sábado, 17 de junio de 2017

Cinco Emperadores Buenos I: Nerva y Trajano




Es casi una contradicción en los términos, llamar «buenos» a algunos emperadores romanos, porque, en esencia, no podían serlo, excepto si aplicamos el término en sentido maquiavélico –al fin y al cabo fue Maquiavelo quien lo acuñó–, en cuyo caso, sin duda hay algunos que serían “mejores” que estos Cinco de los que vamos a ocuparnos. 

Por la misma razón, el adjetivo es aplicable genéricamente, si comparamos a este grupo, con algunos de esos predecesores y sucesores, cuya absoluta falta de humanidad fue una disposición directamente proporcional a la progresiva auto-divinización de sus propias personas, en vida.

Incluso si pensamos en el caso de Adriano, al que nos referiremos en detalle, más adelante, no podemos dejar de lado la sanguinaria brutalidad que empleó para reprimir la famosa rebelión judía, de la que también hablaremos, así como otros detalles, con los que inauguró y despidió su mandato, siempre asociados con muertes violentas. 

Es verdad, sin embargo, que Adriano fue bueno, porque abandonó la política de conquista de sus antecesores, aunque también es cierto que, cuando él llegó al trono imperial, Roma ocupaba territorios en una extensión de seis millones de kilómetros cuadrados, y no disponía de recursos -ni materiales, ni humanos-, para subvenir a su defensa y mantenimiento. Así pues, de la inteligencia de este emperador –más que de su supuesta bondad-, surgiría la consciencia, y por tanto, la adecuación de su actividad a tan apabullante evidencia.

El hecho de que Adriano iniciara su reinado ordenando, o permitiendo varias ejecuciones, sin juicio; sólo por sospechas –lo que las convierte en crímenes–, era en cierto modo costumbre, y además, posteriormente dijo que no había sido idea suya. Del mismo modo, casi al final de su mandato, volvió a ordenar la ejecución de aquellos que criticaron su elección del sucesor, aunque quizás también fuera responsable el Senado.

Bien, pues a pesar de todo esto, y de algunos detalles más, el hecho es que Adriano fue un Emperador Bueno, y ahora vamos a intentar discernir por qué, tanto él como los otros cuatro que forman el grupo, han sido así calificados. 

Los Antoninos imperaron entre los años 97 y 182, lo que, por cierto, constituye un período verdaderamente largo para una época en la que también podemos hablar, por ejemplo, del Año de los Cuatro, o de los Cinco Emperadores.

Una de las características de este período, es que la sucesión dejó de ser exclusivamente de padres a hijos, y esto es bien cierto, porque cuatro de los Cinco, no tuvieron hijos varones, de modo que los adoptaron, por necesidad, para convertirlos en herederos, aunque procurando siempre que fueran parientes suyos, en el grado más próximo posible, lo cual, como ocurría con el cuidado de las fronteras. vendría a ratificar el viejo dicho, según el cual, es sabio hacer virtud de la necesidad, especialmente, cuando no hay otra alternativa.

Roma había pasado con éxito, del terror de “¡Aníbal ad portas!” a la tranquilidad de “Cartago delenda est”, pero ¿quién podría asegurar que los emperadores eran mejor gente para unos, que su émulo conquistador Aníbal para otros? Nadie. Además, nunca lo sabremos. Pero sí sabemos que, años antes, la arbitrariedad de los reyes había dado paso a la república y que ésta, con el tiempo, cedió ante los emperadores, los cuales se encargarían de destruir el inmenso ente que conocemos como Roma.

El período de los Cinco Emperadores Buenos, también es conocido como, Siglo de los Antoninos, o Siglo de Oro y fue el II dC.

La denominación, como decimos, fue acuñada por Maquiavelo en 1503, cuando analizaba las causas de la estrepitosa caída del Imperio Romano; un fenómeno que posteriormente fue analizado en profundidad por Montesquieu en sus Considérations sur les causes de la grandeur des Romains et de leur décadence, y recuperado en el siglo XVIII –1776– por el historiador Edward Gibbon en su obra Decline and Fall of the Roman Empire –muy pronto traducida al francés por Guizot, como Histoire de la décadence et de la chute de l’Empire romain–, obra en la que resurge el concepto de los emperadores buenos.


Cabe observar, no obstante, que Maquiavelo también asegura que los hombres rara vez tienen el valor suficiente para ser, del todo buenos, o del todo malos.

Hablamos pues, de Nerva, Trajano, Adriano, Antonino Pío y Marco Aurelio, que buenos, o no, representan un período de apogeo del Imperio, que nunca fue tan rico y tan pacífico como entonces. El término de Antoninos, por otra parte, procede del nombre del cuarto de los buenos, Antonino, el Pío, o el Piadoso, del que se dice que reunía en sí, las cualidades de todos los demás.

Habida cuenta, pues, de que los cuatro primeros no tenían hijos varones, el tronó recayó en aquellos parientes a los que ellos mismos consideraron más idóneos; una actitud casi obligada tras el sanguinario reinado de Domiciano, quien sucedió a su hermano Titus tras el fallecimiento de este y del padre de ambos, Vespasiano

Marco Aurelio, el último de los cinco, teóricamente quebraría la norma, al nombrar sucesor a su hijo Cómodo, que fatalmente, la cumplió, al convertir su reinado en una catástrofe que además, acabó con la dinastía de los buenos y, casi con el Imperio.

En todo caso, recalquemos que el hecho de que los sucesores elegidos, lo fueron a falta de hijos naturales, pero siempre y exclusivamente, entre los parientes más próximos, indica que el trono siguió siendo patrimonial, y que el proceso seguido por los Antoninos, fue prácticamente el mismo de siempre, porque mediante aquel aparente sistema electivo jamás se descartó a un hijo, como tampoco lo hizo Marco Aurelio, que en realidad no rompió ninguna norma. El hecho de que cinco emperadores seguidos fueran buenos, o quizás sólo menos malos, se debió quizás a la casualidad, a la que ellos llamarían fortuna, la cual permitió que los más próximos, fueran también los más idóneos. 
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Los Antoninos heredaron el ejército creado por Augusto; eficaz y generalmente victorioso, a pesar del número de sus efectivos, más bien reducido: 28 legiones con un total de 350.000 hombres –incluidos los cuerpos auxiliares–, que debían defender 10.000 km. de frontera. Durante esta época, los soldados, exceptuando los de los cuerpos auxiliares, se reclutaban en los mismos lugares en los que iban a ser acantonados, una condición que hacía que los ejércitos fueran muy dispares entre sí, algo que en ciertos momentos provocó notorias dificultades. Adriano creó también unidades reducidas de “bárbaros” que excepcionalmente, conservaban sus dioses y su idioma, pero no podían adquirir la ciudadanía, mientras que los demás, tras 25 años de servicios, se convertían en ciudadanos romanos.

A partir de la Segunda Guerra Púnica, Roma no dejó de crecer, conquistando, Galia, Egipto, Britania, etc., en una política expansiva que cambió bajo los Flavios, recurriendo a anexiones de estados-clientes. Fue Trajano quien llevó a cabo las dos últimas campañas de anexión en Dacia y Arabia, aunque con resultados efímeros. Después, exceptuando algunos intentos de Caracalla, la política militar imperial pasó gradualmente a ser defensiva. 

Digamos finalmente, que Trajano, considerado como el último conquistador, no era, en realidad, muy aficionado a la guerra, sino que, como dice de él Plinio el Joven, no la buscaba, pero tampoco la temía.


Aun así, para emular a Alejandro Magno, sólo le quedaba reducir a los Partos y la excusa se presentó cuando Cosroes entronizó a un rey que no gustaba a Roma. En 114 Trajano atacó Armenia y procedió a su anexión como provincia. Finalmente, llegó hasta el Golfo Pérsico, pero dejaba tras de sí una situación demasiado provisional y muy insegura, que pronto le obligó a volver sobre sus pasos.

En la primavera del 117 se desencadenaron revueltas en Judea y Chipre, y se produjeron numerosos desórdenes en Alejandría, Egipto y Cirenaica. A pesar de la represión llevada a cabo por Trajano, todo Oriente se estaba armando, cuando él murió el 9 de agosto del 117.

Finalmente, Adriano, su sucesor, tuvo que encargarse de organizar el regreso de las tropas. Las últimas conquistas se perdieron; las fronteras volvieron al lugar en que se encontraban antes del conflicto y Armenia dejó de ser Provincia de Roma.

Estos sucesos provocaron el reconocimiento de dos realidades nuevas para Roma: La primera, que sus ejércitos eran ineficaces en los terrenos desérticos del este, que a partir de entonces se convirtieron en un límite natural. Por la segunda, se hizo evidente que el Imperio había alcanzado el máximo de su extensión en relación con sus efectivos militares, con los cuales era inviable guardar con eficacia tan inmensas fronteras e intentar a la vez nuevas conquistas. En conclusión, la necesidad de un cambio de objetivos se volvió imperativa.

Con Adriano, los limes, o líneas fronterizas, adquirieron un carácter, hasta entonces, también desconocido para Roma. Por una parte, daban fe de que su capacidad expansiva –aquella que fue como una segunda naturaleza-, había llegado a su límite, y por otra, que en adelante, debería atender prioritariamente a su propia defensa ante posibles invasiones, dado que se hallaba rodeada de pueblos hostiles –bárbaros- a los que ya no podía subyugar. 

Una tercera consecuencia, en este caso positiva, vino a sumarse a estas nuevas realidades: una vez establecidos los limes y organizada su defensa, estos se convirtieron en zonas de paso protegidas, que facilitaron el comercio, y a la vez, sirvieron de aduana. 

Aquellos cambios de óptica dieron paso a un período de paz sin precedentes, creando las condiciones ambientales precisas para que se sucedieran otros Emperadores Buenos.

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Marcus Cocceius Nerva Caesar Augustus, 8.11.30-27.1.98

Nerva, como si fuera Júpiter. Gliptoteca Ny Carlsberg Copenhague

Nerva ascendió al trono imperial en el año 98, a los 65 de su vida, tras haber servido bajo Nerón, Vespasiano, Tito y Domiciano. Tenía en su haber el descubrimiento de la llamada Conjura de Pisón, destinada a matar a Nerón; acto que este recompensó otorgándole dos consulados. También desveló una primera conjura contra Domiciano, aunque el 18 de septiembre del año 96, una nueva conspiración terminó con la vida de este emperador y Nerva ocupó su lugar en el trono por decisión del Senado. 

Sus propicias intervenciones no habían logrado, a la larga, salvar la vida de ninguno de sus dos predecesores.

Cuando Nerón abandonaba Roma huyendo de la Guardia Pretoriana, en junio del 68, ordenó a su esclavo Epafrodito, que le apuñalara antes de que lo alcanzaran sus perseguidores. Según Dión Casio, antes de morir –dejando tras de sí una guerra civil–,  exclamó: ¡Qué artista muere conmigo!. 

Los remordimientos de Nerón tras matar a su madre. 
John William Waterhouse, 1878.

En cuanto a Domiciano, al parecer, había sido advertido de que moriría el día 18 de septiembre del año 96, a mediodía. Llegado el momento, el emperador preguntó a su criado por la hora, y este, que parece que estaba al tanto de la conjura, le dijo que ya había pasado el mediodía. Domiciano entonces, respiró hondo, y, acto seguido, el primer asesino cayó sobre él. Aún forcejeaba en el suelo, cuando otros siete hombres procedieron a apuñalarlo hasta la muerte.

Al día siguiente el Senado proclamó a Nerva.

Domiciano, que ejerció su mandato durante 15 años (81-96) había muerto sin designar sucesor, tarea que asumieron los senadores, eligiendo a uno de sus miembros. Nerva era un jurista apenas conocido, que en ocasiones, escribía poesía. Nunca había demostrado ambición alguna, y tampoco lo hizo durante su mandato, desde septiembre del 96, hasta enero del 98. De hecho, se ha supuesto que su elección se debió, precisamente, a su avanzada edad  y a su ya muy delicada salud, todo lo cual, además de contribuir a salvar de inmediato la situación creada por la violenta desaparición de Domiciano, no comprometería a sus electores durante mucho tiempo. Como ocurrió.

Nerva intentó corregir, al menos en lo posible, los excesos de su predecesor; un loable afán, que sin embargo, le creó numerosos enemigos. Le reprocharon el perdón de los proscritos; la distribución de tierras a los pobres; la abolición de los tributos impuestos a los judíos por Vespasiano, y, sobre todo, sus intentos por recuperar la economía sacrificando el despilfarro.

Los pretorianos, descontentos ante el hombre que se oponía a sus arbitrariedades, asediaron su palacio; mataron a algunos de sus consejeros y obligaron al emperador a condenar a los asesinos de Domiciano. Él se negó a satisfacer sus imposiciones y ofreció su propia vida a cambio de salvar la de sus colaboradores, pero no fue escuchado y presentó su dimisión al Senado, que la rechazó. 

De acuerdo con Dión Casio, apenas subió al trono su sucesor, Trajano, desterró al responsable del secuestro sufrido por Nerva.

Agotados sus esfuerzos y sabiendo que su fin se aproximaba, Nerva decidió seguir con sus proyectos hasta encontrar un sucesor que pudiera ser aceptado por el Senado, con el fin evitar que fueran los pretorianos quienes decidieran. 

Nerva, como sabemos, no tenía hijos, y su elección recayó sobre Trajano; un general, que en aquellos momentos mandaba un ejército en Germania. Al parecer, cuando le fue comunicado el nombramiento, no se inmutó; hizo saber al senado que agradecía su confianza y que intentaría asumir el cargo en cuanto tuviera tiempo. Y así pasaron dos años, que tuvo que emplear en resolver las diferencias entre Roma y los teutones.

A principios de año 98 Nerva enfermó gravemente y murió en su residencia en los Jardines de Salustio –Horti Sallustiani el día 27 de enero. 



Horti Sallustiani

Tácito describe el reinado de Trajano, como el amanecer de una edad más feliz, pues supo combinar dos términos irreconciliables, soberanía y libertad.

Así Trajano se convirtió en César, –escribió Dión Casio–. Pues Nerva no estimaba la relación familiar por encima de la seguridad del Estado, ni estaba menos dispuesto a adoptar a Trajano, por la condición de este último, de hispano en lugar de italiano, debido a que ningún extranjero había ostentado jamás la soberanía romana; pero Nerva buscaba un hombre por su capacidad, y no por su nacionalidad.

Trajano. Anfiteatro de la Colonia Ulpia Traiana.
Archäologischen Parque Xanten

Trajano, que había nacido en Hispania, procedía de una familia de funcionarios, siendo él mismo funcionario, y en ocasiones, soldado. Era alto y fuerte; tenía hábitos espartanos, además era valiente y formaba con su esposa, Plotina, un matrimonio casi ideal, comparado con las costumbres de la época. Plotina aseguraba ser una esposa feliz, a la que su marido nunca había traicionado con otra mujer. Se le veía, además, como hombre cultivado, que siempre se hacía acompañar por el filósofo e historiador grecorromano Dión Crisóstomo, que le explicaba filosofía, si bien él se mostraba más hábil para organizar planes de batalla, para controlar el gasto o para proyectar grandes obras.

Cuando finalmente fue coronado, Plinio el Joven se encargó de redactar su panegírico, en el cual, no dejó de recordarle, con toda cortesía, que debía su elección a los senadores, con los que tendría que contar antes de tomar cualquier decisión. Trajano les aseguró categóricamente, que así lo haría, y aunque muchos no le creyeron, finalmente demostró que su aceptación había sido sincera. 

En todo caso, nunca se le subió el poder a la cabeza, ni hizo uso excesivo del mismo, ni se volvió un déspota sanguinario y vengativo ante la amenaza de atentados contra su vida. De hecho cuando se descubrió el que preparaba Licinius Sura, un senador de Tarraco, lo solucionó yendo a visitarlo a su casa, donde comió, sin desconfianza, de todo lo que le fue servido, e incluso se dejó afeitar por el barbero de su anfitrión.

Aunque se desconoce gran parte de la vida de Trajano, es considerado por los historiadores antiguos y modernos como un emperador sabio y moderado. Su adopción, por otra parte, fue la única que verdaderamente procedió de una elección y no de la existencia de lazos familiares, como fue el caso de los otros cuatro buenos.

Aunque enemigo de la violencia, Trajano fue un gran militar y sabía recurrir a la fuerza si era necesario. Así, no dudó en hacer la guerra a Dacia –hoy Rumanía-, cuando el rey Decébalo amenazó sus conquistas en Germania. La campaña fue, en general, brillante, y Decébalo, derrotado, tuvo que rendirse. Trajano le perdonó la vida y el trono y se limitó a imponerle un fuerte vasallaje. Pero su clemencia fue mal comprendida, ya que Decébalo quizás la interpretó como un síntoma de la debilidad, lo que le animó a rebelarse de nuevo. 

En aquella segunda ocasión, Trajano volvió a triunfar y además, se apoderó de las minas de oro de Transilvania, con cuyo botín financió cuatro meses de juegos ininterrumpidos en el circo, durante los cuales, diez mil gladiadores celebraron su victoria. 

Después, puso en marcha un programa de obras públicas destinadas a hacer de su reino uno de los más memorables de la historia del urbanismo, y la arquitectura.

Ya cerca de los sesenta años, y más o menos completados sus proyectos de reconstrucción, Trajano se planteó volver al campo, pero antes se propuso terminar la labor de César y Antonio en Oriente, ensanchando las fronteras más allá del Mediterráneo.

Tras una marcha triunfal a través de Mesopotamia, Persia, Siria y Armenia, se convirtieron en provincias romanas. Mandó construir una flota para el Mar Rojo y lamentó ser demasiado viejo para embarcarse en ella y acudir a conquistar India y Extremo Oriente.

Sin embargo, para estas nuevas anexiones no resultó suficiente dejar una guarnición que mantuviera el orden. De hecho, apenas emprendió el viaje de retorno, empezaron a estallar revueltas por todas partes a su espalda, que le hicieron pensar en volver atrás, pero para entonces cayó enfermo y encomendó la tarea a otros generales, con la intención de llegar él mismo a Roma cuanto antes.

Pero la muerte le salió al encuentro en Cilicia, en Asia Menor, el 9 de agosto del 117, a los 64 años; sólo sus cenizas volvieron a Roma y fueron inhumadas en una urna al pie de su gran columna.

El Senado le concedió el título de Optimus Princeps.

La admiración que despertó en Tácito y Plinio, propició que el testimonio de ambos transmitiera una buena imagen suya a la posteridad, tal como lo hicieron asimismo, buena parte de sus grandes obras de auténtica ingeniería: Un gran acueducto, el Puerto en Ostia, cuatro grandes carreteras, o el Anfiteatro de Verona, son algunos de sus proyectos más notables, pero el más conocido, es, sin duda el Foro, en Roma, diseñado por Apolodoro, quien levantó asimismo, el Puente de las Puertas de Hierro sobre el Danubio y la llamada Columna de Trajano, en Roma.


Aunque se desconoce su origen exacto, el Acueducto de Segovia pudo ser obra de Trajano.

El antiguo Puerto hexagonal de Ostia, hoy, Lago de Trajano





Detalles del Anfiteatro de Verona


El Foro. Roma


El Puente sobre el Danubio, según relieve de la Columna Trajana: El emperador ofrece un sacrificio junto al Danubio. Placa LXXII, escena XCIX


Matthew Dubourg 1820

La Columna de Trajano está formada por dieciocho bloques de mármol, de cincuenta toneladas cada uno, sobre los cuales se esculpieron en relieve, dos mil personajes y diversos escenarios, que vienen a constituir una gráfica y detallada narración de la guerra  dacia, sin parangón.


38 metros de altura y 155 bajorrelieves conmemoran todavía las victorias de Trajano en Dacia.


Trajano dirigió a guerra en Dacia desde el año 101 hasta el 106. Miles de soldados romanos cruzaron el Danubio y derrotaron a los Dacios en dos ocasiones, antes de borrar toda señal de su existencia. Se cree que volvieron a Roma llevando en sus carros un cuarto de millón de kilos de oro y medio millón de plata, con los que Adriano cambió el aspecto de la ciudad de Roma mediante la construcción del Foro único en el mundo, del cual sobresalía –entre dos bibliotecas- esta inmensa columna de 38 metros, que remataba una estatua de bronce del emperador y que se terminó de levantar el año 113. 


Cubren su superficie 155 escenas en relieve, y en espiral, que se supone, reflejan la realidad de la campaña romana en Dacia.


Algunas escenas, son de un realismo aterrador. (Copia)

A través de 185 escalones se llegaba hasta la estatua por el interior de la columna, de cuyas 2.662 figuras, en relieve, se han hecho vaciados, que sirven a la necesidad de observar las escenas imposibles de ver desde su base, y algunas de las cuales, aparecen hoy muy dañadas a causa de la contaminación.

Trajano aparece en su Columna 58 veces; como soldado, como soberano, consultando a sus consejeros, o asistiendo a la celebración de un sacrificio, ya que no le gustaba presentarse ante el mundo sólo como guerrero. 

Los legionarios –el pilar de la grandeza de Roma-, aparecen levantando fuertes, puentes y calzadas, o incluso cultivando la tierra, como componentes de una potencia constructiva y civilizadora, no destinada a conquistar, matar o destruir de ninguna manera. 

A pesar de que no hay ni una escena en la que aparezca un soldado romano muerto, es sabido, sin embargo, que se trató de una guerra terrible, y nadie duda de que los legionarios romanos eran célebres, precisamente por su ferocidad en combate.

Las excavaciones en yacimientos dacios, como el de Sarmizegetusa, ofrecen vestigios de una civilización bastante más compleja y avanzada de lo que sugiere el término bárbaro, que los romanos regalaban a todo aquel o aquello que no era romano.


Un altar circular en el que destaca un motivo solar, representaría un centro sagrado del universo dacio. 

El lugar donde se encuentran el yacimiento y los restos del templo, es una tranquila zona verde, cerca de un manantial, donde, al parecer, resulta difícil imaginar el terror, las matanzas, los sucesivos aluviones de hombres bien armados y entrenados; la matanza final y el posterior saqueo, esculpidos en la gran columna de Trajano, sobre la cual aparece hoy como poco coherente la estatua de san Pedro, con la que en el siglo XVI, se sustituyó la del segundo Emperador Bueno.

Se ha hablado de medio millón de prisioneros, de los cuales, unos 10.000 fueron llevados Roma a luchar hasta la muerte en el circo para diversión de la Roma civilizada, a lo largo de 123 días de fiesta.

Ocupada su capital y todo su territorio, ante el peligro de ser hecho prisionero, Decébalo se quitó la vida; su cabeza fue llevada a Roma –escribió Dión Casio-. 

Trajano vistiendo la cota de los desfiles triunfales.
NY Carlsberg Glyptotek, Copenhague

Trajano repobló la provincia ya perteneciente al Imperio, con veteranos de guerra romanos; de ahí el nombre actual, Rumanía. El nombre Dacia y el gentilicio Dacio dejaron de existir.

(Fuente sobre la Columna de Trajano: 
Descifrando la Columna Trajana. Nat. Geographic  España)

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