflexivo y sutil, y su propio poder creativo, el placer de la narración épica, está conformado por una reflexión serena, madura y sofisticada. Vemos una civilización burguesa en todos sus matices, vemos los horizontes históricos, los cambios de tiempo y generacionales, la gradual transición de caracteres independientes, poderosos, y sólo a medias conscientes de reflejar  tipos de una refinada y débil sensibilidad. La presentación es lúcida y alcanza a penetrar bajo la superficie de los ocultos procesos de la vida. es poderosa, pero nunca brutal, y toca con gran suavidad los asuntos delicados; es triste y seria, pero nunca deprimente porque está impregnado de un tranquilo y profundo sentido de humor que se refleja como una iridiscencia en el prisma de la inteligencia irónica. 

Como retrato de una sociedad, y como representación concreta y objetiva de la realidad, a Los Buddenbrook difícilmente se le encontraría un parangón en la literatura alemana. Más allá de los límites de su género, sin embargo, la novela revela sus rasgos comunes con el espíritu alemán y con su trascendentalismo metafísico y musical. El joven escritor que tan perfectamente dominó las técnicas del realismo literario, en el fondo era un converso del pesimismo de Schopenhauer y de la crítica de Nietzsche a la civilización y los principales personajes de la novela revela sus últimos secretos en música.

Básicamente, Buddenbrooks es una novela filosófica. El declive de una familia es retratada desde el punto de vista de que la profunda comprensión de la esencia y de las condiciones de la vida, es irreconciliable con la ingenua joie de vivre y la energía activa. Reflexión, auto-observación, refinamiento psicológico, profundidad filosófica, y la sensibilidad estética, le parecen al joven Thomas Mann fuerzas destructivas y desintegradores. En una de sus más exquisitas historias, Tonio Kröger, de 1903, encontró palabras conmovedoras para expresar su amor a la vida humana en toda su simplicidad, porque él estaba fuera del mundo burgués que retrató y su visión era más libre, pero también mostraba un sentimiento de nostalgia por la perdida ingenuidad, sentimiento que le dotó de comprensión, simpatía y respeto.

La dolorosa experiencia de la juventud de Mann que dio tan profunda tono a Los Buddenbrooks, incluye un problema que el autor trató repetidamente de resolver de diferentes maneras a lo largo de su carrera como escritor. En él se percibe la tensión entre lo estético-filosófico y las perspectivas pragmático-burgueses, que trató de resolver en armonía con un nivel superior. En los relatos Tonio Kröger y Tristan, de 1903, los exiliados de la vida, los devotos del arte, del conocimiento y de la muerte, confiesan su deseo de una existencia sencilla y saludable, por «la vida en su seductora banalidad»; es una paradoja propia de Mann, el amor por la sencillez y la felicidad natural de que habla a través de ellos.
En la novela Königliche Hoheit –Alteza Real–, de 1909, cuya forma realista disfraza una historia simbólica; reconcilia la vida del artista con la del hombre de acción, y le da un lema a ese ideal humano: «realeza y  amor - una felicidad austera». Pero la síntesis no es ni tan convincente ni tan profundamente sentida como la antítesis de Los Buddenbrook y los relatos. En el drama Fiorenza, de 1906, en la que el moralista Savonarola y la esteticista Lorenzo di Medici aparecen como enemigos irreconciliables, la fisura se abrió de nuevo, y en La Muerte en Venecia –Der Tod in Venedig–, de 1913 alcanza su más trágico significado. Fue durante este período, en los años que precedieron a la Primera Guerra Mundial, cuando se interesó en la personalidad de Federico el Grande. En su opinión, aquel gobernante, aparecía como una solución históricamente válida del problema, puesto que en su opinión Federico combinaba una vitalidad intacta, con la contemplación y poseía una claridad penetrante exenta de ilusiones. En el ingenioso ensayo Federico el Grande y la Gran Coalición –Friedrich und die grosse Koalition de 1915, demostraba no solo la posibilidad, sino la realidad de la solución. Sin embargo, el problemático escritor de Los Buddenbrooks, no triunfó al intentar representar este ideal en forma plástica y vital en la literatura.

La Primera Guerra Mundial y sus consecuencias obligaron Mann a abandonar el mundo de la contemplación, del análisis irónico y de la sutil visión de la belleza, por el mundo de la acción práctica. Siguió su propio consejo, implícito en su novela Alteza real –Königliche Hoheit, sobre el hecho de que hay que tener cuidado con lo fácil y lo cómodo, y se dedicó a hacer una reevaluación agonizante de las preguntas a las que su país se enfrentó en aquel momento de aflicción. Sus obras posteriores, especialmente la novela La Montaña Mágica –Der Zauberberg, de 1924, dan testimonio de la lucha de ideas que su naturaleza dialéctica mantuvo hasta el final y que precedió a la declaración de sus opiniones.

Dr. Thomas Mann - Como escritor y pensador alemán que ha reflejado la realidad, que ha luchado con ideas y que ha creado una dolorosa belleza, a pesar de estar convencido de que ese arte era cuestionable, ha sabido reconciliar la excelsitud de la poesía y el intelecto con un amoroso anhelo de lo humano y de la vida sencilla. Acepte de las manos de nuestro Rey el Premio que la Academia Sueca, con sus felicitaciones, le ha otorgado.

No se puede dejar de lado, en modo alguno, la edad del autor cuando compuso esta obra, elemento que la dota de una increíble genialidad, puesto que la percepción de su entorno, tanto familiar como nacional, desde la comodidad de una vida muy fácil y perfectamente justificada desde su apreciación particular, y cuyas bases nunca había puesto en cuestión, sino bien al contrario: No es poca ventaja haber pertenecido todavía al último cuarto del siglo XIX, ese gran siglo; a los últimos momentos de la época burguesa, liberal–, implica la posesión de unas cualidades literarias excepcionales.

El discurso de agradecimiento de Thomas Mann a la Academia, es tan interesante, si no más, que lo que acabamos de leer, y lo citaremos más tarde, cuando en 1929, el pensamiento del autor, ya a los 44 años, y después de la Gran Guerra, habrá sufrido una honda, dolorosa  y evidente transformación. No obstante, parecía interesante intercalar aquí el discurso de entrega, porque, como se ha visto, resume en cierto sentido la práctica totalidad de su obra.

A partir de entonces los salones literarios y artísticos competían por su asistencia. Uno de los más famosos era el de la familia Pringsheim, procedente de Silesia y extraordinariamente adinerada, culta y amante de la música de Wagner. De origen judío, sus componentes se habían convertido al protestantismo años atrás. Los Pringsheim tenían una hija, Katia, con la que Thomas se comprometió y se casó en febrero de 1905.

Katharina –Katia- Hedwig Mann-Pringsheim (24 de julio de 1883–25 de abril de 1980).

El matrimonio se instaló en Munich, donde residieron hasta su exilio, en 1933, y donde llevaron una vida tranquila, en la que la familia de Katia proveía los fondos necesarios, mientras ella se ocupaba de organizar los compromisos de su marido, evitándole la necesidad de atender a cualquier otro asunto que no correspondiera a su actividad literaria.

Después de la boda, Thomas Mann escribe la sorprendente obrita De la sangre de Odín, en la que relata el incesto de dos gemelos de origen judío, después de oír La Walkiria. Siguiendo su costumbre de incluir en sus obras a personas conocidas, en este caso, es su propia esposa, Katia, el modelo de la hermana incestuosa. Posteriormente intentó evitar su publicación, pero habiendo circulado ya varias copias, permitió imprimir una pequeña edición en 1921, no para su venta. Cierto es, no obstante, que el hecho de retratar a personas/personajes cargaba de morbo sus escritos en los que, en ocasiones, parecía más importante descubrir los modelos que cualquier otra característica. Bajo otras personalidades incluyó del mismo modo, por ejemplo, a Gerhardt Hauptmann -también premio Nobel-, o a Georg Lukács.

Katia Mann y sus hijos en 1919: Monika 1910, Golo –Angelus Gottfried Thomas– 1909, Michael 1919, Katia Mann, Klaus 1906, Elisabeth 1918 y Erika 1905.

El 9 de noviembre de 1905 nació su primera hija, Erika, y Mann empezó la redacción de Las Confesiones del Estafador Félix Krull -Bekenntnisse des Hochstaplers Felix Krull, publicada en 1954, precisamente, con la ayuda de Erika. El 18 de noviembre del año siguiente, nacía Klaus, el segundo hijo.

Erika Mann

Erika y Klaus estuvieron siempre más unidos entre sí que con el resto de los hermanos. Cuando tenían 14 y 13 años respectivamente, ya fundaron una grupo de teatro infantil: Asociación Alemana de Mimos Aficionados –Laienbund deutscher Mimiker– y, a los 18, antes de terminar los estudios secundarios Erika tiene un primer contrato como actriz en el Deutschen Theater en Berlín, dirigido por Max Reinhardt. 

Cuando termina el bachillerato, en 1924, se matricula para estudiar teatro y compatibiliza las clases con actuaciones esporádicas en Berlín y Bremen. El año siguiente representa la obra de Klaus Anja und Esther, en Hamburgo, en cuyo reparto aparecen también, el propio Klaus; Gustaf Gründgens, novio de Erika por entonces, y Pamela Wedekind; todos ellos alcanzarían la popularidad. Pamela se casó con Gründgens poco después, aunque el matrimonio apenas duró tres años.

Para entonces, Erika se consideraba suficientemente preparada para ser actriz, por lo que abandonó los estudios y empezó a actuar en teatros de diferentes ciudades alemanas, hasta que, en 1927 decidió recorrer el mundo junto con Klaus, una experiencia que duró nueve meses y de la que saldrá un libro escrito en común: A la redonda. La aventura de un viaje por el mundo -Rundherum. Das Abenteuer einer Weltreise-. A su vuelta, Erika empieza a colaborar en prensa, radio y revistas. En sus escritos se perciben ya los planteamientos que van a conformar su conciencia vital y política, en la línea que seguirá a lo largo de toda su vida.

En 1931, Erika ganó un rally automovilístico de 10.000 kilómetros de recorrido por diferentes países del sur de Europa, sobre el cual redactó, sobre la marcha, una serie de reportajes. En enero del año siguiente participó en un acto público de la llamada Liga por la Paz y la Libertad, a causa del cual recibió violentas amenazas a través de la prensa nacional socialista. A pesar, o quizás precisamente, porque que ella interpuso una denuncia y ganó el proceso subsiguiente, sus agresores lograron que suspendiera su actividad teatral, irrumpiendo violentamente en el teatro durante las representaciones. Volvió entonces a escribir y publicó su primer cuento infantil: Stoffel vuela sobre el mar -Stoffel fliegt übers Meer-.

A pesar de las adversidades, en enero de 1933, junto con Klaus, con Therese Giehse, íntima amiga de Erika y el músico Markus Henning, fundan en Munich un cabaret político llamado El molino de pimienta -Die Pfeffermühle-. Erika escribe casi todos los guiones que después interpreta con el grupo, al que gradualmente se incorporan otros actores, y ella suele hacer el papel de maestra de ceremonias. Los textos son siempre reivindicativos de derechos políticos y sociales prácticamente suprimidos en Alemania. Pero sólo hasta el mes de marzo, cuando la familia al completo, se ve obligada a abandonar Alemania.

Erika, que mantiene públicamente una actitud muy crítica hacia el nazismo, es la última que abandona la ciudad de Múnich, logrando con gran peligro, entrar en la casa clausurada de sus padres durante la noche, para recoger documentos y manuscritos que el escritor se había visto obligado a abandonar. Poco después se reunió con ellos en Zúrich, donde poco después, El Molino de Pimienta reanudaría su actividad, convertido en el cabaret de los exiliados. Su trabajo proveerá la excusa para declararla enemiga de Alemania y retirarle la ciudadanía, convirtiéndola en una apátrida, hasta que gracias a la amistad que se profesan, el poeta inglés Wystan H. Auden y Erika, se casan con el único objetivo de que ella obtenga la nacionalidad británica.

La última representación de El molino de pimienta en Europa se produjo el 14 de agosto de 1936. Se reinauguró en enero del año siguiente, pero entonces, instalado en Nueva York, donde poco después la seguirán sus padres. Allí conocerá a otros alemanes exiliados con los que creará fuertes lazos de amistad, como Kurt Weill.

En 1938 publica Diez millones de niños -Zehn Millionen Kinder- o Escuela de Bárbaros, acerca de la educación de los niños bajo el nazismo, una obrita corta, que, con el tiempo alcanzó un alto número de ventas. Durante los meses del verano, ella y Klaus viajan a España como reporteros de la guerra civil. 

Sin dejar de dar conferencias sobre la situación alemana, por la mayor parte de los Estados Unidos, en 1940 Erika viaja a Inglaterra para colaborar en emisiones de la BBC en alemán, antes de volver a integrarse como corresponsal durante la Segunda Guerra Mundial, una actividad que compatibiliza con su trabajo en la Oficina de Información de Guerra en Nueva York.

Después de la guerra, Erika es la única mujer autorizada a asistir a los Procesos de Nuremberg como periodista y observadora. Pero con la paz llega la llamada Guerra Fría y en Estados Unidos, sus escritos empiezan a ser considerados sospechosos, a la vez que tanto ella como su hermano terminan siendo investigados por el FBI a causa de su sexualidad.

Ya lo sabes –escribió Erika a Klaus-, el caso de los alemanes no tiene esperanza. La ilusión y la falsedad, la arrogancia y la obediencia, la astucia y la estupidez, están odiosamente mezcladas en sus corazones.

En 1947 se acerca más a su padre, se reafirman entre ellos fuertes lazos afectivos y descubren una gran afinidad que les permite compartir el trabajo literario; ella le ayuda a terminar Doktor Faustus-, y, poco a poco, se va convirtiendo en su mejor confidente.

Entre tanto, un Klaus decepcionado con la Alemania de posguerra y que por entonces vive sólo, se suicida en Cannes el 21 de mayo de 1949. 

Todavía no sé cómo vivir, sólo sé que no tengo otra opción. Éramos un todo, hasta tal punto que, en realidad, me resulta imposible imaginarme sin él, -escribió Erika- y al año siguiente, -en Memoria de Klaus Mann, Klaus Mann zum Gedächtnis-, añadiría: Fuimos educados como gemelos. Klaus tenía exactamente un año y nueve días menos que yo. Estábamos muy cerca el uno del otro y así continuamos durante toda nuestra juventud y nuestra vida de adultos… la que terminó para Klaus con sólo cuarenta y tres años.

Después de convertirse en objeto de graves difamaciones durante el macartismo, Erika realiza varios viajes por Europa, y en 1952 se reúne de nuevo con sus padres en Suiza, donde colabora notablemente en la terminación de las Confesiones del estafador/aventurero Félix Kril, que Thomas Mann había empezado casi cincuenta años antes.


Cuando Mann falleció el 12 de agosto de 1955, Erika se encargó de su obra inédita. Unos meses después publicó El último año. Informe sobre mi padre -Das letzte Jahr. Bericht über meinen Vater- y entre 1961-65, hizo imprimir las  Cartas de Thomas Mann, en tres volúmenes.

Finalmente, Erika fallecería el 27 de agosto de 1969 en el mismo hospital de Zurich en el que había muerto Thomas Mann.

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Escribió Karl L. Mayer en “Entregas de la Licorne”, Uruguay, 1956: ¿Había Thomas Mann, entonces ya casi octogenario, realmente cumplido con su misión? ¿Acaso no había una empresa literaria, empezada hace más de cuarenta años, que siempre había clamado por continuación, pero que siempre había sido puesta de lado a favor de otros trabajos más urgentes, la empresa de una novela de aventuras o picaresca, las Confesiones del impostor Félix Krull? 

El fragmento del principio se había publicado hacía muchísimo tiempo, tiempo y el autor había creído que siempre quedaría como tal, pero fue magnífico, y reiteradamente se le había sugerido al escritor que prosiguiera el trabajo.

Debía ser su última obra narrativa, cuya edición el autor pudo tener en sus manos. En esta novela --es una novela aunque no es en el título calificada como tal- vuelve a tener la palabra, como en el "Doctor Faustus" y "El Elegido", un narrador ficticio. En esta oportunidad el mismo "héroe". En primera persona cuenta el estafador, el impostor nato, este talentoso calavera y vagabundo que, por lo demás, ya fuera alojado en la cárcel, la historia de su evolución y de sus primeras grandes aventuras, canalladas, conquistas y fechorías. El relato se trunca con las experiencias de Lisboa, donde Félix se ha introducido exitosamente como un falso marqués en "los círculos más altos", como gusta expresarse, estando a punto de partir para un viaje por el mundo, cuya primera etapa debe ser Buenos Aires. Pero desgraciadamente la "Primera Parte de las Memorias", aún no lleva al lector hasta allí.

Como sabemos hoy, Erika ayudó a su padre a terminar la historia de la que él mismo había dicho: –Será sin duda mi obra más extraña. Se publicó en 1954.

Thomas Mann/Félix Krull, pertenece a una sociedad burguesa, aparentemente muy ordenada, cuya debilidad va descubriendo paso a paso, desde su adolescencia, y cuya historia ha seguido un curso tranquilo, cómodo e inconsciente, hasta la muerte de su padre y la quiebra económica de la familia. Ante el naufragio, Krull empieza a vivir al margen de aquellos que antaño fueron principios inamovibles. Pero no se convierte exactamente en un estafador, porque su objetivo no es el beneficio económico, sino más bien en un farsante, que asume la personalidad de un marqués, sólo por el placer de engañar a todos, ayudado, en parte por su propia astucia y, en parte, por la credulidad de las gentes de las que se rodea. 

Así, las Confesiones del Estafador/Farsante/Aventurero Félix Krull, puede encuadrarse perfectamente en el terreno de la picaresca en su acepción clásica, pero en el siglo XX; de acuerdo con cuyos planteamientos, la acción del pícaro, casi se justifica moralmente como consecuencia de una situación anómala en épocas de decadencia e inestabilidad, en las que todos los conceptos pueden cambiar de lugar y ganar o perder peso moral, en función de las circunstancias. En opinión de Thomas Mann, la decadencia desdibuja los límites del delito, pero también ensancha las fronteras del ingenio y de la existencia. La obra es un ejemplo perfecto del tono irónico que el autor podía asumir para afrontar ciertas situaciones.

Los graves sucesos ocurridos entre 1905, cuando Mann empezó la redacción de Felix Krull, y 1954, cuando la terminó, incluidas las dos catástrofes bélicas europeas, conmovieron los cimientos de sus principios y su propia apreciación de la vida y de la muerte. Ante semejantes circunstancias, podía haber elegido entre mostrar un mundo de desesperación y horror, o acudir a la ironía mezclada con aquel concepto filosófico suyo. que, probablemente, también le ayudó a afrontar personalmente la relativización de los valores en los que un día creyó que se cimentaba la humanidad. Krull se adapta a las circunstancias y cruza la frontera voluntariamente; si para ello recurre a acciones censurables, será, quizás, porque la misma moral no es aplicable a situaciones, no ya diferentes, sino radicalmente opuestas, quizás porque no resultó tan inconmovible, firme y verdadera como Mann había creído en otros tiempos.

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Klaus Mann como sargento de EE.UU. en Italia, 1944.
(Múnich, 18.11.1906- Cannes, 21.5.1949)

Klaus Mann, denominado Eissi en el medio familiar, se dio a conocer como crítico literario y teatral en 1924, y tras la publicación de su primera novela, un tanto épatante, obtuvo bastante celebridad durante la República de Weimar; 1919-33, pero a causa de sus repetidos ataques al nacional socialismo, cuando este alcanzó el poder, se vio obligado a exiliarse, en principio, a otros países de Europa y, después a los Estados Unidos, prosiguiendo en todas partes su denuncia, tanto hacia el nazismo y la Segunda Guerra Mundial, como a sus secuelas.

Gran aficionado a la literatura desde niño, a los doce años leía un libro al día y, a los quince, ya tenía una bien definida selección de autores preferidos entre los que se encontraban, Platón, Nietzsche, Novalis o Walt Whitman.

En 1928 conoce en París a André Gide, al que adopta como maestro y modelo, y a Jean Cocteau, una de cuyas obras más conocidas –Les Enfants Terribles-, adapta para el teatro. En un principio siente gran interés por los surrealistas franceses, pero hacia el principio de la década de los 40 se aleja de ellos, a causa de sus simpatías comunistas y por el llamado culto al jefe de André Breton. Klaus no deseaba tener ninguna afiliación política, asegurando que, como ciudadano, el escritor puede tener ideas políticas, pero que la creación literaria, necesitaba un espacio autónomo. Admiraba a Jean Cocteau, porque, en su opinión, practicaba exclusivamente lo que él llamaba la forma pura, es decir, que centraba toda su capacidad en la tarea artística.

Toda su existencia y todo cuanto escribió aparece condicionado desde su juventud por dos polos complementarios; la influencia y el peso de la gran celebridad de su padre, Thomas Mann –sin salir de casa trató a grandes personalidades del arte y la cultura, como el compositor y director Bruno Walter –el gran promotor de la obra de Gustav Mahler, o los escritores Hugo von Hofmannsthal y Jakob Wassermannn-, y el intento permanente de enfrentarse a la crueldad y a la destrucción de la cultura por todos los medios a su alcance, a la vez que desarrollaba una inquieta actividad teatral de contenidos muy críticos, junto a su hermana Erika y otros amigos y/o amantes de uno u otro.

Bruno Walter, Hugo von Hofmannsthal y Jakob Wassermannn

Sus relaciones con Thomas Mann –al que en familia llamaban El Mago-, sufrieron altibajos, a causa de diferencias tanto ideológicas como en el modo de entender la existencia y conducir su vida, además de que se vio obligado a afrontar, continuamente, la difícil comparación entre ambos que siempre le persiguió. Mis relaciones con él –escribió su padre a Herman Hesse-, eran difíciles y no exentas de un sentimiento de culpabilidad, porque mi existencia siempre proyectó una sombra sobre la suya-.

Después de dar la vuelta al mundo, siempre en compañía de Erika –Eri-, escribió una novela histórica, titulada Alejandro, para emprender, acto seguido, una gira por los Estados Unidos, en cuyo transcurso redactó numerosas crónicas para periódicos alemanes.

Su oposición al nazismo desde sus orígenes, le hace abandonar Alemania en 1933 para vivir en Holanda, donde fundó una revista de oposición al nacional socialismo, en la que colaboraron firmas como Ernst Bloch, Bertolt Brecht, Ernest Hemingway, o Boris Pasternak, aunque algunos la abandonaron ante las amenazas y su prohibición, así, Alfred Döblin, Stefan Zweig e incluso, el propio Thomas Mann. Después pasó a Francia y, finalmente, a Suiza con sus padres.

Tras serle retirada la nacionalidad alemana en 1935, se convirtió momentáneamente en ciudadano checoslovaco y asistió como corresponsal a la Guerra Civil Española, antes de trasladarse a los Estados Unidos  en 1938. Una vez que tuvo la nacionalidad americana, en 1943, fue admitido en el ejército, donde colaboró en la revista Barras y Estrellas.

La esperada reconstrucción de la posguerra no se produjo como él esperaba y la caza de brujas lanzada por el FBI le alcanzó de plano, tanto por sus opiniones, como por su forma de vivir. La falta de esperanza se cobró la vida varios amigos, entre ellos, Virginia Wolf y Stefan Zweig.

Volvió a Alemania, destruida, lo mismo que la casa familiar de Múnich; la querida ciudad y el ciudadano se habían convertido en dos extraños. Klaus responsabilizaba del desastre, tanto a sus autores directos, como a sus silenciosos colaboradores, o a los que en su opinión habían hecho oídos sordos a la tragedia, como el escritor Karl Jaspers, o los compositores,  Franz Lehar y Richard Strauss. Sitió que su propia vida se había truncado y pasó horas de angustia, vacío y ansiedad, que quedarían reflejadas en El Condenado a Vivir. Consideraba que le reconstrucción ya no iba a ser posible, fundamentalmente a causa de la nueva división, surgida en la posguerra, entre los grandes bloques enfrentados entre sí. 

Cuando Erika Mann se fue a vivir con sus padres, Klaus sufrió una profunda depresión que le llevó a suicidarse con somníferos, en la habitación de un hotel de Cannes, a los 43 años, dejando a medio escribir un libro titulado El Último Día

Su hermano menor, Michael, el único de la familia que asistió a su entierro, tocó el violín junto a su tumba durante la ceremonia fúnebre. Más tarde, Erika hizo inscribir sobre la lápida una frase evangélica, que también aparecería al comienzo de su obra inacabada: el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida […], la hallará.

Sus obras, redescubiertas muchos años después de su desaparición, lo situaron como uno de los más expresivos representantes de la literatura alemana en la emigración.

Ante la Vida; En busca de un camino; La Danza Piadosa; Hoy y Mañana; Soy de mi tiempo; Sinfonía Patética –sobre Tchaikowsky-; Mefisto; Ludwig –sobre Luis II de Baviera-; André Gide y la Crisis del Pensamiento Moderno y El Último día, son algunos de sus trabajos más destacados.

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