domingo, 17 de mayo de 2015

Gustavo Adolfo Bécquer. Siempre habrá poesía.


Gustavo Adolfo Bécquer, pintado por Valeriano Bécquer, 1862

Gustavo Adolfo Domínguez Bastida Insausti de Vargas Bécquer Bausa. Nacido en Sevilla el 17 de febrero de1836, es el poeta y narrador de perfil romántico, al que conocemos como Gustavo Adolfo Bécquer, y constituye un curioso fenómeno literario desde varios puntos de vista, como lo es, por ejemplo, el hecho de que se adhiriera incondicionalmente, a un romanticismo ya agotado, a pesar de lo cual, ha sido, desde hace décadas, muy admirado generalmente como poeta, en ciertas fases de la vida, entre adolescencia y juventud, con un apasionamiento que suele decrecer paulatinamente, hasta desaparecer con el paso del tiempo, aun dejando tras de sí una estela de oscuras golondrinas en la historia de la Literatura.

Tanto él como su hermano Valeriano adoptaron el apellido Bécquer, que conservaron de los ancestros paternos flamencos y, también, como su padre, que apoyó su vocación, destacaron ambos como dibujantes y pintores. 

Tenía Gustavo cuatro años cuando falleció su padre y apenas once cuando perdió a la madre; una situación que seguramente dio lugar a la existencia de una grande y cálida afección entre ambos hermanos que, a partir de entonces compartirían vida, fortuna e infortunios, hasta el punto de que, enfermo y deprimido, Gustavo Adolfo falleció sólo tres meses después que Valeriano.

Tras el fallecimiento del padre, dejando siete hijos, más uno que nació póstumo, Becquer ingresó en el Colegio Náutico de San Telmo, donde vivió en régimen de internado para huérfanos pobres de noble cuna, hasta que la reina Isabel lo cerró, al parecer por falta de fondos, para convertirlo en palacio residencia, dejando en la calle a un buen número de alumnos sin recursos. Pasó entonces Gustavo a residir con una tía suya, en cuya biblioteca, seguramente se aficionó a la poesía, que constituiría su principal vocación, pasando la pintura a ocupar un segundo lugar en sus intereses.

M. Castellano, Gustavo Adolfo Bécquer (1855). Fotografía del archivo de Rafael Montesinos.

A los 18 años, finalmente, se fue a vivir a Madrid, soñando con hacerse un sitio en el mundo literario, aunque para ello tuvo que pasar una época de carencias que podríamos asimilar con la bohemia, durante la cual, a duras penas sobrevivió escribiendo guiones para zarzuela y algún trabajo para la prensa.

En 1857 visitó, en compañía de su hermano, una ciudad muy próxima a Madrid, que, desde entonces, se convirtió en un objetivo de su destino vital y literario. El interés por Toledo, se centraba, en principio, en el proyecto de componer una Historia de los Templos de España –cuya idea provenía de la lectura de El Genio del Cristianismo, de Chateaubriand–, pero además, aquella ciudad llegó a convertirse en el principal, o en uno de sus más importantes motivos de inspiración, tal vez el que haría su obra imperecedera, ya que por todas partes encontraba rincones sugerentes y emotivos, a pesar de que por aquella misma época fue cuando se le declaró la posible tuberculosis que terminaría con su vida. En cuanto a su proyecto sobre los Templos, solo llegó a completar la primera parte, que se publicó en un tomo bellamente ilustrado por Valeriano.

Historia de los Templos de España. Edición de 1857, Madrid.

La tradición religiosa es el eje de diamante sobre el que gira nuestro pasado. Estudiar el templo, manifestación visible de la primera, para hacer en un sólo libro la síntesis del segundo: he aquí nuestro propósito.

El año siguiente, cuando asistía a la tertulia de Joaquín Espín, profesor del Conservatorio, director de la Universidad Central y Organista de la Capilla Real –todo ello bajo la protección de Narváez–; Bécquer conoció a su hija Josefina, de la que parece que se enamoró, pero sólo hasta que conoció a su hermana Julia, cantante de ópera, que se convirtió en el objeto de un amor desesperado y doliente.

Ramón María Narváez y Campos, Presidente del Consejo de Ministros en numerosas ocasiones, hasta 1868. Más generalmente conocido con El Espadón de Loja. Obra de Vicente López, en el Museo de BB.AA. de Valencia.

Julia Espín Colbrandt

De Julia sabemos que en cierta ocasión cantó para la Reina Isabel y que actuó una temporada en la Scala de Milán bajo el nombre de Giuletta Collbrand, pero sobre todo, que, al parecer, tenía los ojos azules.

            Tu pupila es azul, y cuando ríes,
            su claridad suave me recuerda
            el trémulo fulgor de la mañana,
            que en el mar se refleja.

            Tu pupila es azul, y cuando lloras,
            las trasparentes lágrimas en ella
            se me figuran gotas de rocío
            sobre una violeta.

            Tu pupila es azul, y si en su fondo
            como un punto de luz radia una idea,
            me parece en el cielo de la tarde
            una perdida estrella.

            Rima XIII

Pero la relación entre ellos nunca llegó a formalizarse, porque Julia, habituada a un medio ambiente exquisito, no tenía ninguno intención de adaptarse a la vida bohemia del poeta, que, además, apenas era conocido fuera de su entorno habitual. Bécquer pasó una temporada triste, que intentó superar escuchando la música de Chopin más acorde con su estado de ánimo.

Aún así, unos meses después volvió a enamorarse de una muchacha de Valladolid, de la que se dice que era dama de rumbo y manejo, que no ha sido identificada y que, o bien nunca quiso relacionarse con él, o si lo hizo, le abandonó pronto, pues el poeta terminó cayendo de nuevo en la soledad y desesperación, de la que, tal vez intentó curarse, casándose, de forma completamente inesperada, el 19 de mayo de 1861, con Casta Esteban y Navarro, hija del médico que trataba al poeta, con la que, andando el tiempo, tendría –aunque no está del todo claro–, dos, o tres hijos.

Para entonces, ya había publicado las Cartas Literarias a una Mujer, que suponen una especie de prólogo de sus famosas Rimas.

O’Donnell. 1889

Durante el llamado Gobierno Largo de la Unión Liberal de O’Donnell, de 1858 a 1863 –por cierto, un período admirablemente tranquilo dentro del reinado de Isabel II–, con el aporte financiero de José de Salamanca, González Bravo fundó El Contemporáneo, donde Bécquer consiguió un trabajo estable como reportero literario y de salón, gracias al apoyo de su buen amigo Rodríguez Correa. Allí trabajó hasta la desaparición del periódico, en 1865, período durante el cual pudo cubrir en buena parte las necesidades familiares.

Tras el nacimiento de su primer hijo, Gregorio Gustavo Adolfo –Soria, 1862–, Bécquer sufrió una peligrosa recaída de su enfermedad, que le decidió a trasladarse, en compañía de su hermano Valeriano al bellísimo Monasterio de Veruela, en Zaragoza. 


En efecto; en el fondo del melancólico y silencioso valle, al pie de las últimas ondulaciones del Moncayo, que levantaba sus aéreas cumbres coronadas de nieve y de nubes, medio ocultas entre el follaje oscuro de sus verdes alamedas y heridas por la última luz del sol poniente, vi las vetustas murallas y las puntiagudas torres del monasterio, en donde ya instalado en una celda, y haciendo una vida mitad por mitad literaria y campestre, espera vuestro compañero y amigo recobrar la salud, si Dios es servido de ello, y ayudaros á soportar la pesada caiga del periódico en cuanto la enfermedad y su natural propensión á la vagancia se lo permitan.

En el antiguo e inspirador Monasterio, el poeta escribió y envió a su periódico, una serie de artículos, posteriormente agrupados y publicados bajo el título de Cartas Desde mi Celda, que podemos situar entre los que componen la cima de su producción literaria.



Monasterio de Veruela

Por entonces, de acuerdo con nuestro corresponsal, el monasterio estaba algo ruinoso, pero habitable y, en todo caso, al parecer, el aire puro de las proximidades del Moncayo, podría favorecer una mejoría en su estado de salud.

Al penetrar en aquel anchuroso recinto, ahora mudo y solitario, al ver las almenas de sus altas torres caídas por el suelo, la hiedra serpenteando por las hendiduras de sus muros, y las ortigas y los jaramagos que crecen en montón por todas partes, se apodera del alma una profunda sensación de involuntaria tristeza. Las enormes puertas de hierro de la torre se abren rechinando sobre sus enmohecidos goznes con un lamento agudo, siempre que un curioso viene á turbar aquel alto silencio, y dejan ver el interior de la abadía con sus calles de cipreses, su iglesia bizantina en el fondo y el severo palacio de los abades. Pero aquella otra gran puerta del templo, tan llena de símbolos incomprensibles y de esculturas extrañas, en cuyos sillares han dejado impresos los artífices de la Edad Media los signos misteriosos de su masónica hermandad; aquella gran puerta que se colgaba un tiempo de tapices y se abría de par en par en las grandes solemnidades, no volverá á abrirse, ni volverá á entrar por ella la multitud de los fieles, convocados al son de las campanas que volteaban alegres y ruidosas en la elevada torre.

Claustro del Monasterio

Para penetrar hoy en el templo es preciso cruzar nuevos patios, tan extensos, tan ruinosos y tan tristes como el primero, internarse en el claustro procesional, sombrío y húmedo como un sótano, y, dejando a un lado las tumbas en que descansan los hijos del fundador, llegar hasta un pequeño arco que apenas si en mitad del día se distingue entre las sombras eternas de aquellos medrosos pasadizos, y donde una losa negra, sin inscripción y con una espada groseramente esculpida, señala el humilde lugar en que el famoso don Pedro Atares quiso que reposasen sus huesos.

Una vez alcanzada la recuperación, los dos hermanos viajaron a Sevilla. Parece que la relación de Gustavo con su esposa, si alguna vez fue buena, se había deteriorado, entre otras cosas, debido a las constantes ausencias del poeta, que frecuentemente permanecía en casa de su amigo González Bravo, que además se constituyó en su mecenas, proporcionándole trabajos a veces no muy acordes con su capacidad y sensibilidad, así, en 1864 volvía a Madrid, donde trabajó como censor para su protector, durante tres años, con un sueldo fijo. 

Tras el nacimiento de su segundo hijo, Jorge, surgieron serios problemas en la vida del poeta. 

A mediados de septiembre de 1868, se inició el movimiento que provocó la caída de Isabel II y con ella, la de González Bravo noble, diputado, ministro, embajador y presidente del Gobierno, todo varias veces, y sobre todo, Caballero Blanco de la reina. Ante el Sexenio Democrático, ambos se exiliaron; la reina, a París y González Bravo, a Biarritz, donde falleció tres años después. Estos acontecimientos dieron al traste con los planes de Bécquer, que había preparado la edición de su poesía, cuyo prólogo iba a firmar el Ministro y cuyo manuscrito desapareció de su casa en los tumultos.

Tanto Gustavo como su hermano perdieron, uno el trabajo y el otro la pensión que recibía regularmente, a cambio de la entrega de algunas pinturas. Cuando Valeriano murió, escribió Gustavo:

Al llegar la revolución suprimieron en Fomento su pensión. Era tan poca cosa, y la devolvía en tres o cuatro cuadros con tanta usura, que yo creo que hicieron mal, pues la colección hubiera sido tanto más interesante cuanto más completa. La pensión no era una canonjía ni mucho menos; sin embargo, él sintió mucho perderla, porque perdió la base para seguir sus instintos, corriendo de pueblo en pueblo, pintando y dibujando al aire libre.

Después del desastre, los dos hermanos se fueron a vivir a Toledo durante unos meses; allí encontraban la tranquilidad deseada y podían seguir en contacto con Madrid, donde siguieron publicando eventualmente algunos de sus trabajos.

Bécquer hacia 1865. Fotografía de Laurent.

No parece aceptable la idea de que los dos hermanos crearan la serie de viñetas, teóricamente dedicadas al menosprecio de los Borbones, pero que en realidad sólo afectaban, y con un gusto pésimo, a la reina Isabel II. Los denigrantes dibujos no encajan con su amistad con González Bravo, el gran defensor de la reina, y el que en buena parte solucionaba las necesidades financieras de ambos, ni tampoco con la postura política de ellos mismos, que no parecían simpatizar mucho con el nuevo sistema imperante durante el Sexenio Liberal, ya que, de otro modo, no habrían abandonado discretamente Madrid en aquel momento.

El 15 de diciembre –seguimos en el año 68, nacía, en Noviercas, Emilio Eusebio, el tercer hijo de Casta Esteban.

Al parecer, la llegada de aquel hijo, supuso para el poeta el reconocimiento de la infidelidad de su esposa, y con ello la separación, aunque no radical ni definitiva, pues siguieron manteniendo una relación más o menos amistosa. 

Sin embargo, en 1884, la propia Casta Esteban, firmando ya como viuda de Bécquer, publicó Mi Primer Ensayo; una colección de relatos, cuyo contenido, en ocasiones parece biográfico. De acuerdo con parte de la crítica, en uno de sus relatos, Casta podría estar hablando de una infidelidad personal.

En todo caso, fue una época difícil para los Bécquer, como lo demuestra una carta firmada por Gustavo Adolfo y dirigida a Francisco de Laiglesia, el 18 de julio de 1869:

   Mi querido amigo:
   Me volvía de ésa con el cuidado de los chicos y en efecto parecía anunciármelo, apenas llegué cayó en cama el más pequeño. Esto se prolonga más de lo que pensamos y he escrito a Gaspar y Valera que sólo pagó la mitad del importe del cuadro. Gaspar he sabido que salió ayer para Aguas Buenas y tardará en recibir mi carta; Valera espero enviará ese pico, pero suele gastar una calma desesperante; en este apuro recurro una vez más a usted y aunque me duele abusar tanto de su amistad, le ruego que si es posible me envíe tres o cuatro duros para esperar el envío de dinero que aguardamos, el cual es seguro, pero no sabemos qué día vendrá y tenemos al médico en casa y atenciones que no esperan un momento. Adiós. Estoy aburrido de ver que esto nunca cesa. Adiós, mande usted a su amigo que le quiere,
Gustavo Bécquer

Apenas tres o cuatro meses después, escribía a su esposa, anunciándole el envío de 140 reales y disculpándose por no poder enviarle más.

De nuevo en Madrid, ya en 1870, se funda La Ilustración de Madrid, proyecto que ha de dirigir Gustavo Adolfo y en el que colaborará Valeriano, quien, sin embargo, fallece en el mes de septiembre, quedando Gustavo sumido en un dolor sin consuelo y enfermando él mismo poco después, en esta ocasión, sin remedio. Gustavo Adolfo Bécquer fallecía el día 22 de diciembre, apenas tres meses después que Valeriano.

Por alguna razón que desconocemos, poco antes de morir, Gustavo rogó a su amigo Augusto Ferrán que quemara sus cartas, porque serían mi deshonra, y que se ocuparan de sus hijos, añadiendo: Si es posible, publicad mis versos. Tengo el presentimiento de que muerto seré más y mejor conocido que vivo.

Al terminar sus funerales, el extraordinario pintor Casado del Alisal, propuso a un grupo de amigos una reunión en la que decidirían qué hacer con respecto a la obra del poeta. Así, el día 24 de diciembre de 1870, se reunieron en el estudio del pintor y decidieron lanzar una suscripción pública, a través de la cual reunirían fondos, tanto para lanzar la edición, como para proteger a la viuda del poeta y sus hijos. El acuerdo fue decisivo para la conservación de la obra de Bécquer, que, de lo contrario, muy probablemente se habría perdido. La primera edición de las Obras Completas de Gustavo Adolfo Bécquer, pues, apareció en 1871 en dos tomos.

Curiosamente, sus amigos y protectores corrigieron algunos textos del manuscrito original de las desaparecidas Rimas, titulado después Libro de los Gorriones, en el que Bécquer reunió las rimas que pudo recomponer–hoy conservado en la Biblioteca Nacional de Madrid-; alteraron su orden, e incluso suprimieron diez de sus poemas, publicando sólo 76, de las 86 que, como hoy sabemos, componen el total de las mismas.

G. A. Bécquer. Libro de los gorriones: Colección de proyectos, argumentos, ideas y planes de cosas diferentes que se concluirán o no según sople el viento. Biblioteca Nacional. España.

La aceptación de la obra de Bécquer es desigual, variada y, sobre todo, sorprendente su pervivencia, casi un siglo y medio después de su desaparición, con las alabanzas de unos y la escasa valoración de otros.

En aquella primera edición, se utilizaran –en el sentido figurado y negativo del término-, algunos factores destinados a exaltar ciertas claves consideradas de carácter romántico, destacando, por ejemplo, la dificultosa existencia del poeta; su muerte excesivamente temprana; la propia edición, debida a la caridad, y la inserción en la portada, no del famoso retrato de Gustavo Adolfo realizado por Valeriano, que ha llegado a constituir un tópico del romanticismo pasado, que se pretendía reanimar, sino una imagen del rostro del poeta cuando estaba de cuerpo presente; todo un conjunto destinado a remover los sentimientos del lector a favor del personaje así creado, más que a la lectura atenta de su poesía, que aparecía así envuelta en un halo indefinible de cadencias que el aire dilata en la sombra. –Rima I–.

El retrato de Gustavo realizado por su hermano Valeriano, sobradamente conocido, desde que se retiró la imagen de la primera edición, peca quizás del mismo interés por idealizar la memoria del joven romántico, fallecido tan tempranamente, ya que el verdadero aspecto de Bécquer no se correspondía del todo con aquella pintura

Bécquer hacia 1869. Fotografía de M. de Herbert. 
Colección de Antonio Rodríguez Moñino.

Por otra parte, hay que reconocer que no sabemos quien pudo ser la musa –presencia obligatoria en la poesía amorosa-, de su obra lírica, ya sea la ligeramante alegre o la cargada de dolor, desengaño y melancolía, porque las relaciones que se le conocen apenas fueron correspondidas y parece probado que tampoco pensaba en su mujer.

En todo caso, su poesía está ahí, y parece que ha podido influir, al menos, en los comienzos de multitud de poetas, famosos o no y, sobre todo, de aprendices del género; su romanticismo, aunque decadente, no dejaba por ello de contener muchos de los rasgos de un tipo de poesía que marcó una época, si bien no era ya la de Bécquer, y sigue dejando su huella en cierto modo, impresa en los orígenes de muchos poetas, pero sobre todo, en la memoria colectiva, verdadero testigo de su pervivencia, con todos sus inmateriales componentes, que, no obstante, pueden darse al margen de la experiencia del que escribe.

¡Dulces palabras que brotáis del corazón, asomáis al labio y morís sin resonar apenas, mientras que el rubor enciende las mejillas! ¡Murmullos extraños de la noche, que imitáis los pasos del amante que se espera! ¡Gemidos del viento que fingís una voz querida que nos llama entre las sombras! ¡Imágenes confusas, que pasáis cantando una canción sin ritmo ni palabras, que sólo percibe y entiende el espíritu! ¡Febriles exaltaciones de la pasión, que dais colores y forma a las ideas más abstractas! ¡Presentimientos incomprensibles, que ilumináis como un relámpago nuestro porvenir! ¡Espacios sin límites, que os abrís ante los ojos del alma ávida de inmensidad y la arrastráis a vuestro seno, y la saciáis de infinito! ¡Sonrisas, lágrimas, suspiros y deseos, que formáis el misterioso cortejo del amor! ¡Vosotros sois la poesía, la verdadera poesía que puede encontrar un eco, producir una sensación, o despertar una idea!
Cartas Literarias

            No digáis que agotado su tesoro,
            de asuntos falta enmudeció la lira:
            podrá no haber poetas, pero siempre
            habrá poesía.
                        Rima 39 (IV)

            ¿Qué es poesía?, dices mientras clavas
            en mi pupila tu pupila azul.
            ¡Qué es poesía! ¿Y tú me lo preguntas?
            Poesía... eres tú. 
                        Rima 21:

El poeta sería, en la concepción de Bécquer, aquel que debe domar la rebeldía de la palabra precisa para comunicar todo aquello que contiene el aparatoso verso primero, de su Rima I, que terminará después transformado en el tímido deseo de ser apenas susurrado:

            Yo sé un himno gigante y extraño
            que anuncia en la noche del alma una aurora,
            y estas páginas son de este himno,
            cadencias que el aire dilata en la sombra.

            Pero en vano es luchar
            que no hay cifra capaz de encerrarlo
            y apenas, oh hermosa
            si teniendo en mis manos las tuyas
            pudiera, al oído, contártelo a solas.

Dibujo de Gustavo Adolfo Bécquer. Colección de Julia Senabre Bécquer. 
Fotografía del archivo de Rafael Montesinos.


El 15 de enero de 1871 La Ilustración de Madrid dedicó al poeta un homenaje que contenía una nota de Narciso Campillo, en la que aseguraba que la vida de Gustavo Adolfo fue sólo una mañana tempestuosa, aunque anunciaba ser un mediodía espléndido y una serena y luminosa tarde.

***
Obra: Edición de 1871


de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes


…las páginas que siguen, donde se contiene todo lo que precipitaamente trabajó en su dolorosa vida mi pobre amigo, sólo aguardan estos oscuros renglones míos para convertirse en una obra que edita la caridad y que el genio de su autor hará vivir eternamente.

…Hablemos de él.
Gustavo era un ángel. Hay dos escritores a quienes en la vida he oido hablar mal de naie. El uno era Bécquer.

Todas las obras que contienen estos dos tomos han sido escritas sin tomarse más tiempo para idearlas que aquel  que tardaba en dibujar con la pluma lo que había de ser objeto de su inspiración; y era de ver los primores de sus cuartillas. 

Heine es, sin embargo menos artista que Gustavo, y el deseo de ser original lo arrastra a veces más allá de lo verdadero, siendo escéntrico y escéptico. (sic). Todas las Rimas de Gustavo forman, como el Intermezzo de Heine, un poema más ancho y completo que aquel.

Leedlo pronto y olvidad el mío, escrito nada más que para acompañarlo siempre. Él sólo, desde la otra vida podrá apreciarlo.
Ramón Rodríguez Correa

***
La Introducción Sinfónica que sigue, es, en realidad, la del Libro de los gorriones, que el poeta llama Rimas y que define como Poesías que recuerdo del libro perdido.


Por los tenebrosos rincones de mi cerebro, acurrucados y desnudos, duermen los extravagantes hijos de mi fantasía, esperando en silencio que el Arte los vista de la palabra para poderse presentar decentes en la escena del mundo.

Fecunda, como el lecho de amor de la Miseria, y parecida a esos padres que engendran más hijos de los que pueden alimentar, mi Musa concibe y pare en el misterioso santuario de la cabeza, poblándola de creaciones sin número a las cuales ni mi actividad ni todos los años que me restan de vida serían suficientes a dar forma. Y aquí dentro, desnudos y deformes, revueltos y barajados en indescriptible confusión, los siento a veces agitarse y vivir con una vida oscura y extraña, semejante a la de esas miríadas de gérmenes que hierven y se estremecen en una eterna incubación dentro de las entrañas de la tierra, sin encontrar fuerzas bastantes para salir a la superficie y convertirse al beso del sol en flores y frutos.

Conmigo van, destinados a morir conmigo, sin que de ellos quede otro rastro que el que deja un sueño de la media noche que a la mañana no puede recordarse. En algunas ocasiones y ante esa idea terrible, se subleva en ellos el instinto de la vida y agitándose en terrible aunque silencioso tumulto buscan en tropel por donde salir a la luz, de las tinieblas en que viven. Pero ¡ay!, que entre el mundo de la idea y el de la forma existe un abismo que sólo puede salvar la palabra, y la palabra, tímida y perezosa, se niega a secundar sus esfuerzos! Mudos, sombríos e impotentes, después de la inútil lucha vuelven a caer en su antiguo marasmo. Tal caen inertes en los surcos de las sendas, si cae el viento, las hojas amarillas que levantó el remolino.

Estas sediciones de los rebeldes hijos de la imaginación explican algunas de mis fiebres: ellas son la causa desconocida para la ciencia de mis exaltaciones y mis abatimientos. Y así, aunque mal, vengo viviendo hasta aquí: paseando por entre la indiferente multitud esta silenciosa tempestad de mi cabeza. Así vengo viviendo; pero todas las cosas tienen un término y a éstas hay que ponerles punto.

El Insomnio y la Fantasía siguen y siguen procreando en monstruoso maridaje. Sus creaciones, apretadas ya, como las raquíticas plantas de un vivero, pugnan por dilatar su fantástica existencia disputándose los átomos de la memoria como el escaso jugo de una tierra estéril. Necesario es abrir paso a las aguas profundas, que acabarán por romper el dique, diariamente aumentadas por un manantial vivo.

¡Andad, pues!; andad y vivid con la única vida que puedo daros. Mi inteligencia os nutrirá lo suficiente para que seáis palpables. Os vestirá, aunque sea de harapos, lo bastante para que no avergüence vuestra desnudez. Yo quisiera forjar para cada uno de vosotros una maravillosa estofa tejida de frases exquisitas en la que os pudierais envolver con orgullo como en un manto de púrpura. Yo quisiera poder cincelar la forma que ha de conteneros como se cincela el vaso de oro que ha de guardar un preciado perfume. ¡Mas es imposible!

No obstante, necesito descansar; necesito, del mismo modo que se sangra el cuerpo por cuyas hinchadas venas se precipita la sangre con pletórico empuje, desahogar el cerebro insuficiente a contener tantos absurdos.

Quedad pues consignados aquí, como la estela nebulosa que señala el paso de un desconocido cometa; como los átomos dispersos de un mundo en embrión que aventa por el aire la muerte antes que su Creador haya podido pronunciar el fiat lux que separa la claridad de las sombras.

No quiero que en mis noches sin sueño volváis a pasar por delante de mis ojos en extravagante procesión pidiéndome con gestos y contorsiones que os saque a la vida de la realidad del limbo en que vivís, semejantes a fantasmas sin consistencia. No quiero que al romperse este arpa vieja y cascada ya, se pierdan a la vez que el instrumento las ignoradas notas que contenía. Deseo ocuparme un poco del mundo que me rodea pudiendo, una vez vacío, apartar los ojos de este otro mundo que llevo dentro de la cabeza. El sentido común, que es la barrera de los sueños, comienza a flaquear y las gentes de diversos campos se mezclan y confunden. Me cuesta trabajo saber qué cosas he soñado y cuáles me han sucedido; mis afectos se reparten entre fantasmas de la imaginación y personajes reales; mi memoria clasifica revueltos nombres y fechas de mujeres y días que han muerto o han pasado con los de días y mujeres que no han existido sino en mi mente. Preciso es acabar arrojándoos de la cabeza de una vez para siempre.

Si morir es dormir, quiero dormir en paz en la noche de la Muerte sin que vengáis a ser mi pesadilla, maldiciéndome por haberos condenado a la nada antes de haber nacido. Id pues al mundo, a cuyo contacto fuisteis engendrados, y quedad en él como el eco que encontraron en un alma que pasó por la tierra sus alegrías y sus dolores, sus esperanzas y sus luchas.

Tal vez muy pronto tendré que hacer la maleta para el gran viaje; de una hora a otra puede desligarse el espíritu de la materia para remontarse a regiones más puras. No quiero, cuando esto suceda, llevar conmigo, como el abigarrado equipaje de un saltimbanqui, el tesoro de oropeles y guiñapos que ha ido acumulando la fantasía en los desvanes del cerebro.
G. A. B. Julio 1868
***
            Leyendas:

La Creación, poema indio.
Maese Pérez, el organista.
Los ojos verdes.
La ajorca de oro.
El Caudillo de las manos rojas, tradición india.
El Rayo de luna.
La Cruz de Diablo.
Tres fechas.
El Cristo de la Calavera.
La Corza blanca.
Creed en Dios, cantiga provenzal.
La Promesa.
La Rosa de Pasión.
El Beso.
El Monte de las Ánimas.
La Cueva de la Mora.
El Gnomo.
El Miserere.
***



            Desde mi celda. 
Cartas Literarias. Ocho cartas más una última dirigida a la señorita Doña M. L. A.

            Artículos varios:

La Pereza.
El aderezo de esmeraldas.
Las Perlas
La Venta de los Gatos
–Un drama (hojas arrancadas de un libro de memorias).
–Recuerdos de un viaje artístico. (La basílica de Santa Leocadia).
–La arquitectura árabe en Toledo.
–¡Es raro!
–Las hojas secas
–La mejor de piedra (fragmento).
–Pensamiento
***
            Rimas

Libro de los gorriones, Lista de las Rimas

I. Yo sé un himno gigante y extraño.
II. Saeta que voladora.
III. Sacudimiento extraño.
IV. No digáis que agotado su tesoro.
V. Espíritu sin nombre.
VI. Como la brisa que la sangre orea.
VII. Del salón en el ángulo oscuro.
VIII. Cuando miro el azul horizonte.
IX. Besa el áura que gime blandamente.
X. Los invisibles átomos del aire.
XI. Yo soy ardiente, yo soy morena.
XII. Porque son, niña, tus ojos.
XIII. Tu pupila es azul, y cuando ríes.
XIV. Te ví un punto, y flotando ante mis ojos.
XV. Cendal flotante de leve bruma.
XVI. Si al mecer las azules campanillas.
XVII. Hoy la tierra y los cielos me sonríen.
XVIII. Fatigada del baile.
XIX. Cuando sobre el pecho inclinas.
XX. Sabe, si alguna vez tus labios rojos.
XXI. ¿Qué es poesía? dices mientras clavas.
XXII. ¿Cómo vive esa rosa que has prendido.
XXIII. Por una mirada, un mundo.
XXIV. Dos rojas lenguas de fuego.
XXV. Cuando en la noche te envuelven.
XXVI. Voy contra mi interés al confesarlo.
XXVII. Despierta, tiemblo al mirarte.
XXVIII. Cuando entre la sombra oscura.
XXIX. Sobre la falda tenía.
XXX. Asomaba a sus ojos una lágrima.
XXXI. Nuestra pasión fue un trágico sainete.
XXXII. Pasaba arrolladora en su hermosura.
XXXIII. Es cuestión de palabras y no obstante.
XXXIV. Cruza callada, y son sus movimientos.
XXXV. ¡No me admiró tu olvido! Aunque de un día.
XXXVI. Si de nuestros agravios en un libro.
XXXVII. Antes que tú me moriré: escondido.
XXXVIII. Los suspiros son aire, y van al aire.
XXIX. ¿A qué me lo decís? lo sé: es mudable.
XL. Su mano entre mis manos.
XLI. Tú eres el huracán, y yo la alta.
XLII. Cuando me lo contaron sentí el frío.
XLIII. Dejé la luz á un lado, y en el borde.
XLIV. Como en un libro abierto.
XLV. En la clave del arco mal seguro.
XLVI. Me ha herido recatándose en las sombras.
XLVII. Yo me he asomado a las profundas simas.
XLVIII. Como se arranca el hierro de una herida.
XLIX. Alguna vez la encuentro por el mundo.
L. Lo que el salvaje que con torpe mano.
LI. De lo poco de vida que me resta.
LII. Olas gigantes que os rompéis bramando.
LIII. Volverán las oscuras golondrinas.
LIV. Cuando volvemos las fugaces horas.
LV. Entre el discorde estruendo de la orgía.
LVI. Hoy como ayer, mañana como hoy.
LVII. Este armazón de huesos y pellejo.
LVIII. ¿Quieres que de ese néctar delicioso.
LIX. Yo sé cuál el objeto.
LX. Mi vida es un erial.
LXI. A ver mis horas de fiebre.
LXII. Primero es un albor trémulo y vago.
LXIII. Como enjambre de abejas irritadas.
LXIV. Como guarda el avaro su tesoro.
LXV. Llegó la noche y no encontré un asilo.
LXVI. ¿De dónde vengo? El más horrible y áspero.
LXVII. ¡Qué hermoso es ver el día.
LXVIII. No sé lo que he soñado.
LXIX. Al brillar un relámpago nacemos.
LXX. ¡Cuántas veces al pié de las musgosas.
LXXI. No dormía; vagaba en ese limbo.
LXXII. Las ondas tienen vaga armonía.
LXXIII. Cerraron sus ojos.
LXXIV. Las ropas desceñidas.
LXXV. ¿Será verdad que cuando toca el sueño.
LXXVI. En la imponente nave.
***


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