sábado, 4 de agosto de 2012

135797531 KARLUV MOST – EL PUENTE CARLOS DE PRAGA

135797531 KARLUV MOST – EL PUENTE CARLOS DE PRAGA

Una nave eclesial abierta al horizonte.

Carlos IV recibió un consejo secreto según el cual debía hacer colocar la primera piedra del puente que lleva su nombre, en una fecha concreta y a una hora precisa; quizá por razones cabalísticas o, tal vez, a causa de la posición favorable de ciertos planetas: sería en 1357, el día 9 de Julio, exactamente a las 5 horas 31 minutos. Un perfecto palíndromo de cifras impares: 135797531. La cifra está grabada en la torre de la Ciudad Vieja.


La Ciudad Vieja -Staré Město- es el emplazamiento originario de la ciudad de Praga. Posteriormente se fundaría la Ciudad Pequeña -Malá Strana-, en las proximidades de Hradkany, donde se encuentra el Castillo, al otro lado del puente. Entre estos dos extremos, bajo cuyos arcos fluye el río Moldava  –cuyo nombre evoca singularmente el bellísimo poema sinfónico de Bedrich Smetana– podría decirse que empezó y terminó la Guerra de los Treinta Años (1618–48), jalonada por algunas batallas que se cuentan entre las más brutales y destructivas de las producidas en en la historia de Europa occidental hasta la época.
Generalmente las acciones más dramáticas de la historia, no empiezan ni terminan en una fecha concreta, sino que suelen requerir una larga gestación y dejar grandes secuelas, pero es preciso, sin embargo, fijarlas de alguna manera en el tiempo y esta manera, en ocasiones, puede incluso ser anecdótica.

En lo que se refiere al Puente Carlos, el inicio de la Guerra de los Treinta Años se sitúa en las proximidades de su entrada occidental, cuando el día 23 de mayo de 1618, se produjo la llamada Defenestración de Praga en el Castillo Hradcany. Del mismo modo, la terminación de la guerra se asocia al día 1 de noviembre de 1648; cuando el general sueco Königsmark, en el transcurso de la llamada Batalla de Praga, intentaba franquear con sus tropas la entrada oriental del puente a la Ciudad Vieja, recibió la noticia de que se habían firmado los Tratados de Osnabrück y Münster, lo que le obligó a abandonar su objetivo.

Treinta años de historia, pues, recorren el puente Carlos de un extremo a otro a través de la memoria.

Para fijar los antecedentes de la guerra de los Treinta Años, hay que recordar a los tres últimos reyes Habsburgo de Bohemia: Rodolfo II y Matías II –dos biznietos de Felipe I y Juana Castilla; La Loca y El Hermoso– y, sobre todo, Fernando II, hijo de Carlos, hermano menor de los dos anteriores.


Rodolfo II (1552–1612)                 Matías II (1557–1619)               Fernando II (1578–1637)

Rodolfo II, educado en la corte de Felipe II y más aficionado al estudio que al gobierno, fue mecenas de Tycho Brahe y de Johannes Kepler. Trasladó la capital de Viena a Praga y otorgó a los checos la Carta Majestad.

Además del astrónomo Johannes Kepler, también el poeta Zikmund von Birken calificó de manera muy positiva el gobierno de Rodolfo II cuando dijo: “Los 37 años de su reinado representaron una época dorada de paz, alegría y bienestar. Su corte se convirtió en una tabernáculo de las musas, refugio de los sabios y artistas, sobre todo pintores y astrónomos”. (Homilía de Dominik Duka, en la misa celebrada en la catedral de San Vito en enero de 2012, en conmemoración del 400 aniversario de la muerte de Rodolfo II).

En realidad, su hermano Matías, que necesitaba toda la ayuda posible para detener el avance turco sobre Austria, prácticamente obligó a Rodolfo a hacer todas las concesiones que pidieran los nobles checos protestantes a cambio de su apoyo militar. Rodolfo firmó entonces la Carta Majestad, por la que concedía a Bohemia libertad de credo.

Cuando en 1611, tras declarar incapaz a Rodolfo por enfermedad mental, el propio Matías fue coronado; su primera decisión fue anular aquellas concesiones e instaurar por todos los medios a su alcance el credo católico, neutralizando a la vez la presencia de protestantes en el gobierno. Todo ello llevó el descontento a la nobleza bohemia representada entonces por el conde Thurn.

Matías cayó enfermo y el 27 de junio de 1617 los bohemios eligieron a Fernando II como rey, porque les había prometido respetar las concesiones de Rodolfo, pero una vez coronado, Fernando olvidó su promesa. En marzo de 1618, los representantes bohemios reclamaron el cumplimiento de la Carta, pero tampoco fueron escuchados. Volvieron a intentarlo en mayo y los regentes les ordenaron que se dispersaran. Thurn, exasperado, gritó a sus acompañantes que habría que tirarlos a todos por la ventana como es costumbre. (Efectivamente, se habían producido dos defenestraciones en el siglo XV, por causas similares).

El día 23 de mayo de 1618, los hombres de Thurn subieron al castillo; en aquel momento se encontraban allí cuatro regentes de los que dejaron marchar a dos, pero los otros dos, Vilém Slavata y Jaroslav Borita von Martinitz fueron arrojados al foso junto con su escribiente. Los tres salieron indemnes y abandonaron el lugar por su propio pie, ya que cayeron sobre un depósito de estiércol, lo que les provocó, sobre todo, daños morales, pánico y bochorno, pero la guerra aún no había empezado.

La defenestración de Praga. Karel Svoboda, 1844

Aunque la situación era ya muy tensa, en general, las potencias europeas no dieron demasiada importancia a las primeras peticiones de ayuda por parte de ambos adversarios, pero aquel desinterés no desanimó a los bohemios, quienes decididos a luchar para recuperar sus libertades, reunieron a toda prisa un ejército de 17.000 hombres, la mayor parte de ellos al mando del general Thurn, junto con un pequeño número de mercenarios suizos mandados por el conde Mansfeldt; otros pocos pagados por Carlos Manuel de Saboya, y, por último un contingente organizado en Silesia por el margrave Hohenzollern.

Inmediatamente, el conde de Bucquoy reunió sus fuerzas para marchar sobre Praga en nombre del Imperio, pero hubo de detenerse al conocer que el ejército rebelde superaba al suyo en casi tres mil efectivos además de hallarse en su propio terreno.

Tras la muerte de Matías, el 20 de marzo de 1619, Fernando asumió el poder, ofreciendo a los bohemios una amnistía tan cargada de condiciones, que no fue aceptada. El 28 de agosto Fernando era elegido también emperador con el rechazo formal de la confederación Bohemia, es decir, Baja y Alta Lusacia, Silesia, Moravia y la propia Bohemia, además de una parte de Austria.

En tales circunstancias, los bohemios decidieron elegir otro rey entre varios posibles candidatos:

Carlos Manuel de Saboya; un agudo y práctico observador de la realidad, que, consciente de sus posibilidades, pronto supo que su futuro no estaba en el trono de Bohemia, por lo que cambió su apoyo a favor del Imperio.


El Duque de Sajonia, que tampoco quería enfrentarse al Imperio, ofreció su ayuda, aunque sólo como mediador en el conflicto.


Gabriel Bethlen, príncipe de Transilvania, que deseaba la corona Bohemia como escalón para alcanzar la de Hungría, pero carecía de los apoyos necesarios.

Quedaba, al fin, el Elector duque del Palatinado, Federico V, que ya formaba parte de la Unión Protestante, y además, estaba casado con Isabel, la hija de Jacobo Estuardo, rey de Inglaterra y Escocia, de quien tal vez -pensaron-, cabría esperar alguna ayuda.

Federico dudó algún tiempo, al no obtener claramente el apoyo de Inglaterra, que atraería a su vez el de Holanda, pero finalmente aceptó, considerando que podría convertirse en un elemento de equilibrio entre los contendientes, quienes una vez pacificados, presumiblemente volverían a concentrarse en la amenaza turca.

Federico fue reconocido por las Provincias Unidas, Dinamarca, Suecia y Venecia. En cuanto al rey de Inglaterra, Jacobo, su suegro, declaró que prácticamente no le conocía de nada.


Por parte de Holanda, Mauricio de Nassau ofreció alguna ayuda económica pero declinó su participación mientras siguiera en vigor la Tregua de Doce Años con España, firmada en abril de 1609.


Fernando II solicitó y obtuvo el apoyo logístico y militar de sus parientes, Maximiliano de Baviera y, sobre todo, de Felipe III de España, cuya madre, Ana de Austria, también era hermana de Rodolfo, Matías y Carlos, además de que él mismo estaba casado con Margarita, hermana de Fernando.

El conflicto se fue extendiendo un año tras otro, de tal modo que los historiadores se han visto obligados a dividirlo en períodos acordes con la progresiva participación de las diferentes potencias. Conviene recordar asimismo, que en esta terrible guerra, fue la primera ocasión en que las partes beligerantes se sirvieron casi exclusivamente de comandantes mercenarios.

En 8 de noviembre de 1620 llegaba a su fin la denominada Fase Bohemia, con la conocida batalla de la Montaña Blanca: 20.000 checos mandados por Christian de Anhalt se enfrentaron, cerca de Praga, a 25.000 hombres de Fernando II y otros, de España, de los Países Bajos Españoles y de la Liga Católica alemana, mandados por Buckuoy y Tilly, saldándose el choque con la muerte de 5000 protestantes y la rotunda victoria de los imperiales.

Bohemia perdió su status de reino independiente; la libertad religiosa quedó suprimida de inmediato y 27 nobles bohemios fueron posteriormente decapitados en la Plaza de la Ciudad Vieja.

El patíbulo se levantó frente al reloj astronómico de la Plaza.



Veintisiete cruces en el adoquinado de la misma Plaza, recuerdan las ejecuciones que, en aquel momento, causaron cierto malestar, incluso entre los católicos.

La segunda fase, denominada Danesa (1625–29) se inicia con la intervención de Christian IV de Dinamarca, que decidió su participación al considerar el avance imperial como una seria amenaza contra la Reforma, dentro de la cual era un convencido creyente. Su poder económico le había permitido mejorar notablemente el rendimiento de sus tropas, así como las propias levas. Christian empleó aproximadamente 20.000 hombres a los cuales se enfrentó Albrecht von Wallenstein, un mercenario bohemio convertido al catolicismo, al servicio del emperador.

Albrecht von Wallenstein

Von Wallestein podía disponer de una potente fuerza de entre 30 y cien mil hombres, según las circunstancias, unas cifras que Christian IV pudo calcular cuando ya había entrado en combate, momento en el que además, se vio privado del apoyo e Francia e Inglaterra, inmersas ambas naciones en sus propias guerras civiles. Esto proporcionó a Wallenstein sucesivas victorias, incluso en territorio danés, que propiciaron la retirada del ejército de Christian IV, tras la firma del Tratado de Lübeck en 1629.

Fernando II, que con el apoyo de la Liga Católica iba imponiendo progresivamente la Contrarreforma, terminó por publicar el Edicto de Restitución en 1629, por el cual se restablecía la situación resultante de la Paz de Augsburgo respaldada por Carlos V en 1555; es decir, que, obispados, arzobispados y cientos de monasterios que con el tiempo habían adoptado el credo reformado, debían volver forzosamente a la obediencia de la Iglesia Católica.

Por otra parte, las resonantes victorias de Wallenstein, su carácter arrogante e indomable y la sumisión incondicional de sus soldados hacia su propia persona, hicieron desconfiar al emperador, quien sin pensarlo bien, decidió destituirlo en 1630.

Se producía entonces la intervención de una nueva potencia con la que se iniciaba la tercera Fase de la guerra.

Gustavo II Adolfo entró en la liza en un intento de prevenir la expansión del Imperio sobre sus territorios. Contaba con el apoyo de Richelieu, en nombre de Luis XIII de Francia y el de las Provincias Unidas, que se impusieron a los ejércitos de la Liga Católica a partir de 1630, recuperando Pomerania y Magdeburgo y derrotando a Tilly en Breitenfeld. Gustavo Adolfo había modernizado su ejército introduciendo novedades que pronto fueron imitadas en el resto de Europa, sirva como el ejemplo el hecho de que fue el primero en utilizar cartuchos para los mosquetes, eliminando asimismo el uso de la horquilla, lo que mejoró infinitamente su rendimiento.

Gustavo Adolfo de Suecia en la Batalla de Breitenfeld en 1631

Ante las sucesivas victorias suecas, Fernando II, no tuvo más remedio que volver a recurrir a Wallenstein, a pesar de que mantenía graves sospechas sobre su persona y una desconfianza absoluta. Wallenstein se enfrentó de nuevo a Gustavo Adolfo en Lützen en 1632, que murió en combate, a pesar de que su ejército se alzó con la victoria.

Muerte de Gustavo Adolfo en Lützen

Dos años después el ejército sueco y sus aliados fueron derrotados en Nördlingen frente al archiduque Fernando –hijo y heredero del Emperador– y al Cardenal-Infante Fernando de Austria –hermano de Felipe IV– al mando de tercios españoles procedentes de Milán. Una sonada victoria que, se diría que causó cierto pánico en Francia, que se apresuró a declarar la guerra a España.

Para entonces se habían recrudecido las sospechas del emperador sobre Wallenstein, quien, al parecer inició conversaciones intentando mediar entre luteranos y católicos; en opinión de Fernando II, con la intención de cambiar de bando o, tal vez, de arrebatarle el trono, motivo que le llevó a acusarle de traición y poner precio a su cabeza.

En diciembre de 1633 Wallenstein se retiró con sus soldados a Pilsen, en Bohemia y el 23 de febrero de 1634 junto con unos cientos de soldados leales se dirigió a Cheb para reunirse con un ejército sueco mandado por Bernardo de Sajonia-Weimar.

La noche del 25 de febrero fue invitado a una fiesta con sus generales. Cuando Wallenstein se retiró a descansar, tres de aquellos generales fueron asesinados por un grupo de esbirros enviados por el emperador.

Acto seguido, el irlandés Walter Deveraux, acompañado por seis dragones, se dirigió a las habitaciones de Wallenstein donde lo encontró durmiendo y, naturalmente, desarmado; lo atravesó con una lanza.

Karl Theodor von Piloty (1855)

Durante la llamada Fase Francesa, 1636-1648, el reino católico de Francia, o más bien, el cristianísimo, como rezaba el título de sus reyes, centraba su interés en frenar los avances del imperio Habsburgo y de la Corona de España, que prácticamente podían aislar sus territorios por el norte, por el sur y por el este. Para ello, decidió entrar también en la guerra, pero en esta ocasión y, en contra de sus principios, lo hizo al lado de los protestantes.

El cardenal Richelieu, ministro y consejero de Luis XIII -cuyas capacidades había descubierto de forma certera la madre del rey, María de Médicis-, era quien tomaba las decisiones entonces, porque madre e hijo se pasaban la vida peleando e incluso haciéndose la guerra. En aquel momento, Richelieu decidió aliarse con Holanda y Suecia.

El imperial Johan von Werth y el español al que conocemos como el Cardenal-Infante don Fernando, cosecharon diversos éxitos en un principio, pero más adelante, las fuerzas enfrentadas se encontraron bastante equilibradas, por lo que no se produjeros más victorias dignas de mención para una u otra parte.

 
                                        
El Cardenal Infante don Fernando, en sus diversas facetas, reflejadas en este caso por los pintores: Crayer, Velázquez y van den Hoecke.

En 1642, muere el Cardenal Richelieu y un año después le seguía el rey Luis XIII, –de quien, solo por curiosidad, anotamos que estaba casado con una infanta española-. Llegaba al trono el pequeño Luis XIV, bajo la regencia del cardenal Mazarino, no más amigo de España, pero convencido de la necesidad de acabar con aquella larga guerra o inclinarla lo más posible a favor de sus intereses, fundamentalmente contrarios a los Habsburgo de ambas ramas.

En 1643  Felipe IV -que se enfrentaba en la península a una Sublevación en Cataluña- vio como sus tercios destacados en Flandes eran totalmente derrotados en la batalla de Rocroi. Poco después, los imperiales eran igualmente derrotados en Jankau, muy cerca de Praga y el príncipe de Condé vencía por último en Nördlingen.

En 1647 Francia y Suecia aliadas invadieron Baviera obligando a Maximiliano I a firmar la Tregua de Ulm el 14 de marzo de 1647, por la que se comprometía a no pactar con el emperador, a pesar de lo cual, unos meses después traicionaba la tregua volviendo al lado del Imperio, como cabía esperar.
 
En 1648, último año de la guerra, Suecia y Francia derrotaban de nuevo al Imperio en Lens; los Habsburgo quedaban reducidos finalmente a sus territorios  austriacos.

La Batalla de Praga, a la que aludimos al principio, tuvo lugar entre el 25 de junio y el 1º de noviembre de 1648; el general Hans Christoff von Königsmark, al mando de una columna sueca, se había apoderado del Castillo de Praga, desde donde intentaba entrar en la Ciudad Vieja, luchando en el puente frente a la Torre, pero sin obtener avances. En noviembre de ese año, el príncipe Carlos Gustavo que también luchaba en las proximidades de Praga, fue informado de la conclusión de los Tratados de Paz que condujeron al acuerdo de Westfalia, dando orden inmediata de abandonar el puente y el cese de toda acción militar.

Se suele recordar que, ante la imposibilidad de entrar en la ciudad y la frustración correspondiente por los últimos meses de durísimos combates, los suecos saquearon los tesoros y colecciones acumulados por Rodolfo II en el Castillo, parte de los cuales se encuentran hoy en el Palacio Drottningholm de Suecia.

El arco del Puente Carlos a la entrada de la Ciudad Vieja, que von Königsmark no pudo franquear. Obra de Charles Bridge.

La misma zona en la actualidad

Los cambios producidos por tan largo enfrentamiento fueron inmensos; el mapa de Europa cambio de apariencia por completo; nacieron como estados independientes algunos de los países que, hasta entonces constituían parte del patrimonio familiar de los Habsburgo. La población de las naciones participantes se redujo de manera dramática, hasta el treinta y el cincuenta por ciento según los casos. Bohemia quedó católica y germanizada. España, prácticamente excluida de los Acuerdos de Westfalia, abandonó los Países Bajos y siguió en guerra con Francia diez años más, hasta la Paz de los Pirineos, guerra y paz que merecen un capítulo aparte.

La Rendición de Breda –acción tan conocida por el cuadro de Velázquez-, cuando Justino de Nassau rindió la ciudad a las tropas del General Spínola, un genovés al servicio de España, se produjo el día 5 de junio de 1625, es decir, en plena Guerra de los Treinta Años, sin embargo, no forma parte de su contexto ya que, por sus características específicas, se encuadraba en el desarrollo de la Guerra de Ochenta Años entre España y Flandes, algunas de cuyas batallas llegaron a coincidir con las de la guerra en Europa, en la que España, como se ha visto, participó en apoyo de Fernando II, aunque, en realidad, no era su guerra, como posteriormente quedó demostrado.

 Ratificación del Tratado de Münster el 15 de Mayo de 1648.
Gérard ter Borch. Rijksmuseum, Amsterdam

El Tratado de Westfalia se concretó en Münster, donde se dio por terminada también la Guerra de los Ochenta Años entre España y Flandes, que durante su último período se produjo en paralelo con la revuelta bohemia y la reacción imperial. En Osnabrück, se reunieron protestantes e imperiales.

Ambas partes se conceden mutuamente el olvido eterno y Amnistía desde el inicio de las hostilidades. Todo lo que ha pasado en un lado y en el otro.., daños y gastos.., serán enterrados en el olvido eterno.




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