sábado, 23 de marzo de 2013

VELÁZQUEZ EN LA RENDICIÓN DE BREDA




Velázquez realizó esta obra –óleo sobre lienzo, 307 x 367-, para el Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro; la terminaría alrededor del mes de abril de 1635. En el conjunto, llama poderosamente la atención la imagen de los cuartos traseros del gran caballo que, como una sorprendente osadía por parte del artista, casi oculta a los dignatarios españoles, ocupando un tercio del lienzo, sin estorbar la escena.

Diez años antes, el 5 de junio de 1625, se había producido la ceremonia representada, o más bien, interpretada, porque, en realidad, el pintor se basó en la dramatización que del asedio y toma de la ciudad de Breda, había escrito Calderón de la Barca en su obra titulada: El Sitio de Bredá.


en la que podemos leer los siguientes versos:


Después de un año de asedio por parte de las tropas españolas mandadas por el genovés Ambrosio Spínola, Justino de Nassau acordó con él una capitulación honrosa. En la escena pintada por Velázquez, Spínola toca el hombro del holandés en un gesto que le indica que no es necesario que doble la rodilla para efectuar la simbólica entrega de las llaves de la ciudad. 

Un vencido sin humillación, Justino de Nassau:


-Hago protesta en tus manos
que no hay temor que me fuerce
a entregarla, pues tuviera
por menos dolor la muerte.

 Y un vencedor sin ensañamiento, Ambrosio de Spínola:


-Conozco que valiente sois
que el valor del vencido
hace famoso al que vence.

La ausencia de sentimientos de venganza o resentimiento, encaja a la perfección con el carácter sosegado de un Velázquez que quiere reflejar las virtudes caballerescas de los contendientes, más que su carácter bélico. Él mismo –según parece-, elegantemente ataviado, observa al pintor en su quehacer fotográfico; es decir, a sí mismo. Estos juegos gustaban al artista y dominaba su técnica.

Aunque es posible que en la pintura intervinieran otras manos de su taller, Vélázquez olvidó firmar el papel que, al efecto, pintó o hizo pintar en el ángulo inferior derecho del lienzo.


La serenidad de la escena, refleja el sentimiento filosófico expresado por Nassau en la misma obra de Calderón de la Barca:

-Aquesto no ha sido trato
sino fortuna, que vuelve
en polvo las monarquías
más altivas y excelentes.

De hecho, poco después de que Velázquez entregara la pintura, Breda volvió al poder de Holanda.

Salida de la guarnición española de Breda en 1637. Hendrik de Meijer

El sitio y rendición de la plaza se enmarcan en el contexto de la Guerra que a lo largo de Ochenta Años, 1568-1648, enfrentó a la Corona de España con parte de los territorios conocidos como las Tierras Bajas, las Provincias, o Flandes –, Bélgica, Holanda, Luxemburgo, y algunos obispados del norte de Francia, que en su día constituyeron parte del legado de Carlos V a Felipe II.

  
La bandera de Holanda, Prinsenvlag, con los colores de Guillermo de Orange.

La bandera del Tercio de Spínola con la Cruz de San Andrés, enseña de Borgoña.

Los protagonistas

Además de Spínola y Nassau, otros personajes que no aparecen en la pintura, indujeron los hechos que desembocarían en la escena que refleja: Felipe IV y el Conde Duque de Olivares en Madrid y Alberto de Austria e Isabel Clara Eugenia –la hija mayor de Felipe II-, en Bruselas.

Spínola. Michiel Jansz. van Mierevelt. Rijksmuseum. Amsterdam.

Ambrosio –Ambrogio- Spinola, nacido en Genova en 1569, reunía los títulos de Duque de Sesto y Marqués de los Balbases, fue tambien Caballero de Santiago y del Toisón y además perteneció a la exclusiva élite de los Grandes de España. Sus padres, Filippo Spinola y Polisena Cossino le hicieron heredero de una notable fortuna, pero la rivalidad de su familia con los Doria, le llevó a buscar la gloria de las armas como condottiero al servicio de la Corona de España, a cuyo efecto expuso y perdió su fortuna personal y familiar.

En septiembre de 1603 se hizo cargo de las tropas que asediaban Ostende, ciudad que cayó en sus manos, cubierta de ruinas, al año siguiente, obteniendo por ello el beneplácito de los Archiduques Alberto e Isabel.

Terminada la campaña, Spínola viajó a Valladolid, donde se encontraba en aquel momento la corte de Felipe III y volvió a Bruselas ya como Comandante en Jefe de las tropas españolas, en cuyo encargo, puso sitio y rindió numerosas plazas rebeldes a la corona, frente a Mauricio de Nassau.

En 1606 volvió a España, donde recibió los más altos honores, pero tuvo que entregar toda su fortuna como aval para continuar la guerra en Flandes. Más tarde, ante la incapacidad de la Corona para devolverle los fondos adelantados, Spínola se vio héroe, pero arruinado y además tuvo que soportar las maniobras de la corte –léase omnipotente Olivares-, para eludir su presencia y sus reclamaciones.

En 1609 se firmó la Tregua de Doce Años, pero Spínola permaneció en su destino, ocupándose de tareas políticas y diplomáticas, como la de mediador con la corona de Francia, cuando el príncipe de Condé, abandonó el reino para refuagiarse en Flandes, en un intento de alejar a su esposa de las atenciones del galante monarca Enrique IV de Borbón.

Ya completamente arruinado recibió el nombramiento de Grande de España, en cuya condición, participó en la Guerra de los Treinta Años, cuando el Emperador exigió la colaboración española. Las numerosas plazas que tomó en el Bajo Palatinado, le valieron el nombramiento de Capitán General.

56 ciudades y castillos tomados por Spínola en el Palatinado. Rijksmuseum.

La Guerra de los Ochenta Años se reanudó en 1621 y fue entonces cuando Spínola tomó a su cargo el asedio de Breda en 1624 que, como sabemos se rindió al año siguiente, poniendo al condottiero en la cima de su carrera, aunque el mismo momento significó precisamente el comienzo de su declive, en parte debido a la animadversión del Conde Duque de Olivares.

A principios de 1628 volvió a España, de nuevo para reclamar fondos con los que mantener sus tropas, pero no se le concedieron y además tuvo que soportar los reproches del Conde Duque, quien le hacía responsable de los avances del ejército holandés. Spínola decidió abandonar el servico en Flandes y volver a Italia, donde no encontró el merecido descanso, sino la guerra por la sucesión del Ducado de Mantua, de gran importancia estratégica para España, y que obligó al monarca a recurrir de nuevo a él, nombrándole gobernador de Milán. Siempre a falta del necesario auxilio financiero, debiendo afrontar las continuas muestras de desconfianza de Olivares y completamente arruinado, Ambrosio Spínola murió a finales de septiembre de 1630 durante el sitio de Casale.

Justinus van Nassau, de  Jan Antonisz. van Ravesteyn. 
Rijksmuseum, Amsterdam.

Justinus van Nassau nació en 1559. Hijo legitimado de Guillermo de Orange; el cuarto de los 16 que tuvo el caudillo holandés con sus cuatro esposas y la madre de Justino. Fue estudiante en Leiden, dedicándose posteriormente a la carrera militar. En 1588 participó, en las acciones marítimas contra la Armada de Felipe II, bloqueando con sus naves la costa flamenca.

Desde 1601 fue gobernador de Breda, hasta que Espínola tomó posesión de la ciudad. Tras su rendición, Justino se instaló de nuevo en la ciudad de Leiden, donde permaneció hasta su fallecimiento en 1631. Se casó con Ana van Merode y tuvieron tres hijos; Willem Maurits, Louise Henriëtte y Philips van Nassau.
Archiduque Albrecht y Archiduquesa Isabel Clara Eugenia
Frans Pourbus the younger (1569–1622)

Además de que los abuelos paternos de ambos eran tío y sobrino -Carlos V y Maximiliano-, la madre de Alberto –María- y el padre de Isabel –Felipe II-, eran hermanos. Antes de morir Felipe II, en un intento de solucionar el problema de la rebelión de los Países Bajos, organizó su boda y los nombró soberanos de aquellos territorios, con la condición de que volvieran a la Corona de España en el caso de que no tuvieran hijos, como ocurrió.

Alberto había sido Cardenal, Inquisidor General de Portugal y Arzobispo de Toledo, a todo lo cual renunció para casarse con la Infanta Isabel y asumir la herencia de Flandes. Hasta la fecha de la boda, Isabel se dedicó exclusivamente a acompañar y cuidar a su padre, especialmente, durante su última enfermedad.

En 1609 acordaron, tras poner en ello el mayor empeño, la Tregua de los Doce Años con Mauricio de Nassau. En 1621 fallecía Alberto, quedando Isabel Clara Eugenia como gobernadora en representación de su sobrino, Felipe IV. En su desempeño, vivió muy de cerca el asedio de Breda, en el que parece que había puesto grandes esperanzas.

El artista belga Pieter Snayers dejó para la posteridad una pintura que refleja una visita de Isabel al campamento de Spínola, en cuyo fondo, y de forma muy parecida al de la obra de Velázquez, aparece la ciudad de Breda.

 
Pinturas de Snayers y de Velázquez. En ambas aparece al fondo el Dique Negro de forma muy similar.

Isabel, que desde la muerte de su esposo vestía permanentemente de luto,  aparece claramente retratada en el ángulo inferior derecho de la obra de Snayersen hábito de religiosa, durante su visita de inspección y apoyo.

Asedio de Breda por Pieter Snayer. Belegering van Breda door Pieter SnayerVisita de Isabel Clara Eugenia.

Felipe IV y el Conde Duque de Olivares

El Rey y el Valido retratados por Velázquez
en la National Gallery de Londres y el Hermitage de San Petersburgo respectivamente.

Parece que Felipe IV no estaba del todo conforme con el asedio de Breda que, sin embargo, constituyó una de las pocas alegrías que le reservaba su reinado, aunque duró poco, ya que en 1627, la situación se hizo insostenible a causa de una bancarrota, a partir de la cual, la falta de medios financieros para sostener la defensa de los estados patrimoniales de la Corona, dio lugar a que las derrotas se sucedieron de forma irreparable.

Olivares, que concibió diversos proyectos de difícil o imposible realización dentro de las condiciones por las que atravesaba el reino, fue considerado responsable de todos los fracasos y de la consiguiente decadencia, ya que sólo él -y no el monarca, cuyo interés se centró siempre en otro tipo de actividades, como caza, toros, teatro y mujeres-, había sostenido las riendas de la Corona, cuya responsabilidad, Felipe IV intentó asumir cuando ya era demasiado tarde. Olivares fue desterrado de la Corte y procesado por la Inquisición, muriendo sumido en la más dramática amargura, en 1645.

El monarca vivió veinte años más, pero a pesar de los buenos propósitos, pronto volvió a abandonar sus obligaciones –es posible que fuera una tarea superior a sus posibilidades-, y optó por cederlas de nuevo, en esta ocasión, en manos de Luis Méndez de Haro; un sobrino de Olivares.

Murió asimismo Felipe IV con grandes cargos de conciencia, en 1565, dejando un heredero, Carlos II -con el que se extinguió la dinastía-, más un número indeterminado, pero notable, de hijos conocidos aunque no reconocidos en su mayoría.

Dadas las circunstancias, la victoria de Breda vino a constituir un efímero respiro en el devenir histórico de su reinado, aunque probablemente no se recordaría tanto, si Velázquez no hubiera elegido el evento como tema de una de sus más perfectas y complejas obras. El pintor devolvía así con creces la merced que el monarca le había hecho al nombrarle pintor de cámara. 

Breda era una ciudad muy bien fortificada y disponía de 14.000 hombres para su defensa, además de reservas para un año. Spínola inició el bloqueo con 18.000 hombres, en la seguridad de que un ataque frontal no era aconsejable, tanto por la fortaleza de las defensas, como por el probado ánimo de sus defensores.

Mauricio de Nassau envió 8000 hombres y Ernesto de Mansfeld acudió al mando de un contigente de soldados procedentes de Inglaterra, más un refuerzo de daneses mandados por Steslaje Vantc, que sucumbieron ante la llegada de una fuerza de alrederdor de 500 soldados, entre infantes, piqueros y ballesteros de los tercios españoles, que les cerraron el acceso a la ciudad desde una colina póxima.

A pesar de la amable imagen reflejada por Velázquez, los combates fueron muy duros y se produjo un gran número de bajas en ambos campos. Los sitiados resistieron hasta el límite de sus posibilidades y su mérito fue altamente valorado por Spínola, que efectivamente, prohibió que se les causara el menor daño tras la rendición, por lo que fueran tratados con la mayor dignidad.

Velázquez pintó el cuadro para el Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro, donde Felipe IV recibía a los embajadores, y se custodia en el Museo del Prado. Además de la obra de Velázquez, el conjunto que decoraba el Salón se componía de otras pinturas de Vicente Carducho, Jusepe Leonardo, Juan Bautista Maíno, Antonio de Pereda y Zurbarán.

Entre tanta variedad había cumbres, pero también valles, en opinión de Brown y Elliott; evidentemente, la obra de Velázquez componía la cumbre del conjunto.

Reconstrucción del Salón de Reinos (Centro Virtual Cervantes)

El salón medía 34,6 metros de largo por 10 de ancho, y 8,25 de altura. La luz entraba por 20 ventanas, y una profusa ornamentación al fresco con dorados cubría el techo. 

En las paredes norte y sur, entre las ventanas, se colgaron los lienzos representativos de doce batallas -1622 a 1633-, victoriosas para la Corona de España, entre ellas, Breda y en la cabecera, cinco retratos realizados también por Velázquez; Felipe III y Margarita de Austria; Felipe IV con Isabel de Borbón y el Príncipe Baltasar Carlos. 


Entre los lunetos se pintaron los escudos de los veinticuatro reinos de la Corona, origen del nombre del salón y sobre las ventanas, diez lienzos relativos a los Trabajos de Hércules –los Habsburgo decían que procedían de esta divinidad olímpica-, todos ellos realizados por Zurbarán. 
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