martes, 24 de julio de 2012

Alexander Sergeyevich Pushkin - Александр Сергеевич Пушкин



Retrato  realizado por Vasili Tropinin - Василий Андреевич Тропинин (1827)

Su bisabuelo etíope llamado Ibrahim Hanibal, cuyo nombre -en ruso, Ганнибал Ganníbal-, parecía conservar ciertos ecos clásicos de desafío republicano, cuya nieta, Nadieshda Osipovna –Надежда Осиповна- fue la madre del poeta.

Su abuela, María Alexeievna, fue quien le enseñó a leer y escribir.

Su niñera, Arina Rodionovna, que, a pesar de no saber leer ni escribir, le introdujo en el mundo de la literatura a través de relatos y leyendas transmitidos entre generaciones, fueron, en el fondo, los responsables de aquel portento literario de quien Dostoyewsky dijo: entre nosotros no queda ningún genio como él, y Tolstoy: todos tenemos que aprender de él.


Aquel poeta sincero y profundamente lírico; aquel hombre rebelde y valeroso, aún en el destierro; aquel que se burlaba de sí mismo sin complejos -en el poema Portrait, de 1814, se definía como un verdadero mono por su aspecto-, a los veinte años ya estaba escribiendo algunas de las obras que abrieron las puertas a la literatura moderna, no sólo en Rusia.


Nuestra gloria –escribió también Dostoyewsky tras la prematura desaparición del poeta- está en poder afirmar que el alma de Puschkin ha comulgado con el alma de todos los hombres.

Ciertamente, la obra de Pushkin fue comprendida y amada en Rusia por todos, menos por el Zar, quien sin duda llegó a apreciarla literariamente, pero también supo que poemas como Oda a la libertad podían ser una amenaza para la institución que representaba.

Nacido en Moscú el 26 de mayo de 1799 -6 de junio en el calendario gregoriano- Pushkin estudió en el colegio imperial de Tsárskoye Selo, donde acudían los hijos de la aristocracia más exquisita y más inmediata a la corte –sólo treinta alumnos-, donde el francés se convirtió en su segunda lengua y contribuyó a aumentar el número y la calidad de sus lecturas, así como a mejorar la expresión de sus ideas.

A los catorce años recitó el poema Recuerdos de Tsárskoye Selo ante un jurado de escritores consagrados, que causó general admiración; un momento que otro genio, el pintor Ilya Repin -Илья Ефимович Репин- transmitió a la posteridad en 1911.


Entre ellos, el más atento, Gabrila Derzhavin, -Гаврила Романович Державин- uno de los poetas más reconocidos en aquel momento, cuyas formas clásicas y tradicionales, sobradamente valoradas, no le impidieron admirarse ante el renovador estilo del jovencísimo Pushkin.

En 1820, viviendo ya en San Petersburgo, Pushkin se adhirió a los primeros movimientos sociales y fue entonces cuando su Oda a la Libertad le valió un primer exilio; a partir de entonces el poeta se convirtió en un singular portavoz de las nuevas ideas que circulaban por Europa, que él adoptó y transformó en su segunda naturaleza. Así, las sostenidas por la Filikí Etería, sociedad helénica que sostenía y animaba el levantamiento de los griegos contra el dominio turco -Estoy plenamente convencido –escribió- de que Grecia triunfará-, como las de algunos españoles exiliados bajo el reinado de Fernando VII, que participaban en distintas Logias, como Juan Van Halen, al que Pío Baroja definió como el Oficial Aventurero,  o Agustín de Betancourt, quien vivió y murió en Rusia al servicio del Zar Alejandro I.

Sello conmemorativo de A. de Betancourt, emitido en Rusia en 2008

Bajo aquellos presupuestos se produciría en diciembre de 1825 la Revuelta llamada de los Decembristas. Algunas organizaciones secretas preparaban tiempo atrás, más o menos desde 1816, un proyecto constitucional para Rusia, fundamentalmente defendido por oficiales del ejército y masones, que promovían un sistema representativo para limitar el absolutismo de los zares; Nikita Muraviev y Kondrati Rileyev, algunos de sus principales representantes rusos, defendían posiciones moderadas, mientras que Pavel Ivanovich Pestel, planteaba acabar definitivamente con el absolutismo. Ambas posiciones iban afirmándose lentamente a la vez que se apagaba el recuerdo de las guerras napoleónicas.
El primer día de diciembre de 1825 moría –o tal vez sólo desaparecía, después veremos en qué circunstancias-, el Zar Alejandro I sin haber designado heredero. Los constitucionalistas esperaban el ascenso de su hermano menor, Constantino Pavlovich Romanov, de carácter liberal, quien debía sucederle de acuerdo con las leyes vigentes. Pero nadie sabía que aquel había renunciado al trono al casarse con una aristócrata polaca, cediendo sus derechos al hermano siguiente, Nicolás, de ideas mucho más conservadoras.

Alejandro I, de Stepan Semyonovich Shchukin (1754–1828)


Nicolás I, de Vladimir Dmitrievitch Svertchkov (1820–1888)


Con general sorpresa, se hizo público que la ceremonia del juramento de Nicolás se celebraría el día 26 de diciembre en San Petersburgo. Los Decembristas, que ya se habían pronunciado por la coronación de Constantino, de acuerdo con los oficiales Trubetskoy y Obolenski, decidieron poner en marcha un plan para evitarlo.

Al amanecer el día 26, tres mil soldados fueron trasladados a la Plaza del Senado donde permanecieron en formación durante horas, en la explanada donde se hallaba la famosa estatua de bronce de Pedro el Grande, mientras tenía lugar la coronación.

Karl Kolman К. Кольман (1786-1846)

Después de la ceremonia, Nicolás dio orden de que nueve mil soldados acudieran a la plaza, en un intento de mostrar su poder a los rebeldes, si no lograba convencerlos con palabras para que abandonaran su actitud. Como se puede imaginar, cientos de transeúntes, que no tenían ni idea de lo que estaba ocurriendo, observaban con perplejidad la presencia de tantos soldados, prácticamente inmóviles.

Hasta que retumbó el primer disparo. El conde Miloradovich, enviado por el nuevo Zar para parlamentar con los Decembristas, cayó muerto de su caballo. Casi inmediatamente, se producía una primera carga por parte de los soldados del campo rebelde, que fue fácil e inmediatamente rechazada por las tropas imperiales.

Horas después, Nicolás ordenaba a su vez una carga, igualmente rechazada por los rebeldes, quienes poco después veían como una línea de cañones aparecía ordenadamente frente a ellos. Se dio la orden de abrir fuego si persistían en su decisión de no abandonar la plaza. Pero no hubo rendición y se produjo el bombardeo.

Los hombres que no murieron en la Plaza del Senado, fueron perseguidos y arrestados o muertos a lo largo de toda la noche.

Durante las investigaciones posteriores, se halló que la mayoría de los oficiales implicados en el intento procedían de la aristocracia y que todos ellos tenían copias de los poemas de Pushkin entre sus  posesiones. Más tarde se produjeron algunas ejecuciones, numerosas órdenes de destierro perpetuo y algunas condenas a trabajos forzados.

Cuando Nicolás preguntó al poeta que si habría apoyado el intento de los Decembristas en caso de encontrarse en aquellos momentos en San Petersburgo, Pushkin respondió francamente que sí, puesto que todos sus amigos lo habían hecho. Nicolás, que no quiso tomar públicamente medidas contra él, tal vez por temor a su enorme popularidad, se limitó a asegurarle que, en adelante, él mismo sería su censor, lo que acabó temporalmente con la creatividad del poeta y con su fuente de ingresos.

Escribió entonces el drama Boris Godunov, que se convirtió en una de sus obras maestras, como lectura y como adaptación musical, a pesar de que no pudo ser publicado hasta cinco años después y, aun así, parece que la obra completa y original, absolutamente libre de censura, no ha sido conocida hasta el año 2007.

En 1830 Pushkin conoció a Nataliya Nikolaevna Pushkina-Lanskaya -Наталия Николаевна Пушкина-Ланская- con la que contrajo matrimonio a principios del año siguiente.

Natalia Goncharova, de Ivan Makarov (1849)

Considerada en aquel momento como la mujer más bella de la corte, parece que despertó el interés del propio Zar, quien ofreció al poeta un trabajo de poca trascendencia, pero que le obligaba a frecuentar los bailes y actos oficiales de la corte, a los que también Nicolás I debía asistir.

Seis hijos en cuatro años; la regularidad de una vida que hasta entonces nunca careció de diversión, mujeres, duelos y juego; las estrecheces económicas y, en fin, su propio carácter, llevaron a Pushkin al tedio, y el tedio, pronto se transformaría en tragedia.

La mayoría de los autores coinciden en creer que Natalia era una mujer respetuosa de las buenas costumbres, aunque tal vez consciente de su atractivo, habría podido dar la apariencia de que coqueteaba o admitía sin demasiadas reservas la confesada admiración de algún caballero.

Uno de sus admiradores, llamado Georges D’Anthés, hijo adoptivo del embajador de Holanda y oficial del ejército ruso, llegaría al extremo de casarse con una hermana de Natalia, sólo para poder acercarse a ella con más frecuencia y facilidad. Según parece, la mujer de Pushkin, lo rechazó, aunque no de forma tan abierta que no dejara lugar a dudas.


El hecho es que, una mañana, el poeta recibió una carta sin firma en la que aparecía nombrado Gran Maestre de la Orden de los Cornudos.

Pushkin podía pasar por casi todo, pero ni él mismo, ni las normas sociales de la época, permitían ignorar semejante ataque al honor. Inmediatamente retó a D’Anthés a un duelo ante testigos.

D’Anthés disparó primero y la herida resultó mortal. Pushkin agonizó durante dos días y murió. Tenía treinta y siete años.

A pesar de que se procuró ocultar su desaparición envolviéndola en el más absoluto silencio, todo el mundo conoció la noticia y todo el mundo creyó que D’Anthés no había sido más que un instrumento del Zar.

Otro joven poeta, admirador de Pushkin, Mijail Yurievich Lermontov -Михаи́л Ю́рьевич Ле́рмонтов- le dedicó un poema en el que además de expresar su duelo por la figura desaparecida, calificaba su muerte de asesinato y lo achacaba a la voluntad imperial de forma más o menos explícita. Le costó el destierro y, cinco años después, él mismo perdía la vida en las mismas circunstancias que Pushkin y bajo similares sospechas:

¡Con sed de venganza y plomo en el pecho
cayó destruido por el rumor.
Callaron los sonidos mágicos
No volverán a sonar canciones.
¡Y vosotros,  arrogantes sucesores
de la célebre hipocresía de vuestros gloriosos padres
jugáis con la felicidad de estirpes ofendidas!
Vosotros, masa de ególatras, apiñados junto al trono
¡Verdugos de la Gloria, la Libertad y el Genio!
Ocultos bajo la sombra de la ley,
mientras el juicio y la verdad guardan silencio.


Pero existe la divina sabiduría;
esperad el terrible juicio.


Todos sospecharon entonces -y las sospechas parecen aportar cada vez más certeza con el paso del tiempo-, que el responsable de la muerte de Pushkin fue el Zar Nicolás I.

El nombre de Pushkin se impuso en su época por encima de tendencias ideológicas o políticas y se mantiene con el paso del tiempo, sobreviviendo a toda clase de cambios. 

Elevó al máximo de sus posibilidades a la lengua rusa, en la que hasta su llegada apenas se había escrito. Su poesía es difícil de apreciar en otro idioma, por muy perfecta que sea la traducción, debido a los matices exclusivos del idioma que el poeta llevó a la perfección, pero la belleza de sus textos no se ha resistido, sin embargo, a la música; entre las obras maestras del repertorio clásico, tenemos muestras incomparables; así los poemas: Ruslán y Ludmila, de Mikhail Glinka, en 1842; Eugenio Onieguin, de Tchaikowsky, en 1879, o Mazeppa, también de Tchaikowsky, en 1884. Entre las grandes tragedias, Boris Godunov, de Modest Mussorgsky, en 1869. Pero también Rimsky Korsakov; Sergei Rachmaninof; Franz von Suppé; Prokofiev o Shostakovich, realizaron geniales composiciones basándose en la imponderable obra escrita por Alexander Segeievich Puchkin.

Por último, habíamos dicho que el Zar Alejandro I pudo haber muerto, o no, cuando se anunció su defunción. Oficialmente fallecía el 1º de diciembre de 1825 siendo enterrado en San Petersburgo. Pero pronto surgió un rumor: muchas personas que desfilaron ante su catafalco comentaron que el hombre allí expuesto no se parecía al Zar. Junto con el rumor, se oyó una explicación que muchos aceptaron como plausible: Alejandro se había retirado a la soledad de algún monasterio, simulando su muerte, mientras hacía colocar en el féretro a un soldado muerto el mismo día y que tendría cierto parecido con él.

Años después, se denunció la existencia de un ermitaño que habría sido reconocido como el antiguo Zar; el hombre, llamado Fiodor Kouzmitch murió en Siberia en 1864.


Hasta aquí, todo podría proceder de la leyenda, pero cuando Alejandro III, coronado en 1881, mandó abrir y examinar la tumba de su antecesor, se halló que el sarcófago de Alejandro I estaba vacío.


No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada