miércoles, 3 de agosto de 2016

Los Trastámara II • De Juan II a Isabel I de Castilla



Juan II de Castilla. José María Rodríguez de Losada, Ayto. de León.

Nacido en Toro, 6 de marzo de 1405 y jurado en 1406, como heredero de Enrique III el Doliente y de Catalina de Lancaster. Tenía dos años cuando murió su padre, por lo que se acordó la regencia de su madre con su tío paterno, Fernando de Antequera, que optaron por dividir el territorio en dos zonas de influencia, a causa de las pésimas relaciones entre ambos. 

Por el Compromiso de Caspe, en 1412, el de Antequera fue elegido rey de Aragón, por lo que abandonó Castilla, aunque no se desentendió de sus proyectos sobre el reino, del que tomaron las riendas, el obispo Juan, de Sigüenza, el obispo Pablo de Santa María, de Cartagena, Enrique Manuel de Villena, y Per Afán de Ribera, el Viejo, Adelantado Mayor de Andalucía.

Catalina de Lancaster murió el 2 de junio de 1418 y en marzo de 1419, Juan, que tenía entonces catorce años, fue declarado mayor de edad en las Cortes celebradas en Madrid.

Juan II se casó, en Ávila, el 4 de agosto de 1420, con su prima hermana María de Aragón, hija, precisamente, de Fernando I, su antiguo regente-tutor, permanentemente interesado en situar a sus hijos en los puestos más próximos al trono de Castilla, si no podía ser en el mismo trono. María, que había nacido en algún lugar de Castilla, el 24 de febrero de 1403, fallecería, también en Castilla, el 18 de febrero de 1445. Fue la madre del heredero, Enrique IV de Castilla.

Considerándose más indicado que su primo para reinar en Castilla, Enrique, hijo de Fernando I de Aragón, ideó y puso en práctica el llamado Golpe de Tordesillas, por el que, con la excusa de proteger a Juan II y a su reino, prácticamente lo secuestró y se apoderó del trono castellano, hasta 1420, casándose, acto seguido y casi a la fuerza, con Catalina, hermana del rey castellano. 

Con la ayuda de don Álvaro de Luna, en diciembre de 1420 Juan II escapó de Talavera donde prácticamente, estaba confinado, cabalgando durante la noche, hasta llegar a La Puebla de Montalbán, de Toledo, en cuyo castillo se hizo fuerte. Poco después se presentó Enrique con sus gentes y cómplices armados, exigiendo la entrega del rey, del que decía –ni más, ni menos–, que Luna lo tenía secuestrado.

Finalmente Enrique tuvo que abandonar el cerco, por hallarse en inferioridad de condiciones. Fue perseguido, hecho prisionero, y encerrado en el castillo de Mora, también de Toledo, hasta que Alfonso V, su hermano mayor, logró que fuera puesto en libertad. 

Ya repuestas las fuerzas, procedería a intervenir de nuevo en Castilla; en la Batalla de Olmedo, en 1445, cuando recibió una herida en la mano, que le causó una infección y la muerte, el 15 de junio del mismo año.

De su primer matrimonio, Juan II tuvo cuatro hijos:
Catalina, Leonor y María, ninguna de las cuales sobrevivió a la infancia.
Enrique (1425-1474), que sucedería a su padre –como Enrique IV

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El Golpe de Tordesillas y la Batalla de Olmedo

EL GOLPE DE TORDESILLAS, 14 de julio de 1420

A la muerte de Fernando de Antequera, en 1416, Catalina se convirtió en regente única, pero inmediatamente tomaron las riendas del poder, Diego López de Stúñiga, Justicia Mayor, Juan Fernández de Velasco, Camarero Mayor y Sancho de Rojas, Arzobispo de Toledo, quienes muy pronto se deshicieron de los fieles a la reina, asegurándose la tutela de su hijo, Juan II. El arzobispo se convirtió en el verdadero dueño de la situación tras las muertes de Stúñiga y Velasco, a las que siguió la de la propia reina, en junio de 1418

Sancho de Rojas había creado una especie de gobierno en el que participaban cinco señores, encabezados por Enrique, el Infante de Aragón, Maestre de Santiago, dejando fuera a su hermano Juan, que no estaba dispuesto a consentirlo. La intervención de la reina madre, doña Leonor, dio paso a un simulacro de reconciliación, según la cual, los grandes y los nobles que la aceptaron, se turnarían cada cuatro meses en el ejercicio del poder –del poder castellano, por supuesto–.

Enrique regía la Orden de Santiago; Sancho, la de Alcántara y Juan fue hecho conde de Peñafiel y señor de Lara, ambos títulos castellanos. Todo ello fue coronado con el matrimonio de Juan II de Castilla, con María, la hermana de los infantes aragoneses, a finales de 1418.

En 1419, el infante Juan de Aragón, abandonó brevemente el reino para ir a casarse a su vez, con doña Blanca de Navarra, hija de Carlos III el Noble y heredera del trono navarro, pero volvió inmediatamente a Castilla, que seguía siendo el eje de sus intereses.

Las circunstancias estaban a favor de los Infantes, en un momento en que Juan II de Castilla disponía de pocas tropas; estaba ausente el Arzobispo de Toledo y los procuradores de las ciudades acababan de clausurar las Cortes de Valladolid, volviendo cada uno a su lugar de origen.

Seguimos ahora el estudio de S. González Sánchez de la UCM, aunque resumido.

En el «secuestro», «golpe», «golpe de mano», «atraco», «insulto» o «movimiento» de Tordesillas concurren la premeditación, nocturnidad y alevosía y su materialización contiene sorpresa, la cautela, y empleo de las armas e infiltrados. 

El proyecto no consistía únicamente en alejar de la corte al infante don Juan, apoderarse del monarca y hacerse con las riendas del gobierno, también tenía una vertiente que, si no fuera por su importancia política, cabría calificar como de índole privada: esta era el secuestro de la infanta doña Catalina, en quien el infante don Enrique había puesto sus esperanzas de medro.

Las razones aducidas por los sublevados para acabar con el sistema de gobierno y apoderarse de Juan II fueron múltiples: la alteración en la rotación cuatrimestral, la expulsión del condestable de la corte, la provisión de oficios a personas de la parcialidad de los que gobernaban y que no los merecían, las numerosas donaciones y gastos desordenados, la imposición de nuevas contribuciones, las amenazas a la reina, la incitación al rey para que usase el rigor y la severidad, el tenerle engañado, las ligas y confederaciones que se hacían para perpetuarse en el poder, el alejamiento de los grandes y prelados de la corte, las ofensas al linaje del infante por los intentos de su hijo Enrique por casarse con la infanta doña Catalina y de que se le diese el señorío de Villena, el ascendiente de don Abraham Bienveniste en el gobierno del reino, la codicia desordenada del grupo gobernante por hacerse con mercedes y juros de heredad o la necesidad de «… reparar los daños pasados e los que se esperaban por mengua de buena governacion. 

Hallaron asimismo los conjurados el apoyo legal a sus planes, nada menos que en las Partidas de Alfonso X, que señalaban que los que no evitasen el mal y el daño a su rey eran culpables de traición, que los vasallos tenían que guardar al rey de sí mismo y de los extraños y de que había que desaconsejarle hacer cosas por las que le pudiese venir mal y daño a él, a su linaje o al reino, de dos maneras: aconsejándole y haciéndole aborrecerlo. Se hacía, en su opinión, «… por servicio del Rey y bien universal de sus Reynos.

Los sublevados adoptaron las primeras medidas: expulsaron a todos los oficiales que habían estado con el rey en Tordesillas; se procuró esencialmente tener al monarca controlado, poniendo nuevas guardas en su casa, y otros que durmiesen en palacio de continuo, pero sobre todo, se decidió conceder a don Álvaro de Luna, hasta entonces doncel del rey, el puesto de consejero regio y otorgarle un importante salario. Para tranquilizar a la población de Tordesillas, y al reino en general, se contó con la colaboración, posiblemente forzada, del monarca, quien, escribió cartas para informar a la población fingiendo que todo se hacía de acuerdo con su voluntad. Entre los que permanecieron a su lado, destacaba don Álvaro de Luna, quien, finalmente, sería el verdadero protagonista de su liberación.

Sin embargo fueron varios los factores que, propiciados por los propios asaltantes, contribuyeron a hacer fracasar su aventura, por ejemplo, las desavenencias dentro del propio grupo; la gente armada que se fue uniendo al rey, con la que no habían contado y, por último, la intención de este por liberarse desde el primer momento unida la voluntad de aquellos que, al igual que él, no estaban dispuestos a soportar a Enrique de Aragón. Inesperadamente, la Corte se trasladó de Ávila a Talavera.

Tras sacrificar a la infanta Catalina, entregándola sin su voluntad al infante Enrique de Aragón, con el único objetivo de preservar la suerte de su protegido, Luna propuso a este la forma de escapar, que sería so color de andar a monte, una actividad que empezaron a practicar regularmente, con objeto de hacer que la vigilancia se confiara con la costumbre. 

El castillo de Montalbán, destino de los evadidos, pertenecía a la reina Leonor de Aragón. Se trata de una fortaleza que hoy se conserva, en San Martín de Montalbán, sobre un promontorio granítico, junto al río Torcón, afluente del Tajo, que preserva el acceso por las lados norte y noroeste, al igual que dos profundos torrentes que discurren por los lados este y al oeste. El muro sur daba al llano, y era el mejor acceso, donde se concentraban, por tanto las más fuertes defensas. 

El castillo de Montalbán

El día que se produjo la huida, cuando se dieron cuenta de que el rey no iba a volver, el infante Enrique y sus hombres tardaron en salir de su asombro. La reacción inmediata fue salir en su persecución, pero ante el desconocimiento de la ventaja que podían llevar los evadidos, optaron por montar guardia en su posible destino, que necesariamente, tenía que ser una fortaleza, lo que reducía mucho los objetivos.

El castillo de Montalbán fue cercado, pero para entonces, un numeroso contingente armado se había unido a Juan II. Enrique comprendió que tenía que abandonar el cerco y abandonar la pretendida custodia del rey e intentar protegerse a sí mismo. 

Era el 14 de julio de 1420. Don Álvaro de Luna se había convertido en el hombre fuerte de la corte castellana. Terminaba así el breve e inestable gobierno del Maestre de Santiago, después de contribuir a elevar al poder al Condestable Luna.

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La batalla de Olmedo tuvo lugar el 19 de mayo de 1445, cuando Juan II y don Álvaro ordenaron confiscar las rentas que el antiguo Infante Juan de Aragón –para entonces, rey de Navarra por su matrimonio con doña Blanca-, percibía de Medina del Campo. En respuesta, y con el apoyo de su hermano, Alfonso V de Aragón, el desposeído monarca invadió Castilla con un fuerte ejército. 

Juan II de Castilla salió a su encuentro, y el choque se produjo en Olmedo, saldándose con una rápida y contundente victoria castellana, por la que los Infantes de Aragón vieron cómo se evaporaban sus sueños de dominio castellano, en pro del cual habían gastado tantos años, agravándose su derrota con la pérdida del Infante don Enrique, que, como sabemos, moría poco después, en Calatayud, a causa de la infección de una herida recibida durante la pelea.

Don Álvaro de Luna triunfaba una vez más, aunque, como veremos, empezaba la cuenta atrás de sus días de gloria, mientras un nuevo valimiento y nuevas figuras políticas se dibujaban en el horizonte: Juan Pacheco, Marqués de Villena, por ejemplo, quien, ya desde Olmedo, se hizo necesario e incondicional de Enrique, el hijo de Juan II –después Enrique IV de Castilla-; o Pedro Girón, Maestre de Calatrava, hermano de Pacheco; o nuestro conocido Íñigo López de Mendoza, quien tras la victoria de Olmedo, fue hecho Marqués de Santillana.

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Tres meses antes de la batalla de Olmedo, el 18 de febrero de 1445 había fallecido doña María de Aragón. El 17 de agosto de 1447, Juan II de Castilla –para entonces con 40 años de edad- se casaba con Isabel de Portugal, que contaba 17, –previa una dispensa por consanguinidad-, en Madrigal de las Altas Torres. 

Isabel de Portugal


Isabel de Portugal había nacido en 1428 y era hija del Infante Juan de Portugal y de Isabel de Barcelos, una Bragança, nieta de Juan I de Portugal. Tuvo dos hijos con Juan II:

–Isabel- I de Castilla (1451-1504), que con el tiempo, sucedería a su medio hermano Enrique IV, casada con su primo –Fernando- II de Aragón, hijo de Juan II de Aragón, también de su segundo matrimonio.

–Alfonso de Castilla (1453-1468). Príncipe de Asturias, muerto en extrañas circunstancias a los 14 años.

Esta esposa portuguesa se propuso y logró romper los lazos, aparentemente indestructibles, que unían a su esposo y al Condestable Luna, que terminaría siendo juzgado y degollado en la Plaza Mayor de Valladolid el 3 de junio de 1453. Juan II de Castilla falleció sólo un año después, el día 22 de julio de 1454, en Valladolid.

Tras la coronación de Enrique IV, parece ser que la reina viuda Isabel empezó a dar muestras de enajenación mental, especialmente cuando fue alejada de la Corte e instalada, con sus dos hijos, en el castillo de Arévalo, donde vivió hasta su muerte, el 15 de agosto de 1496, cuando ya reinaba en Castilla su hija Isabel, tras la muerte de su medio hermano Enrique IV en circunstancias –una vez más–, cuando menos, inesperadas.

Es un hecho, si seguimos algunas Crónicas, que doña Isabel llegó a obsesionarse con la idea de acabar con don Álvaro de Luna, pero no es fácil definir las causas de su odio al Valido, y mucho menos, calificarlas, sencillamente, de locura. Aun así, y aunque nunca fue un personaje popular, doña Isabel pasó a la historia como La Loca de Arévalo; un socorrido apodo, muy fácil de aplicar, aunque no tanto, de justificar.

La demencia de Isabel de Portugal. Atribuido a Pelegrín Clavé, y Roqué (Museo Nal. Historia, México)

La soberana, con la mirada de sus grandes ojos absolutamente perdida en el vacío, sin reaccionar a las caricias de sus dos hijos, refugiados en el regazo materno y con una profunda tristeza en sus miradas. (ArteHistoria)

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Don Álvaro de Luna

Álvaro de Luna, Maestre de Santiago y Condestable de Castilla. 
Retablo de la Capilla de Santiago, Catedral de Toledo.

Nacido en Cañete, Cuenca, en 1390, fue hijo natural de Álvaro Martínez de Luna, un noble aragonés, hermano de madre del arzobispo de Toledo, Juan de Cerezuela. Al fallecer su padre, cuando Álvaro tenía 7 años, fue criado por su tío Juan Martínez de Luna y por su tío abuelo el ex pontífice Benedicto XIII, el Papa Luna. Entró en la corte castellana como paje de Juan II, gracias al apoyo de su tío Pedro de Luna, arzobispo de Toledo.

Después del Compromiso de Caspe, durante la regencia de Catalina de Lancáster, madre de Juan II, Luna se convirtió en la mano derecha del heredero. Era un hombre muy bien educado y mejor formado, además de escritor, tanto en prosa como en verso, pero desde que organizó la huida del rey en Talavera, se convirtió en al verdadero puntal de la corona castellana, lo que no le impidió ser desterrado en varias ocasiones, a causa de las envidias que suscitó su encumbramiento. 

En mayo de 1445, tras la muerte del Infante Enrique de Aragón, en la Batalla de Olmedo, don Álvaro heredó su título de Gran Maestre de Santiago, alcanzando la cumbre de la gloria, de la que, sin embargo, descendería violentamente, tras el matrimonio de Juan II con Isabel de Portugal.

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La Caída y la muerte

Cuando Alonso Pérez de Vivero, un hombre al que Luna había introducido en la corte, en la que prosperó notablemente, gracias a aquel apoyo, observó los primeros síntomas de que la fortuna iba a dar la espalda a su patrón, se pasó al servicio del Juan II y doña Isabel, que inmediatamente aceptaron sus servicios, nombrándole Contador Mayor del Reino. Aprovechando su antigua amistad y conocimiento de don Álvaro, la reina no dudó en hacerlo cómplice de sus planes para deshacerse del Valido.

Alfonso Pérez de Vivero, después que ya era e estaba ferido en su malino corazón de la saeta erbolada de trayción que ya le tenía emponzoñado, discurría en sus malos pensamientos a muchas partes sin reparo alguno, espumajando en sus entrañas, e revolviendo e trastornando en ellas por muchas e diversas maneras, la maldad suya. Crónica de Don Álvaro de Luna.

En la Semana Santa de 1453, la Corte se trasladó a Burgos, en cuyo castillo se instaló el rey, mientras que don Álvaro, que quizás ya tenía algún motivo de sospecha, lo hizo en el palacio de don Pedro de Cartagena, sobrino del obispo de Burgos, acompañado de una considerable escolta. La reina, por su parte, se fue a Madrigal.

El día del Viernes Santo, el condestable se dirigió a la catedral de Santa María, donde ya se encontraba el rey, para asistir a los oficios religiosos, en cuyo desarrollo, un fraile dominico, lanzó tal diatriba contra el Valido –aunque sin decir su nombre-, que el propio monarca le mandó guardar silencio. 

Don Álvaro pidió al Obispo que interrogara al fraile, para saber quien le había sugerido la idea de pronunciar tal sermón, pero el fraile aseguró que había actuado movido por una revelación.

-¡Hágale Su Señoría interrogar según mandan las leyes, pues escarnio es decir que un fraile gordo e bermejo e mundanal oviese revelación de Dios! –Gritó furioso el Condestable.

Más tarde, hallándose en posesión de unos documentos que incriminaban a su antiguo servidor Alonso Pérez de Vivero, hizo que lo llevaran ante él, hallándose asistido por su hijo Juan y su ayudante, llamado Ribadeneyra.

-¿Conocéis de quién es esta letra?- Le preguntó mostrándole unas cartas.
-Sí –respondió Vivero-, es del Rey.
-¿E esta otra ¿de quién es?
-Es mía, señor.

Después de leerle aquellas cartas, que, al parecer evidenciaban su traición, don Álvaro sentenció:

-Pues que han sido inútiles las amonestaciones que os hice para apartaros de las maldades que habéis urdido contra mí, cúmplase hoy lo que ya en otra ocasión os juré. 

Acto seguido, ordenó que arrojaran a Vivero al vacío, desde la torre en la que se había desarrollado la escena, si bien, el bachiller Cibdareal, escribe:

Achácanle que fizo mazar con una maza a Alonso Pérez de Vivero, e después despeñado de la ventana, a manera de quél se hubiera arrimado a las verjas de las ventanas, e se hubieran salido de la pared, e caído él de sí mismo. E no parece questo pudiera ser, por mucho que lo aliñan, mas contra el Condestable no se pueden facer disputas. E así, lo que sin disputa es vero, es que Alonso Pérez de Vivero finó súpitamente.

Días después, don Álvaro de Zúñiga, Justicia Mayor de Castilla, recibía un escueto documento escrito de puño y letra del monarca:

D. Álvaro de Stúñiga, Alguacil mayor, yo vos mando que prendades el cuerpo a Don Álvaro de Luna, Maese de Santiago, e si se defendiere, que lo matéis.

El 4 de abril de 1453, Álvaro de Estúñiga lo apresó en Burgos, por orden del rey y fue llevado al castillo de Portillo -con grillos en los pies y que sea puesto en una jaula para que esté mejor guardado-. 

El 1º de junio fue trasladado a Valladolid, donde, tras un simulacro de proceso –no fue culpado por el tribunal, pero sí por expreso deseo del monarca−, fue decapitado en la Plaza Mayor, el 2/3 de junio de 1453.

Federico Madrazo. Don Álvaro de Luna en el patíbulo (1841). Museo Goya. Castres

¡Esta es la justicia que manda hacer el Rey Nuestro Señor a este cruel tirano e usurpador de la corona real, en pena de sus maldades e de servicios, mandándole degollar por ello. –Gritaban los pregoneros, hasta que el mortal cortejo llegó a la plaza en la que esperaban el cadalso y el verdugo.

El verdugo –escribió Juan Pérez de Guzmán-, pasó el puñal por su garganta e cortóle la cabeza, e púsola en el garvato.

Colecta para sepultar el cadáver de don Álvaro de Luna. José María Rodríguez de Losada. 1866.  Palacio del Senado, Madrid

Su esposa, Juana Pimentel, y su hijo se vieron obligados a refugiarse en el castillo de Escalona, en Toledo, que pronto tuvieron que abandonar ante la llegada de tropas reales. Hasta el día de su muerte, Juana Pimentel se llamó y firmó como La Triste Condesa.
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Don Álvaro de Luna escribió Virtuosas e claras mujeres en defensa de éstas y contra el moralismo misógino medieval, que las consideraba prácticamente como un error de la naturaleza. Escrito con la colaboración de Juan de Mena, ofrece más de cien ejemplos diversos, que constituyen un hito en la evolución del debate tradicional.
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Si nos preguntamos, aunque sea retóricamente, quién explotaba a quién en la relación Rey-Valido, a través de la historia, parece que la mayor parte de la responsabilidad debe recaer sobre los monarcas que permitían su existencia, básicamente, por pereza. El Valido era quien recibía las críticas y quien pagaba las consecuencias de las decisiones tomadas, de las que no, y de cualquier suceso negativo para la Corona, cuando los reyes, al verse amenazados, los entregaban a sus verdugos, de forma terriblemente egoísta, a pesar de que generalmente no habían dado un solo paso sin ellos desde la niñez. 

En cuanto a la responsabilidad de la reina Isabel con respecto a la ejecución del Valido, no parece estar clara, aunque la opinión y las Crónicas, tienden a achacársela. La leyenda, que siempre puede, o no, tener algún punto de contacto con la realidad, cuenta que durante su retiro en Arévalo, doña Isabel repetía frecuentemente el nombre del muerto, sin objeto comprensible.

Ahora bien, en el caso de que ella hubiera sido realmente la inductora, es difícil deducir si lo hizo por locura, por cargo de conciencia, o, quizás por frustración con respecto a su marido, quien, realmente, pasaba mucho más tiempo y parecía profesar más afecto a don Álvaro que a ella. En todo caso, la sentencia la firmó Juan II, sin piedad para el hombre que, en la práctica, había actuado con él como un padre.

Su hija Isabel y su nieta Juana –aunque una sea conocida como la Católica y otra, como la Loca, fueron conocidamente celosas, aun cuando ambas tuvieran razones sobradas para serlo. Isabel, sufría las escapadas de don Fernando, aparentemente tranquila y con gran discreción; pero por declaraciones de su hija Juana, sabemos que se encerraba en sus habitaciones y se tiraba furiosamente del  pelo cada vez que él se marchaba a Aragón, el reino de su padre y de sus amores. En cuanto a Juana, no sufría de manera alguna los celos que le provocaba su marido y, por esta causa, como sabemos, aunque no tenía necesariamente que enloquecer, vivió profundamente sumida en la desesperación.

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Entierro de don Álvaro de Luna. E. Cano de la Peña

No mucho después de la ejecución de don Álvaro, moría también Juan II, en Valladolid, el 22 de junio de 1454. Su Cronista Hernán Pérez de Guzmán dice que sabía fablar e entender latín, leya muy bien, placíanle muchos libros e estorias, oya muy de grado los dezires rimados, sabía del arte de la música e tañía e cantaba bien.

Con respecto a los restos de don Álvaro, andando el tiempo, Isabel I, autorizó su traslado a la Capilla del Condestable o de Santiago, en la Catedral de Toledo –bellísima, por cierto-; algo que jamás hizo, ni permitió hacer, con ningún enemigo o adversario. ¿Una especie de compensación, quizá?

Cenotafio de don Álvaro de Luna. 

En 1658 el Consejo de Castilla declaró a don Álvaro inocente de todas las acusaciones de crímenes, apropiaciones indebidas, maleficios, tiranía, asesinato, homicidio, etc. por los que había sido tan rápidamente juzgado, condenado y ejecutado.
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Enrique IV de Castilla

Enrique IV de Castilla 

Por las fechas de su nacimiento, en Valladolid, el 5 de enero de 1425, don Álvaro de Luna, que estaba en pleno apogeo, fue encargado de su formación.

La principal preocupación de la Casa Real en aquellos momentos, no era, ni mucho menos, procurar el bienestar de los súbditos, sino las permanentes intrigas de la nobleza y la continua injerencia a la que estaban acostumbrados los Infantes de Aragón, quienes en 1445, sufrieron la notable derrota en Olmedo, acción a la que asistió Enrique, que por entonces tenía 20 años.

Con ocasión del enfrentamiento entre don Carlos, Príncipe de Viana –de quien hablaremos más tarde-, y su padre, Juan II de Aragón, en 1450, Enrique optó por apoyar las demandas del hijo.

El 2 de junio de 1453 se producía la ejecución de don Álvaro de Luna, y en 1454, el día 20 de julio, moría el monarca castellano, Juan II, por lo que Enrique IV asumía todas las responsabilidades inherentes a la Corona, entre las que destacaban en aquel momento, buscar la paz con Portugal y con Juan II, que aún no era rey de Aragón, sino sólo de Navarra; la condicionada herencia de su hijo Carlos, al que Enrique IV había prestado apoyo en sus reclamaciones. El tercer objetivo, en orden, no en importancia, era la continuación de la guerra en Granada.

Enrique IV también tuvo sus consejeros personales, o favoritos, en los que delegaba ciertas cargas, como el Marqués de Villena y su hermano, el Maestre de Calatrava, Pedro Girón -un par de monstruos, a juzgar por la Crónica de la Reina Isabel-, a los que se unieron, Miguel Lucas de Iranzo, Beltrán de la Cueva o Gómez de Cáceres, de todos los cuales habla mucho la Historia.

El 27 de junio de 1458, fallecía el rey Alfonso V de Aragón, en Nápoles, por lo que Juan II de Navarra, que ya tenía la gobernación, heredó la Corona aragonesa real y efectiva, circunstancia que le animó a entrometerse más a fondo en los asuntos de Castilla, ofreciendo una colaboración que, a la larga, desencadenó la formación de un grupo rebelde a Enrique IV, quien, a su vez, invadió Navarra, en favor de la herencia materna de don Carlos, el príncipe de Viana, que su padre, Juan II, se negaba a entregarle, valiéndose de una cláusula testamentaria de la madre, fallecida 17 años antes y que, posiblemente, el mismo monarca había sugerido o impuesto. Para entonces llevaba 13 años casado con Juana Enríquez y, Fernando, el hijo de ambos, ya tenía alrededor de seis. Pronto acompañaría a su padre en sus actividades guerreras, en las que adquirió una valiosa experiencia que, en contrapartida, le impidió ir al colegio.

En 1462 se producía la inesperada muerte de don Carlos de Viana. La Generalitat ofreció sus derechos a Enrique IV, quien en aquellos momentos no disponía de medios para embarcarse en semejante aventura, por lo que se vio obligado a renunciar, defraudando así las esperanzas de los catalanes.

En 1440, cuando Enrique IV ya contaba la notable edad de 15 años, fue casado con la infanta Blanca de Navarra, hija de Blanca I de Navarra y de Juan II. Trece años después, se procedió a la anulación de aquel matrimonio, por falta de descendencia, alegando impotencia causada por un hechizo. Blanca fue devuelta a la corte de su padre, sin marido y sin dote, mientras Enrique solicitaba la dispensa para casarse con su prima, doña Juana, hija de Alfonso V de Portugal.

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Así pues, Blanca volvía a un hogar en el que nadie la quería, excepto el príncipe Carlos, pero que no estaba allí. Sí estaba su hermana pequeña, Leonor, que, al parecer, compartía las simpatías y enemistades de su padre, y estaba también la nueva esposa del rey, Juana Enríquez, cuyo único objetivo era encumbrar a su hijo Fernando, a cuyo efecto, la existencia de Leonor no era más que un estorbo indeseable.

Carlos de Viana murió pues, tal vez de forma, al menos, prematura, el 23 de septiembre de 1461, dejando estipulado en su testamento, que la corona Navarra pasara a su hermana Blanca, que, para entonces, había sido encerrada por orden de su padre en el castillo de Olite, al negarse a cumplir su proyecto de abandonar el reino para casarse con el duque de Berry, hermano menor del monarca francés Luis XI.

Castillo de Olite. Navarra

Furibundo ante la inamovible negativa de Blanca a obedecer sus designios, y decidido a alejarla de la corte, Juan II se la entregó a su hermana Leonor -casada con Gastón IV de Foix-, quien la condujo a Bearn. Al pasar por Roncesvalles, el 23 de abril de 1462, Blanca consiguió entregar un escrito, en el que, tras implorar el perdón divino para su padre, aseguraba que su hermana la llevaba secuestrada y que si en algún momento esta hacía público un documento por el que Blanca la nombraba heredera, sería la prueba de que había sido obligada a hacerlo por la fuerza. Una semana después, en Saint-Jean-Pied-de-Port redactó y firmó el testamento por el que designaba heredero, precisamente al marido que la había repudiado; Enrique IV de Castilla. 

La reina Blanca II de Navarra. Moreno Carbonero. Museo del Prado

Llegada a Bearn, doña Blanca fue encarcelada en la Torre de Orthez, donde murió el dos de diciembre de 1464. Inmediatamente se sospechó que había sido asesinada, aunque siempre hubo grandes dudas sobre si lo fue por iniciativa de su padre, de su hermana, o de los dos. En 1479 Leonor sucedió a su padre, Juan II, en el trono de Navarra.

Alonso de Palencia, uno de los cronistas encargados de demonizar la imagen de Enrique IV, escribió que este menospreciaba e ignoraba a su nueva esposa, creando así la imagen de un misógino de incierta sexualidad, todo lo cual, no se corresponde con la actitud que doña Blanca mantuvo hacia él, a pesar de su repudio.
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El 28 de febrero de 1462, la nueva reina castellana tuvo una hija, a la que llamó Juana. Su tía, Isabel, fue su madrina en el bautizo y Enrique IV convocó Cortes en Madrid, que la juraron como princesa de Asturias. 

Pero, para entonces, el Marqués de Villena –a quien seguían, no sólo nobles, como los condes de Plasencia y Alba, o los Enríquez, sino también algunos arzobispos, como los de Toledo, Sevilla y Santiago-, junto con su hermano Pedro Girón, Maestre de Calatrava, que habían visto decaer su influencia en la corte, ante el ascenso de don Beltrán de la Cueva, reactivaron el proceso de rebeldía, urdiendo un programa completo de descrédito del monarca. Sus planes contemplaban sucesivamente: la defenestración de don Beltrán de la Cueva, a quien achacaban ser el verdadero padre de la heredera; la anulación de los derechos de ésta, en favor de Isabel y Alfonso, los dos hijos del segundo matrimonio de Juan II de Castilla, cuya protección asumieron a partir de 1464, unidos en la llamada Liga de Alcalá de Henares, a la que se unió –no podía ser de otro modo-, Juan II de Aragón.

A partir de entonces, y a juzgar por algunas crónicas, se diría que Enrique IV se dedicó a alimentar día a día su propio descrédito de mil maneras, como, por ejemplo: favorecer a judíos y musulmanes en perjuicio de sus súbditos cristianos; perjudicar a la nobleza en favor de la plebe; excederse en los impuestos, etc. Por todo ello, se le exigía: expulsar de la Corte a Beltrán de la Cueva y entregar el infante Juan a Pacheco para que procediera a su formación, y su reconocimiento como heredero. 

Enrique, que entonces no disponía de un consejero fiel, lo aceptó todo, creyendo que así tendría paz con los rebeldes, que, por otra parte, era lo último que estos deseaban. Para el 16 de enero de 1465 prepararon la llamada Sentencia Arbitral de Medina del Campo, que Enrique no aceptó, por lo que proclamaron, unilateral e ilegalmente, al infante Alfonso, no ya heredero, sino rey. 

Con objeto de hacer pública su elección, los nobles y clérigos rebeldes montaron una grosera farsa, al pie de la muralla de Ávila, cuyo absurdo, es difícil de comprender, y en la que participó el propio Alfonso, sin duda, como un invitado de piedra, debido a su corta edad.


La llamada Farsa de Ávila se representó el día 5 de junio de 1465. En primer lugar, para mayor perplejidad, se celebró una misa, concluida la cual los actores accedieron al estrado en el que habían colocado un monigote que, al parecer, representaba al rey Enrique; y leyeron públicamente una declaración que contenía todas las aberraciones imaginables achacadas a su persona, añadiendo que no era el padre de su hija, y que por tanto, esta no podía heredar el trono, sin atender a la norma legal, que consideraba legítimo, al hijo nacido en legítimo matrimonio, como era el caso.

Atentado de Ávila contra Enrique IV. Anónimo del siglo XIX

Acto seguido, el arzobispo de Toledo, se prestó a arrancar la corona del muñeco; el conde de Plasencia le quitó la espada y el de Benavente le arrebató el bastón de mando. Para terminar, Diego López de Zúñiga, hermano del conde de Plasencia, pronunció la incalificable sentencia que, en buena medida marcaba la calidad de los conjurados; derribando de una patada el monigote, gritó: -¡A tierra, puto!

Sin más ceremonia, hicieron que don Alfonso se sentara en el trono que el muñeco había dejado libre, y gritaron: -¡Castilla por el rey don Alfonso!- procediendo todos los notables asistentes, a besarle la mano uno tras otro. 

Francamente, parece legítimo dudar si ellos mismos, de alguna manera se creían lo que habían hecho. Posteriormente, Enrique, que no había dado mayor importancia a lo que consideró poco más que un incidente, intentó iniciar conversaciones para pacificar a los adversarios y, entre otras cosas, acordó el matrimonio de Pedro Girón con la infanta Isabel, su hermana, algo que ella no estaba dispuesta a aceptar bajo ninguna condición. En todo caso, Girón murió inesperadamente, cuando se dirigía a celebrar su improvisado enlace.

En 1467, Enrique IV vio mejorar su situación tras la segunda batalla de Olmedo, pero perdió el dominio de la ciudad de Segovia, en cuyo Alcázar se guardaba el tesoro real. Más tarde, manteniendo su línea de ceder en todo, en pro de una inalcanzable pacificación del reino, aceptó entregar a su esposa Juana a los rebeldes, como rehén de los acuerdos pactados con ellos.

El 5 de julio de 1468, en circunstancias harto sospechosas moría Alfonso en Cardeñosa –al parecer, fue el único intoxicado, del grupo con el que viajaba, por comer unos peces recién pescados–. Había reinado –por la Farsa–, unos tres años. 

Los achaques de ilegitimidad contra la hija de Enrique volvieron a la actualidad -para entonces se había descubierto que la boda de sus padres, Juana y Enrique fue celebrada sin la necesaria dispensa por consanguinidad-, por lo que se volvió a proponer la sucesión de Isabel, que, sin embargo, se negó a ser coronada mientras viviera su hermano Enrique. ¿Deberíamos entender que no había aprobado la farsa de la coronación de Alfonso?

El caso es que Enrique lo aceptó todo, mediante un acuerdo que, en realidad no fue más que una imposición, al firmar el Tratado de los Toros de Guisando, de 19 de septiembre de 1468, por el que reconocía a su hermana como heredera, exigiendo únicamente, que ella no se casara sin su consentimiento. Pero Isabel, además de afirmar por aquel acto, la ilegitimidad de su sobrina y ahijada, cuyo lugar ocupó, al ser reconocida como Princesa de Asturias, poco después traicionó la palabra empeñada, al casarse en secreto con Fernando de Aragón, sabiendo que Enrique era contrario a aquel matrimonio. 

La ceremonia se celebró el 19 de octubre de 1469, salvando el impedimento de parentesco próximo, por medio de una bula papal falsa, -como hemos visto, precisamente, uno de los motivos por los que ellos mismos habían tachado de ilegítimo el matrimonio de Enrique IV, y, por tanto, declarado la ilegitimidad de su hija. Isabel siempre sostuvo que desconocía el fraude.

El pacífico e indeciso Enrique, entendió que aquella boda, celebrada a sus espaldas y absolutamente en contra de sus deseos expresos y acordados por ambas partes, anulaba el Tratado, proclamando la sucesión de su hija Juana, cuya legitimidad juró públicamente. Pero Isabel y Fernando, presentados como los más apropiados para restablecer el orden –que ellos mismos perturbaban–, ya empezaban a despertar simpatías en su entorno.

Andrés Cabrera, mayordomo del rey, y alcaide del alcázar de Segovia, casado con Beatriz de Bobadilla, la más íntima amiga y confidente de Isabel, organizó un encuentro en Segovia entre los hermanos Enrique e Isabel. El rey se sintió enfermo en el transcurso de una cena, y rápidamente corrieron rumores de veneno. En todo caso, se separaron, aparentemente en paz, pero sin llegar a ningún acuerdo, permaneciendo Isabel en Segovia, mientras Enrique volvía a Madrid.

E luego el rey vino para la villa de Madrid, é dende á quince días gele agravió la dolencia que tenía é murió allí en el alcázar á onze dias del mes de Deciembre deste año de mil é quatrocientos é setenta é quatro años, a las once horas de la noche: murió de edad de cinqüenta años, era home de buena complexion, no bebía vino; pero era doliente de la hijada é de piedra; y esta dolencia le fatigaba mucho a menudo. -Crónica de los Señores Reyes Católicos Don Fernando y Doña Isabel de Castilla y de Aragón, Hernando del Pulgar-.

Escribió Galíndez de Carvajal, que el testamento de Enrique IV por el que declaraba heredera a su hija, desapareció misteriosamente, pero la continuación de esta historia ya corresponde al reinado de los Reyes Católicos, aunque, en lo que afecta a doña Juana, cabe destacar ya los siguientes detalles. 

Primero: que doña Juana fue perseguida sin piedad y obligada a abandonar el reino e ingresar en un convento en Portugal.

Segundo: que ella siempre alegó que era la legítima heredera de don Enrique y que disponía de documentación que lo demostraba. De hecho, Isabel I buscó aquellos documentos durante toda su vida, infructuosamente.

La Excelente Senhora

Tercero: que cuando Isabel murió, es posible que los papeles de doña Juana reaparecieran, ya que Fernando –¿por qué lo pondría Maquiavelo como ejemplo?-, en su insuperable afán por permanecer en el trono castellano, cuando ya no le correspondía, intentó casarse con aquella hija de Enrique IV, a cuyo descrédito había contribuido de forma tan cruel, dando lugar incluso, a una guerra de sucesión contra Portugal. Finalmente, la boda no se llevó a cabo, porque doña Juana se negó rotundamente a aceptarla, permaneciendo en Portugal hasta su muerte, y siendo históricamente conocida, como la Excelente Señora.
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Continuará...





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