domingo, 8 de febrero de 2015

Cervantes se va a Italia.




Los padres de Miguel, Rodrigo de Cervantes y Leonor de Cortinas –si su registro de bautismo es auténtico-, parece que tuvieron siete hijos entre los años 1543 y 1554, de los cuales, el mayor, Andrés y el último, Juan, debieron morir muy pronto. Entre estos dos, Andrea, Luisa, Miguel, Rodrigo y Magdalena, a casi todos los cuales, conocemos por los registros de bautismo; excepto el menor, Juan, del que sabemos, muy indirectamente, porque aparece citado en el testamento de su padre, como fallecido mucho tiempo atrás.

Es un detalle curioso que los documentos siempre citen a la madre como doña Leonor, aunque sin apellido, del mismo modo que los que se refieren a sus hijas, a las que aplican el doña, si bien, adjudicándoles diversos apellidos, cuya procedencia puede ser bastante arbitraria. Por el contrario, el padre y los hijos varones jamás aparecen tratados de don.

Por otra parte, esos cinco hijos entre los que se encuentra Miguel, podrían y deberían llamarse Cervantes y Cortinas, pero no es así; ya que parece, como hemos adelantado, como si el apellido de doña Leonor no existiera. Ninguno de ellos será conocido como Cortinas, e incluso cuando el escritor se añada un segundo apellido en 1590, elegirá el de Saavedra, con el que ha pasado a la historia.

Poco sabemos, en realidad, de la infancia de estos hijos, excepto que el padre, médico/barbero, acosado por las deudas, se veía obligado a cambiar mucho de residencia, o incluso fue reducido a prisión, por lo mismo. Precisamente se hallaba preso por deudas cuando nació su hija pequeña, Magdalena.

La estancia de los Cervantes en Madrid consta ya en un documento del 2 de Diciembre de 1566, pero de lo que no cabe duda, es de que se encontraban en la nueva capital en 1568, cuando murieron, el Príncipe Carlos, hijo de Felipe II y la reina Isabel de Valois, su esposa, a la que Cervantes había dedicado un poema celebrando el nacimiento de su hija menor, Catalina Micaela, que más tarde sería publicado junto con el Panegírico que dedicó a la inesperada muerte de la Reina:

                  el mortífero accidente
                  fue tan oculto a la gente,
                  como el que no ve la llama
                  hasta que quemar se siente.


Historia y relación, Juan López de Hoyos (Madrid, 1569)

Oficialmente, el fallecimiento de Isabel de Valois fue una sorpresa para todo el mundo, y así parece expresarlo el alumno Cervantes, del cual no se sabe que asistiera a ningún otro colegio, de modo que todo parece indicar que sus inquietudes; su interés por la lectura -hasta de los papeles rotos que rodaban por la calle-; su afición a escribir, etc. proceden de las enseñanzas que supo darle el maestro López de Hoyos, quien además, valoró la capacidad de su alumno muy positivamente. López de Hoyos fue un entusiasta seguidor de Erasmo de Rotterdam, con cuyo espíritu enseñó a discernir a sus discípulos o alumnos, por sí mismos y, entre ellos, claro está, a Miguel de Cervantes.

Entre sus publicaciones, se conservan:

–Relación de la muerte y honras fúnebres del SS. Príncipe D. Carlos, hijo de la Mag. del Cathólico Rey D. Philippe el segundo nuestro señor (1568).

–Historia y relación verdadera de la enfermedad, felicísimo tránsito y suntuosas exequias de la Serenísima Reina de España Doña Isabel de Valois, nuestra señora... (Madrid: Pierres Cosin, 1569).

–Real apparato, y sumptuoso recebimiento con que Madrid ... rescibio a la Sereníssima reyna D Ana de Austria (1572).

Calle de la Villa. Madrid.

En todo caso, si los hechos suceden como parecen indicar algunos documentos, fue a partir de entonces cuando la vida de Cervantes empezó a despeñarse.

Para empezar, muchos detalles indican que Cervantes pudo estar al tanto de lo que ocurrió al Príncipe Carlos en el inexpugnable secreto del Alcázar de Madrid, a causa de la nunca explicada decisión de su padre de encerrarlo para siempre. Se han propuesto o incluso, inventado, diversos motivos para que el rey tomara semejante decisión, pero no hay un solo documento para probarlo, ya que don Felipe ordenó que todo papel relativo al príncipe fuera recopilado y quemado inmediatamente, como en otras ocasiones, explícitamente, sin leerlo

Sin embargo, Pedro Laynez, el poeta amigo de Cervantes, que era ayuda de Cámara del Príncipe, fue testigo de excepción la noche del arresto. No podemos decir que desvelara, grandes datos para nuestro conocimiento, pero sí pudo tener sus confidencias con Cervantes, cuya amistad mantuvo hasta la muerte, amistad que nuestro escritor continuó con la viuda del poeta.

Y yo era de guardia y cené esta noche en Palacio. Y a las once vi bajar a Su Majestad por la escalera, con el duque de Feria y el Prior, y el teniente de la guarda. El Rey venía armado debajo y con su casco, y tomó luego mi puerta y mandáronme cerrar y que no abriese a nadie. Llegaron a la cama del Príncipe, y cuando él dijo: 

-¿Quién está ahí?, ya los caballeros habían llegado a la cabecera y le habían quitado espada y daga, y el duque de Feria un arcabuz que tenía cargado con dos pelotas. A las voces que daba, dijeron:

-El Consejo de Estado, que está aquí. Y queriendo valerse de las armas y saltando de la cama, entró el Rey, y díjole el Príncipe:

-¿Qué me quiere Vuestra Majestad? A lo cual respondió: 

-Ahora lo veréis. 

Y luego comenzaron a clavar las puertas y ventanas, y le dijo el Rey que se estuviese en aquella pieza y no saliese de ella hasta que él mandase otra cosa. Y llamó al duque de Feria y le dijo: 

-Yo os doy a cargo el Príncipe, para que le tengáis y guardéis y estéis con él. 

Y lo mismo dijo a Ruy Gómez y al Prior y a Luis Quijada y al conde de Lerma y a don Rodrigo de Mendoza.

-Y le sirváis y regaléis, como no hagáis otra cosa que él os mande sin que yo primero lo sepa, y que todos le guardéis con gran lealtad, so pena que os daré por traidores. 

Aquí alzó el Príncipe grandes voces, diciendo:

-¡Máteme Vuestra Majestad, y no me prenda, porque es gran escándalo para el Reino; y si no, yo me mataré! 

Al cual respondió el Rey que no lo hiciese, que era cosa de locos. El Príncipe respondió:

-¡No lo haré como loco, sino como desesperado; que Vuestra Majestad me trata tan mal!

Y pasaron otras muchas razones, y ninguna se acabó, por no ser el lugar ni hora para ello. Su Majestad se salió, y el duque tomó todas las llaves de las puertas y echó fuera todos los ayudas y todos los demás criados del Príncipe, que no quedó ninguno; y por el retrete puso cuatro monteros y ocho alabarderos, los tres españoles, y cuatro alemanes y su teniente. Y fue luego por la puerta donde yo estaba y puso otros cuatro monteros y otra tanta guarda; y ansí, me dijo me fuese. 

Luego le tomaron todas las llaves de sus escritorios y cofres, y el Rey los hizo subir arriba, y echaron fuera las camas de los ayudas.—El duque y conde de Lerma y don Rodrigo le velaron esta noche. Las demás adelante, le velaron dos caballeros de seis en seis horas; digo de los que le tienen a cargo, que son, por todos, siete el duque, Ruy Gómez, Luis Quijada, conde de Lerma, don Rodrigo, don Fadrique y don Juan de Velasco; y éstos no meten allá armas. 

Los guardas no dejan llegar allá, de día ni de noche, a ninguno de nosotros. La mesa ponen dos de la cámara, y dos mayordomos salen al patio por la comida. No hay cuchillo. Todo va partido. No le dicen misa, ni la ha oído después que está preso.

Lunes, mandó el Rey venir a su cámara todos los Consejos con sus presidentes, y a cada uno de por sí (con lágrimas, según me certifica quien lo vio) les daba cuenta de la prisión del Príncipe su hijo, diciéndoles que era por cosas que convenían al servicio de Dios y del Reino.

Martes, 20 de Enero, llamó Su Majestad a su cámara a los del Consejo de Estado, y estuvieron allá desde la una de la tarde hasta las nueve de la noche. No se sabe qué se tratase. El Rey hace información. Secretario de ella es Hoyos. Hallóse el Rey al examen de los testigos; está escrito casi un jeme en alto; y dio al Consejo los privilegios de los mayorazgos (tal vez de uno), reyes y príncipes de Castilla, para que lo tengan visto. 

Reina y Princesa lloran. Don Juan va cada noche a Palacio, y una fue muy llano, como de luto, y el Rey le riñó y mandó anduviese como solía andar antes... 

Madrid vivió los primeros días en un desasosiego cercano al terror –aclara Astrana Marín, a quien sigo con frecuencia, aunque no siempre-; parecía una ciudad sitiada. El mismo Rey no se sentía seguro. Ningún correo, por orden suya, ni siquiera el oficial, salió de la Corte. A ningún particular, a pie ni a caballo, le fue permitido abandonarla. 

Todo el mundo esperó las explicaciones de don Felipe. Pero a todo el mundo defraudó, encerrado en una cautela que muchos encontraron delincuente. La Historia ha rehabilitado de no pocas acusaciones calumniosas a Felipe II; pero del excesivo rigor en el confinamiento de su hijo, que tuvo las trazas de ser perpetuo y que cortó la muerte del Príncipe, así como del asesinato tenebroso de Montigny, sin forma de proceso, no ha podido rehabilitarle todavía. 

Lo más extraño en las declaraciones del rey es el hecho de que aseguraba: mi determinación no depende de culpa ni desacato, ni es enderezada a castigo que pudiera tener su tiempo y término. ¿Es decir, que no hay culpa que castigar, pero tampoco límite para el castigo aplicado sin culpa?

Por otra parte -y vamos retomando la relación que hay entre este caso y Miguel de Cervantes-, cuando el papa Pío V, que demostró siempre simpatía hacia don Carlos, decidió enviar un mensajero a Madrid a dar el pésame, fue informado que su cortesía no era grata.

Mientras esto ocurría, Cervantes seguía asistiendo a las clases con López de Hoyos.
Firma del maestro de Cervantes, Juan López de Hoyos. Madrid, 29 de Enero de 1572

Es un maestro que admira y ama a su discípulo, a quien, como sabemos, se refiere como mi caro y amado discípulo, lo que implica que Cervantes era un buen discípulo de un buen maestro. Pero esto nos lleva a la dificultad de valorar el hecho de que estamos hablando del único maestro conocido que tuvo nuestro primer autor, aunque lo fuera muy poco tiempo; probablemente, no más de seis meses.

Pues bien, el 24 de julio de 1568 moría el príncipe Carlos en su encierro del Alcázar de Madrid y los alumnos de López de Hoyos, compusieron diferentes poemas en su recuerdo, que el maestro haría publicar más tarde. El día 3 de octubre fallecía también la reina Isabel de Valois, evento al que, como sabemos, Cervantes se refirió como el mortífero accidente. Tras ser enterrada en las Descalzas Reales, el Ayuntamiento volvió a encargar a la escuela los versos y leyendas que se colocarían en la iglesia. Así lo hizo el Maestro; entre los escritos, había cuatro de Cervantes. 

Estas quatro redondillas castellanas –escribió el maestro-, a la muerte de su magestad, en las quales, como en ellas parece, se usa de colores rethoricos, y en la última se habla con su magestad, son, con una elegia que aqui va, de Miguel de Cervantes, nuestro caro y amado discípulo. 

Tendría por entonces Miguel alrededor de 21 años de edad; algo mayor para el Estudio, sin duda, pero se debe a que la continua movilidad familiar, nunca le permitió, como dijimos, asistir clases regular ni reglamentariamente.

Se supone que desde el principio, conocido su carácter sociable, Cervantes asentó amistades duraderas, como las de Gabriel López Maldonado, Luis Gálvez de Montalvo, el citado Pedro Laínez, etc. y, posiblemente con Mateo Vázquez, el secretario de Felipe II, encargado de proseguir la causa contra Antonio Pérez. 

Probablemente, y gracias al apoyo del maestro, Cervantes tuviera el proyecto de continuar sus estudios, cuando, inesperadamente, aparece en Italia. ¿Qué había pasado y cómo lo sabemos?

Lo sabemos porque, con fecha 22 de diciembre de 1569, su padre solicita una especie de certificado –información-, a nombre de Miguel: Miguel de Çerbantes, mi hijo e de doña Leonor de Cortinas, mi lejitima muger, estante en corte Romana, le conviene probar e averiguar como es hijo legitimo mio e de la dicha mi muger y quel, ni yo, ni la dicha mi muger, ni mis padres ni aguelos, ni los de la dicha mi muger hayan sido ni semos moros, judios, conversos ni reconciliados por el santo Oficio de la Inquisicion ni por otra ninguna justicia de caso de infamia, antes han sido e somos muy buenos cristianos viejos, limpios de toda raiz; a V.M. pido mande hacer informacion de los testigos que acerca de lo susodicho presentare, la qual hecha me la mande dar por testimonio signado interponiendo en ella su autoridad e decreto para que valga e haga fee en juizio y fuera del y pido justicia e para ello.

Por lo que se sabe, para entrar al servicio de una casa, por grande que fuera, no se pedían hidalguías; tampoco para ingresar en el ejército, aunque quizás sí lo era para matricularse en la universidad. Tal vez ese fuera el propósito de Cervantes, dentro de lo que se puede deducir, pero no fue así. Además, apenas hacía diez años que se publicó la Pragmática por la que se prohibía a los estudiantes de estos reinos pasar a estudiar en universidades fuera de ellos. Así pues, si tal era el proyecto de Miguel, tampoco lo daría a conocer su padre. ¿Qué había pasado?

Pues pasó –se cree-, de acuerdo con un documento encontrado en Simancas, ya en 1840, que Cervantes se habría convertido en prófugo de la justicia, y que, no sin razón, prefirió escapar a Italia, ya que la pena contenida en dicho documento, consistía, ni más ni menos, que en diez años de destierro, lo cual apenas tendría importancia, si no fuera, porque previamente el titular de la orden de busca y captura, era condenado a que con vergüenza pública le fuese cortada la mano derecha, entre otras cosas...! ¿Y todo eso, ¿por qué? Por haber tenido una riña o desafío. ¿Cómo es posible?

A bos, Juan de Medina, nuestro alguacil, salud y graçia, sepáis que por los alcaldes de nuestra casa y corte se ha procedido y procedió en Rebeldía contra un Miguel de Cervantes, ausente, sobre Razón de haber dado ciertas heridas en esta corte A Antonio de Sigura, andante en esta corte, sobre lo qual El dicho miguel de Cerbantes, por los dichos nuestros alcaldes, fue condenado a que con vergüenza publica le fuese cortada la mano derecha y en destierro de nuestros Reynos por tiempo de diez años y en otras penas contenydas en la dicha sentencia; y para que lo en ella contenydo aya efeto […] 

abiendo sido informado de los dichos nuestros alcaldes que el dicho Miguel de Cerbantes se andaba por estos nuestros Reynos y que estaba en la ciudad de Sebilla y en otras partes, e por ellos visto, fue acordado que debiamos de mandar dar esta nuestra carta para vos, en la dicha Razon, y nos tuvímoslo por bien porque vos mandamos que luego que os fuere entregada con bara de la nuestra Justiçia, vais a la dicha cibdad de Sebilla y a todas las otras partes. billas y lugares destos nuestros Reynos y Señorios que fuere neçesario, y prendais el cuerpo del dicho Myguel de Cerbantes, y preso con los bienes que tuviere y a buen Recaudo, le traed a la carcel Real desta nuestra corte, para que, estando en ella, bista por los dichos nuestros alcaldes su causa, se provea lo que sea justiçia; 

y sy para hazer y cumplir lo suso dicho o qualquier cosa e parte dello fabor e ayuda obieredes menester, mandamos a todos e qualesquier juezes e justiçias y a otras quelesquier personas de qualquier estado y condiçión que sean destos nuestros Reynos e señorios, que os lo den y hagan dar, so las penas que de nuestra parte les pusiereis en las quales y en cada vna dellas los habemos por condenados, lo contrario haziendo, dandos y haziendos dar posadas que no sea mesones y los bastimentos necesarios a precios justos y moderados, sin los encarecer mas de como entrellos valen; que para todo ello y para llebar e traer bara de la nuestra Justiçia os damos poder cumplido, sigun que en tal caso se Requiere; y no fagades ny fagan ende al por alguna manera, sopena de la nuestra merçed y de cada diez myll maravedis para la nuestra camara, fecha en Madrid A quinze de Septiembre de myll e quinientos y sesenta e nuebe años, el ldo salazar, el ldo hortiz, el ldo hernan Velazquez, el ldo aluar garcia de Toledo. Juan de Elorregui» (Firma y rúbrica).

Provisión de los Alcaldes de Casa y Corte, mandando prender a Miguel de Cervantes. Archivo General de Simancas. Registro General del Sello. IX. 1569. 

Lo más sorprendente; la orden es de fecha 15 de septiembre de 1569 y en ella se cree que el condenado se encuentra en Sevilla u otras partes; es decir, que no saben dónde se encuentra exactamente. Bien, pues el día 22 de diciembre de ese año, por si la Justicia anda despistada, Rodrigo de Cervantes, padre de Miguel, presenta una solicitud de certificación de limpieza o de hidalguía para Miguel, a cuyo efecto, como hemos visto, informa que su hijo se encuentra en Roma y que él sabe exactamente dónde. ¿Cómo es posible, si sabe o sospecha que lo están buscando?

Si se trataba de un duelo, como dice la orden, ¿por qué sólo se condena a una parte? Y ¿por qué una condena tan desproporcionada y cruel, por un simple daño de heridas? Se entiende que tenía que haber algo más que un duelo e incluso algo más que heridas. Se entiende que el denunciante trabajaba para Felipe II en sus amadísimas obras y se entiende que la discusión se debería, más bien, al asunto que bullía silenciosamente en el ambiente: la muerte del príncipe, seguida de la de la reina, cuando ambas permanecían envueltas en el mayor de los secretos. 

No todo el mundo pensaba igual, como sabemos y, seguramente, muchos creyeron que el secreto que cayó sobre estos asuntos, tenía la finalidad de encubrir algo. Otros en cambio, pensarían que lo que el rey hacía, estaba bien hecho, especialmente si trabajaban para él, como el propio herido en el supuesto duelo-, algo que, como bien se sabe, no podía lograr cualquiera, por ejemplo, Cervantes.

Sin embargo, esto no anula, en absoluto, la posibilidad de que la orden se refiriera a otro Miguel de Cervantes, cuya existencia, la mayor parte de los autores niegan, aunque algunos la admiten. Sólo esta posibilidad explicaría la razón por la que su padre no tuvo ningún temor en desvelar el lugar donde se encontraba su hijo, aunque, por otra parte, abriría de nuevo el interrogante sobre las causas que decidieron a Cervantes a abandonar el reino.

Ahora bien, puestos a plantear teorías, parece llegado el momento de exponer una que parece muy sencilla y lógica, aunque, claro está, no deja de proceder del terreno de las deducciones. 

¿Por qué no aceptar que Cervantes viajó a Roma voluntariamente, y no como prófugo de la justicia real? 

Que estuvo al servicio de G. Acquaviva, es algo fuera de duda, documentado y comentado por el propio escritor en la dedicatoria de La Galatea a Ascanio Colona, donde escribe: Juntando a esto el efecto de reverencia  que hacían en mi ánimo las cosas, que como en profecía oí muchas veces decir de V.S.I. al cardenal Acquaviva, siendo yo su camarero en Roma.

Giulio Acquaviva d'Aragona

Dicho esto, podemos empezar a deducir, en unos casos, y a asociar datos, en otros; por ejemplo, que el Señor Giulio Acquaviva desembarcó en España con el pie izquierdo, ya que desde un principio, a causa de ciertas desavenencias entre Felipe II y el pontífice, se le dijo que no sería bien recibido y se le facilitó un pasaporte de vuelta, con caducidad y dentro de un plazo ridículo. 

Además de las desavenencias, muy constantes, por otra parte, entre la Corona y el Pontífice, Felipe II había hecho saber, extraoficialmente, que no aceptaría condolencias por el príncipe Carlos. En tercer lugar, para cuando Acquaviva llegó, también había muerto la reina. 

Venía Acquaviva, a pesar de su mal pie, precedido por carta del entonces embajador en Roma, hombre jamás sospechoso por ningún concepto, y servidor incondicional del rey, don Juan de Zúñiga, que presentaba al legado como mozo muy virtuoso y de muchas letras, algo que probablemente constituye se mejor definición.

Giulio Acquaviva d’Aragona, que era hijo del duque de Atri nació en Nápoles en 1546 y murió en Roma en 1574 –con apenas 28 años de edad–.

M. Fdez. de Navarrete. Retrato anónimo en el Museo Naval. Madrid.

Martín Fernández de Navarrete, Marino e historiador, admirable por muchas causas, fue autor –entre otras obras notabilísimas–, de una biografía de Cervantes, que se sitúa como la segunda mejor documentada en la época, después de la de Mayans y Siscar, y no por orden de valores, sino porque fue la segunda en el tiempo. 

Pues bien, Navarrete copia en su biografía de Cervantes, lo que Chacón escribió en la Historia latina de los Pontífices Romanos, sobre este viaje del legado Acquaviva, basándose en documentos conservados en Simancas, como la citada carta del embajador Zúñiga.

A la S. C. R. M. del Rey nuestro Señor: 

S. C. R. M: Su Sanctidad envía á Julio Aquaviva, camarero y refrendario suyo, á condolerse con V. M. de la muerte del príncipe nuestro señor, que haya gloria. No podía nombrar su B. persona que de mejor gana fuese á besar las manos á V. M., ni mas aficion. tuviese á su servicio: cabrá muy bien en él toda la merced y favor que V. M. fuere servido hacerle, porque demás de que cumple como debe con su obligación de vasallo de V. M., es mozo muy virtuoso y de muchas letras, y de quien se puede sperar mucho servicio, porque pasará adelante en esta corte: y pues él dará cuenta á V. M. de la salud de su Sanctidad y de las particularidades que fuere servido saber, no tendré yo para que alargarme en esta. 

N. Sr. la muy real persona de V. guarde por muy largos años, y sus reinos-prospere como la cristiandad lo ha menester y los criados y vasallos de V. M. deseamos. 

De Roma á 9 de setiembre de 1568. =D. V. M. hechura, vasallo y criado que sus muy reales pies y manos besa: D. Juan de Zúñiga.

Y acompaña otro documento, que contiene la respuesta de la Corte:

Cédula de paso en Aranjuez á 2 de diciembre de I 568. A Monseñor de Aquaviva, que los dias pasados vino de Roma con cierta embajada, vuelva allá; y lleva cinco docenas de guantes adobados de ámbar y flores, una cuera adobada de ámbar, una docena de calcetas de seda, y ropa blanca de servicio, y algunos fruteros y tobajas de ellas labradas de oro, dos candeleros y una tocasalva de plata que trajo de Roma, y otros vestidos y aderezos de su persona y criados, y mil ducados en dinero de oro y plata: término de sesenta dias por Aragon y Valencia.

A pesar de la brevísima permanencia de Acquaviva en España -aceptando que se trata de un hombre de muchas letras-, ¿sería tan extraño que conociera al Maestro López de Hoyos y que este le hablara de su alumno favorito, el cual ya superaba la edad escolar y necesitaba un empleo?

Hay casos muy conocidos de jóvenes que, tras cometer un asesinato u homicidio, se vieron obligados a escapar de una pena de muerte segura, eligiendo Italia o Indias como destino y entrando al servicio en algún Tercio, donde la identidad o la propia historia, no preocupaban demasiado a nadie. Ahora bien, se trata de crímenes confesadas por ellos mismos en sus respectivas biografías, y en todo caso, siempre acuden a protegerse en los Tercios, no al servicio de ningún cardenal romano.

En resumen, el que causó las heridas a Segura, ¿tenía que ser necesariamente el escritor? No sin dudas. ¿Entraría al servicio del cardenal si fuera prófugo de la justicia y este se expondría a encubrirlo frente al rey de España? No olvidemos que lo primero que exige es una ejecutoria actualizada del pretendiente. 

Fernández Navarrete también considera que la información de hidalguía pedida por su padre […] no se compagina con la dura orden de prisión y castigo fulminada contra el fugitivo, cuyo paradero se descubre y declara.

A este respecto, escribió Astrana Marín, nuestro defensor más defensor de Cervantes y su imagen: De igual endeblez peca el otro argumento. Confesar los padres de Cervantes -22 de Diciembre de 1569- que su hijo estaba en Roma, si bien descubría y declaraba el paradero, ¿qué importaba? En Roma era soberano Pío V y no Felipe II, y justamente para evadirse de la justicia española huían entonces los culpables a aquellos Estados de Italia en que no ejercía jurisdicción. 

Quedarían aún por analizar ciertos pasajes biográficos del propio Cervantes, cuando, años después -1614-, habla de un evento que torció su vida para siempre. Se queja, en el capítulo IV del Viaje del Parnaso, de su mala fortuna, ante Timbreo -Apolo-, hace que el dios le recuerde la causa inicial de sus desdichas: página emocionante, llena de dolor, desgarradora, que sólo admite par con el Prólogo del Persiles, más autobiográfica que ninguna, en que Cervantes va pasando revista a su producción literaria, como testamento que legase a la posteridad; donde nos habla de sus primeras ilusiones poéticas, de sus amores, de sus esperanzas desvanecidas, de sus pensamientos libres de adulación, de la honradez de su existencia, en pago de todo lo cual su fortuna es tan corta, que no tiene ni capa que le cubra los hombros, Página que debe reproducirse íntegra, porque con esta llave nos abrió Miguel su corazón. 



                  …vienen las malas suertes atrasadas, 
                  y toman tan de lejos la corriente,
                  que son temidas, pero no escusadas.

                  Tú mismo te has forjado tu ventura,
                  y yo te he visto alguna vez con ella;
                  pero en el imprudente poco dura.
                  Mas si quieres salir de tu querella 
                  alegre, y no confuso, y consolado, 
                  dobla tu capa y siéntate sobre ella;

                  —Bien parece, señor, que no se advierte— 
                  le respondí— que yo no tengo capa.—
                  Él dijo: —Aunque sea así, gusto de verte. 

Habla, pues, Cervantes de una imprudencia personal, que le acarrearía muchas dificultades, pero no parece que batirse en duelo se considerara entonces como una imprudencia, ni tampoco podemos saber en qué habría cambiado su vida, que a pesar de las palabras de López de Hoyos, tampoco parecía muy prometedora, como bien puede verse a lo largo de toda su historia, si observamos su entorno familiar. Peor suerte supondría, realmente, el hecho de tener que pasar diez años en Argel, pero Cervantes no fue a parar allí por ninguna imprudencia, sino por simple azar del destino, ya que podía, simplemente, haber embarcado en una nave distinta de la que fue apresada, dentro de la misma flotilla.

Como dato curioso aportado por Astrana Marín, en referencia a un Antonio de Segura, Aparejador de las Obras de los Reales Alcázares de Madrid, Aranjuez y El Pardo. Parece que, confiando en que el rey le iba a conceder una pensión para su hijo Melchor, hizo testamento en 1601, ordenando 200 ducados para su hija María y su segunda esposa, Marta de Liébana, así como una buena cantidad de misas para todos sus parientes. 

En 1604, añadía un codicilo por el cual se anularía todo, incluidas las misas que había ordenado se dijesen por las almas de su padre, de su madre, de Ana y de Gabriela de Segura, sus hijas; de Pascuala de Roa, su primera mujer, de Cristóbal, Hernando, Bernarda y Catalina de Segura, sus hermanos, y de Diego Rodríguez, Marcos Ramírez, Francisco Rodríguez e Isabel de Roa, sus cuñados. ¡Al diablo la familia! ¿Misas? ¡Que se pudran todos en el infierno! -Remata Astrana-.

Y todo esto ¿por qué? Porque la pensión del hijo no ha sido concedida, a cuyo efecto, el buen Segura, le da al rey un plazo de dos años, transcurridos los cuales, todo lo que pensaba legar a sus familiares, pasaría a ese hijo, después de anular, por ejemplo, el gasto previsto en misas. Curioso personaje, ciertamente, en el que, en opinión de Astrana, hallaría Cervantes un mal enemigo, por disponer este de tanta confianza, por parte del rey. 

Firma, en documento inédito, del Antonio de Segura albañil. 
Madrid, 21 de Enero de 1569.

Para terminar, añadiremos, de nuevo siguiendo a Astrana –quien a pesar de sus errores, apreciaciones, e incondicional admiración, casi ciega, dudo mucho que nadie se haya entregado al trabajo de elaborar una biografía de Cervantes, con más pasión y entrega que él–; las hay mejores, las hay más objetivas; las hay más modernas, las hay más todo, pero no más apasionadas.

Pues bien, Astrana cree que antes de emprender su viaje a Italia, Cervantes dominaría la Gramática latina, con su poco de griego; la Retórica y Poética, Matemáticas, algunos clásicos, corrientes a la sazón en las aulas, donde traduciría a Cicerón, Ovidio, Virgilio, retazos de Séneca, Propercio y Catulo, y no le faltarían sus puntas grecizantes para ir penetrando en San Juan Crisóstomo. Varios libros italianos completarían sus Humanidades. 

López de Hoyos, con sus chispas algo pedantescas, achaque de todos los preceptores del tiempo, era hombre de vastísima cultura, muy imbuido de Erasmo, de Juan Luis Vives, de los Valdés y del espíritu independiente de la mayoría de los humanistas de entonces. Conocía a fondo la Antigüedad clásica, la Historia y la Epigrafía, la Sagrada Escritura y Santos Padres, con abundante noticia de escritores y poetas modernos. También poetizaba, en latín y en castellano, aunque falto de natural, quiero decir, de inspiración. Su nombre, pues, si no llega al de su contemporáneo Mal-Lara, corre a los alcances, con haber muerto joven, de Jiménez Patón. González de Salas y Francisco Cascales, que alcanzaron el apogeo de la Literatura años después; y su inteligencia, su cultura, su carácter entero, su bondad y llaneza y su condición independiente, debieron de ejercer poderoso influjo en Cervantes. 

Finalmente, si seguimos de nuevo al propio Cervantes, percibiremos su emoción cuando se aproxima a la ciudad de Roma, pues la describe en el Persiles, como una experiencia personal muy emocionante.

Visión de la llegada a Roma desde la Puerta del Popolo.

Finalmente, Cervantes llegaba a la Ciudad Eterna y por entonces, aún disponía de sus dos manos.



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