sábado, 11 de febrero de 2012

ANGELOS SIKELIANÓS -Άγγελος Σικελιανός-: CONSTRUIR UN SUEÑO

Tal vez habría que nacer griego para intuir el sueño del poeta Ángelos Sikelianós -Άγγελος Σικελιανός-, porque sólo así comprenderíamos que representa la larga lucha de su pueblo para elevarse por encima de toda una historia de adversidades, de interminables ocupaciones por pueblos extranjeros, de soledad, en fin, pero, sobre todo, de su decidido empeño por resistir, finalmente coronado por la victoria, con la ayuda de un arma exclusiva e identificadora, la Lengua Griega.
Aunque casi nunca es aconsejable generalizar, podríamos asegurar que en Sikelianós se funden de forma paradigmática las dos características más singulares, específicas y trascendentes del pueblo griego: el patriotismo y la religiosidad.

Sikelianós intentó aunar la antigua espiritualidad órfica con un acendrado cristianismo, aunque no pudo lograrlo, seguramente porque ya no era posible, puesto que una religión, un conjunto de creencias, no podía complementarse con otra que había sido neutralizada radicalmente siglos antes.
Aún así, como asegura otro bastión de la poesía griega [1], Odyseas Elytis -Οδυσσέας Ελύτης-: Sikelianós fue el último que en nuestra época levantó el peso del papel de una divinidad sin presentar la más mínima fisura. Incesantemente se llenaba de Grecia e incesantemente Grecia se llenaba de él.


Sikelianós fue un extraordinario poeta, un soñador indomable y un hombre muy valeroso. Los críticos coinciden en destacar su gran atractivo físico, un factor en el que generalmente no se detienen, lo que hace suponer que debía ser excepcionalmente guapo.


Se matriculó en la Universidad de Atenas para estudiar Derecho, pero en realidad se interesó mucho más por Homero, Platón, Esquilo o la Biblia, lo que unido a su admiración y profundo conocimiento del poeta Kostís Palamás -Κωστής Παλαμάς- al que había leído desde su infancia en la isla jónica de Levkada, hicieron de él aquello para lo que realmente había nacido, un poeta que llegó a singularizarse por un intenso lirismo y por un patrimonio lingüístico único.

Un gran hito, sin duda  determinante en su evolución vital y literaria, fue el encuentro con  Eva -Evelyn- Palmer, una joven americana a quien Ángelos conoció a través de su hermana Penélope, casada, por cierto, con Raymond Duncan, un hermano de aquella innovadora artífice de la danza que se llamaba Isadora Duncan. Todos sus  encuentros parecían confluir en dirección a las Musas.

Eva había estudiado Arqueología Griega, Música y Danza Antigua en París y además tenía gran capacidad financiera; casi todo cuanto necesitaba Sikelianós para empezar a transformar su sueño. Se casaron en 1907 y al año siguiente se fueron a vivir a Atenas. Pronto nació su primer y único hijo al que llamaron Glavko; el nombre del color de los ojos de Atenea y de la transparencia de la luz del sol a través de las uvas.

En 1909 publicó Alafroïstikos, una palabra compuesta, compleja y endiablada para hablantes cuya raíz lingüística es el latín y no el griego. Suele traducirse como El de la sombra leve, pero también como El Iluminado, El Inspirado o, tal vez, El visionario, que tuvo una gran acogida y hoy es considerada como una referencia imprescindible e incluso, una especie de punto de partida en la literatura griega moderna.

Siguió Epinicios, una colección en la que Sikelianós describe la larga lucha por la liberación de Grecia del poder turco y otros poemas sobre las guerras balcánicas, que contienen algunos de sus versos líricos más inspirados, por ejemplo, en el poema titulado John Keats y, sobre todo, en La madre de Dante: el poema más bello que se haya escrito nunca sobre el parto de una mujer. (R. Irigoyen).

               LA MADRE DE DANTE
               
               Florencia parecía desierta en su sueño
               al amanecer.
               Lejos de sus amigas, sola,
               vagaba por las calles.
               Se puso el vestido de novia de seda,
               un velo de lirios
               y caminó por las encrucijadas. Bajo los pies,
               las calles le parecieron nuevas.

               En los cerros que bañaba una brisa temprana de primavera,
               como zumbidos lejanos, lenta y profundamente

               doblaban, apagadas,
               las campanas de las ermitas.

               De pronto, como si apareciera en un jardín,
               el aire fue más blanco.
               Un jardín con traje de novio, cargado de naranjos y manzanos,
               de un extremo al otro.
               Atraída por su fragancia,
               se acercó a a un alto laurel,
               en el que un pavo real, saltando de rama en rama,
               subía hasta la copa.
               Y alargando su cuello entre las ramas
               cargadas de bayas,
               comía una, cogía otra, y la arrojaba desde la rama
               a la tierra.
               Instintivamente, ella levantó su delantal bordado,
               en la sombra, hechizada...
               y al instante se sintió muy pesada,
               cargada de rizadas bayas.
               Reposó un instante del esfuerzo matinal,
               envuelta en una fresca nube.
               Sus amigas esperaban junto a la cama
               para acoger al niño.

En 1914 Sikelianós se reunió con un amigo; otro Titán de las letras griegas, Nikos Kazantzakis, que al igual que él, vivió permanentemente empeñado en una búsqueda mística, cuya cumbre, no sabemos si llegaron a alcanzar, antes o después de su existencia. Juntos pasaron cuarenta días en uno de los famosos monasterios del Monte Athos, viviendo como ascetas.

Grandes amantes de la tierra helénica, tras la experiencia contemplativa, recorrieron Grecia de un extremo a otro, tratando de aprehender el espíritu de cada árbol, de las rocas, de las viñas, o de las solitarias capillas, cuyas cúpulas embellecen el horizonte y hacen sonar minúsculas campanas, movidas por la magia del viento. Todo ello, bajo un azul transparente y sereno, un color cuyo nombre los griegos reservan para el cielo, el mar y los ojos.

A partir de 1915, en plena Guerra Mundial, se publicó el Prólogo a la Vida, cuyos versos muestran la actividad creadora y poética de sus Cinco Conciencias: de la Tierra; de la Raza; de la Mujer, de la Fe y, por último, la de la Creatividad personal.
Entre tanto, Sikelianós había sufrido la pérdida de su hermana Penélope, lo que le causó un profundo dolor, apenas suavizado por medio de su expresión lírica en el extraordinario poema titulado Madre de Dios: El poema más universal que se ha escrito en griego después de Solomós. El poeta, profundamente triste, escribe sobre la realidad de la muerte y el inconsolable dolor de la pérdida como camino hacia un nuevo encuentro con la hermana, a la que hallará, finalmente, en compañía de la Madre de Cristo.

Después de la Guerra, entre 1918 y 19, cuando ya se gestaba en sus cinco conciencias la IDEA DÉLFICA -Δελφική Ιδέα-, publicó La Pascua de los Griegos, un poemario que nunca llegó a completar y en el que intentaba aquella imposible fusión de las creencias antiguas con las actuales.

Aparentemente siguieron unos años de sequía, pero si bien lo miramos, aunque no aparecieron poemas nuevos, la dedicación absoluta de Sikelianós a la Idea Délfica siguió progresando y no sólo en su intelecto, sino en los aspectos prácticos más específicos e imprescindibles para su compleja ejecución. Además pronunció numerosas conferencias y escribió artículos y estudios destinados a disponer las mentes y las conciencias hacia el gran proyecto, todo lo cual se complementaría con la representación de las tragedias de Esquilo que él consideraba más idóneas para simbolizar su Idea.

En este punto hemos de destacar la impagable labor llevada a cabo por Eva Palmer, quien trabajó hasta la extenuación para transformar en realidad el sueño de Sikelianós. Eva no se limitó a observar los áureos caminos por los que vagaba la incorpórea inspiración del poeta, sino que la tomó entre sus manos y la dotó de forma material para exhibirla ante la mirada de los demás mortales.

Buena parte del proyecto consistía en crear en Delfos un centro para la cultura e incluso una Universidad que ayudara a la unificación del género humano. Sikelianós creía sinceramente que Delfos atesoraba energías suficientes para inspirar perfección a la humanidad y, con el objetivo de desarrollar y expandir aquellas energías, él y Eva trabajaron mucho tiempo en la preparación de los Fiestas Délficas de 1927 y 1930 a través de las cuales atraerían a artistas y pensadores de todo el mundo. Delfos –en su sueño-, volvería a ser lo que fue en tiempos del Oráculo; el Ombligo del Mundo y, a partir de entonces, el templo de Apolo ya no se sustentaría sobre columnas de mármol, sino sobre tres pilares universales: la educación, la economía y la justicia.

En este intento, Ángelos y Eva emplearon grandes cantidades de tiempo y de fondos –hasta agotarlos–, pero lograron poner en escena dos tragedias de Esquilo, Prometeo Encadenado y Las Suplicantes.

El cartel –en francés– de las fiestas anunciadas para los días 9 y 10 de mayo de 1927, ofrecía las siguientes actividades:

Prometeo Encadenado, de Esquilo, al modo del teatro antiguo.
Música de los coros compuesta al estilo musical antiguo.
Antiguas danzas regladas según los jarrones y relieves de los siglos

VI y V
Juegos gimnásticos en el antiguo estadio.
Exposición de artes y oficios populares.
Concierto de Música Eclesiástica griega.
Canciones kleftis* y
Danzas tradicionales ejecutadas por pastores del Parnaso.
Visita a las ruinas con explicaciones apropiadas por arqueólogos griegos y extranjeros.

* Kleftis: literal y originariamente, significa bandidos. Durante la ocupación turca vivían en las montañas y, andando el tiempo, lideraron la revolución que condujo a la independencia de Grecia (1821-31). Uno de los más célebres es el General Theodoros Kolokotronis (en la imagen); auténtico héroe nacional.


Diez años antes, cuando Eva viajaba desde París a Atenas para encontrarse con Ángelos, había tirado toda su carísima ropa parisina para vestir una larga túnica al estilo de la mujeres griegas del siglo V. Nunca volvió a usar ropa occidental.

Fue ella la que se empleó más a fondo en el estudio de los antiguos modelos; montó un telar para fabricar tejidos naturales que ella misma teñía tras recolectar personalmente las plantas necesarias para obtener los colores originales y, todo ello en una casa en la que ni siquiera había agua corriente. Diseñó también las máscaras de los actores así como los escudos, cascos y lanzas de los guerreros, que hizo fundir a propósito para las representaciones.

Iniciada ya en París por Isadora Duncan en el arte de la danza, se centró entonces en el estudio de la música y coreografía bizantinas que fusionó con las tradiciones populares existentes hasta hoy mismo. También formó y adiestró un coro de cincuenta niñas atenienses que representaron a las Danaides de Las Suplicantes. Eva era un espíritu libre y genial, además de una trabajadora infatigable. El desafío era gigantesco y las energías inagotables.

Los festivales fueron un completo éxito, pero la inspiración motriz, la gran utopía de Sikelianós se redujo a ese éxito, puesto que no logró alcanzar la transcendencia que esperaba, la materialización de la Idea Délfica, que debía servir de lenitivo a una Europa destrozada por aquella que fue llamada la Gran Guerra y que por algún tiempo se creyó que sería la última.
La Academia de Atenas sí valoró el esfuerzo y, en 1929 concedió a Sikelianós una medalla de plata que premiaba su valeroso intento de revivir los Juegos Délficos.

En 1932 se publicó El Ditirambo de la Rosa: La bajada de Orfeo a los infiernos, que fue representada al aire libre, en primavera, en la Colina de las Musas de Atenas. Durante los diez años siguientes, cuando Eva ya se encontraba en América, Sikelianós escribió varias colecciones poéticas relacionadas con el Orfismo.

En 1940 volvió a casarse, en esta ocasión con una griega llamada Ana Karamani.


Ese mismo año se publicaba su gran tragedia, Sibyla, que leyó unos días después de la declaración de guerra entre Grecia e Italia y que, en general, no fue bien comprendida; Elytis recuerda a Sikelianós leyendo Sibyla y haciendo retumbar las ventanas a nuestro alrededor.

En plena guerra grecoitaliana Sikelianós unió su voz a la de otros poetas y eruditos, en un agónico llamamiento a los intelectuales de todo el mundo, pero no lograron despertar sus conciencias ante el ataque del que Grecia estaba siendo víctima.

Ya durante la ocupación alemana, aún escribe Epinicios II, cuyos versos circularon de forma clandestina y constituyeron una especie de arma y savia de la resistencia. Pero en aquellos momentos, su obra maestra fue el poema que recitó en el entierro del gran poeta Kostís Palamás.

Joanna Tsatsos, testigo presencial, lo registraba en su Diario de Ocupación:
28 de Febrero de 1943

Ayer por la noche nos enteramos de una noticia increíble; el viejo Palamás ha muerto. Habíamos olvidado que era mortal. Sin perder tiempo nos apresuramos a la calle Periandru. Allí nos encontramos con Ángelos Sikelianós, que también estaba profundamente afectado. No se oía ni una mosca; todos sin articular palabra contemplábamos cómo dormía el anciano y esperábamos de pié, a su lado, durante horas. ¿Qué esperábamos? Tal vez el brillo familiar de su mirada bajo las espesas cejas… pero nada más. Se difundió a nuestro alrededor un halo de misterio: un alma grande entraba en el Hades agitando y uniendo los dos mundos.
¿Cómo se ha divulgado la noticia y ha causado tal impacto en toda Atenas? ¿Cómo es que el cementerio aparecía hoy oscurecido por la multitud? Toda Grecia estaba allí; los centinelas italianos miraban asombrados. El Arzobispo ha oficiado la misa y le ha dado el último adiós.
Después, una voz ha sacudido la bóveda y los muros, la voz de Sikelianós:



¡EN ESTE FÉRETRO DESCANSA GRECIA!

Unos chicos jóvenes han levantado el pequeño ataúd -Sikelianós a la cabeza- y lo han sacado ante una multitud inmensa. Todos habíamos dejado nuestro cuerpo atrás y avanzábamos con el poeta. Ha llegado el momento clave; el primer puñado de tierra se ha oído caer sobre la madera y entonces, Katsimbalis, con gran intensidad de voz ha entonado el Himno Nacional, que todos hemos coreado.

La tierra griega se ha serenado; lo habíamos conseguido por otros caminos: Somos libres.


Odiseas Elytis, el poeta, se encontraba muy cerca de Sikelianós aquella histórica e inolvidable tarde del funeral de Palamás:

Algo muy intenso y a la vez fugaz. Me encontré frente a él precisamente cuando alrededor de la recién cavada tumba todos juntos cantábamos el Himno Nacional. Y durante todo ese tiempo sentí clavada en mí su mirada con tanta insistencia que en verdad no supe qué hacer. Con gran esfuerzo logré no desviar la mirada. Apenas terminamos de cantar, se lanzó directamente hacia mí, me abrazó con todas sus fuerzas y me besó en las dos mejillas. Estaba literalmente fuera de sí. Yo sabía, me daba cuenta, que no era a mí a quien tanto tiempo miraba, o a quien quería besar; era al otro ser humano, a su prójimo, que su arrebato le ponía enfrente bajo mi forma. Y eso, en lugar de disminuir a mis ojos la importancia de su gesto, le dio, por el contrario, las dimensiones y la grandeza de un símbolo.

Sikelianós redactó la famosa y audaz carta que, encabezada por la firma del arzobispo Damaskinos intentó salvar la vida de los hebreos griegos, dirigida a los alemanes. La carta fue firmada por muchos destacados ciudadanos en defensa de aquellos que estaban siendo perseguidos. En 1941 Damaskinos fue elegido Arzobispo de Atenas y dos años después, cuando las persecuciones se intensificaron y comenzaron las deportaciones, protestó valerosamente ante las autoridades de la Ocupación, lo que le valió amenazas de muerte, a pesar de lo cual, dio instrucciones para que se distribuyeran certificados de bautismo falsos a los perseguidos, que permitieron salvar la vida de miles de hebreos Romaniotes en la región de Atenas.

Sikelianós pasó casi todo el período de la Segunda Guerra Mundial escribiendo tragedias en medio de la tristeza de un país que literalmente se moría de hambre. De nuevo acudimos a la inestimable memoria de Elytis, quien asegura que con frecuencia lo vió, durante los años de la Ocupación, esperando en la fila para recoger su ración, llevando un bote de hojalata con el aplomo de un verdadero arconte.


Después de publicar Dédalo en Creta y Cristo en Roma, la Sociedad de Escritores Griegos le eligió como Presidente en 1946. Tres años después fue propuesto para el Premio Nobel, pero otros escritores griegos votaron en su contra; aquellos que, en palabras de Elytis, llamaban farsante a quien, por el contrario, era como lo conocíamos por sus poemas, naturalmente majestuoso y autosuficiente en su divina sencillez.

En 1950 se publicaba su poema La muerte de Digení; su última contribución a la poesía y a la vida, que abandonó poco despues.

Cuando Eva Palmer regresó a Atenas en 1953, aún vestía, como siempre, la túnica de sus recuerdos; aquellas bellas evocaciones que envolverían amorosamente su descanso sobre la antigua tierra helénica que tanto amó.

Un gran tintero, una pluma grande y un manojo de grandes hojas de papel llenas con las grandes letras redondas de su escritura. Todo grande. Es decir, a su medida. Era aquel –Sikelianós- que quizás estaba destinado a dotar a la lengua griega de su "Máximo significado", y al que no fueron capaces de comprender algunos pequeños, pequeñísimos detractores.
                                                                                    Odysseas Elytis

[1] Odisseas Elytis recibió el Premio Nobel de Literatura en 1979.

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