miércoles, 19 de febrero de 2014

La Palabra EI, en el Pórtico del Templo de Delfos. PLUTARCO: ΠΕΡΙ ΤΟΥ ΕΙ ΤΟΥ ΕΝ ΔΕΛΦΟΙΣ


Museo Arqueológico de Delfos, probablemente representa a Plutarco.

Filósofo, Historiador, Biógrafo, Magistrado y Sacerdote de Apolo. Nacido en Queronea entre los años 46 y 50, Plutarco estudió Filosofía, Retórica y Matemáticas y viajó por el Mediterráneo. Su obra más conocida, es Vidas Paralelas, en las que compara a grandes personajes griegos y romanos.

Escribió también algunos Tratados que posteriormente se agruparon como Obras Morales: De la Curiosidad, Del Amor, De la Música, De la Fortuna, y el que trata del Significado de la letra EI grabada en el pórtico del Templo de Delfos, donde ofrece, en forma de conversación, las distintas posibilidades de interpretar la misma, a pesar de lo cual, hoy se sigue reflexionando sobre su sentido y finalidad.

El filósofo habla con Serapion, un poeta de Atenas, amigo suyo, acerca de una conversación que había sostenido en el templo de Apolo, en Delfos, sobre la misma cuestión. Los demás participantes son: el filósofo Amonio, su maestro; Lamprias, su hermano; otro cuyo nombre no aparece; Nicandro, que era sacerdote en Delfos; Zeón, Gramático y Eustrofos, filósofo platónico, también de Atenas.

La cuestión se relaciona con Historia, Mitología, Física, Geometría, Aritmética, Ética o Metafísica, y ofrece algunas anécdotas y distintas interpretaciones que, en su conjunto componen un interesante Tratado.

***

Aunque Apolo –escribe Plutarco- nos ilumina con sus oráculos y aclara nuestras incertidumbres sobre diversos acontecimientos de la vida, deja a la sagacidad de nuestro ingenio las discusiones filosóficas que se inspiran en el deseo de conocer la verdad. 

Me refiero ahora a la inscripción EI de la puerta de su templo, porque no es verosímil que la suerte, o una letras lanzadas al azar, hayan colocado esta inscripción en el lugar más visible del templo, con los caracteres de una ofrenda religiosa expuesta a la mirada de todos. 

Los primeros filósofos que reflexionaron sobre ello, atribuyeron a la letra EI un significado importante. Hasta ahora yo había eludido esta cuestión siempre que me la habían propuesto en mi escuela, pero recientemente, tuve una conversación con unos extranjeros que mostraban una gran deseo de discurrir sobre esta materia, y como estaban a punto de abandonar Delfos, no me fue posible negarme a sus deseos. 

Nos sentamos, pues, en el templo y allí, tras hacernos algunas preguntas recíprocamente, el lugar mismo y el objeto de la conversación me recordaron algo que antaño oí decir al filósofo Amonio y a algunos otros sobre este mismo asunto, con ocasión del viaje de Nerón a Delfos, cuando, como ya sabéis, quiso que se le explicara la predicción de un astrólogo sobre su derrocamiento. El Oráculo le respondió que pusiera atención al año 73, de modo que él, pensando que se mantendría en el poder hasta cumplir esa edad, perdió el cuidado, sin saber que aquel número se refería a Galva, quien, efectivamente, contaba 73 años cuando lo derrocó.

Así como es natural a la Filosofía, investigar, admirar o dudar, decía Amonio, lo es asimismo, que la mayor parte de las cosas que se refieren a Apolo estén envueltas en enigmas que requieren explicaciones y de los que hay que investigar las causas y los motivos.

Ved, por ejemplo, a cuantas disputas filosóficas han dado lugar estas dos inscripciones:

γνῶθι σαυτόν – Conócete a ti mismo
μηδὲν ἄγαν – Nada en exceso.

Y, cada una en particular, como semilla fecunda, cuántas discusiones sabias ha provocado. Así, la presente cuestión, si no me equivoco, no es menos fecunda que cualquier otra.



Cuando Amonio guardó silencio y Lamprias tomo la palabra.

-La razón que he oido dar de esta inscripción –dijo-, es tan breve como sencilla. Se dice que los famosos Sabios, al principio sólo eran cinco: Kilon, Tales, Solón, Bías y Pítaco. Más tarde, Cleóbulo, tirano de la ciudad de Lindos, en Rodas y Periandro de Corinto, aunque no tenían virtud ni sabiduría, lograron, por su crédito y por favores e intrigas de sus amigos, forzar la fama y usurpar el nombre de sabios, extendiendo, como los antiguos, por toda Grecia, sentencias y máximas notables. Los otros cinco, indignados por esta usurpación, se fueron a Delfos y allí, se pusieron de acuerdo y consgraron esta letra, que es la quinta del alfabeto y también sirve para expresar el número cinco, con el fin de poner por testigo al dios, de que solo eran cinco y de que rechazaban al sexto y al séptimo, como indignos de ser asociados con ellos. Avala esta opinión el hecho de que los sacerdotes decían que de las tres EI que había en el templo, la tercera, que es la más antigua, es la de los Cinco sabios.

-Quilón de Esparta: Político del s. VI aC. No desees lo imposible. Planificó un sistema para controlar a los altos funcionarios del estado e impuso la educación militar.
-Tales de Mileto: Filósofo, matemático, político y sabio: El peligro reside en el exceso de confianza.
-Solón de Atenas: (640 aC. – 559 aC.) Legislador y reformador. Nada en exceso, todo con medida. 
-Bías de Priene: S. VI aC. Legislador. La mayoría {de los hombres} son malos
-Pítaco de Mitilene: (c. 650 aC.) Gobernó en Mitilene -Lesbos, con el tirano Mirsilo. Propuso reducir el poder de las clases superiores y mejorar las condiciones de las inferiores. Hay que saber elegir la oportunidad.

-Cleóbulo de Lindos: c. 600 aC. Lo mejor es la moderación. Tirano de Lindos -Rodas. Aceptar la injusticia no es una virtud, sino todo lo contrario.
-Periandro de Corinto: VII-VI aC. Tirano de Corinto. Presentó leyes para humanizar la esclavitud y proteger a los campesinos pobres. Contribuyó a la expansión colonial. Sé previsor en todo.
***

Esta explicación hizo sonreir a Amonio, pues sospechaba que Lamprias se inventó aquella historia a pesar de que dijo que la había oido contar a otros, aunque el relato se parecía mucho a una divertida explicación que un caldeo había dado hacía poco tiempo. 

Nicandro añadió que, igual que hay siete vocales en el alfabeto, hay también siete planetas en el cielo, que tienen movimiento propio, distinto del general del Universo; del mismo modo que la E siempre fue la segunda de las vocales, el sol es el segundo planeta después de la luna, y con el sol han asociado siempre los griegos a Apolo. Pero los sacerdotes dan de esta inscripción una interpretación conocida por todo el mundo. Dicen que no se trata de la forma ni del sonido de esta letra, sino que su significado encierra algo simbólico y que es también la primera palabra de todas las cuestiones que se plantean al Oráculo, al que preguntan SI (EI) van a conseguir lo que desean. Interrogamos a Apolo como profeta y la palabra EI, o Si, anuncia tanto un deseo como una pregunta. 

Egeo consultando a la Pitia. 440-430 aC. Berlín

El Gramático Zeon preguntó si podía hablar en nombre de la Dialéctica y Amonio lo aprobó.

–La mayor parte de los oráculos de Apolo –dijo–, prueban que es un dialéctico, que sabe proponer enigmas y explicarlos y que cuando da respuestas ambiguas, está recomendando el estudio de la dialéctica, como necesario a los que quieren aprehender el sentido de sus oráculos. 

Dicho esto, añadió que, en dialéctica, la conjunción SI, tiene mucha fuerza, puesto que sirve para enunciar un razonamiento del que solo el espíritu humano es capaz, pues aunque los animales tienen cierto conocimiento de las cosas, la naturaleza sólo ha dado al hombre la facultad de reflexionar y de extraer una consecuencia. Los lobos, los perros y los pájaros conocen el día y la luz, pero no saben su origen. Este conocimiento está reservado al hombre, porque sólo él tiene el concepto del antecedente y del consecuente, de su valor y de la unión que hay entre ellos; de sus relaciones y de sus diferencias; y saben que de estas propiedades deriva el primer principio de todas las demostraciones.

Por tanto, si la verdad es el objeto de la Filosofía, y el medio de conocer la verdad es la demostración, y si toda demostración tiene como principio la conexión entre las proposiciones, los primeros sabios, ¿no han tenido razón al consagrar al dios que más ama la verdad, el término que encierra y explica esta relación?

Apolo es divino, y el arte de la adivinación tiene por objeto predecir el porvenir a partir del presente y el pasado. Porque nada existe sin una causa, ni la presciencia, sin una razón. El presente tiene una relación natural con el pasado y el porvenir con el presente; el uno sigue necesariamente al otro a través de una sucesión que se continua desde el origen de las cosas hasta su final. El que conoce las causas naturales de estos tres términos de la existencia y puede captar sus relaciones mutuas, ése sabe y puede anunciar, como dice Homero: el presente, el porvenir y las cosas pasadas.

Con razón, pone primero el presente, después el porvenir y, finalmente, el pasado, pues la conexión entre las proposiciones, aquella de la que parten los razonamientos siguientes, arranca del presente; si una cosa es, tal otra la ha precedido, y si es así, otra se producirá. 

Todo arte dialéctico consiste, como ya he dicho, en conocer bien la relación de las consecuencias con las premisas y, con este conocimiento, los sentidos pueden discernir. Del mismo modo, aunque la comparación pueda parecer algo simple, me atreveré a decir que el razonamiento es el trípode de la verdad y que, estableciendo en primer lugar la relación del antecedente con el consecuente, y asociándolo con la cuestión propuesta, resultará una conclusión evidente. 

¿Habría pues, que sorprenderse si Apolo que ama la música, que se complace con el canto de los cisnes y con el sonido de los instrumentos, por amor a la dialéctica ha adoptado preferentemente una conjunción, que tan frecuentemente ve emplear a los filósofos?

Hércules, antes de liberar a Prometeo y de conversar con los sofistas, cuando era aun muy joven y un verdadero beocio –ya se sabe que los beocios tienen poca aptitud para las ciencias–, trató de negar la dialéctica y se burlaba de este axioma: Si el antecedente es verdadero, el consecuente, también lo es. Hércules arrancó, se dice, a la fuerza, el trípode y quiso luchar, a causa de la dialéctica, con Apolo, pero ya en edad más madura, llegó a ser muy hábil en este arte y en el de la adivinación.

Hércules libera Prometeo, condenado por robar el fuego a los dioses para entregárselo a los mortales.

Cuando Zeon terminó de hablar, el ateniense Eustrofo se dirigió a Plutarco.

–¿Ves con cuanto ardor ha defendido Zeon la Dialéctica? Solo le faltaba llevar encima la piel del león, como Hércules. Pero ¿conviene que le dejéis sin respuesta, vosotros, que dais un nombre o un número a todos los seres, a todas las esencias y principios de las cosas divinas y humanas; que queréis ofrecer al dios de este templo las primicias de la geometría, esa ciencia que os es tan querida y que consideráis como causa primera y absoluta de las más hermosas y preciadas sustancias; y que queréis probar que la letra E no se diferencia en nada de las demás, ni por su virtud, ni por su forma, ni por su significación; sino por el glorioso privilegio que la distingue: es decir, que designa el número cinco, que tiene tanto imperio sobre toda la naturaleza, y del que incluso los sabios han sacado el término que significa contar? [οἱ σοφοὶ πεμπάζειν ὠνόμαζον –los sabios lo llamaron quintar].

Plutarco pensó que Eustrofo quería honrar con sus palabras a los matemáticos y a las Matemáticas, que él mismo estudiaba entonces apasionadamente –sin olvidar nunca, como discípulo de la Academia, la célebre máxima: Nada en exceso–. E intervino a su vez.

–Verdaderamente Eustrofo ha aclarado muy bien todo lo relativo al número, y yo añadiré lo siguiente. El número se divide en par e impar; la unidad les es común, pues sirve en ambos casos; si la añadimos al par, se hace impar; si la añadimos al impar, se hace par. El dos es el primer fundamento del número par y tres el del impar. El Cinco es un número que se distingue, porque se compone de los dos anteriores; se le llama matrimonio porque contiene y se relaciona con el par, que simboliza a la mujer, y con el impar, relativo al varón. 

El par, con el impar, siempre produce un impar. Mientras que el par con el par nunca da un impar y no tiene posibilidad de dar un número diferente. Los impares, en cambio, son siempre fecundos y dan números pares cuando se unen con otros impares. 


También se da al cinco el nombre de natural, porque al multiplicarlo por sí mismo, se obtiene en último término, otro número cinco, ya que 25 contiene también el multiplicador, mientras que los demás números, multiplicados por sí mismos, dan números diferentes. El cinco y el seis son los únicos números cuyos cuadrados terminan en el número de su raíz, pues el cuadrado de seis es 36, como el de cinco es 25; con esta diferencia, que el número seis no tiene la propiedad de reproducirse en su cuadrado más que una vez; en tanto que el núnero cinco, además de la propiedad de reproducirse él mismo por la multiplicación, tiene además esta facultad particular, que doblado, produce una decena, con la que se reproduce a sí mismo alternativamente, y así hasta el infinito; es decir, que añadiendo cinco al cinco, da diez y añadiendo otros cinco, da quince, o tres veces cinco y así sucesivamente, el resultado siempre será una decena o cinco–, razón por la que representa la causa eterna que rige el universo.

Y efectivamente, como tal causa, siempre subsistente, crea el mundo y a través del mundo se perfecciona a sí misma, pues, como dice Heráklito, todas las sustancias se transforman en fuego y el fuego se transforma en todas las demás sustancias –como del lingote de oro se hace la moneda que, al fundirse vuelve a ser lingote–, así el número cinco, unido a sí mismo no puede reproducir nada imperfecto o heterogéneo, ya que sus variaciones están tan determinadas, que solo puede reproducirse a sí mismo o en la decena, es decir, un número de su especie, o un número perfecto.

Y ahora, si alguien me pregunta qué relación tiene todo esto con Apolo, contestaré que los teólogos atribuyen a este dios el número cinco, que lo mismo se reproduce por sí mismo, como el fuego, que forma el número diez como el mundo.

Además, la música que sabemos que es tan agradable a este dios, también tiene relación con el número cinco. La ciencia de la armonía consiste, como se sabe, en formar acordes justos. Así, los acordes no son y no pueden ser más que cinco, como lo muestra la razón y confirma la experiencia a cualquiera que haga la prueba sobre cuerdas tensadas o sobre los orificios de la flauta, pues juzgará por su propio oído, sin necesidad de la razón. Estos acordes se forman siguiendo la proporción de los números.

Hay otro acorde que algunos compositores quieren añadir, pero no debe ser admitido, porque se sale de las reglas de la medida, y porque aquí el placer del oido debe ser sacrificado al mantenimiento de la proporción, que tiene fuerza de ley. Sin hablar de las cinco posiciones del tetracordio, de los cinco primeros tonos, modos o armonías, como se les quiera llamar, que varían más o menos, del grave al agudo, según que las cuerdas estén más o menos tensas, mientras que las otras son graves o agudas, ¿no es cierto que aunque haya entre los sonidos una infinidad de intervalos, sólo cinco entran en el canto, es decir: el sostenido, el semitono, el tono, el triple semitono y el doble tono? Jamás se encuentra en el canto un intervalo más grande o más pequeño entre el grave y el agudo.

Apolo ofreciendo una libación. Kílix del siglo V aC. 

Dejo algunos otros objetos de esta naturaleza para exponer lo que cree Platón, que dice que solo hay un mundo, o que si hay varios, no puede haber más de cinco. Pero suponiendo que el que vemos es único, como piensa Aristóteles, está, al menos en cierto modo, compuesto por otros cinco: tierra, agua, aire, fuego y cielo, al que unos llaman la luz, otros el éter y otros, en fin, la quintaesencia. Esta última sustancia es, de todos los cuerpos, el único que tiene, por naturaleza y no por necesidad o azar, el movimiento circular que le es propio. Por analogía con las cinco formas más bellas y más perfectas que hay en la naturaleza, Platón asignó a estos cinco mundos, la pirámide, el cubo, el octaedro, el icosaedro y el dodecaedro, y atribuye a cada uno de ellos la forma que le conviene. 

Hay incluso filósofos que asocian los sentidos naturales con estas sustancias primitivas, que también son cinco: el tacto, con la tierra, porque es dura y firme; el gusto, con el agua, porque su humedad le hace discernir las propiedades de los sabores; el aire que vibra en el oído y se convierte en sonido; de los otros dos sentidos, el olfato, afectado por los olores que no son sino vapores sutiles que levanta el calor, tiene la naturaleza del fuego. El brillo de los ojos tiene relación sensible con el éter y la luz, dos sustancias bastante parecidas, y que afectan del mismo modo al órgano de la vista. Los seres animados no tienen más sentidos que estos, ni el mundo otras sustancias simples y sin mezcla, y se ve en toda esta distribución admirable, por así decirlo, esta asociación de cinco en cinco. 

Plutarco guardó silencio unos segundos, y después, exclamó repentinamente:

-¡Eustrofos! Pero ¿qué iba yo a hacer? Por poco me olvido de Homero, como si no hubiera sido el primero que dividió el mundo en cinco partes. Él asigna las tres situadas en el centro, a tres divinidades, y las otras dos, el Olimpo y la Tierra, limitando, una, a las sustancias superiores, y la otra, a las inferiores, aunque dice que son comunes y sin división alguna para los dioses. 

Pero, como dice Eurípides: volvamos a nuestro asunto. Los que ensalzan las propiedades del número cuatro, pretenden, con bastante probabilidad, que todos los cuerpos se han formado sobre su analogía. Efectivamente, todo sólido consiste en estas tres dimensiones: largo, ancho y profundidad. Antes del largo está el punto, que es como la unidad entre los números. El largo concebido sin ancho, hace la línea. El movimiento de la línea en la anchura produce la superficie, que es la tercera dimensión. Si añadimos la profundidad tenemos el sólido afirmado sobre cuatro proporciones.

Pero para todo el mundo es evidente que el número cuatro, tras haber conducido la naturaleza hasta la formación perfecta de sustancias bastante sólidas como para resistir a una fuerte presión, la deja privada de la facultad más importante, pues todo ser privado de sentimiento es imperfecto, y, por así decirlo, huérfano. Hasta que el alma no le imprima movimiento, no sirve para nada. Pero el movimiento o el afecto que introduce el alma en él, opera este nuevo estado por la analogía del número cinco, y da a la naturaleza toda su perfección. Por tanto, este último número es tan superior al número cuatro, como el ser animado lo es a la sustancia privada de vida. 

Además, el número cinco, llevando más lejos aún su armonía y su poder, no ha dejado crecer hasta el infinito las sustancias animadas; las ha limitado a cinco especies diferentes; dioses, genios, héroes, hombres y animales. El alma misma, de acuerdo con su división natural comprende cinco facultades: la vegetativa que es la más primitiva; la sensible, la concupiscible, la irascible y la razonable, en la cual, la naturaleza se detiene, porque ha alcanzado, por esta quinta facultad, el último grado de perfección.

Y aún podría añadir una propiedad más excelente; pero temo, si hablo de ello, contrariar a Platón, como él mismo decía que había pasado al filósofo Anaxágoras con la luna, que daba como suya una opinión sobre la luz de este planeta, que era antiquísima, diciendo que la luz de la luna venía del sol, cuyos rayos reflejaba a su vez sobre la tierra. ¿No lo dice Platón –dijo entonces dirigiéndose a Eustrofo-, en su Cratilo–Sin duda- respondió este; pero no veo qué relación puede tener con lo que dices.

-Ya sabes –dijo Plutarco-, que en el Sofista estableció cinco ideas universales: La Esencia, el Ser siempre el mismo, el Ser cambiante, el Movimiento y el Reposo. En el Filebo plantea otra división también en cinco principios: lo infinito, lo finito, la producción de los seres que resulta de la mezcla de estos dos primeros principios, y que nos deja adivinar el quinto, por el cual los seres unidos son de nuevo divididos y separados. Para mí, creo que esta segunda división solo es una imagen de la primera. Pero se encontrarán siempre, en la una y en la otra cinco ideas universales y cinco diferencias. 

Quizás también vio que el bien, en general, está dividido en cinco especies: Moderación; Proporción; Inteligencia; las Ciencias con las Artes y las Opiniones Verdaderas de las que el alma es la sede; y, en fin, los placeres puros sin mezcla de dolor. 

Y después de todo lo que hemos dicho, añadiré aún algo que seguramente comprenderá Nicandro. El sexto día del primer mes, cuando entra la Pitia en el Prytaneo –donde se conserva el fuego, atentos a que nunca pueda extinguirse–, lo primero que hacéis es echar suertes, primero tres y después, dos, ¿no es así? 

–Así es –contestó Nicandro-; pero nos está prohibido explicar la razón a los extraños.

-Pues bien –continuó Plutarco riendo-; mientras esperamos ser consagrados sacerdotes y que en esa calidad, Dios nos dé a conocer la verdad, en esas suertes tenemos un nuevo privilegio que añadir a los que ya hemos decubierto para el número cinco. Y hasta aquí, todo lo que puedo recordar de este número y el elogio de las propiedades aritméticas y geométricas de la letra E.

Amonio, que estimaba en mucho las matemáticas, y que parecía muy complacido con esta conversación, tomó la palabra.

–Sin llegar a refutar seriamente lo que los jóvenes acaban de decir, no ocultaré que no hay número que no proporcione materia para los mismos elogios. Por no hablar de otros; el número siete, por ejemplo, consagrado a Apolo, que además nació ese día, pero… no se si tendría tiempo suficiente para hablar de todas sus propiedades; sólo diré que no parece conveniente condenar a los antiguos sabios diciendo que combatieron el uso, consagrado por el tiempo, de dar al número siete la preminencia sobre el cinco, al consagrar a Apolo este último número, creyendo que le encajaba mejor. Por mi parte, pienso que esta letra E no designa ni un número, ni un orden, ni una conjunción, ni una parte del discurso, sino que es en sí misma la denominación perfecta de este dios, del que nos da a conocer su poder y sus cualidades. 

Porque, en efecto, cuando nos aproximamos al santuario, el dios no dirige esta palabras: γνῶθι σαυτόν, conócete a ti mismo; lo que es como un verdadero saludo, χαῖρε, alégrate. Y nosotros le contestamos con el monosílabo εἶ; eres, es decir, que le atribuimos sólo a él la propiedad verdadera, única e incomunicable, de existir por sí mismo.

Para nosotros, la existencia no es propiamente, un patrimonio. Todas las sustancias perecederas, colocadas, por así decirlo, entre el nacimiento y la muerte, no tienen más que una apariencia incierta, y existen más en nuestra mente que en la realidad. Si intentamos aplicar la inteligencia para aprehenderla, ocurre como cuando queremos coger un líquido con las manos; cuando más se aprieta más se pierde. Así, la razón, cuando quiere formarse una idea evidente de las sustancias susceptibles y mutables, se pierde necesariamente, porque se apega a su nacimiento o a su muerte, sin poder extraer de ellas nada permanente y con existencia real. 

No navegamos dos veces por el mismo río, dice Heráclito. Tampoco se encuentra dos veces en el mismo estado una sustancia perecedera; tal es la rapidez de los cambios, que en un un instante se reunen las partes y en un instante se dispersan, pues no hacen sino aparecer y desaparecer, por esta razón, el hombre no alcanza nunca un estado al que se pueda llamar existencia, porque nunca deja de nacer y de formarse. Pasando desde el primer instante de su concepción por vicisitudes continuas, es, sucesivamente, embrión, ser animado, niño, adolescente, joven, hombre hecho, anciano y decrépito. Cada nueva generación destruye continuamente a las anteriores.

Heráclito en La Escuela de Atenas. Rafael, Capilla Sixtina.
Rafael le confirió los rasgos de Miguel Ángel.
(Ver: Causarum Cognitio en : Cuaderno de Sofonisba)

Después de La Escuela de Atenas, Rafael pintó, en la Stanza della Segnatura, Il Parnaso, donde, evidentemente, aparece Apolo, con las Musas, flanqueado por algunas de las más destacadas figuras literarias y filosóficas, tanto de la antigüedad como de su tiempo. El fresco constituye una prodigio de la creación pictórica, del que nos ocuparemos muy pronto.
***

Sabiendo esto -continuó Amonio-, ¿no es ridículo que temamos a la muerte, nosotros que ya hemos muerto tantas veces porque morimos todos los días? Heráclito decía también, que el nacimiento del fuego era el nacimiento del aire, y que la muerte daba nacimiento al agua y esto se verifica muy sensiblemente en nosotros mismos.

El hombre ya hecho, muere cuando empieza la vejez e incluso él mismo no habría existido sino por la muerte del joven que fue, y este por la del niño. El hombre de ayer está muerto hoy, y el de hoy, morirá mañana. No hay nadie que subsista y sea siempre uno y el mismo. Somos sucesivamente varios seres, y la materia de la que estamos hechos se agita, se altera sin cesar, alrededor de un simulacro y de un molde común. Y, en efecto, si permaneciéramos siempre iguales ¿por qué cambiamos tan frecuentmente de gustos? ¿Por qué se nos ve amar, odiar, admirar o condenar sucesivamente, los objetos más contrarios, cambiar a cada momento nuestro discurso, nuestros sentimientos y nuestros afectos, y hasta incluso nuestro aspecto?

No es verosímil que esta diversidad en nuestra manera de ser se haga sin algún cambio, y todo, cuando cambia, ya no es lo mismo y sí no se es lo mismo, no hay propiamente una existencia; sino unos cambios continuos por los que se pasa de una manera de ser a otra. Nuestros sentidos, por la ignorancia de lo que realmente es, nos hacen atribuir la realidad del ser a algo que no es más que una apariencia.

¿Cual es, pues, el ser verdadero? El que existe por toda la eternidad; que no tiene origen ni término y a quien el tiempo no hace sufrir ninguna vicisitud. El tiempo, esta duración móvil, que se concibe bajo la idea del movimiento, que fluye sin cesar y no puede ser fijado; es como el espacio en el que empiezan y terminan todas las generaciones. Las distintas denominaciones bajo las cuales se expresa, como, anterior, posterior, futuro o pasado; son el reconocimiento de su no existencia, pues sería absurdo admitir como existente, lo que todavía no es, o lo que ha dejado de ser. 


Cuando, para formarnos una idea del tiempo, queremos fijarnos en el momento presente, este escapa al pensamiento y la razón se confunde. Lo dividimos en pasado y porvenir, y nos vemos forzados, a nuestro pesar, a no verlo más que bajo estos aspectos. Del mismo modo, la naturaleza, que se mide por el tiempo, no es más fácil de aprehender que el tiempo mismo, puesto que no tiene nada permanente; nada que tenga verdadera existencia. Todas las sustancias que nacen y perecen en ella, se confunden, necesariamente con el tiempo, pero de lo que es realmente, no se puede decir que ha sido o será. Estos términos designan el paso de un estado a otro, un cambio, una revolución, que solo puede producirse en lo que no tiene verdadera existencia.

Dios, por tanto, es, necesariamente, y su existencia está fuera del tiempo. Es inmutable en su eternidad. No conoce la sucesión del tiempo y no tiene en sí, tiempo anterior ni posterior, ni nada reciente. Sólo es, εἶ, y su existencia es la eternidad y, por la misma razón que es, es verdadero. No se puede decir de él que ha sido, que será, o que ha tenido un principio o que tendrá un fin. Esta es pues, su denominación y hay que reconocer y adorar a este Ser supremo.

No hay varios dioses; sólo existe uno; y no es, como nosotros, un compuesto y el conjunto de miles de pasiones distintas, como una numerosa asamblea de hombres de todas clases. Lo que es por esencia, sólo puede ser uno, y lo que es uno, no puede no existir. Si hubiera varios dioses, su existencia sería diferente y esa diversidad produciría algo que no es verdadera existencia.

Así, los tres nombres que se han dado a este dios, le encajan perfectamente: Apolo, Ἀπόλλων. porque excluye la multiplicidad, Ἰήιος, Ieios, porque es uno y único, y, en fin, Febo, Φοῖβον, nombre por el que los antiguos expresan todo lo que es casto y puro. Todavía hoy los Tesalios dicen que sus sacerdotes «se fibonomizan» φοιβονομεῖσθαι, cuando pasan los días nefastos retirados fuera de los templos. 

Lo que es uno es puro y sin mezcla. La alteración es la propiedad de toda mezcla. Incluso Homero dice que el marfil teñido de púrpura, es una sustancia echada a perder, y los que tiñen, llaman corrupción a la mezcla de sus colores; una sustancia pura e incorruptible debe ser, pues, una e indivisible.

De los que creen que Apolo y el Sol son la misma cosa, hay que aprobar y amar la bondad de su espíritu, porque aplican la idea que tienen de la divinidad, al objeto que les parece más deseable y más digno de sus homenajes. Pero nosotros, con el fin de formarnos aquí y ahora, como en el más bello de los sueños, una idea justa de este Dios, dejamos en libertad a nuestra razón y elevamos el pensamiento por encima de todo lo que la naturaleza encierra. Respetamos, no obstante, su imagen en el sol, que –en tanto en cuanto una sustancia sensible y perecedera, puede representar un espíritu y un ser eterno–, hace brillar ante nuestros ojos, algunos rasgos de la bondad y de la felicidad de ese Ser Supremo.

En cuanto a las emanaciones de Dios fuera de sí mismo; esos cambios por los cuales dicen que se hace fuego, se comprime y se condensa para hacerse tierra, mar, viento, animal o planta; es decir, la idea de que sufra esas vicisitudes indignas de él, es una impiedad sólo escucharlo. Sería ponerlo por debajo de aquel niño del que habló un poeta, que solo por diversión, dibujaba imágenes en la arena que inmediatamente borraba. ¿Podríamos creer que Dios actuara así con el Universo, y que después de haber creado un mundo que no existía antes, lo destruyera un instante después? Bien al contrario, todo lo que ha puesto en el mundo, liga estrechamente todas las sustancias y contiene esta frágil materia que permanentemente tiende a su destrucción. Nada es más contrario a esta opinión que la la palabra εἶ, ser, por la que se atestigua que Dios no sale jamás de sí mismo y que no sufre ninguna vicisitud.

Los cambios y las diferentes actitudes solo pueden convenir a otro dios, o más bien a algún genio que presida la naturaleza, en la cual el nacimiento y la muerte se suceden sin cesar. Esto se prueba claramente con los nombres que se han dado a ese genio y que expresan cualidades tan contrarias a las de nuestro dios, al que llamamos Apolo – Ἀπόλλων; al otro se le llama Plutón – Πλούτων; el primero tiene por compañeras a las Musas y a Mnemosyne, la Memoria – Μοῦσαι καὶ ἡ Μνημοσύνη– y el otro, Olvido y Silencio –Λήθη καὶ ἡ Σιωπή. Uno es la cualidad de Pensar, mientras que el otro preside el sueño tranquilo durante la noche. Por otra parte, mientras Plutón es, de todos los dioses, el que más temen los mortales, del otro, como dijo agradablemente Píndaro: La ley suprema del destino/ ha querido que esté lleno de bondad para los humanos.

Eurípides tenía razón cuando dijo: Dejemos a los tristes muertos las lágrimas y los lamentos / el brillante Apolo nunca los conoció. 

También Estesícore dijo antes que él: Apolo sólo ama el canto y la risa / la suerte dejó para Plutón los gritos del dolor.

Sófocles asigna a cada uno de ellos el instrumento que más les conviene, diciendo: La flauta expresa tristeza / la lira genera alegría. De hecho, pasó mucho tiempo antes de que se oyera la flauta en los Juegos; hasta entonces solo llamaba a las ceremonias lúgubres, ejecutando así una tarea tan triste como poco honorable.

Después, todo se mezcló, y la confusión del culto de los dioses con el de los genios ha sido una fuente de errores entre los hombres. Pero la inscripción EI y la máxima, Conócete a ti mismo, que parecen contradecirse bajo un punto de vista, son coherentes desde otro; la primera nos inspira un profundo respeto a la divinidad y nos invita a adorarla como el ser supremo eterno; la segunda advierte a los mortales de la fragilidad de su naturaleza.



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