domingo, 11 de enero de 2015

El Greco y Cervantes 1614 -1615 Cervantes y El Greco

Termina el año del Greco y comienza el de Cervantes, con el aniversario de la publicación de la segunda parte del Quijote, titulada, en este caso, El Ingenioso Caballero, puesto que el protagonista fue armado como tal en la primera parte, cumpliendo detalladamente los requisitos que la ceremonia exigía, si bien, de acuerdo con su personal interpretación y el preciso recuerdo que conservaba de los Libros de Caballería.


Hay entre estos dos grandes de la cultura española, un notable cúmulo de coincidencias debidas al tiempo y al lugar que compartieron en ocasiones; es decir, el último cuarto del siglo XVI y primeros años del XVII, en la ciudad de Toledo.

No se trata, sin duda, de personalidades que tuvieran algo en común; por lo poco que sabemos de ambos, parece que tenían caracteres opuestos, pero, dejando ahora ciertas coincidencias de carácter social o familiar, de las que hablaremos después, no cabe duda de que el mundo del arte y la literatura, podrían haber aproximado a estos dos genios, ninguno de los cuales se integró en la élite de la ciudad; el Greco, dado el origen de sus encargos, pudo relacionarse, a veces bien y, a veces por medio de abogados, con la eclesiástica, mientras que Cervantes debía el éxito de su obra al concurso general de los súbditos de Felipe II, pero a pesar de que su obra era leída por todos y en todas parte; en palacio, en la corte y en las plazas, y su caballero era extremadamente popular, no lo era el propio Cervantes. Como es sabido, su quasi anonimato dio lugar a que el llamado Avellaneda, se adelantara a publicar una falsa Segunda Parte de su creación, sin que muchos advirtieran que se trataba de otro escritor.

Casi estrictamente contemporáneos; El Greco: 1541-1614, Cervantes: 1547-1616, antes de llegar a Toledo, habían coincidido en Roma, en 1570, ciudad a la que Cervantes llegó tras el desencadenamiento de ciertos sucesos, nunca bien aclarados, y fue contratado al servicio del Cardenal Acquaviva.

El Greco no se casó, según parece, mientras que Cervantes sí lo hizo, en 1584, con Catalina Salazar Palacios, a la que pronto abandonó, sin embargo, con ocasión del célebre traslado de las reliquias de Santa Leocadia  a Toledo, en 1587, a cuyo cortejo se unió el escritor, comunicando a su esposa por escrito, un par de días después, que se marchaba a Andalucía, sin saber por cuanto tiempo, y que podía disponer de todos sus bienes libremente.

Cierto que a principios del 1600, Catalina aparece en los documentos, conviviendo de nuevo con Cervantes en Valladolid, si bien en el momento en que la justicia requiere la declaración de todos los habitantes de la casa, ella estaba ausente.

En definitiva, ambos genios parecen algo más bien algo misóginos o solitarios, en este aspecto, aunque comparten el hecho de que el Greco tuvo un hijo; Jorge Manuel, de origen materno muy oscuro, aunque se dice hijo de Jerónima de las Cuevas, y Cervantes una hija; Isabel Saavedra, cuya maternidad, es todavía más dudosa que la de Jorge Manuel, aunque se adjudicó tardíamente a una señora llamada Ana Franca.

Mientras el Greco pudo disponer, en ocasiones de notables ingresos que le permitieron llevar una vida lujosa, o al menos tuvo la fama de que así era; Cervantes, por su parte, siempre fue pobre, como él mismo dejó escrito.


Tradicionalmente se asocian estos retratos, con los rostros auténticos de Cervantes y del Greco, aunque lo más probable, es que no los representen. No parece que ni uno ni otro mostraran algún interés por legar a la posteridad su verdadera imagen, del mismo modo que la posteridad mostró un enorme desinterés por el destino de los restos mortales de ambos.

Las citadas coincidencias de carácter familiar o social, se basan estas en el hecho de que el párroco de la Iglesia de Santo Tomé, el que tuvo la buena idea de encargar al Greco, el Entierro del Señor de Orgaz, tenía familiares emparentados con Catalina Palacios, lo que pudo facilitar, tal vez en alguna ocasión, un encuentro personal entre ambos genios, aunque tampoco existe la menor prueba de que esto sucediera. En realidad, pertenecían a mundos muy diferentes, aunque, en cierto sentido, y a causa de la existencial soledad de ambos, tal vez lo que más les unía -desde nuestro punto de vista actual-, fuera su característica vital de ser extranjeros o extraños, a causa de múltiples circunstancias, en el medio ambiente que les correspondió vivir.

Como escribió Camón Aznar, los gestos desaforados que hacen los protagonistas de los dos genios proceden de su inadecuación al ambiente, de su trágica soledad, de ese ser sólo espectáculo...

El hecho, en definitiva, es que los dos genios, aunque por diferentes causas, vivieron y actuaron como una especie de emigrados espirituales, que difícilmente hubieran encontrado acomodo en ningún sitio, a causa de sus personales exigencias, que los alejaban radicalmente de la mayoría de la población en la época.

Excepto su obra, a Cervantes todo la salió mal y, en cuanto al Greco, no parece que la historia sea muy diferente, puesto que no compartían la exigente ideología oficial, aunque, aparentemente, optaron por guardar silencio al respecto. Cervantes deja caer, por así decirlo, ciertos datos a lo largo de su obra maestra, y el Greco, los distribuye por su pintura, en la que en muchas ocasiones, más bien, en casi todas, opta por desafiar los cánones artísticos y hasta religiosos del momento. El hecho es que –aunque se debiera a muy distintas causas–, la Inquisición no perdió de vista totalmente a ninguno de los dos y Cervantes terminó siendo excomulgado por algún tiempo. En todo caso, ignoramos hasta qué punto llegaba la afección de ambos a la iglesia del momento, con sus imposiciones trentinas y con las exigencias de pureza de sangre, ni su postura frente a la diversidad racial, religiosa, de costumbres, o de cualquier otro aspecto, durante el reinado de Felipe II.

Veamos unas anécdotas pictóricas, en palabras de don Quijote –, que, en parte, reflejarían la forma de pensar de su autor, una de las cuales puede ilustrarse con el trabajo del Greco. 


Descubrióla el hombre, y pareció ser la de San Martín puesto a caballo, que partía la capa con el pobre; y, apenas la hubo visto don Quijote, cuando dijo:

— Este caballero también fue de los aventureros cristianos, y creo que fue más liberal que valiente, como lo puedes echar de ver, Sancho, en que está partiendo la capa con el pobre y le da la mitad; y sin duda debía de ser entonces invierno, que, si no, él se la diera toda, según era de caritativo.

— No debió de ser eso —dijo Sancho—, sino que se debió de atener al refrán que dicen: que para dar y tener, seso es menester.

Rióse don Quijote y pidió que quitasen otro lienzo, debajo del cual se descubrió la imagen del Patrón de las Españas a caballo, la espada ensangrentada, atropellando moros y pisando cabezas; y, en viéndola, dijo don Quijote:

— Éste sí que es caballero, y de las escuadras de Cristo; éste se llama don San Diego Matamoros, uno de los más valientes santos y caballeros que tuvo el mundo y tiene agora el cielo.

Del mismo modo que don Quijote emplea una ironía seria, con respecto al hecho de que San Martín sólo compartiera media capa con el pobre, es evidente que ningún otro autor, inmerso en el mundo de la Contrarreforma, utilizaría el término atropellar, para referirse a la actitud de Santiago Apóstol con respecto a los llamados moros.

En fin, como escribe Alice M. Pollin, a pesar de que ambos compartieron una curiosa e indudable coincidencia intelectual y estética, frecuentemente alusiva a Toledo, su paisaje, y su río, lo más probable es que si alguna vez llegaron a cruzarse en Toledo no pudieran reconocerse mutuamente. Además, Cervantes solía alojarse en un extremo de la ciudad muy alejado del lugar donde residía el Greco. 

Vista de Toledo, 1597-99. Ó/l., 121 x 109 cm. Metropolitan Museum of Art, New York

En 1603 El Greco recibió un contrato para hacer el retablo del Hospital de la Caridad de Illescas. Por razones que desconocemos –quizás necesidad imperiosa de ingresos-, el artista aceptó una tasación muy reducida, que, evidentemente no se correspondía con la envergadura de la obra -2.410 ducados-. Posteriormente, el Greco reclamó una cantidad más apropiada, pero como de costumbre, hubo de someterse a largos pleitos, que se extendieron hasta 1607 y se resolvieron en contra de su reclamación, y, en consecuencia, se vio obligado a pedir un préstamo.

San Ildefonso. Illescas

No obstante las dificultades por las que podemos suponer que atravesaba, el cretense creó, a partir de entonces, algunas de las obras más extraordinarias de su vida.

Poco después, por ejemplo, y ya con 66 años, se ofreció a terminar las pinturas de la Capilla Oballe, que Alessandro Semini había dejado inacabadas a su muerte.


Inmaculada Oballe. Museo de Santa Cruz. Toledo

La Inmaculada Concepción de aquella capilla es una de sus grandes últimas obras. En ella, las figuras se alargan exageradamente y las alas de los ángeles crecen de forma prodigiosa, pero siempre dentro de una extraña perfección artística de sorprendente atractivo y originalidad, que no reclama la atención, sino por su extraordinaria belleza.

Todavía a finales de 1608 acepta un nuevo contrato a realizar en cinco años para el Hospital de Tavera, en el que ejecuta El quinto sello o La Visión del Apocalipsis, para uno de los retablos laterales. 

La visión, verdaderamente apocalíptica, responde sin duda, al tema elegido, pero es muy posible que refleje ya visiones exclusivas del artista en sus últimos tiempos, de los cuales no sabemos nada más que lo que muestran precisamente estas obras. Algunos modelos alcanzan tal estatura, que, estando de rodillas, casi parecen estar de pie.

MET. NY

Finalmente, en el verano de 1612 y en colaboración con su hijo, elabora y dispone un acuerdo con el convento de Santo Domingo el Antiguo, por el cual ambos crean una capilla que servirá de cripta familiar. 

Para ella pinta el Greco una La Adoración de los Pastores, obra verdaderamente sorprendente por diversas causas, entre las cuales destacaremos dos. En primer lugar, la estatura de esos pastores alcanza ya dimensiones realmente poco comunes, aunque, bien al contrario de lo que podría parecer, también contribuyen a añadir originalidad y atractivo a la obra.

Museo del Prado

En segundo lugar, la vestimenta de los pastores, parece más bien recordar la forma de vestir de los hombres en la infancia cretense del artista; pescadores, y no, desde luego, a unos pastores del siglo y el lugar en el que se realizó la pintura, ni donde se produjo el hecho representado en la misma. Hablamos, pues, de una obra maestra que, además es profundamente conmovedora.

El 7 de abril de 1614 fallecía este artista interminable, a los 73 años. 

Aunque fue efectivamente enterrado en Santo Domingo el Antiguo, los restos fueron trasladados cinco años después a la iglesia de San Torcuato, demolida, junto con los restos del artista, en el siglo XIX.

Creta le dio la vida, y los pinceles
Toledo mejor patria, donde empieza
a lograr con la muerte eternidades.

Fr. Hortensio Félix de Paravicino.

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El año siguiente salía de la imprenta la Segunda Parte del Quijote; el Ingenioso Caballero de Cervantes, del que nos ocuparemos durante los próximos doce meses.
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