domingo, 6 de noviembre de 2016

HISTORIA DE ROMA V • Lucio Tarquinio, el Soberbio • El fin de la monarquía



Los Reyes:
753–717 a.C. Rómulo
716–674 a.C. Numa Pompilio
674-642 a. C. Tulio Hostilio
642-617 a. C. Anco Marcio
• • •
Etruscos:
617-579 a. C. Lucio Tarquinio Prisco
579-535 a. C. Servio Tulio
535-509 a. C. Lucio Tarquinio, el Soberbio

Tarquinio el Soberbio. Livio Mehus. Gallería Palatina de Florencia

Y así, con un crimen deleznable, empezó el reinado de Lucio Tarquinio, de cuyo apodo, Soberbio, tal vez convenga decir que es excesivamente benigno, cuando, en realidad, estamos hablando de un criminal, sin límites y sin escrúpulos morales.

Después de asesinar a Servio, su suegro, le negó también un entierro digno y mató a todo los nobles de los que sospechaba la menor simpatía hacia él.

Sí era consciente -en opinión de Tito Livio-, de que habiendo asesinado a sangre fría para alcanzar el poder, había sentado un precedente que, dadas las circunstancias y la decadencia moral alcanzada, muy bien podía volverse en su contra, motivo por el que se hacía acompañar continuamente de un fuerte guardia armada, porque no teniendo –continúa Tito Livio-, nada con lo que hacer valer sus derechos a la corona, excepto la violencia actual; estaba reinando sin haber sido elegido por el pueblo, o confirmado por el Senado y, como, por otra parte, no tenía ninguna esperanza de ganarse el afecto de los ciudadanos, tuvo que mantener su dominio mediante el miedo.

Para hacerse más temido, llevó a cabo los juicios en casos de pena capital, sin asesores, y bajo su presidencia fue capaz de condenar a muerte, desterrar, o multar no sólo a aquellos de los que sospechaba o le resultaban antipáticos, sino también a aquellos de quienes sólo pretendía obtener su dinero.

Su objetivo era reducir así el número de senadores, negándose a nombrar otros nuevos, para que la dignidad del propio orden disminuyera junto con su número. Así, fue el primero de los reyes que rompió la tradicional costumbre de consultar al Senado sobre todas las cuestiones y el primero en gobernar con el asesoramiento de sus favoritos de palacio.

La guerra, la paz, los tratados, las alianzas se hicieron o rompieron por su voluntad, tal como a él le pareciera bien, sin autorización alguna del pueblo o del Senado. Hizo hincapié en asegurarse el apoyo de la nación Latina y, para ello dio a su hija en matrimonio a Octavio Mamilio de Tusculo, que era el hombre más importante de la raza latina, descendiente, si hemos de creer a las tradiciones, de Ulises y Circe la diosa. A través de aquel parentesco, se ganó a muchos de los amigos y conocidos de su yerno.

Una vez que supuso asentada su influencia entre la nobleza de los latinos, les envió un mensaje para reunirse con ellos en una fecha fijada, en el lugar llamado Ferentina, alegando que había asuntos de interés común sobre los que deseaba consultarles. 

Ellos se reunieron allí, en número considerable, al amanecer, pero Tarquinio no llegó hasta poco antes del atardecer. 

Hartos de esperarle, y sintiéndose menospreciados por el retraso, Turno Herdonio, de Aricia, pronunció un feroz ataque contra él.

-No es de extrañar, dijo, que en Roma se le haya atribuido el epíteto de tirano -pues esto es lo que le llama habitualmente el pueblo, aunque sólo en voz baja-. ¿Puede algo mostrar mejor que es un tirano, que el modo en que se burla de toda la nación Latina? 

Tras hacernos venir a todos desde nuestros lejanos hogares, el hombre que nos ha convocado, no aparece. En realidad, estará intentando saber hasta dónde puede llegar, y si aceptamos el yugo, calculará cómo puede aplastarnos.

¿Quién no ve que estaba trazando su camino hacia el dominio de los latinos? Aun suponiendo que sus propios compatriotas hubieran hecho bien en confiarle el poder supremo –si se lo hubieran otorgado, porque lo adquirió por medio de un parricidio-, los latinos no debemos poner el poder en sus manos, porque viendo los asesinatos, exilios y despojos que lleva a cabo sobre los suyos, ¿podemos nosotros esperar mejor destino? 

Si hubieran seguido el consejo del orador, se habrían vuelto a sus casas y habrían hecho tanto caso de la citación al Consejo como lo había hecho quien lo convocó. Pero, justo mientras estos y otros sentimientos eran expuestos por aquel hombre, que había ganado su influencia en Aricia por la traición y el crimen, Tarquinio apareció en escena. Su llegada puso fin al discurso, e inmediatamente, todos dieron la espalda al orador para saludar al rey. 

Cuando se restableció el silencio, Tarquinio fue aconsejado por los que estaban cerca para que explicase por qué había llegado tan tarde. 

-Fui elegido mediador –respondió-, entre un padre y un hijo, y me he retrasado a causa de mis esfuerzos por reconciliarlos. Pero, puesto que ello me ha ocupado todo el día, mañana os presentaré mis nuevos planes.

Se dice que, pese a esta explicación, Turno volvió a hablar, diciendo:

-Ningún caso podría ocupar menos tiempo que el litigio entre un padre y un hijo, pues puede ser resuelto con pocas palabras; si el hijo desobedece los deseos del padre, debe ser castigado.

Tarquinio se tomó el asunto más en serio de lo que aparentó y enseguida comenzó a planear la muerte de Turno, a fin de someter a los latinos con el mismo terror con el que había sojuzgado los espíritus de sus súbditos. Pero como no tenía poder para condenarle abiertamente a muerte, ideó su destrucción mediante una falsa acusación, a cuyo efecto, creó una gran tramoya.

Así, sobornó a un esclavo de Turno para que permitiera que llevasen en secreto a sus cuarteles una gran cantidad de espadas durante la noche.

Poco antes de amanecer, Tarquinio convocó a los jefes de los latinos a su presencia, como si algo le hubiera producido gran alarma. Les dijo que su retraso el día anterior había sido provocado por alguna providencia divina, pues había demostrado ser la salvación, tanto de ellos, como la suya propia. 

-Fui informado de que Turno planeaba asesinarme, así como a los hombres más importantes de las diferentes ciudades, para hacerse con el poder absoluto sobre los latinos. De hecho, lo habría intentado ayer en el Consejo, si yo me hubiera presentado a primera hora, y de tal frustración procedían sus críticas. Pero si mis informes son ciertos, sé que, de haber podido, él y sus conspiradores, habrían caído sobre mí. Por otra parte, será fácil comprobar lo que digo, si me acompañáis ahora a registrar su casa en busca de armas.

El hecho de que Turno también fuera muy ambicioso, hizo que los presentes sospecharan que su amenazador discurso justificaba las acusaciones de Tarquinio, pero postergaron su juicio hasta comprobar si era cierta la sospecha de haber acumulado una arsenal de espadas.

Al llegar a su casa, lo hallaron durmiendo, por lo que fácilmente fue reducido y apresados los esclavos que intentaron defenderlo. Acto seguido, aparecieron espadas por todos los rincones

Turno fue preso y encadenado, mientras preparaban el simulacro de proceso, en cuyo transcurso fue condenado a muerte sin ofrecerle la menor oportunidad de defenderse. Acto seguido, fue ejecutado de una forma cruel y sin precedentes: arrojado a la fuente Ferentina, se colocó sobre él una tabla cargada de piedras.

Poco después, los latinos volvieron a reunirse y Tarquinio les agradeció la espantosa muerte de Turno, al que consideraba acorde con sus planes criminales. Después añadió entre benigno y amenazador, que, si bien sus derechos eran históricos, pensaba que sería más ventajoso para todas las partes si se renovaba el antiguo tratado de unión, a fin de que los latinos pudieran disfrutar de la prosperidad del pueblo romano, en lugar de temerlo siempre como a extranjero, y de tener que sufrir la demolición de sus ciudades y la devastación de sus campos.

Los latinos se quedaron convencidos sin mucha dificultad, aunque por el tratado, Roma sería el estado dominante, y además, los jefes de la Liga Latina dieron su adhesión al rey, después de que Turno se hubiera convertido en un ejemplo del peligro que corría cualquiera que se opusiera a sus deseos.

Aunque tiránico en su gobierno, este rey no era un general despreciable; en habilidad militar habría rivalizado con cualquiera de sus predecesores, si la degeneración de su carácter en otros sentidos no le hubiese impedido alcanzar distinción también en este terreno.

Después provocó la guerra con los volscos -que después continuó durante doscientos años- a los que arrebató las ciudades de Pontino y Suessa, mientras que el botín obtenido supuso una gran cantidad de plata, cuyo beneficio empleó en ampliar el templo de Júpiter.

La clave de las amapolas

La siguiente guerra le ocupó más de lo esperado. No pudiendo tomar la vecina ciudad de los gabios por asalto y ante la inutilidad del asedio, después de ser derrotado bajo sus muros, empleó contra ella métodos que no tenían nada de romanos, es decir, el fraude y el engaño. 

Fingió haber renunciado a todo pensamiento de guerra mostrando que se dedicaba devotamente a poner los cimientos de su nuevo templo de Júpiter y a otros trabajos en la Ciudad. Mientras tanto, mandó a Sexto, el menor de sus tres hijos, que fuese a Gabius haciéndose pasar por refugiado, quejándose amargamente de la crueldad insoportable de su padre, declarando que había cambiado a su propia familia por la tiranía sobre los demás, e incluso que consideraba la presencia de sus hijos como una carga y que se preparaba para deshacerse de ellos igual que se había deshecho de los senadores, de modo que no dejaría ningún descendiente que heredara la Corona. 

Así lo hizo Sexto, añadiendo que había escapado de la violencia asesina de su padre, y sentía que ningún lugar era seguro para él, excepto entre los enemigos de Lucio Tarquinio. Les advirtió que no se engañasen a sí mismos, pues la guerra que aparentemente había abandonado su padre, se cernía sobre ellos, y a la primera oportunidad les atacaría cuando menos lo esperasen. 

Si entre ellos no hallaba acogida, vagaría por el Lacio, suplicaría a los volscos, a los ecuos, a los hernios, hasta encontrar a los que supiesen proteger a los hijos contra la persecución cruel y antinatural de sus padres. Tal vez hallaría pueblos con espíritu suficiente para tomar las armas contra un tirano despiadado respaldado por un pueblo guerrero. 

Como parecía probable que lo hiciese si no le prestaban atención, por su mal humor, el pueblo de Gabios le recibió con benignidad. Le dijeron que no se sorprendiese si su padre trataba a sus hijos como había tratado a sus propios súbditos y aliados, y que habiendo acabado con los demás también podría terminar asesinándolo a él. 

Finalmente, mostraron satisfacción por su llegada y expresaron su convicción de que con su ayuda, la guerra se iría de las puertas de Gabius a las murallas de Roma.

Fue admitido en las reuniones del Consejo Nacional y después de inducir gradualmente a los dirigentes gabios a la revuelta, acompañó personalmente a algunos de los más entusiastas de entre los jóvenes en expediciones de saqueo. 

Al actuar tan hipócritamente, tanto en sus palabras como en sus acciones, se ganó cada vez más su engañada confianza y, por fin, fue elegido como comandante. Mientras la población ignoraba lo que pretendía, tuvieron lugar los combates entre Roma y Gabius con ventaja, en general, para éstos, de forma que todos los gabios, desde el más alto hasta el más bajo creyeron firmemente que Sexto Tarquinio había sido enviado por el cielo para dirigirlos. En cuanto a los soldados, por compartir todos sus trabajos y peligros fue muy apreciado, y por la distribución abundante del botín, se convirtió tan poderoso en Gabius como el anciano Tarquinio lo era en Roma.

Cuando se creyó lo suficientemente fuerte como para tener éxito en cualquier cosa que intentase, envió a uno de sus amigos a su padre, en Roma, para preguntarle qué deseaba que hiciese, pues los dioses ya le habían concedido el poder absoluto en Gabius. 

A este mensajero, Tarquinio no le dio respuesta verbal, -porque creo, dice Tito Livio, que desconfiaba de él-, pero salió al jardín de palacio, como sumido en sus pensamientos, siendo seguido por el mensajero de su hijo. Mientras caminaba en silencio, se dice que golpeaba las amapolas más altas con su bastón. 

Tarquinius Superbus, Sir Lawrence Alma-Tadema - 1867, Col. Privada

Cansado de esperar una respuesta, y sintiendo que su misión había fracasado, el mensajero regresó a Gabius e informó de lo que había dicho y visto, agregando que el rey, ya fuese por temperamento, por aversión personal, o por su arrogancia natural, no había pronunciado una sola palabra. 

Pero Sextus comprendió lo que su padre deseaba de él, considerando lo que había hecho con las amapolas durante su misterioso silencio. Él debía hacer lo mismo, con las cabezas de los hombres más destacados –más altos-, entre los que le habían acogido.

Así pues, de inmediato, procedió a deshacerse de todos los hombres del Estado, difamando a unos entre el pueblo, mientras que otros caían víctimas de su propia impopularidad. Muchos fueron ejecutados y aquellos contra los que no había cargos plausibles, fueron secretamente asesinados. A algunos se les permitió buscar la seguridad por la huida, y otros fueron enviados al exilio, mientras que sus propiedades, así como las de otros que fueron condenados a muerte, se repartieron en regalos y sobornos, de forma que la satisfacción de los que recibían sus premios, embotó su entendimiento sobre lo que se estaba fraguando, hasta que, privado de todo consejo y ayuda, el Estado de Gabius fue entregado al rey romano sin una sola batalla.

Después de la ocupación de Gabius, Tarquinio hizo la paz con los Ecuos y renovó el tratado con los Etruscos. Luego volvió su atención a los asuntos de la Ciudad. Lo primero era el templo de Júpiter en el monte Tarpeyo, que estaba ansioso por legar como recuerdo de su reinado y de su nombre; todos los Tarquinios estaban interesados en su finalización; el padre lo había prometido, y el hijo lo terminó. 

Perino Tarquino el Soberbio funda el templo de Júpiter Capitolino

El Templo de Júpiter y su entorno, ya durante la República

Cuando los plebeyos ya no fueron necesarios para sus obras, Tarquinio consideró que tal multitud de hombres inactivos resultarían una carga para el Estado, y como deseaba colonizar con más intensidad las fronteras, envió colonos a Signia y Circei para que sirvieran de protección a la Ciudad por tierra y mar.

Mientras estaba llevando a cabo estas empresas, ocurrió un presagio terrible: una serpiente salió de una columna de madera, provocando confusión y pánico en palacio. El propio rey no estaba tan aterrado como lleno de ansiosos presentimientos. Los adivinos etruscos eran empleados sólo para interpretar prodigios que afectasen al Estado; pero éste le incumbía a él personalmente y a su casa, por lo que decidió consultar al más famoso oráculo del mundo, en Delfos. Temeroso de confiar la respuesta del oráculo a cualquier otra persona, envió a dos de sus hijos, Tito y Arruncio, a Grecia, a través de tierras desconocidas en ese tiempo y de mares mucho menos conocidos.

Tito y Arruncio comenzaron su viaje. Llevaban como compañero a L. Junio Bruto, el hijo de la hermana del rey, Tarquinia, un joven con un carácter muy diferente del que fingía tener. Cuando se enteró de la masacre de los principales ciudadanos, entre ellos, su propio hermano, por órdenes de su tío, determinó que su inteligencia no debía dar al rey motivo de alarma, ni su fortuna provocar su avaricia, y que, ya que las leyes no le ofrecían protección, buscaría la seguridad en la oscuridad y el abandono. En consecuencia, cuidó de tener el aspecto y el comportamiento de un idiota, dejando al rey hacer lo que quisiera con su persona y bienes, y ni siquiera protestó contra su apodo de Brutus; pues bajo la protección de ese apodo esperaba el espíritu que estaba destinado a liberar un día a Roma. 

La historia cuenta que cuando fue llevado a Delfos por los Tarquinios, más como un bufón para su diversión, que como un compañero, llevaba un bastón de oro escondido en el hueco de otro de madera y que lo ofreció a Apolo como un emblema místico de su propio carácter. 

Después de cumplir el encargo de su padre, cuando los jóvenes estaban deseosos de averiguar cuál de ellos heredaría el reino de Roma, se oyó una voz desde lo más profundo de la caverna:

-Quien de vosotros, jóvenes, sea el primero en besar a su madre, tendrá el poder supremo en Roma.

Sexto se había quedado en Roma, y para mantenerlo en la ignorancia de este oráculo y así privarle de la oportunidad de llegar al trono, los dos Tarquinios insistieron en mantener un silencio absoluto sobre el asunto y echaron a suertes cuál de ellos sería el primero en besar a su madre a su regreso a Roma.

Bruto, pensando que la voz del oráculo tenía otro significado, fingió tropezar, y al caer, besó el suelo, pues la tierra es, por supuesto, nuestra madre común. 

Luego regresó a Roma, donde se estaban haciendo enérgicos preparativos para una guerra con los Rútulos.

Este pueblo era considerando excepcionalmente rico y esta característica constituyó el motivo real de la guerra, porque el rey romano estaba deseoso de reparar su propia fortuna, que se había agotado con sus magníficas obras públicas, y también para conciliarse con sus súbditos mediante la distribución del botín de guerra. 

Su tiranía ya había producido descontento, pero lo que produjo el mayor resentimiento fue la forma en que el rey les había mantenido tanto tiempo en labores manuales e incluso en trabajos serviles.

Se hizo un intento de tomar por asalto Ardea, pero al no lograrlo, se recurrió a asediar la ciudad para matar de hambre al enemigo, y cuando las tropas están quietas, como es el caso en los asedios, al contrario que cuando se encuentran en campaña activa, es fácil que se concedan permisos de salida, aunque más a los oficiales, que a los soldados. 

Así, los príncipes reales a veces pasaban sus horas de ocio en fiestas y diversiones, y en una fiesta dada por Sexto Tarquinio Colatino en la que el hijo de Egerius –Arruncio- estaba presente, la conversación pasó a girar sobre sus esposas. Cada uno comenzó a hablar de la suya con extraordinarias palabras de alabanza. Encendidos con la discusión, Colatino dijo que no había necesidad de palabras, y que en pocas horas podrían comprobar hasta qué punto su esposa Lucrecia era superior a las demás.

-¿Por qué –exclamó-, si tenemos algún vigor juvenil, no montamos a caballo y hacemos a nuestras esposas una visita, y veremos su condición según lo que estén haciendo? Como sea su comportamiento ante la llegada inesperada de cada marido, será la prueba más segura. 

Se habían calentado con el vino, y todos gritaron: 

-¡Bien! ¡Vamos! Y espoleando a los caballos galoparon hasta Roma, a donde llegaron cuando la oscuridad comenzaba a cerrar. Desde allí fueron a Colacia, donde encontraron a Lucrecia empleada de manera muy diferente a como estaban las nueras del rey, a quienes habían visto pasar el tiempo entre fiestas y lujo, con sus conocidos. Lucrecia estaba sentada hilando lana y rodeada de sus criadas. 

La palma en este concurso sobre la virtud de las esposas se otorgó, pues, a Lucrecia, que acogió con satisfacción la llegada de su marido y los Tarquinios, mientras que su esposo victorioso cortésmente invitaba a los príncipes a permanecer en su casa, en calidad de huéspedes. 

Pero Sexto Tarquinio, inflamado por la belleza y la pureza ejemplar de Lucrecia, concibió la vil intención de deshonrarla. Y con este pensamiento regresó al campamento.

Pocos días después Sexto Tarquinio fue, sin saberlo Colatino, con un compañero, a Colacia. Se le recibió amablemente en el hogar, sin ninguna sospecha, y después de la cena fue conducido a un dormitorio separado para huéspedes. Cuando todo le pareció seguro y todo el mundo dormía, fue con la agitación de su pasión, armado con una espada, donde dormía Lucrecia, y poniendo la mano izquierda sobre su pecho, le dijo:

–¡Silencio, Lucrecia! Soy Sexto Tarquinio y tengo una espada en la mano; si dices una palabra, morirás.

Simon Vouet (1590–1649) Lucrecia y Tarquinio

La mujer, que despertó bruscamente, llena de miedo, vio que no tenía ayuda cercana y supo que la muerte la amenazaba. Tarquinio comenzó a confesar su pasión; rogó, amenazó y empleó todos los argumentos que pueden influir en un corazón femenino. Pero cuando vio que ella era inflexible y no cedía ni siquiera por miedo a morir, la amenazó con su desgracia, declarando que pondría el cuerpo muerto de un esclavo junto a su cadáver y diría que la había hallado en sórdido adulterio. 

Con esta terrible amenaza, su lujuria triunfó sobre la castidad inflexible de Lucrecia y salió exultante tras haber atacado con éxito su honor. 

Lucrecia, abrumada por la pena y el espantoso ultraje, envió un mensajero a su padre en Roma y a su marido en Ardea, pidiéndoles que acudieran a ella, cada uno acompañado por un amigo fiel; que era necesario que actuaran con prontitud, pues algo horrible había sucedido.

Espurio Lucrecio llegó con Publio Valerio, el hijo de Voleso, y Colatino, con Lucio Junio Bruto, a quien encontró regresando a Roma, cuando estaba con el mensajero de su esposa. 

Encontraron a Lucrecia, sentada en su habitación y postrada por el dolor. Al entrar ellos, estalló en lágrimas, y al preguntarle su marido si todo estaba bien, respondió: 

-¡No! ¿Qué puede estar bien para una mujer cuando se ha perdido su honor? Las huellas de un extraño, Colatino, están en tu cama. Pero es sólo el cuerpo lo que ha sido violado, el alma es pura y la muerte será testigo de ello. Pero dame tu solemne palabra de que el adúltero no quedará impune. Fue Sexto Tarquino quien, viniendo como enemigo en vez de como invitado, me violó la noche pasada con una violencia brutal y un placer fatal para mí y, si sois hombres, fatal para él. 

Todos ellos, sucesivamente, dieron su palabra y trataron de consolar el triste ánimo de la mujer, cambiando la culpa de la víctima al ultraje del autor e insistiéndole en que es la mente la que peca, no el cuerpo, y que donde no ha habido consentimiento no hay culpa. 

-Es por ti -dijo ella-, el ver que él consigue su deseo, aunque a mí me absuelva del pecado, no me librará de la pena; ninguna mujer sin castidad alegará el ejemplo de Lucrecia. 

Sacó un cuchillo que escondía en su vestido; lo hundió en su corazón, y cayó muerta al suelo. 

Su padre y su marido lamentaron su muerte. Mientras estaban encogidos en el dolor, Bruto sacó el cuchillo de la herida de Lucrecia, y sujetándolo, goteando sangre, frente a él, dijo:

-Por esta sangre -la más pura antes del indignante ultraje hecho por el hijo del rey- yo juro, y a vosotros, oh dioses, pongo por testigos de que expulsaré a Lucio Tarquinio el Soberbio, junto con su maldita esposa y toda su prole, con fuego y espada y por todos los medios a mi alcance, y no sufriré que ellos o cualquier otro vuelvan a reinar en Roma.

Después entregó el cuchillo a Colatino y luego a Lucrecio y Valerio, que quedaron sorprendidos de su comportamiento, preguntándose dónde había adquirido Bruto aquel nuevo carácter. 

La muerte de Lucrecia. Eduardo Rosales Gallinas

Juraron como se les pidió; todo su dolor cambiado en ira, y siguieron el ejemplo de Bruto, quien les convocó a abolir inmediatamente la monarquía. 

Llevaron el cuerpo de Lucrecia, de su casa, hasta el Foro, donde a causa de lo inaudito de la atrocidad del crimen, reunieron una multitud. Cada uno tenía su propia queja sobre la maldad y la violencia de la casa real. Aunque todos fueron movidos por la profunda angustia del padre, Bruto les ordenó detener sus lágrimas y ociosos lamentos, y les instó a actuar como hombres y romanos, y tomar las armas contra sus insolentes enemigos. Esto animó a que los hombres más jóvenes se presentaron armados, como voluntarios; el resto siguió su ejemplo.

El Foro de Roma

Una parte de este cuerpo fue dejado para guardar Colacia, y los guardias fueron apostados en las puertas para evitar que las noticias del movimiento alcanzaran al rey. El resto marchó armado a Roma con Bruto al mando. 

A su llegada, la visión de tantos hombres armados esparció el pánico y la confusión donde quiera que llegaban, pero al ver de nuevo el pueblo que los más importantes hombres del Estado guiaban la revuelta, se dieron cuenta de que el motivo era de la mayor gravedad. El terrible suceso ocurrido a Lucrecia, produjo gran indignación. De todos los barrios de la Ciudad acudían gentes hacia el Foro. 

Cuando se hubieron reunido allí, el heraldo los convocó a esperar al Tribuno de los Celeres o de la Caballería, que era la magistratura de Bruto.., 

-¿Cómo pueden -se preguntaban- haber designado los romanos a un imbécil para que dirija su caballería en combate? 

Pero Bruto, en aquel momento pronunció un discurso muy distinto del que, hasta ese día, se esperaba de su carácter y temperamento. Insistió en la brutalidad y el desenfreno de Sexto Tarquinio; el infame atentado contra Lucrecia; su muerte lamentable y la pérdida sufrida por su padre, (Espurio Lucrecio) Tricipitino, a quien el motivo de la muerte de su hija era más vergonzoso y doloroso que la muerte en sí misma. Luego hizo hincapié en la tiranía del rey; los trabajos y sufrimientos de los plebeyos mantenidos bajo tierra, limpiando zanjas y alcantarillas; ¡romanos, conquistadores de todas las naciones circundantes, vueltos de guerreros en artesanos y albañiles! 

Les recordó el asesinato vergonzoso de Servio Tulio y su hija conduciendo en su maldito carro sobre el cuerpo de su padre, y solemnemente invocó a los dioses como los vengadores de los padres asesinados. Al enumerar estos y, creo, otros incidentes aún más atroces que su agudo sentido de la injusticia actual le sugerían, pero que no es fácil explicar con detalle, incitó a la multitud indignada a despojar al rey de su soberanía y pronunciar un pena de expulsión contra Tarquinio, su esposa y sus hijos. 

Con un cuerpo selecto de los Juniores, que se ofreció a seguirlo, se fue al campamento de Ardea para incitar el ejército contra el rey, dejando el mando en la Ciudad a Lucrecio, que había sido prefecto bajo la misma monarquía. 

Durante la conmoción, Tulia huyó del palacio en medio de las maldiciones de todos los que la reconocían, hombres y mujeres por igual invocando contra ella el espíritu vengador de su padre.

Cuando la noticia de estos sucesos llegó al campamento, el rey, alarmado por el giro que tomaban los acontecimientos, se apresuró a volver Roma para sofocar el brote. Bruto, que estaba en el mismo camino, se había enterado de su aproximación y para evitar encontrarse con él tomó otro camino, de modo que él llegó a Ardea y Tarquinio a Roma casi al mismo tiempo, aunque de diferentes maneras.

Tarquinio encontró las puertas cerradas y dictado un decreto de expulsión contra él; pero el Libertador de la Ciudad recibió una alegre bienvenida en el campamento, del que expulsaron a los hijos del rey, dos de los cuales, siguieron a su padre en el exilio, en Caere, entre los etruscos. Sexto Tarquinio marchó a Gabius, que consideraba su reino, pero fue asesinado en venganza por las viejas rencillas que habían provocado su rapiña y asesinatos. 

Lucio Tarquinio el Soberbio reinó veinte y cinco años. La duración total de la monarquía desde la fundación de la Ciudad hasta su liberación fue de doscientos cuarenta y cuatro años. 

Fueron elegidos dos cónsules por la asamblea de las centurias, convocada por el prefecto de la Ciudad, de acuerdo con las normas de Servio Tulio. Eran Lucio Junio Bruto y Lucio Tarquinio Colatino.

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Tarquinio usó la violencia, el asesinato y el terror para mantener el control sobre Roma como ningún rey anterior los había utilizado, derogando incluso muchas reformas constitucionales que habían establecido sus predecesores. Su mejor obra para Roma fue la finalización del templo a Júpiter, iniciado por su padre Prisco.

Tarquinio huyó a la ciudad de Túsculo y posteriormente a Cumas, donde moriría en el año 495 a. C. Esta expulsión supuso el fin de la influencia etrusca, tanto en Roma como en el Lacio, y el establecimiento de una constitución republicana, en el año 509 a.C.

Lucio Junio Bruto y Lucio Tarquinio Colatino, sobrino de Tarquinio y viudo de Lucrecia, se convirtieron en los primeros cónsules del nuevo gobierno de Roma, el que a la larga lograría la conquista de casi todo el mundo mediterráneo, y que perduró durante cerca de quinientos años hasta la ascensión de Julio César y César Augusto.

Lucio Junio Bruto. Museos Capitolinos, Roma
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Tarquinio el Soberbio y la Sibila de Cumas

La Sibila, ya anciana, se presentó ante Tarquinio y le ofreció nueve libros de profecías por los que exigía un precio tan extremadamente alto, que Tarquinio se negó a pagarlo. Acto seguido, la Sibila destruyó tres de los libros y le ofreció los otros seis por el mismo precio que al principio. Como Tarquinio tampoco aceptó, la Sibila destruyó otros tres. Finalmente, ante el temor de que los destrozara todos, Tarquinio pagó el precio inicial, sólo por los tres últimos libros. Después los depositó en el templo de Júpiter Capitolino, donde eran consultados en circunstancias extremas, pero se quemaron en un incendio el año 83 a.C.

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Para suplir el papel de los reyes, se creó un nuevo cargo con el título de pretor, que en el año 305 a. C. se transformó en cónsul, quien poseía todos los poderes que habían tenido los reyes, aunque compartidos con un colega. Sus mandatos eran anuales, y cada cónsul podía vetar las actuaciones o decisiones del otro. Posteriormente, los poderes de los cónsules fueron divididos, creándose nuevas magistraturas que acapararon distintos poderes; los nuevos pretores, que asumieron la potestad judicial de los cónsules, y los censores, que controlaron el censo.

Nueve años después de la expulsión de Tarquinio el Soberbio, los romanos crearon la magistratura de dictador, que tenía autoridad sobre todos los asuntos civiles y militares, no existiendo apelación frente a sus decisiones. 

Para evitar los excesos, los romanos solo designaban dictador en tiempos de urgencia extrema y su mandato sólo duraba seis meses, pero con Julio César y su hijo adoptivo César Augusto, se produjo una gradual restauración del poder real. Julio César fue elegido pontifex maximus y dictador vitalicio, lo que en la práctica le confería mayores poderes que los que nunca tuvieron los antiguos reyes, y como ellos, usaba calzado rojo, aunque no aceptó la corona.

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Balance vital de la Monarquía

Rómulo: Mató a su hermano Remo. Él mismo, se cree que fue asesinado y despedazado por varios mandatarios que simularon que había ascendido al Olimpo.

Numa Pompilio: Muerte natural.
Tulio Hostilio: Fue reducido a cenizas por un rayo de Júpiter.
Anco Marcio (Nieto de Numa): Se cree que tuvo muerte natural.
Tarquinio Prisco: Asesinado por los hijos de Anco Marcio.
Servio Tulio: Arrojado por las escaleras, por su yerno, fue aplastado posteriormente por los caballos y el carro de su propia hija.
Tarquinio el Soberbio: Expulsado de Roma, por sus crímenes y abusos, murió en Cumas en el exilio.


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