lunes, 23 de septiembre de 2019

El admirable viaje de Ruy González de Clavijo a Samarcanda en 1402 ● Embajador de paz de Enrique III


Enrique III de Castilla, El Doliente. Anónimo del siglo XV
Ruy González de Clavijo

Enrique III de Castilla, el Doliente, fue el tercer rey de la Casa de Trastámara. Nacido en Burgos, el 4 de octubre de 1379, fue el primogénito del rey de Castilla, Juan I –Trastámara-, y de su esposa, la infanta Leonor de Aragón, siendo nieto, por línea paterna, de Enrique II de Castilla y de Juana Manuel de Villena, y por la materna, de Pedro IV el Ceremonioso, rey de Aragón, y de su esposa, la reina Leonor de Sicilia.

Enrique II “El de las Mercedes” y Juana Manuel, con dos de sus hijos. 
Fragmento de La Virgen de Tobed, de Jaume Serra. MNP, Madrid
Abuelos paternos de Enrique III

Pedro IV -también apodado “el del Punyalet”, de Jaume Mateu. MNAC. 
Y Leonor de Sicilia.
Abuelos maternos de Enrique III

Juan I de Castilla. De V. Arbiol, Congreso. Madrid. Y Leonor de Aragón
(Padres de Enrique III) 

Poco después de su nacimiento, Enrique fue prometido a la heredera del trono portugués, Beatriz, como parte de un tratado de paz que Castilla y Portugal firmaron durante una tregua en las llamadas guerras fernandinas, que enfrentaron a Fernando I de Portugal y a los reyes de la Casa de Trastámara por el trono de Castilla, tras la muerte de Pedro I de Castilla a manos de su medio hermano, el que sería Enrique II, el abuelo de Enrique III. 

Pero tal matrimonio no llegó a celebrarse, ya que, al enviudar Juan I, en 1382, optó por casarse él mismo con la prometida de su hijo. Un cambio de planes y parejas nada infrecuente en la época y aún en siglos posteriores.

El 17 de septiembre de 1388 –Enrique III ya tenía nueve años-, en virtud del tratado de Bayona, fue casado en Palencia con su prima Catalina de Lancáster, hija de Juan de Gante, duque de Lancaster, y de Constanza de Castilla, descendiente de Pedro I el Cruel –aunque tampoco de su matrimonio legítimo sino de otro, legitimado a posteriori, con el objeto de solucionar el conflicto dinástico tras la muerte de Pedro I –monarca legítimo-, a manos, efectivamente, de Enrique de Trastámara, ambos hijos de Alfonso XI, pero solo Pedro, de su esposa legal. En todo caso, la nueva boda, de un descendiente de Enrique, el bastardo, con una descendiente de Pedro I, sirvió también para asentar la paz entre Inglaterra y Castilla.

Cabe recordar, quizás a título de curiosidad, que el hecho de que la dinastía de los Trastámara, iniciada por Enrique II, hijo del monarca castellano -legítimo o no-, se llamara así, se debe a que este fue adoptado por el Conde de Trastámara, quien le legó el título, y pasó a denominar la dinastía que, hasta el reinado de Pedro I, había sido Borgoña. El nombre se mantuvo hasta el reinado de los Católicos, ambos Trastámara, pasando, tras ellos, a denominarse Habsburgo, nombre familiar y dinástico de Felipe el Hermoso, esposo de Juana I de Castilla. 

Con ocasión de su boda, Enrique III, fue el primero que recibió el título de Príncipe de Asturias, en tanto que heredero de la Corona de Castilla, un derecho que muy pronto se hizo efectivo, a la muerte de su padre, a causa de una caída del caballo en 1390. Tenía el nuevo rey once años cuando fue coronado, si bien, su proclamación no se hizo efectiva, sino después de tres años de desastrosas regencias.

Aunque, en general es un rey poco conocido, Enrique III, llamado el Doliente, llevó a cabo numerosas e importantes reformas, entre las cuales, no fueron de menor importancia, las tendentes a restaurar la autoridad real, usurpada por la nobleza, entre la que destacaban sus parientes más próximos; derogó privilegios excesivos, concedidos para obtener partidarios; reforzó la autoridad de los corregidores para devolver el orden a las ciudades y redujo las brutales y anárquicas persecuciones de judíos, promulgando leyes contra la violencia que solía practicarse libremente sobre ellos, como es fácil comprobar por los sangrientos sucesos acaecidos, en este sentido, en 1391, en Sevilla, Córdoba, Toledo y otras ciudades.

Dionisio Fierros Álvarez: Episodio del reinado de don Enrique III de Castilla, llamado el Doliente, cuando al día siguiente de haber tenido que empeñar su gabán para comer, corrige el orgullo y desmanes de los señores y ricoshomes de Castilla. MNP

En el terreno internacional -aunque este no sea un término propio de la época-, Enrique III se enfrentó varias veces a los ingleses, alzándose con la victoria; destruyó una base de piratas en Tetuán, al norte de África; inició la colonización de las Islas Canarias por medio de explorador francés Jean de Béthencourt; evitó un enfrentamiento bélico con Portugal, al rechazar un ataque contra Badajoz, firmando una tregua con el reino vecino, y se propuso reanudar la guerra por la recuperación del reino de Granada para Castilla, en este caso, sin resultados, a causa de su prematura muerte a los 27 años.

En otro orden de cosas, Enrique fue uno de los reyes que apoyó a Benedicto XIII -el llamado Papa Luna, en su intento por retener el pontificado.

Por último, aunque este es nuestro objetivo principal, envió una embajada diplomática al Tamorlán, encabezada por Ruy González de Clavijo, con el proyecto de crear lazos defensivos, contra el, entonces, imparable avance otomano.

Catalina de Lancáster –mostrando la rosa que representa a la familia-.
Nacida en Hertford, en 1373, falleció en Valladolid, en 1418.

Casado, como sabemos, en 1388, en Palencia, con Catalina de Lancáster -hija de Juan de Gante, duque de Lancaster-, y de Constanza de Castilla, su segunda esposa -la hija de Pedro I el Cruel-, tuvo tres hijos:

María de Castilla, que casaría con Alfonso V de Aragón.

Catalina de Castilla, que casaría con Enrique de Trastámara -hijo de Fernando I de Aragón y de Leonor de Alburquerque.

Juan, el heredero, que sería el II de Castilla como rey -padre de Enrique IV, en su primer matrimonio, y de Isabel I en el segundo-.

Como bien expresa su sobrenombre, Enrique III era un hombre enfermo, o Doliente. Cuando su salud empezó a decaer de manera evidente, dejó el poder en manos de su hermano, el famoso Fernando de Antequera, que lo mantuvo como regente durante la menor edad del heredero, Juan II de Castilla.

Enrique III murió el 25 de diciembre de 1406, como hemos apuntado, cuando se aprestaba para la campaña de Granada.

Yacente de Enrique III -descalzo y con hábito franciscano, en alabastro policromado-. Capilla de los Reyes Nuevos de la Catedral de Toledo.

"AQUI IACE EL MUI TEMIDO Y JUSTICIERO REI DON ENRIQUE DE DULCE MEMORIA QUE DIOS DE SANTO PARAISO HIJO DEL CATHOLICO REI DON JUAN NIETO DEL NOBLE CAVALLERO DON ENRIQUE EN 16 AÑOS QUE REINO FUE CASTILLA TEMIDA Y HONRRADA NACIO EN BURGOS DIA DE SAN FRANCISCO Y MURIO DIA DE NABIDAD EN TOLEDO IENDO A LA GUERRA DE LOS MOROS CON LOS NOBLES DEL REINO FINO AÑO DEL SEÑOR DE 1407."
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Resumen del laberinto de antecedentes familiares de Enrique III

Alfonso XI de Castilla, retrato imaginario, de José M. Rodríguez de Losada. Ayuntamiento de León

Firma de Alfonso XI

Alfonso XI de Castilla -Salamanca, 13.8.1311 - Gibraltar, 26.3.1350-. Se había casado con Constanza Manuel, hija de Don Juan Manuel; matrimonio que fue anulado, por lo que Alfonso volvió a casarse, el 24 de junio de 1328 en Alfaiates, de Portugal, con su prima hermana María, hija de Alfonso IV de Portugal, con quien tuvo dos hijos, de los que sobrevivió sólo el heredero: Pedro I de Castilla (1334–1369).

Es bien sabido que su esposa no era la mujer de sus sueños, y que durante el tiempo que estuvo casado con ella, mantuvo una larga relación con la señora Leonor de Guzmán, con la cual, a partir de 1330, tuvo diez hijos:

-Pedro de Aguilar (1330–1338); 
-Sancho Alfonso de Castilla (1331–1343), llamado «el Mudo»; 
-Enrique (II de Castilla) (1333–1379), señor de Trastámara, fundador de la Casa del mismo título; 
-Fadrique Alfonso de Castilla (1333–1358), gemelo del anterior, el primero de los hermanos que fue asesinado por orden de Pedro I; 
-Fernando Alfonso de Castilla (1334–1350); 
-Tello Alfonso (1337–1370); 
-Juan Alfonso (1341–1359), al que también mandó matar Pedro I; 
-Juana Alfonso de Castilla (n. 1342), señora de Trastámara; 
-Sancho Alfonso (1343–19 de febrero de 1374) y 
-Pedro Alfonso (1345–1359), igualmente muerto por orden del heredero, don Pedro I, cuya cualificación histórica y personal, se reparten los cronistas e historiadores, entre Cruel y Justiciero.

Alfonso XI murió a causa de la peste cuando sitiaba Gibraltar. Ya durante su entierro, salieron a la luz las tensiones latentes entre el heredero legítimo y aquellos diez medio hermanos a los que, además, su padre siempre había mostrado un afecto del que aquel careció.

Sabiendo éstos que la venganza podía ser terrible -como realmente ocurrió-, decidieron, incluso, abandonar el cortejo fúnebre para ponerse a salvo, lo que a algunos no los libró de la muerte, ya que don Pedro, el legítimo, sin enfrentarse a ellos directamente, en más de un caso, los invitaba a visitarlo, con la excusa de buscar un acuerdo, y, una vez desarmados en su propia casa, hacía que la guardia acabara con ellos, en ocasiones, de manera absolutamente brutal.

Leonor de Guzmán (+ 1351), verdadero amor de Alfonso XI -apresada poco después de la muerte de este, por orden del sucesor el sucesor, Pedro I-, se despide de su hijo Fadrique Alfonso, en presencia de la reina María de Portugal, viuda legítima de Alfonso XI y madre del nuevo monarca, quien pronto ordenaría la ejecución de Leonor de Guzmán en Talavera de la Reina.
Obra de Antonio Amorós Botella, 1887. Museo del Prado. (MNP)

Pero el tercer hijo de Leonor, Enrique -II-, decidió enfrentarse a la situación. Titulado Trastámara, al haber sido adoptado por el conde portador de este título, se consideraba con derecho a la herencia del monarca fallecido. Como consecuencia de la guerra subsiguiente entre él y Pedro I, este último moriría a manos de Enrique, al parecer, con la ayuda del soldado de fortuna franco, Beltrán Du Guesclin.

Bertrand Duguesclin sujeta a un Pedro I para facilitar el crimen de Enrique II, a quien servía.
Arturo Montero y Calvo. MNP, en la Universidad de Zaragoza.

En consecuencia, la dinastía Trastámara, pasó a ser titular de la corona castellana. Algunos de sus representantes están enterrados en la Catedral de Toledo, en la capilla llamada de los Reyes Nuevos. De esta dinastía procederían, tanto Isabel I de Castilla, como Fernando II de Aragón -cuyos padres, que se llamaban ambos Juan II en sus respectivos reinos, Castilla y Aragón; eran primos, y eran Trastámara. 

Conocido es el problema que tuvieron Isabel y Fernando con la necesaria Bula Papal, sin la cual, no podían casarse, como hijos de primos, descendientes, en este caso, de la misma dinastía bastarda. 

Lo cierto es que la tan traída y llevada cuestión de las legitimidades, resulta, al final, un asunto que se ha empleado de forma muy arbitraria, y la historia lo demuestra con diversos ejemplos.

Para cuando Isabel y Fernando nacieron, la dinastía “fratricida” se había legitimado por medio, precisamente, del matrimonio de Enrique III, con Catalina de Lancáster, nieta de Pedro I, lo cual cambiaba el estatus legal, o, supuestamente, el moral, del monarca, y hacía desaparecer su origen ilegítimo y consecuencia del fratricidio. Sin embargo, la madre de Catalina tampoco fue esposa legítima de don Pedro, en vida. 

El hecho es que Pedro I tuvo, dos esposas legales -Blanca de Borbón y Juana de Castro-, y, al menos, cuatro amantes conocidas, de las cuales la más querida fue la primera, María de Padilla, con la que nunca pudo casarse. Sin embargo, esta María fue madre de Constanza y abuela, por tanto, de Catalina, la que al casarse con Enrique III, devolvió la legitimidad a la dinastía. Pero ¿cómo ocurrió esto, si María de Padilla nunca estuvo casada con el rey Pedro?

Pues sucedió que, un año después de la muerte de María de Padilla, don Pedro declaró ante las Cortes que ella había sido su única y auténtica esposa. El arzobispo de Toledo decidió -para aquel caso y oportunidad-, aceptarlo así y reconoció a María como esposa y reina, otorgando legitimidad a sus hijas, una de las cuales, Constanza, es la que casó con Juan de Lancaster, y la hija de ambos, también llamada Constanza, fue la esposa de Enrique III.

Y así fue como esta nueva dinastía generó monarcas para Castilla, Aragón y Navarra y, entre ellos, Enrique III, El Doliente, que fue quien organizó la Embajada -palabra nueva entonces-, de Ruy González de Clavijo, de la que vamos a ocuparnos y que, en general, no ha sido suficientemente valorada, ni es tampoco muy conocida, aunque se ha dicho frecuentemente, que la Crónica de su viaje, debería situarse a la altura de los relatos de los más célebres viajeros de la historia.
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Ruy González de Clavijo

Ruy González de Clavijo, nacido en Madrid, según se cree -y se ignora también la fecha-, fue enterrado en esta ciudad, donde falleció, el 2 de abril de 1412. Su extraordinario y sorprendente viaje, es el más reconocido, pero no fue él el primer embajador que visitó al Tamorlán.


Gonzalo Argote de Molina publicó la hazaña de Clavijo, en 1582 y explicó los motivos de su embajada.

Gonzalo Argote de Molina por Francisco Pacheco. Libro de descripción de verdaderos retratos de ilustres y memorables varones. Biblioteca de la Fundación Lázaro Galdiano. Madrid

Dice Argote de Molina en el Prefacio de su edición de la Embajada de Ruy González de Clavijo, que Enrique III había recibido confusas noticias sobre las victorias del rey tártaro Tamorlán, o Tamerlán el Grande, contra la pesadilla de la Cristiandad, el sultán turco Bayaceto o Bayezid I, quien había derrotado en la batalla de Nicópolis -28 de septiembre de 1396- al rey húngaro cristiano Segismundo (1368-1437) y a los cruzados -fundamentalmente, franceses y valacos-, que se habían unido a sus huestes. 

Grabado imaginario de Moeurs et usages des Turcs, leur religion, leur gouvernement civil, militaire et politique: avec un abregé de l'histoire Ottomane, Volumen 1 de Jean-Antoine Guer, quien, según se advierte, «nunca visitó Turquía». De acuerdo con el texto de Clavijo, el autor ha mezclado dos momentos diferentes:

...le hizo hacer muy fuertes cadenas, y una jaula donde dormía de noche; é así aprisionado, cada vez que comía le hacía poner debajo de la mesa como á lebrel: y de lo que él echaba de la mesa le hacía comer, y que de solo aquello se mantuviese. E cuando cabalgaba, lo hacia traer, é que se abajase é pusiese de manera, que poniéndole el pie encima, subiese él en su caballo. Y en este tratamiento lo trujo y tubo todos los días que vivió.

Para informarse mejor, Enrique III envió una primera embajada, formada por Payo o Pelayo de Sotomayor y Fernando de Palazuelo, a los dominios de Tamerlán y, en su caso, con el proyecto de establecer ciertos acuerdos de paz y colaboración, con el ya afamado conquistador mogol, frente a los temidos otomanos.

Aquellos embajadores presenciaron la famosa batalla de Angora, en 1402, en la que el Gran Kan derrotó al sultán Bayaceto y lo hizo y mantuvo prisionero hasta que murió, el año siguiente.

Tras su visita, el Tamerlán, entregó a los embajadores una amistosa carta dirigida al rey castellano, y ordenó que, en su viaje de vuelta, los acompañara el embajador mogol -Mohamad Alcagí- además de entregarles a dos jóvenes españolas -doña Angelina de Grecia y doña María Gómez-, a las que había rescatado del cautiverio otomano. 

Enrique III correspondió entonces, enviando una segunda embajada, que es la que nos ocupa, encabezada por su noble camarero, Ruy González de Clavijo, junto con el guardia real Gómez de Salazar -que murió en Nishapur durante el viaje el 26 de julio de 1404-, y con el maestro de teología y religioso fray Alonso Páez de Santa María, y el embajador Alcagí.

El recorrido de los embajadores de Enrique de III, con González de Clavijo.

Saliendo de Alcalá de Henares, los viajeros siguieron la ruta comercial, embarcándose en el Puerto de Santa María, Cádiz, el 22 de mayo de 1403.

Después de pasar por Málaga, Ibiza y Mallorca, repusieron víveres y pertrechos en Gaeta; visitaron Roma, Rodas, Quíos y Constantinopla, pasando el invierno en Pera, hoy, Beyoğlu. 

Navegando por el Mar Negro, llegaron a Trebisonda, donde desembarcaron para seguir el viaje por tierra a través de las actuales Turquía, Irak, Irán, Teherán, etc. hasta la Gran Bukaria -actual Uzbekistán-, y, finalmente, a Samarcanda; corte de Tamerlán, el 8 de septiembre de 1404

Recorrido de la segunda parte del viaje de Clavijo.

El Tamorlán, para entonces casi con setenta años, se encontraba gravemente enfermo, pero recibió y agasajó con agrado, aunque entre enérgicas medidas de seguridad, a los embajadores, refiriéndose a Enrique III como mi hijo, y agradeciendo sus valiosos regalos.

Los viajeros pasaron dos meses y medio en la corte, atentos a sus innumerables y sorprendentes maravillas, especialmente, las arquitectónicas.

El 21 de noviembre de 1404 emprendieron el viaje de vuelta, que resultó mucho más penoso que el de la ida, y durante el cual recibieron la noticia del fallecimiento del Tamerlán.

El 1º de marzo de 1406, estaban de vuelta en Sanlúcar de Barrameda. 

Ya en la corte, que aún se encontraba en Alcalá de Henares, González de Clavijo fue nombrado Chambelán por el rey y siguió a su servicio, hasta que decidió trasladarse a Madrid, donde falleció, siendo enterrado en la iglesia de San Francisco el Grande. 

Madrid

El relato de los viajes de González de Clavijo hasta Samarcanda entre los años 1403 y 1406, escrito, según se cree, por el propio viajero, y, al parecer, embellecido con algunos elementos fantásticos fue publicado bajo el título de Embajada a Tamorlán, y es una verdadera obra de arte literario de la literatura medieval castellana de viajes. 

La primera edición del relato, en 1582, fue obra del erudito sevillano Gonzalo Argote de Molina (1548-1596), quien incluyó un discurso introductorio, que sirve de gran ayuda para la lectura del gran relato. Fue impreso por Antonio de Sancha.

Al parecer, existen algunas dudas acerca de la posibilidad de que Clavijo fuera el autor de todo el texto, dados los múltiples, extraordinarios y completos detalles que ofrece, y que requerirían una formación enciclopédica. Así, se ha dicho que pudieron intervenir en su redacción, Alonso Páez de Santamaría; Pero Tafur, el poeta Alonso Fernández de Mesa, e incluso se habla de la colaboración del embajador Mohamad Alcagí. 
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Retrato de Tamerlán de la serie Gioviana (1568).

Tamerlán pudo nacer en Kesh, Transoxiana –Asia Central-, el 9 de abril de 1336, y murió el 17 de febrero de 1405, cuando se dirigía a China, con intención de proceder también a su conquista. Fue, en realidad, el último de los grandes conquistadores nómadas del Asia Central. 

En poco más de de veinte años, y empleando la crueldad más extrema -aunque decía que era en nombre de Dios-, conquistó ocho millones de kilómetros cuadrados. Entre 1382 y 1405 sus inmensos ejércitos avanzaron arrasando, desde Delhi hasta Moscú, y desde la cordillera Tian Shan de Asia Central hasta los montes Tauro de Anatolia, dejando a su paso las cenizas de algunas ciudades, aunque perdonando a otras, por rendirse a tiempo. 

Su fama resonó por Europa durante siglos, aunque más bien como una figura novelesca y, en realidad, temible. 

Tras culminar diversas conquistas, residió cierto tiempo en Samarcanda recibiendo embajadores extranjeros, mientras organizaba la construcción de palacios y jardines. Pero en la primavera de 1398 decidió marchar contra la India, y procedió a efectuar diversos saqueos e incendios, para volver de nuevo a Samarcanda en la primavera de 1399. Pero tras un breve período de descanso, fue informado de que se estaba fraguado una rebelión en Irán occidental, por lo que, de nuevo se puso en marcha en el otoño de 1399 hacia la que se convirtió en la más larga expedición, conocida como la "campaña de los siete años", en cuyo transcurso, recuperó el poder y la propiedad de Georgia, y reconquistó Bagdad, a la que destruyó, masacrando a sus pobladores.

Continuó después hacia el Oeste, hasta Siria y Anatolia, y aunque en ambos casos, al parecer, su proyecto no era la conquista, sino solamente, hacer una demostración de fuerza, en muy poco tiempo capturó Alepo, que se rindió sin lucha, y Damasco, que sí intentó defenderse, por lo que finalmente, la población fue también masacrada y la ciudad saqueada.

Fue en la primavera de 1402, cuando atacó a los otomanos y los derrotó en las proximidades de Ankara, haciendo prisionero al mismísimo sultán Bayaceto, o Bāyāzīd I que, murió unos meses después, según se dice, de muerte natural. Los delegados castellanos se hallaban presentes.

Stanisław Chlebowski: Tamerlán muestra a sus visitantes a Beyazid prisionero. 1878.
Lwów Art Gallery, Polonia

Satisfecho con sus logros, Timür Lang volvió a Samarcanda en la primavera de 1404 y organizó fiestas, a las que invitó a numerosos embajadores; entre ellos, Ruy González de Clavijo. 

A pesar de sus continuas victorias y homenajes, al parecer, el gran conquistador, todavía no se sentía satisfecho y decidió emprender una campaña contra China, a cuyo efecto organizó un inmenso ejército y reunió grandes cantidades de suministros. A finales de 1404 inició la marcha, dirigiéndose a Utrar –Pakistán-, con la idea de pasar allí el invierno.

Y, en Utrar –hoy, en la llamada “Ruta de la Seda”, falleció, de muerte natural, el 19 de enero de 1405.

Utrar.

Su cuerpo fue devuelto a Samarcanda y enterrado en un mausoleo, bajo una enorme lápida, en la que aparece la inscripción: Si me levantase de mi tumba, el mundo entero temblaría.

A pesar de ello, el cuerpo fue exhumado por una comisión rusa, dirigida por Mijaíl Guerásimov, en 1941, que reconstruyó su cara; comprobó su cojera y constató el hecho de que era bastante alto para su época -1,72 m.-.

La imagen de Tamerlán reconstruida por Mijaíl Guerásimov.

Tamerlán, además de la terrorífica crueldad que hizo gala en tantas ocasiones, incluso sin necesidad, se mostró después sorprendentemente hábil y capaz para gobernar las tierras árabes y persas que conquistó, porque además de la guerra, conocía el valor del comercio y de la agricultura y tomó medidas para promoverlos, empleando asimismo a sus propias tropas en restaurar las zonas y ciudades que antes había arrasado. Del mismo modo, demostró su capacidad para manejar símbolos culturales y utilizar la religión para justificar sus conquistas y su tiranía. 

No sabía leer ni escribir, pero tenía conocimientos de medicina y astronomía, además de haberse informado en profundidad sobre la historia de árabes, persas y turcos; información ya conocida en su tiempo, pero que pasó a la historia a través de la autobiografía de Ibn Jaldún, que conoció a Tamerlán después del asedio de Damasco en 1400-1401, del cual destaca una notable inteligencia y gran capacidad de argumentación.

 Busto de Ibn Khaldoun -Túnez, 27 de mayo de 1332 - El Cairo, 19 de marzo de 1406-, en la entrada de la Kasbah de Argelia.

Historiador, sociólogo, filósofo, economista, geógrafo, demógrafo y estadista árabe musulmán del norte de África. Nació en la actual Túnez, aunque era de origen andalusí. Su familia fue dueña de la Hacienda Torre de Doña María en la actual Dos Hermanas, en Sevilla. Es considerado como uno de los fundadores de la mayor parte de las ciencias sociales.

Pese al extraordinario poder alcanzado, el Gran Tamorlán no supo. o no quiso crear una estructura que le sobreviviera, fundamentalmente, debido a su deseo de no delegar responsabilidades, ni aun en sus mejores comandantes militares. Tras su muerte, su nieto y sucesor, fue incapaz de mantenerse; no tenía ni la misma energía, ni la misma crueldad, ni la misma inteligencia para imponerlas, por lo que empezó por perder la antaño ciega lealtad de sus tropas, lo que llevó a que la situación desembocara en una guerra larga y destructiva, y un reino económica y políticamente, empobrecido y débil. 

Por otra parte, aunque se sabe poco de él, Mahomat Alcagi –llegado a Castilla con la primera embajada de Enrique III-, y cuyo retorno al reino del Tamerlán, constituyó uno de los encargos de Ruy González de Clavijo, se sabe que tenía una extensísima cultura, muy poco común, hasta el punto que se cree que, sin sus aportes, tanto en datos históricos y geográficos, como en su dominio de varios idiomas, la obra del embajador castellano, no habría sido posible.

“Vida y hazañas del gran Tamorlan con la descripción de las tierras de su imperio y señorío, escrita por Ruy González de Clavijo, camarero del muy alto y poderoso señor Don Enrique Tercero de este nombre, rey de Castilla y de León, con un itinerario de lo sucedido en la embajada que por dicho señor rey hizo al dicho príncipe, llamado por otro nombre Tamurbec, año del nacimiento de mil y cuatrocientos y tres”.

Ruy González de Clavijo, se refiere al Tamorlán como tártaro, porque así llamaban, en general, a todos los guerreros nómadas asiáticos, del mismo modo que este último se refiere al rey Enrique como rey de los francos, porque así denominaban ellos a todos los occidentales.

…y otrosí el Tamurbec es su nombre propio éste, y no Tamorlán, como nos lo llamamos, ca Tamurbec quiere decir en su propia lengua, tanto como Señor de hierro, ca por Señor dicen ellos Bec, y por hierro Tamur, y Tamorlán es bien contrario del su Señor, ca es nombre que le llaman en denuesto; porque Tamorlán quiere decir tullido, como lo cual él lo era tullido de la una anca derecha, y de los dos dedos pequeños de la mano derecha, de heridas que le fueron dadas robando carneros una noche, según adelante os será más largamente contado.

La alianza buscada por la presente embajada, aunque lo parezca, no fue motivada por motivos religiosos, ni su objetivo era luchar contra la fe musulmana –que el propio Tamorlán profesaba, aunque no se sabía con seguridad-, sino por el terror que se tenía a los turcos, cuyo avance aparecía imparable y el Tamorlán era, posiblemente, el único capaz de frenarlos, dado el número de hombres con los que contaba; la ciega fe y temor con que le obedecía, y la insuperable crueldad que tantos triunfos le aportó.

… fuera de esta ciudad cuanto un trecho de ballesta estaban dos torres tan altas como un hombre podía echar una piedra en alto, que eran hechas de lodo y cabezas de hombres, y estaban otras dos torres caídas en tierra. Y estas torres que de cabezas eran hechas, eran de unas generaciones de gente que llamaban Tártaros Blancos, naturales de una tierra que es entre la Turquía y la Siria. Y cuando el Tamurbec halló en el camino esta generación de gentes, pusiéronle la batalla y venciólos, y tomó muchos de ellos presos, y ... quisiéronse tornar para su tierra. Y llegó la hueste del Señor, que los desbarató, y mataron cuantos hallaron, y de las sus cabezas mandó el Señor hacer aquellas cuatro torres, y eran hechas un lecho de cabezas, y otro de lodo.

Parece, por otra parte, que Tamorlán no era realmente conocedor del objeto concreto de la embajada castellana y, aunque trató a sus componentes con respeto y hasta  cordialidad, se percibe en él un tono entre soberbio y paternalista, como el que emplea cuando se refiere a Enrique III, a pesar de tratarle de “hijo”, al sentirse halagado -como hemos dicho-, por alguien a quien consideraba uno de los “reyes de los francos.

…y de sí preguntóles por el señor Rey, diciendo: ¿Cómo está mi hijo el Rey? ¿Y cómo, le va? Y si era bien sano. Y los dichos Embajadores le respondieron, y dijeron su embajada bien cumplidamente, que los escuchó bien todo lo que quisieron decir; y de que hubieron dicho, el Tamurbec se volvió a unos Caballeros que estaban a sus pies sentados, ...y díjoles: Catad aquí estos Embajadores que me envía mi hijo el Rey de España, que es el mayor Rey que hay en los Francos, que son en el un cabo del mundo; y yo le daré mi bendición a mi hijo el Rey.

El viaje de vuelta se narra, lógicamente, con mucho menos detalle que el de ida, ya que en su práctica totalidad ya había sido descrito, pero es evidente, que las circunstancias fueron diferentes y mucho más peligrosas. 

Después de haber citado a los embajadores, no los recibió. Pronto supieron que estaba muy enfermo y que había dado la orden de que se volvieran a sus tierras. Ya en camino, supieron que Tamorlán había muerto, y que sus territorios quedaban inmersos en el más violento desorden y anarquía, hasta el punto, que se vieron obligados a internarse en el desierto como único medio de salir con vida de la espontánea convulsión. Paradójicamente, al final, saldrían ilesos, gracias al apoyo y la colaboración de aquellos contra los cuales habían buscado la alianza; los turcos otomanos.
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Curiosidades

Clavijo habla de la jirafa; un animal del que los embajadores ni siquiera habían oído hablar, y que el sultán de Babilonia había regalado a Tamorlán:

…é otrosi llevaba seis avestruces é una alimaña que es llamada jornufa, la qual alimaña era fecha desta guisa: avía el cuerpo tan grande como un caballo, é el pescuezo muy luengo, é los brazos mucho más altos de las piernas, é el pie avía así como el buey fendido, é desde la uña del brazo fasta encima del espalda avía diez y seis palmos: é desde las agujas fasta la cabeza avía otros diez y seis palmos, é cuando quería enfestar [elevar] el pescuezo, alzábalo tan alto que era maravilla, é el pescuezo avía delgado como de ciervo, é las piernas avía muy cortas según la longura de los brazos, que hombre que la non oviese visto bien pensarla que estaba asentada aunque estoviese levantada, é las ancas avía derrocadas á yuso como búfano: é la barriga blanca, é el cuerpo avía de color dorado é rodado de unas ruedas blancas grandes: é el rostro avía como de ciervo, en lo bajo de hacia las narices: é en la frente avía un cerro alto agudo, é los ojos muy grandes é redondos é las orejas como de caballo, é cerca de las orejas tenía dos cornezuelos pequeños redondos, é lo mas dellos cobiertos de pelo, que parescian á los del ciervo cuando le nascen, é tan alto avía el pescuezo é tanto lo estendia quanto quería, que encima de una pared que oviese cinco ó seis tapias en alto podría bien alcanzar á comer: otrosí encima de un alto árbol alcanzaba á comer las fojas del, que las comía mucho. Así que hombre que la nunca lo viese visto, le parecerá era maravilla de ver.

En distintos pasajes de la obra resulta evidente que Clavijo tenía sentido del humor y mucho ingenio y que, en ocasiones se reía de la descomedida vanidad del mogol, pero su carácter diplomático, sus buenas formas, le sacaban de todo aprieto. Veamos cómo describe un “interrogatorio”:

... y la primera pregunta que les hacían era de palos y de porrazos, que les daban tantos y tan sin duelo que era maravilla.


Cuenta también que el Tamorlán tenía una piedra que cambiaba de color, cuando su interlocutor mentía. Clavijo, mintió o exageró cuando consideró necesario hacerlo, pero, para ello empleaba metáforas, que nunca podrían revelarse como falsedades, ni para las supuestas propiedades de la sortija, ni para la sagacidad del gran mogol, aunque, en cierta ocasión, llegó a molestarse, aunque disfrazó de menosprecio la respuesta a la pretendida ofensa.

Entre las otras cosas que Gonzalo Fernández de Oviedo -cuya Crónica añadió Argote de Molina, para mejor hacer comprender el texto de Clavijo, dice de Tamorlán, que tenía un anillo con una piedra de tal propiedad, que cuando alguno decía mentira en su presencia, la piedra mudaba su color, y que teniendo Ruy González de Clavijo noticia deste anillo, hablaba al Tamorlán muchas cosas de las grandezas de España por metáforas, y como lo que [así] le decía era verdad, y el Tamorlán veía la piedra en su verdadero color, admirábase de las cosas que le decía: por ejemplo, que el Rey su señor tenía tres vasallos de linaje que traían en campo seis mil Caballeros y de espuela dorada, por los Maestres de Santiago, Alcántara y Calatrava.

Que tenía una puente de cuarenta millas en largo, sobre la qual pacían doscientas mil cabezas de ganado, por el espacio de tierra que hay, donde se esconde el rio de Guadiana hasta el lugar donde torna á parecer.

Que tenía un león y un toro que se mantenían cada día del pasto de doce vacas, por alusión del nombre de las famosas ciudades de León y Toro.

Que tenía una villa cercada de fuego y armada sobre agua, por la villa de Madrid abundosa della, por muchas fuentes, y cercada de muro de pedernales.

Que tenía tres canes que peleaban en campo por docientas lanzas castellanas, por las tres villas deste nombre, Can de Roa, Can de Muño, y Canes de Zurita. 

Refiere más, que queriendo el Tamorlán satisfacer á Ruy González en otra cosa de más admiración, hizo traer delante del un vaso de oro, en que tenía sembrada una gran mata de romero, y aquella planta le mostró por la joya de más estimación de sus riquezas; y como Ruy González de Clavijo le dijese, que con las ramas de aquel árbol calentaban los hornos en Castilla, el Tamorlán, viendo que así lo despreciaba, le dio: Pues allá lo tenéis en tan poco, no sabrás las grandezas del. 

Sin embargo, y a pesar de sus dotes diplomáticas, en ocasiones, la ira y su desenfrenada vanidad, le llevaban a hablar de forma que ponía temor en los visitantes a los que debía honrar.

En sus conquistas y combates tenía esta costumbre: cuando asentaba sobre alguna ciudad, el primero día luego que llegaba, hacia que su tienda se pusiese blanca, por la qual significaba, y era ya sabido, si aquel día se entregaban, que les otorgaba las vidas y hacienda. 

El segundo día hacia poner colorada la tienda, si aquel día quisiesen darse, hablan de morir todas las cabezas de casas, y los demás eran perdonados: pero si el segundo día no se querían dar, al tercero hacia poner un pabellón negro, que era cerrar la puerta á la clemencia. 

Y los que aquel día, ó de ahí adelante eran tomados, no escapaba hombre ni mujer de cualquier edad que fuese á vida, é la ciudad se metía á saco, y le hacía poner fuego, é la destruía totalmente. Por lo qual no se puede negar que este hombre no fuese muy cruel, puesto que [aunque] tuviese muchas virtudes y excelencias. Pero es de creer que lo permitía Dios por pecados de los hombres, y para castigar con la mano de aquel aquellos Reyes y gentes. Y aún esto parece que él mismo lo dijo, y se tenía por tal. Porque escribe el Papa Pío, que habiendo puesto cerco sobre una muy fuerte ciudad y no habiendo querido entregarse en primero ni segundo día, que eran los términos ya dichos de recibir misericordia, llegaron al tercero: los de la ciudad, confiando que usaría alguna piedad, abrieron las puertas, y echaron delante las mujeres é niños, todos con ropas blancas é ramos de olivas en las manos, dando todos voces que rompían el cielo, pidiendo misericordia, que no hubiera á quien no moviera á ella. El Tamorlán, como los vio así venir, ninguna muestra hizo ni sentimiento de piedad, antes con su serenidad y semblante acostumbrado, que era de fiereza y crueldad, mandó á un escuadrón de gente de caballo, que saliese á ellos, y sin dejar ninguno á vida, los matasen á todos. Y después mandó derribar la ciudad por los cimientos é que no quedase en ella cosa enhiesta. 

Andaba acaso en esta sazón en el ejército del Tamorlán un mercader natural de Génova, como otros muchos andaban: y tenía trato y comunicación alguna vez con él, el qual pareciéndole muy cruda cosa la dicha, se atrevió á decirle, que por qué usaba de tanta crudeza con los que tan humildes se le entregaban á su misericordia. Dicen, que el Tamorlán con la mayor ira y alteración del mundo, encendido el rostro, y los ojos que parecían que fuego le salía por ellos, respondió: “Tú debes de pensar que yo soy hombre como los otros, muy engañado estás en ello, que no soy si no ira de Dios, y destruición del mundo: y no parezcas mas ante mí, si no quieres llevar el pago que merece tu atrevimiento." 

El mercader como le conocía la condición, desvióse luego de allí, é nunca más fue visto. 
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Dejamos la antigüedad memoria destas cosas, que, aunque parecen indignas de Historiadores graves, el lugar y materia de que se trata, permite escribirlas como las hallamos: consejas llamaron nuestros padres á cuentos semejantes, que el vulgo tiene tan recibidos, que por mí no perderán un punto de su crédito.

Como era hombre, acabáronse sus días é murió, dejando dos hijos no de tanto valor como su padre, según parece. Pues así por la grande discordia que hubo entre los dos, como por su flaqueza é poquedad, no fueron para conservar el estado que heredaron, antes los hijos y nietos de Bayaceto, que fue el gran Turco su prisionero, sabiendo la muerte é la discordia de los hijos, pasaron en Asia, é con su diligencia y ánimo, hallando aparejo en las voluntades, recobraron los bienes, é Reynos de sus pasados. 

Así acaeció por otros estados é Reynos que el Tamorlán había conquistado. Y así de tal manera sucedió el negocio, que hoy no hay memoria del ni de su señorío, ni hombre que venga de su linage que acá lo sepamos de cierto.

Calle de Clavijo, en Samarkanda

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