viernes, 2 de mayo de 2014

Los Mignons en la Corte Valois


Catalina de Médicis y sus hijos: Taller de Clouet. Col. Privada
Izq. : El Duque de Alençon, Catherine, Charles IX, Margot y Henri III.
(Todos ellos eran, todavía, muy mignons).

La persona o cosa que, con un apariencia más bien pequeña, muestra gracia y gentileza, sería alguien o algo Mignon/Mignonne. En el siglo XVI se llamaba mon Mignon, al hijo preferido.

Pero un Mignon era, ya en el siglo XIV, sencillamente, un favorito del príncipe o monarca, que, como tal, puede –y debe– dormir en la misma habitación y, en ocasiones en la misma cama que él, naturalmente, sin ocultarlo, más bien todo lo contrario, pues es una gran distinción, de la que se habla con libertad, franqueza y orgullo; lo que, en opinión de J. Huizinga Le Déclin du Moyen Âge–, excluye aquella connotación sexual, que se le atribuyó al Mignon a partir del reinado de Enrique III, entre 1551 y 1589.

Durante el reinado de Charles VII, –el gran deudor de Juana de Arco–, que reinó desde 1429 hasta 1461, se llamaba Mignons de Dieu o Mignons du Pape, a los jesuitas.

La existencia de la figura del Mignon, en todo caso, no es anecdótica, puesto que hablamos del entorno del poder real en Francia, por lo que se impone despojar el tema de todo rastro de frivolidad, y centrarse en sus aspectos más transcendentes; es decir, por qué aparece el Mignon junto al monarca, cuál era su cometido y qué influjo pudo ejercer en la toma de decisiones por parte de la Corona, en la inestable Francia de aquel momento.

Ante la imposibilidad de hallar una acepción suficientemente precisa para este término, tan francés, lo emplearemos en su forma original, no sin aclarar un detalle más; que podría parecerse en cierto sentido, al castellano, de origen portugués, menino, y, quizás, al lindo, tal como lo empleó en la España del siglo XVII, Agustín Moreto, en cuyo caso, equivalía a vanidoso o presumido.

El ingenioso cronista francés Brantôme, gran amante del austero estilo de vida de la corte de Felipe II–, utilizó la expresión Mignons de couchette o Mignon de cama, para referirse a los servidores más próximos de Charles VIII; 1483–98, –pero el término aparecía como amante favorito, en los diccionarios de mediados del siglo pasado–. El favorito, cuando se hallaba en la cima del favor y el afecto real, adquiría el honor de dormir en la sacra habitación de su señor, honor que le otorgaba este en recompensa por su fidelidad a toda prueba. Por cierto, que tal distinción llegó a emplearse de forma similar, aunque muy restringida, en la corte española; tanto el duque de Lerma, como el conde duque de Olivares, dormían frecuentemente en la habitación de sus respectivos monarcas, Felipe III y Felipe IV, declarando Olivares en cierta ocasión –a pesar de su inconmensurable arrogancia–, que descansaba al pie de la cama del rey, como si de un fiel perro de tratara.

Enrique III como Rey de Polonia. M. Bacciarelli. Cast. Real. Varsovia.

Cuando los cortesanos de Enrique III empezaron a adoptar aquellas actitudes tan excesivamente refinadas en modales, vestido y aderezo personal, se convirtieron en objeto de la burla del pueblo, previamente caldeado por la nobleza rival, de forma que, aun en los siglos XIX y XX, cuando se hablaba de un Mignon, ya solo se pensaba en un favorito de Henri III, que también se arreglaba mucho.

Enrique II, padre del anterior, no era muy dado a otorgar esta distinción, pero, de hecho, compartió alcoba, al menos, con el general Anne de Montmorency. En un principio, semejante familiaridad sorprendía a los embajadores, pero pronto se habituaban, vista la naturalidad del hecho, que, sin embargo, cambió a la llegada de Enrique III, porque el acceso a la cámara real adquirió una importancia excesiva y, al mismo tiempo, se amplió el círculo de preferidos, de modo que aquellos que podían acceder a tamaña distinción, despertaron furibundas envidias, incluso entre ellos mismos, de donde procedió la mala fama, los rumores de celos  o envidias, relacionados con la mayor o menor posibilidad de influir en las decisiones reales y, en fin, el colmo de los ya vulgarmente denominados indistintamente Mignons de couchette, de matarse unos a otros.

Henri III Óleo sobre tabla. Château de Versailles, post. 1578

Lo cierto es, que bajo el reinado de Enrique III, los gentilhombres que frecuentaban la corte se vestían con un refinamiento desmesurado; siguiendo el ejemplo del rey, se ponían maquillaje, se rizaban el pelo y llevaban pendientes y encajes almidonados. Aquello se aceptaba relativamente mal en una corte acostumbrada a admirar la apariencia varonil, y que consideraba semejantes detalles como una muestra de la debilidad del rey y su entorno, tan interesados todos por las fiestas y tan preocupados por la apariencia, que daban una imagen que quizás no se correspondía con la realidad, ya que, en general, todos eran valerosos y buenos soldados, cualquiera que fuera el bando en el que militaban, en una Francia radical y mortalmente dividida.

Quizá el origen del problema residiera, en parte, en el hecho de que Enrique III decidió dar entrada de hombres nuevos en la corte y su acceso a las altas distinciones; en torno a él aparecieron los nuevos favoritos que llegaron a hacer fulgurantes carreras. Pronto se convirtieron en objeto de envidias y burlas, basadas en referencias a la ropa o los pendientes. Los calvinistas, sin embargo, dada su repugnancia hacia todo aquello que fuera o pareciera frívolo, empezaron a asociar públicamente, el término Mignon con la homosexualidad. Expandieron una imagen de la pecaminosa fatuidad de los cortesanos del Valois, que fue pronto asumida como arma política también en el entorno de la Liga Católica, que a partir de 1585, inició una campaña de difamación contra Enrique III y su corte, que prosiguió, incluso después del asesinato de este rey en 1589, y que mantuvieron algunos historiadores posteriores.

Variantes de caricatura del Mignon aparecidas en 1605 en L’Isle des Hermaphrodites de Thomas Artus.

                     No soy macho ni hembra
                     y si lo miro bien
                     cualquiera de los dos puedo elegir
                     ¿Pues qué importa a cual se parezca uno?
                     Mejor los dos juntos
                     Y habrá doble placer.

Francamente, todo ello no parece sino la consecuencia de una propaganda política, disfrazada de religiosidad, basada en el burdo descrédito del monarca y de aquellos a los que favorecía. Siendo la cuestión sexual tan difícil de demostrar como de negar, pudo ser empleada eficazmente, con la ayuda de las extravagantes vestimentas y arreglo personal de algunos de los Mignons

Visto desde la actualidad –aunque la visión no sea históricamente válida-, mucho más grave sería, por ejemplo, su eventual fanatismo o el erróneo concepto del honor de aquellos caballeros, que los llevó a matarse entre sí, sin piedad y sin cordura, por verdaderas insignificancias, algo que en aquel momento no parecía tener importancia, comparado con el uso de maquillaje.

Conoceremos, pues a algunos de los Mignons más célebres, para pasar después a intentar hallar una explicación al absurdo de sus luchas que, evidentemente, no sólo se produjeron por celos ante el afecto expresado por el monarca hacia uno u otro, sino por diferencias mucho más profundas, existentes en una sociedad en la que no se sabía, no se quería, o no se podía coexistir. No hay que olvidar que Francia se hallaba por entonces, no sólo dividida a muerte entre católicos y protestantes, sino también entre católicos, y más católicos todavía.

Entre los más conocidos favoritos de Enrique III figuran históricamente, personajes como: Louis Du Gast, François d’O, Henri de Saint-Sulpice, Jacques de Caylus, Louis de Maugiron, François d’Espinay de Saint-Luc, Georges de Schomberg –hermano de Gaspard de Schomberg-, a los cuales hay que añadir dos archiMignons: Anne de Joyeuse, baron d’Arques, y Jean Louis de Nogaret de La Valette, duque de Epernon, llamado el medio rey.
El Mignon François d’O, Marqués d’O (1551-15949).

François d’O era, sobre todo, un hombre de finanzas que supervisó la economía de Enrique III. Durante la guerra entre este monarca contra Enrique IV de Borbón –católicos vs. protestantes–, llevó a cabo un doble juego, por el que en público apoyaba al rey, y, en secreto, al Borbón, ayudándole, por ejemplo, a tomar Meulan en 1590, a pesar de lo cual, este último no le profesaba gran aprecio.

Participó en el asedio de La Rochelle, la ciudadela protestante, en 1573, en el que resultó herido y también formó parte de la corte que acompañó a Enrique durante su breve reinado en Polonia. Poco después abandonó la carrera militar por la financiera, asegurando que una pluma puede golpear más que una espada y una bolsa de dinero, es mejor botín que una compañía de hombres de armas.

Después de casarse con la única hija de René de Villequier, gobernador de Normandía y favorito del rey, fue presentado en la corte por su suegro y pronto se hizo con la amistad del monarca, llegando a Secretario de Estado y Primer Guardarropa, hasta que cayó en desgracia en 1581.

Tras sustituir a Pomponne de Bellièvre en 1578 como encargado de las finanzas, mantuvo el mismo y escandaloso sistema de malversaciones y gastos excesivos que su predecesor, siendo muy pródigo con los caprichos del rey y las exigencias de su propia avaricia. En su opinión, los pobres eran tan necesarios al Estado, como las sombras a una pintura. Aumentó, pues, los impuestos, de forma que los ingresos del Tesoro que, con Carlos IX sumaban 20 millones, con Enrique se elevaron a 32, sembrando el descontento público más o menos en la misma medida.

En su opinión, el rey era el dueño absoluto de la vida y los bienes de sus súbditos y nadie podía pedirle cuentas de nada. Esto, lógicamente, le gustaba a Enrique III, que le otorgó diversos cargos y distinciones, hasta nombrarlo gobernador de París y de Île de France, cargos de los que posteriormente le despojó, antes de deshacerse de él por imposición de la Liga. Abandonó París al mismo tiempo que el rey, a quien siguió a Chartres y a Blois. En 1588 declaró ante los Estados Generales, que los gastos del Tesoro no podían sostenerse con menos de 27 millones anuales. Las reclamaciones públicas contra el intendente, eran tan justificadas, que a Enrique III le pareció más prudente retirarlo de aquel empleo, aunque volvió rápidamente, gracias a las promesas de sumisión hechas al duque de Guise.

Algunos de los Mignons más célebres, acompañando al rey, a Catalina de Médicis y a la reina Louise de Lorraine 

Después del atentado de Saint-Cloud, d’O se encontraba hablando con su hermano y otros señores, en la misma cámara en la que el monarca acababa de morir; Enrique de Borbón les oyó decir, sin disimulo, que se rendirían a cualquier enemigo, antes que sufrir un monarca hugonote. D’O fue el encargado de decir al de Borbón que nunca sería reconocido como rey de Francia, si no abjuraba de la Reforma. Aun así, personalmente intentó convencer a Enrique IV, para que se alejara de los hugonotes y se hiciera católico El navarro, por su parte, aceptó su colaboración, considerando que su conocimiento de los negocios y sus relaciones en el mundo de las finanzas podía resultarle útil.

Cuando en abril de 1593 Enrique IV decidió aceptar al catolicismo, encargó a D’O que reuniera a los prelados y, cuando ya rey, efectuó su entrada en París, le devolvió su puesto, pero el Mignon murió antes de acabar el año, según se dice, sin causar pena a nadie. A pesar de sus grandes ingresos dejó muchas deudas, por lo que entre acreedores y criados saquearon su casa -incluso los muebles de su habitación, antes de que muriera-. Dejó una hija natural y su desaparición fue acogida con gran alegría: ¡No pagaremos más tasas!, algo que nunca pasó de ser una quimera.
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El Mignon Henri de Saint-Sulpice era primo de otro Mignon, Jacques de Caylus. También participó en el asedio de La Rochelle, capitaneado por Enrique III, entonces Duque de Anjou. Fue nombrado por este, Baron de Saint Sulpice en 1575, y después, Capitán de la Caballería Ligera. Casado en febrero de 1576, con Catherine de Carmaing de Nègrepelisse, fue asesinado, el 20 de diciembre del mismo año por el sicario de un caballero con el que había tenido una discusión.
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Retrato contemporáneo de Jacques de Lévis. François Quesnel

Jacques de Lévis, conde de Caylus, 1554-1578, era otro de los Mignons de Henri III, primo del anterior, conoció al futuro rey a los 18 años. También participó en el asedio de La Rochelle en 1573 con Henri III, y también lo acompañó durante su estancia en Polonia. Participó en la batalla de Dormans y fue hecho prisionero por los hugonotes en el verano de 1577, si bien fue liberado a los tres meses, después de pagar un rescate y firmar la paz.

Participó el famoso Duelo de Mignons, del que después trataremos, recibiendo numerosas heridas, de las que murió. Henri III hizo construir un mausoleo para él cuyo epitafio decía: Non injuriam, sed mortem, patienter tulit.
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Louis de Maugiron

Louis de Maugiron, llamado Le Beau Borgne –algo así como el Guapo Tuerto-, hijo de Laurent de Maugiron, Capitán del ejército francés en las guerras contra España, fue otro de los más conocidos Mignons de Henri III, que también perdió la vida en el tristemente célebre Duelo de 1578.

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François d'Espinay de Saint-Luc

Hombre de guerra y titular de varias Baronías y Señoríos, nació en 1554 y fue educado en la corte de los Valois y se convirtió en uno de los favoritos de Henri III. Siendo Mignon, fue nombrado gobernador de algunas ciudades, aunque cayó en desgracia en 1579.

Hizo retroceder a Condé cuando asediaba Brouage en 1585 y en 1586 recuperó l'île d'Oléron en poder de Agrippa d'Aubigné, al que hizo prisionero. Más tarde, fue hecho prisionero él mismo, en la batalla de Coutras, pero logró salvar la vida al rendirse, precisamente, ante el propio Condé en 1587.

Posteriormente tuvo la Lugartenencia de Bretaña por Henri IV de Borbón y negoció en su nombre la rendición de París, después de la derrota de la Liga y los ejércitos españoles, en 1594. Se dice que rechazó la dignidad de Mariscal que le ofreció el monarca.

Murió en 1597 de un disparo de arcabuz en la cabeza durante el asedio de Amiens.
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Anne de Joyeuse

Militar, Barón, Vizconde, Duque, Almirante de Francia y Mignon de Henri III, conocido sencillamente, como Joyeuse. Procedía de una familia de la aristocracia católica, uno de sus hermanos era Arzobispo, y otro, Cardenal.

A los 17 años acompañó a su padre en la guerra contra los hugonotes en Languedoc y Auvernia, recibiendo, ya a los 19 el mando de una compañía, para ser posteriormente nombrado gobernador del Mont Saint-Michel. A los 20 -1580-, participio en el asedio de La Fère. Caballero de la Orden del Saint-Esprit y gobernador de Normandía y El Havre, en 1584 recibió también el gobierno del Ducado de Alençon. Casado con Margarite de Lorraine –medio hermana de la reina-, recibió una dote de 300000 escudos de oro. 

En 1587 mandó una expedición contra los protestantes de Poitou, tras la cual mandó masacrar a 800 hugonotes en La Mothe-Saint-Héray; hecho conocido como la Massacre de Saint- Éloi, un acto cuya crueldad le hizo perder la confianza del rey. Cuando Henri III le recibió fríamente, intentó evitar la caída en desgracia, combatiendo a Enrique de Navarra; se puso a la cabeza de 1000 hombres y atacó plazas fuertes y ciudades, que entregó al saqueo.

El 20 de octubre de 1587, persiguiendo al rey de Navarra, atacó al ejército protestante de Coutras, Gironde, pero sus tropas estaban muy diezmadas y se vio obligado a rendirse, a pesar de lo cual, fue reconocido y murió de un disparo anónimo. Entre los 2000 católicos muertos en la acción, se encontraba también su hermano Claude. Anne de Joyeuse tenía entonces 27 años.

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Jean Louis de Nogaret, (1554-1642).

Señor de La Valette y de Caumont, duque de Épernon, militar y Mignon de Henri III, apodado el medio rey. Durante el reinado de este y el de sus sucesores, Henri IV y Louis XIII, fue uno de los hombres de Estado más destacados de la nobleza. Altivo hasta el menosprecio, se ganó grandes enemistades entre los poderosos. El hecho de ser profundamente católico y muy respetuoso con los principios religiosos, no le impidió anteponer sus intereses, tanto personales como los del clan al que pertenecía.

Su papel histórico resulta más bien incoherente, ya que, en un principio fue el principal sostenedor de Henri III en su lucha contra la Liga pro-española, colaborando, sin embargo, más tarde, en la toma del poder por los católicos más próximos a España y esto de forma esencial, puesto que su actividad retrasó en más de veinte años, el siempre latente enfrentamiento entre las Casas de Francia y de Austria.

De mentalidad aristocrática muy tradicional, fue, sin embargo, uno de los inspiradores de la idea de Richelieu, acerca de la posibilidad de un Estado imparcial frente a las diferencias individuales o de grupos políticos.

Siendo Cadete de Gascuña, participó desde muy joven en las Guerras de Religión acompañando a su padre, al que salvó la vida en 1570. Intervino asimismo en el frustrado asedio de La Rochelle, donde conoció al futuro Henri III. Más tarde se unió al rey de Navarra y huyó con él de la Corte en 1576, permaneciendo a su lado hasta que, dos años después decidió pasarse al lado de Henri III, convirtiéndose en uno de sus más estrechos colaboradores. Se dice que el incondicional afecto que le profesaba el rey, le ayudó a crecer hasta convertirse en su mano derecha. Cuando recuperó La Fère de manos de Condé, Henri III le nombró gobernador de aquella plaza, en la que había recibido una herida de arcabuz en la cara.

Duque de Épernon, Par de Francia, Consejero de Estado, Gentihombre de la Cámara, Caballero del Saint-Esprit, Gobernador de varias ciudades y, tras la muerte del Duque de Joyeuse, su único rival en la amistad real, también Almirante de Francia.

Ligado por su matrimonio, al entorno Montmorency, para contrarrestar a la Liga, intentó unir a católicos y protestantes moderados, en torno al rey, y cuando el creciente poder de la Liga empezó a aparecer como una amenaza, sirvió de enlace entre Henri III y Henri de Navarre, del mismo modo que, al morir el hermano menor del rey, intentó, aunque en vano, convencer al de Navarra para que aceptara el catolicismo con el fin de evitar la guerra. su actitud despertó las iras de la Liga, que lanzó una campaña de propaganda contra él, hasta el punto de que sufrió un intento de asesinato. En 1588, finalmente tuvo que abandonar la corte, por exigencia de la Liga; un acuerdo firmado entre Catherine de Médicis, el Cardenal de Borbón y el Duque de Guise, preveía su expulsión y la retirada de todos sus cargos gubernamentales, lo que Henri III también aceptó. 

A petición del propio Henri III en su lecho de muerte, unió sus fuerzas con las de Henri de Navarre, pero creyéndole después responsable de la muerte del rey, retiró sus tropas del asedio de París, aunque volvió a su servicio una vez que el de Navarra aceptó el catolicismo.

Católico convencido, intervino en la autorización para el retorno de los Jesuitas y cuando Henri IV se enfrentó a las tropas españolas, Épernon fue desligado de sus responsabilidades militares.

Cuando Henri IV fue asesinado por Ravaillac -14 de mayo de 1610-, la coronación de Marie de Médicis franqueó el paso de los católicos pro españoles al poder; Épernon, que acompañaba al rey navarro aquel día, asumió el control de París para asegurar la transmisión de poderes a la reina, a pesar de que las disposiciones de Henri IV, preveían la creación de un Consejo de Regencia.

Se dijo que Épernon conocía al asesino, que anteriormente había trabajado para él, y que se alojaba en la casa de unos amigos suyos, pero que no hizo el menor esfuerzo para detenerlo. En 1611 fue acusado oficialmente de complicidad en el regicidio, pero el proceso terminó con una condena a cadena perpetua por calumnia, para la persona que lo acusó.

A pesar de que casó a un hijo suyo con una hija ilegítima de Henri IV, todavía en 1622, Épernon seguía luchando contra los hugonotes al servicio de Louis XIII, hasta 1638, cuando Richelieu lo alejó del poder. Finalmente,  condenado al exilio por golpear en público a un noble, murió en desgracia, en 1642, a los 88 años. 
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Louis d'Amboise, señor de Bussy, 1549-1579.

Fue el prototipo de gentilhombre de la época de Henri III. Valiente, presuntuoso, soberbio, violento y provocador. Durante la masacre de Saint-Barthélemy -1572- asesinó a un pariente suyo, Antoine de Clermont, con el que tenía un proceso abierto. Después se hizo fuerte en su castillo.

Fue uno de los que acompañaron a Henri III a Polonia, pero después se puso al servicio del hermano menor y rival de aquel, el duque de Alençon, al que ayudó a huir de la corte cuando Henri III, le había ordenado permanecer a su lado; así se convirtió en su favorito. También cobró mucha celebridad por su relación amorosa con Marguerite, la hermana de Henri y Alençon.

En 1576 François d’Alençon, conocido como Monsieur, después duque de Anjou, le colmó de honores y nombramientos, pero dado su desprecio y su actitud provocadora hacia los partidarios del rey, contribuyó a alentar las tensiones entre los reales hermanos, burlándose abiertamente  de los Mignons del rey, con los que a menudo se batía en duelo.

Murió en 1579, a los treinta años, víctima de su temeridad y arrogancia, cuando, ostentosamente, intentó seducir a la esposa del conde de Montsoreau, quien le tendió una trampa.

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Guy d'Arces baron de Livarot, hijo de Jean d'Arces y de Jeanne de Maugiron (1555-1581) fue oro Mignon de Henri III. Su padre era Lugarteniente de la compañía de su cuñado Laurent de Maugiron y después Gentilhombre ordinario de la Cámara y caballero de  la Orden. Su abuelo Antoine, conocido como el Chevalier blanc, se casó con Françoise de Ferrières que le aportó la Baronía de Livarot en Normandie, donde se instalaron los d'Arces.

Empezó la carrera militar en 1573 a los 18 años como estandarte de la compañía de gendarmes de su tío Laurent de Maugiron. Desde 1574 entra en el segundo grupo de favorecidos por Henri III, al mismo nivel que Entraguet, Caylus, Saint-Mégrin, Maugiron, Saint-Sulpice o d'O. En 1578 fue también estandarte de una compañía de cien hombres y capitán de la caballería ligera.

Fue uno de los seis duelistas de 1578, al lado de Caylus y de Maugiron; a pesar de haber sido herido en la cabeza, pudo huir.

En 1580, sirvió en la región de Valence y de Vienne como adjunto de su tío Laurent de Maugiron, a quien el rey nombró lugarteniente-general para federar a las autoridades católicas locales. Obtuvo el mando de diez compañías de 200 hombres de infantería con el título de Maestre de Campo, que conservó hasta su muerte. Reunió el ejército del duque de Mayenne en 1580 para poner sitio a La Mure.

Murió tres años después, 1581, en un duelo en Blois, por mano del hijo del marqués de Pienne, Antoine de Hallwin-Maignelay.

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Petru II Cercel (Boucle d'Oreille) el del Pendiente

Añadimos la figura de este Príncipe de Valaquia, como muestra de que el fenómeno de la moda ha sido y es un hecho muy común y antiguo. Exiliado, primero en Rodas, y después en Trebisonda, siendo muy joven recorrió Viena, Génova, Roma -donde fue recibido por el Papa- y, finalmente, París. Su carácter y formación cosmopolita le permitieron crearse buenas relaciones entre griegos, turcos y franceses. En esta última corte, en 1580, se ganó la confianza de la regente, Catalina de Médicis y de Henri III. Su rival, Minhea, pagó una gran suma por su cabeza y Petru fue ahogado cuando navegaba desde Constantinopla a Rodas. Su apodo surgió del pendiente que solía llevar, de acuerdo con la costumbre de los Mignons de Henri III.

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El Duelo de Mignons se produjo el domingo 27 de abril de 1578.

Jacques de Lévis, el Conde de Caylus, Louis de Maugiron y  Guy d’Arces, se enfrentaron con François de Ribérac, Georges de Schomberg –hermano de Gaspard de Schomberg, Conde de Nanteuil- y Charles de Balzac, Baron d’Entragues, conocido como Le Bel Entraguet.

Fue un encuentro terriblemente violento en el que perdieron la vida varios favoritos de Henri III y se produjo en uno de los breves períodos de paz entre dos Guerras de Religión. Durante años se creyó que el duelo se había producido porque algunos de los participantes eran afines al rey y otros, al duque de Guise, pero más tarde se dijo que en el origen de todo estaban unas palabras insultantes de Caylus a Entraguet acerca de una mujer relacionada con este último.

Cualquiera que fuera la causa, aquel día, sobre las cinco de la mañana, los duelistas, cuyas edades oscilaban entre los dieciocho y los treinta años-, se encontraron en el mercado de caballos, cerca de la Bastille. Por una parte, Entraguet con sus dos testigos, Ribérac y Schomberg; por la otra, Caylus, con Maugiron y su primo hermano, Livarot; al final, todos lucharon, en contra de las normas que impedían a los testigos participar en los duelos. 

En una secuencia llamativamente breve, Ribérac hirió a Maugiron de una estocada en el pecho que lo mató instantáneamente, pero arrastrado por su furioso impulso, el mismo se atravesó con la espada del herido.

Schomberg lanzó un violento golpe a Livarot, hiriéndole gravemente en la cabeza, pero antes de caer, este último tuvo tiempo de atravesar el corazón de su adversario.

Caylus, que había olvidado la daga, se hallaba en inferioridad de condiciones frente a Entraguet y llegó a recibir diecinueve heridas por todo el cuerpo, que le obligaron a abandonar el campo, mientras que Entraguet sólo sufrió un corte en un brazo, si bien, temiendo ser castigado, abandonó la corte y se acogió a la protección del duque de Guise, hasta que obtuvo el perdón del monarca. 

Además de las muertes inmediatas de Maugiron y Schomberg, Ribérac falleció al día siguiente; Caylus agonizó durante treinta y tres días en el hospital de Boissy y su muerte causó un gran dolor a Henri III, que acudió a visitarlo en varias ocasiones. Livarot se repuso después de seis semanas en el hospital, pero quedó mutilado. 

Montaigne: Essays
Pierre de Bourdeille, seigneur de Brantôme. Escuela Francesa del siglo  XVI.

Montaigne y Brantôme, condenaron con energía el duelo, expresando públicamente su rechazo por lo irracional de aquella absurda y brutal costumbre de dirimir pequeñas diferencias de forma tan violenta e irremediable, considerada como vil en los Essays del primero. 

Al mismo tiempo, el hecho de que se produjera entre hombres del entorno del rey, provocó un verdadero escándalo internacional, a causa, fundamentalmente, de la reconocida simpleza de la causa del enfrentamiento, confirmada por distintos embajadores, pues los participantes no tenían fama de esgrimistas, sino que eran simplemente hombres armados que se dejaron matar y mataron impulsados por una ira ciega y absurda.

Diez años antes, Christophe CheffontaineDe libero arbitrio et meritis bonorum operum assertio catholica... / authore... P. F. C. de Capite Fontium, totius ordinis Minorum generali Ministro...- había escrito: Cuando un hombre mata a otro sin confesión, sacrifica su cuerpo y su alma al diablo, y cuando dos gentilhombres se matan entre sí movidos por el furor, la ira y la cólera, se sacrifican igualmente al mal.

Los testigos declararon que los que siguieron a Caylus y Entraguet, no tenían diferencias entre sí y que actuaron movidos por un apasionamiento desmedido, que se entendió como una especia de locura que hizo que se olvidaran de Dios.

Otros teóricos de la época, los presentaron también como hombres poseídos por una locura alienante que los empujó a actuar irracional y gratuitamente motivados por una fuerza superior, a la cual no pudieron sustraerse y que los llevó a actuar según el modelo de la HYBRIS – ὕβρις– de los antiguos; es decir, la desmesura y el exceso en que el ser humano puede incurrir cuando, a causa de un acto que considera injusto e insufrible, cae en un estado de desequilibrio psicológico, o en una especie de ceguera mental, que lo lleva, inexorablemente a cometer, a su vez, actos injustos e irreparables, dictados, generalmente por la soberbia herida: Aquel a quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco -decían los griegos-.

Todos los contemporáneos fueron unánimes en denunciar, por una parte, el recurso a las armas para resolver querellas en las que no estaba implicado el honor y, por otra, la implicación, absolutamente innecesaria de los duelistas secundarios.

El balance, excepcionalmente sangriento del duelo, fue también interpretado por algunos como una señal del abandono divino en el cual erraban aquellos caballeros… que habían optado por servir a aquella imagen del diablo que era el rey. Ciertamente, a partir de entonces los enemigos de Henri III lo tuvieron fácil para demonizar su imagen; entre otras cosas, los de la Liga destacaron el hecho de que Caylus había preferido consagrar su muerte al rey antes que a Dios. Se habló de un Nuevo Alcorán, e incluso del Evangelio de Maquiavelo, cuya doctrina estaría en la base del comportamiento de los Mignons, fieles al soberano antes que a los preceptos religiosos.

Si se me preguntara de qué lado estoy, no quiero declarame católico ni hugonote; respondería que del lado del rey. Y bien ¿qué lenguaje es este, sino el de un hombre desesperado? ¿Qué significa esto, sino renegar de Dios? Y ¿quién es el autor de esta blasfemia? Henri de Valois; ahí tenéis al Rey Cristianísimo.

Finalmente –escribe Nicolas Le Roux, de l’Université du Maine-; La muerte de aquellos Mignons no fue celebrada como un éxito político por ninguna de las facciones, y exceptuando a L’Estoile, que destacó el hecho de que Caylus era uno de los grandes Mignons del rey y que Entraguet era favorito de la Casa de Guise, ningún contemporáneo presentó la lucha como una oposición armada entre dos fuerzas maniqueas antagonistas. Entraguet era un hombre muy próximo al rey a quien había servido desde los catorce años en campañas militares y a quien incluso había acompañado a Polonia, del mismo modo que Caylus, quien nunca abandonó su servicio. Los demás participantes se habían unido directamente al monarca, sin haber servido previamente a Monsieur, su hermano y rival, lo mismo que Maugiron y Livarot. Sólo Schomber y Ribérac habían servido a otros protectores.

La Noue

Para el hugonote François de La Noue, llamado Brazo de Hierro –había perdido el izquierdo, y un mecánico de La Rochelle, le fabricó uno de hierro, con el que, al menos, podía sostener las riendas–, el acontecimiento fue, sobre todo, motivo de perplejidad, porque no alcanzaba a descifrar su objetivo. Una soberana locura era lo único que podía explicar que seis gentilhombres eligieran matarse cuando estaban en la flor de la edad, eran colmados de favores y, con el tiempo, habrían podido alcanzar altas dignidades. No obstante, calificó la acción de deplorable y, de locura, al hecho de que los testigos también se hubieran batido, sin ningún motivo de odio.


Por su parte, el sacerdote Jean de La Fosse, contemporáneo de los hechos –Journal d’un curé Ligueur de Paris sous les Trois Derniers Valois–, añade un detalle muy significativo, al asegurar que Caylus se negó a declarar el nombre del autor de sus heridas, con lo cual renunciaba a trasladar el duelo al terreno político, expresando asimismo su voluntad de asumir la responsabilidad de su propia muerte.

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