sábado, 24 de agosto de 2013

Pedro Salinas. La prosa del Verso.


                                       Pedro Salinas. Fotografía del Diario ABC

La lectura de la bellísima obra poética de Pedro Salinas de cuya calidad y belleza solo puedo expresarme con admiración, me sugiere, no obstante, algunas cuestiones de fondo, desde el punto de vista de su contenido, que no estimo fáciles de resolver. Me refiero fundamentalmente a la trilogía formada por: La voz a ti debida; Razón de amor y Largo Lamento.

Y me pregunto, en primer lugar, si se puede definir el amor, o tal vez sólo se pueden describir sus efectos. Leyendo a Salinas se pueden extraer conclusiones sobre sus estados de ánimo, sus ilusiones, sus largas esperas, su largo lamento… siempre sin salir del asombro, pero siempre sin hallar una respuesta precisa. Lo mismo que ocurre con algunos poetas que en siglos anteriores también escribieron poesía amorosa y que constituyen verdaderos modelos literarios, como Lope de Vega, Quevedo, etc., y otros grandes, de los que Salinas se nutrió poética e intelectualmente, pero que tampoco resuelven el enigma de lo que pudiera ser amor en realidad.

En segundo lugar: Si podría ser que sólo el amor inalcanzable, el que encuentra más dificultades para desenvolverse, para materializarse –si sirviera este término–, ya sea a causa de la distancia, –que tampoco tiene por qué ser sólo física y medible–; sea por lo que fuere, en fin, ese modelo que tal vez podríamos llamar “Romeo y Julieta”, es decir, el que se trunca por diversas razones hasta hacerse imposible y acaso mortal, digo: ¿será ese amor el único verdaderamente imperecedero? En todo caso, parece que es el que ha inspirado a mayor y mejor número de poetas en todos los tiempos. 

Sólo recordaré ahora, los versos que siguen al instante gozoso de la Razón de Amor, cuando:

                        Cada beso perfecto aparta el tiempo,
                        le echa hacia atrás, ensancha el mundo breve…

a pesar de lo cual:

                        el alma ciegamente siente
                        que la forma posible de estar juntos
                        es una despedida larga, clara.
                        Y que lo más seguro es el adiós.

De hecho, la tercera parte de la historia de amor de Pedro Salinas, se titula Largo Lamento. Manteniendo su fidelidad a los poetas que fueron antes que él, muy coherente, por otra parte, con los presupuestos de la llamada Generación del 27 en la que Salinas se encuadra –y, aun creyendo que dos poetas, en distintas épocas y culturas, pueden coincidir, no sólo en la idea, sino en la forma de expresarla-, reflejo aquí la teoría de Jorge Guillén acerca del hecho de que Salinas recordó voluntariamente, o no, para este título, un verso de Gustavo Adolfo Bécquer, otro joven acreedor del amor ideal, que apenas vivió 36 años:

…largo lamento.
Del ronco viento…

(Rima XV, vv. 14–15).

G.A.Bécquer, de Valeriano Bécquer, 1862. Museo Bellas Artes. Sevilla. (Col. Ibarra).

Para empezar, Salinas tituló su Trilogía, con un verso de Garcilaso: La voz a ti debida, que forma parte de una estrofa en la que está implícito ese matiz trágico, o fatal –como veremos–, ese que al parecer necesita el amor para transformarse en inmortal en tantas ocasiones; tantas, que sería prolijo intentar reseñar siquiera, sus numerosas huellas en la literatura. Lo cierto es que todas las historias de amor que han ascendido al Olimpo literario, suelen ser de amor frustrado –nunca olvidado–, y probablemente intacto, a pesar de que una vez se sintiera capaz de alcanzar el estado que suponemos de realización plena, es decir, el encuentro entre dos almas y dos cuerpos que han visto despertar entre sí un deseo de unión plena.

Así pues, mi tercera y última cuestión sería más bien una encrucijada abierta a una doble duda: por un lado, no sé si ese amor idealizado y nunca alcanzado, cuyas barreras han resultado insalvables, o que exigía sacrificios que los enamorados, finalmente, no estaban dispuestos a ofrecer, podría verdaderamente llamarse amor, o constituiría el modelo “Dulcinea”, es decir, algo que, en realidad no existe más allá de la mente de su creador. Por otro lado: al amor tranquilo, hecho realidad sin que la voluntad de los amantes haya tenido que luchar, renunciar a nada, ni obstinarse en alcanzarlo; que no exige sacrificios, ¿no inspira a los poetas? o ¿qué modelo literario podríamos aplicarle?

Tal vez es posible intentar definir el amor con palabras, pero seguramente hacen falta muchas y muy bien escogidas; los mejores poetas lo atestiguan, pero aún así, lo que leemos, describe más bien las sensaciones que provoca el sentimiento –sobre todo cuando su objeto no está presente–, pero no declaran lo que sea el amor o el enamoramiento mismo.

Pues bien, Salinas escribió, entre otras cosas, esta Trilogía a la que me refiero, cuya primera parte tituló, La Voz a ti debida; como decíamos, un préstamo o inspiración del, a su vez genial e innovador Garcilaso de la Vega, que, en sus versos también hace referencia a una situación dolorosa y previsiblemente trágica, derivada de un estado, en el que, una vez más, el amor es preludio y/o causa de inmortalidad. Habiendo muerto Garcilaso, de forma inesperada y casi absurda, con solo 35 años, parecería incluso premonitorio. Veámoslo.

Garcilaso de la Vega

Y aun no se me figura que me toca
aqueste oficio solamente en vida,
mas con la lengua muerta y fria en la boca
pienso mover la voz a ti debida;
libre mi alma de su estrecha roca,
por el Estigio lago conducida,
celebrándo t’irá, y aquel sonido
hará parar las aguas del olvido.

Égloga III, estrofa 2 (vv. 9–16)

Y ya antes de entrar en los poemas de Salinas, recordaremos el verso de Percy Bysshe Shelley – otro grande y trágico, que no alcanzó a vivir treinta años–, del que Pedro Salinas, eligió también un verso, suficientemente expresivo, para que figurara al frente de La Voz a ti debida, junto al de Garcilaso: 

Thou Wonder, and thou Beauty, and thou Terror!

Shelley (Pintor desconocido)

            Thou Moon beyond the clouds! Thou living Form
            Among the Dead! Thou Star above the Storm!
            Thou Wonder, and thou Beauty, and thou Terror!
            Thou Harmony of Nature’s art! Thou Mirror.
…   …   …

            Tú, Luna más allá de las nubes! Tú, forma viva
            Entre los muertos! Tú, Estrella sobre la tormenta!
            Tú, Maravilla, y tú, Belleza, y tú, Terror!
            Armonía del arte de la Naturaleza. Espejo!

EpipsychidionVersos dedicados a la noble e infortunada Lady Emilia V, ahora prisionera en el convento de…

Shelley escribió el Epipsychidion –Επιψυχίδιον; Επι; en torno, y, ψυχίδιον; pequeña alma–, en Pisa, a principios de 1821 y fue publicado en Londres el verano siguiente sin el nombre del autor. Más tarde, en 1839, la viuda del poeta lo incluyó en Poetical Works. Shelley murió en Florencia cuando se proponía viajar a una de las islas Espóradas, aún deshabitada, en el mar Egeo.

Se refería el poeta inglés a su amor imposible, la italiana Teresa Emilia Viviani, recluida por su padre en un convento. Emilia era amiga de Mary, la esposa de Shelley, y él se enamoró de la encerrada a la que dedicó el libro de forma anónima para no delatarse públicamente.

En definitiva, estos versos seleccionados por Salinas como pórtico de los suyos, no parecen presagiar un contenido diferente, algo que se confirma apenas iniciada su lectura, en la que encontramos, sin duda, una fe indestructible en un amor, pero también una historia trazada con distancias, una sucesión de anhelos asumidos, una permanente búsqueda de la soledad y acaso un amor–mito elevado a la categoría de excepción, desde la que es imposible llegar más lejos, ni tampoco más cerca, todo lo cual, no resta, sino absolutamente al contrario, confiere una indescriptible belleza al relato de su Deuda, de su Razón y de su Lamento.

Prescindiendo por ahora de ciertas características biográficas de Pedro Salinas, que sólo conocimos en la primavera del año 2002, podemos intentar hacer una lectura objetiva –si esto fuera posible, asimismo–, del incomparable poemario La voz a ti debida, a la luz de lo que sabíamos del autor cuando falleció en Boston en 1951.

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En opinión de M. Díaz Martínez, Salinas, efectivamente hizo del amor el ámbito de su poesía y para ello volcó todos los recursos de su fantasía a la caza de una definición sensorial y emocional del amor, que en su intensidad impregna de sentido al hecho mismo de vivir y alcanzó en su expresión esa luminosa paz de agua virgen.

Así es y, para ello, para llegar –aunque solo en contadas ocasiones, hasta esa preciada paz de agua virgen, Salinas concentró en su estilo lo recibido de una larga estela de grandes poetas, de los que siempre se sintió afín y que empleó al escribir, voluntariamente, o no. 

Lo mejor de la poesía permanece en algún lugar de la mente para siempre, y así, Garcilaso, Góngora, Machado, Mallarmé o Paul Valéry, además de los ya citados, constituyeron un sustrato fundamental, que reluce entre las palabras, los espacios y los silencios de los versos de Salinas por luminosas afinidades.

En opinión de Luis Cernuda, el primer Salinas, el de Presagios, de 1924, más sencillo e inteligible; quizás, casi prosaico, sería, por así decirlo, el verdadero Salinas, antes de que asumiera la gran influencia de Jorge Guillén, poeta al que admiraba sin condiciones ni restricciones y cuyo quehacer poético, sin duda, sirvió de amalgama a sus cualidades personales y al verbo o estilo inevitablemente asimilado de los clásicos y los románticos, resultando de todo ello una poesía tan original y, a la vez, tan genial, plena y única en su transparente sencillez.

Pero es en La Voz a ti debida, donde nos parece iniciada la cima poética de nuestro creador; donde toda palabra es poesía, todo pensamiento es verso y todo cuanto rodea al poeta se ha transformado en un elemento poético. Para entonces, creo que no cabe duda; Salinas estaba enamorado.

                              La vida es lo que tú tocas.

                              Amor, amor, catástrofe
                              ¡Qué hundimiento del mundo!
                              Un gran horror a techos
                              quiebra columnas, tiempos;
                              los reemplaza por cielos
                              intemporales. Andas, ando
                              por entre escombros
                              de estíos y de inviernos
                              derrumbados. Se extinguen
                              las normas y los pesos.

Pero Catástrofe, hundimiento, escombros… no parecerían adjetivos adecuados al glorioso instante en que alguien ve surgir la vida a través de su amor, pero quizás así lo sentía el poeta que, sin embargo, parece absolverse alcanzando una conclusión vital e imprescindible ante la catástrofe inevitable:

                                … no ser más que el puro
                                anhelo de empezarse
                                otra vez.

La vida, pues, se nubla bajo esa sensación de previsible hundimiento que quizás sólo cese cuando emerja la posibilidad de empezarse otra vez.

                               El futuro
                               se llama ayer. Ayer
                               oculto, secretísimo,
                               que se nos olvidó
                               y hay que reconquistar
                               con la sangre y el alma,
                               detrás de aquellos otros
                               ayeres conocidos.

A partir de entonces, Salinas se interna en una nueva senda vital, por la que, sin cambiar el menor aspecto de su existencia material, decide olvidar y reivindica que lo quiere todo, contradiciendo la serena sabiduría Délfica:

                              ¡Sí, todo con exceso.

                              A subir, a ascender
                              de docenas a cientos,
                              de cientos a millar,
                              en una jubilosa
                              repetición sin fin,
                              de tu amor, unidad.

                              Qué alegría, vivir
                              sintiéndose vivido.

                              Que hay otro ser por el que miro el mundo.
                              …otro ser por detrás de la no muerte.

Los lectores del momento, desconocedores de la peripecia anímica de Salinas, pudieron tener dudas sobre la posibilidad de que estos versos hubieran sido construidos gracias a su dominio del quehacer poético, o brotaron del amor y el temor de un poeta enamorado, pero en este aspecto, Salinas fue completamente hermético.

                              Y estoy abrazado a ti
                              sin preguntarte, de miedo
                              a que no sea verdad
                              que tú vives y me quieres.
                              Y estoy abrazado a ti
                              sin mirar y sin tocarte.
                              No vaya a ser que descubra
                              con preguntas, con caricias,
                              esa soledad inmensa
                              de quererte sólo yo.

Probablemente, si en aquellos años hubiéramos preguntado a colegas, amigos y lectores de Pedro Salinas, hubieran hablado de idealizaciones y metáforas, sin sospechar la existencia de una causa real cuyas secretas circunstancias dirigirían su incansable pluma de forma casi fatídica. Lo cierto es que la voz del poeta se fue transformando en un Largo lamento; último vestigio de algo que aún no sabemos si fue y que nos provoca una incertidumbre cargada de emotividad. 

                              No quiero que te vayas,
                              dolor, última forma
                              de amar. Me estoy sintiendo
                              vivir cuando me dueles.

El sufrimiento por la pérdida es la prueba más evidente de que en otro tiempo lo que ahora se llora, constituyó una vivencia luminosa y tangible. Tal vez, mucho más que en otros versos, se hace aquí evidente que Salinas no emplea metáforas sino que define una ausencia reciente y dolorosa de la que, por lo que sabemos, casi nadie sabía nada. ¿Qué había pasado?

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Comida–Homenaje a Vicente Aleixandre.

Arriba, a la izquierda: Miguel Hernández, Juan Panero, Luis Rosales, Raúl Glez. Tuñón, L. F. Vivanco, J.F. Montesinos, Arturo Serrano Plaja, Pablo Neruda y Leopoldo Panero.
Sentados: Pedro Salinas, María Zambrano, Enrique Díaz–Canedo, Concha Albornoz, Vicente Aleixandre, Delia del Carril y José Bergamín. Sentado en el suelo: Gerardo Diego.


Luis A. Parra Hernández aporta en su interesante Tesis -Las manifestaciones del amor en el poema de Pedro salinas La voz a tu debida-, prácticamente todos los elementos necesarios para establecer los principales datos que nos ayudan a conocer los hitos más importantes de la vida de Salinas, antes de que se produjera La Voz a ti debida. De lo que pasó después, los datos procederán de los propios escritos de Salinas, o por mejor decir, de una extensa correspondencia que nos ayudó a todos a comprender con bastante exactitud cómo y por qué nació su mejor poesía, aunque como dijimos al principio, esta información no se produjo hasta el año 2002.

En 1927, el tercer centenario de la muerte de Góngora fue una ocasión única para que –convocados por Ignacio Sánchez Mejías–, se dieran cita en el Ateneo de Sevilla varios poetas de la llamada Generación del 27; Dámaso Alonso, García Lorca, Rafael Alberti, Gerardo Diego, Jorge Guillén o Luis Cernuda. Además de la lectura pública de muchos ensayos renovadores acerca de la figura de Góngora Bacarisse, Bergamín, etc.-, algunos de los asistentes leyeron allí por primera vez sus propios poemas. 

En 1932 Gerardo Diego publicaba una Antología de Poesía Española (1915–31) que, entre otras grandes figuras, –sobradamente conocidas, pero que no citaré ahora para no interrumpir la línea biográfica–, incluía a Pedro Salinas, que nacido en Madrid en 1891, era trece años mayor que Neruda, por ejemplo, de modo que además de que ya había publicado poesía, era internacionalmente conocido como erudito en temas de literatura española, hablaba además inglés y francés, y, de hecho, el gobierno francés le concedió la Legión de Honor en 1933 por su aporte a la difusión de la cultura francesa a través de sus traducciones de Marcel Proust y André Gide.

A los 21 años ya había iniciado Salinas su noviazgo con la mujer que se convertiría en su esposa; Margarita Bonmatí, a quien dirigió numerosas cartas, de las que la hija de ambos publicó más tarde las escritas entre 1912 y 1915, etapa que se inicia cuando el poeta empieza a estudiar Filosofía –Historia, en realidad–, después de haber terminado Derecho. –Ya soy licenciado en Filosofía y Letras –le escribirá más tarde a Margarita: con sobresaliente–, y empezará a preparar la Cátedra de Universidad. 

En 1913 es nombrado Secretario General de la Comisión de Literatura del Ateneo de Madrid. Por entonces, de acuerdo con la información ofrecida por su hija: el poema en lengua española que más admira es el Cántico espiritual de San Juan de la Cruz; lo considera un modelo de poesía amorosa.

En 1914, conociendo bien la poesía francesa y personalmente a algunos de sus principales representantes, escribe a Margarita: Hay hoy en España como en Francia, una renovación de las letras. Mucho más “réussie” –lograda- en Francia, donde Paul Claudel o André Gide marchan al frente. Aquí empieza a iniciarse una tendencia moderna que en poesía se ha de manifestar creo yo, por el verso-librismo, y que tiene un carácter marcadamente idealista, pero sin perder sus dotes de realidad. La poesía española de hoy ha llegado con Rubén Darío, con Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado, a nobles cimas. Pero los poetas jóvenes ya no podemos seguir ese camino, y buscamos formas nuevas para nuestros pensamientos.

Con el apoyo de su amigo Américo Castro, a finales de 1914 vuelve a Francia para desempeñar el puesto de lector de español. Allí, el trato y la lectura de los poetas francesas, le ayudan a perfeccionar y renovar su propio idioma. La experiencia le lleva a quejarse asimismo en una carta a Margarita, de las carencias de la formación recibida en España: Soy licenciado en letras y no sé alemán, latín ni griego, cosa que saben aquí todos los licenciados. Así que se da el caso que tengo estudiantes que saben más que yo y no es culpa mía, no, es culpa de esta Universidad española que tan poco me ha enseñado; y ahora tengo yo que hacer por mí mismo lo que debía haber aprendido allí, ¡y es mi triste necesidad tener que quejarme de lo español cuando se está fuera de España!

Salinas vivió en París hasta la primavera de 1918, porque antes del verano tuvo que tomar posesión de su Cátedra en Sevilla.

Parece que a Margarita Bonmatí le atraía la voz de Pedro Salinas antes de tratarle personalmente, mientras que él la conocía apenas por un retrato que había visto en casa de los padres de ella, amigos de los suyos. Finalmente se conocerían exactamente el día 22 de julio de 1911, fecha del cumpleaños de Margarita –siete años mayor que él–. En principio se comunicaban en francés, porque la lengua materna de Margarita era el valenciano. Su relación se desarrolló sobre todo, por correspondencia –alrededor de 600 cartas–, de las que conocemos las escritas entre 1912 y 1915, año en que se casaron y en el que terminan las publicadas por su hija. Hablaban fundamentalmente de poesía y Margarita tradujo para Salinas a Shelley, Keats y Coleridge. En todo caso, empezaron a considerar su compromiso como tal, cuando se vieron en Argel en 1913, donde Margarita residía con su familia y donde se casarían el 29 de diciembre de 1915. Su hija Soledad nació el 8 de enero de 1920 y en Junio de 1925 nacía en Argel su hijo Jaime.

Haré versos, sí, porque nuestra vida será bella –le había escrito Salinas–, pero “les plus beaux vers sont ceux qu´on n´écrira jamais” (Los más bellos versos son los que nunca se escribirán). Los más hermosos versos míos no se escribirán nunca –personaliza Salinas–: los sabrás tú, tú sola, los sabrán nuestra casa, los paisajes que miremos, los lugares por donde crucemos. Estarán en todos nuestros momentos, llenarán nuestra vida, pero no se podrán escribir. Porque son demasiado inefables, porque las palabras no pueden expresarlos. (1912).

Esposa, te hablaré siempre, siempre manará este diálogo interior, este hablarse que no es el de las palabras sólo, sino aquel en que las palabras son signo, muestra, señal mínima de la vida interior. ¡Y tú, esposa mía, cómo me has hablado! Me has hablado con palabras y con silencios, con voz y sin ella, pero todo lo que me has dicho me ha llegado al corazón, y tu alma se ha expresado para mí clara, pura y verdadera. París, 1915.

Después de dar clases de Literatura Española en Cambridge, Salinas volvió a España y publicó su primer poemario, Presagios, en 1924, bajo el asesoramiento editorial de Juan Ramón Jiménez.

Gaceta Literaria del 1 de agosto de 1929:

Otra vez está la Residencia de Estudiantes en toda su actividad. Hace dieciocho años que el Centro de Estudios Históricos organizó estos estudios estivales. Y, apenas los estudiantes españoles han abandonado los altos de la calle del Pinar, son sustituidos por gentes venideras de todas partes del globo, que confluyen en torno a la fonética de Tomás Navarro, al curso de literatura de Salinas, y al de lengua de Valbuena Prat. 

Entre los alumnos matriculados aquel año, había una muchacha norteamericana, llamada Katherine Prue. Poco después, Salinas abandonaría la Cátedra de Sevilla iniciando una serie de viajes para dar conferencias por Europa.

El 14 de abril de 1931 termina la impresión de su tercer libro de poesía titulado Fábula y Signo.

Su verdadero reconocimiento público se produce cuando  en agosto de 1932 es nombrado Secretario General de la Universidad Internacional de Verano de Santander, un centro dedicado a efectuar intercambios internacionales de carácter intelectual, literario y artístico.

Ya en la primera conferencia, Salinas propuso prescindir casi totalmente de la Historia de la Literatura para centrar al alumno en la lectura y en el comentario de texto, considerando que enseñar literatura, era, sobre todo, enseñar a leer, aunque posteriormente se hiciera también preciso situar cada obra y autor en un entorno histórico. 

Fue entonces cuando publicó Presagios (1924), Seguro Azar (1929) y Fábula y signo (1931).

La voz a ti debida (1933), Razón de amor (1936) y Largo Lamento (1957), dieron a Salinas el reconocimiento de Poeta del Amor.

-Estábamos enamoradísimos -escribió Katherine-, pero muy pronto la realidad empezó a filtrarse por las nubes de nuestro amor en vilo.

En el invierno de 1935-36 acordé con el Wellesley College ir a enseñar allí un año, a partir de septiembre de 1936. En ese momento nadie pensaba en la posibilidad de una guerra civil en España. Hice todos los arreglos para salir de España el último día de agosto.

K. Prue Reding y P. salinas en Massachusetts, 1936

El poeta y su familia vivieron en Boston durante los años 1937-1940, luego vivieron en Baltimore hasta 1943, cuando Salinas fue invitado a impartir clases en la Universidad del Río Piedras –Puerto Rico. Finalmente, en 1946 ocupó una cátedra en la Universidad Johns Hopkins de Baltimore.

El día 4 de diciembre de 1951, fallecía Pedro Salinas en una clínica de Boston de una enfermedad que se le declaró a principios de aquel año y cuya existencia la familia prefirió ocultarle.

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En 1982 fallecía también Katherine Prue Reding –para entonces, Katherine Whitmore–, aquella alumna americana de Salinas –una de las estudiantes que aparecen en la fotografía–, dejando un documento para la Houghton Library de la Universidad de Harvard, por el que autorizaba la publicación de un conjunto de cartas intercambiadas entre Salinas y ella, que el Centro custodiaba, si bien, debían respetarse dos condiciones imprescindibles; la primera, que no se publicaran hasta pasados veinte años del fallecimiento de su propietaria y, la segunda, que sólo se dieran a conocer las cartas escritas por el poeta. En ellas se encuentra la prosa de la que nacieron los versos de la Voz, la Razón y el Lamento de Pedro Salinas.

La próxima semana se pondrá a la venta el libro de Pedro Salinas Cartas a Katherine Whitmore (Tusquets), epistolario seleccionado, prologado y anotado por Enric Bou, y aceptado por los herederos del poeta, sus hijos Solita y Jaime, en el que se incluyen 151 de las 354 cartas que componen la colección. De hecho, la colección de cartas y poemas que Salinas envió a la profesora estadounidense entre 1932 y 1947 se puede consultar en la Houghton Library de la Universidad de Harvard desde el pasado 1 de julio de 1999, si bien ésta es la primera vez que se publican.

Dos de los poemarios más importantes de Pedro Salinas, La voz a ti debida y Razón de amor fueron publicados en 1933 y 1936, respectivamente, es decir, en plena explosión amorosa del autor y, consecuencia de ello, epistolar. El deslumbramiento del poeta ante la bella profesora de Kansas es incuestionable y confiere a estas cartas un valor complementario, pues en ellas su autor no busca la perfección estilística a la que aspira el creador, sino que su fin no es otro que seducir a quien le sedujo, olvidándose del resto de los mortales.

El que ha sido considerado como uno de los mejores poetas del amor de la literatura española del siglo XX se muestra en estas cartas como un enamorado más: exultante y feliz hasta rozar en ocasiones el humano y gozoso ridículo. Ayer, primer día de clase de literatura contemporánea, sin público, sin nadie. ¿Dónde estaba mi público? Tenía delante rostros torpes, ininteligentes, feos. ¿Dónde estaba mi sonrisa, mi rostro medio vuelto, mi inteligencia hecha persona, hecha delicia en atención? Me pasé el tiempo de clase diciendo una conferencia a la ventana, a lo que veía por la ventana. (Carta segunda).

La cronología de la relación y las pistas sobre la identidad de la dama las establece Jorge Guillén años después de la muerte de su gran amigo Salinas, y de ella deja sobria constancia Enric Bou: Katherine Prue Reding, nacida en Kansas en 1897, se especializó en lengua y literatura española por dicha Universidad. Más tarde enseñó en Richmond (Virginia) y, desde 1930, en Smith College, en Northampton (Massachusetts). Pasó el verano de 1932 en Madrid, donde conoció a Pedro Salinas. Unas semanas más tarde, regresó a Northampton. Katherine Reding pasó el curso académico 1934-1935 en Madrid, en donde quiso poner fin a la relación con el poeta tras comprobar que la mujer de Pedro Salinas, enterada del apasionado idilio, intentó suicidarse. La guerra civil y el exilio de Salinas y los suyos en Estados Unidos, en 1936, lo dificultaron. En 1939, Katherine decidió casarse con Brewer Whitmore, también profesor en Smith College, y adoptar su apellido. Mantuvieron todavía algún esporádico encuentro, aunque la relación al parecer había terminado tiempo atrás. En la primavera de 1951 se vieron por última vez. Meses más tarde, el 4 de diciembre de ese mismo año, moría Pedro Salinas. Katherine Whitmore murió en 1982.

Una intensa historia de amor que en realidad tuvo una corta existencia (dos veranos y un curso académico) y que, sin embargo, conmovió al poeta con una constancia, fuerza y creatividad difícilmente imaginables. La propia Whitmore explica en un texto de 1979: Fue emocionante, alegre, devastador y triste para ambos. Verdaderamente tenía Beauty and Wonder and Terror, cita del Epipsychidion de Shelley que sirve de prefacio en La voz a ti debida. Cuando releo sus cartas después de tantos años y paso las páginas de los exquisitos volúmenes que encuadernó especialmente para mí, me pregunto cómo el destino pudo ser tan amable.

EL PAÍS, DOMINGO, 7 de abril de 2002 (Extracto).

La relación, pues, pudo mantenerse en secreto desde  1934 hasta que más o menos un año después, Margarita Bonmatí la conoció e intentó suicidarse, aunque al final le salvaron la vida. Pero el suceso quebrantó la resistencia de Katherine, algo que, según parece, Salinas se negó a aceptar:

Le gustaba telefonearme por la noche desde su casa. Rechazó mi sugerencia de que no era una cosa muy prudente; y, muy a pesar mío, yo tenía razón. En febrero su mujer, Margarita, intentó suicidarse y se salvó de milagro. Nada volvió a ser lo mismo. La conmoción me devolvió a la realidad. Me di cuenta del carácter de nuestra relación y me sentí culpable. Estaba haciendo daño a otros. No era un “amor en vilo”, sino un amor que no tenía un lugar propio. Supuse que había llegado a su fin. Pero no para Pedro. Las cartas siguieron hasta 1947.

Como hemos adelantado, prácticamente nadie conocía la historia, aunque al parecer, algunos relacionaban La Voz a ti debida, con Katherine. Julián Marías, por ejemplo, que impartió clases en el Wellesley College en 1951–52 escribió: Se ha dicho que La voz a ti debida se había escrito pensando en ella; no lo sé; lo único que puedo decir es que lo merecía.

Finalmente, Katherine tendría que renunciar a una relación como ella deseaba: me casaría contigo sin vacilar–, porque Salinas no estaba dispuesto a cambiar la situación, ya que le había entregado el amor de que soy capaz, un amor en vilo y también porque, como él mismo confesó, entre otras cosas, tenía un miedo horrible a hacer el ridículo.

Katherine hizo algunos viajes a España y Francia para verse con el poeta, pero en 1939, cuando, después de pasar un curso en México, volvió  los Estados Unidos, se casó con Brewer Whitmore, un profesor del Smith College, que, en 1943 murió en un accidente de automóvil. 

Todo empezó cuando el primer día de clase en el Centro de Estudios Históricos, Katherine había llegado tarde y tuvo que sentarse al final de la sala, pero cuando Salinas la vio, sintió que su vida volvía a empezar:

Según te miraba empecé a ver cómo de tu propia carne, de tu propia figura salía el ser nuevo, nacía la criatura revelada. ¡Prodigio, milagro, asombro! Y lo más raro es que todo ello se verificaba, sucedía, sin que nadie se diera cuenta, más que yo – ni tú siquiera -, en un lugar y ambiente que nada tenían de milagrosos, en una clase…Nadie notó nada, nadie advirtió nada. Pero aquella noche, al salir de clase, el mundo llevaba encima una ilusión nueva, un anhelo más.

Katherine: Mantuve correspondencia con Pedro sin ningún remordimiento de conciencia o sentimiento de estar obrando mal. Él había hecho girar círculos de magia a mí alrededor con su don de palabra y visión poética. Yo estaba en otro mundo. Había ocurrido un milagro.

Pedro: No tengas temor, oye, de quitar a nadie nada, queriéndome, no. ¡Me lo dices tan delicadamente en tu carta! No, yo no soy ni seré peor para nadie por ti, no. Lo que tú me pides, lo que yo te doy en nada atenta a lo que debo a los demás. Tú en mí no serás algo malo, nada que robe algo a alguien, no… lo que a ti te doy a nadie se lo quito. 

Ayer la clase era una forma de tu huida; y tanto más dolorosa cuando que por ella viniste, cuando fue el lugar del mundo designado por los dioses –¡sí, sí por los dioses! – para tu aparición sobre la tierra. ¡Momento mágico, inolvidable en que yo vi surgir lentamente, de la nada, unos ojos, unos labios, un cuerpo, un ser humano detrás del cual sentí temblar una luz intacta, pura, nueva, de la vida! Te aseguro que la Mitología, que me gusta mucho, jamás ha hecho nada tan perfecto. Ningún nacimiento de Venus –ni el relieve griego de Botticelli – tiene ese patetismo, esa profundidad de sentimientos, que al verte a ti nacer, no sé de dónde, del olvido, de lo inexistente, del cielo, o más bien de ti misma. 

Pero hay otro aspecto destacable y acaso contradictorio en esta relación, que Salinas asumió desde el primer día; en ocasiones, se diría, incluso, que el poeta llega a sobrevalorar el papel que se había adjudicado a sí mismo y que entendía como la justificación de aquella relación extramatrimonial: ¿Es posible? ¿Tendré yo la suerte de ser elegido para en un momento difícil de tu vida salvarte de algo? ¡Qué gran justificación, ya, de mi papel a tu lado, de mi compañía! Ya no es por egoísmo por lo que debo seguirte a lo lejos en la vida, es por bien tuyo. Soy capaz de serte espiritualmente útil. Y me preparo, ¿sabes? Ante esta espléndida tarea: ayudarte a vivir, arrancarte de las fuerzas negras, de los poderes sombríos que te amenazaban. 

Ya estoy en casa. Muy bien acogido. Los chicos me rodean en busca de juguetes o bombones. Todos me hacen preguntas sobre mi viaje. Mi mujer no está contenta porque habría deseado que me quedara más tiempo. Y yo, en medio de todo esto, vivo en la doble vida, ya mía, siempre, que tú has añadido.

Salinas envió a Katherine los once poemas de Amor en Vilo, dos meses antes de la publicación de La voz a ti debida. Quizás fueran los que el poeta consideró mejores en el contexto del amor en vilo que le había ofrecido. En la misma carta aparecían las palabras del epígrafe del libro: Wonder, beauty, terror, como un mensaje personalísimo para Katherine: Te dije un día y lo veo siempre que hay en tus facciones tres cosas que dan una impresión de belleza superior, casi trágica: la frente, los pómulos, y las aletas de tu nariz. Tu rostro está en tensión, despierto, alerta, y a veces tiene esa calidad que es lo que más me gusta a mí en el mundo: lirismo patético, Wonder, beauty, terror. 

Parece conveniente recordar ahora que en el misma página Shelley incluía algunas palabras de la propia Emilia: El ánima amante se lanza fuera de la creación, y se crea en el infinito un Mundo todo para ella muy diverso de este oscuro y pavoroso abismo. 

Salinas, por su parte, mantiene la idea de Shelley / Viviani: 

                              Y su afanoso sueño 
                              de sombras, otra vez, será el retorno
                              a esta corporeidad mortal y rosa 
                              donde del amor inventa su infinito. 

Tras la publicación del libro, los lectores intentaron averiguar quién sería la mujer a la que estaba dedicado, o la que lo había inspirado, pero Salinas era hermético. Ya te dije –escribió a Katherine-, que muchos le buscaban clave. Y dado mi género de vida y mi carácter, claro es, no se la encuentran. No hay mujer alguna en quien pueda caer la sospecha. Las señoras amigas de ese grupo que te decía están muy intrigadas con eso. Todos los críticos dicen que el libro es muy humano y la gente se inclina a relacionarlo con alguien. No lo preguntan, claro, por discreción, pero se nota como una interrogación tácita. Miran alrededor buscando la protagonista. 

Salinas valoraba enormemente la calidad de su amor, que situaba por encima o al margen de todo lo demás, tanto que nunca aceptó que pudiera constituir un obstáculo en la relación con su esposa, ni comprendió los escrúpulos de Katherine, quien poco antes del fallecimiento del poeta le preguntó si no entendía que aquello tenía que terminar; Salinas le contestó, que no lo comprendía y que él, en su lugar, se habría sentido muy orgulloso.

Nuestro amor –escribió finalmente Katherine–, fue emocionante, alegre, devastador y triste para ambos.

                              ¡Qué olvidado el espejo, sí, el espejo,
                              en donde nos miramos una tarde
                              con nuestras caras juntas,
                              tan semejantes a los dos soñados,
                              que un deseo común nos subió al alma!:
                              no salir nunca de él, allí quedarnos,
                              igual que en una tumba,
                              mas tumba de vivir,
                              tumba clara, de azogue
                              donde dos seres vivos que la buscan,
                              la eternidad alcanzan de los muertos.
                              Tú te marchaste de él: era mi vida.
                              Y mientras yo contemplo en su vacío
                              poblado de fantasmas de reflejos,
                              la soledad que es siempre
                              mi cara si la veo sin la tuya,
                              tú, antes de ir a algún baile,
                              en otro espejo, sola, te miras a ti misma
                              con los ojos que un día prometieron
                              que sólo te verías en los míos.

De Largo Lamento.


1 comentario:

  1. Buenas: felicitarle por el artículo. Quisiera saber -si es posible- en qué lugar se puede encontrar la fotografía de Salinas y Prue Reding juntos en Massachusetts. Muchas gracias. Un saludo.

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