jueves, 29 de octubre de 2015

Luis Cernuda evoca a Luis de Góngora


Luis de Góngora y Argote Córdoba,11.7.1561-23.5.1627
Velázquez. Fine Arts. Boston

Luis Cernuda. Sevilla, 21.11.1902–México, D.F., 5.11.1963

GÓNGORA

El andaluz envejecido que tiene gran razón para su orgullo,
El poeta cuya palabra lúcida es como diamante,
Harto de fatigar sus esperanzas por la corte,
Harto de su pobreza noble que le obliga
A no salir de casa cuando el día, sino al atardecer, ya que las sombras [5]
Más generosas que los hombres, disimulan
En la común tiniebla parda de las calles
La bayeta caduca de su coche y el tafetán delgado de su traje;
Harto de pretender favores de magnates,
Su altivez humillada por el ruego insistente, [10]
Harto de los años tan largos malgastados
En perseguir fortuna lejos de Córdoba la llana y de su muro excelso,
Vuelve al rincón nativo para morir tranquilo y silencioso.

Ya restituye el alma a soledad sin esperar de nadie
Si no es de su conciencia, y menos todavía [15]
De aquel sol invernal de la grandeza
Que no atempera el frío del desdichado,
Y aprende a desearles buen viaje
A príncipes, virreyes, duques altisonantes,
Vulgo luciente no menos estúpido que el otro; [20]
Ya se resigna a ver pasar la vida tal sueño inconsistente
Que el alba desvanece, a amar el rincón solo
Adonde conllevar paciente su pobreza,
Olvidando que tantos menos dignos que él, como la bestia ávida
Toman hasta saciarse la parte mejor de toda cosa, [25]
Dejándole la amarga, el desecho del paria.

Pero en la poesía encontró siempre, no tan solo hermosura, sino ánimo,
La fuerza del vivir más libre y más soberbio,
Como un neblí que deja el puño duro para buscar las nubes
Traslúcidas de oro allá en el cielo alto. [30]
Ahora al reducto último de su casa y su huerto le alcanzan todavía
Las piedras de los otros, salpicaduras tristes
Del aguachirle caro para las gentes
Que forman el común y como público son árbitro de gloria.
Ni aun esto Dios le perdonó en la hora de su muerte. [35]

Decretado es al fin que Góngora jamás fuera poeta,
Que amó lo oscuro y vanidad tan solo le dictó sus versos.
Menéndez y Pelayo, el montañés henchido por sus dogmas,
No gustó de él y le condena con fallo inapelable.

Viva pues Góngora, puesto que así los otros [40]
Con desdén le ignoraron, menosprecio
Tras del cual aparece su palabra encendida
Como estrella perdida en lo hondo de la noche,
Como metal insomne en las entrañas de la tierra.
Ventaja grande es que esté ya muerto [45]
Y que de muerto cumpla los tres siglos, que así pueden
Los descendientes mismos de quienes le insultaban
Inclinarse a su nombre, dar premio al erudito,
Sucesor del gusano, royendo su memoria.
Mas él no transigió en la vida ni en la muerte [50]
Y a salvo puso su alma irreductible.
Como demonio arisco que ríe entre negruras.
Y a salvo puso su alma irreductible.
Como demonio arisco que ríe entre negruras.

Gracias demos a Dios por la paz de Góngora vencido;
Gracias demos a Dios por la paz de Góngora exaltado;
Gracias demos a Dios, que supo devolverle [como hará con nosotros], [55]
Nulo al fin, ya tranquilo, entre su nada.

• • •

Cernuda evoca a un Góngora prematuramente envejecido, pero orgulloso y de palabra lúcida, que, pobre y harto de pedir mercedes, sólo sale por la noche para ocultar su miseria, y que finalmente decide volver a Córdoba para terminar allí su vida. Ya no espera nada, ni de la corte ni del vulgo -no menos estúpido-, ya que ambos glorifican a otros menos dignos que él, quien, a pesar de todo, mantiene la altura de su poesía.

Menéndez Pelayo ha decretado que Góngora no será poeta, pero tras él se impone su palabra, luminosa como una estrella. Han pasado los siglos y los descendientes de los que le insultaron se inclinan ante su nombre; ahora, porque en vida –gracias que ya está muerto–, no transigió jamás y con ello puso a salvo su alma.

Gracias a Dios por la paz del poeta, si vencido, exaltado, porque lo ha devuelto –como hará con nosotros–, termina diciendo Cernuda. Y en este paréntesis de su penúltimo verso, están quizá encerrados todos los sentimientos que en su propia vida despierta la resurrección de Góngora, a pesar de la ignorancia y el olvido.

Hay que dar la razón a Cernuda, pero sólo parcialmente, ya que su vida y la de Góngora, comparables en ciertos aspectos, no lo son en todo. Góngora sufrió el desarraigo y el rechazo de algunos autores, pero tuvo también la admiración de otros, entre ellos grandes músicos y no menos grandes poetas, algunos de los cuales se convirtieron en sus seguidores incondicionales. Otra cosa es la popularidad, y no parece que Góngora la buscara, porque de ser así, habría escrito de otra manera. Como decía Lope de Vega, él mismo podría escribir obras más elevadas, pero no lo hacía porque escribía por dinero, según declaración propia. Del mismo modo, Quevedo ofreció risas, trampas, peleas, engaños, fanfarronadas, etc., mientras que Góngora sólo creó orfebrería. 

Quevedo, no sólo descendió a lo escatológico, sino que levantó el estandarte de la carcajada y, personalmente, practicó el espionaje, odió a franceses y venecianos y no quiso a Santa Teresa por patrona, donde estuviera Santiago con su espada (la de Quevedo), como estaba mandado. Pero es que al mismo tiempo, él vivía del sistema y, por confesión propia sabemos cómo, haciéndose cómplice del duque de Osuna en sus exacciones italianas, se dedicó a sobornar a la corte entera, empezando por el insigne confesor real, Aliaga; El Padre Confesor está finísimo. Quevedo practicó todo esto y después lo contó como una bravuconada: “Ándase tras mi media corte, que aquí los más hombres se han vuelto putas”, desde que saben que vengo con dinero. Se trataba de comprar el cargo de Virrey para Osuna.

Desde su personal exilio, Cernuda comprende lo que posiblemente sufrió Góngora, tan vituperado por Quevedo, como hemos señalado repetidamente, no por cuestiones literarias, sino por diferencias de criterio; en el sentido de la época, en el que el término “criterio” abarcaría toda una forma de vida, de pensamiento; unos cánones, cuya alteración llevó a Góngora al rechazo, al insulto y a la ruina, si bien él mismo contribuyó a esta última, pero el hecho es que, a pesar de la necesidad, nunca cambió su forma de escribir; jamás transigió con su poesía.

Cernuda ve a un Góngora vituperado por el popular Quevedo –no es creíble que todo el mundo compartiera sus opiniones–, evidentemente, hay que repetirlo, no basadas en cuestiones literarias, que apenas se tocan. Por ejemplo, en lugar de “Cultista”, que sería el equivalente opuesto de “Conceptista”, Quevedo se adhiere a la expresión “Culterano”, ¿por qué? Porque el término tiene más similitud con “Luterano”, con el que fácilmente se deja caer el horror y el rechazo entre los lectores–oyentes: ¡Cuidado! no vaya a ser que nos esté colando herejías entre su rebuscado verbo, y las herejías son malignas, incluso por simple proximidad. Recordemos que cuando Felipe II mandó a Isabel de Valois a visitar a su madre, Catalina de Médicis, le dijo a uno de sus emisarios, que no permitiera que ningún hereje se aproximara a un metro de su esposa.

Nosotros, decía Quevedo, no hablamos de “rosas y vergeles”, hablamos de “berzas y repollos”, y con ello ofrece carnaza a un público con el que él mismo, como “Señor” que era, ni siquiera se rozaba.

En todo caso, no hay que olvidar que Góngora ya tenía un nombre cuando llegó Quevedo con sus provocaciones –insisto, no de carácter literario–: “judío”, que no comes tocino. Podríamos preguntarnos si se habría comportado así Quevedo con un Villamediana, igual o mejor espadachín que él; Góngora no era ni espadachín, ni bebedor ni peleón callejero.

Quieres poner los dedos en mi bolsa, antes que ponerlos en tu lira–, dice Quevedo.

Con cuidado especial vuestros antojos
dicen que quieren traducir al griego,
no habiéndolo mirado vuestros ojos. 

Y además eres un gran bebedor; ¡Quebebo!-, responde don Luis.
–Y tú eres homosexual, que “un bujarrón te conociera”, y, además, judío–, ataca Quevedo, cada vez más hundido en el tópico; haciendo evidente que no dispone de reproches más apropiados, ni mucho menos, literarios–. Además eres un hombre pegado a una nariz y he usado los pliegos de tus versos para mis “mojones”. (Elegante).
–Préstale tus ojos –ésos que no han visto el griego–, a mi ojo ciego, y después entenderás mis gregüescos. (A la altura).
–¡Vamos!, dame una rima consonante para “polvo”.
–No la tengo –responde Góngora–, pero: “Ego te absolvo”.

Es evidente que si Góngora se lo hubiera propuesto, podría haber sido tan “conceptista” como Quevedo; ¿Sería posible para Quevedo escribir tan "culterano" como Góngora, para quien, de acuerdo con otra perla de su oponente, “los pedos son sirenas”?

Salcedo Coronel –Obras de Don Luis de Góngora, 1645–, calla el nombre de Quevedo a quien evidentemente, se refiere así: Burla en este soneto don Luis de uno de los más ilustres ingenios que tiene España, así en la profesión de la poesía, como en otros estudios, en que es al juicio de propios y extraños eruditísimo, pero nada amigo de nuestro poeta, y así pudo más en don Luis el enojo que el conocimiento, si bien presumo que ninguno le conocía tan bien.

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Sin embargo, el infortunio que, en ciertos aspectos comparte Cernuda, no implica que Góngora no tuviera admiradores o seguidores, que los tuvo y, además muy notables. Los compositores, Diego Gómez, Gabriel Díaz y Claudio de la Sablonara, le pidieron licencia para poner música a algunos de sus poemas.

Claudio de la Sablonara: Colección de Canciones, Romances, Seguidillas castellanas, puestas en  música a dos, tres y a cuatro por los maestres Miguel de Arizo, Juan Blas, Capitán, Gabriel Díaz, Diego Gómez, Manuel Machado, Palomares, Pujol, Alvaro de los Ríos, Juan de Torres, dedicada a Don Wolfango Guillelmo Conde Palatino y Duque de Neuburg. 1600–1653. BSB Cod. hisp. 2, Textus cum notis musicis, Madrid, zwischen 1624 und 1633 [BSB–Hss Cod. hisp. 2] (De la Biblioteca de Antonio Paz y Meliá).


El Cancionero de Múnich, es un manuscrito musical compilado en España, de enorme valor histórico y artístico, que contiene canciones polifónicas españolas y portuguesas de principios del siglo XVII. Sablonara fue músico y copista principal de la Capilla Real española. Su recopilación fue hecha para Wolfgang Wilhelm, Conde de Neuburg y Duque de Baviera, a quien se le ofreció durante su estancia en la corte de Felipe IV en Madrid, entre los años 1624-25. Contiene 75 canciones o tonos, todas polifónicas, 32 para cuatro voces, 31 para tres y 12 para dos voces.
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En el mundo estrictamente literario, si Góngora tuvo pocos admiradores, los tuvo exquisitos:

Anthony Van Dyck. 1624 Pinakothek, Múnich

Juan de Jáuregui –posible retratado arriba– era contrario a Góngora en un principio, pero después se pasó a sus filas.

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Tras la soledad que dejó a sus espaldas en la corte, probablemente, sin la labor renovadora de los poetas que compusieron la llamada Generación del 27, no habríamos podido conocer a Góngora tal como lo apreciamos hoy. Se trata de una larga nómina de escritores, esencialmente poetas, entre los cuales, se encuentra Luis Cernuda, quien, justo es decirlo, parece más centrado en la circunstancia vital de poeta del Siglo de Oro, que por su obra propiamente dicha, del mismo modo que afrontó el superrealismo: El superrealismo no fue sólo, según creo, una moda literaria, sino además algo muy distinto: una corriente espiritual de la juventud de una época, ante la cual yo no pude, ni quise, permanecer indiferente. Y añadió Octavio Paz: Cernuda fue el primero, y casi el único, que comprendió e hizo suya la verdadera significación del surrealismo como movimiento de liberación –no del verso sino de la conciencia–: el último gran sacudimiento espiritual de Occidente.

Luis Cernuda se aproximó a Góngora adhiriéndose al homenaje que los poetas de su generación rindieron al poeta en 1927; quienes admiraban en él, como afirmó Quirarte, la solidez de las imágenes, la búsqueda de un lenguaje absolutamente poético –sin que esto signifique ‘pureza’–, su capacidad para plasmar en la metáfora hasta las realidades más nimias del mundo circundante.

También hay que decir que muchos de los componentes de este grupo, heterogéneo por excelencia, pronto abandonaron el mundo de Góngora. Cernuda, por su parte, se alejó de ellos, como muestra su obra Donde habite el olvido, adhiriéndose a la trayectoria de la poesía inglesa romántica desde su exilio americano, pero sin abandonar nunca del todo a Góngora, quien vuelve a su pensamiento con cierta regularidad. El poema dedicado a su persona, que es la base de este trabajo, apareció en Como quien espera el alba, un poemario escrito entre 1941–44, cuando Cernuda vivía en Glasgow, casi catorce años después del homenaje de los poetas del 27, la mayor parte de los cuales ya estaban lejos de Góngora y de Cernuda. No así él mismo quien escribió por entonces: Góngora hace de la lengua escrita algo tan espléndido y deslumbrante como una joya. Si bien para entonces, ya no se encuentra tan próximo a la obra, como a la persona, a quien además, pone por testigo de los errores en que puede incurrir, no sólo la crítica, sino los mismos poetas.

Pero los españoles no quieren nada con la tradición. Y si a veces parece que son fieles a ella no es sino para mejor anonadarla luego, para mejor destrozar y pisotear cuanto ella representa. Aquí aludo a esas fuerzas sempiternas de incomprensión y barbarie que tantos españoles pretenden siempre apoyar en la tradición.

Tras el recordatorio del 27, la obra de Góngora volvió al olvido: el poeta era ya tradición gloriosa, pero otra vez se le pone en duda y se le regatea no ésta o la otra cualidad de escasa importancia, sino nada menos que la esencia misma de su gloria: su condición de poeta.

En consecuencia, el poeta del siglo XX trata de “aguachirle” a sus detractores, emulando a Góngora, que había empleado el término dedicándolo a sus feroces críticos y a Lope de Vega en particular: Patos de la aguachirle castellana.

Ciertamente, Góngora sostuvo un combate verbal también con Lope de Vega, mucho menos popular que el que tuvo con Quevedo, pero no por ello menos interesante. Escribió Góngora, al leer La Dragontea, que Lope se dejaba llevar por ciertos desbordamientos verbales:

                  Señor, aquel Dragón de inglés veneno,
                  criado entre las flores de la Vega
                  más fértil que el dorado Tajo riega,
                  vino a mis manos: púselo en mi seno.
                  Para ruido de tan grande trueno
                  es relámpago chico: no me ciega.
                  Soberbias velas alza: mal navega.
                  Potro es gallardo, pero va sin freno.
                  La musa castellana bien la emplea
                  en tiernos, dulces, músicos papeles,
                  como en pañales niña que gorjea.
                  ¡Oh planeta gentil, del mundo Apeles,
                  rompe mis ocios, porque el mundo vea
                  que el Betis sabe usar de tus pinceles!

Y Lope respondió:

         Conjúrote, demonio culterano,
         que salgas deste mozo miserable
         que apenas sabe hablar, ¡caso notable!,
         y ya presume de Anfïón tebano.
         Por la lira de Apolo soberano
         te conjuro, cultero inexorable,
         que le des libertad para que hable
         en su nativo idioma castellano.
         -¿Por qué me torques bárbara tan mente?
         ¿Qué cultiborra y brindalín tabaco
         caractiquizan toda intonsa frente?
         -Habla cristiano, perro. -Soy polaco.
         -Tenedle, que se va. -No me ates, tente,
         suéltame. -Aquí de Apolo. -Aquí de Baco.

–Góngora:

                  Dicen que ha hecho Lopico
                  contra mi versos adversos;
                  mas si yo vuelvo mi pico,
                  con el pico de mis versos
                  a este Lopico lo-pico.

–Lope:

         ¡Oh palabra de Dios, cuánta ventaja
         Hicieron con sus puras elocuencias
         Herreras, Delgadillos y Florencias
         a la cultura que tu nombre ultraja!
         Ya no eres fuego que del cielo baja,
         Mas hielo a nuestras almas y conciencias,
         Después que metafóricas violencias
         Te venden como nieve envuelta en paja.
         ¿Quién dijera que Góngora y Elías
         Al púlpito subieran como hermanos
         Y predicaran bárbaras poesías?
         ¡Dejad, oh padres, los conceptos vanos!
         Que Dios no ha menester filaterías,
         Sino celo en la voz, fuego en las manos.

Y Góngora vuelve:

                  Patos de la aguachirle castellana,
                  que de su rudo origen fácil riega,
                  y tal vez dulce inunda nuestra Vega,
                  con razón Vega por lo siempre llana:
                  pisad graznando la corriente cana
                  del antiguo idïoma y, turba lega,
                  las ondas acusad, cuantas os niega
                  ático estilo, erudición romana.
                  Los cisnes venerad cultos, no aquellos
                  que escuchan su canoro fin los ríos;
                  aquellos sí, que de su docta espuma
                  vistió Aganipe. ¿Huís? ¿No queréis vellos,
                  palustres aves? Vuestra vulgar pluma
                  no borre, no, más charcos. ¡Zabullíos!

Lope replica:

         Pululando de culto, Claudio amigo,
         minotaurista soy desde mañana;
         derelinquo la frasi castellana,
         vayan las Solitúdines conmigo.

         Por precursora, desde hoy más me obligo
         al aurora llamar Bautista o Juana,
         chamelote la mar, la ronca rana
         mosca del agua, y sarna de oro al trigo.

         Mal afecto de mí, con tedio y murrio,
         cáligas diré ya, que no griguiescos
         como en el tiempo del pastor Bandurrio.

         Estos versos, ¿son turcos o tudescos?
         Tú, Letor Garibay, si eres bamburrio,
         apláudelos, que son cultidiablescos.

Y, finalmente, Lope parece ceder; no es Góngora el malo, sino sus seguidores:

         Claro cisne del Betis que, sonoro
         y grave, ennobleciste el instrumento
         más dulce, que ilustró músico acento,
         bañando en ámbar puro el arco de oro,

         a ti lira, a ti el castalio coro
         debe su honor, su fama y su ornamento,
         único al siglo y a la envidia exento,
         vencida, si no muda, en tu decoro.

         Los que por tu defensa escriben sumas,
         propias ostentaciones solicitan,
         dando a tu inmenso mar viles espumas.

         Los ícaros defienda, que te imitan,
         que como acercan a tu sol las plumas
         de tu divina luz se precipitan.

Y se lamenta, al conocer su muerte:

                  Despierta, oh Betis, la dormida plata,
                  y coronado de ciprés, inunda
                  la docta patria, en Sénecas fecunda,
                  todo el cristal en lágrimas desata.

                  Repite soledades, y dilata,
                  por campos de dolor, vena profunda,
                  única luz, que no dejó segunda;
                  al polifemo ingenio Atropos mata.

                  Góngora ya la parte restituye
                  mortal al tiempo, ya la culta lira
                  en cláusula final la voz incluye.

                  Ya muere y vive; que esta sacra pira
                  tan inmortal honor le constituye,
                  que nace fénix donde cisne expira.

La identificación de Cernuda con Góngora frente a enemigos–rivales–oponentes, se revela y se extrema en los siguientes versos:

Pero en la poesía encontró siempre, no tan solo hermosura, sino ánimo,
La fuerza del vivir más libre y más soberbio.

Para él la tradición es: hermosa palabra, vasta iluminación, y obra divina, a pesar de lo cual, en su actualidad, ha perdido vigencia y valor para la crítica y otros poetas, algo que nunca será óbice para que el verdadero poeta afronte con su obra un mundo hostil sin causa justa. El prejuicio forma parte de la tradición y el poeta no tiene más salida que emprender el camino del exilio abrigado por su propia estima.

Así lo entiende Derek Harris, en La poesía de Luis Cernuda, de 1992:

Góngora se retira del mundo para mantener la fe en sí mismo y para cumplirse en la poesía de una manera que le es negada en el mundo. Este retiro al jardín escondido es por lo tanto una acción positiva, no una evasión sino una autoafirmación, aunque ésta se efectúe de un modo esencialmente vicario. Cernuda también, en su soledad, preserva celosamente su integridad y utiliza la poesía como un medio para llegar a una existencia libre. La poesía, para él, como para su Góngora, es una salvación pero una salvación hallada dentro de sí mismo.

Cernuda termina un fervoroso comentario sobre Góngora lanzando una pregunta quasi retórica: ¿Quién escribe hoy que no sea besando las huellas de Góngora, o quién ha escrito verso en España, después que esta antorcha se encendió, que no haya sido mirando su luz? 

Se diría que Cernuda, una vez metido en la piel del injusto rechazo, intenta reconstruir la figura de un Góngora genial e imprescindible, que en su tiempo, otros autores rechazaron públicamente, precisamente, porque reconocían su enorme valor y su inmensa capacidad poética, ya que de otro modo, no habrían afilado tanto sus cuchillos. 

A pesar de ello, en el poema A un poeta futuro, también incluido en Como quien espera el alba, parece afirmar Cernuda el colofón de sus principios:

      No conozco a los hombres. Años llevo
      De buscarles y huirles, sin remedio.
      ¿No les comprendo? ¿O acaso les comprendo
      Demasiado? …

      Muertos en la leyenda les comprendo
      Mejor. Y regreso de ellos a los vivos,
      Fortalecido, amigo, solitario,..

      No me cuido de ser desconocido
      En medio de estos cuerpos casi contemporáneos,

      Sólo quiero mi brazo sobre otro brazo amigo
      Que otros ojos compartan lo que miran los míos…

      Ahora, cuando me catalogan ya los hombres
      Bajo sus clasificaciones y sus fechas,
      Disgusto a unos por frío y a los otros por raro.

      Yo no podré decirte cuánto llevo luchando
      Para que mi palabra no se muera
      Silenciosa conmigo, y vaya como un eco
      A ti, como tormenta que ha pasado.

      Tú no conocerás cómo domo mi miedo
      Para hacer de mi voz mi valentía
      Dando al olvido inútiles desastres.

      Cuando en días venideros, libre el hombre
      del mundo primitivo a que hemos vuelto
                                                    lleve el destino
      Tu mano hacia el volumen donde yazcan
      Olvidados mis versos, y los abras,
      Yo sé que sentirás mi voz llegarte,

                                  Escúchame y comprende.
      En sus limbos mi alma quizá recuerde algo,
      Y entonces en ti mismo mis sueños y deseos
      Tendrán razón al fin, y habré vivido. 

Tal fue el deseo del poeta que abrió el libro de Góngora y espera que nosotros abramos el suyo.

Y la imagen que sigue es, precisamente, ese Libro de Góngora, en el invaluable Manuscrito Chacón, que se hizo para el Conde Duque de Olivares. Nunca sabremos si el Valido escuchó y comprendió al nunca bien escuchado y comprendido Luis de Góngora y Argote.


El manuscrito, sólo conocido en tiempos recientes, se conserva en la Biblioteca Nacional, en Madrid. Es obra de Antonio Chacón y Ponce de León, que se propuso reunir, aunque no completa, la mayor parte de la obra de Góngora, quien a su vez ayudó al recopilador, aportando fechas y detalles de infinito valor para su comprensión. Comenzado el trabajo en 1621, no concluyó hasta 1628, apareciendo en tres volúmenes que podríamos calificar de joya única, tanto por contener la obra del insigne Góngora, como por su propia elaboración y presentación, de carácter sumamente original.

• • •

Media hora antes de la oración, el día 23 de mayo de 1627, a los 65 años, moría en Córdoba, el racionero don Luis de Góngora y Argote. Había perdido la memoria y seguramente era muy pobre, habiendo sido admirado y denostado por encima de las medidas habituales.

Afortunadamente, Velázquez lo había retratado, casi por casualidad, durante una visita a Madrid, del pintor, en 1622. En 1626 Góngora había sufrido una apoplejía, pero mejoró momentáneamente y pudo volver a Córdoba, donde murió el año siguiente.

Fue enterrado en la capilla de San Bartolomé de la Catedral de su ciudad, donde sus restos permanecen hasta la fecha.

Góngora no llegó a ver editada su obra, que se había difundido sólo en copias a mano, pero el mismo año de su muerte aparecieron buenas recopilaciones de su poesía, entre las que destaca notablemente el citado Manuscrito Chacón

En 1927, con ocasión de su tercer centenario y gracias al homenaje promovido por José María Romero Martínez, los poetas del 27 recuperaron su memoria. 


336 años después, tras publicar en México Desolación de la Quimera, Cernuda impartió un curso en Los Ángeles y el 5 de noviembre de 1963 falleció en la Ciudad de México, donde poco después sería enterrado en la sección española del Panteón Jardín.
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