viernes, 12 de mayo de 2017

Gonzalo Fernández de Córdoba y Fernando de Aragón * El Caballero y el Rey




  Más tienen que temer los varones esclarecidos la grandeza de sus méritos, 
    que los cobardes y envilecidos la mengua de sus culpas.
    Quevedo. Marco Bruto

Escribió Quevedo acerca de las sospechas que Fernando el Católico llegó a concebir sobre la fidelidad de Gonzalo de Córdoba, inducido por ciertas murmuraciones acerca del hecho de que quería adjudicarse la posesión y el gobierno de Nápoles. Sabiendo Fernando, que llegado el caso, la nobleza napolitana le apoyaría, y consciente de la enorme popularidad que su lugarteniente tenía entre sus tropas, decidió presentarse en Nápoles y convencerle de que su sitio estaba en España, donde le esperaban grandes mercedes.

Para entonces, de forma sorprendente e inesperada, Fernando había firmado la paz con el rey de Francia, Luis XII, su antiguo mortal enemigo, al que Gonzalo había combatido en Italia. 

En el verano de 1507, en Savona, cerca de Génova, Luis XII invitó a comer a Fernando.

El rey de Francia, -dice Quevedo-, viendo con don Fernando al Gran Capitán, propuso y porfió que había de comer con ellos en la misma mesa, quien vencía reyes y quitaba y daba coronas. –Y añade–: ¡Oh, cuánta muerte guisó este convite!

Efectivamente, durante la comida, el monarca francés no hizo otra cosa que elogiar reiteradamente al Gran Capitán, con lo que contribuyó a ahondar las sospechas de Fernando, que sin duda era lo que Luis se había propuesto.

Quevedo, con su reconocida facilidad para la ironía, terminaba así su relación: 

Llegó a España el Católico y nunca pudo digerir aquel banquete del Rey de Francia ni se lo dejó digerir al Gran Capitán.

Llegando a España, Fernando obligó a Gonzalo Fernández a retirarse al reino de Granada; empero el rey de Francia, no contento con haber esforzado las causas de sacar de Italia al Gran Capitán, pasó con nuevas maquinaciones a asegurarse de que el Católico no le volviese a encargar armas fuera ni dentro de sus reinos.

El asunto, sin embargo, no se reducía a la sospecha sobre los planes de propiedad de los nuevos dominios italianos por parte de Gonzalo; en Castilla se habían producido sucesos trascendentales, y todos confluían a aumentar los recelos de Fernando, incluida la presencia de su yerno, Felipe el Hermoso, de quien el rey también sospechaba que estaba haciendo ofertas a Gonzalo de Córdoba, en contra de sus propios intereses.

¿Qué había hecho el Gran Capitán, para merecer aquella malevolencia por parte del rey, al que, hasta donde sabemos, había servido con absoluta fidelidad? Aparentemente, eran inmerecidas e inmerecido fue e trato que el astuto monarca dio al Gran Capitán.

Tal vez no conocemos suficientemente al aragonés que fue rey de Castilla por su boda con Isabel de Trastámara, ya que la historia de ambos, se ha centrado excesivamente en la figura de la Reina, por lo tanto, resulta complejo analizar las causas de su actitud con respecto a Gonzalo de Córdoba, que a todas luces parece inmerecida.

Fernando y Gonzalo eran parientes, ya que la madre del Gran Capitán, era sobrina de la madre de Fernando, la segunda esposa de su padre, Juan II de Aragón, con la que compartía el apellido Córdoba.

* * *   * * *   * * *

Tenía Gonzalo unos diez años en 1465, cuando entró como paje al servicio del hermano de Isabel la CatólicaAlfonso, que más o menos, tenía su edad. 

Pero Alfonso murió pronto, en 1468, de forma inesperada, supuestamente intoxicado por una trucha que había comido en Cardeñosa. Aunque cada día resulta más evidente que, en realidad, fue envenenado, no se llega a concluir a quien beneficiaba más su desaparición. 

El hecho es que Gonzalo volvió a casa de sus padres, donde permaneció hasta que fue reclamado por Isabel, para entonces, ya casada en secreto con Fernando de Aragón, cuando se disponía a hacer la guerra a su sobrina Juana, la hija y heredera de su hermano, Enrique IV de Castilla. Gonzalo participó en la batalla de la Albuera, en 1577.

Dice, por otra parte, López de Ayala, que ya por entonces, Gonzalo llamaba mucho la atención a causa de su esmerado y rico aderezo personal, porque gastaba en ropas exquisitas, en la mesa y en criados con solo el fin de distinguirse, tan exorbitantes sumas, que sus profusiones fueron el motivo ordinario de las exhortaciones de su ayo y de los avisos de su hermano, siendo este, uno de los aspectos que siempre marcaron su imagen; el hecho de que resultaba un hombre llamativamente atractivo y muy cuidadoso de su aspecto.

Terminada la Guerra de Sucesión, Gonzalo permaneció en la corte castellana, y apunta el mismo autor, que, gozando de la estimación de todos y particularmente, de la Reyna Doña Isabel, que mientras vivió, conservó a Gonzalo mucho afecto (y algunos dicen amor), y le defendió de las calumnias de los envidiosos.

Una vez que Fernando heredó a su vez la Corona de Aragón, como se sabe, él y su esposa, se propusieron terminar la Reconquista con la toma de Granada, la cual se prolongó durante de diez años, a partir de 1482. En su transcurso, tuvo Gonzalo la ocasión de distinguirse en numerosas ocasiones, siendo su mérito reconocido por ambos contendientes, tanto que, según López de Ayala, fueron los propios sitiados, quienes empezaron a llamarle el Gran Capitán, sobrenombre que confirmaron después sus expediciones en Italia.

Precisamente durante aquella guerra, se produjo una de las acciones que más han avalado esa especie de amor idealizado que marcó la relación entre Gonzalo y la reina Isabel. Seguimos de nuevo el relato de López de Ayala

La Reyna acudió á los Reales, y habiéndose prendido una noche fuego en su tienda, y reducido todas las ropas y aderezos á cenizas, mandó Gonzalo traer de Illora, donde estaba su esposa, tan magníficas ropas, y en tanta abundancia que admirada Isabel exclamó, que el fuego había cundido desde los Reales a los cofres de Illora, y que en ellos habia hecho mayor daño que en su tienda. Gonzalo comprehendiendo bien el sentido de la expresión, respondió que por mucho que se hubiera enviado, todo era muy poco para merecer ser presentado á tan gran Reyna.

Deducimos algunos interesantes detalles de esta anécdota, que definen la relación entre la reina y su vasallo. En primer lugar, Gonzalo actuaba con ella al modo rendido de los antiguos caballeros, que tanto gustaban a Don Quijote de la Mancha  –una actitud que, de acuerdo con lo que leemos sobre él, mostró en múltiples ocasiones; en el trato con sus superiores, sus iguales, sus hombres y, en ocasiones, con el enemigo, como veremos-. En segundo lugar, no podemos sino advertir un cierto matiz de coquetería en la actitud de la reina, sin que ello implique, en absoluto, que las cosas llegaran más lejos, ni que alguno de los dos así lo pretendiera. Lo que no sabemos, sin embargo, es cómo vería Fernando tan rendidas atenciones por parte del vasallo, y tan evidente agrado por parte de su esposa.

Finalmente, Gonzalo hizo prisionero a Boabdil, después de que este decidiera capitular, pidiendo sólo un trato clemente para los suyos.

A pesar de la valerosa conducta de los sitiados, los víveres faltaban en la Plaza, y se estrechaba el cerco sin esperanza del menor alivio. Determinaron por último entregarse, y Jucef-Aben Cornija, Alfaqui Mayor de la Ciudad salió a exponer á los Reyes Católicos la voluntad de Boabdil. 

Gonzalo fue escogido entre aquel florido y numeroso ejército para entrar en Granada y asentar las condiciones de la entrega. Su perfecta inteligencia en el idioma Árabe, su grande habilidad y prudencia, el conocimiento que tenía con los infieles, el respeto con que estos le miraban, y el dominio que la naturaleza le había concedido en la voluntad de quantos llegaban a tratarle, fueron la causa de encomendarle un asunto, que era el fin de todos los afanes y trabajos padecidos en una guerra de ocho años. 

Hizo su proposición á Boabdil, y al común de Granada: volvió a los Reales, y después de repetidos viajes puso de acuerdo a sitiadores y sitiados.

Ante Gonzalo, y después de haber entregado los infieles cuatrocientos rehenes, se pusieron por escrito dos tratados, uno con Boabdil, y otro con los Granadinos, ambos muy racionales y piadosos, al fin como propuestos por Gonzalo, y aprobados por los Reyes Católicos, que finalmente se entregaron de Granada en 3 de Enero del año de 1492. 

Doña Isabel especialmente le dio las más sinceras pruebas de su aprecio, y del honor con que lo distinguía entre todos los Señores de la Corte; pues además de los servicios hechos á Castilla en la conquista de Granada, encontraba en Gonzalo un genio para todo; porque era diligente en los negocios, festivo en las conversaciones, prudente en los consejos, resuelto en la ejecución, cortés y afable sin bajeza, y serio sin arrogancia. 

La misma Reyna que sabía discernir mejor quizá que el resto de los hombres, los verdaderos talentos, le propuso á su esposo Don Fernando para mandar las armas Españolas en la guerra que meditaba hacer en Nápoles contra Carlos VIII, Rey de Francia.

***   ***   ***

Antecedentes de la cuestión suscitada en el reino de Nápoles.

Tal como había establecido su padre, Alfonso V de Aragón, su hijo Fernando I accedió al trono de Nápoles en 1458, pero Calixto III declaró extinta la Casa de Aragón y proclamó que el reino era propiedad de la Iglesia. Calixto, sin embargo, también murió, en agosto del mismo año y su sucesor, Pío II, reconoció de nuevo la soberanía de Fernando, y entonces fue Juan de Anjou, quien decidió invadir Nápoles en reivindicación del derecho de sus antepasados. Derrotó a Fernando en Sarno, el 7 de julio de 1460, quien sin embargo se recuperó tras la llegada de soldados provenientes de Cava de’Tirreni, que atacaron a los del Anjou, los obligaron a retroceder, y dieron a Fernando la posibilidad de volver a Nápoles.

Alfonso V de Aragón.- Fernando I de Aragón

.A continuación, y con la ayuda de Alejandro Sforza, Pío II y del albanés Giorgio Castriota Scanderberg –que le debía el favor–, Fernando derrotó a los del Anjou en 1464, restableciendo su autoridad, si bien jamás logró alcanzar una mínima estabilidad en aquel trono, y creyó solucionarlo implantando un gobierno opresor. Pero esto sólo dio lugar a un conato de revuelta en 1485, conocida como Conjura de los Barones, encabezada por Francesco Coppola, y Antonio Sanseverino, con el respaldo de Inocencio VIII. La revuelta fue sofocada y Fernando ofreció una amnistía que los nobles no llegaron a creerse, por lo que ordenó que fueran asesinados.

Calixto III y Pío II

Para 1493, Carlos VIII de Francia, que se había propuesto recuperar los santos lugares, decidió que previamente debía asegurar su retaguardia, lo que suponía el intento de apoderarse de Nápoles. Fernando, consciente de sus proyectos de invasión, puso en guardia a los príncipes italianos, pero murió en enero del año siguiente, dejando el trono a su hijo Alfonso II.

Carlos VIII de Francia  y Alfonso II de Nápoles

A pesar del apoyo dado por Alejandro VI a Alfonso II,  Carlos VIII no renunció a su objetivo, y en 1495 se hallaba con sus tropas a la vista de Nápoles. Alfonso, que se sentía inseguro a causa de extraños sueños, abdicó en su hijo Fernando antes de un año, con el fin de entrar él, como monje,  en un Monasterio en Mesina, donde moriría aquel mismo año, pasando el poder de Nápoles finalmente a manos de Carlos VIII (1470–1498).

Carlos VIII, era el único hijo de Luis XI –denominado indistintamente, Afable y Cabeza Dura–, de él se dice que alcanzó el trono sin más formación que la adquirida mediante la lectura de novelas de caballería, pero se convirtió en el punto de partida de las llamadas Guerras de Italia, debido a su intento de conquistar el reino de Nápoles, a cuyo efecto, firmó, en 1492, el Tratado d'Étaples con Henry VII de Inglaterra; en 1493, el Tratado de Barcelona con el rey de Aragón, Fernando II; y el Tratado de Senlis con  Maximiliano de Austria.

Henry VII, y  Maximiliano I

Asumiendo el título de Rey de Nápoles y Jerusalén entró en Italia, ocupando, sin apenas resistencia, Florencia, Roma, y finalmente, Nápoles en febrero de 1495.

Sólo un mes después, se constituyó la Liga de Venecia, promovida por Fernando II de Aragón y el papa Alejandro VI, que acabaría con el avance y el imperio de las tropas francesas. Carlos VIII se vio obligado a huir, en condiciones muy difíciles, pero logró salvar la vida. A principios de 1497 las fuerzas francesas que quedaban en Nápoles tuvieron que capitular ante Gonzalo de Córdoba.

Charles VIII. Musée Condé Chantilly

Habiendo muerto los hijos de Carlos VIII antes que él, fue su primo  Luis de Orleans, quien ascendió al trono como Luis XII.

Luis XII por Jean Perréal. Colección de la Reina de Inglaterra.

Luis XII reivindicaba su propiedad sobre el ducado de Milán y el reino de Nápoles y, a este efecto, pactó dos alianzas; una con la República de Venecia, ofreciendo Cremona a cambio de su ayuda, y otra con Alejandro VI y su hijo César Borgia, a cambio de territorios en la Romaña. 

Alejandro VI y César Borgia

En agosto de 1499 un ejército francés cruzó los Alpes y marchó sobre el Milanesado, que gobernaba Ludovico Sforza, quien se vio obligado a abandonar la ciudad, siendo de inmediato ocupada por Gian Giacomo Trivulzio en nombre de Luis XII.

Ludovico pidió ayuda al sultán Bajazet -enemigo declarado de Venecia-, y con un ejército de mercenarios suizos, recuperó el ducado, pero en abril, los mismos suizos lo traicionaron en Novara, y fue hecho prisionero con su hermano Ascanio Sforza.

César Borgia, entre tanto, tomó varias ciudades en la Romaña, indefensa e inactiva frente a la coalición franco-veneciana-papal.

Guerra de Nápoles (1501-1504)

Pero todavía le quedaba a Luis XII una gran baza que tantear; el acuerdo con el representante de la principal potencia enemiga, Fernando de Aragón. No tardó en promover y concluir con este, en 1500, el Tratado de Granada, en virtud del cual, ambos se repartían Sicilia y Nápoles. Sin embargo, no había quedado clara la propiedad de las provincias centrales de Sicilia Citerior y la disputa por esta causa, desembocó en la guerra, en la que sucesivas victorias marcaron la apoteosis del Gran Capitán; entre ellas, las de Ceriñola y Garellano.

Finalmente, en 1504, por el Tratado de Lyon, Luis XII renunció al reino de Nápoles en favor de Fernando; Nápoles absorbió los territorios sicilianos de antes del primer reparto, y así, estos territorios permanecieron bajo la soberanía española hasta principios del siglo XVIII.
***   ***   ***

Cuando el Gran Capitán fue a Roma con sus hombres,  tuvo la gloria de oír en la capital del mundo los aplausos que daba en otros tiempos á sus Pompeyos, Césares y Scipiones. El Santo Padre lo recibió con gran magnificencia en el Sacro Palacio, lo cual no le impidió –siendo notorios los desórdenes de aquella Corte, y los excesos de Alexandro VI-, exponer vivamente al Pontífice, en audiencia particular los muchos abusos que necesitaban de eficaz reforma: reprehendió la conducta de quien ocupaba tan alta dignidad, y la deshonraba con escándalo: afeó los excesos, y le amenazó con el castigo del cielo, si no remediaba tantos escándalos, y enmendaba su vida. Alexandro, que no esperaba de un soldado semejantes representaciones, quedó tan consternado, que resolvió la enmienda, y sin dejar por esto de estimar á Gonzalo, le premió con ricos dones, le colmó de honores, y le dio la Rosa de oro y un estoque: presentes que se hacían sólo a los Monarcas.

Se disponía Gonzalo a levantar el asedio de Roca Guillerma, cuando llegó el aviso de las treguas entre Fernando y Luis XII

De allí se embarcó á sosegar inquietudes de Sicilia, cuyos naturales estaban alterados contra el Virrey Juan de Lanuza, porque había cargado exorbitantes tributos sobre el comercio de los granos. Convocó los Estados en Palermo, oyó sus quejas, y hallándolas fundadas, estableció nuevos reglamentos, cuya observancia encomendó con gran severidad al Virrey y dependientes.

Esta fue por entonces la última expedición del Gran Capitán en aquel Reyno. Don Fernando el Católico satisfecho con haber restablecido allí la casa de Aragón, lo llamó a España con la mayor parte de sus tropas y fue recibido por los Reyes con muestras de estimación correspondientes a sus heroicos méritos, expresándole por todos los medios posibles su aprecio y agradecimiento. Permaneció dos años en la Corte, y en este tiempo se ofreció la conquista de algunos pueblos de las Alpujarras, que persuadidos de que querían forzarlos a recibir el bautismo en contra de lo capitulado, se rebelaron e intentaban sacudir el yugo Castellano. 

Perseveró en aquel Reyno hasta que el Rey Católico le ordenó segunda vez pasar á Italia; porque sabía los progresos que hacía en el Milanesado Luis XII, que tenía designios de conquistar á Nápoles, y tal vez la Sicilia.

En 5 de Junio del año de 1500 salió el Gran Capitán del Puerto de Málaga. La gloria militar de tan famoso Capitán incitó á alistarse en sus banderas mucha gente de gran valía, entre ellos, Antonio Leyva, y Hernán Cortés joven animoso que despertó entonces sus espíritus marciales, y si no pasó á Italia á militar corno procuró, con Gonzalo Fernández, fue porque el Cielo le detuvo con una enfermedad, para que añadiese después á España el nuevo mundo.

Antonio Leyva y Hernán Cortés

En primero de Agosto desembarcó en Mesina, y suplicado por los Venecianos fuese á socorrer sus dominios que iba ganando el Turco Bayaceto, Modón y su comarca en la Morea, á Junco y á Corón, salió cuando recibió orden del Rey Católico, el ultimo de Octubre. Recorrió Corfú, Zante, Cephalonia que tenía 700 Turcos, y alguna gente de la tierra se acogieron al Castillo de San Jorge inexpugnable por su situación, pero en 25 de Noviembre se aplicó fuego á diferentes minas: y esta es la primera vez que yo encuentro mención de ellas en la Historia. Después, los Españoles, haciendo escalas con los cadáveres de sus compañeros subieron al muro, tomaron el castillo, y pasaron la guarnición á cuchillo.

Impidió la alegría de tan señalada victoria la noticia de la muerte del hermano de Gonzalo, acaecida en Sierra Bermeja. 

En cierta ocasión, viendo Gonzalo a sus anteriormente amigos, y ahora enemigos, atormentados por el hambre y la imposibilidad de eludirla, esforzó su generosidad y diligencia, y envió á los Franceses en abundancia víveres y refrescos, licores, ropas, tapices, vajillas de plata, y toda suerte de regalos. 

Esta acción, que llenó de admiración á los Franceses, movió la indignación de los soldados. Vituperaban su liberalidad como cruel e intempestiva, y creciendo rápidamente el rumor, las quejas y las voces, pararon éstas en un audaz motín. 

Presentáronse las tropas ordenadas en batalla pidiendo las pagas con atrevimiento y desvergüenza: el Gran Capitán acudió a movimiento tan inesperado, y procurando sosegarlos, un soldado hizo ademan de herirle con la lanza, y le asestó la punta al pecho; pero sin manifestar la más leve inmutación, y procurando disminuir tan enorme exceso por un medio que mantuviese su autoridad, y lo librase de aquel riesgo, sujetó la lanza con la mano izquierda, y dio sonriéndose al soldado:

–Cuidado camarada, no me hiera, queriendo jugar con estas armas. 

Un Capitán Vizcaíno llamado Hisiar tuvo la insolencia de responderle, cuando trataba de explicar al ejército los pocos socorros que recibía: 

–Si hay falta de dineros, comercia con tu hija, y podrás satisfacernos. -

Acompañábale su hija comúnmente en las campañas-. No refiere la historia que castigase el atrevimiento del soldado; la hambre o su bajeza podrían excusarlo; pero el infame Capitán, que en todas circunstancias debía contribuir a sosegar los amotinados, amaneció colgado en una horca a la mañana siguiente á vista de todo el ejército.

No se apaciguó del todo el movimiento, y amenazaban las tropas se pasarían a servir al Duque de Valentinois, César Borja, que hacia gente para apoderarse del Boloñés y Ducado de Urbino; pero habiendo llegado á aquellas costas un navío Veneciano, lo apresaron otros Españoles con el pretexto de que llevaba hierro a los Turcos, y con su dinero se pagó al ejército; pero como el Gran Capitán se había valido de aquel arbitrio forzado por la necesidad, mandó pagar después á los Venecianos las pérdidas que habían tenido.

*** *** ***

Está edificada Ceriñola sobre un cerro que va poco á poco levantándose en medio de unas llanuras espaciosas. La cuesta está plantada de viñas, y al principio de ellas había una zanja que las rodeaba y defendía. Allí puso su gente Gonzalo.

Traían los franceses seis mil infantes y dos mil caballos: el Gran Capitán tenia contados mil quinientos hombres. Eran trece los cañones de cada ejército, pero aun este corto alivio quiso inutilizar la fortuna á los Españoles, para mostrarse después más favorable.

Por casualidad se pegó fuego á la pólvora, y el Gran Capitán con una prontitud que no la enseñan los preceptos militares, y es solo efecto de la naturaleza, temiendo no cayesen de ánimo sus tropas; 

-buen ánimo -les dice-, que estas son las luminarias de nuestra victoria.

En efecto los Españoles se defendieron tan vigorosamente, que por muchas instancias que hicieron los enemigos, jamás pudieron pasar el foso que separaba los campos, y adelantándose García de Paredes con parte de su gente después de un combate porfiado y sangriento derrotó la vanguardia Francesa. 

Allí murió el Duque de Nemours. Arremetió á la sazón con todas las fuerzas Gonzalo Fernández, y acabó de poner en universal desorden todo el campo enemigo, que huyó perseguido por espacio de seis millas la vía de Canosa, dejando muertos; más de cuatro mil hombres, más de quinientos prisioneros, perdida toda la artillería, las banderas, todo el bagaje y prevenciones, con tan pequeña pérdida de los Españoles, qué algunos historiadores numeran solo nueve muertos, y otros ciento.

A la mañana siguiente registró Gonzalo todo el campo, y hallando entre los muertos al Duque de Nemours desnudo y despojado, se detuvo un rato clavada la vista en el cadáver considerando y compadeciéndose de fin tan lamentable.

Dos Caudillos. Casado de Alisal. Museo de Prado

Mandó le llevasen á Barleta con el honor correspondiente, y que lo enterrasen en un magnífico sepulcro sellado con un honorífico epitafio. Esta victoria le sometió á Ceriñola, y casi todas las Plazas convecinas. 

El Rey Luis de Francia quedó extremamente irritado por no haber tenido cumplimiento el tratado, que sobre las pretensiones de Nápoles concluyó en León con el Archiduque yerno del Rey Católico, Felipe el Hermoso, que como no había trabajado en la conquista de aquel Reino, dispuso de él muy á voluntad del Rey de Francia, y contra las instrucciones de su suegro.

Por el mismo tiempo murió Alexandro VI.

Desde Gaeta volvió a Roma, y fue recibido con universal aplauso, y alegría. El pueblo, la nobleza, las Señoras, gente de toda esfera, de toda edad y sexo le dieron públicas aclamaciones. Alababan unos su moderación, quien su justicia, otros su prudencia, su afabilidad, muchos su presencia majestuosa, y todos su valor y pericia militar.

Mas toda la alegría se convirtió muy presto en mayor tristeza y sobresalto, porque cansada la naturaleza le acometió tan grave enfermedad, que los Médicos desesperaron de su vida. Verías entonces correr a las Iglesias todos los que sí lo recibieron con aplauso, lo gozaban con amor y complacencia. Hiciéronse rogativas públicas, votos y promesas, y tanto los soldados como los ciudadanos mostraban en competencia su afición y gratitud. 

Salió de aquel peligro y fue necesario tuviese pública audiencia siete días seguidos para recibir la multitud de gente, que venía á felicitarle. Repartió después más bien como poderoso Rey, que como Lugar-Teniente, muchos Estados a los Capitanes, y muchas riquezas á los soldados. 

Envió poco después á España á Cesar Borja, obligado por expreso mandato de Fernando el Católico, é instancias del Pontífice Romano. Habíale concedido Gonzalo un salvo conducto para venir á Nápoles, y retirarse de aquel Reino quand le pareciese conveniente, bajo la condición expresa de no intentar cosa alguna contra los intereses del Rey de España, ni del Pontífice. El turbulento genio de aquel Duque no le dejó sosegado mucho tiempo: premeditaba nuevos movimientos y conquistas; le aconsejó, y le amonestó amigablemente Gonzalo; pero no habiendo tenido efecto sus instancias, y sobreviniendo el orden de Fernando lo embarcó preso á España en las Galeras de Lezcano.

***   ***   ***

Tras la muerte del duque de Nemours, empezaron los rumores contra Gonzalo.

No volaba tan próspera su fortuna en la Corte de Castilla como en Nápoles; porque con el repartimiento de los dominios y mercedes, hizo quejosos á cuantos no quedaron satisfechos. Algunos de ellos, y sobre todo Próspero Colona picado vivamente, representaron al Rey muchos peligros en la grande autoridad que gozaba en Nápoles; desórdenes en el gobierno de Gonzalo Fernández; insolencia y rapiñas de los soldados, permitidas; la hacienda Real desperdiciada; mal gastadas muchas sumas; absoluta autoridad en repartir Estados; poca exactitud en observar las órdenes del Rey; la Soberana estimación con que lo respetaba todo el Reino, y el temor de alzarse con todo él, como quisiese hacerlo. 

Estos cargos, si del todo no creídos, no fueron despreciados por el Rey Católico, y lo determinaron a cortar la autoridad de Gonzalo: redujo la Lugar-Tenencia a los límites de mero Virreinato: mandó licenciar parte de las tropas, y puso algunos Gobernadores en lugar de los actuales nombrados por el Gran Capitán, que sentido en extremo de estas disposiciones, renunció el cargo de Virrey, y pidió permiso para retirarse á España; pero habiéndole escrito la Católica, que aun vivia, una afectuosa carta, resolvió mantenerse en aquel Reyno.

Luego que con la muerte de la prudentísima Reyna le faltó su apoyo, se declaró más abiertamente la envidia, e hicieron tanta impresión en el ánimo del Rey Católico los siniestros y apasionados informes, que llego a temer entregase el Reyno de Nápoles al Archiduque, esposo de su hija Juana heredera de Castilla.

***   ***   ***

Sobre la tardanza del Gran Capitán en volver a España después de ser llamado por el Rey (1505).

A fines del año 1505 el Rey Católico recelándose que en la contienda suscitada entre él y su yerno D. Felipe, se inclinase al fin el Gran Capitán del lado del Archiduque, determinó mandarle venir a España, so pretexto «por tener necesidad de su persona para cosas muy señaladas y de gran importancia», proveyendo el cargo de Lugarteniente general del reino de Nápoles en su hijo natural don Alonso de Aragón, Arzobispo de Zaragoza; no llegándose a efectuar este deseo del Rey por el peligroso estado de Italia y haberse, al fin, concertado el Rey con D. Felipe. 

Por más que la instrucción secreta que éste dio á su agente cerca del Gran Capitán, llamado Juan de Hesdin, para exponerle las quejas que del Rey su suegro tenía, hablando del matrimonio de éste con doña Germana, lo califica de vituperable. 

La tardanza del Gran Capitán en venir a España, después de llamado por el Rey Católico, tenía á éste por todo extremo receloso y alarmado, habiendo sido su constante deseo tenerle a su lado en la ceremonia de su casamiento con doña Germana y en el acto de recibir á D. Felipe. 

Excusaba Gonzalo su tardanza «con la sobra de mal tiempo, falta de dinero y afán de dejarlo todo proveído». La causa probable era no querer intervenir en estas discordias entre suegro y yerno, y esperar a que se ajustasen o rompiesen abiertamente, en cuya actitud expectante se hallaba también toda Italia. Por su parte D. Felipe no dejaba de importunar al Gran Gonzalo para que permaneciese en Nápoles hasta tanto que él fuese jurado Rey de Castilla.

***

Debería sosegar el ánimo de don Fernando, una sumisa carta del Gran Capitán, en la que exponía su constante adhesión a los intereses del Rey, y pedía sus órdenes para darles el más perfecto cumplimiento: pero como siempre las sospechas en materias tan delicadas suelen darse por ciertas, o por lo menos obran los políticos como si fuesen tales; le fue orden de reformar las tropas, y se estableció en España un Consejo para cuidar y proveer en los negocios de aquel Reyno. 

Intentaron el Emperador y el Papa saber de Gonzalo, qué partido abrazaría en caso de venir á rompimiento contra el Rey de Aragón, Administrador de los negocios de Castilla.

Al primero respondió gravemente sin descubrir sus intenciones; pero al Papa expuso con acrimonia se maravillaba de su pregunta, que si deseaba saber lo que haría, se informase de quien era Gonzalo Fernández y los suyos, y cuántos beneficios habían recibido del Rey Católico.

Pero más inquietudes le causaba el despedir algunas tropas, pues bien halladas con la guerra, con el país, con la impunidad que se arrogaban, se amotinaron luego que intimó la orden de Fernando. Representó a aquellos ánimos feroces, iban a otras conquistas al África, y con este cebo pudo hacerlos embarcar para Sicilia. 

*** *** ***

Asentó paces poco después el Rey de Aragón con Luis XII, resuelto á casar con Germana de Fox sobrina del Francés, para ganar a éste contra las pretensiones de su yerno el Archiduque, que aunque excluido del Gobierno de Castilla por el testamento de la Reyna Católica, lo pretendía, y aun precisó á Fernando á que saliese de Castilla. 

Mandó Gonzalo pregonar y celebrar las paces en el Reyno con grandes muestras de regocijo; pero en realidad ellas le causaron muy grave sentimiento, porque además de recaer el Reyno de Nápoles en la Casa de Francia, si no tuviese hijos don Fernando con la Reyna Germana, mandaban al Gran Capitán restituir lo tomado a los Barones de Anjou, y a él mismo se le intimaba que volviese a España; una orden difícil de ejecutar para él, porque se hallaba Castilla dividida en facciones, y él  se negaba a volver, por no verse en la precisión de tomar partido. Esta detención que no encerraba otro misterio, fue notada por varios genios suspicaces no tanto de inobediencia, como de plausible pretexto para dar oportunidad a otros designios más graves y peligrosos. 

Persuadían a Fernando, de que Gonzalo intentaba levantarse con el Reyno, o por lo menos entregarle al Archiduque don Felipe de Austria, que pugnaba por obtenerlo contra el gobierno del propio don Fernando.

No sé qué fatalidad ha perseguido en todos tiempos á las personas eminentes. Atenas persiguió á Temistocles, y dio veneno á Sócrates: Roma á Coriolano, y fue desagradecida á Scipion el Africano: Castilla al Cid, y no son graves los motivos, porque condenó á muerte á Don Álvaro de Luna; y por no aglomerar infinitos ejemplares, es fuero de Aragón, dice Gerónimo Zurita, pagar con ingratitudes á los que más se distinguieron en servicio de la patria.

La fuerza de esta ley fue tan adelante contra el Gran Capitán, que el Rey Católico siempre suspicaz, dudoso después, y últimamente persuadido de que intentaba ejecutar algunas perjudiciales intenciones, determinó prenderlo en Nápoles. 

Poco antes le había despachado una Cédula en que le prometía con juramento, y bajo su Real palabra el rico Maestrazgo de Santiago, luego que llegase a España, pero no siendo fácil ganar con intereses á un ánimo, qué los despreciaba, no apresuró el viaje, y dio sin pretenderlo, nueva confirmación á la sospecha de Don Fernando, quien ordenó a su hijo el Arzobispo de Zaragoza, pasase a Nápoles por Virrey.

Gonzalo sin tener noticia de golpe tan escandaloso lo detuvo con una rendida carta, que escribió en 2 de Julio á Don Fernando, jurando en ella á Dios como cristiano, y haciéndole pleito homenaje como Caballero de tenerlo por su Rey y Señor.

Dio después orden en las Cosas de Nápoles, se embarcó en Gaeta para venir a España, pues ya Fernando había salido de Castilla, y se había embarcado en Barcelona para recibir el juramento de fidelidad de los Napolitanos, y principalmente para traerse sin ruido á Gonzalo

Este irreprochable proceder del Gran Capitán,  no pudo enfrenar la envidia de sus enemigos, y no habiendo logrado la prisión, persuadieron al Rey le pidiese razón de dos millones, doscientos once mil doscientos y treinta ducados, que se gastaron en la conquista de aquel Reyno. A este cargo hecho en junta determinada, presidida por el Rey, y que miró Gonzalo con la indiferencia, por no decir desprecio, que le dictaba su magnánimo corazón, respondió en un libro de cuentas burlándose finalmente de semejante impertinencia en estos términos: 

En Sacerdotes, Religiosos, pobres y monjas, que sin cesar rogaban á Dios por la felicidad de las armas Españolas, doscientos mil setecientos treinta y seis ducados y nueve reales. En espías para averiguar los designios de los enemigos, setecientos mil quatrocientos noventa y quatro ducados. Añadía otras partidas más exóticas y exorbitantes, que movieron la risa de los desinteresados, y llenaron de confusión al Tesorero, logrando que acabase con prontitud y burla, lo que principió con gran misterio, para manifestar que no se debía bajar á semejantes menudencias con un hombre de su calidad.

Cuentas de Gonzalo de Córdoba en el Archivo de Simancas

Si bien resulta muy dudosa semejante respuesta del fidelísimo Capitán, no cabe duda que la anécdota refleja la situación creada y lo que había logrado su gran prestigio ante el rey Fernando. Es más segura, por otra parte, la versión que asegura que Fernando exclamó: ¿De qué me sirve que me gane un reino, si antes de entregármelo, ya lo ha repartido? Ciertamente, Gonzalo empleaba gran rumbo con sus hombres, sobre todo en los últimos tiempos, cuando se vio en la necesidad de prescindir de sus servicios.

El Papa y Venecianos le suplicaron en estas circunstancias admitiese el Gobierno del ejército que preparaban uno y otros para hacerse mutuamente la guerra; pero conformándose en todo á la voluntad de Don Fernando rehusó.

Fue entonces cuando se celebró la cena a la que asistieron Fernando, Luis XII y Gonzalo, de la que con tanto sarcasmo escribió Quevedo más tarde, y que, sin embargo, el autor que seguimos, parece negar.

Alcanzó Luis de Fernando se asentase Gonzalo entre los dos á una misma mesa, y en todo el tiempo de la comida no dejó. de ponderar sus méritos, su conducta y humanidad, juzgando al Rey Católico por más feliz en tener tal General, que en poseer infinitos dominios. Se quitó de su Real cuello una cadena de inestimable precio, y la puso con sus manos en las de Gonzalo, á quien hizo relatar sobre mesa los más importantes acontecimientos de la guerra de Nápoles. 

Algunos políticos pretenden que tantas demostraciones de estimación que le dio el Rey de Francia, tuvieron por objeto, más que honrarle, indisponerlo más y más en el suspicaz ánimo del Rey de Aragón, que efectivamente no volvió a encomendar a Gonzalo Fernández empresa alguna de importancia; pero yo juzgo que no hay pruebas para creer un proceder tan irregular en el Rey Cristianísimo, y que los Escritores que han discurrido así, han intentado más que decir la verdad, manifestar la agudeza de su ingenio. 

Matiza asimismo, la Crónica:

Recibióle aquél con muchos abrazos y placeres, y yendo el Gran Capitán á besarle las manos, el monarca francés lo alzó y abrazó como si fuera otro Rey, y por fuerza lo hizo sentar a su mesa con el Rey Católico y la reina Doña Germana. Mientras duró la comida, dice un escritor coetáneo, «casi nunca quitó los ojos del Gran Capitán, no se hartando de mirarle y dalle mil loores cada rato delante de todos».

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Salió pues Gonzalo de Saona, y habiendo padecido algunas calenturas en el mar desembarcó en Valencia. Veniales acompañando una prodigiosa y lucida muchedumbre de Oficiales Españoles e Italianos, que no acertaban á apartarse de tan amable compañía. Concurrían muchas gentes de los pueblos comarcanos para ver á aquel Gran Capitán, cuyos verdaderos hechos habían oído con admiración, y quizás con incredulidad. Llegó por último á la Ciudad de Burgos, donde estaba la Corte, y salió a recibirle el Rey Católico, que había llegado antes, con grande acompañamiento de Grandes y personas distinguidas.

Allí se mantuvo muchos meses recibiendo gravísimos sentimientos del Regente de Castilla, que rehusaba con fútiles pretextos ponerle en posesión del Maestrazgo de Santiago, que tan solemnemente le había prometido. 

Trató de casar a su hija Doña Elvira con el Condestable Don Bernardino de Velasco, aunque la procuraba Fernando para su sobrino el Duque de Segorve, y después para su nieto el hijo del Arzobispo de Zaragoza. 

Este proceder, y el sentimiento de no recibir de Don Fernando el cumplimiento del prometido Maeetrazgo, le determinaron a irse a vivir á Loja, ciudad que le había cedido el Rey por su vida, y cuya propiedad le ofreció, a cambio de que renunciara al Maestrazgo.

El Cardenal Ximenez, hombre el más sabio en discernir el verdadero mérito, pidió a Fernando le concediese á Gonzalo para mandar las tropas que iba á embarcar para la conquista de Oran; y aunque no fue por no haber concedido la petición el Rey Católico, tuvo mucha parte en la felicidad de aquella expedición, pues se ordenó toda ella, se escogió el General, y se tomaron las disposiciones siguiendo los consejos de Gonzalo.

En la famosa liga del año 1511 entre Venecianos, el Papa y el Rey Católico contra cualquiera que perturbase la tranquilidad de Italia, pidieron los dos primeros al Gran Capitán por General. Y si bien el carácter de Fernando no concedió por entonces esta petición, la famosa batalla de Ravena ganada por los Franceses, le precisó á recurrir a él, como á el único que podía restablecer los intereses de la liga. 

Ya estaban las tropas en disposición de embarcarse en aquel Puerto, y Gonzalo se hallaba satisfecho de ver su estimación restablecida; pero no llegó la ejecución de la jornada, pues la inmensa política del laboriosísimo Fernando logró se apartase el Emperador de los Franceses, y que los negocios de esta Nación cayesen en Italia con la misma rapidez que habían principiado á levantarse.

Sintió extremamente el Gran Capitán perder esta ocasión en que adquirir más gloria: exhortó las tropas á conformarse con la determinación del Rey, y añadiendo á sus razones inauditos ejemplos de magnificencia, repartió entre Oficiales y soldados exquisitas alhajas, y más de cien mil ducados. Representó le un doméstico la exorbitancia de esta suma, y le respondió: dadlo, que para usar de ello lo quiero, que el gozar de la hacienda es repartirla. En Loja volvió a hacer nuevo repartimiento para socorrer a muchos, que se habían arruinado en prevenciones que hicieron para pasar a Italia. 

Mantenía en el servicio de su casa treinta Caballeros, sin contar otros criados menores en número excesivo. A todos los trataba con gran moderación, sin enfado, sin castigo, con mucha estimación y caridad. Cuidaba que viviesen sin bullicio ni alborotos, limpios de reniegos, apartados del juego y de ilícitos amores. 

Concurrían también á aquella Ciudad muchos Caballeros de Andalucía para gozar de sus prudentes instrucciones, porque no era Gonzalo de aquellos soldados fieros que tenían por valor la ferocidad; antes por el contrario era de genio afable, muy político, y sazonaba sus conversaciones con agudezas delicadas, y propias de un ánimo liberal y sabio.

Pero no siendo fácil que un corazón tan grande y ansioso de gloria se mantuviese gustoso en los estrechos límites de Loja, cayó enfermo de cuartanas en Agosto de 1575. 

Contribuyeron también á este accidente nuevas sospechas y órdenes del Regente de Castilla, don Fernando, que receloso y advertido por los enemigos de Gonzalo, intentaba éste pasar a Flandes, traer a Carlos de Austria, después Emperador de este nombre, y ponerlo sobre el trono; o que quería según otros avisos, mandar sus tropas contra Francia, que esta Potencia también le convidaba para que gobernase las suyas en Italia; ordenó no permitiesen salir de Málaga ninguna embarcación, porque no se retirase: que si abordaba algún navío Francés, lo detuviesen; y que en caso necesario se prendiese á Gonzalo.

Pero de cualquier modo que esto haya sucedido, la muerte cortó los temores del Regente, y apaciguó la envidia de sus enemigos.

Agravóse la enfermedad, y mandando los Médicos le llevasen á Granada para la mudanza de ayres murió en aquella Ciudad el 1 de Diciembre de 1515. 

Ordeno se dijesen por su alma cincuenta mil misas, y que depositasen su cadáver en la Iglesia de San Gerónimo, para sepultarlo después adonde pareciese a su esposa. Por entonces fue depositado en San Francisco, y trasladado los años adelante á una Capilla, que en el Real Monasterio de San Gerónimo de Granada concedió el Emperador Carlos V. para enterramiento de Gonzalo y sus descendientes.

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En Trujillo supo el Rey la noticia de la muerte del Gran Capitán, producida por unas calenturas cuartanas. «Decíase que por tener el Rey Católico algunas sospechas del, lo dejaba vivir allí pacíficamente sin encomendarle cosas de guerra, en que era muy sabio, como por experiencia lo había mostrado en la conquista del reino de Nápoles; é afirmábase que si viviere más que el Rey Católico, alcanzara á ser Maestre de Santiago, porque decían que tenía bulas apostólicas para ello; aunque también se decía que el príncipe Don Carlos había después habido otra bula por medio del Cardenal de Santa Cruz para poder tener los tales Maestrazgos.»

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El Cronista Alonso de Santa Cruz, describió sus honras fúnebres:

Murió el Gran Capitán como muy buen cristiano, en el hábito de Santiago, dejando su ánima encomendada á la Duquesa su mujer y á otros dos albaceas la restitución de los salarios. Mandó decir cincuenta mil misas á las ánimas del purgatorio. Dejó encomendada al Rey Católico su hija Elvira, heredera de su Estado, y á su mujer una parte de él. 

Después de muerto lo sentaron en una silla y lo tuvieron así todo el día porque la gente lo viese. Hubo grande llanto por su muerte en Granada, así de moros como de cristianos, por todas las calles por donde pasó al llevarlo á depositar á San Gerónimo. Mandó la Duquesa enterrarlo en un monasterio de San Francisco. A los diez días le hicieron pomposas honras. Sobre su sepultura junto al altar mayor había una gran tumba cubierta de paño de brocado y una cruz de Santiago encima. Colgado de lo alto se veía el estandarte verde y pardillo que la Reina le había entregado, y á los lados pendones Reales. 

Fuera de la reja, en medio de la iglesia se alzaba un tabernáculo cubierto de seda negra, con las basas de las columnas doradas, y en éstas escudos magníficos con su genealogía y una bandera encima, coronando la techumbre del tabernáculo el escudo de Córdoba. Había alrededor doce candelabros muy grandes, y dentro otros doce, siendo el peso de cada uno de ellos quince marcos de plata. 

Toda la iglesia estaba espléndidamente colgada de tapicería, y en la reja ondeaban dos guiones del Rey de Francia, el de Ceriñola y el de Garellano, los dos ensangrentados. A la derecha se alzaban una muy rica bandera con las armas de la Iglesia, tomada al Duque de Valentinois, y otras de otros Príncipes y Señores; y á la izquierda estaban las del Rey Federico, Marqués de Mantua y de algunos potentados de Italia. Además toda la iglesia estaba alrededor adornada de banderas y estandartes. La gente que acudió de la ciudad y de veinte leguas á la redonda á sus funerales fue tanta que no cabía en la iglesia ni en las calles.

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El Rey Católico escribió una carta de pésame a la viuda de Gonzalo de Córdoba, prometiéndole su protección incondicional, pero él mismo falleció casi dos meses después, el 23 de enero de 1616.

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Pasado el tiempo, y considerando la viuda de Gonzalo, María Manrique que los restos de sus esposo merecían mejor consideración, se dirigió al rey, don Carlos I –como sabemos, nieto de Fernando–, quien cedió un lugar en el Monasterio de San Jerónimo para enterramiento familiar. 

Las obras concluyeron  en 1552; y el enterramiento del Gran Capitán fue cubierto con una lápida conmemorativa.

Gonzalo Fernández de Córdoba
por su virtud fue llamado Gran Capitán,
Sus huesos esperan aquí su restitución a la luz perpetua
Su gloria no fue sepultada con él.

Asimismo, se colocaron las imágenes orantes de Gonzalo y su esposa, María de Sessa, a los lados del retablo de la Capilla Mayor, donde se encuentran sus respectivas sepulturas.


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     04/02/2006

“Las recientes investigaciones realizadas en el monasterio de San Jerónimo de Granada por el Instituto Andaluz de Patrimonio han puesto de manifiesto que los restos conservados en la tumba del Gran Capitán no corresponden a Gonzalo Fernández de Córdoba, el ilustre militar nacido en Montilla.

Flanqueando ambos lados del retablo de la capilla mayor del templo de San Jerónimo, uno de los monumentos de la época de los Reyes Católicos que se conservan en Granada, se encuentran los sepulcros del Gran Capitán y de su esposa, María Manrique, duquesa de Sessa. En este marco, profusamente decorado con obras de Jacobo Florentino y Diego de Siloé, dos estatuas orantes presiden el panteón y la citada capilla, donada por el emperador Carlos para el enterramiento de Gonzalo Fernández de Córdoba. Justo al pie de la escalinata, bajo una lápida, se encuentran los restos hasta ahora atribuidos al Gran Capitán.

Las investigaciones realizadas utilizando técnicas de ADN y otros procedimientos que no ofrecen lugar a dudas han determinado que los restos humanos depositados en la tumba no son los de Gonzalo Fernández de Córdoba, ilustre militar nacido en Montilla en 1453 y muerto en Loja en 1515.

Los estudios se centran por el momento en la identificación de los restos humanos que, hasta ahora, y se ignora desde cuándo, han ocupado la tumba del Gran Capitán. Asimismo, se hace imprescindible la localización del cadáver de Gonzalo Fernández de Córdoba, una vez descartada ya definitivamente la ubicación tradicional.”

Monasterio de San Jerónimo, Claustro. Granada

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