domingo, 6 de enero de 2013

CRISTINA DE SUECIA y DESCARTES (2)


Descartes. Franz Hals. Louvre

En el libro titulado: Cartas Escogidas de Cristina, Reina de Suecia, publicado por M.L.*** en Villefranche, Chez Hardi Filocrate, Imprimeur, en el año 1759, bajo el epígrafe,


(La verdad no ofende al Sabio).
se lee textualmente:

A los seis años, Cristina fue proclamada Reina de Suecia. Cuando el Mariscal de la Dieta la propuso a los Estados, un miembro del orden del Campesinado le interrumpió de repente, preguntándole quién era aquella hija de Gustavo. –No la conocemos; nunca la hemos visto; que se nos muestre. Cristina apareció. El Campesino, tras haberla considerado atentamente, gritó: ¡Ella es! Es la nariz, los ojos y la frente de Gustavo Adolfo. Que sea nuestra Reina. Aun cuando sólo tuviera las orejas de aquel gran hombre, sería suficiente para gobernar un Imperio. Los Estados la instalaron inmediatamente en el trono.
El texto y la historia no dejan dudas acerca del amor y la devoción que el pueblo sueco profesó a su rey Gustavo Adolfo. Pero el mismo autor añade a continuación:

Esta heredera de Gustavo, que después sorprendió a su siglo por la elevación de su alma, habría sido una Heroína completa, si no hubiera tenido la orgullosa debilidad de abandonar la corona para correr tras las deslumbrantes quimeras de la Filosofía.

La amable acogida que Cristina hizo a los Sabios que estaban en su Corte, fue el manantial funesto de todas sus desgracias. Pasó la mitad de su vida atormentándose y lamentándolo.

Su reinado no produjo ningún acontecimiento saludable para la posteridad. El nombre de esta princesa habría quedado envuelto en el sudario de una muerte eterna, como el de tantos soberanos de los que nadie se acuerda, si no fuera porque se encuentran por azar al lado de nombres ilustres que han honrado a la humanidad y si el halago de las gentes de Letras no elevara indiferentemente altares al vicio y a la virtud.

Cristina, al abdicar la Corona de Suecia, creyó fijar para siempre las miradas de Europa sobre su persona. Se admiró algún tiempo su desinterés y generosidad; y se lamenta todavía hoy su extraña conducta.

***
Seguramente, el hecho de cargar a la Filosofía con la responsabilidad de las decisiones de Cristina de Suecia –erróneas o acertadas-, no es más que un prejuicio de la época, pero podríamos aplicar el mismo presupuesto, sin cambiar una sola palabra, a su maestro, René Descartes, a quien el Amor a la Sabiduría, literalmente, le costó la vida.

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Cuando René Descartes tenía sólo un año murió su madre, dejándole una herencia que se hizo efectiva cuando cumplió los 26 y que le permitió vivir holgadamente, dedicándose en exclusiva a sus estudios. Entre tanto, asistió al colegio de los Jesuitas La Flèche, en un edificio patrimonial del monarca Enrique IV de Borbón, quien había llamado a la Compañía de Jesús a establecerse en Francia desde 1603. Allí aprendió Descartes Humanidades Clásicas durante ocho años, adentrándose durante la última etapa escolar en la Escolástica, es decir, la Filosofía aristotélica aplicada a la doctrina católica por santo Tomás de Aquino.

Su espíritu crítico le llevó a interesarse sobre todo por las Matemáticas, a causa de la exactitud y la evidencia de sus razones, aún a pesar de que, por entonces, tal estudio se reducía a sus aplicaciones prácticas; una tendencia que no satisfacía el espíritu especulativo de Descartes, quien, una vez alcanzada la edad de abandonar el colegio, se dispuso a viajar proponiéndose alcanzar un conocimiento más completo y general a través del gran libro del mundo.

Tras asistir asimismo a la Universidad de Poitiers, decidió, en 1618, instalarse en Breda, donde se unió al ejército del príncipe de Nassau, no en condición de soldado, sino de observador, por lo que no percibió sueldo alguno. Del mismo modo, y con la misma intención, sin duda, se unió a las tropas católicas de Maximiliano de Baviera un año después. Estaba en su apogeo la llamada Guerra de los Treinta Años, en cuyo trascurso, a pesar de su presencia alternativa en ambos bandos, Descartes no participó en ninguna acción militar.

Tal como explica él mismo, el día 10 de noviembre de 1619 tuvo unos complejos sueños que, al parecer, le indicaron el camino a seguir, ya no en su vida, sino en sus investigaciones. Finalmente abandonó el ejército y volvió a Francia para establecerse, en 1622, en casa de su padre, en Rennes, donde se dedicó fundamentalmente a estudiar Astronomía, Óptica y Matemáticas hasta 1628, cuando decidió trasladarse a París.

Allí trabó amistad con el Mínimo Mersenne (1588–1648), también antiguo estudiante de La Flèche, aunque algo mayor que Descartes. Su celda en el convento de la Place Royale fue un centro de conocimiento e investigación para los estudiosos europeos de la época. Teólogo, Filósofo, Matemático, Astrónomo y Músico, escribió la Armonía Universal, teoría de la música, en la que, entre otras muchas cosas, expresa el semitono mediante una ecuación, dado que, de acuerdo con el Teorema I: La Música es una parte de las Matemáticas y por tanto, una ciencia que muestra las causas, los efectos y las propiedades de los sonidos, cantos, conciertos y de todo lo que les pertenece.


M. Mersenne. University of York. Dept. of Mathematics.
El retrato de la derecha es un fragmento del óleo de Dumesnil –más abajo- que representa una sesión de trabajo de Descartes con la reina Cristina.

Allí conoció Descartes al cardenal Pierre de Berulle (1575–1629), fundador del Oratorio sobre el modelo italiano de S. Felipe Neri, y consejero de Marie de Médicis; un admirador de su sistema de pensamiento que se propuso dar a conocer su obra, no basada en planteamientos de carácter religioso, sino en los métodos del conocimiento aplicables a la ciencia en general –Descartes ya había abandonado la vía escolástica–.

Algo más tarde, en octubre de 1634 y, a pesar de la idea que podríamos hacernos de su personalidad y modo de vida, casi conventual, cuando residía en Holanda, tuvo una hija a la que llamó Francine, y que sólo vivió seis años. Contaba Descartes 39 a la fecha de su nacimiento.

Cuando preparaba la edición de su libro, Le Monde, Marsenne le informó de que Galileo, al que Descartes, como seguidor del Heliocentrismo, consideraba un maestro, había sido condenado por la Inquisición. Prudentemente, detuvo la edición de su libro, del que, no obstante, cuatro años después –1637–, publicó los capítulos dedicados a Dióptrica, Meteoros y Geometría, acompañados de un Prólogo que ha pasado a la posteridad, convirtiéndose, sin lugar a dudas, en el más popular y accesible de sus trabajos; el Discours de la Méthode que contiene una especie de autobiografía intelectual, en la que explica su recorrido hasta la Metafísica.

En 1644 se encontraba de viaje en París, cuando conoció a Pierre Chanut, embajador francés en Suecia y uno de los negociadores de la Paz de Westfalia, quien le habló largamente de la reina Cristina de Suecia y de su interés por la ciencia y la Filosofía. Andando el tiempo, la propia Cristina, ya reina desde hacía cinco años, solicitó los servicios del filósofo como maestro personal.

Después de mucho pensarlo, Descartes se embarcaba en Ámsterdam, llegando a Estocolmo en octubre de 1649.

La experiencia fue decepcionante en varios aspectos. Para empezar, pasó un mes de inactividad hasta que la reina le hizo llamar. Después, Cristina, le encargó escribir una especie de libreto teatral destinado a celebrar su 23 cumpleaños y el fin de la Guerra de Treinta Años, que, en efecto, fue representado como ballet en el palacio real de Estocolmo.

Finalmente, decidió la reina tomar una clase diaria de Filosofía, a las cinco de la mañana, pero Descartes, que, a causa de su salud había sido eximido de cumplir el horario matutino, incluso cuando estudiaba en La Flèche, se vio de pronto abocado a cumplirlo ahora, dedicando a su alumna, prácticamente la totalidad de lo que para él y para cualquiera que no fuera sueco, era plena noche, ya que antes de presentarse en palacio debía cumplir sus propias exigencias personales, incluida la de asistir a Misa.


Descartes en la Corte de la Reina Cristina
Pierre Louis Dumesnil. Museo nacional de Versailles.
Cuatro meses después, el 11 de febrero de 1650, moría Descartes, según se dijo, de neumonía, en la residencia del embajador francés, Chanut, en Mälaren, donde se alojaba, muy cerca del castillo Tre Kronor. El suceso causó gran sorpresa y provocó ciertas habladurías que Cristina acalló prohibiendo cualquier clase de comentarios sobre el mismo, a pesar de lo cual, el embajador francés, ordenó grabar una extraña inscripción en la lápida del filósofo:
Expió los ataques de sus rivales con la inocencia de su vida.

Más tarde se conoció la existencia de una carta enviada por el médico personal de la reina Cristina al médico holandés Johan Van Wullen, en la que describía unos síntomas de la mortal enfermedad de Descartes, que, en su opinión, nada tenían que ver con una neumonía, sino que respondían, más bien, a las características de un envenenamiento. La teoría fue corroborada por el médico alemán Eike Pies en 1980, aportando nuevos datos a la investigación que no se dio por terminada hasta el año 2010.







Los restos de Descartes tardaron dieciséis años en volver a Francia, causando una dramática sorpresa cuando se comprobó que, inexplicablemente, faltaba la cabeza, que tras muchos avatares, fue devuelta en el siglo XIX, momento en que, de la misma forma inexplicable, no fue integrada al conjunto de los restos, depositados, después de pasar por distintos lugares, en el cementerio de Saint–Germain–des–Prés, sino que pasó a ser propiedad del Museo del Hombre.
***

Tras la Guerra de los Treinta Años, el Emperador Leopoldo ajustó la paz con Francia en Münster dejándonos fuera y con todos los enemigos a cuestas, como escribió Felipe IV. Entre esos enemigos estaba Francia, con la que no se llegó a firmar el Tratado de los Pirineos, hasta mediados de 1659, siendo el artífice de sus preliminares, Antonio Pimentel de Prado, que había sido nombrado Embajador en la Corte de Cristina de Suecia, cuando esta se proponía cambiar de religión. Un año antes fue también Pimentel quien escoltó al cardenal Mazarino hasta la frontera alemana, cuando fue expulsado de Francia por el Parlamento de la Fronda. Es importante recordar esto, para mejor comprender la actitud de ambos con respecto al rey de España en un futuro próximo.

Los planes de Cristina consistían en convertirse, abdicar y fijar su residencia en Roma bajo protección pontificia. Naturalmente, necesitaba la aprobación del Papa y, sin duda, no pudo pensar en un intermediario mejor para llegar a él, que Felipe IV, para quien la conversión de Cristina se convirtió en un asunto de la mayor transcendencia, a pesar de los numerosos asuntos de la mayor transcendencia que le ocupaban en aquel momento. Dado su catolicismo sin fisuras, asumió la conversión de la reina de Suecia como un hecho casi milagroso, del que sería, en parte, artífice. Envió entonces a Pimentel a entrevistarse con la reina y, parece ser que ambos llegaron a ser grandes amigos. Los aspectos teológicos de la conversión, es decir, la catequesis, quedó a cargo de los Jesuitas.

Cristina, pues, abdicaría el día 6 de junio de 1654, pasando a residir en Bruselas por invitación de Felipe IV. Allí, ante el Emperador Leopoldo y el propio Pimentel como testigo, procedió a abjurar del luteranismo la víspera de Navidad, en una ceremonia casi secreta que Felipe IV se encargó de comunicar a Alejandro VII.

Acto seguido, Cristina se puso en camino a su nueva residencia en Roma, pero, he aquí que el Papa exigió que antes se hiciera pública su conversión. Cristina no tenía otra opción que aceptar, de modo que se dirigió a Innsbruck donde repitió la ceremonia ante el Legado Pontificio, el 3 de noviembre de 1655, después de la cual reanudó su viaje acompañada de una corte de más de doscientas personas a su servicio, nombradas y pagadas por el rey de España.

Ya antes, Felipe IV le había regalado a Cristina treinta caballos, atención a la que ella correspondió enviándose un retrato suyo montada a caballo, realizado por Sebastien Bourdon, en 1563, que hoy se encuentra en el Museo del Prado.



Madrid, Septiembre 9 de 1654. Aviso de Barrionuevo

Llegada á Amberes de la Reina de Suecia en traje de hombre.—D. Antonio Pimentel la lleva los regalos del Rey.—

Llegó la Reina de Suecia á Amberes, vestida de hombre, á caballo, con gran séquito de los suyos. Fuese á posar en casa de García de Illan, portugués riquísimo, que años há se huyó de Madrid con toda su hacienda por temor de la Inquisición. Fuese allí por ser su factor en aquellos Estados, donde ha sido servida y festejada de todo el país con grande estimación.

S. M. le envía ahora 30 caballos hermosísimos y ricamente aderezados, muchas cosas ricas de la India, y la Reina muchas cosas de olor. Va con este presente D. Antonio Pimentel, hermano del Conde de Benavente. Dícese hace mal á un caballo, como si fuera hombre, y que por esto le envía el Rey estos caballos, y aun se dice que es más que mujer, no porque sea hermafrodita, sino porque no es para poder ser casada.


Mantúvose la amistad con nuevos regalos, –escribió el Marqués de Villa Urrutia-. El Duque de Terranova tuvo orden de presentarle en Roma cuatro tiros de a seis caballos napolitanos, y además un grandísimo número de libros jocosos y de buen gusto, así en prosa como en verso, que hay en España, encuadernados y dorados lisa y curiosamente, que apreciaría más que si fueran joyas de diamantes, según lo estudiosa y leída que era, hablando once lenguas como la propia.

Tan pagado estaba el Rey de Cristina –escribió a su vez Barrionuevo-, que sólo faltaba que a ésta se le antojara que le hiciese algún hijo el Rey, que en esto de bastardos tenía muy buena mano.

Pero todo en el mundo tiene su tiempo y así, en 1656 llegó a su fin el romance entre Cristina de Suecia -para entonces ya sólo Cristina Vasa-, con el rey de España, cuya ingenuidad, al parecer, era indestructible. Para empezar, Cristina encontró un gran apoyo en el Cardenal Azzolino quien, con su denominado Escuadrón Volante, muy al estilo de la Corte de Francia, rodeó a la antigua reina de toda clase de atenciones que ella aceptaba y devolvía con placer evidente. 

Al parecer, don Antonio de la Cueva, Mayordomo Mayor de su Casa, como hemos dicho, por cuenta de Felipe IV, advirtió a Cristina de que los cardenales que componían el célebre escuadrón de Azzolino, no eran afectos a la Corona de España, por lo que su amistad con ellos no era apropiada. Más tarde, aún sostenida por la Corona de España y sabiendo que esta había roto relaciones con Portugal, recibió en su casa al embajador de aquel reino. Por último, como afrenta definitiva hacia su protector, colocó en su sala de audiencias el retrato del rey de Francia; sin duda, el peor enemigo de Felipe IV en aquel momento.

Semejante actitud decidió al devoto Pimentel a romper su amistad y dejar de visitar a Cristina, no sin antes despedirse de ella oficial y ceremoniosamente, ocasión que la soberbia Cristina aprovechó para gritarle abruptamente y sin permitir la menor réplica: Sois un pícaro gallina, ladrón, infame y mal caballero, y a no ser vasallo del Rey de España, a quien yo estimo tanto, hiciera con vos la demostración que merecíades. No parezcáis más delante de mí, ni ocasionéis se irrite más contra vos mi enojo.

En otoño de 1658 Pimentel sería enviado a Francia con el fin de acordar una tregua y tratar con el cardenal Mazarino las condiciones de la boda de la Infanta María Teresa con Luis XIV, que debía convertir la tregua en paz definitiva.

Sea como fuere, la relación entre Cristina y su corte de españoles se fue agriando paulatinamente, hasta que por fin, Felipe IV, que tardó mucho tiempo en comprender que la ex reina ya no necesitaba su apoyo, dio la orden de que todos los súbditos españoles abandonaran su servicio. 

Una ofendida Cristina se quejó al Papa del mal servicio de aquellos, a la vez que mandaba comunicar al rey de España, que si no fuera por su respeto, habría arrojado a alguno por la ventana. Acto seguido se fue a visitar al rey de Francia que la recibió con todos los honores, como lo eran en aquel reino todos los que dieran la espalda al rey de España.

Afirma también el Marqués de Villa-Urrutia que para entonces había compuesto Calderón de la Barca un auto sacramental en honor de la conversión de Cristina, cuya representación prohibió el rey, porque no estaban en el estado que tuvieron al principio las cosas de esta señora, cuya casa y servicio de criados se componía ahora sólo de franceses.

Felipe IV no tardaría en volver a tener noticias de los manejos de Cristina Vasa en contra de sus intereses. En cuanto a Luis XIV tampoco tuvo que esperar mucho para lamentar su ostentosa hospitalidad con aquella antigua reina que, verdaderamente, nunca se había propuesto dejar de serlo.
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Continuación: 
http://atenas-diariodeabordo.blogspot.com.es/2013/01/el-ballet-de-la-reina-cristina-de-suecia.html

8 comentarios:

  1. Yo creo que Cristina de Suecia fue responsable de la muerte de Descartes y así lo parece confirmar la institución de los Premios Nobel como solución de la Monarquía sueca a su mala conciencia.

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    1. Muchas gracias por tu mensaje, Xisco y, completamente de acuerdo contigo en cuanto a la responsabilidad de Cristina que, en todo caso, prohibió que se investigara la muerte de Descartes por si el asunto interfería en sus planes. En cambio, no creo que Suecia tuviera que responder de los errores de esta señora, que abandonó el reino muy pronto y traicionó los principios que representaba. En cuanto a la Fundación Nobel, consta que surgió de la decisión del propio Alfred Nobel, asustado ante la mortandad producida por el empleo de la pólvora, según la fórmula que él mismo había patentado. Hizo una fortuna y decidió emplearla en la investigación y en la paz.
      Un cordial saludo. Clara.

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  2. Puestos en plan petulante, no fue pólvora sino dinamita

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    1. Cierto. Así es. Gracias, Antonio Torrejón.(Y no me parece petulancia).

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  3. Yo creo que Cristina Siempre fue criada como un niño porque ella misma lo sentia. Y dudo muchisimo que haya estado con el rey de españa. Su gran amor fue la condesa, su dama de compañia. Pero como era Reina no se veria bien ser lesbiana ademas porque tenia que dejar un heredero. Fue por uno de esos motivos que hace llamar a Descartes, por los sentimientos que estaba sintiendo por su condesa. Ella rechazaba a todos los hombres.

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    1. Hola, anónimo: Yo no creo en absoluto que Cristina “estuviera” con el rey de España; eso fue un chiste de la “prensa” de la época. En cuanto a sus preferencias sexuales, pienso que son fáciles de deducir, pero, hasta la fecha, imposibles de constatar documentalmente. Creo, también que rechazaba a todo el mundo porque era muy despótica y consideraba a todos inferiores. Lo que desconozco es que llamara a Descartes por esa razón; es más, me pregunto si lo hizo ya con el objetivo de acabar con su vida. De otro modo, no se comprende la protección incondicional que le brindó el Papa frente a los monarcas más poderosos del momento. Un saludo y gracias.

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  4. No creo que fuera la Reina Cristina autora del envenenamiento ,supuesto cianuro, de Descartes,se dice que fue un complot y Cristina en todo caso lo cubrió y en ese caso sí es responsable de tan aberrante hecho. Descartes tenía enemigos en el imperio sueco como en Roma también. Cristina lo idolatraba y desde niña lo admiraba.

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    1. Es posible que tengas razón. Aun así, si "lo idolatraba" ¿por qué se negó a investigar la muerte? Como dices, en todo caso, se hizo responsable de encubrimiento.

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