sábado, 13 de julio de 2013

¿Cuánto MONTA en Castilla don Fernando de Aragón?

Fernando de Aragón. Michael Sittow. Kunsthistorisches.

Doña Juana, princesa heredera de Castilla, acaba de pasar una tormentosa temporada en Medina del Campo, donde su madre, Isabel –la Católica–, la ha retenido en contra de su voluntad, hasta que nació el hijo que esperaba. Juana no tiene más aspiración que la de reunirse con su marido, Felipe el Hermoso, quien, por su parte, ha tenido la oportunidad de moverse a su antojo, sin la permanente vigilancia de su celosa y enamorada princesa.

Mientras ella pataleaba –literalmente– en Medina, causando un gravísimo pesar a su madre, su suegro, Maximiliano de Austria ha concertado, por su cuenta, la boda de su nieto Carlos con Claudia de Francia, hija de Luis XII, con el objetivo, favorable a sus intereses, de aproximarse al reino de Francia, algo que Isabel y Fernando jamás hubieran aprobado. Así, antes de que el contrato se ratifique, Antonio de Leyva, en nombre de los reyes, derrota al ejército francés en Seminara. Una semana después, Fernández de Córdoba repite triunfo en Cerignola, derrotando al duque de Nemours, que muere en la acción; finalmente, las banderas castellanas entran victoriosas en Nápoles y, de nuevo, el Gran Capitán destruye al ejército francés en Garignano.

Así las cosas, la familia formada por Juana de Castilla, Felipe el Hermoso y sus hijos, al fin reunidos, se proponen pasar una tranquila temporada en Bruselas.

Pero Juana, consciente de que su esposo ha estado demasiado tiempo sólo, decide observarlo exhaustivamente y así, pronto se da cuenta de que le presta una atención apenas correcta, pero como tampoco parece enfadado, piensa que tal vez, ella ha perdido su atractivo, así que recurre a la ayuda de mujeres sabedoras, al parecer, moriscas, a las que hace venir de Castilla para que la adiestren en las técnicas de recuperación del amor. 

En un principio funciona y Felipe se rinde al encanto de que Juana tome la iniciativa en sus relaciones; se deja ver un poco más y disfruta de la novedad, aunque no demasiado tiempo. Juana vuelve a quedarse sola por las noches, pero no se rinde; a partir de entonces redobla la vigilancia sobre el marido, a quien últimamente le parece ver con demasiada frecuencia cerca de una dama rubia.

Un día descubre a la muchacha leyendo, medio a escondidas, una notita que le parece muy sospechosa; se la pide, pero la mujer, no sólo se niega a entregarla, sino que se la traga. Doña Juana, fuera de sí, coge unas tijeras y procede a cortar malamente la hermosa cabellera de la que la dama estaba tan orgullosa y, no contenta, termina haciéndole una herida en la cara, que debe servir de escarmiento a toda hermosa que piense en poner los ojos, o las manos, sobre su amado esposo, que acude alarmado por los gritos de su amiga, a quien arranca de las manos de su esposa que, acto seguido, recibe un sonoro bofetón delante de todo el mundo.

Doña Juana, retrato del Maestro de la leyenda de Magdalena. Kunsthistorisches.

Juana queda confinada en sus habitaciones bajo la atenta vigilancia de un hombre de la confianza de Felipe, cuyo cometido se complementará con la obligación de consignar por escrito, cada acción, gesto o palabra de la princesa, que en aquellos momentos, naturalmente, está furibunda y grita como una loca. Su objetivo, esgrimir aquel testimonio, en el futuro, como prueba para lograr una inhabilitación que ponga el reino en sus manos exclusivamente.

Una vez producido aquel primer escándalo público a Juana parece darle todo igual; se dice que nunca más volvió a llorar.

El archiduque enviará a su suegro el memorial de locuras así reunido, con el fin de que don Fernando apruebe la incapacitación de su hija. Error táctico, porque Felipe no será nunca sino consorte y, si Juana no puede reinar, él tampoco lo hará. Acierto estratégico de Fernando, no contestar nada a su yerno y guardarse las pruebas, por si acaso.

Y el acaso no se hace esperar; el 26 de noviembre de 1504 fallecía la Reina Isabel I de Castilla, a los cincuenta y cuatro años, dejando toda su herencia, incluida la Corona, a su hija Juana, con una cláusula relativa a Fernando; si la princesa no quiere o no puede reinar, él será Gobernador General hasta la mayor edad de su nieto Carlos.

Isabel I de Castilla. Atribuido a Juan de Flandes. Palacio de El Pardo.

Fernando, que de pronto se había encontrado incomprensiblemente desposeído, convocó Cortes el mismo día y ante ellas hizo público su dolor por aquella desaparición que le atravesaba las entrañas; después se hizo jurar Gobernador General. Legalmente, la convocatoria debía proceder de la nueva reina o, en todo caso, Fernando podía convocar en su nombre, pero no fue así, sino que hizo redactar la llamada como si su hija estuviera presente, es decir, con su nombre: Para que me reciban y juren por reina y señora de estos mis reinos y señoríos y juren al serenísimo rey, mi padre, por administrador y gobernador dellos.

Las prisas de Fernando no hubieran sorprendido mucho a la reina fallecida, puesto que ella había hecho algo similar tras la muerte de su hermano Enrique IV y en peores circunstancias, pues el testamento de aquel no estaba a su favor, de modo que Isabel no esperó a los funerales para despojarse del luto y hacerse coronar con la máxima rapidez y ceremonia, en ausencia de Fernando. En ambos casos se quisieron evitar dos cosas: que se produjera un vacío de poder y, sobre todo, que otra persona lo asumiera; en el caso de Isabel, su sobrina doña Juana, la hija de su hermano, conocida como la Beltraneja; en el caso de Fernando, su hija o, lo que es lo mismo, su yerno. Las cosas del poder son así; no hay tiempo para duelos ni penas.

El fallecimiento de doña Isabel supuso una breve tregua en las crispadas relaciones entre Juana y Felipe y –esto era rutina–; durante la bonanza, ella queda embarazada, aunque en esta ocasión, ya como heredera universal de su madre.

Ta(n)to Mo(n)ta. Alhambra de Granada

El Tanto monta, era una expresión que podríamos asimilar a Tanto vale, pero asentaba una paridad que, como se verá, fue provisional y, ocultaba diversas condiciones tendentes a dejar sentado que sólo doña Isabel era la Reina propietaria, –por cierto, que ahí terminaba la frase, sin rimas añadidas–. En todo caso, la frase es propia de una época en que todavía estaban muy de moda las divisas, que no eran más que la idealización de un concepto, puesto que a pesar del aparente acuerdo de igualdad entre ambos, Fernando nunca montó lo mismo que Isabel en el trono de Castilla.

Pues bien, como sabemos, ya que Juana había dado abundantes muestras de que las responsabilidades de la Corona no constituían su principal objetivo, doña Isabel determinó el gobierno de Fernando hasta la edad legal de don Carlos. Para eso faltaban unos quince años, así que el viudo de las entrañas atravesadas, con la cláusula de la incapacidad que doña Isabel le puso en una mano, y la lista de desvaríos que Felipe el Hermoso le puso en la otra, procedió a inhabilitar a su hija y a hacerse jurar personalmente.

Felipe I. Juan de Flandes.

¿Por qué doña Isabel, conociendo perfectamente la actitud de Juana, de la que había sido testigo en numerosas ocasiones, no nombró heredero a su amado esposo, para que él, a su vez, decidiera la sucesión cuando llegara su hora? O bien no tenía plena confianza en él, o bien fue aconsejada en otro sentido.

Dejando a un lado la romántica leyenda del eterno enamoramiento entre Isabel y Fernando, según la cual eran el matrimonio perfecto, se comprende que en el momento de su propia boda, Isabel quisiera retener todos sus derechos como reina propietaria, puesto que las relaciones con Aragón no eran todo lo seguras que hubiera sido necesario, pero que después se los transmitiera a una hija que tal vez no fuera incapaz, pero que no tenía el menor interés en asumirlos, y ello en detrimento de su aparentemente idolatrado esposo, ya sorprende un poco. Si Isabel no hubiera desheredado a Fernando, probablemente, doña Juana no hubiera ido a parar a Tordesillas, pero la cláusula de incapacidad animó a Fernando a encerrar a su hija y a hacerlo con engaños, alimentando y aprovechando su vulnerabilidad.

Sólo desde el punto de vista de la ambición de don Fernando, se comprende la inmediatez de su nuevo matrimonio; en aquel momento, cuando aún vivía Felipe el Hermoso, era la única forma de recuperar, al menos, su parte de los bienes aportados al matrimonio, es decir, la Corona de Aragón, a cuyo efecto necesitaba tener un hijo urgentísimamente.

En cuanto a Felipe el Hermoso, la eventualidad de asumir el trono de su esposa, se convirtió en polvo legalmente, porque su nombre ni siquiera aparecía en el testamento de Isabel y, por lo que respecta a Juana, nunca sabremos lo que se proponía, porque, de hecho, nadie se lo preguntó. Ante esto, y en un desesperado intento por invalidar la prueba de los desórdenes mentales de doña Juana, que tan atolondradamente había puesto en manos de don Fernando, Felipe hizo que su esposa enviara una carta al reino en la que aseguraba que su único mal eran los celos, que también había padecido su madre que fue tan celosa como ella, pero que se le pasaría con los años. Continuaba diciendo que sabía bien que su marido, sólo para justificarse había enviado a Castilla la relación de sus locuras, algo muy mal hecho, porque tales cosas nunca debieran salir de entre padres e hijos, mientras que ahora se publicaban contra ella. En todo caso, y lo que es más grave, consideraba a su padre el único responsable de todo, porque no falta quien diga que se complace y aprovecha de su mala fama. Añadía finalmente que era posible que su padre hubiera actuado así, a causa de la nueva reina, es decir, de doña Germaine.

No cabe duda de que Juana escribió aquello al dictado de su marido, pero lo extraordinario, es que hablara mal de su padre, pero ahora era la propietaria del objeto de deseo de aquellos dos enemigos, implacables entre sí -Fernando y Felipe-, a ninguno de los cuales parecía preocupar demasiado si ella se convertía en la víctima de sus ambiciones.

Pasados seis meses desde la muerte de la reina, Juana y Felipe aún no estaban preparados para volver a Castilla. Algunos esperaban su llegada para ponerse a su servicio y recuperar los antiguos bienes y privilegios que los Católicos les habían arrebatado, pero la mayoría consideraba que, fallecida la reina, el aragonés nada tenía que hacer en Castilla. Fernando observó, perplejo, como algunos de sus antaño más fieles partidarios cambiaban de chaqueta descaradamente para aproximarse a los nuevos reyes; se imponía urgentemente pensar una nueva estrategia.

A mediados de septiembre de 1505 –nueve meses después de la muerte de Isabel–, Juana y Felipe aún permanecían en Bruselas, donde nacía la niña cuya concepción había coincidido con el duelo por la reina, y que se llamaría María.
María, la penúltima niña. Díptico perteneciente a doña Juana. 
Museo de Santa Cruz. Toledo

Fernando piensa: Veamos, ¿qué pinto yo rompiéndome la cabeza por gobernar un reino en el que, por lo que veo, nunca me han querido? Estaban esperando como buitres la falta de la reina para echárseme encima y, después de treinta y dos años de trabajos, no sólo me tengo que ir de aquí, sino que me quedó también sin Aragón en cuanto mi nieto sea coronado. Por otra parte, mi yerno el Hermoso lleva un año preparando la boda de mi nieto Carlos con la hija del rey de Francia, de modo que, si me descuido, me echan también de Italia.

El rey está en jaque, pero nadie como él para concebir planes estratégicamente perfectos –ya lo decía Maquivelo–. En esta ocasión prepara una carambola que los dejará a todos boquiabiertos.

En octubre, y como rey de Aragón, cuya Corona aún le pertenece, firma el Tratado de Blois con Francia, por el que el rey Luis le concede la mano de Germaine, hija de Marie d’Orlèans – hermana del propio monarca–, y de Jean de Foix, Conde d’Étampes y Vizconde de Narbonne. El novio tiene 53 años y la novia 17, pero esto no es más que una curiosidad por ahora. De acuerdo con las estipulaciones del Tratado, Fernando devolverá los territorios napolitanos que Francia le reclama y que el Gran Capitán había tomado palmo a palmo. Además, si la pareja obtiene descendencia masculina, el hijo de ambos heredará la Corona de Aragón que, en consecuencia, se desligará de la unidad de acción con Castilla y cuyo símbolo habrá de borrarse del escudo del Tanto Monta. ¿Qué significa todo esto para Fernando? Neutralizará los efectos de la futura boda de su nieto Carlos con Claude de France; con suerte, le arrebatará los reinos aragoneses y, de paso, alejará la amenaza francesa del resto de sus posesiones en Italia.

Germaine de Foix

La boda, celebrada en la villa de Dueñas, el 19 de octubre de 1505, fue muy mal vista por los castellanos, que consideraron que se ultrajaba la memoria de Isabel, pero mucho peor afrontó la novedad doña Juana, ya que su padre contrariaba de manera flagrante el testamento de su madre en cuanto a la necesidad de mantener unidos los reinos peninsulares, pero ya se había agotado su capacidad de asombro y cada vez esperaba menos del padre en el que había confiado tan ciegamente. No sabemos si llegó a saber de la existencia de otros planes todavía más maquiavélicos que Fernando había considerado muy seriamente.

Recordemos que cuando Isabel y Fernando se afianzaron en el trono de Castilla, existía una princesa llamada Juana, que era hija y, por tanto, heredera del anterior rey Enrique IV, hermano de padre de Isabel. Después de haber sido jurada, algunos nobles del bando de su padre se pasaron al lado de Isabel y Fernando y, entre todos, consiguieron que fuera declarada ilegítima. Aunque el asunto no apareció en los documentos, se hizo correr la voz de que la niña no era hija de su padre, sino del favorito don Beltrán de la Cueva, por lo que fue desheredada en beneficio de Isabel. La Muchacha, como su tía se refería a ella, fue obligada a hacer renuncia expresa de todos sus derechos y desterrada a Portugal, donde debería pasar el resto de su vida recluida en un convento.

No es momento ahora para evocar detalladamente las sucesivas ocasiones en que la princesa Juana -mal llamada Beltraneja-, reivindicó que su causa fuera estudiada por una comisión de hombres justos y libres de toda sospecha, pero sí conviene recordar que ella siempre habló de unos documentos que los Católicos le habrían escamoteado, por los cuales se demostraba fehacientemente su derecho. Pero de nada le sirvió, ya que consumió la vida en el destierro, amada y respetada por el reino y la corte portuguesa, que siempre la trataron como Excelente Señora, y hasta su muerte, firmó como Reina de Castilla.

Pues bien, antes de pedir la mano de Germaine de Foix, Fernando el Católico ¡pidió la suya! El Cronista asegura que Juana, la hija de Enrique IV no quiso aceptar, porque era una santa.

¿Encontró de repente Fernando aquellos documentos cuya existencia había negado incluso por medio de la guerra? Es sabido que él nunca hacía nada si no tenía un objetivo y, en este caso no cabe pensar que estuviera enamorado, pero sí podemos suponer que si aquellos papeles existían, tal como Juana siempre había defendido, justificarían su derecho a la Corona de Castilla, así como la posibilidad de que Fernando la recuperara si se casaba con ella.

A finales de año, Felipe decidió emprender el viaje a Castilla, si bien sus hijos permanecieron en Malinas. Un temporal sorprendió a la flotilla durante la travesía y, de pronto se descubrió que en la bodega viajaba un buen número de mujeres de cuya existencia Juana no estaba al tanto. Ante el gravísimo riesgo de naufragio los hombres empezaron a pensar que Dios los castigaba por ello y decidieron que, en consecuencia, debían tirarlas a todas por la borda, siendo ellas el objeto de los pecados que Dios castigaba con aquella terrible tempestad. 

Pero, en un plante parecido a los que solía protagonizar su madre, Juana se enfrenta al pasaje masculino y dice que si hay que echar a alguien al mar, se empiece por los caballeros, que son los que han embarcado a aquellas mujeres, decisión de la que no excusa a su marido, puesto que, a punto de rendir cuentas a Dios, tanta penitencia debe hacer él, como el resto de los nobles y el grueso de la tripulación y marinería.

Finalmente todos salvaron la vida, pero tuvieron que hacer una larga escala en Inglaterra y efectuar diversas reparaciones, lo que también permitió a Juana visitar a su hermana Catalina, casada con Enrique VIII desde 1509, que tampoco fue muy feliz en su matrimonio.

Una vez llegados a Laredo –a sabiendas de que don Fernando esperaba en La Coruña–, las sucesivas recepciones mostraron que el viudo se estaba quedando sólo. Además, a pesar de sus continuas peticiones, se le negó la oportunidad de encontrarse a solas con su hija, lo que le llevó a hacer pública la acusación de que su yerno la tenía secuestrada y, aunque esto no fuera del todo cierto, sí es verdad que Juana vivía convenientemente aislada y privada de información acerca de todo lo que está ocurriendo en sus estados.

Finalmente, dadas las adversas circunstancias, Fernando se aviene a firmar los Acuerdos de Villafáfila a finales de Junio y cede todo a cambio de una cuantiosa pensión que, sumada a las rentas de los Maestrazgos de las Órdenes Militares, le permitirá llevar una vida holgada en Nápoles, junto a su nueva esposa.

En otra ocasión repasaremos el cúmulo de adversidades que hubo de soportar la reina Juana, incluida la muerte de Felipe el Hermoso y su larguísimo encierro en Tordesillas, donde la recluyó su padre, asegurándole que se trataba de una media provisional. La muerte la liberó de las ambiciones de su esposo, pero ella no pudo, ni quiso, ni supo, enfrentarse a las de su padre, al que, en todo momento, movieron ambiciones políticas. Lo que nos interesa ahora, es lo que pasó a partir de entonces, a la jovencísima viuda Germaine de Foix.

Según parece, llegó a concebir un hijo de Fernando, que no prosperó y, para que esto fuera posible, se asegura asimismo que su esposo, al igual que fue prematuramente cargado de responsabilidades bélicas a los ocho años, se hallaba prematuramente envejecido en enero de 1516, cuando falleció, según se dice y repite, a causa del exceso de los medicamentos que le recetaban para aumentar su posibilidades de procrear.

Cabalgaba don Fernando para asistir a un pleno de las Órdenes Militares que presidía, cuando alguien le predijo que tuviera mucho cuidado con la villa de Madrigal, donde su vida correría peligro. Siendo aquel lugar el mismo en el que había nacido su anterior esposa, Fernando se inclinó a aceptar la supuesta profecía, desviando su camino, lo que, sin embargo, no evitó que la muerte lo alcanzara en Madrigalejo.

En su testamento legó todos sus bienes a doña Juana en tanto que su nieto Carlos alcanzara la mayoría de edad y a este último le encomendaba asimismo, muy encarecidamente, que se ocupara de su joven y triste viuda, que quedaba sola y rodeada de gente adversa. Don Carlos aceptó el encargo de todo corazón.

En 1525, tras la batalla de Pavía, victoriosa para las tropas de don Carlos, el rey de Francia, Francisco I, era hecho prisionero y conducido a Madrid, donde pasado un tiempo, llegaba a un acuerdo con su vencedor, según el cual, quedará libre si cumple varias condiciones, entre las cuales destacamos ahora, la de dejar en España a dos de sus hijos como rehenes, y la de que se casará con Leonor, la hermana mayor de Carlos.

Hallándose Francisco prisionero en Madrid, don Carlos decreta una tregua para que la hermana de Francisco, Margarita de Angulema, viuda hace poco tiempo –precisamente a causa de las heridas que su marido, el duque de Alençon, recibió en la batalla de Pavía–, pueda visitar a su prisionero. El monarca acude a recibirla a la villa de Getafe, camino de Toledo, donde espera asimismo la llegada del duque de Borbón, quien afectado muy negativamente por la madre de Francisco I, había abandonado Francia para pasarse al servicio de don Carlos.

En Toledo se espera también la llegada de Germaine de Foix, con quien Carlos se entiende a la perfección. A pesar de que fue la esposa de su abuelo, sólo hay doce años de diferencia entre ambos, a favor de Carlos, mientras que con Fernando eran 36. Cuando Carlos estuvo en Barcelona en 1519, luchando por su elección al Imperio, siendo ya muy amigo de Germaine, pidió y obtuvo de ella, que se casara con el hermano del Elector Margrave de Brandemburgo, cuyo voto, naturalmente, le ayudó a ganar el título de Emperador. En la actualidad, don Carlos todavía es soltero y ahora se da la circunstancia de que Germaine es viuda.

Francisco I. Clouet. Louvre

Apostados entre la gente que se amontona junto al puente de Alcántara, vemos acercarse a doña Germaine cabalgando en dirección a la ciudad, de la que, al mismo tiempo vemos salir al Emperador, igualmente montando un hermoso caballo. Antes de llegar al puente, doña Germaine descabalga y pasa a una litera forrada de paño negro; ella misma lleva ropas de luto, como exige su actual estado, aunque lo suaviza con una toca blanca. Es casi de noche, pero podemos distinguir a su lado al marqués de Denia, el carcelero de doña Juana y, a su izquierda, a don Alfonso de Castilla, Obispo de Calahorra, el más ilustre de los hijos de Fernando el Católico, aunque no de su mujer. Sigue un nutrido grupo de señoras de luto y algunos caballeros entre los que destaca el prior de San Juan.

Ya se acercan los acompañantes de don Carlos: el duque de Alba, el conde de Mélito y el contador mayor, Antonio de Fonseca, solicitan y besan la mano de doña Germaine, algo que no habrían hecho estos Grandes, si sólo se tratara de doña Germaine de Foix, pero ellos rendían honor a la viuda de don Fernando de Aragón, aunque también saben que es gran amiga y protegida del Emperador.

Llega don Carlos, se quita el sombrero y hace una profunda reverencia a la dama. Después mete la cabeza por la ventanilla del coche y doña Germaine le pide besar su mano; él se niega y se separa. Germaine vuelve a intentarlo tres veces, es el protocolo; pedir la mano expresa sumisión y negarla, en las presentes circunstancias, implica gran familiaridad.

Cuando terminan de cruzar el puente; el emperador a la derecha de Germaine y el legado a la izquierda, ya es noche cerrada, pero casi no lo parece, a causa de las docenas de hachas que portan los pajes del rey, del legado, de los nobles y de la propia Germaine, y así, en iluminada procesión, entran en la Ciudad Imperial, donde Doña Germaine es conducida a la Casa de Garcilaso de la Vega; el Legado, al palacio Arzobispal y don Carlos, al Alcázar.

Con motivo de la liberación de Francisco I, don Carlos espera poco después la llegada de su hermana Leonor, dispuesta a casarse con el francés, y que vendrá acompañada de doña Germaine. Cuando ambas comitivas se encuentran en Illescas, Leonor se arrodilla y pide besar la mano de su prometido.

Leonor de Austria. Van Cleeve. Kunsthistorisches

–No he de dar la mano, sino la boca –dice el novio y, acto seguido la levanta, la abraza y la besa, gesto celebrado con gran grita, por los caballeros presentes.

A continuación, Francisco saluda cariñoso y reverente a su prima Germaine, después toma de la mano a la reina su esposa y el Emperador a la reina Germaine y a la paz, los cuatro con mucho placer, se entraron a una sala donde pasaron dos horas… y danzaron.

El día 20 se despiden. Germaine y Leonor vuelven a Toledo y Carlos se queda un día más con Francisco. Al día siguiente, el Emperador iniciará un viaje a Sevilla, al encuentro de su prometida Isabel de Portugal, mientras Francisco se dirigirá a la frontera con Francia. En cuanto a Leonor, seguirá a Francisco muy pronto, no sin antes despedirse de Germaine con quien ha hecho buena amistad y que, a su vez, debe viajar a Sevilla para asistir a la boda de don Carlos, a quien queda por resolver un problema que afecta a su querida abuelastra: su fiel acompañante de horas de soledad, ahora también está sóla, pero esto es fácil de solucionar.

¿Qué os parece como esposo, mi amigo el duque de Calabria? Es de toda confianza y además, casi podríamos decir que forma parte de la familia. Casualmente se llama Fernando de Aragón y desciende de un hijo bastardo de Alfonso V de Nápoles, tío de don Fernando a quien conocéis bien. Don Fernando disputó la herencia napolitana a su primo alegando su bastardía y permitió que el Gran Capitán lo encerrara en prisión. Entre nosotros: mi abuelo era hombre muy listo y maquiavélico, pero no très chevalier. El resto, ya lo conocéis; le cobré gran afecto y me acompaña a todas partes.

Doña Germaine acepta, porque no le gusta ser viuda ni vivir sola. Según se ha escrito; poco hermosa, algo coja y muy amiga de holgarse y andar en banquetes, característica, esta última, que hace que se esté poniendo demasiado gruesa, aunque tiene, sin duda, sus atractivos, porque el duque de Calabria acepta su mano de inmediato, y ya es el tercero, pero los españoles lo dicen porque le tienen un poco de antipatía, ya que la reina Isabel era rechoncha y culona y nunca fue criticada por ello.

Que la fête commence!. Es la ocasión de aprovechar que Sevilla está radiante por la boda del Emperador, quien apadrinará a Germaine junto con su esposa Isabel de Portugal. La dote, el Virreinato de Valencia.

Los historiadores de la Corona de Aragón parecen acordes sobre el hecho de que durante el Virreinato de Germaine, la nobleza empezó a emplear el castellano gradualmente para complacerla, produciéndose así el comienzo de una progresiva castellanización general de las costumbres del reino.

En 1517, cuando Carlos llegó a Castilla para ser coronado, Germaine había abandonado asimismo el reino de Aragón, para instalarse cerca del que iba a ser su protector, quien sin duda, no la veía en su condición de abuelastra. Más o menos un año después, Germaine daba a luz una hija a la que en su testamento trataba de Infanta, un título que, en Castilla, corresponde exclusivamente a las hijas de los reyes.

Germaine, el amoroso eslabón que unió a Fernando V y a su nieto, Carlos V, falleció en Liria en 1538 y fue enterrada en el Monasterio de San Miguel de los Reyes, mandado construir por su esposo, el duque de Calabria, que sobrevivió, conservando el Virreinato, hasta 1550.


En este histórico monasterio a la sazón de los monjes Jerónimos falleció 15 de octubre de 1536 siendo Reina Gobernadora de Valencia Germaine de Foix esposa que fue del rey D. Fernando el Católico Marquesa de Brandemburgo y Duquesa de Calabria. Cien clérigos con antorchas acompañaron sus restos mortales hasta Valencia, donde reposan en el Monasterio de S. Miguel de los Reyes. In memoria scripsit.



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