domingo, 26 de octubre de 2014

EL GRECO Y KAZANTZAKIS, dos cretenses en Toledo - Homenaje a Nikos Kazantzakis. + 26 de Octubre de 1957

Nikos Kazantzakis 18 de febrero*3 de Marzo de 1883 – 26 de Octubre de 1957

* Cuando en Grecia era 18 de febrero -1883-, en Europa era 3 de marzo. El calendario Gregoriano se implantó en Grecia, el miércoles, 15 de febrero de 1923; el día siguiente fue jueves, 1 de marzo. 

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Hay una especie de fuego en Creta, digamos un alma, algo más fuerte que la vida y la muerte. Está la altivez, la obstinación, la bravura y al mismo tiempo algo distinto, algo inexpresable e imponderable, que hace que uno esté a la vez gozoso y aterrado de ser hombre".
Nikos Kazantzakis: Carta al Greco.

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Siempre me he imaginado Toledo tal como lo pintó El Greco; elevada, ascética y en medio de una terrible tempestad, mientras la aguja de su maravillosa catedral gótica, parecida a la aguja del alma humana, rasga las nubes cargadas con el rayo divino. Uno de los lados, con sus torres, murallas y casas, queda iluminado por la chispa azul de un relámpago; el otro desaparece en la nada.

Pero yo llegué a Toledo en una mañana tranquila y suave. Dos mujeres jóvenes que volvían del mercado llevando sus cestas llenas de frutas y de pimientos colorados. Sonaban las pesadas campanas de la catedral, las casas abiertas recibían la luz a raudales y dentro de los frescos patios interiores, las muchachas regaban las macetas de flores con los bordes dentados. 

Como sucede a veces, este primer contacto no fue para mí ni rayo ni incendio. Me pareció tan agradable como una brisa de primavera.

España es la invención de algunos poetas y pintores. Lucho por librarme de este yugo. Como se dice en los libros de leyendas, el hombre lleva sobre sus hombros dos espíritus invisibles; a la derecha, un ángel y a la izquierda un demonio. Esta mañana los noto en mí: contemplan Toledo y discuten.

El demonio murmura:

-¿Esta es la célebre ciudad imperial que teníamos tantos deseos de ver? Desconfía de cierto romanticismo...¡Qué fastidio! ¡Vámonos!

Y el ángel susurra con su voz tranquila:

- ¿Y si fuéramos a ver el Greco?- 

Pero yo no tengo prisa. Sé lo dulce que resulta detenerse en el umbral de la felicidad.

Paso por delante de la Casa del Greco, que se encuentra en el barrio judío. La gran puerta está abierta. Se distingue un jardín abandonado, pero agradable y cálido. Un rosal lleno de rosas, dos o tres chumberas, una estatua antigua de mármol y la hiedra que trepa por las paredes. Una anciana arrugada, sentada al sol, limpia mostaza como las abuelas cretenses. Al fondo del jardín, una terraza sostenida por altas columnas y, encima, una ventana enrejada.

Abandono el jardín del Greco. El Tajo corre bajo el sol entre orillas desnudas y peñascos grises y puntiagudos. Ni una hoja verde. Dirijo una tranquila mirada sobre las orillas y me emociona pensar que la mirada ardiente del Greco debió amar estas ascéticas piedras. Me estremezco como si fuera posible encontrar allí una chispa olvidada por su pupila.

Casa del Greco. Toledo 1950

Kazantzakis con Eleni– Ελένη, Yvonne Metral y Lucienne Fleury en la antigua Casa del Greco en Toledo.

Visito la casa del gran hombre, su museo, las iglesias donde se hallan sus obras. Tengo presente en el espíritu su difícil lucha. Tengo la vista llena de bocas en fuego, largos dedos pálidos, manos semejantes a estrellas de mar, ojos de brasas inmóviles... Todas estas maravillas se encuentran allí impacientes por penetrar en mí y tomar forma. Impaciente también yo, me contengo, porque sé bien que cuando llegue la hora del acuerdo perfecto, esta espera del placer, esta alegría, morirá.

Paseo por las estrechas calles de la ciudad pensando en su pasado.

El día 8 de Abril de 1614, durante una alegre mañana como la de hoy, la puerta de la casa del gran cretense se encontraba abierta. Niños vestidos con blancas camisas bordadas estaban en el umbral llevando cirios amarillos. El noble y misterioso extranjero que el mar había traído cuarenta años atrás, había muerto. Todo Toledo estaba de luto. La leyenda que había creado este cretense, taciturno y violento, revivía aquel día en todos los labios. Su vida había sido extraña, sus palabras, raras, pero tajantes. 

Había dicho de Miguel Ángel: Era un buen hombre, pero no sabía dibujar. Había pintado las alas de los ángeles tan grandes que la misma iglesia se había asustado. A un Inquisidor que le preguntó: ¿De dónde vienes? ¿Por qué has venido?, contestó: No tengo que dar cuentas a nadie. 

Contrató unos músicos que debían tocar en la habitación contigua a la que tenía por comedor. Despilfarraba- dijo su amigo Jusepe Martínez- al llevar tan lujoso tren de vida. Le gustaba pasear al atardecer por los jardines del Cardenal Sandoval y Rojas, plantados de olivos, naranjos y pinos, poblados de pájaros exóticos, peces en las fuentes y estatuas de mujeres desnudas. Allí se encontraba con sus amigos: poetas, frailes, guerreros y prelados. A estos jardines acudían también las mujeres más cultivadas de Toledo a las que refiere Gracián: Decían más con una sola palabra que los filósofos atenienses con todo un libro.

Toledo lo había seducido. Era la ciudad que le convenía. Aunque ya vacilante, conservaba los restos de su grandeza y esplendor. Por sus estrechas calles caminaban todavía nobles y caballeros llenos de orgullo, de lasitud y de exaltación mística; cardenales indómitos y frailes pálidos. Muchos rostros apasionados y alucinados, propios para seducir la mirada del cretense insumiso. Por sus venas corría la mejor sangre árabe; los mismos árabes que habían conquistado España se habían abatido también sobre Creta, la isla donde mana la miel y la leche y, para resistir la tentación del regreso, para adueñarse con más seguridad del país, habían quemado sus naves tan pronto como hubieron desembarcado. 

Por esto el Greco descubrió en Toledo una nueva patria. Pero, contrariamente a los pintores españoles, veía por primera vez -y en un momento crítico de su hermosa juventud- el espectáculo de España, sus rostros extasiados y lívidos, el último sobresalto de una raza antes de su decadencia.

Por la misma época, Cervantes inmortalizaba con las risas y las lágrimas a estos mismos caballeros de la triste figura. Mientras el Greco, separando el elemento cómico conseguía gracias al trazo y al color, dar forma a un espectro eterno: el alma desesperada del hombre.

Viejas iglesias, palacios en ruinas y, entre los escombros, una fragante madreselva. 

Me encuentro de nuevo en el barrio judío delante de la casa del Greco. Franqueo el umbral. Me basta con lanzar una mirada ávida sobre las pinturas de colores brillantes y sobre sus lívidos personajes consumidos por una llama interior, para que en seguida se me corte la respiración. Y al igual que siempre en mis momentos de gran alegría o de gran pesadumbre, intento distraer mi espíritu de la emoción que lo embarga, y darle tiempo para comprender que alegrías y penas no son más que pasajeras fosforescencias indignas de destruir nuestro corazón. Me pongo, pues, a bromear con el anciano guarda del Museo. Hablar y reír me apacigua. Luego me callo y empiezo a contemplar la obra del Greco.

Rodeado por los retratos de los apóstoles. De repente, tengo la impresión de encontrarme envuelto en llamas. 


Bartolomé está vestido de blanco; su cabeza con rizos oscuros, pálida, hambrienta, se agita como una llama y parece querer separarse de su cuello. Hay tanta ligereza y gracia en la mano que levanta el cuchillo, que el apóstol parece más bien que sostiene una pluma y se prepara para escribir. 


Junto a él, Juan, con los cabellos rojos, a un tiempo efebo y femenino, sostiene un cáliz en el que bullen serpientes. 


El viejo * Simón, con las mejillas hundidas y los ojos indeciblemente tristes, se apoya con todo su peso sobre su lanza para no caer. Y mientras él te mira, experimentas la incurable amargura de la inutilidad del combate. Todos los apóstoles abrasan.

*Esta imagen corresponde a Judas Tadeo, pero es el único “viejo” que “se apoya sobre su lanza” en el Apostolado del Museo del Greco.


En la entrada, el célebre cuadro de Toledo al pie del cual y a la derecha se puede ver a Jorge Manuel, el hijo del Greco, desplegando un mapa. Del cielo desciende sobre la ciudad un grupo de ángeles. La Virgen está en medio de éstos. Arriba, un ángel que cae, con la cabeza hacia abajo, parece una estrella fugaz.


Me acuerdo del cuadro de la “Resurrección” del museo de Madrid. En la parte inferior, los guardias, amarillos, azules, verdosos, tumbados boca arriba, forman una masa abigarrada de la que se eleva Cristo, recto como un gran lirio blanco: flecha divina que asciende hacia el cielo tras haber vencido el peso de la materia y la muerte.


Y en el frío Escorial, con un brillo metálico resplandece “El martirio de San Mauricio”; las tres armaduras: azul, esmeralda oscura y amarillo; el vestido verde del niño y la claridad de ultratumba que impregna la atmósfera te ponen en tal estado de exaltación, que te sientes proyectado en un paisaje lunar.


En todos los cuadros del Greco la luz desgarra al aire con la misma violencia. Hay algo de cruel, de feroz, como sucede en su “Inspiración del Espíritu Santo”. Los apóstoles parecen temblar como si quisieran huir, pero es demasiado tarde, ya que el espíritu se arroja sobre ellos como un halcón y un apóstol intenta proteger su cabeza.

Así es la luz en la obra del Greco. Devora las carnes, deroga las fronteras que separan las almas de los cuerpos y pone tensos a estos últimos como si fuesen arcos. Y qué importa que se rompan. La luz es movimiento, violencia. No proviene del sol, parece más bien manar de una luna trágica. El aire vibra cargado de rayos; algunas veces, los ángeles se difunden de la bóveda celeste como amenazadores meteoritos que estallan multicolores por encima de las cabezas humanas. Por esto los rostros pintados por el Greco tienen este aspecto blanquecino y extático de los espectros o también el que pueden tomar nuestras caras bajo los rayos de un inmenso relámpago azul.

El Greco está atormentado por el deseo de alcanzar la esencia a través de la sustancia. Martiriza los cuerpos, los estira, los ilumina con una luz devoradora, los quema. Menospreciando las reglas del arte, absorbido por su propia visión, coge su pincel como el caballero coge su espada y marcha adelante. La pintura -le gustaba decir -no es una técnica, un conjunto de recetas y de reglas. La pintura es ejecución, inspiración, creación estrictamente personal.

A medida que envejecía, en lugar de perder su fuego, el Greco ganaba empuje. Su pulso se aceleró y su locura se hizo más fecunda. 


Sus últimas obras: Laoconte y Toledo bajo la tormenta, son incendios. Ya no son cuerpos los que representa. El alma es una espada que sale de su vaina: el cuerpo humano.


Algunas veces es el amor de la vida el que distingue a los personajes del Greco. Sus ángeles son atléticos, morenos, con las narices respingonas y un ligero vello negro sobre las mejillas y encima de los labios. 

En la Iglesia de San Vicente de Toledo, uno de ellos impulsa a la Virgen hacia el cielo con unos brazos tan robustos que, al mirarlo, uno se siente animado por el mismo ímpetu.

Los retratos del Greco son de una extraordinaria intensidad. Uno se estremece a la vista de sus caballeros o de esos cardenales que salen del fondo negro del cuadro como si fuesen espectros.

El Greco consideraba al cuerpo del hombre como a un obstáculo, pero también como el único medio que permite al alma manifestarse. Por eso no renegó del cuerpo como lo hicieron los árabes que lo reemplazaron por dibujos geométricos. Cuanto más miras sus retratos, más te sientes dominado por un temor metafísico. Piensas en fuerzas oscuras: alquimia, magia, brujería o exorcismo. Todos estos personajes, pintados para conservar el cuerpo que tenían en vida, sus rasgos y sus vestimentas, parecen resurgir en un espejo mágico, resucitados por un poderoso mago. De este modo, el arte encuentra de nuevo su poder primitivo que era el de hacer revivir a los muertos. Pero a estos cuerpos resucitados les falta la dulzura, la naturalidad y el calor humano. Antes de volver a la tierra han conocido el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso.

El confesor de Santa Teresa, Pedro Ibáñez, dijo: Teresa es grande desde los pies hasta la cabeza. Pero de la cabeza para arriba es incomparablemente más grande. Es esta talla invisible del hombre, la que el Greco se esforzó en pintar durante toda su vida. 
Kazantzakis, Crónica de su viaje a Toledo.
***
Tal vez esta sea la razón –añadiremos-, por la que el pintor dijo a los inquisidores aquello de: Pinto así, porque el mayor defecto del hombre es ser tan pequeño. De este modo, la verdadera medida del hombre en el Greco, es la que va desde la cabeza para arriba; y esta sería la que representan las enormes alas de sus ángeles.

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-¿Quién es Nikos Kazantzakis?
-Poeta, escritor, teórico, político… es el autor de Zorba el Griego.

Recreación de la casa en la que nació Kazantzakis.

Nikos Kazantzakis nació en Heraklion –la Candía del Greco-, que en 1833 todavía era parte del Imperio Otomano. Su padre, Mijalis se dedicaba al comercio de productos agrícolas y vino. Un día, Mijalis se convertiría en uno de los modelos para el Capitán Mijalis, de su novela Libertad o Muerte - Ο Καπετάν Μιχάλης-.

Entre 1897-1898 Kazantzakis se desplazó a Naxos, para estudiar en una escuela católica francesa, donde nació y creció su amor por aquel idioma. Después estudió Derecho en Atenas y, en 1906, antes de terminar sus estudios, escribió La enfermedad del Siglo y la novela Lirio y Serpiente -Όφις και Κρίνο-, finalmente, fue a París a terminar sus estudios de postgrado, a la vez que escribía y se iniciaba como periodista.

1901

Vuelve a Creta, y, como Presidente de la Sociedad Dionysos Solomós, defiende la reforma lingüística y el abandono de vieja la lengua culta, Katharevousa-καθαρεύουσα, y la implantación de la demótica – δημοτική- popular, que será la que se imponga. En 1910 se traslada a Atenas con Galacia Alexíu, con la que se casará el año siguiente.

En 1912 estalla la Primera Guerra de los Balcanes; Kazantzakis se alista como voluntario e ingresa en el Gabinete del Primer Ministro Eleftherios Venizelos - Ελευθέριος Βενιζέλος-.

Dos años después hace un viaje casi iniciático con Ángelos Sikelianós al Monte Athos, donde ambos permanecen durante cuarenta días leyendo los Evangelios, así como textos de Dante y Buda, lecturas que después completará Kazantzakis profundizando en Homero, Dante, Bergson y Tolstoy, con quien comparte la idea de que la religión es más importante que la literatura. 

En 1917, la necesidad de carbón durante la guerra, le lleva a contratar a un hombre llamado Giorgos Zorba, para explotar una mina de lignito en el Peloponeso; esta experiencia se transformará en la gran novela Alexis Zorba - Βίος και Πολιτεία του Αλέξη Ζορμπά-, 

En 1919 Venizelos nombra a Kazantzakis Director General del Ministerio de Bienestar Social, con la misión de repatriar a 150.000 griegos amenazados en el Cáucaso. Kazantzakis va a Macedonia y Tracia para supervisar el proceso cuya experiencia quedó reflejada muy posteriormente en la obra: Cristo nuevamente Crucificado - Ο Χριστός Ξανασταυρώνεται.

En 1920, tras la derrota del Partido Liberal de Venizelos en las elecciones de noviembre, abandonó al Ministerio de Bienestar Social y viajó a París, regresando a Grecia el año siguiente.

En septiembre de 1922, Kazantzakis vive en Berlín, cuando se produce la terrible derrota de los griegos ante los turcos en Asia Menor; la Catástrofe. A partir de entonces, es fácil seguir su evolución psíquica, política y literaria a través de las cartas a Galacia, que vive en Atenas y a la que, entre 1920 y 1924 escribirá desde Viena, Berlín y Nápoles. Por entonces visita Pompeya, que le apasiona, y Asís; las enseñanzas de San Francisco permanecerán vivas en su corazón a lo largo de toda su existencia.

1915

Poco antes de volver a Grecia, conoce a Eleni Samíou, con quien empieza una relación que se prolongará tras su divorcio con Galacia en 1926. A pesar de su separación Eleni decide mantener el apellido Kazantzakis, incluso después de su segundo matrimonio.

En agosto de ese año entrevista al dictador Primo de Rivera en España y en otoño, a Mussolini en Roma, para un periódico ruso. Como corresponsal, visita Egipto y el Sinaí

En junio de 1928 conoce a Gorki en Moscú. Escribe artículos en Pravda sobre las condiciones de vida en Grecia, que más tarde se publicaron en Atenas, en dos tomos. El año siguiente, después de recorrer Rusia, se instala en Checoslovaquia para escribir su famoso libro Toda-Raba; Τόντα-Ράμπα; Moscú gritó.

En 1931, de nuevo en Grecia, se instala en Egina, donde prepara un diccionario francés y griego en sus dos versiones, Dimotikí y Katharevousa –que definiremos genéricamente, como la lengua hablada común y la escrita minoritaria-, y traduce al griego la Divina Comedia de Dante completa, en 45 días. Después se va a España y empieza a traducir a poetas españoles para elaborar una antología.

1936 En octubre y en noviembre, en España como corresponsal de guerra entrevista a Franco y a Unamuno. La mayor parte del tiempo vive en su casa de Egina.

1941. Después de ocupar Creta, los alemanes ocupan Grecia continental.

1943. Trabajando febrilmente a pesar de las dificultades de la ocupación alemana, termina el Alexis Zorba y su traducción de La Ilíada.

1943. Kazantzakis en su casa de Egina

Entre la primavera y el verano de 1944, termina Kapodistrias –sobre el primer Jefe de Estado de la Grecia independiente-, y Constantino Paleólogo –el héroe Bizantino de la frustrada defensa de Constantinopla-. 

Inmediatamente después de la salida de los alemanes, se traslada a Atenas y el año siguiente se une a un pequeño partido que intenta unir a todos los grupos disidentes de la izquierda no comunista. Por dos votos no es elegido para la Academia de Atenas. El Gobierno lo envía como experto en Creta para informar sobre los crímenes llevados a cabo por el ejército alemán de ocupación.

Creta, 1945

En noviembre se casa con Eleni Samíou y jura como Ministro Sin Cartera en el Gobierno de coalición del centrista de Temístocles Sofoulis, pero el año siguiente, tras la unificación de los partidos socialdemócratas, renuncia al cargo.

En marzo de ese año, la Sociedad de Escritores Griegos propone su obra para el Premio Nobel, junto con Sikelianós. Tras una estancia en Cambridge se traslada a París invitado por el Gobierno francés. La grave situación política en Grecia no le permite volver y se ocupa de la traducción al francés de su Alexis Zorba.

1947-48. Kazantzakis es nombrado por la UNESCO, para promover la traducción de obras literarias destinadas a salvar las culturas de las que proceden.


Pasa el verano de 1952 en Italia con Eleni, y allí disfruta de la amada Asís de San Francisco. Poco después, una infección ocular grave le obliga a ingresar en un hospital en los Países Bajos, donde, durante su recuperación, estudia la vida de San Francisco, y escribe El Pobrecito de Dios - Ο Φτωχούλης του Θεού.


En Grecia, la Iglesia Ortodoxa se plantea condenarlo por sacrilegio a causa de algunas páginas de Capitán Mijalis, pero, sobre todo, por La Última Tentación. En 1954, el Papa incluye esta última obra en el Índice de Libros Prohibidos. Partiendo de la Apología de Tertuliano: Ad tuum, Domine, appello tribunal, envía el mismo telegrama a la jerarquía de ambas Iglesias: 

Me condenáis, santos padres, y yo os doy mi bendición. 
Espero que vuestra conciencia esté tan limpia como la mía y que seáis tan éticos y tan creyentes como lo soy yo.

Με καταραστήκατε, 'γιοι Πατέρες, εγώ σας δίνω την ευχή μου. 
Εύχομαι η συνείδησή σας να είναι τόσο καθαρή όσο η δική μου και να είστε τόσο ηθικοί και τόσο θρησκευόμενοι όσο είμαι εγώ.

En 1955 pasa un mes de descanso con Eleni en Suiza, donde empieza a escribir su Carta o Informe al Greco- Αναφορά στον Γκρέκο, su autobiografía espiritual. Una año después, es propuesto para el Premio Nobel.

Con Albert Schweitzer y Eleni en Alemania. 1955

1957 En Cannes. Proyección de Celui qui doit mourir – El que debe morir-, basada en la obra, Cristo Nuevamente Crucificado. Con Jules Dassin y Melina Merkouri.

En 1957 al volver de un viaje a China se ve obligado a ingresar en un hospital de Friburgo con diagnóstico muy grave. Poco después, una epidemia de gripe agota sus escasas defensas y muere el 26 de octubre, a los 74 años.

Su cuerpo fue trasladado a Atenas, donde la Archidiócesis se negó a celebrar su funeral. En consecuencia, sus restos fueron llevados a Heraklion, su ciudad natal, donde sí tuvo un funeral en la catedral de San Minas.



5 de noviembre. El funeral de Nikos Kazantzakis en la Catedral de San Minas en Heraklion

El 6 de noviembre de 1957, fue enterrado en el Fuerte Martinengo, en la parte más alta de las murallas venecianas, por decisión unánime del Consejo Municipal de Heraklion. 

6 de noviembre. La tumba de Nikos Kazantzakis en el bastión Martinengo en las murallas de Heraklion.

En esta tumba, de acuerdo con sus deseos, se grabó una inscripción sobre una sencilla piedra:
Δεν ελπίζω τίποτα. Δεν φοβούμαι τίποτα. Eίμαι ελεύθερος.
No espero nada. No temo nada. Soy libre

***

Todo hombre tiene un grito que lanzar antes de morir; su grito. Hay que apresurarse para tener tiempo de lanzarlo. Ese grito puede dispersarse, ineficaz, en el aire o puede no hallar ni en la tierra, ni en el cielo, un oído que lo escuche; poco importa. No eres un carnero, eres un hombre y hombre quiere decir algo que no está cómodamente instalado, sino que grita. ¡grita tú, pues! Mi alma íntegra es un grito y mi obra íntegra es la interpretación de ese grito.
Carta al Greco
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