viernes, 3 de febrero de 2012

FAMILIAR Y AMABLE, CERVANTES (I)

Se aproxima, ineludible, aunque familiar y amable para un espíritu humanista, llevando las riendas de un hermoso caballo, reluciente azabache. El hombre la mira con una sonrisa fatigada, resignado tal vez. Aunque piensa que es demasiado pronto, no hace ningún reproche, se limita a pedir una breve tregua porque desea encomendar  la obra de su vida al Conde de Lemos, el único a quien cree capaz de protegerla. -Si bien me acuerdo dije que don Quijote quedaba calzadas las espuelas para ir a besar las manos a Vuestra Excelencia; y ahora digo que se las ha calzado y se ha puesto en camino

      Al final, la vida es siempre demasiado breve cuando queda tanto por hacer. Ahora, él mismo pone el pie izquierdo en el estribo, monta pausadamente y se aleja sin ruido. Una vez más, la muerte conduce al caballero hacia la gloria de la que jamás disfrutará mientras respire. Y Dios sabe que la merecía.

¿Se parecería Cervantes al caballero representado en este retrato?

         Cervantes. Miguel, es acaso el verdadero nombre del jinete. Pero ¿por qué Saavedra, si su madre se apellida Cortinas? En estos tiempos, los apellidos son algo aleatorio, pero aún así, ¿por qué Miguel, ese nombre, como añadido, en un registro de bautismo, junto a otro nombre casi borrado? La respuesta se pierde igual que pasará con sus huesos y hasta con las cenizas resultantes, como ya se extraviaron, tiempo atrás, las huellas de sus ancestros.

      Sólo tenemos un nombre como hilo constructor de nuestra historia de la que, sin duda foman parte aquellos que nos precedieron, cuya memoria constituye nuestra verdadera hacienda, la única inalienable. Pero no es el caso; este hombre que cabalga orgulloso y resignado a través de los siglos, es Don Quijote. Ha sido preciso disfrazarlo porque su verdadera historia entraría en franca contradicción con la Historia.


      Nunca pudo probar la limpieza de su sangre, ni aún haciendo trampas, si bien, a pesar de la oscuridad y el silencio que envuelven la procedencia de sus mayores, esta tiene un peso intangible pero específico que ha contaminado toda su existencia. No quiero acordarme –escribió–. Sucede un acto pasivo cuando alguien olvida de verdad: no se me acuerda, como dijo Felipe II, una vez que quiso practicar el francés Valois con su hijo. Este Miguel, es evidente, desea olvidar de forma activa e imperativa.


      Soldado Aventajado después de Lepanto, aunque es la condición previa para alcanzar el grado siguiente, nunca será Capitán, ¿a causa, quizás, de su brazo estropeado? No lo parece; aunque sorprenda; si eso hubiera sido un impedimento, don Juan de Austria no habría firmado la recomendación que debía favorecer el ascenso, o quizás, algún puesto en la corte. El problema es que, en todo caso, nadie vio el flamante certificado de don Juan. Abandonaría Miguel el ejército voluntariamente, tentado por el ejercicio de las letras o lo descartaría por motivos personales a su vuelta de Argel. Su hermano Rodrigo murió siendo Alférez.


      Una condena a diez años de destierro y la brutal amputación de la mano derecha, además de otros castigos, extendida a su nombre, le habría inducido a abandonar el reino con la mayor cautela y rapidez. Y los malditos diez años se diluyeron –tal vez aportando la prescripción–, entre Italia y el cautiverio de Argel. La mano derecha se pudo librar del hacha, pero la izquierda, como si en lugar de Justicia, se tratara de una maldición, saldó, en cierto modo su deuda, en la nunca suficientemente valorada batalla de Lepanto.


      Después de una breve e incógnita misión en Mostagán, a cambio de cien ducados, no hay más encargo para Miguel, excepto el de confiscar trigo y cebada en Andalucía –para la Armada que el rey se propone lanzar contra Inglaterra en una misión que, al parecer, pretendía culminar con la ocupación pacífica de un reino en el que ni un solo soldado llegó a poner los pies–. 


      Fracasado el proyecto de Inglaterra no encuentra mejor, ni peor ocupación, que la de cobrar impuestos atrasados, a causa de la cual, le reclamarán hasta el final de su vida, miles de maravedíes que, en parte hizo desaparecer un tal Freire y, en parte, pudo perder él mismo, seguramente, a causa de su salario, siempre tarde o nunca percibido.


      Resultados prácticos para Miguel: excomunión, deudas  y cárcel.


      Pero la pobreza puede no ser una maldición en una sociedad en la que el pobre es multitud y muchos soldados licenciados vagan en ocasiones por los caminos del reino, llenando de orgullo sus bolsillos vacíos y comportándose como hooligans cuando se presentan en grupo. Pero lo peor es que Lepanto ya no cuenta para el rey, ni para nadie; fue su única oportunidad; el coraje, incluso la temeridad, hubieran servido para superar la barrera de la sangre heredada. Pero no. Ahora un triunfante Lope se burla de su brazo inútil y asegura que Miguel lo perdió en Corfú, quizás porque necesitaba la rima o, quizás porque no tenía mapas Google para consultar.



El tiempo es breveEl gran Felipe II ha muerto y su hijo ha trasladado la Corte a Valladolid, movido estrictamente por la enfermiza avaricia de su amigo y consejero el Marqués de Denia, cuya ejecutoria se adorna con la custodia de la soledad de doña Juana, la reina, bisabuela de Felipe III, y con la vigilancia de don Carlos, el príncipe heredero, primogénito de Felipe II, durante su encierro en Madrid. Doña Juana, que lo soportaba casi todo con increíble entereza, se quejó amargamente de la malquerencia de aquellos Denia que afligieron su aislamiento en Tordesillas con todas las humillaciones posibles. En cuanto al terrible secreto que envuelve la muerte del príncipe Carlos, permanece oculto en un silencio sobrecogedor que los Denia conservan como oro en paño y muestran, cuando es menester, entre los grandes servicios prestados a esa Corona, cuya deuda con ellos, se salda ahora con la apropiación de la mayor parte de los bienes del Tesoro por parte de Lerma. El mayor ladrón de España, este marqués de Denia encaramado después a duque de Lerma, no le robó hasta las calzas a Felipe III; simplemente, cobró una deuda con intereses. Y murió sosteniéndolo.

      Por el momento, el hijo coronado parece ser muy diferente del padre, así que, tal vez, si vamos a Valladolid, hallemos el modo de subsistir en este mundo tan difícil. Y ciertamente parece anunciarse una era de buena fortuna cuando Juan Gallo de Andrada, a veinte días del mes de diciembre de 1604, fija en esta ciudad la tasa de El ingenioso hidalgo de la Mancha, compuesto por Miguel de Cervantes Saavedra. Cuenta la historia de un hidalgo enloquecido por la lectura compulsiva de libros de caballerías, cuya adquisición, además, mermaba su hacienda de forma significativa.


      ¿Qué culpa tendrían Amadis de Gaula, Tirant lo Blanc, el mismísimo rey Arturo, y hasta el Chevalier Carlos el Temerario, quien, por cierto, tanto gustaba al emperador? Dado que aquellos caballeros no hacían más que vengar agravios y proteger a los débiles y a las doncellas desvalidas, puede ser que nuestro autor quisiera prevenir sobre los riesgos inherentes en su época a la lectura en general. ¿Qué sabemos? Por si acaso y, en un episodio acorde con los tiempos, o bien Cide Hamete Benengeli o bien Cervantes han ideado un íntimo y familiar auto de quema de libros al principio de la
obra, sólo para dejar claros unos principios básicos.


Portada de la primera edición de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, Madrid, Juan de la Cuesta, 1605 (Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes).


Ironías de la vida; la novela engendrada bajo el cetro de Felipe el Grande, entra en la Historia de la mano de Felipe el Pequeño, un hombrecito incapaz de gobernar, en opinión de su mismísimo progenitor, aunque hay que preguntarse seriamente, si Felipe II quiso insultar así, públicamente, a su hijo, o semejante menosprecio le fue adjudicado al rey por sus íntimos Consejeros, temerosos de perder el absoluto aunque discreto poder del que gozaban, y que veían amenazado por el joven Lerma, mucho más íntimo del heredero que ellos de su rey, quien, como muy bien sabemos, no era amigo de intimidades.
     
Por cuanto por parte de vos, Miguel de Cervantes, nos fue fecha relación que habíades compuesto un libro intitulado El ingenioso hidalgo de la Mancha, el cual os había costado mucho trabajo… os damos licencia y facultad para que podáis imprimir el dicho libro. Yo el Rey. En Valladolid a 26 de septiembre de 1604. 

      Una alegría.

      Este hombre al que llamamos Miguel, casi con la misma seguridad que podemos llamar Homero a Homero, arrastra ahora una gran familia a la que debe sustentar, o tal vez no, ya veremos. Se trata de sus hermanas Andrea y Magdalena, ambas solteras y ya algo mayores, aunque mantienen la sana costumbre de engañar con la edad. Está Catalina, la esposa de la que se separó hace algún tiempo, pero que ahora ha vuelto, seguramente a causa de los años y tal vez de la soledad, que no perdona. También está Constanza Ovando, su sobrina, hija de Andrea y, por último, Isabel Saavedra, hija adoptiva de Miguel. Todos ellos se alojan en un cuarto, –entendamos la cuarta parte–, de una casa llena de inmigrantes llegados a Valladolid en busca de un remedio para la subsistencia al calor de la Corte del señor marqués de Denia, aunque el rey también estaba.


      Esta casa, en la que que Cervantes vivió con toda seguridad, se encuentra en las afueras de la ciudad, próxima al Rastro de los Carneros o camino del matadero, y al río Esgueva, que muy cerca, se atraviesa por un puentecito. También está cerca el Hospital de la Resurrección donde los perros Cipión y Berganza filosofan admirablemente sobre los enigmas de la existencia humana y canina.
<La casa del Rastro, como era y como es.
El edificio, en conjunto, consta de cuatro cuartos repartidos en dos plantas iguales; un mesón en la planta baja, a la izquierda del primer portal, y arriba, un desván o buhardilla.

      El mesón es la maldición del barrio por su propia naturaleza; lo frecuentan ruidosas gentes con aspecto de piratas turcos, la mayoría relacionados con el matadero.


      En el primero izquierda vive Cervantes con las susodichas Catalina, Isabel, Constanza, y sus hermanas Andrea y Magdalena –esta última, que es beata, no se apellida Cervantes, por cierto, sino Sotomayor, sin que conste haya asumido dicho apellido en razón de matrimonio–. Convive con el grupo familiar una criada llamada María de Ceballos.


      En el primero derecha vive Luisa de Montoya, viuda del Cronista Luis de Garibay, con sus tres hijos: Luis, que ha recibido órdenes menores a los diez años, pero que pronto cambiará el orden sacerdotal por el matrimonial. Esteban, que suele acompañar a su madre a la iglesia y cotillear al vecindario y, por último, la pequeña, Luisa. Todos ellos servidos por una criada, Catalina de Rebenga.


      En el segundo izquierda –encima de Cervantes–, vive Mariana Ramírez con su madre y dos hijas aún pequeñas.


      El segundo derecha está habitado por Juana Gaitán, María de Argomedo y Ayala con su hermana, Luisa de Ayala, una sobrina, Catalina de Aguilera, y dos huéspedas más, Jerónima de Sotomayor y su correspondiente criada llamada Isabel de Islallana, que es otra de las que acostumbran a inspeccionar las actividades privadas del pequeño vecindario.


       Juana Gaitán había sido, por así decirlo, la instigadora del matrimonio de Miguel. En 1584, con ocasión del fallecimiento de su marido, Pedro Laynez, poeta y amigo de Cervantes, Miguel viajó con ella a Esquivias con objeto de revisar la obra poética de su colega e intentar su publicación. Fue entonces cuando conoció a Catalina, con la que se casó poco después y de la que se separaría amistosamente, otro poco después.


      Y es en ocasiones como esta, cuando comprobamos que la vida, a veces parece constituir el trazo de un círculo; empezamos en un punto determinado, para volver a ese mismo punto al cabo imparable de los años. Miguel y Catalina han vuelto a encontrarse ahora, en 1605 en Valladolid, y todavía entonces, curiosamente, Cervantes sigue buscando un editor para la obra de su desaparecido amigo.

 
      Nos queda esa especie de ático en el que vive Isabel de Ayala, viuda, según dice ella, del doctor Espinosa y que, como Magdalena, se ha hecho beata.


      Estamos a veintisiete de junio de 1605 y los ejemplares de nuestro libro todavía huelen a tinta fresca cuando don Gaspar de Ezpeleta, un Caballero de Santiago, no obstante, bebedor, vividor y mujeriego a toda prueba, es herido gravemente a eso de las once de la noche, justo ante la casa de Miguel.


      A pesar de las fiestas, tan frecuentes durante el reinado del Incapaz, toda alegría se desvanece en el barrio desde el momento que don Gaspar es atacado. 


      Un grito rompe el silencio: –¡Cuchilladas! ¡Cuchilladas!-. Los ladridos de los perros traspasan la oscuridad mezclados con el doloroso grito de un hombre: –¡Válgame Dios!


      Han transcurrido unos meses de luminoso derroche porque había que celebrar grandes eventos de los cuales, no era el menor, el nacimiento y bautizo del príncipe heredero, el cuarto Felipe, que había nacido el ocho de abril. Pero hay otro asunto de internacional trascendencia.


      Este reinado se distingue por sus relaciones diplomáticas a favor de una paz tan deseable como necesaria, porque ya no queda dinero. En la Conferencia de Somerset House hemos firmado el Tratado de Londres con Jacobo I de Inglaterra y Sir Charles Howard ha venido a Valladolid para ratificarlo. Sí, se trata del Howard que años atrás sometió a Cádiz a un cruel saqueo, ante el asombro de todos, el pasmo del rey grande y la tardanza en la defensa de la ciudad a la que los soldados llegaron justo a tiempo para ver alejarse los navíos ingleses con el botín a bordo.


      La visita no agrada a muchos, tampoco a Góngora.

                    Parió la reina, el luterano vino
                    con seiscientos herejes y herejías;
                    gastamos un millón en quince días
                    en darles joyas, hospedaje y vino.

                    Hicimos un alarde o desatino
                    y unas fiestas que fueron tropelías
                    al ánglico legado y sus espías
                    del que juró la paz sobre Calvino.

                    Bautizamos al niño Dominico
                    que nació para serlo en las Españas;
                    hicimos un sarao de encantamento;


                    quedamos pobres, fue Lutero rico;
                    mandáronse escribir estas hazañas
                    a Don Quijote, a Sancho y su jumento.


      Y es que había incluso quien dudaba de la validez de la firma de un hereje, por serlo. En serio. Pero Góngora, el genial, que, como bien se ve, no siempre dedica su arte poética a las estrellas que pacen en campos de zafiro, ha arremetido asimismo contra el tal Ezpeleta, quien en medio de las fiestas y, justamente una tarde en que andaba bastante perjudicado, se propuso alancear un toro.
     
                    Cantemos a la jineta
                    y lloremos a la brida,
                    la vergonzosa caída
                    de don Gaspar de Espeleta.

     
      Aquella fiesta taurina tuvo lugar el diez de junio y ahora, el día veintisiete, el caballero Ezpeleta volvía a significarse.
     

       Sólo un rato antes del funesto percance que iba a sufrir, había pellizcado subrepticiamente a la joven Isabel de Islallana, la criada de Juana Gaitán, del segundo derecha, que iba con su cántaro a la fuente -ya bien pasadas las diez de la noche-. Nadie podía sospechar en ese momento la suerte que le reservaba el destino, o tal vez sí, porque como después se vió, el presunto atacante, luego asesino, parecía tenerlo todo planeado. Esteban de Garibay, el hijo mayor de Luisa Montoya, la del primero derecha, aseguró que aquella noche, sobre las once, cuando volvía de la iglesia de San Lorente con su madre, su hermana y Magdalena, la de Cervantes, había visto a un hombre embozado vestido de negro, armado con espada y escudo medio ocultos, que le resultó muy sospechoso y que así se lo había comentado a su madre.

      Cervantes ya dormía cuando, a eso de las once, oyó gritos en la calle. Acto seguido llamó a su puerta Luis de Garibay quien, visiblemente impresionado, le pidió que le ayudase a subir al hombre que yacía herido en el portal. 


      Cuando salieron, Esteban intentaba envolver al herido en su capa y, entre los tres lo subieron a la casa de doña Luisa. La víctima parecía desangrarse por una gran herida a la altura de la ingle, por lo que, a toda prisa llamaron a un barbero que procedió a efectuar una primera cura. Cuando el caballero pareció recuperar el hálito le preguntaron quién le había atacado, pero no dijo ni una palabra.

    
–Acabábamos de volver de la iglesia; de hecho todavía no nos habíamos cambiado de ropa, cuando oímos voces. Me asomé a la ventana y vi como don Gaspar se acercaba tambaleante a la puerta, dando grandes voces: –¡Tenganme a ese traidor, que me ha muerto!-. Entonces miré a la calle y vi a un hombre que iba huyendo hacia la Puerta del Campo. Juraría que era el mismo que me hizo sospechar cuando lo vi antes de entrar en mi casa, porque iba igualmente embozado, vestido de negro y era bajito. Avisé a mi hermano y salimos los dos a ver lo que había pasado–. Declaró el Garibay mayor.

      Constancica, la hija de Andrea, también salió. Se le alcanzaba que el asunto era grave y podía traer consecuencias, de modo que fue ella quien pensó que tal vez fuera aconsejable que interviniera la justicia, si bien ella misma no podía acudir en su busca, sóla y en medio de la noche cerrada, así que interpeló a los primeros que aparecieron por la calle.


      – ¿No llamarán a la justicia, que han muerto aqui un caballero? Y al poco rato llegó un alguacil que dijo llamarse Francisco Vicente, quien rogó a todos que permanecieran en la casa hasta que llegara el Alcalde.

     
Y la casa ya está completamente revolucionada cuando llega el Alcalde Villarroel. Todos sus habitantes se interesan por el herido que a ratos dormita, acostado en un jergón que a toda prisa se ha acondicionado en el mismo suelo, a la entrada de la casa de doña Luisa. El hombre parece haberse serenado tras la confesión que de motu proprio ha realizado ante el clérigo don Pablo Bravo de Sotomayor. (Y ya contamos tres Sotomayores en este drama).

       –Reláteme Vuestra merced, si puede, lo sucedido, –dice el alcalde, que parece tan habituado a las circunstancias, que su sóla presencia ha tranquilizado los ánimos de la concurrencia.
      –A eso de las diez, poco más o menos, estaba en casa del marqués de Falces, donde paro con frecuencia. Cuando terminamos de cenar me despedí de él, cogí la espada y un broquel y salí a la calle acompañado de un paje. Y viniendo por el campo adelante, llegué a la esquina del Hospital de la Pasion, por el camino del Rastro. Entonces me salió un hombre al paso que me preguntó sin respeto alguno que a dónde iba. –¿Para qué lo quiere saber?-, le contesté, mientras desenvainaba la espada.  El hombre sacó la suya y nos tiramos de cuchilladas, con tan mala fortuna que él me alcanzó primero. Esto es todo lo que puedo decir.
     –¿Y no sabe Vuestra merced quién era y por qué le atacó?
     
     –Juro, en el trance en que me encuentro, que no lo conocía.

      Ezpeleta perdía fuerzas visiblemente y parecía dormirse a cada palabra, de modo que el Alcalde ordenó al Alguacil que dejara las averiguaciones para el día siguiente. En aquel momento era imposible pedir al herido que firmara su declaración.


      Y el día siguiente fue jornada muy laboriosa; había que interrogar a muchísimos testigos. Desde las primeras declaraciones quedó claro que nadie sabía nada, aunque que casi todos conocían la verdad, pero sabían asimismo, que la verdad no era el objetivo del Alcalde, quien continuó con sus averiguaciones, a través de las cuales fue informado de otros asuntos que le parecieron sumamente interesantes, estuvieran relacionados, o no, con el crimen que investigaba.


      Prácticamente ninguna de las declaraciones lo relacionaba con el herido y, sin embargo, Cervantes volvió a la cárcel, y esta vez, acompañado por todas sus mujeres, excepto por la esposa, Catalina, que probablemente estaría de viaje.


Camporredondo, el criado de Ezpeleta sabía a ciencia cierta que su señor cortejaba a una tal Inés Hernández, y que ella estaba casada con un escribano llamado Galván. Su relación era pública y notoria, e incluso algunos de los declarantes conocían detalles de la misma; así la criada, María Argomedo o la señorita Isalallana, quienes podían dar testimonios muy precisos acerca de las actividades más privadas de todo el vecindario. Lo sabía asimismo Juana Ruiz, la patrona de la casa en la que se hospedaba Ezpeleta. Pero la más indiscutible evidencia procedió precisamente de la mismísima señora de Galván, quien al saber lo ocurrido, no dudo en acudir a casa de Ezpeleta para reclamar dos anillos de su propiedad que describió con todo detalle, y que, casualmente coincidían con los que se encontraron en los bolsillos del herido.

      Diremos al descuido que entre los objetos que guardaba en los bolsillos el temerario alanceador de toros, había yesca, eslabón y pedernal. Así que, el caballero, fumaba.


      Se halló asimismo, una prueba que nos autoriza a albergar todas las dudas posibles: Un papel doblado hecho billete, escripto toda una cara –escondido en las calzas del herido–, el cual, sin leerlo ninguna persona, tomóle dicho señor alcalde en su poder.

    
Una de dos, o bien el señor Alcalde consideraba que la suerte corrida por don Gaspar era la que merecía todo aquel que cortejara a una casada, o bien conocía al escribano o a su infiel esposa, y no quiso darse por enterado oficialmente de que el hombre podría haberse tomado la justicia por su mano. Pero tampoco podía hacerse el loco y archivar el proceso con tanta celeridad; menos aún sin ofrecer un culpable que saciara la pública y necesaria sed de justicia. 

      A los dos días, después de confesar, –ante un sacerdote, no ante la justicia real, porque hasta su último suspiro el herido se negó a revelar cualquier dato sobre su agresor o sobre el verdadero motivo de la pendencia–, fallecía el caballero don Gaspar, dejando este mundo de forma harto inadecuada, a causa de la proliferación de duelos durante la época de Cervantes, tanto bajo el reinado de Felipe II como el de Felipe III. ¿No había tenido que escapar a Italia el mismísimo Miguel, a causa de un duelo?

     
Dejaba ordenado don Gaspar un pequeño legado para Magdalena Sotomayor, en agradecimiento a sus continuos desvelos y a los amables cuidados con que había suavizado sus últimas horas.
     

El alcalde tiene que dar ahora razón de un crimen del que aparentemente no sabe nada, pero de cuyas averiguaciones debería ofrecer algún resultado. Sea como fuere, los propios vecinos le van a proporcionar una nueva y jugosa línea de investigación, porque había asuntos capaces de saciar la curiosidad de todos aunque nada tuvieran que ver con la cuestión que había que aclarar. 
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