jueves, 30 de julio de 2015

Cervantes: El Cautiverio en Argel. 26.9.1575–24.10.1580 (1)



Curado de sus heridas físicas -aunque la mano izquierda le quedó estropeada-; viajero informado del arte y el paisaje italianos y ya algo conocedor, incluso de la lengua –al menos, tal como la hablaban los soldados españoles allí acuartelados-, y fallecido meses atrás su supuesto protector el cardenal Giulio Acquaviva, Cervantes pensaba en volver a España definitivamente, cuando supo que una flotilla salía de Nápoles con destino a Barcelona, con el fin de recoger y transportar los fondos que tiempo atrás reclamaba don Juan de Austria.

Así, el día 20 de septiembre de 1575, se encontraba en el puerto de Nápoles, donde también llegó su hermano Rodrigo, dispuestos ambos a embarcarse en la Sol, una de las cuatro galeras que integraban al convoy del dinero.

Navegaron bien al principio, pero al entrar en el Golfo de León, les sorprendieron dos tempestades seguidas, que dispersaron las naves, obligando a algunas a deshacer su camino, de modo que una galera fue a parar a Toulón y otra, algo más lejos, a Córcega. Pasado el temporal, intentaron retomar su deriva, pero la Sol, precisamente se fue rezagando hasta perderse de vista.

El día 26, navegando en solitario, los tripulantes de la Sol, teniendo ya a la vista la costa catalana –Cadaqués–, observan, horrorizados se aproxima una flotilla, no más numerosa que la suya, pero compuesta por naves piratas de corsarios berberiscos, que, a su vez, observan la presencia de la Sol que avanza en solitario. Sin apenas tiempo para pensarlo, la Sol es abordada. Sus tripulantes luchan durante horas, cuerpo a cuerpo; ven morir al capitán y a un número indeterminado de hombres, ante una fuerza, al parecer, mucho más numerosa que la suya. 

Viéndolos ya derrotados, los corsarios deciden hacer prisioneros, pues los atacados no transportan más botín que su propia persona. Y así, hallándose inmersos en la tarea de maniatarlos, advierten que, finalmente, se acerca el resto de la flotilla cristiana que volvía en busca de la Sol. 

Sin esperar un cambio en su fortuna, los atacantes abandonan la galera tras embarcar consigo a cuantos hombres pueden; entre ellos, Miguel de Cervantes y su hermano Rodrigo.


Se cree al día siguiente, corsarios y cautivos estaban ya en Argel. Era conocida la ligereza de las galeotas corsarias y su sorprendente velocidad; de hecho, así lo asegura el mismo Cervantes en El Quijote: el temor que de razón se debía tener que por allí anduviesen bajeles de cosarios de Tetuán, los cuales anochecen en Berbería y amanecen en las costas de España, y hacen de ordinario presa, y se vuelven a dormir a sus casas.

Después supimos que habían sido tres las galeotas que atacaron a la Sol, y que una de ellas, la mandaba el árraez-capitán Dalí Mamí –al parecer, un renegado griego al que apodaban el Cojo-, que estaba a las órdenes del llamado Arnaute Mamí, también renegado, pero albanés, y que ambos tenían una habilidad especial y temible, para llevar a cabo sus planes de asalto en muy breve lapso de tiempo.

Parece imposible deducir lo que pasaría por la cabeza de los prisioneros ante la evidencia de haberlo perdido todo, excepto la vida, y aun esta, sólo por el momento, puesto que ninguno de ellos podía saber durante cuanto tiempo la conservaría.

Las distintas Informaciones de testigos del cautiverio, solicitadas, bien por su padre, bien por Cervantes mismo -normamente conocidas como la de Madrid y la de Argel-, aportan ciertos datos, pero no todos los que nos interesarían, y, además, no siempre son coherentes; de hecho, en ocasiones, si se intenta conocer la verdad sobre el cautiverio de nuestro genio, más bien confunden, porque, en realidad, aquellas declaraciones no tenían por objeto darnos a conocer lo que Cervantes pensaba o sentía, sino que, por una parte, el escritor las quería para defenderse de ciertas acusaciones lanzadas contra su persona, de las que hablaremos más adelante, y, por otra, para dar a conocer los aspectos heroicos de su comportamiento, antes, y durante el cautiverio. En la Información de Argel, él mismo redactó las preguntas a las que debían responder los testigos; podríamos decir que en algunas, ya están contenidas las respuestas, y que los testigos podían haber contestado con un sí o un no al conjunto de la mismas.

Así pues, tenemos muchas declaraciones sobre el cautiverio, muy sospechosamente parecidas, sobre los siempre frustrados intentos de huída de Cervantes; sobre las amenazas o las torturas con que fue amenazado, pero que jamás sufrió; sobre el modo de vida en Argel, etc., pero nada acerca de su posible sufrimiento, de su perplejidad, al ver de aquel modo frustrada su vida; de la angustia provocada por la falta de fondos que hubieran podido emplearse en su rescate por parte de la familia, de su comportamiento durante el cautiverio, etc. Nos falta, en fin, la parte más humana y conmovedora de esta historia, a la vez que nos sobran otros datos que, a veces, sólo sirven para enrevesar la historia, e incluso, en algún caso, para convertir en sospechosas ciertas actitudes de Cervantes, o de otros personajes con respecto a él. 

No olvidemos que escritor va a ser un maestro del doble lenguaje y la simulación, que el propio monarca, Felipe II, presumía de emplear tan hábilmente. De esta facultad suya tenemos múltiples ejemplos, pero valdría citar en primer lugar, el hecho de asegurar que escribió el Ingenioso Hidalgo para atacar a los libros de Caballería –que ya entonces no interesaban a nadie–.

Pero, en fin, el Quijote aún no ha sido concebido y las Informaciones de las que hemos hablado, son las que hay –conservadas en archivos reales–, reflejadas en documentos fehacientes, que hoy llamaríamos notariales, y de ellas dependemos, aun cuando el propio Cervantes, diga en el Quijote, que había quienes falsificaban documentos similares: suelen algunos renegados, cuando tienen intención de volverse a tierra de cristianos, traer consigo algunas firmas de cautivos principales, en que dan fe, en la forma que pueden, como el tal renegado es hombre de bien, y que siempre ha hecho bien a cristianos… otros se sirven dellas acaso y de industria: que, viniendo a robar a tierra de cristianos, si a dicha se pierden o los cautivan, sacan sus firmas y dicen que por aquellos papeles se verá el propósito con que venían… Otros hay que usan destos papeles, y los procuran, con buen intento, y se quedan en tierra de cristianos.

Dichas Informaciones se complementan con la obra titulada, Topografía e Historia General de Argel, de Fray Diego de Haedo, aunque su autoría ha sido muy discutida; pero aún así, es imprescindible recurrir a ella frecuentemente, aun sabiendo que todo ello supone un número interminable de citas. 


Lo cierto es que si algo hay de exagerado en la biografía de Cervantes y su familia, es el gran número de documentos oficiales que produjeron, cuya mayor parte, se refiere a asuntos financieros: préstamos, deudas que deben, deudas que no cobran, o pagas atrasadas a Cervantes, o rclamaciones ssobre el sueldo de su hermano fallecido,etc. Es necesario recalcar una vez más que esos documentos es cuanto tenemos para trtar de reconstruir, no sabemos si de acuerdo con la realidad, una biografía, del mejor escritor de su época y, tal vez, de la huistoria. Por el motivo que fuera, y que solo podemos deducir, Cervantes se abstuvo claramente de dar explicaciones acerca de su vida.

A nadie sorprende a estas alturas que de escritores más o menos contemporáneos suyos, los sepamos prácticamente todo, aunque no todo sea digno de alabanza, mientras que de Cervantes, podemos decir que no sabemos nada.
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Cervantes llegó, pues, a Argel, ya como cautivo, a finales de Septiembre de 1575. Aquel día, hecho el reparto del botín, cada cual se llevó el cautivo o cautivos que le correspondieron. Cervantes y otros compañeros cuyos nombres conocemos, le tocaron al llamado Dalí Mamí, pero no se sabe a quien correspondió su hermano Rodrigo.

Al parecer, lo que empeoró la situación de nuestro protagonista con respecto a sus compañeros de cautiverio, fue el hecho de que llevara consigo cartas firmadas por don Juan de Austria y por el duque de Sessa, las cuales harían creer a sus captores, que se trataba de alguien importante, por el que podrían exigir más rescate que el habitual. Y esta es una de las primeras consideraciones que sorprenden, porque las cartas contenían una especie de certificado de servicios en el que también se hacían constar las heridas sufridas por su titular; un soldado, en Lepanto, y que debía servirle para obtener un empleo o merced. Estos documentos, tal vez no bien comprendidos, hicieron que a Cervantes se le considerara un caballero principal, y como a tal le tuviera encerrado y cargado de grillos y cadenas. pensando que era de los mas principales caballeros de España.

Cabe destacar que en el siglo XVI, el aspecto, modales, forma de hablar y de vestir de un caballero, no tenían absolutamente nada que ver con los de un hombre común, y que la pertenencia social a uno u otro lado de la balanza: –Dos linajes solos hay en el mundo, como decía una agüela mía, que son el tener y el no tener, como argumentaba Sancho–, era algo muy evidente al primer vistazo: En el caso de Cervantes, todo lo más, podía ser que llevara ropas de soldado, y aún así, hay que recordar que llevaba tiempo fuera de servicio y que la uniformidad en los tercios tampoco era ya muy estricta. Podríamos pensar, quizás, que se diferenciaría de los demás prisioneros por otros detalles; tal vez su forma de hablar, de comportarse, sus actitudes, su aspecto personal, el trato que le daban sus compañeros, etc. No olvidemos –caso verdaderamente raro-, que sus hermanas y su madre sabían leer y escribir y tenían derecho al “doña” del que no disfrutaban ni Cervantes, ni su padre, ni su hermano. 

En todo caso, lo que más definió siempre al escritor fue el hecho de ser pobre; condición que podía ser fastidiosa, pero de la que nadie se avergonzaba, en una época, en la que, a pesar de los galeones de América -cuya carga se empleaba sobre todo en gastos de guerras exteriores-, nadie podía pensar que un soldado lo fuera por otra cosa que por la paga. Así pues, bien al contrario, tal situación solía citarse casi como un mérito, cuando el objetivo era encontrar un medio de vida.

Recordemos asimismo, como se describía Cervantes a sí mismo, en sus últimos tiempos, a pesar del éxito del Quijote: Viejo, soldado, hidalgo, y pobre. Viejo, probablemente sí, para la época, y en términos estadísticos, porque también había personas muy longevas. Soldado, lo fue, como sabemos, pero por poco tiempo, ya que, tampoco se entiende cómo pudo mantener aquel empleo, a pesar de su brazo estropeado. Hidalgo, muy, muy dudoso. Sólo en cuanto a la definición de pobre, no caben dudas.

En definitiva, si causó impresión de ser un cautivo valioso, no parece que lo fuera por aquellas cartas que desconocemos, puesto que le fueron confiscadas desde el primer momento de su apresamiento.

Se suele aludir frecuentemente, definiéndola como una pesadilla, a la insalvable diferencia de costumbres, entre cualquiera que fuera el lugar de procedencia del cautivo, y la forma de vida de una ciudad africana y musulmana, pero tampoco podemos ignorar que, en distintos territorios de la monarquía hispánica, todavía había muchos enclaves moriscos en los que no se llevaría a cabo la expulsión definitiva hasta que Felipe III volvió de Valladolid, es decir, a partir de 1609, lo que implica que ciertos aspectos de su carácter y costumbres, no eran del todo extraños. Del mismo modo, ocurriría, como veremos, en las relaciones de los cautivos con sus amos, ya que la mayor parte de estos eran renegados, que lógicamente conservarían características de su vida anterior entre cristianos; formas y costumbres que no se borran cuando se produce un cambio de creencias religiosas, especialmente, cuando se produce por supervivemcia y no por convicción.

Por otra parte, es evidente que Cervantes –a pesar de los grillos y cadenas–, se movía con cierta libertad dentro de Argel. Tal vez porque no se le podían encomendar trabajos duros, como el de galeote, al que se condenaba a muchos cautivos pobres, porque se lo impediría su brazo estropeado. Pero no hay constancia del modo en que empleaba sus días de cautiverio, ni de la lbertad de que disfrutó para organizar sus planes de evasión, todo lo cual se contradice con la idea de que anduviera encadenado y de que su propietario fuera un modelo de crueldad y perversión. Quizá afectaron a Cervantes las dos, o alguna de las dos circunstancias descritas en el anterior párrafo.

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Aporta Astrana Marín alguna información interesante sobre la ciudad de Argel en aquellos días. Se registraban 12000 casas de distintos tamaños, todas ellas con pozo y algunas también con cisterna, en torno a unas calles estrechísimas, que excedían a las más angostas de Toledo, de modo que la ciudad podía recorrerse por los terrados. Había asimismo unas cien mezquitas, de las cuales, siete principales. Y lo más llamativo de Argel, de acuerdo con el mism autor, era algo en lo que excedía a las ciudades cristianas: los baños, con agua fría y caliente y en los que se permitía la entrada a los cristianos, si bien lo que se echaba de menos según la misma fuente, eran hospitales y mesones.

Había naranjos y limoneros por todas partes, además de limas, cidras, y muchas flores, especialmente, rosas; y en conjunto –dice- más de diez mil jardines, perfectamente regados. 

Después de hacer algunas críticas ciertamente exageradas, señala Astrana tres cosas dignas de alabanza entre los residentes de la cosmopolita Argel: que nunca blasfemaban; que no jugaban a los naipes ni a los dados, sino sólo al ajedrez y que muy raramente se enzarzaban en riñas, añadiendo que quizás Cervantes viera en ellos algo bueno, cuando decidió llamarse en su obra maestra, Cide Hamete Benengeli.

Por último, eran muy obedientes a sus reyes, gobernadores y justicias. Honraban a sus eclesiásticos. Eran resignados y no se engañaban entre sí. Enorgullecíanse, aunque fuesen pobres, de ir bien limpios y vestidos, y en la educación de las hijas se mostraban muy solícitos y cuidadosos.

Reinaba, desde el 31 de Mayo de 1574, Ramadán Paxá o Rabadán Bajá, renegado sardo. Si recordamos que el corsario que hizo prisionero a Cervantes, y su señor, eran también renegados; uno griego y otro albanés, parece posible que sus costumbres no fueran del todo acordes con las de los musulmanes, puesto que lo normal es que hubieran nacido y crecido en sus respectivos lugares de procedencia, porque las costumbres son casi imposibles de perder del todo a pesar de haber renegado. Tal vez este dato, avalando lo dicho anteriormente, pueda constituirse en un nuevo punto de partida para comprender las actividades de Cervantes y la tolerancia mostrada hacia él en todos los casos.

Había casi 25.000 cautivos cristianos, de dos clases: los de baño, que pertenecían al rey o a algunos particulares y los de almacén, que servían a la ciudad en las obras públicas. Un baño grande, tenía muchas camarillas y en medio una cisterna de agua potable, y a un lado tienen la iglesia donde todo el año se dicen misas, y se celebran fiestas solemnes, con vísperas, lo que implica que, para entonces, eran más tolerantes con los cristianos, que estos con ellos, a pesar de que, a todos los dejan cargados de tantas cadenas y hierros, con que no se pueden mover; unos con muy gruesos grillos, otros con pesadas traviesas, otros con grandes calzas de hierro, otros con espantosas cadenas, de las cuales unos traen a los hombros, con otras ciñen los cuerpos, y aun con otras los cuellos y las espaldas, y aun otros con muy graves collares de hierro con sus ganchos y campanillas. Y... no pocos... todo esto traen junto, con que no se pueden mover ni dar un paso… llamándoles siempre perros, canes, judíos, canalla, cornudos y malditos

Se añade, sin embargo, que a la capilla acudían a menudo tantos fieles, que en más de una ocasión tuvo que celebrarse la misa en el patio, en este sentido cita Astrana a Clemencín: Probablemente en aquella época no se hubiera permitido otro tanto a los moros cautivos en España. Y termina diciendo: Permitíanles con frecuencia ir y caminar por do les place, naturalmente, con su cadena al pie, y hasta se les consentía entretenerse con variedad de juegos y diversiones y representación de comedias, con sus bailes, especialmente en los días solemnes. 

Al llegar a Argel Cervantes encontró a su amigo, Gabriel de Castañeda, que había sido hecho prisionero en La Goleta, y que era a su vez, amigo de Francisco de Meneses, de Talavera de la Reina, también prisionero en la Goleta, de donde procedía asimismo Beltrán del Salto. También estaban el alférez Ríos, el sargento Navarrete, un caballero llamado Ossorio y otros muchos, junto con los cuales Cervantes pensó pronto en un plan de evasión, de cuya coordinación se ocuparía él mismo y que posiblemente intentó a principios del año 1576, es decir, que en muy pocos meses tenía ya un gran dominio de la disposición de su entorno.

Como se sabe, Cervantes organizó cuatro intentos de fuga:

1º. Escapar a Orán a pie, asistidos por un guía.
2º. Esconderse en una cueva cerca de la playa, para esperar la llegada de una galera armada por su hermano Rodrigo, ya liberado.
3º. Hacer llegar una carta a don Martín de Córdoba, en Orán, con instrucciones para liberar Argel y sus cautivos.
4º. Nuevo intento de esconderse en una cueva, esta vez, un grupo más numeroso, y esperar la llegada de una galera previamente comprometida.

Primer intento. 

Para llevarlo a cabo, Cervantes se puso de acuerdo con un guía que debía conducirle, junto con sus compañeros, hasta Orán, por tierra. 


En la fecha acordada, todos emprendieron el camino, a pesar de los grillos y cadenas, pero el guía desapareció y los fugitivos se vieron obligados a volver a Argel, donde a partir de entonces, tuvieron más cadenas y más guardia y encerramiento.

Poco después se rescataron Gabriel de Castañeda –que llevó una carta de Cervantes a sus padres-y Antonio Marco, quien al pasar por Madrid, prestó declaración, a solicitud del padre del escritor, sobre las condiciones del cautiverio de sus dos hijos, con el fin de obtener ayuda para su rescate, ya que por entonces, la Orden de la Merced había empezado a recoger limosnas, para redimir cautivos, a cuyo efecto viajaría a Argel, entre otros religiosos, fray Jorge de Olivar.

A pesar de ello, la madre de los dos prisioneros, Leonor de Cortinas, decidió presentar una solicitud por su cuenta, en la que aducía ser viuda, además de pobre, con lo que consiguió 60 escudos en noviembre de 1576, para ayuda del rescate, y cuyo empleo debía justificar en el plazo de un año, o devolverlos. Inmediatamente se los entregó a fray Jorge del Olivar.

El tiempo corría, en este caso, y en cierto modo, a favor de Cervantes, pues al parecer, de nuevo sus condiciones de vida mejoraron indudablemente, a pesar del supuesto castigo recibido por el primer intento de huida, pues pudo conocer y tratar a algunos hombres de letras, como lo era Bartholomeo Ruffino de Chiambery, también hecho prisionero en Túnez.

Entre tanto, pensaba en Argel buscar otros medios de alcanzar lo que tanto deseaba, porque jamás me desamparó la esperanza de tener libertad; y cuando en lo que fabricaba, pensaba y ponía por obra no correspondía el suceso a la intención, luego sin abandonarme, fingía y buscaba otra esperanza que me sustentase, aunque fuese débil y flaca. Con esto entretenía la vida, encerrado.

En aquellos entretenimientos llegó el año 1577. Los frailes mercedarios se embarcaron en Valencia el día 30 de marzo, y llegaron a Argel el 20 de abril, para iniciar inmediatamente los trámites de las liberaciones. Pronto supieron que el griego apodado el Cojo, exigía 500 escudos de oro [20.000 €] por la libertad de Cervantes, quien pidió que se ocuparan primero de su hermano, por el que se pedía mucho menos y al cual había informado de su papel en el segundo plan de huída que ya tenía pensado.

Segundo intento.

Deseando hacer bien a muchos, dió orden como un hermano suyo que se llama Rodrigo de Cervantes, que deste Argel fué rescatado el mes de Agosto del mesmo año de los mesmos dineros dichos del dicho Miguel de Cervantes, de su rescate, pusiese en orden y enviase de la plaza de Valencia y de Mallorca y de Ibiza, una fragata armada para llevar en España los dichos cristianos; y para mejor efetuar esto se favoresció del favor de don Antonio de Toledo y de Francisco de Valencia, caballeros del hábito de San Juan, que entonces estaban en este Argel cautivos, los cuales le dieron cartas para los visorreyes de Valencia y Mallorca y Ibiza, encargándoles y suplicándoles favoresciesen el negocio.

Y así, esperando la dicha fragata, dió orden como catorce cristianos de los principales que entonces había en Argel cativos, se escondiesen en una cueva, la cual había él de antes procurado fuera de la ciudad, donde algunos de los dichos cristianos estuvieron escondidos en ella seis meses, y otros menos, y allí les proveyó y procuró proveer y que otras personas proveyesen de lo nescesario, teniendo el dicho Miguel de Cervantes el cuidado cuotidiano de enviarles toda la provisión, en lo cual corría grandísimo peligro de su vida y de ser enganchado y quemado vivo.

Parece necesario destacar aquí alguna de las múltiples cuestiones que suscita el anterior texto, firmado por fray Diego de Haedo. Entre ellas, el hecho de que algunos cautivos permanecieran encerrados durante varios meses, sin que sus amos los echaran de menos, a pesar de las terribles condiciones del encierro que sufrían. Por otra parte, la rapidez con que Rodrigo pudo armar la fragata, cuando no disponía de dinero para rescatar a su hermano, quien al mismo tiempo, sí disponía de medios para mantener a todos los escondidos. La forma en que lo hizo –dice Astrana-, Ningún historiador lo ha puesto en claro, ni el mismo Cervantes lo dijo, añadiendo, dentro de su infinita admiración hacia el héroe, aun en palabras de otro autor: Hay en esta parte de la vida de Miguel pasos que no dejaron huellas, como los de los seres sobrenaturales.

Ocho días antes de la fecha acordada, es decir, el 20 de Septiembre, Miguel fué a esconderse en la cueva, no sin antes despedirse del doctor Sosa –a quien muchos han creido autor de la citada Topografía e Historia General de Argel, en lugar de fray Diego de Haedo-.

Yo fuí –escribe este-, uno de los con que Miguel de Cervantes comunicó muchas veces y en mucho secreto el dicho negocio y que para el mismo fui muchas veces del convidado y exhortado, y no se hizo cosa en el tal negocio que particularmente no se me diese dello parte; y cierto que se debe mucho al dicho Miguel de Cervantes, porque lo trató con mucha cristiandad, prudencia y diligencia, y merece se le haga toda merced.

Aquella noche, pues, se reunió con sus catorce compañeros; la cueva era muy húmeda y obscura, de la cual todo el día no salían, por lo que, a pesar de hallarse enfermos algunos, se consolaban con la esperanza de salir con su intento.

Y así llegó la noche del día 28, pero no apareció la fragata, ni tampoco el hombre con el que Cervantes había acordado la entrega de provisiones para el viaje, apodado el Dorador. Más tarde supo el escritor, que: La dicha fragata vino conforme a la orden quel dicho Miguel de Cervantes había dado, y en el tiempo que había señalado; y habiendo llegado una noche al mismo puesto, por faltar el ánimo a los marineros y no querer saltar en tierra a dar aviso a los que estaban escondidos, no se efectuó la huída. Volvió otra vez y, al parecer, en aquella ocasión se perdió. porque viniendo a tierra, descubrió una barca de pescadores, la cual tuvieron por otra cosa de más peligro, y se retiró, donde no hubo efeto lo susodicho.

Yo mismo –escribiría el doctor Sosa, el otro supuesto autor de la Topografía-, hablé después y lo supe de marineros que con la misma fragata vinieron, que captivaron después, y me contaron por extenso como vinieron dos veces y la causa de su temor, y como por poco no se efectuó una cosa de tanta honra y servicio de Dios. …al mismo punto y momento que la fragata o bergantín ponía la proa en tierra, acertaron a pasar ciertos moros por allí, que, cuanto hacía obscuro, divisaron la barca, y los cristianos a ellos, y comenzaron luego los moros a dar voces y apellidar a otros, diciendo: ¡Cristianos! ¡Cristianos! ¡Barca! ¡Barca! Como los del bajel vieron y oyeron esto, por no ser descubiertos fueron forzados [a] hacerse luego a la mar y volver por aquella vez sin hacer algún efeto. Con todo, los cristianos que estaban en la cueva, aunque, pasados algunos días, veían que tardaba el bergantín, ni sabían que había llegado y se tornara.

Y añade finalmente Cervantes, refiriéndose ya al día 30: Estando así desta manera todos escondidos en la cueva, todavía con la esperanza de la fragata, un mal cristiano, que se llamaba el Dorador, natural de Melilla, que sabía del negocio, se fué al Rey -que entonces era Hazán-, y le dijo que se quería volver moro, y, por complacerle, le descubrió los que estaban en la cueva, diciéndole que el dicho Miguel de Cervantes era el autor de toda aquella huída y el que la había urdido, por lo cual el dicho Rey, el último de Setiembre del dicho año, envió muchos turcos y moros armados, a caballo y a pie, a prender al dicho Miguel de Cervantes y a sus compañeros. 

Cervantes dijo a sus compañeros que todos le echasen a él la culpa, prometiéndoles de condenarse él solo, y ansí, en tanto que los moros los maniataban..., dijo en voz alta, que los turcos y moros le oyeron: —Ninguno destos cristianos que aquí están tiene culpa en este negocio, porque yo solo he sido el autor dél y el que los ha inducido a que se huyesen, …y ansí se vido por expiriencia que a solo Miguel de Cervantes maniataron los turcos por mandado del Rey, y sobre él se cargaba toda la culpa; y sin duda él se escapó de una buena, porque pensamos todos le mandase matar el Rey.

En consecuencia, el Rey le mandó meter en su baño cargado de cadenas y hierros con intención todavía de castigarle. Y allí pasó cinco meses, es decir, desde octubre de 1577, hasta febrero de 1578 y decía Asán Bajá, Rey de Argel, que mientras tuviese guardado al estropeado español, tenía seguros sus cristianos, bajeles y aun a toda la ciudad. Es decir. “guardado”, pero sólo hasta cierto punto, ya que el mismo Cervantes asegura que, si bien se le puso una cadena, fue más como señal de cautivo, que por tenerlo sujeto y que durante aquellos meses trató con muchos caballeros con entera libertad, aunque después repite lo de las jamás vistas ni oídas crueldades que mi amo usaba con los cristianos. Cada día ahorcaba el suyo, empalaba a éste, desorejaba [a] aquél, y esto por tan poca ocasión, y tan sin ella, que los turcos conocían que lo hacía no más de por hacerlo y por ser natural condición suya ser homicida de todo el género humano. 

La sorprendente verdad es, que, a pesar de esta relación de crueldades jamás vistas ni oidas, ocurre que a Cervantes nunca le pasó absolutamente nada.

Sólo libró bien con él un soldado español llamado tal de Saavedra, al cual, con haber hecho cosas que quedarán en la memoria de aquellas gentes por muchos años, y todas por alcanzar libertad, jamás le dió palo, ni se lo mandó dar, ni le dijo mala palabra; y por la menor cosa de muchas que hizo temíamos todos que había de ser empalado y así lo temió él más de una vez; y si no fuera porque el tiempo no da lugar, yo dijera ahora algo de lo que este soldado hizo, que fuera parte para entreteneros y admiraros harto mejor que con el cuento de mi historia.

Recordemos que es a partir de entoces, cuando Cervantes empieza a llamarse y firmar Saavedra, que no es su apellido, ya que como se sabe, su madre es Cortinas. A pesar de la libertad que se usaba en este sentido, incluso entre la nobleza, no deja de sorprender este cambio en Cervantes, ni, si realmente se trata de él, por qué le llamarían así en el Baño.

Tercer intento

Libre o encadenado, Cervantes nunca dejó de tramar planes de fuga. El tercero consistiría en repetir el intento de llegar a Orán, recurriendo a apoyos de más confianza que la primera vez. 

Al cabo de cinco meses, el dicho Miguel de Cervantes, estando ansí encerrado, envió a un moro a Orán secretamente, con carta al marqués don Martín de Córdoba, [gobernador] general de Orán y de sus fuerzas, y a otras personas principales, sus amigos y conoscidos de Orán, para que le enviasen alguna espía o espías y personas de fiar que con el dicho moro viniesen a Argel y le llevasen a él y otros tres caballeros principales que el Rey en su baño tenía.... 

Pero sucedió que el moro, llevando las dichas cartas a Orán, y sospechando dél mal por las cartas que le hallaron, le prendieron y le trajeron a este Argel a Hazán Bajá, el cual, vistas las cartas y viendo la firma y nombre del dicho Miguel de Cervantes, a el moro mandó empalar, el cual murió con mucha constancia, sin manifestar cosa alguna, y al dicho Miguel de Cervantes mandó dar dos mil palos.

Dos mil palos,que, afortunadamente, no le dieron. ¿Por qué? En esta ocasión, disponemos de una explicación, que podría ser convincente… o no.

Alonso Aragonés dice en la Información, que se halló presente en Argel cuando empalaron al moro, y sabe asimismo que Hazán Bajá se indignó mucho contra Miguel de Cervantes, viendo que le quería llevar a sus caballeros; y así, le mandó dar dos mil palos y echallo de entre sus cristianos, y si no le dieron, fué porque hobo buenos terceros.

Diego Castellano declara también, que no le dieron los palos, porque hobo muchos que rogaron por él. 

Así pues, nuestro interés se centraría ahora en dilucidar quienes serían aquellos terceros tan influyentes. Propone Astrana a Morato Ráez Maltrapillo, un renegado español, de Murcia, gran amigo del Rey, y arráez de la ciudad, pero que deseando volver a España y a su antigua fe, había pedido firmas que le acreditaran, a los cautivos más principales de Argel, que guardaba en secreto para cuando fueran oportunas, aun arrisgándose a morir si se encontraban en su poder. De ello deduce Astrana, que fuera este Maltrapillo uno de aquellos buenos terceros, pues aun conservaba su puesto en Argel.

El carmelita fray Jerónimo Gracián, en su Tratado de la redempcion de cautivos, escribe; venían a mí muchos renegados, que les diera cartas para la Inquisición, testificando que se iban de su voluntad a tierra de cristianos (que por el temor della dejan muchos de venir). Dábales estas certificaciones, cosiéndolas dentro de unas bolsas que ellos traen con nóminas de Mahoma, con las cuales se huyeron a tierra de cristianos algunos; mas si cogieran los turcos algunas destas cédulas, al que toparan con ellas y a mí nos quemaran.

Finalmente, Hazan, tal vez confuso, o quizás fascinado por la personalidad de Cervantes, aunque no, seguramente, por temor a que, gracias a su ascendiente, el escritor le amotinara a los cautivos, le perdonó los palos y mandó encerrarlo en el baño, de nuevo bajo las órdenes de Dalí Mamí.

Y así, Cervantes se resignó a su mala suerte –que no lo sería tanto en este caso–, en la seguridad moral que le otorgaba un sano principio que aparece en el Persiles: los males que no tienen fuerza para acabar la vida, no la han de tener para acabar la paciencia. 

Curiosamente, cuando en su comedia El trato de Argel, Cervantes habla del cautivo Saavedra, no ofrece ninguna aclaración más acerca de este asunto. Recordemos, que fue a partir de entonces, cuando el autor asumió el Saavedra como segundo apellido; –como sabemos, el de su madre, era Cortinas–, pero a pesar de ello, el personaje homónimo no aporta ninguna explicación que ayude a clarificar los hechos que hemos descrito. Una vez más, el escritor, da la sensación de no querer acordarse, teniendo motivos sobrados para ello; seguramente, porque sabía que nunca sería bien comprendido.

Firmas de Cervantes, antes y después de adjudicarse el apellido Saavedra.

Se supone que a primeros de febrero de 1578 Rodrigo Cervantes llegaría a Madrid, llevando la famosa Epístola a Mateo Vázquez, supuestamente escrita por su hermano. 

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Desde el mes de noviembre del año anterior se había estado viendo un cometa que sembró el pánico en todo el orbe, y sólo ahora, desapareciendo igual que llegó, parecía que las inquietudes se calmaban también. 

Anotaciones hechas por Tycho Brahe en uno de sus cuadernos describiendo el Gran cometa de 1577.

El gran Cometa de 1577, visto en Praga el 12 de Noviembre. Grabado hecho por Jiri Daschitzky.

Pero la corte de Madrid, estaba aún muy revuelta, porque, lleno de sospechas el rey hacia don Juan de Austria, alguien planificaba el asesinato de Juan de Escobedo, el desdichado secretario de este último. Al mismo tiempo, Mateo Vázquez, ponía todo su empeño en la persecución de Antonio Pérez, cuyo puesto de confianza había heredado. En definitiva, de la Epístola famosa, no sabemos ni si llegó a su destinatario. De hecho, no figura en los archivos ni en ninguna otra parte, por lo que resulta evidente, que –si Cervantes la escribió–, no pasó a consulta, ni fué despachada, ni, por supuesto, tendría noticia de ella Felipe II.

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Finalmente, Rodrigo, después de siete años de ausencia, encontraría a su familia en situación parecída a la que tenían cuando se fue, sólo que todos serían algo mayores que entonces. No se sabe donde vivían, porque además, su padre figuraba entonces, como estante en esta corte, lo que evidentemente, no implica una residencia fija. Pero la verdadera diferencia reside en el hecho de que, pesar de los escritos de la madre, el padre estaba vivo para el día 17 de marzo de 1578, día en que acudió a escriturar una nueva petición relativa a Miguel.

A Miguel de Cervantes, mi hijo, que al presente está cautivo en Argel, y a mí, como su padre, conviene averiguar y probar como el dicho Miguel de Cervantes, mi hijo, ha servido a Su Majestad de diez años a esta parte, hasta que habrá dos años que le cautivaron en la galera del Sol, en que venía Carrillo de Quesada; y sirvió en todas las ocasiones que en el dicho tiempo se ofrecieron en Italia y en La Goleta y Túnez y en la batalla Naval, en la cual salió herido de dos arcabuzazos, y estropeada la mano izquierda, de la cual no se puede servir; en lo cual lo hizo como muy buen soldado, sirviendo a Su Majestad.

Pedía en resumen que se certificaran mediante las declaraciones de cuatro testigos, ciertas cuestiones básicas; legitimidad, comportamiento como soldado y heridas de guerra, cautiverio, y, ¿cómo no?, hidalguía y pobreza de su hijo Miguel.

Los testigos propuestos eran: los alféreces Mateo de Santisteban y Gabriel de Castañeda; el sargento Antonio Godínez de Monsalve, y el caballero don Beltrán del Salto y Castilla, todos ellos cautivos liberados.

Pero, desgraciadamente, tanto la Epístola como la Información, resultaron inútiles, porque, además de lo ya dicho, en la corte se esperaba con ansia el nacimiento de un heredero que, finalmente se produjo el día 14 de abril de 1578.
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Decidió entonces la familia de Cervantes -los padres y sus hermanas Magdalena y Andrea-, intentar un útltimo esfuerzo.


Ducado

En la villa de Madrid, a nueve días del mes de Junio de mill e quinientos e setenta e ocho años, parescieron presentes Rodrigo de Çervantes e doña Leonor de Cortinas, su muger, e doña Magdalena de Pimentel de Sotomayor, su hija, estantes en esta corte, e dixeron que por quanto Miguel de Çervantes, hijo de los dichos Rodrigo de Çervantes e doña Leonor de Cortinas, y hermano de la dicha doña Magdalena, está cabtivo en Argel, y Hernando de Torres, mercader, vecino de la ciudad de Valencia, se ha encargado de le rescatar al dicho Miguel de Çervantes, y para el dicho efeto doña Andrea de Çervantes, hermana del dicho cabtivo, se ha obligado a le pagar doscientos ducados por razón del dicho rescate, y demás desto han dado y entregado al muy reverendo padre Fray Gerónimo de Villalobos, comendador del número de nuestra señora de la Merced desta villa, mill e setenta e siete reales para que los envíe al dicho Hernando de Torres juntamente con la dicha obligación de la dicha doña Andrea, — Por ende, dixeron que se obligaban e obligaron por sus personas e bienes muebles e rayces habidos e por haber, que todo lo demás que costare el rescate del dicho Miguel de Çervantes, de los dichos tres mill e doscientos e setenta e siete reales que tienen entregados [sería hoy más de 11.000 €] en la dicha obligación e dineros al dicho Hernando de Torres, lo darán e pagarán al dicho Hernando de Torres..., so pena del doblo e costas, e para ello obligaron las dichas sus personas e bienes.... 
Firma de doña Andrea de Cervantes.—En Madrid, a 14 de Agosto de 1587.

A pesar del esfuerzo familiar, el proyecto no llegó a realizarse, no sabemos si porque los fondos aportados no eran suficientes, o quizás porque Hernando de Torres no se decidió a emprender aquel viaje. 

Real

Una vez más concibió Leonor Cortinas un nuevo proyecto –en el hecho de no darse por vencida, hace pensar en una gran similitud de carácter entre madre e hijo-, consistente en solicitar un permiso para llevar mercaderías a Argel, por valor de 8000 ducados exentos de carga fiscal, en base a los srviciosprestados por Miguel. Cuando se le pidió certificación de dichos servicios, doña Leonor contestó que su hijo había sido capturado con ellos, pero aún así, solicito un nuevo certificado firmado por el duque de Sessa.

El duque de Sessa.—Por haberme pedido por parte y en nombre de miguel de cerbantes, que para que a su Magestad le conste de la manera que le a seruido, le conviene que yo le dé fee dello, por la presente certifico y declaro: que ha que le conozco de algunos años a esta parte en servicio de Su Magestad, y por informaciones que dello tengo, sé y me consta que se halló en la batalla y rota de la Armada del Turco, en la qual, peleando como buen soldado, perdió una mano, y después le vi servir en las demás jornadas que hubo en Levante, hasta tanto que por hallarse estropeado en servicio de Su Magestad, pidió licencia al Señor Don Juan para venirse en Spaña a pedir se le hiziese merced; y yo entonces le di carta de recomendación para Su Magestad y Ministros; y habiéndose embarcado en la Galera Sol fué preso de turcos y llevado a argel, donde al presente está esclavo, habiendo peleado antes que le captivasen, muy bien, y complido con lo que debía, de manera que assí por haber captiuado en seruicio de Su Magestad, como por hauer perdido una mano en el dicho seruicio, meresce que Su Magestad le haga toda merced y ayuda para su rescate; y porque las fees, cartas y recaudos que traía de sus seruicios los perdió todos el día que le hizieron esclavo, para que conste dello, di la presente, firmada de mi mano y sellada con el sello de mis armas y refrendada del Secretario infrascripto. Dada en Madrid a 25 de Julio de 1578.—El Duque y Conde.

Este documento logró su objetivo, aunque sólo en parte, ya que el Consejo concedió permiso para exportar por valor de 2000 ducados y no de 8000 como solicitaba Leonor de Cortinas, con el exclusivo objeto de liberar a Cervantes. Evidentemente su madre no iba a llevar a cabo este proyecto personalmente, pero aquellas concesiones se podían vender a otros y era una forma más de obtener un ingreso. Se le podría hacer merced de darle licencia para llevar a Argel hasta 2.000 ducados de dichas mercaderías para el rescate del dicho Miguel de Cervantes. Al margen del documento, aparece una sencilla anotación, al parecer de mano de Mateo Vázquez, con la decisión real: Está bien. 

Pero no encontró un comprador y, para más enrevesar la situación, con fecha de 28 de febrero de 1579, recibía una notificación del Consejo de Cruzada, por la que se le reclamaba la devolución de los 60 ducados que en diciembre de 1576, se le habían entregado para el rescate desus hijos, puesto que no había acreditado todavía la liberación de Rodrigo, ni el hecho de que Miguel seguía en el cautiverio. Por aquella resolución se daba la orden de embargarle bienes personales por el valor del dinero anticipado, de modo que lo más deprisa que pudo –el 16 de marzo-, y, haciéndose pasar de nuevo por viuda, presentó la documentación relativa a Rodrigo y solicitó una prórroga en la devolución de los 30 ducados restantes, para poder rescatar a Miguel.

Por entonces se supo que los frailes Trinitatios volvían a Argel, por lo que Leonor presentó una nueva solicitud al Consejo de Cruzada, una semana después que la anterior: 
   
…los treinta escudos de oro que se me dieron para ayuda al rescate de Miguel de Cervantes, mi hijo, captivo en Argel cuatro años ha: pido y suplico a V. S. mande hacer según que por mí está pedido y suplicado, y que no se me niegue el término de ocho meses, para que con los dichos treinta ducados y otra mayor suma de quinientos ducados de oro se pueda rescatar; porque si hasta agora no ha habido efecto el dicho rescate, ha sido por ser el precio excesivo y ser yo pobre y no poderse allegar el dicho dinero hasta agora que la Trinidad envía a rescatar captivos y ha de llevar este rescate, y no es justo que habiéndose hecho esta limosna y por causa tan pía, se me niegue agora que con esta diligencia se ha de rescatar con brevedad, pues yo tengo dadas fianzas; y el dicho mi hijo ha servido a Su Magestad diez años, y en su servicio está manco de una mano y la perdió en la batalla Naval, como consta a V. S. por las informaciones que tengo dadas y están en poder del secretario Joanes; y si V. S. no me hace esta limosna será causa para que el dicho mi hijo no se rescate, porque ninguna posibilidad tengo, por haber vendido cuantos bienes tengo para rescatar a Rodrigo de Cervantes, mi hijo, que juntamente fué captivo con el dicho Miguel de Cervantes, en lo cual V. S. hará servicio a Dios y a mí limosna, y pido justicia.

   El Consejo decretó: que se le aguarde por cuatro meses y por ellos se suspenda la ejecución. 
   
   Pasados ya los cuatro meses de plazo, el 31 de Julio, los trinitarios fray Juan Gil, y fray Antón de la Bella, daban recibo a Leonor de Cortinas, viuda, mujer que fué de Rodrigo de Cervantes, difunto que sea en gloria, de 250 ducados en reales de a ocho e de a cuatro e de a dos y escudos, para ayuda del rescate de su hijo Miguel de Cervantes, de treinta y tres años, manco de la mano izquierda, barbi rubio, con los cuales y otros cincuenta ducados que les entrega para ayuda al dicho rescate doña Andrea de Cervantes y con la limosna de la redención, sacarán de captiverio al dicho Miguel de Cervantes, si fuere vivo y en caso contrario devolverán el dinero. 

Por cédula de Felipe II, fechada en El Escorial a 31 de Agosto, se mandaba entregar a fray Juan Gil los 190.000 maravedís, que gastaría y distribuiría en rescatar captivos cristianos naturales destos reinos y que fueran captivos en servicio de Su Majestad, a pesar de lo cual, la oren no se ejecutó de inmediato; hasta el día 11 de enero de 1580, los trinitarios no viajaron a Andújar.

Cervantes esperaba, y, al parecer empleó el tiempo en escribir buena parte de La Galatea, y en organizar un cuarto intento de fuga, mientras su amo, Dalí Mamí se hallaba navegando en corso desde Marzo de 1579, y no se le esperaba hasta mediados de Junio de 1580.

Cuando en el extremo de los trabajos no sucede el de la muerte, que es el último de todos, ha de seguirse la mudanza, no de mal a mal, sino de mal a bien, y de bien a más bien. 

Persiles.






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