domingo, 24 de febrero de 2013

LA GRAN ARMADA (2) En qué paró el encanto.



 Plymouth

El día siguiente, sábado, treinta de julio, al atardecer, se produjo el primer avistamiento de la flota enemiga, que aparecía amainada –las velas recogidas-, a sotavento – el lado opuesto a aquel de donde viene el viento-. Al parecer, habían estado merodeando con objeto de espiar los movimientos de la escuadra española, motivo por el cual sufrieron los efectos del mismo temporal que hizo dispersarse a ésta, pero cuando vieron que las naves españolas aportaban en La Coruña y procedían a descargar -ellos no podían saber que se trataba de la reponer víveres-, creyeron que se abandonaba definitivamente el proyecto, por lo que decidieron retirarse.

Apenas entraban en Plymouth cuando divisaron las velas de la Gran Armada que, como aterradora pesadilla avanzaba lenta y majestuosa.

Estoy espantado de no haber tenido noticias del duque [de Parma] en todo este tiempo –escribió el mismo día Medina Sidonia al rey-. Mi determinación es llegar a la Isla de Wight y no pasar adelante hasta tener aviso, pues dirigirme a Flandes sin instrucciones, no habiendo en toda esa costa puerto ni abrigo ninguno para estas naves, sería perderlas sin remedio al primer temporal, que las echaría a los bancos de arena. En llegando a Wight –terminaba-, despacharé otra pinaza para avisar al duque de Parma acerca de mi situación exacta y me mantendré a la espera.

Wight

Aunque inquieto por la falta de noticias de Alejandro Farnesio, por el momento, Medina Sidonia no abrigaba otros temores. No existía flota tan grande ni tan osada como para soñar con enfrentarse a la ciudadela flotante que comandaba, cuya sola apariencia estaba destinada a causar temor, y lo causaba.

Los mismos vientos que unos días después impulsaban a las naves españolas, retenían a la flota inglesa al mando de Howard, en Plymouth, dando a los primeros una ocasión única para atacar en condiciones inmejorables, sin embargo Medina Sidonia se negó a tomar iniciativa alguna al respecto, aduciendo –como lo hizo siempre-, que sus órdenes eran no exponerse en ningún combate, sino seguir avanzando hasta su encuentro con Farnesio.


Pasó de largo, pues, el duque, frente a Plymouth, para descubrir, acto seguido, que las naves inglesas iban saliendo lentamente en su persecución. En la madrugada del domingo 31, cambió el viento y se despejó la niebla dejando paso a la luz de la luna, lo que permitió a los españoles observar que los ingleses se disponían a atacar. Efectivamente, poco después empezaron a disparar sus cañones sobre las naves más desprotegidas, produciendo algunos muertos y heridos. Medina Sidonia mandó izar el estandarte real y ordenó a su vez formación de ataque. Sólo necesitaron los ingleses observar las primeras maniobras para desaparecer del horizonte a toda vela. Hacia las diez de la mañana, ordenó el duque la vuelta a la formación en media luna y prosiguió su avance no pudiendo hacer otra cosa, puesto que las ligeras naves inglesas, se acercaban, disparaban y huían rápidamente.

Sin embargo, no precisaba la escuadra española de aquel hostigamiento para que las cosas empezaran a ir muy mal. A primeras horas de la tarde, el Nuestra Señora del Rosario de Valdés, chocó contra el Santa Catalina, produciéndose graves daños en ambas naves. A esto siguió un incendio con explosiones a bordo de la Santa María de la Rosa, la nave almiranta de Oquendo, se dijo que provocado por un artillero traidor, según algunos, inglés, según otros, holandés, lo que, para el caso, no suponía diferencia. Finalmente, un palo partido en el Nuestra Señora del Rosario, arrastraba consigo las velas, dejando la nave paralizada mientras el resto de la flota se alejaba. 

Unos testigos dijeron que Medina ordenó auxiliarla y, otros, que no; en cualquier caso, se oyeron cañonazos en la oscuridad y a la mañana siguiente, el Triumph y el Victory caían sobre la galera española exigiendo su rendición. Valdés fue hecho prisionero y conducido a Plymouth; doscientos barriles de pólvora y medio millón de ducados cayeron, como del cielo, en poder de los apurados ingleses. El Nuestra Señora del Rosario –1.150 toneladas, casi 50 cañones y más de 400 hombres entre tropa y marinería-, era conducido a Londres como trofeo. Sus banderas -no conquistadas, puesto que no llegaron a combatir-, pasaron a colgar de los muros de la Catedral de San Pablo -Saint Paul's Cathedral-. 

El lunes, primero de agosto, Medina Sidonia mandó otro correo a Farnesio informándole de su situación. Aquel día no hubo viento, lo que dotaba de cierta ventaja a las galeras españolas, que disponían de remos, de modo que los ingleses decidieron mantenerse a distancia y así, las dos escuadras, como dos buenas amigas, una en pos de otra, iban surcando tranquilamente el Canal

Los ingleses se reúnen en consejo. La mayoría de los jefes proponen atacar con más vigor, pero Howard se opone, fijando la táctica empezada, que es la que en definitiva les dará la victoria: “Importa a Inglaterra conservar la escuadra, su única defensa, sin comprometerla en un combate, que, perdido, entregaría el país y sus familias al enemigo, al paso que, continuando como hemos empezado, hostigando la retaguardia, recogiendo los rezagados y manteniendo a los otros en la intranquilidad, irá disminuyendo su fuerza, en tanto se presenta oportunidad de obrar sin riesgo. Nuestra regla de conducta ha de ser: cañonear a prudente distancia, evitando cuidadosamente el abordaje, y retroceder, conservándonos a barlovento así que el enemigo intente generalizar combate.

Aquella noche, el White Bear y el Mary Rose confundieron el farol del San Martín con el del Ark Royal de Drake; se acercaron, pues, confiadamente, para descubrir, con las primeras luces del día, que navegaban codo a codo con la capitana de Medina Sidonia. Pero no pasó nada; Medina-Sidonia se mantenía firme en su decisión de no combatir.

Martes, dos de agosto, cerca de Portland. Las naves: San Marcos, San Mateo, San Luis, San Lucas, San Felipe, Santa Ana, San Juan de Sicilia, Santiago, San Juan Bautista, etc. se enfrentan a las naves: Triumph, Tiger, Griffin, Golden Lion, White Bear, Revenge, Victory, Bull, Dreadnought, etc., con objeto de abordarlas, que era lo más que permitían las instrucciones del rey –al menos, en la interpretación del duque-, pero nunca alcanzaron la distancia apropiada, ni para lanzar sus garfios de abordaje, ni para hacer efectivo el uso de mosquetes, de modo que, después de tres horas de escaramuzas, sin resultados notables, ni para los santos, ni para los profanos, un cañonazo del San Martín, daba la señal de retreta.

Miércoles, tres de agosto: al amanecer, los ingleses continuaron hostigando la retaguardia, hasta que un cambio en la dirección del viento, permitió a Recalde y a Leyva encararlos con sus temibles galeones. Aprovecharon los ingleses la misma brisa para desaparecer rápidamente. Por la tarde, las ciento veinte velas españolas entraban en aguas de la Isla de Wight. Medina Sidonia envió un correo más a Farnesio y se dispuso a fondear por aquel lado mientras esperaba sus noticias. 

Los ingleses, cuya principal estrategia consistía –como se ha visto- en acercarse, efectuar algunos disparos y escabullirse, amainaron igualmente y se dispusieron a esperar a su vez.

Jueves, cuatro de agosto: Los ingleses requisan la pólvora de sus fortalezas costeras dejándolas indefensas y cañonean el Santa Ana. Era el día de Santo Domingo de Guzmán, el patrón de Medina Sidonia –Alonso Pérez de Guzmán- quien, animado por la coincidencia, decide combatir. Su galeón San Martín fue duramente atacado y sufrió daños notables; Recalde, Oquendo y otros, procedieron contra el Ark Royal, dejándolo medio destruido. Para general sorpresa, Medina se negó a permitir el abordaje, viendo los hombres cómo se les escapaba la presa de entre los dedos. Enésimo despacho a Farnesio comunicando la situación y la urgencia.

Alejandro Farnesio, Duque de Parma y sobrino de Felipe II. Otto Van Been

Viernes, cinco de agosto: Aprovechando la calma que mantiene parados a los ingleses, las naves españolas rezagadas logran reunirse con el grueso de la flota. Cunde la alarma por toda la costa inglesa. Nueva carta a Farnesio pidiendo munición y naves ligeras con que intentar la aproximación que no podían llevar a cabo los grandes galeones. Es urgente que Farnesio esté preparado para embarcar sus tropas, en cuanto la armada se aproxime a Dunkerque. La media luna avanza hacia Calais.

Sábado, seis de agosto: Ingleses y españoles se abstienen de combatir por hallarse ambas flotas en parecido riesgo. Graves dudas se le plantean a Medina ante la desesperante falta de noticias de Farnesio; si continúa avanzando, las corrientes del estrecho arrastrarán las naves hacia el Mar del Norte, sin posibilidad de cumplir su misión, ni de volver atrás. Se impone amainar y permanecer a la espera. No queda otra salida sino internarse en la rada de Calais, lo que se efectúa entre las diez de la mañana y las cinco de la tarde.


Una vez aseguradas las naves con las dos anclas que requería la fuerza de las corrientes, Medina envió a su secretario en busca de Farnesio. Entre tanto, él se ponía en comunicación con el gobernador de Calais; Mr. Guiraud de Mauleon -un viejo combatiente católico con pata de palo, práctico en colgar hugonotes que, en 1558 había contribuido a arrancar Calais a la Corona inglesa-, quien se puso inmediatamente a su disposición, ofreciéndose a proteger la flota con sus cañones y a proporcionar alimento fresco a la tropa y la marinería.

Al mismo tiempo que los ingleses se detenían, sospechando que la locura de anclar la flota en lugar tan inseguro no podía deberse más que a alguna amenazadora estrategia, una escuadra tripulada por Gueux de Mer o Mendigos del Mar –holandeses, rebeldes a la Corona de España-, al mando de Justino de Nassau, tomaba posiciones cerca de Dunkerque.

Domingo, siete de agosto: Llegan noticias, buenas y malísimas. La buena: había aparecido Farnesio, aunque no en Dunkerque, donde se le creía, sino en Brujas. Las malas: no había hombres, ni naves, ni munición, ni nada.

-¿Qué puedo yo hacer?- había respondido el duque de Parma al mensajero boquiabierto, como si aquella guerra no fuera con él y, sin hacer mención alguna a los múltiples y desesperados mensajes de Medina Sidonia, quien esperaba inútilmente, encerrado en Calais y, con las salidas bloqueadas; al oeste por la armada inglesa y al norte por la holandesa.


Por la noche se observaron ciertos movimientos sospechosos en la flota inglesa. Muchos de los hombres que navegaban con el duque habían participado en el asedio de Amberes, donde vivieron, aterrorizados, las explosiones provocadas por el ingeniero Gianivelli quien, en la actualidad estaba al servicio de la reina inglesa. Pensaban en las temibles brulottes; naves sin tripulación, cargadas con enormes cantidades de pólvora, cubierta con lonas, madera embreada y algunos productos químicos, tóxicos y explosivos. Después de prenderles fuego y, calculando con cierta exactitud el tiempo que tardaría el fuego en alcanzar la pólvora, las remolcaban hasta ponerlas a favor del viento, con cuyo empuje avanzaban inexorablemente hacia su objetivo. Ante su aparición, no había más defensa que la huída, en el caso de que ello fuera posible. En Amberes, para cerrar el paso a los españoles, Gianivelli había hecho volar por los aires un puente de barcas, segando vidas y haciendo desaparecer hogares, diques, puentes y edificios públicos.

Las presentes circunstancias hicieron evocar a muchos el suceso transformando la tensión de la espera en comprensible temor, ante la más que probable eventualidad de que el invento se repitiera. Las circunstancias eran perfectas para la flota enemiga, ya que el viento apuntaba hacia una escuadra paralizada y sin más alternativa que navegar hacia el norte, afrontando un riesgo probable, o quedarse allí en espera de otro seguro.

Medina Sidonia ordenó que todo el mundo permaneciera en guardia, y que nadie se separara del grueso de la flota intentando huir, cualquiera que fuese la inminencia del peligro. 

Después de las doce horas de aquella noche sin luna y, haciendo ciertas sus peores sospechas, los españoles vieron aterrorizados, como el infierno se acercaba a ellos a bordo de ocho naves incendiadas.

El duque ordenó que los galeones que se hallaban en el rumbo de las brulottes levaran anclas y se alejaran momentáneamente. Oquendo, en cambio, aconsejó que se botaran algunas embarcaciones menores y que intentaran remolcar las naves incendiadas hasta una zona sin peligro. Pero había poco tiempo. Sea como fuere, las explosiones comenzaron y el temor actuó sembrando el desorden. Tampoco había tiempo para levar anclas ni desamarrar, de modo que, a algunos capitanes les pareció más fácil y rápido cortar los cables a hachazos. Los galeones se pusieron así en movimiento y chocaron unos contra otros, quedando algunos varados en la rada y, saliendo otros a mar abierto, justo en dirección al grueso de la flota enemiga. 

Sólo la nave capitana –que intentando evitar un bajel que se le venía encima, había chocado contra el San Juan de Sicilia, perdiendo palos y aparejos-, y algunas de las galeras más próximas que conservaban sus anclas, volvieron a la formación. Se efectuó un detonación de aviso para que todos recuperaran sus posiciones, pero muchas de las naves ni siquiera pudieron oírla; empujadas por la corriente navegaban sin control hacia el norte. Al final las brulottes se consumieron en la playa sin producir daños mayores, pero con aquella dispersión empezaban las verdaderas adversidades para la Gran Armada. 

Sobre la flota inglesa se cernían otras no menos graves, como la escasez de pólvora, pero, sobre todo, y aunque los españoles no lo sabían, un enemigo superior; la epidemia, provocada por el mal estado de los víveres y del agua, estaba diezmando a sus hombres de forma mucho más efectiva que cualquier enemigo humano. 

Lunes, ocho de agosto: De acuerdo con la información de los correos, Farnesio ya estaba en Dunkerque, donde algunos movimientos de tropas, parecían dar a entender que, definitivamente se procedería a su embarque. Pero nada era seguro. Con las primeras luces de la mañana se avistaron las naves dispersas en dirección a Gravelines; la zona de los bancos de arena.


Optó entonces Medina Sidonia por la única alternativa posible, volver sus naves hacia el enemigo y presentar batalla, a pesar de la desventaja que significaba para él la distancia entre ambas flotas, que impedía el empleo de sus pesados cañones y, a la vez, favorecía la idoneidad de las ligeras armas inglesas. El choque se prolongó hasta las tres de la tarde, hora en que algunas de las naves dispersas pudieron emprender la vuelta gracias a las velas y aparecieron amenazadoras en el horizonte, provocando la retirada de los ingleses. -¡Gallinas luteranas, venid a las manos!- Gritaban inútilmente los españoles.

El San Lorenzo, de Moncada, dañado en el desorden de la víspera, ante la imposibilidad de seguir a Medina Sidonia, optó por volver para recogerse en Calais, siendo perseguido por el Ark Royal y el Margaret and Jones, que no dejaron de cañonearlo hasta que varó, quedando indefenso a la entrada del puerto. Envió Moncada un mensaje urgente pidiendo ayuda al gobernador de Calais y permaneció a bordo hasta que cayó muerto de un disparo de arcabuz. Algunos hombres alcanzaron la playa a nado y en botes, y allí fueron recogidos por Mr. Guiraud, mientras los ingleses procedían al saqueo de los restos de la nave.

Quedamos muy mal parados –escribió Medina Sidonia en su Diario, expresando su desánimo por los resultados de aquella jornada que la historia conoce como Batalla de Gravelinas-; casi sin poder hacer más resistencia, y los más ya sin balas que tirar.

¿Dónde estaba, a todo esto Farnesio, en cuya espera se vio la armada sometida a aquella aterradora contingencia?

Quedaron medio destruidos el San Mateo y el San Felipe, por lo que ordenó el duque que fuera evacuada la tripulación de ambos. Se negó el capitán del San Mateo, Diego de Córdoba a abandonarlo, en un vano intento de hacerlo llegar a la costa, para intentar allí su reparación, pero la corriente, más efectiva que sus averiados instrumentos, empujó la nave hacia Zelanda, poniéndola a merced de la artillería holandesa de Nassau. En cuanto al San Felipe, igualmente llevado por el viento y las corrientes, alcanzó el puerto de Flessinga, bajo la autoridad de Farnesio. Hubo apenas tiempo para desembarcar a la gente, pero antes de que pudieran intentar salvar los cañones, volvieron los holandeses y se llevaron el galeón ante la perplejidad general. 

Se dice que llevaba el San Felipe gran cantidad de vino en sus bodegas y que, una vez descubierto por aquella chusma con fama de borrachos, se dieron a los barriles con tanto entusiasmo, que no se percataron de que la nave hacía agua. En consecuencia, trescientos holandeses se irían alegremente al fondo del mar, junto con su presa.

Martes, nueve de agosto: En medio de la madrugada se desató un temporal que arrastró al San Martín hacia la costa de Zelanda; más al norte de la zona en la que presumiblemente se encontraba Farnesio. Pensó el duque en volver al Canal, pero al amanecer vio como se dibujaba a popa la eterna pesadilla inglesa. Entre los bajíos holandeses y sus defensores, los gueux, al norte, los ingleses detrás y, el temporal en todas partes, si no cambiaba el viento, la armada iba a su completa destrucción.

-Puesto que seguimos sin noticias del duque de Parma -expuso discretamente Medina Sidonia al Consejo, aunque seguramente ya estaba convencido de que nunca llegaría-; tenemos dos opciones: volver al Canal, o regresar a España, en cuyo caso, tendremos que navegar por el Mar del Norte, para descender después rodeando Escocia e Irlanda.

Miércoles, diez de agosto: Se navega hacia el norte con los ingleses en la retaguardia, cuando llegan –al fin- noticias de Farnesio: Puesto que habéis perdido el Canal y no parece que haya posibilidades de volver allí, no conviene que toméis ahora la vía del Mar del Norte para regresar a España, por ser harto larga y peligrosa, especialmente para una flota que ha perdido sus mejores galeones y tiene medio destruidos los que le quedan. Enviaré pilotos que os guíen hasta puertos asegurados al servicio de España; haremos reparar las naves y aprovecharemos el invierno para reducir a los rebeldes holandeses del norte. Más adelante y, en mejores condiciones, podremos intentar de nuevo la jornada contra Inglaterra.  

No consta la reacción del duque de Medina Sidonia -aunque podemos sospecharla- al ser informado de aquel radical e inesperado cambio de propósito que, tal vez favorecía los planes de Farnesio, pero era radicalmente contrario a sus órdenes. Tal vez hubiera una explicación para aquella actitud aparentemente tan próxima a la traición y que tanto daño había causado a la flota. En todo caso, el duque no aceptó la alternativa y, continuó su fatídica singladura hacia la catástrofe.

Jueves, once de agosto: la escuadra avanza hacia el norte bajo la atenta mirada de los ingleses que siguen tras ella, guardando las distancias convenientes.

Viernes, doce de agosto: Algunas de las naves dispersas logran reunirse con el grueso de la flota. El conjunto parece recuperar su antiguo imponente aspecto. Howard y los suyos, cuando ven que la escuadra se dirige al norte, entienden que navega hacia su pérdida definitiva, por lo que ellos abandonan discretamente la persecución y emprenden el retorno.

Gráfico: La Armada Invencible de Francisco Tormo

Sábado, veinte de agosto: Todos los demás días se ha ido navegando siempre con el mismo viento, hasta salir del Canal del Mar de Noruega, sin ser posible volver a la Canal de Inglaterra, hasta hoy, a los XX de agosto, que habiendo doblado las islas últimas de Escocia, al Norte, se va navegando la vuelta de España, escribió el duque en la última anotación de su Diario y, aquí hallamos una de sus principales incoherencias: ¿cómo es que él no podía volver atrás hacia el Canal de Inglaterra, y los ingleses sí pudieron hacerlo una semana antes y con las mismas corrientes?

Se dice que para entonces Medina Sidonia ya había decidido abandonar y huír, definitivamente desmoralizado y que Oquendo, furioso por su actitud, gritó dirigiéndose al San Martín: -¡Gallinas, a las almadrabas! en evidente referencia a las pesquerías de atún que el duque explotaba en Cádiz, que era lo más que sabía del mar y que le valdrían asimismo el sobrenombre de “Rey de los atunes”.

El día veintiuno, Baltasar de Zúñiga se hacía cargo de un despacho del duque para el rey, en el que detallaba lo sucedido hasta la misma fecha en que terminaban las anotaciones en su Diario. Zúñiga se separó entonces de la flota, adelantando su vuelta a España. 

Poco antes de que llegara al Monasterio de El Escorial, donde debía entregar el despacho al monarca, había recibido este una carta del Archiduque Alberto –su lugarteniente en Portugal-, en la que escribía, sorprendido por la falta de noticias de la flota: 

Parece encanto no saberse nada de la Armada.

La carta de respuesta del rey, contenía una copia del informe de Zúñiga y sólo una nota:

Por la relación que va con esta, que me envió el duque de Medina, veréis en qué paró el encanto.

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