sábado, 31 de marzo de 2018

Historia de Roma IX • Cartago delenda est • Tercera Guerra Púnica



Ruinas de Cartago, Túnez

Cuando se produjo la III Guerra Púnica -149-136 aC-, Cartago no había vuelto a participar en una contienda desde la derrota sufrida como consecuencia de la II Guerra Púnica, de la cual, habían pasado ya 55 años, y hacía 34 que Aníbal había muerto, en Bitinia, en el 183 aC. no a manos de Roma, sino por decisión personal, ingiriendo veneno. 

Sin embargo, el terror que antaño provocó la idea de que Aníbal se hallaba ante las puertas de Roma, había dejado una huella imborrable, a pesar de que el general cartaginés nunca dispuso, entre otras cosas, de los medios necesarios para abatir aquellas puertas, e intentar siquiera una invasión.

A pesar de las enormes pérdidas sufridas en la Segunda Guerra, y de las millonarias compensaciones e impuestos que hubo de pagar a Roma desde entonces, para el año 149, Cartago había dejado atrás la tragedia de la derrota y se había convertido en una industriosa urbe, cuya capacidad comercial, se mostró, para Roma, quizás más amenazadora que la antigua presencia de Aníbal al otro lado de sus murallas.

En 152 aC. -es decir, unos 50 años después de aquella Segunda Guerra-, Catón el Viejo visitó Cartago, y observó con sorpresa y disgusto, que los fondos que aquella nación antaño destinaba casi en exclusiva, a ejército, armamento y guerra, ahora que Roma le había prohibido participar en ninguna confrontación, habían contribuido a su florecimiento comercial y que la ciudad presentaba una vitalidad envidiable. Desde entonces, Catón convirtió la idea de la destrucción de Cartago en el objeto de su existencia, de modo que pasó años terminando todas sus intervenciones públicas -fuera cual fuera el asunto de las mismas-, exclamando: 

Ceterum censeo Carthaginem esse delendam
Además, opino que Cartago debe ser destruida.

La III Guerra Púnica

Para el año 149, habían terminado los cartagineses de pagar la indemnización impuesta por Roma, y entendieron que, satisfecha aquella condición, el tratado firmado con Roma quedaba zanjado, pero el Senado romano entendió, o quiso entender aquella libertad, casi como una declaración de guerra.

En el año 151 aC. Numidia, aliada de Roma y, por su instigación, atacó territorio cartaginés. Los cartagineses, tuvieron que recurrir a las armas para defenderse , lo que constituía, exactamente, el objetivo del ataque. Eligieron como dirigente a Asdrúbal el Beotarca, pero fue derrotado y Cartago quedó obligada a pagar una nueva indemnización a los númidas. 

En vista del fracaso, los cartagineses condenaron a muerte a Asdrúbal y a los principales miembros del partido militarista, al tiempo que enviaban embajadores a Roma para pedir una tregua, que Roma no aceptó, procediendo a declarar de nuevo la guerra. Cartago se rindió de antemano y entregó 300 niños como rehenes a cambio de paz e independencia.

Cuando 80.000 soldados al servicio de Roma desembarcaron en Útica, los cónsules reclamaron la entrega de la flota y las armas, lo que se cumplió inmediatamente, sin embargo, cuando se exigió a sus habitantes que se desplazaran a más de 15 km tierra adentro y que destruyeran sus casas antes de irse, los cartagineses se negaron a aceptar tan extremo mandato. Entonces empezó el asedio propiamente dicho. Inmediatamente, todos aquellos que apoyaron la colaboración con el invasor, fueron muertos y la población procedió a atrincherarse.

Se reforzaron las ya resistentes murallas de la ciudad y se amontonaron provisiones en grandes cantidades, mientras que Asdrúbal, que había escapado a su condena a muerte, lograba reunir un ejército, que le permitió reclamar una amnistía, que le fue concedida, antes de rogarle que defendiera la ciudad. 

Sin embargo, los romanos tardaron en decidirse a atacar, y cuando finalmente lo hicieron, habían dado lugar a que los cartagineses se hubieran aprestado fuertemente para su defensa y resistencia, por lo que fracasaron en el primer asalto.

Durante dos años, los romanos apenas pudieron hacer nada; Cartago, disponía de grandes recursos y contaba con poderosas fortificaciones.

Más adelante, en el año 147 a. C., los romanos, intentando solucionar su fracaso, nombraron cónsul y comandante supremo de su ejército, al nieto adoptivo de Escipión el Africano, Publio Cornelio Escipión Emiliano, quien muy pronto mostró su capacidad, derrotando a Asdrúbal en una batalla que le permitió aislar a los sitiados por tierra, a la vez que, con su flota bloqueaba la salida de naves cartaginesas. 

Durante el invierno del año 147 aC., Cartago quedó por primera vez realmente aislada; sus reservas alimenticias disminuyeron rápidamente y las enfermedades empezaron a hacer estragos entre la población, que al llegar la primavera del año 146 aC. se hallaba extremadamente depauperada. Roma procedió entonces al asalto definitivo, sin hallar apenas resistencia, a pesar de que fueron recibidos con una lluvia de lanzas, piedras, flechas, espadas y hasta tejas que se lanzaban desde los tejados.

Poco a poco fueron entrando en las casas derribando muros, o a través de las azoteas a las que llegaban tendiendo tablones entre ellas. Acabaron así con una familia tras otra con extrema facilidad; terrible tarea que les ocupó, sin descanso, seis días con sus noches.

Los últimos supervivientes, unos 50.000, se refugiaron en un templo, donde pidieron clemencia a Escipión, que prometió que no los mataría. Cuando abandonaron el templo, quedaron allí unos mil desertores romanos, que, ante la alternativa de ser ejecutados, optaron por suicidarse en masa.

En los últimos momentos, la esposa de Asdrúbal, acusó a este públicamente, así como a los romanos, a quienes profetizó, antes de lanzarse a las llamas con sus hijos, que no pasaría mucho tiempo antes de que ellos vieran su propia destrucción.

Ilustración: La mujer de Asdrúbal y sus hijos, a punto de arrojarse al fuego

Su gesto arrancó lágrimas a Escipión, que en aquel instante recordó los versos de la Ilíada en los que Homero profetizaba el incendio y la caída de Troya, sintiendo que, efectivamente, Roma correría la misma suerte.

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La historia afirma que Escipión ordenó arrasar la ciudad hasta los cimientos, que después hizo que un arado marcara surcos por todo el territorio, durante 17 días, y, por último, mandó sembrar sal sobre ellos.

Las ciudades que apoyaron a Cartago, sufrieron la misma suerte, excepto las que se rindieron desde el principio, como Útica, que quedaron libres, pero Cartago se convirtió en una provincia-colonia de Roma, exceptuando sólo una parte que se entregó a Masinissa por su colaboración, al proporcionar a Roma la excusa que necesitaba para atacar a Cartago.

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POLIBIO
Tercera Guerra Púnica. Sobre el general Asdrúbal

Asdrúbal, el general cartaginés, era fanfarrón y charlatán, y estaba lejos de una capacidad militar objetiva. De su falta de juicio hay muchas pruebas. Primero, se presentó a la entrevista con el rey númida Gulusa [Cuando murió Masinisa, Gulusa tomó el mando del ejército númida, aliado de los romanos.] revestido de una armadura completa, sobre la cual llevaba una capa de color púrpura marina; le escoltaban diez soldados armados de espada. Se separó de éstos, avanzando unos veinte pasos, pero protegiéndose por el foso y la empalizada. Allí hizo señales con la cabeza al rey de que se le aproximara, cuando lo correcto hubiera sido lo contrario. Gulusa, sin embargo, vestido muy sencillamente, al modo númida, se le acercó sin escolta. Al acercársele le preguntó qué miedo le embargaba, ya que se presentaba con una armadura completa. Asdrúbal repuso que el miedo a los romanos. Y replicó Gulusa: 

-¡Bien dicho! De no ser así, no te habrías encerrado en la ciudad, pues nada te obliga a ello. Pero veamos qué quieres, y por qué me llamas.
-Solicito de ti -le dice Asdrúbal- que me sirvas de intermediario ante el general romano y que le prometas en nombre nuestro que cumpliremos sus órdenes; lo único que pedimos es que respetéis esta pobre ciudad.

-Esta petición me parece muy pueril, mi buen amigo, pues la hiciste ya al principio mediante una legación, cuando los romanos estaban todavía en Útica. Y entonces no lograste convencerlos. ¿Qué razón te hace creer ahora que se os concederá, si estáis rodeados por mar y por tierra y no tenéis, prácticamente, esperanzas de salvación?

Asdrúbal le replicó diciendo que él no estaba al corriente de la situación en el exterior y Gulusa tampoco se había enterado de que las tropas cartaginesas que estaban en el campo abierto habían salido bien libradas. De modo que su situación no era tan desesperada. Y confiaban, por encima de todo, en tener a los dioses por aliados y en las esperanzas que ellos infunden; era seguro que no los desatenderían, ya que los cartagineses eran víctimas de la violación de la tregua. Esto les daba muchas garantías de salvación. O sea que le solicitaba, tanto en atención a los dioses como a la Fortuna, que se respetara la ciudad. 

El romano debía ser consciente de que, si no se accedía a esta petición, los cartagineses se degollarían mutuamente antes que entregar la ciudad. Esto y cosas parecidas fue lo que ambos dijeron, y se separaron tras acordar que se verían nuevamente al cabo de tres días. 

Gulusa le refirió el diálogo sostenido al general romano, y Publio Cornelio Escipión, soltando una carcajada, exclamó:

-¿Qué es lo que vienes a pedir? ¿Exhibiste una impiedad grande e inhumana en el trato con nuestros prisioneros, y ahora esperas la ayuda de los dioses, cuando has violado las leyes de los hombres? (Según cuenta Apiano, en el año 147 a. C., este Asdrúbal había desahogado su ira por la toma de Megara por Publio Cornelio Escipión, tirando desde un muro a unos prisioneros romanos a los que, previamente, les había hecho vaciar las cuencas de los ojos y cortar la lengua.).

Sin embargo, el rey quiso hacer algunas sugerencias a Escipión, principalmente que le interesaba poner fin a aquella guerra, pues aparte de que el futuro siempre es incierto, ya se acercaba el nombramiento de cónsules nuevos, punto al que debía atender y evitar que se le echara encima el invierno, y otros cosecharan sin esfuerzo la gloria de sus fatigas.

Decía esto, y el general le interrumpió, indicándole que expusiera lo siguiente a Asdrúbal: ofrecía seguridades personales a él, a su esposa y a diez de entre las mansiones de sus parientes y amigos. De su fortuna personal podía reservarse diez talentos y llevarse cien de sus esclavos, los que quisiera.

Al tercer día señalado, Gulusa acudió al encuentro de Asdrúbal con estos ofrecimientos tan amistosos. Y Asdrúbal volvió a salir con gran ostentación, caminando lentamente, vestido de púrpura y con la armadura completa, de manera que los tiranos que salen en las tragedias allí habrían hecho el ridículo. Asdrúbal era de complexión entrada en carnes, de barriga prominente y de un color tostado fuera de lo normal; daba la impresión de cebarse para los festivales, igual que los toros de engorde, y no la de estar a la cabeza de un pueblo que sufría una miseria tan extrema, que difícilmente puede describirse en palabras. 

Cuando se reunió con el rey y supo los ofrecimientos del general romano, se aporreó los muslos e invocaba a los dioses y a la Fortuna, afirmando que jamás llegaría un día en que el sol viera vivo a Asdrúbal y a la patria pasada a fuego, pues para los hombres sensatos el mejor sudario es el fuego que abrasa a la patria. 

Si se consideraran estas afirmaciones, sería de admirar tanto este hombre como su magnanimidad; en cambio, si se atiende a su conducción, pasman su ruindad y cobardía. Ante todo, cuando sus conciudadanos estaban literalmente consumidos de hambre, él banqueteaba, se servía opíparamente segundas mesas y su figura oronda subrayaba el desmejoramiento de los otros: el número de los muertos de consunción era increíble, como también lo era el de desertores cada día a causa del hambre; él, burlándose de éstos e insultando a aquéllos y asesinando a los de más allá, sembraba el terror y retenía, así, un poder que difícilmente hubiera ejercido en una ciudad floreciente; él lo asumía en una patria hundida en la catástrofe. Creo que hemos afirmado con toda la razón que sería difícil encontrar gobernantes más parecidos entre sí, que los que en aquella época había en Grecia y en Cartago.

Caída de Cartago

Asdrúbal, el general cartaginés, se presentó como suplicante y abrazó las rodillas de Escipión. El general, mirando a los presentes, exclamó: 

-Ved la fortuna, hombres, cuán hábil es para ofrecer un escarmiento a los mortales más desconsiderados. Éste es Asdrúbal, el que, hace poco, rechazando nuestros muchos y amistosos ofrecimientos, decía que el sudario más hermoso es la patria envuelta en llamas voraces; vedlo con estas ínfulas, pidiéndome por su vida, con todas sus esperanzas depositadas en mí. Si nos lo ponemos ante la vista, ¿no vamos a entender que, por el hecho de ser hombres, no debemos ni hablar ni obrar soberbiamente?

En aquel momento la esposa de Asdrúbal lo vio sentado al lado del general romano. Avanzó desde el grupo de desertores, ataviada con espléndida liberalidad, llevando a los hijos cogidos de la mano; éstos vestían túnicas y sus propios ropajes. Primero llamó a Asdrúbal por su nombre, y éste se calló, con los ojos clavados en el suelo. Ella, entonces, invocó a los dioses y dio muchas gracias al general porque los había salvado, a ella y a los hijos. Y, tras un breve silencio, preguntó a Asdrúbal cómo la había abandonado sin decirle nada, para procurarse él solo la salvación ante el general, cómo había desamparado desvergonzadamente a los ciudadanos confiados a él en tal situación y se había pasado al enemigo, y cómo ahora se atrevía a sentarse, empuñando ramos de olivo, desentendiéndose de aquellos a los que, sin embargo, [juró] muchas veces que no llegaría un día en que el sol viera a Asdrúbal vivo y a la patria hecha pavesas por el fuego.
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Escipión contemplaba la ciudad muerta definitivamente, sumida en una destrucción total. Y entonces, cuentan, lloró y compadeció sin rebozo al enemigo. Luego se sumió en un mar de meditaciones y vio que la divinidad fomenta el cambio en ciudades, pueblos e imperios, igual que lo provoca en los hombres. Pues lo experimentó Ilión, ciudad feliz en otro tiempo, lo sufrió el imperio de los asirios, el de los medos y los persas, que en tiempos había sido formidable, e incluso Macedonia, cuyo esplendor era aún reciente. Y explican que entonces, ya porque se le escapara, ya de manera plenamente consciente, recitó estos versos: 

Llegará un día en que perecerá la santa Ilión, y Príamo, y el pueblo de Príamo, el de la poderosa lanza. (Ilíada, VI 448-9.).

Polibio le preguntó con franqueza -porque había sido su maestro-, a qué aludía con aquellas palabras. Y Escipión contestó, sin ocultarlo, que se había referido claramente a Roma, su patria, pues temía por ella cuando consideraba los avatares humanos. Polibio, al oírlo, lo consignó por escrito. 
APIANO

Polibio/Πολύβιος, aunque griego, del Peloponeso, había llegado a Roma en el 166 aC. como rehén, desde su ciudad, Megalópolis. Siendo muy bien acogido, permaneció en la urbe durante 16 años. Su Historia y su teoría sobre la expansión de Roma siguen siendo imprescindibles. Personalmente, defendía la neutralidad entre Roma y Macedonia. Efectivamente, acompañaba a Escipión durante el asedio de Cartago.
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A pesar de las acusaciones de crueldad contra Asdrúbal, por parte de los historiadores favorables a Roma, es decir, todos, la historia recuerda la crueldad de Nerón, cortando la cabeza de Asdrúbal, el hermano de Aníbal, y lanzándola al campamento de este último en una bolsa, a pesar de que Aníbal siempre se había comportado noblemente con los caballeros romanos muertos en combate.

Aníbal –perplejo-, observa la cabeza de Asdrúbal. G. B. Tiépolo, 1725.
Museo de Historia del Arte de Viena.
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Dramatis Personae


Marco Porcio Catón, 234-149 aC.

Catón fue ascendiendo a través de las diferentes etapas del cursus honorum, siendo tribuno de la plebe, cuestor, pretor, cónsul, y, finalmente, censor, en 184 aC., cargo en el que se distinguió por su conservadora defensa de las tradiciones romanas en contra de la modernización helenística.

Siendo censor tuvo un sonado enfrentamiento con Escipión el Africano y se distinguió en apoyo de la tercera guerra púnica contra Cartago.

Había combatido a los cartagineses en la Segunda Guerra Púnica y participó en la batalla de Metauro, en la que murió Asdrúbal Barca.

Cuando Roma se anexionó el territorio púnico de la península ibérica, fue nombrado procónsul de Hispania Citerior y durante su mandato dirigió una guerra de castigo contra los iberos, eliminando a los insurgentes y a la población en general, con terrible dureza.

Se le considera el primer escritor importante en prosa latina y fue el primer autor de una historia de Italia. Algunos historiadores consieran que, si no hubiera sido por el éxito de sus escritos, el griego habría sustituido al latín como lengua literaria en Roma.

Catón el Viejo nació en Tusculum, en el Lacio, y murió a la edad de ochenta y cinco años, aunque, según Valerio Máximo, superó los 86, mientras que Tito Livio y Plutarco aseguran que llegó a los noventa.

Cuando Catón era todavía muy joven, su padre murió dejándole unas tierras en territorio de los sabinos. Allí pasó la mayor parte de su infancia haciendo gimnasia, supervisando y dirigiendo las operaciones agrícolas de sus propiedades, y aprendiendo a dirigir sus negocios. 

Combatió a los cartagineses en la Segunda Guerra Púnica, y formó parte del grupo que acompañó al cónsul Cayo Claudio Nerón desde Lucania hasta el norte de la península, para frenar el avance de Asdrúbal Barca. Antiguos escritos aseguran que Catón contribuyó a la victoria de los romanos en la batalla de Metauro, en la que murió Asdrúbal y Aníbal conoció la muerte de su hermano, cuando Nerón arrojó su cabeza por encima de las fortificaciones del campamento cartaginés.

Dentro de la sociedad romana se estaba produciendo una evolución desde los valores tradicionales de la vida rústica, a otros más ostentosos, procedentes de la civilización helénica y oriental.

El Consulado estaba en manos de unas pocas familias aristocráticas inmensamente ricas, que, a pesar de ser famosos por su corrupción, también eran populares por su generosidad, modales, oratoria, conocimientos artísticos y literarios y, sobre todo, por la fama de sus antepasados. 

La nobleza menos opulenta reaccionó organizando una facción dentro del Senado para promover el retorno a los valores tradicionales heredados de los sabinos y entendidos como símbolo de resistencia y fortaleza. Catón, con su austeridad y su forma de vivir, con su elocuencia y su talento militar, se unió a la facción conservadora, mientras que la facción senatorial que promovía la transición hacia el modelo de vida oriental, contaba con los Escipiones, con Escipión el Africano a la cabeza.

No obstante, en realidad, los romanos sólo conocían bien el arte de la guerra, que para ellos era el único camino hacia el honor y las magistraturas, de modo que las antiguas virtudes marciales se mantenían en ambos bandos. 

Según Plutarco, el relajamiento de la disciplina entre las tropas de Escipión y los cuantiosos gastos en los que incurría el general, provocaron la ira del austero Catón, a quien Escipión dijo, que no necesitaba un cuestor tan severo, porque de lo que había de dar cuenta a la ciudad era de sus acciones y no del dinero.

Tras aquella discusión, Catón dimitió y volvió al Senado, donde presentó una queja ante la Cámara sobre los excesivos gastos del general. Se envió una delegación para que investigara a Escipión, pero no se encontraron pruebas del supuesto derroche. Tito Livio asegura que las quejas de Catón sólo eran motivadas por incompatibilidades ideológicas con su comandante.

Cuando fue elegido Pretor en 198 aC. se le asignó como provincia la isla de Cerdeña. Allí vio la oportunidad de mostrar la necesidad de imponer una estricta moral pública. Redujo los costes de las operaciones navales y puso de relieve el enorme contraste entre su austero modo de vida y el de los magistrados provinciales. También se redujeron los gastos en ritos religiosos; la justicia se administró con razonable imparcialidad y la usura fue perseguida, siendo desterrados los que la practicaban.

A los 39 años, fue elegido cónsul e hizo aprobar la Lex Oppia, concebida para restringir las exhibiciones desmedidas de lujo a las mujeres. Con Aníbal derrotado y la economía de la República recuperada gracias a la incautación de los tesoros cartagineses, ya no había necesidad de mantener aquella ley, por lo que los tribunos Marco Fundanio y Lucio Valerio Tapón intentaron derogarla, pero chocaron con la oposición de Marco Junio Bruto y Publio Junio Bruto, pero la disputa pública sobre el asunto despertó más interés que otros importantes asuntos administrativos y estatales que pasaron a un segundo plano. 

Las mujeres interpelaban a sus maridos, suplicándoles que restauraran sus derechos. Flaco dudó, pero Catón fue inflexible y pronunció un durísimo discurso que aparece en la obra de Tito Livio. 

Al final, cansados de la insistencia de sus esposas, los tribunos permitieron que la ley fuera derogada y, para celebrarlo, las mujeres recorrieron las calles luciendo sus joyas y vestidos más lujosos.

Terminado su mandato consular, Catón fue nombrado procónsul para Hispania Citerior, donde actuó siempre acorde con su reputación de incansable trabajador, manteniendo su austera forma de vivir; además, compartía trabajos y víveres con los soldados. 

A pesar de ser un general tan joven y tan bien considerado, solía actuar con humildad, escuchando siempre los consejos de los expertos. 

Hábilmente, enfrentó a las tribus hispanas entre sí, logrando que ellos mismos llevaran a cabo su destrucción.

Tito Livio y Plutarco reflejaron el horror y la crueldad que caracterizaba las operaciones militares y el modo en que sometió a los hispanos sin piedad, como, por ejemplo, ordenando su ejecución inmediata tras ser desarmados, o efectuando sangrientas masacres durante los saqueos.

Tras la batalla de las Termópilas –no la de Leónidas-, fue enviado a proteger Corinto, Patras y Egio con el objetivo de que no se aliaran con Antíoco. Visitó entonces Atenas para impedir que los atenienses se aliaran con los seléucidas, a cuyo fin dirigió a la población con un discurso en latín, al parecer, para testimoniar su desprecio hacia los griegos y su lengua.

Fue elegido Censor en el año 184 aC. y se centró, casi en exclusiva, en investigar la conducta de los candidatos a honores públicos y la de los generales en el campo de batalla, del mismo modo que vigilaba los pasos de senadores y otros representantes, expulsando inmedita y personalmente, a los que consideraba no aptos para el cargo. 

No organizaó personalmente la investigación de los Escipiones acusados de corrupción, pero animó y favoreció los ataques políticos contra ellos, ya que sus ideales no eran sólo morales, sino que se adherían a una posición de partido contraria a aquellos. A pesar de sus más profundos deseos, Escipión el Africano fue absuelto por aclamación, pero no pudo evitar que el escándalo destruyera su imagen pública, por lo que decidió retirarse a su villa de Liternum. 

Desde su época de censor hasta su muerte en el año 149 aC., Catón ya no ocupó cargos públicos, pero siguió atacando las nuevas ideas en el Senado.

Tenía terror a los médicos, que en su gran mayoría eran griegos, pues estaba convencido de que proyectaban matar a todos los romanos. 

Sin embargo, se ocupó de la liberación del historiador Polibio y de sus compañeros prisioneros, preguntando despectivamente a los senadores si no tenían nada mejor que hacer que discutir sobre si unos cuantos griegos debían morir en Roma o en su tierra. 

Su última actividad pública consistió en promover la Tercera Guerra Púnica y la destrucción de Cartago, porque en el año 157 aC. había sido enviado a Cartago para intentar que los cartagineses aceptaran a Masinisa, rey de Numidia y aliado de Roma. No logró aquel objetivo, pero la evidencia de la prosperidad cartaginesa le creó una obsesión: dedujo que la seguridad de Roma dependía de la aniquilación de aquella ciudad, cuyo delito era su florecimiento tras haber sido derrotada y endeudada durante décadas.

En adelante, su frase Ceterum censeo Carthaginem esse delendam - Por lo demás, opino que Cartago debe ser destruida, fue repetida por él hasta el hartazgo, llegando a convertirse en un tópico popular.

Catón se casó con una aristócrata con la que tuvo un hijo, Marco Porcio Catón Liciniano. A la muerte de aquella primera esposa, sus indiscutidas virtudes y su reconocida austeridad fueron puestas en tela de juicio, cuando, a pesar de encontrarse en una edad muy avanzada, se casó con una esclava muy joven llamada Salonia. Con ella tuvo un segundo hijo, llamado Marco Porcio Catón Saloniano. El hijo del primer matrimonio desaprobó aquella segunda boda y dejó de hablar con su padre para siempre. 

Las dos ramas de su descendencia nunca llegaron a tener un trato familiar, pero fue el hijo de la esclava, el que entró en la historia por derecho propio, y es conocido como Catón el Joven.
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Aníbal

Hannibal, de la Historia de Roma, de Th. Mommsen 

Aníbal, que nació en el 247 aC., en Cartago, al norte de Túnez, tenía sólo 17 años cuando terminó la Primera Guerra Púnica (264-241 a. C.) que se había prolongado a durante 23 años. Su padre, el gran Amílcar Barca, mandó el ejército cartaginés en aquella guerra, desarrollada en Sicilia, en la que fue derrotado. 

Cuando Roma volvió a la península Ibérica en busca de nuevos territorios, según Tito Livio, el joven Aníbal participaba en un sacrificio, en cuyo transcurso su padre le hizo jurar odio eterno a Roma y atacarla hasta su decadencia.

OMNIA DISSIDYS FACIAM OIA PLENA TVMVLTV
HANNIBAL ORE REFERT: DEIERAT IN LATIOS

Ocasionaré con hostilidades su decadencia: juró contra los latinos.
Tapiz. Catedral de Zamora

Durante la II Guerra Púnica (218-201), Aníbal sucedió a su padre en 211 y, de acuerdo con su emblemático juramento, se propuso llegar a Roma. Tras superar con éxito los Pirineos y los Alpes, venció a los romanos en la batalla de Trasimeno, ya muy cerca de la capital, que sólo se salvó por el agotamiento de las fuerzas cartaginesas, así como por su falta de maquinaria de guerra eficaz para asediar y atacar una urbe bien fortificada. Tras una nueva y resonante victoria en Cannas, Aníbal se retiró a Capua esperando refuerzos de Cartago.

Entre tanto, el igualmente valeroso romano Escipión, aprovechó la ausencia de Aníbal para atacar Cartago, obteniendo una gran victoria en la batalla de Zama, en 202 aC. Cartago perdió unos 40.000 hombres, frente a 1.500 bajas entre los romanos.

La batalla de Zama, en 202 a.C., marcó el signo de la derrota para Cartago en la Segunda Guerra Púnica, pero pasarían aún cincuenta años antes de que fuera sitiada y destruida a instancias de Catón.

Cartago hubo de afrontar su derrota aceptando humillantes condiciones de paz y pesadísimas reparaciones e impuestos durante 50 años, además de verse obligada a destruir su flota. Aníbal fue responsabilizado por el desastre, y perdió, si no la batalla, de la que no fue responsable, sí la confianza de su pueblo.

Sintiéndose traicionado por todos, especialmente por cuantos le habían aplaudido en sus victorias, se retiró a Siria y, en 183 aC. Murió en Bitinia, cerca de Bursa, Turquía, ingiriendo veneno. Tenía para entonces, 64 años.
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Escipión
Este busto, que, al parecer representa a un sacerdote de Isis, se ha identificado durante años, como Escipión el Africano. Villa de los Papiros, Herculano. Nápoles. Museo Archeologico Nazionale.

Publio Cornelio Escipión, El Africano, nació en Roma, en junio del 236 aC. 

Fue enviado a Tarraco, donde los generales Indíbil y Mandonio se pasaron a sus filas, abandonando a Asdrúbal, con quien el romano se enfrentó después, en Baécula, alzándose con la victoria. Asdrúbal escapó de sus manos en aquella ocasión, dirigiéndose a los Pirineos, para ir al encuentro de Aníbal, pero antes de lograrlo, fue derrotado y muerto en Metauro, en el 207 aC.

Escipión se retiró entonces a Híspalis, donde planeó un ataque en el norte de África, con el objetivo de atraer a Aníbal en su defensa. Al efecto, se alió con el númida Masinissa aprovechando el enfrentamiento de este con su paisano Sífax.

En contra de todas las previsiones, Sífax resultó vencedor, y en agradecimiento, Asdrúbal le entregó como esposa a su hija Sofonisba, que hasta entonces era la prometida a Masinissa.

Cuando Escipión volvió a la península Ibérica encontró que los cartagineses se habían puesto en su contra, con Magón, el hermano de Aníbal, a la cabeza, pero pronto dominó la situación y volvió a Roma en 206. 

En el 204 Escipión se embarcó hacia el norte de África, contando siempre con la colaboración de Masinissa de Numidia.

En 203 Giscón y Sífax se disponían a atacar, cuando Escipión se les adelantó, derrotando a ambos en los Grandes Campos, justo antes de que Roma reclamara su presencia a causa de las acusaciones lanzadas contra él por instigación de Catón, si bien en aquella ocasión nada se le pudo probar.

A su vuelta, Masinissa le proporcionó un gran número de infantes y jinetes y Escipión se alzó con la victoria en Zama, frente a un ejército de 40.000 hombres y 80 elefantes.

Después de esto, fue nombrado Senador, Censor y Cónsul. 

Frente a Roma, Filipo de Macedonia se convirtió también en un enemigo a batir, por haber prestado ayuda a Aníbal.

Entre tanto, los Catones mantuvieron vivo su odio contra los Escipiones, y el año 187 aC. Catón logró que de nuevo se le pidieran cuentas a Escipión, acusándole de haberse dejado sobornar por Antíoco y haberse quedado con el botín de guerra. Escipión, profundamente ofendido, se negó a defenderse y optó por abandonar Roma, ciudad a la que nunca más volvería.

Tras pasar unos años en Citerum, donde escribió sus Memorias, según Polibio, murió en 183 aC. 
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Por una parte, Escipión, uno de los genios militares más notables de la historia, poseía un espíritu noble y amaba la cultura helenística, que deseaba difundir en Roma. 

Frente a él, Catón, hombre brutal y despiadado en la imposición de sus principios –como demostró en su sanguinaria pacificación de diversas regiones de Hispania–, era de una moral estrecha y enemigo de todo lo griego. Escipión, por ejemplo, no acostumbraba a ensañarse con los vencidos, mientras que Catón era incapaz de pensar en otra actitud que no fuera su aniquilación completa después de la derrota.

Fueron las supuestas atenciones de Escipión y su hermano con el enemigo, las que determinaron las sospechas de Catón acerca de que habían aceptado sobornos. Tras esta acusación, Escipión, se sintió traicionado e insultado y se negó a defenderse, haciendo constar públicamente su menosprecio hacia Catón y hacia aquellos que le seguían.

No quiero romper en nada nuestras leyes ni nuestras instituciones... Sea igual el derecho para todos; goza, ¡oh Patria!, sin mí de mis beneficios. Yo, que te he ganado la libertad, seré también una prueba de ella. Yo mismo me destierro si es que crecí más de lo que te convenía.
Cita de Séneca

Finalmente, se retiró a Campania, donde es casi seguro que murió en 183, el mismo año que Aníbal, no sin dejar ordenado lo que debía inscribirse en su epitafio:

ingrata patria ne ossa quidem habebis
patria ingrata, ni siquiera tendrás mis huesos.

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Sofonisba/Σοφόνισβα, la hija del general cartaginés Asdrúbal Giscón, había sido prometida por su padre a Masinissa cuando aún era muy joven, pero más tarde fue ofrecida a Sífax, en una decisión encuadrada en la normalidad del juego de alianzas practicado durante la Segunda Guerra Púnica. Se casaron en el 206 aC., tras convertirse Sífax en aliado de Cartago, mientras que Masinissa seguía colaborando abiertamente con los romanos.

Sofonisba, por su parte, influyó en la guerra haciendo que Sífax recuperara la moral, después de que Escipión destruyera su campamento en Útica, logrando que reclutara un nuevo ejército para volver a enfrentarse a Roma.

Tras la batalla de Sirta, Sífax fue hecho prisionero y Sofonisba fue entregada como premio a su antiguo prometido, que le ofreció el perdón, la liberación, y no ser entregada a Roma. Después se casó con ella, pero Escipión, temiendo que Sofonisba ejerciera sobre Masinissa la misma influencia que había tenido sobre Sífax, se negó a aprobar aquella boda y exigió su entrega como parte del botín. Masinissa no podía desobedecer, pero para evitar a su esposa la humillación de la esclavitud y el hecho de ser mostrada en Roma como un trofeo de guerra, le ofreció un veneno que ella bebió sin titubear. 

Su decisión le ganó el homenaje secular de numerosos artistas y escritores.


Ilustración xilográfica. Sofonisba se suicida por consejo de su marido, Masinissa, cuando su aliado, Lelio le ordena repudiarla.
Boccaccio, De mulieribus claris. Ulm c. 1474

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Desaparecidos Escipión y Aníbal en el panteón de los héroes -ambos abandonados por sus respectivas naciones-, Roma no tardaría en volver las armas contra sí misma dando paso a su autodestrucción entre las Guerras Civiles (133 aC) y el Imperio, (31 aC). 


Pero antes de su caída definitiva, valerosas figuras individuales, como Viriato (139 aC), o colectivas, como Numancia (134 aC), dejarían un recuerdo imborrable en el devenir de la Historia, frente a la todavía aparente omnipotencia latina.
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