viernes, 25 de abril de 2014

Henri III. El último Valois.


Henri, duc d'Anjou. Jean Decourt (c. 1570).

Alexandre Édouard, duque de Angulema, fue el cuarto hijo de Henri II de Francia y de Catherine de Médicis. Nacido en Fontainebleau, el 19 de septiembre de 1551, heredó un reino dividido en el que se sucedían las llamadas guerras de religión, cuyas consecuencias obligarían al rey a enfrentarse, no sólo, ni precisamente, al enemigo hugonote, sino también a poderosos rebeldes católicos.

Malcontents: La vieja nobleza desplazada.
Hugonotes: Muy numerosos en el Reino de un monarca católico.
Liga Católica; la que, finalmente, acabará con Henri III.

En 1560, a la llegada al trono de su Hermano Charles IX, Henri se convirtió en Duque d’Orléans, y se añadió el nombre de su padre, Henri. En 1566 fue también Duque d’Anjou.

Hasta la muerte de su padre, Henri vivió con sus hermanos en los castillos de Blois y Amboise, donde, ya en la adolescencia se le asignaron preceptores humanistas -como Jacques Amyot, traductor de las Vidas de Plutarco-, con los que aprendió a amar las letras y a mantener discusiones de carácter intelectual.

A los nueve años dentro de su papel de príncipe real, y ya como Duque de Orleans, asistió a su hermano, el rey Charles IX en los Estados Generales de 1560, y lo escoltó en su gran recorrido por Francia, con el que el monarca quiso darse a conocer a sus súbditos.

En 1565, cuando Henri tenía 14 años, se produjo la Entrevista de Bayona, en la que debían encontrarse Catalina de Médicis y Felipe II, quien después de largas dudas, decidió no acudir personalmente, si bien, atendiendo a los vehementes ruegos de Catalina, accedió a enviar a su esposa Isabel de Valois, acompañada por el duque de Alba que debía representarle. Henri III fue encargado de proteger a la reina de España, a quien, esencialmente, debía evitar todo contacto con franceses sospechosos –en aquel momento, lo eran casi todos, incluido el rey y su madre; unos por hugonotes y otros por no suficientemente católicos–.

Con el tiempo Henri se fue convirtiendo en el preferido de Catherine de Médicis, que deseaba que su figura reforzara la debilitada imagen de la realeza. Así, a los 16 años fue nombrado Lugarteniente General del Reino; un alto cargo militar que lo situaba en el rango más inmediato al rey. Este ascenso frustró las ambiciones políticas del Príncipe de Condé, jefe del partido protestante, que esperaba el cargo, y que le indujo a asumir una posición hostil a la Corona y a abandonar la corte.

Henri participó en las Guerras de Religión, Segunda; 1567–1568; en Saint-Denis y Tercera; 1568-1570, en Jarnac, Montcontour, etc. asesorado por Gaspard de Saulx–Tavannes, en cuyas tierras nacieron las primeras asociaciones relacionadas con la Liga, con vistas a la erradicación del protestantismo. Henri se significó en el transcurso de la batalla de Jarnac, durante la cual, Louis de Condé fue asesinado por el capitán de la guardia del duque de Anjou, tras la derrota de aquel en la batalla de Moncontour, en la que las tropas hugonotes de Coligny sufrieron una gran derrota. Henri permitió que el cuerpo de Condé se expusiera sobre un asno durante dos días, para provocar una burla denigrante, atrayéndose así, justamente, el rencor de Henri I de Bourbon–Condé, hijo y sucesor del muerto.

Moncontour, 1569

Los hechos de armas de Henri de Anjou le crearon tan buena reputación en toda Europa, que su popularidad despertó los celos de su hermano el rey, poco mayor que él y ambos empezaron a distanciarse de forma cada vez más evidente.

En el terreno político, en principio, se hallaba Henri más próximo a los Guisa que a los Montmorency, defendiendo en el Consejo Real una política muy rigurosa contra los protestantes. Catalina, su madre, entre tanto se propuso casarlo con una princesa real, como hubiera sido, por ejemplo, Isabel I de Inglaterra, pero Henri estaba enamorado de Marie de Clèves, precisamente, la esposa de Henri I de Bourbon–Condé, calvinista y primo de Enrique IV de Navarra.

Durante los episodios de la Saint–Barthélemy, naturalmente, Henri se alineó con los católicos. Aunque no se ha probado su actividad en la calle en el momento de la masacre, se sabe que sus hombres sí participaron muy activamente en el asesinato de militares protestantes.

En enero de 1573 el rey le confía el mando del ejército que debía tomar La Rochelle, capital del protestantismo francés, pero a pesar de los grandes medios empleados, el asedio resultó un fracaso y las pérdidas del lado católico fueron importantes, además de que el propio Henri resultó herido. 

Cuando finalmente se acordó una tregua, su madre, Catherine de Médicis, le comunicó que había sido elegido rey de Polonia. La reina había enviado al obispo de Valence, Jean de Monluc, como embajador extraordinario a Polonia, con el encargo de sostener ante la Dieta la candidatura de su hijo en las elecciones libres de 1573. El 11 de Mayo de aquel año, Henri resultó elegido rey de la Rzaczpospolita de Polonia–Lituania como Henryk Walezy

El 19 de marzo, una delegación de 10 embajadores polacos acompañada por 250 gentilhombres llegaba a Francia para hacerse cargo de su escolta de Henri durante el viaje a su nuevo reino. El de Anjou, que no deseaba en absoluto abandonar Francia, se vio obligado a hacerlo por orden de su hermano el rey, del que se despidió finalmente, en diciembre de 1573, llegando a Cracovia en febrero de 1574 tras una complicada travesía por tierras alemanas, acompañado de una numerosa corte de gentilhombres.

El 21 de febrero, a los 23 años fue coronado, aunque se negó a casarse con Anna Jagellon, hermana de Segismundo II Augusto, una mujer de más de 50 años, que además, a él, le parecía falta de atractivo.

El Palacio de Wawel. Polonia.

Además del desinterés que siempre mostró por aquella Corona, pronto surgieron las primeras contrariedades en el desempeño de sus funciones. En primer lugar, estaba obligado a firmar el Pacta Conventa y los llamados Artículos del Rey HenryArtykuly Henrykowskie–, que todo soberano polaco–lituano debía guardar, y por los que se comprometía a detener la persecución de Protestantes e implantar la tolerancia religiosa en Polonia, conforme a la Confederación de Varsovia –Konfederacja Warszawska, de 1573. 

Inesperadamente, una carta del 14 de junio de 1574 le informa de la muerte de su hermano Charles IX. De inmediato se propone abandonar Polonia, y volver a Francia, cuya corte echaba de menos. Así pues, sin informar siquiera a la Dieta, decide, sencillamente, escapar a escondidas durante la noche del 18 de junio, del palacio de Wawel, donde residía. La Dieta eligió como rey al de Transilvania, Esteban Bathory, en 1575, quien sí optó por casarse con Anna Jagellon.
Henri III huyendo de Polonia. Artur Grottger,1860. Museo Nacional de Varsovia.

Henri llegó a Viena cinco días después y allí se entrevistó con el emperador Maximiliano II, que le acogió con enorme fausto, gastando 150000 escudos en su honor. Después se dirigió a Italia.

Venecia lo recibió con tal magnificencia, que el propio Henri quedó maravillado. Pasó después por Padua, Ferrara y Mantua, para llegar, en agosto a Monza, donde conoció a Carlos Borromeo, quien al parecer, le impresionó enormemente. En Turín visitó a su tía Marguerite de France y el Duque de Saboya acudió a su lado para acompañarlo hasta Chambery. 

Henri de Anjou atravesó los Alpes en una litera acristalada y se dice que durante ese viaje introdujo públicamente el uso del tenedor. Ya en Chambery en septiembre de 1574, se reunió con su hermano, François d’Alençon y con su primo Henri de Navarre, con los que llegó, por fin a Lyon, donde fue recibido por su madre. 

Su primera actividad fue pedir la anulación del matrimonio de Marie de Clèves, y el príncipe de Condé, para poder casarse con ella, pero cuando volvía de Avignon, el 30 de octubre, recibió la noticia de que Marie había fallecido. La noticia le dejó tan abatido, que se negó a tomar alimentos durante diez días. 

Henri d Bourbon, prince de Condé. Crayon de l'école de Clouet. 
Marie de Clèves. de Clouet.

El 13 de febrero de 1575, en el transcurso de la ceremonia de la coronación celebrada en Reims, por el Cardenal de Guise, ocurrieron varios accidentes que pudieran considerarse nefastos; en un momento dado, la corona casi se le cae de la cabeza al protagonista y después, los celebrantes olvidaron cantar el Te Deum. Dos días después Henri se casó –parece que enamorado, con Louise de Vaudémont-Nomény, Princesa de Lorraine –en la corte se murmuraba que tenía gran parecido con Marie de Cléves–, a quien Henri eligió sin el acuerdo de su madre, Catherine de Médicis, que no veía sino desventajas políticas en una boda que solo favorecía a los Guise. No obstante Louise llegó a hacerse apreciar por toda la corte, Catalina de Médicis se vio obligada a aceptarlo y el matrimonio fue duradero, pero no tuvieron hijos. 

Henri, Catherine y Louise

Desde su llegada al trono tuvo Henri que hacer frente a tres grandes enemigos. En primer lugar, la guerra iniciada por Henri de Montmorency, Conde de Damville, a quien llamaban popularmente el Rey del Languedoc.

En la propia corte, su hermano, François d’Alençon, cabeza de los Malcontents, no dejaba de conspirar contra él, aliado con el partido protestante. Por último, el entonces rey de Navarra, futuro Henri IV de Francia, aunque calvinista, no dudó en aliarse con los anteriores aunque sólo fuera circunstancialmente y, junto con ellos, abandonó la ciudad de París con el objetivo de organizar sus fuerzas y alzarse en armas contra el nuevo rey, en una campaña que resultaría desastrosa para este.

Henri I Duque de Montmorency. Mariscal y Par de Francia. Kunsthistorisches, Viena.
François d’Alençon. Nicholas Hilliard. Victoria and Albert Museum. London
Henri IV de Bourbon

El príncipe de Condé pidió ayuda al hijo de conde palatino del Rin, Jean Casimir, que llegó con sus mercenarios a amenazar París. A pesar de la victoria del duque de Guisa en Dormans sobre la vanguardia, Henri III tuvo que ceder y el 6 de mayo de 1576, firmaba el Edicto de Beaulieu, también llamado la Paix de Monsieur del que su hermano François resultó especialmente favorecido, ya que recibió el ducado de Anjou. Los protestantes obtuvieron notables ventajas, lo que aumentó la aversión de los católicos y alentó a la formación de las primeras ligas.

Humillado, Henri III, sólo deseaba tomarse la revancha, pero antes tenía que darse tiempo hasta finales de año para convocar a los Estados Generales en Blois e intentar cubrir el enorme déficit presupuestario originado por la guerra, si bien, debido la presión de los diputados católicos, decidió reanudarla. Previamente tomó la decisión de reconciliarse con su hermano. Henri de Montmorency también se adhirió a la causa real y así empezó la Sexta Guerra de Religión, cuyo desarrollo tendría lugar principalmente en el Languedoc. La ciudad de Montpellier, ocupada por los protestantes, fue arrasada por las tropas católicas, hasta que el 17 de septiembre de 1577, se firmó la Paz de Bergerac junto con el Edicto de Poitiers, que anuló buena parte de las libertades concedidas a los protestantes por el edicto anterior.

Entre tanto, Catherine de Médicis, con el objetivo de asegurar la paz, viajó a Nérac para reconciliarse con los reyes de Navarra, firmando, el 28 de febrero de 1579, otro Edicto por el que concedía a los protestantes tres plazas de seguridad en Guyenne y once en Languedoc, durante seis meses. Acto seguido, inició un gran viaje por toda Francia. Todos sus esfuerzos no impidieron que la guerra volviera a encenderse rápidamente.

En 1580, estallaba la Séptima Guerra de Religión, llamada Guerra de los Enamorados. Sería de corta duración. El hermano del rey, François, duque d'Alençon y d'Anjou, negoció la Paz de Fleix el 26 de noviembre de 1580, asentando una tregua por seis años.

Siguiendo los consejos de su madre, Henri III apoyó las ambiciones del Duque de Alençon en los Países Bajos, aunque negándolo ante el embajador español; consciente de la debilidad de su país, no quería arriesgarse a un conflicto abierto con España, cuando, además, sus relaciones con Felipe II atravesaban momentos muy críticos. 

En 1582, Francia apoyó a Antonio, Prior de Crato, pretendiente al trono de Portugal, cuando Felipe II ya había tomado posesión de aquel reino. Comandada por Philippo Strozzi, la flota francesa sufrió una derrota en la Batalla de Azores, por mano de Álvaro de Bazán, dejando vía libre a la anexión del Imperio Portugués a España, y convirtiendo a Felipe II, justo en lo que Francia había querido evitar; tal vez, el monarca más poderoso de la historia moderna. Los prisioneros franceses, acusados de piratería, puesto que no había mediado declaración de guerrra, terminaron siendo condenados a muerte; 80 señores y caballeros fueron degollados sin piedad, y ahorcados todos los soldados y marineros mayores de 18 años. Strozzi murió en el enfrentamiento.

Desembarco de los Tercios en la Isla Terceira.
Fresco de Niccolò Granello en la Sala de las batallas del Monasterio de El Escorial

Aquel mismo año, los franceses fueron igualmente derrotados en los Países Bajos, provocando la desastrosa retirada de François d'Anjou. Tras la furia de Amberes, el príncipe francés tuvo que retirarse por falta de medios, lo que permitió a los españoles recuperar el control de Flandes. Ante el poderoso ascenso de España, Henri III reafirmó la alianza con la reina de Inglaterra, por lo que recibió la Orden de la Jarretera

Henri III era un jefe de Estado a quien gustaba conocer bien los asuntos del reino y estar al corriente de todo cuanto ocurría. Eligió para su Consejo juristas reconocidos, como el Conde de Cheverny, quien a pesar de pertenecer a la Liga, sirvió posteriormente a Henri IV, o Pomponne de Bellièvre, también recuperado después por el de Borbón. 

Promovió a hombres de la nobleza media, a los que confiaba altas responsabilidades, y así la corte vio aparecer a aquellos favoritos que conocerían, gracias al rey, una fortuna fulgurante y que serían denominados mignons, a los que Henri exigía absoluta fidelidad. Para completar sus planes, creó en 1578, la Orden del Espíritu Santo, una orden de caballería que alcanzó gran prestigio y reunió en torno a su persona, a los gentilhombres más distinguidos de su época.

También le gustaba impresionar a sus súbditos organizando ostentosas fiestas, como las celebradas en honor de la boda del duque de Joyeuse en 1581. En aquella ocasión se ofreció a la corte el costosísimo Ballet Comique de la Reine. Otorgaba asimismo, importantes sumas de dinero, como recompensa, a los servidores más atentos, que además tenían el exclusivo privilegio de asistir a sus grandiosas fiestas, bailes o representaciones teatrales y musicales. 

Todo esto generaba extraordinarios gastos que fueron muy criticados, porque, evidentemente sólo contribuían a aumentar la deuda del reino, si bien al monarca, no parecían pesarle excesivamente, empeñado, como estaba, en restaurar la imagen de la realeza, a cuyo efecto gastó cuantiosas sumas que pedía prestadas al Grand Prévôt Richelieu –padre del famoso Cardenal-, o al financiero Scipion Sardini. También introdujo algunas reformas importantes, especialmente, monetarias, aunque nunca llegó a solucionar los problemas económicos del reino. Sí logró, en cambio, hacer mucho más estricta la etiqueta de la corte por medio de normas que, que en definitiva solo buscaban crear distancia entre la Mejestad y los súbditos e impedir que los cortesanos creyeran que podían aproximarse a las reales personas, basados solo en su nobleza de sangre.

Henri III. De Pierre Castan

Más tarde, las sucesivas desgracias, llevarían al rey a adoptar una vida austera, dedicando mucho tiempo a la oración. Él y su capilla asistían diariamente al rezo de Horas, según el Breviario Romano, desde las cinco de la mañana.

La relativa paz asentada durante algunos años en el reino, se minó cuando François, el hermano del rey, murió de tuberculosis en 1584, sin hijos. El mismo Henri III tampoco había logrado tenerlos, por lo que la saga Valois, quedaba abocada a la extinción. 

De acuerdo con la Ley Sálica, la Corona debía volver a la Casa de Borbón, cuyo líder era el protestante Henri de Navarre. Para los católicos, solo hablar de reconciliación entre los reyes de Francia y Navarra, ya era inaceptable, de modo que quedaba muy lejos de su imaginación y de su voluntad, permitir su acceso al trono.

El Duque de Guisa temiendo el inevitable ascenso del Borbón, firmó con España un tratado secreto, por el que, mediando 50000 escudos mensuales, juró encargarse de que Henri de Navarre llegara a ser rey de Francia.

Bajo la presión de la Liga y de su líder, el popular Duque de Guise, Henri III se vio obligado a firmar el Tratado de Nemours el 7 de julio de 1585 por el que se comprometía a echar a los herejes del reino y a hacer la guerra a Henri de Navarre, su legítimo heredero. La Octava y última Guerra de Religión empezaba y sería conocida como la Guerra de los tres Enriques, por el de Guise, el propio rey, y el de Navarra.

El 20 de octubre de 1587, en la Batalla de Coutras, las tropas católicas del rey dirigidas por el duque de Joyeuse, se encontraron frente a las de Henri de Navarre, desplazándose desde La Rochelle, para reunir un ejército de 35000 hugonotes con el que se proponía marchar sobre París. Para el ejército católico, la confrontación fue una catástrofe, resultando 2000 soldados muertos, mientras que Henri de Navarre solo perdió 40 hombres. El duque de Joyeuse murió, lo mismo que su hermano Claude de Saint-Sauveur.

La evidente ambición de los jefes de la Liga y su notable crecimiento, empezaron a molestar al rey que, en poco tiempo, pasó al odio explícito hacia sus componentes, quienes en su opinión, no buscaban el restablecimiento de la Corona, sino su propio acceso al poder, algo que Henri se propuso evitar a toda costa.

Los católicos le reprochaban su falta de energía contra los protestantes, pero al no poder atacarlo directamente por medio de las armas –católicos contra católicos–, pusieron en marcha una feroz campaña de desprestigio por medio de panfletos y sermones en las iglesias.

El 8 de mayo de 1588, a pesar de que lo tenía prohibido, el duque de Guise, entró en París, por lo que, temiendo un golpe por su parte, Henri III llamó a a su lado a las guardias Suiza y Francesa, cuya vista, ante los ánimos previamente dispuestos en su contra, provocó una insurrección el 12 de mayo, la que conocemos como la Journée des Barricades, tras la cual Henri de Guise se hizo el amo de París. 

Al día siguiente, el rey abandonaba la ciudad para dirigirse a Chartres, a donde le siguió a principios de agosto, Catherine de Médicis, acompañada por el propio Guise, con el proyecto de hacerle volver a París, a lo que Henri se negó rotundamente.

Para entonces ya se había convencido Henri de que la Liga era un enemigo tan difícil y peligroso como los protestantes, del que tendría que deshacerse de inmediato si quería conservar el poder, pero de momento, ocultó sus intenciones, aprovechando la tregua para firmar en Rouen el Édit d'Union, por el que simuló aceptar los presupuestos de la Liga, a la que, no obstante, ya estaba decidido a combatir. Para ello, convocó a los Estados Generales en Blois, en cuyo transcurso, además de solicitar créditos para seguir la guerra, destituyó a sus antiguos consejeros, empezando por los de la Liga y, más concretamente, por el archimignon, Duc d'Épernon.


Henri de Guise. Llamado Le Balafré, a causa de una cicatriz en la cara, que solía ocultar con un parche. 1585–90. Museo Carnavalet. París 
y su hermano, Luis II, Cardenal de Guise.

El 23 de diciembre de 1588, por la mañana, Henri ordenó la muerte del duque de Guise. –Se dice, aunque sin base real, que al ver el cuerpo del duque, que medía casi dos metros, a sus pies, Henri III exclamaría: ¡Es más grande muerto, que vivo!-.


Una visión del asesinato del duque de Guisa, propia del romanticismo del siglo XIX, cuya perfección artísitica, no está acorde con las exigencias históricas. El pintor Duprat reunió aquí algunos elementos legendarios populares sobre Henri III: A la derecha aparecen dos mignons en actitud rídiculamente frívola y antinatural; además, la posibilidad de que Henri III mostrara su desprecio rozando el cadáver del duque con el pie, está lejos de la veracidad histórica. Tampoco existe documentación sobre el asesinato propiamente dicho.

Al día siguiente, el cardenal de Guise, al que el rey juzgaba igual de peligroso que su hermano el duque, moría a golpes de alabarda. –Algunos historiadores consideran que el duque no había sido asesinado, sino ejecutado, en el castillo de Blois, por el llamado Cuarenta y Cinco de la guardia personal del rey, tras ser acusado de crimen de lesa majestad, aunque esta opción, sería igualmente ilegal, por habérsele negado el derecho a un proceso–. En Blois, Henri hizo detener a los de la Liga y a los demás miembros de la familia de los Guisa. 

La noche del 5 de enero de 1589 fallecía Catherine de Médicis. 

Catalina de Médici, de François Clouet, c. 1580.
(Enlace)

El asesinato del duque de Guise provocó el inmediato levantamiento de la Liga en toda Francia. En París, la Sorbonne desligó del juramento de fidelidad al pueblo, a la vez que los predicadores llamaron a la venganza. Todas las ciudades y provincias la siguieron, excepto Tours, Blois y Beaugency, fieles al rey, y Bordeaux, Angers y el Dauphiné, defendidas por sus generales.

Aislado, y retenido cerca de Amboise por el duque de Mayenne, Henri III no encontró más salida que reconciliarse con el rey de Navarra el 3 de abril de 1589, del cual sabía que defendería el poder real frente a la ambición de la Liga. Los dos hombres –Enrique III y Enrique de Navarra-, se citaron en Plessis-les-Tours el 30 de abril, y unieron sus tropas para enfrentarse a las de la Liga; junto con los realistas, que se fueron uniendo gradualmente, prepararon el asedio de París, caldeado en aquel momento por un pesado hálito de fanatismo. Los dos reyes habían reunido un ejército de más de 30000 soldados que se dispusieron a asediar la capital que defendían 45000 hombres de la milicia burguesa, armada por el rey de España, Felipe II.

El primer día de agosto de 1589, Henri III, que esperaba en Saint-Cloud noticias del asedio, fue asesinado por Jacques Clément, un fraile dominico de la Liga y, tras una lenta y dolorosa agonía, falleció la mañana del día siguiente.

Jacques Clément, apuñala al rey de Francia.

Henri III fue el último soberano Valois-Angulema, dinastía que reinó en Francia entre 1328 y 1589. Su primo Henri de Navarre le sucedía inmediatamente, con el nombre de Henri IV.

-Hubiera sido un buen príncipe, si hubiera vivido en un siglo mejor-, escribió el cronista Pierre de L'Estoile para recordar que, a pesar de su compleja personalidad y del odio que pudo suscitar entre sus enemigos, Henri III, también tenía cualidades, aunque hoy todavía es objeto de discusiones, sobre todo, en lo relativo a su sexualidad, a pesar de que su imagen ha sido rehabilitada en muchos aspectos por una investigación histórica desapasionada.

Era, en realidad, un hombre arrogante, de maneras distinguidas y solemnes, a la vez que muy extravagante y amante de los placeres, con un espíritu inflexible oculto bajo su correcta apariencia. Enemigo de la violencia, evitaba las confrontaciones bélicas y descuidaba el ejercicio físico, a pesar de ser una de las mejores espadas del reino. Le desagradaba la caza y las actividades guerreras propias de la nobleza. Apreciaba la moda, como el uso de pendientes y estrafalarias golas, y amaba la limpieza y la higiene personal, algo que también le atrajo acerbas críticas de otros hombres que consideraban afeminado semejante proceder.

Educado en un ambiente humanista, estimuló el mundo de las letras y financió a algunos escritores, como Desportes, Montaigne o Du Perron. Amaba las discusiones filosóficas y, a pesar de su hostilidad hacia los protestantes, invitó a París al impresor Estienne, humanista, filólogo y helenista, que había expresado públicamente sus simpatías hacia la Reforma.

Era tan apto para el despacho de los asuntos públicos como para el campo de batalla; muy inteligente y, en general, indulgente con los adversarios de las ciudades rebeldes cuando las recuperaba, buscando siempre soluciones diplomáticas, aunque en ocasiones le causaron dificultades.

Era también muy piadoso y de un catolicismo profundo que fue reforzando con los años. El cúmulo de contrariedades que se sucedieron en su reinado, parece que desarrolló en él un interés, casi ostentoso, por las demostraciones de dolor en las procesiones penitenciales. De naturaleza nerviosa, siempre tuvo la convicción de que sus desgracias y las de su reino, se debían a sus pecados, lo que le llevó a pasar bastante tiempo mortificándose en los monasterios en los que se recogía de vez en cuando. 

Sus contemporaneos lo describen como amante de diversas mujeres, aunque estas no llegaron a ser muy conocidas, porque él jamás hizo públicas sus relaciones, aunque ya desde su juventud las cortejaba asiduamente: –El rey también ha tenido algunas enfermedades por haber frecuentado demasiado familiarmente a las mujeres en su juventud-, escribió el embajador italiano en 1582. Aún así, algunos nombres femeninos de su intimidad han pasado a la historia, como Louise de La Béraudière; Mme. d’Estrées; Verónica Franco, etc.

Más notoria, como ya dijimos, fue su pasión, que no pasó de platónica, por Marie de Clèves, la esposa de Condé, cuya temprana muerte provocó al rey un sentimiento de duelo que sorprendió a la corte.

***

Durante siglos, la imagen de Henri III ha aparecido asociada a la de sus favoritos o mignons, a los que se representa siempre a su alrededor como moscas y vestidos de forma ridícula, con el objetivo de crear dudas acerca de su sexualidad y emplearla como arma política.

La Corte española de la época, como es bien sabido, no era precisamente de tono liberal y, es un hecho que sus embajadores en Francia, hablaron de la incorruptibilidad de Charles IX y de las abominables costumbres de François d’Alençon, pero jamás informaron negativamente sobre Henri III, excepto en lo concerniente a sus numerosas aventuras femeninas. 

Lo más curioso de todo esto, es que no fueron los enemigos hugonotes los creadores del mito, sino los católicos de la Liga, que vieron retroceder sus ambiciones políticas, en favor de los emperifollados mignons, lo que les llevó a lanzar una violenta campaña de descrédito contra el monarca.

El hecho es, que dadas las inestables circunstancias del momento, ni Enrique IV de Borbón, a quien favorecía la desaparición del rey, ni la Iglesia, a la que pertenecía el dominico Clément, mostraron el menor interés por investigar el regicidio, ni mucho menos, por intentar rehabilitar la imagen del muerto, a pesar de las reclamaciones de su viuda, Luisa de Lorena y de Diana, duquesa de Angulema, su hermana. 




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