lunes, 31 de octubre de 2016

HISTORIA DE ROMA III • Tulio Hostilio


La Monarquía

753–717 a.C. Rómulo
716–674 a.C. Numa Pompilio 
674-642 a. C. Tulio Hostilio
642-617 a. C. Anco Marcio
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617-579 a. C. Lucio Tarquinio Prisco
579-535 a. C. Servio Tulio
535-509 a. C. Lucio Tarquinio el Soberbio

Tulio Hostilio, 674-642 a. C.

Más cercano a Rómulo que a Numa, durante su mandato, Roma siguió ocupando territorios y aumentó su poderío. Se suele destacar en su biografía, el hecho de haber facilitado el acceso al patriciado de los derrotados que emigraron a Roma en busca de asilo, tras la destrucción de su ciudad. Erigió asimismo, un nuevo edificio para el Senado y la Curia, que siguió en uso durante quinientos años.
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Seguiremos a Tito Livio en este caso, entre otras razones, porque:

“Livio es una lectura saludable. 
Según cuentan, el rey D. Alfonso V de Aragón y I de Nápoles recuperó con la lectura de Livio la salud que ni la medicina ni la música habían podido devolverle.

La lectura de Livio fue el único consuelo de Cola di Rienzi en la cárcel de Aviñón, manteniendo vivos sus ideales de libertad.

Y con el paso de los años, de la mano de Stendhal, hasta un personaje de ficción recurriría a sus reconfortantes efectos: Le Marquis, irrité contre le temps présent, se fit lire Tite-Live – El Marqués, irritado contra el tiempo presente, hizo que le leyeran a TitoLivio.”

Ángel Sierra. Tito Livio: Historia de Roma desde su fundación. (Introducción) 
Edit. Gredos.



Tres grandes admiradores de Tito Livio: 
Alfonso V, Cola di Rienzi, o Rienzo y Stendhal

También Dante Alighieri dice en La Divina Comedia, Canto XXVIII, v. 12:

Come Livio scrive, che non erra…

Así pues, tras estas inmejorables referencias, seguimos ahora el relato de Tito Livio sobre la vida, hazañas y pasiones de Tulio Hostilio, el tercer Rey de Roma, a partir del año 674 a.C.

Tulio Hostilio, no sólo era diferente del último rey, sino que era un hombre de espíritu más guerrero incluso que Rómulo, y su ambición se encendió por su propia energía juvenil. Convencido de que el vigor del Estado se estaba debilitando por la inacción, buscó un pretexto para tener una guerra.

Sucedió, pues, que los campesinos romanos tenían en esos tiempos el hábito de saquear el territorio Albano y los Albanos, el territorio romano. Ambas partes enviaron Legados casi al mismo tiempo, para obtener reparación por los saqueos, pero Tulio dijo a sus embajadores que no perdieran tiempo; estaba plenamente al tanto de que los Albanos negarían la satisfacción y así tendría un motivo para declarar la guerra.

Los Legados de Alba procedieron de una manera más tranquila. Tulio les recibió con toda cortesía y los entretuvo con esplendidez, pero entre tanto, los romanos habían presentado sus demandas, y tras la negativa del gobernador Albano, declararon que la guerra comenzaría en treinta días.

Ambas partes hicieron preparativos extraordinarios para la guerra, que se parecía mucho a una guerra civil entre padres e hijos, porque ambos eran descendientes de Troyanos, pues Lavinium era vástaga de Troya, y Alba de Lavinium, y los romanos habían surgido del linaje de los reyes de Alba.

El resultado de la guerra, sin embargo, hizo el conflicto menos deplorable, ya que no hubo ninguna batalla campal, y aunque una de las dos ciudades fue destruida, los dos países se mezclaron en uno solo. 

El general Albano, parlamentó con Tulio en plena lucha.

-Creo haber escuchado decir a nuestro rey Cluilio –dijo-, que los actos de robo y la no restitución de los bienes sustraídos, en violación de los tratados existentes, fueron la causa de esta guerra, y no tengo dudas de que tú, Tulio, alegas la misma razón. 

Pero si hemos de decir lo que es verdadero, en lugar de lo que es plausible, debemos admitir que es el deseo del imperio lo que ha hecho a dos pueblos hermanos y vecinos tomar las armas. 

Sea con razón o sin ella, no lo juzgo; dejemos a quienes comenzaron la guerra ajustar ese asunto; yo sólo soy el que los Albanos han puesto al mando para conducirlos. Pero quiero advertirte algo, Tulio. Conoces bien –porque estás más cerca de ellos-, la grandeza de los etruscos, y de su inmensa fuerza por tierra y aún más por mar, y que nos limitan a ambos. Recuerda pues, una vez que hayas dado la señal para luchar, que nuestros dos ejércitos se enfrentarán ante ellos, de modo que cuando estemos agotados podrán atacarnos a los dos; vencedores y vencidos. 

Entonces, si no contentos con la segura libertad que disfrutamos, nos determinamos a arriesgarnos a un juego de azar, donde las apuestas son la supremacía o la esclavitud, déjanos, en nombre del cielo, elegir algún método por el que, sin gran sufrimiento o derramamiento de sangre de ambas partes, se pueda decidir qué nación ha de ser dueña de la otra.

Aunque, por temperamento natural y por la seguridad que sentía de la victoria, Tulio estaba ansioso por pelear, no desaprobó la propuesta y después de mucha consideración en ambos lados, se adoptó un método por el que la propia Fortuna proporcionó los medios necesarios.

Había, en cada uno de los ejércitos tres hermanos, casi iguales en años y fortaleza, como trillizos, que eran llamados Horacios y Curiacios. Parece que la mayoría da el nombre de Horacios a los romanos, y mis simpatías me llevan a seguirlos. 

Los reyes les propusieron que cada uno debía luchar en nombre de su país, y que donde cayese la victoria debía quedar la soberanía. 

No pusieron objeción, de modo que se fijó el momento y el lugar. Pero antes de que se enfrentasen se firmó un tratado entre Romanos y Albanos, determinando que la nación cuyos representantes quedasen victoriosos debían recibir la pacífica sumisión de la otra.

Esta es el más antiguo tratado firmado, y voy a describir las formas con las que éste se concluyó.

El Fecial –Notario-, preguntó a Tulio: 

-¿Me ordenas, rey, hacer un tratado con los Pater Patratus de la nación Albana?
-Sí -dijo el rey.
-En ese caso –continuó el Fecial-, exijo de ti, rey, algunos manojos de hierba.
-Toma ésas, pues son puras.
-¿Me constituyes –preguntó de nuevo el Fecial- en plenipotenciario del pueblo de Roma, los Quirites, así como a mis compañeros?
-Por cuanto puedo, sin dañarme a mí mismo y al pueblo de Roma, los Quirites, lo hago.

El Fecial designó a Espurio Furio y le tocó la cabeza y pelo con la hierba, tras lo cual, este dio fe del acuerdo. Los Albanos recitaron sus juramentos y fórmulas a través de su propio dictador y sus sacerdotes.

El juramento de los Horacios. Jacques-Louis David. Louvre.

Los seis combatientes se armaron y fueron recibidos con gritos de ánimo por sus compañeros, quienes les recordaron que los dioses de sus padres, su patria, sus padres, cada ciudadano, cada camarada, estaban ahora mirando sus armas y las manos que las empuñaban.

Avanzaron hacia el espacio abierto entre las líneas. Los dos ejércitos estaban situados delante de sus respectivos campamentos, libres de peligro personal pero no de la ansiedad, ya que de la suerte y el coraje del pequeño grupo pendía la cuestión del dominio. Atentos y nerviosos, contemplaban con febril intensidad un espectáculo en modo alguno divertido.

La señal fue dada, y con las espadas en alto los seis jóvenes cargaron como en una línea de batalla con el coraje de un poderoso ejército. Cuando, en el primer encuentro, las espadas alcanzaron los escudos de sus enemigos, un profundo escalofrío recorrió a los espectadores, y luego siguió un silencio absoluto, pues ninguno de ellos parecía estar obteniendo ventaja. 

Pronto, sin embargo, la sangre se hizo visible, fluyendo de las heridas abiertas. Dos de los romanos cayeron uno sobre el otro, dando el último aliento, resultando sólo heridos los tres Albanos.

La muerte de los romanos fue recibida con un estallido de júbilo del ejército Albano, mientras que las legiones romanas, que habían perdido toda esperanza, temblaban por su solitario campeón rodeado por los tres Curiacios.

El Juramento en el Rütli, versión de Füssli

El Horacio superviviente no estaba herido, y aunque no en igualdad con los tres juntos, confiaba en la victoria contra cada uno por separado.

Para poder, pues, enfrentarse a cada uno individualmente, echó a correr simulando escapar y suponiendo que le seguirían tanto como se lo permitiesen sus heridas. 

Había corrido a cierta distancia, cuando, al mirar atrás, los vio siguiéndole con grandes intervalos entre sí, el primero no lejos de él.

Se volvió y lanzó un ataque desesperado contra aquel, y aunque los Albanos gritaban a los otros Curiacios que fuesen en ayuda de su hermano, el Horacio tuvo tiempo para matarlo y se dispuso a esperar al segundo.

Los romanos aclamaron a su campeón con un grito, como el de hombres en los que la esperanza sigue a la desesperación, y él se apresuró a llevar la lucha a su fin y antes de que el tercero, pudiera llegar, mató al segundo Curiacio. 

Ahora eran uno contra uno, pero mientras que el Horacio seguía ileso después de su doble victoria, el otro, arrastrándose penosamente, agotado por sus heridas y por la carrera, desmoralizado por la masacre de sus hermanos, fue una conquista fácil para su victorioso enemigo. 

No hubo, en realidad, combate. El romano gritó exultante:

-Dos he sacrificado para apaciguar las sombras de mis hermanos, al tercero lo ofreceré por el motivo de esta lucha: para que los romanos puedan gobernar a los Albanos. Y, acto seguido, hendió la espada en el cuello de su oponente, que ya no podía levantar su escudo. Después le despojó estando ya en tierra.

Le combat des Horaces et des Curiaces, Fulchran Jean Harriet

Ambas partes se centraron en enterrar a sus campeones muertos, pero con sentimientos muy diferentes; los unos con la alegría por su ampliado dominio, los otros privados de su libertad y bajo el dominio extranjero. 

Las tumbas están en los sitios donde cayeron cada uno; las de los romanos, muy juntas, en la dirección de Alba; las tres tumbas de los Albanos, a intervalos en dirección a Roma.

Ambos ejércitos se retiraron a sus hogares. El Horacio marchaba a la cabeza del ejército romano, llevando ante sí su triple botín, cuando su hermana, que había sido prometida a uno de los Curiacios, lo vio fuera de la puerta Capene y reconoció, en los hombros de su hermano, el manto de su prometido, que ella misma había tejido, y rompiendo en llanto, llamó a su amante muerto por su nombre. 

El Horacio, enfurecido por el estallido de dolor de su hermana, en medio de su gran triunfo y del regocijo del pueblo, sacó su espada y atravesó con ella a su hermana, gritando enfurecido:

-¡Ve!, ve con tu novio, con tu amor a destiempo, olvidando a tus hermanos muertos, al que aún vive, y a tu patria! Así perezca toda mujer romana que llore por un enemigo!

Victor-Maximilien Potain, Horacio mata a su hermana -Camila, en la tragedia de Corneille-, 1785, 
Paris, Ecole Nationale Supérieure des Beaux-Arts

Versión de Francesco de Mura, c. 1760 
Horatius mata a su hermana tras derrotar a los Curiaceos.

El hecho horrorizó a patricios y plebeyos por igual. El Horacio fue llevado ante el rey para enjuiciarle. Si apelara, sería escuchado, pero si reconfirmara su sentencia, el lictor lo colgaría de una cuerda en el árbol fatal, y lo flagelaría, dentro, o fuera del pomerio. Se le condenó, y luego uno de los jueces dijo: 

-Publio Horacio, te declaro culpable. Lictor, ata sus manos.

El lictor se acercaba, cuando el Horacio dijo: -¡Apelo!

El recurso se interpuso ante el pueblo y Publio Horacio, el padre del guerrero y de la muchacha, declaró que su hija había sido justamente muerta y que de no haber sido así, hubiera ejercido su autoridad como padre para castigar a su hijo. Mientras decía esto, abrazó a su hijo y, a continuación, señalando los despojos de los Curiacios, dijo: 

-¿Podéis vosotros, Quirites, soportar el ver atado, azotado y arrastrado hasta la horca el hombre a quien habéis visto, recientemente, venir en triunfo adornado con el despojo de los enemigos? Pues ni los mismos albanos podrían soportar la vista de tan horrible espectáculo. Ve, lictor, ata tales manos que cuando estaban armadas, aún por breve tiempo, obtuvieron el poder para el pueblo romano. Ve, cubre la cabeza del Libertador de esta ciudad! Cuélgalo en el árbol fatal, azótalo en el pomerio, aunque sólo sea entre los trofeos de sus enemigos, o entre las tumbas de los Curiacios! ¿A qué lugar podréis llevar a esta juventud, donde los monumentos de sus espléndidas hazañas no los vindiquen con tan vergonzosos castigos? 

Las lágrimas del padre y la valerosa disposición a correr cualquier peligro del joven soldado, fueron demasiado para el pueblo. Se le absolvió, pero sólo movidos por su valor, y no porque considerasen justo su comportamiento.

De todos modos, como un asesinato a plena luz del día exigía alguna expiación, se le mandó al padre hacer una expiación por su hijo, y éste, después de ofrecer ciertos sacrificios, erigió una viga a través de la calle, que aún hoy se conoce como La viga de la hermana.

En cuanto a la memoria de la joven Horacia, se construyó una tumba de piedra labrada en el lugar donde fue asesinada. 

Su recuerdo constituyó un tema pictórico durante siglos, y ha sido tratado en la literatura, de diversas maneras.

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La trágica disyuntiva entre el amor y el deber patriótico en la Literatura y el Arte

Bocetos de Jacques-Louis David

Estudio para de Los Tres Horacios y Sabina, para el juramento de los Horacios.



Camilia (La heroína de Corneille) y el padre del Horacio vencedor

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En su obra teatral Orazia, de 1546, Pietro Aretino, famoso por su insolencia, parece ser quien mejor comprende la cruel suerte sufrida por la Horacia, al decir que no sólo lloraba por su prometido, sino también por sus dos hermanos muertos.

Aretino retratado por Tiziano (c. 1545). Palacio Pitti, Florencia

Se dice que el descaro de Aretino llegó al extremo de ordenar el siguiente epitafio para su propia tumba:

                Aquí yace Pietro Aretino, poeta toscano –tosco-,
                que de todos hablaba mal, salvo de Dios,
                excusándose al decir: no lo conozco.
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En la tragedia de Pierre Corneille, Horazio, de 1640, el Horacio superviviente, se había casado con la hija de un Curiaceo, y Camila, hija de un Horacio, se casó con un Curiaceo. Cuando Camila y su marido comprenden que inevitablemente se va a producir el mortal duelo, se plantean la contradicción entre sus fidelidades familiares y políticas.

Pierre Corneille en el Palacio de Versalles

Mientras el Horacio se deja llevar por su deber patriótico, el Curiacio lamenta su cruel destino y cuando el vencedor es llevado a juicio, su padre defiende la prioridad del honor sobre el amor -una premisa frecuente en la obra de Corneille-. Aun así:

Seria gloria mostrar nuestro corazón abatido 
cuando la brutalidad es signo de virtud.

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Lope de Vega y Carpio, en El honrado hermano, 
de alrededor de 1624, también plantea el asunto desde la consideración del honor, en: Esta Romana Historia, de los Horacios y Albanos, que en su primero libro escribe Tito Livio…


En la dramatización, –ya más reciente–, de Henry Miller, de 1973, el Horacio después de matar a su hermana recibe todos los honores, pero inmediatamente después, es decapitado.

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La paz con Alba no fue duradera.

Alba Longa se rindió, convirtiéndose en aliada de Roma, pero dos años después, traicionó su acuerdo, negándose a colaborar en una batalla. Tras lograr la victoria, Roma atacó y destruyó definitivamente Alba Longa, trasladando su población a la urbe. Tulio Hostilio integró a sus consejeros en el Senado.

-¡Romanos! –Arengó Tulio a sus soldados. -Si en alguna guerra en que hayáis combatido ha habido motivo para agradecérselo, en primer lugar, a los dioses inmortales, y luego a vuestro propio valor, ése fue la batalla de ayer. Porque además de enfrentaros con un enemigo franco, hubo un conflicto aún más grave y peligroso por la traición y la perfidia de vuestros aliados. La culpa que estoy denunciando no involucra a todos los albanos, sino sólo a su general, Mecio.

Los centuriones armados cercanos rodearon a Mecio, y el rey continuó:

-Voy a tomar un decisión que traerá buena fortuna y felicidad al pueblo romano, a mí mismo y a vosotros, albanos; es mi intención transferir toda la población de Alba a Roma, dar derecho de ciudadanía a los plebeyos, registrar a los nobles en el Senado, y hacer una única ciudad, un único Estado. 

Los soldados albanos escucharon estas palabras con sentimientos contradictorios, pero un miedo común los mantuvo en silencio.

-¡Mecio Fufecio! –Gritó Tulio al general que le había traicionado-. Si pudieses aprender cómo mantener tu palabra y respetar los tratados, te lo enseñaría y respetaría tu vida; pero como tu carácter es incurable, enseña por lo menos con tu castigo a mantener sagradas las cosas que has ultrajado. Como ayer dividiste tu interés entre los tuyos y los romanos, hoy tu cuerpo será dividido y desmembrado. 

Y mandó descuartizarlo entre dos cuadrigas. Todos los presentes apartaron los ojos del horrible espectáculo. 

Esta es la primera y última vez que se dio entre los romanos un castigo tan exento de humanidad. Aunque es bien cierto que ninguna otra nación se ha contentado nunca con penas más leves.

Mientras tanto, la caballería había sido enviada de antemano para guiar a la población de Alba a Roma, pero cuando pasaron las puertas, no se produjo el ruido y el pánico que se encuentran generalmente en las ciudades conquistadas. Aquí, por el contrario, el silencio triste y un dolor más allá de las palabras petrificó las mentes de todos, que, olvidando en su terror lo que debían dejar atrás, incapaces de pensar por sí mismos, a ratos permanecían de pie en los umbrales o vagaban sin rumbo por sus casas, que veían por última vez. 

Pero fueron despertados por los gritos de los jinetes que ordenaban su salida inmediata, o por la caída de las casas que empezaban a derribar.

Pronto una línea ininterrumpida de emigrantes llenó las calles, y conforme reconocían los unos en los otros su común miseria, se produjo un nuevo estallido de lágrimas. Gritos de dolor, especialmente de las mujeres, comenzaron a hacerse oír, al pasar delante de los templos venerados y verlos ocupados por las tropas, y sentían que se iban, dejando a sus dioses como prisioneros en manos del enemigo.

Cuando los albanos hubieron dejado su ciudad, los romanos arrasaron todos los edificios privados y públicos, en todas direcciones; y en sólo una hora quedaron destruidos cuatrocientos años de existencia de Alba. Los templos de los dioses, sin embargo, se salvaron, de conformidad con el edicto del rey.

La caída de Alba supuso un gran aumento en la población de Roma; el número de ciudadanos se duplicó; el Celio se incluyó en la ciudad y, para que pudiera estar más poblada, Tulio lo eligió para edificar su palacio y luego vivió allí. 

Nombró nobles albanos para el Senado, de modo que este orden del Estado también pudo ser aumentado. Para proporcionar un edificio consagrado, dado el aumento del número de senadores, construyó la Curia, que hasta el tiempo de nuestros padres fue conocida como Curia Hostilia. 

La Curia Julia, construida por Julio César sobre la de Tulio Hostilio

Con la nueva población aumentó también la fuerza militar. Impulsado por la confianza en su fuerza, que estas medidas inspiraron, Tulio declaró la guerra contra los sabinos, una nación en ese momento la siguiente sólo a los etruscos en número y fuerza militar. Los sabinos estaban lejos de olvidar que una parte de sus fuerzas había sido trasladada a Roma por Tacio, y que el Estado romano había sido últimamente engrandecido por la inclusión de la población de Alba; por lo tanto, ellos por su parte empezaron a buscar ayuda exterior.

Su vecino más cercano era Etruria, y, de los etruscos, cuyas pasadas derrotas todavía estaban en sus memorias. Los sabinos, instándolos a la rebelión, atrajeron a muchos voluntarios, pero no se les proporcionó ayuda por el Estado, por lo que no es tan sorprendente que las otras ciudades no prestaran ninguna ayuda. Tulio inició la campaña invadiendo el territorio sabino. Una carga repentina de caballería sembró la confusión en las filas sabinas, que ni pudieron ofrecer una resistencia eficaz ni pudieron huir sin sufrir grandes pérdidas.

La derrota de los sabinos aumentó la gloria del reinado de Tulio y de todo el Estado, y contribuyó considerablemente a su fortaleza. Poco después se informó al rey y al Senado de que había habido una lluvia de piedras en el Monte de Alba. Como parecía poco creíble, se enviaron hombres a inspeccionar el prodigio, pero mientras procedían a la inspección, otra fuerte lluvia de piedras cayó del cielo, como granizo.

No mucho después, una peste causó gran angustia y los hombres quedaron imposibilitados para la dureza del servicio militar. El rey guerrero, sin embargo, no permitía descanso a los brazos; pensó, además, que sería más saludable para los soldados el campo que su hogar. 

Al fin él mismo fue postrado por una larga enfermedad, y ese espíritu feroz y agitado quedó tan roto por la debilidad del cuerpo que quien había creído que no había nada menos apropiado para un rey que la devoción a cuestiones sagradas, se vio repentinamente convertido en víctima de toda clase de terrores religiosos y llenó la Ciudad de observancias religiosas. 

Había un deseo general de recuperar la condición de las cosas como existían bajo Numa, pues los hombres sentían que la única ayuda que quedaba contra la enfermedad era obtener el perdón de los dioses y estar en paz con el cielo.

La tradición dice que Tulio leyó los comentarios de Numa, y encontró una descripción de ciertos ritos secretos de sacrificios a Júpiter, e intentó ponerlos en práctica, pero su ejecución fue muy defectuosa por omisiones o errores. 

No sólo no hubo para él señales benignas del cielo, sino que despertó la ira de Júpiter por el falso culto que se le prestaba y quemó al rey y su casa con un rayo.

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