sábado, 24 de enero de 2015

Otra vez en el camino. Cervantes: Don Quijote II


Otra vez en el camino. Qijote, II. Cap. 8. G. Doré

En 1594, Cervantes, que es también Saavedra desde hace cuatro años, recibe el desagradable encargo –al que no se puede ni llamar empleo-, de recaudar, nada menos que dos millones y medio de maravedís de impuestos atrasados, en la zona de Granada. Cuando termina su encargo, se dirige a Sevilla y allí descubre que el banquero Simón Freire, en cuya casa ha depositado los fondos, se ha declarado en bancarrota. Los Contadores llaman a Cervantes a declarar, pero el juez Vallejo, en lugar de notificárselo, lo encierra directamente en la cárcel real de Sevilla; no se sabe si por motivos personales, por estupidez o por desconocimiento, pero desde luego, injusta y arbitrariamente. ¿Seria esta la cárcel donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación, donde empezó, o al menos concibió, El Quijote?

Se sabe que Cervantes envió una reclamación a la Corte; –a esta alturas, redactar peticiones era ya una rutina para él–, y que el rey contestó a la demanda, ordenando su libertad, para que se presentara en Madrid, en el plazo de 30 días, pero no sabemos si se produjeron, ni la liberación ni la declaración. 

El caso, por otra parte, es que entre tanto, el 13 de septiembre de 1598, tras una larguísima agonía, se produjo el fallecimiento de Felipe II en El Escorial, lo que a decir verdad, no provocó demasiada emoción en el reino, aunque se apresuraron a celebrar actos públicos de duelo. Todavía estando en Sevilla, Cervantes pudo ver un llamativo túmulo que el Municipio había hecho levantar en honor del rey desaparecido, cuya enormidad, debió resultar inútil y exagerada para la mayor parte de los que llegaron a verlo. Podríamos decir que se trataba de un monumento de atrezzo, puesto que pasados los días de duelo, sería desmontado.

Cervantes, que ni en sus peores momentos dejó de lado la ironía, escribió al efecto, un soneto, que él mismo llegó a considerar el mejor de sus escritos:

               ¡Voto a Dios que me espanta esta grandeza
               y que diera un doblón por describilla!;
               porque, ¿a quién no suspende y maravilla
               esta máquina insigne, esta braveza?

               ¡Por Jesucristo vivo, cada pieza
               vale más que un millón, y que es mancilla
               que esto no dure un siglo, ¡oh gran Sevilla,
               Roma triunfante en ánimo y riqueza!

               ¡Apostaré que la ánima del muerto,
               por gozar este sitio, hoy ha dejado
               el cielo, de que goza eternamente!».

               Esto oyó un valentón y dijo: «¡Es cierto
               lo que dice voacé, seor soldado,
               y quien dijere lo contrario miente!».

               Y luego encontinente
               caló el chapeo, requirió la espada,
               miró al soslayo, fuese, y no hubo nada.

Poco a poco, no sólo Cervantes, sino toda España fue tristemente consciente del desastre financiero que dejaba Felipe II a su heredero, al cual consideraba un hombre que no valía para gobernar. Aunque no es del todo indiscutible, se le atribuye también a Cervantes el siguiente poema en quintillas:

               ¿Por dónde comenzaré
               a exagerar tus blasones,
               después que te llamaré
               padre de las religiones
               y defensor de la fé?
                      … … …
              Quedar las arcas vacías
              donde se encerraba el oro
              que dicen que recogías,
              nos muestra que tu tesoro
              en el cielo lo escondías.

En el verano de 1600, Cervantes abandonó por fin Sevilla.

La Primera Parte del Quijote, se publicó en 1605, ya bajo el reinado de Felipe III, durante el tiempo en que la Corte se trasladó a Valladolid por iniciativa del duque de Lerma.

 La Segunda Parte aparecería en 1615, hace ahora 400 años.

***

¿Cómo enfocar el inmenso territorio sin fronteras que es Cervantes con su obra? No se trata aquí de contar El Quijote, aunque ha de salir continuamente en todo lo que escriba, porque no sólo es una novela, sino que es historia, es biografía, es poesía, es ser modelo de buena gente con mala suerte, es en fin, una obra escrita con un lenguaje tan sorprendentemente perfeccionado, que en el mundo literario, siempre se ha llamado al buen castellano, la Lengua de Cervantes.

De la vida de Cervantes sabemos bien poco, y, en ocasiones, ese poco está lleno de errores, suposiciones, usurpaciones, etc. entre las cuales es difícil optar, por falta de una base segura en que apoyar cualquier supuesto, sin temor a equivocarse. Por alguna razón en su vida había circunstancias de las que, evidente y justificadamente, él mismo prefería no acordarse.

Existen, es verdad, cientos de documentos relativos a su persona, a su familia, a su servicio como soldado, a su cautiverio, a su trabajo posterior, a su ir y venir tras la Corte en busca de empleo, etc. Pero, ¿dónde se formó Cervantes?, ¿dónde adquirió el caudal que llena y enriquece sus escritos? ¿Cómo fue su infancia? ¿Cómo se formó su sensibilidad, etc.? Son estos, conceptos que sólo podemos entresacar de sus escritos; incluyendo los que se le atribuyen, y siempre contando con la posibilidad de que él mismo deslice ciertas mentirijillas cuando se refiere a su persona –para sobrevivir, sin duda–. 

La casi evidente intención de Cervantes, de pasar desapercibido –al contrario que Lope, por ejemplo–, nos lleva a considerar la idea de que el Miguel que conocemos, o que creemos conocer, podría ser una invención o un cúmulo de inventos, por no decir mentiras -que todo podría ser-, ya que, más tarde se quiso proponer la imagen de un héroe–soldado, que lo fue un día, aunque, en su caso, la heroicidad sería haber sobrevivido y, triunfado para la historia, a pesar de una lucha por la vida, que verdaderamente, nunca le dio tregua.

Cervantes fue poco al colegio, y no muy seguido; ¿por dónde le llegó la genialidad, en medio de una vida llena de disgustos, deudas, carencias, esclavitud, cárcel, y, finalmente, envidias, que no dejaron de asaetearle hasta los últimos días de su vida y, en ocasiones, con una crueldad desorbitada? Y, sobre todo, ¿por qué? ¿Por qué Lope, Quevedo o Góngora consiguen una seguridad material –que luego administrarían, cada uno a su estilo–, mientras Cervantes, cuando pide un trabajo digno, después de haberse jugado la vida en Lepanto, y en trabajos peligrosos y miserables, para el rey de España, se le dice que busque en otra parte? Esto ha de tener una explicación, sin duda. 

Vamos a intentar aproximarnos cuanto sea posible, a esta gran figura, tal como hemos llegado a conocerla con el paso del tiempo. 

A pesar de que, personalmente, admiro enormemente a otros autores, entre ellos algunos de los que acabo de citar, ninguno, en mi concepto; ninguno se le aproxima, por múltiples razones, esencialmente morales, porque no se pueden equiparar las malignidades del espadachín Quevedo, ni las chulerías del popularísimo Lope, ni siquiera el modus vivendi de Góngora, con los múltiples detalles de hombre de bien que ofrece Cervantes, y que salen a relucir por todas partes en su vida y en su obra, a pesar de que la obra de los autores citados se encuentra entre lo mejor de lo mejor que se ha escrito. Pero con Cervantes, hay una cuestión de simpatía; una percepción personal, que puede o no compartirse, y que, en todo caso, es difícil de explicar sólo desde el aspecto literario, en el que puede haber genialidades similares, pero no es comparable con nadie, en el aspecto personal.

 Quevedo. Atribuido a Juan van der Hammen, Instituto Valencia de Don Juan, Madrid.

Por ejemplo, no se pueden explicar como propios de la época, los amargos y groseros ataques a las mujeres de un Quevedo, cuando leemos la forma bien diferente en que Cervantes se refiere a ellas. En opinión del primero, por ejemplo, no se podía admitir a Teresa de Ávila con Santiago Apóstol, como patronos de España, porque: ¿cómo equiparar a una mujer con un soldado?. Además, dado un orden de meritorias dignidades, todas las cuales posee Santiago, a Teresa sólo le adjudica la última, la de las vírgenes.

***

Se cumplen, pues, 400 años de la publicación de la Segunda Parte del Quijote de Cervantes, pero aún así, resulta difícil establecer un punto de partida entre su juvenil: Serenísima Reina, dedicado a Isabel de Valois, y el: Puesto ya el pie en el estribo, con el que se despidió del Conde de Lemos y de todos nosotros, para sumergirse después, silenciosamente, entre los cimientos de una iglesia de Madrid, apenas un año después de la publicación del libro.

El aniversario de la publicación de esta citada Segunda Parte es la causa de esta especie de presentación, a través de la cual se verá cómo la suerte de Cervantes entra en pugna con la de Lope de Vega, o para ser exactos, el infortunio de Cervantes se verá enfrentado a la suerte de Lope –aunque, en realidad, ninguno de estos dos términos es del todo preciso, ya que Lope alcanzó la gloria popular del momento, mientras que Cervantes alcanzó la de la posteridad, pero ninguno de los dos resolvió su verdadero problema existencial-.

Miguel de Cervantes, que no leía poemas públicamente en las Academias porque era tartamudo, pero prestaba sus lentes al desagradecido Lope de Vega para que pudiera hacerlo –aunque después aquél se mofara de lo gastados que estaban los cristales-; fue el mismo que en su infancia acompañaba frecuentemente a un padre, casi, o quizás completamente sordo, en su dificultosa lucha por la vida. Una vida muy difícil, aunque su lucha no sería, ni mucho más, ni mucho menos difícil que la de la mayor parte de la población en una época, en la que el tesoro real tenía menesteres más urgentes que subvenir, como era el exterminio de herejes, en una guerra que, perdida desde muy pronto, se alargó durante ochenta años y que, por lo que sabemos, se llevó la vida de Rodrigo, el otro hermano de Miguel. 

En fin, faltan aún varios capítulos para que lleguemos a la interminable campaña en las llamadas Tierras Bajas, o, más popularmente, Flandes; un territorio que nunca, ningún súbdito de la Corona de Felipe II de Austria, sintió como suyo, ni como familiar, pero que se llevó tantas vidas y, sin duda, todos los recursos –recordemos que este monarca ingresaba más que nadie en toda Europa, por medio de la flota de Indias–.

Tal como acabó el asunto de Flandes, deja la amarga sensación de haber estado luchando durante todos aquellos años, contra molinos de viento. ¿Responsabilidad de Margarita de Austria; del duque de Alba; de don Juan de Austria; de Luis de Requeséns; de Alejandro Farnesio? No sé si esto se puede creer. 

Tampoco sé si Cervantes quiere que don Quijote sea loco realmente, pero siendo él mismo, hombre absolutamente cuerdo, cabal y con buen sentido, no me cabe duda de que el Caballero que tanta risa causaba, tenía que representar a alguien. 

Pero hay que conocer la Historia de verdad, empezando, sin duda por desmitificar a los reyes en torno a los cuales se han fabricado e impuesto tantas leyendas, achacando siempre los errores a otros, cuando no a previsibles –pero no previstos– temporales. Felipe II no podía culpar a Medina Sidonia por el fracaso de Inglaterra, como, efectivamente, no lo hizo, aunque otros se ocuparon de publicarlo así.

-Y así debe de ser de mi historia, que tendrá necesidad de comento para entenderla,-dice don Quijote en el Capítulo III de la Primera Parte-. Y así es, puesto que su lectura, acompañada de pertinentes notas aclaratorias, se enriquece notablemente y, sin duda, facilita su comprensión, sobre todo en el aspecto histórico. 

Tampoco es necesario contar aquí la historia del reinado de Felipe II y parte de la de Felipe III, pero en ocasiones, si revisamos la existencia de un suceso reciente, entonces, será necesario centrar ese texto en su fondo histórico. Por ejemplo, la celebérrima Batalla de Lepanto, que algo tiene que ver con Cervantes, así como la Gran Armada que Felipe II envió para invadir Inglaterra –en la que es posible que viajara Lope de Vega-, y que en los días de esperanza produjo un admirativo soneto de Cervantes, pero también otro, lleno de absoluto, aunque genial desencanto, después de su sonoro fracaso.

***

Antes de adentrarnos en materia biográfico-quijotesca, propiamente dicha, parece interesante recordar el Prólogo de la Primera Parte, ya que el mismo Cervantes, lo cita después, con mucha amargura, pues le provocó múltiples sinsabores, provenientes, sobre todo, del que llamaremos Clan Lope, quien protegido por su posición en la Corte y por el inmenso éxito de su teatro, podía permitírselo casi todo –excepto evitar los desastres de su propia vida–.

La historia es larga. 

Pensando en el Prólogo para la Primera Parte del Hidalgo, Cervantes escribió que su obra saldría: Falta de toda erudición y doctrina, sin acotaciones en las márgenes y sin anotaciones en el fin del libro, como veo que están otros libros, aunque sean fabulosos y profanos, tan llenos de sentencias de Aristóteles, de Platón y de toda la caterva de filósofos, que admiran a los leyentes y tienen a sus autores por hombres leídos, eruditos y elocuentes…

De todo esto ha de carecer mi libro, porque ni tengo qué acotar en el margen, ni qué anotar en el fin, ni menos sé qué autores sigo en él, para ponerlos al principio, como hacen todos, por las letras del abecé, comenzando en Aristóteles y acabando en Xenofonte y en Zoílo o Zeuxis, aunque fue maldiciente el uno y pintor el otro. También ha de carecer mi libro de sonetos al principio, a lo menos de sonetos cuyos autores sean duques, marqueses, condes, obispos, damas o poetas celebérrimos.

En resumen, Cervantes no quería actuar en 1605 como lo había hecho Lope de Vega en 1604. Este se dio naturalmente por ofendido, como si el comentario llevara su apellido, y contestó de forma literariamente brutal, como veremos. Todo ello dio lugar a que en el nuevo prólogo de las Novelas Ejemplares de 1614, Cervantes escribiera:

Quisiera yo, si fuera posible, lector amantísimo, escusarme de escribir este prólogo, porque no me fue tan bien con el que puse en mi Don Quijote, que quedase con gana de segundar con éste.

***

Cervantes y Lope de Vega se debieron conocer alrededor de 1583 –quizá algo antes-, cuando ambos visitaban al empresario teatral Jerónimo Velázquez, en la calle de Lavapiés de Madrid. Lope se proponía enamorar a Elena Osorio, la hija del empresario, mientras Cervantes, que intentaba que el padre pusiera en escena alguna de sus obras, dedicó por entonces a Lope rimadas alabanzas en el Canto de Calíope, de La Galatea, que terminó el mismo año en que se conocieron, aunque se publicó en marzo de 1585:

         Muestra en su ingenio la experiencia
         que en años verdes y en edad temprana
         hace su habitación así la ciencia
         como en la edad madura antigua y cana.
         No entraré con alguno en competencia
         que contradiga una verdad tan llana,
         y más si acaso a sus oídos llega,
         que lo digo por vos, Lope de Vega.

Pero Lope publicó La Arcadia en 1604, escrita durante su destierro en Alba de Tormes –por insultos públicos a su antigua amante-; un verdadero compendio de pedantería y falsa erudición, que encendió la ironía de Cervantes. La edición de Amberes de 1612 contenía 60 páginas de erudición.

Ediciones de 1605 y 1612

En una carta fechada en Toledo el 14 de agosto de 1604, Lope de Vega afirmaba: De poetas no digo: buen siglo es éste. Muchos están [en] cierne para el año que viene, pero ninguno hay tan malo como Cervantes, ni tan necio que alabe a don Quijote.

Escribió además en otra carta:  ...cosa para mi más odiosa que … mis comedias a Cervantes, porque estaba convencido de que aquel le odiaba, tal vez por lo que aparecía en el capítulo 48 del manuscrito de la primera parte del Quijote, en la que el Canónigo confiesa haber empezado a escribir un libro de caballerías, del que llegó a componer más de cien hojas, pero que lo ha abandonado: porque ...no quiero sujetarme al confuso juicio del desvanecido vulgo, a quien por la mayor parte toca leer semejantes libros. Pero lo que más me le quitó de las manos y aun del pensamiento de acabarle fue un argumento que hice conmigo mesmo, sacado de las comedias que ahora se representan, diciendo: «Si estas que ahora se usan, así las imaginadas como las de historia, todas o las más son conocidos disparates y cosas que no llevan pies ni cabeza, y, con todo eso, el vulgo las oye con gusto, y las tiene y las aprueba por buenas, estando tan lejos de serlo, y los autores que las componen y los actores que las representan dicen que así han de ser, porque así las quiere el vulgo, y no de otra manera, y que las que llevan traza y siguen la fábula como el arte pide no sirven sino para cuatro discretos que las entienden, y todos los demás se quedan ayunos de entender su artificio, y que a ellos les está mejor ganar de comer con los muchos que no opinión con los pocos.

La Primera Parte del Quijote, se publicó en 1605 y se sabe que su prólogo ofendió muchísimo al intocable Lope, a quien el esplendoroso éxito no le evitaba heridas al orgullo y, sintiéndose insultado, contraatacó con la mayor dureza posible. 

Fue una guerra desigual y cruel, habida cuenta de la situación social de ambos, con los apoyos de una de las partes, o la inexistencia de estos, en la otra. En su transcurso alguien ideó poner en circulación una segunda parte del Quijote; el llamado de Avellaneda, proyecto en el que tal vez estuvo mezclado Lope y que pretendía hundir en la miseria a Cervantes, con la verdadera segunda parte de su verdadero personaje a punto de ser publicada. 

Lope de Vega con el Hábito de Malta.

Unos meses antes de que apareciera el Primer Quijote, Lope de Vega ya lo había leído y analizado, por lo que le dedica buena parte  del prólogo de El Peregrino en su Patria, en 1604, sin decir su nombre.




Además de su contenido propiamente dicho, la edición despertó la ironía de Cervantes ante el visible y absurdo engreimiento de Lope, que sin sentido alguno del ridículo, hizo adornar la portada con su supuesto escudo en el que aparecían 19 torres, mostrando además, una leyenda en latín: Quieras o no quieras, Envidia, (Escudo de Lope, es) o único o muy raro.

Cervantes le dedica entonces este soneto:

            Hermano Lope, bórrame el soné—
            de versos de Ariosto y Garcila—,
            y la Biblia no tomes en la ma—,
            pues nunca de la Biblia dices le—.
            También me borrarás La Dragonte—
            y un librillo que llaman del Arca—
            con todo el Comediaje y Epita—,
            y, por ser mora, quemarás la Angé—,
            Sabe Dios mi intención con San Isi—;
            mas quiéralo dejar por lo devo—.
            Bórrame en su lugar El peregri—.
            Y en cuatro leguas no me digas co—;
            que supuesto que escribes boberi—,
            las vendrán a entender cuatro nació—.
            Ni acabes de escribir La Jerusa—;
            bástale a la cuitada su traba—.

Lope, ciego por su orgullo herido, le envía una carta desde Toledo, en la que es evidente, que de los dos él es quien se siente derrotado, ya que pierde toda contención para enzarzarse en una ristra de burdos insultos y expresiones vulgares:

Yo que no sé de los, de li ni le— Variante: Pues nunca de la Biblia digo lé-...
            ni sé si eres, Cervantes, co ni cu—;
            sólo digo que es Lope Apolo y tú
            frisón de su carroza y puerco en pie.
            Para que no escribieses, orden fue
            del Cielo que mancases en Corfú;
            hablaste, buey, pero dijiste mu.
            ¡Oh, mala quijotada que te dé!
            ¡Honra a Lope, potrilla, o guay de ti!,
            que es sol, y si se enoja, lloverá;
            y ese tu Don Quijote baladi
            de culo en culo por el mundo va
            vendiendo especias y azafrán romí,
            y, al fin, en muladares parará.

Quedaba muy lejos de la capacidad de comprensión de Lope, aquel favorito del pueblo y la Corte, mimado por la fortuna, y que observaba el mundo desde sus diecinueve torres, que un don nadie como Cervantes, se atreviera a presentarle armas en el terreno literario, pero este, después de leer aquella ristra de insultos y expresiones soeces, decidió referirse al divo en su segundo Prólogo, diciendo, entre otras cosas, que el mismo Lope se escribía los sonetos laudatorios, lo cual es especialmente cierto, en el que le dedica Camila Lucinda, quien no era sino Micaela Luján, mujer que, como tantas otras en la época, no sabía escribir.

Con el tiempo, Cervantes contó –con su imperturbable serenidad-, en la Adjunta al Parnaso, cómo había llegado el soneto a sus manos: 

Estando yo en Valladolid llevaron una carta a mi casa, para mí, con un real de porte; recibióla y pagó el porte una sobrina mía –sin duda, Constanza, la hija de Andrea-, que nunca ella le pagara; pero dióme por disculpa que muchas veces me había oído decir que en tres cosas era bien gastado el dinero: en dar limosna, en pagar al buen médico y en el porte de las cartas. Diéronmela, y venía en ella un soneto malo, desmayado, sin garbo ni agudeza alguna, diciendo mal de Don Quijote; y de lo que me pesó fué del real...  

Añadía también Cervantes en los versos atribuidos a Urganda la Desconocida

             No indiscretos hierogli—
             Estampes en el escu—;

Y en esta ocasión, Góngora se unió a la crítica con un soneto, ciertamente dotado de enorme ingenio:

            Por tu vida, Lopillo, que me borres
            Las diez y nueve torres de tu escudo;
            Pues aunque tienes mucho viento, dudo
            Que tengas viento para tantas torres.

Góngora. Velázquez. M. Fine Arts, Boston 

Pero lo que se distingue en el trasfondo de todo este ingenioso juego, es un concepto diferente de la vida y de la propia historia, mostrando asimismo, que en la época de Felipe II, lejos de lo que se pretendía, no había, ni muchísimo menos, uniformidad de pensamiento.

Cervantes se embarcó y luchó en Lepanto, la gloria de Don Juan, mientras que Lope pudo formar parte de la Gran Armada de Inglaterra, que fracasó. Cervantes quería que España se incorporase a la cultura de los países europeos, mientras que Lope, dependiente de la política oficial, odiaba a Inglaterra; piensa que la explotación y tortura de indios es legítima y preside participa en autos de fe contra herejes, mientras que Cervantes se inclina al perdón y cree en la libertad de conciencia.

Lope, por su parte, se vuelve dependiente del éxito, porque le gusta y porque, según propia confesión, necesita el dinero, lo que le lleva, como dice Cervantes, a rebajar la calidad de sus creaciones, algo que él se niega a hacer, aunque no renuncia a aplicar aspectos muy renovadores en su obra:

…éstas [comedias] que ahora se usan, así las imaginadas como las de historia, todas o las más son conocidos disparates y cosas que no llevan pies ni cabeza, y, con todo eso, el vulgo las oye con gusto, y las tiene y las aprueba por buenas, estando tan lejos de serlo; y los autores que las representan, dicen que así han de ser, porque así las quiere el vulgo, y no de otra manera.

No está la falta en el vulgo, que pide disparates, sino en aquéllos que no saben representar otra cosa. Y no tienen la culpa desto los poetas que las componen, porque algunos hay dellos que conocen muy bien en lo que yerran, y saben extremadamente lo que deben hacer; pero como las comedias se han hecho mercadería vendible, dicen, y dicen verdad, que los representantes no se las comprarían si no fuesen de aquel jaez; y así, el poeta procura acomodarse con lo que el representante que le ha de pagar su obra le pide.

Yo escribo por dinero, respondería Lope, como ya hemos citado, para añadir finalmente, refiriéndose a Cervantes:

            … quien con arte ahora las escribe,
            muere sin fama y galardón...

En fin, los siglos han hablado en este sentido.

Concluiría Lope:

y cuando he de escribir una comedia, 
encierro los preceptos con seis llaves;
saco a Terencio y Plauto de mi estudio,
para que no me den voces; que suele
dar gritos la verdad en libros mudos;
y escribo por el arte que inventaron
los que el vulgar aplauso pretendieron;
porque, como las paga el vulgo, es justo
hablarle en necio para darle gusto.

La rivalidad duró hasta la muerte de Cervantes y, parece que Lope y sus amigos Avellaneda, no dudaron en ponerle la zancadilla cuanto pudieron, hasta aquel mismo momento. Si bien existen casos más dramáticos causados por odios entre escritores, como el ocurrido entre Quevedo y Góngora, que ahora no vienen al caso, el presente, no es de los menores, precisamente a causa del nivel de brutalidad aportado por Lope de Vega; no lo olvidemos, caballero de Malta, sacerdote y familiar del santo oficio por añadidura

Cabe destacar pues, que en esta batalla, Cervantes asumió la parte más conciliadora, no dudando en referirse elogiosamente a Lope, en el Prólogo de sus Ocho Comedias y Ocho Entremeses:

Y entró luego el monstruo de naturaleza, el gran Lope de Vega y alzóse con la monarquía cómica. Avasalló y puso debajo de su jurisdicción a todos los farsantes; llenó el mundo de comedias propias, felices y bien razonadas..., reconociendo igualmente, que su rival había tenido la fortuna de ver estrenar todas sus comedias, algo que él no consiguió nunca.

Lope se convertiría, sin duda, en el autor más característico y solicitado de su época, en tanto que Cervantes será un español universal, con diferencia, por los rasgos hondamente humanos de sus obras que hacen de él, lo mismo que de Homero o Shakespeare, un hombre de todos los tiempos y de todos los países.

Las obras conservadas y reconocidas de Cervantes –además de ciertas atribuciones a las que no referiremos más adelante, son: 

La Numancia (1582)
El trato de Argel (1582)
La Galatea (1585)
El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha (Primera parte, en 1605)

Novelas Ejemplares (1613):
   El Casamiento Engañoso
   La Gitanilla
   El amante liberal
   La española inglesa
   Riconete y Cortadillo
   Licenciado Vidriera
   La fuerza de la la sangre
   El celoso extremeño
   La ilustre fregona
   El Coloquio de los Perros
   La Señora Cornelia
   Las Dos Doncellas

Viaje al Parnaso (1614)
El Ingenioso Caballero don Quijote de la Mancha (Segunda Parte, 1615).

Ocho comedias (1615)

   El gallardo español
   Los baños de Argel
   La gran sultana doña Catalina de Oviedo
   La casa de los celos
   El laberinto de amor
   La entretenida
   El rufián dichoso
   Pedro de Urdemales

Y ocho entremeses nuevos, nunca representados (1615)

   El juez de los divorcios
   El rufián viudo llamado Trampagos
   La elección de los alcaldes de Daganzo
   La guarda cuidadosa
   El vizcaíno fingido
   El retablo de las maravillas
   La cueva de Salamanca
   El viejo celoso

Los trabajos de Persiles y Segismunda, historia septentrional -1617, publicación póstuma-.

***
Prólogo de “Avellaneda”

Como casi es comedia toda la historia de don Quijote de la Mancha, no puede ni debe ir sin prólogo; y así, sale al principio desta segunda parte de sus hazañas éste, menos cacareado y agresor de sus letores que el que a su primera parte puso Miguel de Cervantes Saavedra, y más humilde que el que segundó en sus Novelas, más satíricas que ejemplares, si bien no poco ingeniosas. No le parecerán a él lo son las razones desta historia, que se prosigue con la autoridad que él la comenzó y con la copia de fieles relaciones que a su mano llegaron; y digo mano, pues confiesa de sí que tiene sola una; y hablando tanto de todos, hemos de decir dél que, como soldado tan viejo en años cuanto mozo en bríos, tiene más lengua que manos. Pero quéjese de mi trabajo por la ganancia que le quito de su segunda parte, pues no podrá, por lo menos, dejar de confesar tenemos ambos un fin, que es desterrar la perniciosa lición de los vanos libros de caballerías, tan ordinaria en gente rústica y ociosa; si bien en los medios diferenciamos, pues él tomó por tales el ofender a mí, y particularmente a quien tan justamente celebran las naciones más estranjeras y la nuestra debe tanto, por haber entretenido honestísima y fecundamente tantos años los teatros de España con estupendas e inumerables comedias, con el rigor del arte que pide el mundo y con la seguridad y limpieza que de un ministro del Santo Oficio se debe esperar.
***

Prólogo-Contestación de Cervantes

¡Válame Dios, y con cuánta gana debes de estar esperando ahora, lector ilustre o quier plebeyo, este prólogo, creyendo hallar en él venganzas, riñas y vituperios del autor del segundo Don Quijote, digo, de aquel que dicen que se engendró en Tordesillas y nació en Tarragona! Pues en verdad que no te he de dar este contento, que, puesto que los agravios despiertan la cólera en los más humildes pechos, en el mío ha de padecer excepción esta regla. Quisieras tú que lo diera del asno, del mentecato y del atrevido, pero no me pasa por el pensamiento: castíguele su pecado, con su pan se lo coma y allá se lo haya. Lo que no he podido dejar de sentir es que me note de viejo y de manco, como si hubiera sido en mi mano haber detenido el tiempo, que no pasase por mí, o si mi manquedad hubiera nacido en alguna taberna, sino en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros. Si mis heridas no resplandecen en los ojos de quien las mira, son estimadas a lo menos en la estimación de los que saben dónde se cobraron: que el soldado más bien parece muerto en la batalla que libre en la fuga, y es esto en mí de manera, que si ahora me propusieran y facilitaran un imposible, quisiera antes haberme hallado en aquella facción prodigiosa que sano ahora de mis heridas sin haberme hallado en ella. Las que el soldado muestra en el rostro y en los pechos, estrellas son que guían a los demás al cielo de la honra, y al de desear la justa alabanza; y hase de advertir que no se escribe con las canas, sino con el entendimiento, el cual suele mejorarse con los años.

He sentido también que me llame invidioso y que como a ignorante me describa qué cosa sea la invidia; que, en realidad de verdad, de dos que hay, yo no conozco sino a la santa, a la noble y bienintencionada. Y siendo esto así, como lo es, no tengo yo de perseguir a ningún sacerdote, y más si tiene por añadidura ser familiar del Santo Oficio; y si él lo dijo por quien parece que lo dijo, engañóse de todo en todo, que del tal adoro el ingenio, admiro las obras y la ocupación continua y virtuosa. Pero en efecto le agradezco a este señor autor el decir que mis novelas son más satíricas que ejemplares, pero que son buenas; y no lo pudieran ser si no tuvieran de todo.

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