lunes, 24 de octubre de 2016

HISTORIA DE ROMA I – La Fundación de la Ciudad



Antes de la fundación de Roma, durante los siglos X al VII aC. es probable que el centro de Italia estuviera poblado por osco-umbros y latinos y el Latium Vetus, o Lacio, por etruscos, volscos, sabinos, ecuos, rútulos y ausonios, procedentes de Toscana, Marcas y Liguria.

Los latinos, en principio, permanecieron en los montes Albanos, al sudeste del monte Capitolino o Campidoglio, pero después bajaron hacia el valle, donde había mejores tierras y el río constituía una frontera natural, mientras que los montes servían de barrera defensiva. Además, desde la isla Tiberina, dominaban un importante cruce de caminos.


En principio el centro urbano fue el monte Quirinal, pero después pasó al Palatino, para extenderse paulatinamente por los montes Aventino, Capitolino, Quirinal y Viminal, y algunos que tomaron el nombre de sus propios bosques; el monte Celio fue llamado Querquetulanus, por sus robles –quercus-; el Fagutal, o Fagutalis, por sus hayas –fagus-, y el de Viminal –Viminalis-, procedería del mimbre –vimen- de sus sauces. 

El Germalus, al norte del Palatinum, fue, en el siglo IX a. C. un poblado rodeado de una cerca, y es posible que fuera justamente, el territorio sobre el que se fundó la ciudad de Roma. Era conocido como pomerium y encerraba la llamada Roma Quadrata, que se extendió hasta el Capitolino y la isla Tiberina cuando Roma se convirtió en una población fortificada. El Esquilino se uniría más tarde con la expansión de los servios.

El 11 de diciembre se celebraba el Septimontium; los Siete montes, como aniversario de la fundación de la ciudad, aunque también es posible que recordara, simplemente, la época de los primeros pobladores de los montes romanos.
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En el Libro VIII de la Eneida, de Virgilio, Eneas, procedente de Troya, desembarca y se queda dormido cerca del Tíber. Durante el sueño se le aparece el dios de río y le augura que no debe temer nada y que al despertar encontrará una Cerda blanca –alba–, con treinta crías, que deberá ofrecer a Juno - Este será tu hogar, a él pertenecen tus dioses.

Eneas y Iulio, o Iulus; su hijo Ascanio, latinizado, hallan la Cerda blanca, en el lugar en el que se fundará Roma.

El propio Eneas fundaría la ciudad de Lavinium, no mucho después de la destrucción de Troya, ocurrida, de acuerdo con Eratóstenes, el año 1184 aC. Treinta años después, Ascanio –para entonces, ya Julus o Iulus, fundó, efectivamente, Alba Longa.

Entre el siglo XII con la caída de Troya y el siglo VIII con los primeros reyes, de la dinastía fundada por Ascanio se sucedieron varios reyes. Tras un enfrentamiento entre Horacios y Curiacios, Alba Longa fue arrasada y los supervivientes, enviados a Roma, donde se instalaron en el entorno del monte Celio. Dionisio de Halicarnaso, escribió que aquellos reyes de Alba Longa, sucesores de Ascanio, fueron los ascendientes de Rómulo, el fundador de Roma.
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La Historia casi siempre recurre al mito y el mito, finalmente, pasa a llenar los vacíos de la historia, cuando no a encubrir ciertos fracasos. Si un guerrero invencible sufre una derrota, siempre será a causa de una traición que ni siquiera tiene que provenir de un personaje notable. Siempre habrá un loco dispuesto a asesinar a un héroe; un pastor que muestre el mejor camino al enemigo, o un anónimo que deja abierta una puerta en la muralla de Constantinopla. 

Para determinar cómo se mezclan la Historia y el Mito, respecto a la fundación de Roma, hay que remontarse al rapsoda ciego, Homero –probablemente, un mito en sí mismo-, y seguir después los caminos de Virgilio, que, en cierto modo, continuó la Odisea, con la creación de la Eneida a partir de la destrucción de Troya.

Homero y Virgilio, fresco de Rafael Sanzio. Estancias Vaticano, el Parnaso.

Así pues, sobre estas premisas, imaginemos. Hace ya mucho tiempo, los Aqueos, o Dánaos, o incluso Argivos, a todos los cuales, de acuerdo con la Ilíada y la Odisea –que suponemos obras de Homero-, conocemos como Griegos, asediaron Troya durante diez años, sin resultados notables, hasta que se les ocurrió el famoso truco del Caballo de Madera, con el que tan fácilmente engañaron a sus defensores. Aceptemos que una vez dentro de la ciudad, los vencedores se apoderaron de las mujeres troyanas y emprendieron el retorno, después de prender fuego a lo que quedaba de Troya.

Sigamos imaginando. Entre los derrotados, un hombre llamado Eneas, en medio del horror de la destrucción y la muerte, logra reunir a su familia, compuesta por su esposa, Creúsa, hija de Príamo, el despojado rey de Troya; por su anciano padre, Anquises, al que carga sobre los hombros, y por su hijo, el pequeño Ascanio, al que lleva de la mano. La esposa se perderá en el tumulto de los que intentan escapar entre el terror y la desesperación, pero ellos lograrán abandonar la ciudad a bordo de una nave que se hizo a la mar a la aventura. 

Esto sucedería en el año 1174 aC. y es el principio del relato de Virgilio en su gran obra, La Eneida.

Federico Barocci, 1598. Eneas abandona Troya en llamas, llevando a su padre y a su hijo. Su esposa desaparecería en el tumulto. Gal. Borghese, Roma

Eneas, navegó hacia el Mediterráneo occidental y desembarcó en la península que hoy conocemos como Italia. Allí fundó la ciudad de Lavinio, y su hijo Ascanio, la de Alba Longa. Entre sus descendientes se encuentran los gemelos que, -seguimos imaginando-, se llamarán Rómulo y Remo, y fundarán la ciudad que, de un modo u otro, va a marcar el destino de todo Occidente: Roma. 

De acuerdo con esta mítica historia, Roma halló en la persona de Eneas, el nexo entre su propia identidad y la de la Antigua Grecia.

Varios historiadores, tanto griegos como latinos, narran los hechos, entre los primeros, destacan Plutarco y Estrabón y entre los romanos, Tito Livio.

Escribió Plutarco:

Otros refieren que tomada Troya, algunos de los que huían pudieron hacerse de naves, e impelidos del viento fueron a caer en el país Tirreno, y pararon en las inmediaciones del Tíber. Allí, estando ya las mujeres sin saber qué hacerse, y muy molestadas de la navegación, una de ellas, llamada Roma, que sobresalía en linaje y prudencia, les propuso dar fuego a las naves; hízose así, y al principio los hombres se incomodaron; pero cediendo luego a la necesidad, se establecieron en lo que se llamó Palacio; y como al cabo de poco viesen que les iba mejor de lo que habían esperado, por ser excelente el país y haber sido muy bien recibidos de los habitantes, dispensaron a Roma, entre otros honores, el que de ella, como de primera causa, tomase nombre su ciudad. 

De entonces dicen que viene lo que todavía se practica, que las mujeres saludan con ósculo a los deudos y a sus propios maridos, porque también aquellas saludaron así a los hombres después de la quema de las naves, por miedo y para templarlos en su enojo.

El mito se prolonga, pues, con Rómulo y Remo. Nacidos el año 771 aC. fueron dos gemelos engendrados por Marte, el dios de la guerra, un origen que los convertía en una amenaza para otros pretendientes de la corona, que no dudaron en ordenar su muerte.

Tal como ha ocurrido en otras ocasiones y en otros mitos, el encargado de deshacerse de los gemelos, no tuvo valor para cumplir las órdenes recibidas y los abandonó a la orilla del Tíber, que en la siguiente crecida, los arrastró hasta depositarlos entre los montes Palatino y Campidoglio, donde fueron hallados y adoptados por una loba llamada Luperca y un ave rapaz, que los cuidaron y alimentaron hasta que los encontró un pastor llamado Fáustulo.

P.P. RUBENS, Rómulo y Remo. MM Capitolinos. Roma
Rubens representó como contemporáneas las escenas de la concepción de los gemelos; su crianza por la loba y el pájaro, y la llegada del pastor que los recogió.

Continúa Plutarco:

La sucesión de los reyes de Alba, descendientes de Eneas, vino a recaer en dos hermanos, Numitor y Amulio; y habiendo Amulio hecho dos partes de todo, poniendo el reino de un lado, y en otro, en contraposición, las riquezas y todo el oro traído de Troya, Numitor hizo elección del reino. Mas sucedió que Amulio, dueño de los intereses, le usurpó también el reino con la mayor facilidad; y por temor de que su hija tuviese sucesión, la creó sacerdotisa de Vesta, para que permaneciese doncella y sin casarse por toda su vida; llamábase Ilia, según unos; Rea, según otros, y según otros, Silvia. 

Al cabo de poco fue denunciada de que, contra la ley prescrita a las vestales, estaba encinta; y hubiera sufrido su terrible pena, a no haber sido por Anto, la hija del Rey, que intercedió por ella con su padre; pero, sin embargo, fue puesta en prisión y separada de todo trato, para que no pudiese suceder su parto sin noticia de Amulio. 

Dio a luz dos niños de aventajada robustez y hermosura, con lo que, creciendo más el temor de Amulio, dio orden a uno de sus ministros para que se apoderase de ellos y los quitase del medio. Dicen algunos que este ministro se llamaba Fáustulo; pero otros piensan que éste era el nombre del que los recogió. Puso, pues, los niños en una cuna, y bajó al río para arrojarlos en él; pero hallándolo crecido y arrebatado, tuvo miedo de acercarse, y dejándolos junto a la orilla se dio por cumplido. Hacía el río remansos, con lo que la creciente llegó a la cuna, y levantándola blandamente, la fue llevando a un sitio sumamente muelle, al que ahora llaman Quermalo, y en lo antiguo Germano, porque a los hijos de unos mismos padres los Latinos los llaman germanos.

Estando, pues, allí expuestos los niños, cuentan que una loba les daba de mamar, y que un quebrantahuesos los alimentaba también y defendía. Esta ave se tiene por consagrada a Marte, y los latinos la tienen en gran veneración y honor; por lo que la madre de los niños, que decía haberlos tenido de Marte, se concilió gran fe.

El pastor se ocupó entonces de su crianza, junto con su esposa Acca Larencia, quienes, andando el tiempo, explicaron a los niños el secreto de su origen, y hallándose estos ya en edad suficiente, acudieron a liberar a su abuelo, que había sido destronado, matando al usurpador.

Recogió los niños Fáustulo, uno de los pastores del rey, sin que nadie lo entendiese, o, según el sentir de los que parece se acercan más a lo cierto, sabiéndolo Numitor, y suministrando reservadamente auxilios a los que corrían con su crianza. Añádese que, llevándolos a Gabias, se les educó en letras y en todas las demás habilidades propias de gente bien nacida; y que, por habérseles visto mamar de la loba, de aquí vino ponérseles los nombres de Rómulo y Remo.

…en Rómulo se descubría mayor disposición para manejarse con prudencia y cierto tino político… se echaba luego de ver que su genio era más de jefe que de súbdito.

Suscitóse rencilla entre los vaqueros de Amulio y Numitor, robando éstos algún ganado…

Un día que Rómulo se había ausentado con motivo de un sacrificio, porque era religioso y dado a la ciencia augural, los vaqueros de Numitor trabaron contienda con Remo, a quien hallaron con poca gente, y habiendo habido de una y otra parte contusiones y heridas, vencieron al cabo los de Numitor y tomaron vivo a Remo. Presentado ante Numitor, no quiso castigarle, temiendo la áspera condición del hermano, sino que se dirigió a éste y le pidió le hiciese justicia,… y él alcanzó de Amulio que le hiciese entrega de Remo, para que en cuanto a él procediera como le pareciese.

Llamólo ante sí luego que regresó a su casa, y admirado de la gallardía de tal mancebo, porque en estatura y en fuerza se aventajaba a todos… y oyendo además que sus obras correspondían con lo que se veía, o lo más cierto, ordenándolo así algún dios, y echando el cimiento a grandes sucesos, empezó afortunadamente a entrar en sospecha de la verdad, y le preguntó quién era y cuál su origen,…

-Confiado, pues, nada te ocultaré- le respondió-, porque me pareces de ánimo más regio que no Amulio, pues tú oyes y preguntas antes de castigar, y aquel nos ha entregado sin que precediese juicio. Al principio nos tuvimos por hijos de Fáustulo y Larencia, sirvientes del rey, porque somos gemelos: puestos ya en juicio y calumniados ante ti, en este riesgo de la vida se nos han referido acerca de nosotros mismos cosas extraordinarias: si son o no ciertas, el éxito debe decirlo. 

Nuestro nacimiento se dice que es un arcano, y nuestra crianza de recién nacidos, muy maravillosa, habiendo sido sustentados por las mismas aves y fieras a las que nos habían arrojado, dándonos de mamar una loba, y cebo un quebrantahuesos, expuestos como nos hallábamos en una cuna a orillas del río grande. Todavía existe la cuna con arcos de bronce, en que hay grabados caracteres enigmáticos…

Fáustulo, en tanto, oída la prisión de Remo y su consignación, pidió a Rómulo le diese ayuda, diciéndole ya entonces por lo claro cuál era su origen, pues antes sólo les había hecho alguna indicación … y además, tomando consigo la cuna, se encaminaba a verse con Numitor,…

Hallábase entre ellos casualmente uno de los que presenciaron el arrebato de los niños para su exposición, y sabía todo lo ocurrido acerca de ella: viendo, pues, éste la cuna, y reconociéndola por su adorno y por los caracteres, vino en conocimiento de todo, y no se descuidó, sino que se fue a dar cuenta al rey…

Tal viene a ser la relación que Fabio y Diocles Peparetio, que parece fue el primero que escribió de la fundación de Roma, hacen acerca de estas cosas, sospechosa para muchos de fabulosa e inventada; mas no debe dejarse de creer, en vista de las grandes hazañas de que cada día es artífice la fortuna, y si se considera que la grandeza de Roma no habría llegado a tanta altura, a no haber tenido un principio en alguna manera divino, en el que nada parezca demasiado grande o extraordinario.

Cuando llegó el momento y el deseo de ascender al trono a su vez, Rómulo y Remo tuvieron que enfrentarse a dos problemas; uno, que los reyes eran elegidos, y otro, que sólo uno de los dos podía alcanzar la corona. Acordaron, pues, ponerse a mirar al cielo, y el que lograra ver más buitres, sería el elegido. Rómulo vio doce, mientras que Remo sólo vio seis.

A los primeros intentos de la fundación hubo ya disensión entre los dos hermanos acerca del sitio: Rómulo quería hacer la ciudad de Roma cuadrada, como dicen, esto es, de cuatro ángulos, y establecerla donde está; y Remo prefería un paraje fuerte del Aventino, que se llamó Remonio, y ahora Rignario. Convinieron en que un agüero fausto terminase la disputa; y colocados para ello en distintos sitios, dicen que a Remo se le aparecieron seis buitres, y doce a Rómulo; pero hay quien dice que Remo los vio realmente, mas lo de Rómulo fue suposición, y que ya cuando Remo se retiraba, entonces fue cuando a Rómulo se le aparecieron los doce, y que por esta causa los Romanos aun ahora hacen gran uso del buitre en sus agüeros…

Herodoro Póntico refiere que Heracles tenía también por buena señal, al entrar en alguna empresa, la aparición de un buitre, porque de todos los animales es el menos dañino, no tocando a nada de lo que los hombres siembran, plantan o apacientan, y alimentándose sólo de cuerpos muertos, porque se dice que no mata ni aun ofende a nada que tiene aliento, y a las aves, por la conformidad, ni aun estando muertas se acerca; cuando las águilas, las lechuzas, y los gavilanes acometen y matan a las aves de su propia especie, a pesar de lo que dice Esquilo: ¿Cómo puede ser pura un ave que de otra ave se alimenta? El buitre es un espectáculo desusado, y muy raro será el que haya dado con los polluelos de un buitre, y aun ha habido a quien lo raro e insólito de su aparición le ha dado la extraña idea de que por mar vienen de tierras lejanas, como opinan los adivinos que ha de ser lo que no se aparece naturalmente y por sí, sino por disposición y operación divina.

Rómulo y Remo no tuvieron por conveniente permanecer en Alba, no teniendo el mando; viviendo el abuelo materno: entregando, pues, a éste la autoridad, y poniendo a la madre en el honor que le correspondía, determinaron vivir sobre sí, fundando una ciudad en aquel territorio en que al principio recibieron el primer sustento, que es entre todos el motivo más plausible.

En cumplimiento de sus nuevas funciones, Rómulo trazó los límites de su ciudad con ayuda de un arado, marcando un espacio que se llamó Pomarium y procediendo de inmediato a crear una ley, según la cual, aquel que se atreviera a cruzar aquellos límites, sería ejecutado. Remo decidió desobedeció y Rómulo no dudó en darle muerte, echando a perder los buenos augurios que el destino parecía haber prometido, a ambos a través de Marte, poniéndolos bajo la protección de la loba Luperca, del ave rapaz y del pastor Fáustulo.

Remo se incomodó; por lo que, estando ya Rómulo abriendo en derredor la zanja por donde había de levantarse el muro, comenzó a insultarle y a estorbar la obra; y habiéndose propasado últimamente a saltar por encima de ella, herido, según unos, por el mismo Rómulo, y según otros por Céler, uno de sus amigos, quedó muerto en el mismo sitio. Murieron también en la revuelta Fáustulo y Plistino, del cual, siendo hermano de Fáustulo, se dice que contribuyó asimismo a la crianza de Rómulo y su hermano.

Después de enterrar a Rómulo, Remo procedió a fundar la ciudad de Roma el día 21 de abril del año 753 aC.

Dio Rómulo sepultura en el sitio llamado Remoria a Remo y a los que le habían dado la crianza; y atendió luego a la fundación de la ciudad, haciendo venir de la Etruria o Tirrenia ciertos varones, que con señalados ritos y ceremonias hacían y enseñaban a hacer cada cosa a manera de una iniciación.

Rómulo (¿?)

Porque en lo que ahora se llama Comicio se abrió un hoyo circular, y en él se pusieron primicias de todas las cosas que por ley nos sirven como provechosas, o de que por naturaleza usamos como necesarias; y de la tierra de donde vino cada uno cogió y trajo un puñado, que lo echó también allí, como mezclándolo. Dan a este hoyo el mismo nombre que al cielo, llamándole mundo. 

Después (que son los demás ritos) como un círculo describen desde su centro la ciudad; y el fundador, poniendo en el arado una reja de bronce, y unciendo dos reses vacunas, macho y hembra, por sí mismo los lleva, y abre por las líneas descritas un surco profundo, quedando al cuidado de los que le acompañan ir recogiendo hacia dentro los terrones que se levantan, sin dejar que ninguno salga para afuera. A la parte de allá de esta línea fabrican el muro, por lo que por síncope la llaman pomerio, como promerio o ante-muro.

A partir de entonces, Roma necesitaba colonos y Rómulo no dudó en dar acogida a todo aquel que quisiera establecerse en su reino, cualquiera que fuera su procedencia, de modo que pronto, la ciudad se llenó de esclavos, prófugos, delincuentes y aventureros, que tardaron muy poco tiempo en darse cuenta de que a la invitación del rey había no habían acudido mujeres. 

Echados los primeros cimientos de la ciudad, levantaron un templo de refugio para los que a él quisiesen acogerse, llamándole del dios Asilo; admitían en él a todos, no volviendo los esclavos a sus señores, ni el deudor a su acreedor ni el homicida a su gobierno, sino que aseguraban a todos la impunidad, como apoyada en cierto oráculo de la Pitia; con lo que prontamente la ciudad se hizo muy populosa.

Pero Rómulo, que tenía soluciones para todo, organizó grandes fiestas e invitó a ellas a algunos vecinos, entre ellos, los Sabinos, que, finalmente, volvieron a casa sin sus hijas, que fueron secuestradas y forzadas a permanecer en Roma para salvar la supervivencia de la ciudad. El hecho es legendariamente conocido como El Rapto de las Sabinas y ha constituído un tema muy común entre los grandes de la pintura en los siglos posteriores.

En el cuarto mes después de la fundación se verificó, como Fabio refiere, el arrojo del rapto de las mujeres. Dicen algunos que el mismo Rómulo, siendo belicoso por índole, y excitado además por ciertos rumores de que el hado destinaba a Roma para hacerse grande, criada y mantenida con la guerra, se propuso usar de violencia contra los Sabinos, como que no robaron más que solas treinta doncellas, lo que más era de quien buscaba guerra que casamientos; pero esto no parece acertado, sino que, viendo que la ciudad en brevísimo tiempo se había llenado de habitantes, pocos de los cuales eran casados, y que los más siendo advenedizos, gente pobre y oscura, de quienes no se hacía cuenta, no ofrecían seguridad de permanecer; y contando con que para con los mismos Sabinos este insulto se había de convertir en un principio de afinidad y reunión por medio de las mujeres, cuyos ánimos se ganarían…

Las Sabinas. Tiépolo. Sinebrychoff Art Museum, Helsinki

…hizo correr la voz de que había encontrado el ara de un dios que estaba escondida debajo de tierra… Luego dispuso con esta causa un solemne sacrificio, y combates, y espectáculos con general convocación: concurrió gran gentío; y Rómulo estaba sentado con los principales, adornado con el manto. Era la señal para el momento de la ejecución levantarse, abrir el manto y volver a cubrirse; y había muchos con armas que aguardaban la señal. Dada ésta, desnudaron las espadas, y, acometiendo con gritería, robaron las doncellas de los Sabinos; y como éstos huyesen, los dejaron ir sin perseguirlos. En cuanto al número de las robadas, unos dicen que no fueron más que treinta; Valerio de Ancio, que setecientas veintisiete; pero Juba, que fueron seiscientas ochenta y tres doncellas.

La mejor apología de Rómulo es que no fue robada ninguna casada, sino sola Hersilia por equivocación; probándose con esto que no por afrenta o injuria cometieron el rapto, sino con la mira de mezclar y confundir los pueblos, proveyendo así a la mayor de todas las faltas.

En el acto del robo cuentan haber sucedido que algunos de la plebe traían una doncella de extraordinaria hermosura y gentileza: encontráronse con patricios, que trataron de quitársela…

Después que los Sabinos, hecha la guerra, se reconciliaron con los Romanos, se hizo tratado acerca de las mujeres, para que no se las obligara a hacer en su casa otro trabajo que los relativos a la lana.

Sucedió este arrojo del rapto en el día 18 del mes que entonces se llamaba Sextil, ahora agosto, y …viendo que los Romanos se atrevían a grandes empresas, y temiendo por sus hijas, enviaron embajadores a Rómulo con proposiciones equitativas y moderadas: que volviéndoles las doncellas, y dando satisfacción por el acto de violencia, después pacíficamente y con justas condiciones entablarían para ambos pueblos amistad y comunicación. No viniendo Rómulo en entregar las doncellas, aunque también convidaba a la alianza a los Sabinos, todos los demás tomaban tiempo para deliberar.

Más adelante, habiendo declarado la guerra los Sabinos y llevando Rómulo la peor parte, a causa de una pedrada que recibió, sus soldados ya huían a pesar de los gritos con que los arengaba, cuando sucedió algo inesperado.

Disponíanse como de refresco para volver a la contienda, cuando les contuvo un espectáculo muy tierno y un encuentro que no puede describirse con palabras. De repente, las hijas de los Sabinos que habían sido robadas se vieron sobrevenir unas por una parte y otras por otra con algazara y vocería por entre las armas y los muertos, como movidas de divino impulso, hacia sus maridos y sus padres, unas llevando en su regazo a sus hijos pequeñitos, otras esparciendo al viento su cabello desgreñado, y todas llamando con los nombres más tiernos, ora a los Sabinos, ora a los Romanos. 

Pasmáronse unos y otros, y dejándolas llegar a ponerse en medio del campo, por todas partes discurría el llanto, y todo era aflicción, ya por el espectáculo, y ya por las razones, que empezando por la reconvención, terminaron en súplicas y ruegos. Porque decían: 

–¿En qué os hemos ofendido o qué disgustos os hemos dado para los duros males que ya hemos padecido y nos resta que padecer? Fuimos robadas violenta e injustamente por los que nos tienen en su poder, y después de esta desgracia, ningún caso se hizo de nosotras por el tiempo que fue necesario, para que obligadas de la necesidad a las cosas más odiosas tengamos ahora que temer y que llorar por los mismos que nos robaron e injuriaron, si combaten o si mueren. Porque no venís por unas doncellas a tomar satisfacción de los que las ofendieron, sino que priváis a unas casadas de sus maridos y a unas madres de sus hijos, haciendo más cruel para nosotras, desdichadas, este auxilio, que lo fue vuestro abandono y alevosía. 

Estas prendas de amor nos han dado aquellos, y así os habéis compadecido de nosotras. Aun cuando peleaseis por cualquiera otra causa, deberíais por nosotras conteneros, hechos ya suegros, abuelos y parientes; mas si por nosotras es la guerra, llevadnos con vuestros yernos y nuestros nietos; restituidnos nuestros padres y parientes: no nos privéis, os pedimos, de nuestros hijos y maridos, para no vernos otra vez reducidas a la suerte de cautivas. 

Finalmente, las cosas volvieron a su orden cuando Rómulo invitó al sabino Tito Tacio a compartir el trono. Algunos historiadores consideran por ello a Tacio como uno más de los legendarios monarcas romanos, cuyo número se elevaría a ocho con su participación.

Se hicieron treguas, y se juntaron a conferenciar los generales. Entre tanto, las mujeres presentaban, a sus padres, sus maridos y sus hijos; llevaban qué comer y qué beber a los que lo pedían; cuidaban de los heridos, llevándoselos a sus casas, y procuraban hacer ver que tenían el gobierno de ellas, y que eran de sus maridos atendidas y tratadas con la mayor estimación. 

Hízose un tratado, por el que las mujeres que quisiesen quedarían con los que las tenían consigo, no sujetas, como ya se ha dicho, a otro cuidado y ocupación que la del obraje de lana; que en unión habitarían la ciudad Romanos y Sabinos; que ésta de Rómulo se llamaría Roma; pero todos los Romanos se llamarían Quirites en memoria de la patria de Tacio, y que ambos reinarían también en unión y tendrían el mando de las tropas.

Duplicada la ciudad, se eligieron otros cien patricios de los Sabinos, y las legiones constaron de seis mil hombres de a pie y seiscientos de a caballo. Haciendo también tres divisiones del pueblo, los de la una de Rómulo se llamaron Rammenses; los de la otra de Tacio, Tacienses, y los de la tercera Lucenses, por la selva a que se acogieron muchos para gozar de asilo y ser admitidos a los derechos de ciudadanos; porque a la selva la llaman lucus. Que eran tres estas divisiones lo declara su nombre, porque aún ahora las llaman tribus, y Tribunos a los presidentes de ellas. 

Admitieron también los Sabinos los meses de los Romanos. Rómulo, a su vez, adoptó el escudo de los Sabinos, mudando de armadura él mismo y los Romanos, que antes usaban de las rodelas de los Argivos.

Dícese asimismo haber sido Rómulo el que primero instituyó el fuego sagrado, creando en sacerdotistas a las vírgenes que se llamaron Vestales Rómulo fue muy religioso; y aun añaden que fue dado a la ciencia augural. Promulgó también algunas leyes, de las cuales muy dura es la que no permite a la mujer repudiar al marido, concediendo a éste despedir la mujer por envenenar los hijos, por falsear las llaves y por cometer adulterio; si por otra causa alguna la despedía, ordenábase que la mitad de su hacienda fuese para la mujer, y la otra mitad para el templo de Ceres; y que el que así la repudiase hubiera de aplacar a los Dioses infernales.

Fundada la ciudad, lo primero que hizo fue distribuir la gente útil para las armas en cuerpos militares: cada cuerpo era de tres mil hombres de a pie y trescientos de a caballo, el cual se llamó legión, porque para él se elegían de entre todos los más belicosos. 

En general, a la decisión de los negocios concurría la muchedumbre, a la que dio el nombre de populus, pueblo; pero de entre todos, a ciento, los de mayor mérito, los acogió para consejeros, y a ellos les dio el nombre de patricios, y a la corporación que formaban el de Senado. Esta voz no tiene duda que significa ancianidad: pero acerca del nombre de patricios, dado a los consejeros, unos dicen que dimanó de que eran padres de hijos libres, otros que más bien de que ellos mismos eran hijos de padres conocidos…

Ahora últimamente, con quedar las mismas las obligaciones de unos y otros, se ha considerado ignominioso y torpe el que los poderosos reciban retribución pecuniaria de los clientes.

Durante 36 años, Rómulo aumentó formidablemente el poder y la influencia de Roma y pasó a la historia como un gran conquistador, con fama, además, de ser muy religioso. Tras su muerte, o quizás su asesinato, o tal vez su ascensión junto a los dioses, en el 717, fue medio divinizado a los ojos del pueblo, y su extraña, o más bien, fantástica desaparición lo reintegró al mito que ya rodeaba su nacimiento.

En el año quinto del reinado de Tacio algunos familiares y parientes suyos, encontrándose con ciertos mensajeros que de Laurento venían a Roma, se propusieron despojarlos violentamente de sus bienes en el camino, y porque no lo toleraron, sino que se defendieron, les dieron muerte. Cometida tan abominable acción, Rómulo fue de opinión que al punto debían ser castigados sus autores; pero Tacio lo dejaba correr y daba largas; siendo éste el único motivo conocido de disensión que entre ellos hubo. Entre tanto, los deudos de los que habían sido asesinados, desahuciados de que se impusiera la pena legítima, a causa de Tacio, dando sobre él en Lavinio en el acto de entender en cierto sacrificio, le quitaron la vida; y a Rómulo le fueron acompañando, alabándole de hombre justo. 

Sobrevino peste en aquel tiempo, tal que sin enfermedad causaba en muchos muerte repentina, agregándose a ella esterilidad en los frutos e infecundidad en los ganados; en la ciudad, además, cayó lluvia de sangre; y a estos males, que eran de necesidad, se allegó también una grandísima superstición. Enteramente pareció que era la ira divina la que afligía a ambas ciudades por el abandono de la justicia en la muerte de Tacio y en la de los embajadores. Entregados, recíprocamente y castigados los delincuentes, manifiestamente cesaron las plagas.

En adelante no estuvo ya –Rómulo– libre de incurrir en lo que acontece a muchos, o por mejor decir, fuera de muy pocos, a todos los que con grande y extraordinaria prosperidad son ensalzados en poder y fausto; porque, engreído con los sucesos, con ánimo altanero cambió la popularidad en un modo de reinar molesto y enojoso hasta por el ornato con que se transformó, pues empezó a vestir una túnica sobresaliente, adornó con púrpura la toga, y despachaba los negocios públicos reclinado bajo dosel. Asistíanle de continuo ciertos jóvenes llamados céleres por su prontitud en servir, y le precedían otros que con varas apartaban a la muchedumbre, e iban ceñidos de correas para atar a los que él les mandase.

Juntaba el Concilio o Senado más por formalidad que porque se desease su dictamen. Mandábales, y callando obedecían; no teniendo otra ventaja sobre los demás sino que, enterados primero que éstos de lo que se ejecutaba, aquí terminaban sus funciones. Y por todo lo demás pasaban; pero habiendo Rómulo repartido por sí solo a los soldados las tierras ganadas por las armas, sin hablarles de ello y consultarlos, creyeron que aquello ya era burlarse enteramente del Senado; y de aquí nació contra éste la sospecha, habiendo Rómulo desaparecido imprevistamente de allí a poco tiempo.

Fue, pues, su desaparecimiento en las Nonas Quintiles, como se decía entonces, o de Julio, como se dice ahora, sin que nada cierto y seguro haya quedado acerca de su muerte, sino, la época, como se deja expresado; porque todavía se ejecutan en aquel día muchos ritos y actos a imitación de lo que en él pasó. 

Rómulo desapareció repentinamente, sin que se viese ni miembro de su cuerpo ni jirón de su vestido; habiendo conjeturado algunos que los Senadores cargaron sobre él en el templo de Vulcano, le despedazaron y repartieron entre sí el cuerpo, llevándose cada uno en el seno una partecita. Otros opinan que ni fue en el templo de Vulcano, ni se hallaban solos los Senadores cuando Rómulo fue quitado de en medio, sino que esto ocurrió fuera, junto al lago llamado de la Cabra o de la Cierva, donde aquel estaba celebrando una junta pública; y que en el aire sucedieron entonces de repente fenómenos maravillosos, superiores a cuanto puede ponderarse, y trastornos increíbles; que la luz del sol se eclipsó, y sobrevino una noche nada serena y tranquila, sino con terribles truenos y huracanes violentos, que de todas partes movían gran borrasca. 

En esto, lo que es la plebe se dispersó y dio a huir, y los principales se juntaron; cuando luego, desvanecida la tormenta y restituida la luz, volvió con esto a reunirse el pueblo, todos buscaban y deseaban ver al rey; pero los principales no se lo permitían, ni les daban lugar para hablar en ello, sino que los exhortaban a venerar a Rómulo, como arrebatado a la mansión de los Dioses, y convertido, de buen rey que había sido, en un dios benéfico para ellos. Creyólo la mayor parte, y se retiraron contentos, venerándolo con las más lisonjeras esperanzas; pero hubo algunos que reconvinieron agria y desabridamente a los patricios sobre este hecho, inquietándolos y acusándolos de que querían hacer creer al pueblo los mayores absurdos, después de haber ellos sido los matadores del rey.

Rómulo es llevado al Olimpo. Jean-Baptiste Nattier (1678–1726)
Museum of John Paul II Collection (Porczyński Gallery) Varsovia

En este estado de turbación dicen que un ciudadano de la clase de los patricios, muy principal en linaje, de gran opinión en cuanto a su conducta, amigo además de la confianza de Rómulo, de los que vinieron de Alba, llamado Julio Proclo, se presentó en la plaza, y acercándose con juramento a las cosas más sagradas, refirió en público que yendo por la calle se le había aparecido de frente Rómulo, más bello en su presencia y más grande que lo había sido nunca, adornado de armas lustrosas y resplandecientes, a quien, pasmado con su vista, había dicho: 

-¿Qué te hemos hecho, oh rey, o qué te has propuesto para dejarnos a nosotros entre sospechas injustas y criminales. y a todo el pueblo en orfandad y general desconsuelo?

Y aquel le había respondido:

-Los Dioses han dispuesto, oh Proclo, que sólo hayamos permanecido este tiempo entre los hombres, siendo de allá; y que habiendo fundado una ciudad grande en imperio y en gloria, volvamos a ser habitadores del cielo; regocíjate, pues, y di a los Romanos que si ejercitan la templanza y fortaleza, llegarán al colmo del humano poder; y yo, bajo el nombre de Quirino, seré siempre para vosotros un genio tutelar. 

Pareció esta relación a los Romanos digna de crédito por la opinión del que la hacía y por el juramento; y además parece que inspiró una cosa parecida al entusiasmo, porque nadie hizo la menor oposición, y apartándose todos de sus sospechas y persecuciones, hicieron plegarias a Quirino y lo invocaron por Dios. 

Parécese esto a las fábulas que los Griegos nos cuentan, queriendo deificar contra toda razón a unos seres por naturaleza mortales, igualándolos con los Dioses. Dejémoslo, pues, ateniéndonos con Píndaro a lo cierto: que el cuerpo de todos está sujeto, a la caduca muerte; pero queda viva una imagen de la eternidad: porque ella sola es de los Dioses; de allá viene, y allá torna, no con el cuerpo, sino cuanto más se aparta y distingue de él, haciéndose del todo pura, incorpórea e inocente, porque el alma seca es la más excelente, según Heráclito, lanzándose fuera del cuerpo como el rayo de la nube. 

A Rómulo, como muy marcial o invicto, se le llamó Quirino; y hay un templo suyo en el monte que de su nombre se ha llamado Quirinal. El día en que mudó de vida se denomina la Huída del pueblo, o las Norias Capratinas, porque bajan a sacrificar junto al lago de las Cabras.

Dícese, finalmente, que Rómulo desapareció de entre los hombres a los cincuenta y cuatro años de edad, y a los treinta y ocho de su reinado. 

Tras un breve iterregno le sucedió Numa Pompilio.
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