lunes, 27 de febrero de 2012

YO PARA MORIR, VOSOTROS PARA VIVIR. SÓCRATES - ἐμοὶ μὲν ἀποθανουμένῳ, ὑμῖν δέ βιωσομένοις. Σωκράτης

SÓCRATES Σωκράτης

EUTIFRÓN Ευθύφρων PLATÓN

Cerca del Pórtico del Rey, en las afueras de Atenas, junto al Cerámico, una vez al año, el Arconte Rey juzgaba homicidios y ofensas a la religión –durante la democracia rigió una amnistía por la que no se podían presentar causas de carácter político-. Aquella mañana, todavía muy temprano, Eutifrón se encontró allí  con su amigo Sócrates. Sorprendido al verlo tan lejos del Gimnasio y del santuario de Apolo donde solía reunirse todos los días con amigos y discípulos, le preguntó.
–¿Qué ha pasado, Sócrates, para que abandones tus habituales costumbres? ¿O es que tienes alguna causa pendiente?
–Tengo una causa, amigo, a la que los atenienses llaman Crimen contra el Pueblo. (Δημόσιον έγκλημα).
–¿Pero qué me dices? ¿Quién te acusa? Porque estoy seguro de que no eres tú el que ha denunciado a otro…
–Sólo sé que se llama Meleto y que es un joven casi desconocido. Al parecer, me acusa de corromper a la juventud,  de inventarme dioses y de no respetar los antiguos.
–Quizás se refiera a ese espíritu desconocido que dices que siempre va contigo; cuando yo hablo de eso en la asamblea, parece que les causa mucha risa.
–Si sólo se rieran no tendría importancia; yo mismo me reiría con ellos, pero temo que en esta ocasión se lo han tomado de otra manera. Lo cierto, amigo mío, es que no sé qué final tendrá esto.
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APOLOGÍA Απολογία PLATÓN

No se ha conservado el texto de la acusación presentada contra Sócrates, pero se puede deducir de las explicaciones proporcionadas por el filósofo a los jueces.
Cuando un ciudadano o varios, presentaban una denuncia contra otro, si esta se consideraba apropiada, se iniciaba el procedimiento que consistía en reunir una asamblea compuesta por 500 hombres que debían actuar como jurado. Una vez presentada la acusación, se votaba una primera vez -en el caso de Sócrates, 220 jurados optaron por la absolución, contra 280 por la culpabilidad-. Tras el recuento, el acusado tenía la opción de dirigirse al Jurado, bien para defenderse, mostrar arrepentimiento, o proponer una pena alternativa que, normalmente, podía ser destierro o multa.
Pues bien, el hecho es, que tras oír las palabras de Sócrates, 79 de los jurados que antes le consideraban inocente, se adhirieron también a la petición de pena de muerte, resultando 359 votos a favor de la misma.
Tres fueron los ciudadanos que se ofrecieron a presentar los cargos.

Anito, del partido democrático, se había significado militarmente en la lucha por la caída de los Treinta Tiranos. Su animadversión contra Sócrates procedía, al parecer, del hecho de que el filósofo le había reprochado la forma de educar a su hijo, encaminándole exclusivamente hacia los negocios, cuando aún estaba en edad de formarse. Años después, el pueblo acusó a Anito de la muerte de Sócrates, y fue condenado a abandonar la ciudad de Atenas.

De Meleto, poco se sabe, excepto que era poeta, aunque muy poco destacado, por lo que deberá su notoriedad histórica, precisamente al hecho de haber participado en el proceso contra Sócrates como portavoz de la acusación. Al contrario que Anito, se cree que era partidario de los Treinta Tiranos. Durante el proceso, Sócrates le interrogó en varias ocasiones sobre el contenido de su demanda; las insulsas respuestas de Meleto le hicieron quedar como hombre de escasa preparación e inteligencia. Cuando los atenienses cambiaron de opinión con respecto a la condena y muerte de Sócrates, ya en el siglo III, se dice que mataron a Meleto a pedradas, aunque Diógenes Laercio, escribe que fue condenado al exilio.

En cuanto a Licón, no sabemos, sino que era representante de los oradores.

–No sé, atenienses -comenzó Sócrates, una vez que Anito terminó de hablar–, qué impresión habéis sacado del discurso de mis acusadores, pero por lo que a mi respecta, debo decir que no me he reconocido en sus palabras, aunque sí puedo asegurar que no han dicho ni una sola que sea verdad, y eso es lo que yo debo demostraros ahora, aunque teniendo más de setenta años, y siendo la primera vez que comparezco ante un tribunal, temo no conocer los usos comunes, de modo que os hablaré tal como lo he hecho siempre en la plaza pública.
Debo, en primer lugar, responder a otros acusadores que no sois vosotros, sino algunos que me atacan desde hace ya años, a los que, en realidad, no conozco personalmente, exceptuando a uno que se dedica a escribir comedias.
Según ellos, Sócrates es un impío que investiga  lo que ocurre, tanto en el subsuelo como en la bóveda celeste; que transforma en verdaderos los argumentos falsos y que, además, enseña todo eso a sus discípulos. Estos hombres que tanto han influido en vuestras acusaciones, nunca comparecerán aquí, por lo que no podré refutarlos, así que he de luchar contra ellos como si combatiera sombras. A pesar de ello, creo que debo responderles en primer lugar, puesto que vuestra acusación, procede sin duda de esa comedia de Aristófanes, en la cual, un tal Sócrates se pasea por las nubes y hace otras extravagancias parecidas.

Efectivamente, la comedia LAS NUBES de Aristófanes, había tenido gran éxito entre los atenienses. Su autor, profundamente conservador y muy arrogante, menospreciaba a Sócrates, le asociaba falsamente con los Sofistas y le ridiculizaba, no con argumentos sino con patéticas distorsiones de su imagen -dentro, sin duda, de la ironía de tan extraordinario comediógrafo-. Entre sus objetivos, también estuvo el gran Eurípides, cuyas innovaciones escénicas calificaba el cómico como degradación del verdadero teatro.

Apelo, pues, a cuantos estáis aquí y con los cuales he conversado en numerosas ocasiones, para que declaréis si alguna vez me habéis oído hablar de ese tipo de ciencias, celestes o subterráneas, ni de cerca ni de lejos.
Trataré de explicaros –y os ruego que no os encolericéis antes de tiempo–, qué es lo que realmente ha ocurrido; aquello por lo que, según creo, mis acusadores se han sentido ofendidos por mi.

Todos habéis conocido a Querefonte, un hombre apasionado en todo lo que emprendía. Pues bien, hace años decidió ir a Delfos y tuvo la audacia de preguntar al Oráculo –insisto en que no debéis enfadaros por lo que voy a decir– si había en el mundo algún hombre más sabio que yo. La Pitia respondió que no existía tal hombre. Querefonte ya murió, pero su hermano, aquí presente, puede  refrendar mis palabras.
Cuando yo oí esto, me pregunté qué querría decir el oráculo con tales palabras, puesto que no creo, ni lejanamente ser el más sabio entre los hombres, pero algún tiempo después, comprendí que la Pitia podía tener razón y que yo aventajaba a los demás de forma muy importante; conversé con muchos hombres que se consideran sabios, y pude deducir con facilidad, que todos ellos, sin saber nada, creían saberlo todo, mientras que yo, que no sé nada, tampoco creo saberlo. Tal vez -deduje-, eso fuera lo que el oráculo consideraba sabiduría, es decir, el reconocimiento de nuestra propia ignorancia.
Este razonamiento, hombres de Atenas, debería ser suficiente como defensa contra mis antiguos acusadores. Vayamos ahora con los actuales: Meleto, que representa a los poetas, Anito, a los artistas y políticos y Licón, por parte de los oradores.
Meleto: tú dices que soy culpable de corromper a los jóvenes, de no creer en los dioses del Estado y de intentar introducir  divinidades nuevas. Te ruego, pues, que te acerques y respondas a mis preguntas.
Meleto se adelantó.
–¿Crees tú –le preguntó Sócrates- que hay que procurar que los jóvenes sean lo más virtuosos posible?
 –Sin duda.
–Entonces, te ruego que digas a nuestros jueces cual, en tu opinión, sería el hombre que podría hacerlos mejores. No tengo duda de que sabes bien cómo debe ser ese hombre, puesto que me acusas de hacer lo contrario de lo que él haría.
Meleto, suspenso, no acertaba a decir nada, por lo que Sócrates insistió:
–Vuelvo a preguntarte, Meleto, ¿quién crees tú que puede hacer mejores a los jóvenes?
–Las leyes –respondió finalmente el acusador, titubeando.
–No es eso lo que yo preguntaba; sino quién era el hombre, porque, amigo mío, todos sabemos como cosa segura que lo primero que hay que aprender y respetar, es la ley.
–¡Los jueces! –exclamó entonces el interrogado.
–¿Dices que los jueces son capaces de instruir a los jóvenes y hacerlos mejores?
–Estoy seguro.
_¿Todos ellos, o, unos sí y otros no?
–Todos.
–¡Que maravilla para los atenienses, Meleto, que sólo aquí, hayas encontrado quinientos buenos educadores! ¿Crees también que todos los que nos escuchan ahora tienen la cualidad de hacer mejores a los jóvenes?
–Sí, lo creo.
–¿Y los senadores también?
–También los senadores.
–¿Y todos los que vienen a las asambleas?
–También esos.
–¿Debo deducir que todos los atenienses, puesto que conocen las leyes, están capacitados para hacer mejores a los jóvenes, excepto un solo hombre, que, casualmente, sería yo mismo?
–Así es.
–¡Qué gran ventaja para la juventud, Meleto, que sólo exista un hombre capaz de corromperla! Pero dime también: ¿No es cierto que me has acusado de no creer en los dioses y de enseñar a los jóvenes a honrar divinidades nuevas?
–Eso es lo que he dicho.
–Entonces, en tu opinión, ¿creo, o no creo en las divinidades?
–Yo te acuso de no creer en los dioses.
–Es decir, que aseguras que yo no reconozco a ningún dios?
–Así es, por Júpiter; no reconoces a ninguno.
–Yo creo que Meleto –dijo Sócrates dirigiéndose a la Asamblea-, ha venido aquí sólo para proponer un enigma; es como si dijera: Sócrates es culpable de no reconocer a los dioses y también de reconocerlos. ¿No parece eso una burla? ¿Acaso crees, Meleto, que podrían existir cosas humanas, si no existieran los hombres, o músicos, si no hubiera música? ¿Crees que podría haber cosas espirituales si no hubiera espíritus?
–No, sin duda.
–¡Hay que ver lo que me ha costado arrancarte una conclusión! Pero, ya que has dicho también que yo enseño cosas espirituales, sean viejas o nuevas, reconocerás que para ello es necesario que crea en los espíritus y, los espíritus, como bien sabes, proceden de los dioses.
–Sí.
–Luego, según tú, por un lado soy creyente y, por otro no- dijo Sócrates, y se volvió hacia el Jurado-.

Hombres de Atenas, me parece que no es preciso prolongar más mi defensa para demostrar que las acusaciones de Meleto no tienen fundamento. Sin embargo, estoy obligado a deciros que lo verdaderamente grave en este asunto, es que se va provocar un daño, no por la justicia, sino por el odio y la envidia,  y si me condenáis a mi ahora, habréis abierto el camino para que con los mismos argumentos, de ahora en adelante,  se intente condenar a otros. Y puedo aseguraros que no es el temor quien dicta mis palabras, porque, atenienses: ¿creéis que después de haber expuesto mi vida en Potidea, Anfípolis y Delio, iba a preocuparme a estas alturas la muerte?

Como todo ateniense, Sócrates había servido a la ciudad en varias ocasiones durante las adversas Guerras del Peloponeso, siempre en condición de Hoplita, οπλίτης, es decir, como soldado de infantería pesada, armado con casco, coraza y escudo de bronce, portando, además, lanza y espada corta. En la batalla de Potidea –Ποτίδαια-, Sócrates salvó la vida de Alcibíades y Alcibíades, a su vez, salvó la del filósofo en Delio –Δήλιο-. De tal circunstancia surgiría una amistad indestructible y que, en cierto modo, influyó no sólo en la vida, sino, sobre todo, en la muerte del filósofo, en cuya condena, no cabe duda que pesó mucho el hecho de que Alcibíades, habiendo sido discípulo suyo,  traicionara gravemente a la ciudad de Atenas.

Temer a la muerte, atenienses, no es sino creerse sabio sin serlo, pues supone pretender que se conoce algo que todos los hombres desconocemos. Aún sin conocerla, la muerte es temida como si fuera el peor de los males. En esto también soy diferente a los demás, e incluso más sabio, puesto que, no sabiendo lo que pasa después de la vida, tampoco creo saberlo. Así pues, nunca rechazaré un mal que desconozco absolutamente y que tal vez sea, por el contrario, un verdadero bien.
Cabe la posibilidad de que me ofrezcáis la absolución si prometo no volver a filosofar, en cuyo caso, yo os agradeceré la intención, pero jamás aceptaría obedecer a los hombres antes que a Dios, y es él quien ordena mis actos, así que, amigos, seguiré hablando a los jóvenes, a los viejos, a los ciudadanos y a los extranjeros, porque os tengo aprecio y porque estoy persuadido que lo que Dios me manda, es intentar convenceros de que lo más importante no es el cuerpo, ni las riquezas, ni nada, excepto el alma. Y, si por decir esto, mantenéis que corrompo a la juventud, haced lo que pide Anito, porque no cambiaré aunque tuviera que morir mil veces.
De mismo modo os digo, que si me condenáis después de lo que he dicho, os haréis más daño a vosotros mismos que a mi.
Podríais también castigarme con el exilio, o con la pérdida de mis bienes o de la ciudadanía, lo que para Meleto y sus amigos parece ser lo más espantoso, aunque  en mi opinión,  el peor de los males, es promover la muerte de un inocente.
Si, no obstante, queréis tratarme con justicia, según merezco, propongo ser mantenido por el Estado a partir de ahora, porque, amigos, si fuera rico, propondría una multa, pero no puedo pagarla, porque soy pobre, de modo que una cantidad proporcional a mi pobreza, sería una mina, más o menos, así que, eso también lo propongo; una mina.
Por otra parte, Platón, Critón, Critóbulo y Apolodoro me piden que ofrezca treinta minas de las que ellos responderían; por tanto, también haré esta propuesta en nombre de ellos.
Finalmente, atenienses, he de deciros que si hubierais esperado un poco, la muerte habría venido por sí misma y no habríais tenido que solicitarla vosotros; ya sabéis que a mi edad, estoy muy cerca de ella.
Me consta que sería motivo de satisfacción para vosotros que me lamentara, que suspirara, llorara, rogara o cometiera otras bajezas que veis cometer a otros acusados continuamente, pero ante este peligro no he considerado que fuera mi deber rebajarme de una manera tan vergonzosa, pues, por dignidad, no lo he hecho desde que ordenasteis mi detención.
Prefiero pues, hombres de Atenas, morir después de haberme defendido como lo he hecho, que vivir por haber implorado, porque, amigos, a ningún hombre honesto –ni frente a la justicia ni frente a un ejército enemigo– le está permitido recurrir a cualquier medio para salvar la vida.
Sí pensáis, atenienses, que basta con matar a un hombre para que otros se abstengan de recriminaros, os equivocáis; este medio de librarse de los censores, no es justo ni honesto. Lo único que es al mismo tiempo muy honesto y muy útil, no es cerrar la boca a aquellos que os critican, sino intentar convertirse a sí mismo en un hombre mejor.

Para terminar, he de preguntaros: ¿a qué precio compraríais la alegría de conversar con Orfeo, Hesíodo u Homero? Porque yo, si esa posibilidad existe, moriría voluntariamente mil veces, porque qué felicidad no sentiría yo al encontrarme con Ayax o con cualquiera de los héroes de la antigüedad que han sido víctimas de la injusticia? ¿Hay alguno entre vosotros, jueces, que no daría todo lo que hay en el mundo por ver a aquel que llevó su numeroso ejército contra Troya, a Ulises, y a tantos hombres y mujeres cuya conversación constituiría, sin duda, una felicidad inexpresable?
No tengo, amigos, ningún resentimiento contra mis acusadores, ni contra los que me han condenado, aunque su intención no haya sido la de hacerme un bien. Sin embargo, he de pediros una gracia: cuando mis hijos sean mayores, reprendedlos como yo os he reprendido a vosotros, si veis que prefieren la riqueza a la virtud o si se creen alguien sin ser nadie. Si lo hacéis así, mis hijos y yo no tendremos más que alabanzas para vosotros y para vuestra justicia.

Posible lugar de la prisión de Sócrates en el Φιλοπάππου o Colina de las Musas
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CRITÓN Κρίτων PLATON

Una ligera luz de amanecer permitió a Critón distinguir el camino que tantas veces había recorrido, para visitar a su amigo Sócrates en los últimos tiempos. El guardián que, por una parte, ya estaba habituado a verle, y por otra, también se había acostumbrado a recibir sus gratificaciones, le franqueó el paso con un leve gesto.
Cuando entró en la celda, el prisionero aún dormía plácidamente. Critón se sentó, procurando no hacer ningún ruido y se puso a observar al durmiente con la profunda tristeza que le provocaba la seguridad de que aquella sería la última imagen que conservaría de su amigo.
–¿Cómo es que vienes tan temprano, Critón?-peguntó Sócrates entreabriendo los ojos. Critón se sorprendió al oir su voz, como si fuera él mismo quien se despertara en aquel momento.
–¿Qué hora será?- insistió el prisionero.
–Apenas amanece.
–¿Acabas de llegar, o llevas ya un rato aquí?
–Hace ya un buen rato.
–Entonces ¿por qué no me has despertado, en lugar de sentarte ahí, sin decir nada?
–No te hubiera despertado por nada en el mundo, porque si yo estuviera en tu lugar no querría despertar a una jornada tan amarga. Prefería verte descansar en esa calma profunda el tiempo que te queda. La verdad, querido Sócrates, es que si siempre he celebrado tu buen humor, hoy admiro más tu firmeza y tu resignación.
–¿No te parecería extraño que a mi edad, me preocupara por la muerte?
–Creo que no todos los que tienen tu misma edad, se conformarían igual que tú.
–De acuerdo, si así lo quieres, pero dime: ¿qué es lo que te trae hoy tan temprano?
–Una novedad dolorosa y agobiante, aunque no para ti, por lo que veo, pero sí para mi y para todos tus amigos.
–¿Te refieres quizás a la nave de Delos?

Desde que Teseo derrotó al Minotauro, liberando a su pueblo de la obligación de entregarle cada año siete muchachos y siete doncellas, los atenienses, por las mismas fechas en que antaño debían entregar a los jóvenes, fletaban una nave cargada de ofrendas que debían ser llevadas a Apolo en Delos como muestra de agradecimiento. Habitualmente, las sentencias de muerte se ejecutaban al caer el sol al día siguiente de ser pronunciadas, excepto durante el tiempo que la nave empleaba en ir y volver de Delos, época en la cual se suspendían las ejecuciones.
El año 399 aC, la nave  zarpó el día anterior al señalado para el proceso de Sócrates.

–Así es –respondió Critón–, aseguran que llegará hoy, lo que significa que mañana deberás abandonar esta vida.
–Sea en buena hora si así lo quieren los dioses, aunque creo que la nave no va a llegar hoy.
–¿No? ¿Por qué?
–Porque he soñado –como dice el verso de Homero– que llegaré al tercer día, lo que significa que la nave volverá mañana, ¿no lo crees así?
–Creo que es un extraño sueño, pero ese hipotético retraso me anima a pedirte una vez más que te pongas a salvo ahora que aún hay tiempo. Abandona la ciudad, amigo;  podrás ver crecer a tus hijos y evitarás un dolor irreparable a tus amigos.
–Mi querido Critón, sabes que no me prestaré a infringir la ley que siempre he defendido, sólo porque en esta ocasión no me sea favorable.
–Sabes que yo comparto tus principios.
–Entonces comprendes que tratándose de las mismas leyes que me han protegido a lo largo de mi vida, como a todos los ciudadanos, no sería justo que las desobedeciera ahora.
–Tienes razón en todo eso.
–Dime pues, si tienes algún otro razonamiento capaz de convencerme.
–No sé que más decirte, amigo.
–Entonces, obremos de acuerdo con la Ley, ya que ese es el único camino por el que nos conducen los dioses.
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FEDÓN Φαίδων PLATÓN

Fedón estaba junto a Sócrates el día que bebió el veneno en prisión y, más tarde, tuvo ocasión de contarle a su amigo Equécrates como transcurrió aquella fatídica jornada.
Me sorprendía –explicó años después-, asistiendo a la muerte de un amigo, no sentirme apenado, pues él parecía feliz a juzgar por sus maneras y sus palabras; mostraba tanta intrepidez y valentía ante la muerte, que yo pensaba que incluso yendo hacia el Hades, iba con el favor de los dioses, donde sería tan feliz como se puede ser. Sin embargo tenía una sensación verdaderamente extraña; una mezcla inaudita de placer y dolor ante el pensamiento de que iba a morir en pocas horas.

-Todos los presentes estaban más o menos en la misma disposición que yo, igual reían que lloraban, particularmente, Apolodoro, pues se abandonaba sin disimulo a este doble sentimiento.
-¿Quienes más estaban allí?
-Apolodoro, Critóbulo y su padre, Critón, Hermógenes, Epigenes, Esquines y Antístenes. También, Ctesipo de Paenia, Menexenes y algunos más, aunque creo que Platón estaba enfermo.
-Y extranjeros?
-Recuerdo a Simias de Tebas, que estaba con Cebes y Fedondas y, de Megara, estaban también Euclides y Terpsión.
-¿Aristipo y Cleombrotes estaban?
-No; se decía que estaban en Egina. Creo que eran más o menos los que te he dicho.
Todos los días íbamos a verle; nos reuníamos por la mañana en el tribunal en el que se había hecho el proceso, que estaba cerca, y esperábamos, conversando, hasta que se abriera la prisión, que no solía ser muy temprano. Después pasábamos generalmente toda la jornada con él.
Aquel día nos reunimos antes de amanecer porque la noche anterior supimos que la nave había llegado de Delos, así que ya estábamos allí cuando el portero salió a decirnos que no entráramos hasta que nos llamara, porque los Once iban a quitar los hierros a Sócrates y a ordenar su muerte, pero pronto volvió para decirnos que ya podíamos entrar.


Encontramos a Sócrates a quien acababan de desencadenar, junto a Jantipa, su esposa, sentada a su lado, con su hijo pequeño en brazos. Cuando nos vio, Jantipa se puso a llorar y a gritar, así que Sócrates pidió a Critón que la llevaran a casa. Después, se incorporó y empezó a frotarse la pierna de la acababan de retirarle la cadena; sintió gran alivio y ello le inspiró una breve charla acerca de cómo el placer sigue de cerca al dolor y viceversa, pues el hecho de haber soportado la cadena, era lo que le proporcionaba ahora, mediante un ligero masaje, el placer de recuperar la sensibilidad, de donde dedujo que cada una de esas sensaciones, a pesar de ser contrarias son dependientes e incluso complementarias, de tal modo que quizás no sabríamos nunca que cosa sería el placer, si antes no hubiéramos conocido el dolor.
Finalmente se sentó en el borde del lecho, con los pies hacia el suelo y mantuvo esa postura durante toda la conversación que siguió. ¿De qué mejor forma podíamos ocupar el tiempo que nos quedaba hasta la hora del ocaso?
Puesto que Sócrates no había hecho el menor esfuerzo por evitar su muerte, la discusión giró en torno a si el hombre tiene o no derecho a quitarse la vida, a pesar de que todos habíamos aprendido desde la infancia que tal derecho no le correspondía.
Sócrates dijo: Quizás podríamos sorprendernos ante la idea de que esta cuestión, entre otras muchas, sea la única que sólo admite una respuesta y que su solución nunca se haya dejado a la decisión del hombre, en cuya mano se han dejado, sin embargo, tantas otras.
Sabemos, no obstante, que hay personas para las que, en ciertas circunstancias, la muerte es preferible a la vida y, ¿no es sorprendente que, si en tales casos, optaran por la muerte, cometerían una impiedad?
Es esta una idea que, en sí misma, parece poco razonable, pero no lo es, porque si bien la doctrina dice que los hombres ocupamos un puesto que no tenemos derecho a abandonar voluntariamente –algo que, en principio parece difícil de aceptar–, por otra parte, sabemos algo seguro: que somos un bien que pertenece a los dioses, quienes además se ocupan de nosotros, ¿no es cierto esto?
–Tú mismo –peguntó a Cebes, si uno de tus hombres, ignorando los planes que tuvieras para él, se quitara la vida sin tu aprobación, ¿no crees que querrías castigarlo, si es que pudieras disponer de los medios para hacerlo después de muerto?
-Pues sí, creo que sí.
–Entonces, desde este punto de vista no resulta tan irracional el hecho de que no debamos quitarnos la vida antes de que Dios nos imponga la necesidad de hacerlo, tal como me ocurre hoy a mi.
–Aun así –dijo Cebes– reconociendo que Dios cuida de nosotros y que somos un bien que le pertenece, en el caso presente, ¿no tenemos derecho a desear permanecer en esta situación –es decir, aprendiendo, como lo hacemos en tu compañía–, el mayor tiempo posible?
–Está bien, amigo, creo que me va a costar más trabajo convenceros a vosotros de que debo morir, que a los jueces de que debo vivir, pero lo intentaré.
Veréis, si no creyera que voy a encontrar en el otro mundo, primero, a dioses sabios y buenos y luego a hombres mejores que los de aquí, me engañaría al no indignarme por morir. Pero estad seguros de que que voy a encontrarme con hombres de bien; esta es la razón por la que no me enfurece la idea de la muerte y además, tengo la firme convicción de que eso que hay después, es algo que, de acuerdo con la antigua fe, será mucho mejor para los buenos que para los malos.

–En este momento –interrumpió Critón– sólo puedo pensar en que tendrías que hacer caso al hombre que ha de darte el veneno; recuerda que te ha advertido que deberías hablar lo menos posible, porque la conversación mejora tu ánimo y tal vez eso te obligue a tener que tomar más cantidad de veneno.
–¡Déjale hacer! Que prepare dos o tres raciones si es preciso. En este momento es absolutamente necesario que os explique los motivos que me llevan a creer que un hombre que realmente ha pasado la vida en busca de la sabiduría, es razonable que se sienta confiado en el momento de morir.
Así pues, decidme: ¿es la muerte otra cosa que la separación del alma y el cuerpo? Morimos cuando el cuerpo se queda sólo, separado del alma, aparte, consigo mismo, y cuando el alma, separada del cuerpo se queda sola, aparte, consigo misma. No es más que eso, ¿no es así?
El filósofo que se aplica en desligar lo más posible el alma de los asuntos del cuerpo ¿en qué se diferencia de los demás hombres?
–Pues en que la mayor parte de los hombres cree que sin placeres no merece la pena vivir.
–Y cuando se trata de adquirir el conocimiento, el cuerpo, ¿es, o no un obstáculo, cuando se asocia en esta búsqueda? Lo explicaré mejor: la vista y el oído proporcionan algunas certezas al ser humano, pero también sabemos, que todo lo que vemos y oímos puede ser relativo, ¿no podría resultar que si investigamos algo con la ayuda de los sentidos corporales, estos podrían inducirnos a error?
De hecho, el alma nunca razona mejor que cuando nada la distrae, ni el oído, ni la vista, ni el dolor, ni el placer; cuando se encierra en sí misma lo más completamente posible, aislándose del cuerpo y cortando cuanto puede todo contacto con él, en su intento de aprehender la verdad.
–¿Luego el alma huye del cuerpo y trata de encerrarse en sí misma?
–Así es. Está demostrado que si queremos alcanzar el conocimiento puro de algo, hemos de separarnos de ello y mirar sólo con el alma lo que puede ser ese algo en sí mismo.
Y si es cierto que mientras permanecemos en nuestro cuerpo, no podemos alcanzar el conocimiento, una de dos, o bien ese conocimiento nos está absolutamente vedado, o bien sólo podremos obtenerlo después de la muerte. Y, siendo esto así, mantengo la gran esperanza de que cuando llegue allí donde voy ahora, alcanzaré plenamente –si es que existe– aquello que ha constituido el objetivo de mis esfuerzos durante toda la vida. Siendo así, el viaje que se me ha impuesto hoy, sólo me suscita una gran esperanza para la cual me siento preparado.
Y si a este paso, a esta separación del alma y el cuerpo, es a lo que llaman muerte, resultaría ridículo que un hombre que durante toda su vida se ha empeñado en vivir en un estado lo más parecido a la muerte, se rebele cuando la muerte se acerca.
Imagino que ahora comprenderéis por qué no lamento ni me indigna la necesidad de abandonaros, porque estoy convencido de que allí donde me dirijo, al igual que aquí, hallaré buenos maestros y buenos compañeros, aunque me consta que la gente común no acepta esta idea.
–Yo entiendo esa actitud –respondió Cebes tras un corto silencio–: muchos creen que cuando el alma se separa del cuerpo no va a ninguna parte; que se corrompe y desaparece el mismo día que el hombre muere, y que transformada en aire o en humo se expande por todas partes sin permanecer en ningún punto concreto. Aún así, eso que tú aceptas, de que el alma sigue existiendo tras la muerte del hombre y que conserva su actividad, debería poder ser confirmado o demostrado sin lugar a dudas.
–Ciertamente –completó Simias-: aun aceptando, como dices, que el alma es inmortal ¿cómo podríamos demostrarlo?
–Tenéis razón– respondió Sócrates– ¿qué podríamos hacer?
–Y tengo otras dudas similares a esa –añadió Cebes al cabo de un rato–, pero no serían apropiadas, dada la situación en que te encuentras.
Sócrates reprochó con suavidad a Cebes por no confiar en que su estado de ánimo era el idóneo para afrontar las circunstancias que todos conocían y que debían aceptar con la misma disposición.

–Muchas veces me sorprendió Sócrates, amigo mío –dijo Fedón, como si le costara salir del hogar de sus recuerdos–, pero nunca le admiré más que en aquel momento en el que, por fortuna, me encontraba muy cerca de él;  ya no me asombraba sólo el hecho de que siempre tuviera una respuesta sabia, sino también la gracia insuperable y la gran deferencia con que aceptaba las objeciones de aquellos muchachos y la sagacidad con que percibía si habíamos comprendido o no, y como de nuevo nos acercaba al argumento para que siguiéramos examinándolo con él.

–Os explicaré algo -continuó Sócrates tras un breve silencio-: Se dice, como sabéis, que después de la muerte, el espíritu que acompaña a cada hombre durante su vida, tiene el deber de conducirlo al lugar donde todos los muertos se reúnen para ser juzgados. También se dice, y yo estoy persuadido de ello, que la Tierra es inmensa y que los que la habitamos, no ocupamos más que una pequeña parte, repartidos alrededor del mar, como hormigas o golondrinas en torno a un estanque, y que hay muchos más pueblos que viven en lugares parecidos y que la Tierra también está situada en el cielo puro que aquellos que estudian estas materias, llaman éter y que es de ahí de donde procede el aire, el agua, la niebla y el polvo que suelen posarse sobre la superficie.., pues bien, parece que esta Tierra, vista desde arriba, tiene el aspecto de un globo cubierto de diferentes colores, junto a los cuales, los que emplean nuestros pintores, no son más que una muestra. Quiero decir con esto, que si desconocemos los caminos que pueda haber en la Tierra, menos aún podemos comprender los que hay en el Hades, por eso necesitamos espíritus que nos guíen.

Pues bien, cuando los muertos llegan al lugar al que los llevan sus respectivos espíritus, primero son juzgados, tanto si han llevado una vida honesta y piadosa, como si han vivido mal; unos serán recompensados, mientras que los otros, recibirán un castigo hasta que puedan ser absueltos; cada uno de acuerdo con sus méritos. Aquellos que sean considerados como incurables a causa de la enormidad de sus crímenes y sacrilegios, homicidios y robos, esos serán precipitados al Tártaro, de donde no saldrán jamás.

Os digo esto con la intención de que sepáis que estamos obligados a hacer todo lo posible por adquirir la virtud y la sabiduría mientras vivimos, porque el premio es hermoso y la esperanza, inmensa. Puesto que hemos reconocido que el alma es inmortal, sabemos que vale la pena correr un riesgo, y este riesgo es hermoso y debemos repetírnoslo como si se tratara de palabras mágicas, porque más adelante, vosotros mismos habréis de emprender este viaje.
En cuanto a mi, el destino me llama ahora, como diría un héroe de tragedia. Creo que es la hora de ir a tomar un baño; así ahorraremos a las mujeres el trabajo de tener que lavarme después…

–¿No hay nada que quieras encargarnos con respecto a tus hijos, o cualquier otra cosa que pudiéramos hacer por ti? –preguntó Critón.
–Nada nuevo, Critón, excepto lo que os he repetido siempre: cuidad de vosotros mismos y todo lo que hagáis será bueno para mí y para los míos. Si no estáis convencidos de eso, todas las promesas que hicierais ahora serían inútiles.
–Intentaremos con todas nuestras energías –dijo Critón– seguir tu consejo. Pero di ¿cómo quieres que te enterremos?
–Como queráis… si es que llegáis a alcanzarme –añadió sonriendo–. No obstante, tengo que decirte que después de todo lo que he dicho, no comprendo por qué me preguntas como quiero ser enterrado. Os he dicho que una vez que haya bebido el veneno ya no estaré con vosotros, sino con los bienaventurados, ¿crees acaso que sólo lo dije para consolaros o para consolarme a mí mismo?
Tenéis que comprender que no vais a enterrar a Sócrates, amigos; en esta situación, los términos que usemos son muy importantes y debemos elegirlos con cuidado, porque un lenguaje impropio, no sólo es defectuoso en sí mismo, sino que puede dañar a las almas a causa del mal entendimiento. Así pues, créeme y ten confianza en esto que te digo: es sólo mi cuerpo lo que vas a enterrar, así pues, hazlo como mejor te parezca o como sea más conforme a la costumbre.

Después de esto. Sócrates salió a tomar el baño; sólo Critón le acompañó y a los demás nos pidió que esperáramos. Nos sentíamos verdaderamente privados de un padre y condenados a vivir en adelante como huérfanos.

Estaba a punto de ponerse el sol.

Llegó entonces un servidor de los Once y acercándose a él, le dijo: –Sócrates, nunca tendré que quejarme de ti como de otros, que se enfadan contra mi y me maldicen cuando por orden de los magistrados vengo a darles el veneno. En muchas ocasiones, desde que estás aquí, he podido reconocer en ti al hombre más generoso, más suave y mejor que jamás ha entrado en esta casa. Sé que incluso ahora no estás enfadado conmigo, sino contra aquellos que te condenaron, a los cuales conoces bien. Sabes ya a lo que he venido, de modo que te digo adiós y te ruego que trates de soportar lo inevitable con la mayor serenidad posible.
Dicho esto, el hombre se dio la vuelta y vimos su rostro bañado en lágrimas. Entonces Sócrates le dijo: –Adiós a ti también; haré lo que dices. Y añadió dirigiéndose a nosotros:- ¡Qué dignidad tiene este hombre! A veces venía a charlar conmigo para ayudarme a pasar las horas, y ya veis con qué generosidad llora ahora… ¡Pero vamos, Critón, obedezcámosle y que me traigan ya el veneno, si es que está preparado!
–Creo, Sócrates, que el sol aún está alto; queda tiempo…
–No ganaré tiempo, amigo mío, bebiendo el veneno un poco más tarde; me sentiría ridículo a mis propios ojos, si intentara asirme a algo que, en realidad, ya no poseo.

Después del baño trajeron a sus hijos y vinieron también sus parientes; habló un rato con ellos y volvió a nuestro lado.

Critón se volvió e hizo una seña al esclavo que le acompañaba; el hombre salió y un rato después volvió con el que traía el veneno en una copa.

–Y bien, amigo, puesto que tú entiendes de estas cosas –dijo Sócrates al verlo–, dime qué es lo que debo hacer.
–Cuando lo hayas bebido, has de pasear un poco, hasta que sientas que te pesan las piernas, entonces debes echarte  y el veneno actuará por sí mismo.
Dicho esto, le tendió la copa, que Sócrates tomó con una serenidad increíble:
–¿Está permitido, dijo, hacer una libación a algún dios?
–Sólo hemos mezclado la cantidad justa que debes tomar –respondió el hombre.
–Comprendo –añadió Sócrates-, pero al menos, pediré a los dioses que favorezcan mi tránsito de este mundo al otro.
Después de decir aquellas palabras, se acercó la copa a los labios y bebió hasta la última gota con una serenidad perfecta.


Hasta ese momento habíamos tenido fuerzas para contener las lágrimas, pero al verle beber ya no fuimos dueños de nuestra propia emoción. Yo mismo sentí que las lágrimas me corrían a raudales, así que me cubrí el rostro e intenté llorar en silencio, sabiendo que no era su desgracia la que lloraba, sino la mía, pensando en el amigo del que pronto me vería privado.
Frente a mi, Critón tampoco podía evitar llorar; se levantó y se alejó un poco. Apolodoro, por su parte, que no había dejado de llorar en todo el día, comenzó a gemir tan fuertemente que nos partió el corazón a todos los demás.

–¿Pero ¿qué es esto, amigos? –nos sorprendió Sócrates una vez más-, yo siempre había oído decir que conviene morir oyendo palabras de buen augurio; así pues, tranquilizaos y tratad de  manteneros firmes.
Poco después, Sócrates dijo que las piernas empezaban a pesarle y se echó sobre la espalda, tal como el hombre le había recomendado y se cubrió el rostro con un lienzo. El hombre, entonces, le dio un fuerte pellizco en un pie y le preguntó si sentía algo. Sócrates dijo que no y él fue haciendo lo mismo en piernas y brazos.
–Cuando el frío haya llegado al corazón –dijo–, Sócrates se habrá ido.
–Critón –dijo de pronto Sócrates, con voz todavía serena–, recuerda que debemos un gallo a Asclepio, no olvides pagárselo.
–Así lo haré, respondió Critón; mira si tienes alguna cosa más que decirnos.


Pero Sócrates ya no contestó. Levantando entonces el velo de su rostro, Critón le cerró suavemente los ojos y la boca.

Así fue el final de nuestro amigo, querido Equécrates; el fin de un hombre del que podemos decir que fue el mejor, el más sabio y el más justo de nuestro tiempo.
La muerte de Sócrates. Jacques-Louis David



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