miércoles, 1 de julio de 2015

Publio Virgilio Marón - Publius Vergilius Maro


Cuando Mayia Pola, la esposa de Vergilius Maro, sintió próximo el nacimiento de su hijo, soñó que en su lugar paría una rama de laurel, que, al caer sobre la tierra, arraigaba y fructificaba en un árbol que daba muchos y distintos frutos y flores. 

El día siguiente, 15 de octubre de 70 aC cuando Mayia atravesaba un campo junto a su marido, se detuvo repentinamente, y, abandonando el camino, se dirigió a una zanja próxima, donde se echó y, discretamente, dio a luz al niño que había de convertirse en uno de los más grandes y admirados poetas de la historia; Publio Virgilio Marón - Publius Vergilius Maro. Esto sucedió en Andes, actualmente, Piétole, cerca de Mantua - Mantova.


El niño no lloró al nacer, mostrando, al contrario, el gesto tranquilo y sosegado, que manifestaría durante toda su vida. De acuerdo con la costumbre de la tierra, los padres plantaron una rama de álamo en el lugar exacto en el que vino al mundo; augurando un hermoso destino para el recién nacido. La rama creció con gran rapidez, igualándose en muy poco tiempo, con el resto de los álamos más antiguos de la zona. Con el tiempo, aquel árbol se hizo célebre y a él acudían las parturientas para hacer votos o cumplirlos respecto a sus propios hijos.

Busto di Virgilio. Parco della Grotta di Posillipo. Napoli

Con el tiempo, Virgilio se convirtió en un muchacho alto y moreno, de aspecto fuerte, quizá, incluso, algo rústico, pero de salud siempre delicada, que comía muy frugalmente y no era amigo del vino. 

Tuvo dos amigos y compañeros especialmente queridos; Cebetis y Alejandro, ambos con una buena formación intelectual, siendo además, el primero, un poeta excelente. Aunque se dijo que Virgilio estuvo enamorado de una mujer, llamada Plotia Hieria, los biógrafos apuntan que, si bien se le ofreció la oportunidad de tratar íntimamente con ella, nunca quiso aceptarla. Todo esto y buena parte de lo que sigue, lo sabemos gracias a Suetonio, quien asegura tener constancia de que toda la vida del poeta fue tan virtuosa en la boca y en el ánimo, que en Nápoles le apodaron Parthenias – Virgen.

Amante de la soledad, y sin duda, bastante tímido, en las contadas ocasiones en que iba a Roma, se alojaba, como un refugio, en la casa más próxima para evitar los saludos que levantaba su popularidad, pues aunque tenía allí una casa en el Esquilino, junto a las tierras de Mecenas -parece que llegó a poseer una fortuna notable; diez millones de sestercios–, prefería la tranquilidad sin compromisos que le proporcionaban Campania o Sicilia, porque, además, él no era amante de la riqueza. Destaca Suetonio, que habiéndole ofrecido Augusto los bienes de un desterrado, no quiso –no se atrevió, dice el biógrafo–, a aceptarlos.

Estudió Literatura, Medicina, Matemáticas y algo de Derecho, llegando incluso a defender una causa ante los jueces –una sola y no más-, ya que, según recuerda Meliso, por entonces, su discurso era tan lentísimo que le hacía parecer un ignorante.

Perdió a sus padres hallándose ya en edad madura, y antes había perdido dos hermanos; Silón, cuando aún era un niño y Flaco, en edad adulta, al que convirtió en personaje de sus Bucólicas, donde aparece llorado bajo el nombre de Dafnis, de quien Mopso canta la muerte y Menalcas la apoteosis.

Josephus Justus Scaliger. Obra de Paullus Merula, de la Universidad de Leiden. 1597

Tan tarde como en el año 1573, Escalígero editó un conjunto de obras cortas atribuidas a Virgilio desde la antigüedad, bajo el título Appendix Vergiliana, o Pseudo Virgilio, entre las que podemos encontrar títulos como, Culex, Dirae, Aetna, Ciris, Catalepton, Cataleptum, Moretum, Copa o Elegiae in Maecentatem. Aunque muchos críticos dudan de esta atribución, no han sido adjudicadas a ningún otro poeta, por lo que, con todas las prevenciones necesarias, trataremos aquí de ellas brevemente, considerando que, en caso de proceder de la mano de Virgilio, las habría escrito a los dieciséis años.

Prestaremos atención especial a la historia titulada Culex o El Mosquito, cuyo breve argumento es sumamente curioso.

He cantado en broma, Octavio, una obra leve; de un mosquito. 

Ya el sol de fuego penetraba en sus celestes mansiones, cuando hizo salir del establo hacia los pastos feraces sus cabras el pastor, a la cima de una elevada montaña. Yendo de un lado para otro, arrancaban las yerbas verdes con mordiscos tiernos. Suena la rústica flauta. ¿Quién podría ser más feliz al unir su cuerpo cansado a un sueño alegre? 

Ya el sol había avanzado hasta la mitad de su curso cuando el pastor empujaba el rebaño hacia espesas sombras, cuando el pastor se recostó junto a la fuente en una espesa sombra y concibió un suave sopor, relajado su cuerpo, sin preocuparse de peligros de ninguna clase.

Tendido en tierra, concebía en su corazón una dulce quietud, como si el azar no hubiera determinado empujarle a inciertos peligros, pues a la hora acostumbrada, y moviéndose por los mismos senderos, una serpiente de colosal tamaño, lleno su cuerpo de manchas de distintos colores, con la intención de lanzarse , hundida en el barro mientras apretase el calor, divisa, acostado, al pastor del rebaño. 

Prepara la serpiente sus armas naturales: se enardece, muestra su furor con silbidos, su boca resuena, cuando un pequeño hijo de aquellas aguas asusta a tiempo al pastor contra el que todo se prepara y le avisa con sus picotazos para que evite su muerte, cuando, he aquí que el pastor da un salto furioso y de un manotazo mata al mosquito. 

Ya fustiga los caballos de su carro la noche, al surgir del infierno, y perezoso camina el Véspero, en el momento en que el pastor marcha con el rebaño recogido, mientras se espesan las sombras y se dispone a entregar al descanso sus miembros fatigados. Cuando el sueño penetró muy ligero por su cuerpo y sus miembros descansaron con la lasitud propia del sopor que los había invadido, el espectro del mosquito se le presentó y triste le entonó reproches por su muerte:

-¡A qué extremos he sido llevado –dijo el mosquito-; por mis servicios, me veo forzado a afrontar una suerte cruel! Por serme más querida tu vida que la mía misma, soy arrastrado por los vientos a través de sitios vacíos. Tú, despreocupado, reparas tu cansancio en medio de una tranquilidad feliz, salvado de horrible muerte; en cambio yo, soy conducido como presa de Caronte ¿Por qué te alejaste de tu deber, cuando te devolví a la tierra desde el propio umbral de la muerte? ¿Dónde está la recompensa a mi piedad, los honores a ella debidos?. Sea este castigo la destrucción, con tal de que, por lo menos, se me muestre agradecida tu voluntad. iMe asusto, ay, me asusto de encontrarme entre sombras tan importantes! Llamado a las aguas Estigias, veo sombras distintas. 

Frenó su carro de dos caballos de la Luna que se desliza entre las estrellas, yo estoy obligado a visitar los lagos sombríos, privados de la luz de Febo, aunque tú seas la causa de mi desgracia, oyes esto sin poner mucha atención, con ligeros remordimientos, y cuando te marches, todo lo harás disiparse en los vientos. Me voy para no volver jamás: mis palabras se perderán por los aires.

Así habló y, triste, con las últimas palabras se retiró. Cuando su indolencia abandonó al pastor, preocupado y lamentándose seriamente en su interior, no soportó por más tiempo el dolor que había penetrado sus sentidos por la muerte del mosquito y, en todo lo que le permitieron sus fuerzas de anciano, junto a un arroyo escondido bajo una verde fronda diligente se dispone a labrar el terreno. Lo traza en forma circular y su preocupación siempre presente, le hace terminar la labor emprendida, le lleva a acumular el montón de tierra reunido, y a levantar un túmulo en el círculo que había trazado. Alrededor de él, ajustándolas, coloca piedras de fino mármol teniendo siempre presente su preocupación constante. 

Aquí el acanto, la rosa casta de rubor de púrpura y violetas de todas clases crecerán. el mirto espartano y el jacinto, aquí el azafrán producido en los campos de Cilicia; también el laurel, gran gloria de Febo, aquí la adelfa y los lirios, el romero cultivado en regiones próximas, la hierba Sabina que para los antiguos imitó al rico incienso, el crisantemo, la brillante yedra de pálido racimo, aquí el amaranto, el verde; no falta de allí el narciso; y de todas cuantas flores renuevan las primaveras, el túmulo está sembrado por completo. 

Luego, en el frente se encuentra un epitafio que la letra, con el silencio de su voz, hace perdurable: 

PEQUEÑO MOSQUITO, EL PASTOR DEL REBAÑO,
A TI, MERECEDOR DE ELLO, ESTE MONUMENTO,
A CAMBIO DEL REGALO DE SU VIDA, TE OFRECE.

Las Dirae o Maldiciones, cuentan la historia de un enamorado cuyas tierras le han sido arrebatadas por veteranos del ejército de Roma, razón por la cual, también ha perdido a su amada, Lydia, a quien el autor dedica un bello poema de amor.

Aetna, o Etna, se refiere al volcán del mismo nombre.

Ciris, narra la metamorfosis de Escila, hija del rey de Megara, en pájaro. Su atribución es de las más contestadas.

El Catalepton es un conjunto de poemas cortos, quizás los más atribuibles a Virgilio.

El Moretum se refiere a una comida que se prepara con hierbas, ajo, queso y vino; un campesino prepara así su desayuno y Virgilio canta el atractivo de la vida campestre en la Galia Cisalpina.

Elegiae in Macentatem, es una especie de necrológica en la que el poeta reproduce las últimas palabras de Mecenas a Augusto.

La imagen más conocida de Virgilio.

Después se propuso escribir sobre diversas gestas de los romanos, pero, no llegando a sentirse satisfecho con el asunto, empezó las Bucólicas Bucolica o Eclogae- para celebrar a algunos de sus protectores como Asinio Polión, Alfeno Varo, o Cornelio Galo

Del propio Virgilio se deduce que fue Gayo Asinio Polión –además de político, orador, poeta, dramaturgo y crítico literario, y redactor de la historia de la formación del Imperio, aunque nada se ha conservado-, quien sugirió a Virgilio la idea de crear esta obra, tras haber contribuido a evitar que fueran confiscadas las tierras del padre del poeta.

Gaius Asinius Pollio. 75–4 aC.

Se trata de diez poemas; entre 63 y 111 versos –hexámetros dactílicos- cada uno, escritos entre los años 41 a 37, o quizás, 35.

El bucólico paisaje que Virgilio sitúa en la Galia Cisalpina, aparece completamente idealizado. Todo es bello, reluciente y fresco y los pastores son cultos, refinados, y gozan de una excelente formación humanística. En ocasiones, representan a personajes reales.

Las situaciones amorosas sólo se dan en los extremos; o éxtasis, o desesperación, por el dolor o la ausencia y, a ellas se añaden, casi indistintamente, temas mitológicos o halagos, no disimulados, a otros poetas y personajes políticos.

Virgilio organizó los poemas cíclicamente, de forma que el primero se corresponde con el noveno, el segundo con el octavo y así sucesivamente, constituyendo el quinto un tema separado; la muerte y apoteosis de Dafnis –su hermano, ya citado–, y el décimo, un epílogo.

Primeras líneas de las Églogas en el Vergilius Romanus del siglo V.

          M.
         TITYRE, TU PATULAE RECUBANS SUB TEGMINE FAGI
         silvestrem tenui Musam meditaris avena;
         nos patriae fines et dulcia linquimus arva:
         nos patriam fugimus; tu, Tityre, lentus in umbra
         formosam resonare doces Amaryllida silvas.

               Melibeo
               Títiro, echado bajo la sombra de esta haya
               convocas a las Musas del bosque con la fina flauta.
               Nosotros, expulsados de la patria; tú Títiro, suavemente en la sombra,
               enseñas a los ecos del bosque a repetir el nombre de Amarilis.

Primera égloga
83 versos. Hablan dos pastores, Melibeo –que relata cómo ha abandonado su tierra llevando consigo un rebaño de cabras con el que sobrevive, porque sus tierras han sido entregadas a un soldado. Efectivamente, la familia de Virgilio había sufrido una confiscación de tierras tras la batalla de Filipo. Pero Títiro expresa su admiración hacia Octavio, porque ha recuperado la paz.

Segunda égloga
73 versos. El pastor Coridón, intenta conquistar al joven Alexis, hablando de su atractivo, sus cualidades y sus bienes, pero fracasa en el intento.

Parece ser que Alexis era el joven esclavo que Polión regaló a Virgilio, cuando en un banquete, el poeta expresó su admiración por él.

Tercera égloga
111 versos. Los pastores, Menalcas y Dametas compiten por su poesía y deciden pedir la opinión de Palemón, un propietario de la zona, que los considera muy similares en su calidad poética.

Los versos 84-91 hablan de Polión, de su poesía y del apoyo que presta a Virgilio, pero se cree que fueron añadidos a modo de encomio. En los dos últimos versos critican a dos poetas a los que consideran, malos, como Bavio y Mevio. 

Dametas
Polión gusta de mi canto, aunque sea rústico. Musas, apacentad una novilla para vuestro lector.
Menalcas
También Polión compone cantos nuevos. [Musas], apacentad para él un novillo que embista ya y esparza al viento la arena con los pies.
Dametas
Aquel que te ame, Polión, venga adonde se alegre de verte; para él corran arroyos de miel y de amomos, para él la punzante zarza.
Menalcas
El que no odie a Bavio, disfrute de tus versos, y que Mevio, unza raposas y ordeñe machos cabríos.

Qui Bavium non odit, amet tua carmina, Mevi, atque idem iungat vulpes et mulgeat hircos.

Cuarta égloga
63 versos. Se abandona casi completamente el tono bucólico para pasar a hablar de Polion. Se habla del nacimiento de un niño sin nombre, que volverá a traer la Edad de Oro y la gente vivirá feliz del fruto de la tierra. En la vida real, coincidía con el final de las guerras civiles, lo que permitía augurar un futuro mejor. No queda del todo claro si el poeta se refiere a Asinio Polión o a su hijo Asinio Galo. Más tarde, se creyó incluso que el poeta se refería al nacimiento de Cristo, así, el propio Constantino, aunque otros autores, ya cristianos, como, San Jerónimo, rechazaron tal posibilidad. No se puede perder de vista que durante la redacción del poema, hacia el año 40 aC, Polión era Cónsul.

Quinta égloga
90 versos. Dos pastores; Mopso, canta la muerte de Dafnis y Menalcas su apoteosis. Además de identificar algunos a Dafnis, con el hermano fallecido de Virgilio, también se considera la idea de que se refiera a Julio César, cuya apoteosis se celebró el año 42 aC.

Sexta égloga
86 versos. Está dedicada a un Varo generalmente es identificado como Publio Alfeno Varo –compilador del código Digesto-, amigo y compañero de estudios epicúreos de Virgilio, que, además, en el año 40 aC. sustituyó a Políón en el gobierno de la Galia Cisalpina.

Séptima égloga
70 versos. Se desarrolla en las riberas del río Mincio, cerca de Mantua. De nuevo, descripciones de la vida y el medio pastoril, con muchas citas mitológicas, por medio de las cuales dos pastores compiten por mostrar su gran cultura.

Octava égloga
110 versos. Los pastores, Damón y Alfesibeo cantan amores frustrados; uno de un hombre y otra de una mujer. 

Está dedicado, casi sin dudas, a Polión, pues se habla de su vuelta a Roma, tras derrotar a los partos, por lo que se concedió un Triunfo el año 39 aC. 

Novena égloga
67 versos. Vuelve el asunto de las expropiaciones de Cremona y Mantua, de la primera égloga. Lícidas cree que Menalcas –quien tal vez representa al propio Virgilio–, ha conseguido retener sus tierras gracias a su prestigio como poeta, pero Meris no está de acuerdo. Tras recordar algunos de sus poemas, ambos se ponen de acuerdo en ir a pedir opinión al propio Menalcas.

Décima égloga
77 versos dedicados al poeta Cornelio Galo –Prefecto de Egipto–, quien sufría por la partida de su amante, Licoris, nombre que el propio Galo había dado a una actriz que era su amante y que también lo fue de Marco Antonio y de Bruto. En aquel momento, había abandonado a Galo para irse a Germania con otro militar.

Eneas Publicó las Bucólicas con tal éxito, que fueron recitadas muchas veces en escena también por cantores. 

Las Bucólicas fueron traducidas por primera vez al castellano, en verso, por Juan del Encina, discípulo de Antonio de Nebrija, quien dedicó su trabajo a los Reyes Católicos. Igualmente las tradujeron, Fray Luis de León y Francisco Sánchez de las Brozas, quien después de terminar las dos primeras, optó por presentar el texto latino con comentarios. Diego López las tradujo en prosa, obteniendo gran éxito y varias ediciones. Cristóbal de Mesa publicó su traducción en verso y, por último, Fray Antonio de Moya preparó una edición bilingüe en 1660.


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Después escribió las Geórgicas en honor de Mecenas, porque le había prestado ayuda a él, hasta entonces poco conocido, contra la violencia de un veterano, por quien poco faltó para que fuera asesinado en el altercado de un litigio agrario. 

Miniatura de las Geórgicas de Virgilio, atribuida a Apollonio di Giovanni, c.1450-1460. 
Florencia, Biblioteca Riccardiana.

Tenía Virgilio 33 años cuando su protector Mecenas, ya gran privado del emperador Augusto, le encargó la obra con el fin de dignificar la agricultura, antaño muy valorada, pero en aquellos momentos, abandonada, en general, por los romanos.

Virgilio tomó en parte como modelo al poeta griego Hesíodo, natural de Ascrea, en Beocia, motivo por el que posteriormente escribiría que había traído el verso Ascreo a los pueblos romanos.

Se cuenta que, cuando escribía las Geórgicas, solía dictar diariamente muchos versos meditados en la mañana, y que revisándolos durante todo el día, los reducía a poquísimos, diciendo que no era absurdo que él paría el poema a la manera de una osa, y que, lamiéndolo, finalmente le daba forma. 

Lbro I, Virgilio trata de la tierra, del origen de la agricultura, instrumentos de labranza, épocas propicias para cada tarea e incluso predicciones meteorológicas.
Libro II, Diferentes árboles frutales y cultivo de la vid y del olivo.
Libro III, El ganado en general y las plagas más frecuentes.
Libro IV, Apicultura

Cuando regresó Augusto después de la victoria de Accio y se detuvo en Atella para recuperarse de la garganta, Virgilio le leyó las Geórgicas durante cuatro días continuos, tomando Mecenas turno para leer, cuantas veces era interrumpido él mismo por la indisposición de la voz. 

Juan de Guzmán realizó la primera traducción al castellano en 1586 y casi medio siglo después, en 1631, Quevedo incluyó en la edición de las obras de Fray Luis de León, el Libro I, de las Geórgicas, que aquel no sólo tradujo, sino que recompuso en octavas.

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Al final empezó la Eneida, un tema variado y múltiple, y semejante a ambos poemas de Homero; además con personajes y hechos griegos y latinos en común, y en el que estaría contenido lo que más deseaba, el origen de la urbe romana y el de Augusto a la vez. 

La Eneida, retoma la Odisea de Homero, a partir del momento en que, abatida Troya, es sometida al saqueo y después incendiada. Eneas logra abandonarla en el último momento, llevando consigo, además de los lares familiares, a su padre, sobre los hombros y a su hijo de la mano, mientras su esposa se pierde entre la muchedumbre. 

Van Loo. Eneas llevando a Anquises

Después de superar enormes dificultades, llegará a Italia, donde fundará una ciudad nueva. Su descendencia constituirá así la continuidad de Grecia en Roma.

Los viajes de Eneas

La Eneida, formada primero en prosa y distribuida en doce libros, decidió ponerla en verso parte por parte, según le gustara cada cosa, y sin seguir un orden. Y para que nada detuviera su inspiración, transmitió unas cosas incompletas, otras, por así decir, las apuntaló con palabras ligerísimas, las cuales decía, en broma, que eran puestas en vez de los puntales para sostener la obra, hasta que llegaran las sólidas columnas. 

Recitaba con suavidad y admirables encantos. Y Séneca refirió que el poeta Julio Montano solía decir que él habría robado algunas cosas a Virgilio, si también pudiera robarle su voz, declamación y dramatismo; que sin duda esos mismos versos sonaban bien cuando él mismo los declamaba, que sin él eran insignificantes y mudos. 

Surgió una fama tan grande de la apenas comenzada Eneida, que Sexto Propercio no dudó en declarar así: ¡Ceded, escritores romanos, ceded, escritores griegos, Nace no sé qué cosa más grande que la Iliada! 

Concluyó las Bucólicas en tres años, las Geórgicas en siete, y la Eneida en once. 

Augusto —que casualmente estaba lejos de Roma por la campaña de Cantabria—, le pidió en cartas suplicantes y también, en broma, amenazadoras que de la Eneida le fuera enviado, según sus palabras, –o el primer esbozo del poema, o la parte que quisiera–.

Sin embargo, mucho después, cuando finalmente había preparado la materia, Virgilio le recitó únicamente tres libros, el segundo, el cuarto y el sexto, pero éste con gran impresión en Octavia, de la que se cuenta que, estando presente en la recitación, desfalleció ante aquellos versos acerca de su hijo: "tú serás Marcelo", y fue reconfortada con dificultad. 

Jean-Joseph Taillasson, 1745 - 1809: Virgilio leyendo la Eneida a Augusto y a OctaviaNational Gallery de Londres

También recitó a muchos otros, pero no frecuentemente y casi sólo esas cosas acerca de las cuales dudaba, para conocer más la opinión de los hombres.

Cuentan que Eros, su amanuense y liberto, acostumbraba referir, siendo ya de extrema vejez, que un día Virgilio, cuando estaba recitando, completó dos medios versos al momento; al instante le ordenó que escribiera ambos medios versos en el volumen.

A los 52 años de edad, con la intención de dar la última mano a la Eneida, decidió irse a Grecia y a Asia, y en tres años continuos no hacer nada más que corregirla, para que el resto de su vida estuviera libre sólo para la filosofía. Pero como al emprender su viaje se hubiese encontrado en Atenas con Augusto, que regresaba a Roma proveniente de Oriente, y decidiera no abandonarlo e inclusive regresar junto con él, mientras conoce la ciudad vecina de Megara con un sol muy ardiente, contrajo una enfermedad y, al no interrumpir el viaje por mar, empeoró, de modo que llegó a Brindisi bastante más grave, donde a los pocos días murió, el 21 de septiembre del año 19 aC.

Sus huesos fueron trasladados a Nápoles, y enterrados en un sepulcro que está en la vía Puteolana, en el que se encuentra tal dístico que él hizo:

Mantua me genuit; Calabri rapuere; tenet nunc Parthenope; Cecini pascua, rura, duces.


Mantua me engendró, los calabreses me arrebataron, ahora me tiene Parténope –Nápoles– canté los pastos, los campos, los generales. –Bucólicas, Geórgicas y Eneida–.

Nombró herederos, por la mitad de sus bienes, a Valerio Próculo, hermano de diferente padre; a Augusto; a Mecenas; a Lucio Vario y a Plocio Tuca, quienes, después de su muerte, revisaron su Eneida por orden del César. 

Acerca de este asunto, subsisten estos versos de Sulpicio el cartaginés: Virgilio había ordenado que fueran destruidos con rápidas flamas estos poemas, que cantaban al general frigio. Tuca y Vario lo impiden; al mismo tiempo tú, máximo César, no lo permites y velas por la historia del Lacio. La infeliz Pérgamo cayó junto al fuego doble, y Troya casi fue quemada en otra pira. 

Había tratado de convencer a Vario, antes de alejarse de Italia, que si algo le ocurría, quemara la Eneida; pero Vario había negado rotundamente que lo haría; por lo que en su extrema enfermedad, pidió constantemente sus cajas de libros, para quemarlos él mismo. Pero, al no llevárselas nadie, en verdad no dispuso nada formalmente acerca del poema. 

Por lo demás, legó sus escritos al mismo Vario y también a Tuca, bajo la condición de que no publicaran nada que no hubiera sido publicado por él.

Mas Vario publicó la Eneida con autorización de Augusto, pero enmendada ligeramente, de modo que él dejó incluso los versos incompletos tal como estaban. Muchos, habiendo intentado completarlos tiempo después, no pudieron hacerlo, debido a la dificultad, porque casi todos los hemistiquios, en su obra, están en absoluto y perfecto sentido. 

Virgilio

El gramático Niso decía que él había oído de los más viejos que Vario había cambiado el orden de dos libros, y que había puesto en tercer lugar al que estaba entonces en segundo, y también que había corregido el principio del primer libro, quitando estos versos:

Yo soy aquel que en otro tiempo con delgado caramillo modulé Cármenes y, saliendo de las selvas, obligué a los campos vecinos a que obedecieran al colono, por muy ávido que fuera. Obra grata a los agricultores, pero ahora canto Las horrendas armas de Marte y al varón. 

Nunca faltaron detractores a Virgilio, y no es sorprendente, pues tampoco a Homero. Cuando se publicaron las Bucólicas, un tal Numitorio escribió Antibucólicas, sólo dos églogas, pero parodias muy insulsas, de las cuales el inicio de la primera es:

Títiro, si tienes una cálida toga, ¿por qué a la sombra de una haya?

El de la segunda:

Dime, Dametas: ¿cuium pecus acaso es buen latín? 

-No, pero es la manera de nuestro Egón, así hablan en el campo. 

Otro, cuando él recitaba de las Geórgicas: ara desnudo, siembra desnudo, agregó: 

-tendrás fiebre por el frío. 

Existe también, contra la Eneida, el libro de Carvilo Pictor, de título Aeneomastix. Marco Vipsanio lo llamaba supuesto hijo de Mecenas, autor de un nuevo lenguaje afectado, ni ampuloso, ni seco, sino de palabras comunes, y por eso oscuro. Herennio reunió sólo sus vicios, Perelio Fausto, sus plagios. Pero también los ocho volúmenes de Quinto Octavio Avito, De las semejanzas, dicen qué versos copió, y de quiénes

Asconio Pediano, en el libro que escribió Contra los detractores de Virgilio, expone muy pocas de las acusaciones hechas a él, y ésas casi siempre relacionadas con la historia y con el hecho de que había tomado de Homero una gran parte de cosas. Pero dice que solía defenderse de esta misma acusación así

-¿Por qué ellos no intentan también esos mismos plagios? Ciertamente comprenderán que es más fácil robar la maza de Hércules que un verso de Homero. Y dice que, sin embargo, Virgilio determinó retirarse para arreglar todo a satisfacción de los malévolos.

La tumba de Eneas en el Parco della Grotta di Posillipo o Vergilliano. Nápoles


Virgilio –a la derecha-, junto a Homero y Dante, inmortlizados por Rafael Sanzio en El Parnaso. Stanza della Segnatura. Museos Vaticanos.

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La Eneida sobrevivió, a pesar de su autor. Obra de lectura imprescindible, a ella dedicaremos el siguiente capítulo:


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