miércoles, 22 de febrero de 2012

LA NOVIA DE DON FADRIQUE. I Parte

DOÑA MAGDALENA DE GUZMÁN

Esta historia comienza cuando Felipe II recibe una carta, entre lastimera y exigente, firmada por doña Magdalena de Guzmán, expedida en Toledo con fecha 22 de Junio de 1578.

Doña Magdalena suplica al rey que obligue a don Fadrique de Toledo, hijo del duque de Alba, a casarse con ella en cumplimiento de la palabra de matrimonio que aquel le dio, hace ahora algo más de doce años, el mismo período que Magdalena lleva enclaustrada en un convento de Toledo, esperando la resolución de su demanda por parte del monarca.

El Duque de Alba, don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, es más conocido en la época como El Duque, sin más.

En un principio parece tratarse de un asunto olvidado, pero, otro documento enviado un mes antes por el rey al Presidente del Consejo de Castilla, don Antonio Mauriño de Pazos, demuestra que, por alguna razón, el caso había cobrado actualidad y, acaso, cierta urgencia en su conclusión. Acompañando su escrito, Felipe II envia a Pazos los papeles del negocio de Don Fadrique de Toledo y Doña Magdalena de Guzmán, del que habréis oído algo, y en él manda al Presidente que nombre una comisión que vuelva a examinar el caso y elabore un dictamen de resolución.

Así las cosas, solo tres días después de la carta de doña Magdalena, Pazos hace llegar al rey un primer informe al respecto. De acuerdo con sus términos, Don Fadrique está obligado y puede ser compelido a que case con Magdalena, como se lo prometió, puesto que aquel matrimonio de palabra sigue en pie, no habiendo contraído otro de presente. Añadía, no obstante, el Presidente que dado que la Iglesia prohibe los matrimonios a la fuerza, habría que estudiar cómo convencer a don Fadrique por las buenas, precisamente ahora que está preso. Por lo demás, no parece haber otros impedimentos, excepto resaltar un detalle añadido al final de la carta: conviene que se diga que la prisión de Fadrique no es por causa del matrimonio sino de otras; lo que demuestra justamente que sí estaba arrestado por su negativa a casarse con doña Magdalena.

Habida cuenta de quien es don Fadrique y, comparativamente, la escasa significancia de la familia de doña Magdalena –factor que hubiera sido decisivo en la época para desaprobar un matrimonio–, llama mucho la atención el hecho de que Felipe II se tomara tanto interés en apoyar la demanda de la doncella en cuestión, puesto que siendo ella dama de la reina, habría delinquido exactamente igual que don Fadrique al aceptar un compromiso sin autorización del monarca.

Cabe destacar también el hecho de que entre las primeras cartas del Presidente Pazos sobre este asunto y las últimas, se observa cómo aquella seguridad del principio, se había transformado, dos años después, en un complicadísimo laberinto sin salidas viables, en tanto que la reclusión de Magdalena superaba ya un período de trece años.

Indagando en las raíces de esta historia, cuyos documentos siempre aparecen archivados bajo el epígrafe: Negocio de de Don Fadrique, hemos de retroceder al año 1560 más o menos, momento en que se produjo la supuesta promesa. Supuesta, hay que decirlo así, porque al producirse en privado y de palabra, resulta absolutamente indemostrable, como casi todo en el fondo de este drama, en el que el único que verdaderamente dio la cara, fue el duque de Alba, aunque tampoco sepamos exactamente, por qué.

Veinte años antes, doña Magdalena era dama de la reina Isabel de Valois. Parece ser que don Fadrique, que ya por entonces era dos veces viudo, la cortejó prometiéndole matrimonio en secreto, aunque no tan en secreto que no se enterara toda la corte, donde se criticó abiertamente a Magdalena porque andaba contentísima y muy galana, dando en todo señales de desposada.

Por alguna razón que desconocemos, Fadrique sabía que su padre no le iba a dar el consentimiento, a pesar de lo cual aseguró a Magdalena, que se casaría con o sin permiso, y que de lo contrario, no se casaría jamás. Cuando estas palabras llegaron a oídos del duque, declaró abiertamente que prefería que su hijo no se casara a trueque de que no lo hiciera con doña Magdalena.

Tal contundencia resulta muy llamativa si consideramos que Fadrique era el heredero del apellido y patrimonio de la Casa de Alba y que hasta la fecha, a pesar de sus dos matrimonios, no había tenido hijos. La diferencia social era superable, estando por medio la voluntad del rey y respecto al grado de parentesco, nada hay que decir si miramos el árbol genealógico de la Casa de Alba; más complejo y endogámico que el de la Casa Real, si cabe. Se habló también de la ascendencia judeo conversa de Magdalena, pero esto, era mejor no meneallo, pues entraban en juego los apellidos Guzmán y Mendoza que, en general tenían todos los actores de este drama. ¿Por qué pues, el duque se jugaría tanto a la carta de su negativa?

Así las cosas, la tensión aumentó hasta el infinito, ya que la madre de don Fadrique, doña María Enríquez –de Guzmán, por cierto–, Camarera Mayor de la Reina, se sentía ultrajada por tener que convivir con la menospreciada nuera, hasta tal punto, que llegó a amenazar con abandonar el servicio y el palacio, mientras en él residiera doña Magdalena.
Cuando el asunto llegó a oídos del rey, trató de influir –sin que se notara mucho– para que se celebrara el proyectado matrimonio, aún a pesar de haberse comprometido la pareja, aparentemente, sin su consentimiento, pero aún así, el duque se mostró inflexible, actitud que dejaba al monarca maniatado, ante la imposibilidad moral de menoscabar el principio de la autoridad paterna.

Tal vez debido a su costumbre de postergar decisiones para dar lugar al tiempo; algo que raramente funcionaba bien, don Felipe optó por una solución tajante, separar a la pareja. Don Fadrique, tras pasar un tiempo recluído en el castillo de La Mota fue condenado a seis años de destierro, tres de los cuales debía cumplirlos sirviendo en Orán, destino que su padre lograría permutar por servicios en la guerra de Flandes. Magdalena fue sacada –literalmente– de la corte, en medio de la noche y conducida al convento toledano, en el que, como sabemos, permanecía en 1578.

Y así volvemos a la fecha del primer informe del Presidente Pazos en el que decía, doce años después de la separación de la pareja, que no veía objeción alguna para que la boda se celebrase. Es evidente que objeción formal, no había, es decir que la boda no contravenía las leyes, pero he aquí que la negativa del duque llegó a pesar más que la ley y su voluntad más que la del monarca.

Para entonces, tras el fracaso del asedio de Alkmaar –responsabilidad, precisamente de don Fadrique por delegación y orden paterna–, consideró el rey que el duque no había sabido llevar a efecto sus planes de pacificación en los Países Bajos, por lo que le ordenó que resignara el mando en don Luis de Requeséns y regresara a España.

Cuando Magdalena envió la primera carta al rey, ya sabía que padre e hijo habían vuelto.

La comisión de Pazos desarrollaba su trabajo tan lentamente, que dio lugar a que los hechos se adelantaran a las previsiones. Llevaban apenas cuatro meses de averiguaciones, cuando una mañana, don Juan de Guzmán, hermano de Magdalena, comunicó al Presidente que don Fadrique se había casado con su prima doña María de Toledo, a media noche, en secreto y con la autorización y bendiciones del duque de Alba. Pazos, tal vez el único desconocedor del evento en toda Castilla –incluso Teresa de Ávila, la futura santa, había felicitado ya a la duquesa, madre del novio–, dedujo que la noticia debía ser cierta, al provenir de una fuente importante; la Princesa de Éboli, Grande como el duque de Alba y al igual que él, acostumbrada a contrariar al monarca aún a riesgo de la vida. Ante semejante evidencia, Pazos no tuvo más remedio que informar al rey.

El Duque de Alba armado, con bastón de mando (bengala), banda de General y Collar del Toisón

–¡Aún no puedo creer del duque tal cosa!- exclamó el monarca (por escrito) y, después de reflexionar largamente sobre la actitud a tomar ante la difícil encrucijada de los hechos consumados, ordenó que padre e hijo acudieran de inmediato a su presencia, una invitación que el duque declinó aduciendo que estaba impedido a causa de la gota.

–No se yo qué tan forzoso es el impedimento del duque –volvió a gritar el rey por escrito–, porque bien se que estuvo el otro día con el Prior. A lo que un Pazos conciliador, repuso:
–A lo que V.M. sospecha de la enfermedad e impedimento del de Alba, acá estamos todos en lo mismo, pero como no se puede probar a nadie que no le duele un pié, no sabemos qué decir en esto.

En vista de ello, fue Pazos quien acudió a entrevistarse con el duque, que le dijo sin preámbulos:
–Su Majestad sabe que don Fadrique es casado.
–No lo creo– respondió Pazos.
–Pues crea que es casado con doña María de Toledo –respondió un Alba muy alterado–, y ello con licencia del rey –que de todo tengo papeles–, y el casamiento ya se hizo por poderes en Flandes, así que ahora, don Fadrique sólo lo ha ratificado.
–Después de decir esto, el duque se fue mal contento y aún trasudando, que no podía tener el sombrero en la cabeza –explicó Pazos al rey en un papel.

No sé que diga de todo eso –respondió el monarca en el margen–, pero no me ha parecido nada bien.

Un mes después de aquella conversación, el duque, ya muy exasperado, decidió lanzar toda su artillería. Mostrando, según Pazos, gran maestría en el manejo de los términos legales, aseguró que él no había cometido ningún pecado mortal y que don Felipe no era competente para juzgarlo, además de que tenía mucho que decir en su descargo, pero que sólo lo declararía ante el propio  monarca.

–Se cree –comentó el rey (por escrito) al saberlo– que por ser yo menos letrado, le será más fácil convencerme–. Y no concedió la audiencia, por lo que Pazos volvió a encontrarse con un furibundo Alba, manteniendo ambos un diálogo muy ilustrativo acerca de la personalidad del duque.

–¿Piensa S.M. –preguntó don Fernando– dar fin al negocio de mi hijo?
–Esa era su voluntad, pero ahora anda suspenso, por eso de que don Fadrique se ha casado en secreto con su prima.
–¿Y aunque así fuera –adujo Alba–, cual es el problema o qué impedimento hay?
–Mucho –afirmó Pazos–, porque las soluciones serían muy distintas dependiendo de que don Fadrique esté o no casado. Además que se dice que le habéis premiado con cuatro mil ducados al año.
Entonces el duque estalló en cólera.
–¿Qué quiere S.M. hacer de nosotros? ¿Nos quiere cortar las cabezas? ¡Bien lo puede hacer después de haber expuesto toda mi vida en su servicio! Siempre entendí que el hecho de que guardara silencio se debía a que aprobaba mi decisión de que don Fadrique se casara con su prima. Pero sepa –añadió después de recuperar el aliento–, que los cuatro mil ducados hace ya más de tres años que se los di. Y en cuanto a vos, ya que tenéis algo que ver en este asunto, más valdría que aconsejárais al rey que lo deje en manos eclesiásticas. Porque ante ellos y ante Dios, yo me quejaré de que mi hijo lleva doce años preso sin culpa. Y después ¡que nos corte las cabezas!
–No es este negocio de cortar tantas cabezas –dijo un Pazos, siempre conciliador.
–¡Pues mejor sería que lo hiciera!- Gritó don Fernando en el colmo de la impaciencia–; porque eso se pasa en un momento y lo otro ya dura doce años y aún no tiene aspecto de acabar.

–O sea, -dedujo lúcidamente don Felipe en voz baja y por escrito–; de esto se puede sacar que está hecho el casamiento.

Y así, sin saber nadie qué decir ni qué hacer, llegó el año 1579; el rey se vio obligado a dictar sentencia y fue el secretario Martín de Gaztelu el encargado de cumunicársela al duque, a cuyo efecto, se personó en su domicilio. El duque escuchó atentamente, sentado en una silla de ruedas: que luego dentro de cuatro días primeros siguientes salga de esta corte y se vaya a su villa de Uceda, de la cual no salga sin licencia, so pena de otras penas.

Esto ocurría entre las siete y las ocho de la noche del sábado 10 de enero de 1579; el domingo 11, al amanecer, duque y duquesa abandonaban la capital camino del destierro. Iba la duquesa alegre y con buen semblante, aunque al subir al coche, le entró grandísima tristeza, y el duque lo iba mucho –no es posible dilucidar aquí, si mucho, de contento o mucho de triste–. Por la misma sentencia, don Fadrique era condenado a prisión en Tordesillas.

Extrañamente, el rey insistía mucho en su deseo de que pareciera que ambas condenas se dictaban por asuntos de la guerra de Flandes. Es evidente que no quería que trascendiera la causa real, ni aún se mencionara el nombre de doña Magdalena, quien, mantenida al margen del asunto, creía que su demanda había sido relegada de nuevo. Al menos así lo da a entender una nota del rey a Pazos, pocos días despues del auto contra los Alba: Doña Magdalena se engaña en pensar que acá tenemos olvidado el negocio.

Y sorprende asimismo, el tesón con que la protege el monarca, incluso cuando el mismo Presidente Pazos se vuelve contra ella, considerando que ha mentido al declarar que hubo cópula con don Fadrique, a pesar de haberlo negado durante años. Para entonces, a Pazos le parecía mal, incluso que Magdalena insistiera en casarse –como mujer baja y de poco seso– aún a riesgo de que al verse así obligado, don Fadrique la odiara. En cuanto a la segunda demanda de la dama, que era la de volver al servicio en la corte, fue desaconsejada por el Presidente, aduciendo que para dama ya era vieja y para dueña, demasiado joven, además de que en palacio aún servían personas de ambas familias, lo que podría ser una fuente de disturbios. Aprobó sin embargo el rey la propuesta de la Comisión de otorgar a doña Magdalena, como dote y reparo de los daños recibidos, una cuantiosa pensión que se extraería de las rentas de Indias del Duque.

De este modo fue zanjado el negocio para los de Alba; en lo que se refiere a doña Magdalena, pero, bien la fortuna, bien el favor real, marcaron otras pautas.

Mientras este drama doméstico se desarrollaba en la corte, el jovencísimo rey de Portugal, don Sebastián, dispuesto a emular las hazañas de sus antepasados había decidido llevar la guerra al norte de África, dando comienzo a una larga y compleja historia en la que no podemos distraernos ahora; pero es el caso que este muchacho, hijo, por cierto, de doña Juana, la hermana de Felipe II, desapareció, o murió, o las dos cosas, en la batalla de Alcázarquivir, lo que dio lugar a que su tío, el anciano cardenal Enrique, abandonara los hábitos para ocupar el trono por el breve período que aún le reservaba la existencia. Tras su fallecimiento, Felipe II reclamó la Corona en razón de complejos y múltiples derechos sucesorios.

La nobleza y el clero lo aceptaron relativamente bien, pero el pueblo se opuso. Don Felipe sabía que tal actitud no constituía una amenaza de consideración y que si se producía un levantamiento, lo aplastaría con poco esfuerzo, al no disponer los rebeldes de mandos cualificados, ya que la mayor parte de la nobleza portuguesa había muerto en Alcázarquivir, o permanecía allí en espera de que alguien pagara su rescate.

El único problema de don Felipe era que en aquellos momentos tampoco disponía de un general capacitado para mandar sus tropas por tierra, o mejor dicho, sí disponía, pero le daba rabia recurrir a él porque acababa de condenarlo al destierro. Aún así, sabiendo que cualesquiera que fueran las circunstancias, la fidelidad y el sentido de la obediencia del duque de Alba estaban fuera de toda duda, le mandó, sin preámbulos que inmediatamente y sin reparar en gastos, levantara un ejército para marchar sobre Lisboa. El duque obedeció rezongando: –Soy el primer hombre al que su Señor manda, encadenado, a que le gane un reino.

Y así, llegó, vio y venció; un paseo militar que abrió a Felipe II las puertas del reino vecino, cumpliendo así, tal vez el mejor sueño de su vida, lo cual no significa, en absoluto que en algún momento se sintiera agradecido hacia el duque, sino todo lo contrario. Por una parte, no quiso recibirlo, ni antes ni después de la contienda, y por otra, le negó tajantemente el permiso para volver a España una vez cumplida su misión: –No hay hombre que no diga ¿qué hace aquí el duque? ¿En qué entiende, estando ya el rey en el reino?-. Impidió el rey incluso, que la duquesa, doña María acudiera a su lado cuando el duque enfermó de gravedad, dando lugar a que don Fernando Álvarez de Toledo, el Gran Duque de Alba, falleciera sólo en la ciudad de Lisboa, en noviembre de 1583.

El Duque de Alba, anciano.
Anónimo, en el Palacio de Liria.

Sí permitió don Felipe –para que se vea que no era rencoroso– que el cuerpo del duque fuera embalsamado para su traslado a España, algo que el cronista describe con crudeza: Otro día, le abrieron el cuerpo para llevarle; le echaron por ahí las tripas y el menudo y le salaron y lo embutieron en estopa con olor y bálsamo.

Doña María recibió al menos el consuelo de Fray Luis de Granada, confesor de don Fernando durante su destierro portugués, pues le escribió detalladamente sobre la enfermedad y muerte de su esposo, a quien consideraba un verdadero santo, ofreciéndole a la vez inmejorables muestras de afecto y comprensión.

Conviene recordar que tras su Juramento enlas Cortes en Tomar, Felipe II realizó una entrada triunfal en Lisboa y dice el cronista portugués que cuando pasó ante la casa en la que residía el duque, lo vio en una ventana, y levantó los ojos por tres veces, sin hacer mudanza de alborozo ni alegría.

Muy distinta fue, como ya adelantamos, la suerte que corrió doña Magdalena Guzmán, sin necesidad de hacer tanto ruido como el duque. Como se ha dicho, las Cortes portuguesas tomaron juramento al rey en Tomar; esto fue el día 15 de abril de 1581; pues bien, en aquella misma ciudad y sólo diez días después, se publicaban al fin las Capitulaciones matrimoniales de doña Magdalena. Lo sorprendente, es que en aquellas no figuraba el nombre de don Fadrique, quien, por otra parte, no sobreviviría mucho a su padre.

Doña Magdalena de Guzmán y Mendoza, se casaba con don Martín Cortés, II Marqués del Valle de Oaxaca –Guajaca–, viudo a la sazón y único hijo legítimo del conquistador Hernán Cortés.

La boda se celebró en Toledo el cuatro de octubre de ese mismo año y el matrimonio duró hasta octubre de 1589, fecha en que murió don Martín, y a partir de la cual, doña Magdalena pasó a ser conocida como la Marquesa del Valle.

Así pues, finalmente, y contradiciendo el dictamen del Presidente Pazos, Magdalena -dama o dueña- se reintegró al servicio de aquella Corte que incluso se ocupó de su matrimonio, durante el tiempo que Felipe II permanecio en Portugal. Cuando el monarca regresó a Madrid, ella también volvió, y podemos decir con toda certeza, que fue entonces cuando terminó la historia de Magdalena Guzmán, dando paso a la historia de la Marquesa del Valle, cuyo devenir nos situará ya en el reinado de Felipe III.

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