lunes, 16 de febrero de 2015

Cervantes. Los seis aventureros de España.



Los seis aventureros de España, y como el uno va a las Indias, y el otro a Italia, y el otro a Flandes, y el otro está preso, y el otro anda entre pleitos, y el otro entra en religión. E como en España no hay más gente destas seis personas sobredichas. 

Vasco Díaz Tanco de Fregenal, Jardín del alma cristiana (Valladolid, 1552).

Según la precedente revisión sociológica, que, evidentemente, está de acuerdo con los datos del momento histórico que tratamos, Cervantes tuvo en su vida la oportunidad, o, más bien la necesidad, de encuadrarse en tres o cuatro de estos seis tipos de aventureros: el que va a Italia, el que está preso y el que anda entre pleitos, por no contar el de ponerse al servicio del que sí entra en religión, como es el caso, y aun podríamos añadir una clase más, previa a todas las demás, y que no cita el autor: la de solicitante o pretendiente en Corte.

Sabemos bien que Cervantes, además de sus estancias en Madrid, siguió a la corte, primero la de Felipe II en Lisboa y, después la de Felipe III en Valladolid, siempre en busca, no ya de una merced, que sólo podían obtener otros personajes más señalados, sino de cualquier encargo o trabajo con sueldo, quedando sus intentos casi siempre frustrados, excepto cuando conseguía algo que, en definitiva, le resultaba más caro que el propio salario. Pronto veremos sus complejas peripecias como empleado de la Corona, tanto en la vida administrativa, como en el ejército, donde buena parte de lo que cobra, aunque suene como merced, es siempre a cuenta de lo que se le debe.

Así pues, que Monseñor Acquaviva, salió de España el 30 de diciembre de 1568, en el plazo y la vía que se le habían señalado en el salvoconducto; sesenta días, por Aragón y Valencia.

Parece seguro que Cervantes estuvo a su servicio en Roma, pero, sorprendentemente, durante muy poco tiempo; desde febrero o marzo de 1570, es decir, cuando sólo habían pasado dos o tres meses desde la vuelta de Acquaviva a Roma, hasta que se alistó en el ejército, siendo enviado a Nápoles. 

Esto nos plantea una nueva incógnita: ¿cómo un muchacho sin experiencia ni apoyos y, en realidad, extranjero, fue contratado como camarero de un cardenal romano? Y aun suponiendo una simpatía personal del clérigo hacia el poeta, ¿qué pasó para que su servicio fuera tan breve? ¿en qué consistió su trabajo y donde se preparó el escritor para hacerlo? ¿Hablaba Cervantes italiano?

En todo caso, hallaría en la Ciudad Eterna, una vida difícil, aunque no en el sentido que podemos suponer, sino porque aquella cosmopolita ciudad podía mostrar su faceta menos acogedora, difícil y hasta peligrosa, para un joven de veintidós o veintitrés años, presumiblemente sin ninguna experiencia para afrontar las costumbres que describiría pocos años después, otro gran amigo suyo, Luis Gálvez de Montalvo –autor de El Pastor de Filida–, en carta del 13 de julio de 1587 dirigida al Duque de Francavila.

  


La vida de Roma es, señor, de harto trabajo, do no basta la mucha merced que el cardenal –Ascanio Colonna– me hace para poderla sufrir. Está todo tan estragado y malo de suyo, que sin duda ha de ser mal hombre el que se hallare bien: la mentira, la lisonja, la poca fe, el engaño tan avecindados, que cada uno come con ellos y duerme; y ansí, cuando recuerdan algunos, se hallan donde es imposible salir. No hay un real, y hay cien mil trapazas; las cárceles, llenas de españoles; los italianos parecen mozos de mulas, toda la vida cantándonos infamias; las calles, llenas de putanas, casadas y por casar; doce mil están en lista, dolas al diablo, y apenas hay quien las mire a la cara, trátase la sodomía con menos recato, harto menos, que comer un huevo en viernes. ¡Bravo caso, aquí donde se topa a cada paso un vicario de Cristo, y tantas y tan grandes reliquias que se puede llamar archivo del cielo!

Una definición que parece contradecir el hecho de que a Cervantes se le exigiera información de limpieza para optar al servicio de Acquaviva. Pero la realidad histórica abona el caso; es evidente, que la falta de limpieza, pesaba en el orden de valores mucho más que la mentira el engaño, cualquier delito meritorio de cárcel o las putanas, a las que según Montalvo nadie mira a la cara, porque prima la sodomía, de la que se habla más abiertamente, que de comer un huevo el viernes, asunto, como se sabe, de notoria gravedad.

Como dice Cipión a Berganza, en el Coloquio de los Perros: los señores, para recebir un criado, primero le espulgan el linaje, ante cuya necesidad, es evidente que todo lo demás carece de importancia. Por eso, como sabemos, el padre de Cervantes se había apresurado a solicitar su certificado, con fecha de 22 de diciembre de 1569.

Muy magnífico señor: Rodrigo de Çerbantes, andante en corte, digo que Miguel de Çerbantes, mi hijo e de doña Leonor de Cortinas, mi lejítima muger, estante en corte Romana, le conviene probar e averiguar como es hijo legítimo mío e de la dicha mi muger, y quél, ni yo, ni la dicha mi muger, ni mis padres ni aguelos, ni los de la dicha mi muger hayan sido ni somos moros, judíos, conversos ni reconciliados por el Santo Oficio de la Inquisición ni por otra ninguna justicia de caso de infamia, antes han sido e somos muy buenos cristianos viejos, limpios de toda raiz; a v. m. pido mande hacer información de los testigos que acerca de lo susodicho presentare, la qual hecha me la mande dar por testimonio signado, interponiendo en ella su autoridad e decreto para que valga e haga fee en juizio y fuera dél, y pido justicia e para ello &c Rodrigo de Cervantes.

Para entonces, los ejércitos turcos habían avanzado sin apenas tropiezos, conquistando Belgrado y derrotando al ejército húngaro en Mohakcz –donde murió Ludwig Jagellon, el cuñado del Emperador Fernando, hermano de Carlos V–, y llegando a poner cerco a Viena. Por otra parte habían colapsado el tráfico marítimo en el Mediterráneo; habían caído sobre Rodas y se habían impuesto, en definitiva, en pleno Renacimiento del mundo occidental cristiano. Sólo su nombre significativo de una gran fuerza naval, durante el siglo, fueron la pesadilla constante –dice Astrana–, pues a cada momento, como decía el Cura en el Quijote, se tenía por cierto que el Turco bajaba con una poderosa armada, y que no se sabía su designio, ni adónde había de descargar tan gran nublado; y con este temor, con que casi cada año nos toca arma, estaba puesta en ella toda la cristiandad.

Por entonces, era Malta la que estaba en peligro. Entre tanto, en España, don Juan de Austria había derrotado y destruido a los moriscos de las Alpujarras en una guerra sin cuartel entre 1568 y 1570. Pero el ataque a Malta fracasó cuando la isla recibió los famosos socorros, por lo que los turcos dirigieron su mirada hacia Chipre, por entonces, propiedad de Venecia, que, al parecer, completamente desprevenida, temió, con razón, que estaba en peligro, no sólo Chipre, sino la propia República. Se impuso, pues la necesidad de levantar fortificaciones, en tanto se hacía recuento de la flota, que, en aquel momento contaba con 136 galeras, 11 galeazas, un galeón y unas cuantas embarcaciones auxiliares; cifras, en ningún caso, equiparables a la temida potencia turca.

Francia vivía en guerra entre católicos y hugonotes; Inglaterra luchaba contra un insurrección de católicos en el norte, mientras que el propio Maximiliano había asentado treguas con el Imperio Turco y, Portugal, por su parte, luchaba contra una gravísima oleada de peste en Lisboa. No podemos hablar pues, de unidad entre los cristianos en aquel momento, cuando Venecia decidió solicitar ayuda al Papa, Pío V.

El pontífice ofreció el concurso de una flotilla de doce galeras armadas a su costa, que capitanearía Marco Antonio Colonna, Duque de Pagliano y Tagliacozzo, pero sobre todo, envió una carta a Felipe II.

Marco Antonio Colonna

Roma a 5 de Marzo de 1570: Pío, Papa V. 

Muy amado hijo: Cuando atentamente me pongo a considerar el estado que al presente tiene la república cristiana y hallo en ella tanta miseria y desventura, tanta aflicción y trabajo, no puedo dejar de recibir un pesar y un sentimiento tan entrañable… 

A cualquier parte que vuelvo los ojos veo enflaquecida la cristiandad y las fuerzas de nuestra fe, … Apenas tomamos el cargo de servidumbre apostólica, cuando el Gran Turco, con poderoso ejército de pie y de a caballo, entró por Hungría a sujetar lo poco que allí le faltaba para ser suya, y puso en tanto aprieto a Maximiliano, electo Emperador, y en tanto miedo a toda Alemania, que si Dios, por su infinita misericordia, no amansara el furor desta guerra con la muerte del tirano, no solamente asolara aquellas provincias, mas aquí en Italia corriéramos el mismo riesgo y desventura... 

El Turco, nuestro común y cruel enemigo, quebrantando las antiguas treguas que con los venecianos tenía, se apercibe agora de poderosa armada y por tierra de grandes ejércitos para acometer a la cristindad, amenazando a los príncipes della con muerte y total destrucción de sus reinos y ciudades... 

Mirad lo que los turcos señorean las tierras y provincias que mandan, … pretenden sojuzgar a Europa; y para temer que puedan salir con sus propósitos, que en breve se hicieron dueños de Asia y de lo mejor de Africa, y, después, de toda Grecia; y luego pasaron a Hungría y tienen de ella lo más importante, que tenernos puesto el cuchillo a la garganta, porque siendo aquella tierra la defensa y amparo de Alemania y Italia, ahora que es suya, abierta tienen la puerta por Instre y Frexe, para meter !os ejércitos que quisieren: por mar, en menos de una noche, pueden llegar su armada a Brindis desde la Belona…

Así que, hijo mío y muy amado en Jesucristo, a quien Dios Todopoderoso adorno de tan extremas virtudes, y de tantos y tan abundosos reinos os hizo señor, sed vos el primero que persuadais a los demás a esta Liga contra los turcos. Ninguno de ellos habrá que no siga vuestro parecer y autoridad; ninguno de los reinos dejará de tomar este negocio y pelear por propio y particular suyo. 

Yo también, de muy entera y alegre voluntad, ayudaré con lo que pudiere a tan justos movimientos... Y en tanto que se concluye esta general concordia y defensa común, y en tanto que se adereza lo necesario de ella, ruego a V. M. por las entrañas de Jesucristo, y le requiero, que envíe luego la mayor armada que pudiere a Italia, porque estará allí a propósito para que, si los enemigos viniesen sobre Malta, puedan defenderla, como lo hicieron otra vez, y si cercaren a la Goleta, con más facilidad será socorrida; y cuando acometiesen, como se teme, a Chipre, isla de venecianos, y cerrasen el paso para estorbar el socorro que le fuese enviado, estando las galeras de V. M. juntas con las de Venecia, los turcos no se harán señores de la mar… con ayuda de Dios.

Esto pido a V. M. con el encarecimiento posible, porque entiendo claramente que si la armada de V. M. se pasase en Sicilia, sería un freno terrible para los enemigos y gran desmayo para cuanto emprendiesen; y los nuestros, en cualquier parte que sean acometidos, tendrán por cierto el socorro. 

Yo de mi parte, por la conversión y guarda de mi ganado, por defenderle, muy aparejado estoy a tomar cualquier trabajo y ponerme a cualquier peligro.

… envío al Maestro Torres, de nuestra Cámara, persona a quien por su bondad y virtud tenemos particular afición, y siendo tan leal vasallo de V. M., ha venido más a propósito encargarle este negocio; y así, todo lo que de mi parte propusiere, rogamos a V. M. le dé el mismo crédito que a mí.

***
Cuando llegó Luis de Torres, estaba el rey en Córdoba, donde informó sobre su próximo casamiento con Anna de Austria. Salía en aquellos momentos para Sevilla y en menos de veinticuatro horas, envió una carta a Ruy Gómez de Silva –Príncipe de Éboli–, diciéndole que ordenara a los virreyes de Italia y a Andrea Doria que cumplieran todas las instrucciones y órdenes del Papa. Pensaba Felipe II que prestando aquel apoyo y obediencia al pontífice le obligaría y ganaría su benevolencia para muchas cosas y ocasiones de utilidad y honor a la corona de España, es decir, que pensaba cobrarse el favor más adelante –en los Países Bajos, o en Italia, o en su propio reino–, y en aquel momento, lo que menos le importaba era quién mandara la flota de la Liga que, al fin y al cabo, era un proyecto del Papa.

El Consejo se opuso, aunque no muy enérgicamente, y, nunca negándose a cumplir la decisión del rey, pero aprovechando la oportunidad para criticar la actitud del pontífice; por una parte, porque en medio del furor de dos guerras presentes no se había condolido de los trabajos y cuidados del Rey, y por otra, porque continuamente intentaba reducir la jurisdicción y la autoridad real en Milán y en Nápoles, además de no considerar de dónde había de sacar el dinero para tantos gastos. De hecho no cambiaron ni un ápice la decisión de Felipe II, quien, como sabemos, pensaba resarcirse a corto o largo plazo.

Acto seguido, el rey escribió a Andrea Doria –Almirante de Sicilia–, ordenándole que uniera sus fuerzas a las de Venecia y del pontífice. Después escribió también al Marqués de Santa Cruz, explicándole que por complacer al Papa había mandado a Juan Andrea Doria que con todas la galeras de España asistiera a Sicilia y que él mismo, acatase las órdenes que aquel le diese.

Córdoba, a 24 de Abril de 1570. 

Habiendo enviado S.S. a D. Luis, de Torres, clérigo de cámara, a tratar conmigo de su parte algunos negocios de importancia, y entre ellos a pedirme sea yo servido de dar orden que se junten en el nuestro reino de Sicilia la mayor banda de galeras que se pudiere de las nuestras y de las que andan a nuestro sueldo, para lo que se podrá ofrecer, abajando la armada del turco este verano, como se tiene por cierto, he holgado mucho de ello por complacer a S.S., y así envío a mandar a Joan Andrea que con todas las galeras que hubiese juntado, conforme a la orden que se tiene dada de antes para atender a lo de la Goleta, asista en el dicho reino de Sicilia y por aquellas partes: de lo cual os he querido avisar para que lo tengáis entendido, y para que en todo lo que se ofreciere de nuestro servicio sigáis la orden que él os diere, conforme a una cédula nuestra que le habemos mandado enviar, que yo seré dello muy servido, y de que me aviséis de todo lo que se ofreciere.

Las mismas órdenes fueron detalladas dos meses y medio más tarde, cuando Felipe II ya había vuelto al Escorial: 

El Rey.

—Marqués, –de Santa Cruz–, pariente: Habiendo entendido por cartas de mi embajador en Roma, lo mucho que S.S. desea que con las galeras que se ha ordenado a Juan Andrea Doria que se junten en Sicilia y estén a punto para lo que se ofreciere, vaya a juntarse con las que S.S. ha mandado armar para socorro de los venecianos, y con las de aquella república; con el deseo que tengo de complacerle en todo, me he resuelto en ordenar a Juan Andrea que así lo haga, y que obedezca a Marco Antonio Colonna como a general de las galeras de S.S., y siga su estandarte el tiempo que durare la dicha junta; de lo cual os he querido avisar para que lo tengáis entendido, y encargaros, como lo hago, que con las galeras de vuestro cargo hagáis lo que el dicho Juan Andrea os ordenare en nuestro nombre, teniendo cuidado, como vos le tenéis, que vayan proveídas de todo lo necesario, como conviene para semejante jornada.—Del Escurial, a 15 de Julio de 1570.—Yo el Rey.—Antonio Pérez.

Después, Felipe II envió poderes a don Juan de Zúñiga, su embajador en Roma, para que junto con los cardenales Granvela y Pacheco, acordara los términos de su participación en la Liga con Venecia y el Papa. 

Cuando Felipe II llegó a Sevilla, se detuvo el tiempo justo para cumplir el objetivo de aquel sorprendente e inhabitual desplazamiento de su persona; la ciudad contribuyó con seiscientos mil ducados para los gastos de la boda, por lo que según Cabrera de Córdoba, estimó el monarca que Sevilla era leal, noble y poderosa. –Bien podía–. remata Astrana.

Así pues, empezaron las conversaciones, en las que Venecia, según costumbre trató de imponer sus condiciones, exigiendo que el socorro se limitase a la defensa de Chipre. Lógicamente, se dio el mando general de las tropas del pontífice a Marco Antonio Colonna.

Fue entonces cuando se alistó Cervantes, aunque no se sabe exactamente qué le llevó a cambiar el servicio de Acquaviva, por el de las armas, sino fue, como apunta irónicamente Astrana:

                  A la guerra me lleva
                  mi necesidad
                  si tuviera dineros,
                  no fuera, en verdad.

Porque dos cosas –dice Antonio Gallo, famoso tratadista militar–, obligan al hombre a salir de su patria a ser soldado: la primera, por ser inclinado a las armas y ganar honra en el exercicio dellas; la segunda, por ser pobre y no se poder sustentar conforme su persona. Si bien –añadía–, un hombre inconsciente o temerario, nunca debería integrarse en el ejército, porque: El que no teme el peligro nunca sale bien dél, por lo cual en el arte militar no se han de listar los que son amigos de pendencias. 

Cervantes, por su parte, asegura en el Persiles, que el soldado ideal es aquel que pasa de las letras a las armas: no hay mejores soldados que los que se trasplantan de la tierra de los estudios en los campos de la guerra; ninguno salió de estudiante para soldado que no lo fuese por extremo, porque cuando se avienen y se juntan las fuerzas con el ingenio y el ingenio con las fuerzas, hacen un compuesto milagroso.

Otro asunto que crea dudas es, además del por qué, el de con quién se alistó Cervantes exactamente, puesto que él mismo dice haber seguido algunos años las vencedoras banderas de Colonna. Según los cálculos, algunos años, equivale a dos años y tres meses, lo que nos lleva al día 26 de octubre de 1572, fecha en que se disolvió la Liga. Lo cierto es, que, como hemos visto, ya se alistara con don Juan de Austria, con Andrea Doria, o con Santa Cruz, estaría bajo las órdenes de Colonna, quien ostentaba el mando de las tropas pontificias y el de todas las fuerzas de la Liga.

Habida cuenta de que en la época, un soldado no tenía especialidad de cuerpo, podía pertenecer a la Infantería, pero servir en la Armada, no como marinero, sino también en calidad de Infante; se supone que Cervantes se alistó en el Tercio de Nápoles, entonces bajo dominio español, al mando de Álvaro de Sande.

D. Juan de Austria, Andrea Doria, de Sebastiano del Piombo y Álvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz

Tampoco sabemos si Cervantes llegó a Nápoles por mar o por tierra, ni si fue en verano o en invierno, aunque se presume esta última estación, porque, como dice Quevedo, allí, la insana canícula, suele transcurrir ladrando llamas.

A través de Mateo Alemán, sabemos cómo se hacía la gente o la recluta. El Consejo de Guerra nombraba Capitanes al efecto, de acuerdo con las necesidades de cada año. Entonces salía el alférez con la bandera seguido por tambores y recorría la ciudad en cuestión, anunciando la leva. Una vez realizado el aviso, se colocaba la bandera en la ventana del edificio donde debían acudir los voluntarios, que se inscribían a la orden del capitán de conducta; un curioso personaje, que solía encantusar a los hombres, con la promesa de muy buenas pagas, fiestas continuas y noches de vino y fiestas. La verdad, es que Quevedo, gran fotógrafo de la realidad, decía que cuando aquellos hombres querían dárselas de héroes y valerosos, solían decir: ¡Qué trances hemos pasado, camarada, y qué tragos,–solamente lo de los tragos se les creyera.

Formada la compañía, los hombres eran embarcados, aun considerando seriamente la eventualidad de que a última hora, algunos desertaran, tras haber cobrado su paga de asiento

Al parecer, Cervantes no pasó por la recluta, sino que se presentó directamente a Andrea Doria, y así empezó a disfrutar de la vida en Italia, a la que se refiere en El Licenciado Vidriera, pero también observaría el brutal comportamiento que, muy a menudo caracterizaba a los soldados españoles, habituados a ser protegidos y a la ausencia de castigos, para equilibrar la falta o el retraso permanente de las pagas.

Riña entre soldados –en este caso, a cuenta de los naipes–, ante la embajada de España –La Rissa–. Atribuido a Velázquez. Pallavicini Collection. Roma.

El entretenimiento favorito de los soldados en mar y tierra.—Naipes del tiempo de Cervantes.

Así describe Cristóbal de Villalón en su Viaje de Turquía, la actitud de buena parte de aquellos soldados: 

Cuando éste y otros tales llegaban a la posada del pobre labrador italiano, luego entraban riñendo: 

–¡Pese a tal con el puto villano! ¿Cada día me habéis de dar fruta y vitella no más? Corre, mozo, mátale dos gallinas, y para mañana, por vida de tal que yo mate el pavón y la pava; no me dejes pollastre ni presuto en casa ni en la estrada.

De acuerdo con Astrana, las Cortes de Castilla denunciaron muchas veces estos abusos, de los que también se haría eco Calderón de la Barca, pero lo cierto es, que cuando la decadencia se hizo evidente, los Tercios no se libraron; la falta creciente de pagas hacía temer continuos motines y provocaba sanguinarios abusos y crueles saqueos cuando entraban en una ciudad –generalmente, enemiga, aunque también ocurría en ciudades amigas–, ya que ello constituía en ocasiones, su única compensación.

Cuando Felipe II llegó a San Quintín y observó la violencia del saqueo que se estaba llevando a cabo, quiso ordenar que se impidiera aquella barbarie, pero le fue aconsejado, que sería mejor que no lo intentara; los hombres de los Tercios, buenos soldados, siempre mal pagados y peor entretenidos, consideraban que aquello era un derecho inviolable.

Por lo que respecta a la vida en las galeras de Nápoles, descubría el Licenciado Vidriera la extraña vida de aquellas marítimas casas, adonde lo más del tiempo maltratan las chinches, roban los forzados, enfadan los marineros, destruyen los ratones y fatigan las maretas… del frío de las centinelas, del peligro de los asaltos, del espanto de las batallas, de la hambre de los cercos, de la ruina de las minas, con otras cosas deste jaez, que algunos las toman y tienen por añadiduras del peso de la soldadesca y son la carga principal della.

Pues ¡y las pagas, que nunca venían corrientes! A la verdad, la vida del soldado, por gustosa que fuera, tenía poco de apetecible; y todos ellos, si a veces podían pavonearse con el arcabuz al hombro y fieros los mostachos (mientras algunas pagas juntas sonaban en la faldriquera), a menudo pasaban largos paréntesis sin cobrar un maravedí con la descomodidad presumible. 

Sabido es que la familia de Cervantes nunca cobró, a la muerte de su hermano Rodrigo, sus pagas atrasados como Alférez en un Tercio de Flandes. Con verdadero conocimiento de causa, escribió Miguel en el Quijote

no hay ninguno más pobre en la misma pobreza –que el soldado–, porque está atenido a la miseria de su paga, que viene o tarde o nunca, o a lo que garbeare por sus manos, con notable peligro de su vida y de su conciencia; y a veces suele ser su desnudez tanta, que un coleto acuchillado le sirve de gala y de camisa, y en la mitad del invierno se suele reparar de las inclemencias del cielo, estando en la campaña rasa, con solo el aliento de su boca, que como sale de lugar vacío, tengo por averiguado que debe de salir frío, contra toda naturaleza.

A pesar de todo, existía toda una precisa normativa acerca del comportamiento y la actitud del soldado; así, escribe el citado Antonio Gallo: No sea perezoso ni duerma mucho, que es muy ruin costumbre para soldado y no será estimado. Sea curioso de saber bien jugar las armas, que es parte muy necesaria, así pique como espada y daga, broquel y rodela, arcabuz y mosquete, que para infantería es bueno e importante... guárdese de afrentar a persona ninguna, que no tendrá sueño descansado, y la diligencia que pusiere en guardarse, pondrán los otros en buscarle; y cuando se ofreciere ocasión, ofenda con la espada y no con la lengua. 

Ya años antes, en referencia a los soldados de los Tercios, escribió Marcos de Isaba, en su Cuerpo enfermo de la Milicia Española: con Discursos y auisos, para que pueda ser curado, vtiles y de prouecho. Compuesto por el Capitan Marcos de Isaba Castellano de Capua: Acabado por el Teniente Miguel Guerrero de Caseda, a cuyo cargo estuvo el Castillo de la ciudad de Capua... publicado en Madrid, en 1594: El soldado ha de entender que se despoja de la libertad que ha tenido; El buen soldado ha de tener mucha paciencia, si el sueldo o paga se entretuviesen, y cualquier cosa que le mande su oficial la pondrá en ejecución, sin andar en preguntas o respuestas, etc.

El licenciado Francisco Márquez Torres, en la Aprobación de la Segunda Parte del Quijote, fechada en Madrid a 27 de Febrero de 1615, dice que muchos caballeros franceses, de los que vinieron con el embajador duque de Mayenne, le preguntaron muy por menor la edad de Cervantes, su profesión, calidad y cantidad. Y añade: Halléme obligado a decir que era viejo, soldado, hidalgo y pobre.

Cervantes, fue arcabucero, y así, su imagen en aquel momento, era un soldado con el arcabuz al hombro, en marcha, o de ronda o de posta, es decir, de guardia o centinela.

Hay dos detalles más dentro de la milicia, que parece interesante destacar, antes de volver con Cervantes y su arcabuz. En primer lugar, que, en teoría los pretendientes menores de veinte años no eran admitidos, aunque como aclara Astrana, en un tiempo en que la edad se determina por el aspeto, y no por un documento fidedigno, si el menor presentaba una apariencia de edad y fortaleza, no tenía ninguna dificultad para alistarse.

En segundo lugar, hay que destacar la categoría y consideración de un Capitán de los Tercios, que era de la mayor importancia y responsabilidad. Su grado de compromiso resulta evidente cuando leemos acerca de la guerra en los Países Bajos; bajo el mando del Duque de Alba, son los Capitanes los que dirigen, encabezan y mandan todas las acciones militares. Julián Romero constituye todo un paradigma.

Julián Romero y su santo patrono. 1612 – 1618. El Greco o Escuela. Óleo/Lienzo
207 cm x 127 cm. Museo del Prado.

Se identifica al caballero santiaguista como Julián Romero, el de las Hazañas (c.1518-1578), un valeroso soldado que alcanzó primero el grado de capitán de los Tercios y luego el de Maestre de Campo, además de ser varias veces comendador de Santiago. Fue uno de los artífices del triunfo de Felipe II en San Quintín (1557), y participó en importantes campañas en Holanda, junto al duque de Alba, y en Italia.

Quedaría, por último, aclarar el motivo por el que los Tercios siempre están destacados fuera de España; la península estaba totalmente tranquila en aquel momento y apenas había guarnición permanente, excepto las relativamente pequeñas guardias normales del Alcázar, por ejemplo, así como las levas que pudieran hacer en algún momento de necesidad, algunos de los más importantes señores del reino.

En cuanto a Cervantes, como hemos apuntado, no fue sólo soldado de tierra, sino más bien, soldado de mar, aunque no estrictamente marinero. En su Memorial a Felipe II de 21 de Mayo de 1590, declaró haber servido a Su Majestad muchos años en las jornadas de mar y tierra

Aunque la vida de las galeras era, en muchos aspectos, similar a la de los campamentos, siempre era más agudo el malestar y la incomodidad cuando se navegaba. De acuerdo con el Obispo de Mondoñedo, Antonio de Guevara, en su célebre Libro de los inventores del arte de marear y de los muchos trabajos que se pasan en las galeras

En la mar, se sufre hambre, frío, sed; calor, fuego, fiebre, dolores, enemigos, tristezas, desdichas y enojos padecen doblados los que navegan… a merced del viento que no los trastorne y de la espantable agua que no los ahogue.

Todos en la galera, incluidos soldados y marineros, gozaban de protección y tenían derecho a paga o soldada, excepto los forzados, que navegaban en condición de esclavos. A medio día recibían el rancho: habas o garbanzos, si había, en su defecto, mazamorra, un compuesto de harina de maíz, y un cuartillo de aceite y no recibían vino, salvo en ocasiones muy excepcionales.

La vida de estos forzados, era horrorosa y Cervantes la describe con exactitud y gran detalle, creando asimismo, aunque literariamente, la ocasión de que don Quijote se arriesgue a ayudar a un grupo de condenados al remo, a conseguir la libertad, fuera cual fuere la causa por la que fueran enviados a galeras, encadenados unos a otros, porque el héroe loco sueña con librarlos de su terrible destino. Solían remar encadenados al banco y su salvación era prácticamente imposible en caso de naufragio; remaban sometidos al cómitre, que no les daba tregua, y recibían frecuentes latigazos sin la menor posibilidad de protegerse de ellos. 
***


El 1º de Julio la escuadra turca amarraba en Chipre, junto a la ciudad de Limisso –Limasol-, en la bahía de Akrotiri. Venecia creía que Famagusta sería atacada, y allí envió refuerzos. Pero a última hora decidieron atacar Nicosia, la capital.

El 25 de julio empezó el asedio, que los defensores, a pesar de su inferioridad, resistieron con energía, haciendo incluso una salida en pleno calor del mediodía, durante la cual llevaron a cabo una terrible matanza, cuya venganza aceleró su caída, que se produjo el 9 de septiembre, seguida del degüello de sus defensores. 30.000 chipriotas fueron sacrificados y 20.000 entregados al cautiverio. Hubo veinticuatro horas de saqueo, al que siguió el incendio general y matanzas dispersas por toda la capital, que horrorizaron a la cristiandad. Cervantes recordaba el desastre en su novela El amante liberal

¡Oh, lamentables ruinas de la desdichada Nicosia, apenas enjutas de la sangre de vuestros valerosos y mal afortunados defensores! Si, como carecéis de sentido, le tuviérades ahora, en esta soledad donde estamos...

***

Durante el resto del verano, la armada veneciana permaneció amarrada en la costa de Dalmacia, hasta que se produjo una oleada de peste, que obligó a su traslado a Corfú. Fue entonces cuando llegó la carta de Felipe II en la que ordenaba que Doria se pusiera al servicio de Colonna y que sus galeras, con las de Santa Cruz, debían reunirse en Sicilia con las del Papa. La orden, que salió del Escorial a finales de julio, alcanzó a las galeras reales –en las que se encontraba Cervantes-, cuando llegaron a Mesina

Doria llegó a Otranto, donde ya se encontraba Colonna, el 21 de agosto, y se reunió con los venecianos en Corfú. Su flota contaba con 49 galeras reforzadas con 5.000 españoles y 2.000 italianos, municiones y despensa. El 30 de agosto, llegaron a Candia, donde dos días después llegaron 50 galeras venecianas.

Todos los generales debatieron sobre el punto al que debían dirigirse; Colonna, como representante de Venecia, propuso acudir en defensa de la isla de Chipre, pero Doria propuso hacer un recuento de fuerzas, antes de decidir. Observó que la armada veneciana estaba mal provista y aparejada, y que precisaba aumentar el número de embarcaciones, así como el de remeros y soldados, añadiendo que también era preciso reconocer las fuerzas del adversario, ya que si resultaban ser muy superiores, como se creía, las naves cristinas deberían eludir el enfrentamiento, y no arriesgarse frente a una escuadra, entonces considerada invencible.

Sin embargo, se recibieron informes de que había muy pocas galeras enemigas, lo que animó a los venecianos a combatir, y, a pesar de que Doria sospechó de la información, se ignoró su criterio.

Pronto surgió la diferencia de actitudes y opiniones entre Doria y Colonna, a quien el primero se negó a obedecer tras observar su falta de experiencia en el mando de una escuadra semejante.


Después de que dos galeras espías que llegaron a Kalamata, llevaron la noticia de la pérdida de Nicosia, y tras varias tempestades, seguidas de desórdenes, malentendidos y diferencias, Doria creyó que ya no tenía sentido ayudar a los venecianos y decidió volver a Italia, pero entonces los venecianos pensaron que, en ese caso, Venecia sería irremediablemente atacada, por lo que Doria prometió de nuevo su apoyo, pero no convenció a Colonna.

-Si yo –preguntó este a Doria-, en virtud de la comisión que tengo, le ordenase que no se parta, ¿obedecerá?

-No habiendo ocasión de pelear ni de hacer empresa –respondería Doria-, tengo libertad para hacer lo que conviene al servicio de mi rey.

La distancia se agrandó entre ambos, y Doria se vio obligado a dar explicaciones al rey de España, sobre las acusaciones vertidas contra él, tanto por Venecia como por el Papa. Álvaro de Bazán volvió a Nápoles en diciembre y se dispuso a invernar. Entre su gente estaba Cervantes.

Venecia, pues, dudaba de la buena fe de los españoles; pero España dudaba también de Venecia, pues había sospechas de que trataban una paz, separada y secreta, con los turcos. Pío V, asistido por Granvela, decidió, a pesar de las diferencias,  mantener su acuerdo con Felipe II frente al ejército turco, cada vez más crecido y hasta entonces, invencible.

***

El 12 de Noviembre se celebraba en Segovia la boda de Felipe II con su sobrina Ana de Austria. 

Ana de Austria. Sánchez Coello. Museo Lázaro Galdiano, Madrid.

Ana de Austria llegó a Santander, el 3 de Octubre e hizo su entrada solemne en Burgos, desde donde viajó a Valladolid. Cabe recordar que ella había nacido en Cigales muy cerca de aquella ciudad, durante la regencia de sus padres, Maximiliano y María, la hermana de Felipe II, quien la esperaba en Segovia, con su otra hermana, Juana y hasta allí escoltaron a Ana sus hermanos Rodolfo, Ernesto, Alberto, y Wenceslao, que se educaban en España. La boda se celebró en la catedral y hubo numerosos festejos, excepto las acostumbradas corridas de toros, que Pío V había condenado y prohibido explícitamente y para siempre, en 1567.

Poco antes de la boda, don Juan de Austria, había dado por terminada la guerra de las Alpujarras, acción que, en cierto modo, parece que cumplió a su pesar, vista la carta que envió Ruy Gómez, Príncipe de Éboli: Es grande el número de los moriscos que han salido desta sola parte, y hanse echado con menos que mil soldados, con la mayor lástima del mundo, porque al tiempo de la salida cargó tanta agua, viento y nieve, que, cierto, se quedaban en el camino a la madre la hija, y la mujer al marido, y a la viuda su criatura. No se niegue que ver la despoblación de un Reino es la mayor compasión que se puede imaginar. Al fin, señor, esto es hecho. 

A mediados de diciembre volvió don Juan a Madrid, para recibir órdenes acerca de su nuevo destino, es decir: el mando de la armada de la Liga.

Posiblemente, Cervantes se encontrara para entonces en Nápoles, basándose los investigadores en las palabras del escritor en el Viaje del Parnaso, donde dice que permaneció allí más de un año.

El Papa decidió la elección de don Juan de Austria, con los generales Marco Antonio Colonna y Sebastián Veniero, para mandar la Liga perpetua contra el Turco y sus reinos tributarios, Argel, Túnez, Trípoli.

—Las fuerzas sean doscientas galeras, cien naves, cincuenta mil infantes, cuatro mil y quinientos caballos con municiones y aparatos –artillería-. Los generales estén en fin de Marzo o Abril en los mares de Levante con sus armadas. Embistiendo el Turco alguno de los coligados, envíe la Liga ayuda suficiente, o vayan todos, si es necesario. Los confederados asistan en Roma por sus embajadores al Otoño, para deliberar la jornada que se hará a la Primavera siguiente. Pague el Pontífice tres mil infantes, doscientos y setenta caballos y doce galeras. El Rey Católico, de lo restante, contribuya con tres quintos, y dos Venecia. La República dé al Pontífice las galeras armadas y artilladas, con que él las pague o restituya salvas. Ponga cada uno más fuerzas en tierra o mar, según tuviere aparejo, y satisfágase de lo demás... De las diferencias entre los confederados, sea juez el Pontífice. Ninguno pueda hacer paz con el Turco sin consentimiento de los demás coligados.

El 20 de Mayo se publicaba la Liga contra el Turco y el 25 asumía el mando oficialmente don Juan de Austria, quien tras recibir detalladísimas instrucciones de Felipe II, junto con su secretario, Juan de Soto, salió de Madrid el día 6 de Junio, acompañado por un gran séquito de nobles y gentilhombres. El día 9 recibía cartas de Roma, en las que urgían su presencia en Mesina.

En Barcelona se reunió con su lugarteniente, Luis de Requeséns –el prudente, maduro y mesurado hermano de don Juan de Zúñiga-, con quien Felipe II se proponía equilibrar –o acaso, frenar–, a don Juan. En Barcelona se reunieron todas las fuerzas disponibles, acudiendo asimismo Alejandro Farnesio. También llegaron los Tercios que habían luchado en las Alpujarras; el de Lope de Figueroa y el de Miguel de Moncada, los dos en los que militaría Cervantes: en el primero como soldado de la compañía de Ponce de León y en el segundo, en la de Diego de Urbina.

A primeros de julio, se esperaba la llegada del Marqués de Santa Cruz, pero Felipe II –que estos altibajos tiene en su vida, según Astrana-, había concebido ciertas desconfianza hacía don Juan, porque sospechaba que se dejaba tratar de Alteza, lo que le movió a enviarle una carta en la que le prohibía tajantemente que admitiera aquel tratamiento. El asunto, aunque parece menor, afectó profundamente a don Juan, que no creía haber merecido semejante reprobación, que, por otra parte, Felipe II no dudó en comunicar a todos cuantos acompañaban a su hermano. Así pues, llegó don Juan a plantearse –no sabemos con qué grado de convicción-, que quizás hubiera sido mejor que se dedicara a la vida religiosa, como deseaba su padre, y no tener que someterse a tan ácidas reconvenciones, que en aquel caso, entendió como una absoluta injusticia, puesto que sobre su obediencia a las órdenes reales, no cabía la menor duda. 

El asunto provocó muchas habladurías y cierto escándalo, ya que, en la práctica, fue una verdadera ofensa a la dignidad de don Juan, que a la vez le restaba autoridad, por el hecho de que el rey se lo comunicara a todos sus compañeros, en lugar de tratarlo con don Juan de boca, habiendo tenido ocasión sobrada para hacerlo. Unos creen que el rey pretendía bajarle los humos, pero muchos más, que estaba celoso de su enorme celebridad y de la simpatía y el afecto general con que era recibido y tratado en todas partes… algo que al monarca no le había pasado nunca.

Muy grande merced me ha hecho V. M. en mandar a Antonio Pérez se me envíe traslado de lo que se escribe a los ministros de Italia cerca del tratamiento que se me ha de hacer -de Excelencia-; y no sólo me será de mucho gusto conformarme con la voluntad de V. M. en este particular, pero aún holgaría de poder adevinar sus pensamientos en todo lo demás para seguirlos, como lo he de hacer. 

Sólo me atreveré, con la humildad y respeto que debo, a decir que me fuera de infinito favor y merced que V. M. se sirviera tratar conmigo ahí, de su boca, lo que en esta parte deseaba, por dos fines: el principal, porque en cosas de esta cualidad no es servicio de V. M. que ninguno de sus ministros hayan de conferir conmigo lo que es su voluntad, pues ninguno dellos está tan obligado a procurarla como yo; lo otro, porque hubiera hecho antes de partir de ahí algunas prevenciones enderezadas al mismo fin, que se consiguiera, como V. M. lo quiere y con menos rumor. Y por lo que debo a haberme hecho Dios hermano de V. M. no puedo excusarme de decir no dejar de sentir haber yo por mí valido tan poco, que cuando todos creían merecía con V. M. más y esperaban verlo, veo por su mandato la prueba de lo contrario, igualándome entre muchos, no merecida, cierto, en mi ánimo; porque de tenerle yo harto más enderezado al servicio de V. M. que a vanidades ni a otras cosas tales, hago a Dios testigo y de la pena que me da esta ocasión por solamente ver la poca satisfacción qué de mí se muestra... 

Al parecer, Requeséns puso todo su empeño, sin lograrlo, en convencer a don Juan de que el asunto carecía de importancia, porque él conocía a su hermano y sabía que nunca hablaba gratuitamente.

El 26 de Julio de 1571, a bordo de la nave Capitana llegaba don Juan a Génova, donde tuvo un fastuoso recibimiento por parte de españoles e italianos. El 5 de agosto, salió en compañía de su sobrino Alejandro Farnesio, junto al cual llegaba cuatro días después a Nápoles, donde Granvela le ofreció un fastuoso recibimiento. Cervantes pudo muy bien encontrarse allí con su hermano Rodrigo, que se supone llegó en las galeras del Marqués de Santa Cruz. 

La semana siguiente recibía don Juan el bastón de mando, así como el famoso estandarte de la Liga, de damasco azul: Toma, dichoso príncipe, la insignia del verdadero Verbo humanado; toma la viva señal de la Santa Fe de que en esta empresa eres defensor. Él te dé la victoria gloriosa del enemigo impío, y por tu mano sea abatida su soberbia. –Dijo públicamente el pontífice, tratando de Príncipe a don Juan.

El día 24 de agosto llegaba a Mesina, donde ya se encontraba la mayor parte de fuerzas de la Liga, siendo objeto de nuevo, de un grandioso recibimiento.

En total, trescientas embarcaciones y ochenta mil hombres, que don Juan tuvo que redistribuir a causa de las carencias de la flota veneciana, siendo esta la causa de que Cervantes pasara a las galeras de Andrea Oria y a la compañía de Urbina. 

En Nápoles y en Mesina pudo ver Miguel a algunos de sus amigos escritores; así, Juan Rufo, Gabriel López Maldonado, Pedro Laínez, Andrés Rey de Artieda y Cristóbal de Virués, muchos de los cuales tomarían notas y contribuirían a crear la gran literatura en torno al combate de Lepanto. Así, la Relación de la guerra de Chipre y suceso de la batalla naval de Lepanto, la Canción por la victoria de Lepanto y Soneto, de Fernando de Herrera; la Felicísima victoria, de Corte Real; La Araucana (III), de Ercilla; La Austríada, de Rufo; El Monserrate, de Virués, etc. 

Una semana después de la llegada a Mesina, no había noticias de la flota turca, lo que unido a la llegada del otoño, hizo pensar a algunos de los capitanes que tal vez fuera mejor dejar la empresa para el año siguiente, a pesar de las grandes dificultades de abastecimiento que conllevaría tal retraso. Finalmente se decidió poner proa hacia Corfú, en busca de la armada turca y, en todo caso, estar apercibidos para un enfrentamiento inmediato, si esta aparecía.


***
Don Juan convocó a los generales a un Consejo, en el que se decidió salir en busca de los turcos de inmediato, medida con la que don Juan se mostró de acuerdo, si bien, por orden de Felipe II, no estaba autorizado a tomar ninguna decisión, aunque procediera del Papa o de Venecia, sin antes consultar el parecer de Requeséns, Santa Cruz y Andrea Doria, por lo que tras consultarlos, el día 14 dio orden de partida.

El día siguiente, tras enviar por delante algunas naves en dirección a Corfú, la flota salió del puerto de Mesina. Navegaba en la vanguardia Andrea Doria cuyas naves se distinguían por estandartes verdes; el cuerpo central los llevaba azules, además de portar el gran estandarte de la Liga en la galera Real. A su derecha la capitana del Papa con Marco antonio Colonna y a su izquierda Sebastián Veniero con la Capitana de Saboya y el príncipe de Urbino.

Seguía un tercer escuadrón con banderines amarillos; en una de sus galeras, la Marquesa, iba Cervantes. Un cuarto escuadrón se distinguía por sus gallardetes blancos.

Navegaron toda la noche, esperando encontrarse con la flota turca, que tampoco apareció entonces.

Recorrido el mar Jónico, el día 26 de septiembre llegaban a Corfú, donde se supo que Alí Pachá estaba en Preveza, en el golfo de Arta, por lo que don Juan volvió a reunir al Consejo, al que asistieron, Colonna, Veniero, Barbarigo, Requeséns, Santa Cruz, Doria y Cardona, además de los Príncipes de Parma y Urbino, Miguel de Moncada y el Conde de Priego.

Doria propuso atacar Navarino, plaza fuerte de los turcos en el Peloponeso –Morea–, pero Santa Cruz y Colonna, se mostraron partidarios de buscar la flota turca y atacarla, dondequiera que se encontrase; esta última propuesta pareció la mejor a don Juan.

Al amanecer el día 3 de octubre se dirigieron a Cefalonia, donde llegaron al día siguiente, para ser informados de la catástrofe acaecida en Famagusta, cobrada por los turcos tras una larga e insoportable resistencia de cinco mil hombres asediados por ciento veinte mil, viéndose obligados a capitular el día 30 de julio, bajo condiciones que, habiendo sido aceptadas por los vencedores, no fueron después respetadas, procediendo estos a los habituales saqueos y matanzas, librándose sólo los soldados que, de acuerdo con las capitulaciones ya habían embarcado para trasladarse a Candía –Creta–, pero solo para pasar a la esclavitud, una vez evacuados de las naves por la fuerza. Por último, tras secuestrar a las mujeres, toda la isla de Chipre fue incendiada.

El día 5 de octubre por la noche, la escuadra turca se encontraba en Patras, mientras la de la Liga, salía del puerto de Fiskardo. Tanto unos como otros desconocían el número de naves y efectivos del contrario, tendiendo ambos a minimizar las posibilidades del otro, excepto el famoso Uluch Alí, quién daba por sentado que, siendo don Juan hermano de Felipe II, no acudiría indefenso. Pero no fue escuchado, por Alí–Pachá.

Día 6 de octubre: Alí Pachá sale de Patras y se dirige al puerto de Galata, mientras que don Juan navega a lo largo de las Curzolari –Echinades–, frente a la costa de Albania. Ni uno ni otro son conscientes de su proximidad.

Amanece el domingo, 7 de octubre de 1571. Cervantes navega enfermo en su galera veneciana. A las seis menos cuarto, poco antes de amanecer, la escuadra de la Liga se dispone a doblar la punta del Cabo Skrofa, cuando un vigía de la nave real, descubre las velas turcas, que, con toda seguridad, van a efectuar la misma operación de avance desde el Este.


Don Juan se embarcó en una fragata, con Luis de Cardona, Caballerizo Mayor, y con su inseparable secretario Juan de Soto, y visitó toda la flota animando a la gente. Poco después sonó una cañonazo turco pidiendo batalla, que la armada cristiana respondió mostrando su aceptación.

Bajo cubierta y sumido en la fiebre, Cervantes percibe los primeros movimientos de alarma.

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