lunes, 23 de febrero de 2015

Las troyanas, Eurípides –Τρωάδες, Εὐριπίδης: Otra imagen de los héroes griegos.


Despedida de Héctor y Andrómaca. Luca Ferrari

Las Troyanas formaba parte de una tetralogía compuesta por tres tragedias y un drama satírico: Alejandro –sobre el origen de la Guerra de Troya–, Palamedes, que se desarrollaba durante el asedio de la ciudad, poco antes del inicio de la narración de la Ilíada y, Las Troyanas, que, finalmente, muestra el absoluto infortunio de las mujeres supervivientes tras la caída de Troya en manos de los griegos. La cuarta parte es el drama satírico Sísifo.

Fue estrenada, con Alejandro y Palamedes, en las Grandes Dionisias durante la 91ª Olimpiada, el año 415 aC. en las que Eurípides obtuvo el segundo premio.

Alejandro es el hijo de Príamo y Hécuba, al que conocemos mejor como Paris. Casandra, la adivina que padecía la maldición de que sus pronósticos nunca fueran creídos, anunció que Troya sería destruida si Paris conservaba la vida. 

Por ese motivo Hécuba y su hermano Deífobo, abandonan a Paris para que muera, pero es recogido por un pastor que lo encuentra siendo amamantado por una osa. Más tarde se convertirá en el ganador de los juegos funerarios dedicados a su propia persona, y es recibido en la familia de Príamo, a pesar del malestar que provoca en aquellos nobles a los que ha arrebatado el premio, cuando él procedía de la plebe.

Palamedes, el mítico inventor de la escritura, formaba parte del ejército que asediaba Troya, pero fue víctima de una trampa: Alguien –probablemente Ulises- dejó en su tienda una nota falsa y oro del troyano Príamo, por lo que fue acusado y condenado por traición. Antes de ser ejecutado a pedradas, Palamedes encontró la ocasión de tallar en un remo unas palabras para informar a su padre, Navplio, de su terrible suerte. Navplio se vengará encendiendo una gran hoguera en el promontorio de Cefarea, que confunde y hace naufragar indiscriminadamente a los que traicionaron a su hijo y a los que no.

Las Troyanas es un texto profundamente dramático y muy crítico con la guerra. Eurípides destaca la crueldad de los vencedores, que, en su desmesura –hybris-, son incapaces de sentir la menor piedad por los vencidos; exterminan niños, ofenden a las divinidades en sus templos, e incendian la ciudad que van a abandonar, además de secuestrar a las mujeres indefensas; ancianas, viudas y huérfanas que han quedado sin protección.

Un guerrero griego mata a un príncipe troyano en los brazos de su madre. Pithos con relieves, 675-650 aC. Museo Arqueológico de Mikonos

Los Griegos, más bien pírricos vencedores, tras diez años de asedio, lejos de sus familias, empiezan a ver personalmente el rostro de la tragedia tras su onerosa victoria; Así, tanto Menelao, como Agamenón y Ulises, entre otros, sufrirán múltiples desdichas provocadas por Zeus, –que imparte justicia de forma silenciosa–, como castigo a la impiedad con los vencidos.

Curiosamente Eurípides expresa aquí su concepto sobre las divinidades, haciendo decir a Hécuba, cuando se refiere a Zeus: ¡Oh Zeus, ser inescrutable, quienquiera que seas, -ya necesidad de la naturaleza o imaginación de los hombres- ¡a ti dirijo mis súplicas! Pues conduces todo lo mortal conforme a la justicia por caminos silenciosos.

Personajes:

Poseidón, ΠΟΣΕΙΔΩΝ dios del mar.

Poseidón llevando su tridente. Placa de cerámica corintia procedente de Penteskouphia, 550-525 a. C., Museo del Louvre.

Atenea, ΑΘΗΝΑ diosa del pensamiento y la guerra. Divinidad epónima de Atenas.

Atenea contemplativa, bajo-relieve, hacia 460 aC., Museo de la Acrópolis de Atenas.

Hécuba, ΕΚΑΒΗ ex-reina de Troya, ahora esclava de Ulises. Esposa de Príamo y madre de Héctor, Paris, Polixena y Casandra, entre otros.

Hécuba y Polixena. Merry-Joseph Blondel. Los Angeles County Museum of Art.

Hécuba, a la derecha, ayudando a armar a su hijo Héctor. Ánfora ática de figuras roja de Euthymides. v. 510 av. J.-C., Staatliche Antikensammlungen.

Coro, ΗΜΙΧΟΡΙΟΝ de mujeres troyanas cautivas.

Coro griego de mujeres. Museo Nacional Nápoles.

Taltibio, ΤΑΛΘΥΒΙΟΣ heraldo y mensajero de los griegos.

Agamenón, Taltibio y Epeo, representados en un relieve en mármol encontrado en Samotracia, de alrededor de 560 a.C., Museo del Louvre, París.

Casandra, ΚΑΣΣΑΝΔΡΑ hija de Hécuba y Príamo. Sacerdotisa de Apolo, quien le había concedido el don de la profecía.

Áyax Oileo se dispone a arrastrar a Casandra que se aferra a la estatua de Atenea. Copa ática de figuras rojas, 440-430 a. C.

Áyax arranca a Casandra del templo de Atenea. Solomon Joseph Solomon, 1886.

Andrómaca, ΑΝΔΡΟΜΑΧΗ viuda de Héctor.

Jacques-Louis David: El dolor y los lamentos de Andrómaca ante el cuerpo de su esposo Héctor. 1873. Louvre

Astianacte, Ἀστυάναξ hijo de Andrómaca y Héctor.

Cerámica griega de Apulia. Crátera de columnas de figuras rojas. Representa el último encuentro de Héctor con Andrómaca y Astianacte, que intenta coger el casco de su padre. Ca. 370 - 360 a. C. 
Museo Nacional del Palacio Jatta, en Ruvo di Puglia (Bari).

Menelao, ΜΕΝΕΛΑΟΣ rey de Esparta. Esposo de Helena.


Helena, ΕΛΕΝΗ esposa de Menelao.

Crátera ática de figuras rojas (detalle de la cabeza de Helena). 450-440 a. C. 
Museo del Louvre, París.

***

Tras la caída de Troya, provocada por la estrategia del Caballo de Madera y el auxilio de Atenea, la flota griega está preparada para abandonar la ciudad después de incendiarla. Antes de partir, los vencedores se sortean a las mujeres supervivientes de la nobleza.

Poseidón lamenta la destrucción de Troya, ciudad que él mismo había edificado, cuando aparece Atenea y le comunica su indignación porque un griego ha forzado a Casandra en el templo donde le rendía culto, razón por la cual aunque ha favorecido a los griegos en la guerra, no los favorecerá en el retorno.

Hécuba, hasta entonces reina de Troya, que ha perdido a su esposo, Príamo, a sus hijos, Héctor y Paris y está a punto de perder a sus hijas Polixena y Casandra, llora su desgracia con desesperación. 

En respuesta a sus preguntas, le dicen que Andrómaca -viuda ahora de su hijo Héctor-, ha correspondido en el sorteo, al hijo de Aquiles; que Hécuba misma, será para Ulises, héroe de la Ilíada y la Odisea, para quien ella solo tiene palabras de desprecio, pues no reconoce en él a un héroe, sino a un urdidor de engaños. De sus hijas, Casandra, será para Agamenón, a quien la víctima dirige himnos de boda, asegurando que con ella llegará la desgracia a la vida del jefe griego, mientras que Políxena, por último, es sacrificada sobre la tumba de Aquiles.

Para rematar sus vengativos excesos, los griegos deciden que también arrojarán al hijo pequeño de Héctor y Andrómaca, Astianacte, desde lo alto de las murallas de Troya.

Aparece Menelao en escena diciendo que va a buscar a Helena, a quien asegura que dará muerte en cuanto llegue a Esparta. Hécuba le advierte que lo más probable es que vuelva a enamorarse de ella.

Helena se defiende diciendo que ella no es culpable sino Príamo, por no haber dado muerte a Paris a pesar de la profecía. Culpa asimismo a Afrodita, por prometer a París en el juicio de la manzana, que ella sería el premio, pero a todo ello responde Hécuba, que la verdadera responsable de todo es la lujuria de los hombres, que los ha llevado a cometer tantas insensateces

En el último momento, la propia Hécuba recibe el cuerpo sin vida de Astianacte, a quien ofrecerá las honras fúnebres por deseo de su madre que ya se encuentra embarcada. Mientras las mujeres se alejan en las naves aqueas, los soldados cumplen la orden de incendiar la ciudad.

La obra consta de 3 actos, con 5 escenas cada uno, marcadas por la aparición del Coro.

Seguramente, Las Troyanas es la obra más conmovedora de las diecinueve que se conservan de Eurípides. Si se observan los acontecimientos que afectaban a Atenas en aquel momento, puede entenderse como un mensaje antibelicista, ya que hombres como Alcibíades, se proponían emprender acciones de guerra en territorios alejados, como Sicilia, a la vez que, poco antes del estreno de esta obra –en 416-, se había producido la toma de Melos, más conocida como Milo, por parte de los griegos, tras una batalla cuyas nefastas acciones de posguerra, se parecían demasiado a la tragedia relatada en las Troyanas. 

Durante la Guerra del Peloponeso –de acuerdo con Tucídides-, Milo se alió con Esparta, por lo que Atenas la ocupó tras dos años de asedio. A pesar de que los melios se habían rendido incondicionalmente, los atenienses mataron a todos los hombres en edad militar y vendieron a las mujeres y a los niños como esclavos.

Milo. Célebre por ser la isla en la que apareció la Venus del Louvre

Posición de Milo en el conjunto de las islas Cícladas

En todo caso, en aquel momento, algunos dramaturgos, se habían propuesto manifestar la espantosa realidad de la guerra y sus aterradoras consecuencias, tanto para vencedores como para vencidos.

***
La escena transcurre cerca de los muros de Troya, en el campo de los griegos, ante la tienda de Agamenón, donde están reunidas las cautivas troyanas.

POSEIDÓN. Desde el día en que, en los campos de Troya, Apolo y yo elevamos altas murallas construidas con un arte sabio, nunca mi corazón ha dejado de interesarse por la ciudad de mis amados Frigios, que ya no es más que ruinas humeantes. El Focense Epeo, habitante del Parnaso, dirigido par Atenea misma, fabricó un gigantesco caballo que llenó de soldados armados y dejó ante las murallas de Troya, simulando que era una ofrenda. Quedará para la posteridad el nombre de Caballo de Madera, para referirse a las lanzas que ocultaba en su interior. 

Las troyanas que aún no han sido echadas a suertes, están en la tienda, reservadas a los jefes del ejército; la hija de Tíndaro, supuesta causante de la guerra, Helena, se encuentra entre ellas. 

La infortunada Hécuba; a la entrada de la tienda, llora la pérdida de todo lo que le fue querido; su esposo y sus hijos. –Adiós, ciudad, antaño floreciente; adiós , soberbias murallas; si Atenea, hija de Zeus, no hubiera querido vuestra ruina, todavía estaríais en pie.

ATENEA: Poseidón, ¿puedo dirigirte la palabra haciendo callar nuestra vieja enemistad?
POSEIDÓN: Puedes, augusta Atenea.
ATENEA: El asunto del que quiero hablarte nos interesa igualmente al uno y al otro. Es acerca de Troya.
POSEIDÓN: ¿Es que, abandonando finalmente tu odio, cedes a las piedad, viendo las llamas que la consumen? ¿Has venido en favor de los griegos o de los frigios?
ATENEA: Quiero procurar a los griegos un retorno lleno de peligros.
POSEIDÓN: ¿Tu corazón puede pasar tan rápidamente del exceso de amor al exceso de odio?
ATENEA: Me han ultrajado y han profanado mi templo.
POSEIDÓN: Sé que Ayax arrebató a Casandra de tu santuario.
ATENEA: Y los griegos no han vengado este sacrilegio.
POSEIDÓN: Sin embargo, han derribado Ilión con tu ayuda.
ATENEA: Y por eso es por lo que quiero unirme a ti para prepararles un retorno funesto. Cuando se hagan a la vela hacia su patria, Zeus hará caer sobre ellos torrentes de granizo y lluvia, acompañados de torbellinos; y ha prometido prestarme su rayo para lanzárselo a los griegos y abrasar sus naves. Tú, levanta tus olas con furia y llena de cadáveres el estrecho de Eubea, para que en el futuro los griegos aprendan a respetar mis templos y a honrar a los demás dioses.


POSEIDÓN: Tus deseos serán cumplidos; perturbaré el mar Egeo hasta los abismos. Las costas de Mykonos, las rocas de Delos y Esciros y Lemnos, y el promontorio de Cafarea, quedarán cubiertos de cadáveres. Desgraciado el mortal que devasta las ciudades, los templos y las tumbas, asilos sagrados de los muertos, y los convierte en desiertos; él también morirá.

[SALEN ATENEA Y POSEIDÓN. ENTRAN HÉCUBA Y EL CORO]

HÉCUBA: Ya no estamos en Troya, ya no soy reina de Troya. ¿Quién tiene el derecho de gemir, si no es una infortunada que ve perecer a su patria, a sus hijos y a su esposo? ¡Oh rápidas naves, que habiendo salido de los puertos de Grecia atravesasteis las púrpuras olas del mar, para atar en las costas troyanas los cordajes, y reclamar a Helena, la odiosa esposa de Menelao. Porque fue ella la que mató a mi esposo Príamo, padre de cincuenta hijos; y ella la que me ha precipitado a mí, desgraciada, en el abismo del infortunio. Esclava cargada de años, me arrastran lejos de mi antiguo hogar, con el pelo cortado en señal de duelo, y la cabeza maltratada sin piedad.

CORO: ¡Oh, Troyanas infortunadas, venid a conocer vuestra triste suerte; salid de las tiendas; los griegos se disponen a partir. Ha llegado su heraldo. ¿De qué dueño seremos esclavas?

HÉCUBA: La suerte lo va a decidir. ¿En qué lugares mi vejez languidecerá en la servidumbre? ¿Seré reducida a guardar una puerta o a cuidar a los hijos de otra, yo, que tuve la gloria de reinar en Troya? Pero he aquí el heraldo de los griegos, intérprete de sus órdenes, que avanza a grandes pasos, ¿qué tendrá que anunciarnos? 
[ENTRA TALTIBIO]

TALTIBIO: Hécuba, tú que a menudo me has visto venir a Troya como heraldo del ejército griego, me conoces bien, y vengo a traerte las órdenes de los generales.
HÉCUBA: ¿En qué ciudad de Tesalia, o de la Phthiotida, o de la tierra de Cadmo debemos habitar?
TALTIBIO: Cada una tiene su dueño particular; no habéis correspondido todas al mismo.
HÉCUBA: Dime a quién ha tocado en el reparto mi hija, la desgraciada Casandra.
TALTIBIO: Agamenón la ha recibido para sí; no ha sido sorteada.
ΕΚΑΒΗ: Esclava de la esposa lacedemonia! Oh, dioses!
TALTIBIO: No, sino que compartirá secretamente el lecho de su dueño.
HÉCUBA: ¡Qué! ¿La virgen de Apolo que recibió el privilegio de vivir libre de las leyes del himeneo?
TALTIBIO: ¿No es una gloria para ella, compartir el lecho real?
HÉCUBA: Y mi amada hija, la que me robaste antes ¿qué ha sido de ella?
TALTHIBIUS: ¿Te refieres a Polixena? Ha sido reservada al servicio de la tumba de Aquiles.
HÉCUBA: ¿La traje al mundo para servir en una tumba? ¿Qué costumbre o ley de los griegos es esa?
TALTHIBIUS: Felicita a tu hija, su suerte es gloriosa.
HÉCUBA: ¿Qué quieres decir? ¿Ve todavía la luz del día?
TALTHIBIUS: Se encuentra en poder del destino y está al abrigo de todos los males.
HÉCUBA: ¿Y la esposa de Héctor, la desgraciada Andrómaca, ¿cuál es su destino?
TALTHIBIUS: El hijo de Aquiles la ha recibido también, sin echarla a suertes.
HÉCUBA: Y yo ¿de quién soy esclava?
TALTHIBIUS: Es a Ulises, rey de Ítaca, a quien la suerte te ha dado por esclava.
HÉCUBA: ¡Desgraciada de mí, a quien la suerte convierte en esclava de un hombre abominable, el más hipócrita simulador de los mortales, enemigo de la justicia, violador de las leyes, víbora cuya pérfida lengua se complace en afirmar unas veces y negar otras, y en sembrar el temor y la discordia! 
TALTHIBIUS: (A los servidores que hacen guardia en la tienda de las cautivas) ¡Vamos, guardias, haced venir cuanto antes aquí a Casandra, para que yo pueda entregarla a Agamenón, con las otras cautivas que le han caído en suerte... Pero ¿qué veo? ¿qué significa ese fuego de antorchas que brilla en la tienda? ¿Las troyanas, desesperadas, quieren incendiar su asilo y librarse de la servidumbre, lanzando sus cuerpos a las llamas? 
HÉCUBA: ¡No! Taltibio, ellas no han prendido fuego, sino mi hija Casandra, que en su delirio, avanza hacia nosotros.
[ENTRA CASANDRA] 

CASANDRA: Llevo la antorcha sagrada, e ilumino el templo con su luz. ¡Oh, feliz esposo! Madre, aunque entregada al luto y a las lágrimas, deploras sin cesar la muerte de mi padre y la ruina de nuestra patria! Pero yo encenderé la antorcha sagrada y haré brillar su luz, como es costumbre en las bodas de una virgen. Venid, jóvenes frigias, cubiertas con vuestros hermosos velos, venid a cantar mis gloriosas bodas y al esposo que el destino me ha reservado.

CORO: Oh, reina, ¿por qué no paras la locura de tu hija, que quiere entregarse a sus danzas ligeras a la vista del ejército griego?
HÉCUBA: ¡Ah! hija mía. No era entre el ruido de las armas, ni bajo el yugo de la lanza argiva, donde yo esperaba ver celebrar tus bodas. Dame esa antorcha, porque estás sujeta al delirio. 
CASANDRA: Madre, condúceme tú misma hasta mi esposo, porque si es cierto que Apolo es Dios, más funestas aún que las bodas de Helena, serán las mías con Agamenón, el ilustre rey de los griegos. Le daré muerte, devastaré su palacio y vengaré a mis hermanos y a mi padre. Mostraré que la suerte de Troya es más envidiable que la de los griegos; ellos, que por la posesión de una sola mujer, por recuperar a Helena, han hecho morir a miles de guerreros. Un general que se cree sabio sacrifica a sus enemigos lo que tiene de más querido, las alegrías de la ternura, sus hijos, que sacrifica a su hermano por una infiel que no fue secuestrada por la fuerza, sino que se entregó ella misma a su amante. 
Llegados a Troya, encontraron la muerte. No han vuelto a ver a sus hijos; las manos de sus esposas no los han envuelto en velos fúnebres, y yacen en tierra extranjera. Sus mujeres mueren en su patria, viudas de padres privados de sus hijos, que serán criados por otros. ¡Ciertamente ha sido una gloriosa expedición! Que mi musa se quede sin voz antes de celebrar esos crímenes. 
Los troyanos, al contrario, han muerto por su patria –lo que constituye su mejor gloria-, aquellos a los que el hierro ha matado, han sido devueltos a sus hogares por sus amigos; han recibido sepultura en la tierra de sus padres, de las manos de aquellos a quienes corresponde ese santo deber. Los troyanos que no han muerto en combate, han pasado sus días entre sus hijos y sus esposas, una alegría prohibida a los griegos. 
En cuanto al destino de Héctor, tan cruel a tus ojos, óyeme bien en qué consiste: ha muerto dejando el renombre de un héroe y debe su honor, precisamente a la venida de los griegos. Si ellos no hubieran asediado Troya, su valor habría permanecido desconocido. Paris se desposó con Helena, la hija de Zeus y sin este matrimonio, habría encontrado cualquier oscura alianza en su patria. 
Rechazar la guerra es un deber para el sabio, pero cuando hay que afrontarla, la más gloriosa corona para un estado, es morir con valor. Deja pues, madre de deplorar la suerte de tu patria y la boda de tu hija, pues este matrimonio nos vengará de los que detestamos.

CORO: Te burlas de las desgracias de tu familia y anuncias oráculos de los que el porvenir quizás demuestre la falsedad.
TALTIBIO: Si Apolo no extraviara tu espíritu, no habrías lanzado impunemente estas siniestras imprecaciones contra mis jefes. Pero los mortales a los que se venera y a los que se cree sabios, no valen más que aquellos a los que se desprecia. El jefe supremo del ejército de los griegos, el hijo de Atreo, se enamoró de una ménade insensata, con la que yo, aun siendo pobre, no querría compartir el lecho. Y tú, Hécuba, cuando el hijo de Laertes quiera llevarte, prepárate a seguirle. Serás la servidora de una mujer virtuosa, como lo dicen todos los que han venido a Troya.
CASANDRA: ¿Pretendes que mi madre debe ir al palacio de Ulises? ¿Cuál ha sido del oráculo por el cual Apolo me ha revelado que ella debe morir en esos lugares? Pero lo que me queda por decir, no son ultrajes. El desgraciado Ulises no prevé todos los males que le esperan. Los míos y los de los frigios le parecerán suaves en comparación. Después de diez años de trabajos añadidos a los que ha pasado ante Troya, volverá solo a su patria, si se interna en el peligroso estrecho que habita la terrible Caribdis, al salvaje Cíclope que se alimenta de carne cruda, a la encantadora Circe que convierte a los hombres en cerdos, a los naufragios del tempestuoso mar, al fruto seductor del loto y los sagrados bueyes del sol, cuya carne mugiente lo llenará de escalofríos, y en fin, descenderá vivo al imperio de los muertos, y no escapará a los peligros del mar, sino para ver su casa presa de mil calamidades. Pero en fin, ¿a qué volver a contar las aventuras d Ulises?
Adiós. Abandono las fiestas que hacían mis placeres. ¿Dónde está la nave de los atridas? ¿En cuál de ellas debo embarcarme? Llévame cuanto antes. Adiós, madre, deja las lágrimas. Y vosotros, mis hermanos, habitantes de los infiernos, y tú, mi padre, me reuniré con vosotros muy pronto. Iré victoriosa entre los muertos, tras haber destruido la casa de los atridas, autores de nuestra ruina. 
[SE VA CON TALTIBIO]

EL CORO: Guardianas de la anciana Hécuba ¿es que no veis a vuestra señora sin voz, que yace en la tierra? Id, pues a socorrerla. 

HÉCUBA: Dejadme, jóvenes troyanas, vuestros cuidados son una carga para mí; dejadme prosternada en tierra; es el estado que corresponde a los males que sufro, a los que he sufrido y a los que debo sufrir todavía. Oh, dioses! En vano invoco a estos lentos dioses para que nos socorran; sin embargo, corresponde a los mortales llamarlos cuando sea cae en el infortunio. Yo era reina, me convertí en la esposa de un rey y di a luz a nobles hijos, a los he visto morir bajo la lanza e los griegos. Y mis hijas, a las que he educado para ilustres matrimonios, han sido repartidas a otros; las han arrancado de mis brazos, y ya no me queda esperanza de que me vuelvan a ver, y yo misma nunca las volveré a ver. Y en fin. para colmar mi dolor, llego a la vejez como esclava de los griegos; reducida a dormir en el suelo con mi cansado cuerpo, que estuvo acostumbrado al lecho real y a revestir mis miembros rotos con  trapos arrancados a la miseria. Ah, desgraciada! qué de calamidades ha atraído sobre mi cabeza una sola mujer! Entre mi numerosa posteridad, ni un hijo ni una hija podrá calmar mi infortunio. ¿Para qué levantarme? ¿Con qué esperanza? Aprended con mi ejemplo, que ante la muerte, nadie merece el nombre de feliz.

CORO: Musa, quiero hacer oír un canto en honor de Troya. Diré cómo aquel coloso de madera ha causado la ruina de mi patria, y la ha sometido al poder de los griegos, cuando dejaron a las puertas de la ciudad el caballo cubierto de oro, lleno de guerreros. Entre nuestros jóvenes guerreros, entre nuestros ancianos, ¿hubo alguno que no estuviera de acuerdo? Todos se animaban con sus cantos de alegría, para hacerse con la fatal máquina destinada a perdernos. Todo el pueblo frigio se precipitó a las puertas, armado de antorchas traídas de los pinos del Ida, para ofrecer a la diosa este monumento del arte pérfido de los griegos. Inmediatamente, lo rodearon de cuerdas como una nave que se va a echar al mar; lo arrastraron hasta nuestras murallas, hasta el templo de Atenea, tan fatal a mi patria. 
Al terminar con aquellos felices trabajos, la noche nos había envuelto en sus sombras; los sonidos de la flauta libia de los Frigios se mezclaban con las voces y las jóvenes vírgenes, golpeando la tierra con sus pies en cadencia, dejaban oír sus cantos de alegría. 
De pronto un clamor homicida que se extendía a través de la ciudad, llenó las moradas de los troyanos; el hijo temeroso, se agarró con manos temblorosas a la falda de su madre. Ares se lanzó desde la máquina insidiosa, guiado por la divina Atenea: los frigios cayeron degollados al pie de los altares; en el interior de las casas los jóvenes guerreros fueron inmolados aisladamente, he aquí las hazañas con las que Grecia triunfó, y que hundieron a nuestra patria en el duelo.

CORO: Hécuba, mira a Andrómaca avanzando sobre un carro extranjero. A su lado, su querido Astianax, el hijo de Héctor, se aferra al seno materno.
ANDRÓMACA: Los griegos, nuestros amos, me arrastran tras ellos.
ΕΚΑΒΗ. Nuestra suerte está echada, y también la de Troya y la de mi noble posteridad. 

CORO: Tales son los dolores que sufrimos, en la ruina de nuestra patria; el dolor se añade al dolor por el efecto de la cólera de los dioses, desde que la muerte se llevó a tu hijo Paris, que por una odiosa unión, ha derribado el imperio de los troyanos: para satisfacer el odio de Palas, los cuerpos sangrientos de nuestros guerreros se han convertido en pasto de los buitres, y Troya sufre el yugo de la esclavitud.
ANDROMACA: Oh patria mía, oh infortunada, lloro al dejarte. Me llevan con mi hijo, como un botín.
ΕΚΑΒΗ. Así acaban de arrancarme a Casandra de mis brazos.
ANDRÓMACA: Pero otro golpe te espera todavía.
ΕΚΑΒΗ. Mis males son innumerables y no tienen medida.
ANDRÓMACA. Tu hija Polixena ha sido inmolada sobre la tumba de Aquiles, ofrecida como don a un cadáver sin vida. 
ΕΚΑΒΗ. Ah! desgraciada! Ese era entonces el enigma que Taltibio me anunció en tan oscuros términos? 
ANDROMACA. Esa muerte es preferible a la vida que me dejan.
ΕΚΑΒΗ. Ah! hija mía, estar vivo o estar muerto no es lo mismo; muerto ya no se es nada, pero vivo, aún queda la esperanza de morir.
ANDRÓMACA. Oh, madre mía, escucha las hermosas palabras que he oído y que podrán suavizar tu dolor. No nacer equivale a morir; pero morir vale más que vivir miserablemente; porque ya no se sufre y no se tiene el sentimiento de los males. Polyxena ha muerto; ha olvidado todos sus males. Todas las virtudes que se pueden desear en una mujer, las he practicado en la casa de Héctor. Porque una mujer, ya sea inocente o culpable, se expone a la maledicencia, sólo por no quedarse en casa: me prohibí incluso el deseo de salir y me encerré en mi casa. Presentaba siempre a mi esposo un rostro sereno y una boca silenciosa, y sabía cuándo había que cederle la victoria o tomarla sobre él. Pero el renombre de esta conducta, extendido por la armada griega, causó mi pérdida, pues desde que fui cautiva, el hijo de Aquiles quiso tenerme por esposa, y así seré la esclava en la casa de los asesinos de mi esposo.
¡Ah! la muerte de Polyxena, por la que lloras, ¿no es una desgracia mucho más pequeña que la mía? He perdido incluso lo único que queda a todos los mortales, la esperanza.

CORO: Tus desgracias son las nuestras, y, al deplorarlas, nos enseñas toda la extensión de nuestra miseria.
HÉCUBA: Nunca me he embarcado, pero he oído hablar de los barcos y sé que si la tempestad se produce sin violencia, los navegantes se entregan al trabajo con ardor, para escapar al peligro; uno corre al gobernalle, el otro a las velas y otro saca el agua de la sentina; pero si sus esfuerzos son impotentes contra la furia del mar revuelto, ceden a la fortuna y se abandonan a la suerte de las olas. Así yo, en los males que me abaten, me quedo sin voz, y el lamento expira en mis labios; cedo a la tempestad de la adversidad levantada por los dioses. 
Pero, mi querida hija, honra a tu nuevo señor, y podrás educar al hijo de mi hijo, para que sea la esperanza de Troya y para que tu posteridad pueda volver a levantar un día las murallas de Ilión… Pero veo llegar al heraldo de los griegos ¿qué nuevas órdenes traerá?

TALTIBIO: Esposa de Héctor, la más valiente de las Frigias, no me odies; vengo contra mi voluntad a anunciarte las resoluciones de los Griegos y los Pelópidas.
ANDRÓMACA: ¿Qué es lo que anuncias con este siniestro comienzo?
TALTIBIO: Se ha resuelto que el hijo… ¿Cómo podría explicarlo?
ANDRÓMACA: ¿Nos permitirán tener el mismo amo?
TALTIBIO: Ningún griego será jamás su dueño.
ANDRÓMACA: ¿Quieren abandonar aquí al último que queda de los frigios?
TALTIBIO: No sé cómo anunciarte algo tan funesto.
ANDRÓMACA: Apruebo tu contención, pero dame ya esa noticia funesta.
TALTIBIO: Quieren matar a tu hijo, para decírtelo en todo su horror.
ANDRÓMACA: ¡Ah! Grandes dioses! Esto es más horrible que un detestable himeneo!
TALTIBIO: La elocuencia de Ulises lo llevó a la asamblea de los Griegos.
ANDRÓMACA: ¡Ay! ¡Ay! No hay término para los males que sufro.
TALTIBIO: Ha mostrado el peligro de dejar crecer al hijo de un héroe.
ANDRÓMACA: ¡Ojalá le ocurriera lo mismo a sus propios hijos!
TALTIBIO: Van a arrojar a Astianax desde las torres de Ilión y esto debe cumplirse. Muestra tu sabiduría resignándote y sometiéndote sin resistencia. No creas que podrás oponerte a la voluntad de los griegos; nosotros somos más fuertes de lo que es necesario para reducir a una mujer.
Guárdate incluso de lanzar imprecaciones contra los Griego, porque si irritas al ejército con tus amenazas, se le negará a tu hijo la sepultura y los lamentos fúnebres. Pero si, al contrario, soportas tus males en silencio y con ánimo, no serás privada de su rendir a su cuerpo las últimas honras, y tú misma obtendrás de los Griegos un tratamiento más blando. 
ANDRÓMACA: Oh hijo mío, oh dulce objeto de mi ternura, vas a morir a manos enemigas y vas a abandonar a tu madre desolada! Es el valor de tu padre lo que te mata; cuando fue la salvación de tantos otros. La virtud de tu padre te ha servido mal. Cuando entré en el palacio de Héctor ¿tenía yo que creer que al darle un hijo, ofrecía a los griegos una víctima y no un señor a la opulenta Asia.
Lloras hijo mío. ¿Por qué agarrarte a mi vestido, como un pájaro se abriga bajo el ala de su madre? 
Precipitado sin piedad desde lo alto de una roca, exhalarás tu último suspiro. Oh hijo amado, por última vez, abraza a tu madre, apretado contra su corazón, rodea mi cuerpo con tus brazos y que tu boca se una con la mía. ¡Oh. griegos, que inventáis suplicios dignos de los Bárbaros, ¿por qué queréis matar a este niño inocente? Zeus no ha podido producir esta plaga de Griegos y Bárbaros. Maldita seas, tú, cuya funesta belleza ha destruido indignamente los campos de Frigia! Tomad, llevad, precipitad a mi hijo si tal es vuestro placer; haced de su cuerpo un horrible festín, ya que los dioses son los autores de nuestro desastre, y yo no podré arrancar a mi hijo de la muerte. Tomad mi cuerpo miserable, lanzadlo al fondo de vuestra nave. Felices auspicios para un himeneo, regarlo con la sangre de mi hijo!
[SALE]

CORO. Desgraciada Troya, cuántos guerreros has perdido por culpa de una sola mujer y de una odiosa unión! 
TALTIBIO: Vamos, muchacho, arráncate de los brazos de una madre desesperada, sube a lo más alto de estas murallas que fueron la herencia de tus padres, porque es desde ahí desde donde los griegos han dispuesto que pierdas la vida. [A los guardias que le acompañan] ¡Lleváoslo! [entre sí] –¡Ah! para transmitir órdenes tan crueles haría falta un corazón sin piedad y más insensible a la vergüenza que el mío. 
[SALE CON ASTYANAX]

HÉCUBA. ¡Mi niño! Hijo querido de un padre infortunado, la violencia te arranca de tu madre y de mí. ¿Hay alguna calamidad que se me haya evitado? 

CORO: Las orillas del mar resuenan de gemidos; parecidos al ave llorosa.

Ante la mirada de Andrómaca, Neoptólemo (o tal vez Ulises) se dispone a tirar a Astianacte desde la muralla de Troya.

[ENTRA MENELAO]

MENELAO: ¡Oh día luminoso en el que vuelvo a ser dueño de una esposa infiel! Soy Manelao, el que ha soportado tantos trabajos, y que ha dirigido la armada griega ante Troya, con mil naves. pero si marché contra Troya, no fue como se cree, por el amor de una mujer, sino para castigar a un huésped pérfido que me robó a mi esposa. Los dioses han secundado mi venganza y él ha sucumbido con su patria bajo las lanzas griegas. He venido a buscar a esta lacedemonia culpable, a la que no quiero dar más el nombre de esposa. Aquellos cuyas fatigas guerreras la han reconquistado, me la han cedido para hacerla morir, o, a mi voluntad, para devolverla a la tierra de Argos; pero he resuelto, en lugar de matar a Helena en Troya, llevarla a Grecia en nuestras naves, y allí entregarla al suplicio para vengar a aquellos de nuestros amigos que han muerto ante Ilión. 
Vamos, entrad en esta tienda, traed aquí a Elena; arrastrad por los cabellos a la pérfida que tanta sangre ha hecho derramar. En cuanto se levanten vientos favorables, ella nos seguirá a Grecia.

HÉCUBA: Oh, tú, quienquiera que seas, Zeus, necesidad de la naturaleza, o imaginación de los hombres, te rindo homenaje, pues por misteriosos caminos gobiernas todas las cosas humanas según la justicia.

MENELAO: ¿A qué viene que ahora, de pronto, te pongas a invocar a los dioses?

HÉCUBA: Te apruebo, Menelao, si haces morir a tu esposa; pero huye de su vista, no sea que te subyugue con su amor, porque seduce los ojos de los hombres, arruina las ciudades e incendia las casas, tan poderosos son sus encantos! Yo aprendí a conocerla y tú mismo y todos los que han sido sus víctimas, deberíais conocerla también.
[ENTRA HELENA]

HELENA: Menelao, he sido arrastrada con violencia fuera de la tienda por las manos de tus servidores. Aunque siento que te resulto odiosa, necesito saber qué habéis decidido los griegos y tú sobre mi vida. 
MENELAO: No se ha deliberado oficialmente sobre tu suerte; pero el ejército entero, que ha sufrido por tu culpa, te ha entregado a mí para que te haga matar. 
HELENA: No puedo yo al menos hablar en mi defensa y probar que si muero, será injustamente?
MENELAO: No he venido para discutir, sino para matarte.

HÉCUBA: Escúchala, Menelao, antes de que muera; no le niegues esta gracia, y déjame el cuidado de responderle; pues tú no sabes nada de su culpable conducta en Troya. El resultado de esta conversación será su sentencia de muerte a la que no podrá escapar.
MENELAO: Este favor es una pérdida de tiempo; pero si ella quiere hablar, puede hacerlo, pero que lo sepa bien, es por tu petición por lo que se lo concedo, y no por ella misma.
HELENA: Los reproches que sin duda vas a hacer oír contra mí, los refutaré. [Señala a Hécuba]. Esta, en primer lugar ha sido el origen de todas las desgracias, al concebir a Paris. En segundo lugar, el viejo Príamo ha causado la pérdida de Troya y la mía, dejando vivir a este niño, a este Paris, a pesar de que un sueño profético lo había mostrado a su madre como una antorcha fatal que debía abrasar su patria. Y después ya sabes como siguieron los acontecimientos: Paris se hizo juez entre las tres diosas. Atenea le ofreció la conquista de Grecia; Hera le prometió el imperio sobre Asia y Europa si decidía en su favor y Afrodita exaltó mis encantos, y prometió entregarme a él si ella obtenía el premio de la belleza. Considera ahora lo que sigue: Afrodita ganó a sus rivales y de su influencia impuso mi himeneo. 
Vendida por mi belleza, me veo acusada de forma ultrajante. Pero, dirás que aún no me he explicado la cuestión de mi partida clandestina de tu palacio. Una diosa demasiado poderosa acompañaba al que fue mi genio malo; Alejandro, o Paris, como quiera que le llames. ¡oh cobarde esposo, me dejaste en tu palacio al abandonar Esparta, para ir a Creta.
Pero no eres tú, soy yo misma quien debe interrogar sobre lo que resultó de todo ello: ¿qué sentimiento pudo llevarme a abandonar así mi patria y mi familia, para seguir a un extranjero? Acércate a la diosa y sé más poderoso que Zeus, que aun siendo el señor de las demás divinidades, él también es esclavo de Afrodita.
Por eso tengo derecho a la indulgencia. Cuando Paris fue sepultado en el seno de la tierra y su muerte disolvió el himeneo formado por una diosa, yo debía abandonar la casa y refugiarme en el campo de los griegos: me apresuré a hacerlo; pongo como testigos a los guardias de las puertas y a los centinelas de las murallas, que a menudo me han sorprendido tendiendo una cuerda desde lo alto de los muros, para descolgarme a tierra. Pero un nuevo marido, Deifobo, me llevó a la fuerza, y me desposó. ¿Aun así, podría ser justa mi muerte? ¿Podrías tú, esposo mío, condenarme justamente? Aquel me desposó a mi pesar; y en cuanto a mi huida de Esparta, en lugar de obtener el precio de la belleza, he sido abandonada a una triste esclavitud. Si pretendes oponerte a los dioses, tu deseo es insensato.

CORO: Reina, confunde su pérfida elocuencia; porque ella habla bien, pero siempre haciendo el mal; tiene un arte funesto.

HÉCUBA: Yo no creo que Hera, ni que la casta Atenea, hayan llevado la locura tan lejos como precio del premio a la más bella; ofreciendo incluso entregar Atenas a Paris, y en cuanto a Hera, ¿qué pretendía con ese ansia de parecer la más bella? ¿Ambicionaba acaso un esposo más grande que Zeus? Y ¿qué pretendería Atenea, que había obtenido de su padre, como único bien, la eterna virginidad?

Helena y Paris. Jacques-Louis J. L. David. Louvre

No acuses, Helena, a las diosas de locura, para disculpar tus vicios, no persuadirás a los sabios. Tú has dicho que Venus fue quien llevó a mi hijo a casa de Menelao –aserción bien ridícula-, ¿no habría podido ella misma llevarte a Troya? Pero mi hijo era de una rara belleza, y a su vista tu corazón se personificó en Venus. Desde que Paris se presentó a tu vista reluciente  de brillo de oro y de todo el lujo de los Bárbaros, el delirio entró en tu alma; en Argos, tu vida estaba limitada a módicos recursos, y tú te alababas, renunciando a Esparta, que la capital de Frigia, donde el oro corría a chorros, llenaría con profusión todas las despensas; el palacio de Menelao no sería suficiente para tu lujo y tu gusto inmoderado por los placeres. 
Pero no, dices tú, es mi hijo quien te secuestró a la fuerza. ¿Qué Espartano ha sido testigo de tu resistencia? ¿Tus gritos invocaron la ayuda de Castor o de Pólux, tus hermanos, que no vivían entonces en la estancia de los dioses? 
Y ahora hablas de tus esfuerzos por descolgarte con cuerdas desde lo alto de las murallas, donde permanecías a tu pesar! Pero ¿cuándo te sorprendieron afilando el puñal o colgándote de una cuerda fatal? Eso es lo que habría hecho una mujer generosa que echara de menos a su esposo. ¿Cuántas veces te aconsejé: Vete, hija mía, deja a mi hijo contraer otras alianzas; yo te ayudaré a alcanzar furtivamente las naves de los Griegos; haz que se acabe la guerra entre ellos y nosotros?
Pero estas opiniones te parecían amargas; reinabas con altivez en el palacio de Paris, y tú querías ser adorada por los Bárbaros. He aquí lo que era grande a tus ojos. Y después de esto, todavía osas embellecerte, y respiras el mismo aire que tu esposo. ¡Oh, mujer abominable, que deberías más bien aparecer humilde y temblorosa, cubierta de vestiduras rotas, la cabeza rapada a la manera de los Escitas, y expiar tus faltas a fuerza de modestia, en lugar de agravarlas con tu impudor! 
Menelao, para llegar a la conclusión de mi discurso, honra a los Griegos haciéndola matar como es digno de ti y establece una ley común a todas las mujeres, la muerte para la que traiciona a su esposo.

CORO: Menelao, muéstrate digno de tus ancestros y de tu casa, castigando a una esposa culpable, y justifícate de la afeminada apatía que Grecia te reprocha.
MENELAO: Sí fue voluntariamente como ella abandonó mi palacio por el lecho de un extranjero, y el nombre de Afrodita no viene a su boca sino para paliar su falta, los verdugos deben lapidarte para que tu muerte expíe los largos sufrimientos de los Griegos.
HELENA: Menelao, abrazo tus rodillas, no me imputes males que son obra de los dioses, no me mates, perdóname.
HÉCUBA: No traiciones a los amigos que fueron sus víctimas; es por ellos, es por mis hijos por quien te imploro.
MENELAO: Calla, Hécuba; ya no la escucho. Ordeno a mis servidores que la lleven en una nave que la conduzca a Grecia.
HÉCUBA: Que ella no vaya en la misma nave que tú, porque no hay amante a la que no se ame siempre.
MENELAO: El amor depende del carácter de aquellos a los que se ama: pero seguiré tus consejos; ella no subirá en la misma nave que yo; tu opinión es buena. Llegada a Argos, sufrirá una muerte miserable, tal como merece y su ejemplo instruirá a otras mujeres a respetar la virtud. No es fácil; pero su muerte llenará de temor a las peores. 

CORO: Así pues, oh, Zeus, dejas a los Griegos el templo en el que los Troyanos te adoraban. Abandonas la santa Pérgamo, las arboledas del Ida, los bosques coronados de hiedra que riegan helados manantiales, y esa cumbre brillante que el sol ilumina con sus primeros rayos y que expande una claridad divina. 
Ya no existen, ni los cantos propicios de los coros sagrados que se oían durante la noche, ni las fiestas nocturnas de los dioses, ni las doce revoluciones de la luna, celebradas por los Frigios. Me pregunto, oh rey de los dioses, si desdeñas bajar tu mirada sobre mi patria en ruinas, que la llama devoradora ha consumido.
Querido y desgraciado esposo, tu cuerpo, privado de sepultura y de abluciones fúnebres, vaga sin asilo, y yo, a quien una nave que cruza los mares sobre rápidas alas, va a llevarme a Argos.
Nuestros hijos, bañados en lágrimas y amontonados en las puertas, gimen y llaman a gritos a sus madres. Los Griegos van a separarme de ti y a llevarme lejos de tu vista, en sus negras naves de ágiles remos, hacia la isla sagrada de Salamina, donde sobre el istmo que domina los dos mares y que guarda las torres de la tierra de Peloponeso.
Ojalá que cuando la nave de Menelao esté entre las olas, el sagrado rayo de Zeus, cuyo fuego surca el mar Egeo, caiga sobre esta fatal nave que me arranca, desolada de Ilión, mi patria, para llevarme a Grecia donde seré esclava. Ojalá que no vuelva a ver la tierra de Lacedemonia ni sus hogares, ese cuyo funesto himeneo ha extendido el deshonor sobre Grecia, y la ruina a Troya. 
¡Ah! A nuestros desastres suceden siempre más desastres. Esposas infortunadas de los Troyanos, ved el cuerpo de Astyanax, que los griegos acaban de precipitar desde las murallas.
[ENTRA TALTIBIO CON EL CUERPO DE ASTYANAX]

TALTIBIO, Hécuba, Neoptólemo tuvo que adelantar su partida y ha llevado a Andrómaca con él, pero obtuvo que el hijo del héroe, que acaba de morir precipitado desde las murallas, sea enterrado con este escudo de bronce, terror de los Griegos, este con el que Héctor armaba su brazo.  Andrómaca, no quiso llevarse su cuerpo, cruel motivo de dolor para ella, y quiere que sea enterrado en ese escudo. Me ha encargado que entregue su cuerpo en tus manos, para que lo cubras de velos y de coronas, mientras tengas el poder en su presente fortuna, pues ella se va, y la partida de su amo la priva de dar ella misma la sepultura a su hijo.
En cuanto le hayas rendido los últimos honores, echaremos tierra sobre su cuerpo y nos pondremos a la vela. Apresúrate a ejecutar las órdenes.
Atravesando las aguas del Escamandro, he bañado el cadáver y he lavado sus heridas; ahora voy a excavar una tumba para él, a fin de que con el concurso de tus cuidados y los míos, estemos pronto preparados para hacernos a la vela hacia nuestra patria. 
[TALTIBIO ABANDONA LA ESCENA]

HÉCUBA: Posad en tierra el escudo de Héctor, triste espectáculo, muy cruel para una madre. Oh, Griegos, ¿por qué el temor a un niño os ha hecho cometer este nuevo crimen? ¿Teméis que un día reconstruya Troya de sus ruinas? Sois pues, bien poca cosa, si, después de que Troya está tomada y el imperio Frigio destruido, teméis a un niño tan débil! Yo no puedo aprobar a alguien que no somete sus temores a la prueba de la razón.
¡Amado Astianax, si al menos hubieras muerto por tu patria, después de haber conocido la juventud, el himeneo, y un poder igual al de los dioses, habrías sido feliz. Infortunado! los muros de nuestra ciudad, obra de Apolo, han desfigurado tu cabeza encantadora, y esa cabellera que recibió tantas veces los cuidados y los besos de una madre! De tus huesos rotos surge ahora sangre.
Oh, manos, cuyos movimientos me dibujaban la dulce imagen de su padre, os veo rotas por todas las articulaciones! Boca querida, que me encantabas con tus dulces ocurrencias, ¿qué ha sido de ti? ¡Tú que prometías cortar un día sobre mi tumba tu hermosa cabellera!
¿Qué palabras grabarán los poetas sobre tu tumba? El niño que descansa aquí, ha muerto a manos de los Griegos, que le tenían miedo. ¡Inscripción deshonrosa para Grecia! Pero al menos el escudo de Héctor será tu sepultura. 
Insensato el mortal que cuenta con una prosperidad duradera, y se entrega a la alegría, como un hombre delirante; la fortuna inconstante se complace con las revoluciones, nadie conserva nunca una alegría sin mezcla. Hijo mío, la odiosa Helena te lo ha arrebatado todo, ella también te ha quitado la vida, y ha arruinado tu casa.
Y tú, escudo querido de Héctor, recibe esta corona: inaccesible a la muerte, compartirás la del hijo de Héctor, que merece recibir más honra que las armas del pérfido Ulises. Tu padre velará sobre ti entre los muertos.
Id, y encerrad este cuerpo en la tumba; los honores fúnebres le han sido rendidos según los ritos ordinarios. Pero yo creo que importa poco a los muertos obtener suntuosos funerales; no es más que una vana pompa que halaga el orgullo de los vivos.
Pero, ¿Quiénes son esos hombres que veo en las alturas de Ilión, agitando antorchas encendidas? ¿Una nueva desgracia va a caer sobre Troya?

TALTIBIO: Jefes de cohortes, lanzad las antorchas ardientes, a fin de que tras haber destruido Ilión de arriba abajo, volvamos llenos de alegría a nuestra patria. 

La destrucción –e incendio– de Troya, por Johann Georg Trautmann.

Y vosotras, hijas de los Troyanos, volved a las naves que deben llevaros a Grecia. Y tú, Hécuba, infortunada, sigue a estos soldados enviados por Ulises, a quien la suerte te ha dado por esclava.

HÉCUBA: ¡Ah, desgraciada! Heme aquí, pues, finalmente, en el extremo de mis dolores! Abandono mi patria viéndola reducida a cenizas. Sin embargo, oh mis pies enfermos y dudosos, esforzaos para apresuraros, que yo diga un último adiós a mi deplorable patria. Oh, Troya, cuya potencia brilló antaño entre las naciones bárbaras, muy pronto tu nombre ya no será celebrada. El fuego devora tus muros, y nos llevan a la esclavitud. Oh dioses! Pero ¿por qué invocar a los dioses? Desde hace mucho tiempo ya no se escuchan nuestras invocaciones…  Ánimo, lancémonos a la hoguera encendida, será un glorioso destino para mí, mezclar mi ceniza con la de mi patria.
TALTIBIO: ¡Desgraciada, tu dolor te pierde!. Lleváosla; debe ser entregada en manos de Ulises, como el lote que le corresponde.

CORO: Troya no existe ya.
HÉCABE: ¡Ay! Horror! Ilión está en llamas; el fuego abraza la ciudad de Pérgamo; la ciudad y sus altas murallas. ¡Me llevan! ¡Me arrastran!

CORO: ¡Oh, qué crueles gritos de dolor!
ÉKABE: Convertidas en servidumbre. Oh, Príamo, Príamo; muerto sin sepultura, lejos de tus amigos! Ignoras mis infortunios; la muerte tenebrosa cubre tus ojos, piadosa víctima de un impío asesino. 

CORO: Presa del fuego y del hierro destructor, pronto caeréis sin nombre, y cubriréis la tierra con vuestras ruinas.

EKABH: Escuchad, reconoced el ruido de estos muros que caen. La tierra se derrumba bajo el peso de una ciudad entera que se derrumba. Todo mi cuerpo tiembla; guiad mis pasos temblorosos.

TALTIBIO: Id a empezar una vida de esclavitud. ¡Oh desgraciada ciudad! Dirige tus pasos hacia las naves griegas.

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Eurípides, 480-406 aC

Eurípides fue uno de los tres grandes trágicos de la Atenas clásica, junto con Esquilo y Sófocles. Se cree que escribió más de 90 obras de teatro, 18 de los cuales se conservan –más que las de Esquilo y Sófocles juntos–, si bien hoy se duda de la atribución de Rhesus. Existen asimismo fragmentos de la mayoría del resto de sus tragedias, en algunos casos, muy sustanciales.

Eurípides es reconocido por haber reformado la estructura formal de la tragedia ática tradicional, al crear personajes femeninos fuertes y esclavos inteligentes, y por satirizar a muchos héroes de la mitología griega.

Se cree que procedía de una familia acomodada, cuyos padres fueron Clito y Mnesarco. Eurípides se casó con Melito, y tuvieron tres hijos. Se rumoreó que también tuvo una hija, a la que hizo matar cuando fue atacada por un perro rabioso, aunque esto podría ser una invención de Aristófanes, quien solía burlarse de Eurípides, a veces con su ácida ironía, llegando a convertirlo en diana de sus dardos en Acarnienses, Tesmoforiazusas y Las Ranas.

Apenas se sabe nada de su biografía, excepto la seguridad de que participaba en competiciones dramáticas, lo que hizo por primera vez en las Dionisias del año 455 aC., cuando apenas hacía un año que había muerto Esquilo, ocasión en que recibió el tercer premio. En 441 aC. obtuvo el primer premio, si bien, a lo largo de su carrera como dramaturgo, sólo alcanzó cuatro victorias.

Compitió por última vez en 408 aC. tras lo cual se rumoreó que había abandonado Atenas. Murió en 406 aC., seguramente, en Atenas. Al año siguiente, se representó Las Bacantes. A pesar de que Esquilo obtuvo trece victorias y Sófocles dieciocho, Eurípides no fue menos popular y, de hecho, en el siglo IV, sus dramas alcanzaron mayor popularidad que las de Esquilo y Sófocles. 

Posteriormente influyó en la Nueva Comedia y en el drama latino, convirtiéndose más tarde, en el ídolo de los clasicistas franceses. Entre sus obras destacan, entre los años 438 y 415: Alcestes, Medea, Electra, y Las Bacantes, aunque el resto de su creación contiene obras no menos importantes, como son: Andrómaca, Hécuba, Helena, Ifigenia en Áulide, Ifigenia en Táuride, Medea, Orestes, Las Suplicantes, y Las Troyanas, del 415 aC.
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Esta traducción ofrece una versión muy resumida de Las Troyanas, aunque las partes conservadas mantienen el argumento y las expresiones originales.
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Sobre la Guerra de Troya:


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