domingo, 6 de noviembre de 2016

HISTORIA DE ROMA V • Lucio Tarquinio, el Soberbio • El fin de la monarquía



Los Reyes:
753–717 a.C. Rómulo
716–674 a.C. Numa Pompilio
674-642 a. C. Tulio Hostilio
642-617 a. C. Anco Marcio
• • •
Etruscos:
617-579 a. C. Lucio Tarquinio Prisco
579-535 a. C. Servio Tulio
535-509 a. C. Lucio Tarquinio, el Soberbio

Tarquinio el Soberbio. Livio Mehus. Gallería Palatina de Florencia

Y así, con un crimen deleznable, empezó el reinado de Lucio Tarquinio, de cuyo apodo, Soberbio, tal vez convenga decir que es excesivamente benigno, cuando, en realidad, estamos hablando de un criminal, sin límites y sin escrúpulos morales.

Después de asesinar a Servio, su suegro, le negó también un entierro digno y mató a todo los nobles de los que sospechaba la menor simpatía hacia él.

Sí era consciente -en opinión de Tito Livio-, de que habiendo asesinado a sangre fría para alcanzar el poder, había sentado un precedente que, dadas las circunstancias y la decadencia moral alcanzada, muy bien podía volverse en su contra, motivo por el que se hacía acompañar continuamente de un fuerte guardia armada, porque no teniendo –continúa Tito Livio-, nada con lo que hacer valer sus derechos a la corona, excepto la violencia actual; estaba reinando sin haber sido elegido por el pueblo, o confirmado por el Senado y, como, por otra parte, no tenía ninguna esperanza de ganarse el afecto de los ciudadanos, tuvo que mantener su dominio mediante el miedo.

Para hacerse más temido, llevó a cabo los juicios en casos de pena capital, sin asesores, y bajo su presidencia fue capaz de condenar a muerte, desterrar, o multar no sólo a aquellos de los que sospechaba o le resultaban antipáticos, sino también a aquellos de quienes sólo pretendía obtener su dinero.

Su objetivo era reducir así el número de senadores, negándose a nombrar otros nuevos, para que la dignidad del propio orden disminuyera junto con su número. Así, fue el primero de los reyes que rompió la tradicional costumbre de consultar al Senado sobre todas las cuestiones y el primero en gobernar con el asesoramiento de sus favoritos de palacio.

La guerra, la paz, los tratados, las alianzas se hicieron o rompieron por su voluntad, tal como a él le pareciera bien, sin autorización alguna del pueblo o del Senado. Hizo hincapié en asegurarse el apoyo de la nación Latina y, para ello dio a su hija en matrimonio a Octavio Mamilio de Tusculo, que era el hombre más importante de la raza latina, descendiente, si hemos de creer a las tradiciones, de Ulises y Circe la diosa. A través de aquel parentesco, se ganó a muchos de los amigos y conocidos de su yerno.

Una vez que supuso asentada su influencia entre la nobleza de los latinos, les envió un mensaje para reunirse con ellos en una fecha fijada, en el lugar llamado Ferentina, alegando que había asuntos de interés común sobre los que deseaba consultarles. 

Ellos se reunieron allí, en número considerable, al amanecer, pero Tarquinio no llegó hasta poco antes del atardecer. 

Hartos de esperarle, y sintiéndose menospreciados por el retraso, Turno Herdonio, de Aricia, pronunció un feroz ataque contra él.

-No es de extrañar, dijo, que en Roma se le haya atribuido el epíteto de tirano -pues esto es lo que le llama habitualmente el pueblo, aunque sólo en voz baja-. ¿Puede algo mostrar mejor que es un tirano, que el modo en que se burla de toda la nación Latina? 

Tras hacernos venir a todos desde nuestros lejanos hogares, el hombre que nos ha convocado, no aparece. En realidad, estará intentando saber hasta dónde puede llegar, y si aceptamos el yugo, calculará cómo puede aplastarnos.

¿Quién no ve que estaba trazando su camino hacia el dominio de los latinos? Aun suponiendo que sus propios compatriotas hubieran hecho bien en confiarle el poder supremo –si se lo hubieran otorgado, porque lo adquirió por medio de un parricidio-, los latinos no debemos poner el poder en sus manos, porque viendo los asesinatos, exilios y despojos que lleva a cabo sobre los suyos, ¿podemos nosotros esperar mejor destino? 

Si hubieran seguido el consejo del orador, se habrían vuelto a sus casas y habrían hecho tanto caso de la citación al Consejo como lo había hecho quien lo convocó. Pero, justo mientras estos y otros sentimientos eran expuestos por aquel hombre, que había ganado su influencia en Aricia por la traición y el crimen, Tarquinio apareció en escena. Su llegada puso fin al discurso, e inmediatamente, todos dieron la espalda al orador para saludar al rey. 

Cuando se restableció el silencio, Tarquinio fue aconsejado por los que estaban cerca para que explicase por qué había llegado tan tarde. 

-Fui elegido mediador –respondió-, entre un padre y un hijo, y me he retrasado a causa de mis esfuerzos por reconciliarlos. Pero, puesto que ello me ha ocupado todo el día, mañana os presentaré mis nuevos planes.

Se dice que, pese a esta explicación, Turno volvió a hablar, diciendo:

-Ningún caso podría ocupar menos tiempo que el litigio entre un padre y un hijo, pues puede ser resuelto con pocas palabras; si el hijo desobedece los deseos del padre, debe ser castigado.

Tarquinio se tomó el asunto más en serio de lo que aparentó y enseguida comenzó a planear la muerte de Turno, a fin de someter a los latinos con el mismo terror con el que había sojuzgado los espíritus de sus súbditos. Pero como no tenía poder para condenarle abiertamente a muerte, ideó su destrucción mediante una falsa acusación, a cuyo efecto, creó una gran tramoya.

Así, sobornó a un esclavo de Turno para que permitiera que llevasen en secreto a sus cuarteles una gran cantidad de espadas durante la noche.

Poco antes de amanecer, Tarquinio convocó a los jefes de los latinos a su presencia, como si algo le hubiera producido gran alarma. Les dijo que su retraso el día anterior había sido provocado por alguna providencia divina, pues había demostrado ser la salvación, tanto de ellos, como la suya propia. 

-Fui informado de que Turno planeaba asesinarme, así como a los hombres más importantes de las diferentes ciudades, para hacerse con el poder absoluto sobre los latinos. De hecho, lo habría intentado ayer en el Consejo, si yo me hubiera presentado a primera hora, y de tal frustración procedían sus críticas. Pero si mis informes son ciertos, sé que, de haber podido, él y sus conspiradores, habrían caído sobre mí. Por otra parte, será fácil comprobar lo que digo, si me acompañáis ahora a registrar su casa en busca de armas.

El hecho de que Turno también fuera muy ambicioso, hizo que los presentes sospecharan que su amenazador discurso justificaba las acusaciones de Tarquinio, pero postergaron su juicio hasta comprobar si era cierta la sospecha de haber acumulado una arsenal de espadas.

Al llegar a su casa, lo hallaron durmiendo, por lo que fácilmente fue reducido y apresados los esclavos que intentaron defenderlo. Acto seguido, aparecieron espadas por todos los rincones. 

Turno fue preso y encadenado, mientras preparaban el simulacro de proceso, en cuyo transcurso fue condenado a muerte sin ofrecerle la menor oportunidad de defenderse. Acto seguido, fue ejecutado de una forma cruel y sin precedentes: arrojado a la fuente Ferentina, se colocó sobre él una tabla cargada de piedras.

Poco después, los latinos volvieron a reunirse y Tarquinio les agradeció la espantosa muerte de Turno, al que consideraba acorde con sus planes criminales. Después añadió entre benigno y amenazador, que, si bien sus derechos eran históricos, pensaba que sería más ventajoso para todas las partes si se renovaba el antiguo tratado de unión, a fin de que los latinos pudieran disfrutar de la prosperidad del pueblo romano, en lugar de temerlo siempre como a extranjero, y de tener que sufrir la demolición de sus ciudades y la devastación de sus campos.

Los latinos se quedaron convencidos sin mucha dificultad, aunque por el tratado, Roma sería el estado dominante, y además, los jefes de la Liga Latina dieron su adhesión al rey, después de que Turno se hubiera convertido en un ejemplo del peligro que corría cualquiera que se opusiera a sus deseos.

Aunque tiránico en su gobierno, este rey no era un general despreciable; en habilidad militar habría rivalizado con cualquiera de sus predecesores, si la degeneración de su carácter en otros sentidos no le hubiese impedido alcanzar distinción también en este terreno.

Después provocó la guerra con los volscos -que después continuó durante doscientos años- a los que arrebató las ciudades de Pontino y Suessa, mientras que el botín obtenido supuso una gran cantidad de plata, cuyo beneficio empleó en ampliar el templo de Júpiter.

La clave de las amapolas

La siguiente guerra le ocupó más de lo esperado. No pudiendo tomar la vecina ciudad de los gabios por asalto y ante la inutilidad del asedio, después de ser derrotado bajo sus muros, empleó contra ella métodos que no tenían nada de romanos, es decir, el fraude y el engaño. 

Fingió haber renunciado a todo pensamiento de guerra mostrando que se dedicaba devotamente a poner los cimientos de su nuevo templo de Júpiter y a otros trabajos en la Ciudad. Mientras tanto, mandó a Sexto, el menor de sus tres hijos, que fuese a Gabius haciéndose pasar por refugiado, quejándose amargamente de la crueldad insoportable de su padre, declarando que había cambiado a su propia familia por la tiranía sobre los demás, e incluso que consideraba la presencia de sus hijos como una carga y que se preparaba para deshacerse de ellos igual que se había deshecho de los senadores, de modo que no dejaría ningún descendiente que heredara la Corona. 

Así lo hizo Sexto, añadiendo que había escapado de la violencia asesina de su padre, y sentía que ningún lugar era seguro para él, excepto entre los enemigos de Lucio Tarquinio. Les advirtió que no se engañasen a sí mismos, pues la guerra que aparentemente había abandonado su padre, se cernía sobre ellos, y a la primera oportunidad les atacaría cuando menos lo esperasen. 

Si entre ellos no hallaba acogida, vagaría por el Lacio, suplicaría a los volscos, a los ecuos, a los hernios, hasta encontrar a los que supiesen proteger a los hijos contra la persecución cruel y antinatural de sus padres. Tal vez hallaría pueblos con espíritu suficiente para tomar las armas contra un tirano despiadado respaldado por un pueblo guerrero. 

Como parecía probable que lo hiciese si no le prestaban atención, por su mal humor, el pueblo de Gabios le recibió con benignidad. Le dijeron que no se sorprendiese si su padre trataba a sus hijos como había tratado a sus propios súbditos y aliados, y que habiendo acabado con los demás también podría terminar asesinándolo a él. 

Finalmente, mostraron satisfacción por su llegada y expresaron su convicción de que con su ayuda, la guerra se iría de las puertas de Gabius a las murallas de Roma.

Fue admitido en las reuniones del Consejo Nacional y después de inducir gradualmente a los dirigentes gabios a la revuelta, acompañó personalmente a algunos de los más entusiastas de entre los jóvenes en expediciones de saqueo. 

Al actuar tan hipócritamente, tanto en sus palabras como en sus acciones, se ganó cada vez más su engañada confianza y, por fin, fue elegido como comandante. Mientras la población ignoraba lo que pretendía, tuvieron lugar los combates entre Roma y Gabius con ventaja, en general, para éstos, de forma que todos los gabios, desde el más alto hasta el más bajo creyeron firmemente que Sexto Tarquinio había sido enviado por el cielo para dirigirlos. En cuanto a los soldados, por compartir todos sus trabajos y peligros fue muy apreciado, y por la distribución abundante del botín, se convirtió tan poderoso en Gabius como el anciano Tarquinio lo era en Roma.

Cuando se creyó lo suficientemente fuerte como para tener éxito en cualquier cosa que intentase, envió a uno de sus amigos a su padre, en Roma, para preguntarle qué deseaba que hiciese, pues los dioses ya le habían concedido el poder absoluto en Gabius. 

A este mensajero, Tarquinio no le dio respuesta verbal, -porque creo, dice Tito Livio, que desconfiaba de él-, pero salió al jardín de palacio, como sumido en sus pensamientos, siendo seguido por el mensajero de su hijo. Mientras caminaba en silencio, se dice que golpeaba las amapolas más altas con su bastón. 

Tarquinius Superbus, Sir Lawrence Alma-Tadema - 1867, Col. Privada

Cansado de esperar una respuesta, y sintiendo que su misión había fracasado, el mensajero regresó a Gabius e informó de lo que había dicho y visto, agregando que el rey, ya fuese por temperamento, por aversión personal, o por su arrogancia natural, no había pronunciado una sola palabra. 

Pero Sextus comprendió lo que su padre deseaba de él, considerando lo que había hecho con las amapolas durante su misterioso silencio. Él debía hacer lo mismo, con las cabezas de los hombres más destacados –más altos-, entre los que le habían acogido.

Así pues, de inmediato, procedió a deshacerse de todos los hombres del Estado, difamando a unos entre el pueblo, mientras que otros caían víctimas de su propia impopularidad. Muchos fueron ejecutados y aquellos contra los que no había cargos plausibles, fueron secretamente asesinados. A algunos se les permitió buscar la seguridad por la huida, y otros fueron enviados al exilio, mientras que sus propiedades, así como las de otros que fueron condenados a muerte, se repartieron en regalos y sobornos, de forma que la satisfacción de los que recibían sus premios, embotó su entendimiento sobre lo que se estaba fraguando, hasta que, privado de todo consejo y ayuda, el Estado de Gabius fue entregado al rey romano sin una sola batalla.

Después de la ocupación de Gabius, Tarquinio hizo la paz con los Ecuos y renovó el tratado con los Etruscos. Luego volvió su atención a los asuntos de la Ciudad. Lo primero era el templo de Júpiter en el monte Tarpeyo, que estaba ansioso por legar como recuerdo de su reinado y de su nombre; todos los Tarquinios estaban interesados en su finalización; el padre lo había prometido, y el hijo lo terminó. 

Perino Tarquino el Soberbio funda el templo de Júpiter Capitolino

El Templo de Júpiter y su entorno, ya durante la República

Cuando los plebeyos ya no fueron necesarios para sus obras, Tarquinio consideró que tal multitud de hombres inactivos resultarían una carga para el Estado, y como deseaba colonizar con más intensidad las fronteras, envió colonos a Signia y Circei para que sirvieran de protección a la Ciudad por tierra y mar.

Mientras estaba llevando a cabo estas empresas, ocurrió un presagio terrible: una serpiente salió de una columna de madera, provocando confusión y pánico en palacio. El propio rey no estaba tan aterrado como lleno de ansiosos presentimientos. Los adivinos etruscos eran empleados sólo para interpretar prodigios que afectasen al Estado; pero éste le incumbía a él personalmente y a su casa, por lo que decidió consultar al más famoso oráculo del mundo, en Delfos. Temeroso de confiar la respuesta del oráculo a cualquier otra persona, envió a dos de sus hijos, Tito y Arruncio, a Grecia, a través de tierras desconocidas en ese tiempo y de mares mucho menos conocidos.

Tito y Arruncio comenzaron su viaje. Llevaban como compañero a L. Junio Bruto, el hijo de la hermana del rey, Tarquinia, un joven con un carácter muy diferente del que fingía tener. Cuando se enteró de la masacre de los principales ciudadanos, entre ellos, su propio hermano, por órdenes de su tío, determinó que su inteligencia no debía dar al rey motivo de alarma, ni su fortuna provocar su avaricia, y que, ya que las leyes no le ofrecían protección, buscaría la seguridad en la oscuridad y el abandono. En consecuencia, cuidó de tener el aspecto y el comportamiento de un idiota, dejando al rey hacer lo que quisiera con su persona y bienes, y ni siquiera protestó contra su apodo de Brutus; pues bajo la protección de ese apodo esperaba el espíritu que estaba destinado a liberar un día a Roma. 

La historia cuenta que cuando fue llevado a Delfos por los Tarquinios, más como un bufón para su diversión, que como un compañero, llevaba un bastón de oro escondido en el hueco de otro de madera y que lo ofreció a Apolo como un emblema místico de su propio carácter. 

Después de cumplir el encargo de su padre, cuando los jóvenes estaban deseosos de averiguar cuál de ellos heredaría el reino de Roma, se oyó una voz desde lo más profundo de la caverna:

-Quien de vosotros, jóvenes, sea el primero en besar a su madre, tendrá el poder supremo en Roma.

Sexto se había quedado en Roma, y para mantenerlo en la ignorancia de este oráculo y así privarle de la oportunidad de llegar al trono, los dos Tarquinios insistieron en mantener un silencio absoluto sobre el asunto y echaron a suertes cuál de ellos sería el primero en besar a su madre a su regreso a Roma.

Bruto, pensando que la voz del oráculo tenía otro significado, fingió tropezar, y al caer, besó el suelo, pues la tierra es, por supuesto, nuestra madre común. 

Luego regresó a Roma, donde se estaban haciendo enérgicos preparativos para una guerra con los Rútulos.

Este pueblo era considerando excepcionalmente rico y esta característica constituyó el motivo real de la guerra, porque el rey romano estaba deseoso de reparar su propia fortuna, que se había agotado con sus magníficas obras públicas, y también para conciliarse con sus súbditos mediante la distribución del botín de guerra. 

Su tiranía ya había producido descontento, pero lo que produjo el mayor resentimiento fue la forma en que el rey les había mantenido tanto tiempo en labores manuales e incluso en trabajos serviles.

Se hizo un intento de tomar por asalto Ardea, pero al no lograrlo, se recurrió a asediar la ciudad para matar de hambre al enemigo, y cuando las tropas están quietas, como es el caso en los asedios, al contrario que cuando se encuentran en campaña activa, es fácil que se concedan permisos de salida, aunque más a los oficiales, que a los soldados. 

Así, los príncipes reales a veces pasaban sus horas de ocio en fiestas y diversiones, y en una fiesta dada por Sexto Tarquinio Colatino en la que el hijo de Egerius –Arruncio- estaba presente, la conversación pasó a girar sobre sus esposas. Cada uno comenzó a hablar de la suya con extraordinarias palabras de alabanza. Encendidos con la discusión, Colatino dijo que no había necesidad de palabras, y que en pocas horas podrían comprobar hasta qué punto su esposa Lucrecia era superior a las demás.

-¿Por qué –exclamó-, si tenemos algún vigor juvenil, no montamos a caballo y hacemos a nuestras esposas una visita, y veremos su condición según lo que estén haciendo? Como sea su comportamiento ante la llegada inesperada de cada marido, será la prueba más segura. 

Se habían calentado con el vino, y todos gritaron: 

-¡Bien! ¡Vamos! Y espoleando a los caballos galoparon hasta Roma, a donde llegaron cuando la oscuridad comenzaba a cerrar. Desde allí fueron a Colacia, donde encontraron a Lucrecia empleada de manera muy diferente a como estaban las nueras del rey, a quienes habían visto pasar el tiempo entre fiestas y lujo, con sus conocidos. Lucrecia estaba sentada hilando lana y rodeada de sus criadas. 

La palma en este concurso sobre la virtud de las esposas se otorgó, pues, a Lucrecia, que acogió con satisfacción la llegada de su marido y los Tarquinios, mientras que su esposo victorioso cortésmente invitaba a los príncipes a permanecer en su casa, en calidad de huéspedes. 

Pero Sexto Tarquinio, inflamado por la belleza y la pureza ejemplar de Lucrecia, concibió la vil intención de deshonrarla. Y con este pensamiento regresó al campamento.

Pocos días después Sexto Tarquinio fue, sin saberlo Colatino, con un compañero, a Colacia. Se le recibió amablemente en el hogar, sin ninguna sospecha, y después de la cena fue conducido a un dormitorio separado para huéspedes. Cuando todo le pareció seguro y todo el mundo dormía, fue con la agitación de su pasión, armado con una espada, donde dormía Lucrecia, y poniendo la mano izquierda sobre su pecho, le dijo:

–¡Silencio, Lucrecia! Soy Sexto Tarquinio y tengo una espada en la mano; si dices una palabra, morirás.

Simon Vouet (1590–1649) Lucrecia y Tarquinio

La mujer, que despertó bruscamente, llena de miedo, vio que no tenía ayuda cercana y supo que la muerte la amenazaba. Tarquinio comenzó a confesar su pasión; rogó, amenazó y empleó todos los argumentos que pueden influir en un corazón femenino. Pero cuando vio que ella era inflexible y no cedía ni siquiera por miedo a morir, la amenazó con su desgracia, declarando que pondría el cuerpo muerto de un esclavo junto a su cadáver y diría que la había hallado en sórdido adulterio. 

Con esta terrible amenaza, su lujuria triunfó sobre la castidad inflexible de Lucrecia y salió exultante tras haber atacado con éxito su honor. 

Lucrecia, abrumada por la pena y el espantoso ultraje, envió un mensajero a su padre en Roma y a su marido en Ardea, pidiéndoles que acudieran a ella, cada uno acompañado por un amigo fiel; que era necesario que actuaran con prontitud, pues algo horrible había sucedido.

Espurio Lucrecio llegó con Publio Valerio, el hijo de Voleso, y Colatino, con Lucio Junio Bruto, a quien encontró regresando a Roma, cuando estaba con el mensajero de su esposa. 

Encontraron a Lucrecia, sentada en su habitación y postrada por el dolor. Al entrar ellos, estalló en lágrimas, y al preguntarle su marido si todo estaba bien, respondió: 

-¡No! ¿Qué puede estar bien para una mujer cuando se ha perdido su honor? Las huellas de un extraño, Colatino, están en tu cama. Pero es sólo el cuerpo lo que ha sido violado, el alma es pura y la muerte será testigo de ello. Pero dame tu solemne palabra de que el adúltero no quedará impune. Fue Sexto Tarquino quien, viniendo como enemigo en vez de como invitado, me violó la noche pasada con una violencia brutal y un placer fatal para mí y, si sois hombres, fatal para él. 

Todos ellos, sucesivamente, dieron su palabra y trataron de consolar el triste ánimo de la mujer, cambiando la culpa de la víctima al ultraje del autor e insistiéndole en que es la mente la que peca, no el cuerpo, y que donde no ha habido consentimiento no hay culpa. 

-Es por ti -dijo ella-, el ver que él consigue su deseo, aunque a mí me absuelva del pecado, no me librará de la pena; ninguna mujer sin castidad alegará el ejemplo de Lucrecia. 

Sacó un cuchillo que escondía en su vestido; lo hundió en su corazón, y cayó muerta al suelo. 

Su padre y su marido lamentaron su muerte. Mientras estaban encogidos en el dolor, Bruto sacó el cuchillo de la herida de Lucrecia, y sujetándolo, goteando sangre, frente a él, dijo:

-Por esta sangre -la más pura antes del indignante ultraje hecho por el hijo del rey- yo juro, y a vosotros, oh dioses, pongo por testigos de que expulsaré a Lucio Tarquinio el Soberbio, junto con su maldita esposa y toda su prole, con fuego y espada y por todos los medios a mi alcance, y no sufriré que ellos o cualquier otro vuelvan a reinar en Roma.

Después entregó el cuchillo a Colatino y luego a Lucrecio y Valerio, que quedaron sorprendidos de su comportamiento, preguntándose dónde había adquirido Bruto aquel nuevo carácter. 

La muerte de Lucrecia. Eduardo Rosales Gallinas

Juraron como se les pidió; todo su dolor cambiado en ira, y siguieron el ejemplo de Bruto, quien les convocó a abolir inmediatamente la monarquía. 

Llevaron el cuerpo de Lucrecia, de su casa, hasta el Foro, donde a causa de lo inaudito de la atrocidad del crimen, reunieron una multitud. Cada uno tenía su propia queja sobre la maldad y la violencia de la casa real. Aunque todos fueron movidos por la profunda angustia del padre, Bruto les ordenó detener sus lágrimas y ociosos lamentos, y les instó a actuar como hombres y romanos, y tomar las armas contra sus insolentes enemigos. Esto animó a que los hombres más jóvenes se presentaron armados, como voluntarios; el resto siguió su ejemplo.

El Foro de Roma

Una parte de este cuerpo fue dejado para guardar Colacia, y los guardias fueron apostados en las puertas para evitar que las noticias del movimiento alcanzaran al rey. El resto marchó armado a Roma con Bruto al mando. 

A su llegada, la visión de tantos hombres armados esparció el pánico y la confusión donde quiera que llegaban, pero al ver de nuevo el pueblo que los más importantes hombres del Estado guiaban la revuelta, se dieron cuenta de que el motivo era de la mayor gravedad. El terrible suceso ocurrido a Lucrecia, produjo gran indignación. De todos los barrios de la Ciudad acudían gentes hacia el Foro. 

Cuando se hubieron reunido allí, el heraldo los convocó a esperar al Tribuno de los Celeres o de la Caballería, que era la magistratura de Bruto.., 

-¿Cómo pueden -se preguntaban- haber designado los romanos a un imbécil para que dirija su caballería en combate? 

Pero Bruto, en aquel momento pronunció un discurso muy distinto del que, hasta ese día, se esperaba de su carácter y temperamento. Insistió en la brutalidad y el desenfreno de Sexto Tarquinio; el infame atentado contra Lucrecia; su muerte lamentable y la pérdida sufrida por su padre, (Espurio Lucrecio) Tricipitino, a quien el motivo de la muerte de su hija era más vergonzoso y doloroso que la muerte en sí misma. Luego hizo hincapié en la tiranía del rey; los trabajos y sufrimientos de los plebeyos mantenidos bajo tierra, limpiando zanjas y alcantarillas; ¡romanos, conquistadores de todas las naciones circundantes, vueltos de guerreros en artesanos y albañiles! 

Les recordó el asesinato vergonzoso de Servio Tulio y su hija conduciendo en su maldito carro sobre el cuerpo de su padre, y solemnemente invocó a los dioses como los vengadores de los padres asesinados. Al enumerar estos y, creo, otros incidentes aún más atroces que su agudo sentido de la injusticia actual le sugerían, pero que no es fácil explicar con detalle, incitó a la multitud indignada a despojar al rey de su soberanía y pronunciar un pena de expulsión contra Tarquinio, su esposa y sus hijos. 

Con un cuerpo selecto de los Juniores, que se ofreció a seguirlo, se fue al campamento de Ardea para incitar el ejército contra el rey, dejando el mando en la Ciudad a Lucrecio, que había sido prefecto bajo la misma monarquía. 

Durante la conmoción, Tulia huyó del palacio en medio de las maldiciones de todos los que la reconocían, hombres y mujeres por igual invocando contra ella el espíritu vengador de su padre.

Cuando la noticia de estos sucesos llegó al campamento, el rey, alarmado por el giro que tomaban los acontecimientos, se apresuró a volver Roma para sofocar el brote. Bruto, que estaba en el mismo camino, se había enterado de su aproximación y para evitar encontrarse con él tomó otro camino, de modo que él llegó a Ardea y Tarquinio a Roma casi al mismo tiempo, aunque de diferentes maneras.

Tarquinio encontró las puertas cerradas y dictado un decreto de expulsión contra él; pero el Libertador de la Ciudad recibió una alegre bienvenida en el campamento, del que expulsaron a los hijos del rey, dos de los cuales, siguieron a su padre en el exilio, en Caere, entre los etruscos. Sexto Tarquinio marchó a Gabius, que consideraba su reino, pero fue asesinado en venganza por las viejas rencillas que habían provocado su rapiña y asesinatos. 

Lucio Tarquinio el Soberbio reinó veinte y cinco años. La duración total de la monarquía desde la fundación de la Ciudad hasta su liberación fue de doscientos cuarenta y cuatro años. 

Fueron elegidos dos cónsules por la asamblea de las centurias, convocada por el prefecto de la Ciudad, de acuerdo con las normas de Servio Tulio. Eran Lucio Junio Bruto y Lucio Tarquinio Colatino.

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Tarquinio usó la violencia, el asesinato y el terror para mantener el control sobre Roma como ningún rey anterior los había utilizado, derogando incluso muchas reformas constitucionales que habían establecido sus predecesores. Su mejor obra para Roma fue la finalización del templo a Júpiter, iniciado por su padre Prisco.

Tarquinio huyó a la ciudad de Túsculo y posteriormente a Cumas, donde moriría en el año 495 a. C. Esta expulsión supuso el fin de la influencia etrusca, tanto en Roma como en el Lacio, y el establecimiento de una constitución republicana, en el año 509 a.C.

Lucio Junio Bruto y Lucio Tarquinio Colatino, sobrino de Tarquinio y viudo de Lucrecia, se convirtieron en los primeros cónsules del nuevo gobierno de Roma, el que a la larga lograría la conquista de casi todo el mundo mediterráneo, y que perduró durante cerca de quinientos años hasta la ascensión de Julio César y César Augusto.

Lucio Junio Bruto. Museos Capitolinos, Roma
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Tarquinio el Soberbio y la Sibila de Cumas

La Sibila, ya anciana, se presentó ante Tarquinio y le ofreció nueve libros de profecías por los que exigía un precio tan extremadamente alto, que Tarquinio se negó a pagarlo. Acto seguido, la Sibila destruyó tres de los libros y le ofreció los otros seis por el mismo precio que al principio. Como Tarquinio tampoco aceptó, la Sibila destruyó otros tres. Finalmente, ante el temor de que los destrozara todos, Tarquinio pagó el precio inicial, sólo por los tres últimos libros. Después los depositó en el templo de Júpiter Capitolino, donde eran consultados en circunstancias extremas, pero se quemaron en un incendio el año 83 a.C.

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Para suplir el papel de los reyes, se creó un nuevo cargo con el título de pretor, que en el año 305 a. C. se transformó en cónsul, quien poseía todos los poderes que habían tenido los reyes, aunque compartidos con un colega. Sus mandatos eran anuales, y cada cónsul podía vetar las actuaciones o decisiones del otro. Posteriormente, los poderes de los cónsules fueron divididos, creándose nuevas magistraturas que acapararon distintos poderes; los nuevos pretores, que asumieron la potestad judicial de los cónsules, y los censores, que controlaron el censo.

Nueve años después de la expulsión de Tarquinio el Soberbio, los romanos crearon la magistratura de dictador, que tenía autoridad sobre todos los asuntos civiles y militares, no existiendo apelación frente a sus decisiones. 

Para evitar los excesos, los romanos solo designaban dictador en tiempos de urgencia extrema y su mandato sólo duraba seis meses, pero con Julio César y su hijo adoptivo César Augusto, se produjo una gradual restauración del poder real. Julio César fue elegido pontifex maximus y dictador vitalicio, lo que en la práctica le confería mayores poderes que los que nunca tuvieron los antiguos reyes, y como ellos, usaba calzado rojo, aunque no aceptó la corona.

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Balance vital de la Monarquía

Rómulo: Mató a su hermano Remo. Él mismo, se cree que fue asesinado y despedazado por varios mandatarios que simularon que había ascendido al Olimpo.

Numa Pompilio: Muerte natural.
Tulio Hostilio: Fue reducido a cenizas por un rayo de Júpiter.
Anco Marcio (Nieto de Numa): Se cree que tuvo muerte natural.
Tarquinio Prisco: Asesinado por los hijos de Anco Marcio.
Servio Tulio: Arrojado por las escaleras, por su yerno, fue aplastado posteriormente por los caballos y el carro de su propia hija.
Tarquinio el Soberbio: Expulsado de Roma, por sus crímenes y abusos, murió en Cumas en el exilio.


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jueves, 3 de noviembre de 2016

HISTORIA DE ROMA IV • Anco Marcio • Los Tarquinios



La Monarquía

753–717 a.C. Rómulo
716–674 a.C. Numa Pompilio
674-642 a. C. Tulio Hostilio
642-617 a. C. Anco Marcio
Fin de los Sabinos

Tarquinios:
617-579 a. C. Lucio Tarquinio Prisco
579-535 a. C. Servio Tulio
535-509 a. C. Lucio Tarquinio el Soberbio

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La tradición de lo que ocurrió antes de la fundación de la ciudad o mientras se estaba construyendo, está más próxima a adornar las creaciones del poeta, que a las actas auténticas del historiador, y no tengo ninguna intención de establecer su verdad o su falsedad. Tito Livio
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ANCO MARCIO (641-617 a. C.)

Numa Pompilio, segundo rey de Roma y Anco Marcio, al que se supone su nieto: NVMAE. POMPILI. ANCI. MARCI. 
En el reverso aparece la Victoria sobre un pilar, bajo el arco de un puente. 
Bajo el otro arco, parte de una nave y la luna. Dibujo de 1867

Nieto, al parecer, de Numa Pompilio, por línea materna, fue el último rey de origen sabino. Aun siendo respetuoso con las instituciones religiosas, como Numa, continuó la política bélica y expansionista de Rómulo.

Escribió Tito Livio, que, tras la muerte de Tulio Hostilio, fue elegido popularmente Anco Marcio; que el Senado confirmó la elección y que él, reconociendo que el último reinado, tan espléndido en otros aspectos, había sido muy lamentable por el abandono de la religión -o la mala ejecución de los ritos-, estaba decidido a volver a los modos más antiguos de culto y a dirigir los asuntos oficiales de la religión como fueron organizados por Numa. Al efecto, instruyó al Pontífice para que copiara los comentarios de Numa y los hiciera públicos. Los Estados vecinos y su propio pueblo, que anhelaban la paz, tuvieron la esperanza de que el rey seguiría a su abuelo en talante y política.

En este estado de cosas, los latinos, con los que se había hecho un tratado en el reinado de Tulio –Hostilio–, recuperaron la confianza y efectuaron una incursión en territorio romano. Al solicitar los romanos una reparación, la rechazaron arrogantemente, considerando al nuevo rey como un hombre dedicado sólo a las capillas y altares. Anco Marcio decidió que sería difícil para él mantener la paz sin defenderse, ya que su paciencia fue puesta a prueba, y despreciada; hasta que decidió que era más necesario un Tulio que un Numa. 

Así pues, si Numa había instituido la práctica religiosa para tiempos de paz, Anco dictaría las ceremonias apropiadas para el estado de guerra. Y para que tales guerras fueran proclamadas con cierta formalidad, dictó una ley, con la que los Feciales se conducen hasta hoy, cuando requieren una reparación por daños. El procedimiento es como sigue.

El embajador se envuelve la cabeza con una orla de lana. Cuando ha llegado a las fronteras de la nación de la que exige satisfacción, dice:

-¡Oye, Júpiter! ¡Oíd, límites de esta nación; ¡Oye, Justicia! Soy el heraldo público del pueblo romano, vengo con razón y debidamente autorizado, y debe darse fe a mis palabras.

Después de leer los términos de la demanda, pone a Júpiter por testigo de la misma –y termina diciendo:

-Si exijo la entrega de tales hombres o tales bienes en contra de la justicia y la religión, no me permitas disfrutar nunca más de mi tierra natal.

Acto seguido, repite estas palabras mientras traspasa la frontera; a todo el que se cruza con él; cuando atraviesa las puertas y al entrar en el foro. 

Después, si su demanda no es satisfecha en el término de treinta y tres días –que es el plazo de gracia fijado–, se declara la guerra en los siguientes términos:

-¡Escucha, Júpiter, y tú Jano Quirino, y todos vosotros, dioses celestiales, y vosotros, dioses de la tierra y del mundo inferior, oídme! Os pongo por testigos de que este pueblo es injusto y no cumple con sus obligaciones sagradas. Así pues, consultaremos a los ancianos en nuestra tierra sobre el modo en qué debemos obtener nuestros derechos.

Con estas palabras el embajador vuelve a Roma y el rey pregunta a un miembro del Senado:

-El pueblo romano se ha quejado de los latinos priscos, que estaban obligados solidariamente a entregar, descargar y reparar, pero no han hecho ninguna de estas cosas, ¿cuál es tu opinión?

-Yo soy de la opinión de que deben ser recuperados por una guerra justa y legal, por tanto, doy mi consentimiento y voto para ello.

Y cuando la mayoría de los presentes se declaraban de la misma opinión, se acordaba la guerra. El Fecial llevaba a las fronteras enemigas una lanza con punta de hierro o quemada al extremo y manchada de sangre, y, en presencia de al menos tres adultos, proclamaba:

-En la medida en que los pueblos de los latinos priscos han sido considerados culpables de injusticia contra el pueblo de Roma y los Quirites, y dado que estos han ordenado que haya guerra con los latinos priscos, al igual que el Senado, yo y el pueblo de Roma, declaramos y hacemos la guerra a los pueblos de los latinos priscos. 

Dicho esto, arroja su lanza en el territorio contrario. La posteridad adoptó tal costumbre.

Tras encargar el cuidado de los diversos ritos sacrificiales a los Flamines y otros sacerdotes, y alistar un nuevo ejército, Anco avanzó contra Politorio, una ciudad perteneciente a los latinos. La tomó al asalto, y siguiendo la costumbre, transfirió la totalidad de la población a Roma.

Puesto que en el Palatino estaban los primeros romanos; los sabinos en el Capitolio, y dado que los albanos, se asentaron en el Celio, para los recién llegados fue asignado el Aventino.


Después de su evacuación, Politorio fue capturada por los latinos y volvió a recuperarse, por lo que los romanos decidieron arrasar la ciudad, evitando que se convirtiese en un refugio permanente para el enemigo. Al final, Anco regresó con un inmenso botín a Roma, y muchos miles de latinos fueron admitidos a la ciudadanía.

El Janículo –en el Trastévere- fue incorporado a los límites de la ciudad, poniéndolo en contacto con ella por medio de un puente, para la comodidad del tráfico. Este fue el primer puente construido sobre el Tíber, y fue conocido como el Puente Sublicio.


El Pons Sublicius. Reconstrucción de Luigi Canina

Conectaba el Forum Boario con el Trastévere. Derribado en parte por la corriente, fue conocido como el Ponte Rotto.

Ponte Rotto

Sobre sus restos se construyó uno nuevo, en piedra, que pasó a ser conocido como el Puente Emilio.

El Ponte Emilio en un cuadro de 1880. Ettore Roesler Franz

El puente cayó en 1598, y fue demolido en 1880, conservándose sólo un arco del mismo, que hoy ofrece el aspecto de una melancólica pintura romántica.

Sublicio, Rotto, Emilio…

Anco Marcio hizo construir también la primera cárcel de Roma y el puerto de Ostia, con instalaciones salineras.

La Fosa de los Quirites –añade Tito Livio–, también fue obra del rey Anco, y ofrecía una protección considerable a las más bajas y por lo tanto más accesibles partes de la Ciudad. En medio de esta vasta población, ahora que el Estado se había visto tan grandemente aumentado, el sentido del bien y del mal se oscureció y se cometieron muchos crímenes en secreto. Para intimidar a la creciente anarquía, fue construida una prisión en el corazón de la ciudad, con vistas al Foro. Las adiciones hechas por este rey no se limitan a la Ciudad.

El Bosque Mesio fue tomado a los vetentinos, y el dominio Romano se extendió hasta el mar y en la desembocadura del río Tíber se fundó la ciudad de Ostia; se construyeron salinas a ambos lados del río, y el templo de Júpiter Feretrius se amplió a consecuencia de los éxitos en la guerra.

Casa de Venus. Ostia

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Durante el reinado de Anco, un hombre rico y ambicioso llamado Lucumo se trasladó a Roma con la esperanza y el deseo de ganar alta distinción, para lo que no existía oportunidad en Tarquinia, pues era de estirpe extranjera. Era hijo de Demarato el Corintio, que había sido expulsado de su hogar por una revolución y que pasó a establecerse en Tarquinia. 

Allí se casó y tuvo dos hijos, sus nombres eran, el citado Lucumo y Arruncio. Arruncio murió antes que su padre, quedando su mujer embarazada, pero Lucumo le sobrevivió y heredó todos sus bienes, porque Demarato había muerto poco después que su hijo Arruncio, sin conocer el estado de su nuera, por lo que no dispuso en su testamento nada para su nieto. El niño, así excluido de la herencia de su abuelo, fue llamado, por su pobreza, Egerio. 

Lucumo, entre tanto, encantado por su herencia, aumentó su riqueza mediante el matrimonio con Tanaquil, que era descendiente de una de las principales familias del Estado, y no podía soportar la idea de haber rebajado su posición al casarse con alguien de menor dignidad que ella por nacimiento. Los etruscos menospreciaban a Lucumo como hijo de un refugiado extranjero y ella no podía soportar aquella indignidad, de modo que, olvidando todos los lazos del patriotismo, para que su marido pudiera alcanzar mayor honor, decidió que emigrarían y que Roma era el lugar más adecuado para su propósito, pues consideraba que entre una joven nación donde toda la nobleza era de reciente creación y ganada por el mérito personal, habría lugar para un hombre de valor y energía. 

Tanaquil recordó a su esposo que el sabio Tacio había reinado allí; que Numa había sido llamado desde Cures para ocupar el trono, y que el mismísimo Anco era hijo de una sabina y no podría remontar su nobleza más allá de Numa. 

La ambición de Lucumo, y el hecho de que Tarquinia era su país de origen sólo por parte materna, le hizo sopesar atentamente aquellas propuestas y, en consecuencia, se trasladaron a Roma.

Habían llegado al Janículo, y estaba Lucumo sentado junto a su mujer en el carruaje, cuando un águila vino volando suavemente hacia abajo; le quitó el sombrero; giró alrededor del carro dando fuertes gritos; volvió a poner el sombrero en la cabeza de Lucumo y se perdió en el horizonte.

Tanaquil, que, como la mayoría de los etruscos, era una experta en la interpretación de los prodigios celestes, estaba encantada con el presagio. Se abrazó a su marido y le dijo que se le ofrecía un destino alto y majestuoso, que tal era la interpretación de la aparición del águila. Dijo que el presagio se refería a la coronación y encumbramiento de su persona, porque el pájaro había levantado a lo alto un adorno puesto por manos humanas, para reemplazarlo como regalo del cielo.

Lleno de estas esperanzas y conjeturas entraron en la ciudad, y después de procurarse una residencia, él se anunció como Lucio Tarquinio Prisco. El hecho de ser extranjero y rico, le ganó notoriedad y aumentó la suerte que la fortuna le proporcionó. Su conducta cortés, su pródiga hospitalidad y los muchos actos de bondad mediante los que se ganó a todos los que pudo, hicieron que su fama llegara a Palacio.

Una vez presentado al Rey, pronto ganó su confianza, y se hizo tan familiar que era consultado tanto en asuntos de Estado como en otros privados y tanto de paz como de guerra. Por fin, después de pasar todas las pruebas de carácter y capacidad, fue nombrado por el rey tutor de sus hijos.

Tras 24 años de reinado -período no superado por ninguno de sus predecesores, en capacidad y reputación, ni en la guerra o la paz-, murió Anco Marco, seguramente, de muerte natural, como su abuelo antes que él, siendo recordado como uno de los grandes pontífices de Roma. Sus hijos casi habían llegado a la edad adulta. Fue el último de los reyes latino-sabinos de Roma.

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Lucio Tarquinio Prisco 617-579 a. C.


Tarquinio estaba muy ansioso por que la elección del nuevo rey se celebrara tan pronto como fuera posible. En el momento señalado para ello, envió a los hijos de Anco a una expedición de caza. Se dice que fue el primero que se propuso para la corona y que pronunció un discurso para asegurarse el interés de la plebe.

Afirmó que no estaba haciendo una petición insólita y que no era el primer extranjero que aspiraba al trono romano; si así fuera, cualquiera podría sentir sorpresa e indignación, pero era el tercero, puesto que Tacio no sólo fue extranjero, sino que reinó después de haber sido enemigo de Roma, mientras que Numa, un completo desconocido en la Ciudad, había sido llamado al trono, aún sin pretenderlo. 

En cuanto a él, cuando fue dueño de sí mismo, se había trasladado a Roma con su esposa y toda su fortuna; había vivido en Roma más tiempo que en su propia patria, desempeñando sus funciones de ciudadano; había aprendido las leyes y los ritos ceremoniales de Roma, tanto civiles como militares, bajo las órdenes de Anco, un maestro muy eficiente. Añadió que había sido insuperable en los deberes y servicios a aquel rey, su protector, y que no había sido menos que él mismo en el trato generoso a los demás.

Oyendo estas razones, que sin duda eran ciertas, el pueblo romano con entusiasta unanimidad lo eligió rey. Pero, aunque en todos los demás aspectos era un hombre excelente, la ambición que lo impulsó a buscar la corona, le siguió en el trono. Con el propósito de reforzarse él mismo tanto como de aumentar el Estado, nombró un centenar de nuevos senadores procedentes de las tribus menores, los cuales formaron un cuerpo de incondicionales partidarios suyos, pues sólo por su favor, habían entrado en el Senado. Tarquinio Prisco fue así el quinto rey de Roma, y el primero de origen etrusco.

La primera guerra que tuvo fue con los latinos. Tomó la ciudad de Apiolas al asalto, y se llevó mayor cantidad de botín de lo que hubiera podido esperarse y después que todo fue llevado en carros a Roma, celebró los Juegos con mayor esplendor y en una escala mayor que sus predecesores. 

Entonces, por primera vez, se señaló un lugar en lo que es ahora el Circo Máximo, en el que se asignaron lugares a los patricios y caballeros donde cada uno de ellos pudiese construir sus tribunas, que fueron llamadas foros, desde las que pudieran contemplar los Juegos. Estas tribunas se plantaron sobre puntales de madera, elevándose a lo alto hasta cuatro metros de altura. Las competiciones fueron carreras de caballos y boxeo, con caballos y boxeadores en su mayoría, de Etruria. 

Maqueta del Circo Máximo

El terreno que ocupaba el Circo Máximo, en su estado actual

Este rey también dividió el terreno alrededor del Foro para la construcción de sitios, portales y tiendas que allí se instalaron y duplicó el tamaño de Roma, aportando fabulosos tesoros a la ciudad, que empleó en erigir grandes monumentos y otras construcciones, con perfecto sistema de alcantarillado de la ciudad, como la Cloaca Máxima, e inició la construcción del Foro Romano.

Interior de la Cloaca Máxima, hoy

Aspecto exterior de la Cloaca Máxima en la actualidad

Lucio Tarquinio Prisco murió después de 38 años de reinado, asesinado, precisamente, por sus educandos; los hijos de su predecesor, Anco Marcio.

Cuando Tarquinio –dice Tito Livio–, llevaba treinta y ocho años en el trono, su yerno, Servio Tulio –quien le sucedió–, era estimado, con mucho, por encima de cualquier otro, no sólo por el rey, sino también por los patricios y la plebe.

Aunque no podían alegar derecho alguno, puesto que el hereditario no estaba contemplado en la ley, los dos hijos de Anco siempre habían sentido intensamente haber sido privados del trono de su padre por la traición de su tutor. La ocupación –del trono– por un extranjero que ni siquiera era de origen italiano, y mucho menos descendiente de romano, aumentaba su indignación. Así, cuando vieron que ni incluso después de la muerte de Tarquinio volvería a ellos la corona, sino que descendería sobre un esclavo, pensaron que sería una desgracia para todo el pueblo romano, y especialmente para su casa, ya que, mientras que la descendencia masculina de Anco todavía estaba viva, la soberanía de Roma quedaría no sólo abierta a los extranjeros, sino incluso a los esclavos. 

Se determinaron, por lo tanto, a rechazar tal insulto por la espada. Pero fue sobre Tarquinio más que en Servio, en quien buscaban vengar sus agravios; ya que, en caso de que Servio fuese asesinado, el rey sin duda elegiría a otro como yerno para que heredase la corona. Estas consideraciones les decidieron a tramar un complot contra la vida del rey.

Dos feroces pastores fueron seleccionados para la acción. Aparecieron en el vestíbulo del palacio, cada uno con sus herramientas habituales, y fingiendo una violenta y escandalosa pelea atrajeron la atención de todos los guardias reales. Luego, cuando ambos comenzaron a apelar al rey, y su clamor había penetrado en el palacio, fueron convocados ante el rey. 

Al principio trataron, gritándose el uno al otro, de ver quién podía hacer más ruido. Después de ser reprimidos por el lictor, se les ordenó hablar por turno; se tranquilizaron y comenzaron a exponer su caso. 

Así, mientras la atención del rey estaba puesta en uno, el otro blandió su hacha y la clavó en la cabeza del rey, y dejando el arma en la herida ambos salieron corriendo del palacio. Era el año 578 a.C.

Mientras los espectadores recogían al moribundo Tarquinio en sus brazos, los lictores capturaron a los fugitivos. Los gritos atrajeron a una multitud, preguntándose qué había sucedido. 

En medio de la confusión, Tanaquil ordenó que el palacio fuera despejado y las puertas cerradas y curó con cuidado la herida, pues tenía esperanza de salvar la vida del rey. Al mismo tiempo, decidió tomar otras precauciones, por si el caso resultase sin esperanza, y convocó a toda prisa a Servio. Le mostró a su marido en la agonía de la muerte, y tomando su mano, le imploró que no dejara sin venganza la muerte de su suegro, ni permitiera que su suegra se convirtiese en entretenimiento de sus enemigos. 

–El trono es tuyo, Servio, –dijo–: si eres un hombre; pues no pertenece a aquellos que, por las manos de otros, han cometido este que es el peor de los crímenes. ¡Adelante! Nosotros también, aunque extranjeros, hemos reinado. Sé consciente tú mismo, no de dónde surgiste, sino de lo que eres y si en esta situación de urgencia no te puedes decidir, sigue mis consejos.

Como el clamor y la impaciencia del pueblo no se podía contener, Tanaquil se acercó a una ventana en la parte superior del palacio que da a la Vía Nova, y se dirigió al pueblo. Les rogó que se animasen, y le dijo que el rey había sido sorprendido por un golpe repentino, pero que el arma no había penetrado a mucha profundidad, que ya había recobrado el conocimiento, que la sangre había sido lavada y examinada la herida, y que todos los síntomas eran favorables. Estaba segura de que pronto volverían a verlo, y mientras tanto, ordenaba que el pueblo reconociera la autoridad de Servio Tulio, quien se encargaría de administrar justicia y cumplir todas las demás funciones de la realeza. 

Servio apareció entonces con su trabea –una especie de toga, pero más corta y estrecha– asistido por los lictores, y después de tomar asiento en la silla real decidió en algunos casos e interrumpió la presentación de otros con la excusa de consultar al rey. Así, durante varios días después de la muerte de Tarquinio, Servio continuó fortaleciendo su posición ejerciendo una autoridad delegada. Pero al fin, los gritos de duelos se oyeron en palacio y se divulgó el hecho de la muerte del rey. 

Protegido por un fuerte cuerpo de guardia, Servio fue el primero que ascendió al trono sin ser elegido por el pueblo, aunque sin la oposición del Senado. Cuando los hijos de Anco oyeron que los instrumentos de su crimen habían sido detenidos, que el rey estaba todavía vivo, y que Servio era tan poderoso, se exiliaron a Suessa Pomecia.
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Servio Tulio (578-534 a. C.)


Así pues, tras la muerte de Prisco, su yerno Servio Tulio le sucedió en el trono, siendo el segundo rey de origen etrusco que gobernaba Roma. Como su suegro anteriormente, Servio libró varias guerras victoriosas contra los etruscos. Utilizó el botín obtenido en sus campañas para erigir las primeras murallas que cercaron las siete colinas romanas sobre el pomerium, las llamadas Murallas Servianas e introdujo algunos cambios en la organización del ejército romano.

Murallas Servianas

Servio publicó una nueva Constitución en la que se otorgaba mejor consideración a las clases ciudadanas, pero, fundamentalmente, instituyó el primer censo de la historia, dividiendo a las gentes de Roma en cinco clases económicas, para aplicar impuestos de forma gradual y más acorde con los bienes censados en cada caso. 

Añade Tito Livio, que los trabajos del censo se vieron acelerados por una ley en la que Servio disponía el encarcelamiento e incluso la pena capital contra los que evadieran la valoración de sus bienes. 

Utilizó asimismo el censo para establecer el derecho al voto en base a la riqueza personal, de modo que la mayor parte del poder político, quedó en manos de las élites económicas, motivo por el que, posteriormente, introdujo ciertas reformas tendentes a promover el derecho entre las clases más desfavorecidas, lo que, finalmente, disgustó a los patricios.

El largo reinado de 44 años de Servio Tulio finalizó con su asesinato en una conspiración urdida, en este caso-, por su propia hija Tulia y el marido de esta, Tarquinio, el sucesor en el trono. Un crimen que Tito Livio narra en detalle.

Cuando Servio ya estaba ahora afirmado en el trono tras su larga posesión, llegó a sus oídos que el joven Tarquinio estaba diciendo que reinaba sin el consentimiento del pueblo. Pero él se aseguró, en primer lugar, la benevolencia de la plebe asignando a cada cabeza de familia una parcela de la tierra que había sido tomada al enemigo. Luego les propuso la cuestión de si era su voluntad y decisión que reinase y fue aclamado rey por un tan voto unánime como ningún rey antes que él obtuvo. 

Esto no disminuyó en absoluto las esperanzas de Tarquinio de hacerse con el trono, antes al contrario; era un joven audaz y ambicioso, y su esposa Tulia estimulaba su inquieta ambición. Supo que la concesión de tierras al pueblo se oponía a la opinión del Senado, y aprovechó la oportunidad que se le brindaba para difamar a Servio y fortalecer su propia facción en esa Asamblea. 

Así, sucedió que el palacio romano proporcionó un ejemplo del crimen que los poetas trágicos han descrito, con el resultado de que el odio sentido por los reyes aceleró el advenimiento de la libertad, y la corona ganada por la maldad fue la última en serlo.

Este Lucio Tarquinio tenía un hermano, Arruncio Tarquinio, un joven de carácter dulce. Los dos Tulias, las hijas del rey, habían casado con estos dos hermanos, y el carácter de ellas, era el opuesto al de sus maridos. Fue, creo yo, la buena fortuna de Roma la que intervino para evitar que dos naturalezas violentas se unieran en matrimonio, y para que el reinado de Servio Tulio pudiera durar lo bastante como permitir al Estado asentarse en su nueva constitución.

El feroz espíritu de una de las dos Tulias estaba desazonado porque nada había en su marido que pudiera llenar su codicia o ambición. Todos sus afectos se pasaron al otro Tarquinio, al que admiraba, porque era verdaderamente de sangre real, y al mismo tiempo que despreciaba a su hermana. 

Fue, pues, la mujer la iniciadora de las maldades. Constantemente mantenía entrevistas secretas con el marido de su hermana, a la que incansablemente vilipendiaba tanto como a su propio marido, afirmando que habría sido mejor para ella haber permanecido soltera y él soltero, a la vez que pensaba que si el cielo le hubiese dado el marido que se merecía, pronto habría visto establecida en su propia casa la soberanía que su padre ejerció.

Rápidamente infectó al joven con su propia imprudencia. Lucio Tarquino y Tulia la joven, con un doble asesinato, limpiaron en sus casas los obstáculos a un nuevo matrimonio. Su boda fue celebrada con la aquiescencia tácita si no con la aprobación de Servio.

Desde ese momento la vejez de Tulio se hizo más amarga, su reinado más infeliz. La mujer le importunaba noche y día, sin dar reposo a su marido, por miedo a que los últimos asesinatos resultasen infructuosos. Lo que ella quería, dijo, no era un hombre que sólo fuese su marido en el nombre, o con quien fuera a vivir en resignada servidumbre; el hombre que necesitaba era alguien que se considerase digno de un trono, que recordase que era el hijo de Tarquinio Prisco, quien prefirió llevar una corona en lugar de vivir con la esperanza de ella.

–Si eres el hombre con quien yo pensaba que estaba casada, entonces te llamo mi marido y mi rey; pero si no, he cambiado mi condición para peor, ya que no sólo eres un cobarde, sino un criminal. 

¿Por qué no te dispones a actuar? No eres, como tu padre, natural de Corinto o de Tarquinia, ni es una corona extranjera la que tienes que ganar. Los penates de tu padre, la imagen de tus antepasados, el palacio real, el trono real dentro de él, el propio nombre de Tarquinio, te declaran rey. 

Pero si no tienes el valor suficiente para ello, ¿por qué despiertas falsas esperanzas en el Estado? ¿Por qué te permites que te consideren miembro de la realeza? Vuelve a Tarquinia o a Corinto, vuelve a la posición desde la que surgisteis; tienes más la naturaleza de tu hermano que la de tu padre.

Con frases como estas ella lo acosaba, además, estaba también, constantemente obsesionada con la idea de que mientras Tanaquil, una mujer de origen extranjero, había demostrado tal espíritu como para dar la corona a su marido y a su yerno después, -bien que ella misma, aunque de ascendencia real, no tenía ningún poder para darla o quitarla-. 

Incitado por las palabras furiosas de su mujer, Tarquinio empezó tantear y entrevistarse con los nobles y plebeyos; les recordó el favor que su padre les había mostrado, y les pidió que demostrasen su gratitud; se ganó a los más más jóvenes con regalos, haciendo promesas tan magníficas en cuanto a lo que haría, y haciendo denuncias contra el rey, su causa se hizo más fuerte entre todos los órdenes.

Al final, cuando pensó que había llegado el momento de actuar, apareció de repente en el foro con un grupo de hombres armados. Se produjo un pánico general, durante el cual se sentó en la silla real del Senado y ordenó que los padres debían ser convocados por el pregonero a la presencia del rey Tarquinio. Ellos se reunieron a toda prisa, algunos ya preparados para lo que se avecinaba, y otros, temerosos de que su ausencia pudiera despertar sospechas, y consternados por la extraordinaria naturaleza del incidente, estaban convencidos de que el destino de Servio estaba sellado. 

Tarquino recordó el linaje del rey; protestó diciendo que era un esclavo e hijo de un esclavo, y que después que su padre fuera vilmente asesinado, había tomado el trono, como regalo de una mujer, sin que fuese nombrado ningún interrex como hasta entonces lo había sido, sin haberse convocado ningún tipo de asamblea, sin que se emitiera ningún tipo de voto por el pueblo para adoptarlo, ni confirmación alguna por el Senado. 

Sus simpatías estaban con la escoria de la sociedad de la que había surgido, y celoso de la nobleza a la que no pertenecía, había tomado la tierra de los hombres principales del Estado y la repartió entre los más viles; había descargado en ellos la totalidad de las cargas que antes habían sido sufragadas en común por todos; había instituido el censo para que el conocimiento de las fortunas de los ricos pudieran mover a envidia, y que fuesen una fuente de fácil acceso para repartir prebendas, cuando quisiera, a los más necesitados.

Corría el año 535 a.C.

Servio, citado por un mensajero sin aliento, llegó a la escena, mientras Tarquinio seguía hablando. Tan pronto como llegó al vestíbulo, exclamó en voz alta:

–¿Qué significa esto, Tarquinio? ¿Cómo te atreves, con tanta insolencia, a convocar al Senado o sentarte en esa silla mientras estoy vivo?

Tarquinio respondió violentamente que ocupaba el asiento de su padre, que el hijo de un rey era mucho más legítimo heredero al trono que un esclavo, y que él, Servio, en su juego imprudente, había insultado a sus amos demasiado tiempo.

Se oyeron gritos de sus partidarios respectivos; el pueblo se precipitó en el Senado, y fue evidente que el que ganase la lucha reinaría. 

Entonces Tarquinio, forzado por la apremiante necesidad a llegar al último extremo, aferró a Servio por la cintura, y siendo un hombre mucho más joven y fuerte, le sacó del Senado y lo arrojó escaleras abajo, hacia el Foro. 

Luego volvió a llamar al Senado al orden, pero los magistrados y asistentes del rey habían huido, mientras que el rey, medio muerto por la agresión, fue rematado por aquellos a quienes Tarquinio había enviado tras él. 

Se cree actualmente que esto se hizo por sugerencia de Tulia, pues estaba muy en consonancia con su maldad. En todo caso, hay acuerdo general en que conducía por el Foro en un carro de dos ruedas, y desvergonzada por la presencia de la multitud, llamó a su esposo fuera del Senado y fue la primera en saludarlo como rey. 

Cuando regresaba, llegando al Esquilino, el conductor de su carro paró horrorizado y se detuvo, señalando a su señora el cuerpo de Servio, asesinado. 

Entonces, cuenta la tradición, se cometió un crimen abominable y antinatural cuyo recuerdo aún se conserva y por eso llaman al lugar, Vicus Sceleratus – Vía Maldita. 

Se dice que Tulia, incitada a la locura por los espíritus vengadores de su hermana y su marido, pasó el carro justo sobre el cuerpo, y que quedó sangre de su padre en el carro y sobre ella misma, contaminada por sí y por los penates de su marido, a través de cuya ira, un reinado que comenzó con la maldad pronto fue llevado a su fin por una causa similar. 

Tulia manda a su conductor que aplaste el cadáver de su padre. 
Jean Bardin, c. 1765

Servio Tulio reinó cuarenta y cuatro años, e incluso un sucesor sabio y bueno habría tenido dificultades para ocupar el trono como él lo había hecho. La gloria de su reinado fue aún mayor porque con él pereció toda justa y legítima monarquía en Roma. Suave y moderado como fue su dominio, había, sin embargo, según algunas autoridades, sentido la tentación de abandonarlo, pues se había concentrado el poder en una sola persona, pero su propósito de devolver la libertad al Estado se vio interrumpido por este crimen familiar.

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Lucio Tarquinio, el último rey de Roma, justamente apodado de Soberbio, privó a su suegro de sepultura, con la excusa de que Rómulo no había sido sepultado. Mató a los principales nobles de quienes sospechaba fuesen partidarios de Servio y, consciente de que el precedente que había establecido, al acceder al trono por la violencia, podría ser utilizado en su contra, se rodeó continuamente de un guardia armada.

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