domingo, 21 de julio de 2013

LOS IDUS DE MARZO II


Cayo Julio César nació, en el año 100 aC., cuando el General Cayo Mario se había hecho con el dominio de Roma como principal dirigente de los populares, frente a los optimates de la vieja aristocracia, entre los cuales se produjo la ruptura definitiva cuando el optimate Sila –antiguo socio de Mario– fue elegido Cónsul y una guerra a muerte no declarada entre los partidarios de ambos, sumió a Roma en el terror durante años.

Los seguidores de Mario, aprovechando la marcha de Sila a Oriente para luchar contra Mitridates en el Ponto, el año 87, pusieron en marcha una persecución implacable contra sus partidarios. 

A pesar de que Mario estaba casado con una tía de Julio César, este se sentía mucho más cercano a los populares y, aun así, al morir Mario (86 aC), César se casó con la hija de su sucesor, Cinna, alcanzando entonces la dignidad de Flamen Dialis –Sacerdote de Júpiter–, una de las principales en el camino hacia el poder absoluto, siendo considerado en general, como el heredero de Mario y de Cinna.

 
Mario y Sila

Pero en el año 83, Sila, concluidas las campañas de Grecia y Asia Menor volvió a Roma y recuperó el poder, que empleó en deshacerse de sus rivales mediante el asesinato y la confiscación de bienes de los adeptos de Mario. César, quizás a causa de su juventud, se mantuvo en principio alejado de la lucha, pero el hecho de estar casado con Cornelia, la hija de Cinna, le colocaba entre los enemigos de Sila, quien le exigió que se divorciara. Finalmente, tras un implacable acoso, durante el cual se vio proscrito y perseguido, César terminó obedeciendo y, apenas nacida su hija Julia, repudió a Cornelia. Sila lo perdonó, pero no sin advertir que en la personalidad de aquel elegante joven, había muchos Marios.

A pesar de ello, César determinó permanecer alejado de Roma y no regresó hasta la muerte de Sila en el año 78 aC., habiendo desempeñado un destino en Asia Menor, donde adquirió gran experiencia y demostró valor e inteligencia militar en Mitilene y Cilicia, de modo que, cuando volvió a Roma, ya era un héroe y estaba dispuesto a iniciar la carrera política que debía llevarle al poder absoluto.

Cuando se presentó a los comicios, reforzado con el apoyo de Craso y de Pompeyo –a quienes había reconciliado en su propio beneficio–, fue elevado a la dignidad de Cónsul. Se le dio por colega a Calpurnio Bíbulo y, apenas entró en el ejercicio de su cargo publicó leyes, sólo para complacer al pueblo, como efectuar repartos de tierras y distribuciones de trigo. Los más honestos entre los senadores se levantaron contra estas leyes, pero César, que desde hacía tiempo, buscaba un pretexto para declarar su posición, afirmó que a su pesar le empujaban hacia el pueblo y que la injusticia y la dureza del senado le ponían en la necesidad de hacer la corte a la multitud, dicho lo cual, desde allí mismo se fue a la asamblea del pueblo.

Allí, teniendo a su lado a Craso y a Pompeyo, les preguntó en voz alta si aprobaban las leyes que acababa de proponer. Al responder ellos que sí, los exhortó a apoyarlo contra los que, para hacer que las retirara, le amenazaban con sus puñales. Ambos le dieron su palabra y Pompeyo añadió que opondría también su espada y su escudo; términos que disgustaron a los senadores y a los nobles, que las encontraron dignas, como mucho de un hombre violento y sin clase. Pero aquello le hizo simpático al pueblo.

Para asegurarse la colaboración de Pompeyo, César le dio en matrimonio a su hija Julia, a pesar de que estaba prometida a Servilio Cepion, al que compensó, ofreciéndole a cambio la hija de Pompeyo, aunque tampoco era libre, pues había sido prometida a Faustus, hijo de Sila. Poco después, él mismo se casó con Calpurnia, hija de Pisón, al que designo Cónsul para el año siguiente.

Catón no dejaba de protestar en el senado contra la impudicia con la cual se prostituía el Imperio a través de matrimonios y porque –decía– traficando con mujeres, se daban mutuamente los gobiernos de las provincias, los mandos de los ejércitos y los principales cargos de la república.

Bíbulo, el colega de César, al ver la inutilidad de su oposición, y habiendo corrido incluso el riesgo, al igual que Catón, de ser asesinado en la plaza pública, pasó el resto de su consulado encerrado en su casa. De acuerdo con Suetonio, algunos, antes de firmar las cartas, las fechaban por burla, no en el Consulado de César y Bíbulo, sino en el de Julio y César, haciendo así dos cónsules de uno solo. Justo después de su boda, César hizo confirmar aquellas leyes y se adjudicó por cinco años el gobierno de las Galias, Cisalpina y Transalpina, a los que añadió la Iliria, con cuatro legiones.
Catón. J.B. Roman. Louvre

Catón mantuvo su oposición a los decretos, por lo que César le hizo detener y lo envió a prisión, pero cuando vio que no solo los principales ciudadanos, sino también el pueblo, denunciaban aquella indignidad, ordenó en secreto a un tribuno, que liberara Catón de las manos de los lictores. Desde entonces, muy pocos senadores le acompañaron al senado, ya que la mayor parte, ofendidos por su conducta, se retiraron. Conidios, uno de los de más edad entre los que le habían seguido, le dijo que los senadores no aparecían por temor a sus armas y a sus soldados. 
–¿Por qué ese mismo temor no ha hecho que también tú te quedaras en casa?
La edad –replicó Conidios–, me libera del temor; la poca vida que me queda, no exige tanta precaución.

Aun así, de todos los hechos de su consulado, ninguno le causó más perjuicio que el de hacer nombrar tribuno del pueblo a aquel despreciable Clodio que le había deshonrado quebrantando el secreto de los ritos que las damas romanas celebraban en su casa. Pero con su elevación, César buscaba anular a Cicerón, y no se fue a su gobierno en las Galias hasta lograr, con la ayuda de Clodio, desterrarlo de Italia.

Hasta aquí, los hechos de César que precedieron su mando en las Galias. Las victorias obtenidas allí, le abrieron un camino diferente; en cierto modo, una segunda vida y fue en aquella carrera cuando se nos mostró un tan magnífico hombre de guerra y tan hábil capitán como los generales más admirables y que adquirieron mayor gloria con sus hazañas. Ya se le compare con Fabios, Metelos, Escipiones, o con otros generales contemporáneos, o con los que le precedieron, tales como Sila, los Marios, los Lúculos, e incluso, Pompeyo mismo, “cuya gloria y nombre se elevan hasta los cielos” y en cualquier tipo de éxito militar a que podamos referirnos, hay que reconocer que las hazañas de César le ponen por encima de todos esos grandes capitanes. En menos de diez años que duró la Guerra de las Galias, tomó por asalto 800 ciudades; sometió a 300 naciones distintas y combatió en diversas batallas, a tres millones de enemigos, de los que mató a un millón, haciendo asimismo otro millón de prisioneros.


Por otra parte, sabía inspirar a sus soldados un afecto y un ardor tan vivos, que los que con otros jefes y en otras guerras, no se distinguían de los soldados ordinarios, se volvían invencibles bajo sus órdenes. 

Semejante ardor y emulación por la gloria eran producidos y alimentados en ellos por las recompensas y honores que César les prodigaba con la esperanza que les daba de que en lugar de servir a su lujo y a sus placeres, las riquezas que amasaba en aquellas guerras, los ponía en depósito en su casa para todos aquellos que lo merecieran, y añadió que él no se consideraría rico, sino en tanto en cuanto pudiera recompensar la buena conducta de sus soldados. Por lo demás, él mismo se exponía voluntariamente a todos los peligros y no rehusaba un solo de los peores trabajos de la guerra.

Aquel desprecio por el peligro ya era conocido por los soldados, que sabían de su amor por la gloria, pero sí les sorprendía su paciencia en los trabajos, que encontraban superiores a sus fuerzas, pues tenía la piel blanca y delicada, era débil de cuerpo y estaba sujeto a frecuentes dolores de cabeza y a ataques de epilepsia, que habían empezado cuando estuvo en Córdoba. Pero lejos de hacer de la debilidad de su temperamento un pretexto para la comodidad, buscaba en el ejercicio de la guerra un remedio para  sus enfermedades, que combatía por medio de marchas forzadas, con un régimen frugal, con el hábito de acostarse al aire libre y de endurecer su cuerpo en toda clase de fatigas. Dormía casi siempre en un carro; al amanecer visitaba las fortalezas, las ciudades y los campos y siempre llevaba a su lado a un secretario para que escribiera al dictado mientras viajaba. Con todo ello, hacía tal diligencia que la primera vez que salió de Roma, llegó en ocho horas a las orillas del Ródano. Se acostumbró desde muy joven al caballo y adquirió la facilidad de galopar con gran soltura llevando las manos cruzadas a la espalda.

Se dice que fue él quien introdujo en Roma la costumbre de comunicarse por carta con sus amigos, a quienes escribía cuando sus ocupaciones le impedían visitarlos. Del mismo modo, para mejor manejar sus planos y documentos, ideó que, en vez de enrollarlos, se cosieran por el margen, permitiéndole así, pasar de un documento a otro con gran facilidad y simplificar su transporte.

Los Helvecios y los Tagurinos fueron los primeros pueblos galos a los que combatió. Después de haber quemado ellos mismos doce ciudades y cuatrocientos pueblos que estaban bajo su dependencia, avanzaron para travesar la parte de las Galias sometida a Roma, como antaño hicieron los Cimbrios y los Teutones, a los que ellos no eran inferiores, ni en audacia ni en número; eran 300.000 hombres, de los que 80.000 estaban en edad de servicio, pero no fue César quien marchó contra los Tigurinos, sino Labienus, uno de sus lugartenientes, que los desafió y los hizo pedazos en las orillas del Arar. 

César conducía su cuerpo de ejército hacia una ciudad aliada, cuando los Helvecios cayeron sobre él inesperadamente, reaccionó y efectuó una carga a pie y, aunque le costó mucho tiempo y esfuerzo destruirlos, hacia la mitad de la noche había acabado con ellos. Posteriormente reunió a más de cien mil enemigos que habían escapado de la matanza y los obligó a volver a la tierra que habían abandonado, para reconstruir las ciudades quemadas, con el objetivo de evitar que los Germanos intentaran cruzar el Rin para establecerse en ellas.

La Segunda Guerra que emprendió tuvo por objeto defender a los Celtas contra los Germanos. Sabiendo César que sus oficiales más jóvenes y sobre todo los más nobles, que sólo le habían seguido por la esperanza de enriquecerse, desconfiaban de esta nueva guerra, los reunió y les dijo que podían abandonar el servicio, puesto que cobardes e indolentes como eran, no tenían por qué exponerse al peligro en contra de su voluntad. –Sólo necesito –añadió–, la X Legión para atacar a los Bárbaros y, la X Legión, halagada por aquella muestra de estima, nombró a algunos delegados para testimoniarle su reconocimiento; después le siguieron todos los demás. 

A Ariovisto, le aconsejaron los sacerdotes que no entrara en batalla antes de la Nueva Luna. Conociendo César esta predicción, los atacó cuando descansaban esperando aquella fase lunar. Empezó pues a escaramuzar contra ellos y la provocación los irritó hasta tal punto, que no haciendo caso más que de su cólera, descendieron a la llanura para combatir. Fueron completamente derrotados y César los persiguió trescientos estadios hasta las orillas del Rin, dejando toda la llanura cubierta de muertos y de despojos. 

Después de estas hazañas, organizó César a sus tropas en campamentos de invierno y se fue a la parte de la Galia bañada por el Po y que formaba parte de su provincia –el Rubicón separa la Galia Cisalpina del resto de Italia–.

En el transcurso de esta guerra, Pompeyo nunca sospechó que, paso a paso, César estaba dominando a los enemigos con las armas de los romanos y que se ganaba a los romanos, sobornándolos con el dinero de los enemigos.

Después derrotó a los Belgas y tras esta victoria fue contra los Nervios, también Belgas, pero los más salvajes y belicosos. por lo que César tuvo que superar grandes dificultades para vencerlos, si bien, al final, sólo salvaron la vida unos 500 hombres de una fuerza de 60.000. Roma celebró ostentosamente su victoria, como nunca lo había hecho hasta entonces. 

Deseoso de mantener la buena disposición de las multitudes, volvía César cada año a Roma para pasar el invierno en las proximidades del Po, y vigilar sus asuntos. Así, se citó en Luca con todos los más grandes e ilustres personajes del momento, tales como Pompeyo; Craso; Apio, Gobernador de Cerdeña, y Nepote, Procónsul de España, de suerte que se encontraban allí hasta ciento veinte lictores y más de doscientos Senadores, quienes reunidos en Consejo, convinieron que Craso y Pompeyo serían designados Cónsules para el año siguiente; que se mantendría a César cinco años más el gobierno de la Galia y que se le darían fondos para el mantenimiento de las tropas. Cierto que Catón estaba ausente; para entonces le habían dado un cargo en Chipre, que aceptó un poco a su pesar, por tener que abandonar Roma. 

Cuando César volvió a las Galias, encontró la guerra encendida. Dos grandes naciones de Germania, los Usipetes y los Tenteres, habían cruzado el Rin para ocupar las tierras situadas al otro lado del río. De la multitud de Bárbaros que habían atravesado el río, cuatrocientos mil fueron hechos pedazos y no se salvó sino un pequeño número que recogieron los Sicambros, otra nación germánica.

A César, aquello le sirvió de pretexto para satisfacer su pasión por la gloria. Deseoso de ser el primer Romano en hacer que un ejército atravesara el Rin, construyó un puente sobre este río que, siendo en general muy ancho, lo era más en aquel lugar. Su rápida corriente arrastraba con violencia troncos de árboles y trozos de madera que los Bárbaros arrojaban al agua y que llegaban con tal impetuosidad a los pilares que sostenían el puente, que muchas veces los movían o los derribaban. César hizo colocar en medio del río, un poco más arriba del puente, gruesos postes que no sólo detenían los árboles y troncos, sino que rompían, en cierto modo, la fuerza de la corriente, haciendo barrera con su amontonamiento. Así se vio algo que parecía increíble, un puente completamente terminado en diez días. 

Después volvió a la Galia; sólo había empleado dieciocho días en esta expedición a Germania.

Il ponte di Cesare sul Reno.  John Soane, 1814

La guerra que emprendió contra Gran Bretaña fue de una audacia extraordinaria y constituyó la primera ocasión en que una flota transportando su ejército, atravesó el mar Atlántico para llevar la guerra a aquella Isla, de cuya existencia incluso se tenían dudas. Sin embargo, los invasores no pudieron sacar nada de aquellos pueblos, que llevaban una vida pobre y miserable, de modo que esta expedición no fue tan feliz como César habría deseado; sólo tomó rehenes y les impuso tributos antes de volverse a la Galia.

Y allí encontró cartas, por las cuales sus amigos de Roma, le informaban de que su hija Julia había muerto de parto en la Casa de Pompeyo. Esta muerte no causó menos dolor al padre que al marido y los amigos se quedaron vivamente preocupados; preveían que esta pérdida iba a romper la alianza que mantenía la paz y la concordia en la República. Efectivamente, sólo la muerte liberó a Julia de asistir a la sangrienta lucha que se estaba fraguando entre su padre y su esposo. El hijo que había nacido de aquel parto, murió poco después que su madre. El pueblo, a pesar de los Tribunos, se hizo con el cuerpo de Julia y lo llevó al Campo de Marte donde fue enterrada. 

César dividió en varios cuerpos el numeroso ejército que mandaba, los distribuyó en cuarteles para pasar el invierno y, siguiendo su costumbre, se fue a Italia, pero durante su ausencia, toda la Galia se sublevó de nuevo y puso en marcha ejércitos considerables que atacaron los barrios de los Romanos.  Los más numerosos y fuertes de aquellos pueblos, comandados por Ambiras, cayeron sobre las legiones de Cotta y de Titurio y las destruyeron. Desde allí fueron con 60.000 hombres a asediar la Legión que estaba bajo las órdenes de Q. Cicerón y faltó poco para que sus murallas fueran forzadas; cuantos allí estaban encerrados, fueron heridos y se defendieron con más valor de lo que la situación parecía permitirles. César, que estaba ya muy lejos de sus cuarteles, cuando recibió tan malas noticias, volvió precipitadamente sobre sus pasos y, no habiendo podido reunir más que 7.000 hombres, hizo las mayores diligencias para liberar a Cicerón. Los asaltantes levantaron el sitio y fueron a su encuentro, considerando que dominarían a aquel pequeño número de hombres.

Con el fin de confundirlos, César simuló huir, y habiendo encontrado un lugar apropiado para hacer frente con poca gente a un numeroso ejército, hizo construir grandes trincheras  y obstruir las puertas, para aparentar temor. Su estratagema dio resultado, porque los Galos llenos de confianza, iniciaron el ataque por separado y sin orden. Entonces él hizo salir a sus tropas y cayó sobre ellos poniéndolos en fuga y causándoles gran número de pérdidas. Esta victoria acabó con los ataques de los Galos a aquellos cuarteles, si bien, a costa de muchas pérdidas. Para remplazar las legiones que había perdido, le enviaron otras tres de Italia, de las que dos eran prestadas por Pompeyo. 

Pero la sublevación no se había calmado y, de pronto se vio que en la Galia habían germinado semillas de rebelión, que sus jefes más poderosos habían ido expandiendo desde mucho tiempo antes en secreto entre los pueblos más belicosos, y que así dieron lugar a la más grande y peligrosa guerra que aún tuvo lugar en aquellas tierras

Todo pareció conjugarse para hacerla terrible: una juventud tan numerosa como brillante; una enorme cantidad de armas reunidas de todas partes; grandes fosos; plazas fuertes aseguradas y lugares casi inaccesibles. Era además pleno invierno; los ríos estaban helados; los bosques cubiertos de nieve y los campos, inundados, eran como torrentes. Los caminos estaban cubiertos de nieve y los pantanos, desbordados, eran imposibles de reconocer. Tantas dificultades hicieron creer a los Galos que César no podría atacarlos. Las naciones sublevadas, en especial las de los Avernos y los Carnutos, dieron todo el poder militar a Vercingetorix, a cuyo padre habían matado ellos mismos, porque sospecharon que aspiraba a la tiranía.

Vercingetorix preparaba un levantamiento simultáneo en toda la Galia, mientras en Roma se preparaba otro contra César. Si el jefe de los Galos hubiera diferido su empresa hasta que César se hubiera visto envuelto en la Guerra Civil, todo habría sucedido de otra manera.

Pero César, que sacaba partido de todas las ventajas que la guerra puede ofrecer, y que, sobre todo, conocía el valor del tiempo, en cuanto supo de esta revuelta general, partió sin perder un instante y, volviendo a los mismos caminos que ya había recorrido, hizo ver a los Bárbaros, por la celeridad de su marcha en un invierno tan riguroso, que se iban a encontrar con una armada invencible, a la cual nada podría resistir. Parecía increíble que, hallándose en un lugar al que no hubiera podido llegar ni un correo, César lo recorriera en muy pocos días, con todo su ejército, robando y devastando tierras, destruyendo plazas fuertes, y recibiendo a los que se rendían ante él. Pero cuando los Eduos, que hasta entonces se habían llamado hermanos de los Romanos, se rebelaron también y entraron en la liga común, el desánimo se extendió entre las tropas de César, que se vio obligado a levantar el campo rápidamente y atravesar el país de los Lingones, para entrar en el de los Sequanos, amigos de los romanos, y más próximos a Italia que el resto de la Galia. Allí, rodeado de enemigos, llegados para caer sobre él con varios millares de combatientes, cargó contra todos, con tal energía, que tras un combate largo y sangriento, los aventajó por todas partes y los puso en fuga. 

Parece sin embargo que al principio tuvo algunas pérdidas, porque los Arvernos muestran todavía una espada suspendida en uno de sus templos, y pretenden que es una presa tomada a César. Él mismo la vio más tarde y se puso a reír; pero no quiso retirarla porque la consideraba como algo sagrado.

La mayor parte de los que se salvaron huyendo, se encerraron con su rey en la ciudad de Alesia. César fue a asediarla, aunque la altura de sus murallas y la multitud de sus defensores la hacía parecer inexpugnable.

Reconstrucción de las defensas de Alesia

Durante el asedio se vio en un peligro del que es difícil dar una idea exacta. Lo más valiente de todas las naciones de la Galia, se habían reunido allí en número de trescientos mil y los que estaban encerrados en Alesia no eran menos de setenta mil. César encerrado entre dos ejércitos tan poderosos, se vio obligado a defenderse, tanto de los que ocupaban la plaza, como de los que habían venido en su auxilio; si los dos ejércitos hubieran reunido sus fuerzas, todo habría terminado para él, pero aquel peligro extremo le proporcionó un merecido título de gloria, pues fue la más audaz y hábil de sus hazañas. 

Vercingetorix, que había sido el alma de toda esta guerra, se cubrió con sus más bellas armas, salió de la ciudad en un caballo magníficamente enjaezado y, después de hacerlo caracolear frente a César, que estaba sentado en su tribunal, descabalgó, se despojó de todas sus armas y fue a sentarse a los pies del general romano, donde permaneció en silencio. César lo puso al cuidado de sus hombres y lo reservó como ornamento de su triunfo.

Vercingetorix ante Cayo Julio César. Lionel Royer. 
Museum Crozatier.  Le Puy-en-Velay (Auvernia)

Hacía mucho tiempo que César había resuelto destruir a Pompeyo, lo mismo que aquel deseaba arruinar a César. Habiendo muerto Craso, a César sólo le faltaba, para ser el más grande, perder al que ya lo era, y a Pompeyo, para evitar su propia pérdida, deshacerse de aquel de quien temía el engrandecimiento. Sin embargo, no hacía mucho tiempo que Pompeyo había concebido aquel temor, porque hasta entonces, nunca creyó que se rebelaría aquel que le debía su engrandecimiento. Pero César sólo necesitaba un pretexto y pronto lo encontró.

En Roma, los que buscaban cargos ponían mesas de banca en medio de la plaza pública y compraban sin vergüenza los sufragios de los ciudadanos. La ciudad estaba hundida en la anarquía y, hasta los más razonables temían que aquel estado de demencia y agitación no condujera a un mal peor que la monarquía. Algunos incluso se atrevieron a decir abiertamente que el poder de uno solo era el único remedio para los males de la República y que tal remedio era claramente Pompeyo, quien afectaba en sus discursos rehusar el poder absoluto, aunque todos sus actos tendían a hacerse nombrar Dictador. Catón, que reconocía su intención, aconsejó al Senado que le nombrara solo para el Consulado con el fin de que, satisfecho con esa especie de monarquía más conforme a las leyes, no accediera a la Dictadura por la fuerza. El Senado lo aceptó y al mismo tiempo le mantuvo los dos gobiernos que ostentaba; Hispania y África, que administraba por lugartenientes sosteniendo ejércitos que pagaba el Tesoro Público.

Aquello determinó a César a pedir el Consulado. Al principio Pompeyo se mantuvo en silencio, pero Marcelo y Léntulo, enemigos declarados de César, propusieron rechazar su demanda.

Pompeo Magno. Villa Arconati a Castellazzo di Bollate (MI)

Pompeyo, temiendo aquella especie de liga, actuó abiertamente; primero le reclamó a César las dos legiones que le había prestado para la Guerra de las Galias, que César le envió inmediatamente tras dar a cada soldado doscientas cincuenta Dracmas y haberlos aleccionado para que dijeran que se entregaban a Pompeyo porque él se les había hecho odioso por el gran número de expediciones con que los había sobrecargado y por el temor que tenían de que quisiera aspirar a la monarquía.

Todo aquello inflamó e tal manera el corazón de Pompeyo que, cayendo en la trampa, desatendió hacer sus propias levas creyendo que no tenía nada que temer y se limitó a combatir las peticiones de César por medio de discursos que a César le preocupaban muy poco.

Sin embargo, César presentó varias demandas que tenían toda la apariencia de la justicia; ofrecía deponer las armas si Pompeyo hacía lo mismo, para que, convertidos los dos en simples particulares, aspiraran a los honores que los ciudadanos quisieran otorgarles; pero renunciar a sus ejércitos mientras Pompeyo mantenía los suyos, era acusar a uno de pretender la tiranía, mientras al otro se le facilitaba la posibilidad de alcanzarla.

A pesar de todo, Escipión, suegro de Pompeyo propuso que si en un día fijado, César no deponía las armas, sería tratado como enemigo público. En la Asamblea, los Cónsules preguntaron, primero, si Pompeyo debía despedir a sus tropas, y después, que si querían que César licenciara las suyas; hubo muy pocos votos para la primera opinión, mientras que la segunda los tuvo casi todos. Antonio propuso de nuevo que los dos cedieran el mando y su opinión fue unánimemente adoptada, pero Escipión y Léntulus, dijeron que contra un delincuente se necesitaban armas y no decretos, y obligaron al senado a disolver la Asamblea. 

Después llegó una carta César, escrita en términos muy moderados: ofrecía dejarlo todo a condición de que se le mantuviera el gobierno de la Galia Cisalpina y el de Ilyria, con dos legiones, hasta que pudiera obtener un segundo consulado. Cicerón, que trataba de aproximarse a ambos partidos, si bien consintió en las demás peticiones de César, denegó la de concederle las Legiones. Pompeyó aceptó esta proposición, pero el Cónsul Lentulus nunca lo quiso consentir. 

La guerra estaba en ciernes y el desorden del Senado dio a César el gran pretexto, del que se sirvió para irritar a los soldados, diciéndoles que los hombres más distinguidos y los magistrados romanos, huían atemorizados de Roma vestidos de esclavos en coches alquilados. En aquel momento sólo disponía de 5.000 infantes y 300 caballos, porque había dejado al otro lado de los Alpes el resto del ejército preparado para actuar. Sabía que el inicio de su empresa y el primer ataque que proyectaba no necesitaban gran número de tropas y que debía más bien sorprender al enemigo por su audacia y rapidez, cuando menos lo esperaran. 

Así pues, pasó aquel día en público viendo combatir a los gladiadores. Poco antes de anochecer tomó un baño; entró en el comedor y permaneció algún tiempo con sus invitados, pero cuando se hizo la noche, abandonó la mesa, animó a sus huéspedes a celebrar una buena fiesta y les rogó que lo esperaran, asegurándoles que volvería pronto. Había previsto que algunos de sus amigos le siguieran; no todos juntos, sino cada uno por un camino diferente y,  montando él mismo en un carro alquilado, pidió primero que le llevaran a un destino diferente del que de verdad quería dirigirse.

Cuando llegó a las orillas del Rubicón, el río que separa la Galia Cisalpina del resto de Italia, Impresionado de pronto por las reflexiones que le inspiraba la proximidad del peligro, que a la vez le mostraba más de cerca la grandeza y audacia de su empresa, deteniéndose largo tiempo en el mismo sitio, pesó, en un profundo silencio, las diferentes resoluciones que se ofrecían a su espíritu; las contrapesó con las contrarias y cambió varias veces de opinión. Después habló largo tiempo con los amigos que le acompañaban, entre los cuales estaba Asinio Polión. Se representó todos los males que se iban a seguir del hecho de cruzar el río y todos los juicios que ello provocaría en la posteridad y, finalmente, no escuchando más que su propia furia, y rechazando los consejos de la razón, para precipitarse ciegamente al porvenir, pronunció aquellas palabras tan comunes a los que se dejan llevar por aventuras difíciles y azarosas: ¡El dado está lanzado!  –ἀνερρίφθω κύβος– y, atravesando el Rubicón, marchó con tal diligencia que llegó a Ariminium el día siguiente y antes de que amaneciera había ocupado la ciudad.

La toma de Arminium abrió, por así decirlo, todas las puertas de la guerra por tierra y por mar y César, franqueando los límites de su gobierno, parecía haber transgredido también las leyes de Roma. Ya no era solamente, como en cualquier otra guerra, que se viera correr a hombres y mujeres perdidos por toda Italia; las propias ciudades parecían haber sido arrancadas de sus fundamentos para emprender la huida. Roma misma se vio como inundada de un diluvio de pueblos y en una agitación y una tempestad tan violentas, que no era posible a ningún magistrado contenerlas, ni por la razón ni por la autoridad; la multitud estuvo a punto de destruirse entre sí.

Pompeyo, ya bastante perplejo por sí mismo, estaba muy preocupado por lo que oía en todas partes. Que con justicia era castigado –decían los unos–, por haber engrandecido a César contra sí mismo y contra la República; mientras los otros le acusaban por haber rechazado las condiciones razonables a las que César sí se habría sometido, y por haberle abandonado a los ultrajes de Léntulo. Aunque todavía era superior a César en cuanto al número de tropas, Pompeyo no era dueño de sus propios sentimientos a causa del temor que le producían las falsas noticias que le llegaban, como si el enemigo estuviera a las puertas de Roma, por lo que decidió abandonar la ciudad ordenando al Senado que le siguiera.

Los Cónsules abandonaron su puesto y la mayor parte de los senadores también emprendieron la huida, tomando, en cierto modo, lo que encontraban en su casa, como si se lo hubiesen robado al enemigo; hubo algunos, incluso, que habiendo estado muy unidos a César, se asustaron tanto, que sin ninguna necesidad, se dejaron llevar por la corriente de los que huían. Fue un espectáculo lamentable aquella ciudad abandonada como un navío sin piloto, flotando al azar en la incertidumbre de su suerte. Unos veían la huida como culpa de Pompeyo y otros como provocada por César

César puso a su sueldo a las tropas cuyos comandantes habían abandonado, se incorporó también las levas de Pompeyo y, sintiéndose temible ya, con aquellos refuerzos, marchó contra él, que se había retirado a Brindisi.

César volvió a Roma tras haberse hecho dueño de Italia en sesenta días, sin verter una gota de sangre. Encontró la ciudad mucho más tranquila y habló con un gran número de Senadores exhortándolos a hablar con Pompeyo, para llevarle, de su parte, unas condiciones razonables. Ninguno de ellos quiso aceptar la comisión, bien porque temieran a Pompeyo tras haberlo abandonado, bien porque creyeran que César no era sincero y que preparaba algún engaño. 

El tribuno Metelo quiso impedirle sacar dinero del Tesoro Público, alegando que las leyes lo prohibían.

El tiempo de las armas –le dijo César–, no es el de las leyes. Si no apruebas lo que voy a hacer, retírate, porque a la guerra no le conviene esta libertad en el hablar. Cuando todo esté en orden y yo haya abandonado las armas, podrás arengar cuanto quieras. Por lo demás –añadió–, cuando hablo así, no estoy usando de todos mis derechos, pues tú me perteneces por derecho de guerra; tú, y todos los que después de haberos declarado contra mí, habéis caído en mis manos-. Después, avanzó hacia las puertas del tesoro y, como no encontraba las llaves, hizo llamar a un herrero y le ordenó que las abriera. Metelo quiso oponerse todavía y algunos alabaron su firmeza, pero César, levantando más la voz, le amenazó con matarlo si le seguía importunando. –Y sabes bien, joven –añadió–, que me resulta menos fácil decirlo, que hacerlo.

Metelo se retiró e inmediatamente se le entregó a César todo el dinero que necesitaba. Acto seguido, volvió a Hispania para expulsar a los lugartenientes de Pompeyo con el objetivo de marchar después contra él sin dejar tras de sí ningún enemigo. 

Durante esta guerra, su vida estuvo frecuentemente en peligro por emboscadas y su ejército estuvo a punto de perderse a causa del hambre, pero ello no le impidió perseguir a los enemigos y provocarlos al combate; rodearlos y no detenerse hasta que no cayeron en su poder todas las tropas y todos los campamentos; los jefes emprendieron la huida y fueron en busca de Pompeyo.

Julio César Legislador. Parlamento de Viena

Cuando César volvió a Roma y ya elegido Dictador por el Senado, llamó a los desterrados, restableció en sus derechos a los hijos de aquellos que habían sido proscritos por Sila, y descargó a los deudores de una parte de los intereses de sus deudas. Hizo algunas otras ordenanzas parecidas y no se mantuvo como Dictador más que once días; tras ese término, abandonando aquella especie de mandato que tenía de la monarquía, se nombró a sí mismo Cónsul con Servilio Isaurico, y ya no se ocupó sino de la guerra.

Lleno de confianza, presentó combate a Pompeyo. Cada día se producían escaramuzas cerca del campo de Pompeyo, en las que César tenía siempre la ventaja; sólo una vez sus tropas fueran obligadas a retirarse y él se vio en peligro de perder su campamento. Habiendo sido atacado con gran vigor, ninguno de los cuerpos de ejército de César pudo contraatacar y todos tuvieron que huir. Resultó tal matanza que los fosos quedaron cubiertas de muertos, y fueron perseguidos hasta sus líneas de campamento. César corrió ante los que escapaban para devolverlos a la lucha, cogió las banderas y las insignias para detenerlos, pero ellos los tiraron al suelo y treinta y dos de ellas cayeron en poder del enemigo. César mismo estuvo a punto de morir a manos de uno de los suyos; queriendo retener a un soldado grande y robusto, que huía como los demás, y obligarlo a hacer cara al enemigo, este, aterrorizado por el peligro y fuera de sí, levantó la espada para golpearle, y sólo en el último instante fue abatido por el escudero de César. 

César creía que todo ya estaba perdido, cuando Pompeyo, bien por exceso de precaución, bien por capricho de la fortuna, no supo llevar a término tan feliz comienzo, y se retiró. Entonces César dijo a sus amigos: -Hoy la victoria estaba asegurada para los enemigos si su jefe hubiera sabido vencer.

Después de volver a su tienda, se acostó y pasó la noche en la más cruel inquietud, entregado a tristes reflexiones a causa de los errores cometidos. Por la mañana, había decidido combatir a Escipión en Macedonia. Esperaba así, o bien atraer a Pompeyo tras de sí y obligarlo a luchar, o bien, derrotar con más facilidad a Escipión, si Pompeyo no acudía en su ayuda.

Se decía también que reinaba en el campo de César una enfermedad contagiosa, de la que la deficiente alimentación era la primera causa, pero que se curó de una forma muy extraña: Habiendo encontrado sus soldados una cantidad prodigiosa de vino, bebieron en exceso y, abandonándose a la orgía, celebraron durante todo el camino una especie de bacanal. Aquella ebriedad continua expulsó a la enfermedad, que procedía de una causa contraria y cambió por completo la disposición de sus cuerpos.

Cuando más tarde, los dos generales entraron en Tesalia y plantaron sus campamentos frente a frente, Pompeyo volvió a su primera resolución de no luchar, pues le alarmaban siniestros presagios a pesar de que sus fuerzas superaban ampliamente a las de César.

César hizo un sacrificio para purificar su armada y, tras la inmolación de la primera víctima, el adivino le anunció que en tres días vendría a las manos con el enemigo. César le preguntó si veía en las entrañas algún signo de un éxito favorable. 

-Responderás a esta cuestión mejor que yo -le dijo el adivino-; los dioses me hacen ver un gran cambio a una situación completamente contraria: si crees estar bien ahora, espera un estado negativo; si estás mal, espera una suerte mejor

César, que no esperaba combatir aquel día, dio señas de levantar el campo para retirarse hacia la ciudad de Scotussa. Ya las tiendas se habían desmontado, cuando los espías vinieron a decirle que los enemigos se disponían a la lucha. Esta novedad le llenó de alegría y, tras elevar su plegaria a los dioses, puso a sus tropas en orden de batalla. Cuando los dos generales iban a dar la orden de cargar, Pompeyo mandó a su infantería que inmóvil y muy unida, esperara a que el enemigo estuviese a tiro. César dice que en esto cometió un gran error ignorando que al principio de la acción, la impetuosidad de la carrera hace el choque más terrible, pero el enemigo se mantuvo a la espera. 

Ese día César había ordenado a sus hombres que en lugar de herir con la espada en las piernas y los muslos del enemigo, como era costumbre, dirigieron sus golpes a los ojos, buscando herir en la cara, porque conociendo a aquellos caballeros, tan nuevos en la lucha y poco habituados a las heridas, y que además, estando en la flor de la edad, sabía que tenían gran complacencia en su juventud y en su belleza, y evitarían con cuidado aquellas heridas, por lo que no sostendrían mucho tiempo aquel tipo de combate. Y no se equivocó; los delicados jóvenes no fueron capaces de soportar los golpes que les lanzaban a la cara, y se cubrían la cabeza para preservarse. Finalmente, ellos mismos rompieron la formación y huyendo vergonzosamente, causaron la pérdida del resto de la armada, pues los soldados de César, tras haberlos vencido, rodearon a la infantería y, atacándola por la retaguardia, los destrozaron.

Pompeyo, no bien se percató de la derrota de su caballería, ya no fue el mismo; olvidando que era el gran Pompeyo y, como si un dios le hubiera nublado la razón, o quizás, hundido por una derrota que veía como obra de alguna divinidad, se retiró a su tienda sin decir una sola palabra, y se sentó a esperar el resultado del combate. Una vez que su ejército fue completamente roto y puesto en fuga, quitándose la cota y todas las insignias de su dignidad, se puso una ropa apropiada para la fuga y abandonó el campo. 

Finalmente sería asesinado por los egipcios, a los que se había entregado. 

Cuando César entró en su campamento, incorporó a sus legiones a la mayor parte de los prisioneros, e incluso otorgó gracias a alguno de los más distinguidos, entre ellos, a Bruto, el que después se conjuró para matarlo.

Tras liberar Tesalia salió en persecución de Pompeyo, pero cuando llegó a Alejandría, aquel había sido asesinado. Los historiadores difieren sobre los motivos de la guerra en Alejandría; unos dicen que fue por su amor a Cleopatra, a pesar de la vergüenza que supuso para su reputación y el gran peligro de su vida. Otros acusan a sus ministros, especialmente al eunuco Potino, a quien después hizo matar por traición. En su transcurso, quisieron robarle la flota, pero César, para preservar su vida se vio obligado a quemarla él mismo; el incendio alcanzó el arsenal y redujo a cenizas la gran biblioteca de Alejandría. En otra ocasión, en el combate que se dio cerca de la Isla de Pharos, saltó a una lancha para ir a socorrer a sus tropas. Cuando los egipcios lo vieron corrieron todos contra él, que se lanzó al mar y salvó la vida nadando con gran dificultad, ya que llevaba en la mano unos papeles que no quería perder. 

Ptolomeo desapareció durante la lucha y nunca más se supo de él, de modo que César entregó todo el reino de Egipto a Cleopatra, que poco después, dio a luz a su hijo Cesarión.

Cleopatra y César. Jean-Léon Gérôme

Al llegar a Asia supo que Domicio había sido derrotado por Farnaces, que se refugió en Capadocia y se preparaba para invadir Armenia. César marchó contra él de inmediato con tres legiones, presentando batalla en Zela, donde destruyó su ejército y le obligó a abandonar el Ponto. Fue en esta ocasión, cuando, para resaltar la inmediatez de su victoria escribió una carta a su amigo Matius que sólo contenía tres palabras: “Llegué, vi, vencí”. –ἦλθον, εἶδον, ἐνίκησα– (Ílzon, ídon, eníkisa). –En Latín, dice Plutarco, –que escribe en griego–, estas tres palabras con igual terminación Vini, vidi, vinci, tienen una gracia y una brevedad, que desaparecen en otra lengua.

Sextercio (rev).

César volvió a Roma hacia el final del año, porque se agotaba su segunda dictadura, aunque hasta él, nunca había sido necesario renovarla, pero entonces le nombraron Cónsul para el año siguiente. Se le reprochó la excesiva indulgencia con sus soldados, la furia de Dolabella, la avaricia de Matius y las borracheras de Antonio o la insolencia de Cornificio, que ya se habían adjudicado la casa de Pompeyo y la habían hecho ampliar, todo lo cual indignaba a los romanos. César lo sabía y hubiera querido evitarlo, pero para alcanzar sus objetivos políticos necesitaba a gente como aquella.

Después de la batalla de Farsalia, Catón y Escipión huyeron a África, donde, con ayuda del rey Juba, levantaron un ejército considerable. César resolvió marchar contra ellos sin tardanza, pasando a Sicilia. Cuando supo que los enemigos tenían gran confianza en un viejo oráculo que decía que los Escipiones siempre triunfarían en África, no se sabe si para poner en ridículo a Escipión, o porque quería aplicarse el oráculo, sacó del campamento a un hombre oscuro y despreciado que se llamaba Escipión Salvito y en todos los combates lo puso en primera línea como si fuera un verdadero general, obligándole a luchar y asegurarse así que la victoria fuera para un Escipión.

Un día que los caballeros de César no tenían nada que hacer, se entretuvieron mirando a un Africano que bailaba y tocaba la flauta prodigiosamente, hasta el punto de que, admirados por su talento, se sentaron a escucharlo dejando los caballos al cuidado de los criados. De pronto, los enemigos cayeron sobre ellos, los rodearon; mataron a algunos; pusieron a otros en fuga y los persiguieron hasta su campamento, donde siguieron peleando. Si César y Polión no acuden en su ayuda, la guerra habría terminado aquel día.

En un segundo encuentro en el que los enemigos también llevaban la ventaja, César vio que el que llevaba la insignia del águila emprendía la huida; corrió tras él, lo agarró por el cuello y obligándole a volver la cabeza, le dijo: 
–¡Ahí es donde está el enemigo!

El éxito animó a Escipión, que resolvió arriesgarse dando batalla. Se estaba preparando, cuando César, atravesando con increíble rapidez un terreno pantanoso y cortado por desfiladeros, cayó sobre su gente, sorprendiendo a unos de frente y a otros por la espalda y poniéndolos en fuga, mató a unos 50.000, no llegando a cincuenta sus propias bajas.

Hay historiadores que sostienen que César no estuvo presente en aquel encuentro, porque cuando ordenaba sus ejércitos sufrió un ataque de epilepsia, y que cuando empezaron los estremecimientos, antes de perder la conciencia, se hizo conducir a una torre próxima, donde recibió cuidados hasta que pasó el acceso. 

Como deseaba ardientemente prender a Catón con vida, se dirigió entonces a Útica, que aquel defendía. De camino supo César que se había suicidado y no ocultó su disgusto; aunque se ignora cual fuera el motivo, cuando le dieron la noticia sólo dijo incomprensiblemente:
Catón, niego la gloria a tu muerte porque me has negado la gloria de perdonarte la vida.

El tratado que escribió contra Catón tras su muerte, no es el de un hombre compasivo o dispuesto a perdonar. ¿Le hubiera dejado la vida teniéndolo en su poder, cuando, aún muerto hacía ya tiempo, lanzaba sobre él tanto odio y cólera? Cierto es que la clemencia con que trató a Cicerón, Bruto y otros mil que se habían levantado en armas contra él, podía hacer conjeturar que hubiera perdonado también a Catón y que si escribió así contra él, fue más por rivalidad política que por odio.

Su actitud también pudo deberse a otra causa: Cicerón había compuesto el elogio de Catón e incluso tituló su obra con su nombre. Se trataba de la pluma del más grande orador de Roma y el escrito fue, como se puede creer, muy buscado. Esto fastidió a César, que vio como una censura indirecta hacia su persona el elogio al hombre al que él había ocasionado la muerte, por lo que decidió redactar un escrito en el que amontonó los cargos contra él y que tituló Anti Catón. Los nombres de Cicerón y de César, todavía se disputan la celebridad de sus respectivos escritos.

Cuando César volvió de su expedición en África, arengó al pueblo, al que habló de su victoria en términos magníficos; dijo que los países que acababa de conquistar, proporcionarían al pueblo romano doscientos mil medimnes áticos –fanegas– de trigo y tres millones de libras –ciento veinte mil arrobas– de aceite cada año y que había triunfado en Egipto, El Ponto y África, victoria esta última en la que no mencionó a Escipión.

Finalmente repartió premios a los soldados y organizó grandes fiestas y espectáculos para el pueblo, al que ofreció una comida a cuyo efecto, hubo que montar 22.000 mesas, de tres literas cada una, y organizó combates de gladiadores y naumaquias.

Tras las fiestas censó al pueblo y, en lugar de 320.000 ciudadanos que había en el anterior recuento, sólo quedaban 130.000; tal fue la mortandad que causó la guerra civil en Roma y tantas vidas había segado, sin contar las plagas que afligieron al resto de Italia.

Terminado el recuento, César, Cónsul por cuarta vez, se dirigió a Hispania para hacer la guerra a los hijos de Pompeyo, que, a pesar de su juventud habían levantado un formidable ejército y mostraban una audacia que los hacía dignos del mando. 

En la ciudad de Munda, viendo César que sus tropas no oponían sino una débil resistencia, se lanzó en medio de la lucha, gritándoles que si no tenían vergüenza, se entregaran a aquellos niños. Sólo con un esfuerzo extraordinario logró rechazar al enemigo después de matar a 30.000 hombres, perdiendo él mil de los mejores. De vuelta en el campamento, dijo a sus hombres que muchas veces había combatido por la victoria, pero que aquel día lo había hecho por la vida.

Celebró la victoria el día de la fiesta de las Dionisíacas, el mismo día que Pompeyo, cuatro años antes, había salido de Roma para afrontar esta guerra civil. El menor de sus hijos huyó tras la batalla y, pocos días después, Didio entregó a César la cabeza del mayor. 

Fue la última guerra de César y su triunfo sobre Pompeyo afligió a los romanos más de lo que lo había hecho nunca; ya no se trataba de bárbaros y extranjeros, sino del más grande personaje que Roma había producido, y que había sido víctima de los caprichos de la fortuna. Así pues, no se le perdonó el hecho de celebrar así las desgracias de la patria, ni que se gloriara de un éxito que sólo la necesidad podía justificar ante los dioses y los hombres y puesto que, en su transcurso nunca había enviado correos, ni enviado cartas al Senado para anunciar las victorias en aquellas guerras civiles, parecía que rechazaba una gloria de la que en realidad estaba avergonzado. Aun así, los romanos, persuadidos de que no podrían reponerse de la guerra sino bajo el mando de uno sólo, le nombraron dictador perpetuo, lo que implicaba reconocer indirectamente la tiranía.

Los honores que sus partidarios propusieron para él al senado, eran tan inmoderados, excesivos y fuera de lugar, que hicieron a César odioso, incluso a los más conformistas; así, se dice, que sus aduladores llegaron a hacerle más daño que sus enemigos, aunque hay que confesar que, una vez terminadas las guerras civiles, César siempre se mostró irreprochable en su conducta.

Así vistas las cosas, parece justo que los romanos levantaran en su honor un templo a la Clemencia, porque, efectivamente, había perdonado a la mayor parte de los que se alzaron en armas contra él, a algunos de los cuales, incluso otorgó dignidades, como Bruto y Casio, a los que hizo Pretores. Incluso le pareció mal que abatieran las estatuas de Pompeyo, e hizo que se restablecieran; una acción que, de acuerdo con Cicerón, reafirmó su imagen y justificó sus propias estatuas.

Sus amigos ya le aconsejaban que empleara guardias personales para su seguridad y algunos incluso se ofrecieron en persona, pero él respondía que prefería morir de una vez antes que temer continuamente la muerte, y volvió a ofrecer grandes banquetes, a distribuir trigo y a crear nueva colonias para los soldados, entre las que destacaron las de Corinto y Cartago, que al igual que fueron destruidas al mismo tiempo, fueron también reconstruidas y repobladas a la vez.

Después se atrajo la benevolencia de los grandes, prometiendo, a unos, Consulados y Pretorías y compensando a otros su pérdidas con cargos y honores. El Cónsul Fabio Máximo, murió la víspera del fin de su consulado, y César nombró a otro, sólo para el día que quedaba libre y, como era costumbre felicitar a los nuevos cónsules y acompañarlos al Senado, Cicerón dijo: –Démonos prisa, no sea que se le acabe el cargo antes de que lleguemos.

César se sentía nacido para grandes empresas, de modo que, lejos de disponerse a disfrutar de las que ya había realizado, siempre planeaba proyectos más ingentes. Parecía ser rival de sí mismo, queriendo superar continuamente sus propias hazañas. Así, se había propuesto llevar la guerra a los partos.

Mientras preparaba esta expedición, se le ocurrió abrir el istmo de Corinto; incluso había encargado a Anienus esta empresa, además de la de excavar un profundo canal que empezaría en Roma y llegaría hasta Circeum, para llevar el Tíber al mar de Terracine, abriendo así una ruta comercial más cómoda para Roma y, así como estos, concibió otros proyectos de gran envergadura.

Mejor le fue con la reforma del calendario; habiendo observado el cálculo de los egipcios, introdujo una corrección ingeniosa para la desigualdad anual que creaba tal confusión en el cálculo del tiempo, que, retrocediendo poco a poco, las fiestas se fueron encontrando en estaciones opuestas a las de su establecimiento.


Aun así, los que le envidiaban y los que no podían sufrir su dominio, encontraron motivos de queja. Cicerón –si no me equivoco–, habiendo oído decir a alguien que al día siguiente se elevaría la Constelación de Lira, respondió: –Sí, por Edicto; como si incluso aquel cambio no se hubiera aceptado sino a la fuerza. No obstante, su uso se mantuvo vigente hasta la reforma Gregoriana de 1582, e incluso hasta el siglo XX en algunos países.

Pero el odio y la causa de su muerte vino de su deseo de declararse rey. Se celebraba la fiesta de las Lupercales, que según algunos escritores fue antiguamente una fiesta de pastores; los jóvenes de las primeras casas de Roma, corren desnudos por la ciudad y llevan unas tiras de cuero sin curtir, con las que golpean en broma a la gente, pero especialmente a las mujeres, que les tienden la mano para recibir el golpe, ya que esto les facilitará un buen parto a las embarazadas y un feliz embarazo a las que no. Antonio iba en la carrera en calidad e cónsul  y cuando llegó a la plaza, los gente le abrió paso para que se acercara a César, a quien ofreció una corona de laurel. La gente aplaudió débilmente, pero estalló en aplausos cuando César la rechazó tres veces. En todo caso, esto llevó a la gente a pensar en Bruto, que descendía de aquel otro Bruto que abolió la monarquía y que era sobrino y yerno de Catón, como su salvador, pero los honores que había recibido de César, le impidieron por entonces pensar en su destrucción. 

César, sospechaba más de Casio y, en cierta ocasión en que ante él acusaron a Antonio y a Dolabela de tramar novedades en su contra, dijo: –No desconfío de esas personas tan gruesas y bien peinadas; recelo más bien de los pálidos y delgados; se refería a Bruto y a Casio.

Asegura Suetonio que a ninguna mujer amó tanto –César- como a la madre de Bruto, Servilia, a la que regaló durante su primer consulado una perla que le había costado seis millones de sestercios y algunos, incluso sospechaban que Bruto, su hijo, lo era de César. Parece, pues, que César jamás sospechó de sus intenciones, a pesar de las múltiples advertencias, y que su presencia entre los asesinos fue para él la peor de las heridas de que murió.



Raffaele Giannetti. El último Senado de Julio César.
(En realidad, se trata de la retirada de su cadáver).

Se dice que César fue un seductor sin escrúpulos y que esta fue otra de las razones por las que aristocracia lo rechazó, porque no guardó respeto al lecho conyugal –como escribe también Suetonio- a juzgar por los versos que cantaban en coro sus soldados el día de su triunfo sobre las Galias: -Ciudadanos, esconded a vuestras esposas, que traemos aquí al calvo adúltero que fornica en la Galia con el oro que roba a los romanos-, algo que, a la vez, hace referencia a su falta de cabello; un problema, por cierto, de extrema importancia para él, que, siempre de acuerdo con Suetonio, era hombre atractivo de buena estatura y mirada inteligente y luminosa, pero que vivía preocupado por su calvicie, razón por la que “se echaba sobre la frente el escaso cabello de la parte posterior” y por la que, cuando recibió la corona de laurel, encontró que era un buen medio para disimular y se la dejaba puesta cuanto podía. Suetonio destacaría así las pequeñas debilidades de los grandes hombres.

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