miércoles, 6 de febrero de 2019

El General Belisario ● El Emperador Justiniano




Belisario. San Vital, Rávena

Hasta donde se supo durante mucho tiempo, Belisario fue un gran estratega, vencedor en casi todo el mundo conocido entonces, al servicio del Imperio Romano de Oriente. Pero, he aquí que, de pronto, lenguas malvadas intervienen para advertir al emperador Justiniano, de algo que él ya temía de un hombre que no hacía sino cosechar triunfos allá por donde iba. Así, Belisario, acusado de corrupción ante oídos predispuestos, fue condenado. Se le arrancaron los ojos, y se le ordenó que, en adelante viviera de la mendicidad; del llamado “Óbolo de Belisario”.



Belisario, reducido a la mendicidad, es socorrido por un oficial del Emperador Justiniano. 1776. François-André Vincent. Musée Fabre.

En consecuencia, el gran soldado se convirtió en un anciano ciego, que, al estilo de Homero, recorría las tierras acompañado de un joven lazarillo, sin expresar jamás una queja, pero provocando la compasión de los ciudadanos que veían en tal estado al que había aumentado los territorios de Bizancio, en casi un cincuenta por ciento.

Su desgracia se convertiría con el tiempo en un modelo singularmente triste, que, teñido de toques románticos, fue sumamente repetido y admirado, tanto en el arte como en la literatura.

Mattia Preti - Belisarius recibiendo la limosna
1665-69, Museum Boymans, Rotterdam

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Procopio de Cesárea, historiador, o compilador, después de haber relatado en detalle todas las guerras en las que participó Belisario, escribió una especie de añadido, la “Anécdota”, es decir, “lo no publicado”, o “inédito”, pero que se conoce como “Historia Secreta”, en la que sume en el más profundo descrédito, tanto a Belisario, como al emperador Justiniano; por mil diversas razones, pero aclarando que prácticamente todas, provocadas por las esposas de ambos -Teodora- Θεοδώρα, la emperatriz, y Antonina- Ἀντωνίνα, la esposa de Belisario-, que llevarían a sus maridos a la miseria moral y material, valiéndose, quizás, exclusivamente del imperio de sus “encantos”, lo que vendría a demostrar, que estos caballeros, posiblemente no fueron malos o corruptos, sino sólo enamorados ciegos o irracionales.

En la edición de la colección de Clásicos Gredos -núm. 279-, Juan Signes Codoñer, ofrece un análisis exhaustivo de la obra de Procopio, incluyendo todas las posibles circunstancias que pudieron condicionar su trabajo; resultan –porque lo son-, harto complejas, pero son de lectura imprescindible.
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Procopio compuso una historia de las Guerras de la época de Justiniano –de parte de algunas de las cuales, fue testigo directo-, se trata de las campañas del general Belisario contra los Sasánidas (libros I y II); contra los Vándalos en el norte de África (libros III y IV) y contra los Ostrogodos en Italia (libros V, VI, VII). Posteriormente, se añadió el libro VIII, que relata los hechos ocurridos hasta 553, tras la destrucción definitiva del reino ostrogodo.

Siguió después una completa alabanza de las Obras públicas promovidas por Justiniano, que aparece como modelo de gobernante cristiano que hace construir iglesias; fortifica la ciudad y se ocupa del abastecimiento de agua. Como el emperador apenas había sido mencionado en la anterior Historia de las Guerras, en las que el protagonismo corresponde a Belisario, parece que Procopio quiso subsanar su olvido, escribiendo esta obra, que alcanzó su propósito, es decir, compensar y halagar a Justiniano.

Mucho tiempo después apareció la famosa Historia Secreta, en la que, según dice, Procopio da a conocer escandalosas interioridades domésticas, tanto de Justiniano, como de Belisario, las cuales –aclara-, no se atrevió a incluir en su Historia, por temor a represalias de sus protagonistas, especialmente, del emperador Justiniano y de su esposa Teodora.



Belisario rechaza la corona de Italia que le ofrecen los godos en 540. Grabado en madera, publicado en New York, en 1830.

La denominada Anécdota -no tanto secreta, como inédita-, apareció siglos después de la publicación de las anteriores obras de Procopio, en la Biblioteca Vaticana, siendo publicada ya en 1623. Se extiende sobre el mismo período que los libros de las Guerras y su composición se data entre los años 550 y 562.

Resulta incoherente, por no decir imposible, encajar las acusaciones y el desprecio que el autor muestra, contra el emperador, el general Belisario, su mejor soldado y sobre las esposas de ambos, con los halagos ofrecidos a los mismos, por el mismo autor -según parece-, en las Guerras y los Edificios.

Se convirtió en la más famosa obra de Procopio, -como no podía ser de otra manera, cuando el autor se explaya en ciertos aspectos, absolutamente desagradables, relativos a lo que podríamos llamar, crónica obscena del corazón-. 

Como hemos apuntado, resulta tan llamativa la incoherencia entre la imagen que Procopio ofrece aquí del emperador, y la que describió en Sobre los edificios, que podría pensarse que, o bien, una de las dos obras es falsa, o que, en todo caso, Procopio no fue el autor del último texto, aunque, parece que su atribución se considera correcta.

Arcana Historia. Edición de 1623
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Todo empezó cuando en el año 395 murió el emperador Teodosio, por cuyo testamento, el Imperio Romano fue dividido entre sus hijos: Honorio, que se hizo cargo de territorio de Occidente, con capital en Roma, y Arcadio, que tomó posesión del de Oriente, con capital en Constantinopla.

En el 476 se produjo la Caída del Imperio Romano de Occidente, cuando Rómulo Augústulo, el último emperador romano, fue derrocado por Odoacro, que envió las insignias imperiales a Constantinopla. 

Hizo así su aparición la denominada Edad Media, que se extenderá, en principio, hasta la Caída de Constantinopla -Imperio Romano de Oriente-, en 1453, coincidiendo, curiosamente, con la aparición de la Imprenta de Gutenberg, si bien, en España, el evento se retrasa hasta 1492 -en todo caso, siglo XV-, con el descubrimiento de América.

En la actualidad, se considera una importante subdivisión entre los siglos III y VIII, a la que se denomina Antigüedad Tardía, período en el que se encuadraría Procopio, y que supone la transición entre la antigüedad, propiamente dicha, y el feudalismo, que desembocaría a su vez, en los tramos temporales sucesivos, denominados, Alta Edad Media; siglos V al X y Baja Edad Media, del siglo XI al XV.

En 525 aproximadamente, Dionisio el Exiguo calculó la fecha el nacimiento de Cristo; en función de la cual, desaparece el calendario basado en la fundación de Roma, dando paso a que conocemos como la Era Cristiana.
533: Belisario conquista el reino de los Vándalos, en el norte de África.
535: Empieza la guerra de los bizantinos -Belisario-, contra los Ostrogodos en Italia.
550 Primera fecha probable de la publicación de la Historia de Procopio, sin la Anécdota.
553: Los bizantinos -Belisario-, terminan la conquista de Italia.

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Belisarius, por François-Pascal-Simon Gérard. 1797. Getty Center

Veamos, pues, en primer lugar, las razones que aduce Procopio para proceder -a su pesar-, a la publicación de su Anécdota.

Todo lo que la nación de los Romanos tuvo el honor de lograr en sus guerras hasta hoy, lo he contado en detalle en esta obra, y, en tanto en cuanto pude, todas las circunstancias de tiempo y lugar de estos acontecimientos, han sido descritos con sumo cuidado. Pero los relatos que siguen, no están dispuestos del mismo modo, porque los he recogido sin unidad entre sí, y corresponden a momentos distintos del Imperio.

Hay, además, un motivo por el que me he visto forzado a adoptar este método: y es que no era posible publicar esto último mientras vivían los autores de los hechos. No podía, ni escapar al espionaje que se realizaba a gran escala en mi entorno, ni, si era descubierto, escapar a la muerte más espantosa. No me era posible, ni siquiera, contar con la discreción de mis parientes más próximos.
Así pues, en mis escritos precedentes, tuve que callar las causas de muchos acontecimientos, por lo que me propongo describirlas ahora; tanto de lo que describí de forma incompleta, como de lo que callé. 

Con todo, al abordar esta nueva tarea, me resulta difícil y muy penoso volver sobre la vida de Justiniano y Teodora; tiemblo y me inquieto al tener que explicarme sobre sus acciones, especialmente, cuando tengo la convicción de que, lo que voy a escribir ahora, no parecerá a la posteridad, ni digno de fe, ni aun verosímil, entre otras razones, porque el transcurso del tiempo parece haberlo envejecido todo. Temo, por tanto, incurrir en el reproche de publicar cuentos, y ser colocado entre los creadores de tragedias.

A pesar de todo, tendré el ánimo necesario para no desertar de esta importante obra, convencido de que no faltarán testigos que sostengan la verdad; algunos hombres de hoy, son testigos irrecusables de los acontecimientos narrados, y son suficientemente dignos de fe, como para garantizar la veracidad de los hechos, ante aquellos que vendrán después de nosotros. 

Por otra parte, cuando empecé mi trabajo, otra objeción se presentaba a menudo a mi imaginación, y me mantuvo bastante tiempo en suspenso.

Dudaba de si valía la pena entregar estos relatos a la posteridad, pues, a veces, las peores acciones, cuando llegan a conocimiento de los tiranos, encuentran imitadores, en cuyo caso, valdría más que las ignorasen.

Es bien cierto que, los hombres poderosos, por un vicio inherente a su educación, en su mayor parte, imitan lo que sus antepasados hicieron peor, pues, ciertamente, se inclinan inevitablemente, a seguir los malos ejemplos.

Sin embargo, estoy convencido, por estos mismos hechos, que aquellos que en el futuro pretendan ejercer la tiranía, podrán ver con más claridad, los resultados de semejante conducta y las desgracias que acarrea a sus autores. Sabrán igualmente, que sus actos personales y sus perversidades, no escaparán a la publicidad, por lo que tal vez se frenarán antes de oponerse a las leyes de la humanidad. ¿Quién habría conocido la ínfima vida de Semíramis o la de Sardanápalo, o la locura de Nerón, si los escritores contemporáneos no hubieran conservado su recuerdo? Por otra parte, el juicio contra los tiranos, servirá de provecho a cuantos estuvieran expuestos a convertirse en víctimas de tamaños excesos. Los infortunados acostumbran a consolarse por el conocimiento de que no son los únicos que soportan un sufrimiento.

Por todo lo dicho, me ocuparé en primer lugar de lo que Belisario hizo mal y, acto seguido, contaré las fechorías de Justiniano y Teodora.
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En el 562, se descubre un complot contra el emperador, cuyos protagonistas son inmediatamente detenidos. Uno de ellos, Sergius, acusa, bajo tortura, a Belisario de complicidad. Nada indicaba que tal información fuera cierta, pero Isaac, el intendente de Belisario, que había financiado la conspiración, confirmó los hechos, al igual que lo haría otro oficial de su Casa.

De acuerdo con la versión desmitificadora, el general no se defendió de las acusaciones y cayó en desgracia, pero, aunque estuvo bajo vigilancia, recuperó sus dignidades y el favor del emperador al año siguiente, conservándolos hasta su muerte, en marzo del 565.

El historiador francés Georges Tate [1943-2009] consideró muy improbable la participación de Belisario en dicho complot, puesto que, en aquellas fechas ya tenía una edad notable, y había demostrado en muchas ocasiones su lealtad, además, que, de haberlo querido, habría podido contar con medios más eficaces para rebelarse, en la época en que mandaba importantes ejércitos. 

Con todo, el quizás breve repudio por parte de Justiniano alimentaría la leyenda según la cual, Belisario moriría en la miseria, sufriendo la ingratitud de un emperador al que siempre habría servido con fidelidad.

A pesar de todo, el supuesto triste destino de Belisario se hizo muy popular ya en la Edad Media. Se dijo que Justiniano ordenó que le sacaran los ojos y que viviera de la mendicidad, pidiendo por las calles: date obolum Belisario

Philip Stanhope, filólogo británico del siglo XIX, que escribió Life of Belisarius -la única biografía que se considera exhaustiva del general-, consideraba que la dramática historia era cierta. Tras analizar las fuentes primarias, desarrolló una argumentación que defendía su autenticidad, si bien, -como ocurre necesariamente en estos casos- tampoco resultó incontestable.



Marmontel, 1767

Jean-François Marmontel: publicó en 1767, Belisario, una historia que, además de su gran popularidad, se convirtió en el tema preferido de varios pintores de finales del siglo XVIII, que vieron un cierto paralelismo entre la forma de actuar de Justiniano I y la represión impuesta por sus propios gobernantes. Aquellos artistas vieron, además, en Belisario, un modelo del hombre compasivo que compartía el sufrimiento de los débiles, y que, incluso fue protegido por estos, al considerarlo tan injustamente castigado.

El proscrito Belisario recibe la hospitalidad de un campesino. Jean François Pierre Peyron. 1779. Musée des Augustins. Toulouse

Quizás la más famosa de las pinturas de esta época, fue la realizada por Jacques-Louis David, en la que un soldado reconoce a su antiguo comandante, mendigando en la calle.



Jacques-Louis David: Belisario, a pesar de su apariencia de mendigo, es reconocido por un soldado. 1781. Palais des Beaux-Arts de Lille.

No obstante, a pesar de todas las teorías al respecto, se impuso el alegato de Procopio de Cesárea, entre cuyos capítulos, podemos leer algunos títulos que hablan muy claramente sobre su intención:

-De cómo el gran General Belisario fue engañado por su esposa
-Como unos celos tardíos afectaron al proceso de Belisario.
-Cómo Teodora humilló al conquistador de África e Italia.
-Cómo Teodora engañó al hijo del general.
-Cómo Teodora, la más depravaba de todas las cortesanas, logró su amor.
-Pruebas de que Justiniano y Teodora, eran, en realidad, demonios con forma humana.
-Justicia en venta.
-Cómo los ciudadanos romanos se convirtieron en esclavos.
-La suerte corrida por los que cayeron en desgracia ante Teodora.
-Cómo Justiniano mató a cinco millones de personas.
-Cómo Justiniano se apoderó de toda la riqueza de los romanos y la malgastó.
-Cómo quedaron arruinados todos los propietarios.
-Injusto tratamiento de los soldados.
-Cómo Justiniano robaba a sus propios funcionarios.
-Incidentes que muestran cómo Justiniano era mentiroso e hipócrita.
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San Vital, Rávena, 546 a 548. Basílica Menor desde el 7 de octubre de 1960. En 1996 la iglesia, con otros edificios paleocristianos, fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, con el nombre de «Monumentos paleocristianos de Rávena». 



La Emperatriz Teodora en San Vital de Rávena. Antonina, la esposa de Belisario, a su izquierda.

Teodora, emperatriz de Bizancio. Detalle del mosaico de la Iglesia de San Vital en Rávena, Italia.

Théodora - Θεοδώρα, (c. 500 – 548). Antes de convertirse en amante del entonces futuro emperador, Justiniano, fue, según Procopio, bailarina y cortesana, de origen humilde. Puesto que se sabía muy poco de su infancia y juventud, Procopio se convirtió en la principal fuente de información a través de su Historia Secreta; una obra controvertida, a la vez violenta y pornográfica, en la cual es a veces difícil distinguir lo verdadero de lo falso.

Seducido por la personalidad de Teodora, Justiniano decidió asociarla al poder, momento a partir del cual, ella parece haber ejercido una gran influencia en las reformas llevadas a cabo por el emperador, especialmente, en las relativas a derechos de las mujeres.

Si bien los testimonios al respecto son oscuros e incompletos, parece que la intervención de Teodora, con ocasión de Revuelta de Nika, que hizo vacilar el trono de Justiniano en 532, permitió a este mantenerse en el poder en circunstancias muy críticas. En todo caso, ella y Justiniano asentaron la imagen de un matrimonio muy firme, aun a pesar de ciertas divergencias en materia religiosa.

Teodora, considerada una personalidad muy hábil, pero sin piedad, se creó una amplia red de relaciones, a cuya cabeza, aparecen, su fiel colaboradora Antonina; su mano derecha, y Narsés, el jefe de los eunucos.

Procopio ofrece tres imágenes de la emperatriz, muy contradictorias entre sí. En las Guerras, se trata de una mujer animosa, que demuestra su capacidad cultural y moral en los momentos más difíciles, literalmente, aquellos en los que los hombres ya no saben qué partido tomar.

En los Edificios, o Monumentos, Procopio alaba su belleza y hace un panegírico de ella y Justiniano como matrimonio piadoso. 

Pero llega la Historia Secreta y aparece un autor profundamente negativo, no solo hacia el matrimonio imperial, sino también, hacia su propio capitán, Belisario. Justiniano es ahora cruel, venal, pródigo e incompetente, a la vez que la “advenediza” Teodora, se ha convertido en la ruina pública de la especie humana. 
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Teodora nació alrededor del año 500 en Constantinopla, o quizá en Chipre. Su padre, -Acacius- muerto, al parecer de manera brutal, dejó a la familia sin recursos, hacia 503. La madre encontraría un nuevo compañero que asumió el trabajo del difunto, como cuidador de osos para el circo, en el partido de los Verdes. Teodora y su hermana Comito iban frecuentemente a ver a las fieras y aprendieron a domar osos, caballos, perros y hasta papagallos de colores, importados de Oriente, pero sólo hasta que su padrastro fue sustituido en su trabajo en el Hipódromo de Constantinopla.

La madre de Teodora decide entonces reaccionar. Un día de celebraciones, se presenta en el Hipódromo con sus hijas y se arrodillan ante la tribuna de los Verdes, cuyo representante, no les dice ni una palabra. La situación provoca un gran abucheo por parte de la otra facción del Hipódromo; la de los Azules. La mujer y las niñas se trasladan a aquella tribuna y allí son recibidas y aclamadas. Naturalmente, se pasan a los Azules, entre los cuales el padrastro obtiene un nuevo puesto de trabajo.

Gradualmente, las tres niñas Comito, Teodora y Anastasia-, descubren el mundo del teatro en el transcurso de su adolescencia y debutan como actrices presentando actuaciones consistentes en gestos y movimientos, que no precisan declamación. 

Para entonces, Teodora tiene 12 años, pero ya Procopio le atribuye una precoz actividad sexual, convirtiendo, sospechosamente, su expresión en un verdadero panfleto, en el que declara que Teodora se entregaba a esclavos miserables, practicando perversas abominaciones contra natura, de forma tan exagerada y detallada, que, en opinión de muchos historiadores actuales, denota la calumnia. Procopio desea recalcar, además, que Teodora se convirtió, no solo en una prostituta, sino en una, barata.

El tema se rebate argumentando que pudo ser danzante y que, sin duda, no en ambientes pobres, sino en los cortesanos y financieros. Parece que, en realidad, Teodora entró a formar parte de una compañía de mimos, e incluso Procopio, en otros momentos, le reconoce cualidades artísticas.

Y debió ser por entonces, cuando Teodora conoció a Antonina -la futura esposa de Belisario-, cuya amistad conservaría toda la vida. Antonina sería su más próxima y fiel colaboradora, una vez que alcanzó el poder.

A los 16 años, Teodora se convirtió en la amante de un alto funcionario sirio, llamado Hecebolus, junto al cual permaneció cuatro años, acompañándole al norte de África, cuando fue nombrado gobernador de Pentápolis. Pero allí, Teodora se aburría y además llevaba mal el papel de concubina, así como el hecho de ser tratada como una criada. Sea como fuere, Hecebolus la echó de su lado, por lo que ella decidió regresar a Constantinopla.

Se dirigió primero a la iglesia invocando el derecho de asilo. Fue interrogada por un prelado, que debía recibir su arrepentimiento y verificar su sinceridad. Al no ver nada de pagano en ella, le preguntó sobre las naturalezas de Cristo, el tema entonces candente por la división ente monofisitas –Jesús sólo tiene naturaleza humana, y diofisitas –Jesús tiene naturaleza divina y humana. Teodora eludió la dificultad, planteándole a su vez otras cuestiones y el prelado la invitó entonces a visitar la sede del patriarcado en Alejandría, a fin de profundizar en sus conocimientos. Por esta razón, ella viajó a la ciudad egipcia, llevando consigo una carta de presentación para un convento de mujeres.

Sabiendo que sólo con son su belleza no sería suficiente para ascender socialmente, allí se dedicó a leer y a escribir, adquiriendo una notable cultura filosófica. Finalmente, halló la ocasión de acercarse al patriarca Timoteo IV, un monofisita, que se convirtió en su padre espiritual, pues supo hacer vibrar el metal de su corazón. Teodora se convirtió en una monofisista convencida.

Se detuvo después en Antioquía, y allí conoció a una bailarina vidente, Macedonia, que se relacionaba con Justiniano, el sobrino del emperador, del que ella era una especie de espía. Justiniano parecía tener una cierta influencia y podía elevar a ciertas personas, o, al contrario, señalarlas como peligrosas para la corte imperial; según Procopio, bastaba una carta suya para suprimir sin más a cualquier notable y confiscar sus bienes.

Cansada y falta de ánimo tras su largo viaje, Teodora conoció a Macedonia por medio de los Azules, creándose entre ellas una corriente simpática inmediata. Macedonia le brindó su apoyo y Teodora pudo así acelerar su vuelta a la capital bizantina.

Volvió, pues, a Constantinopla en 522, donde se estableció en una casa cerca de palacio, donde fue admitida gracias a una carta de Macedonia. Allí conoció al nuevo cónsul, Justiniano; magister militum praesentalis, desde el 520, que acababa de celebrar su elección con grandes juegos en el hipódromo.

No se conocen muchos detalles sobre el encuentro de ambos; lo único cierto, es que no compartían idioma, ya que Justiniano hablaba en latín –el idioma de la administración-, y Teodora en griego. Teodora le explicó que no había estudiado tanto como le habría gustado, y Justiniano le contestó: -Eres una maestra innata, y cayó bajo el encanto de su belleza, de su ingenio y de la personalidad llena de energía de la antigua actriz. 

Procopio declara que ella incendió con su fuego erótico, el corazón de Justiniano. Y así se convirtió en la amante del futuro emperador; Teodora tenía 22 años y Justiniano, 40.

Justiniano en San Vital. Belisario a su derecha



El emperador romano de Oriente, Justiniano, detalle. Basílica de San Vital, Rávena.

Una vez conquistado por los encantos de Teodora, el futuro emperador ya no pensó en otra cosa que en casarse con ella, a pesar de que sabía que no sería fácil, pues una antigua ley prohibía a los altos funcionarios casarse con antiguas cortesanas y además tuvo que hacer frente a la oposición de su entorno, ya que su madre, Vigilancia y su tía, la emperatriz Eufemia, se opusieron a aquella relación.

Así, Justiniano, en primer lugar, consiguió que su tío, el emperador Justino I, otorgara a Teodora el rango de patricia, logrando, poco después, que se derogara la prohibición del matrimonio de nobles, con antiguas actrices.

Habiendo fallecido la madre de Justiniano, así como la propia emperatriz, con pocos días de intervalo, Justiniano obtuvo la aprobación de su tío casi de inmediato. Desde entonces, ya nada se interpuso entre él y Teodora, al menos, abiertamente; ni el senado, ni el ejército ni la iglesia. El matrimonio se celebró en 525, posiblemente, el 1º de agosto.

En la Historia Secreta, Procopio muestra su disconformidad con aquel matrimonio; en su opinión, Justiniano debía tomar por esposa una mujer de mejor cuna y educación, y que no ignorase lo que era el pudor.

En todo caso, Teodora era muy inteligente y compartía las mismas ambiciones que Justiniano, pero Procopio escribió que Justiniano no juzgó indigno hacer su propio bien de la común vergüenza de toda la humanidad […] y vivir en la intimidad de una mujer cubierta de monstruosas corrupciones.

Finalmente, cuando Justino murió, a los 77 años, Justiniano fue coronado Emperador. Por infrecuente privilegio, Teodora vistió la púrpura al mismo tiempo que él en la basílica de Santa Sofía, quedando plenamente asociada al Imperio, con pleno derecho, y tomando a la vez el título de Augusta.

La mayor parte de los cronistas bizantinos, están de acuerdo en afirmar que Teodora no sólo fue la esposa de Justiniano, sino una soberana auténtica, que ejerció gran influencia sobre la obra de su marido. Una vez en el trono, le aconsejaba a menudo, y más particularmente, en asuntos religiosos. Compartía sus planes y estrategias políticas y participaba en sus consejos de estado. Justiniano, por su parte, se refería a ella como su partenaire en las deliberaciones, y no dudaba en mencionarla explícitamente en la publicación de algunas leyes, refiriéndose a ella, como su regalo de Dios.

Cuando un alto funcionario entraba al servicio del Imperio, debía prestar juramento a los dos soberanos: Juro ante Dios todopoderoso... que mantendré siempre una conciencia pura hacia mis divinos y muy piadosos soberanos, Justiniano y Teodora, su adjunta en el poder, y que los serviré lealmente en el cumplimiento de la tarea que me ha sido confiada... en interés del Imperio soberano.

Incluso Procopio, dice que no hacían nada el uno sin el otro, añadiendo que, aunque ella no le aconsejaba en asuntos militares, sí intervenía en la elección de colaboradores.

Deseando otorgar un mejor status a la mujer, Teodora influyó en las disposiciones relativas a su consideración en el famoso Código de Justiniano. Promovió medidas de protección para las comediantes y cortesanas; una ley contra la trata de esclavas; posibilitó a las mujeres el acceso al divorcio; logró que las hijas pudieran hacer valer su derecho a la herencia e hizo aprobar medidas de protección en favor de las viudas.

La antigua cortesana hizo igualmente que Justiniano tomara medidas enérgicas contra los propietarios de las casas de tolerancia y empleó fuertes sumas en ayudar a las mujeres prostituidas, comprando incluso a algunas de ellas y fundando una casa para acogerlas. Hizo también adoptar una ley que prohibía el proxenetismo, lo que, sin embargo, no fue suficiente para que desapareciera.

Al parecer tuvo menos aciertos con respecto a la elección de sus favoritos y algunas de sus intervenciones en este sentido, fueron, al menos, desgraciadas, privilegiando a hombres que le eran fieles, aunque fueran incompetentes.

En el terreno religioso, cuando Justiniano se inclinó por la ortodoxia y por un acercamiento con Roma, Teodora permaneció favorable a los monofisitas y logró inclinar hacia ellos, y hasta su muerte, la política imperial. Antes de morir, animó a Justiniano a convocar el II Concilio de Constantinopla de 553.

Con ocasión de la Revuelta de Nika, en enero de 532, que puso al trono en serias dificultades, ella salvó la situación, gracias a una actitud valiente y enérgica, que contrastaba con la de Justiniano.

En aquella ocasión, las dos facciones políticas del Hipódromo, los Azules y los Verdes, desencadenaron un motín durante la carrera de carros, y asediaron el palacio. Cuando el emperador y la mayor parte de sus consejeros se planteaban la huida ante la propagación de la revuelta, Teodora los retuvo y pronunció un vibrante discurso por el cual rechazaba categóricamente la idea de la huida, ya que, para ella significaba abandonar toda pretensión sobre el trono.

Procopio recogió así sus palabras:

Señores, la situación actual es demasiado grave para que nos atengamos a esa convención que no quiere que una mujer hable en un consejo de Hombres. Aquellos cuyos intereses están amenazados por un peligro de extrema gravedad, no deben pensar sino en mantener la línea de conducta más sabia, y no en respetar convenciones. 

Aun cuando no quedara otro medio de salvación que la huida, yo no querría huir. ¿No estamos todos abocados a la muerte desde que nacemos? Los que han llevado una corona, no deben sobrevivir a su pérdida, y yo pido a Dios que no se me vea ni un día sin la púrpura. ¡Que la luz se extinga para mí cuando dejen de saludarme con el nombre de emperatriz! 

Y añadió, dirigiéndose al emperador:
Tú, autocrátor, si quieres huir, tienes tesoros, las naves están preparadas y el mar está libre, pero evita que el amor a la vida te exponga a un miserable exilio y a una muerte vergonzosa. En cuanto a mí, creo que la púrpura es una bella mortaja.

Parece difícil saber si Teodora pronunció exactamente estas palabras, ya que la crítica advierte en ellas el sello literario de Procopio, con sus evidentes matices aprendidos en autores de la antigua Grecia, mientras que otros, creen que efectivamente intervino, y que se trata de una actitud acorde con su carácter, siendo, además, la única persona capaz de convencer a Justiniano para que se quedara. Por otra parte, aunque Procopio no estuvo presente, para entonces, era secretario de Belisario, que sí que estaba. Contando con una fuente tan cercana al poder, es posible que Procopio haya dado una transcripción de la intervención de Teodora, muy próxima a la realidad, aunque quizás algo embellecida literariamente.

En cualquier caso, la elocuencia de Teodora, hizo recuperar el ánimo a los oficiales que permanecían fieles al emperador. 

Tras ponerse de acuerdo con su esposa, Justiniano envió a Narsés a negociar, a precio de oro, para que los jefes de los Azules abandonaran la insurrección. Con su ayuda y la de Belisario, la sedición fue finalmente, aplastada.

Teodora sólo se opuso a Justiniano en el terreno religioso.

Desde el Edicto de Tesalónica, en 380, el cristianismo se había convertido en la religión oficial del Imperio romano. Todos los demás cultos, excepto el judaísmo, fueron prohibidos, pero el cristianismo estaba todavía lejos de estar unificado en el seno del Imperio. Desde principios del siglo V, los cristianos estaban divididos sobre la cuestión de la naturaleza de Cristo, a la vez divina y humana, debate que favoreció la emergencia de dos corrientes mayoritarias, de las que ya hemos hablado; los diofisitas, apoyados en occidente, y los monofisitas, en Oriente.

Ya en 1541, el Concilio de Calcedonia trató de regular la cuestión imponiendo el diofisismo como doctrina oficial, pero fue en vano. Los cristianos de Oriente, monofisitas, especialmente, en Alejandría y Palestina, se negaron a aceptarlo, lo que desencadenaba revueltas cada vez que un patriarca o un obispo diofisita era nombrado en aquellas regiones.

El hecho es que la pareja imperial también estaba dividida sobre esta cuestión. Justiniano defendía la postura oficial, frente a Teodora, aunque se cree posible que ambos asumieran posiciones divergentes con fines políticos, proponiéndose cada uno como defensor de una de las corrientes, con el objetivo de que ambas tendencias se sintieran protegidas, manteniendo así la paz en el Imperio.

Cuando los monofisitas fueron perseguidos en el Imperio, Teodora los protegió asumiendo el papel de mediadora entre ellos y Justiniano. Ante la sorpresa de este, la emperatriz acogió a numerosos monjes y obispos perseguidos en su palacio de Hormisdas, en Constantinopla, que transformó en una especie de monasterio que llegó a acoger hasta quinientos religiosos.



Iglesia de los Santos Sergio y Baco. Constantinopla (Estambul) 527-536

Construida en el palacio Hormisdas, convertido por la emperatriz Teodora en monasterio de los monofisitas. No se han encontrado documentos que lo demuestren, pero se considera como el edificio precursor de Santa Sofía de Constantinopla.

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En el 542, se propagó una violenta epidemia de peste bubónica en las zonas orientales del Imperio, afectando a Constantinopla. Justiniano cayó gravemente enfermo y Teodora lo suplió en la gestión de los asuntos del Imperio.

Preocupada por asegurar la continuidad del poder imperial, celebró, durante el período de convalecencia de su marido, breves consejos con los principales ministros. A pesar de sus conocimientos relativos, es posible que interviniera en cuestiones legislativas y militares, y se las arreglaba para superar sus carencias, centrándose más en cuestiones puramente técnicas. A pesar de lo excepcional de la situación, que la colocaba en una posición de poder exclusivo, no tomó ninguna medida que pudiera contradecir la voluntad de su marido, incluyendo los asuntos relativos a los monofisitas. Hasta el restablecimiento de Justiniano, mostró, bien al contrario, una imagen equilibrada del poder, favorable a las dos tendencias; visitaba indistintamente las iglesias y hospicios de ambos y ayudaba a sus enfermos.

Teodora fue siempre consciente de la fragilidad de su situación, basada en la realidad de que ella y Justiniano no tenían herederos. Pronto empezaron a circular nombres de pretendientes al trono. Si Justiniano moría, sería objeto de toda clase de codicias y nada indicaba de qué lado se pondría el ejército, entre cuyas filas, era palpable el malestar, ya que el retraso en la percepción de las pagas, empezaba a causar estragos, y, de todos modos, se sabía que, para algunos generales, Teodora no era una alternativa a considerar.

Fue entonces, cuando dos oficiales que formaban parte de su red de informadores, informaron a Teodora de que habían oído decir que Belisario y Bouzés, otro militar de alto rango, no aceptarían otro emperador como Justiniano.

Sin esperar confirmación de tales críticas, la emperatriz decidió reaccionar; se abrió un proceso a los dos acusados; Belisario, aunque obligado a volver a Constantinopla, no fue molestado por falta de pruebas, al contrario que Bouzes, que fue inmediatamente puesto en prisión.

El restablecimiento de Justiniano, ya en 543, constituyó un respiro para la emperatriz, que mantenía el resentimiento y las sospechas contra Belisario, a pesar de su aparente inocencia. Para calmar su cólera y la inquietud de su esposa, Justiniano ordenó a su general que dimitiera de su cargo de Estratega de Oriente y que disolviera su guardia personal.
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Teodora murió de enfermedad el 28 de junio del 547; 17 años antes que Justiniano. Fue enterrada en la Iglesia de los Santos Apóstoles de Constantinopla. Profundamente afectado, Justiniano nunca se repuso de su pérdida y durante los últimos años de su reinado, se encerró en su soledad, mostrándose en público en contadas ceremonias oficiales.


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A pesar de sus acerbas críticas, Procopio reconoce en Teodora un encanto innegable: Era a la vez bella y graciosa de rostro, aunque pequeña, con grandes ojos negros y el cabello oscuro. Su color no era del todo blanco sino, más bien mate. Tenía la mirada ardiente y concentrada.

Al describir una de sus estatuas de cuerpo entero, escribió en Los Edificios: La estatua tiene un hermoso aspecto, pero no iguala en belleza a la emperatriz, pues es absolutamente imposible, al menos para un mortal, darle la armoniosa apariencia de esta última.

Y junto a su belleza, su talento fue reconocido por todos, incluso por sus detractores; era extremadamente vivaz y burlona -escribió también Procopio.

Además de su fuerza de voluntad y su ambición, Teodora tenía cualidades innatas, tales como la memoria y el sentido de la oportunidad, cualidades que perfeccionó en el transcurso de su carrera de actriz. Su especialidad consistía en desdramatizar los conflictos y los enfrentamientos violentos, por medio de la ironía. Tales cualidades se acompañaban también de ciertos vicios, al parecer, inherentes al ejercicio del poder imperial. Todos los soberanos empleaban cualquier medio que juzgaran necesario para afirmar su autoridad, sin detenerse en consideraciones morales; Teodora y Justiniano no fueron una excepción. Teodora se mostró a la vez hábil y pérfida; autoritaria hasta la tiranía y ambiciosa sin piedad, en especial, frente a sus oponentes o hacia aquellos que no comprendían sus deseos. No obstante, protegió a los que la servían bien, lo que le ganó el sobrenombre de “la fiel emperatriz”. 

Acudió especialmente en ayuda de su amiga Antonina, la esposa de Belisario, cuando se comprometió en una relación con un joven tracio, lo que no evitó que Teodora le “enseñara los dientes” a su amiga de la infancia, por no ser capaz de separar los placeres privados, de las virtudes públicas esenciales a las damas de la corte.

El historiador, crítico de arte y escritor, Henry Houssaye (1848-1912), escribió: Si Teodora no tuvo ninguna de las virtudes de una santa, tuvo varias de las de una soberana.
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En realidad, las críticas que le dedica Procopio, se refieren a los años anteriores a su llegada al trono, durante los cuales habría llevado una vida de libertinaje, pero él la convierte una verdadera viciosa, con un apetito sexual desbordante:


Jamás hubo una persona más dependiente de todas las formas de placer... se pasaba la noche acostándose con sus comensales y cuando todos estaban cansados, pasaba a sus servidores... pero incluso así, no llegaba a satisfacer su lujuria. (Anekdota, 9,15). Su reputación de depravada era tal, que la gente se daba la vuelta cuando se cruzaban con ella en la calle... para no ensuciarse con el contacto de sus ropas o del aire que respiraba.

También se extiende Procopio sobre los comienzos de su carrera como actriz, describiendo sus actuaciones como las más impúdicas, y otorgándole el título de creadora suprema de la indecencia.

De naturaleza colérica se habría mostrado igualmente violenta con otras comediantes, por celos du su éxito -continúa Procopio-, y añade además reproches sobre su glotonería y sus caprichos alimenticios, ya que, según su criterio, Teodora se dejaba tentar por toda clase de alimentos y bebidas.

Como se ha dicho, después de alabar sus cualidades en las “Guerras”, el cambio de actitud de Procopio con respecto a ella, resulta extraordinariamente sospechoso. De pronto es una mujer vacía y superficial, no apta para gobernar, que: Cuidaba de su cuerpo mucho más de lo que era necesario... y dormía mucho tiempo. A pesar de dedicarse a toda clase de prácticas intemperantes durante gran parte del día, creía poder gobernar todo el imperio romano.

De este modo, los castigos y ejecuciones ordenados o sugeridos por ella, ya no eran medios para asegurar el poder, sino el rasgo particular de la crueldad de una emperatriz que se servía de todos los subterráneos de palacio para su diversión.

Se sigue dudando que la Anekdota sea de Procopio, incluso, de que sea un relato veraz, pero se contempla la posibilidad de que alguien pudiera ordenar que su utilizara el nombre del autor, no ya para desacreditar a la emperatriz, sino al imperio, enfrentado a la Roma naciente, en la que Procopio, o quienquiera que utilizara su nombre, añadiría, en contra de uno de los principios que Teodora defendió: la emancipación de las mujeres, bajo cualquiera de sus formas, es un mal absoluto.

En todo caso, sigue sorprendiendo la gratuidad del detalle de las supuestas perversiones sexuales de Teodora, que, de no responder a un proyecto de descrédito, habrían sido despachadas con términos indirectos y rodeos. Por otra parte, el supuesto Procopio ¿estuvo presente en las múltiples orgías, organizadas por la emperatriz?

La realidad, es que, aunque hubiera una parte de realidad en estos alegatos de Procopio, son, cuando menos, sorprendentes, como han destacado muchos historiadores. Así, se pregunta Henry Houssaye: si Teodora era verdaderamente aquella mujer cuya reputación de libertina era tal, que la gente se alejaba de ella en la calle, ¿cómo explicar que Justiniano le eligiera y la presentara públicamente, casándose después con ella, cuando aún no era emperador? En su opinión, de haber sido Teodora como dice Procopio, Justiniano no habría comprometido hasta tal punto su reputación y sus proyectos de alcanzar el trono imperial. Y se contempla, incluso pensando en un hombre rendido a sus encantos, la fácil vía de convertirla en su amante o concubina, más o menos secreta, sin que ello comportara mayor trascendencia.

También es sumamente importante destacar el hecho de que, ningún otro cronista bizantino, incluyendo a los religiosos opuestos a la emperatriz frente al importante asunto del monofisismo, consideró jamás semejantes acusaciones en sus escritos.
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La Emperatriz Teodora, de Benjamin-Constant. 1887.
Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires


A pesar de una vida traducida al negro profundo, Teodora fue declarada santa en la Iglesia Ortodoxa, al igual que su marido. Ambos se conmemoran el día 14 de noviembre.

San Vital de Rávena: Antonina en el centro, y su hija Joannina a su izquierda.




La muerte de Antonina, la esposa de Belisario. François Joseph Kinson (v. 1817). Groeningemuseum. Bruges, Belgium.
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